Marcelo82
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Un oficinista tipo (un tipo oficinista) pasa ocho horas diarias entre cuatro paredes, o, lo que es lo mismo, cuarenta horas por semana, o dos mil ochenta horas en el año, o sesenta y dos mil cuatrocientas en treinta años. Esto es malo. Malo para la salud, malo para el espíritu (uno se viene tonto), malo -incluso- para el huesito dulce, que tiende a encallecer. La aspiración de quienes emprendieron este informe fue cambiando con el correr de los días: de lo que primero fue un intento reivindicador de la oficina, se pasó a un conato de objetividad, para caer finalmente en un patético documento de advertencia. Los empleados de oficina deben respetar, hasta sus últimas consecuencias, un decálogo no escrito, pero que tiene más vigencia que la Constitución Nacional, lo cual no es mucho decir. A continuación, escribimos el decálogo no escrito: 1. No tendrás más dios que el Jefe. 2. No tomarás el santo nombre de la empresa en vano. 3. Acuérdate de santificar los feriados. 4. Honrarás gerente y horarios. 5. No hurtarás lapiceras ni secantes. 6. No fornicarás en la oficina. 7. No matarás, como no sea el tiempo. 8. No levantarás falsos testimonios ni quinielas. 9. No desearás a la secretaria del Jefe. 10. No codiciarás los puestos ajenos. El lector pensará: "Dios mío, ninguna persona decente podría trabajar en una oficina". Y tendrá razón. Muchos muchachos honestos y limpitos, luego de contestar un aviso de Clarín, se han perdido para siempre. Porque, ¿quién puede ser bueno rodeado de paredes donde cuelgan absurdos cuadros estadísticos y, en el mejor de los casos, almanaques de ferretería? ¿Quién puede ser piadoso escuchando el insufrible tableteo de las máquinas de escribir, y haciendo sumas que vaya uno a saber para qué sirven? Y eso sin hablar de los balances, donde una diferencia de diez guitas puede hacerle perder el empleo a un honesto padre de familia cuya mujer lava toda la semana en un viejo conventillo alumbrado a querosén. PERSONAJES DE LA OFICINA. Una oficina se compone de jefe, secretaria, empleado González, cadete, cafetero, empleado responsable, batilana, organizador de colectas, trepador, etcétera. Y empecemos por arriba, como quien hace un pozo. Todos los jefes son iguales: insufribles, malvados, biliosos, y hasta un poquitín mugrientos. Y como iguales que son, suelen apelar a las mismas frases ante las situaciones cotidianas. A empleado incumplidor: "González, usted no va a llegar muy lejos". A empleado despedido: "González, la empresa se ve obligada a prescindir de sus servicios". A empleado que pide aumento: "González, yo comparto su inquietud, pero eso no va a poder ser". A postulante: "González, muy bueno lo suyo, ya lo vamos a llamar". A empleado que lo desilusiona: "González, usted me desilusiona". A secretaria hermosa que se viene a postular: "González, quiere dejarnos solos un momento". El mejor auxiliar de los jefes es el empleado responsable ("González es mi brazo derecho". Llega todos los días cinco minutos antes de la hora de entrada, le saca punta a los lápices, usa la goma hasta que queda reducida a migajas, se lleva trabajo a casa, no se toma vacaciones, admira al jefe, no juega a la quiniela, en fin, es un perfecto imbécil. Otra eficaz ayuda para los que mandan es el batilana ("González me lo cuenta todo". Este personaje es conocido también como alcaucil, correveidile, oreja, ortiva, botón, alcahuete, bocaetrapo, bocina, lenguaraz, cuentero, chupamedias, yevaitrae, olfa y otros. Es el tipo más odiado de la oficina. Al igual que los jefes, los batilanas poseen una particular terminología, empleada especialmente para iniciar sus cruentos relatos: "No es por hablar, pero...", "Dios me perdone...", "No quisiera equivocarme...", "Antes de que se lo cuente otro...". Los jefes no le temen a nadie. Salvo, claro está, al trepador ("González me está moviendo el piso". El trepador es como un mal deportista. Para él el escalafón es como Titanes en el Ring: vale todo. Algunos de ellos van jabonando pisos y haciendo despedir a quienes les hagan sombra, hasta que mueren solos, en el despacho más lujoso de un desierto edificio de escritorios. SEXOLOGIA DE LA OFICINA. La vida sexual de la oficina es toda suposición y fantasía. Los cadetes, por ejemplo, se complacen en imaginar la lujuria que deben ser capaces de desplegar las secretarias. A su vez, los ejecutivos veteranos son capaces de ver en cada telefonista a una cortesana en potencia. -Acá se hace la recatada -escucharon decir nuestros cronistas muchas veces-, pero debe ser una... A su vez, las mujeres parlotean en voz baja y en el baño (especie de santuario confesional de la oficina) acerca de las ojeras que últimamente anda trayendo el empleado González. Todos los empleados (y empleadas) tienden a ridiculizar la vida sexual del jefe. Los jóvenes suelen creer en su impotencia. Las viejas lo juzgan un libertino. El antiguo mito de la secretaria amante del jefe está en franca decadencia. Nadie da crédito a esas historias, salvo, claro está, las secretarias y los jefes. Las piernas de las dactilógrafas son otro estímulo para estas fantasías que gobieran la vida sexual de la oficina. Los sociólogos de la sociedad de consumo han calculado, con todo desparpajo, las horas-hombre perdidas en el campaneo de extremidades. Un empleado normal consume doscientas horas anuales en esos menesteres. La estadística trepa a picos mucho mayores ante la existencia de cajones a bajo nivel que obligan a las empleadas a agacharse. Los lunes, los empleados todos proceden a referirse mutuamente las proezas sexuales consumadas durante el fin de semana. Si tales proezas fueran ciertas no quedaría en este país títere con cabeza. FINAL CON PROSPECTIVA. Llegará un día en que unos monstruos espantosos asolarán las oficinas. Vendrán de los infiernos y aparecerán por los agujeros de los inodoros y meterán a los cadetes dentro de los tinteros y violarán a las secretarias y arrojarán los expedientes por las ventanas y beberán la sangre de los jefes y pintarán las paredes de rojo, verde y azul de prusia y se embriagarán con el agua de las almohadillas y obligarán a los gerentes a mostrar sus calzoncillos invariablemente blancos y forzarán a los mentirosos a ejercer sus hazañas sexuales sobre los escritorios y torturarán a los alcahuetes contándoles anécdotas de la conscripción. En tanto aguardamos el lejano apocalipsis oficinero, sigamos fichando a las nueve, continuemos almorzando de parados, hagamos horas extra que para eso las pagan y aguardemos la módica jubilación que nos permitirá ir a sentarnos a un banco de estación a contar vagones hasta morirnos. [NOTA: Lo que sigue a continuación, está en un recuadro en el original]. PENSAMIENTOS DE UN JEFE DE OFICINA: *Yo sería bohemio pero, ¿y si la gente se entera?. *Quiero que mi nena se case de blanco. *Yo escucharía música clásica, pero me coincide con Sábados Circulares. *Usted sí que tiene la cabeza fresca, González. *No soy un sumiso. Mi mujer no me lo permitiría. *El director general siempre tiene la razón. *Yo a los 25 años ya tenía la llave del baño de ejecutivos. *En las elecciones, los votos de las personas inteligentes tendrían que valer tres. *La peor desgracia es que a uno le salga un hijo peronista. *En mi época los muchachos eran de otra manera. FUENTE: SATIRICON N°5; marzo de 1973.