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Primer post: 3 jul 2011Último post: 3 jul 2011
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Un viaje en el Metro del D.F. (Mexico)
Un viaje en el Metro del D.F. (Mexico)
Apuntes Y MonografiasporAnónimo7/3/2011

Hago una fila, que por lo general está enorme, para comprar el boleto de tres pesos que te permite realizar un solo viaje en el metro. Una vez adquirido, me uno a las cientos de personas que, sobre los andenes, van dando pasos apresurados, otros inclusive van corriendo, como si fuese una competencia en la cual posterior al anuncio de: En sus marcas, listos fuera ya, salen raudos y veloces para ganar el primer lugar; nunca he comprendido por qué llevan tanta prisa, si los trenes pasan cada tres minutos. Sin embargo, el paso veloz de los demás pasajeros te obliga a ir a una velocidad similar. Una vez llega el tren, todos suben para encontrar un asiento. Algunos los consiguen, pero a los más desafortunados les tocó ir de pie. Se cierran las puertas y empieza la travesía. Para llegar a mi lugar de destino, debo pasar por diez estaciones. El reloj da las 10:00 a.m. a la hora de mi partida. Decenas de personas acompañan mi recorrido: bebés, niños, jóvenes, adultos, adultos mayores…en fin, gente de todas las edades van sentados en las áreas próximas a mi puesto. 10:02. Hemos llegado a Panteones, la primera estación. Nadie sale, entran cinco personas que ya no encontraron lugar. Segundos después, uno de los nuevos pasajeros, extiende sobre algún espacio que logra encontrar en el pasillo, un costal con pedazos de vidrios. De pronto se escucha un estruendo. El tipo se levanta con la espalda ensangrentada, luego de caer sobre los vidrios y pretende que por tener instintos de autoflagelación los demás pasajeros tengamos que aplaudirle y darle dinero. La escena, me parece repugnante, me incomoda y percibo que no soy el único, ya que en el rostro de los demás noto la misma incomodidad. Al parecer, todos deseamos que aquel hombre se vaya rápido, no queremos ver su cuerpo sin camisa manchado de sangre ni un segundo más. El hombre se traslada al otro vagón a hacer su presentación en dicho lugar. Algunos de los pasajeros comentan lo ocurrido con gestos y ademanes que demuestran desagrado. Otros, pasan la hoja, pues ya están acostumbrados a ver esa escena. 10:04. Arribamos a Tacuba, la segunda estación. Unos pocos salen otros muchos entran. Se cierra la puerta. Siempre en esa parada sube mucha gente. De pronto se escucha un estornudo, acto seguido un coro casi al unísono que desea ¡SALUD! Frente a mí, hay dos mujeres con sus bebés en los brazos, una al lado de la otra. Una de ellas, además, tiene a su lado a un niño de unos cinco años, aproximadamente. Niño que no para de hablar en el trayecto y quien con la inocencia característica de esa edad, observa a los dos bebés (niña y niño) y le surge la gran interrogante de si los bebés pueden enamorarse. Los que estamos cerca no podemos evitar sonreír. La madre da respuesta a semejante preocupación del infante y le dice que no. El niño, como era de esperarse, no se siente satisfecho con la respuesta y pregunta ¿Por qué? En eso, del vagón de al lado, se escucha una estridente voz que decía: ¡Llegaron las lamparitas de mano, a cinco pesos! ¡Lleve su lamparita de mano, para esas ocasiones en que se va la luz, a cinco pesos! Ya no pude seguir escuchando la conversación del pequeño curioso. Pero, puedo ver como algunos precavidos deciden comprar una lamparita de mano, para alivianar los recurrentes apagones de esta ciudad. 10:06. Cuitlahuac es la tercera estación. Nadie baja, pero de la puerta de la derecha se oye un ritmo acelerado; y, de la puerta de la izquierda se escucha una música más lenta. Se cierran las puertas. Llegaron dos de los vendedores ambulantes de CD’S piratas. Se saludan con un choque de manos pero, como coincidieron en el tiempo y en el espacio, el de música lenta le da el pase al de música rápida para que promocione su producto, mientras espera su turno. Es curioso como hasta en lo informal existen reglas y normas que sin estar escritas, son entendidas y respetadas. El de música rápida empieza: ¡Llegaron 190 temas de lo mejor del duranguense, quebradita, norteña, cumbia y jarocho, solo por diez pesos! Mientras anuncia su venta, va pasando las canciones más populares de cada uno de los citados géneros en su equipo portátil. Algunas personas contagiadas por el ritmo, van moviendo sus cabezas, pies y el resto del esqueleto al son de la música. Varios pasajeros se deciden a comprar los discos compactos y, contentos con su nueva adquisición, empiezan a leer los diferentes temas que poseen. Repentinamente se escuchan canciones como La Cima del cielo, Te amaré, Amarte es un placer, entre otras. ¡Lleve su CD con 100 temas de las baladas o canciones románticas más famosas, a diez pesos! Pregona el vendedor que estaba esperando su turno, mientras algunos pasajeros mueven sus labios cantando parte de las canciones y levantan la mano para adquirir una copia. 10:08. Llegamos a Popotla, la cuarta estación. Se bajan los vendedores de CD’S piratas, aunado a algunas personas, quedando algunos puestos vacíos. Tan solo sube una vendedora de chicles que rápidamente atraviesa el pasillo promocionando dos cajetillas de chicles traident por cinco pesos, pero es tan rápido su paso que pese a que había un interesado, nadie logra comprar ninguno. Del vagón de al lado se ve venir un señor sin piernas, quien apoyado con sus muslos y sus brazos avanza cantando una canción y pidiendo una moneda como apoyo económico. Tan solo una mano de un señor mayor se extiende para darle dos pesos. 10:10. Colegio militar es la quinta estación. No baja nadie, pero si suben varias personas que ocupan los puestos libres y algunos quedan de pie. Entre los que se encuentran de pie están una mujer embarazada y una señora doblada casi hasta la mitad por su avanzada edad. Dos hombres se ponen de pie y le ceden el puesto. De pronto, otra voz irrumpe repentinamente promocionando un CD, pero esta vez no de música, sino de un conjunto impresionante de libros de matemáticas, algebra, trigonometría, geometría, etc. Me dije en ese momento, cuánto no hubiera deseado tener el libro del Álgebra de Baldor en un CD, con lo que pesaba el condenado. Sin embargo, nadie compra el instructivo CD. El vendedor se mueve hacia el otro vagón. 10:12. Llegamos a la sexta estación llamada Normal. Nadie baja y solo sube un señor con una guitarra, un tambor y una armónica. Es como el hombre música. Acto seguido se escucha una melodiosa voz conjugada con los referidos instrumentos musicales, generando un sonido casi perfecto. El hombre canta y toca los tres instrumentos a la vez sin perder el tiempo y la melodía. Tres cortas canciones seguidas se escuchan. Al terminar, con el sonido de la guitarra de fondo, invita a aquellos que desean colaborar con una moneda a que lo hagan. Varias manos se extienden y aprecian el talento de aquel hombre, que no ha encontrado más que en los vagones del metro la oportunidad de darlo a conocer. 10:14. Séptima estación, arribamos a San Cosme. Salen varias personas y entra la misma cantidad. A estas alturas el tren va bastante lleno. A los vendedores que ahora le toca es a los ciegos. Van dos de la mano, promocionando un CD con los éxitos del Rey del Pop, Michael Jackson. Quienes van de pie, abren camino para que pasen los vendedores. Estos CD’S han sido tan vendidos, pero aún hay quienes lo compran. Algo que siempre me ha impresionado es la cantidad enorme de hombres y mujeres invidentes que están vendiendo en el metro. Nunca antes había visto tantas personas con este problema. El cual no parece falso, porque las características físicas de sus ojos blancuzcos dan fe de que realmente están ciegos. 10:16. Llegamos a la octava estación, llamada Revolución. Nadie baja, pero un grupo de 10 muchachos y muchachas de edad escolar suben al metro. Para ellos es una fascinación entrar todos juntos empujándose entre ellos, antes que la puerta les atrape. Se cierra la puerta. Los escolares, felices de la vida, van repartiendo unas volantes de consejos alimenticios para la prevención de la discapacidad física de los niños. Es parte de su servicio social. Allí, en el vagón, bastante lleno, sortean sus cuerpos para pasar cumpliendo su labor. Sus risas y chistes entre ellos me recuerdan mi período de secundaria. Como lo disfruté. 10:18. Hidalgo es la novena estación. La detesto, siempre está extremadamente llena. En la plataforma de espera, puedo ver, a través de las ventanas, la multitud que aguarda ser transportada mientras observo a lo interno del vagón en el que voy, sin embargo, no encuentro dónde puedan caber tantas personas. Bajan algunos individuos, suben un poco más de los que se bajaron. Se cierran las puertas. Miro a mí alrededor y observo a las personas que quedan en el vagón en el que voy. Algunos, muchos, aprovechan su recorrido en el metro para leer aquel libro que no pueden hojear en ningún otro momento. No sé cómo logran concentrarse en medio de tanto ruido, pero al parecer van concentrados. Otros tres, van conversando; mientras que un señor que va al lado y que no parece ir con esos tres, está metido en la conversación, viendo de reojo y con la oreja parada para ver qué puede escuchar. Algunos inclusive aprovechan su viaje para echarse una siesta. Otros van mirando hacia abajo, ya que su timidez les prohíbe mantener la vista alta y chocarse con las miradas que se encuentran al frente, diagonalmente o al lado. Una pareja de jóvenes enamorados e ilusionados, que va de pie, van besándose apasionadamente como si fuera el último de sus días, sin importarles la mirada de la señora que está próxima a ellos y quien los observa con cara de espanto ni mucho menos les importa la cantidad de personas que allí vamos, sentadas o de pie, pero como sardinas en lata. Ellos, encontraron en ese espacio un lugar romántico, en el cual la endorfina y sus hormonas están en su momento máximo. Un par de personas más se abstraen de lo que ocurre alrededor de su viaje escuchando música con sus MP3 y sus audífonos. También va una chica con los ojos llorosos, recordando tal vez una pérdida sentimental o la posibilidad de que esta se pierda. Y voy yo, con mi mente inquieta pensando en escribir lo que he percibido tantas veces en los vagones del metro, escribiendo en mi mente los hechos más relevantes que en 20 minutos pude percibir al cruzar de un extremo al centro de la ciudad, en una obra humana que en este país, con la cantidad de personas que habitan, es fundamental. 10:20. Bellas Artes, es la estación de mi destino. Bajamos muchas personas y en la explanada de espera, reposan muchos cuerpos aguardando ser trasladados a otros sitios. En fin, es el metro tal vez uno de los medios de transportes más importantes del Distrito Federal, una de las ciudades más grandes del mundo, pues en poco tiempo logra acortar las largas distancias de esta ciudad. Encuentran en el metro, una oportunidad de subsistir, los millones de excluidos: niños, jóvenes, mujeres, hombres, ancianos, discapacitados, que no encontraron en el sistema, por las razones que sean, la oportunidad de trabajar formalmente y tener una vida menos desgastante y menos insegura; vendiendo productos que van desde los 5 a los 10 pesos y que adquieren otros - en su mayoría – iguales a ellos económicamente, que no pueden adquirir un producto original, generándose así una reciprocidad de colaboración de subsistencia. En fin, el metro día a día va cargando miles de sueños, de preguntas, de pensamientos, de deseos, de esperanzas, etc. de la gente, (En un alto porcentaje de los que lo utilizan) más pobre económicamente, pero que poseen – en su mayoría – una gran riqueza humana. Gente que suma un altísimo porcentaje de los seres humanos que con su trabajo y esfuerzo mueven día a día esta ciudad. link: http://static.99widgets.com/counters/swf/counters.swf?id=712774_2&ln=es

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