Pabloset
Usuario (Argentina)
Hacia un tiempo que no leía a Dolina. Hace unos dias encontre un post del usuario OTDH2 (a quien agradezco muchisimo porque sus puntos me arrimaron a ser NFU) con un cuento y me dieron ganas de volver a leerlo y arranqué... Entonces, como tenia algunos cuentos de este libro en la compu, aprovecho y los posteo por si alguien quiere leerlos y pasar un rato divertido. Seria algo asi como continuar lo comenzado por OTDH2, a quien dedico este post. ADIVINANZAS Hace muchos siglos, en los tiempos de la dinastía Sung, andaban por la ciudad de Hang-cheu los inventores de adivinanzas. Se sabe que todos vestían del mismo color, pero se discute cuál era ese color. Solían caminar por los jardines que estaban más allá de las murallas, o por la orilla de los canales, o por el barrio de los actores. Todos conocían sus procedimientos: se jugaba por dinero. La honestidad de estos hombres era proverbial. Jamás se negaban a pagar cuando alguien daba con la solución de sus enigmas. De entre todos los artistas ambulantes, los inventores de adivinanzas eran los preferidos de las muchedumbres. Convocaban más curiosos que los acróbatas, los amaestradores de peces o los remontadores de barriletes. Según se dice, las adivinanzas eran siempre distintas y jamás volvían a usarse una vez que alguien las resolvía. Los estudiosos pretenden reconocer distintas técnicas en la formulación de acertijos. La más usual consistía en la descripción concreta de una cosa que en lenguaje metafórico resultaba ser otra. El legendario Wang-li acuñó durante su vida alrededor de setenta mil adivinanzas obscenas cuya respuesta era siempre la misma. La preferida del maestro Hsu-t'ang Chih-yu puede escribirse así: Tiene patas, pero no es un pez. Tiene dientes, pero no es un gusano. Es insignificante, pero no es el emperador. La respuesta, Li, el vendedor de limones, es imprevisible pero no inevitable. Los emperadores solían favorecer a estos ingeniosos peregrinos instalándolos en la corte. Allí permanecían largos períodos, disfrutando del lujo y la molicie. Casi todas las mañanas el emperador se hacía formular una adivinanza. Hay que admitir que se trataba de una situación delicada, pues un enigma que el emperador no pudiera resolver trastornaba ciertamente las leyes de la naturaleza. Para evitar catástrofes, los inventores ideaban misterios sencillos o -mejor aún- daban por buena cualquier respuesta imperial. Durante siglos, fue señal de cautela en la China el contestar una indagatoria con la fórmula: "aquéllo que al emperador pluguiere". El dato más curioso es el que se anota a continuación: cada vez que alguien adivinaba, los formuladores saltaban de gozo y daban muestras de la más sincera alegría. No les importaba perder una moneda, si a cambio recibían el halago de ser comprendidos. Esta alegría era mayor cuanto más difícil era la adivinanza. Aristóteles decía, o se olvidó de decir, que la vida del entendimiento es la vida más dichosa a la que el hombre puede aspirar. Otros han dicho que los seres humanos disfrutan con el ejercicio de sus capacidades realizadas y que este disfrute es mayor cuantas más capacidades se realizan o cuanto mayor es su complejidad. Wang-li, en el prólogo del Libro de las Adivinanzas Obscenas, escribió: "La adivinanza, el enigma, la prueba o el examen no se proponen dejar fuera al peregrino, sino hacer que entre mejor de lo que era. La puerta de la nobleza es difícil de abrir, pero se abre. Sólo las puertas de los tiranos son inexpugnables". Con la llegada de los mongoles, la estrella de los inventores de adivinanzas se fue apagando. Ya en tiempos de decadencia, los últimos formuladores reducían al mínimo las dificultades: Brillo redondo soy de tus noches. Algunos enigmas ya venían resueltos ¿Qué es una cosa que brilla en el cielo y que se llama Luna?. Según el maestro Yin-yüan Lung-ch'i, todo idioma es una colección de adivinanzas, ya que las palabras sustituyen a las cosas y los enigmas son sustituciones. Algunos hablan de la adivinanza de Tzu-fu. Los maestros del Zen creían que la recompensa por su adecuada resolución era nada menos que la comprensión cabal del sentido del universo. Su formulación usual era: Tres, dos, uno, dime adivinador cuál es el sentido del mundo. CARRERAS SECRETAS La teoría según la cual todos los objetos del universo se influyen mutuamente, aun más allá de la causalidad y el silogismo, ha sido sostenida por muchas civilizaciones. Se sabe que la visión de un meteorito asegura el cumplimiento de un anhelo. La incompetencia de los emperadores chinos produce terremotos. El futuro imprime advertencias en las entrañas de las aves. La adecuada pronunciación de una palabra puede destruir el mundo. Yo, desde chico, he participado - sin admitirlo- de estas convicciones. Con toda frecuencia, me imponía sencillas maniobras y preveía unas módicas sanciones para el caso de su incumplimiento. Antes de acostarme, cerraba las puertas de los roperos, sabiendo que si no lo hacía debería soportar pesadillas. Bajaba de la cama con el pie derecho. Evitaba pisar baldosas celestes. Al interrumpir la lectura, cuidaba de hacerlo en una palabra terminada en ese. Los castigos que imaginaba eran al principio leves. Pero después empecé a jugar fuerte. Si me cortaba las uñas por las noches, mi madre moriría; si hablaba con un japonés, quedaría mudo; si no alcanzaba a tocar las ramas de algunos árboles, dejaría de caminar para siempre. Este repertorio legislativo fue creciendo con el tiempo y al llegar mi adolescencia, mi vida transcurría en medio de una intrincada red de obligaciones y prohibiciones, a menudo contradictorias. Todo se hizo más simple - más dramático- cuando descubrí las carreras secretas. Describiré sus reglas. Se trata de elegir en la calle a una persona de caminar ágil y proponerse alcanzarla antes de llegar a un punto establecido. Está rigurosamente prohibido correr. Antes del comienzo de cada justa, se deciden las recompensas y penalidades: si llego a la esquina antes que el pelado, aprobaré el examen de lingüística. Durante largos años, competí sin perder jamás. Me asistía una ventaja decisiva: mis adversarios no estaban enterados de su participación y por lo tanto, casi no oponían resistencia. Obtuve premios fabulosos. En Constitución, me aseguré vivir más de noventa años. En la calle Solís, garanticé la prosperidad de mis familiares y amigos. En el subterráneo de Palermo, por escaso margen, logré que Dios existiera. Tantas victorias me volvieron imprudente. Cada vez elegía rivales más difíciles de alcanzar. Cada vez los castigos que me prometía eran más horrorosos. Una tarde, al bajar del tren en Retiro, puse mis ojos en un marinero que marchaba unos veinte pasos delante de mí. Me hice el propósito de alcanzarlo antes de la puerta del andén. Con coraje y generosidad que suelen ser hijos del aburrimiento, resolví jugármelo todo. Una vida feliz, si ganaba. Una existencia mezquina, si perdía. Y como una compadreada final, me vacié los bolsillos: aposté el amor de la mujer deseada. Apuré la marcha. Poco a poco fui acortando las ventajas que el joven me llevaba. Las dificultades comenzaron pronto: un familión me cerró el camino y perdí segundos preciosos. Al borde del ridículo, ensayé el más veloz de los pasos gimnásticos. El infierno me envió unos changadores en sentido contrario. Después tuve que eludir a unas colegialas que se divertían empujándose. La carrera estaba difícil, tuve miedo. Ya cerca de la meta, conseguí ponerme a la par del marinero. Lo miré y descubrí algo escalofriante: él también competía. Y no estaba dispuesto a dejarse vencer. Había en sus ojos un desafío y una determinación que me llenaron de espanto. En los últimos metros, perdimos toda compostura. Pedíamos permiso a los gritos y sin el menor pudor, empujábamos a cualquiera. Pensé en la mujer amada y estuve al borde del sollozo. En el último instante, cuando ya parecía perdido, una reserva misteriosa de fortaleza y valor me permitió cruzar la puerta con lo que yo creí una ínfima ventaja. Sentí alivio y felicidad. Pensé que aquella misma noche mis sueños amorosos empezarían a cumplirse. No pude reprimir un ademán de victoria. Alcé los brazos y miré al marinero. Lo que vi me llenó de perplejidad. También él festejaba con unos saltitos ridículos. Por un instante nos miramos y hubo entre nosotros un no expresado litigio. Era evidente que aquel hombre creía haberme ganado. Sin embargo, yo estaba seguro de haberle sacado, al menos, una baldosa. Entonces dudé. ¿Había calculado bien? ¿Cuál sería el procedimiento legal en esos casos? Desde luego, no me atreví a consultarlo con el marinero. Me alejé confundido y pensé que pronto conocería el veredicto. Una vida dichosa, un amor correspondido, darían fe de mi triunfo. La suerte aciaga, el rechazo terco, me harían comprender la derrota. Pasaron los años y nunca supe si en verdad gané aquella carrera. Muchas veces fui afortunado, muchas otras conocí la desdicha. La mujer de mis sueños me aceptó y rechazó sucesivamente. Todas las noches pienso en buscar a aquel marinero y preguntarle cómo lo trata la suerte. Solamente él tiene la respuesta acertada de la exacta naturaleza de mi destino. Quizá, en alguna parte, también él me esté buscando. Me niego a considerar una posibilidad que algunos amigos me han señalado: la inoperancia de los triunfos o derrotas obtenidos en carreras secretas. DIABLO Todos sabemos que el túnel que pasa bajo las vías en la estación de Flores es una de las entradas del infierno. Cierta noche de otoño, el ruso Salzman, uno de los tahúres más prometedores del barrio, estaba haciendo un solitario en uno de los bares mugrientos que existen por allí. Vino a interrumpirlo un individuo alto y flaco, vestido con ropas elegantes, pero un poco sucias. - Buenas noches, señor, soy el Diablo. Salzman saludó tímidamente. Estaba seguro de haber visto al Diablo otras veces, pero le pareció inadecuado mencionarlo. El hombre se acomodó en una silla y sonrió con dientes verdosos. - Un solitario es poca cosa para un jugador como usted. Sepa que le está hablando el dueño de todas las fichas del mundo... Conozco de memoria todas las manos que se han repartido en la historia de los naipes. También conozco las que se repartirán en el futuro. Los dados y las ruletas me obedecen... Mi cara está en todas las barajas... Poseo la cifra secreta y fatal que han de sumar sus generalas cuando llegue el fin de su vida... Salzman no podía soportar aquella clase de discursos. Para ver si se callaba, lo invitó a jugar al chinchón. - No comprende, amigo. Le estoy ofreciendo el triunfo perpetuo. Puedo hacer sus pálpitos leyes de acero. Por el precio de su alma - una bicoca, si me permite - le haré ganar fortunas. - No puedo aceptar - dijo Salzman en el mismo momento en que se le traba el solitario. - Acaso le gusta perder? - Me gusta jugar. - Usted es un imbécil... Tiene ganado el cielo. En fin, disculpe la molestia. Si no es su alma, será cualquier otra. Salzman sintió la tentación de humillarlo. - Quiere un consejo? Váyase por donde vino... Aquí no conseguirá nada. El hombre alto lo miró sobrándolo. - Olvida con quién está hablando. Siempre consigo lo que me propongo. - Vea, supongo que lo que usted pretende es corromper un alma pura. Por aquí hay muy pocas. Y además, éste es el barrio de la mala suerte. Todo sale mal. - Hagamos una apuesta. Si consigo un alma antes del amanecer, me llevaré también la suya. Si pierdo, usted podrá pedirme lo que quiera. Salzman juntó las cartas desparramadas. - Usted sabe que lo que me propone es inaceptable... Pero acepto. Desde luego, tendré que acompañarlo para asegurarme de que no haga trampa. Los dos personajes caminaron juntos por la oscuridad. Anduvieron por la plaza desierta. En la avenida se cruzaron con algunos paseantes que no sirvieron de nada porque ya estaban condenados. Salzman estaba un poco perturbado: es que su acompañante matizaba el paseo con pequeñas y crueles travesuras. En la calle Yerbal le quitó la gorra a un pobre viejo y en Bacacay le dio una feroz patada a un perrito negro. Cada tanto, cantaba un estribillo con voz de barítono. - Almas, quién me vende el alma... Caminaron hacia el norte y en Aranguren se encontraron con una prostituta de increíble hermosura. Era muy joven, casi una niña. Salzman estaba asombrado. - Mire... - Esto será fácil. La chica tiene hambre y aunque usted no lo crea, ésta es su primera noche. Puedo asegurarle que seré su primer cliente. - Si usted lo dice... Pero recuerde que en este barrio todo sale mal. El hombre alto dejó a Salzman esperando en la esquina y se acercó a la chica. Después se metieron en un oscuro zaguán. - Me llamo Lilí -dijo ella- Tráteme bien. Tengo mucho miedo. Pasaron largas horas. La chica se derrumbó, extenuada y sonriente. - Ya no tengo miedo. Al rato salieron los dos abrazados. En medio de la calle, el hombre sacó la billetera. Salzman escuchaba escondido detrás de un árbol. - Fue maravilloso. Este dinero es tuyo. - No quiero nada. Lo hice por amor. El sujeto dio media vuelta y con paso indignado se acercó a Salzman. - Apúrese que es tarde. Anduvieron por el Odeón, por Tío Fritz y por La Perla de Flores, donde un grupo de racionalistas les explicó que el pecado no existía, que el verdadero demonio es el que todos llevamos dentro y que en realidad no hay hombres malvados sino psicóticos, perversos, sádicos, fóbicos o histéricos. Al salir, el hombre rompió la vidriera de un ladrillazo. Después volvió a cantar. - Almas, quién me vende el alma... En la puerta de Bamboche vieron a Jorge Allen, el poeta, que por fin había encontrado la pena de amor definitiva. Salzman indicó que se trataba de un amigo y pidió que no se lo molestara con la condenación eterna. El hombre se rió a carcajadas. - No está en mis manos condenar a ese muchacho. Los enamorados hallan el cielo o el infierno en el objeto de su amor. - Tiene razón - dijo el poeta sonriendo. Salzman lo presentó. - Jorge Allen... el Demonio. - Ya nos conocemos, pero ya que está: por qué no compra mi alma? Sólo pido el amor de la mujer que me enloquece. Se llama Laura. - Ya lo sé. Se la entregué hace un tiempo a otro fulano. Por eso no lo ama. - Con razón, con razón... - Puedo darle el amor de cualquier otra. - Ya lo tengo, gracias. Allen se fue sin saludar. El hombre le mostró el culo a una vieja que pasaba. Cerca de las cinco de la mañana, hartos de caminar, fueron a dar al Quitapenas de Nazca y Rivadavia. El hombre alto estaba deprimido por los fracasos de aquella noche. Se tomó cuatro cañas y empezó a contar chistes puercos. - Conoce el del japonés que va al infierno? Salzman estaba a punto de regalarle el alma para que se callara. Apareció un hombre con una guitarra. Se largó con un paso de milonga en mi menor y al rato se puso a improvisar un canto: Al ver a toda esta gente en esta amable reunión convoco a mi inspiración con el carácter de urgente. Si entre el público presente se encontrara un payador, lo desafío, señor, a tratar cualquier asunto, en versos de contrapunto para ver quién es mejor. El hombre alto le quitó la guitarra y contestó en la menor. Soy el diablo y por lo tanto acepto su desafío, sepa que este canto mío ya ha vencido al viejo Santos. Pero yo gratis no canto, quiero una apuesta ambiciosa. Pregúnteme cualquier cosa, mas, si contesto, le digo: llevaré su alma conmigo a la Región Tenebrosa. El payador no se achicó. Por mi alma yo se lo acepto o sino por una copa, no me asusta Juan Sin Ropa pues ya ni el diablo respeto. Pero seamos concretos, el tema será profundo: diga de un modo rotundo qué siente usté en el amor y si no invite, señor, la vuelta pa' todo el mundo. El diablo hizo una mueca de asco y pegó la vuelta. A las seis en punto, pasó por el lugar Manuel Mandeb. Con aliento de azufre, el hombre alto le habló al oído. - Le compro el alma, jefe. - Vea, no hay nada en el mundo que me interese, salvo tener un alma. De modo que estamos ante una paradoja. Empezó a amanecer. - Oiga, Salzman... De hombre a hombre se lo digo... Esto no es justo: todas esas personas que hemos visto son cien veces más perversas que usted y yo juntos. Quizá sea hora de retirarme de este estúpido negocio. - No se desespere, amigo. - No me consuele. No olvide quien soy. Pídame lo que quiera. Salieron a Nazca y vieron venir por la vereda a Lilí, la joven prostituta. Las luces del día la hacían todavía más hermosa. El hombre se peinó las cejas con escupida. - De sólo verla se me encienden los siete fuegos del infierno. Tal vez no me lleve ningún alma, pero le juro que no perderé esta noche. Salió corriendo y la encaró junto a un portón. - Creo que estuve un poco brusco hace un rato y por eso he resuelto compensarla. Ella lo miró con frialdad. - A qué se refiere? - Le daré poder. Poder sobre mí. Ahora ella miraba un cartel lejano. - Perdón, creo que no entiendo. - Vea, no acostumbro a hacer estas cosas. Pero debo reconocer que estoy excepcionalmente impresionado por usted. Antes la traté como a todas. Ahora me gustaría tratarla como a ninguna. La chica empezó a caminar. - No tengo nada que ver con todo eso. - No se vaya. Quiero estar con usted. Puede entender eso? - Sí lo entiendo, pero... Lo llamaré otro día. - Lilí, soy yo... el del zaguán. Y para mí el único día de la eternidad es hoy. - Pero para mí no. - Está bien. Quizás ahora no. Digamos mañana. - Creo que no. Estoy un poco confundida. Necesito tiempo. El hombre encendió los ojos. - Tiempo? A mí me hablas de tiempo? Acaso te olvidas de quién soy? - No sé... si no me lo explica. - No estoy acostumbrado a dar explicaciones. Mi identidad es obstensible. Has estado conmigo y no te has dado cuenta... - No. El empezó a sacudirla, mientras gritaba como un loco. - Soy Satanás, el Señor de las Tinieblas, el Príncipe de las Naciones, Lucifer, El Portador de Luz, el Adversario, el Tentador, Moloch, Belcebú, Mefistófeles, Ahrimán, Iblis... Entendes? Soy el Diablo ! Hubo un trueno que hizo tamblar la barriada. Ella lo apartó y lo miró con desprecio. - Cállate de una vez, miserable gusano enamorado. No ves que te estás humillando ante mí? No comprendes que podría llevarte a donde yo quiciera? No comprendes que podría hacerte mi esclavo, que podría obligarte a adorarme?... Y sabes por qué?... Porque el Demonio, el verdadero Demonio... soy yo. Lilí se fue canturreando una milongita. - Almas, quién me vende un alma... Salzman se acercó al hombre alto. - Un cigarrillo, maestro? - Gracias... A propósito... Le debo algo? - Por favor... Vaya con Dios. ARENA Los paganos admitían la existencia de divinidades toscas, imperfectas, chapuceras. Los dioses no sólo estaban sujetos a toda clase de vaivenes éticos sino que también cometían numerosos errores en el ejercicio de su profesión: creaban universos endebles, se dejaban engañar por los humanos, desconocían el futuro, fallaban en sus cálculos. Las grandes religiones monoteístas acuñaron la idea de la infalibilidad divina, de un poder sin grietas. No es nuestro propósito ejercitarnos ociosamente en la lógica para entretenernos con esas paradojas que tanto divierten a los gandules agnósticos. Ahorraremos al lector la modesta perplejidad de pensar si Dios es capaz de crear un objeto tan pesado que él mismo no pueda levantar. Sin embargo, la historia de la arena comienza con una distracción de un Dios omnipotente. Las tradiciones islámicas dicen que, habiendo finalizado la creación, el Señor advirtió que faltaba la arena. Grave defecto, si bien se mira. Los hombres estarían privados de la deliciosa voluptuosidad que sienten al caminar junto a los mares. El fondo de los ríos sería siempre ríspido, los arquitectos carecerían de un material indispensable, los caminos no podrían suavizarse, las huellas de los enamorados serían invisibles. Dispuesto a remediar su olvido, Dios envío al arcángel Gabriel con una enorme bolsa de arena a que la desparramara allí donde fuera necesario. Pero el Enemigo trabaja siempre para estropear la obra divina. Mientras Gabriel volaba con su carga inconcebible, el diablo le agujereó la bolsa. Esto sucedió exactamente sobre la región que hoy es Arabia. Casi toda la arena se volcó en ese lugar, de modo tal que las nueve décimas partes del país quedaron convertidas para siempre en un desierto de arena. Advertido de esta catástrofe, Dios resolvió ofrecer a los árabes algunos dones compensatorios. Les dio un cielo lleno de estrellas como no hay otro, para que miraran siempre hacia lo alto. Les dio el turbante, que bajo el sol del desierto es mucho más valioso que una corona. Les dio la tienda, que es mejor que un palacio. Les dio la espada. Les dio el camello. Les dio el caballo. Y les dio algo más precioso que todas las otras cosas juntas: la palabra, el oro de los Arabes. Otros pueblos modelan en la piedra o los metales. Los árabes modelan en el verbo. El poeta (el chair) es sacerdote, juez, médico, jefe. El poeta es poderoso: puede traer alegría, tristeza, encono. Puede desencadenar la venganza y la guerra. Puede matar con la palabra. Los errores de Dios, como los de los grandes artistas, como los de los verdaderos enamorados, desencadenan tantas reparaciones felices que cabe desearlos. Espero les guste. Comenten, critiquen, etc... Saludos

Eduardo Galeano Periodista y escritor uruguayo, nacido en 1940 en Montevideo, combina en sus escritos lo documental, la ficcion y el periodismo que ejerció durante su vida con un analisis politico y un poco de historia, sobre todo latinoamericana. Lo cual le valió ser perseguido por la dictadura Uruguaya a partir de 1973 y, por supuesto, el exilio, refugiandose primero en Argentina para luego terminar en España, a causa de la toma del poder de la dictadura comandada por Videla (Puaj). Logró retornar a su Montevideo natal en 1985 con el fin del gobierno militar, desde donde sigue escribiendo, siempre con la carga politica marcada en sus relatos. Su ultima publicacion, editada este año, se llama "Espejos. Una historia casi universal" Acá les dejo algunos de sus libros en formato de word, para el que le guste o interese. Son faciles y rapidos de descargar, y como estan en Word se pueden editar para imprimir o lo que sea. Las venas abiertas de America Latina (1971) Dias y noches de amor y de guerra (1978) Lo estoy leyendo por estos dias... El libro de los abrazos (1989) Uno de mis preferidos... Futbol a sol y sombra (1995) Bocas del tiempo (2004) Este todavia no leí Para el que le guste...

MIS AUTOS EN MINIATURA Estos son algunos de mis autos en miniatura (los que tenia mas a mano para sacarle algunas fotos) La mayoria de mi coleccion se basa en autos de F1, Le Mans y Rally. La escala es 1:43, en su mayoria, esto equivale a unos 10 cm de largo aprox. (en una de las fotos estan mis dedos y pueden servir como referencia...) Tambien tengo algunos 1:18, de unos 24-26 cms de largo aprox. Algunos modelos vienen con piloto y otros sin, dependiendo de la marca y de los derechos de imagen tambien. Como veran, me hice un par de maquetas para poner los autos para las fotos, pero como algunos vienen sin piloto... quedan mas o menos. FORMULA 1 Ferrari 500 F2 Alberto Ascari Campeon Mundial de F1 1952 Coleccion Shell año 2000 Foto del auto real Mercedes Benz W196 Juan Manuel Fangio Campeon Mundial de F1 1955 IXO-Altaya Foto del auto real: Fangio en Monaco 1955 Matra MS80 Jackie Stewart Número 4 GP Holanda 1969 Campeon Mundial de F1 1969 IXO-Altaya](le falta el espejito derecho...) Foto del auto real Martini Lotus 79 Carlos Reutemann F1 1979 RBA Foto del auto real en el Gran Premio de Argentina 1979 Brabham BMW BT52 Nelson Piquet Campeon Mundial F1 1983 IXO-Altaya Foto del auto real Ferrari F300 V10 Eddie Irvine F1 1998 Minichamps Foto del auto real b]Williams Supertec FW21 Ralf Schumacher F1 1999 Minichamps Foto del auto real RALLY Ford Focus WRC Ganador del Rally de Grecia - Acropolis 2003 Pilotos: Markko Martin - Michael Park IXO-Altaya Foto del auto real El modelo puesto en una maqueta El mismo Focus en otra maqueta Citroen Xsara WRC Ganador del Rally de Turquia 2003 Pilotos: Carlos Sainz - Marc Marti IXO-Altaya Foto del auto real Peugeot 206 WRC Rally de Monte Carlo 2003 Pilotos: Richard Burns – Robert Reid IXO-Altaya En la maqueta de distintos angulos Fotos del auto real: LE MANS Jaguar XK120 C-Type Ganador de las 24 Hs de Le Mans 1953 Pilotos: Tony Rolt - Duncan Hamilton IXO Models Foto del auto corriendo en Le Mans Ford GT40 Ganador de las 24 Hs de Le Mans 1969 Pilotos: Jacky Ickx - Jackie Oliver IXO-Altaya Recien recibido... todavia con su blister Foto del Gt40 recibiendo la bandera a cuadros en Le Mans Porsche 962 Participó de las 24 Hs de Le Mans 1989 Pilotos: Oscar "Popi" Larrauri - Walter Brun - Jesus Pareja IXO-Altaya Foto del Porsche 962 (con otro numero en otra competencia) Sauber C9 Mercedes Pilotos: Jochen Mass / Manuel Reuter / Stanley Dickens Ganador de las 24 hs de Le Mans 1989 IXO-Altaya Foto del auto real Toyota GT-One Pilotos: Ukyo Katayama / KeiichiTsuchiya / Toshio Suzuki 2do puesto 24 hs de Le Mans 1999 IXO-Altaya Foto del auto real Mas fotos del Sauber C9 y el Toyota GT-One juntos (cuando recien llegaron a mis manos y todavia en sus respectivos blisters) Audi R8 Ganador de las 24 Hs de Le Mans 2000 Pilotos: Biela - Kristensen - Pirro IXO-Altaya (le falta el espejito derecho...) Foto del auto real Peugeot 908 HDi-FAP Segundo puesto 24 Hs de Le Mans 2008 Pilotos: Gené - Minassian - Villeneuve IXO Models Foto del auto real YAPA: Un par de modelos en Escala 1:18 Ferrari 250 Gt California Spider Años 1957/1962 Hot Wheels Escala 1:18 Foto del auto real BMW Z4 M Coupe Año 2006 Kyosho Escala 1:18 Foto del auto real Bueno, si a alguien le gusta o le interesa y quiere comentar, bienvenido... Y con mas tiempo voy a fotografiar algunos otros (sobretodo los Minichamps que son los mejores en calidad de detalles pero tambien los que estan mas "guardados" lejos del alcance de las "diabolicas" manos de mi pequeño hijo)... Saludos

No sé si ya estará o no... pero lo ví y la verdad es muy gracioso. Todo el que maneja (sobretodo en Capital) me va a dar la razon!!!