Nolimon
Usuario (Argentina)

Hoy publico un cuento que es parte de una serie de cuentos en los cuales me propongo mostrar diferentes aspectos referidos a Malvinas y que a mi me llamaron la atención. Si bien este cuento es ficticio (notarán hasta errores geográficos y de lenguaje militar) se basa en charlas y relatos de ex-combatientes. Si bien esto no es un homenaje a nuestros héroes considero que la Guerra de Malvinas está presente en cada acción que realizamos, quizás este sea el mejor homenaje a quienes ofrendaron su vida por nosotros... Era en abril El viento y la llovizna golpeaban el rostro taciturno, el micro de la Línea 4 ya había pasado, era el último de la noche, el Santa Lucía quedaba lejos otra vez. A pesar del frío llevaba sólo una chaqueta, sin bufanda ni guantes; las manos le temblaban, lo vi desde la vereda cruzando el boulevard, estaba solo. Algo me dijo que olvidara la tradición y me acercara a ofrecer alguna ayuda. “¿Pasa algo, jefe?” le dije. Sin levantar la mirada del suelo me contestó “¿Sabés por qué me estaquearon?” Pensé: “cierto que es Abril, otro más criticando a los milicos; sí, ya se, no me digás, son todos unos…” “Se dice que era porque teníamos hambre”, continuó, “que, por eso, cazamos la oveja” “Y, eran tiempos duros”, conjeturé. Creo que no me oyó, siguió su relato: “Cuando llegamos a las islas nos mandaron como retaguardia a los montes occidentales, estuvimos allí sesenta y dos días, en los pozos. Sin movernos cambiamos de posición y fuimos la vanguardia. Día tras día nos cañoneaban los ingleses, para ‘ablandarnos’, la comida comenzó a escasear y el sargento se tornó más duro e inflexible que de costumbre. Una mañana me mandaron al pueblo a buscar municiones, estoy en eso cuando un soldado de Fuerza Aérea me ofrece la mitad de su lata de leche condensada porque estaba ‘harto de comer tanto, además, le daba cosita tirarla a la basura’. Me alejé sin decir nada y engullí lo que quedaba de esa lata. Volví a mi puesto y el Negro Quinteros me dice que la comida no iba a llegar porque los ingleses la habían cañoneado cuando venía hacia nosotros, porque la comida la llevaban de un lado a otro en unas cocinas de campaña y cuando llegaba a nosotros llegaba fría porque no estaba preparada para esos viajes además de que nosotros estábamos muy alejados del puesto de cocina porque, a la postre, éramos la primera línea ¿te das cuenta? “Claro, la desorganización…” “Entonces la vi, no muy lejos de allí, pastando muy cerca de las minas. Yo conocía el camino que trazaron los ingenieros, así que me acerqué sigiloso, la atrapé, y le corté el cogote. Con el cuero hice unas mantas y la poca carne fue racionada para que durara algo. Pero el teniente nos descubrió no se cómo, y el sargento cumplió con la orden: toda una tarde estaqueado. Tirado allí mastico broncas y veo el cielo, lo imagino celeste. Un punto se agranda y acelera por encima mío. Se escucha la artillería antiaérea. Vuelve el cañoneo. El Negro Quinteros me desata y me lleva al pozo, el sargento se acerca y me pregunta si aprendí la lección. No digo nada y lo miro, se va, el Negro me coloca el casco ‘por protección’. Me quedo en silencio. El cañoneo continúa. Así estuvimos hasta que llegaron, de noche, delatados por una mina y el grito desgarrador del inglés. Ahora todo es un caos, un infierno, el Negro cae herido en la pierna derecha. Lo levanto y la saco de ahí, el médico nunca llegaría. La noche está totalmente iluminada, las balas van de un lado a otro. Sigo corriendo, el Negro no para de gritar. Algo me empuja para adelante y me pierdo. Todo se oscurece… Siento que me mueven, abro los ojos y veo a alguien pero no lo reconozco, el sol me encandila. Algo dice pero no le entiendo. Todo vuelve a mi memoria y veo entonces al enemigo. Pregunto por el Negro y una voz conocida desde lejos me responde que está bien, que sólo fue una herida en la pierna. El sargento me pregunta si estoy bien, le digo que si, habla de la batalla, de cómo llegaron los ingleses, de nuestra resistencia, de la muerte del teniente, de las bajas enemigas, de la rendición. Lo escucho y no digo nada, ahora tengo hambre…” Alzó la mirada y me observó detenidamente bajo la insistente llovizna y la poca luz del farol. Confieso que me ruboricé, no se por qué, creo que por un momento pudo ver en mi alma lo que pensaba. Por suerte siguió en su alocución: “Verás, cuando se habla de aquellos tiempos se habla de San Martín, de la Bandera, de Soberanía, del deber y de la obligación, del sacrificio, de Dios, de los militares, de derechos humanos, de estrategia, de militancia, de la Patria, pero te puedo asegurar, allí mi patria y todo lo que eso conlleva eran el Negro Quinteros y el pozo. Allá, en definitiva, estuvimos solos, nosotros, como ahora, estaqueados, soportando las órdenes cumplidas por un sargento, cañoneados hasta ablandarnos, fríos y hambrientos, esperando la rendición. Para eso luchamos y morimos, para que nada cambie y los ingleses se sorprendan de nuestro coraje…” Acepta que lo acerque al centro, en el auto se escucha Saluzzi, ninguno habla, los dos miramos la ruta. El viento paró, la lluvia se intensificó. Me mira y me agradece que lo haya escuchado, asiento y sigo manejando. Le pregunto por el Negro “Se pegó un tiro en el ’92, en la época de Menem”, es la respuesta lacónica Lo dejo en la España y San Martín, continúo hasta mi casa, estaciono y lo veo, allí, cruzando el boulevard, la llovizna y el viento son impiadosos, el frío le hace temblar las manos, acaba de perder el micro, por un momento olvido la tradición y le ofrezco alguna ayuda...