M

Magnumano

Usuario (Argentina)

Primer post: 27 mar 2011Último post: 27 mar 2011
1
Posts
0
Puntos totales
0
Comentarios
E
El cortejo
Apuntes Y MonografiasporAnónimo3/27/2011

Es un pequeño cuento que escribi hace mucho, y ahora me animo a compartirlo. Saludos! Se sentía muy aturdida. No había nada en la calle que le resultara familiar, algo que le diera una idea de donde estaba. No se veía a nadie caminando, ni vehículo alguno, la calle estaba realmente desolada. Levanto la vista al cielo, buscando el sol (en un intento desesperado de ubicación) pero no pudo encontrarlo en el firmamento a pesar de que podía apreciarse que era de día; mientras hacía esto apareció en el cielo una bandada de pájaros, parecían gorriones o algo similar. Empezaron a posarse en los arboles a ambos lados de la calle, y recién allí pudo apreciarlos bien, efectivamente eran gorriones, pero no tenían pico, ni nada que pudiera interpretarse como una boca, nada. Sintió pena por ellos, la perturbo la crueldad de la naturaleza que había hecho así a esas pobres bestias. Dio vuelta la cara, cerrando los ojos, no podía seguir viendo. Miró a su alrededor, hacia los edificios, y se detuvo en el que estaba a sus espaldas. Lo que vio la hizo dar un involuntario paso hacia atrás, casi trastabillando. Era un edificio antiguo, de pocos pisos, de aspecto apergaminado. Sus persianas se batían furiosamente, levantando pequeñas nubes de polvo de los marcos de las ventanas, y a través de los vidrios cerrados vio como las personas aparecían de pronto como si alguna fuerza extraña e invisible las arrojara contra la ventana, e inmediatamente las retirara con igual violencia y apareciera casi simultáneamente a su desaparición, en otra ventana. Los que aun estaban conscientes, trataban desesperadamente de aferrarse al vidrio, el cual, en ocasiones, por su doble naturaleza, les arrebataba las uñas y el gesto de dolor se dibujaba en los rostros de los pobres desgraciados. ¿Adónde estaba, que era este lugar? La distrajo de sus fútiles cavilaciones un sonido antiquísimo que venía en su dirección. Al parecer los pájaros escucharon lo mismo, ya que en ese instante todos giraron al unísono, sin proferir ruido alguno, de cara hacia la calle. Miró, y primero vio la nube de polvo, lo cual le pareció extraño, ya que la calle era renegrida y límpida, como si hubiera sido asfaltada por miles de escarabajos. Siguió mirando, y de a poco empezaron a aparecer las formas que daban cuerpo a ese sonido. Aparecieron dos caballos, uno blanco con cascos de coque, y otro negro con cascos de diamante. Hermosos ejemplares, de mucha alzada, largas crines. Pero no tenían ojos, ni cuencas, nada de nada. Sin embargo no se chocaban entre si, y mantenían su curso, si es que ese era tal. Tiraban un carro, al cual estaban yugados con cadenas de oropel, y en lugar de arnés tenían ganchos enterrados directamente en la carne, pero a pesar de ello no sangraban. Sintió un poco de alivio por esto, si tal emoción tenía lugar allí. El carro era simplemente una caja de ébano, no muy alto, desprovisto de compuerta trasera e incluso del banco para el inexistente auriga. En la caja había miles de pétalos de flores negras, que se retorcían y reptaban como gusanos, sutiles gusanos. Tenía ruedas de acero, parecían desproporcionadas para tal carruaje, en material, tamaño y forma. Aunque, en realidad que sabia ella de carruajes tirados por caballos sin ojos. En su desplazar, las ruedas emitían un sonido que nada tenía que ver con la superficie por la que se desplazaban. Sonaba como si se moviera sobre huesos, quebrándolos, machacándolos y así pudo apreciar el origen de la nube de polvo. Las ruedas la desprendían, por alguna quimera que no le estaba a su alcance comprender. Decidió que no le interesaba. Inmediatamente detrás venia una jauría de hienas, que avanzaban como borrachas, chocándose entre ellas y algunas se tiraban tarascones cuando esto sucedía. No eran muchas, aunque incontables por su dispar trayectoria, aunque le pareció que todas lloraban como las hienas saben, a carcajadas. Las seguían los íncubos y súcubos, en relucientes trajes de arlequín y botines de cascabel. Sus cabezas giraban sin sentido, muy velozmente, pero a medida que pasaban delante de ella, las cabezas se detenían mostrando un níveo rostro de profunda tristeza, sin lagrimas, pero realmente apesadumbrados. Cuando miro hacia un íncubo que ya había pasado, vio que su rostro había cambiado, la seguía mirando, pero esta vez el rostro era rojo y mostraba una morbosa sonrisa blanca, pero desapareció fugazmente mostrando nuevamente el triste rostro. -¡Que maleducado, aun para un íncubo!- pensó. El ruido de cascos la devolvió a la marcha que tenía lugar en esa calle, y vio a los unicornios avanzando de a dos, lado a lado, cruzando sus cuernos y murmurando en una lengua que le sonaba a latín. Sus pelajes refulgían en muchos colores, pero jamás tomaron el blanco o el negro. Le pareció muy lógico, muy adecuado. Aun quedaban algunos por pasar, los contó a todos y sumó siete. -Imposible.- se dijo Volvió a contar, y esta vez contó doce. -¿Será así?- cabía la duda. -La última vez… Y esta vez sumó veinte unicornios. -Que sean veinte entonces. Aun no terminaban de pasar, cuando ya se preparaba a ver lo que seguía, cuando delante de ella se puso todo negro por un muy pequeño lapso de tiempo, casi ínfimo, que si no existieran los relojes no hubiera sido posible. ¿Muchas emociones? ¿Un mareo? Un segundo después lo supo. El golpe había sido certero, le empezó a doler de manera brutal la cabeza, la sangre se acumulo en sus cejas y empezó a escurrirse hacia sus ojos, y allí la vio…estaba delante suyo, como a 10 pasos, la guadaña goteando su sangre, la eterna parca, la maldita parca, verdugo de su finitud. De repente se dio cuenta, ya no estaba en la vereda. Sintió en su cuerpo desnudo como si los pétalos, en su retorcerse y reptar, la acariciaran suavemente. Era una sensación muy extraña, pero dulce. En ese momento, en un estruendoso batir de alas, como si se los hubiesen ordenado, todos los pájaros se abalanzaron hacia el carruaje y se mantuvieron revoloteando muy cerca de ella. Fue lo último que vio. Todo había terminado. Fin

0
0
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.