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Liora

Usuario (Argentina)

Primer post: 1 dic 2010Último post: 7 may 2011
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Ernesto Sabato: 1967 "Que es el Existencialismo"
Apuntes Y MonografiasporAnónimo5/7/2011

Ernesto Sabato Conferencia "que es el existencialismo" Texto de la versión grabada de la conferencia pronunciada por Ernesto Sáboto el 5 de mayo de 1967 en la escuela Nº 38, Camillo y Adriano Olivetti, de Merlo; Provincia de Buenos Aires. Les agradezco la invitación pero vine acá con una condición que tengo .que decirla de antemano, y es que no vine a dar una conferencia, sino a contestar preguntas que ustedes me hagan. Es decir, esto va a ser una especie de diálogo o, por lo menos, de res-puestas a preguntas. Por muchos motivos hace ya mucho tiempo que no deseo dar conferencias; ade¬más, esos monólogos unilaterales me parecen bastan¬te poco fértiles, desagradables; al menos para mí, muy cansadores y mucho más seguramente para los que me escuchan. Así que les voy a pedir que me hagan las preguntas que quieran. Y por favor háganlas, porque si no resulta que, cuando termino, muy a menudo me ha sucedido que se me acercan y empiezan a hacerme las preguntas que debieran haber hecho en el trans¬curso del diálogo. No tengan miedo de preguntar, no porque yo pueda responderlo todo y sea una es¬pecie de sabelotodo, sino que voy a responder de acuerdo con lo que yo sé, de acuerdo con mis con¬vicciones; con toda honestidad y tranquilidad, y si hay una pregunta que no pueda responder voy a decir que no puedo responderla porque no la sé, o porque tenga mis dudas, o porque me parezca no adecuada. p]l tema es el existencialismo, pero en realidad es un tema muy vasto y profundamente vinculado con la literatura. —(Público.) ¿En qué medida y en qué forma el exis-tencialismo influyó en las letras de nuestro tiempo? —En efecto y todos sabemos (por las caras veo que muchos son estudiantes) que el existencialismo y la literatura de nuestro tiempo están muy vinculados. El señor me pregunta cuál es esa vinculación, y tal vez por qué esa vinculación. Durante mucho tiempo se creyó que el existencialismo fue una especie de moda que estaba en la calle y que produjo una serie de malentendidos. Fue lamentable, porque realmen¬te el existencialismo es un movimiento muy impor¬tante y muy anterior a ésta moda. Se puede decir que en realidad comienza a mediados del siglo pa¬sado, con escritores como Dostoievsky y filósofos como Kierkegaard. Después con hombres como Nietz-che y, posteriormente, con una serie de pensadores, antes de producirse ese estallido en París que trajo la obra de Sartre. Sartre me merece profundo res¬peto, es uno de los testimonios más profundos y se¬rios del mundo contemporáneo, pero debo decir que ésta es una característica de la ciudad de París. Durante casi un siglo se había analizado y exami¬nado a fondo el problema filosófico desde el ángulo del existencialismo y nadie prácticamente en la ca¬lle, en las calles de Buenos Aires o de Pekín o de Estocolmo se ocupó del existencialismo hasta que eso llegó a París. Cuando las cosas suceden en París (no sé si porque los franceses tienen una habilidad especial para difundir sus movimientos, escuelas, sus pensadores, sus escritores, o por el snobismo que en el mundo hay respecto de París), lo cierto es que cuando las cosas salen de esa ciudad, automática¬mente se produce una moda. Puede empezar con la filosofía, como en este caso; puede empezar con la literatura, pero siempre estos movimientos que tienen como epicentro París, terminan por tener algo de Christian Dior. De alguna manera empezamos a ver artículos sobre el existencialismo en una revista como Vogue. Esto no es una broma, es auténtico. Todo lo que pasa por París parece teñirse automáti¬camente de cierto carácter frivolo y todo adquiere, como digo, cierto tinte de Christian Dior. Se difunde al mismo tiempo con las medias, el tipo de peinado, el color de vestidos y de autos. Y así se difundieron por el mundo muchísimos malentendidos, algunos de los cuales han sido realmente muy perniciosos. Ha¬bía buena gente que creía que el existencialismo significaba andar sucio, o con pelo largo, o ser bar¬budo, o ser mal hablado. Había una señora en Bue¬nos Aires que se quejaba de su chico, porque "era existencialista", y era existencialista porque decía malas palabras. Lo que antes llamaban, cuando yo era chico, un chico zafado, ahora se denominaba chico existencialista. Esta clase de malentendidos, que parecen una broma y son rigurosamente ciertos, trajo descrédito sobre este movimiento tan trascen¬dental. Porque se pensó que era una simple moda. Las modas no son algo desdeñable, pero tienen su ámbito propio. Está bien que haya modas para ves¬tirse. En un ámbito de esa naturaleza, en un domi¬nio como el del vestir, del peinar, está bien que haya modas. Por otra parte, obedece a una necesidad intrínseca de los seres humanos. Pero hay algo de verdad en aquel aforismo de Proust: las modas son tan horribles que cada seis meses hay que cambiar¬las. No siempre eso es cierto, pero a menudo lo es. A veces uno se asombra que las mujeres puedan llevar cierta clase de vestidos como cuando salió la moda trapecio, por ejemplo. No hay que olvidar que las modas están hechas generalmente por modistos que están al borde de la homosexualidad y claro, naturalmente tratan cíe hacer que las mujeres no susciten interés en los hombres; las mujeres no se dan cuenta de esto y aceptan alegremente modas que son mortíferas. De vez en cuando se ve una moda natural, porque, claro, si no se darían cuenta y nó podría funcionar la próxima moda perniciosa. Sea como sea, el existencialismo pasó por este pe¬ríodo modisteril, por este período así frivolo, que le confiere siempre Francia. Y eso fue lamentable. Un movimiento profundo, con un sentido que, precisa¬mente, es todo lo contrario a la frivolidad; un sen¬tido trágico de la existencia, un sentido trascendente que caracteriza este movimiento, se convirtió en una especie de frivolidad. Y la gente decía con mucha ligereza "esto va a pasar". No hay tal cosa, los mo¬vimientos importantes no pasan como la moda. To¬dos los movimientos filosóficos importantes pueden ser superados por otros movimientos; pueden ser integrados a una verdad más profunda, más amplia, pero no pasan como las modas. En lo que se refiere a la relación entre la filosofía existencial, o existen-cialista, y la literatura, hay que decir lo siguiente: también se dijeron una cantidad de tonterías. Había gente que no conocía ni la literatura moderna ni la filosofía contemporánea a fondo y dio en decir que la literatura se había vuelto existencialista. Se decía: ahora los novelistas se han vuelto existencialistas, la literatura está siguiendo la moda del existencialismo de Sartre y cosas por el estilo. Debo decir, y aquí comienzo a responder a la pregunta del señor, que esto es totalmente falso; histórica y filosóficamente falso. No es que la literatura se hiciese existencia-lista, el problema es exactamente al revés, fue la filosofía que, por decirlo así, se hizo literaria. No es que la literatura se acercase a la filosofía para copiar una moda filosófica, sino que la filosofía, por motivos que vamos a ver después, se acercó a la literatura y en cierto modo podemos decir que se hizo literaria. No en el sentido peyorativo de la palabra, sino en el sentido mejor y más genuino, en el sentido profundo de la palabra literaria. Voy a tratar de explicarme con algunos ejemplos sencillos. El hombre ha constituido siempre el objeto de la literatura. Cuando hablo de literatura, voy a refe¬rirme fundamentalmente a la narrativa; sobre todo, a la novela, al teatro también; pero sobre todo a la novela. La filosofía se había alejado del hombre, bajo la influencia de la ciencia a partir del Renaci¬miento, y sobre todo a través del gran proceso de la Revolución Industrial producida en los países euro¬peos, particularmente en Inglaterra y luego en otros países. El pensamiento humano, en general la acti¬tud del hombre occidental, estaba profundamente influido por la ciencia y por la técnica. La técnica todopoderosa, sobre todo a mediados del siglo pasado —la ciencia ha avanzado más en los últimos 50 años que en todos los siglos anteriores—, subyugado el hombre por el poderío de la ciencia y de la técnica positiva, subyugado por la máquina de vapor, prime¬ro; luego, por la electricidad, y ahora por la energía atómica, creyó que todos los problemas materiales y espirituales del hombre iban a ser resueltos por la ciencia. Se necesitó llegar a una gran crisis como la que estamos viviendo —que esto es una gran cri¬sis, tan evidente que no merece que la discutamos siquiera—, se necesitó llegar a esta formidable crisis a todo lo ancho del planeta, y a toda la profundidad del ser humano de hoy, para que advirtiésemos que la ciencia podrá darnos un casi ilimitado poderío sobre el mundo exterior, pero que era incapaz de resolver los problemas interiores del hombre. Por el contrario, parecería, y luego si tenemos ocasión po¬dremos dar fundamentos a esta afirmación, que el desarrollo técnico y científico de la humanidad hu¬biera acentuado el drama interior del hombre. Nunca como hoy el hombre sintió tanto la soledad; paradoja 'doble, porque está amontonado por millones en las grandes metrópolis (más bien habría que llamarlas megápolis). Cuanto más grandes son las ciudades, tanto más solo parece que se encuentra ese habitante desconocido: son como yuxtaposiciones de millones de soledades. Hoy se habla, y ya es un lugar común, de "incomunicación". ¡Qué curioso! Cuanto más grande es la comunicación electrónica, tanto más fácil es comunicarse de aquí a Nueva York por radio, por televisión o por lo que sea, tanto más difícil es la comunicación entre los seres humanos. El país más tecnificado del universo, Estados Unidos, es el país que tiene más neuróticos; el país de más alto nivel de vida en el mundo, que es Suecia, es el país que más alcoholistas y suicidas tiene. Éstas son pruebas a posteriori de la afirmación que hice antes. Parecería que el desarrollo técnico no sólo no trajo solución a los problemas espirituales del hombre, sino que agravó los que ya tenía y en buena medida la crisis de nuestro tiempo, que no es meramente una crisis social (lo es, claro, en grado sumo), es attemás, y profundamente, una crisis espiritual. Ya veremos qué tiene que decir sobre eso el existencia¬lismo, pero para seguir con el tema de la literatura en relación con la filosofía, debo decir esto: la filo¬sofía, a partir de la revolución industrial, sobre todo, se hizo una filosofía cada vez más abstracta; se com¬prende. La ciencia, cuyo paradigma es la física, tie¬ne dos grandes pilares y los son antihumanos. Uno es que le interesa solamente el objeto, que está fuera del hombre; la ciencia trata de conquistar el mundo objetivo, trata de ver cómo es el espacio y cómo es el tiempo, y qué leyes rigen el mundo de las cosas: ley de gravedad, etc. Esas leyes rigen el mundo de las cosas, de lo que es externo al ser humano. El primer pilar es la objetividad; el segundo pilar es la racionalidad. Solamente se puede hacer ciencia de lo racional. Eso ya lo sabía Aristóteles y toda la ciencia lo ha confirmado luego y el hombre, el ser humano, tiene vastos enigmas de su ser; los más im¬portantes son los sentimientos, las emociones, las pasiones, el sentido de la belleza, el sentido de la justicia, el amor por los hijos, que no tienen nada que ver con la razón. El ámbito más importante del ser humano es el de los sentimientos y las emociones, que es rigurosamente irreductible a la razón pura; por lo tanto, quedaba fuera de este orden científico poderoso y arrogante, que pretendía resolver todos los problemas del hombre. Tanto por la racionalidad como por la objetividad, el hombre concreto de car¬ne y hueso, el pobrecito individuo de la calle fue que¬dándose cada vez más solo, en ciudades paradójica¬mente cada vez más apelmazadas y amontonadas. De modo que una de las grandes paradojas de esta dialéctica histórica ha sido que, en la medida en que el hombre conquistó el mundo, se perdió a sí mismo. En la medida en que conquistó el mundo de las cosas, el hombre fue cosificado. Y ahora nos encontramos con que el hombre es cosificado, es un ser humano que está al borde del manicomio; se puede decir, sin exagerar, que toda nuestra civilización es una civili¬zación neurótica y estamos en este momento en plena crisis. Crisis no significa necesariamente catástrofe definitiva, sino enjuiciamiento. No se trata de echar la ciencia por la ventana, ni destruir las máquinas, se trata de saber qué lugar le corresponde; tenemos que reexaminar la situación. La filosofía se había hecho, se había convertido en una especie de siervo de la ciencia, y aspiraba, como la ciencia, a darnos un panorama objetivo y racional de toda la realidad, incluyendo la realidad del ser humano. Eso culmina con un gran genio que es Hegel. Que es algo así, para decirlo en términos sencillos, como si se preten¬diera reducir toda la vida, no solamente todo el cos¬mos, sino toda la existencia del hombre, a una especie de panlogismo, de lógica universal. Ya veremos cómo se reaccionó filosóficamente contra eso. La filosofía abandonó al hombre concreto, el hombre concreto no tenía lugar en la filosofía. ¿De qué se ocupaba la filosofía? El sujeto, el objeto, las categorías, cosas abstractas, conceptos puros tan alejados de las pasio¬nes, de los sentimientos, de las angustias de todos los días, que el hombre ya no tuvo ningún contacto humano con la filosofía. ¿En dónde se refugió este hombre occidental? En la literatura. No es casual que la novela sea un fenómeno occidental; más: es un fenómeno paralelo y correlativo al desarrollo in¬dustrial. La novela, tal como la tenemos hoy, como la concebimos hoy, es un fenómeno occidental y corre¬lativo de esta civilización técnica. Desde el Quijote hasta acá todo el desarrollo de la novelística es un fenómeno nuestro y es porque la novela le ha permi¬tido al hombre un alimento espiritual que le ha sido negado paulatinamente por una civilización cada vez más racionalizada, más abstracta y más técnica. To¬do lo que antes daba la mitología, todo lo que antes daba una concepción mágica de la existencia, ahora al pobre hombre se lo da: o sus sueños cotidianos, o esa especie de sueños colectivos que sueñan ciertos hombres condenados al efecto (porque son condena¬dos, evidentemente), que son los escritores. Ellos sueñan por los demás y esos sueños son útiles en un sentido muy profundo y muy misterioso; por algo se leen novelas, y así cuando Aristóteles decía que en la tragedia el público que asistía al teatro descarga¬ba sus pasiones y se purgaba espiritualmente en ese fenómeno que él llamó catarsis, así también es cierto que este hombre desamparado y solitario de este universo tecnolátrico encuentra en la novela ese mun¬do misterioso que le responde a necesidades muy profundas. Y entonces lo que pasó fue que la filoso¬fía, mediante el existencialismo, se acercó a la lite¬ratura. ¿Por qué se acercó a la literatura? Porque se acercó al hombre concreto. El existencialismo es una filosofía del hombre concreto, frente a la filo-sofía del hombre abstracto que era la filosofía que culminó con Hegel. La literatura siempre se ha ocu¬pado del hombre; no hay novelas de cosas, ni novelas de mesas, ni novelas de sillas, ni de edificios, ni siquiera hay novelas de animales. Podemos creer a veces que hay una novela de perro leyendo a Jack London; no hay tal cosa, el perro es un pretexto para hablar del hombre; es un pretexto para hablar, a través de este animal, de la condición humana. Todas las grandes novelas de nuestro tiempo son indagaciones de la condición humana. No hay que creer que Conrad es un escritor del mar como algunos piensan. Algunos creen que Conrad ha descrito mejor los tifones, por ejemplo. Seguramente lo ha hecho, pero los tifones son apenas un pretexto, desde luego muy costoso y poco confortable, para hablar del yo y de la condición humana. Un largo rodeo da el novelista para hablar de la única cosa que interesa de verdad al novelista, que es el miste¬rio de la condición humana. Así Malraux habla de la revolución china, Conrad habla de viajes por el extre¬mo Oriente o por el Caribe, Faulkner habla de los negros en el sur de los Estados Unidos, pero todos quieren un común denominador, todos están profunda y únicamente interesados en el destino del hombre. De modo que la novela siempre fue humana, siempre fue antropocéntrica. Fue la filosofía la que se había alejado del hombre. Y así se produjo, a mediados del siglo pasado y a impulsos del movimiento román¬tico, la vuelta al hombre. El movimiento romántico fue un movimiento en medio de la técnica y en me¬dio de la masificación, y en medio de esta especie de fetichismo que se había hecho del pensamiento abs¬tracto, fue un movimiento de vuelta a lo más pro¬fundo del yo. a lo más oscuro, a lo más enigmático del hombre. No es casual aue el romanticismo empe¬zara a poner sobre el tapete los sueños, el mundo de los sueños, ese mundo misterioso aue forma la mitad de la vida cotidiana, si vamos a medirlo en horas: ñero tal vez la parte más importante de la vida del hombre. Allí, mediante ese proceso siempre miste¬rioso del sueño y cuando se aleja de las costas donde impera la sensatez y la razón de la vida cotidiana, ingresa en un mundo oscuro donde se encuentra con los fantasmas proyectados nor sus propias ansieda-des y nasiones. Y es probable —todas las civilizacio¬nes primitivas lo saben y nosotros estamos de nuevo intentando saberlo— aue allí estén los más profun¬dos secretos de la existencia. La novelística, la lite¬ratura de ficción en general, tiene lugar en ese ám¬bito oscuro en que se forman los sueños. El novelista escribe una novela de modo muy parecido a lo que hace un hombre común cuando se duerme. Los per¬sonajes son como emanaciones del propio yo del escritor; a veces son fantasmas terribles que se le oponen sangrientamente, lo mismo que nos pasa con ciertos fantasmas del sueño. La filosofía, al volver al hombre con el existencialismo, se hizo una filoso¬fía que podemos llamar nocturna; el existencialismo es una filosofía de la noche, así como el racionalis¬mo es una filosofía del día. Esta es la relación que tiene el existencialismo con la literatura. Es cierto que la literatura contemporánea, la de hoy, a partir de Dostoievsky, es más voluntaria y conscientemente existencial que la anterior. Pero eso era antes que el movimiento existencialista tomara forma y sobre to¬do se hiciera vigente hasta una manera de moda. Ya la literatura de Dostoievsky es profundamente existencialista y así también lo es la literatura de Kafka, y también la literatura de Faulkner, y no hay ninguna gran literatura de nuestro tiempo que no sea, de este modo, una literatura existencial. — (Público.) ¿Cómo se concilia que grandes existen-cialistas, como por ejemplo Sartre, hagan profesión de comunismo, que es una filosofía basada en el crudo racionalismo de Hegel? —Este tema nos va a llevar muy lejos, pero voy a intentar dar, al menos, el esquema que yo personal¬mente tengo. En primer lugar es cierto que Marx es un discípulo de Hegel pero no es un filósofo que diga exactamente lo que dice Hegel. Ni Marx, ni Kierkegaard, contemporáneos y discípulos de Hegel, son hegelianos en el sentido estricto. Son discípulos, pero se apartaron de él. Y debe decirse que tanto por el lado de Marx, como por el lado de Kierkegaard, lo que podemos llamar la izquierda y la derecha he-geliana, hubo una reacción contra el maestro. Hegel es un hiper-racionalista, un gran genio y, probable¬mente, la culminación de toda la filosofía occidental. Pero estos dos discípulos insignes, cada uno por su lado, se rebelan contra el maestro, con sus propias armas incluso, sobre todo en el caso de Marx que es mucho más hegeliano que Kierkegaard (Kierke¬gaard también habla de dialéctica, pero la dialéctica de Kierkegaard es una dialéctica de tipo existencial, dramática y patética, en cambio Marx es más pro-fundamente fiel al racionalismo hegeliano). Marx es un hombre desgarrado por dos fuerzas opuestas; por un lado es un gran romántico (no es obvio re¬cordar que Marx adoraba y- recitaba a Shakespeare de memoria, y a poetas que él consideraba burgueses como Goethe). Pero por otro lado era un gran racio¬nalista ; en eso usted tiene razón. Admiraba mucho . la ciencia, tanto que fundó lo que él llamó el socia¬lismo científico; a tal punto el fetichismo de la cien¬cia era fuerte en aquella época. Tanto Marx como Kierkegaard se rebelan contra Hegel para defender al hombre concreto. Kierkegaard defiende al hombre concreto sobre la base de un pensamiento religioso. Defiende al yo como un ente divino que dialoga con Dios. Marx, en cambio, considera al hombre como un producto de la sociedad y en lugar de hablar de un hombre abstracto como se hablaba antes en el racionalismo abstracto de Hegel, considera que el hombre —y en eso tiene razón— vive en una socie¬dad y en buena medida es resultado de su forma de vivir. Su conciencia, como dice él, es una "conciencia social". El bornbre vive en sociedad y los pensamien¬tos que tiene, y los sentimientos que tiene en buena medida pertenecen a la sociedad. Sea como sea, hay en él una especie de contradicción en la base: su racionalismo, su amor por la razón y su admiración por la ciencia, lo llevan a seguir el camino trazado por toda la filosofía racionalista; por otro lado, su concepto del hombre, como hombre unido a la socie¬dad, concretamente unido a la sociedad, es en buena medida emparentado con el existencialismo. Por eso el caso de Sartre no es del todo sorpresivo: está in¬tentando, de alguna manera, conciliar el existencia¬lismo con el marxismo. Cómo lo hace, nos llevaría demasiado lejos para esta pequeña conferencia de divulgación, que yo más bien querría que se dedicase a los problemas más sencillos. Pero con esto queda dicho, de todos modos, que no es disparatada la ten¬tativa. Sobre Sartre habría mucho que hablar. Pien¬so, en primer lugar, que es un hombre profundamente honrado; muy a menudo uno está en desacuerdo con él, pero siempre ha sido honrado. Fue atacado por los comunistas hace muchos años cuando defendió la rebelión húngara, fue atacado por los anticomunistas porque defiende a los pueblos miserables. Es un hom¬bre muy honrado, intelectualmente de un gran coraje; eso me merece siempre un gran respecto. Pero hay, a mi juicio, una antinomia entre su existencialismo y su racionalismo. —(Público.) Señor Sábato, usted ha hablado de una dualidad dentro de Sartre que, a mi modo de ver, yo la ubicaría con Crítica de la razón dialéctica, que vendría a ser su racionalismo, o sea su sentido de la razón, y sus novelas vendrían a ser la otra parte. —Exactamente, usted ha dicho exactamente lo que yo pienso; Sartre es un novelista y no es casual que haya renegado últimamente de sus novelas. El ha dicho: "Mientras haya un solo niño en el mundo que se muera de hambre, no tiene sentido que yo haya escrito una novela como La náusea". Creo que no hay ninguna persona de bien, ninguna persona generosa que pueda ver la muerte por hambre de un niño en cualquier parte del mundo; todos estamos de acuerdo. Pero sostener que no se deba escribir una novela porque de esa manera no se salva del hambre a un niño, si no fuera un hombre de la honradez intelec¬tual de Sartre, diría yo que eso es demagógico. Por¬que con ese criterio no solamente no habría que escri¬bir La náusea: ninguna novela salva a ningún niño del hambre; toda la literatura novelística, toda la poesía, toda la música y al arte en general habría que suprimirlos. ¿De qué manera puede salvar del hambre a un niño la música de Bach? Hay una profunda contradicción en el pensamiento de Sartre, cosa muy extraordinaria, tratándose de un hombre de la lucidez y del talento de él. Yo lo atribuyo, no a falta de talento, sino a un sentimiento de culpa. Por un lado es un endemoniado, como lo prueban sus novelas. Y cuanto más endemoniado es, tanto más culpable se siente, porque es un hombre deseoso de servir a la comunidad. Le pasa un poco lo que le pasó a Tolstoi en el siglo pasado. Tolstoi escribió un libro que se llamaba ¿Qué es el arte?, a los 80 años creo; es un libro moralizador, donde práctica¬mente detesta al arte entero, desde Baudelaire hasta la literatura prácticamente en general; sin embargo, al mismo tiempo escribió uno de los relatos más en¬demoniados Memoria de un loco, que, para colmo, es un relato autobiográfico. Todo el lado negativo, el lado tenebroso de Tolstoi se revela en su literatura. El caso de Tolstoi no es el caso de Sartre, porque Tolstoi moraliza hipócritamente, ya que al mismo tiempo que escribía ¿Qué es el arte? estaba escri¬biendo una novela que era el más absoluto mentís a su moral en la literatura. En el caso de Sartre creo que es un sentimiento de culpa; quiere ser útil a la comunidad. En La náusea hay un personaje que se llama el Autodidacto; el personaje central se ríe despiadadamente de el Autodidacto. ¿Y qué es el Autodidacto al fin de cuenta? Es un hombre que quiere alfabetizarse, es lo que diríamos un "progre¬sista" y Sartre se ríe despiadamente de ese perso¬naje, hace una sátira muy cruel y muy dura. El se siente culpable, este feroz individualista entonces siente la necesidad de ser colectivista, este hombre endemoniado siente la necesidad de negar su arte y afirmar el sentimiento de comunidad. Dice que la vida es un infierno en sus novelas, lo que no es total-mente cierto; porque si fuera exactamente un infier¬no estaríamos todos muertos ya, nadie soporta el infierno puro, pudiendo ser suprimido por el suici¬dio, y nadie se suicida por muy pocas excepciones; esta visión sombría de Sartre no es totalmente justa; es representativa de su propio concepto del mundo. Habría que examinar por qué se forma en el hombre Sartre este concepto negro de la existencia. Y por qué este concepto negro lo lleva, precisamente, a un movimiento comunitario. Perdón, antes de seguir adelante quisiera que no se circunscribieran. Porque parece que vamos a refe¬rirnos a Sartre en toda la conferencia, y yo quisiera que de ese tema saltemos a otros aspectos del exis¬tencialismo. Quisiera que más bien nos refiramos al tema de la literatura en forma más vasta, menos exclusiva. Porque la figura de Sartre es tan impor¬tante que nos llevaría todo'el tiempo % temo que los demás asistentes se queden luego sin respuesta a sus otras preguntas. —(Público.) A su modo de ver, ya que está escri¬biendo un libro sobre ese tema, ¿cuál es el Sartre más verdadero, el de Crítica de la razón dialéctica o el platónico? —Le vuelvo a repetir que si empezamos con ese tema vamos a tener que hablar una hora. Luego se la con¬testo a usted. —(Público.) ¿En la Argentina cuáles han sido los textos de los últimos años sobre el existencialismo? —Este es un tema que me interesa, y me alegro que me lo haya formulado como pregunta. Al comienzo de este siglo había una especie de entusiasmo por el país que culminó hacia el año veintitantos; todo lo nuestro nos parecía estupendo y se formó un fácil nacionalismo a partir de una serie de mitos que re¬sistían muy poco el examen. Luego vino la crisis del 30 y se ha formado una especie de mitología al revés; ahora resulta que a los argentinos nada de lo que se hace acá les parece bueno. Muchos no han salido nunca de las fronteras del país y hablan con una seguridad absoluta de que éste es el país donde peor se vive, donde menos se lee, donde más baches hay en las ciudades, y todo por el estilo. Precisamente hoy acá en Olivetti, estuve hablando con el doctor Renzo Zorzi de Milan en el almuerzo y me decía —no sé si era exacto, pero supongo que debe estar bastante cerca de la verdad— que de todas las fábri¬cas de Olivetti en el mundo, la argentina era la que tenía más alto índice de productividad. No sé si será la más alta, pero será una de las más altas. Se dice, por ejemplo, que acá la gente no quiere trabajar, una de las tantas pavadas que uno oye todos los días. Yo quisiera que para que vean miseria salieran un poquito de la frontera del país, cruzaran La Quiaca, por ejemplo, o fueran de Posadas a Encarnación en Paraguay, o pasaran aquí y vieran cómo vive un minero chileno, que gana por día lo que cuesta un whisky en un café central de Santiago de Chile, y con lo cual tiene que mantener a 7 u 8 criaturas en una villa miseria. Nuestro país está atravesando una crisis de crecimiento y, naturalmente, está todo sien-do enjuiciado, pero a veces con una especie de his¬teria. No voy a hablar en general del país; no es mi tema y no me considero persona autorizada para eso. Pero sí creo conocer algo del problema vinculado con el pensamiento y con la literatura. Se cree habitual-mente que nuestros escritores van a la zaga de lo que se produce en Europa. Allí se produce un gritito como el del objetivismo y entonces todos los escri¬tores en el mundo entero, particularmente la Argen¬tina, tienen que hacer objetivismo. Esto es falso, tan falso que yo les pediría a ustedes que me nombren una sola novela objetivista en la Argentina; no hay una sola, lo que prueba que este movimiento pari¬siense no ha tenido ninguna repercusión en la Argen¬tina; más todavía, el objetivismo ha sido refutado para siempre y vigorosamente desde la Argentina, cofn argumentos filosóficos muy sólidos, en ensayos no solamente publicados acá sino en Francia. Hace rato que la Argentina ha asumido la mayoría de edad intelectual. Tenemos hoy una literatura, como tene¬mos una pintura, de rango mundial. Pero no una literatura o una pintura que pueda ir honorablemente a coderse con la europea: tenemos una pintura y una literatura que está marcando rumbos en el mundo. Si hubiéramos tenido la suerte de tener atrás, como los escritores norteamericanos de la primera posgue¬rra, un país de 200 millones de habitantes y unos cuantos acorazados, y el imperialismo más poderoso del mundo, nuestros escritores hoy estarían marcan¬do rumbos en todas partes. Lamentablemente per-tenecemos a un país no "subdesarrollado", pero sí un país que está en la punta de un continente, lejos de todos los grandes centros que marcan las modas; y entonces la fuerza intrínseca, los valores auténticos de nuestra literatura y de nuestra pintura tienen que luchar más o menos en la forma en que un indi¬viduo colocado en el fondo de un valle tiene que luchar para tomar una posición en la cumbre de una mon¬taña defendida, además, por casamatas. Cwando un argentino triunfa en Europa es realmente un triunfo casi sobrenatural. Tiene que tener algo así como un millón de veces más fuerza que sus contendientes europeos. El hecho de que algunos argentinos hayan triunfado en Europa da una medida del poder de nuestra pintura y nuestra literatura. ¿Qué influencia ha tenido el existencialismo en nues¬tra literatura? Debo responder lo siguiente. En pri¬mer lugar, el existencialismo fue un movimiento periférico de Europa. Observen ustedes: el raciona¬lismo y la técnica y el pensamiento abstracto se for¬mó sobre todo en los países más civilizados de Euro¬pa y particularmente en Francia; piensen en la época de Descartes, por ejemplo. El superracionalismo francés que dominó hasta el siglo XVII y que es el arquetipo de lo que estoy yo ahora discutiendo, for¬mó lo que podemos llamar el epicentro de la cultura racionalista europea. Esta cultura racionalista que culmina con la Ilustración rechazó todo lo que no fuera racional, todo lo que fuera oscuro; rechazó los sentimientos y las emociones; aceptó solamente lo que era claro y distinto. El existencialismo, como ya expliqué, es una reacción del yo emocional contra esta especie de mecanismo abstracto que quería reem¬plazar al hombre concreto. ¿De dónde partió esta reacción? Esta reacción partió de los países perifé¬ricos, de los países "bárbaros", para emplear la pa¬labra en el sentido clásico y noble de la palabra. Fíjense: Kierkegaard era danés, de un país, como se diría ahora, subdesarrollado; Dostoievsky, ruso, de un país que, seguramente, no tenía acero para autoabastecerse. (De paso, y para que vean qué tri¬viales son esas relaciones que suelen establecer algu¬nos sociólogos de moda, que afirman que hay una relación directa entre el desarrollo industrial y las superestructuras, entre la literatura y el acero, un país como Rusia que en 1850 era un país bastante bárbaro, de analfabetos y, desde luego, que no se autoabasteeía ni en petróleo ni en acero, produjo la novelística más grande del siglo pasado, y quizá de todos los siglos. Vean qué trivial es esa directa relación; Marx nunca hubiera sostenido semejante tontería (que sostienen algunos de sus discípulos). Volviendo a lo que decía: eran hombres de países periféricos: Kierkegaard, de Dinamarca; Dostoievs¬ky, de Rusia; Ibsen, que hizo teatro existencialista, de Noruega; también debemos decir que, en cierto modo, Unamuno es un existencialista y pertenece también a la periferia europea; los románticos ale¬manes pertenecen a un país que, a comienzos del siglo pasado, era todavía técnicamente atrasado. Es¬tos pensadores y estos escritores que forman la peri¬feria de la Europa culta y racionalista son, precisa¬mente, los que inician la gran rebelión existencial. ¿Debe sorprender que nosotros, que somos periferia a la segunda potencia, seamos existencialistas natos? El movimiento romántico fue como el existencialis¬mo; son primos hermanos; el romanticismo es un movimiento que prendió en toda Latinoamérica, co¬mo prendió en Alemania precisamente porque eran países periféricos, que habían guardado el tesoro de la vida irracional, países donde todavía se creía en valores emocionales, que por no estar tan tecnif icados y por no vivir bajo tan extremado fetichismo cien¬tífico pudieron salvaguardar este tesoro del hombre concreto; este tesoro que ahora ha servido para que el propio epicentro de Europa y el propio París se alimenten. Porque hay que decir la verdad, yo a Sartre le tengo un profundo respeto, pero debo decir que me irrita bastante que los franceses hayan difun¬dido el existencialismo, cuando son los que menos derecho en el mundo tienen a difundirlo. Cuando son el furgón de cola del existencialismo. Usted me pre¬gunta qué influencia tuvo el existencialismo en la Argentina. Le voy a decir algo sorprendente: en 1936, varios años antes que Sartre descubriera el existencialismo, el profesor Carlos Astrada en la Argentina publicó un libro que se llama Existencia¬lismo y fenomenología; además de ser discípulo di¬recto de Heidegger. Y debemos decir que en las universidades argentinas había hacia esa época un sentimiento, una concepción infinitamente más cer¬cana a todos los movimientos de tipo existencial que en Francia. Aparte de que acá se leía a Hegel, aun¬que fuera en traducciones italianas, y en Francia prácticamente no se leía. Francia descubrió el exis¬tencialismo con la segunda guerra mundial; necesitó dos guerras, por lo menos, para descubrirlo. Así como descubrió la literatura de Dostoievsky y la lite¬ratura de Kafka. Nosotros en Buenos Aires, en 1942, dábamos "Bertold Brecht" cuando en Francia era prácticamente desconocido. Acá se ha descubier¬to a Bergman, que es también un existencialista; fue descubierto y consagrado en la Argentina mucho an¬tes que en Europa. Esto indica que la Argentina hace rato que ha dejado de ser un sirviente o un discípulo de la cultura europea. Sin arrogancia pero con toda firmeza, debemos decir que hoy nosotros estamos en condiciones de llevar literatura a Francia, a Italia o a Alemania. . . —(Público.) ¿Cuáles son las ideas filosóficas que hay en sus novelas, señor Sábato? —Mis novelas son dos (las publicadas, por lo me¬nos) : El túnel y Héroes y tumbas. Soy bastante ha¬ragán, pues en trece años solamente publiqué dos novelas. Parte por haraganería, parte porque a veces pienso que no vale la pena; lo cierto es que hasta ahora puedo exponer estas dos novelas. Hay una diferencia entre la filosofía y la novelística que voy a tratar de explicar. En toda novela hay hombres, como ya dije, y los hombres, mal o bien, piensan; si los seres humanos que hay en una novela son ver¬daderos, de carne y hueso, con pasiones y sentimien¬tos con ideas, tienen que pensar, y hablan, hablan con ideas, malas o buenas, pequeñas, y hablan, ha¬blan con ideas; incluso puede haber en juego ideas filosóficas. Pero, ¿cuál es entonces la diferencia entre una novela y un tratado de filosofía? La diferencia sería más o menos ésta: la diferencia que puede ha¬ber entre la vida de Sartre, entre la vida carnal, con¬creta, personal, de Jean-Paul Sartre -—si tuviera que narrar una novela en donde él fuera el personaje cen¬tral— y el tratado de la Crítica de la razón dialéctica. Esa es la diferencia que hay entre la filosofía y la no-velística. La diferencia que puede haber entre el señor Emmanuel Kant, personaje de una novela que tiene a Kant como personaje central, con sus manías, con sus sentimientos, con sus envidias, con sus resenti¬mientos, sus pasiones —dicen que cuando pasaba a caballo por la ciudad en donde enseñaba, la gente arreglaba el reloj, acto abominable— y la Crítica de la razón pura. Es decir, la diferencia consiste en lo siguiente: en las novelas (piensen ustedes en las grandes novelas, piensen por ejemplo en El proceso, piensen en el Quijote, piensen la misma La náusea hay lo que podemos llamar una "visión del mundo", una visión de la existencia; y hay, en cierto modo, una especie de sentido secreto, de símbolo, de expre¬sión poética de esa situación del hombre en el mun-do. Una gran nóvela no es meramente una descrip¬ción de costumbres, una cosa pintoresca o divertida, o una simple narración de episodios. Esa es la dife¬rencia que hay entre un narrador y un gran nove¬lista. El narrador narra cosas y puede narrarlas muy bien y puede gustarnos mucho. Pero yo estoy hablando de las novelas que intuimos encierran algo trascendental. Si leemos' por ejemplo El proceso, pue¬de ser que no entendamos nada; pero intuimos que Kafka ha tratado, ha lanzado algo así como un men¬saje en código, una especie de mensaje críptico, senti¬mos que está dando una especie de poema metafisico de la condición del hombre. Tiene muchas interpre-taciones, desde luego, desde ciertos marxistas que lo han interpretado como la obra de un judío de la Eu¬ropa central, en la época del supercapitalismo, hasta intérpretes o exégetas que lo consideran como una obra teológica. Esta multiplicidad de interpretacio¬nes también mide la riqueza de la obra. Las grandes obras son como esas tiendas que tienen varios pisos y en donde se puede comprar desde un pañuelo hasta un traje, pasando por libros. Depende del momento, depende de nuestra experiencia humana: en esa no¬vela vamos a ir encontrando diversas cosas. Cuando yo era muchacho leí Crimen y castigo como una no¬vela policial; 10 años después me di cuenta de que era una novela terrible y, finalmente, ahora me doy cuenta de que es una novela que describe el drama del Bien y del Mal. Todo eso es cierto; es una novela policial, es una novela metafísica y hay descripción de costumbres; pero es evidente que Dostoievsky da en sus novelas una visión del mundo. Pero esta visión del mundo es algo más y algo menos que la visión que da un filósofo. La visión que da un filósofo es abstracta; está hecha con ideas puras, está hecha con puros conceptos. No hay muertes en un tratado de filosofía; se habla de la muerte, .que no es lo mis¬mo. La diferencia que hay entre un tratado de ética, donde se discute el Bien y el Mal, y Crimen y castigo es la siguiente: en Crimen y castigo se discute el problema del mal, pero no es una discusión abstracta, con conceptos puros; no, el problema se debate en un ámbito carnal y apasionado; es un muchacho que con un fierro en la mano se dispone a matar a una vieja usurera. Es decir, el problema del Bien y del Mal se plantea en forma concreta, a través de la pasión y de la ansiedad concreta de un ser humano, en San Petersburgo, en el año tal. Y en ese hombre concreto el problema del Bien y del Mal alcanza toda la resonancia y toda la riqueza que verdaderamente tienen los seres humanos. Esta es la diferencia que hay entre una posición existencial y una posición racioanlista. Por eso la verdadera actitud existencia-lista no se puede dar en un tratado de filosofía, por¬que en el fondo todo tratado de filosofía se hace con razones, con conceptos. Es una contradicción básica, hacer con razones una demostración de que la razón no sirve. Eso es, más o menos. La verdadera actitud, la actitud consecuente de un existencialista es la de escribir novelas. Por eso Sartre hizo muy bien en escribir novelas; allí es donde realmente él fue consecuente con su filosofía. Cuando él escribe tratados, no puede dejar de ser un racionalista. La diferencia, pues, entre una novela y un tratado de filosofía es que la visión concreta, a través de seres humanos, nos da el drama completo de la existencia, y las ideas que habitualmente son ideas que trata el filósofo (muerte, vida, verdad, error, justicia, injusticia, bien, mal, belleza, fealdad), en el escritor se dan en forma concreta. Me dirán enton¬ces ustedes: ¿qué diferencia hay entre un escritor y la vida común? De acuerdo con eso, la vida común tendría que darnos también una visión del mundo. Ahí está la diferencia. El escritor que escribe una novela intenta dar entre límites, en un volumen de¬finido, finito, limitado, una realidad que en el fondo es infinita; un intento bastante descabellado. Pero es algo así como un experimento filosófico. A través de un drama concreto, por ejemplo: el muchacho que va a matar a una usurera, poniendo a ese muchacho en condiciones límites, en condiciones últimas, que son las más favorables para ver la condición huma¬na (como hacen en las fábricas de autos, que cuando producen un nuevo prototipo se lo dan al probador, que lo hace pasar a través de círculos de fuego y golpes inusuales, que en la vida corriente no va a sufrir, pero que sirven para poner a prueba la resis¬tencia y la estructura de sus materiales), los nove¬listas en las novelas ponen a prueba la condición del hombre y revelan, mediante el examen de estas con¬diciones límites, problemas que en el fondo están en germen en todos los seres humanos. Por algo todos leemos esas novelas, a pesar de que no somos ni locos encerrados en manicomios, ni criminales encerrados en la cárcel. Ustedes me dirán que hasta ahora estoy hablando en general y rehuyendo, por lo tanto, la autocrítica. Ahora voy a ir a lo particular. Todo escritor, pequeño o grande, tiene algo que decir en ese sentido, tiene una visión del mundo (todo hom¬bre tiene una visión del mundo; lo que pasa es que el escritor se explícita de eso, se pone en palabras). Muy a menudo se cree que los problemas filosóficos son cosas de gabinete y de grandes pensadores; los problemas filosóficos son cosas del hombre de todos los días. Tómese el vigilante de la esquina, a quien se le ha muerto un chico injustamente, por ejemplo; háblese diez minutos con él y escárbeselo un poco, y aparecen los grandes dilemas metafísicos del hom¬bre: ¿Para qué vivimos? ¿Cuál es el sentido de la existencia? ¿Hay justicia? ¿Existe Dios? Esos son los grandes problemas metafísicos. Como decía Nietz-che, la metafísica está en la. calle. Todos tenemos que decir algo sobre eso, y, naturalmente, los hom¬bres grandes tienen cosas más grandes que decir. Los escritores se ven obligados a poner eso sobre el papel, y por eso adquieren esa especie de exposición pública que de alguna manera los distingue de los otros, pero no porque los otros no tengan en potencia esos mismos problemas; la prueba es que lo leen. La obra literaria no termina con la escritura; la obra litera¬ría es un total del que apenas la mitad es la escritu¬ra, pero la otra mitad es la lectura. Y cada lector vuelve a rehacer esa novela y la vuelve a entender y a sentir de acuerdo con sus limitaciones y proble-mas personales. Por eso decía que cada uno de nos¬otros, al leer una gran novela, la lee de diversa manera, según la edad. Cada edad descubre un es¬critor nuevo y, sin embargo, en el mismo escritor que habíamos leído antes: como cada época en la humanidad vuelve a descubrir los escritores que hu¬biese olvidado o juzgado mal. Los románticos ale¬manes descubrieron a Shakespeare porque fue una época propicia para descubrir lo que tenía de impor¬tante. De manera que todos tenemos algo que decir. En esas dos novelas, si usted me pregunta qué he querido decir debería responder como San Agustín respecto al tiempo: "Si me preguntan qué es el tiem¬po, no lo sé; si no me lo preguntan, lo sé". Yo sé para adentro qué he querido decir en esas novelas. Si usted me lo pregunta, ya la cosa es más difícil. Le voy a dar una respuesta que parece una broma, pero que es profundamente verdadera. Si yo le pu¬diera explicar en pocas palabras, o con otras pala¬bras, lo que está escrito en esas novelas, le diré que esas novelas no demuestran nada; las novelas mues¬tran. Esa es otra diferencia entre la ciencia y el arte: el arte no demuestra, el arte muestra. En cam¬bio, la geometría demuestra. También el filósofo demuestra. El escritor que escribe novelas, aunque su visión del mundo sea profundamente filosófica, no demuestra, sino que muestra una visión de la exis¬tencia. ¿Cuál es esa visión? Les diré que va cam¬biando a través de los años. Uno no es la misma persona de hace diez años. ¡ Qué digo!: después de dar esta conferencia seré una persona distinta; por muchos motivos, aparte de haber vivido una hora más, o de estar una hora más cerca de la muerte, que es el único acontecimiento serio del que se puede hablar. Pero además porque el contacto y el diálogo es el comercio que nos va enriqueciendo cada día y cada hora. Este contacto, este diálogo me hace a mí un ser diferente de lo que era hace diez minutos. Hay veces que los reproches, incluso, y sobre todo los reproches de la gente que quiero, me han hecho ver más ciertas cosas que el aplauso Por ejemplo, la visión del personaje de El túnel es totalmente ne¬gra. Durante 10 ó 15 años tuve que sufrir muchos reproches por esa negrura de gente que yo quiero mucho y a quien escucho mucho, y no por hacerles caso a ellos y por portarme bien, sino porque esos reproches son el diálogo, me fueron mostrando que el mundo es distinto al que yo podía imaginar hace veinte años. Por ejemplo, he pensado en estos últi¬mos años que es muy sorprendente que en los cam-pos de concentración casi nadie se suicidase, lo que muestra que la esperanza en los seres humanos es más fuerte que la desesperanza. Esa es una de las cosas que aprendí, una pequeñísima cosa, pero para mí muy importante. Uno aprende asi pequeñas co¬sas a lo largo de la vida. Lástima que el oficio de vivir es tan complicado que cuando uno comienza a aprenderlo hay que morirse. Yo creo que, tal como van las cosas, uno necesitaría como 5.000 años para aprender más o menos el oficio de vivir; mientras tanto, uno se arregla como puede y uno escribe nove¬las para aprender el oficio de escribir novelas y de vivir. Para mí la literatura no es una cosa separada de la vida: es mi expresión vital. Lo que yo escribo es mi manera de vivir. Entre un hombre de la calle, un zapatero o un camionero casi analfabeto, pero con un sentido profundo de la existencia y de la espe¬ranza, por ejemplo, y un intelectual desposeído de sus valores, yo me quedo con el analfabeto; de eso no tengo ninguna duda. Sí, yo no le doy ningún valor exagerado al puro intelecto y al puro alfabetismo; para mí los valores humanos son mucho más impor¬tantes. La novela tiene ventaja sobre la filosofía, que no opera con palabras abstractas ni con grandes conceptos, sino con vida. Y por eso a mí la vida con¬creta de estos hombres que vienen apelmazados hasta Merlo me interesa. Y escribir novelas me ayuda a comprender a la gente y, por lo tanto, comprenderme a mí mismo. Todos sabemos que comprenderse uno mismo es lo último, lo más difícil. Es raro, pero los chicos empiezan preguntando qué es la luna, y para preguntarse qué es el yo hay que vivir por lo menos cuarenta años. Los filósofos presocráticos pregunta¬ban sobre la naturaleza del cosmos, sobre el fuego y sobre el aire; tuvieron que pasar varios siglos, hasta Sócrates, para preguntarse sobre sí mismos. El conocimiento de sí mismo pasa por el universo entero. Aprendemos a conocer el país viajando; el único mérito que tienen los viajes. Y así en este periplo largo, complicado y difícil que es vivir, algu¬nos aprender a vivir más fácilmente que otros. A mí me es muy difícil y, realmente, sin escribir esas novelas creo que estaría bastante atrasado todavía. En estas novelas hay sentimiento, hay drama, hay pasiones, y a través de esos sentimientos y dramas el escritor tiene una gran ventaja sobre el filósofo. Un filósofo se ve obligado a pensar coherentemente, tiene que salir de esta verdad y después de una ca¬dena de silogismos impecables, y guay de que no sean impecables, tiene que llegar a ciertas conclusiones, conclusiones que, por otra parte, casi nadie com¬parte. (La prueba es que la historia de la filosofía es la historia de la renegación de todos los sistemas filosóficos.) Las novelas no. Podemos estar en des¬acuerdo con lo que pensaba Aristóteles, pero siempre nos gustará el relato que hace Homero de Ulises y de Circe. Eso no envejece nunca. Los sistemas filo-sóficos envejecen. Es el otro mérito del arte. El arte es una indagación del corazón humano, pero que, por decirlo así, alcanza la eternidad. Puede variar la forma de tomarlo en cada época, pero es evidente que alcanza el absoluto, cosa que no alcanza el pen¬samiento puro. Este es un indicio más de que éste es el camino de la verdad y no la razón pura. De modo que, como decía, el escritor tiene una serie de ventajas sobre el filósofo. Nosotros no tenemos por qué ser coherentes en el sentido lógico de la palabra; este personaje está a favor del alfabetismo y repre¬senta buena parte de lo que yo siento, si yo creo que es bueno el alfabetismo. A veces no. Entonces pongo a este personaje que piensa que el alfabetismo es una idiotez. ¿Dónde está el autor? Como decía Ibsen, "todos los personajes han salido de mi corazón". ¿Alguno de ustedes tiene el coraje de decir que es coherente en sus ideas vitales? ¿Alguno de ustedes tiene el coraje de decir que cree, lisa y llana y cohe¬rentemente, en la democracia, en la paz, en el alfa¬betismo? Todos somos contradictorios, y cuando no somos contradictorios de día lo somos de noche; ya nos encargamos de noche de asesinar a alguien, aun¬que de día seamos honorables. Porque al fin de cuentas, y seamos francos (y la literatura es un in¬tento de franqueza total), ¿quién no ha tenido ganas alguna vez de matar a alguien, a la suegra, al jefe de personal, ya que estamos en la fábrica? En lo que a mí se refiere, y en lo que se refiere a la mayor parte de los escritores (casi todos los escritores son criminales en potencia), las únicas novelas que he escrito son novelas criminales, y la otra a la que estoy dando vueltas desde hace algunos años, es una novela también criminal. Persona quiere decir más¬cara, los personajes son máscaras; cuando éramos chicos todavía había gente que andaba enmascarada y decía grandes verdades, pues ya se sabe que para decir ciertas cosas hay que ponerse una máscara. El escritor lanza sus enmascarados en esta especie de carnaval trágico y dice sus verdades, que casi siem¬pre son verdades bastantes terribles, y de ahí, en esta especie de paradoja existencial, hace un gran bien a la humanidad; por eso, quizá'oscuramente, la socie¬dad se inclina a premiarlos, descarga a todos y cada uno de nosotros de nuestros instintos criminales. De alguna manera hay que descargarlos. Esta civiliza¬ción expulsó a los fantasmas y a los mitos por la puerta; tuvieron que entrar por la ventana. Todos tenemos necesidad de enmascararnos; yo no sé qué le pasa a los demás. Como yo produzco esta clase de industria, no tengo bien la noción de lo que le pasa al lector; pero me doy cuenta en cuanto a consumi¬dor con la televisión; a mí me hace mucho bien, a mí me hace mucho bien ver esas series policiales donde se maltrata a la gente; después de ver una serie o dos donde se patea a un individuo en el suelo, todos nos sentimos bastante bien, y en general po¬demos ser buenos ciudadanos el resto de la semana. Tal vez esto les parezca un hecho bastante bárbaro, pero creo que es verdad; esto es, en un sentido mo-desto, electrónico y semanal, lo que Aristóteles llama¬ba la catarsis. En cuanto a la filosofía de mis novelas, y para terminar, sí les voy a decir algo. Creo que entre Sobre héroes y tumbas y El túnel hay una dife¬rencia. Yo tenía trece años más, y había aprendido, a fuerza de dialogar y de sentir reproches, que efec¬tivamente en la vida, que es bastante infernal, pero maravillosa (tanto que en lo que a mí se refiere me tendrán que arrastrar a la muerte con el auxilio de la fuerza pública), hay cosas muy importantes que nos incitan a vivirla. Yo intenté, no sé si bien, pero intenté dar esa filosofía existencial en el personaje central de Sobre héroes y tumbas. Un chico a quien le pasan todas las calamidades y que está al borde del suicidio; en la última parte no se suicida, y no se suicida porque él siente oscuramente que si lo hace falla a dos o tres personas que han sido comprensivas y generosas con él; uno es un pobre tipo, medio anal¬fabeto, que vive en un rincón de Buenos Aires, un fanático del fútbol que se llama Humberto J. Arcán-gelo, quien una vez le dio de comer; el otro es una sirvientita también analfabeta, que tiene muchos más motivos que él para sentirse desamparada, y que vive y que lo alienta. Entonces recuerda algunas palabras de otro personaje, que le dijo lo siguiente: "Una guerra puede ser una inmundicia, puede ser una gue¬rra por la conquista de mercados. Pero sí estoy en esa guerra, incluso contra mi voluntad, y pertenezco a un pelotón donde están mis camaradas, a uno de los cuales yo quiero, y que me han defendido en mo¬mentos de peligro, estoy montando guardia y los abandono con el cuento de que esa guerra es una porquería, yo soy un canalla". Es decir, la guerra podrá ser relativa, pero ese pelotón, esa esperanza depositada en mí y esa fidelidad son hechos absolu¬tos. Y la vida es como una guerra, piensa el chico; sí, hay individuos miserables, y a medida que avan¬zan los años sabemos que en general ésa es la tónica dominante; la vida es muy dura, muy áspera, es un horror en muchos sentidos; pero pertenezco a un pequeño pelotón, siempre hay un pelotón de personas que piensan en mí, creen en mí o esperan en mí; puede ser un perrito, y no lea puedo fallar. Y tal vez esa comunidad, esa fe absoluta es la parte más importante de la vida. Dicen los existencialistas ateos como Sartre que la angustia es el sentimiento que prueba que hay la Nada; sentimos angustia, porque oscuramente sentimos que detrás y delante de nosotros, y antes y después de nosotros, hay la nada total. Nos rodea el abismo de la nada. Yo le opongo el siguiente razonamiento, que está en mi novela, por otro lado. Hay otro sentimiento al mis¬mo tiempo que la angustia, que es la esperanza. Si la angustia es la prueba de la existencia de la nada, ¿por qué no decir que la esperanza es la prueba de la existencia de Algo? Y dado que la esperanza (está probado hasta por los campos de concentración) es más poderosa que toda angustia, puesto que hace sobrevivir a los hombres en medio de las mayores desdichas, hay que pensar que la prueba de Algo es más importante que la prueba de Nada. Esto es lo que yo intenté mostrar en la última parte de mi novela. El chico no se mata y se va al Sur con un camionero. Si les interesa comenten y si quieren se las paso en un archivo de Word ordenado. Saludos Liora

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Bauman Zygmunt: 3 libros
Apuntes Y MonografiasporAnónimo12/1/2010

Tres Libros Bauman es español, espero que les sean utiles. Modernidad Liquida: http://www.linksole.com/gr2izd Trabajo, consumismo y nuevos pobres: http://www.linksole.com/sw67lg Vidas desperdiciadas: http://www.linksole.com/8yr7ke http://www.linksole.com/zi3pnx Saludos y lo que necesites del estile pidan, por comentarios.

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