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Este es un artículo que habla sobre el papel central del narcotráfico en la realidad actual de Colombia. COLOMBIA, EL ESTADO Y EL NARCOTRÁFICO Por: Diego Andrés López Castaño Profesional en Filosofía Universidad del Quindío Uno quisiera comprender cómo es que se ha configurado la realidad de Colombia, el país del Sagrado Corazón y el mejor café del mundo y ahora también el país de la coca, y el terrorismo, sea lo que sea este último. Pero, por supuesto, es una tarea que sobrepasa las capacidades de un hombre común. No obstante, uno sí puede tratar de responder a la pregunta ¿Cómo se conforma el estado? Recuerdo la manera en que el profesor Enrique del Percio plantea cómo se conformaron los estados nación modernos, pero particularmente cómo España y América Latina siguen una dinámica diferente a la de los demás países de Europa. Según del Percio, en estos últimos, la burguesía presionó a sus monarquías para que crearan las condiciones e instituciones necesarias que permitieran el adecuado desarrollo de sus actividades económicas. De otra parte, en España fue la monarquía misma que impulsó y favoreció la aparición de una burguesía, que al no tener que luchar por sus derechos, se convirtió en una burguesía acomodada, y este fue el mismo tipo de burguesía que se gestó en los países del sur de América. Para las Américas se vino luego un nuevo período, que sería vivido de manera diferente a cada lado del gran océano; las guerras de independencia. Tiende uno a pensar, que los movimientos insurgentes tratarían entonces de construir naciones modernas, al estilo de las de la Europa no hispánica, en las que se intentara garantizar una serie de derechos mínimos para todos los ciudadanos; “libertad, igualdad, fraternidad” serían los principios esgrimidos del otro lado. Pero lo que sucedió fue todo lo contrario; los dirigentes de la campaña independentista, eran por lo general, criollos, es decir, europeos nacidos en América que por alguna razón no podían disfrutar de los mismos derechos que los “europeos puros”. Esto permite comprender que la principal motivación de estos insurrectos no era hacer justicia a los indios y mestizos originarios de estas tierras ni a los esclavos injustamente traídos desde otras latitudes, sino que buscaban obtener para sí los mismos derechos que tenían sus padres, estos sí nacidos en el viejo continente. Es decir, la intención de los próceres, no era otra que adquirir para sí los mismos derechos de la nobleza europea, para de esa manera poder estar en la parte más alta de la estructura social. Por lo demás no les importaba seguir ultrajando a los indios, a los mestizos y a los negros, es decir, a la gran masa poblacional de América. Así que al final, los países latinoamericanos se configuraron como estados oligárquicos, en los que los dueños del capital buscaron afanosamente asegurarse unos privilegios de clase, aún a costa de la miseria de los demás habitantes de las tierras liberadas. Desde entonces tenemos una burguesía, que en lugar de sostener al estado, exige que éste encuentre y provea las condiciones para su subsistencia. Hasta ahí, Colombia aparece como una nación más de América del Sur. No obstante, el actual estado colombiano tiene un actor, que ha jugado de manera tal, que la hace diferente del resto de naciones latinoamericanas; el narcotráfico. Este actor adquiere protagonismo a partir de la década de los ochenta, cuando se enfrenta a sangre y fuego a sus contradictores y además permea realmente las estructuras políticas, con la firme intención de lograr construir un estado que se adapte a sus necesidades. Podría uno preguntarse ¿necesidades de clase? ¿Constituye el narcotráfico una clase social en Colombia? ¿Es el narcotráfico, la nueva burguesía colombiana? Preguntas que por razones obvias no se pueden responder en este corto escrito. En principio, el estado colombiano, siguiendo directrices internacionales, había condenado el narcotráfico. Pero los nuevos ricos, como se les dice en Colombia a los narcotraficantes, empezaron a buscar maneras de enfrentar dicha condena, para ello empezaron a buscar formas de permear la vida política. Utilizaron para lograr su objetivo dos caminos, el primero fue apoyar candidatos y candidatizarse ellos mismos, para cargos de elección popular, el otro camino fueron las amenazas y los atentados que buscaban presionar al estado para que se rindiera ante sus exigencias. Recordemos que Pablo Escobar fue miembro del congreso de la república y los asesinatos de Rodrigo Lara Bonilla y Luis Carlos Galán Sarmiento, además de los numerosos atentados contra instituciones públicas y privadas con carros bomba. Por otro lado, los narcotraficantes empezaron a adquirir bienes muebles e inmuebles que les permitieran llevar adelante su negocio. Es así como se hacen a un buen número de avionetas, aviones, helicópteros, empresas para lavar dinero y tierras, en las cuales construir pistas, hangares, cocinas (que es el lugar de procesamiento de la droga) y por supuesto sembrar amapola, marihuana y coca. Para poder hacer esto tuvieron que encontrar ayuda o infiltrar algunas instituciones, que les permitieran desarrollar sus actividades en relativa calma. Veamos ahora lo que pasa con la tenencia de la tierra. En Colombia, desde mucho tiempo atrás han existido grupos guerrilleros, alzados en armas contra el estado de quién exigían mejorar las condiciones de vida de los campesinos y demás ciudadanos. Estos grupos irregulares han logrado el control de amplios territorios nacionales, territorios que el narcotráfico necesitaba para poder llevar adelante su negocio. Así que pasaron dos cosas. Una, no necesariamente la primera, fue que, ante la crisis de la URSS y el fin de la guerra fría, las guerrillas se quedaron sin su fuente de ingresos, así que, para subsidiar su guerra, acudieron al secuestro, la extorsión y se aliaron con los narcotraficantes, brindándoles servicios de seguridad en los cultivos y posteriormente llevando adelante todo el proceso de cultivo, producción y comercialización. Segundo, que posiblemente fue lo primero, los narcotraficantes, ahora en proceso de ser también terratenientes, necesitaban liberar sus tierras de la influencia guerrillera, así que formaron, en no pocas ocasiones con ayuda del ejército y la policía, grupos paramilitares. Estos últimos tratan de legitimar su accionar presentándose como aliados del estado para proteger a la población civil de los ataques de las guerrillas, pero en realidad son ejércitos privados al servicio del narcotráfico. Ejércitos que, además de expulsar a la guerrilla de sus tierras, han servido como herramienta de desplazamiento de campesinos, para adueñarse de sus tierras y como fuerza de presión contra la población civil para promover a sus candidatos políticos. No en vano, Salvatore Mancusso anunció en su momento, que habían logrado elegir el 35% de los miembros de congreso de la república. Así pues, el narcotráfico ha logrado infiltrar el estado colombiano, usando y abusando de su enorme poder económico y armado. Ha logrado promover representantes en todas las esferas del poder público, alcaldes, concejales, gobernadores, diputados, congresistas y ahora lograron promover un presidente. Ni que decir de las alianzas, que a través del paramilitarismo han hecho con las fuerzas armadas del país. Esto no quiere decir que Colombia es un narcoestado, porque aún subsisten grupos que no se alían con los narcos, pero ese podría ser el destino del país, si los colombianos no hacen algo pronto.