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Manitou_

Usuario (Argentina)

Primer post: 28 jun 2016Último post: 28 jun 2016
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Omar (testimonio de un suiciduio) [Cuento propio]
Omar (testimonio de un suiciduio) [Cuento propio]
Apuntes Y MonografiasporAnónimo6/28/2016

Omar. “El verdadero dolor, el que nos hace sufrir profundamente, hace a veces serio y constante hasta al hombre irreflexivo incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor.” Fëdor Mihajlovič Dostoevskij El cielo ya estaba apagado hacía varias horas cuando queme las últimas hebras de un tabaco Manitou que había armado en la casa de Facundo y ahora se desprendía de mis manos y caía como un escupitajo balconero sobre uno de los cordones de la avenida 7, mi sendero de siempre en la vuelta a mi casa. La noche era fría, cerrada, profunda, como las almas de los que obramos porque sí, sin motivos ni aspiraciones, ya sea porque el existir nos ganó por goleada o porque entendimos que no hay ningún sentido detrás de todo. Las luces de las calles tiritaban en el fondo negro y amargo de la oscuridad que todo lo abrazaba. La ciudad ha muerto, para parafrasear a Nietzsche. Y que la ciudad muera, y yo esté vivo en ella, es una de las tantas ironías que me gusta sentir. La avenida que había visto caminar tanta gente sobre sus veredas ahora dormía. Sobre la calle, chillaban algunas ruedas de colectivo a lo lejos, lo que me hizo pensar que mis pisadas pasaban casi desapercibidas sobre esa materialidad, paralizada, fría y trágica de la avenida 7, que minutos más tarde iba a despertar de un sobresalto por el hecho que acabo de empezar a narrar. La gente ya se había refugiado en sus hogares, como las marmotas esconden su fea corporalidad con la llegada del invierno, lo que calmaba la misantropía propia de los seres como yo, que sienten repulsión con el cacareo de las bocas en una clase en la facultad o con la escena de un hijo pedigüeño y maleducado que le ruega a su madre cualquier baratija del quiosco y la madre tan dócil como un perro cae ante la manipulación para nada inocente del niño y le compra el cuadernito que tiene la imagen del tilingo de moda. Cuadernito que a los pocos días, termina tirado en el tercer cajón de una cómoda desbarnizada en el fondo del garaje acumulador de la casa. Los edificios y los comercios cerrados, presenciaban la parálisis ontológica de la avenida 7, era una secuencia intempestiva rota por mi presencia, como en tantas otras ocasiones, el yo menos trascendental de todos los yoes, el mío, volvía a quitarle la belleza a esa realidad tan ajena, como un moco salivero en la cara de La dama del abanico de Velázquez. Realidad que todos buscan apreciar, entender y de la que yo huyó despavorido. Habían pasado unos pocos minutos desde que tiré el cigarrillo y dos o tres colectivos habían ayudado a destruir la quietud que les describí, ya no me sentía un intruso en el museo, pero la soledad era la regla, y los colectivos vacíos la rompían esporádicamente. En el momento de la tragedia, era la regla, la soledad era la titiritera. Yo iba caminando lentamente, como hay que caminar, por la vereda para nada limpia de la avenida 7 entre las calles 46 y 47, cuando a una distancia más o menos de cien metros, vi que en el techo del Banco Nación, una figura, casi como una marioneta se movía de un lado a otro, no logre saber que era un hombre hasta dar unos pasos más y al cruzar la calle 47 arribar a siguiente vereda. Imaginé que podía ser uno de esos limpiavidrios de riesgo, que se cuelgan sobre las fachadas como arañas, pero era todavía muy temprano, el amanecer aparecía como una utopía, y descarte por completo que estuviera por arrancar el horario laboral. El hombre era un joven flaco pero con un andar pesado, como el de los curdas, pero no parecía para nada estar ebrio. Tenía el pelo ondulado y corto, y aún más corto a los lados. Alcance a divisar las sombras de su rostro, que se profundizaban en las zonas de sus ojos. Era una cara morena pero pálida y descolorida, casi enferma. Tenía una campera marrón de gabardina desprendida y entre las solapas colgaba una chalina negra. Un pantalón de jean común y corriente color negro completaba el atuendo del joven desconocido. Categorizar, encajar, y calificar la realidad es una de las mejores cosas que hago, pero esta vez no podía hacerlo, qué diablos hacía ese hombre de figura flaca y errante en el techo de un banco dormido, era algo totalmente inexplicable. No quise seguir caminando porque hace tiempo me detengo ante las anormalidades del mundo y las observo, cosa que nadie más hace, todos dan por hecho que todo en este mundo encaja, o lo que es peor, lo hacen encajar, dándole de comer al autoengaño. Asique me senté en un pilarcito del edificio de Seguros Rivadavia, a unos 60 metros de donde el famélico montaba su espectáculo. El hombre luego de deambular unos segundos, se sentó con las piernas colgando hacia el abismo y encendió un cigarrillo con un zippo metalizado que brillaba con la luz de la calle, miraba hacia el frente, como si no hubiera un abajo, como alguien que ya ha hecho algo muchas veces, tranquilo, contemplaba con los ojos penetrantes, atravesaba con su mirada edificios, palos de luz y carteles de publicidad mientras su chalina negra se flameaba con el viento de esa altura. Su mirada era como una fuerza imparable que no se quedaba con el primer cacho de materia que se interponía en su camino, miraba atrás de ello, y con el siguiente lo mismo, buscaba un fondo y sabía que nunca lo encontraría. Porque esas miradas fugitivas son así, escapan de los ojos como un rayo y no se detienen en las formas, rompen con todo en su camino. El humo que salía de su boca, como el humo de los barcos o de los trenes, se expandía espontáneamente, como consciente de que la mirada del hombre lo estaba apuñalando de lado a lado. Tardó mucho tiempo en fumar el cigarrillo, fueron unos 5 minutos extensísimos, en el silencio y en el limbo, luego comprendí que habría de ser el último. Y él mismo sabía en el momento de la primera chupada, que era el último, y cada pitada era extremamente consciente. Fumó el cigarrillo hasta el filtro, y lo arrojo por los aires, siguiéndolo con su mirada en su recorrido espiralado hasta el suelo, impactó contra las escalinatas de la puerta del banco, y repicó dos veces hasta detenerse, había muerto dos veces, una en la boca del hombre, otra en la caída y las cenizas habían dejado una marca en las escaleras seguramente. Lo siguió mirando unos segundos una vez detenido el movimiento de la colilla, pareció figurarse algo en su mente que lo estremeció, como un augurio, un cuervo negro que surca los cielos antes de una batalla medieval. Luego de eso lo vi sacudir su cabeza de lado a lado y volver a subir las piernas al techo. No me pregunten porque no lo intercepte y desde el suelo le pegué un grito que interrogue “¿qué hace ahí maestro?” porque ni yo mismo lo sé, en ese momento experimentaba una sensación de placer espectador, era algo que de una vez por todas rompía la normalidad tétrica y lúgubre en la que mi vida había decantado. Ahora, lo hubiera hecho, pero ya es tarde. El hombre estuvo unos minutos más en el techo, se revolvió los pelos negros, supuse que se ató los cordones porque se agacho y estiro sus manos hacia sus pies pero yo no veía desde abajo sus zapatillas y se cerró el cierre de la campera marrón que tenía puesta. Caminó para atrás y desapareció de mi vista, ahí comencé a pensar que era una especie de loco de las noches que buscan experiencias inimaginables para cualquier tipo común y que ya se había ido a buscar el lugar por donde había subido hasta allí, para bajar y marcharse. Me quede como con una sensación extraña, un vacío casi despiadado, como esa sensación que se tiene cuando una persona nos falla, como si yo hubiese estado esperando algo más que ver un delirante fumar en el limbo y luego irse. Pasaron menos de diez segundos cuando vi venir al hombre de la campera marrón corriendo a una velocidad increíble, como el hombre más seguro de lo que hace en el mundo, al llegar al borde saltó hacía el aire atravesándolo al medio, con una sonrisa dibujada en su cara, de no creer. Con la cabeza hacia adelante y con los ojos abiertos, bien abiertos. Yo seguí atentamente el escaso planear de su cuerpo con las manos extendidas hacia los costados y el pecho inflado, fueron unos dos segundos, en los que el desconocido inclino más aún su cuerpo hacia adelante y se reventó la cabeza contra la vereda del banco Nación de la avenida 7. Fue un golpe estruendosamente seco, apagado, como el redoblante de una batería de los 60. Todo su cuerpo se quebró sobre su cabeza, que fue la madre del impacto. Fue a parar al mismo lugar en donde segundo antes había aterrizado la colilla, y fue como si a través de esa colilla, el mismo hubiera podido sentir la penetración del aire en la caída, como si fuera un primer intento, una prueba, que luego iba a llevar a cabo él mismo. Él seguro se había dado cuenta cuando se quedó mirando a ese resto de cigarrillo inmóvil yacer apagado en las baldosas, eso fue lo que lo estremeció, estoy seguro. Los dos, colilla y hombre yacían en el suelo, cubiertos con la tibia manta de terciopelo roja que había ido formando la sangre. A sesenta metros de distancia estaba todavía yo, ahora petrificado, incapaz de emitir expresión, sonido o movilidad alguna. No podía estructurar lo que había acabado de ver. Casi como un sueño o una película surrealista. O acaso ¿algún hombre común y corriente como yo espera ser el único testigo de un suicidio? Y para agregarle metafísica, yo estaba ahí porque así lo había querido o porque algo en el destino de los hombres y del mundo había hecho que me quede a mirarlo. Porque tranquilamente podría haber seguido caminando sin recaer en ese extraño y esta historia nunca hubiera tenido lugar. Sería uno más de esos suicidios lejanos que aparecen en las noticias de vez en cuando. Quien lo hubiera imaginado, que eso sería solo el principio, porque lo raro empezó después, escribió Sacheri una ve y tenía razón, lo raro siempre empieza después. Estuve un minuto sin poder reaccionar ante lo sucedido hasta que desperté de ese profundo estado y me paré, frágil como un niño que recién aprende a caminar. No llamé al hospital más cercano ni a la policía, ese hombre sin dudas estaba muerto y no me equivocaba. Fui su cómplice un momento, porque si su suicidio tuvo lugar en un tiempo sin gente, yo no tenía derecho a arruinar su obra llamando justamente, a esa gente. Es más, yo mismo con mi sola presencia había arruinado su obra, pero él nunca lo supo, en ningún momento me vio, de haberlo hecho, todo hubiera sido distinto. Para no seguir profanando su obra, no quise pasar por el lugar de la escena, aunque mi casa quedara a una cuadra, pasando exactamente por su lado. Di la vuelta a la manzana y camine 3 cuadras de más, pero no pase por su lado. En esas tres cuadras por mi cabeza desfilaron pensamientos completamente nuevos, sensaciones de todo tipo, al fin un placer tácito me decía “rompimos la normalidad”. Placer que unos minutos más tarde se iba a convertir en el dolor más agrio y tajante de mi existencia. Abrí la puerta de debajo de mi edificio y prendí las luces de los pasillos y escaleras, subí hasta el tercer piso sin poder pensar en nada más que en lo acontecido. Entre y en mi departamento estaban todas las luces apagadas, algo inusual, porque mi hermano también trasnocha hasta tarde como yo, nunca ninguno de los dos se duerme antes de las 6 de la mañana. Entre a la habitación de mi hermano para ver si dormía, pero no estaba, y en su cama solo encontré recostado un sobre negro hecho a mano, que cambiaría mi existencia para siempre. Mi Pagina web: letrasmanitou.blogspot.com.ar

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