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LuisBermer

Usuario (España)

Primer post: 7 ago 2013
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Cuento de terror: alta mar
Apuntes Y MonografiasporAnónimo8/7/2013

La noche era calurosa, apenas traía brisa para alejar los fantasmas que nacían de su habano; Julio, Don Julio, sentado en el ático de su mansión solitaria junto a la cala privada, rodeado de tierras innecesarias herencia de crímenes a fuerza olvidados y verjas de acero aún más innecesarias por ser antes las del miedo, que en sociedad llamaban respeto, contemplaba el negro mar invertido del cielo. El murmullo incesante resucitaba recuerdos a la lejanía, que la vacía esponja de su presente se encargaba de enjugar. Alguien debió decirle al aspirante a capo Julio, después Don Julio, que ni los zapatos de cemento copiados de las películas, ni el hilo de acero, ni las blancas rayas de polvo y el agua de fuego, ni el dinero a toneladas, ni las noches orgiásticas de sexo catártico podían acallar la eterna voz susurrante de los muertos. Y no es que no pudiese disfrutar de estos clásicos placeres, pero ahora había de compartirlos con ellos, con sus miradas fijas, su constante presencia. A veces se preguntaba si el camino hacia ésta, su ambicionada cumbre, mereció la pena. La respuesta siempre era un amargo trago de whisky. El mar, el mar, la vida, la muerte. Qué pequeño resultaba todo junto a la inmensidad. Su contemplación era lo único que en este mundo no le provocaba hastío, con su ir y venir clamoroso e idéntico de olas, días y espuma. Volvieron a él aquellas travesías en el interior de barcos que eran juguetes en sus caprichosas manos de gigante pueril, inconsciente de su inmenso poder; todas las emociones se sucedían entre el gemido de los aceros, un embrujo que se desvanecía al pisar tierra, dejando en su lugar un poso de anhelo, una llamada que, tarde o temprano, obtenía su respuesta. Y su regreso. Nada se movía ya en la noche, salvo el mar, inquieto. A través del vapor de sus ojos, Don Julio, hipnotizado, veía las olas limpiando la arena, brazos de una gigantesca ameba, tímida a pesar de su monstruosidad. A pocos metros de la playa, donde el agua aún no llegaba hasta el cuello, apareció un bulto negro. El bulto, muy lentamente, como si hubiese de vencer una gran resistencia, avanzó hacia la playa; y según iba avanzando, se adivinaba como la cabeza de una emergente figura encorvada. Don Julio se restregó los ojos, pero la imagen persistió. Ahora el agua le lamía las rodillas y no cabía duda de que era un hombre, cubierto de harapos y algas o alguna suerte de camuflaje para pasar inadvertido, como un comando de las fuerzas especiales del ejército. Al fin había ocurrido. Don Julio sabía que, tarde o temprano, los sobornos y otros resortes oscuros dejarían de proporcionarle esta burbuja de protección en la que vivía; pero nunca imaginó el modo mediante el cual tenderían la trampa; tal vez por considerarlo como algo poco probable e impreciso. O era eso, o el despistado buzo había elegido el peor lugar para perderse. No era un comando, desde luego. Ahora veía, con los ojos bien abiertos, los movimientos innaturales con los que ese hombre arrastraba su cuerpo tambaleante playa adentro, dejando dos surcos paralelos en la arena tras de sí. El no era un hombre miedoso, nunca lo había sido; las contadas ocasiones que tuvo el pánico para recorrer sus venas hubiesen detonado el corazón de cualquier otra persona, aun entre los más habituados al espectáculo de la sangre puesta en libertad. Y sin embargo, la visión de aquel deforme, enajenado, o quien diablos fuese, comenzaba a inquietarlo, motivo sobrado para disparar su inestabilidad, su orgullo homicida. Los chicos de confianza habían bajado al pueblo a divertirse por orden expresa. Quería soledad esta noche, y ya había un intruso –con dos cojones, eso sí- distorsionando sus planes; así que tendría que encargarse personalmente del asunto. Echó una última ojeada por encima de la balaustrada hacia aquel loco penetrando en sus propiedades, que estaba mucho más cerca, aunque no lo suficiente para que las estrellas y la luna iluminasen su rostro. Llegaba entonando un mecánico murmullo tan grave como el rumor del agua, pero no pudo distinguir palabras desde la altura que los separaba. Don Julio dio media vuelta y corrió a su despacho. Allí destrabó del armario su viejo Kalashnikov, regalo de su contacto moscovita Nicolai, muerto en un desafortunado mal negocio meses atrás. Tomó un par de cargadores y salió de nuevo al ático. Dispuso el arma para abrir fuego y, acomodando su culata al hombro, buscó la cabeza del desconocido con la boca del cañón de acero. Pero éste ya se hallaba fuera de su alcance. Los surcos gemelos en la arena conectaban el mar con el pórtico de su mansión. No pudo localizarle hasta que dos golpes de fuerza brutal impactaron contra la pesada puerta principal, reventándola en cientos de astillas y esquirlas de vidrio que repiquetearon como llanto de tormenta sobre el hall. Acababa de invadir su hogar. Don Julio, aplastando su temor bajo la estampida de una rabia incontrolable, atravesó a la carrera su despacho y comenzó a descender por una de las escaleras de suave curvatura que conducía hasta la planta baja, a la altura del inmenso recibidor. Escalón a escalón, la correa del arma anudada al antebrazo, un pie tras otro, Don Julio salió al encuentro del invasor, mientras el murmullo balbuceante de su cántico de palabras sin aire penetraba, ahora sí, con abrasadora claridad por sus oídos. En la noche serena, por encima de la ensoñación sonora de la espuma y la sal, se escucharon treinta disparos ininterrumpidos. Y un solo grito. * * * Se encuentra en la segunda planta, subiendo por la derecha –indicó el agente. El inspector Núñez entró en la estancia. Un fortísimo olor a whisky inundó sus fosas nasales instantáneamente. Y a pesar de la escena ante sus ojos –modo curioso el que a veces emplea el cerebro al operar-, el primer pensamiento que esbozó su mente fue que el lujoso cuarto de baño era tan amplio como el salón de su casa. Después se percató de la presencia del comisario Torres tras su desgastado bigote. -Le estaba esperando, Núñez. Empezaba a retrasarse. -Parece un ajuste de cuentas. -¡Vaya! ¿no me diga? Su sagacidad no deja de sorprenderme. Y yo pensando en un desafortunado accidente doméstico. Del borde de la bañera colgaban los pies de Don Julio, sumergido por completo en líquido ambarino. Las manos aparecían crispadas, los ojos conservaban una mirada particularmente horrible de terror cristalizado en el tiempo. La mandíbula, desencajada o rota por descontado, permitía que el manojo de habanos permaneciese obstruyendo la boca en ángulo cruel. -Bueno, pues ya podemos empezar a recorrer la lista de los doce mil sospechosos que deseaban la muerte del angelito. -¿Alguna pista o indicio revelador, en primera instancia? - A ver que le parece a usted esto; yo todavía no sé muy bien como interpretarlo –dijo el comisario, tendiéndole una caja de habanos vacía cogida con las enguantadas puntas de dos dedos. Sobre la fina tapa de la caja de madera, una inscripción rasgada: Felicidades, papá

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Cuento de terror y ciencia ficción: Consciencia irreversibl
ArteporAnónimoFecha desconocida

CONSCIENCIA IRREVERSIBLE Desperté, y tras un pausado parpadeo, conseguí abrir los ojos por completo. Las remanentes brumas del sueño me hicieron desconfiar de mis sentidos durante unos instantes, y cuando éstas se disiparon, no quedó sombra de duda alguna: todo estaba sumido en la más absoluta oscuridad. Acto seguido intenté situarme dentro de mis habituales referencias espacio-temporales; mayúscula fue mi sorpresa cuando comprendí que las desconocía. ¿Qué ocurre? ¡No recuerdo nada! –pensé aterrorizado. Pero la amarga sorpresa no había hecho sino empezar. Con la salvedad de los ojos, el resto de mi cuerpo estaba paralizado, indiferente a mi voluntad de movimiento. Los titánicos esfuerzos por arrancar la más ligera señal de vida a alguno de mis miembros fueron estériles. Intenté mantener la creciente angustia bajo control y pasé a revisar el estado de mi mente. Tras un breve intervalo, el autoanálisis arrojó alarmantes conclusiones: aunque la capacidad de raciocinio permanecía intacta, todos los contenidos de mi memoria a medio y largo plazo habían desaparecido por completo, así como la práctica totalidad del vocabulario. La situación parecía confirmar que sólo era un cerebro ignorante, aislado en un medio inexistente, carencia absoluta de estímulos…Tal vez esto fuera la Nada. Mi personalidad consigo misma, yo como primordial unidad…No podía concebir idea más espantosa. La incapacidad de asimilar la evidencia se apoderó de mi mente incompleta. El horror microorgánico, el horror celular, el horror primigenio...sin fin. Creí ver fogonazos de luminosidad cromática, creí sentir un movimiento circular que tomaba mi cuerpo como eje de rotación –e incluso escuchaba voces constantemente-, voces susurrantes que decían saberlo todo; aunque es probable que sólo fuesen estímulos alucinatorios que mi cerebro creaba como respuesta a la ausencia ambiental. Más allá de mis posibilidades estaba conocer por cuanto tiempo estuve inmerso en la sinrazón de la locura, y poco importaba, pues el tiempo tampoco existía para mí. De repente, una serie de fosforescentes caracteres tipográficos –minúsculos, pero perfectamente legibles- comenzó a dibujarse frente a mis ojos, sobre el invariable fondo negro. No se trataba de otra alucinación, pues ningún producto de la imaginación podría poseer semejante nitidez. Turbado, leí aquella línea de signos: “Este mensaje fue grabado en la retina de su ojo derecho con fecha /21-07-2074/. El hecho de que usted pueda leer esta inscripción corroborará el correcto funcionamiento de los recursos tecnológicos intrínsecos a su proceso penal en curso. El Consejo Judicial dictaminó “Consciencia Irreversible” como sentencia final a su prolongado juicio, según los trámites pertinentes. En este momento acaba usted de abandonar el sistema solar, con una velocidad media aproximada de 27 km/s. Su cerebro se encuentra inmerso en fluido amniostable dentro de un cilindro biocomputerizado modelo Társic –virtualmente indestructible- con trayectoria autorregulada hacia su vacío interestelar más próximo. El resto de su cuerpo fue incinerado según normativa habitual. Su petición de clemencia fue aceptada por el Consejo Judicial; así pues su consciencia fue desactivada antes de iniciar el traumático proceso de extracción cerebral. Como habrá podido comprobar, su memoria se encuentra prácticamente anulada. No se preocupe, se encuentra en perfecto estado de conservación; e irá recuperando progresivamente su libre acceso a la misma con el paso de los eones, siguiendo el esquema psicométrico implantado según la pauta 7C-3 de su sentencia. De hecho, podrá usted recordar hasta la más nimia de sus experiencias vividas, y evaluar así el nivel de ajuste existente entre la naturaleza de su castigo y su grado de responsabilidad en el crimen cometido. Si el azar está de su parte, encontrará su final en el choque con algún cuerpo errático, aunque las probabilidades de impacto son abismalmente remotas. En caso contrario, su vida será eterna.” Hasta siempre ____________________________ Más cuentos de terror aquí

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Carta de Jeremy o´Bryan a Papa Noel
ArteporAnónimo8/8/2013

CARTA DE JEREMY O´BRYAN A PAPA NOEL Querido Papá Noel: Me llamo Jeremy O´Bryan y vivo en Austin, Texas. No sé si te acuerdas de mí. Supongo que sí, porque tienes que recordar los nombres de millones de niños, en todo el mundo. El año pasado te escribí una carta como ésta. En ella te pedía varias cosas, porque ese año me porté muy bien. Me trajiste esa equipación para el béisbol que tanto me gustaba, y te lo agradezco. Sabes, porque tú lo sabes todo ¿no?, que me lo pase muy bien jugando con ella hasta que esos imbéciles abusones de la calle de abajo, los Dossey, me la robaron en una pelea. Y esto no hubiese ocurrido si mi padre estuviera en casa. Aquí sí que me fallaste de verdad. En la carta te decía que lo que más deseaba en el mundo es que mi padre volviese de la guerra, pues ya había luchado mucho tiempo y mi madre, mi hermano Robert y yo le necesitamos aquí, le queremos un montón. Tú deberías saber que prefería mil veces la vuelta de papá antes que la equipación de béisbol. Sólo te pedí esas tres cosas: el equipo, que volviese a casa papá, y que mamá volviese a reír como lo hacía antes. Tú me trajiste lo que menos quería. ¿Por qué? ¿Podrías explicármelo? A veces pienso que hubiese sido mejor no pedirte nada. Sí, papá volvió a casa. Pero muerto. Ahora sólo nos quedan de él sus cenizas en la urna negra del mueble. Y su recuerdo, en todas las horas. Te juro que, algún día, cuando sea mayor, encontraré a los que le mataron. Cogeré las armas que mi padre dejó en el armario y con ellas los cortaré en pedazos. Repartiré sus tripas por las calles, colgaré sus cabezas bien alto, donde todos las puedan ver; pero antes los torturaré de mil maneras diferentes, uno por uno, y sabrán lo que es nuestro dolor. Serán viejos y ni siquiera eso me detendrá. Juro que es lo que haré, y no me importa lo que después me pueda pasar a mí. Sólo te pido que me ayudes a encontrarlos, porque si no, otros pagarán por ellos…sus hijos, sus nietos…me da igual. En casa de Ben, por Internet, los hemos buscado, viendo todos los videos de Irak que hemos encontrado. Algunas imágenes no se me van de la cabeza, son horribles, casi vomitamos con algunas. Pero no me importa; debo prepararme para eso y mucho más. Algún día yo seré el actor de esos vídeos, y me bañaré en la sangre de esos hijos de puta. En cada vídeo creo ver a mi padre con su uniforme; por un lado necesito saber qué le pasó, deseo ver cómo ocurrió, pero por otro me aterroriza encontrarme con ese momento. No hay día que no lloré sin poder parar. Como mi madre. Es como un cadáver viviente. La pobre trabaja sin descanso para que a Robert y a mí no nos falte nada, casi ni la vemos. Pero nos falta lo fundamental: nos falta él. Mamá ya no es la misma. No sonríe nunca, y se encierra a llorar cuando cree que dormimos. Robert es demasiado pequeño todavía para comprender lo que ha pasado, pero se da cuenta de que algo no va bien. Cuando pregunta por papá, todos acabamos llorando. En los días libres, mamá apenas se mueve de la cama. También a ella la han matado. Ayúdanos a salir de esto, Papá Noel, a terminar con esta tristeza que nos ahoga. Es lo último que te pido. Si tú no nos ayudas…¿Quién lo hará? Jeremy O´Bryan. ________________ Jeremy O´Bryan fue condenado a muerte el 23 de noviembre de 2022, veintiocho años después de escribir esta carta. Nunca puso un pie fuera de los EEUU. Cuentos cortos de terror de Luis Bermer

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Cuento de ciencia ficción breve: "Colmena"
ArteporAnónimo8/8/2013

Despierto cabeza abajo. No…no puedo mover los brazos…ni las piernas…nada en mi cuerpo ¡Cielo santo! Soy un ovillo de…una masa de…algo correoso, de cuello para abajo. ¿Qué me han hecho? Oh Dios…sólo espero que mi cuerpo siga ahí dentro, aunque no lo sienta. ¿Y qué lugar es éste? Colgamos de un techo que no alcanzo a ver. A mi izquierda, a mi derecha, también enfrente y por encima, por debajo de mí…miles de nosotros…a lo largo de todo ese pasillo infinito. Y todos parecen dormidos, profundamente dormidos o…tal vez muertos. ¿Qué pesadilla es ésta? ¿Por qué he tenido yo que despertar? Consigo bambolearme un poco para chocar con la masa de mis vecinos. La tira de carne de la que cuelgo vibra, parece un cordón umbilical, largo y repugnante. Un hombre mayor que yo está a mi izquierda, una chica joven a mi derecha, pero ninguno despierta cuando les toco, ni hacen el menor gesto, puede que ni siquiera respiren… ¡Silencio! Escucho pasos, un repiqueteo de pasos que se acercan. Debe ser un grupo numeroso para sonar así. Llegan por la izquierda, cada vez más fuerte, pronto podré verlos. Parece que vienen hablando entre ellos. Su lengua es una cruda mezcla de chillidos agudos y bramidos guturales; es desagradable y brutal. La sangre me pulsa por toda la cabeza, estoy muerto de miedo. Espero que este maldito movimiento de péndulo haya parado cuando lleguen; me voy a delatar…se van a fijar en mí…Respiro hondo, pongo cara de muerto y cierro los ojos, dejando una ligerísima ranura entre los párpados. Estoy a buena altura, así que espero que no lo detecten, porque tengo que verlos. Tengo que ver quién nos ha hecho esto, qué hacemos aquí. Al fin llegan, los vislumbro entre mis pestañas; y mi mente no comprende lo que ve. No…no existen seres así, no…deberían existir; y si los viese al derecho, creo que sería aún peor. Siento el corazón explotar, la cara enrojecida como una bomba de sangre, y me muerdo la lengua para no gritar. Dios…cuántas patas tienen…vienen tanteando, a un lado y al otro, se detienen, observan –si es que son ojos esas cosas negras sobre los segmentos–, prosiguen, mientras sus voces me golpean, salvajes, directamente en el interior del cerebro. El movimiento se transmite como olas en el mar y giramos, nos retorcemos…como una gigantesca tienda de relojes, indignos, como reses en el matadero. Se detienen, a unos metros ahí abajo, a mi derecha. Me estremezco de pura repulsión, sin poder evitarlo. Tocan con sus patas, discuten –eso es lo que parece– con esa voz aterradora. Vuelven a tantear…mientras entrechocamos unos con otros. Rezo con todas mis fuerzas una oración silenciosa…ruego que Dios me oiga, que se marchen cuanto antes. Pero no se van. En lugar de eso, uno de ellos activa algo que parece una lanza de luz en sus patas de insecto. Y con un arco fugaz que se impregna en mis retinas, secciona el cordón de un durmiente, que golpea el suelo con un impacto húmedo, seguido de un chorro de líquido amarillento, pastoso, que escupe el cordón, ensuciando el pasillo metálico. El hombre empieza a gritar, no sé si por el dolor, por el terror que le causa lo que le rodea o, más probable, la combinación de ambos. Lo levantan entre todos del suelo y comienzan a marchar con él hacia la derecha. Grita y grita, sigue gritando sin poder parar; está completamente aterrorizado, pues intuye hacia donde apunta su destino. Se alejan, pero sus gritos siguen resonando en esta inmensidad, sin más respuesta que su propio eco, sin que nadie pueda hacer nada por él. El alivio de sentirme a salvo temporalmente se ha tornado angustia: su desesperación se me ha clavado hondo, y aún me parece estar escuchándolo, solo y perdido, como me encuentro yo ahora ¿Es esto lo que, tarde o temprano, nos aguarda a todos? La iluminación se ha hecho más tenue. Y me pregunto dónde estaremos ¿Un subterráneo? ¿Una nave especial? ¿Una despensa? No soporto más este silencio, esta espera; forcejeo con todas mis fuerzas, en vano: estoy fundido en este bloque. La sangre me fluye rabiosa, tengo que gritar, al menos eso sí puedo hacerlo: “¡Eeeehh! ¿Alguien me oye? ¡¡Por favor, contestad!!” Por un segundo, mi esperanza se ilumina, creo escuchar algo a lo lejos. Pero no tardo en comprender que es mi propia voz, en su viaje de vuelta… Siento la sangre acumulándose en mi cabeza, las lágrimas goteando hacia abajo, pura impotencia y miedo. Grito hasta que mi garganta parece quebrarse, ya no me importa nada; puede que así consiga despertar de esta pesadilla…pero no puedo engañarme: ya estoy despierto… Estoy despierto… ¡Maldita sea! ¿Cómo es posible? ¡Estoy despierto! ¡¡YA ESTOY DESPIERTO!! Y vuelvo a escuchar voces por el pasillo. _____________ Cuentos cortos de terror de Luis Bermer

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Cuento de terror corto: "¡cortadle la cabeza!"
ParanormalporAnónimo8/9/2013

¡CORTADLE LA CABEZA! La plaza era una turba enajenada, sucia y vociferante, un mar embravecido por corrientes de odio. Y en su centro -como una isla de madera- se levantaba el cadalso. La guillotina ya estaba lista para la siguiente ejecución. -¡CORTADLE LA CABEZA! ¡CORTADLE LA CABEZA! –se escuchaba como un eco que iba y venía, entre otros de inhumana ferocidad. La muchedumbre apenas se abría para dar paso al carro tirado por caballos que se adentraba en la plaza. Con las manos atadas a la espalda y recostado en un lateral, el noble mantenía su mirada en la distancia, indiferente a la ventisca de insultos, frutas y huevos podridos que arreciaba sobre él. Los guardianes empujaban con sus lanzas a los exaltados que se acercaban al carro para escupirle en la cara, aunque muchos lo conseguían. Vio en lo alto al verdugo limpiarse las manos con un trapo, como un carnicero. Tenía el honor de ser el último ejecutado en este día de terror. Por el suplicio ya habían pasado sus cortesanos, sus amigos, sus familiares…a lo largo de las horas previas. Le habían obligado a contemplarlo todo. Lentamente, fue conducido por las escaleras hasta la plataforma de la guillotina. Aquello era un lodazal de sangre y el hedor le produjo arcadas que apenas pudo contener. Desvió la vista del montón de cuerpos amontonados a un lado, donde pronto caería el suyo. La sucia hoja de acero le pareció suspendida a increíble altura. Desde la lejanía se le había antojado más baja. La negra capucha del verdugo le preguntó: -¿Últimas palabras? El noble negó con un fugaz movimiento de cabeza; entonces fue cuando el experimentado verdugo le recostó -sin la menor ceremonia- sobre el tablón, para pasar a ajustar las piezas de la máquina que aprisionaron su cuello. Cerró los ojos y el griterío inundó sus oídos. Su oscuridad. Una atmósfera de silencio expectante crecía acallando toda voz por encima del rumor. Quedaban segundos, lo sabía. Imaginaba al corpulento verdugo dirigiendo sus ojos invisibles a la masa, a un lado y luego hacia el otro, esperando el respeto de la mínima dignidad para el condenado y su muerte. El fin había llegado. Captó el segundo justo. Un crujido en la madera al accionar el mando. Una vibración grave y… Un clamor de júbilo reventó la plaza. La cabeza había caído en el cesto ensangrentado, junto a las demás. Hombres, mujeres y niños mostraban su obscena alegría. Había sido un día grande para ellos y, ahora que todo había acabado, se resistían a abandonar el lugar. Durante horas celebraron la muerte y las futuras muertes que estaban por llegar. De repente, entre la algarabía general, se alzó un coro de gritos aterrorizados que, desde la zona más próxima al cadalso, cruzó la plaza como un cuchillo. El bullicio cesó, y la atención se dirigió hacia el arco de plebe temblorosa que se iba formando en torno a la guillotina. Por el borde del cesto de cabezas habían surgido tres descomunales patas de tarántula. Otras dos salieron para agarrarse por el otro extremo; la gente retrocedió chillando y la masa se desplazó como un campo de trigo azotado por el viento. Poco a poco, la cabeza sangrienta del noble emergió, erguida sobre aquellas patas que nacían en su cuello seccionado. El terror convulsionó a los presentes de mil maneras, iniciando oleadas de pánico. Muchos corrieron desencajados, implorando al dios misericordioso, otros cayeron desmayados para ser pisoteados por los que huían, mientras algunos quedaron paralizados, movidos sólo por los empujones, observando lívidos como la cabeza descendía sobre la plataforma con un balanceo espasmódico en su cara. -Os espero abajo... –dijo entre espumajos sanguinolentos; su voz era un fuelle rasgado-... todos tenéis vuestro sitio abajo...TODOS... El caos inundó la plaza, un pozo de locura. Nadie recogió aquella cabeza de sonrisa grotesca. Y sus ocho patas de tarántula. ___________________________ Más cuentos de terror aquí

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