MakyLu
Usuario (República Democrática del Congo)
No sé ustedes pero a mi me parece impresionante el talento de esta niña, anduve husmeando por su fb y me encontré estos dibujos del '09, cuando tenía 12 añitos. Creo que hay una artistilla en la familia.DESPUÉS, EMPEZÓ A VARIAR UN POCO SU ESTILO...Este particularmente me gustó muchoSu nueva técnica...Y por último, un dibujo que hizo su hermano, de su noviecilla.
casi 100 a favoritos y solo unos cuantos lo han comentado, así no dan ganas de subir más nada!Holaaaaaaa! Much@s de ustedes (como yo) seguramente han querido regalarle algo distinto a su parejita, y no saben como empezar, las cartas normales ya son demasiado comunes, asi que les dejo algunas ideas para sorprenderl@ y quien sabe, igual y hasta les dan su premiesote... jijiji SUERTE!!CARTA EN FORMA DE BOLSITAlink: http://www.youtube.com/watch?v=gYsgQ3WF8m0CARTA CON "ABRIDOR"link: http://www.youtube.com/watch?v=Df6lKMAF8SkCARTA DE CUADRITOlink: http://www.youtube.com/watch?v=zKTf-vFwigICARTA CON FORMA DE FLECHAlink: http://www.youtube.com/watch?v=oCJxc66y-bYCARTA INFLABLE (EXCELENTE IDEA!!)link: http://www.youtube.com/watch?v=3M1hYRmTWSACARTA MÁGICA INTERMINABLElink: http://www.youtube.com/watch?v=XM3x8CGCuCECARTA ENCAPSULADAlink: http://www.youtube.com/watch?v=EM0jk9mPnAACARTA RASPA-GANAlink: http://www.youtube.com/watch?v=ogid_BMVWXMCARTA SQUASH (FACILISIMA!)link: http://www.youtube.com/watch?v=0Ij-btVkIQICARTA CON AGUAlink: http://wwwhttp://www.youtube.com/watch?v=K8zShUlZc-Qyoutube.com/watch?v=K8zShUCARTA INVISIBLElink: http://www.youtube.com/watch?v=zyg7rSfjObcCARTA GIRATORIAlink: http://www.youtube.com/watch?v=HmZhTHvfSmwEspero que les sirvan estas cartitas, la navidad se acerca y hay poco dinero, con esto quedarán bien y son inolvidables detalles!!!Besos, con baba!!!Mk
LAS FANTASIAS ERÓTICAS (I)"Se miente más de la cuenta por falta de fantasía, también la verdad se inventa".Antonio Machado, poeta español.La imaginación es una de las características distintivas de los seres humanos y las fantasías (del latín phantasia = ficción, cuento, novela, pensamiento elevado e ingenioso) representan sus costados más fértiles. Es la facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes las cosas pasadas o lejanas, de representar las ideales en forma sensible o de idealizar las reales. Sus manifestaciones y contenidos son tan ilimitados como los resortes internos que se mueven para generarlos. Abarcan desde las que sirven para excitarse hasta las que tienen un uso terapéutico, permitiendo mantener activa la capacidad de asombro y comprender cuán infinito es el universo de la temática sexual.Las fantasías eróticas básicamente son aquéllas cuyo contenido se centra en lo sexual, en lo demás no se diferencian de cualquier otro tipo de fantasía, como la que lleva a una mujer a soñar que es una bailarina clásica o a un varón con ser el goleador de su equipo, por sólo mencionar dos estereotipos. El mecanismo de producción es el mismo: se halla en un nivel intrapsíquico, desde donde se proyectan los pensamientos ilusorios, cargados con los contenidos de la memoria sensitiva -olores, gustos, sonidos, colores-. En muchos casos lo que se fantasea son emociones, hechos vividos concretamente en el pasado o invenciones absolutas del individuo.La imaginación nos permite transportarnos, sin ningún costo adicional, a situaciones deseadas o prohibidas. Desde la niñez, las fantasías son el vehículo de nuestros más ocultos deseos, algunos inocentes y otros no tanto. Recurriendo a una explicación simple podría decirse que suplen determinados agujeros de la realidad: cuando aparece alguna dificultad para interpretarla, comprenderla, aceptarla o soportarla, irrumpe la ficción, se filtra el sueño. Como decía el escritor Ray Bradbury: “hay que inyectarse todos los días con fantasías para no morir de realidad".Muchas personas recurren a las fantasías como un factor de enriquecimiento de su vida erótica.Si bien es cierto que el desconocimiento, la falta de respuestas o la represión son grandes generadores de fantasías, de ningún modo debe pensarse que todas son la consecuencia de una limitación o carencia afectiva y sexual. Muchas personas recurren a ellas como un factor de enriquecimiento de su vida amorosa.Podríamos intentar tipificar algunas fantasías eróticas para facilitar su comprensión, a la vez que disminuir la angustia de muchas personas que se alarman cuando las tienen porque se sienten como perversos, anormales o enfermos; en lugar de aceptar que los sueños, utopías, delirios y vuelos imaginarios son universales:· Las que ayudan a excitarse: responden a un placer de tipo narcisístico pues quien las produce no persigue otra finalidad que regodearse imaginándolas.· Las que sirven para masturbarse: aquí entra en juego un otro. Se conciben situaciones, personas y lugares con el fin de lograr una excitación que será liberada a través del acto masturbatorio.· Las que suplen carencias: comunes a algun@s solter@s madur@s, viud@s y gerontes de ambos sexos.· Las que permiten realizar el coito o sirven como ingrediente: hay personas que no pueden tener actividad sexual si no encienden sus fantasías a través de material gráfico o audiovisual y otras aderezan el encuentro fantaseando determinadas situaciones, inclusive pensando en otra persona que no es su pareja.· Las compartidas con la pareja que procuran aumentar la pasión, pudiendo incluir juegos donde se interpretan escenas, lugares, personajes o roles diferentes.· Las fantasías sadomasoquistas y parafílicas en las que, en ciertos casos, aparece la necesidad de lastimar, de infligir castigos, o ser castigados.Un colega y amigo, Roberto Rosenzvaig, en su libro La pareja al desnudo, cita alguna de las fantasías más comunes, que algunos llevan a la práctica:· Las de poder, de gran potencia o dominio sexual.· Las de la mujer colocada en actitud de idolatría y deseo exclusivo del varón y sus atributos.· Las voyeuristas: imaginan mirar a una mujer que se desviste o se masturba o a una pareja haciendo el amor. Una variedad de esta última, muy prevalente entre los varones, es de querer ver a dos mujeres teniendo relaciones sexuales entre ellas.· Las fantasías exhibicionistas, del tipo que consiste en mostrar su cuerpo o los genitales o masturbarse delante de la mujer deseada.· Las "colectivas", que representan el deseo de intercambio de parejas o de sexo grupal.Fuente: Dr. Adrián Sapetti, médico psiquiatra, sexólogo.Centro Médico Sexológico, Buenos Aires, Argentina
Hola amigos Taringueros!!Hace algunos años, mi madre me regaló un libro. en él vienen aproximadamente 70 mini historias de diferentes tipos, sobre amor, autoestima, obstáculos, matrimonio, etc...El día de hoy, les paso la sección de SOBRE EL AMOR, que consta de lo que la gente es capáz de hacer por este hermoso sentimiento.Si no te interesa o no te gusta por favor no comentes negativo, es solo para personas que gustan de este tipo de lectura. Respétame y te respetaré.Si les gusta subo las demás... Gracias por leerme.Comenzamos.... La gardenia blancaTodos los años, desde que tuve doce, alguien me enviaba anónimamente una gardenia blanca a casa en el día de mi cumpleaños. Nunca venía acompañada de una tarjeta o nota, y las llamadas a la florería resultaban inútiles porque la adquisición siempre era en efectivo. Después de un tiempo, renuncié a tratar de descubrir la identidad del desconocido. Sólo me deleitaba con la belleza y el fuerte perfume de aquella flor mágica, blanca y perfecta, anidada en los pliegues de un suave papel de seda rosado.Pero nunca dejé de imaginar quién podría ser el remitente. Pasaba algunos de mis momentos más felices soñando despierta con alguien maravilloso y emocionante, pero demasiado tímido o excéntrico como para revelar su identi¬dad. Durante mi adolescencia, me divertía especulando con que podría ser un muchacho del que estaba enamorada, o incluso alguien a quien no conocía y que se había fijado en mí.Mi madre a menudo participaba en esas especula¬ciones. Me preguntaba si había alguien con quien hubiera tenido una bondad especial, que me quisiera manifestar anónimamente su gratitud. Me recordaba las ocasiones en que yo paseaba en mi bicicleta y la vecina llegaba con el auto lleno de comestibles y de niños: siempre la ayudaba a descargar las cosas y me aseguraba de que los niños no corrieran hacia la calle. O, quizás, el misterioso remitente era el anciano que vivía al otro lado de la calle, ya que a menudo solía llevarle su correo para que no tuviera que aventurarse a bajar los escalones cubiertos de hielo.Mi madre se esforzaba por estimular mi imaginación a propósito de la gardenia. Deseaba que sus hijos fuesen creativos. Y también que nos sintiéramos apreciados y amados, no sólo por ella, sino por todo el mundo.Cuando tuve diecisiete años, un muchacho rompió mi corazón. La noche en que me llamó por última vez, me dormí llorando. A la mañana siguiente, había un mensaje sobre el espejo, borroneado con lápiz de labios rojo: "Debes saber que cuando los semidioses parten, llegan los dioses". Pensé en esta cita de Emerson durante largo tiempo, y la dejé en el sitio donde la había escrito mi madre hasta que mi corazón sanó. Cuando finalmente limpié el espejo, mi madre supo que todo estaba bien otra vez.Pero había heridas que ella no podía sanar. Un mes antes de terminar la escuela secundaria, mi padre murió súbitamente de un infarto. Mis sentimientos oscilaban entre el dolor y la carencia, el temor, la desconfianza y una inmensa ira porque mi padre estaría ausente en algunos de los acontecimientos más importantes de mi vida. Perdí todo interés en la graduación que se aproximaba, en la obra de teatro de los estudiantes de último año y en la fiesta de despedida, acontecimientos todos ellos en los que había trabajado y que esperaba con ilusión. Incluso consideré la posibilidad de quedarme en casa en lugar de ir a la universidad en otra ciudad, porque allí me sentía más segura.Mi madre, en medio de su propia pena, no quería oír hablar de que me dejaría todas estas cosas. El día antes dela muerte de mi padre, ella y yo fuimos a comprar un vestido para la fiesta, y encontramos el más espectacular: metros y metros de velo suizo en rojo, azul y blanco. Usarlo me hacía sentir como Scarlett O'Hará. Pero no era de mi talle y, al morir mi padre al día siguiente, me olvidé de él.Mi madre no lo olvidó. La víspera de la fiesta de graduación, encontré el vestido —del talle correcto— esperándome sobre el sofá de la sala, majestuosamente envuelto y presentado de una manera artística y amorosa. Quizás a mí no me interesara tener un vestido nuevo, pero a mi madre sí.Le importaba cómo nos sentíamos acerca de nosotros mismos. Nos infundió un sentido mágico del mundo y nos dio la capacidad de apreciar la belleza incluso ante la adversidad.Deseaba que sus hijos fueran como la gardenia: bellos, fuertes, perfectos, con un aura de magia y quizás algo de misterio.Mi madre murió cuando yo tenía veintidós años, sólo diez días después de mi boda. Aquel año dejaron de llegar las gardenias.Marsha AronsPalabras del corazónLa mayoría de la gente necesita escuchar aquellas "tres palabritas" de la canción. En ocasiones, las escuchan justo a tiempo.Conocí a Connie cuando la internaron en el hospital donde yo trabajaba como voluntaria. Su esposo, Bill, andaba nervioso de un lado a otro mientras ella era trasladada de la camilla a la cama. Aun cuando Connie se encontraba en las últimas etapas de su lucha contra el cáncer, se la veía vivaz y alegre. Procedimos a instalarla. Escribí su nombre en todo el material suministrado por el hospital, y luego le pregunté si necesitaba algo.—Oh, sí —dijo—. ¿Podría mostrarme cómo se usa el televisor? Me agradan mucho las telenovelas y no deseo perderme nada de lo que pasa.Connie era una romántica. Le fascinaban las novelas románticas y las películas de amor. Cuando nos conocimos mejor, me confió cuan frustrante era haber estado casada durante treinta y dos años con un hombre que a menudo se refería a ella como "una tonta".—Sé que Bill me ama —me manifestó una vez—, pero nunca me lo dice ni me envía tarjetas—. Suspiró y miró por la ventana los árboles del patio. —Daría cualquier cosa porque me dijera "Te amo", pero eso sencillamente no está en su manera de ser.Bill visitaba a Connie todos los días. Al comienzo se sentaba al lado de la cama mientras ella veía las telenovelas. Luego, cuando empezó a dormir más, se paseaba de arriba abajo por el pasillo, afuera de la habitación. Poco después, cuando Connie ya no miraba televisión y permanecía poco tiempo despierta, comencé a pasar más tiempo con Bill.Me contó que había trabajado como carpintero y que le agradaba ir de pesca. Él y Connie no tenían hijos, pero habían disfrutado de su retiro viajando, hasta que Connie se enfermó. Bill no podía expresar lo que sentía acerca de la muerte inminente de su esposa.Un día, mientras tomábamos un café, lo llevé al tema de las mujeres y de cómo necesitamos tener romance en nuestra vida; cómo nos agrada recibir tarjetas sentimen¬tales y cartas de amor.—¿Usted le dice a Connie que la ama? —le pregunté, conociendo la respuesta. Me miró como si estuviera loca.—No es necesario —respondió—. ¡Ella sabe que la amo!—Estoy segura de que lo sabe —le confirmé inclinán¬dome y tocando sus manos toscas de carpintero, que se aferraban a la- taza como si fuese lo único a lo que podía asirse—, pero ella necesita escucharlo, Bill. Necesita escuchar qué ha significado para usted durante todos estos años. Por favor, piénselo.Regresamos a la habitación. Bill entró y yo me marché a visitar a otro paciente. Más tarde, vi a Bill sentado al lado de la cama, sosteniendo la mano de Connie mientras ella dormía. Era el 12 de febrero.Dos días después, al recorrer el pasillo del hospital al mediodía, vi a Bill reclinado contra la pared, mirando fija-mente el suelo. Ya me había enterado por la enfermera de que Connie había muerto a las once de la mañana. Cuando Bill me vio, permitió que le diera un largo abrazo. Su rostro estaba húmedo por las lágrimas y temblaba. Por último, se apoyó contra la pared y suspiró profundamente.—Tengo algo que comentarle —musitó—. Tengo que comentarle lo bien que me sentí de habérselo dicho. —Se interrumpió para sonarse. —Pensé mucho acerca de lo que hablamos y esta mañana le dije cuánto la amaba... y cuan feliz me sentía de ser su esposo. ¡Si hubiera visto su sonrisa!Entré a la habitación para despedirme de Connie. Sobre la mesita de luz había una enorme tarjeta de amor enviada por Bill. De aquellas tarjetas sentimentales donde se lee: "A mi maravillosa esposa... Te amo".Bobbie LippmanRegalos del corazónEn este agitado mundo en que vivimos, es mucho más sencillo cargar algo a una tarjeta de crédito que dar regalos del corazón. Y los regalos del corazón son especialmente necesarios durante las festividades.Pocos años atrás comencé a preparar a mis hijos para que supieran que la celebración de la Navidad sería aquel año bastante modesta. "Seguro, mamá, ¡ya hemos escuchado eso antes!", me dijeron. Había perdido mi credibilidad: les había anunciado lo mismo el año anterior, porque estaba en proceso de divorciarme, pero luego había salido y gastado todo el dinero disponible en mis tarjetas de crédito. Incluso descubrí algunas técnicas financieras creativas para pagar sus regalos. Este año sería decididamente diferente, pero ellos no me creían.Una semana antes de Navidad, me pregunté: ¿Qué tengo para hacer de esta Navidad algo especial? En todas las casas en las que habíamos vivido antes del divorcio, siempre había encontrado tiempo para decorarlas. Había aprendido a pegar papel de colgadura, a instalar pisos de madera o cerámica, a reformar sábanas para hacer cortinas, y mucho más. Pero en esta casa alquilada tenía poco tiempo para decorar, y mucho menos dinero. Por lo demás, me enfadaba este lugar desagradable, con sus alfombras rojas y naranjas y las paredes verdes y turquesas. Me rehusaba a invertir dinero en ella. Dentro de mí, una voz interior de orgullo herido exclamaba: ¡No permaneceremos aquí mucho tiempo!La casa no parecía molestarle a nadie más, con excepción de mi hija Lisa, quien siempre había tratado de hacer de su habitación un lugar especial.Era el momento de expresar mi talento. Llamé a mi ex marido y le pedí que comprara un cobertor específico para Lisa. Yo le compré las sábanas que hacían juego.La víspera de Navidad, gasté quince dólares en pintura. También compré la papelería más linda que había visto en mi vida. Mi objetivo era sencillo: pintaría y cosería hasta la mañana de Navidad, a fin de no tener tiempo para sentir compasión por mí misma en una fiesta familiar tan especial.Aquella noche les entregué a cada uno de mis hijos tres de las tarjetas que había comprado, con sus respectivos sobres. En la parte de arriba de cada una escribí: "Lo que me encanta de mi hermana Mia", "Lo que me encanta de mi hermano Kris", "Lo que me encanta de mi hermana Lisa" y "Lo que me encanta de mi hermano Erik". Los niños tenían dieciséis, catorce, diez y ocho años, y me dio cierto trabajo persuadirlos de que al menos podrían encontrar en sus hermanos una cosa que les agradara. Mientras escribían en privado, fui a mi habitación y envolví los pocos regalos que les había comprado.Cuando regresé a la cocina, habían terminado de escribir sus cartas. Cada nombre estaba escrito en el sobre. Intercambiamos abrazos y besos de buenas noches, y se apresuraron a irse a la cama. Lisa obtuvo un permiso especial para dormir en la mía, si prometía no mirar los regalos hasta la mañana siguiente.Entonces comencé. A la madrugada de la mañana de Navidad terminé de coser las cortinas y de pintar las paredes, y me detuve a admirar mi obra de arte. ¿Por qué no decorar las paredes —pensé— con arco iris y nubes que concordaran con las sábanas? Saqué entonces los pinceles y esponjas de mi maquillaje, y cerca de las cinco estaba todo listo. Demasiado exhausta para pensar que éramos un "hogar quebrado" por falta de dinero, como dicen las estadísticas, me dirigí a mi habitación y encontré a Lisa totalmente extendida en la cama. Decidí que no podía dormir con sus brazos y piernas sobre mí, así que la levanté con cuidado y la llevé a su habitación. Cuando colocaba su cabeza en la almohada, me preguntó:—Mamita, ¿ya es de día?.—No, cariño, cierra los ojos hasta que venga Papá Noel.Aquella mañana me desperté con un alegre susurro en mi oído: "Mami, ¡es precioso!".Más tarde, cuando todos se levantaron, nos sentamos alrededor del árbol para abrir esos pocos regalos. Después, cada niño recibió sus sobres. Leímos las tarjetas con ojos llorosos y narices enrojecidas. Llegamos a las notas dedicadas al "bebé de la familia", Erik, quien no esperaba escuchar nada agradable. Su hermano mayor le había escrito: "Lo que me encanta de Erik es que no le teme a nada". Mia puso: "Lo que me encanta de mi her¬mano Erik es que sabe mantener una conversación con cualquiera". Lisa había escrito: "Lo que me encanta de Erik es que puede trepar a los árboles más alto que nadie".Sentí que me tiraban de la manga, y luego la pequeña mano de Erik alrededor de mi oreja, para susurrarme en secreto: "Oye, mamá, ¡ni siquiera sabía que les gustaba!". En los peores momentos, la creatividad y el ingenio nos han hecho pasar los instantes más felices. Ya me he recu-perado financieramente y hemos tenido "grandes" Navidades, con muchísimos regalos debajo del árbol... pero cuando nos preguntan cuál fue nuestra Navidad preferida, siempre recordamos aquélla.Sheryl Nicholson La otra mujerDespués de veintiún años de matrimonio, descubrí una nueva manera de mantener viva la chispa del amor y de la intimidad en mi relación con mi esposa.Desde hace poco, había comenzado a salir con otra mujer. En realidad, había sido idea de mi esposa.—Tú sabes que la amas —me dijo un día, tomándome por sorpresa—. La vida es demasiado corta. Debes dedicar tiempo a la gente que amas.—Pero yo te amo a ti —protesté.—Lo sé. Pero también la amas a ella. Es probable que no me creas, pero pienso que si ustedes dos pasan más tiempo juntos, esto nos unirá más a nosotros.Como de costumbre, Peggy estaba en lo cierto.La otra mujer, a quien mi esposa quería que yo visitara, era mi madre.Mi madre es una viuda de 71 años, que ha vivido sola desde que mi padre murió hace diecinueve años. Poco después de su muerte, me mudé a California, a 3.700 kilómetros de distancia, donde comencé mi propia familia y mi carrera. Cuando de nuevo me mudé cerca del pueblo donde nací, hace cinco años, me prometí que pasaría más tiempo con ella. Pero las exigencias de mi trabajo y mis tres hijos hacían que sólo la viera en las reuniones familiares y durante las fiestas.Se mostró sorprendida y suspicaz cuando la llamé para sugerirle que saliéramos a cenar y al cine.—¿Qué te ocurre? ¿Vas a volver a mudarte con mis nietos? —me preguntó. Mi madre es el tipo de mujer que, cuando cualquier cosa se sale de lo común —una llamada tarde en la noche, o una invitación sorpresiva de su hijo mayor— piensa que es indicio de malas noticias.—Creí que sería agradable pasar algún tiempo contigo —le respondí—. Los dos solos.Reflexionó sobre ello un momento.—Me agradaría —dijo—. Me agradaría muchísimo.Mientras conducía hacia su casa el viernes después del trabajo, me encontraba algo nervioso. Era el nerviosismo que antecede a una cita... y ¡por Dios! lo único que estaba haciendo era salir con mi madre.¿De qué hablaríamos? ¿Y si no le gustaba el restaurante que yo había elegido? ¿O la película? ¿Y si no le gustaba ninguno de los dos?Cuando llegué a su casa, advertí que ella también estaba muy emocionada con nuestra cita. Me esperaba en la puerta, con su abrigo puesto. Se había rizado el cabello. Sonreía.—Les dije a mis amigas que iba a salir con mi hijo, y se mostraron muy impresionadas —me comentó mientras subía a mi auto—. No pueden esperar a mañana para escuchar acerca de nuestra velada.No fuimos a un sitio elegante, sino a un restaurante del vecindario donde pudiéramos hablar. Cuando llegamos, se aferró a mi brazo —en parte por afecto, en parte para ayudarse con los escalones para entrar—.Cuando nos sentamos, tuve que leerle el menú. Sus ojos sólo ven grandes figuras y grandes sombras. Cuando iba por la mitad de las entradas, levanté la vista. Mamá estaba sentada al otro lado de la mesa, y me miraba. Una sonrisa nostálgica se le delineaba en los labios.—Era yo quien leía el menú cuando eras pequeño —me dijo.De inmediato comprendí qué quería decir. Nuestra relación cerraba el círculo: antes era ella la que me cuidaba a mí y ahora era yo quien cuidaba de ella.—Entonces es hora de que te relajes y me permitas devolver el favor —le respondí.Durante la cena tuvimos una agradable conversación. Nada extraordinario, sólo ponernos al día con la vida del otro. Hablamos tanto que nos perdimos el cine.—Saldré contigo otra vez, pero sólo si me dejas invitar —dijo mi madre cuando la llevé a casa. Asentí.—¿Cómo estuvo tu cita? —quiso saber mi esposa cuando llegué aquella noche.—Muy agradable... mucho más de lo que imaginé —con-testé.Sonrió con su sonrisa de ya-te-lo-dije.Desde entonces, veo a mamá con regularidad. No salimos todas las semanas, pero tratamos de vernos al menos un par de veces al mes. Siempre cenamos y en algunas oca¬siones también vamos al cine. La mayoría de las veces, sin embargo, sólo hablamos. Le cuento acerca de mis problemas cotidianos en el trabajo. Me ufano de mis hijos y de mi esposa. Ella me cuenta los chismes de la familia, con los que al parecer nunca estoy al día.También me habla de su pasado. Ahora sé lo que significó para ella trabajar en una fábrica durante la Segunda Guerra Mundial. Sé cómo conoció allí a mi padre y cómo alimentaron un noviazgo de tranvía en aquellos tiempos difíciles. A medida que escucho estas historias, me doy cuenta de la importancia que tienen para mí. Son mi propia historia. Nunca me canso de oírlas.Pero no sólo hablamos del pasado. También hablamos del futuro. Debido a sus problemas de salud, mi madre se preocupa por el porvenir.—Tengo tanto por vivir —me dijo una noche—. Necesito estar presente mientras crecen mis nietos. No quiero perderme nada.Como muchos de los amigos de mi generación, tiendo siempre a correr y lleno mi agenda hasta el tope mientras lucho por hacerles lugar en mi agitada vida a mi carrera, mi familia y mis relaciones. A menudo me quejo de la rapidez con que pasa el tiempo. Dedicar algunas horas a mi madre me ha enseñado la importancia de tomar las cosas con calma. Por fin comprendí el sentido de una expresión que he escuchado un millón de veces: "tiempo de calidad".Peggy estaba en lo cierto. Sin duda, salir con otra mujer ha ayudado a mi matrimonio. Ha hecho de mí un mejor esposo, un mejor padre y, espero, un mejor hijo.Gracias, mamá. Te amo.David Farrell El toque de RamonaSucedió pocas semanas después de la cirugía. Al terminar mi primer tratamiento de quimioterapia, fui al consultorio del doctor Belt para hacerme un control.Mi cicatriz era aún muy nueva. Mi brazo todavía no había recuperado la sensibilidad. Ese conjunto de sensa-ciones extrañas era como tener una nueva compañera para compartir el apartamento de dos habitaciones que antes había conocido como mis senos, y a los que me refería ahora amorosamente como "el seno y el pecho".Como de costumbre, me condujeron al laboratorio de análisis clínicos para tomar una muestra de sangre, proceso aterrorizador para mí, pues las agujas me producen pánico.Me acosté sobre la camilla. Llevaba una camisa grande de franela y una camiseta debajo. Era una vestimenta que había pensado con detenimiento, esperando que los demás la consideraran una elección casual. Los pliegues camuflaban mi nuevo pecho, la camiseta lo protegía y los botones permitían un fácil acceso al médico.En ese momento Ramona entró en la habitación. Su cálida y brillante sonrisa me resultaba familiar, y contrastaba con mis temores. La había visto por primera vez en el consultorio, algunas semanas atrás. No había sido mi enfermera aquel día, pero la recordaba porque se estaba riendo. Reía de un modo profundo, pleno y rico. Recuerdo haberme preguntado qué podría causar tanta hilaridad detrás de aquella puerta. ¿De qué podría reírse en un momento como ése? Pensé que no se tomaba las cosas con la suficiente seriedad, y decidí que intentaría hallar una enfermera que sí lo hiciera. Pero estaba equivocada.Esta vez fue diferente. Ramona me había tomado antes muestras de sangre. Conocía mi temor por las agujas, y amablemente escondió todos sus instrumentos debajo de una revista que tenía una fotografía azul brillante de una cocina en remodelación. Cuando abrimos la blusa y dejamos caer la camiseta, el catéter de mi seno quedó expuesto y podía verse la cicatriz del pecho. Me preguntó:—¿Cómo está sanando la cicatriz?.—Creo que bastante bien —respondí—. Todos los días la lavo alrededor, muy suavemente.Se me cruzó por delante el recuerdo del agua golpeando mi pecho insensible.Se inclinó con gentileza y pasó su mano por la cicatriz, examinando la tersura de la piel que sanaba mientras buscaba alguna irregularidad. Comencé a llorar dulce y silenciosamente. Me miró con sus ojos cálidos y me dijo:—Todavía no la ha tocado, ¿verdad?—No —respondí.Entonces esa maravillosa mujer puso la palma de su mano color marrón dorado sobre mi pálido pecho, y la mantuvo allí con suavidad. Continué llorando en silencio largo tiempo. Con un tono dulce me dijo:—Esto forma parte de su cuerpo. Es usted. Puede tocarla.Pero yo no podía. Ella lo hizo por mí. Palpó la cicatriz, la herida que sanaba. Y debajo de ella, tocó mi corazón.Luego Ramona me dijo:—Le sostendré la mano mientras usted la toca.Puso su mano junto a la mía y ambas permanecimos en silencio. Ése fue el regalo que Ramona me hizo.Aquella noche, cuando me fui a la cama, puse la mano sobre el pecho con suavidad y la dejé allí hasta que me dormí. Sabía que no estaba sola. Estábamos todos juntos en la cama, metafóricamente hablando: mi seno, mi pecho, el regalo de Ramona y yo.Betty Aboussie Ellis Las velas eléctricasUna vez al mes, los sábados por la mañana, hago un turno en el hospital local para entregar las velas de la sabatina a las mujeres judías que están registradas allí como pacientes. Prender velas es la manera tradicional que tienen las mujeres judías de recibir la sabatina, pero los reglamentos del hospital no permiten que los pacientes enciendan velas verdaderas, de modo que les ofrecemos lo que más se aproxima: velas eléctricas que pueden conectarse al comienzo del sabbath, el viernes a la caída del sol. La sabatina termina el sábado a la noche. El domingo a la mañana recupero las velas y las guardo hasta el viernes siguiente, cuando llega otra voluntaria a distribuirlas entre los pacientes de esa semana. A veces encuentro pacientes de la semana anterior.Un viernes a la mañana, cuando hacía mi ronda, me encontré con una mujer muy anciana, quizá de noventa años. Su cabello corto, blanco como la nieve, lucía suave y esponjoso como algodón. Su piel era amarilla y arrugada, como si sus huesos se hubieran encogido súbitamente dejando a la piel que los rodeaba sin apoyo y sin un lugar adonde ir; ahora colgaba de sus brazos y rostro, en suaves pliegues. Parecía muy pequeña en la cama, con el cobertor subido hasta el cuello debajo de los brazos. Sus manos, que descansaban sobre él, estaban retorcidas y ajadas; eran las manos de la experiencia. Pero sus ojos eran claros y azules, y me saludó con un tono de voz sorprendentemente fuerte. Por la lista que el hospital me había dado, sabía que su nombre era Sarah Cohén.Me dijo que había estado esperándome, que nunca dejaba de prender las velas en su casa y que las conectaría al lado de la cama, donde pudiera tenerlas a mano. Era evidente que estaba familiarizada con la rutina.Lo hice como ella quería y le deseé un buen sabbath. Cuando me volví para salir, me dijo:—Espero que mis nietos lleguen a tiempo para despedirse de mí.Creo que mi rostro debió registrar la conmoción que sentí ante la sencilla afirmación de que sabía que se estaba muriendo, pero le toqué la mano y le dije que esperaba que así fuera.Cuando salí de la habitación, casi tropiezo con una joven que parecía tener alrededor de veinte años. Llevaba una falda larga, de estilo campesino, y el cabello cubierto. Escuché decir a la señora Cohén:—¡Malka! Me alegro de que hayas podido venir. ¿Dónde está David?Me vi obligada a continuar con mis rondas, pero una parte de mí no cesaba de preguntarse si David también habría llegado a tiempo. Es difícil para mí entregar las velas y marcharme, sabiendo que algunos de estos pacientes están muy enfermos, que algunos probablemente morirán, y que son el ser querido de alguien. Supongo que, de cierta manera, cada una de estas señoras me recuerda a mi madre cuando estaba muñéndose en el hospital. Quizá por eso soy voluntaria.Durante toda la sabatina, el recuerdo de la señora Cohén y de sus nietos irrumpía en mi mente. El domingo a la mañana regresé al hospital para recuperar las velas. Cuando me aproximaba a la habitación de la señora Cohén, vi a su nieta sentada en el suelo, fuera de la habitación. Cuando me vio venir levantó la cabeza.—Por favor —me pidió—, ¿podría dejar las velas unas cuantas horas más?Su pregunta me sorprendió, así que comenzó a expli-carme. Me dijo que la señora Cohén les había enseñado a ella y a su hermano David todo lo que sabían acerca de la religión. Sus padres se habían divorciado cuando eran muy jóvenes y ambos trabajaban hasta tarde en la noche. Malka y su hermano pasaban casi todos los fines de semana con su abuela.—Ella hacía el sabbath para nosotros —continuó Malka—. Cocinaba, limpiaba, horneaba, y la casa entera lucía y olía de una manera especial, que ni siquiera puedo describir. Entrar a su casa era como entrar a otro mundo. Mi hermano y yo encontrábamos allí algo que, para nosotros, no existía en ningún otro lugar. No sé cómo ha¬cerle entender lo que este día significaba para nosotros... para todos nosotros, la abuela, David y yo... Era como una tregua maravillosa en el resto de nuestra vida, e hizo que David y yo regresáramos a nuestra religión. David vive ahora en Israel. No pudo conseguir un vuelo de regreso antes de hoy. Llegará cerca de las seis de la tarde. Si, por favor, pudiera dejarme las velas hasta entonces, tendré el mayor gusto en guardarlas después.Yo no entendía qué relación había entre las velas y la llegada de David. Malka me lo explicó.— ¿No lo ve? Para mi abuela, el sábado era nuestro día de felicidad. No hubiera deseado morir este día. Si logramos hacerle creer que todavía es sábado, quizá pueda resistir hasta que llegue David. Sólo para que pueda despedirse de ella.Por nada del mundo hubiera tocado esas velas en aquel momento, y le dije a Malka que regresaría más tarde. No podía agregar nada, así que sólo oprimí su mano con cariño.Hay momentos, acontecimientos, que pueden unir a personas totalmente extrañas entre sí. Aquél fue uno de ellos.Durante el resto del día me ocupé de mis asuntos, pero no podía dejar de pensar en el drama que se desarrollaba en el hospital. Aquella anciana estaba usando toda la fuerza que le quedaba en esa cama de hospital.Y no hacía ese esfuerzo supremo por ella misma. Ya me había manifestado claramente, con su actitud, que no le temía a la muerte. Parecía saber y aceptar que había llegado su hora y, de hecho, estaba preparada para partir.Para mí, Sarah Cohén personificó un tipo de fortaleza cuya existencia desconocía y un tipo de amor cuyo poder ignoraba. Estaba dispuesta a concentrar todo su ser en mantenerse con vida mientras durara el sabbath. No deseaba que sus seres queridos asociaran la belleza y ale¬gría de este día con la tristeza de su muerte. Quizá también deseaba que sus nietos tuvieran el sentido del final de la vida, al poder despedirse de la persona que había afectado tan profundamente las de ellos.Cuando regresé al hospital el domingo a la noche, me puse a llorar incluso antes de llegar a la habitación. Me asomé. La cama estaba vacía y las velas apagadas. Luego escuché una voz detrás de mí que decía suavemente:—Lo logró.Miré el rostro sin lágrimas de Malka.—David llegó esta tarde. Ahora está diciendo sus ora-ciones. Pudo despedirse de ella y también trajo buenas noticias: él y su esposa esperan un bebé. Si es una niña, se llamará Sarah.No sé por qué, la noticia no me sorprendió.Envolví el cable alrededor de la base de las velas. Aún estaban calientes.Marsha AronsMás que una beca Es posible que ustedes hayan oído hablar de Osceola McCarty. Es una mujer de 88 años, nativa de Mississippi, que trabajó durante más de setenta y cinco años como lavandera. Un día, después de que se retiró, fue al banco y descubrió, para su gran sorpresa, que sus pequeños ahorros mensuales se habían multiplicado y ascendían a más de ciento cincuenta mil dólares. Luego, para gran sorpresa de todos, donó ciento cincuenta mil dólares —casi la totalidad de sus ahorros— a la Universidad del Sur de Mississippi, para crear un fondo de becas destinadas a estudiantes afronor-teamericanos con necesidades financieras. Salió en la primera página de los diarios a nivel nacional.Lo que ustedes no saben es cómo ha afectado mi vida la donación de Osceola. Tengo diecinueve años y fui la primera beneficiaría de la Beca Osceola McCarty.Soy una estudiante aplicada y tenía todas mis esperanzas cifradas en ir a esa universidad, pero no pude solicitar una beca porque me faltó un punto en los exámenes de admisión. Obtenerla era la única manera de ingresar.Un domingo leí en el diario acerca de Osceola McCarty y su generosa donación. Mostré a mi madre el artículo y ambas coincidimos en que era una obra maravillosa.Al día siguiente me dirigí a la oficina de ayuda financiera de la Universidad, y me informaron que todavía no había dinero disponible para mi beca, pero que si surgía algo me lo harían saber. Pocos días después, cuando me apresuraba para que mi madre me llevara en auto a mi trabajo, sonó el teléfono. Me detuve para responder y, mientras mamá hacía sonar la bocina, me dijeron que había sido seleccionada para recibir la primera Beca Osceola McCarty. ¡Estaba feliz! Corrí tan rápido como pude para decírselo a mamá. Ella llamó a la oficina de nuevo para asegurarse de que era verdad.Conocí a Osceola en una conferencia de prensa, y fue como encontrar una familia. Osceola nunca se casó ni tuvo hijos así que desde entonces mi familia se ha convertido en la suya. Mi abuela y ella conversan a menudo por teléfono y van de compras, y Osceola nos acompaña en los acontecimientos familiares.Una vez hablábamos de helados. Descubrimos que Osceola no tenía mucha experiencia con los helados, así que subimos todos al auto, nos dirigimos a la heladería más cercana y ¡le pedimos su primera copa de helado con banana! Ahora le agradan muchísimo los helados.Osceola trabajó duro toda su vida —desde el amanecer hasta la caída del sol— lavando ropa a mano. Yo solía con¬ducir cerca de su casa todos los días, camino a la escuela. Desde luego, en aquella época no sabía que ésa era su casa, pero sí había notado el cuidado del césped y que todo estaba limpio y ordenado. Hace poco le pregunté por qué nunca la había visto en todo ese tiempo, y me respondió: "Supongo que estaba en la parte de atrás de la casa, lavando".Ahora que se ha retirado, Osceola pasa la mayor parte del día descansando y leyendo la Biblia. ¡Esto, cuando no va a recibir algún premio! Cada vez que la visito, tiene un nuevo premio. Incluso ha estado en la Casa Blanca. Se siente feliz y orgullosa, pero sin ninguna presunción. Tuvimos que persuadirla de que comprara un equipo de video, para que pudiera grabar los programas y verse en la televisión; ella se sonríe de nuestros consejos.Osceola me concedió mucho más que una beca. Me enseñó el don de dar. Ahora sé que en el mundo hay gente buena que hace buenas obras. Trabajó toda su vida dándose a los demás y, a su vez, me ha inspirado para devolver cuando puedo. Con el tiempo, me propongo contribuir a su fondo de becas.Deseo dar a Osceola la familia que siempre deseó, y la he adoptado como mi segunda abuela. Incluso me llama su nieta. Y cuando me gradúe, estará sentada entre el público, entre mi madre y mi abuela... en el sitio que le corresponde.Stephanie Bullock Un beso de buenas nochesTodas las noches, cuando tomaba mi turno de enfermera, caminaba por los pasillos del asilo de ancianos y me detenía en cada puerta para conversar y observar. A menudo, Kate y Chris se encontraban con sus grandes álbumes de fotografías sobre las rodillas, evocando sus recuerdos. Kate me mostraba sus viejas fotos con orgullo: Chris, alto, rubio, bien parecido; Kate bonita, de cabello oscuro, riendo. Dos jóvenes amantes que sonreían con el paso de las estaciones. ¡Qué bien se los veía juntos, mien¬tras la luz de la ventana brillaba sobre sus cabellos blancos y sus rostros arrugados sonreían frente a los recuerdos atrapados y mantenidos para siempre en esos álbumes!"¡Qué poco saben los jóvenes del amor!", solía pensar yo. Qué tonto creer que tienen el monopolio de tan preciosa mercancía. Los ancianos saben qué significa realmente amar; los jóvenes sólo pueden adivinarlo.Mientras los miembros del personal cenaban, Kate y Chris pasaban de vez en cuando delante de las puertas del comedor, caminando lentamente, tomados de la mano. La conversación giraba a partir de entonces en torno del amor y la devoción de la pareja, y se especulaba acerca de qué sucedería si uno de ellos muriera. Todos sabíamos que Chris era el fuerte y que Kate dependía de él."¿Cómo funcionaría Kate si a Chris le tocara morir primero?", nos preguntábamos con frecuencia.El momento de ir a la cama estaba precedido por un ritual. Cuando yo llegaba con los medicamentos para la noche, Kate se encontraba en su silla, con su camisa de dormir y sus pantuflas, esperándome. Bajo la mirada vigilante de Chris y de la mía, Kate tomaba su pastilla. Luego Chris, con gran cuidado, la conducía de la silla a la cama y acomodaba el cobertor alrededor de su cuerpo frágil.Al observar este acto de amor, por milésima vez me pre-guntaba: Dios mío, ¿por qué los hogares de ancianos no tienen camas dobles para las parejas casadas? Durante toda su vida habían dormido juntos, pero en el asilo se supone que dormirán en camas separadas. De repente se los despoja del consuelo de toda una vida."Qué medidas tontas", pensaba mientras observaba cómo Chris se estiraba para apagar la luz colocada encima de la cama de Kate. Luego se inclinaba con ternura y se besaban dulcemente. Chris le daba unos golpecitos en la mejilla y ambos sonreían. Levantaba la baranda de la cama de Kate, y sólo entonces aceptaba sus propios medicamen¬tos. Cuando yo salía al pasillo, le escuchaba decir a Chris: "Buenas noches, Kate", y ésta le respondía: "Buenas noches, Chris", de un lado al otro de la habitación que separaba sus dos camas.No fui al asilo por dos días. Cuando regresé, la primera noticia que recibí al entrar fue: —Chris murió ayer a la mañana. —¿Qué pasó?—Un infarto masivo. Sucedió muy rápido.—¿Cómo está Kate?.—Mal.Entré a la habitación de Kate. Estaba sentada en su silla, inmóvil, con las manos en el regazo, mirando fijamente. Tomé sus manos entre las mías y le dije:—Kate, soy Phyllis.Sus ojos no se movieron; continuaban fijos. Puse mi mano bajo su barbilla y volví su cabeza con suavidad, para que se viera obligada a mirarme.—Kate, acabo de saber lo de Chris. Lo siento.Al escuchar la palabra "Chris", sus ojos regresaron a la vida. Me miró fijamente, perpleja, como si se preguntara cómo es que yo había aparecido de súbito.—Kate, soy yo, Phyllis —repetí—. Siento mucho lo de Chris.El reconocimiento y el recuerdo anegaron su rostro. Las lágrimas desbordaron sus ojos y corrieron por sus ajadas mejillas.—Chris ya no está —susurró.—Lo sé —dije—, lo sé.Mimamos a Kate durante un tiempo. Le permitíamos comer en su cuarto, la rodeábamos de atenciones espe¬ciales. Luego, poco a poco, el personal la habituó de nuevo a su antigua rutina. A menudo, cuando pasaba por su habitación, la veía sentada en su silla, con el álbum en el regazo, mirando con tristeza las fotografías de Chris.El momento de irse a la cama era la peor parte del día. Incluso cuando se aprobó su petición de trasladarse a la cama de Chris, y aun cuando todos conversaban y reían con ella mientras la acomodaban para la noche, Kate per-manecía en silencio, tristemente retraída. Cuando pasaba por su habitación una hora después, la encontraba despierta, mirando el techo.Las semanas transcurrían y el ritual de la hora de acostarse no mejoraba. Kate parece tan intranquila, tan insegura. "¿Por qué?", me preguntaba yo. "¿Por qué en este momento del día más que en los otros?"Una noche, al entrar a su habitación, de nuevo la encontré completamente despierta. Llevada por un impulso le dije:—Kate, ¿es posible que te haga falta tu beso de las buenas noches?Me incliné y besé su arrugada mejilla.Fue como si hubiera abierto una compuerta. Le corrieron las lágrimas; sus manos asieron con fuerza las mías.—Chris siempre me daba un beso de buenas noches — me dijo sollozando.—Lo sé —susurré.—¡Lo extraño tanto! Todos estos años me dio un beso de buenas noches. —Se interrumpió mientras yo le secaba las lágrimas. —No puedo dormirme sin su beso.Levantó los ojos hacia mí, llenos de gratitud.—Gracias por darme un beso —manifestó. Una pequeña sonrisa se insinuó en las comisuras de sus labios. —¿Sabes? —agregó en tono confidencial—. Chris solía cantarme una canción.—¿De veras?—Sí —asintió con su cabeza blanca—. Y de noche per-manezco despierta y pienso en ella. —¿Cómo era?Sonrió, tomó mi mano y se aclaró la voz, debilitada por los años pero aún melodiosa. Entonó:^Entonces bésame, dulce amor, y separémonos. Y cuando esté demasiado viejo para soñar, Este beso vivirá en mi corazón. *Phyllis Volkens NOTA DEL EDITOR-. La autora de este relato murió dos días después de haberla localizado para pedir su autorización a fin de incluirlo (véase la Introducción). Su esposo, Stanley, nos dijo cuánto había significado para Phyllis que hubiera sido elegido a fin de integrar Sopa de Pollo para el Alma. Nos sentimos honrados de publicar "Un beso de buenas noches" en memoria de Phyllis. RegalosEn mis manos tengo un ejemplar encuadernado de Clásicos de la Ciencia Ficción, de Julio Verne, con el sobre del correo roto a mis pies. "Para Matt, con amor, de su abuelo Loren, San Francisco". Me pregunto: "¿Por qué mi padre de 75 años le envía a mi hijo de nueve un libro de 511 páginas?" Lo inapropiado del regalo me irrita; pienso que fue com-prado de prisa, sin prestar atención. Pero quizá sea injusto de mi parte esperar que papá sepa qué le agradaría a un niño de nueve años. Luego recordé lo sucedido cuando visitamos San Francisco, la primavera pasada. Papá tomó a Matt de la mano, persiguió un tranvía, y saltó adentro con él. Al bajar desenterró una moneda de la calle y le dijo:—Matt, ¡mira! Cuando se pone una moneda en el riel, el tranvía casi la corta en dos!Todavía los recuerdo allí, con las cabezas inclinadas en mutua admiración.Menos irritada, miro por la ventana a Hondo, dormido en el muelle. Ha estado con nosotros desde que tenía ocho semanas. Pelos grises cubren la maraña de su pelo negro y brillante, y los párpados de sus ojos color café caen un poco. Sus grandes patas de labrador se abren al caminar, y también están salpicadas de canas. Pienso en la barba de mi padre y cómo he visto ampliarse los parches grises hasta cubrirla por completo.Pecas está al lado de Hondo, con su pelambre de perro pastor agitado por la brisa. Gran parte de sus manchas de cachorro se han desvanecido. Pienso en el último verano.Catorce años representan una vida completa para un perro. La luna de Hondo ha comenzado a declinar, debili-tándose más con cada ocaso. Ha llegado el momento de tener otro perro, pero fue con remordimiento que trajimos a Pecas a la finca. Cuando salió del camión, con sus patas temblorosas de cachorro, Hondo se portó como todo un caballero. La olfateó y ella se agachó. Chilló y él la lamió. Batieron sus colas y nació una amistad.Cerca del establo, Pecas observaba a Hondo, su amable profesor, sentado con paciencia mientras ensillábamos los caballos. Ella también se quedó sentada. Los gatos se restregaban contra las patas de Hondo, y Pecas aprendió a no perseguirlos. Cabalgamos para ver a las novillas mientras Hondo trotaba fielmente detrás. Pecas aprendió que no estaba bien molestar a las vacas o a los venados. Pecas adelgazó y un nuevo ritmo animó los pasos de Hondo. Parecía joven de nuevo. Comenzamos a tirarle palos para que los recogiese, hasta que sus mandíbulas ya no pudieron sostenerlos. A Pecas nunca le gustó este juego, pero de todas maneras lo alentaba. Le fue concedida una breve tregua, sus fuerzas se renovaron.Un día caluroso de verano, tras andar demasiados kilómetros tras el rastro del ganado, el esfuerzo se cobró su cuota. Hondo se desplomó en el corral. Lo animamos y acariciamos suavemente, y esto lo hizo recobrarse. Pecas y Matt lo miraban mientras luchaba por ponerse de pie y se sacudía el polvo de la pelambre. Hondo bebió con avidez del balde que estaba al lado de la casa, antes de subir al porche y ocupar su puesto al lado de la puerta. Cuando de nuevo ensillamos y cabalgamos hacia la pradera, lo encerramos en el camión de los caballos. Se asomaba por los postigos de madera, herido en sus sentimientos más allá de lo que uno podía comprender.—Todo está bien, viejo —le dije—, regresaremos.Pero ya estaba sordo y no podía escucharme. Después continuamos llevándolo en nuestras cabalgatas. Su luna declinará a pesar de cuanto lo protejamos.Puse el pesado libro de Verne sobre la mesa, y recogí el papel que lo envolvía. Oí que se acercaba un auto por el camino de gramilla de la entrada. Pecas escucha el auto y se levanta con las orejas erguidas hacia adelante. Hondo duerme. Pecas suelta un ladrido rápido y agudo, diferente de la ronca advertencia que ha cuidado nuestro hogar durante catorce años. No es el ruido del auto lo que final-mente despierta a Hondo, sino el agudo ladrido, que penetra su creciente sordera, y levanta la cabeza para mirar a su alrededor. Ve que Pecas está de turno, alerta y bien dispuesta. Con un profundo suspiro de resignación, inclina la cabeza entre sus patas y cierra los ojos.Quiero salir y tomar la suave cabeza de Hondo entre mis manos, mirar sus ojos color café y hablarle con dulzura, para que en su corazón sienta aquellas cosas que ya no puede escuchar de mis labios. Quiero que se aferré a mi mundo un tiempo más.En lugar de hacer esto, tomo el libro y leo la dedicatoria. "Para Matt, con amor, de su abuelo Loren". De repente, el regalo cobra sentido. Catorce años separan a Hondo de Pecas. Sesenta y cinco años y mil quinientos kilómetros separan a mi padre de su nieto. Sólo le quedan unos pocos años para hacer regalos. Él también cuenta cada una de las caídas del sol, y mira cómo declina su luna. El tiempo no le permite el lujo de enviar únicamente los regalos apropiados. Si dentro de diez años Matt abre el libro, dispuesto a sumergirse durante 20.000 leguas en un viaje submarino, serán las palabras de su abuelo las que le deseen una buena travesía.Pongo suavemente el pesado volumen sobre la mesa, abro la puerta y salgo al porche. El pelo de Hondo brilla al sol. Él siente la vibración de mis pisadas y comienza a mover la cola lentamente, hacia adelante y hacia atrás.Page Lamben 1.716 cartasEl 15 de noviembre de 1942 di el "sí" con entusiasmo a mi espectacular novio, quien lucía con orgullo su formal y elegante uniforme del ejército de los Estados Unidos. Sólo ocho breves meses después, fue llamado para servir en la Segunda Guerra Mundial y enviado a un destino desconocido en el Pacífico por un período indeterminado.Cuando mi joven esposo partió, hicimos la promesa de escribirnos cada día que estuviésemos separados. Decidimos numerar cada una de las cartas que enviáramos para saber si se perdían. Descubrimos que en muchas ocasiones había poco que decir, con excepción de "te amo". Pero en todas las cartas incluíamos estas palabras.Mi esposo era odontólogo del ejército y la guerra lo obligó a ir al frente. Sin embargo, así estuviese en el fragor de la batalla en las Aleutas, Okinawa o las Filipinas, siem¬pre encontraba tiempo para escribirme todos los días. En ciertas oportunidades hacía algo más que escribirme. Cuando disponía de algunos momentos fabricaba joyas para mí con los materiales del lugar que estaban a su alcance.Durante uno de los momentos de tregua en el combate librado en las Filipinas, grabó un bello cortapapeles de caoba con mi nombre, Louise, en un lado del mango y, Filipinas 1944 en el otro. Me dijo que el cortapapeles me ayudaría a abrir las cartas que me enviaba cada día. Más de cincuenta años después, él cortapapeles todavía está en mi escritorio y lo uso diariamente para abrir el correo, aun cuando ninguna de las cartas que ahora recibo es tan importante como las que recibía de él mientras duró la guerra.Había días y semanas enteras durante los cuales no recibía ninguna carta. Esto, desde luego, me hacía temer por su bienestar —muchos de los hombres de su regimiento ya habían muerto en combate—. Sin embargo, el servicio de correo inevitablemente se ponía al día y recibía un sin-número de cartas a la vez. Me ocupaba de ordenarlas por número para leerlas en orden cronológico y saborear cada una de ellas. Por desgracia, las cartas pasaban por la censura del Ejército y tenía que imaginar qué decía debajo de las líneas tachadas con negro.En una de las cartas, cuando mi esposo se encontraba en Hawai, me pidió que le enviara mis medidas para mandar a hacer un pijama para mí a los famosos sastres chinos que habitaban en la isla. Le respondí con estas cifras: 35-24-36 (eran los viejos buenos tiempos). Mi esposo recibió la carta, pero las medidas habían sido tachadas por la censura del Ejército, creyendo que yo intentaba comunicarme con él a través de un código secreto. De cualquier manera, el pijama resultó adecuado.En noviembre de 1945 la guerra terminó y mi esposo fue enviado finalmente a casa. No nos habíamos visto desde su partida, más de dos años y cuatro meses atrás. En todo ese tiempo sólo hablamos una vez por teléfono. Pero como habíamos mantenido fielmente la promesa de escribirnos todos los días, cada uno escribió al otro 858 cartas: un total de 1.716 cartas que nos permitieron a ambos sobrellevar la guerra.Cuando regresó, el mercado de bienes raíces de San Francisco estaba tremendamente difícil, pero tuvimos la suerte de conseguir un diminuto apartamento. En ese pequeño espacio apenas había lugar para los dos, así que, con gran pena, nos vimos obligados a deshacernos de todas nuestras cartas. Desde que la guerra terminó, por fortuna sólo hemos estado separados a lo sumo uno o dos días, así que no hemos tenido ocasión de escribirnos de nuevo.Pero a lo largo de estos años, él ha continuado mani-festándome a mí, a mis hijos y a mis nietos la devoción y el amor que entonces me mostró. Hace poco celebramos cincuenta y tres años de un feliz matrimonio y, aun cuando las cartas de aquellos primeros años han desaparecido, el amor contenido en ellas permanecerá grabado en nuestros corazones para siempre.Louise Shimoff El ingrediente secreto de MartaCada vez que Ben pasaba por la cocina, se irritaba. Era por aquel pequeño envase de metal que se encontraba en la repisa, encima de la estufa de Marta. Es probable que no lo hubiera irritado o que ni siquiera hubiera notado su presencia si Marta no le hubiese dicho en repetidas oca-siones que nunca debía tocarlo. La razón, decía, es que contenía una "hierba secreta" de su madre, y como no había manera de reponerla, se preocupaba si Ben u otra persona lo levantaba y miraba en su interior, porque podrían dejarlo caer accidentalmente y esparcir su valioso contenido.En realidad, el envase no tenía nada de especial. Por su antigüedad, gran parte de sus colores originales, rojo y oro, se habían desvanecido. Podía saberse por dónde lo habían asido una y otra vez cuando lo levantaban y retiraban su apretada tapa.No sólo los dedos de Marta lo habían asido así, sino los de su madre y los de su abuela. Marta no estaba segura, pero quizás incluso su bisabuela había usado el mismo envase y su "hierba secreta".Lo único que Ben sabía a ciencia cierta era que, poco después de la boda con Marta, su madre le había traído el envase y le había dicho que usara su contenido tan amorosamente como ella lo había utilizado.Y lo hizo, fielmente. Ben nunca vio que Marta cocinara un plato sin tomar el envase de la repisa y espolvorear un poquitín de "hierba secreta" sobre los ingredientes. Incluso cuando horneaba tortas y galletas, veía que les añadía una pizca de esa hierba antes de introducirlas en el horno.Cualquiera que fuese, su contenido, era seguro que surtía efecto, pues Ben creía que Marta era la mejor cocinera del mundo. Y no era el único en opinar así: todos los que alguna vez comían en su casa, alababan extraordinariamente su arte culinario.Pero, ¿por qué no permitía que Ben tocara aquel pequeño envase? ¿Sería verdad que temía que su contenido se esparciera? ¿Y cómo era aquella "hierba secreta"? Era tan fina que, cuando Marta la espolvoreaba sobre la comida que estaba preparando, Ben no podía determinar su textura. Era obvio que tenía que utilizar muy poca, pues no tenía cómo llenar de nuevo el envase. De alguna manera, Marta consiguió que durara más que los treinta años que llevaba de matrimonio hasta entonces. Nunca dejó de producir el maravilloso efecto de hacer agua la boca.Ben sentía cada vez más su tentación de mirar el con-tenido de aquel envase, así fuese una sola vez, pero nunca llegó a hacerlo.Un día, Marta enfermó. Ben la llevó al hospital, donde tuvo que permanecer toda la noche. Cuando regresó a casa, se sintió muy solo. Marta nunca había pasado la noche afuera. Cuando se aproximaba la hora de cenar, se preguntó qué haría: a Marta le agradaba tanto cocinar que él nunca se preocupó por aprender a hacerlo.Cuando entró a la cocina para ver qué había en el refri-gerador, el envase de la repisa apareció de inmediato ante sus ojos. Se sintió atraído hacia él como un imán. Apartó de inmediato la vista, pero una mortificante curiosidad lo hizo regresar. ¿Qué había en aquel envase? ¿Por qué no debía tocarlo? ¿Cómo era la "hierba secreta"? ¿Cuánto quedaba?Ben apartó la vista de nuevo y levantó la tapa de un molde para torta que estaba sobre el mostrador de la cocina. Ahhh... quedaba más de la mitad de una de aquellas tortas deliciosas de Marta. Cortó un buen trozo, se sentó a la mesa de la cocina y no había terminado el primer bocado cuando sus ojos regresaron al envase. ¿Qué mal podría hacer mirando en su interior? ¿Por qué tanto secreto con aquel envase?Tomó otro bocado mientras se debatía consigo mismo... ¿debía hacerlo o no? Cinco grandes mordiscos después todavía estaba pensando en ello, mientras miraba fija¬mente el envase. Por último, no pudo resistir.Atravesó lentamente la cocina y, con el mayor cuidado, tomó el envase de la repisa, temiendo ¡horror de horrores! esparcir el contenido mientras le echaba un vistazo.Colocó el envase sobre el mesón, y con mucho cuidado levantó la tapa. ¡Casi temía mirar en su interior! Cuando pudo ver bien, sus ojos se abrieron desmesuradamente... el envase estaba vacío, con excepción de un pequeño trozo de papel doblado en el fondo.Ben trató de alcanzarlo; su mano grande y tosca luchaba por entrar. Lo tomó con cuidado por una esquina, lo retiró y lo abrió lentamente bajo la lámpara de la cocina.Contenía una pequeña nota garabateada y Ben reconoció de inmediato la escritura de su suegra. Decía sencillamente: "Marta, a todo lo que hagas, añádele una pizca de amor".Ben tragó saliva, colocó la nota y el envase en su lugar y regresó en silencio a terminar su torta. Ahora sí comprendía por qué era tan deliciosa.Dot Abraham

Amigas mías, a continuación les escribo una lista de Lo que NO debemos decir en la cama a un hombre…O en su defecto, lo que debemos de decirle si queremos que se suicide xD 01. He visto bachitas de cigarro más grandes que eso!03. Debo irme...04. No te preocupes, así déjalo ok?05. Te circundaron mal?06. Mejor nomás nos abrazamos, si?07. Te voy a recomendar un buen cirujano, eso tiene solución! J08. Mejor nomás lo veo, es más chistoso!09. A ver, que baile!.10. Parece mini replica de la torre eifel xD.11. Puedo ponerle ojitos?12. Parece un skwinkle!13. Mta, pues se veía que calzabas grande....14. Mi último novio lo tenía 12 cm. más grande.15. Ok, juntos podremos superarlo….16. Por qué escondes ahí el rellerindo?17. Guacalaaa tienes una lombriz en la entrepierna!18. Gruñirá si lo pellizco?19. No manches, me dio un pequeño y repentino dolor de cabeza….20. (solo rio a carcajadas)21. Te digo la neta y no te enojas?22. Mi perrito chihuahueño tiene una igual!23. Perame voy por mis pinzas.24. Cuero! Trajiste una barrita de incienso! 25. Mmm esto explica el deportivo que traes..26. No sabía que seguías en desarrollo…27. Si le echo agüita crecerá?28. Gracias, necesitaba un palillo.29. Eres una especie de enano de circo?30. Has pensado en trabajar como atracción de feria?31. Oye ponle asepxia a ese granoo! 32. No quiero jugar a las escondidas!33. No sabía que existían cosas tan pequeñas…34. Debiste haber sido muy malo en tu otra vida…35. Al menos espero que termines pronto.36. Gusto en conocerte.37. Necesitas una tablilla para apoyarlo.38. Qué interesante.39. Nunca había visto uno como ese.40. Le podemos poner Honguito?41. Pero funciona como los demás, veda?42. Chingado odio ser niñera43. Esto es tan… extraño…44. Tomas hormonas verdad?45. Dicen que si te masturbas mucho se te hace chiquito46. Quizás apagando el foco se vea más grande47. Espera voy por mi dildo super penetraitor 2010 48. Y si omitimos este paso?49. Ay me chiflas cuando acabes si?50. L por qué no me dijiste que te habían amputado?.51. Eres hermafrodita?52. A none ta bebeeeeeee?53. Hace frio corazón?54. Tienes algo de alcohol? Necesito emborracharme.55. No, ya en serio, dónde está la cámara? Jaja56. Qué demonios?57. Heredaste el pene de tu madre!58. Ahhh con que embarrándote fideos en el cuerpo ehhh?59. Te castraron de niño?60. Espero que tu lengua sea más grande que eso…61. Si le soplo crecerá?62. No te escondas chiquilin!63. Parece juguetito de McDonalds!!!64. Al menos no sentiré que me atraganto xD 65. Me dejas tomarte una foto?66. Tu pistola es de aire comprimido.67. Ya está adentro?68. Mira, le sirven los trajecitos de mi Barbie!70. Gracias a dios que ya no se usa llegar virgen al matrimonio… Mk

¿Qué fin tiene el envejecer? Parece una pena tener que envejecer y morir, pero evidentemente es inevitable. Los organismos como el nuestro están efectivamente diseñados para envejecer y morir, porque nuestras células están «programadas» por sus genes para que vayan experimentando gradualmente esos cambios que denominamos envejecer. ¿Qué propósito puede tener el envejecimiento? ¿Puede ser beneficioso? Veamos. La propiedad más sorprendente de la vida, dejando aparte su propia existencia, es su versatilidad. Hay criaturas vivientes en la tierra, en el mar y en el aire, en los géiseres, en los desiertos, en los desiertos, en la jungla, en los desiertos polares... en todas partes. Incluso es posible inventar un medio corno los que creemos que existen en Marte o en Júpiter y encontrar formas elementales de vida que lograrían sobrevivir en esas condiciones. Para conseguir esa versatilidad tienen que producirse constantes cambios en las combinaciones de genes y en su propia naturaleza. Al dividirse un organismo unicelular, cada una de las dos células hijas tiene los ismos genes que la célula original. Si los genes se transmitieran como copias perfectas, a naturaleza de la célula original jamás cambiaría por mucho que se dividiera, y edividiera. ero la copia no siempre es perfecta; de vez en cuando hay cambios fortuitos «mutaciones»), de modo que de una misma célula van surgiendo poco a poco distintas azas, variedades y, finalmente, especies («evolución»). Algunas de estas especies se desenvuelven mucho mejor, en un medio dado que otras, y así es como las distintas species van llenando los diversos nichos ecológicos de la Tierra. Hay veces que los organismos unicelulares intercambian entre sí porciones de romosomas. Esta primitiva versión del sexo origina cambios de las combinaciones de enes, acelerando aún más los cambios evolutivos. En los animales pluricelulares fue dquiriendo cada vez más importancia la reproducción sexual, que implica la cooperación e dos organismos. La constante producción de descendientes, cuyos genes son una ezcla aleatoria de algunos del padre y otros de la madre, introdujo una variedad superior a lo que permitían las mutaciones por sí solas. Como resultado de ello se aceleró cnsiderablemente el ritmo de evolución; las distintas especies podías ahora extenderse más fácilmente y con mayor rapidez dentro de nuevos nichos ecológicos o adaptarse mejor a los ya existentes a fin de explotarlos con mejor rendimiento. Vemos, pues, que la clave de todo esto fue la producción de descendientes, con sus nuevas combinaciones de genes. Algunas de las nuevas combinaciones eran seguramente muy deficientes, pero no durarían mucho. De entre las nuevas combinaciones, las más útiles fueron las que «llegaron a la meta» y engrosaron la competencia. Pero para que este sistema funcione bien es preciso que la vieja generación, con sus combinaciones «no mejoradas» de genes, desaparezca de la escena. No cabe duda de que los viejos morirían tarde o temprano en accidente o debido al desgaste general de la vida, pero es mucho más eficaz que el proceso venga acelerado por otro lado. Aquellas especies en las que las generaciones antiguas poseyeran células diseñadas para envejecer serían mucho más eficientes a la hora de deshacerse de los vejestorios y dejar el terreno expedito para los jóvenes. De este modo evolucionarían más rápido y tendrían más éxito. La desventaja de la longevidad está a la vista. Las sequoias y los pinos están casi extinguidos. El longevo elefante no tiene ni de lejos el éxito de la efímera rata; y lo mismo diríamos de la vetusta tortuga comparada con el lagarto. Para bien de las especies (incluida la humana) lo mejor es que los viejos se mueran para que los jóvenes puedan vivir.
