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Primer post: 27 dic 2014Último post: 14 sept 2015
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De onda
OfftopicporAnónimo12/27/2014

Existen tres tipos de flaco: los lindos, que poco importa si saben o no bailar; los feos, que saben bailar bachata y franelean como locos; y, finalmente, los feos codo-en-barra: hola. Para los dos primeros es una experiencia relativamente sencilla ir a un bar solo y salir acompañado, mientras que para los de mi clase requeriría una casualidad similar a la que dio origen a la vida en el planeta Tierra. Lo sorprendente es ver que, aún privado de facha, bachata o la combinación mortal —la fachata—, uno puede recurrir a conceptos inesperados para intentar convertir ese yo en un nosotros. En mi caso, por ejemplo, sorprendo (no necesariamente para bien) con las ondas electromagnéticas. Lógicamente, los expertos indican que la descripción más técnica de las ondas (un campo electromagnético variable que oscila y se propaga sin necesidad de un medio material), no sería la forma apropiada de enfilar el chamuyo. Por el contrario, poner cara de interesante y arreglárselas para deslizar en la conversación que la ciencia moderna tiende a explicar todos los fenómenos como distintas manifestaciones de una misma interacción, parece ser la opción más viable (además de ser cierta). Y ahí tirás como un campeón que, por ejemplo, las ondas de radio, de TV, de cualquier aparato que no necesite conectarse con cables para recibir información, las del microondas, la luz visible, la ultravioleta, los rayos x, los célebres rayos gamma que enverdecen científicos enojados y hasta incluso los rayos cósmicos* (que nada tienen que ver con Victor Hugo Morales), son básicamente lo mismo. Resulta que la mejor forma de imaginarse una onda es con el dibujo de “superficie de mar” que todos hacíamos de chiquitos en el cuaderno ante la originalísima consigna del primer día de clases: dibujá tus vacaciones. Pero no todos veraneamos en el mismo lugar y, así como hay Mardeltuyuenses o Tonineanos, hay ondas y ondas; y lo que convierte a la radio en radio y al microondas en microondas es la distancia que hay entre la cresta de una ola y la cresta de la siguiente. Las ondas con distancia entre crestas del orden de metros y centímetros son usadas para todas las variedades de telecomunicaciones. Así, por ejemplo, las ondas de radio AM vendrían siendo una onda con mucha distancia entre sus crestas, de 100 a 1000 metros; plana como campeona de natación. De acá en adelante vamos a ir achicando esa distancia entre crestas que viene a ser lo que técnicamente se conoce como longitud de onda. Siguiente parada: los fílmicamente ubícuos rayos de visión nocturna; o infrarrojos, para los pibes. Está el multicolor formato Predator, que conforma una imagen asignando un color según la temperatura de la superficie, y está el formato Paranormal Activity, con los tonos verdes y las pupilas brillantes. Los dos funcionan captando ondas electromagnéticas de longitud de onda comprendida entre 1 mm y 1 cm, y traduciendo lo que captan en una imagen que nos resulta visible e interpretable. En esta primera comparación podemos decir que es esencialmente la misma onda la que, cuando está estirada, sirve para escuchar los partidos de Vélez por la radio, pero cuando está un poco apretujada, sirve para ver cosas en la oscuridad. Un flash. Pero pará que todavía falta, amante del desenfreno. Tenemos para seguir achicando a piacere. Lo que sigue es la radiación electromagnética cuya longitud de onda está comprendida entre 0,00000035 metros y los 0,00000075 metros (350-750 nanómetros). Para ponerlo en un ejemplo, es la radiación que hace posible que tu sistema límbico pueda derretirse ante la imagen de Scarlett Johannson con vestido rojo, o ante la visión de Brad Pitt todo fajado en Fight Club, o ante una foto de un orco de El Señor de los Anillos, que no estamos acá para juzgar. Esta radiación es la que más familiar nos resulta porque corresponde a la fracción del espectro electromagnético visible por el ojo humano. Cada pequeña variación en la longitud de onda del espectro visible corresponde a un cambio de color y, contrariamente a la intuición de los mortales, la luz blanca es la “suma de todos los colores”; una radiación que contiene ondas con longitudes comprendidas en todo el espectro visible. A medida que se sigue apretujando la onda, se obtienen radiaciones cada vez más copadas, porqueconllevan cada vez más energía. Entre los 10 y 100 nanómetros encontramos los rayos ultravioletas, ingrediente clave para que las plantas puedan fotosintetizar y obtener así su alimento y responsable de que el almacén de don Manolo detecte al picarón que lleva un billete falso, de que una remera blanca te convierta en dentadura de Luli Salazar ante la “luz negra” de un boliche, y de la modificación de la epidermis de esa amiga (o del orco) a quien le queda tan bien el bronceado de enero. Si se sigue achicando la longitud de onda, entre 0,01 y 10 nanómetros te chocás con los rayos X, que tienen suficiente energía como para penetrar la carne pero no como para traspasar el hueso, propiedad que hace posible que existan las radiografías. Disminuyendo aún más, la cosa se pone áspera: aparecen los rayos gamma, que corresponden a longitudes de onda entre 0,0001 y 0,01 nanómetros. Estos nenes son producidos por la descomposición espontánea de elementos radiactivos (de ahí su nombre), y es de público conocimiento que no tienen ningún respeto por los seres vivos. Para terminar, por debajo de esas longitudes de onda encontramos los rayos cósmicos que, hablando con justicia, no son rayos sino partículas pequeñísimas (protones en su mayoría) viajando a las chapas, casi a la velocidad de la luz. Para entender por qué se los denomina rayos habría que meterse con la mecánica cuántica, la física moderna y cagarse a trompadas con la dualidad onda-partícula que postula, y ser el que termina de pie. A los fines de este texto alcanza con decir que son los rayos más energéticos que conocemos, originados en eventos recontra violentos como explosiones de supernovas y agujeros negros supermasivos que están cocinando galaxias. No, no es soplar y hacer rayos cósmicos. Digo, por si pensabas fabricarlos en tu casa, terrorista del espacio. O sea que el mismo rulo que en su forma estirada te permite agarrar el celu y llamar a tu abuela para recordarle que tiene un nieto que la quiere, en su forma más o menos apretada te permite descongelar el pollo en el microondas, y en su forma más comprimida podría causarte una tormenta de mutaciones. Como decíamos al principio, vamos descubriendo que aparentemente es todo lo mismo acomodado de distintas maneras. De ahí que muchos de esos tipos que vienen siendo los Aragorn de la física tengan sueños húmedos con la teoría de cuerdas en alguna de sus versiones; cuerdas que sí van a ayudar a convertir uno en dos. Porque, si hay algo que funciona como ritual de apareamiento, son las guitarras y la cuántica. *N.d.E: y no, los rayos cósmicos no califican posta dentro del rango electromagnético, pero al principio se pensaba que sí y vamos por el rejunte histórico.

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Detector de chantas
OfftopicporAnónimo9/14/2015

No sabés muy bien por qué, tal vez por los dos dólares que te ofrecieron, tal vez por amor a la ciencia, más probablemente porque viste entrar a unx flacx que está buenísimx y ahora te querés pegar un cxrchxzx, pero de repente te encontrás participando en un experimento en el laboratorioque parece ser un simple juego lógico y te sentís un gil por lo que te cuesta resolverlo. Es así: te ponen cuatro cartas sobre la mesa y te dicen que están impresas de un lado con una letra y del otro con un número; del lado que vos ves, una tiene una letra A, otra una letra T, otra un número 4 y la otra un número 7. Te dicen que tenés que verificar si una regla se cumple dando vuelta dos cartas. La regla es: si hay una A de un lado, del otro lado tiene que haber un 4. ¿Cuáles girás? Tomate quince segundos para pensar antes de seguir leyendo. Si sos más o menos normal (cosa que dudo porque estás leyendo el blog de estos pibes), es altamente probable que hayas pensado que si el A y el 4 son las cartas relevantes para la regla, deberíamos dar vuelta la A y el 4. Pero fíjate qué pasa si hacés eso: das vuelta la carta A y del otro lado hay un 4. Perfecto, por ahora se cumple todo y fue una buena decisión elegir esa carta, porque si del otro lado estaba el 7 se comprobaba que la regla no se cumplía. Ahora das vuelta el 4 y del otro lado está la letra T. Entonces pensás que se violó la regla, te sentís un crack y ya estás por tirarle a una presa que sabés perfectamente que está dos puntos por arriba tuyo. Pero refrená tus impulsos. Porque lo que te dice la regla es que si hay una A de un lado, del otro tiene que haber un 4, pero NO que si hay un cuatro de un lado tiene necesariamente que haber una A del otro. Dar vuelta el 4 fue inútil, porque hubiera lo que hubiera del otro lado, no era relevante para mi regla. Si había una A no me decía nada, y tampoco si había una T. Porque en realidad, lo que me importa es qué hay detrás del 7: sólo si damos vuelta el 7 y vemos que del otro lado hay una A, podemos decir que la regla se incumplió y si hay una T, que se cumplió. Independientemente de lo que haya detrás del 4.   El tipo de regla que nos dieron para verificar (“Si A, entonces 4”, que tiene la forma lógica típica: “Si p, entonces q”) se demuestra falsa solamente en el caso en el que se da “A” y no se da “4”; para comprobar, entonces, si se cumple o no, tenemos que dar vuelta el caso en que se da “A”, para ver si del otro está “4”; y el caso en que no se da “4” (o sea, el “7”) para ver si del otro lado aparece “A”. Planteado así, parece una gilada, pero resolver este problema nos cuesta una bocha: estadísticamente, el 90 % de las personas la pifian. ¿Cómo podemos ser tan malos para resolver problemas tan simples y transitar exitosamente este valle de lágrimas que es la lucha por la supervivencia? La perspectiva es deprimente y vos te vas cabizbajx, sintiéndote un/a gil/a. Unos años después te invitan de nuevo a otro experimento, en el que caés porque está la misma persona que está buena, donde te plantean otro problema/o. Ya te olvidaste de lo que pasó hace cuatro años. Esta vez, un flaco acaba de sacar el registro y va a salir con una chica; el viejo le presta el auto por primera vez pero bajo la siguiente condición: “Te presto el auto, pero me lo devolvés limpito (esto es: después de hacer lo que tengas que hacer, me lo llevás al costado de Chacarita que por 50 pesos -una ganga, si lo comparás con lo que sale un telo- lo dejan impecable)”.  Lo que tenés que verificar, como en el caso anterior, es si se cumple la regla que pone el viejo, y para eso tenés que dar vuelta dos cartas que representan situaciones posibles para ver qué hay del otro lado. La regla es estructuralmente idéntica a la del primer experimento lógico (“si p, entonces q”), pero estoy seguro de que en esta te resultó muchísimo más simple: lo que tenés que ver es qué pasa del otro lado de “presta el auto” (p) y qué pasa del otro lado de  “no lleva el auto al lavadero” (no q).Porque si no se lo prestan no está comprometido a llevar el auto al lavadero y si lleva el auto al lavadero el acuerdo se cumpliría independientemente de que se lo hayan o no se lo hayan prestado. De acuerdo a lo que se verificó estadísticamente, en este tipo de problemas más o menos tres de cada cuatro personas dan la respuesta correcta, por más que sea, desde el punto de vista lógico, idéntico al anterior. ¿Por qué lo hacemos mayoritariamente mal en el primer caso y mayoritariamente bien en el segundo? ¿Qué es lo que cambia entre uno y el otro? Todo se vuelve más loco cuando se verifica que no es simplemente una cuestión de grados de abstracción: en todos los experimentos que se hacen, que son una bocha, cuando se plantea un caso de “si p, entonces q” en el que NO hay involucrado un acuerdo  social  entre partes (del tipo: “si vos hacés esto, te comprometés a hacer esto otro”), la gente pifia casi en su totalidad. Y esto se verifica en diversas culturas (entre estudiantes de secundario belgas y entre amazonas ecuatorianos, por ejemplo) y diversas edades (desde los tres años en adelante). Hay muchísimas explicaciones posibles, como siempre, pero a mí me parece interesante, al menos a efectos exploratorios, la de una pareja que trabaja en la Universidad de California: Leda Cosmides y Jon Tooby. La propuesta de estos tipos, que usan los experimentos del tipo 1 y 2 como puntapié inicial pero que llevan todo muchísimo más allá, se convirtió rápidamente en la piedra fundacional de la psicología evolucionista, una rama muy pero muy joven que ya cuenta con cientos de estudios interesantísimos y que lo que intenta hacer, básicamente, es combinar los conocimientos que tenemos sobre la psicología humana con los que tenemos sobre la  selección natural  y la teoría de la evolución . Los que trabajan dentro de este campo proponen dejar por un rato de pensar la mente con categorías creadas ad hoc, que no presentan evidencia de tener consistencia empírica, e incorporarla dentro del conjunto de los rasgos de nuestra especie pasibles de ser estudiados desde una perspectiva biológica y evolucionista. Esto no significa limitarse a la anatomía o el funcionamiento del  cerebro : así como la postura erguida o el pulgar oponible pueden explicarse porque, al ser convenientes para la supervivencia, fueron seleccionados naturalmente, existen formas de pensar que pueden ser innatas y pueden haber sido seleccionadas en el último par de millones de años de evolución homínida. Hasta hace poco, dice Cosmides, se pensaba la inteligencia como una capacidad abstracta de razonar correctamente sobre más o menos cualquier cosa, una especie de caja de herramientas lógica que funcionaba, independientemente del contenido al que se aplicara, con un mismo programa metodológico. Esta idea, sin embargo, no resultó demasiado explicativa y existen evidencias de que, más que un programa general de razonamiento, la mente está compuesta porpequeños programitas específicos (módulos) capaces de procesar información y resolver problemas concretos de una manera híper-precisa y rápida. La teoría modular de la mente es evolucionista en tanto supone que estos programitas neurocognitivos habrían sido seleccionados naturalmente, desde que empezamos a caminar en tarlipes al este del Valle del Rift hasta hoy, por ser extraordinariamente convenientes para nuestra supervivencia. Uno de ellos, el que explicaría por qué nos resulta tan fácil resolver el segundo experimento y tan difícil el primero, es el que Cosmides y Tooby llaman cheater detection module, o “módulo de detección de tramposos”. Este módulo, cuando se pone en funcionamiento, recibe como datos las representaciones de quienes intervienen en un contrato social (en el caso que puse de ejemplo, el padre y el hijo) y arroja rápidamente, como conclusión, quién es de fiar y quién no. Si una persona se beneficia por una acción por la que se comprometió a dar algo a cambio y todavía no dio ese algo, la mente de quienes lo observan lo cataloga como un chanta en potencia y lo somete a un escrutinio más minucioso; si finalmente incumple de manera definitiva con la promesa, se lo relega o se desconfía de él para siguientes intercambios. Así, el módulo de detección de tramposos sería un complemento esencial de la estrategia del  tit for tat , aquella que resulta la más sensata para explicar los orígenes de la cooperación entre individuos que no solamente no comparten genes sino que son capaces de hacer trampa o traicionar un pacto. y que se basa en dar basado en lo que recibís. En sociedades que necesitaran de la cooperación y la reciprocidad para sobrevivir, como fue el caso entre los pequeños y relativamente estables grupos cazadores-recolectores del Pleistoceno, aquellos individuos que poseyeran innatamente este módulo capaz de detectar rápidamente las violaciones de un contrato social se verían favorecidos y tendrían más posibilidades de sobrevivir y de transmitirlo a su progenie. A su vez, las sociedades que contaran con más individuos con este módulo desarrollado, tendrían mejores índices de cooperación y de reciprocidad y, por lo tanto, mayores aptitudes para evitar ser morfados por los amiguitos de los animales a los que se acabaran de morfar. De esas sociedades y esos individuos, después de millones de años, mucho bardo, cruzadas, holocaustos, guerras mundiales y Ricardo Fort, provenimos nosotros, que mantenemos el módulo intacto porque sigue siendo fundamental para determinar si conviene o no conviene confiar en el amigo que mira raro a tu novia. Llegado este punto, una objeción resulta obvia: la idea de que exista un módulo innato de detección de tramposos resulta apresurada porque el hecho de que el razonamiento funcione bien en los experimentos de tipo 2 y no en los de tipo 1 no garantiza que vengamos programados con esta manera de pensar desde el nacimiento. Tranquilamente podríamos haber aprendido este tipo de inferencias porque en la vida estamos acostumbrados a usarlas en el ámbito moral y no tanto en situaciones descriptivas. Para verificar la innatez harían falta, por ejemplo, más experimentos (dificilísimos de diseñar, por cierto) para ver si esta capacidad está, aunque sea de manera incipiente, en  bebés  muy muy muy chiquitos. Así y todo, los trabajos de Cosmides y Tooby -que llevan más de treinta años de refinamiento, de bancarse críticas y de responder a ellas convincentemente y con elegancia- tienen tres cosas que me parecen esenciales para el desarrollo del pensamiento científico: originalidad, una hipótesis muy interesante y la voluntad y humildad de explorar si están o no diciendo una boludéz. El hecho de que el progreso de la ciencia no sea lineal exige, muchas veces, que los investigadores se la jueguen y salten al vacío, como hizo  Copérnico  hace más de medio milenio, sin tener idea de lo que hay debajo. Que se  unten  contra el suelo o que caigan impecables cual rusa olímpica depende de los caprichos de una realidad pudorosa que se nos muestra en cuotas cuando la presionamos en los laboratorios pero, sobre todo, en nuestras cabezas.

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