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Primer post: 25 sept 2011Último post: 25 sept 2011
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¿¡Te gustan las historias de Terror!? Te dejo 7 Relatos
¿¡Te gustan las historias de Terror!? Te dejo 7 Relatos
ParanormalporAnónimo9/25/2011

¿¡Te gustan las historias de Terror !? Hola gente de Taringa, en mi primer post, les quiero dejar historias de terror (¿Te Gustan?). Son 7 y estan muy buenas, son las mas recientes. Espero que les guste y comenten che, a ver que les parecio. ----------------------------------Barra separadora de novato falta de presupuesto y puntos------------------------------------- Lo trajo la noche Era noche cerrada. La lluvia llevaba horas cubriéndolo todo con su serenidad cristalina, pero pocas personas eran conscientes de ello. Vivir solo en un caserón en medio de algún lugar entre las montañas es algo para lo que no todo el mundo está preparado; yo creía estarlo...hasta aquella noche . Nunca me había ocurrido nada igual. El suave repicar de la lluvia provocaba ecos por toda la casa, reverberando por los pasillos, en cada rincón. Fuera, la lluvia se convirtió en furiosa tormenta, mientras dentro de la casa un silencio expectante se imponía sobre cualquier otro sonido. Tres golpes secos hicieron retumbar la ventana, contundentes como verdades, rompiendo la seguridad de lo cotidiano. No habían sido un producto de mi imaginación, a pesar de que la razón y las circunstancias apuntaran a ello. Tres nuevos golpes, pausados, y aún más vigorosos que los anteriores confirmaron esta angustiosa realidad. Era una llamada, pero...¿de quién? ¿o de qué? El segundo piso donde me encontraba se eleva cinco metros sobre el suelo, y la ventana apenas tiene alféizar sobre el que apoyarse. A pesar de que estaba aterrorizado, una curiosidad morbosa arrastró mis pies fuera de la cama y los condujo en aquella dirección, orientado por la intermitente luminosidad de los relámpagos que la atravesaban para inundar la habitación. La vieja madera del piso crujió bajo mi peso, mientras me acercaba lentamente, paso a paso, hasta colocarme frente a la ventana y...allí estaba, ocupando todo el vano con su cuerpo, aquella realidad imposible, error de la Naturaleza y la lógica. Su bulbosa figura recordaba vagamente a la de un pájaro deforme, creado según parámetros absurdos, cubierto su cuerpo por agudas varillas oxidadas, como de paraguas, que entrechocaban produciendo sonidos angustiosos al ritmo de su agitada respiración. El rostro de aquel ente era lo peor...toda cordura quedaba destruida con su visión: poseía dos ojos humanos asimétricos, sin párpados, circunferencias perfectas que reflejaban odio fanático y furia infinita, congelados así sobre su víctima. Mostraba su dentadura de colmillos irregulares, comprimida en un mordisco atroz. Mi mente luchaba por volver a atar los cabos que le permitiesen unirse de nuevo al mundo real, mientras mi cuerpo quedó congelado ante la aparición; no hizo nada, no dijo nada, sólo mirarme fijamente con rabia ancestral, lógica sólo dentro de su conocimiento. La lluvia siguió cayendo... Lo primero que vi al despertar fue la habitación blanca -acolchada- en que me encontraba, y de donde no volvería a salir jamás. Ellos dicen que estoy loco, que la soledad destruyó mi mente; pero ellos no lo vieron, no saben que convive en nuestro mundo, quién sabe con cuántos entes más; su mensaje era su presencia, dar a conocer su existencia real, traspasando el plano onírico. Sin embargo, mi verdad no será nunca oída. A veces, cuando la tormenta ruge y todos duermen, puedo escuchar entre los truenos lejanos un débil tintineo de varillas herrumbrosas, como de paraguas viejos... ----------------------------------Barra separadora de novato falta de presupuesto y puntos------------------------------------- Mañana Lloverá La última clase es siempre la peor. El cansancio acumulado durante la mañana finalmente vence nuestras fuerzas y nos oprime contra los pupitres. Hoy ha sido otro día vacío de significados, tal vez porque el gran hueco que deja el autoengaño al desvanecerse no puede ser ocupado por las pasajeras afectividades cotidianas. El profesor expone en voz alta su interesante monólogo sobre la lógica kantiana. Al igual que los escritores, los filósofos son seres curiosamente extraños. Todos parecen escandalizarse ante la simplicidad del monótono ciclo de la vida y, para evitar la desesperación, dedican su tiempo a la creación de posibilidades razonables, mundos paralelos, complejas interconexiones conceptuales de difícil comprensión, realidades no acontecidas y toda una extensa gama de metafísicas ridículamente humanas; como si lo que es pudiera adentrarse un poquito en lo que jamás podrá llegar a ser. Aquel que no reconoce sus límites está irremisiblemente condenado a chocar contra ellos, y los ahogados bufidos de la clase parecen confirmar lo que pienso. Al mirar por la ventana puedo captar la fluctuación de memorias olvidadas, sin sentido ni rumbo en el subconsciente. El aire dobla las malas hierbas que crecen junto al edificio y el cielo parece cubierto de ceniza; es muy probable que llueva. Estoy empezando a sentirme mal. La cabeza me da vueltas, las formas parecen desdibujarse en manchas difusas ante mis ojos. Un agudo malestar constriñe ni vientre; creo que estoy enfermando por momentos. Con gran esfuerzo consigo ponerme en pie -todos giran sus inexpresivos rostros hacia el novedoso estímulo- señalando la puerta con una mano mientras apoyo la otra sobre la mesa para no caer de bruces en el suelo. El profesor hace un indescriptible movimiento con su brazo sin interrumpir su discurso, que yo interpreto como la concesión del permiso para abandonar el aula, aunque de igual modo podría ser un recurso más de su repertorio gestual, tan histriónicamente explotado en la explicación de sus abstracciones. Cierro la puerta a mi espalda y me dirijo hacia los servicios a paso ligero. Algo está bullendo, cambiando en mi interior, pero no siento ningún dolor. Comienza a escocerme el brazo derecho. Desabrocho la manga de mi camisa y, para mi sorpresa, compruebo que tengo el antebrazo despellejado, en carne viva; puedo ver el fino entramado de vasos sanguíneos que recorren mi extremidad descubierta, aunque sigo sin sentir el más mínimo dolor. Un intenso olor a orín me golpea al entrar en la estancia de azulejos blancos. Antes de llegar a los lavabos una repentina arcada convulsiona mi cuerpo y vomito un espeso líquido negro. Caigo de rodillas al suelo con los brazos extendidos para evitar el terrible golpe y mi brazo derecho se rompe con un sonoro crujido. Al incorporarme veo mi brazo astillado flotando en el charco oscuro. Tambaleándome intento volver hacia la clase. Una nueva arcada recorre mi tembloroso cuerpo. La masa de mis intestinos rasga la carne, rompiendo la camisa, irrumpiendo al exterior; en un acto reflejo, intento inútilmente mantenerla en su lugar con mi brazo izquierdo. No sé lo que está ocurriéndome, no siento nada. Toda mi epidermis comienza a replegarse sobre sí misma como pergamino viejo y mi carne se cae a pedazos a cada paso. El maxilar inferior se desprende de mi cráneo y mi ojo derecho queda colgando del nervio óptico; lo arranco con un rápido tirón para no perder la estabilidad visual. El dolor físico es ahora sólo el recuerdo de una sensación inexistente. Entre no pocos esfuerzos consigo abrir la puerta del aula. Durante una décima de segundo, mi único ojo percibe fugazmente todos los rostros de los alumnos, justo un instante anterior a su transformación en máscaras de puro terror . Intento hablar, pero me resulta imposible. Gritos inconcebibles inundan la clase cuando la percepción colectiva se hace real. Muchos caen desvanecidos sobre sus mesas, otros quedan paralizados por el horror. Mi aspecto ha de ser espantoso, aunque lo cierto es que, mentalmente, sigo siendo yo. Me arrastro lentamente hacia la tarima del profesor, que yace sobre ella con los ojos en blanco. Tras de mí escucho los aullidos dementes de los que consiguen escapar, cada vez más lejanos, reverberando por los amplios pasillos vacíos. Mi cuerpo carece ya de los elementos y energía que lo sustentaban normalmente y caigo hacia delante, decapitándome con el borde de la mesa del profesor; mi cabeza queda encima, cerca de la ventana. Soy sólo consciencia. Soy materia insensible. Puedo ver sobre las montañas del horizonte una bandada de pájaros alejándose. El cielo que todo lo cubre está hilvanado con nubes grises. Mañana lloverá. ----------------------------------Barra separadora de novato falta de presupuesto y puntos------------------------------------- Puerta al Infierno Estaban sentados sobre la roca, juntos. Se besaron con ternura. Desde lo alto de la colina dominaban toda la extensión del valle; sus campos de cultivo, los estrechos senderos que conectaban casas aisladas, sus pequeños oasis flanqueados por palmeras y, al fondo, su querida ciudad, ancestral, bajo la protección de las montañas. Contemplaban abrazados la lenta caída del sol tras el horizonte, que reflejaba sobre las escasas nubes la profunda gama del rojo; el lienzo de un pintor magistral, inhumano. –Qué bonito…¿verdad? –dijo ella. –Sí… –susurró él. Las primeras luces artificiales decoraron el valle, las diminutas ventanas y calles de la ciudad. Las nubes habían aumentado, conformando un manto anaranjado que tornaba, inexplicablemente, hacia un rojo cada vez más brillante. El sol se había retirado, pero la luminosidad crecía tras las nubes. En silencio se miraron y volvieron a alzar la vista, sin comprender porqué este atardecer era tan diferente a cualquier otro que recordaran. Distantes truenos recorrían la cúpula; resplandores eléctricos iluminaban el rojo creciente desde dentro, como en una digestión de luz pura. Comenzó a llover. Sangre. Los rostros desencajados, goteantes, se miraron aterrorizados, extendiendo las palmas de las manos en medio de la tempestad, sin poder creer lo que estaba ocurriendo ¿Cómo podía Alá permitir que las pesadillas abandonasen su cárcel del sueño? El viento golpeaba con su cortina carmesí, arrastrando el orgánico olor del óxido, dulzón, sofocante. Los relámpagos eran venas blancas, momentáneamente visibles entre estallidos ensordecedores. Ciclópeos pilares quebrados y fragmentos de mampostería caían, desde las alturas, sobre el cuerpo postrado de su ciudad, bañada en sangre. Un inmenso torbellino de negrura horadaba el cielo, engullendo las nubes en voraz espiral. Y desde sus entrañas, vomitados entre chillidos monstruosos, escaparon cientos de bestias aladas formando una plaga negra, que se precipitó sobre el mundo de los inocentes. Y con ellas, la certeza de muerte. Despiadada. Absurda. Cruel. ¿Quién aseguró que el infierno enclavaba sus raíces en las profundidades de la tierra? * * * La puerta al infierno estaba abierta. Oleadas de horrores sin nombre escapaban por ella, libres a su sed de muerte. Cada boca escuchó su propio grito de agonía antes de morir; el dolor se experimentó en todas sus magnitudes. Los ríos de sangre que fueron calles arrastraban restos humanos. La ciudad que era carne abierta, huesos rotos, clamó por un auxilio que nunca llegó. El mundo no luchó contra el horror; miró hacia otro lado. Avergonzado. Aterrorizado. Cuando la lluvia de sangre cesó, el fuego comenzó a torturar el cuerpo que aún vivía sin vida. Y un cuerpo sin cabeza ya no puede gritar. En lo alto de la colina, a él lo mataron rápido; sólo le abrieron el abdomen para obligarlo a comer sus vísceras. Ella no tuvo tanta suerte. Las palabras no deben intentar la recuperación de aquello que no pueden transmitir. Para los artesanos del dolor, la carne guarda infinitas formas. * * * La puerta al infierno sigue abierta. Nicaragua, Corea, Vietnam…ahora Irak. Ellos siempre han tenido la llave que abre la puerta. Ellos siempre han sido valientes para abrir la puerta. Ellos siempre han sabido cuál es el momento justo para abrir la puerta. Pero nunca supieron como cerrarla. No existe llave para cerrarla. Y la puerta al infierno sigue abierta. ----------------------------------Barra separadora de novato falta de presupuesto y puntos------------------------------------- La hija del Carnicero Violada. Asesinada. La hija del carnicero sería en pocos días para el mundo sólo una cifra más de la cruenta estadística. La autopsia permitió recuperar piel, cabellos, sangre, semen. El tipo poco común de la sangre del violador y asesino, AB negativo, presente en promedio sólo en una persona de cada cien mil, como es bien sabido, reducía sin que él lo sospechase, las posibilidades de esconderse o pasar desapercibido. Tal fue el caso cuando pocos días después ingresó de urgencia en el hospital de la pequeña ciudad, (que era más bien una enorme casa con calles internas y habitaciones grandes), afectado por un cuadro de apendicitis aguda. El resultado del análisis de sangre llamó de inmediato la atención del médico cirujano, que pudo extraer una pequeñísima muestra de piel y algunos cabellos del paciente durante la intervención. Dos días después, mientras el paciente se recuperaba rápidamente, pudo confirmar lo que su instinto le había susurrado. Fue a la habitación donde se encontraba el paciente y le indicó que podía retirarse a su casa a descansar, y que volviera para que le quitara los puntos de la intervención algunos días después, casi al final de la jornada. Al llegar ese día, tomó la presión del paciente y le pidió que se recostara mientras le administraba con una mascarilla un pequeñísimo sedante para que la extracción de los puntos fuera completamente indolora. La sensación de desvanecimiento que comenzó a experimentar le recordó de inmediato, pero sólo un instante al efecto de la anestesia general que había sentido al momento de la operación. Apenas pudo intentar levantar las manos hacía la mascarilla cuando sintió como sus brazos caían y sus párpados comenzaban a cerrarse. Apenas un segundo después, pues ese es el tiempo que se piensa ha transcurrido desde que quedamos dormidos, sintió que su respiración comenzaba a agitarse, dificultada aún más por el trozo de cinta que cubría su boca. Sentía sus manos atadas por detrás de su espalda, y también sus piernas, fijadas por gruesos precintos que rodeaban sus tobillos y sus rodillas. Aún mareado por el efecto de la anestesia que pasaba, pero que parecía depositarlo no en la realidad, sino es una especie de pesadilla encarnada, sintió un fuerte pinchazo en su espalda, justamente en el espacio epidural de la columna lumbar. Unos cuantos segundos después, sintió como comenzaba a elevarse y a colgar del arnés que sujetaba sus hombros y pasaba por debajo de sus axilas, y pudo ver la cara del médico cirujano un metro y medio debajo de su cuerpo colgante, que ya sentía como un peso muerto del estómago para abajo. El sudor ardía en sus ojos y el sonido del riel metálico que giraba sobre su cabeza y lo conducía contra su voluntad, lo hacían experimentar un terror y una confusión sin nombre. Al detenerse pudo ver bajo sus piernas dormidas e insensibles el embudo metálico de la inmensa picadora de carne, como las fauces de una planta carnívora de metal. En el medio de la garganta plateada comenzaba a girar el tornillo gigantesco y filoso. Sus ojos parecían decir mil palabras confusas, mil gritos superpuestos que caían como hojas marchitas en los ojos de fuego del carnicero , y en los ojos de su hermano el cirujano. Qué extraños son los caminos de la existencia y de la fortuna, que pueden hacer que dos hermanos utilicen instrumentos parecidos sobre materias parecidas. Cuántas veces dijeron al carnicero para halagarlo que parecía un cirujano. Y al cirujano, para bromear con él, que era un carnicero . Ahora, para vengar a la hija y a la sobrina, no alcanzaba la misma moneda. El carnicero dijo al hombre colgante, mientras comenzaba a descenderlo hacia la picadora, que no se preocupara, no iba a experimentar dolor, sólo iba a escuchar y ver como sus piernas se trituraban en jirones y trozos, centímetro a centímetro. Los desprendimientos mudos e indoloros y escuchar atragantarse a la hambrienta máquina devoradora, hicieron que el hombre no pudiera soportar la desesperación y se desmayara unos minutos después. El tiempo nuevamente pareció un breve parpadeo, y lo próximo que pudo escuchar fue la voz del cirujano explicando a su mujer lo exitoso de la operación, a pesar de la desgracia de haber perdido ambas piernas al caer del tren, y cómo el estado de shock lo había llevado a morderse la lengua, hasta prácticamente arrancársela. Los ojos del violador bailaban con desesperación y sus brazos casi inmóviles en la camilla hicieron que con un movimiento se saliera la aguja del suero de su sitio. El cirujano pidió desocupar la sala para poder atender al paciente. Luego de aplicar el sedante, se acercó al oído del amputado y le dijo apenas antes de que perdiera el conocimiento que no se preocupara. Después de arrancar sus brazos y sus ojos esa misma noche se encargaría de consolar a su esposa, debido a la muerte de su marido por las complicaciones de la pos operación. Cuando despertó nuevamente sepultado en un profundo mar de espesa oscuridad, sólo quedaba de él un torso con perfecta audición, mantenido vivo con suero en la cama de la habitación de la hija del carnicero , que vivió con ella, su única hija, durante 16 años, luego de fallecer su mujer. Todos comprendieron al ir a visitar al carnicero en su casa que él haya decidido no dejar entrar a nadie en la habitación de su hija. Sólo su hermano y él entraban de vez en cuando, pero permanecían ahí sólo un momento. ----------------------------------Barra separadora de novato falta de presupuesto y puntos------------------------------------- La silueta en la noche Desperté. Me sentí confundido. Tardé unos segundos en recordar quién era, y donde estaba. Miré el reloj. Marcaba las 4:37 de la mañana, así que intente volverme a acostar. El recuerdo de ella me mantenía en vela, y a pesar de la opresión que sentía en mi pecho hice el esfuerzo por dejar en el olvido ese terrible recuerdo. Ya sumido en el dulce trance del sueño un sonido, apenas audible, pero aun así sublime sacudió la habitación. Me incorpore, preocupado. Su recuerdo me asediaba. Me levante de la cama, y busque a tientas una vela. La encendí, y lo primero en lo que se poso mi vista fue en una silueta femenina al fondo de la habitación. Grite, y solté la vela, que por cruel capricho del destino fue a parar a la caótica montaña de mis recuerdos encerrados en papeles. Solo pude observar hipnotizado como el fuego bailaba y se revolcaba entre los documentos, quemándolos, destruyéndolos. El fuego pronto se extendió al gran armario que estaba situado justo a un lado, y de este a las cortinas de terciopelo rojo. Saliendo del trance, observé a la silueta, que había recorrido la distancia que separaba a la habitación del pequeño salón. El enfermizo brillo del fuego iluminaba toda la habitación, pero en donde debía de estar situada “ella” había un vacio, como quien borra de una pintura la presencia de una persona. No pude soportar lo que vi a continuación. Simplemente ninguna mente, cuerda o no, podría soportar tal escenario de locura Y demencia. Antes de actuar tal como lo hice a mi mente llegó el recuerdo de mi amiga, de mi esposa. Su entierro prematuro tan sutilmente planeado por mí mismo, incluso con la terrible verdad que guardaba esa caja de madera. Yo la dormí, con un extraño veneno que no mataba, que solo adormecía casi al nivel de la catalepsia. Apresuré a los doctores y la familia, y con hipocresía lloré su partida de este valle de lágrimas. Cuando supe que ya no había vuelta atrás, guarde la herencia familiar con la escusa de mantener a un hijo que nunca existió. Y nadie me reprochó, nadie me enfrentó Hasta ahora. Ahora ella, la que alguna vez fue mi cónyuge, me abrazaba, me acariciaba, me susurraba palabras de amor al oído, con una voz fría y seca, imposible de articular para cualquier mortal. Ante estas caricias, vacías de emoción, mi cuerpo se contrajo, mis vellos se erizaron y mi cordura rayó a la locura. Y entonces solo pude hacer una cosa, un movimiento cargado de desesperación y terror . Esa noche los vecinos se preocuparon, puesto que un sonido de vidrios rotos rompió el silencio nocturno acompañado de un grito cargado de angustia y dolor. Algunos dicen que en el grito se dibujo las palabras “lo siento”. Después, un golpe sordo, y luego, nada. Nadie salió de sus hogares. Nadie investigó hasta mucho después del amanecer. Y solo vieron que un respetado aunque reservado habitante da la cuadra se había lanzado del segundo piso de su casa, cayendo sobre la oxidada valla de metal. Su muerte no fue instantánea, sufrió mucho. Y en su rostro se mostraba la más sublime mascara de terror . Y yo, ya sé donde estoy. Siento mucho frio, y piquetes de miles de insectos. Y lo único que sé es que seguiré esperando el veredicto final. Y también se que esto apenas ha comenzado. ----------------------------------Barra separadora de novato falta de presupuesto y puntos------------------------------------- Luna de hiel La llama de las velas se reflejaba en sus ojos como dos diminutas y delgadas luciérnagas de fuego danzante. En ella, parecían la luz de dos sagrarios, que dejarían esta noche entrar en los tesoros de su corazón y de su espíritu al ser amado. La noche más especial soñada por ella. Todavía sonaban en su cabeza las campanadas de la iglesia, la música del vals. Había encontrado, casi al borde de perder las esperanzas, a alguien con quien compartir su vida, su cuerpo, y su inmensa fortuna, todas sus magníficas posesiones. –“Has sido todo un caballero conmigo en estos maravillosos meses juntos. Has respetado mi voluntad de no entregarme hasta estar segura de tu amor. Te prometo una noche inolvidable. … Y pensar que muchas veces pensé que no me quer…” -le dijo ella- mientras él la acallaba con sus dedos sobre sus labios y sonaba el agudo y dulce choque de las copas. Él la levantó en sus brazos y la llevó a la cama. Apenas un minuto después, y ante la mirada de hielo de él, comenzaba a sentir los efectos del veneno. Sentía una mano llena de tentáculos ardientes oprimir su estómago, y mientras se retorcía hacia una posición fetal, sintió como quedaba paralizada, con sus grandes ojos abiertos y fijos. “He sido un caballero porque siempre me fuiste repugnante –le dijo él-, por alguna extraña razón, elegí mezclar el veneno con un paralizante para estar seguro que antes de morir escucharas el asco que siempre te tuve. Jamás te quise, como jamás pudo quererte nadie. Siempre fuiste tan horrible a los ojos de todos, que no hubo quien quisiera enamorarte falsamente ni siquiera por tu dinero. Yo hice ese sacrificio. ¿Tu voluntad de no entregarte? Apenas he podido soportar tu aliento sin vomitar cuando te besé hace un momento en la ceremonia. Te engañé y me burlé tanto de ti a tus espaldas, durante tanto tiempo y con tanta facilidad que debería darte vergüenza .” Los ojos inmóviles de ella dejaban caer amargas lágrimas sobre su rostro desfigurado por el dolor de su cuerpo y de su alma. Con el veneno penetrando en sus células y arrancando lentamente su alma de su cuerpo, pudo en un último esfuerzo entrecerrar apenas sus ojos y apuntarlos a los ojos de él. Él se estremeció al ver esa mirada, y pudo distinguir en su alma, con el último quejido de ella, algo imposible. Estaba seguro que sus ojos antes de apagarse le dijeron: “Volverás a verme”. El veneno fue tan efectivo que se disolvió por completo y la causa de muerte fue aceptada como un paro cardio-respiratorio. Todos los amigos de ella daban sus condolencias al viudo y se decían entre sí: “Precisamente en la luna miel. Qué espanto”. Al atardecer del décimo día, al regresar a la mansión, luego de darse un baño y cenar abundantemente, el viudo entró en la habitación, y encontró sobre la almohada una carta. La abrió y leyó: “Te dije que volverías a verme. Pensaba quemar esta carta al día siguiente de nuestra luna de miel. Demostrar a todos los que me advirtieron de ti que estaban equivocados. Pero si estás leyendo esto, lamentablemente tenían razón. Luego de nuestra boda te prometí una noche inolvidable. Y yo siempre cumplo mis promesas. Te pido disculpas por la demora, pero era imprescindible esperar estos diez días. Sabía que si mis amigos tenían razón, me matarías esa misma noche . También sabía desde hace tiempo, que mi enfermedad iba a acabar conmigo en muy pocas semanas. Así que decidí seguirte el juego, esperando estar equivocada. Mis ayudantes están muy bien pagados y tienen instrucciones precisas. Que disfrutes esta noche inolvidable: nuestra luna de hiel. Ya voy en camino”. Una serpiente de hielo trepaba por su espalda, cuando sintió cómo ocho manos lo sujetaban y lo tendían de espaldas en la cama. Eran cuatro siluetas vestidas con una malla, completamente de negro, de la cabeza a los pies. Tenían una fuerza irresistible y no emitían el menor sonido. Una de las siluetas acercó un pañuelo a su cara y quedó dormido. Al despertar, notó la habitación llena de candeleros encendidos y sentía un intenso malestar alrededor de los ojos y en su mandíbula. Seguía de espaldas a la cama, estaba completamente desnudo y se vio en el inmenso espejo superior, con las siluetas que le sujetaban las manos y los pies. Notó con espanto indecible unas mandíbulas metálicas que tenía incrustadas en los maxilares, y que permitía a una de las siluetas abrir y cerrar su boca moviendo un mecanismo. Su lengua había sido enganchada por los costados con dos ganchos gruesos, y la silueta podía hacer que su lengua salga y se retraiga contra su voluntad. Las siluetas lo inclinaron sobre la cama y miró hacia la mesa de luz, donde vio las pinzas y el bisturí al lado de sus párpados ensangrentados y arrancados. Cuando comenzó a gritar con dificultad, se oyó en la casa el comienzo de la marcha nupcial. La puerta de la alcoba se abrió y dos siluetas más entraron caminando lentamente a la habitación. Cada una llevaba una manija de la carretilla manual, sobre la cual estaba inclinado y apoyado el ataúd de la novia. Como en una ceremonia sagrada, dos de los ayudantes subieron el cajón en posición vertical, de pie, al borde de la cama. Al abrirlo, el cuerpo putrefacto de la novia apareció con sus ojos todavía abiertos y extraviados. Un ayudante comenzó a cortar el vestido de la novia de arriba abajo, y por las mangas de modo tal de facilitar su extracción. El viudo intentaba cerrar sus párpados ausentes pero no podía perderse detalle. Su corazón se arremolinaba en su pecho como una bestia salvaje y desesperada a punto de reventar. Cuando el cadáver estuvo desnudo los ayudantes inclinaron el ataúd. La luna miraba redonda y pálida y muda desde el ventanal. La novia podrida caía como un árbol sobre el cuerpo desnudo y desesperado del marido, que se ahogaba en su propio vómito. Los ayudantes levantaron a la novia y la sentaron sobre la cintura del marido, que sentía temblar su cuerpo bajo la fría y fétida desnudez de su esposa. A un movimiento del ayudante, la boca metálica del viudo se cerraba y fue obligado a besar la boca pestilente de su “amada”. A otro movimiento, sus mandíbulas se abrían y cerraban involuntariamente sobre los labios de la muerta, hasta que el novio finalmente arrancó contra su voluntad los labios de ella. Por entre la sonrisa gris y amarillenta se desprendían sus dientes y se filtraban mil gusanos y sustancias viscosas. Luego las mandíbulas y la lengua, extraída por los ganchos, lamía los pezones pútridos que segregaban la leche negra de la muerte hacia la boca del espantado. Las siluetas de los ayudantes dominaban los brazos y las manos del viudo y las obligaban a acariciar la piel que se desprendía del cadáver hasta alcanzar los huesos. Todo el interior líquido de la novia bañaba al marido mientras se vaciaba y se convertía en una bolsa de piel rellena de huesos. Así, durante toda la noche . Aún hoy, cuando los doctores se consultan entre sí en el manicomio, siguen concluyendo que el viudo amaba muchísimo a su esposa y que no resistió el dolor de la pérdida. Muchos trataron de llevar el caso, pero nadie pudo sacarle una palabra coherente sobre lo que pasó aquella décima noche en su mansión. Al preguntarle, él comienza a mover su cabeza con desesperación y sus grandes ojos sin párpados se retuercen como una mirada que grita; pero no puede hablar. La camisa de fuerza y sus ataduras a la cama han sido lo que hasta hoy le han impedido quitarse la vida. ----------------------------------Barra separadora de novato falta de presupuesto y puntos------------------------------------- Y les dejo una propia llamada: Hospital de Quemados Comencé como todos, con una hormiga. La rocié con alcohol, y encendí la pequeña mancha transparente con un fósforo. El insecto se vio envuelto en un inmenso océano azul ardiente y emitió un chasquido apenas perceptible antes de quedar carbonizado y endurecido. Días después cientos de sus hermanitas idénticas caían mutiladas y semi derretidas de la pared del fondo de la casa. Había enrollado en diagonal una hoja de un periódico viejo, lo encendí por uno de los extremos, y comencé a pasarlo pegado a la pared, a unos 10 o 15 centímetros del camino continuo de insectos, que iba deshaciéndose mientras los pequeños cuerpos caían livianos y mutilados al precipicio de 3 metros que los separaba del suelo. Pensaba si las pequeñas hormigas sentirían dolor, si gritarían al quemarse vivas. Unos días después, una pequeña rata, buscando alimento para sus crías recién nacidas, había sido desnucada por la ratonera nueva, preparada con una irresistible y pequeña pieza de queso. Separé con cuidado y algo de dificultad el alambre de la madera de la trampa, dejé caer el cuerpo del roedor en la tierra y aprovechando que no había nadie en la casa, fui por el frasco de alcohol y la caja de fósforos. Sentía una inmensa curiosidad por saber cómo ardería el pelo cortísimo y gris de la rata, cómo el alcohol entraría por las órbitas de los ojos saltados y la quemaría por dentro. Fue revelador. Unos minutos después supe que debía ir por las crías. Las encontré en un rincón casi inaccesible. Tres pequeñísimas y traslúcidas bolitas rosadas y alargadas. Apenas podía distinguir la separación de los diminutos deditos y me chocaba pensar que esos pequeños puntos negros eran ojos que podían verme. Agrupé a las tres condenadas ignorantes y seguí el ritual. Esta vez, todo el resto del frasco. El corazón comenzó a latirme aceleradamente mientras raspaba la cabeza del fósforo. Si hubiera podido verme a mí mismo a través de los ojos ardientes de las pequeñísimas ratas, hubiera visto sin dudas al demonio. La delgadísima piel apenas puso resistencia. El olor me provocó unas arcadas espantosas. Tripas y vísceras, extrañadas de su libertad, desubicadas sin una piel que las envuelva, comenzaban a salir del interior de los cuerpos. Apenas unos segundos atrás, estaban vivas, y ahora, muertas. Apenas unos segundos. Esa idea me obsesionó años. Apenas unos segundos. Quemado vivo. No logro pensar en una relación más estrecha entre la brevedad de un tiempo y la intensidad inconmensurable de un dolor. Quemado vivo. Recuerdo cuando una chispa apenas me rozó una milésima de segundo, en apenas un pequeñísimo punto de la mano. Grité. Insulté. Brevedad e Intensidad. ¿Cómo será ser quemado vivo? Siguieron gallinas, perros y gatos. A las gallinas las atrapaba con un cajón que inclinaba y sostenía con un palito y una cuerda larga. Con toda la paciencia del mundo esperaba a que la gallina fuera a picotear el maíz puesto para la ocasión. Una vez atrapada, utilizaba alcohol, nafta, kerosene. Lo que sea. Tenía que saber cómo ardería un animal mediano, vestido con tantas plumas. Cada animal de cada tamaño y edad, tenía una forma única de gritar, de chillar, de revolverse, de correr desesperado. Toda esa visión, esos sonidos me llenaban de un placer genuino. Pude vivir así, hasta que caminando por una calle por la que no había pasado nunca en mi ciudad, levanté la vista y vi el cartel bordeado de neón en letras verdes intermitentes: “Hospital de Quemados”. Esa noche di vueltas en la cama. No pude dormir ni un minuto. Yo mismo estaba envuelto en las llamas invisibles de la ansiedad. Transpiraba agitado. Pensaba. Deliraba. Mi cerebro era un serpentario de miles, de millones de pequeñas víboras que se enroscaban entre si y me mordían. Con la misma sensación de alguien que siente que debe disculparse de inmediato por un mal causado; Con la misma sensación, pero en sentido contrario, sentí y supe lo que tenía que hacer: debía quemarlos vivos. Quemarlos otra vez. Quemar a los quemados. Vengar a la muerte que había sido burlada, o enseñarle a la muerte estúpida a terminar bien un trabajo. Imaginaba al niño que había estirado la mano hacia el mango de la sartén con aceite burbujeante o leche hirviendo. La lengua calcinadora y deformante del diablo probando el rostro de los pequeños, arrancando piel, derritiendo ojos. El quemado con juegos artificiales, el brazo resbalando al interior de la inmensa freidora en la cocina de algún restaurante; la manguera perforada en la estación de servicio, el coche encendido al ser chocado de atrás; la mezcla incorrecta en el laboratorio de química. El cartel de no fumar ignorado en la pinturería. El hereje ardiendo por el amigo invisible de cientos de inquisidores hipócritas y delirantes. Accidente, descuido, desgracia, venganza, estupidez. Todos los desafortunados congregados en un solo lugar. Animales más grandes que perros, gatos o gallinas. Varones y chicas de todas las edades. Los recién llegados aún con la ropa derretida sobre la piel viva, viva al rojo vivo, viva bajo todo el ardor insoportable de la palabra dolor. Durante muchos meses merodeé el hospital . La oportunidad estaba al caer. Dentro de 15 días comenzarían unas refacciones en los dos primeros pisos. Todos los pacientes fueron traslados al tercero y al cuarto. Sólo se podía entrar o salir por uno de los ascensores y por una escalera lateral. Esa noche , la noche 16, al borde de la escalera en el tercer piso, rocié el pequeño bidón escalones abajo. Llevaba un bolso repleto de pequeños frascos de perfume, llenos de combustible. Había improvisado las mechas con trozos de pañuelo y estopa. Aquella misma mañana había retirado un encargo que llamó la atención del comerciante unos días atrás. 20 encendedores automáticos de bencina, de esos que se pueden trabar con un mecanismo y mantener la llama viva, todos inscritos con la leyenda: “Nerón”. Así comenzó la carrera frenética. Arrojé el primer frasco encendido sobre el tablero de las luces. La oscuridad vino al instante con un corte general. Corrí por los pasillos arrojando contra los cristales de las habitaciones las pequeñas bombas incendiarias. A partir del siguiente instante sólo pude distinguir entre los gritos desesperados dos palabras: “Fuego” y “no”. El terror y el pánico eran ya desbordantes rebalsaban a borbotones en las enfermeras, que todavía estaban completas, simétricas y tenían la piel pintada de un solo color. Estaban a punto de conocer en carne propia lo que sabían a la distancia. Iban a vivir por primera vez el sufrimiento que consolaban en otros, y fueron conscientes de no tener idea de lo que sufrían sus protegidos. Yo reflexionaba en mi excitación sobre ese pánico de lo inevitable, que les ocurriría por primera y única vez a las enfermeras. Pero me atrapaba más la curiosidad del otro terror . El terror fruto del reencuentro de los quemados, de los sufrientes, con su peor enemigo. ¿Dolería más la quemadura en la piel todavía salvada, o dolería más la quemadura nueva sobre la anterior. ¿Gritarían igual o más fuerte que la primera vez?. Antes de tender la soga por la última ventana de la pared contraria a donde había comenzado mi hazaña, pude distinguir una nueva palabra común a todos los quemados: “Mátenme”… “Mátenme”… Descendí hasta el suelo por la pared posterior y tomé cierta distancia para ver como ardía la inmensa antorcha de cemento. Mis ojos reflejaban las llamas y mi alma se sentía realizaba. Volví a mi casa y me duché. Y debo confesarlo. Esa noche dormí más plácidamente que nunca. ----------------------------------Barra separadora de novato falta de presupuesto y puntos------------------------------------- Espero que les haya gustado y nos recagamos viendo, saludos ----------------------------------Barra separadora de novato falta de presupuesto y puntos-------------------------------------

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