Parnell
Usuario (Argentina)

Un monociclo, una francesa y la maravillosa Patagonia Recién tomada la ruta nacional 40, un cronista visualizo a una monociclista en dirección hacia el norte. La joven contó que es francesa pero que hace 6 años vive en Canadá, que en enero salió de Ushuaia con el desafió de llegar hasta Santiago de Chile a 3500 km aprox. Hasta el momento estuvo en Ushuaia, Punta Arenas, Puerto Natales, Parque Nacional Torres del Paine, El Calafate, Glaciar Perito Moreno, El Chaltén y cruzara a Villa o Higgins donde tomara la ruta austral para llegar a Santiago en 6 meses. También se le consulto sobre experiencia en el Glaciar Perito Moreno y dijo, “el monociclo, yo y el glaciar, me pase todo el día viendo el movimiento del glaciar, grietas y rupturas, realmente un lugar fascinante”. Anne-Sophie Rodet, es una francesa afincada en Canadá que está haciendo esta travesía en un medio de locomoción no muy común, por lo menos para nosotros que si estamos acostumbrados a ver, cada vez más en las rutas patagónicas, aventureros en bicicletas realizando travesías, otro dato es que es ella sola, el monociclo, y la Patagonia, nada más. En su monociclo lleva: un portabultos delantero y trasero, el cable de frenos dentro de la horquilla para reducir las posibilidades de que se corte en una caída, espacio disponible para radios de repuesto, enganches para el soporte de una botella de agua y de un inflador. Para muchos que lean esto dirán, “Qué loco no?”, para nosotros un estilo de vida respetable y admirable, ojala Anne-Sophie pueda lograr su utopía y su sueño, hoy una realidad rumbo a El Chaltén.
Por Osvaldo Bayer Desde Bonn, Alemania Nunca hubiera imaginado que el destino me llevara a ser testigo de un hecho pleno de las fantasías que siempre contiene la realidad humana. En Bad Bramstedt, una pequeña ciudad del norte alemán, se llevó a cabo un acto de homenaje a Kurt Gustav Wilckens. Sí, nada menos. ¿Quién fue Kurt Gustav Wilckens? El obrero alemán que, en enero de 1923, mató al teniente coronel Varela, en Palermo, frente a los regimientos 1 y 2 de Infantería. El teniente coronel Varela había sido el ejecutor del fusilamiento de centenares de peones patagónicos en las huelgas rurales de 1921-22, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen. Wilckens, para cometer el hecho, usó el principio de “Matar al tirano” que sostenían los anarquistas. “Cuando en un país no hay justicia, el pueblo tiene el deber de llevarla a cabo”, sostenían. En el caso de Varela, Wilckens señaló que los obreros debían ejecutarlo porque, si no, volvería a cometer crímenes similares. Después de su acción, Wilckens fue detenido, llevado a la cárcel y, allí, asesinado por un pariente de Varela que se hizo pasar por guardia penitenciario –con aprobación de las autoridades–, que lo mató mientras dormía en su celda. Bad Bramstedt está orgullosa de que Wilckens haya nacido allí. Los diarios locales y de la zona publicaron páginas enteras en recuerdo a él. Wilckens pertenecía a una antigua familia –ese apellido está entre los fundadores de la ciudad– que vivía justo en la plaza principal. Fui invitado a hablar en el acto que se realizó en el castillo histórico, en un amplio salón, y la concurrencia fue principalmente de docentes, periodistas y antiguos vecinos de la ciudad que conocieron a la familia Wilckens. También se hizo presente un buen número de estudiantes. Y la iniciativa partió nada menos que de dos libreros, Ralph y Hans, de la librería Hans, el Feliz. En la Argentina siempre se ninguneó el hecho de Wilckens. Se silenció todo. En el célebre debate sobre los crímenes oficiales cometidos contra las peonadas patagónicas, la bancada mayoritaria –los radicales– negó la investigación, abandonando el recinto a la hora de votar. ¿Qué debían hacer los obreros? ¿Callarse la boca y “mirar hacia adelante? No, había llegado el momento de aplicar aquello de “cuando no hay justicia...”. Y la ejecutó Wilckens. Fue solo a enfrentar al todopoderoso militar. Cuando sus compañeros de ideas quisieron acompañarlo, él les respondió: “No, para una persona, una sola persona”. Y fue solo a “hacerlo” al militar dueño de la vida y de la muerte. Al sepelio del militar fusilador fueron todos, desde el presidente Alvear y el ex presidente Yrigoyen, con todos sus ex ministros, hasta miembros de la Sociedad Rural, por supuesto. En el acto en su ciudad natal alemana se propuso que se pusiera una placa en la casa donde nació, relatando quién había sido Kurt Gustav Wilckens. Al militar fusilador nunca nadie se atrevió a hacerle después homenajes, ni siquiera a recordarlo. En su tumba en el panteón militar, hasta hace poco había sólo una placa que decía: “Los británicos en el territorio de Santa Cruz a la memoria del teniente coronel Varela, ejemplo de honor y disciplina en el cumplimiento del deber”. Está todo dicho. No es necesario decir más. Y la verdad fue cantada por el payador criollo Martín Castro, en su “Canto a Wilckens”, en el cual en una estrofa lo define todo: Wilckens no es una venganza, es el fruto, es la cosecha de quien sembró tiranías para recoger violencias. La historia del mundo está sembrada de reacciones así. Tenemos el ejemplo del armenio Soghomon Tehlirian, quien el 15 de marzo de 1921 mató a Taleat Pachá, en Berlín, de un tiro. Taleat Pachá había sido ministro del Interior del gobierno turco que ordenó la masacre del pueblo armenio, que comenzó en 1915. Esa masacre es una de las más crueles de la historia: los armenios fueron desalojados de sus casas, los hombres fueron muertos a tiros y las mujeres y los niños obligados a caminar distancias sin límites hasta que ellas cayeran exhaustas de sed y de falta de alimentación, al igual que sus niños. Así fueron muertos un millón y medio de armenios. Nunca los gobiernos turcos reconocieron ese genocidio, sino que han tratado siempre de “mirar hacia adelante”. El joven Tehlirian, a quien le habían matado a toda su familia, tomó la decisión de “matar al tirano” en la figura del ministro del Interior turco responsable de las masacres, que se encontraba en 1921 en Berlín, Alemania. En la calle le pegó un solo tiro que fue mortal. El juicio que la Justicia alemana le hizo al vindicador Soghomon Tehlirian fue ejemplar. Justamente fue eso, los jueces consideraron que había hecho uso de ese principio: matar al tirano y que, cuando no hay justicia, el pueblo tiene derecho a hacer justicia por su propia mano. Los armenios publicaron un libro donde se trae completa la versión taquigráfica de todo el juicio, con los argumentos del fiscal, de los defensores y del veredicto final de la Justicia con la absolución del vengador Soghomon Tehlirian. Fue un paso adelante en el verdadero sentido humano que debe entender la Justicia de los pueblos. Y algo que deben tener en cuenta todos los dictadores del futuro: cuando el matar se toma como algo natural para mantener el poder tiránico, siempre es posible una figura que no acepte ello y aplique el principio de matar a quien mató y no pagó por sus crímenes. Justamente la comunidad armenia de la Argentina publicará próximamente en un libro el texto íntegro de este juicio. Allí, el lector podrá leer cómo todas las acusaciones del fiscal son contestadas con argumentos justos por los abogados defensores y los argumentos que esgrimieron en una situación tan difícil. Sólo cito un párrafo del abogado defensor Johannes Werthauer: “Pregunto: ¿hay algo más humano que lo que se nos ha presentado aquí? El vengador de todo un pueblo, de un millón y medio de asesinados, está erguido frente al individuo responsable del exterminio de aquel pueblo, frente al autor de aquellas torturas. Empuña la pistola para encarnar el espíritu de la justicia frente a la fuerza bruta. Baja a la calle como el representante del humanismo contra el salvajismo, del derecho contra la injusticia, de los oprimidos contra el representante total de la opresión. Y enfrenta en nombre de un millón y medio de asesinados a quien con todo el pueblo turco tiene la culpa de esos crímenes. El representa a sus padres, hermanas, cuñados y hermanos asesinados y además a su sobrino, de dos años, también masacrado. Lo respalda toda la Nación Armenia desde el anciano hasta el niño de cuna. El lleva la bandera de la justicia, la bandera del humanismo. Señores del jurado, ustedes deben decidir qué ha ocurrido en su alma y su cerebro en el momento del homicidio: si era o no dueño de su voluntad”. Por unanimidad del jurado, el autor del hecho, Soghomon Tehlirian, fue dejado de inmediato en libertad. Una resolución que conmovió al mundo. La versión en español que se editará ahora de este juicio lleva un prólogo del juez, miembro de la Corte Suprema de la Nación Argentina, doctor Eugenio Raúl Zaffaroni. Desarrolla ahí un concepto que hará historia. Con una profundidad y una amplitud de mira humanista dice, por ejemplo: “La impunidad de Taleat Pachá frente a la magnitud tan formidable de la injusticia cometida contra el pueblo armenio hacía que el Derecho penal perdiese la fuerza ética necesaria para sancionar al que le diese muerte. La impunidad de la masacre condenaba a Taleat y determinaba la absolución de Tehlirian. Taleat había dejado de ser considerado persona. La impunidad del genocida lo deja en condición de no persona, pues le retira la cobertura jurídica. Quien lo ejecuta no puede ser condenado, aunque nadie lo confiese y aunque se fuercen los argumentos y argucias jurídicos para no condenarlo. Se lo declarará inimputable, se acudirá a la ficción del acto de guerra o se buscará algún pretexto de forma procesal, pero un tribunal imparcial no lo puede condenar”. Palabras sabias que hablan, por sobre todo, a favor de la vida, ya que pone en aviso a todo poderoso que se precia de su poder, tomando a la muerte como método. Y con eso correrá el peligro de buscar él mismo su muerte. El otro caso es el del alemán Georg Elser, el humilde obrero que atentó contra Hitler en 1939. Es increíble la minuciosidad que empleó pese al peligro de ser descubierto en cualquier momento. Sabiendo que Hitler iba a presidir un acto en la célebre cervecería de Munich, con todo su escuadra mayor, Elser preparó una bomba que colocó en el interior de una columna del salón, justo al lado del podio donde iba a estar el dictador. Días y noches pasó Elser en ese lugar, haciendo el boquete. Lo tuvo listo justo la noche anterior al acto y preparó la bomba para que estallara justo en el momento en que estaba anunciado el acto donde iba a hablar el dictador, el 8 de noviembre de 1939. Pero el atentado fracasó. Hitler adelantó el acto por un problema de traslado a Berlín y se fue 13 minutos, justo 13, antes de que explotara la bomba que destruyó todo el ámbito donde había hablado Hitler. Si se hubiese quedado, la historia del mundo habría cambiado completamente. Muerto Hitler, el motor del nazismo, nadie lo hubiera podido reemplazar en su papel de dictador supremo. Se hubieran salvado así millones de personas. El obrero Georg Elser pagó caro su propósito de matar al tirano. Fue detenido en la frontera con Suiza, estuvo preso en el campo de concentración de Dachau hasta que fue ejecutado por las SS el 9 de abril de 1945. Pero en la historia finalmente triunfa la ética; puede tardar mucho a veces, pero siempre sabe extraer los verdaderos valores, principalmente los de aquellos que dieron su vida por detener la violencia de los que mandan. Hoy, Elser tiene cinco monumentos en Alemania: en Berlín, en Heidenheim, en Freiburg y en Konstanz. En Munich existe la Georg Elser–Platz, con un monumento en el cual se prende todos los días una luz a las 21.20, hora en que explotó la bomba que depositó él contra el genocida. Se han escrito sobre él ya once biografías y dos novelas y se han rodado cinco films donde se lo consagra como héroe del pueblo. Matar al tirano. No como regla ni como costumbre. Sólo como llamado de atención a los del poder omnímodo: ninguna violencia de arriba es gratuita. Siempre se va a volver contra el que la inició. Tampoco la venganza es una solución, pero es algo incontenible, humano. Una reacción de los generosos que dan su vida para acabar con los crímenes de los que ejercen el poder. Algo para aprender.

KURT WILCKENS Blanco y fino, bañado el rostro en el suave azul de sus ojos. Más que obrero, parece artista. Como él han de ser mañana, que el trabajo no ensucie y deforme, todos los trabajadores. Nada de trágico, ni un arrebato: ninguna de esas fugas, que a nosotros, latinoamericanos, nos desflecan en ruidos confusos. Ni braceos, ni charlas, ni empaques. Luz serena y firmeza honda de hierro labrado a lima. Sí. El viejo mineral noble ha debido entrar por mucho en la composición de su espíritu. ¡Hierro! Moléculas terriblemente ceñidas que resisten, sin soltarse, igual la temperatura del polo que de la fragua. ¡Hierro! Lo que el fuego purifica y el agua templa. ¡Hierro! El de mi pluma y su bomba, el del máuser del milico y el de la hoja de la espada de Várela. ¡Hierro! Sí, sí. Esto es la médula de sus vértebras, el riel por el que conduce su vida Wilckens. Encima de ejes de hierro marcha su carga de ensueños. Ideal e instinto, voluntad y fuerza ritman una sola trepidación sobre los caminos, bajo los cielos, con rumbo a la anarquía. ¿Por qué ha matado este hombre?... ¿Hay todavía que decirlo?... ¿Por qué se tiende sobre el abismo el puente, se dinamita al peñasco, se ultima al lobo?... Explicaos esto, y la muerte de Várela está explicada A nosotros nos ha lavado el rostro. Triste rostro, que el sudor propio y la saliva ajena enmascaraban de oprobio. Estamos limpios ahora. La claridad de sus ojos baña nuestra alma. El hierro de su espíritu vibra en nuestra sangre. Esto es verdad, compañeros. Como es verdad que este Cristo infamado, que es el pueblo argentino, desde su cruz sonríe. Sonríe a Kurt Wilckens. Por lo demás, burgueses, no creáis que bailemos de contentos. Un hecho de éstos es una cumbre a la que miramos con respeto. Tampoco él estará alegre. La altura es fría y sola. Y un hombre que ama a los hombres, como Kurt Wilckens, sólo entra en ella cuando su deber es más fuerte que su amor, que su vida y que su muerte. ¡Cuando su deber es hierro! Y allá irá con Radowitzky ahora. Y ya son dos... No hagan los bárbaros —burgueses orangutanes y militares gorilas—, que sean tres o diez o cien. No asesinen alevosamente. No reproduzcan contra este pueblo sin odios, la odisea infamante de Cristo. Pequeña, tardía, anónima, algo de justicia existe. Recuerden a Falcón; piensen en Várela. ¡No olviden a Kurt Wilckens! LA MUERTE DE KURT WILCKENS Y bien; Wilckens, a su vez, fue muerto. Parecería que esto debiera descontarse y que, quizás, él mismo lo descontó desde el primer momento: vida por vida, muerte por muerte. Pues sólo los asesinos, los perdidos en la sombra de su delito, se eluden, muerden y se agazapan, son una sola cosa con la noche de que parten, con la oscuridad a que vuelven. Hay que rastrearlos, como a las víboras, entre las grietas de sus instintos, como a las fieras, entre los matorrales de su conciencia... Wilckens no era de éstos. Los compañeros saben que este hombre andaba en lo alto; que su mirada azul besaba toda cumbre, que su espíritu era como una pasa prendida a toda altura. Que era bueno, consciente y responsable. Y que lanzado al terrible trance de vengador del pueblo, seguramente, positivamente, descontó que, a su vez, iba a ser muerto. Sí. Wilckens sabía eso. Todo grande siente la fatalidad como un ave guerrera enredada a sus entrañas. Sabe que, tarde o temprano, lo arrebatará en su vuelo, lo llevará a perderse, a estrellarse, ya a los pies de un tirano, ya sobre una barricada. Y descuenta la muerte. Wilckens sabía... El que no sabe nada, el que es un pobre inconsciente, es su matador. Viscoso y pequeño, vedlo, ahora, queriendo pasar por loco, alegando torpes alucinaciones. Héroe de los militares, se les transforma de pronto en un vulgar chicanero irresponsable. Echa borda abajo el gesto, la dignidad, hasta el móvil de su crimen y se presenta a sus jueces tornado en un simple idiota. ¡Guardáoslo, señores! Nuestra historia no precisa ni el recuerdo de ese maula alevoso. Le basta con su muerto, le sobra con su vivo. Kurt Wilckens y Simón Radowitzky. ¡He ahí la medalla grabada a nuestros corazones! Si el pueblo tiene un rostro, un alma, una voluntad, estos hombres son el pueblo de la Argentina. Por ellos nos conocen y en ellos avanzamos. Juventud y madurez, fervor y pensamiento, ternura y fuerza; parecen uno solo a través de dos edades, la marcha de un ideal a lo largo de los años... En cuanto a lo demás, Wilckens, como Radowitzky, descontaron la cárcel y la muerte. Fueron grandes. Y toda grandeza es fatal. ¡Adelante!
La Patagonia Rebelde cumple 40 años El director nunca pudo filmar su final. Te acercamos anécdotas de Bayer y la historia del rodaje. Cuando el anarquista Kurt Wilckens vio al teniente Varela, no sintió miedo. Tampoco sintió pudor, sólo una angustia escalofriante le hizo temblar las manos. Se palpó la campera y sintió el bulto de la bomba casera que guardaba cerca de su pecho. Caminó unos pasos por un calle de adoquines y vio al asesino Varela avanzaba por la vereda, pero lo dejó pasar, porque iba acompañado de una niña. Esperó en la vereda durante algunos minutos y Varela volvió a salir de la casa. Sin mediar palabras, le arrojó la bomba con la torpeza de un novato. La bomba explotó, le quebró las piernas a Varela y derribó al propio Wilckens, que entre el humo que se dispersó en la calle de Palermo, pudo rematar desde el piso al teniente coronel que pocos meses antes había comandado el exterminio de los trabajadores patagónicos. La historia es real y es contada en La Patagonia Rebelde, esa película que muestra el fusilamiento de los peones que trabajaban en el frío sur de la Argentina. A cuarenta años de su estreno, no quedan dudas de que es una obra maestra con cualidades poderosas: un relato atrapante que impide olvidar la triste historia de las huelgas patagónicas. El relato quedó trunco, debido a que no dejaron filmar su final: las prostitutas de San Julián se negaron a acostarse con los militares que habían fusilado a los trabajadores. La película se basó en una obra del legendario Osvaldo Bayer, que se encargó de husmear entre la tierra para desempolvar una historia enterrada por el gobierno radical. "La misión es recordar la historia para que sea vivenciada por todos, para que sea accesible a cualquiera. Es necesario que los historiadores dejen de escribir sólo para los historiadores", sostiene el escritor Osvaldo Bayer, que viajó a la Patagonia para investigar los fusilamientos. En su casa de Belgrano, sólo hay lugar para libros. Bayer recuerda con cariño su investigación y rememora las anécdotas que le ocurrieron en la Patagonia cuando investigaba los fusilamientos. Las siguientes líneas son una transcripción del relato, inmejorable, de Bayer: "Yo había cruzado la línea de los cuarenta años cuando comencé a investigar los fusilamientos. Viajé a la Patagonia para investigar la historia que solo había quedado grabada en el pueblo. Mi papá fue el hombre que me llevó a investigar este relato, que rememoraba como la gran tragedia de la argentina. El primer día que llegué a San Julián fui al cementerio a visitar la tumba de unas prostitutas que se resistieron a acostarse con los militares dirigidos por Varela. Me sorprendió, porque la tumba tenía dos flores amarillas que todavía tenían estaban frescas. Esa noche al hotel llegaron dos viejitos que me ofrecieron contarme la historia de los fusilamientos que ellos sabían. Hablamos durante varias horas y los viejitos me contaron con lujo de detalle lo que ocurrió con los fusilamientos. Les agradecí y cuando se estaban yendo, les pregunté cómo conocieron la historia. Entonces me dijeron que se las contó una prostituta. Ante mi silencio, los viejitos se pusieron nerviosos y me dijeron ´no vaya a creer, don Bayer, que nosotros éramos sus clientes´. Cuatro días más tarde volví al cementerio para visitar por última vez la tumba de la prostituta. Me sorprendí, porque nuevamente había dos flores amarillas, frescas, como recién puestas. Cuando me iba del lugar, le pregunté al cuidador quién llevaba todos los días las flores a la tumba. El hombre me respondió: ´dos viejitos´. Esos hombres nunca pudieron olvidar a esa valiente mujer". HACE CLICK EN LA BANDERA Y UNITE A LA COMUNIDAD PATAGONICA