PoderLince16
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Esta música de fondo está copada para ambientar link: https://www.youtube.com/watch?v=UDVtMYqUAyw "El asteroide que extinguió a los dinosaurios ayudó a que aparecieran los humanos" Esta geóloga planetaria de la NASA de origen asturiano está al frente de las misiones a Júpiter, Plutón o al asteroide Bennu. A finales de los 80, identificó el lugar en el que hace 66 millones de años cayó el gran asteroide que causó una extinción masiva. "¿Dónde está la NASA?" Fue lo primero que Adriana Ocampo (Barranquilla, Colombia, 1955) preguntó a sus padres en cuanto aterrizó en California. Tenía 14 años y acababa de mudarse con su familia desde Argentina, el país en el que pasó su infancia, hasta EEUU, donde acabó siendo una de las responsables científicas del programa Nuevas Fronteras, que comprende las misiones de exploración a Júpiter, Plutón o al asteroide Bennu. "Desde pequeña tuve muy claro que quería trabajar en la NASA pero para mí era un sueño, algo casi imposible porque yo venía de un lugar en el que la palabra espacio realmente no existía", confiesa esta geóloga planetaria de origen asturiano, durante una entrevista. Ocampo, que estuvo el jueves en Madrid para participar en la octava edición de National Geographic Mentes Brillantes, organizada por TPI, identificó a finales de los años 80 el lugar de la Península del Yucatán (México) en el que hace 66 millones de años cayó el gigantesco asteroide que acabó con los dinosaurios y con muchas otras especies. A raíz de una conferencia en México, comenzó a colaborar con un equipo de arqueólogos que investigaba las causas del declive de la civilización maya."Usaban imágenes de satélite para detectar dónde estaban los canales de irrigación para la agricultura y ver si había habido sequías. Encontraron un semicírculo pero no sabían qué era. Cuando lo vi pensé en un impacto", recuerda. Y allí, en Chicxulub, encontraron la huellas de ese cráter, corroborando la controvertida teoría que Walter Alvarez y su padre, el Nobel Luis Álvarez, propusieron en 1980. "Ellos tenían como prueba una gran concentración de iridio, que sólo se puede encontrar en asteroides o cometas. En aquella época se calculó que la roca tenía un tamaño de 12 a 17 kilómetros de diámetro. Nadie quería creer entonces que la Tierra había sufrido un impacto pero hoy en día sabemos que es cada día caen micrometeoritos", relata Ocampo, que ha hecho seis expediciones al cráter para investigar la gran extinción, el tema de su tesis doctoral. Descríbame cómo cree que se produjo esa extinción masiva hace 66 millones de años. Probablemente nuestra biosfera era muy diferente. El clima era más cálido y había más regiones tropicales. Los dinosaurios habían dominado la Tierra durante más de 150 millones de años pero entonces vino este bólido e impactó en el lugar más letal, en la zona en cuyo subsuelo había mayor cantidad de azufre. Se generó una sopa química que en segundos inyectó toneladas de ácido sulfúrico en la atmósfera, que se volvió opaca, y hubo incendios globales. La energía solar dejó de llegar a las plantas, así que los dinosaurios y otros animales herbívoros se quedaron sin comida y con ello, los dinosaurios carnívoros tampoco tenían qué comer. Es decir, se rompió el ciclo y el 70% de las especies se extinguieron. Los animales que vivían en la profundidad del océano y los pequeños mamíferos, que en cierto modo son de los que descendemos, fueron los que pudieron sobrevivir porque no tenían tantas necesidades como los dinosaurios, que ingerían grandes cantidades de comida. ¿Por qué estudiamos esto? Porque va a volver a ocurrir. ¿Hasta qué punto ve posible o probable que vuelva a caer un asteroide tan grande? Nosotros no hablamos de si puede volver a caer, sino de cuándo. Hay una certeza, aunque puede ser dentro de millones de años. Hasta ahora, ha habido cinco extinciones masivas en nuestro planeta. Siempre digo que tuvimos la ayuda de las estrellas porque ese asteroide nos dio una oportunidad a los mamíferos para poder competir y evolucionar hacia los Homo sapiens. No podíamos competir con los dinosaurios. Ayudó a nuestra especie. Si no hubiera caído este asteroide, ¿no habríamos surgido los humanos? Quizás no. Sabíamos que había dinosaurios como el velociraptor que estaba desarrollando más inteligencia y hasta parece que tenía capacidades de comunicación, pero la vida en nuestro planeta hubiera sido muy diferente sin ese impacto.No sabemos cuándo va a caer otro asteroide, pero lo que hacemos es rastrear el cielo para identificarlos. La NASA ha creado la Oficina de Defensa Planetaria y tenemos dos misiones dedicadas a este tema. En unos años lanzaremos DART, un misión tecnológica para estudiar cómo cambiar la trayectoria de un asteroide peligroso, y Osiris-Rex, que en septiembre de este año llegará al asteroide Bennu, que tiene el potencial de impactar contra la Tierra en el futuro, para tomar muestras y traerlas en 2023. ¿Qué cantidad de muestras del asteroide Bennu va a traer Osiris-Rex? El requerimiento es que traiga gramos, aunque en los ensayos que hicimos en la Tierra pudo recoger kilos. Hay mucho interés científico por estudiarlas porque sabemos que Bennu tiene aminoácidos, los materiales claves que hacen falta para que se forme la vida. Y también hay interés por determinar las propiedades mecánicas de su suelo, algo importante para aprender a desviar estas rocas. Cada vez tienen más asteroides identificados pero de repente uno cayó en Chelyabinsk (Rusia), causando miles de heridos, y no pudieron detectarlo con antelación. ¿Por qué pasó? Porque vino de la dirección del Sol y no pudimos verlo. El Sol nos cegó. Y si viene otro asteroide más grande en dirección del Sol, ¿tampoco lo podrán ver? Probablemente no, tendríamos muy poco tiempo para poder hacer algo. Por eso es tan importante que sigamos desarrollando tecnologías y metodologías para observar incluso en la dirección del Sol. Pero tenemos que colaborar porque es algo que nos incumbe a todos. Ojalá seamos una especie inteligente y cuando llegue el momento, estemos preparados para desviar su trayectoria y no nos pase como a los dinosaurios, que no pudieron hacer nada. La nave espacial New Horizons entusiasmó al público cuando se acercó a Plutón. ¿Cómo va la extensión de la misión? La NASA dio más presupuesto para seguir explorando así que el equipo buscó otros objetos en el cinturón de Kuiper y se seleccionó Ultima Thule, al que la nave podía llegar con el combustible que le queda. Lo va a sobrevolar en enero de 2019. Va a ser muy emocionante descubrir un nuevo mundo, es una nueva clase de objeto. Queremos ver de qué está compuesto, si tiene anillos, lunas...Pensamos que es un mundo binario y que tiene 25 o 30 kilómetros de diámetro. ¿Existe el planeta nueve? Uno de los resultados más interesantes de la misión New Horizons es que nos ha abierto los ojos hacia un nuevo sistema solar. Hoy en día, cuando nos preguntan cuántos planetas hay, podemos decir que ocho, pero hay miles de pequeños planetas orbitando, la mayoría sin descubrir. Es posible que exista un planeta enorme con una órbita tan enorme que requiere de mucho tiempo para dar la vuelta al Sol y, por tanto, no lo hayamos visto aún. Plutón también se detectó por la perturbación gravitacional. ¿Cómo ha cambiado la sonda Juno lo que saben de Júpiter? Es la primera vez que orbitamos Júpiter de polo a polo con paneles solares. Es el planeta más grande del Sistema Solar y, en cierto modo, el más maligno porque emite balas de iones letales para todos los sistemas electrónicos y para un ser humano. Para que la nave pudiera sobrevivir hicimos una caja de titanio y estamos muy contentos porque funciona muy bien y ha hecho hallazgos extraordinarios, como confirmar que tiene un núcleo.Júpiter es una protoestrella, emite más energía de la que recibe, y es como un minisistema solar porque tiene más de 50 lunas. Es un planeta clave en el Sistema Solar porque probablemente fue el primero que se formó y actuó como una gran licuadora, trajo la molécula de agua que fue clave para que se formara la vida en la Tierra. Ahora queremos saber cuánta agua hay y tratamos de descifrar cómo es capaz de emitir más energía de la que recibe. Si entendemos esos mecanismos, podría ser una forma de tener más energía en la Tierra. ¿Se podría mandar una misión tripulada a Venus? Venus es extraordinario y es nuestro planeta hermano. Fue la versión 1 de la Tierra. Es el que más se parece en tamaño y en composición, pero algo pasó hace entre 500 y 800 millones de años. Probablemente estaba en la zona habitable del Sistema Solar antes que la Tierra, tenía océanos, actividad volcánica... Su atmósfera cambió radicalmente; ahora casi es puro dióxido de carbono y la presión atmosférica es 90 veces la de la Tierra, hay casi 500 grados en su atmósfera... Queremos saber qué ocurrió. Se acaba de publicar en Journal of Astrobiology un artículo muy interesante que dice que la atmósfera media de Venus es menos ácida y tiene más moléculas de agua y temperaturas más bajas, y que quizás ahí viven bacterias que emiten señales de ultravioleta que florecen y desaparecen. Y hemos encontrado en la Tierra bacterias que emiten semejantes señales de ultravioleta. Es una teoría muy interesante porque quizás se podría instalar una estación o plataforma espacial en la atmósfera media de Venus y enviar misiones robóticas. Nosotros estamos estudiando una colaboración con los rusos para estudiar Venus, pues ellos son expertos en este planeta y los únicos que han aterrizado un módulo allí. Es un planeta muy importante porque nos puede ayudar a entender mejor el futuro de la Tierra. Entonces, ¿es posible que se pueda encontrar vida en Venus? Suelen decir que los lugares del Sistema Solar en los que puede haberla son las lunas de Saturno o de Júpiter... Sí, hay un nicho de habitabilidad. No sólo Europa, Titán, Encélado o Marte podrían tenerla. Han estado 15 meses con un director de la NASA en funciones, ¿les ha afectado de algún modo? No, la infraestructura de la NASA es muy sólida, todos los programas y los planes para una década están bien establecidos para cada división. Robert Lightfoot (el director en funciones) ha hecho un trabajo excelente y teníamos ese puesto de liderazgo. Tenemos muy claros nuestros objetivos.

La carta de Einstein donde ataca la religión "La palabra Dios es producto de la debilidad humana", le escribió el físico al filósofo Erik Gutkind, en una carta que será subastada en Christie's. México – Una de las cartas más afamadas de Albert Einstein, reconocido por sus investigaciones de la luz y la teoría de la relatividad, se acaba de poner en el mercado —de nuevo— a través de una subasta que se espera supere el millón de dólares estadounidenses. Einstein escribió la carta en 1954, tan sólo un año antes de su muerte, al filósofo Erik Gutkind después de leer su libro Escoge la vida: El llamado Bíblico a la revuelta por insistencia de su amigo mutuo Luitzen Egbertus Jan Brower, matemático y filósofo, quien le recomendó ampliamente el libro. La carta, dura y áspera en ciertos sentidos pero denotando el íntimo espíritu crítico de Einstein, establece una conversación sobre cómo él consentía su papel dentro de la religión en la que fue criado: los preceptos más importantes de ésta como el monoteísmo y el "pueblo elegido", y las consecuencias filosóficas de esto. Haciendo, por supuesto, mención a Spinoza, del cual se profesaba seguidor en cuanto temas religiosos y filosóficos. Leer una traducción de la carta, abajo: Querido Sr. Gutkind, Inspirado por la repetida sugerencia de Brouwer, leí mucho sobre tu libro, y muchas gracias por prestármelo. Lo que más me impresionó fue esto: con respecto a la factual actitud hacia la vida y la comunidad humana tenemos mucho en común. Tu ideal personal con su anhelo de libertad libre de los deseos orientados al ego, para hacer la vida hermosa y noble, con un énfasis en el elemento puramente humano. Esto nos une en tener una "actitud anti-americana ¨(estadounidense)". Aún así, sin la sugerencia de Brouwer, nunca me hubiera sido posible engancharme intensivamente con su libro pues está escrito en un lenguaje inaccesible para mí. La palabra Dios es para mí nada más que la expresión y producto de la debilidad humana, la Biblia una colección de honorables, pero aún primitivas, leyendas que de cualquier manera son bastante infantiles. No hay interpretación, sin importar cuán sutil, que pueda cambiar esto para mí. Para mí la religión judía, como todas las demás religiones, es una encarnación de la superstición más infantil. Y la gente judía, a la que orgullosamente pertenezco, y a los cuales tengo una profunda afinidad con lo que pienso, no tienen ninguna cualidad diferente para mí que todas las demás personas. En lo que refiere a mi experiencia, tampoco son mejores que cualquier otro grupo humano, no obstante que están protegidos del peor de los cánceres por una falta de poder. De otra manera, no veo nada "elegido" sobre ellos. En general encuentro doloroso que tu dices tener una posición privilegiada e intentas defenderla con dos muros de orgullo, uno externo como hombre y uno interno como judío. Como hombre tu declaras, por así decirlo, una dispensación de la causalidad que de otra manera sería aceptada, como judío el privilegio del monoteísmo. Pero una limitada causalidad deja de ser cualquier tipo de causalidad, tal y como nuestro maravilloso Spinoza reconoció con toda incisión, probablemente fue el primero en hacerlo. Y las interpretaciones animistas de las religiones de la naturaleza en principio no son anuladas por la monopolización. Con todos estos muros solamente podemos atraer autoengaño, pero nuestros esfuerzos morales no se amplían. Sino al contrario. Ahora, que abiertamente he hablado sobre nuestras diferencias en cuanto a convicciones intelectuales, es claro para mí que somos bastante cercanos en otras cosas esenciales, por ejemplo; en nuestras evaluaciones del comportamiento humano. Lo que nos separa únicamente son "herramientas" intelectuales y "racionalización" en el lenguaje de Freud. Por eso creo que nos entenderíamos bien si habláramos sobre cosas concretas. Con cariñosos agradecimientos y buenos deseos, Tuyo, A. Einstein. La subasta será llevada a cabo por la casa Christie's, una de las más prestigiosas del mundo, la cual exhibirá la carta en Nueva York a partir del 30 de noviembre al 3 de diciembre, para subastarla el 4 de diciembre.

Cómo conocí a Evita y me enamoré de ella Este texto fue redactado 1956, en Panamá, durante el primer año de exilio del presidente Perón tras el golpe de Estado de 1955 Música copada para ambientar Eva entró en mi vida como el destino. Fue un trágico terremoto que sacudió la provincia de San Juan, en la Cordillera, y destruyó casi enteramente la ciudad, el que me hizo encontrar a mi mujer. En aquella época yo era Ministro del Trabajo y Asistencia Social. (…) Millares de personas habían quedado sin techo, aisladas en zonas gélidas y escuálidas, al otro lado de unas montañas temibles y lóbregas, cuyo único ornamento son las nieves perpetuas. Había una joven dama de aspecto frágil, pero de voz resuelta… Para socorrer a la población de San Juan movilicé al país entero (…). Se trató de organizar un verdadero ejército de voluntarios que llamasen a todas las puertas de la ciudad, a lo largo y a lo ancho, solicitando socorros y enviándolos luego a las zonas afectadas. Entre los tantos que en aquellos días pasaron por mi despacho, había una joven dama de aspecto frágil, pero de voz resuelta, con los cabellos rubios y largos cayéndole a la espalda, los ojos encendidos como por la fiebre. Dijo llamarse Eva Duarte, ser una actriz de teatro y de la radio y querer concurrir, a toda costa, a la obra de socorro para la infeliz población de San Juan. "Organizamos espectáculos –dijo–. Movilizaré a los colegas. Mi compañía es una compañía de voluntarios que pide ser empleada en esta batalla benéfica". Hablaba de manera vivaz, tenía ideas claras y precisas e insistía en que se le confiara un encargo. "Un encargo cualquiera", decía. "Quiero hacer algo por esa gente que en este momento es más pobre que yo". Yo la miraba y sentía que sus palabras me conquistaban; estaba casi subyugado por el calor de su voz y de su mirada. Eva estaba pálida, pero mientras hablaba su rostro se encendía. Tenía las manos escuálidas y los dedos ahusados; era un manojo de nervios. Discutimos largo rato. Era la época en que en mí se abría camino la idea de dar vida a un movimiento político que transformase radicalmente la vida de la Argentina. Los primeros experimentos de mis teorías sociales, llevados a cabo en mi calidad de Ministro, habían despertado a las masas, a las cuales nadie hasta entonces, había dirigido una palabra o una mirada. La Argentina vivía según una tradición decrépita que no tenía en cuenta las exigencias del pueblo. Como en la India, había también una casta privilegiada; el que no pertenecía a esta casta tenía solemnemente el deber de trabajar y el derecho de morirse de hambre. Eva debía trabajar por los desheredados puesto que en ese tiempo, en el plano social, la mayoría de los argentinos podía compararse a los sin techo de San Juan Vi en Eva una mujer excepcional, una auténtica "pasionaria" animada de una voluntad y de una fe que se podía parangonar con la de los primeros creyentes. Eva debía hacer algo más que ayudar a la gente de San Juan; debía trabajar por los desheredados argentinos puesto que en esos tiempos, en el plano social, la mayoría de los argentinos podía compararse a los sin techo de la ciudad de la Cordillera, triturada por el terremoto. Decidí, por lo tanto, que Eva Duarte se quedase en el Ministerio mío y abandonase sus actividades teatrales. En mis dos designios políticos las mujeres tenían su parte; quería incluirlas en la vida del país, llevarlas al mismo plano de los hombres y concederles un derecho que no tenían: el voto. Al principio, aquella frágil mujer rubia no hizo hablar de ella. Me seguía como una sombra, me escuchaba atentamente, asimilaba mis ideas, las elaboraba en su cerebro férvido e infatigable y seguía mis directivas con una precisión excepcional. En dos o tres meses, Eva Duarte había sido capaz de transformarse en una colaboradora indispensable. Fue en ocasión de los sucesos de 1945 cuando demostró un valor fuera de lo común y una personalidad extraordinaria. El 9 de octubre fui obligado a renunciar al Ministerio; querían que dejase el Ministerio del Trabajo por el de Guerra, pero yo me negué y preferí salir de las filas del Ejército y volver a la vida civil. Comenzó desde entonces mi odisea política que duró diez años y de la cual el exilio en Colón (N. de la E.: Panamá) es solamente una etapa, no la conclusión. Creía poderme dedicar pacíficamente a la organización del nuevo partido, pero me equivoqué. Fui arrestado a consecuencia de una manifestación popular protagonizada por los obreros cuando supieron mi dimisión y se me envió en confinamiento a la isla de Martín García. En Buenos Aires, Eva Duarte trabajaba por mí. Tomó la dirección del movimiento, lo llevó hasta las localidades más lejanas del país y muy en breve puso una carga explosiva en el alma de la Nación. Tampoco ella tuvo días tranquilos; llamada a la Secretaría de la Presidencia fue invitada a no ocuparse de política y a volver a su trabajo en el teatro. En respuesta, Eva llevó a nuestra gente a las plazas y el 17 de octubre se puso a la cabeza de los "descamisados" que en la Plaza de Mayo amenazaron incendiar la ciudad si no se me ponía inmediatamente en libertad. Frente a tanta furia y tanta decisión, el gobierno me volvió a llamar del confinamiento en Martín García y me invitó a hablar a la multitud que vivaqueaba en la plaza ante la Casa Rosada. Era gente venida de todas las provincias, que había caminado a pie kilómetros y kilómetros, insensible al hambre y las molestias del camino, decidida a todo, con tal de salir de un estado de miseria y servidumbre en el que se arrastraba desde generaciones. Las mujeres se habían llevado consigo hasta los hijos; los hombres habían abandonado los campos y los muchachos habían seguido a sus padres en aquella marcha que podía convertirse en el primer acto de una cruel guerra civil. Hablé desde una ventana de la casa de gobierno; invité a la multitud a volver a su trabajo y mis palabras tuvieron el poder de serenar los ánimos agitados y enardecidos. Yo estaba finalmente libre; Eva había vuelto a trabajar conmigo con más espíritu y mayor pasión. En lo sucesivo pensábamos con el mismo cerebro, sentíamos con el mismo corazón. Era natural por tanto que en tanta comunión de ideas y de sentimientos naciese aquel afecto que nos llevó al matrimonio. Nos casamos en el otoño de 1945, en la iglesia de San Francisco en La Plata. Celebró la ceremonia un padre jesuita, Hernán Benítez, que luego fue el padre espiritual de Evita y la asistió hasta la muerte. Los días de la campaña electoral pusieron a dura prueba las energías de Eva que viajaba a lo largo y lo ancho del país hablando en todas partes, incitando a los desheredados a unirse a nosotros en la batalla que debía servir para hacer triunfar sus derechos. Trabajábamos día y noche; con frecuencia, durante semanas enteras no nos veíamos y cada encuentro nuestro desde el punto de vista sentimental, era una novedad, una sorpresa. El 4 de junio de 1946 fui nombrado Presidente. Los primeros seis meses después del nombramiento fueron los únicos que pasamos tranquilos, en una casa verdaderamente nuestra. Habitábamos en la calle Teodoro García, en la casa propiedad de Evita, pequeña, aislada, hecha a propósito para pasar una luna de miel que muchas veces nos habíamos visto obligados a aplazar. Muy luego, sin embargo, por la afluencia de la gente que venía a visitarnos y por el número, siempre creciente, de pobres que solicitaban hablar con Evita, debimos trasladarnos a la villa presidencial en el barrio de Palermo. Mi mujer decidió dedicarse a la asistencia social y se instaló en el Ministerio del Trabajo del cual era titular José María Freire. Eva Perón junto a adolescentes en los “Juegos Nacionales Evita” Sus tareas eran distintas: Eva intervenía en los casos, infinitos, que escapaban al control y la actividad del Ministro. Así nació la "Fundación EVA PERÓN", un organismo de ayuda social encaminado a cuidar de niños, muchachos, hombres, mujeres y ancianos, creando asilos, escuelas, clínicas, hospitales, casas de refugio, centros de recreo y vacaciones, a los cuales tenía acceso el pueblo sin gasto alguno. Para los primeros fondos, Eva se dirigió a mí. Una noche en la mesa me expuso sus programas; parecía una máquina calculadora; al terminar le di mi consentimiento de ley. Le pregunté: "¿Y dónde están los fondos?" Ella me miró divertida: "Muy sencillo, me dijo, comenzaremos con los tuyos…". "¿Con los míos? ¿Y cuáles?" "Tu sueldo de Presidente". (…) Eva se puso inmediatamente al trabajo; desde aquel momento perdía prácticamente a mi mujer. Nos veíamos raramente y de pasadita, como si viviésemos en dos ciudades distintas. Eva, efectivamente, pasaba con mucha frecuencia la noche en su oficina y volvía a casa al amanecer. Yo, que de ordinario salía de la villa a la seis de la mañana para ir a la Casa Rosada, me la encontraba en la puerta, un poco cansada pero siempre satisfecha de sus fatigas. Un día le dije: "Eva, descansa y piensa que también eres mi mujer". Ella se puso seria y me respondió: "Es justamente así como me doy cuenta de que soy tu mujer". En 1947 llegó una invitación oficial para que visitásemos España. Asuntos importantes de gobierno me obligaron a renunciarla, pero decidí que Eva fuese con un pequeño séquito de personas, entre las cuales estaba el conocido armador Alberto Dodero, quien se encargó de los gastos del viaje. Junto con la invitación de España, llegó también la de Italia, Portugal y Francia. (…) En aquellos años España estaba en cuarentena e Italia salía lentamente de su grave crisis de posguerra. En España no había ni siquiera Embajadores, porque las naciones vencedoras no querían tener relaciones con el gobierno de Franco. Justamente por esta razón y para demostrar al mundo que la Argentina, al margen de toda animosidad, estaba animada de un profundo espíritu de solidaridad universal, decidí enviar a Madrid un representante diplomático, regularmente acreditado y junto con el Embajador mandé numerosos barcos de víveres para aquella población generosa y hambreada. Hoy se habla mucho del Plan Marshall y se reconoce al general Marshall el mérito de haber concurrido a la salvación del mundo empobrecido por la guerra; no quiero pecar de modestia, pero creo que puede decirse sin temor a desmentidos, que el verdadero, el primer Plan Marshall lo actualizamos, lo realizamos nosotros los argentinos, socorriendo a los necesitados sin pedirles nada, sin pretender de ellos alguna contrapartida de orden político. Eva Peron y Francisco Franco durante la “Gira del arcoíris Para Italia eran momentos graves y difíciles. La carestía flagelaba Europa. La miseria y el hambre atormentaban de manera trágica también a Grecia, a la que en 1946, a nombre del gobierno argentino, regalé medio millón de toneladas de víveres. (…) Un día, en 1947, el Embajador (de Italia) Arpesani solicitó entrevistarse conmigo. (…) Me dijo que Italia ya no tenía pan y me mostró un telegrama de su Presidente del Consejo. Agregó verbalmente que su gobierno no disponía de moneda para pagar el grano. "Presidente, me dijo, solamente usted puede ayudarnos. Su ayuda es necesaria hoy. Mañana sería tarde". Convoqué inmediatamente a Miguel Miranda y el Consejo Económico del cual Miranda era el Presidente. Pregunté cuántos barcos argentinos se encontraban navegando en aquel momento. Me respondieron que eran unos diez, todos cargados de trigo, destinados a otros países (…). Por telegrama ordené a todos los buques invertir la ruta y dirigirse a puertos italianos. El embajador de Italia en aquel momento no acertó a decir una palabra; bajó la cabeza y vi que se pasaba por los ojos el dorso de la mano… Eva estaba ya en viaje para Europa. En España tuvo una recepción entusiasta. Todas las noches me telefoneaba a Buenos Aires sus impresiones. (…) Por muchos días después de su regreso, me contó las peripecias del viaje. Le parecía haber vivido una fábula extraordinaria. Lo que mayormente le impresionaba fue la visita al Papa y al Vaticano. "Entrando a la plaza de San Pedro, me dijo, tuve la impresión de haber entrado a otro mundo. Roma parecía alejada mil millas y casi casi, ni se sentían los rumores. En el Vaticano todo era quieto, silencioso, ordenado, maravilloso. Aquel pequeño Estado que vive en torno de una majestuosa Basílica, es un continente. El Papa me pareció una visión. Su voz era como un sonido, moderado y lejano. Me dijo que seguía muy de cerca tu obra, que te consideraba un hijo predilecto y que tu política ponía en práctica de manera más que laudable, los principios fundamentales del Cristianismo". Por dos años todavía, Evita vivió feliz, dedicándose enteramente a los pobres. Los primeros síntomas de su enfermedad se manifestaron hacia fines de 1949. Retrato de Evita en el que ya empiezan a notarse los efectos de la enfermedad en su físico Una fuerte anemia la obligó a someterse a intensas curas. La veía pálida y cada día me parecía más delgada, más consumida. Insistía en que reposase, pero ella no atendía razones. Reaccionaba contra la debilidad que la postraba, obligaba a las pocas fuerzas que aún le restaban y a su inextinguible fuerza de voluntad. Durante algún tiempo pareció que las medicinas la hubiesen ayudado; había recuperado un poco de fuerzas, pero muy pronto advertí que se trataba de una mejoría efímera. Evita ya no tenía sangre, ya no tenía pulso: estaba descarnada y blanda como una sombra. Era toda nervios y voluntad. En su rostro no se notaban más que los ojos, hundidos, encendidos por la fiebre, cercados de ojeras. El mal la devoraba sin piedad. "Si no te sometes a reposo, te mueres", le decía yo y ella me respondía: "Si me someto a reposo, ¿quién cuidará de esa gente?" No había palabras que lograran convencerla de la necesidad de moderar el ritmo de su trabajo. La curaban numerosos médicos argentinos, pero cuando se agravó, hice venir de los Estados Unidos al Doctor Pack, un famoso cancerólogo, amigo nuestro y asesor del Instituto Argentino para el Cáncer y de la Fundación Eva Perón. El Dr. Pack visitó a mi mujer hacia fines de 1951; la invitó a vivir de manera más regulada y tranquila y me dijo claramente que las esperanzas de salvarla serían nulas si no seguía sus consejos. "La señora, me dijo, puede morir de un momento a otro. Está gravísima. No hay nada peor que curar a un enfermo que no quiere seguir las prescripciones del médico. Es mi deber advertirle, que solamente un largo período de reposo puede prolongarle la vida." Intenté intervenir, pero sin éxito alguno. Eva continuaba yendo a su oficina, recibiendo gente y, como de costumbre, regresaba a casa a horas avanzadas de la noche y muchas veces al alba. Una vez que la reprendí ásperamente, me respondió: "Sé que estoy muy enferma y sé también que no me salvaré. Pienso, sin embargo, que hay muchas cosas más importantes que la vida y si no las llevase a cabo, me parecería que no habría cumplido mi destino". El primero de mayo de 1952 habló por última vez en público desde un balcón de la Casa Rosada. Le costó gran fatiga, tanto que al terminar el discurso se desvaneció entre mis brazos. En la sala, detrás de la vidriera, a través de la cual se oía aún la voz de la multitud que la llamaba, solamente se sentía mi respiración; la de Eva era imperceptible y fatigosa. Entre mis brazos tenía la apariencia de una muerta… Perón abraza a Evita tras anunciar ella que no será candidata a vicepresidente Desde entonces el mal no le dio tregua; quebrantó sus últimas fuerzas y la obligó a guardar cama. Aquellos días de lecho fueron infernales para Evita; estaba reducida a la sola piel, a través de la cual se notaba ya la blancura de los huesos. Solamente sus ojos permanecían vivos y locuaces. Se posaban por doquiera, preguntaban todo; a ratos estaban serenos, a veces me parecían desesperados. Las fuerzas ya la habían abandonado. Cuando se sintió cercana a la muerte quiso escribirme una carta que yo conservo entre las pocas cosas que representan mi mundo de entonces y mis riquezas de siempre. La dictó a una secretaria, y luego, de su puño y letra, agregó alguna cosa con una caligrafía vaga y temblorosa. Una semana antes de su muerte quiso hacer testamento Una semana antes de su muerte quiso hacer testamento. A propósito de sus bienes escribió: "Deseo que todos mis bienes sean puestos a la disposición de Perón en su calidad de representante del pueblo argentino. Mis bienes son patrimonio de mi pueblo y del movimiento peronista; los derechos de mi libro entréguense a mi marido y por su mediación, a nuestra gente. Mientras Perón viva, él podrá disponer de todos mis bienes como mejor lo crea; podrá hacer de ellos lo que quiera. A él dediqué mi vida y por tanto todo lo que fue mío, le pertenece. Después de la muerte de mi marido, todo será del pueblo. Dispongo que mis joyas sirvan para crear un fondo de ayuda social; ellas no son mías, en parte me fueron regaladas por mi pueblo. Estas y otras que recibí de mis amigos extranjeros deberán servir para crear alguna cosa útil y permanente, para la tranquilidad de la gente miserable". El testamento de Evita fue leído a la multitud en la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1952. El día antes de morir me mandó llamar y quiso permanecer sola conmigo. Me senté a la orilla de la cama y ella hizo un esfuerzo para incorporarse; su respiración era ya un estertor agónico. "No me queda ya mucho que vivir", dijo balbuceando las palabras. "Te agradezco cuanto has hecho por mí. Te pido una sola cosa…". La palabra murió en sus labios blancos y finos; su frente estaba perlada de sudor. Volvió a hablar en tono más bajo; su voz era apenas un susurro… "No abandones a la gente pobre… Es la única que sabe ser fiel…". Ya era avanzada la tarde; por la ventana entraban las primeras sombras. Un viento implacable mecía furiosamente los árboles. El cielo tenía el color de un sudario y amenazaba lluvia. Durante la noche, Evita tuvo un colapso y entró en coma. En la alcoba estaban conmigo su madre, su hermana, su confesor, el padre Benítez, y los médicos que la asistían, el profesor Finochietto y los doctores Tacchini y Taiana; afuera llovía como un diluvio. Antes de expirar, Eva me había recomendado no dejarla enterrar; quería ser embalsamada. Es inútil repetir lo que fueron los funerales de mi mujer. Los diarios de todo el mundo han hablado de ellos suficientemente. Inmediatamente después de la desaparición de Evita se formó una comisión para erigirle un monumento; los fondos que se recogieron y se emplearon en los trabajos emanaban de una plebiscitaria suscripción popular. Fue la misma comisión la que contrató al médico español Pedro Ara para embalsamar el cadáver. Ara es conocido doquiera y sus métodos de trabajo son verdaderamente extraordinarios. Casi podría decir que el doctor Ara logra fijar en el rostro de sus muertos aquel soplo de vida al que, en el último momento, ellos buscan aferrarse desesperadamente. (…) Se hizo el embalsamiento en una sala del último piso de la sede de la Confederación General del Trabajo transformada en gabinete anatómico y duró casi seis meses. Vi el cadáver embalsamado de Evita y tuve la impresión de que dormía Vi el cadáver embalsamado de Evita y tuve la impresión de que dormía. No lograba apartar los ojos de su pecho, porque esperaba de un momento a otro que se levantase y se repitiese así el milagro de la vida. Eva vestía una túnica blanca, larguísima, que le cubría los desnudos pies. Sobre la túnica, casi a la altura de los hombros, brillaba el distintivo peronista en oro y piedras preciosas, que llevaba cuando vivía. Las manos le salían de las amplías mangas y estaban cruzadas; entre las manos tenía un crucifijo. El doctor Pedro Ara, junto al cadáver embalsamado de Evita Su rostro estaba como de cera, lúcido y transparente, tenía los ojos cerrados como si durmiese. Los cabellos bien peinados hacían el efecto de una aureola. El cadáver estaba extendido en un minúsculo lecho forrado de raso y encerrado en una campana de vidrio. Esperando trasladarla al mausoleo que se estaba construyendo ante la villa presidencial, según deseo expreso de Evita poco antes de morir, ordené que fuese colocada en una sala de la Confederación del Trabajo, transformada en capilla provisional. Las paredes de aquel sepulcro estaban recubiertas de paños azules y detrás de las colgaduras había una mesita en la cual el Dr. Ara tenía las redomas y ampollas de sus ácidos y jeringas. La cámara era semi-oscura; apenas la iluminaba un rayo de mortecina luz que venía del techo; una puerta de madera con dos ventanillas de vidrio opaco daba acceso a aquel lugar en donde nadie podía entrar. Existía una sola llave y la tenía el médico español. Yo fui tres veces a ver a Evita; cada vez experimentaba una emoción diversa. Ante la puerta sentía un extraño sudor que me descendía por la espalda; el ruido de la llave al girar en la cerradura me parecía convertirse en un trueno… Luego seguía un gran silencio, como si el umbral de aquella puerta fuese el umbral de la eternidad. Eva estaba inmóvil, blanca como una nubecilla. Una vez me le acerqué y estuve tentado de tocarle el rostro; alargué la mano pero la retiré súbitamente; tenía miedo de que el calor de mi mano y mis dedos la redujesen a polvo como sucede con el aire en los sepulcros antiguos. Ara se me acercó y me dijo en voz baja: "No tenga miedo. Está intacta como cuando estaba viva". (…) No sé qué le haya sucedido al cadáver de Evita. Sé que hasta el día de mi partida y durante el mes que gobernó Lonardi estaba en la sala, en el segundo piso de la Confederación General de Trabajadores. Rojas dio órdenes, luego, de sacarlo de allí e ignoro dónde lo hayan escondido. Me consta que muchos grupos de damas peronistas, varias veces, se dirigieron al gobierno solicitando el cadáver para darle sepultura. Aramburu ha ignorado las solicitudes de aquellas damas, así como ha ignorado el telegrama que le envié hace un par de meses y en el cual le advertía, entre otras cosas, que lo consideraría responsable de cualquier cosa que le sucediese al cadáver de mi mujer. De nosotros dos, acaso solamente Evita es feliz. Aunque muerta y sin paz, Eva se ha quedado en su tierra; yo estoy lejos de ella y solamente me es dado vivir de esperanzas, de angustias y recuerdos. De ella me quedan una fotografía, su "carnet cívico" que es nuestra cédula de identidad, y la última carta que me mandó el 4 de junio de 1952. Las pocas palabras que escribió de su puño y letra son casi ilegibles, la escritura es irregular, incierta y fatigada. Se parece a su respiración, como la sentí aquella mañana inolvidable, pocos instantes antes de morir.

Cómo conocí a Evita y me enamoré de ella Este texto fue redactado 1956, en Panamá, durante el primer año de exilio del presidente Perón tras el golpe de Estado de 1955 Música copada para ambientar Eva entró en mi vida como el destino. Fue un trágico terremoto que sacudió la provincia de San Juan, en la Cordillera, y destruyó casi enteramente la ciudad, el que me hizo encontrar a mi mujer. En aquella época yo era Ministro del Trabajo y Asistencia Social. (…) Millares de personas habían quedado sin techo, aisladas en zonas gélidas y escuálidas, al otro lado de unas montañas temibles y lóbregas, cuyo único ornamento son las nieves perpetuas. Había una joven dama de aspecto frágil, pero de voz resuelta… Para socorrer a la población de San Juan movilicé al país entero (…). Se trató de organizar un verdadero ejército de voluntarios que llamasen a todas las puertas de la ciudad, a lo largo y a lo ancho, solicitando socorros y enviándolos luego a las zonas afectadas. Entre los tantos que en aquellos días pasaron por mi despacho, había una joven dama de aspecto frágil, pero de voz resuelta, con los cabellos rubios y largos cayéndole a la espalda, los ojos encendidos como por la fiebre. Dijo llamarse Eva Duarte, ser una actriz de teatro y de la radio y querer concurrir, a toda costa, a la obra de socorro para la infeliz población de San Juan. "Organizamos espectáculos –dijo–. Movilizaré a los colegas. Mi compañía es una compañía de voluntarios que pide ser empleada en esta batalla benéfica". Hablaba de manera vivaz, tenía ideas claras y precisas e insistía en que se le confiara un encargo. "Un encargo cualquiera", decía. "Quiero hacer algo por esa gente que en este momento es más pobre que yo". Yo la miraba y sentía que sus palabras me conquistaban; estaba casi subyugado por el calor de su voz y de su mirada. Eva estaba pálida, pero mientras hablaba su rostro se encendía. Tenía las manos escuálidas y los dedos ahusados; era un manojo de nervios. Discutimos largo rato. Era la época en que en mí se abría camino la idea de dar vida a un movimiento político que transformase radicalmente la vida de la Argentina. Los primeros experimentos de mis teorías sociales, llevados a cabo en mi calidad de Ministro, habían despertado a las masas, a las cuales nadie hasta entonces, había dirigido una palabra o una mirada. La Argentina vivía según una tradición decrépita que no tenía en cuenta las exigencias del pueblo. Como en la India, había también una casta privilegiada; el que no pertenecía a esta casta tenía solemnemente el deber de trabajar y el derecho de morirse de hambre. Eva debía trabajar por los desheredados puesto que en ese tiempo, en el plano social, la mayoría de los argentinos podía compararse a los sin techo de San Juan Vi en Eva una mujer excepcional, una auténtica "pasionaria" animada de una voluntad y de una fe que se podía parangonar con la de los primeros creyentes. Eva debía hacer algo más que ayudar a la gente de San Juan; debía trabajar por los desheredados argentinos puesto que en esos tiempos, en el plano social, la mayoría de los argentinos podía compararse a los sin techo de la ciudad de la Cordillera, triturada por el terremoto. Decidí, por lo tanto, que Eva Duarte se quedase en el Ministerio mío y abandonase sus actividades teatrales. En mis dos designios políticos las mujeres tenían su parte; quería incluirlas en la vida del país, llevarlas al mismo plano de los hombres y concederles un derecho que no tenían: el voto. Al principio, aquella frágil mujer rubia no hizo hablar de ella. Me seguía como una sombra, me escuchaba atentamente, asimilaba mis ideas, las elaboraba en su cerebro férvido e infatigable y seguía mis directivas con una precisión excepcional. En dos o tres meses, Eva Duarte había sido capaz de transformarse en una colaboradora indispensable. Fue en ocasión de los sucesos de 1945 cuando demostró un valor fuera de lo común y una personalidad extraordinaria. El 9 de octubre fui obligado a renunciar al Ministerio; querían que dejase el Ministerio del Trabajo por el de Guerra, pero yo me negué y preferí salir de las filas del Ejército y volver a la vida civil. Comenzó desde entonces mi odisea política que duró diez años y de la cual el exilio en Colón (N. de la E.: Panamá) es solamente una etapa, no la conclusión. Creía poderme dedicar pacíficamente a la organización del nuevo partido, pero me equivoqué. Fui arrestado a consecuencia de una manifestación popular protagonizada por los obreros cuando supieron mi dimisión y se me envió en confinamiento a la isla de Martín García. En Buenos Aires, Eva Duarte trabajaba por mí. Tomó la dirección del movimiento, lo llevó hasta las localidades más lejanas del país y muy en breve puso una carga explosiva en el alma de la Nación. Tampoco ella tuvo días tranquilos; llamada a la Secretaría de la Presidencia fue invitada a no ocuparse de política y a volver a su trabajo en el teatro. En respuesta, Eva llevó a nuestra gente a las plazas y el 17 de octubre se puso a la cabeza de los "descamisados" que en la Plaza de Mayo amenazaron incendiar la ciudad si no se me ponía inmediatamente en libertad. Frente a tanta furia y tanta decisión, el gobierno me volvió a llamar del confinamiento en Martín García y me invitó a hablar a la multitud que vivaqueaba en la plaza ante la Casa Rosada. Era gente venida de todas las provincias, que había caminado a pie kilómetros y kilómetros, insensible al hambre y las molestias del camino, decidida a todo, con tal de salir de un estado de miseria y servidumbre en el que se arrastraba desde generaciones. Las mujeres se habían llevado consigo hasta los hijos; los hombres habían abandonado los campos y los muchachos habían seguido a sus padres en aquella marcha que podía convertirse en el primer acto de una cruel guerra civil. Hablé desde una ventana de la casa de gobierno; invité a la multitud a volver a su trabajo y mis palabras tuvieron el poder de serenar los ánimos agitados y enardecidos. Yo estaba finalmente libre; Eva había vuelto a trabajar conmigo con más espíritu y mayor pasión. En lo sucesivo pensábamos con el mismo cerebro, sentíamos con el mismo corazón. Era natural por tanto que en tanta comunión de ideas y de sentimientos naciese aquel afecto que nos llevó al matrimonio. Nos casamos en el otoño de 1945, en la iglesia de San Francisco en La Plata. Celebró la ceremonia un padre jesuita, Hernán Benítez, que luego fue el padre espiritual de Evita y la asistió hasta la muerte. Los días de la campaña electoral pusieron a dura prueba las energías de Eva que viajaba a lo largo y lo ancho del país hablando en todas partes, incitando a los desheredados a unirse a nosotros en la batalla que debía servir para hacer triunfar sus derechos. Trabajábamos día y noche; con frecuencia, durante semanas enteras no nos veíamos y cada encuentro nuestro desde el punto de vista sentimental, era una novedad, una sorpresa. El 4 de junio de 1946 fui nombrado Presidente. Los primeros seis meses después del nombramiento fueron los únicos que pasamos tranquilos, en una casa verdaderamente nuestra. Habitábamos en la calle Teodoro García, en la casa propiedad de Evita, pequeña, aislada, hecha a propósito para pasar una luna de miel que muchas veces nos habíamos visto obligados a aplazar. Muy luego, sin embargo, por la afluencia de la gente que venía a visitarnos y por el número, siempre creciente, de pobres que solicitaban hablar con Evita, debimos trasladarnos a la villa presidencial en el barrio de Palermo. Mi mujer decidió dedicarse a la asistencia social y se instaló en el Ministerio del Trabajo del cual era titular José María Freire. Eva Perón junto a adolescentes en los “Juegos Nacionales Evita” Sus tareas eran distintas: Eva intervenía en los casos, infinitos, que escapaban al control y la actividad del Ministro. Así nació la "Fundación EVA PERÓN", un organismo de ayuda social encaminado a cuidar de niños, muchachos, hombres, mujeres y ancianos, creando asilos, escuelas, clínicas, hospitales, casas de refugio, centros de recreo y vacaciones, a los cuales tenía acceso el pueblo sin gasto alguno. Para los primeros fondos, Eva se dirigió a mí. Una noche en la mesa me expuso sus programas; parecía una máquina calculadora; al terminar le di mi consentimiento de ley. Le pregunté: "¿Y dónde están los fondos?" Ella me miró divertida: "Muy sencillo, me dijo, comenzaremos con los tuyos…". "¿Con los míos? ¿Y cuáles?" "Tu sueldo de Presidente". (…) Eva se puso inmediatamente al trabajo; desde aquel momento perdía prácticamente a mi mujer. Nos veíamos raramente y de pasadita, como si viviésemos en dos ciudades distintas. Eva, efectivamente, pasaba con mucha frecuencia la noche en su oficina y volvía a casa al amanecer. Yo, que de ordinario salía de la villa a la seis de la mañana para ir a la Casa Rosada, me la encontraba en la puerta, un poco cansada pero siempre satisfecha de sus fatigas. Un día le dije: "Eva, descansa y piensa que también eres mi mujer". Ella se puso seria y me respondió: "Es justamente así como me doy cuenta de que soy tu mujer". En 1947 llegó una invitación oficial para que visitásemos España. Asuntos importantes de gobierno me obligaron a renunciarla, pero decidí que Eva fuese con un pequeño séquito de personas, entre las cuales estaba el conocido armador Alberto Dodero, quien se encargó de los gastos del viaje. Junto con la invitación de España, llegó también la de Italia, Portugal y Francia. (…) En aquellos años España estaba en cuarentena e Italia salía lentamente de su grave crisis de posguerra. En España no había ni siquiera Embajadores, porque las naciones vencedoras no querían tener relaciones con el gobierno de Franco. Justamente por esta razón y para demostrar al mundo que la Argentina, al margen de toda animosidad, estaba animada de un profundo espíritu de solidaridad universal, decidí enviar a Madrid un representante diplomático, regularmente acreditado y junto con el Embajador mandé numerosos barcos de víveres para aquella población generosa y hambreada. Hoy se habla mucho del Plan Marshall y se reconoce al general Marshall el mérito de haber concurrido a la salvación del mundo empobrecido por la guerra; no quiero pecar de modestia, pero creo que puede decirse sin temor a desmentidos, que el verdadero, el primer Plan Marshall lo actualizamos, lo realizamos nosotros los argentinos, socorriendo a los necesitados sin pedirles nada, sin pretender de ellos alguna contrapartida de orden político. Eva Peron y Francisco Franco durante la “Gira del arcoíris Para Italia eran momentos graves y difíciles. La carestía flagelaba Europa. La miseria y el hambre atormentaban de manera trágica también a Grecia, a la que en 1946, a nombre del gobierno argentino, regalé medio millón de toneladas de víveres. (…) Un día, en 1947, el Embajador (de Italia) Arpesani solicitó entrevistarse conmigo. (…) Me dijo que Italia ya no tenía pan y me mostró un telegrama de su Presidente del Consejo. Agregó verbalmente que su gobierno no disponía de moneda para pagar el grano. "Presidente, me dijo, solamente usted puede ayudarnos. Su ayuda es necesaria hoy. Mañana sería tarde". Convoqué inmediatamente a Miguel Miranda y el Consejo Económico del cual Miranda era el Presidente. Pregunté cuántos barcos argentinos se encontraban navegando en aquel momento. Me respondieron que eran unos diez, todos cargados de trigo, destinados a otros países (…). Por telegrama ordené a todos los buques invertir la ruta y dirigirse a puertos italianos. El embajador de Italia en aquel momento no acertó a decir una palabra; bajó la cabeza y vi que se pasaba por los ojos el dorso de la mano… Eva estaba ya en viaje para Europa. En España tuvo una recepción entusiasta. Todas las noches me telefoneaba a Buenos Aires sus impresiones. (…) Por muchos días después de su regreso, me contó las peripecias del viaje. Le parecía haber vivido una fábula extraordinaria. Lo que mayormente le impresionaba fue la visita al Papa y al Vaticano. "Entrando a la plaza de San Pedro, me dijo, tuve la impresión de haber entrado a otro mundo. Roma parecía alejada mil millas y casi casi, ni se sentían los rumores. En el Vaticano todo era quieto, silencioso, ordenado, maravilloso. Aquel pequeño Estado que vive en torno de una majestuosa Basílica, es un continente. El Papa me pareció una visión. Su voz era como un sonido, moderado y lejano. Me dijo que seguía muy de cerca tu obra, que te consideraba un hijo predilecto y que tu política ponía en práctica de manera más que laudable, los principios fundamentales del Cristianismo". Por dos años todavía, Evita vivió feliz, dedicándose enteramente a los pobres. Los primeros síntomas de su enfermedad se manifestaron hacia fines de 1949. Retrato de Evita en el que ya empiezan a notarse los efectos de la enfermedad en su físico Una fuerte anemia la obligó a someterse a intensas curas. La veía pálida y cada día me parecía más delgada, más consumida. Insistía en que reposase, pero ella no atendía razones. Reaccionaba contra la debilidad que la postraba, obligaba a las pocas fuerzas que aún le restaban y a su inextinguible fuerza de voluntad. Durante algún tiempo pareció que las medicinas la hubiesen ayudado; había recuperado un poco de fuerzas, pero muy pronto advertí que se trataba de una mejoría efímera. Evita ya no tenía sangre, ya no tenía pulso: estaba descarnada y blanda como una sombra. Era toda nervios y voluntad. En su rostro no se notaban más que los ojos, hundidos, encendidos por la fiebre, cercados de ojeras. El mal la devoraba sin piedad. "Si no te sometes a reposo, te mueres", le decía yo y ella me respondía: "Si me someto a reposo, ¿quién cuidará de esa gente?" No había palabras que lograran convencerla de la necesidad de moderar el ritmo de su trabajo. La curaban numerosos médicos argentinos, pero cuando se agravó, hice venir de los Estados Unidos al Doctor Pack, un famoso cancerólogo, amigo nuestro y asesor del Instituto Argentino para el Cáncer y de la Fundación Eva Perón. El Dr. Pack visitó a mi mujer hacia fines de 1951; la invitó a vivir de manera más regulada y tranquila y me dijo claramente que las esperanzas de salvarla serían nulas si no seguía sus consejos. "La señora, me dijo, puede morir de un momento a otro. Está gravísima. No hay nada peor que curar a un enfermo que no quiere seguir las prescripciones del médico. Es mi deber advertirle, que solamente un largo período de reposo puede prolongarle la vida." Intenté intervenir, pero sin éxito alguno. Eva continuaba yendo a su oficina, recibiendo gente y, como de costumbre, regresaba a casa a horas avanzadas de la noche y muchas veces al alba. Una vez que la reprendí ásperamente, me respondió: "Sé que estoy muy enferma y sé también que no me salvaré. Pienso, sin embargo, que hay muchas cosas más importantes que la vida y si no las llevase a cabo, me parecería que no habría cumplido mi destino". El primero de mayo de 1952 habló por última vez en público desde un balcón de la Casa Rosada. Le costó gran fatiga, tanto que al terminar el discurso se desvaneció entre mis brazos. En la sala, detrás de la vidriera, a través de la cual se oía aún la voz de la multitud que la llamaba, solamente se sentía mi respiración; la de Eva era imperceptible y fatigosa. Entre mis brazos tenía la apariencia de una muerta… Perón abraza a Evita tras anunciar ella que no será candidata a vicepresidente Desde entonces el mal no le dio tregua; quebrantó sus últimas fuerzas y la obligó a guardar cama. Aquellos días de lecho fueron infernales para Evita; estaba reducida a la sola piel, a través de la cual se notaba ya la blancura de los huesos. Solamente sus ojos permanecían vivos y locuaces. Se posaban por doquiera, preguntaban todo; a ratos estaban serenos, a veces me parecían desesperados. Las fuerzas ya la habían abandonado. Cuando se sintió cercana a la muerte quiso escribirme una carta que yo conservo entre las pocas cosas que representan mi mundo de entonces y mis riquezas de siempre. La dictó a una secretaria, y luego, de su puño y letra, agregó alguna cosa con una caligrafía vaga y temblorosa. Una semana antes de su muerte quiso hacer testamento Una semana antes de su muerte quiso hacer testamento. A propósito de sus bienes escribió: "Deseo que todos mis bienes sean puestos a la disposición de Perón en su calidad de representante del pueblo argentino. Mis bienes son patrimonio de mi pueblo y del movimiento peronista; los derechos de mi libro entréguense a mi marido y por su mediación, a nuestra gente. Mientras Perón viva, él podrá disponer de todos mis bienes como mejor lo crea; podrá hacer de ellos lo que quiera. A él dediqué mi vida y por tanto todo lo que fue mío, le pertenece. Después de la muerte de mi marido, todo será del pueblo. Dispongo que mis joyas sirvan para crear un fondo de ayuda social; ellas no son mías, en parte me fueron regaladas por mi pueblo. Estas y otras que recibí de mis amigos extranjeros deberán servir para crear alguna cosa útil y permanente, para la tranquilidad de la gente miserable". El testamento de Evita fue leído a la multitud en la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1952. El día antes de morir me mandó llamar y quiso permanecer sola conmigo. Me senté a la orilla de la cama y ella hizo un esfuerzo para incorporarse; su respiración era ya un estertor agónico. "No me queda ya mucho que vivir", dijo balbuceando las palabras. "Te agradezco cuanto has hecho por mí. Te pido una sola cosa…". La palabra murió en sus labios blancos y finos; su frente estaba perlada de sudor. Volvió a hablar en tono más bajo; su voz era apenas un susurro… "No abandones a la gente pobre… Es la única que sabe ser fiel…". Ya era avanzada la tarde; por la ventana entraban las primeras sombras. Un viento implacable mecía furiosamente los árboles. El cielo tenía el color de un sudario y amenazaba lluvia. Durante la noche, Evita tuvo un colapso y entró en coma. En la alcoba estaban conmigo su madre, su hermana, su confesor, el padre Benítez, y los médicos que la asistían, el profesor Finochietto y los doctores Tacchini y Taiana; afuera llovía como un diluvio. Antes de expirar, Eva me había recomendado no dejarla enterrar; quería ser embalsamada. Es inútil repetir lo que fueron los funerales de mi mujer. Los diarios de todo el mundo han hablado de ellos suficientemente. Inmediatamente después de la desaparición de Evita se formó una comisión para erigirle un monumento; los fondos que se recogieron y se emplearon en los trabajos emanaban de una plebiscitaria suscripción popular. Fue la misma comisión la que contrató al médico español Pedro Ara para embalsamar el cadáver. Ara es conocido doquiera y sus métodos de trabajo son verdaderamente extraordinarios. Casi podría decir que el doctor Ara logra fijar en el rostro de sus muertos aquel soplo de vida al que, en el último momento, ellos buscan aferrarse desesperadamente. (…) Se hizo el embalsamiento en una sala del último piso de la sede de la Confederación General del Trabajo transformada en gabinete anatómico y duró casi seis meses. Vi el cadáver embalsamado de Evita y tuve la impresión de que dormía Vi el cadáver embalsamado de Evita y tuve la impresión de que dormía. No lograba apartar los ojos de su pecho, porque esperaba de un momento a otro que se levantase y se repitiese así el milagro de la vida. Eva vestía una túnica blanca, larguísima, que le cubría los desnudos pies. Sobre la túnica, casi a la altura de los hombros, brillaba el distintivo peronista en oro y piedras preciosas, que llevaba cuando vivía. Las manos le salían de las amplías mangas y estaban cruzadas; entre las manos tenía un crucifijo. El doctor Pedro Ara, junto al cadáver embalsamado de Evita Su rostro estaba como de cera, lúcido y transparente, tenía los ojos cerrados como si durmiese. Los cabellos bien peinados hacían el efecto de una aureola. El cadáver estaba extendido en un minúsculo lecho forrado de raso y encerrado en una campana de vidrio. Esperando trasladarla al mausoleo que se estaba construyendo ante la villa presidencial, según deseo expreso de Evita poco antes de morir, ordené que fuese colocada en una sala de la Confederación del Trabajo, transformada en capilla provisional. Las paredes de aquel sepulcro estaban recubiertas de paños azules y detrás de las colgaduras había una mesita en la cual el Dr. Ara tenía las redomas y ampollas de sus ácidos y jeringas. La cámara era semi-oscura; apenas la iluminaba un rayo de mortecina luz que venía del techo; una puerta de madera con dos ventanillas de vidrio opaco daba acceso a aquel lugar en donde nadie podía entrar. Existía una sola llave y la tenía el médico español. Yo fui tres veces a ver a Evita; cada vez experimentaba una emoción diversa. Ante la puerta sentía un extraño sudor que me descendía por la espalda; el ruido de la llave al girar en la cerradura me parecía convertirse en un trueno… Luego seguía un gran silencio, como si el umbral de aquella puerta fuese el umbral de la eternidad. Eva estaba inmóvil, blanca como una nubecilla. Una vez me le acerqué y estuve tentado de tocarle el rostro; alargué la mano pero la retiré súbitamente; tenía miedo de que el calor de mi mano y mis dedos la redujesen a polvo como sucede con el aire en los sepulcros antiguos. Ara se me acercó y me dijo en voz baja: "No tenga miedo. Está intacta como cuando estaba viva". (…) No sé qué le haya sucedido al cadáver de Evita. Sé que hasta el día de mi partida y durante el mes que gobernó Lonardi estaba en la sala, en el segundo piso de la Confederación General de Trabajadores. Rojas dio órdenes, luego, de sacarlo de allí e ignoro dónde lo hayan escondido. Me consta que muchos grupos de damas peronistas, varias veces, se dirigieron al gobierno solicitando el cadáver para darle sepultura. Aramburu ha ignorado las solicitudes de aquellas damas, así como ha ignorado el telegrama que le envié hace un par de meses y en el cual le advertía, entre otras cosas, que lo consideraría responsable de cualquier cosa que le sucediese al cadáver de mi mujer. De nosotros dos, acaso solamente Evita es feliz. Aunque muerta y sin paz, Eva se ha quedado en su tierra; yo estoy lejos de ella y solamente me es dado vivir de esperanzas, de angustias y recuerdos. De ella me quedan una fotografía, su "carnet cívico" que es nuestra cédula de identidad, y la última carta que me mandó el 4 de junio de 1952. Las pocas palabras que escribió de su puño y letra son casi ilegibles, la escritura es irregular, incierta y fatigada. Se parece a su respiración, como la sentí aquella mañana inolvidable, pocos instantes antes de morir.

El dibujo de una madre y su hijo caído en Malvinas: "El estaba ahí" El dibujante entrerriano, José Garay, retrató el momento de Emilia sentada frente a la tumba de su hijo. El dibujante entrerriano José Garay publicó en las últimas horas el retrato que hizo de una de las madres que visitó el cementerio de Darwin junto a su hijo caído en Malvinas. Se dio a conocer la historia de Emilio, un soldado que fue identificado junto otros 89 caídos después de 35 años, y su madre Emilia quien finalmente pudo despedirse de su hijo. Emilia viajo desde Chaco a las Islas Malvinas junto a más de 200 familiares, se sentó frente a la tumba de Emilio y ese momento fue capturado en una foto. "Quiero traerle una flor y prenderle una vela y si está tan lejos no voy a poder", dijo Emilia quien pretende que los restos de su hijo estén en la Argentina. Garay conmovido con esta imagen no tardó en dibujar el momento. El retrato, acompañado de un breve texto, rápidamente se volvió viral en Facebook, Twitter e Instagram

La mujer y la adolescente fueron atendidas hace quince días en un hospital de la ciudad de Salta por extraños comportamientos pero fueron derivadas a una iglesia. A mediados de julio, la localidad de Metán, Salta se conmocionó por el caso de una madre y su hija que aparentaban estar sometidas a una fuerza superior. Este jueves, la mujer lo confirmó: “Estábamos poseídas”, aseguró “Todavía no sabemos cómo pasó esto pero algo nos entró a mi hija y a mí. Gracias a Dios, al pastor Carlos y a la pastora Livis, de la iglesia Evangélica, estamos bien, porque nos ayudaron y nos libraron de ese mal”, relató la mujer de 38 años, madre de la adolescente de 14 años grabada en Salta cuando hablaba en un lenguaje extraño invocando al demonio. “Lo que vivimos es terrible y mi marido tuvo que luchar y soportar todo esto. Vivió un calvario muy feo cuando estuvimos en el hospital”, agregó al diario El Tribuno. Este hombre dice haber visto a los perros volar por el aire como si un hombre invisible los alzara y los arrojara con fuerza al piso. De hecho, recibió golpes de la joven que pese a ser delgada y bajita, parecía tener una fuerza descomunal. “Yo lo que recuerdo es que en esos ataques hablaba lo mismo que mi hija en ese idioma extraño que nos dijeron que puede ser arameo, pero se interpretaron cosas muy raras. Sabemos que llamábamos al demonio, pero lo hacíamos de manera inconsciente. Ojalá nunca volvamos a pasar por eso”, destacó.