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Primer post: 11 dic 2013Último post: 11 dic 2013
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Reseña de Comí, la última novela de Martín Caparrós
Ciencia EducacionporAnónimo12/11/2013

Hola amigos, comparto con el foro la reseña que escribí en mi blog, pollitolibros.com, de la última novela del argentino Martín Caparrós, Comí: “Comí, que son tres días”. Además de su blog en El País, yo de Martín Caparrós sólo conocía el bigote. Hasta hace dos semanas, cuando me lo encontré sentado a un metro escaso durante una charla de la también argentina Leila Guerriero, y me asoló la curiosidad de ponerme a husmear contracubiertas: “Uno de los escritores indispensables en lengua española de nuestro tiempo”. Caray, pensé. Y la reconcha de su madre, pamplinas (editoriales) aparte, me compré su último libro a los pocos días. No lo sabía pero le tenía ganas a Caparrós. Y la primera incursión ha salido de rechupete. Libro ligerito, digerible (muy tentadora la broma barata) del que me ha gritado la atención que los periódicos hayan resaltado tanto la cosa gastronómica (“que si Caparrós navega en las profundidades del estómago“, que si “narra el vínculo entre la comida y el cuerpo“, y el más completo: “reflexiona sobre la comida, el cuerpo y la medicina” ) y tan poco la cuestión vital. Ha pasado un poco como con voz baja que Comí (Anagrama) no es un libro sobre comida. Que la ingesta sólo es la excusa, el cauce, con el cual un hombre que se asoma a la vejez hace repaso de su vida y de las miserias que conforman su supuesto fracaso. Puro y duro existencialismo estomacal. Claro que se habla de comida, no fastidies ya tan pronto, che. Sólo se habla de comida, es el hilo conductor del que se sirve Caparrós para hilvanar la selección de temas (patria, vejez, amor, sexo…) que conforman este extraño libro a caballo entre novela, ensayo y autobiografía. Durante su lectura, además de haber sufrido terribles invasiones de hambre aburguesada capaces de empujarme a cocinar platos de más de quince minutos, me he acordado mucho de La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, esa novela donde tan bien se funden en la acción de la trama un nutrido rebaño de reflexiones ensayísticas sobre política, vida y amor. Y es en este punto donde encuentro lo único negativo que puedo achacarle a Comí. En varias ocasiones, las opiniones de Caparrós se insertan con insuficiente camuflaje en la trama, evidenciando quizás un mayor espíritu ensayístico que novelístico. Quiero decir, a Caparrós (que es como se llama también el personaje) se le ocurre cocinar un asado y eso, la sola mención de la palabra, desencadena todo el discurso (hermoso y rabioso) sobre “este país que supimos degradar tan cuidadosamente, deshacer tan cuidadosamente, transformar tan cuidadosamente en un lugar donde casi nada de lo que me gusta tiene su lugar”. ¿Y a qué tanto guirigay con la comida? Les debo una explicación. Caparrós ha sido crítico en una elitista publicación gastronómica y ahora que dentro de tres días, aprensivo él, se enfrenta a una videocolonoscopia, aflora su certeza del fin, su miedo a la muerte y a esa palabra que empieza por c y que nunca aparece en la novela a pesar de sobrevolar cada línea. No hay frase que resuma mejor el espíritu de esta obra que la de “Ahora que fracasé puedo decir algunas cosas”. Y esas cosas, sus experiencias, sus opiniones sobre la vida, están inevitablemente vinculadas a su afición y trabajo: “Si tuviera que definirme de algún modo -¿por qué tendría, quién podría molestarse en pedírmelo, quién podría interesarse lo suficiente como para pedírmelo, y si nadie me lo pidiera, ¿por qué podría querer definirme de algún modo?- me definiría como comí”. El estilo es impecable, de frase larga cuando toca y frases huérfanas y de rotundidad bien resonante. El estilo es lo mejor. Pura reflexión interna (escasez de diálogos) donde se intercalan largos párrafos libres de puntos, a lo Vargas Llosa o Faulkner, en los que las ideas se apelotonan y se responden a sí mismas: “Por eso pensaba que ahora que fracasé puedo decir algunas cosas, aunque no consiga saber cuáles. Quizás deba llevar la coherencia de la frase hasta su fin y fracasar en decir algunas cosas: sería el último fracaso, el fracaso final. Pero llevar una coherencia -cualquier coherencia, incluso la coherencia de esta frase- hasta el fin es un triunfo y caería, entonces, en la contradicción”. Por si quedaban dudas, Caparrós lo deja claro. Sí, es argentino. Pero los requiebros mentales no son coto exclusivo de la vieja Argentina. También me he acordado de Enrique Vila-Matas, no sólo porque su última novela, Aire de Dylan, verse sobre el fracaso, sino porque, como Caparrós, el catalán incurre constantemente en ese eterno cuestionar cada cosa, cada mota de polvo flotante en el ambiente. Ese capturar el mundo en una frase. En referencia a la importancia de elegir bien qué espuma de afeitar comprar, porque la visión de ese bote te acompañará cada mañana, dice: “Hay decisiones que uno no medita en su justa medida. La idea de meditar en su justa medida es otro error pavote: como si se pudiera definir cuál es la medida -la justa medida- en que algo debe ser pensado, como si pensar no fuera precisamente una actividad que no tiene medida, que nunca llega a un fin definitivo”. Y también: “Desnudo veo tan claro, tan espantosamente claro lo que soy -como somos todos, como tratamos de olvidar que somos- un amasijo de arbitrariedades sin sentido”. El hombre está triste, de bajón. No porque se haya dado cuenta de que es mortal (tomó conciencia de su finitud a los treinta y pocos sentado en un colectivo) sino por la proximidad del fin, por la certeza inalterabilidad. Por convivir con una persona a la que ¿ama? pero no confía el pavor que le produce la “máquina médica” que le introducirán por el orto en tres días. Por no haber logrado ningún éxito. ¿Ningún éxito? Ahora me toca decir lo mismo que dice Caparrós cuando está en la consulta del doctor: “no voy a entrar en su juego”. No pienso perder más de dos líneas en preguntarme si el Martín Caparrós de verdad ha llegado a probar el sabor de sus heces o de si va en serio que una vez abofeteó a su chica. Ni dentro ni fuera del libro, en entrevistas, termina de quedar claro cuánto hay de verdad y cuánto de ficción. Che, es sólo un libro y con el libro -su contenido- me quedo. Además, no es el único interrogante que deja por despejar. Varios asuntos de la trama terminan inconclusos. Por algo será. Quedémonos con lo escrito. Con las palabras. Tal y como él mismo sugiere: “No hay nada más laborioso que convencer a ciertas personas de que cuando uno usa una palabra quiere decir lo que dice esa palabra”.

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