LaYaniiDiFonte
Usuario (Argentina)
Julio Cortázar (1914-1984) Axolotl (Final del juego, 1956) Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl. El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa. En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao. No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos. Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo. Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales. Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias de enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora? Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados. Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí. Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario. Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
El relato comienza cuando Ignacio Vélez hermano de Antígona deserta de la civilización y se une a los indígenas. En la contienda, mueren ambos hermanos Ignacio y Martín Vélez. Después de la muerte de ambos a Martin Vélez le hacen todos los ritos y lo entierran honorablemente mientras que al traicionero de Ignacio Vélez, por pasarse al lado de los indígenas, lo habían dejado sin entierro por las órdenes de Don Facundo Galván. Después Antigona se encuentra con su hermana Carmen y le dice Antígona que quiere enterrar a Ignacio y Carmen no quiere tener nada que ver en esto, y le dice a Antígona que no va a decir nada a nadie, Antígona le dice que no importa si lo dice. Después Antígona dice a Facundo que tiene que enterrar a su hermano (Ignacio) y Facundo la amenaza. Antígona decide enterrar a su hermano. Luego Lisandro vuelve de la batalla para hablar con su padre Facundo y un rastreador, quienes le explican a Facundo como van en la batalla. Ahí Facundo le cuenta a Lisandro que no enterraron a Ignacio Vélez y que Antigona quería enterrarlo, Lisandro y el rastreador se desconciertan, porque alguien había desobedecido a sus órdenes y lo habían enterrado. Tenia en la cabecera una cruz de sauce atada y en los pies fores de cardo negro. El rastreador dijo que había unas huellas. Don Facundo pide al rastreador que siga las huellas y rastrée al culpable del entierro. Vuelve el rastreador y le dice a Facundo que ha encontrado las prendas con las que se ha enterrado a Ignacio y le dice que esas prendas las encontró en el cuarto de Antigona. Traen a Antigona, y ahí Facundo dicta la sentencia por desobedecer sus órdenes, dice que al atardecer Antigona ira en un alazan (caballo de pelo rojo) para que corra por la pradera frente a los indios así le mataran con lanzas. Después Antigona se encuentra con Lisandro y empieza a hablar con él, Lisandro le dice que su padre hizo mal en dictar esa sentencia. Le dice que ese caballo no saldrá pero Antigona dice que no importa ya. Después empiezan a recordar cuando eran chicos cuando Lisandro domo su primer potro, era un doradillo (caballo de pelo dorado), y ahí se enamoraron. Al atardecer Antigona va hacia el caballo para cumplir su sentencia y de la puerta sale corriendo Lisandro, llamandola, le dice que ese caballo no puede salir, los hombres lo sujetan a Lisandro mientras habla con Antigona, pero ella sigue su destino y va hacia el caballo, Lisandro con todas sus fuerzas se suelta y corre hacia ella sale Antigona con su caballo y Lisandro atrás con otro persiguiéndola, hasta que la alcanza y a lo lejos se ven lanzas que caen, muriendo ellos atravesados por la misma lanza. Más tarde Don Facundo pregunta como andan las cosas, suenan unos clarines y le dice un soldado “hemos ganado”, y vuelven a tocar el clarín pero más triste, facundo dice “que pasa allá afuera”, luego llega el sargento y le dice, “le traigo dos muertos”, Antigona Vélez, y Lisandro Galvan. Atravesados por la misma lanza. Facundo Galvan dice: “Hombres caven dos tumbas, ahí mismo donde reposan ya, si bien se mira están casados” un hombre le dice: “Pero no le darán nietos”, a lo que Facundo responde: “Todos los hombres y mujeres, que algún día cosecharan en esa pampa el fruto de tanta sangre”. Proceso histórico Esta historia está situada en el siglo XIX, en la “Postrera” ubicada en la pampa, esa época se reconoce la “conquista del desierto” y tiene como objetivo el exterminio de los indios. Confien que con esto apruebaaaaan!

Bueno, en este post van a encontrar El resumen del Martin Fierro (la ida y la vuelta ) El Analisis Literario, Los Personajes con sus respectivas descripciones, La Poesia Gauchesca, Diccionario con palabras, Frases mas importantes (destacadas), metaforas. Resumen : Capitulo 1: Martin Fierro se hallaba en una pulperia (bar-despensa) y decide contar su historia, pidiendole a Dios y a los santos que lo ayudaran a refrescar su memoria y aclaren su entendimiento. El decia que no era cantor letrado, que si se ponia a cantar no iba a terminar, que hacia gemir a la prima y llorar a la bordona (Cuerdas de la viguela). Contaba que tenia mucha experiencia en la vida, y que nada enseñaba tanto como el sufrir y el llorar. Capitulo 2: Fierro va narrando su vida feliz como gaucho, pero explica que despues comenzaron las desgracias. Dice que tenia hijos, vivienda y mujer; y comienza a detallar los trabajos propios de un gaucho. Vivian escapandose de las autoridades, pues esta se llevaba a los gauchos y los maltrataban sin que estos pudieran defenderse. Luego los mandavan a la frontera o los echaban a un batallon. Fierro cuenta que asi empezaron sus males. Capitulo 3: Un dia se encontraba en una pulperia cantando, y el Juez de Paz realizo una arriada en monton. Algunos lograron escapar, pero el no porque era manso y no habia el por que huir. Pero el juez lo odiaba a Fierro, pues este en las ultimas elecciones no habia ido a votar y el juez lo considero de la oposicion, y lo mando a la frontera. Alli al principio no hacian nada, pero despues los empezaron a tratar como malevos y los obligaron a hacer trabajos duros. Los indios entraban cuando querian, a su territorio, pero no los perseguian. Entonces les dieron armas, pero eran lansas y otras armas primitivas, pues para las armas de fuego no tenian municiones. Una vez, los atacaron por sorpresa al salir de un malon, y un indio se le vino encima a Fierro con una lanza, pero este le tiro sus boleadoras bajandolo del caballo y matandolo. Luego se subio al caballo y se escapo al fuerte. Capitulo 4: Esperaron que llegara el sueldo pero no venia, y la miseria los acosaba. No tenian nada de ropa, pero a el le quedaba solo una manta de abrigo que se la saco al Comandante. Paso un año y las cosas seguian igual. Luego dieron algo de dinero, pero a el no lo llamaron a cobrar por que "no estaba" en la lista. Se disgusto Fierro, pero de esto se entero el comandante y llamo al Cabo y al Sargento, quienes despues le dieron un castigo. Capitulo 5: Fierro esperaba una ocasion en que los indios entraran y hacerse el cimarron (salvaje) y volverse para su pago. Creia que si se quedaba iba a morir. Una noche un gringo borracho no lo reconocio y le disparo a Martin Fierro, pero no le pego porque estaba mamado. Por el ruido salieron los oficiales y lo atraparon a Fierro y lo tiraron al suelo. En eso vino el Mayor y le empezo a gritar. Luego lo ataron de las manos y de las piernas; y toda la noche Fierro le estuvo haciendo maldiciones al gringo. Capitulo 6: Se reunio una militada para una expedicion que iban a hacer sin carretas ni baguales (caballos), para golpear a los indios en sus mismas tolderias, y que vendria con ellos un ministro llamado Don Ganza que iba a reunir el ejercito y que tenia cañones. Fierro explica que el nunca fue un gaucho dominado, que nunca se ha acobardadado. Un dia que estaban reunido el Jefe y el Juez de Paz, Fierro agarro un caballo y se escapo. Volvio a su pago al cabo de tres años convertido en desertor. Cuando fue para su rancho no encontro ni el rastro de este. Despues le conto un vecino que sus hijos trabajaron como peones y su mujer se fue con no sabe que gavilan, pues el campo se lo pidieron y la hacienda la vendieron para pagar arrendamientos. Fierro piensa que sus hijos estan sufriendo mucho, y decide hacerse gaucho matrero ("malo" ). Capitulo 7: Luego Fierro comenzo a ser perseguido porque pensaban que era un vago, lo que se vio obligado a huir constantemente. Ademas el no tenia ni mujer, ni rancho, ni dinero, ni hijos. Un dia se entero que habia un baile por alli y se encontro con muchos amigos que se alegraron al verlo. Al ver llegar una morena la ofendio. El que la acopañaba habia estado juntando rabia, y luego de otra ofensa de Fierro, el moreno se le vino encima pero el gaucho le pego con un porron de ginebra. Luego el negro lo atropello y le tiro dos cuchillazos que le logro esquivar; pero Fierro le devolvio el ataque y lo hirio. Volvio a venirse furioso, el moreno, encima de Fierro pero este lo hirio nuevamente matandolo. Capitulo 8: Otro dia, en un boliche, entro un gaucho guapo y peleador; y lo provoco a Martin Fierro. Este le respondio y comenzaron a luchar, pero Fierro lo mata de un reves con el facon (cuchillo) y se retira del lugar. Capitulo 9: Fierro se la pasaba matreriando de dia, pero siempre sobre el rancho estaba para vigilar que la policia no lo agarre, y de noche buscaba una guarida para que no lo atrapen. Un dia, se hallaba contemplando las estreallas y escucho ruido de caballos que se aproximaban. Era la policia que lo habia venido a buscar por sus crimenes. Pero Fierro no queria entregarse y tuvieron que luchar. Un policia le disparo , pero erro el tiro, y el gaucho aprovecho y lo hirio a otro que estaba acomodando las boleadoras. Otros dos se le vinieron encima, pero con faconazos los mato. Luego un policia lo venia a atacar, pero Fierro le echo tierra a los ojos y le clavo el facon. En eso uno de los policias, llamado Cruz, les dijo a los otros que no era justo que le den muerte asi a un valiente y se paso al lado del gaucho, con lo que la pelea se emparejo, y al venirsele dos encima los mato. Al ver esto, el resto de la policia escapo. Despues se dirigeron a un rancho y se pusieron a beber. Capitulo 10: Cruz le empieza a contar su historia: habla del gaucho, y de su mujer; y le explica como conocio al Comandante. Este lo tenia de lado a lado y no le pagaba nada. A veces lo mandaba a hacer viajes largos. Pero en una ocasion, entro a su rancho y lo encontro abrazando a su china. Este, por el temor, saco su espada y se le vino encima a Cruz. Le tiro un espadazo, pero el agil gaucho lo esquivo y golpeo al Comandante. Pero en eso entro un hombre del comandante, y le disparo pero no acerto, y Cruz se le acerco y lo mato de un faconazo. Luego agarro sus ponchos y sus prendas y se fue para siempre del rancho. Capitulo 11: Luego supo Cruz que habia una milonga por la zona y alli fue. Se puso a bailar, pero el guitarrero lo ofende con una payada y Cruz de un faconazo le corta todas las cuerdas de la guitarra. Un gringo con fusil acudio en defensa del cantor entonces Cruz se vio obligado a salir. De adentro de la pulperia salio el guitarrero y se puso a pelear con Cruz, pero este con un corte lo dejo en el piso. Monto su bagual y se largo a los campos. Capitulo 12: Un dia lo llamo el juez a Cruz y le propuso que se hiciera soldado de policia. Asi obtuvo el cargo de sargento, pero como a el no le gustaba andar con el revolver en la cintura y por haber prestado ayuda a Fierro que no lo iba abandonar, decide dejar la policia y seguir como matrero. Capitulo 13: Luego se retiran del rancho y mientras van cabalgando, Fierro alaba las creaciones de Dios, en especial la mayor que le dio al hombre que es una lengua que habla. Luego deciden ir a tierras indigenas, al lugar donde estaban los caciques, pues estos trataban a los cristianos que iban por su gusto de "hermanos". Y hacia esas tierras partieron porque alli iban a tener mas seguridad y pasarian menos males. Cruz y Fierro, arriando su tropilla cruzaron la frontera. Y cuando la habian pasado Cruz le dijo a Fierro que mirara su pueblo, y a este dos lagrimas le rodaron por la cara. Siguieron su rumbo y entraron al desierto. El relator concluye diciendo que no sabe si se habran muerto y que el ha relatado a su modo: "Males que conocen todos, pero naides canto" Segunda Parte "La vuelta de Martin Fierro". Capitulo 1: El relator pide silencio porque va a demostrar que a su historia le faltaba lo mejor. El explica que uno viene como dormido cuando vuelve del desierto, que habia recibido la facultad para el canto y que tanto el pobre como el rico le han de dar la razon. Capitulo 2: Fierro, tristemente, va recordando a su familia y a su pago, y en ocasiones se tira entre los yuyos a llorar por ellos. Recuerda tambien que se dirige al desierto con Cruz, y llegaron a unos toldos de salvajes. Cuando estos los vieron a Cruz y a Fierro se armo un tremendo alboroto y los rodearon. Los gauchos pensaron que moririan, pero en eso llego un idio que les dijo que su salvacion se la debian a un cacique, y que ellos iban a quedar cautivos. Como el indio era muy desconfiado, los pusieron separados bajo vigilancia. Capitulo 3: Fierro no pudo hablar con Cruz por dos años, pues recien al cabo de ese tiempo el cacique los dejo vivir juntos, y estos se fueron a la orilla de un pajal. Como el alimento no abundaba por mas empeño que se hiciera, semejante ejercicio hacia diestro al cazador, que tenia que comer cualquier animal. Capitulo 4: Fierro explica que antes de aclarar el dia, el indio empieza a aturdir la pampa con su rugir, y a veces, sin que el y Cruz sintieran nada se largaban a invadir. Cuenta que para realizar el malon, se procuran los mejores caballos y van con lanza sola, varios pares de bolas y nada mas, para no fatigar al caballo. Es cruel el indio y odia al cristiano. El peso del trabajo lo dejan a sus mujeres, pues ellos son ladrones, pero viven en miseria que causa horror. Capitulo 5: Cuando la invasion regresa, los indios traen miles de cabezas de vacas y yeguas y negocios enteros que han saqueado. Luego se reparten el botin con igualdad y cada indio va a su toldo. Cuando el hombre es mas salvaje, trata peor a su mujer. La mujer pronta esta para servir a un desgraciado, pero tiene corazon de madre. El indio no tiene cariño a nadie ni sabe lo que es amar, y eso se refleja cuando matan a sus mujeres sin tener compasion. Capitulo 6: Paso el tiempo y ellos seguian solitarios. De los indios sanguinarios no tenian que esperar, aunque el que los salvo cuando llegaron era mas hospitalario. Este les regalo dos caballos y a veces los fue a ver, aunque Fierro deseaba que jamas lo hubiera salvado. Al cabo de un tiempo, aparecio la viruela negra y empezaron a morir los salvajes. Cruz y Fierro, por esto, tenian ganas de volver a sus pagos, pero como el indio que los salvo enfermo, decidieron ir a su lado a cuidarlo. Pero murio a los pocos dias y Cruz tambien enfermo, muy grave, y antes de morir le pidio a Fierro que si volvia, busque a su hijo. Tuvo un terrible desmayo y murio. Capitulo 7: Fierro sepulto a su amigo y humedecio aquel terreno con su llanto. Escuchaba a cada rato a Cruz que lo llamaba, y no encontraba consuelo que ir al suelo al lado se su sepultura. Alli pasaba las horas pensando en su mujer, sus hijos, su pago y su amigo. Como escucho unos quejidos se aproximo a ver que era y descubrio que era una cristiana llena de sangre que un indio habia herido con su rebenque. Capitulo 8: Supo despues que ella llevo una comitiva de indios pampas a su partido, matarona a su marido y se la llevaron cautiva. Tenia un hijito a su lado. Cuando estos crecian, los indios lo vendian o los cambiavan por potros. Ella trabajaba para una india, pero un dia la hermana de esta fallecio y le echaron la culpa a ella por brujeria. El Indio la saco al campo y la obligo a que confiese su brujeria, pero como la cautiva no dijo nada, degollo a su hijo. Capitulo 9: De ella habian sido los lamentos que Fierro escucho. Cuando el indio lo vio saco sus boleadoras y el gaucho su facon. Se miraban mutuamente, desconfiando uno del otro, hasta que el salvaje se le vino encima y le tiro las boleadoras, que solo rozaron a Fierro, quien le tiro una puñalada, pero el indio la esquivo, y el gaucho se enredo con el chiripa (boleadora indigena) y cayo. El indio se le puso encima y cuando le estaba por pegar, la mujer lo empujo quitandoselo de encima aFierro. Siguen peleando pero el indio se resbala con el cuerpo del chiquito degollado y cae, y el gaucho aprovecha para hacerle un tajo y luego otro con el que lo mata. Capitulo 10: Se subieron, Fierro y la cautiva, a los caballos y se fueron del lugar. Luego describe la forma en que los salvaje domaban potros. Decidio ir sin rumbo. Varias veces no comieron o comieron carne cruda, y en otras con raices se mantuvieron. Hasta que, despues de mucho sufrir, alcanzaron a divisar una sierra y luego se dirigeron a una estancia, en donde se despidio de su compañera. Capitulo 11: Al acercarse a otra estancia, se encontro con un viejo amigo. Este le conto que el juez que lo buscaba ya habia muerto; le dice que ya todos sus crimenes habian quedado en el olvido y que el gobierno no lo buscaba. Fierro reflexiona que por culpa del Juez habia perdido diez años, que no son pocos para quien ya llega a viejo. Se entero que habia una carrera de estancieros y se fue para ahi. Estos, despues de reconocerlo le contaron que su mujer habia muerto en la miseria. Y mientras tomaba unos tragos se consolo al encontrarse con sus dos unicos hijos que le cuentan sus historias. Hijo Mayor de Martin Fierro Capitulo 12: LA PENITENCIARIA: Cuenta su soledad y la pobreza en la que vivia. Trabajo como peon con un patron que hacia su vida un calvario. Pero un dia mataron a un boyero y lo culparon a el sin tener nada que ver, y el y dos mas fueron a la carcel. En tal terrible soledad, oye el latido de su pecho y piensa en su madre, padre y hermano. Cuenta que por mas fuerte que sea el hombre, tambien sufre, gime, llora y calla metido en aquel infierno. Lamentaba tambien el no haber aprendido a leer, y sufrio mucho al ver que a otros presos los visitaban sus familias y a el nadie. En la carcel no se permitia hablar, ni matear, ni cantar, ni fumar. Luego les pide que guarden en su memoria lo que les acaba de decir, pues sino tendran que sufrir mucho si no creen en su verdad. Hijo menor de Martin Fierro Capitulo 13: Cuenta que vivio diez años entre extraños, hasta que lo encontro una tia que le dio todo (cuidado, cariño, etc.) y lo nombro heredero de los bienes que tenia. Al fallecer la vieja, heredo todo, pero como era menor el Juez le confisco la herencia hasta que sea mayor. Le nombro un tutor y paso al cuidado de este. Capitulo 14: El juez trajo a un viejo medio cimarron (salvaje), muy renegado y muy ladron que lo llamaban Vizcacha. Andaba rodeado de perros que eran todo su placer. Carneaba noche a noche alguna res (vaca, chancho,etc.) en el pago dejando alli el rezago, alzaba en ancas el cuero, que se lo vendia a un pulpero por yerba, tabaco y trago. Le tenia rabia a las vizcachas. -"Cuando el juez me lo nombro tutor me dijo que era un señor, me iba a enseñar a trabajar y darme la educacion, pero en realidad era todo lo contrario. Vizcacha, segun un amigo mio, mato a su mujer de un palazo porque le dio un mate frio. Soñaba siempre con ella y decia que ella desde el mismo infierno lo estaba llamando a gritos."- Capitulo 15: -"Solo me aconsejaba cuando estaba borracho."- Le decia que se haga amigo del juez y nunca le lleve la contra; que nadie le tenga envidia; y que si buscaba vivir tranquilo que no se case. Le aconseja que es necesario llevar armas. Luego de estos consejos se quedaba dormido por la borrachera. Capitulo 16: -"El viejo vizcacha cayo enfermo y empeoraba. Entonces le traje una curandera a ver si mejoraba. Al verlo dijo que tenia un tuberculo y no le dio mucho tiempo de vida. Vizcacha le pedia a gritos al diablo, que se lo llevara al infierno. Cuando ya no pudo hablar mas, le ate una campana en la mano. Pero al poco tiempo fallecio."- Capitulo 17: -"Cuando lo vi muerto, le cobre un miedo terrible. Llame al alcalde y a tres o cuatro de sus vecinos. Los vecinos le pedian a Dios que le perdone todo lo que habia hecho. Sus amigos comienzan a contar las maldades que hacia, como escupir asados ajenos. Esta costumbre se la quito un mulato desertor que le llamaban barullo, quien una noche, luego de escupir el asado Vizcacha, le largo una puñalada, pero el viejo gano la puerta y se fue."- Luego el alcalde comenzo a registrar la casa. Encontro lazos, cabrestos, coyundas, maniadores, una punta de arriadores, cinchones, maneas, torzales, una porcion de bozales, un monton de tiradores, y unas cuantas cosas mas. Pero las personas alli presentes empezaron a reconocer cosas, supuestamente suyas, y a llevarselas. Cuando se fueron todos, el juez le dijo al huerfano que "el iba a ser el heredero y el que se haria cargo de todo", aunque lo que habia quedado eran todas porquerias. Capitulo 18: -"Al verme solo con el finado (muerto) y los perros me puse a llorar a gritos. Me saque el escapulario y se lo colgue a mi tutor. Mientras tanto, los perros, para aumentar mi miedo y mi tormento, se pusieron a llorar. Agarre lo que era mio y me fui. Despues me entere que esa tarde vino un peon y lo enterro. Pero al otro dia amanecio con una mano afuera, y segun el enterrador, que se la habia comido un perro. Por mucho tiempo no pude saber lo que me pasaba. Todas las noches soñaba con viejos, perros y guascas (latigos)."- Capitulo 19: -"No volvi por lo del juez, por miedo a que me nombre a otro tutor. El juez me habia prometido que cuidaria de mis cosas hasta que tenga 30 años y sea mayor de edad. Vivi por ahi y fui victima del mas desdichado amor con una viuda. Fui a ver a un adivino para ver si me curaba de todos esos males que me habian ocurrido, y me dijo que me habian hecho daño en un mate y me habian querido embrujar, y me paso una pluma de avestruz. Me dijo que la causante de esto habia sido la viuda y que probara una receta, pero esta no curo mis males. Me dio otra pero tampoco funciono. Finalmente me dijo que le corte tres motas a un negro y que las hirviera en leche. Pero como ninguna funciono, me fui a ver al cura y este me dijo que la viuda no se podia casar por que se lo habia prometido a su marido moribundo, y que entonces me aleje de la mujer. Pero el cura le dijo al juez que yo era un cabeza dura y no tenia compostura, y este me echo a la frontera"- Capitulo 20: Martin Fierro y sus dos hijos festejaban el reencuentro. En ese momento, vino un mozo forastero que venia de la frontera y les pidio la bendicion. Les dijo que el nombre de Picardia era lo unico que llebava y para contar su historia a todos les pedia licencia, diciendoles que enseguida iban a saber quin era. La gente se puso atenta y Picardia comenzo a cantar. Picardia Capitulo 21: -" Me quede huerfano y no pude conocer a mi padre, siendo mi madre Inocencia me llamaban Picardia. Primero me llevo a su lado un hombre para cuidar las ovejas, pero todo el dia eran quejas y guascazos. Luego me fui a Santa Fe buscando mejores fines, pero tambien me fue mal. Ya pensaba en volverme, cuando salieron unas tias que quisieron recogerme. Ellas se pasaban el dia rezando, y lugo me obligaron a mi. Yo rezaba sin dificultad todo el dia pero a la noche no podia. Por culpa de una morena que me hacia tentar, rezaba pero me equibicaba. Y un dia me aburri de esos enriedos y me fui."- Capitulo 22: -"Anduve, siendo pobre, de lado a lado. Pero cuando empece a ganar plata, me tuve que volver. Cuando vine me enrolaron en la Guardia Nacional. Comenze a trabajar en combinacion con el dueño de una fonda (especie de hotel-casino), jugando cartas y peleando a la gente. Hacia trampas asi los clientes se entusiasmaban o se ponian nerviosos y jugaban mas. Como hacia trampa con arte y no me descubrian lo hacia en todos los juegos."- Capitulo 23: -" Un dia, un vendedor ambulante napolitano se vino a jugar haciendose el chiquito para sacarme ventaja, pero perdio todo, y se puso a llorar mientras yo me llevaba toda su mercaderia. Segui ganando, hasta que se presento un Oficial de Partida, que era ñato (de nariz chata), que me exigio que pagara una multa porque el juego estaba prohibido y que me iba a llevar al cuartel. Dos veces nos encontramos y dos veces lo insulte. Todo se complico, cuando intente conquistar a la mujer que le gustaba al ñato, y ahi se me declaro enemigo."- Capitulo 24: -"Me escape de el en muchas oportunidades, hasta qu me agarro en las elecciones, y me quiso obligar a votar por quien queria el Comite. Pero le dije que "Respeto al que me respeta, pero el naipe y la boleta nadie me la ha de tocar". En ese momento cayo la policia y fui a parar al cepo por no querer pelear."- Capitulo 25: A los pocos dias, hicieron citar la gente para reunir un contingente y mandar a la frontera. La mayoria eran los que no habian votado por el que la Partida queria. Llego el Comandante y comenzo a explicarles uno por uno porque los mandarian a la frontera. Luego empezaron a acumularse mas personas, y aunque sus familias lloraran y pidieran compasion, era inutil. Capitulo 26: -"Luego llego mi turno y estaba asustado. El comandante me decia que era un jugador, un vago un picaflor, y que habia de ser un bandido como mi padre, a pesar de que no lo conocia. Me empeñe en averiguarlo, y me entere que era el guapo sargento Cruz. Yo conocia bien su historia y jure tener enmienda. Todo consegui olvidar, pero el nombre de Picardia no me lo pude quitar."- Capitulo 27: -"Servi en la frontera en un cuerpo de milicia, por culpa de un ñato. Pero alli trabajaba y se hacia sacrificio, y no pagaban nada ni daban ropa. El comisario cuando venia con la paga, por "mala suerte" esta era del contingente anterior. Cuando se cansaban de alguno de nosotros, lo largaban sin ropa ni nada para que vuelva a su partido, sin darle ningun papel que acredite su servicio."- Capitulo 28: -"En la frontera lo pasaba como todos, pero cuando me eligieron asistente mejor,en cierto modo, supe hacerme lugar al lado del Ayudante. Este se la pasaba siempre leyendo porque queria recibirse de fraile, era delicado, pero jamas lo vi disgustado. La gente lo aborrecia y lo llamaba "La Bruja", aunque lo unico que hacia era recibir las raciones de viveres y de vicios. Pero los milicios decian que yo y la bruja los estabamos traicionando a todos con sus raciones. Esto no era cierto, por que nosotros los traiamos, pero lo recibia el comandante, que sacaba cuanto queria. Luego pasaba al oficial de semana, al sargento, al cabo y por ultimo recien al soldado, y cuando llegan a este ya casi no quedaba racion. El vestuario era otro infierno; si lo daban, llegaba en invierno el de verano, y en verano el de invierno. Por estas razones parece que el gaucho tiene algun pecado que pagar."- Capitulo 29: Esto canto Picardia y despues guardo silencio. Mientras todos celebraban ese casual encuentro, llego tambien un moreno. Este presumia de cantor y se creia bueno, se sento y le pego un rasgido a la guitarra desafiando a Martin Fierro. Este, que siempre se halla dispuesto, tomo la guitarra y los dos comenzaron a cantar. Capitulo 30: Fierro explica que el hombre debe mostrarse cuando llegua la ocasion, hace mal en que se niegue o en que se lo rueguen; y dice que hara gemir las cuerdas hasta que las velas no ardan. Cuenta que era costumbre de el cantar las noches enteras. El moreno le dice que el es un pobre guitarrero y da gracias a Dios por poder cantar con alguien que lo experimenta a el. El negro cuenta que tenia nueve hermanos, que ha vivido libre sin depender de nadie, y que sabe mucho. Explica que si tiene alguna falta al cantar que se la perdonen y que se debe escuchar al cantor, aunque sea negro, por que aprenden todos. Fierro le replica que si el sabia tanto, que le diga cual es el canto del cielo. El moreno le dice que Dios habia creado a los hombres negros y blancos, pero que no hizo dos clases distintas, pues los negros pintaban al diablo blanco, y los blancos lo pintaban de negro. Continua y explica que los cielos lloran y cantan hasta el mayor silencio. Fierro, por su parte, dice que los negros y los blancos tienen los mismos dolores, y que le relate el canto de la tierra. El moreno, a pesar de sus pocos conocimientos, lo explico bien, y entonces Fierro le pide el canto del mar, el de la noche, de donde nace el amor, y que explique que entiende por ley. Como relata todas bien, Fierro le permite al moreno que le pregunte algo. El moreno, entonces le pregunta "¿Para que fin el Eterno ha creado la cantidad?" Fierro le dice que Dios creo solo la unidad, y que el hombre aprendio a contar. Al ver que le contesto correctamente, el moreno le pregunta para que formo Dios la medida. Fierro le contesta que la medida la invento el hombre para el bien suyo, pues Dios no tenia que medir sino la vida del hombre. Luego el moreno le pide que le diga que significa el tiempo y el peso. Fierro se lo relata bien, y le dice que si queria aprender mas cosas que se lo preguntara. El moreno le dice que ninguno debe abusar de la ignorancia de nadie, que es seguro que pierda un cantor de media talla contra otro de talla entera, que esta deprimido y triste y que solo cantaria para buscar consuelo. Cuenta que de los diez hermanos solo quedan nueve, pues el primero murio a manos de un pendenciero, que jamas encontro. Dice finalmente que si en otra ocasion payan, cantaran sobre las muertes injustas que algunos hombres cometen. Fierro le responde que por fin se habia callado, que el conocio a los morenos mas peleadores, y que el no busca peleas y que las contiendas no le gustan, pero ni las sombras lo asustan ni los bultos lo menean. Capitulo 31: Luego de las palabras, los presentes los separaron y Fierro, sus hijos y Picardia montaron y se dirigeron a la costa de un arroyo. Alli pasaron toda la noche, y al amanecer meditaron, y por su estado de pobreza decidieron separarse. Antes de hacer esto, Fierro les aconsejo. Capitulo 32: Fierro los empieza a aconsejar y le dice que estos concejos, que le ha costado adquirirlos, se los da porque desea dirigirlos, pero que su ciencia no alcanza para darles la prudencia que precisan para seguirlos. Capitulo 33: Luego se separaron todos, una para cada punto cardinal, pero hicieron una promesa: convinieron entre todos cambiarse el nombre. El relator explica que ha cumplido con su deber, pero todavia le quedan rollos por si se ofrece a dar lazo, que le permitan descansar porque en este punto (33 cantos) se planta; dice que recordemos estas palabras "En mi obra he de continuar hasta darselas concluidas, si el ingenio o si la vida no me llegan a faltar", y que si algun dia faltasen, los gauchos sentiran tristeza en el corazon y lo tendran en su memoria para siempre. "Que nadie se ofenda si canto de este modo no es para mal de ninguno si no para bien de todos". ANALISIS LITERARIO DEL MARTIN FIERRO.- Autor: José Hernández.- (1834-1886) Nació en Buenos Aires, fue Periodista y escribió “La vida del Chacho”; “Instrucciones para el Estanciero” y “Martín Fierro”.- El Martín Fierro es un Poema, se divide en dos partes, 1º Parte : consta de 13 cantos, y se refiere al Gaucho Martín Fierro.- 2º Parte La vuelta de Martín Fierro, y consta de 33 cantos.- Es de Género Lírico.- Es Poesía Gauchesca, porque representa el habla rural y vulgar (Inculto).- -------------------------------------------------------------------------------------------------------------- TEMA CENTRAL: DEFENSA DEL GAUCHO DISCRIMINADO.- El Martín Fierro narra la incorporación forzada de el mismo al ejército, la huida y su amistad con Cruz.- - -Estructura del poema Cada estrofa del Martín Fierro es un pequeño poema independiente que posee valor por sí mismo, sin que sea necesario el sentido de las estrofas anteriores o posteriores. Por otro lado, cada estrofa se articula con las otras, constituyendo un tono armónico. Sin embargo, resulta fácil descomponer el poema en sus diferentes unidades fundamentales y montarlo de nuevo, confiriendo diferente orden a las estrofas que se suceden en cada uno de los cantos. Por lo tanto, cada una de las unidades métricas es un pequeño poema cerrado que tiene todos los elementos suficientes para transferir a los lectores, o a quien lo oyere, toda la emoción que el escritor se propuso comunicar. Las estrofas se pueden colocar donde sea necesario por su significado o donde convenga. Además pueden cantarse sueltas, acompañadas de acordes de una guitarra. Cosa que cualquier cantante argentino de la actualidad puede hacer. De aquí las variantes en las numerosas ediciones respecto a su orden, al ser poemas minúsculos separados del contexto. Por lo general José Hernández utiliza la sexteta, estrofa creada por el mismo que rima: a-b-b-c-c-b con ocho sílabas en cada verso. Se trata de una variante de la sextilla y que algún tratadista bautizó con toda justicia hernandiana. Pero también hay cuartetos especiales (consonancia en los versos pares), como por ejemplo en la Ida, cato VII y en la Vuelta, cantos 27 y 28 en cuartetos propiamente dichos. En los dos últimos cantos de la Vuelta alternan sin orden alguno la cuarteta y la redondilla. Así mismo, hallamos formas de romance asonantado en la palabra llana en la Vuelta, cantos 11, 20, 29 y 31; formas romanceadas en algunas sextetas, cuartetas dobles y una singular estrofa de diez versos. La lengua José Hernández utiliza para sus obras como lenguaje un dialecto rústico rioplatense, tal como se hablaba en la primera mitad del s. XIX. El autor creía cumplir así el objetivo sociopolítico que se había propuesto. Por eso el pueblo supo reconocerse a si mismo hablando en su propio estilo intransferible, pero elevado al mismo tiempo a la máxima tensión de su eficacia expresiva. Personajes secundarios Cruz : Es también gaucho como Fierro, pero ha ingresado en la policía gracias a un amigo que le debía una "deuda de sangre"; aparece como una especie de "doble" de aquel, pero no le anula. Su nombre ya es un símbolo: sufrimiento, muerte, castigo, purga en la vida de acciones pasadas… y por "la forma de firmar"… ¡con una cruz! como analfabeto. Actúa como complemento y desdoblamiento de nuestro héroe, que clama incluso con mayor fuerza que este contra la injusticia de los que mandan. En la segunda parte lucha fieramente a lado de Fierro contra los indios: cree que va a morir, pero no es así hasta que le sobreviene el final, no en la lucha, sino tras cuidar a un indígena. Más humano que nunca, cae también él gravemente enfermo y encomienda con la mayor ternura un hijito a Fierro, desapareciendo para siempre. El hijo mayor de Martín Fierro. Se nos presenta como un ex presidiario que ha ido a la cárcel injustamente, a la manera de El Proceso, de Kafka. El hijo mayor acusa y de él se vale José Hernández para lanzar un último ataque contra la justicia y el sistema penitenciario. En él están simbolizados no sólo todos los perseguidos injustamente, sino todos los que se hallen encerrados en la cárcel de su propia existencia (angustia existencial). El hijo segundo. Se relaciona con Picardía, hijo de Cruz, y es un digno continuador de la gloria picaresca española. Trasciende de él un sentido humano de inocencia gracias a él se introduce en la obra un personaje de la riqueza argumental del viejo Viscacha. Una mujer (la tía) le recoge y le mima, y le deja una herencia gracias a la cual este hijo segundo entra en contacto con gente más refinada que los gauchos. La semejanza con los pícaros se halla muy lograda, ya que el muchacho vagabundo va de mano en mano y pasa "hambre viva" en casa del avaro Viscacha. Como en el caso de Picardía, su forma de vivir se halla determinada por las circunstancias. Picardía. Hijo de Cruz, su nombre lo dice todo, narra sus aventuras sus detalles de humor que suavizan la tragedia del hijo mayor. Vizcacha. Viejo astuto y avaro que ha vivido siempre en el campo. Viscacha recuerda con su nombre al de una clase de roedor que vive en las madrigueras (una "vizcacha". Es viudo por haber matado a su mujer de un golpe por haberle dado un "mate frío", pero el remordimiento no lo dejará ya en paz. Avaro, celoso o maniático, el hijo de Fierro deberá dormir fuera de su covacha, a la serena, con el cuerpo medio desnudo. Viscacha da al muchacho unos consejos, auténtica norma de vida para el pícaro que ha de desplegar la astucia, el engaño, el disimulo y la misoginia para sobrevivir en un mundo donde el hombre es lobo para el hombre. El Moreno o "Negro de la Payada". Contrasta con los otros personajes sobre todo por el color. Se trata de un vengador de ofensa legal (venganza de la sangre) por ser pariente del muerto, pero no consuma la venganza, porque en la segunda parte ha llegado la hora del perdón y el olvido para las viejas ofensas. Su figura es interesante desde el punto de vista técnico y estilístico por introducir la payada, y con ella el poema incorpora uno de los elementos corrientes en la poesía gauchesca. El enfrentamiento entre negro y blanco es explicado por algunos como intención de tipo racial. El gaucho siente con orgullo la indiferencia hacia el color y si este orgullo lo separa del "pueblero" (aquí con mucho de defensa), también lo hace del indio y el negro. Las mujeres Se ha dicho que el Martín Fierro es un poema de hombres, lo cual no obsta para que la mujer se halle presente en él, tanto de forma individual como colectiva, en los distintos cantos de las dos partes. La primera que nos presenta el poema es la esposa de Fierro. No posee nombre concreto y sale en él de forma episódica sin que sepamos nada ni de su rostro ni de sus formas… "una de tantas". Al marchar Martín Fierro, ella también marcha "con no se qué gavilán", y Fierro la disculpa e incluso le desea suerte. La segunda es la del negro a quien un día, estando Fierro borracho, la insulta y se mete con ella hasta que la pelea inevitable termina con la muerte del negro. Fierro pretende entonces continuar su atropello, pero reflexiona y, por respeto, desaparece con gran remordimiento. Cuando Cruz acaba de unir su vida a la del gaucho aventurero, aparece de nuevo la mujer, que si es buena puede ser de gran alivio para el compañero. Sin embargo, la de Cruz, a la que primero se pondera, termina, como la de Fierro, abandonándole por el comandante de la milicia. La misoginia de ambos hombres es pues justificable. Misoginia que se repite en el baile del gaucho (canto XI), en donde, además de una que le provoca, otras se burlan de él. Llegamos con ello a la Vuelta. Las primeras mujeres que se nos presentan son las indias. Martín no tiene más que elogios para ellas. Son también mujeres sin rostro: piadosas, diligentes y sufridas en los trabajos. Sufren pacientes bajo el duro yugo del marido que es su tirano y su señor, y que "ni sabe lo que es amar". Con las indias contrasta el retrato de la "china vieja" que culpa a un "gringuito" cautivo de ser el causante de la viruela negra. Es una mujer maléfica y supersticiosa. El episodio de la mujer cautiva produce el retrato más tierno de mujer del Martín Fierro, así como las trágicas escenas de las que es protagonista: mujer buena con su hijito contrapuesto al de la "china mala" que desencadena el drama. Gracias a la entereza de la cautiva, que pierde a su hijo degollado, Fierro recupera el instinto de pelea. Mujer valiente, Posee toda la cautela propia de la feminidad y sabe sobreponerse al dolor y ayudar a Fierro cuando es atacado por el indio y cae debajo de él sin poder volverse. Hernández hace que Fierro bendiga a Dios por haber puesto en aquella mujer la "juerza que en un varón / tal vez no pudiera haber". Muerto el indio, se produce la huída de Fierro y la mujer. Nada se nos dice en cuanto si ha habido relaciones más íntimas entre el protagonista y la cautiva. El autor es todo discreción y hace que Fierro, convertido en auténtico paladín, no necesite descender a situaciones más prosaicas… Por último se hallan: la tía que, recoge al segundo hijo de Fierro, lo mima y lo hace su heredero. Es una mujer con auténtico buen corazón y carácter maternal; y en contraste con la amable figura de la tía, está la curandera, auténtica parca, que visita a Viscacha viejo y enfermo. La viuda de la que se enamora el segundo hijo de Fierro. De la viuda su conducta, nada sabemos, mujer esquiva de la cual anda locamente enamorado el muchacho, no puede consumar su unión porque aquella es fiel a la memoria de su marido. Unas tías que recogen al hijo de Cruz para que no ande suelto y desamparado, buenas mujeres, aunque unas beatorras de cuidado y, contrastando, lamulata que se "pega" al lado de Picardía, primero como ángel de la guarda, después como pícara tentadora del muchacho. Apodada "la parda, tenía los ojos como refocilo"… Finalmente, la alusión que hace el Moreno a su sufrida madre que tuvo diez hijos… Las masas Se hallan representadas por la caterva de jueces, comandantes, comisarios, asistentes, vigilantes, pulperos, indios, indias, unos más próximos al lector, otros en segundo plano; pero todos imprescindibles para que las figuras de los protagonistas aparezcan recortadas con mayor fuerza. DICCIONARIO Achurar: matar Atorarse: atragantarse Barullo: desorden, alboroto Bolazo: disparate Chacota: alegría y diversión con carcajadas y bromas, celebrando alguna cosa Chucho: miedo Chumbo: balazo, disparo de arma de fuego Chupado: borracho De arriba: sin pagar Desembuchar: expresarse con franqueza Despachar: matar Disparar: huir Emperrado: empecinado Engatuzar: burlar, engañar Mala entraña: malas intenciones Facha: aspecto Fierro: cuchillo Fundir: dejar sin nada Gavilán: galanteador Guapo: valiente Mamado: borracho Manotear: robar Mañas: en personas o animales, vicios o malos hábitos Milico: agente de policía, gendarme, soldado, etc. Morisquetas: muecas Pago: distrito, lugar conocido al que se refiere alguien Patalear: mover las piernas con ligereza Pedo: borrachera Pellejo: la vida Picaflor: persona enamoradiza y galanteadora Pico: boca Pijotear: mezquinar Pilcha: prendas de vestir Pitar: fumar Pollera: falda; por extensión, mujer Prenderse: realizar algo sin interrupción Remolón: desocupado, lento Retobado: enojado, de mal humor Vago: toda persona sin ocupación ni domicilio fijo Yapa: propina, algo que se da de más FRASES "Va cayendo gente al baile." "Muchas manos en un plato." "El Diablo sabe por Diablo, pero más sabe por viejo." "Todo bicho que camina va a parar al asador." "Un padre que da consejos, más que padre es un amigo." "En hombre no debe creer en lágrimas de mujer ni en la renguera del perro." "Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera." Metáforas: La tierra no da fruto si no la riega el sudor. Yo soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno. Sangra mucho el corazón del que tiene que pedir. Tiene en la desgracia mía un espejo en que mirarse. Siempre es bueno tener palenque ende ir a rascarse. Si la vergüenza se pierde jamás se vuelve a encontrar. Comparaciones: El hombre que lo desvela una pena estrordinaria, como el ave solitaria, con el cantar se consuela. Cuando puntiao me encuentro, me salen coplas de adentro como agua de la vertiente Mi gloria es vivir tan libre como pájaro del cielo. La ocasión es como el fierro, se ha de machacar caliente. Estaba el ñato presente, sentado como de adorno. A poco andar dispararon, lo mesmo que sabandija. Personificaciones: La miseria en su afán de perseguir de mil modos llama en la puerta de todos y entra en la del haragán. En donde viven bramando los volcanes que echan fuego. Son los secretos que las tinieblas esconden. Son los ecos que responden a la voz del que da un grito Es siempre, en toda ocasión, el trago el pior enemigo. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------ RESUMEN DEL ARGUMENTO: Martín Fierro debe abandonar su rancho, su mujer y sus dos hijos varones, porque es reclutado para luchar en las fronteras.- Después de vivir en el fortín durante tres años, soportando miserias y humillaciones, deserta y se va a vivir con los indios.- Se hace amigo del Sargento Cruz, otro desertor que le ha salvado la vida.- Al regresar a su casa encuentra que ha sido destruida y su familia se ha marchado.- La desesperación lo empuja a unirse a los indios y a convertirse en un hombre fuera de la Ley.- En “La vuelta de Martín Fierro”, se reúne por fin con sus hijos y vuelve a la sociedad, para lo que ha de sacrificar gran parte de su libertad.- Novela Gauchesca La literatura gauchesca es un subgénero propio de la literatura latinoamericana que intenta recrear el lenguaje del gaucho y contar su manera de vivir. Se caracteriza principalmente por tener al gaucho como personaje principal, y transcurrir las acciones en espacios abiertos y no urbanizados (como la Pampa argentina). Es importante destacar que, más allá de que este género tiene como eje principal al gaucho, generalmente es usado por escritores de alto nivel socioeconómico. Esta literatura presenta descripciones de la vida campesina y sus costumbres, así como de los personajes sociales de ese entonces: indios,mestizos, negros y gringos, entre otros. Suele haber una exaltación de lo folclórico y cultural, y se emplea como protesta y para realizar una crítica social. En la forma y el lenguaje, se distingue por el empleo abundante de metáforas, neologismos, arcaísmos y términosaborigenes. Suele haber poco uso de sinónimos, y predomina el monólogo sobre eldiálogo. Aunque hay casos aislados de literatura gauchesca desde el siglo XVIII, es en el siglo XIX cuando se establece firmemente como un género. Los ejemplos del siglo XIX son fundamentalmente poéticos: los versos políticos deBartolomé Hidalgo, la poesía en el exilio de Hilario Ascasubi, el Santos Vega deRafael Obligado, y la obra de Estanislao del Campo y Antonio Lussich. La poesía gauchesca más famosa es Martín Fierro de José Hernández. La primera parte del poema apareció en 1872 y la segunda (La vuelta de Martín Fierro) en 1879. En el personaje de Martín Fierro, Hernández presentó un gaucho que representaba a todos los gauchos, describiendo su forma de vida, su manera de expresarse y su forma de pensar. La narrativa gauchesca empieza a desarrollarse hacia finales del siglo XIX. Eduardo Gutiérrez alcanzó especial popularidad con casi una docena de novelas sobre el gaucho, frecuentemente centradas en el gaucho malo, y por lo tanto sus novelas están llenas de peleas sangrientas, violaciones y otros episodios dramáticos. Su novela más famosa es Juan Moreira (1879), basada en una figura legendaria. La popularidad de los cuentos y novelas gauchescas a principios del siglo XX creció de forma considerable al crearse numerosas sociedades cerca de Buenos Aires (y también en Uruguay) cuyos socios eran sobre todo emigrantes que se vestían como gauchos, e imitaban sus costumbres. Al tiempo, se fundaron periódicos que trataban temas gauchos. Narradores gauchescos importantes han sido Benito Lynch (realista), autor de El inglés de los güesos (1924) y de El romance de un gaucho (1936); Leopoldo Lugones, que publicó su obra La guerra gaucha en 1905; y, sobre todo, Ricardo Güiraldes, autor de Don Segundo Sombra (1926), la considerada obra maestra de laliteratura gauchesca, cuyo interés por el gaucho está patente desde sus primeros trabajos literarios. En Don Segundo Sombra, Güiraldes presenta un personaje literario que es el retrato ideal y casi mítico del gaucho, con su concepto plenamente asentado de la libertad y del individualismo absoluto. En cuanto al teatro gauchesco, en general aprovechaba de los elementos sensacionalistas de la vida gaucha y el elemento folclórico y no era una verdadera representación de su vida y sus problemas. Florencio Sánchez es uno de sus representantes más calificados. En uno de sus dramas, M'hijo el dotor (1903), hay una confrontación entre padre e hijo, con la particularidad de que el padre es un viejo gaucho y el hijo ha sido educado en la ciudad. Es una representación de la lucha entre la época antigua y la moderna. Completitooo! Espero que les sirva!!!!!!!! Saludos
El uso de 'used to' en inglés Se usa used to + verbo para hablar de habitos ya pasados y para hablar de estados pasados. En verbo SIEMPRE queda en Infinitivo. Es USED to en presente y USE to (sin la D) en negativo e interrogativo, lo van a entender mejor con las formulas y los ejemplos: Ejemplos: Hábito: I used to play the guitar. Significa que antes tocabas la guitarra pero ya no. Estado: I used to live in London. Significa que antes vivias en Londres pero ya no. Se forma: se usa la misma forma con todas las personas Afirmativos: I you he/she/it + used to + verbo we they ejemplo: I used to play football, he used to play football, we used to play football etc... Negativos: I you he/she/it + didn't use to + verbo we they ejemplo: I didn't use to play football, he didn't use to play football, we didn't use to play football etc... Preguntas: Did + use to + verbo ejemplo: Did you use to smoke? (¿Solias fumar?) What did you use to do....? (Que solias hacer...?) Ejemplo: Did you use to play football? Did he use to play football?...... Respuestas cortas: Did you use to play football? (¿Solias jugar al futbol?) Yes I did No I didn't Para que Practiquen ! Habitos/estados pasados: 1. I/Smoke EJEMPLO I used to smoke 2. They/play tennis They......................................... 3. She/go swimming everyday. She............................................ 4. We/study Chinese We............................................. 5. I/go to concerts I.................................................. 6. He/live in London He...............................................
Julio Cortázar (1914-1984) Las babas del diablo (Las armas secretas, 1959) Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos. Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina siguiera sola (porque escribo a máquina), sería la perfección. Y no es un modo de decir. La perfección, sí, porque aquí el agujero que hay que contar es también una máquina (de otra especie, una Cóntax 1.1.2) y a lo mejor puede ser que una máquina sepa más de otra máquina que yo, tú, ella —la mujer rubia— y las nubes. Pero de tonto sólo tengo la suerte, y sé que si me voy, esta Rémington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de doblemente quietas que tienen las cosas movibles cuando no se mueven. Entonces tengo que escribir. Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto, que estoy menos comprometido que el resto; yo que no veo más que las nubes y puedo pensar sin distraerme, escribir sin distraerme (ahí pasa otra, con un borde gris) y acordarme sin distraerme, yo que estoy muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie, ya se verá cuando llegue el momento, porque de alguna manera tengo que arrancar y he empezado por esta punta, la de atrás, la del comienzo, que al fin y al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere contar algo). De repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empezara a preguntarse por qué hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente por qué acepta una invitación a cenar (ahora pasa una paloma, y me parece que un gorrión) o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, en seguida empieza como una cosquilla en el estómago y no se está tranquilo hasta entrar en la oficina de al lado y contar a su vez el cuento; recién entonces uno está bien, está contento y puede volverse a su trabajo. Que yo sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y contar, porque al fin y al cabo nadie se avergüenza de respirar o de ponerse los zapatos; son cosas que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar lo que pasa, contarlo a los muchachos de la oficina o al médico. Ay, doctor, cada vez que respiro... Siempre contarlo, siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago. Y ya que vamos a contarlo pongamos un poco de orden, bajemos por la escalera de esta casa hasta el domingo 7 de noviembre, justo un mes atrás. Uno baja cinco pisos y ya está en el domingo, con un sol insospechado para noviembre en París, con muchísimas ganas de andar por ahí, de ver cosas, de sacar fotos (porque éramos fotógrafos, soy fotógrafo). Ya sé que lo más difícil va a ser encontrar la manera de contarlo, y no tengo miedo de repetirme. Va a ser difícil porque nadie sabe bien quién es el que verdaderamente está contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que estoy viendo (nubes, y a veces una paloma) o si sencillamente cuento una verdad que es solamente mi verdad, y entonces no es la verdad salvo para mi estómago, para estas ganas de salir corriendo y acabar de alguna manera con esto, sea lo que fuere. Vamos a contarlo despacio, ya se irá viendo qué ocurre a medida que lo escribo. Si me sustituyen, si ya no sé qué decir, si se acaban las nubes y empieza alguna otra cosa (porque no puede ser que esto sea estar viendo continuamente nubes que pasan, y a veces una paloma), si algo de todo eso... Y después del «si», ¿qué voy a poner, cómo voy a clausurar correctamente la oración? Pero si empiezo a hacer preguntas no contaré nada; mejor contar, quizá contar sea como una respuesta, por lo menos para alguno que lo lea. Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo aficionado a sus horas, salió del número 11 de la rue Monsieur-le-Prince el domingo siete de noviembre del año en curso (ahora pasan dos más pequeñas, con los bordes plateados). Llevaba tres semanas trabajando en la versión al francés del tratado sobre recusaciones y recursos de José Norberto Allende, profesor en la Universidad de Santiago. Es raro que haya viento en París, y mucho menos un viento que en las esquinas se arremolinaba y subía castigando las viejas persianas de madera tras de las cuales sorprendidas señoras comentaban de diversas maneras la inestabilidad del tiempo en estos últimos años. Pero el sol estaba también ahí, cabalgando el viento y amigo de los gatos, por lo cual nada me impediría dar una vuelta por los muelles del Sena y sacar unas fotos de la Conserjería y la Sainte-Chapelle. Eran apenas las diez, y calculé que hacia las once tendría buena luz, la mejor posible en otoño; para perder tiempo derivé hasta la isla Saint-Louis y me puse a andar por el Quai d'Anjou, miré un rato el hotel de Lauzun, me recité unos fragmentos de Apollinaire que siempre me vienen a la cabeza cuando paso delante del hotel de Lauzun (y eso que debería acordarme de otro poeta, pero Michel es un porfiado), y cuando de golpe cesó el viento y el sol se puso por lo menos dos veces más grande (quiero decir más tibio pero en realidad es lo mismo), me senté en el parapeto y me sentí terriblemente feliz en la mañana del domingo. Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros. No se trata de estar acechando la mentira como cualquier repórter, y atrapar la estúpida silueta del personajón que sale del número 10 de Downing Street, pero de todas maneras cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con un pan o una botella de leche. Michel sabía que el fotógrafo opera siempre como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa (ahora pasa una gran nube casi negra), pero no desconfiaba, sabedor de que le bastaba salir sin la Contax para recuperar el tono distraído, la visión sin encuadre, la luz sin diafragma ni 1/250. Ahora mismo (qué palabra, ahora, qué estúpida mentira) podía quedarme sentado en el pretil sobre el río, mirando pasar las pinazas negras y rojas, sin que se me ocurriera pensar fotográficamente las escenas, nada más que dejándome ir en el dejarse ir de las cosas, corriendo inmóvil con el tiempo. Y ya no soplaba viento. Después seguí por el Quai de Bourbon hasta llegar a la punta de la isla, donde la íntima placita (íntima por pequeña y no por recatada, pues da todo el pecho al río y al cielo) me gusta y me regusta. No había más que una pareja y, claro, palomas; quizá alguna de las que ahora pasan por lo que estoy viendo. De un salto me instalé en el parapeto y me dejé envolver y atar por el sol, dándole la cara, las orejas, las dos manos (guardé los guantes en el bolsillo). No tenía ganas de sacar fotos, y encendí un cigarrillo por hacer algo; creo que en el momento en que acercaba el fósforo al tabaco vi por primera vez al muchachito. Lo que había tomado por una pareja se parecía mucho más a un chico con su madre, aunque al mismo tiempo me daba cuenta de que no era un chico con su madre, de que era una pareja en el sentido que damos siempre a las parejas cuando las vemos apoyadas en los parapetos o abrazadas en los bancos de las plazas. Como no tenía nada que hacer me sobraba tiempo para preguntarme por qué el muchachito estaba tan nervioso, tan como un potrillo o una liebre, metiendo las manos en los bolsillos, sacando en seguida una y después la otra, pasándose los dedos por el pelo, cambiando de postura, y sobre todo por qué tenía miedo, pues eso se lo adivinaba en cada gesto, un miedo sofocado por la vergüenza, un impulso de echarse atrás que se advertía como si su cuerpo estuviera al borde de la huida, conteniéndose en un último y lastimoso decoro. Tan claro era todo eso, ahí a cinco metros—y estábamos solos contra el parapeto, en la punta de la isla— que al principio el miedo del chico no me dejó ver bien a la mujer rubia. Ahora, pensándolo, la veo mucho mejor en ese primer momento en que le leí la cara (de golpe había girado como una veleta de cobre, y los ojos, los ojos estaban ahí), cuando comprendí vagamente lo que podía estar ocurriéndole al chico y me dije que valía la pena quedarse y mirar (el viento se llevaba las palabras, los apenas murmullos). Creo que sé mirar, si es que algo sé, y que todo mirar rezuma falsedad, porque es lo que nos arroja más afuera de nosotros mismos, sin la menor garantía, en tanto que oler, o (pero Michel se bifurca fácilmente, no hay que dejarlo que declame a gusto). De todas maneras, si de antemano se prevé la probable falsedad, mirar se vuelve posible; basta quizá elegir bien entre el mirar y lo mirado, desnudar a las cosas de tanta ropa ajena. Y. claro, todo esto es más bien difícil. Del chico recuerdo la imagen antes que el verdadero cuerpo (esto se entenderá después), mientras que ahora estoy seguro que de la mujer recuerdo mucho mejor su cuerpo que su imagen. Era delgada y esbelta, dos palabras injustas para decir lo que era, y vestía un abrigo de piel casi negro, casi largo, casi hermoso. Todo el viento de esa mañana (ahora soplaba apenas, y no hacía frío) le había pasado por el pelo rubio que recortaba su cara blanca y sombría —dos palabras injustas— y dejaba al mundo de pie y horriblemente solo delante de sus ojos negros, sus ojos que caían sobre las cosas como dos águilas, dos saltos al vacío, dos ráfagas de fango verde. No describo nada, trato más bien de entender. Y he dicho dos ráfagas de fango verde. Seamos justos, el chico estaba bastante bien vestido y llevaba unos guantes amarillos que yo hubiera jurado que eran de su hermano mayor, estudiante de derecho o ciencias sociales; era gracioso ver los dedos de los guantes saliendo del bolsillo de la chaqueta. Largo rato no le vi la cara, apenas un perfil nada tonto —pájaro azorado, ángel de Fra Filippo, arroz con leche— y una espalda de adolescente que quiere hacer judo y que se ha peleado un par de veces por una idea o una hermana. Al filo de los catorce, quizá de los quince, se lo adivinaba vestido y alimentado por sus padres pero sin un centavo en el bolsillo, teniendo que deliberar con los camaradas antes de decidirse por un café, un coñac, un atado de cigarrillos. Andaría por las calles pensando en las condiscípulas, en lo bueno que sería ir al cine y ver la última película, o comprar novelas o corbatas o botellas de licor con etiquetas verdes y blancas. En su casa (su casa sería respetable, sería almuerzo a las doce y paisajes románticos en las paredes, con un oscuro recibimiento y un paragüero de caoba al lado de la puerta) llovería despacio el tiempo de estudiar, de ser la esperanza de mamá, de parecerse a papá, de escribir a la tía de Avignon. Por eso tanta calle, todo el río para él (pero sin un centavo) y la ciudad misteriosa de los quince años, con sus signos en las puertas, sus gatos estremecedores, el cartucho de papas fritas a treinta francos, la revista pornográfica doblada en cuatro, la soledad como un vacío en los bolsillos, los encuentros felices, el fervor por tanta cosa incomprendida pero iluminada por un amor total, por la disponibilidad parecida al viento y a las calles. Esta biografía era la del chico y la de cualquier chico, pero a éste lo veía ahora aislado, vuelto único por la presencia de la mujer rubia que seguía hablándole. (Me cansa insistir, pero acaban de pasar dos largas nubes desflecadas. Pienso que aquella mañana no miré ni una sola vez el cielo, porque tan pronto presentí lo que pasaba con el chico y la mujer no pude más que mirarlos y esperar, mirarlos y...) Resumiendo, el chico estaba inquieto y se podía adivinar sin mucho trabajo lo que acababa de ocurrir pocos minutos antes, a lo sumo media hora. El chico había llegado hasta la punta de la isla, vio a la mujer y la encontró admirable. La mujer esperaba eso porque estaba ahí para esperar eso, o quizá el chico llegó antes y ella lo vio desde un balcón o desde un auto, y salió a su encuentro, provocando el diálogo con cualquier cosa, segura desde el comienzo de que él iba a tenerle miedo y a querer escaparse, y que naturalmente se quedaría, engallado y hosco, fingiendo la veteranía y el placer de la aventura. El resto era fácil porque estaba ocurriendo a cinco metros de mí y cualquiera hubiese podido medir las etapas del juego, la esgrima irrisoria; su mayor encanto no era su presente, sino la previsión del desenlace. El muchacho acabaría por pretextar una cita, una obligación cualquiera, y se alejaría tropezando y confundido, queriendo caminar con desenvoltura, desnudo bajo la mirada burlona que lo seguiría hasta el final. O bien se quedaría, fascinado o simplemente incapaz de tomar la iniciativa, y la mujer empezaría a acariciarle la cara, a despeinarlo, hablándole ya sin voz, y de pronto lo tomaría del brazo para llevárselo, a menos que él, con una desazón que quizá empezara a teñir el deseo, el riesgo de la aventura, se animase a pasarle el brazo por la cintura y a besarla. Todo esto podía ocurrir, pero aún no ocurría, y perversamente Michel esperaba, sentado en el pretil, aprontando casi sin darse cuenta la cámara para sacar una foto pintoresca en un rincón de la isla con una pareja nada común hablando y mirándose. Curioso que la escena (la nada, casi: dos que están ahí, desigualmente jóvenes) tuviera como un aura inquietante. Pensé que eso lo ponía yo, y que mi foto, si la sacaba, restituiría las cosas a su tonta verdad. Me hubiera gustado saber qué pensaba el hombre del sombrero gris sentado al volante del auto detenido en el muelle que lleva a la pasarela, y que leía el diario o dormía. Acababa de descubrirlo, porque la gente dentro de un auto detenido casi desaparece, se pierde en esa mísera jaula privada de la belleza que le dan el movimiento y el peligro. Y sin embargo el auto había estado ahí todo el tiempo, formando parte (o deformando esa parte) de la isla. Un auto: como decir un farol de alumbrado, un banco de plaza. Nunca el viento, la luz del sol, esas materias siempre nuevas para la piel y los ojos, y también el chico y la mujer, únicos, puestos ahí para alterar la isla, para mostrármela de otra manera. En fin, bien podía suceder que también el hombre del diario estuviera atento a lo que pasaba y sintiera como yo ese regusto maligno de toda expectativa. Ahora la mujer había girado suavemente hasta poner al muchachito entre ella y el parapeto, los veía casi de perfil y él era más alto, pero no mucho más alto, y sin embargo ella lo sobraba, parecía como cernida sobre él (su risa, de repente, un látigo de plumas), aplastándolo con sólo estar ahí, sonreír, pasear una mano por el aire. ¿Por qué esperar más? Con un diafragma dieciséis, con un encuadre donde no entrara el horrible auto negro, pero sí ese árbol, necesario para quebrar un espacio demasiado gris... Levanté la cámara, fingí estudiar un enfoque que no los incluía, y me quedé al acecho, seguro de que atraparía por fin el gesto revelador, la expresión que todo lo resume, la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen rígida destruye al seccionar el tiempo, si no elegimos la imperceptible fracción esencial. No tuve que esperar mucho. La mujer avanzaba en su tarea de maniatar suavemente al chico, de quitarle fibra a fibra sus últimos restos de libertad, en una lentísima tortura deliciosa. Imaginé los finales posibles (ahora asoma una pequeña nube espumosa, casi sola en el cielo), preví la llegada a la casa (un piso bajo probablemente, que ella saturaría de almohadones y de gatos) y sospeché el azoramiento del chico y su decisión desesperada de disimularlo y de dejarse llevar fingiendo que nada le era nuevo. Cerrando los ojos, si es que los cerré, puse en orden la escena, los besos burlones, la mujer rechazando con dulzura las manos que pretenderían desnudarla como en las novelas, en una cama que tendría un edredón lila, y obligándolo en cambio a dejarse quitar la ropa, verdaderamente madre e hijo bajo una luz amarilla de opalinas, y todo acabaría como siempre, quizá, pero quizá todo fuera de otro modo, y la iniciación del adolescente no pasara, no la dejaran pasar, de un largo proemio donde las torpezas, las caricias exasperantes, la carrera de las manos se resolviera quién sabe en qué, en un placer por separado y solitario, en una petulante negativa mezclada con el arte de fatigar y desconcertar tanta inocencia lastimada. Podía ser así, podía muy bien ser así; aquella mujer no buscaba un amante en el chico, y a la vez se lo adueñaba para un fin imposible de entender si no lo imaginaba como un juego cruel, deseo de desear sin satisfacción, de excitarse para algún otro, alguien que de ninguna manera podía ser ese chico. Michel es culpable de literatura, de fabricaciones irreales. Nada le gusta más que imaginar excepciones, individuos fuera de la especie, monstruos no siempre repugnantes. Pero esa mujer invitaba a la invención, dando quizá las claves suficientes para acertar con la verdad. Antes de que se fuera, y ahora que llenaría mi recuerdo durante muchos días, porque soy propenso a la rumia, decidí no perder un momento más. Metí todo en el visor (con el árbol, el pretil, el sol de las once) y tomé la foto. A tiempo para comprender que los dos se habían dado cuenta y que me estaban mirando, el chico sorprendido y como interrogante, pero ella irritada, resueltamente hostiles su cuerpo y su cara que se sabían robados, ignominiosamente presos en una pequeña imagen química. Lo podría contar con mucho detalle pero no vale la pena. La mujer habló de que nadie tenía derecho a tomar una foto sin permiso, y exigió que le entregara el rollo de película. Todo esto con una voz seca y clara, de buen acento de París, que iba subiendo de color y de tono a cada frase. Por mi parte se me importaba muy poco darle o no el rollo de película, pero cualquiera que me conozca sabe que las cosas hay que pedírmelas por las buenas. El resultado es que me limité a formular la opinión de que la fotografía no sólo no está prohibida en los lugares públicos sino que cuenta con el más decidido favor oficial y privado. Y mientras se lo decía gozaba socarronamente de cómo el chico se replegaba, se iba quedando atrás —con sólo no moverse—y de golpe (parecía casi increíble) se volvía y echaba a correr, creyendo el pobre que caminaba y en realidad huyendo a la carrera, pasando al lado del auto, perdiéndose como un hilo de la Virgen en el aire de la mañana. Pero los hilos de la Virgen se llaman también babas del diablo, y Michel tuvo que aguantar minuciosas imprecaciones, oírse llamar entrometido e imbécil, mientras se esmeraba deliberadamente en sonreír y declinar, con simples movimientos de cabeza, tanto envío barato. Cuando empezaba a cansarme, oí golpear la portezuela de un auto. El hombre del sombrero gris estaba ahí, mirándonos. Sólo entonces comprendí que jugaba un papel en la comedia. Empezó a caminar hacia nosotros, llevando en la mano el diario que había pretendido leer. De lo que mejor me acuerdo es de la mueca que le ladeaba la boca, le cubría la cara de arrugas, algo cambiaba de lugar y forma porque la boca le temblaba y la mueca iba de un lado a otro de los labios como una cosa independiente y viva, ajena a la voluntad. Pero todo el resto era fijo, payaso enharinado u hombre sin sangre, con la piel apagada y seca, los ojos metidos en lo hondo y los agujeros de la nariz negros y visibles, más negros que las cejas o el pelo o la corbata negra. Caminaba cautelosamente, como si el pavimento le lastimara los pies; le vi zapatos de charol, de suela tan delgada que debía acusar cada aspereza de la calle. No sé por qué me había bajado del pretil, no sé bien por qué decidí no darles la foto, negarme a esa exigencia en la que adivinaba miedo y cobardía. El payaso y la mujer se consultaban en silencio: hacíamos un perfecto triángulo insoportable, algo que tenía que romperse con un chasquido. Me les reí en la cara y eché a andar, supongo que un poco más despacio que el chico. A la altura de las primeras casas, del lado de la pasarela de hierro, me volví a mirarlos. No se movían, pero el hombre había dejado caer el diario; me pareció que la mujer, de espaldas al parapeto, paseaba las manos por la piedra, con el clásico y absurdo gesto del acosado que busca la salida. Lo que sigue ocurrió aquí, casi ahora mismo, en una habitación de un quinto piso. Pasaron varios días antes de que Michel revelara las fotos del domingo; sus tomas de la Conserjería y de la Sainte-Chapelle eran lo que debían ser. Encontró dos o tres enfoques de prueba ya olvidados, una mala tentativa de atrapar un gato asombrosamente encaramado en el techo de un mingitorio callejero, y también la foto de la mujer rubia y el adolescente. El negativo era tan bueno que preparó una ampliación; la ampliación era tan buena que hizo otra mucho más grande, casi como un afiche. No se le ocurrió (ahora se lo pregunta y se lo pregunta) que sólo las fotos de la Conserjería merecían tanto trabajo. De toda la serie, la instantánea en la punta de la isla era la única que le interesaba; fijó la ampliación en una pared del cuarto, y el primer día estuvo un rato mirándola y acordándose, en esa operación comparativa y melancólica del recuerdo frente a la perdida realidad; recuerdo petrificado, como toda foto, donde nada faltaba, ni siquiera y sobre todo la nada, verdadera fijadora de la escena. Estaba la mujer, estaba el chico, rígido el árbol sobre sus cabezas, el cielo tan fijo como las piedras del parapeto, nubes y piedras confundidas en una sola materia inseparable (ahora pasa una con bordes afilados, corre como en una cabeza de tormenta). Los dos primeros días acepté lo que había hecho, desde la foto en sí hasta la ampliación en la pared, y no me pregunté siquiera por qué interrumpía a cada rato la traducción del tratado de José Norberto Allende para reencontrar la cara de la mujer, las manchas oscuras en el pretil. La primera sorpresa fue estúpida; nunca se me había ocurrido pensar que cuando miramos una foto de frente, los ojos repiten exactamente la posición y la visión del objetivo; son esas cosas que se dan por sentadas y que a nadie se le ocurre considerar. Desde mi silla, con la máquina de escribir por delante, miraba la foto ahí a tres metros, y entonces se me ocurrió que me había instalado exactamente en el punto de mira del objetivo. Estaba muy bien así; sin duda era la manera más perfecta de apreciar una foto, aunque la visión en diagonal pudiera tener sus encantos y aun sus descubrimientos. Cada tantos minutos, por ejemplo cuando no encontraba la manera de decir en buen francés lo que José Alberto Allende decía en tan buen español, alzaba los ojos y miraba la foto; a veces me atraía la mujer, a veces el chico, a veces el pavimento donde una hoja seca se había situado admirablemente para valorizar un sector lateral. Entonces descansaba un rato de mi trabajo, y me incluía otra vez con gusto en aquella mañana que empapaba la foto, recordaba irónicamente la imagen colérica de la mujer reclamándome la fotografía, la fuga ridícula y patética del chico, la entrada en escena del hombre de la cara blanca. En el fondo estaba satisfecho de mí mismo; mi partida no había sido demasiado brillante, pues si a los franceses les ha sido dado el don de la pronta respuesta, no veía bien por qué había optado por irme sin una acabada demostración de privilegios, prerrogativas y derechos ciudadanos. Lo importante, lo verdaderamente importante era haber ayudado al chico a escapar a tiempo (esto en caso de que mis teorías fueran exactas, lo que no estaba suficientemente probado, pero la fuga en sí parecía demostrarlo). De puro entrometido le había dado oportunidad de aprovechar al fin su miedo para algo útil; ahora estaría arrepentido, menoscabado, sintiéndose poco hombre. Mejor era eso que la compañía de una mujer capaz de mirar como lo miraban en la isla; Michel es puritano a ratos, cree que no se debe corromper por la fuerza. En el fondo, aquella foto había sido una buena acción. No por buena acción la miraba entre párrafo y párrafo de mi trabajo. En ese momento no sabía por qué la miraba, por qué había fijado la ampliación en la pared; quizá ocurra así con todos los actos fatales, y sea esa la condición de su cumplimiento. Creo que el temblor casi furtivo de las hojas del árbol no me alarmó, que seguí una frase empezada y la terminé redonda. Las costumbres son como grandes herbarios, al fin y al cabo una ampliación de ochenta por sesenta se parece a una pantalla donde proyectan cine, donde en la punta de una isla una mujer habla con un chico y un árbol agita unas hojas secas sobre sus cabezas. Pero las manos ya eran demasiado. Acababa de escribir: Donc, la seconde clé réside dans la nature intrinsèque des difficultés que les sociétés —y vi la mano de la mujer que empezaba a cerrarse despacio, dedo por dedo. De mí no quedó nada, una frase en francés que jamás habrá de terminarse, una máquina de escribir que cae al suelo, una silla que chirría y tiembla, una niebla. El chico había agachado la cabeza, como los boxeadores cuando no pueden más y esperan el golpe de desgracia; se había alzado el cuello del sobretodo, parecía más que nunca un prisionero, la perfecta víctima que ayuda a la catástrofe. Ahora la mujer le hablaba al oído, y la mano se abría otra vez para posarse en su mejilla, acariciarla y acariciarla, quemándola sin prisa. El chico estaba menos azorado que receloso, una o dos veces atisbó por sobre el hombro de la mujer y ella seguía hablando, explicando algo que lo hacía mirar a cada momento hacia la zona donde Michel sabía muy bien que estaba el auto con el hombre del sombrero gris, cuidadosamente descartado en la fotografía pero reflejándose en los ojos del chico y (cómo dudarlo ahora) en las palabras de la mujer, en las manos de la mujer, en la presencia vicaria de la mujer. Cuando vi venir al hombre, detenerse cerca de ellos y mirarlos, las manos en los bolsillos y un aire entre hastiado y exigente, patrón que va a silbar a su perro después de los retozos en la plaza, comprendí, si eso era comprender, lo que tenía que pasar, lo que tenía que haber pasado, lo que hubiera tenido que pasar en ese momento, entre esa gente, ahí donde yo había llegado a trastrocar un orden, inocentemente inmiscuido en eso que no había pasado pero que ahora iba a pasar, ahora se iba a cumplir. Y lo que entonces había imaginado era mucho menos horrible que la realidad, esa mujer que no estaba ahí por ella misma, no acariciaba ni proponía ni alentaba para su placer, para llevarse al ángel despeinado y jugar con su terror y su gracia deseosa. El verdadero amo esperaba, sonriendo petulante, seguro ya de la obra; no era el primero que mandaba a una mujer a la vanguardia, a traerle los prisioneros maniatados con flores. El resto sería tan simple, el auto, una casa cualquiera, las bebidas, las láminas excitantes, las lágrimas demasiado tarde, el despertar en el infierno. Y yo no podía hacer nada, esta vez no podía hacer absolutamente nada. Mi fuerza había sido una fotografía, ésa, ahí, donde se vengaban de mí mostrándome sin disimulo lo que iba a suceder. La foto había sido tomada, el tiempo había corrido; estábamos tan lejos unos de otros, la corrupción seguramente consumada, las lágrimas vertidas, y el resto conjetura y tristeza. De pronto el orden se invertía, ellos estaban vivos, moviéndose, decidían y eran decididos, iban a su futuro; y yo desde este lado, prisionero de otro tiempo, de una habitación en un quinto piso, de no saber quiénes eran esa mujer, y ese hombre y ese niño, de ser nada más que la lente de mi cámara, algo rígido, incapaz de intervención. Me tiraban a la cara la burla más horrible, la de decidir frente a mi impotencia, la de que el chico mirara otra vez al payaso enharinado y yo comprendiera que iba a aceptar, que la propuesta contenía dinero o engaño, y que no podía gritarle que huyera, o simplemente facilitarle otra vez el camino con una nueva foto, una pequeña y casi humilde intervención que desbaratara el andamiaje de baba y de perfume. Todo iba a resolverse allí mismo, en ese instante; había como un inmenso silencio que no tenía nada que ver con el silencio físico. Aquello se tendía, se armaba. Creo que grité, que grité terriblemente, y que en ese mismo segundo supe que empezaba a acercarme, diez centímetros, un paso, otro paso, el árbol giraba cadenciosamente sus ramas en primer plano, una mancha del pretil salía del cuadro, la cara de la mujer, vuelta hacia mí como sorprendida iba creciendo, y entonces giré un poco, quiero decir que la cámara giró un poco, y sin perder de vista a la mujer empezó a acercarse al hombre que me miraba con los agujeros negros que tenía en el sitio de los ojos, entre sorprendido y rabioso miraba queriendo clavarme en el aire, y en ese instante alcancé a ver como un gran pájaro fuera de foco que pasaba de un solo vuelo delante de la imagen, y me apoyé en la pared de mi cuarto y fui feliz porque el chico acababa de escaparse, lo veía corriendo, otra vez en foco, huyendo con todo el pelo al viento, aprendiendo por fin a volar sobre la isla, a llegar a la pasarela, a volverse a la ciudad. Por segunda vez se les iba, por segunda vez yo lo ayudaba a escaparse, lo devolvía a su paraíso precario. Jadeando me quedé frente a ellos; no había necesidad de avanzar más, el juego estaba jugado. De la mujer se veía apenas un hombro y algo de pelo, brutalmente cortado por el cuadro de la imagen; pero de frente estaba el hombre, entreabierta la boca donde veía temblar una lengua negra, y levantaba lentamente las manos, acercándolas al primer plano, un instante aún en perfecto foco, y después todo él un bulto que borraba la isla, el árbol, y yo cerré los ojos y no quise mirar más, y me tapé la cara y rompí a llorar como un idiota. Ahora pasa una gran nube blanca, como todos estos días, todo este tiempo incontable. Lo que queda por decir es siempre una nube, dos nubes, o largas horas de cielo perfectamente limpio, rectángulo purísimo clavado con alfileres en la pared de mi cuarto. Fue lo que vi al abrir los ojos y secármelos con los dedos: el cielo limpio, y después una nube que entraba por la izquierda, paseaba lentamente su gracia y se perdía por la derecha. Y luego otra, y a veces en cambio todo se pone gris, todo es una enorme nube, y de pronto restallan las salpicaduras de la lluvia, largo rato se ve llover sobre la imagen, como un llanto al revés, y poco a poco el cuadro se aclara, quizá el sol, y otra vez entran las nubes, de a dos, de a tres. Y las palomas, a veces, y uno que otro gorrión.
El otro- Jorge Luis Borges El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero. Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista. Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y la memoria de Alvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Alvaro. La reconocí con horror. Me le acerqué y le dije: -Señor, ¿usted es oriental o argentino? -Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestación. Hubo un silencio largo. Le pregunté: -¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa? Me contestó que si. -En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge. -No -me respondió con mi propia voz un poco lejana. Al cabo de un tiempo insistió: -Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris. Yo le contesté: -Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo de Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres de volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso en la plaza Dubourg. -Dufour -corrigió. -Esta bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso? -No -respondió-. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano. La objeción era justa. Le contesté: -Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar. -¿Y si el sueño durara? -dijo con ansiedad. Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije: -Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera? Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido: -Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejía; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamo a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente."Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, ¿en casa como están? -Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas. Vaciló y me dijo: -¿Y usted? No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros. Cambié. Cambié de tono y proseguí: -En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterllo. Buenos Aires, hacía mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní. Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era. -Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski -me replicó no sin vanidad. -Se me ha desdibujado. ¿Que tal es? No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia. -El maestro ruso -dictaminó- ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava. Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado. Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido. Enumeró dos o tres, entre ellos El doble. Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa. -La verdad es que no -me respondió con cierta sorpresa. Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos. -¿Por qué no? -le dije-. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine. Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos lo hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias. -Tu masa de oprimidos y de parias -le contesté- no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentencio algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba. Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después. Casi no me escuchaba. De pronto dijo: -Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges? No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción: -Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo. Aventuró una tímida pregunta: -¿Cómo anda su memoria? Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años; un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté: -Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan. Estudio anglosajón y no soy el último de la clase. Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño. Una brusca idea se me ocurrió. -Yo te puedo probar inmediatamente -le dije- que no estás soñando conmigo. Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde. Lentamente entoné la famosa línea: L'byre - univers tordant son corps écaillé d'astres. Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra. -Es verdad -balbuceó-. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa. Hugo nos había unido. Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz. -Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho. Se quedó mirándome. -Usted no lo conoce -exclamó-. Whitman es capaz de mentir. Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos. Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el dialogo. Cada uno de los dos era el remendo cricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy. De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor. Se me ocurrió un artificio análogo. -Oí -le dije-, ¿tenés algún dinero? -Sí - me replicó-. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile. -Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge, y que hará mucho bien... ahora, me das una de tus monedas. Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros. Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez. -No puede ser -gritó-. Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro. (Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.) -Todo esto es un milagro -alcanzó a decir- y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados. No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas. Hizo pedazos el billete y guardó la moneda. Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso. Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios. Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme. -¿A buscarlo? -me interrogó. -Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista. Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano. Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. EL otro tampoco habrá ido. He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el encuentro. El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar.
Julio Cortázar (1914-1984) Casa tomada (Bestiario, 1951) Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia. Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde. Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso. Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos. Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad. Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene: —Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. —¿Estás seguro? Asentí. —Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado. Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco. Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas quetanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza. —No está aquí. Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa. Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre. Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía: —Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol? Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. (Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios. Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.) Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro. No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada. —Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo. —¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente. —No, nada. Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora. Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
Aca les dejo unos temas de Economía Política de 5to año. 1) ¿Cuales eran los principales aspectos del Mercantilismo? Las ideas mercantilistas se desarrollaron durante los siglos XV y XVI y alcanzaron su apogeo en el siglo XVII. Los primeros pensadores entendían que la política mas recomendable para un soberano era tratar de estimular el atesoramiento de metales preciosos. Decían que la acumulación de riquezas aseguraba la fortaleza económica del reino y se trataba de una reserva necesaria para garantizar el pago de los ejércitos, en caso de desatarse una guerra. Las formas para obtener metales preciosos : El comercio exterior, la extracción en los territorios colonizados por sus ejércitos o bien, la pirateria. Este ultimo consistía en atacar en los mares a los buques mercantes de otros países para arrebatarles el oro y la plata que transportaban. El error de los metalistas fue confundir los metales preciosos que eran solo una manifestación de la riqueza, con la riqueza misma. La verdadera riqueza eran los bienes que producían los miembros de la comunidad. Para los mercantilistas, el Estado debía ocuparse de reglamentar las diferentes actividades económicas. Decían que para que quedara en la economía local una cantidad mayor de metales, sostenían que las exportaciones debían superar las importaciones . Así como un Estado debía defender a los mercaderes nacionales en sus disputas con los mercaderes de otros países, también debía proteger la producción local y evitar que ingresaran al país los productos extranjeros similares a los locales. Esta actitud de defensa se llama proteccionismo. Hacia el año 1600 la actitud proteccionista propiciada por el mercantilismo favoreció el desarrollo industrial. 2) ¿Qué sostenían los Fisiócratas? La llamada Escuela fisiocratica surgió en Francia en el siglo XVIII. Los fisiocratas creían que la sociedad debía regirse por "leyes naturales", y que el Estado no debía intervenir para modificarlas. Estos pensadores entendían que la única actividad humana capaz de producir una nueva riqueza era la agricultura. Según ellos, el resto de los quehaceres económicos solo cambiaban las características de los bienes, es decir, los transformaban pero sin agregar nueva riqueza a la sociedad. Según los fisiócratas, la única clase productiva era la de aquellos que de un modo u otro trabajaban la tierra; los otros sectores económicos eran caracterizados como "la clase estéril", ya que no producían riqueza. Concluían que no debían aplicarse impuestos a los sectores "estériles" sino solo a los vinculados con la agricultura, ya que era el único sector que podía pagarlos. Con estas medidas, favorecieron indirectamente el desarrollo de la actividad industrial. Los fisiócratas rechazaban las medidas proteccionistas y las regulaciones del comercio exterior que trababan el intercambio Los dos representantes mas importantes de esta corriente fueron Quesnay y Turgot. 3) ¿Cuales fueron los aportes mas relevantes de Adam Smith al pensamiento económico? Entre los principales aportes de Smith podemos mencionar: *estableció el concepto de la libre competencia como única vía para asegurar el máximo bienestar de la sociedad (una de las ideas fundamentales de Smith es que en la naturaleza del hombre existe una cierta propensión a intercambiar unas cosas por otras. Para él , el hombre es un individuo egoísta que busca su bienestar de acuerdo únicamente con sus propios intereses. Es a través de la búsqueda de su interés personal, y guiados por lo que Smith llama una mano invisible, que los individuos alcanzan el interés general, el bienestar de la sociedad) *definió la importancia de la división del trabajo como causa principal de la creciente productividad. *planteó una nueva división de la sociedad en clases. *desarrolló la teoría del trabajo como fuente del valor de los bienes. 4) ¿De qué trata la ley de población de Malthus? Malthus adquirió renombre a partir de la publicación de un ensayo donde exponia su ley de la población. Intento demostrar que la verdadera causa de la pobreza se encontraba en una "ley natural" de acuerdo con la cual la población crece mas rápidamente que la cantidad de alimentos que es capaz de producir. Esta situación genera miseria y hambre en la población, a menos que el crecimiento de esta ultima se impida por algún medio. Diferentes factores podían frenar el rápido crecimiento de la población. Por un lado aquellos que aumentaban la tasa de mortalidad (como las guerras y las hambrunas). Por otro factores como el vicio y la restricción moral que disminuían la tasa de natalidad. Malthus pensaba que se debía desalentar la procreación, según él, la fatal de previsión era la causa de la miseria de los pobres, quienes se lanzaban al matrimonio y a la procreación sin tener en cuenta el futuro. Malthus defiende la existencia de las "clases improductivas" que no producen y solo se dedican a consumir. Segun él, se logra así el equilibrio entre producción y consumo, oferta y demanda, evitando que se generen "crisis de sobreproduccion". 5) ¿Qué entiende por plusvalía? La formula genérica del capital es comprar para vender. Esta es la rotación del capital, primero es dinero, luego mercancía y luego otra vez dinero. Claro que no tendría ningún sentido si la cantidad de dinero al final del proceso fuera la misma que al inicio, debe haber una diferencia cuantitativa. Puesto que el dinero representa un valor, esa diferencia cuantitativa significa un incremento del valor. Este incremento de valor no depende del hecho de que la mercancía se venda por mas de lo que vale, sino que esta determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción, al cual Marx llama plusvalor o plusvalía. Entonces, la plusvalía es el incremento de valor incorporado en las mercancías mediante el trabajo. 6) ¿A qué se denomina valor de uso y a qué valor de cambio? La mercancía posee dos factores constitutivos: Valor de uso y valor de cambio. El valor de uso está dado por la utilidad del objeto, que depende de las cualidades del mismo. El valor de uso es, ademas, "el soporte material del valor de cambio". El valor de cambio, dice Marx, se halla determinado por dos factores: * El valor de la mercancía, o sea el tiempo de trabajo socialmente necesario para reproducir esa mercancía. * La ley de oferta y demanda, es decir las cantidades ofrecidas y demandadas de esa mercancía en el mercado. 7) ¿ Cuáles fueron los principales aportes de la corriente neoclásica? El nombre "neoclásico" no fue utilizado por los principales fundadores de esta corriente económica, sino por sus sucesores. La utilización de ese termino pretende mostrar una continuidad entre los primeros grandes pensadores económicos -Smith, Ricardo, Malthus- y los nuevos autores que pretendían retomar los principales conceptos de sus antecesores. Para los clásicos, lo principal era entender el mundo de la producción y de la distribución de la riqueza. Pensaban que si lograban comprender las causas de la riqueza de las naciones, podrían implementar las mejores políticas para fomentar el bienestar de la gente. La corriente Neoclásica, surgida varias décadas después de la clásica, oriento sus preocupaciones en una direccion muy diferente. El centro de atención paso de la producción al intercambio, y de los grandes grupos sociales a los individuos: la empresa, la persona. Esta corriente es también llamada marginalista. 8) ¿De qué trata la teoría subjetiva del valor? El pensamiento neoclásico intento explicar la formación de los precios independientemente del costo de producción. Pusieron énfasis en que cada producto tiene una utilidad distinta para cada persona, e incluso que un producto puede tener distintas utilidades para una misma persona en distintos momentos. Esta explicación se conoce como Teoría subjetiva del valor. Para los neoclasicos, el valor es igual a precio, y el precio se determinaría por medio de una interacción entre subjetividades, la utilidad que tiene para el individuo que lo compra y para el que lo vende. 9) ¿Qué fue el Taylorismo? ¿Cómo se organizaba el trabajo según Taylor? ¿Cuál fue su impacto en la economía mundial? *Taylorismo: Se llamo asi al conjunto de criterios organizativos que estableció Frederick W. Taylor. Este buscó promover un incremento en la productividad del trabajo industrial. Taylor creía, como los neoclásicos, que no existían contradicciones entre los intereses de los obreros y los de los empresarios ya que ambos debían estar interesados en incrementar las riquezas producidas para mejorar el nivel de vida de todos. Propugnaba el método de dirección científica de la producción, basado en un estudio minucioso de todos los aspectos del proceso productivo, para minimizar el desperdicio de tiempo y esfuerzo, y obtener la mayor producción posible durante la jornada de trabajo. *La Organización científica del trabajo: Para lograr el máximo de eficiencia productiva, Taylor proponía -e implementó en la practica- los siguientes pasos: A) Estudiar los tiempos y movimientos que se realizan al trabajar, para identificar aquellos actos inútiles y eliminarlos, dejando solo los productivos. B) Asignar a cada trabajador una tarea determinada dándole especificaciones sobre su realización, así como metas de cantidad y calidad. C)Individualizar el trabajo. D) Estandarizar las tareas. E) Elegir científicamente a los trabajadores para que cada uno se adecuara a la actividad para la cual resultaba mas productivo. F) Brindarle al trabajador formación profesional especializada. G) Remunerar a los trabajadores según su rendimiento, para instalarlos a los nuevos ritmos de producción. H) Tomar las necesidades de los trabajadores para evitar la excesiva fatiga. Reducir la jornada laboral y otorgar descansos para mantener la productividad. I) Supervisar la ejecución de las labores mediante un sistema múltiple y funcional. J) Medir el trabajo realizado e informar a los trabajadores los resultados obtenidos. *Impacto del taylorismo en la economía mundial. Las formas de organización fabril que propuso Taylor fueron adoptadas en numerosas empresas industriales de EE.UU. y Europa. Estos cambios significaron una modificación en las relaciones laborales y en la forma de producir, que se volvio mas eficiente pero mas deshumanizada, ya que los tiempos de trabajo intensos y repetitivos repercutieron desfavorablemente en la salud y la motivación de los trabajadores. No siempre la aplicación de los métodos tayloristas fue acompañada por su recomendación en cuanto a mejorar las remuneraciones de los asalariados, o permitirles el descanso necesario para que repusieran adecuadamente sus energías. El taylorismo dejó de lado la importancia que tiene, para quien trabaja, el realizar una tarea que sea entretenida y variada. En ningún momento se contemplaron los efectos psicológicos que se producirían a partir de la estandarización del trabajo. El taylorismo no procuraba aprovechar los conocimientos y la creatividad de los trabajadores para mejorar la producción, ya que eso quedaba en manos de los expertos que estudiaban científicamente cada tarea y establecían una rutina rigurosa, que debía ser cumplida de manera casi automática por los operarios. 10) ¿Qué sostiene la teoría Keynesiana? El análisis keynesiano considera que el volumen de ocupación y el nivel de ingreso varían mas o menos proporcionalmente. A corto plazo, la producción no puede aumentarse sin aumentos en la ocupación de mano de obra. Pero, en un periodo de tiempo mas largo podemos suponer que un cambio tecnológico permitirá aumentar el nivel de producción sin necesidad de aumentar el volumen de ocupación. El objetivo de Keynes es descubrir como se termina en un cierto momento el ingreso nacional de un sistema económico dado y el volumen de ocupación que le corresponde. Las herramientas que utiliza Keynes para determinar el volumen de ocupación y el ingreso nacional, son las siguientes: *la propensión a consumir o función consumo. *la demanda de inversión *la demanda especulativa de dinero y *la cantidad de dinero u oferta monetaria de la economía. Excepto la ultima, las otras tres variables son psicológicas, ya que depende de la propensión de los individuos a consumir o ahorrar una porción de su ingreso, de las expectativas sobre los rendimientos futuros de los bienes de capital, y de las expectativas sobre la futura tasa de interés. Las primeras dos variables ya fueron explicadas. La tercera es la demanda especulativa de dinero. Keynes dice que existen tres razones para demandar dinero: el motivo transacción, el motivo precaución y el motivo especulación. El primero se refiere a la necesidad de tener dinero en efectivo para realizar las transacciones corrientes y el segundo, para las necesidades futuras o imprevistos. El tercer motivo nos dice como desea la gente mantener el dinero que no gasta, es decir, en que forma guardara el dinero que ahorra. Mientras mas alta sea la tasa de interés, menor sera la cantidad de dinero que se conservará en efectivo. Las cuatro variables mencionadas son los determinantes del sistema keynesiano. 11) ¿En qué consiste la teoría monetarista? Después de la Segunda Guerra Mundial, los países capitalistas desarrollados alcanzaron tasas muy bajas de desempleo, por esa razón la teoría económica volvió a centrar su atención en el análisis de los efectos de la variación de los precios en la economía. Milton Friedman junto con un grupo de economistas, objeto las bases de enfoque keynesiano, y retomo los presupuestos de la teoría ortodoxa respecto de la existencia de desempleo debido a la rigideces o imperfecciones del mercado de trabajo. Esta teoría llamada monetarismo considera que los gobiernos no deben intervenir en el funcionamiento del sistema económico, en el cual se rige por las fuerzas del mercado. Solamente deben hacerlo para proveer a la economía de la cantidad de dinero requerida por el sistema. El análisis de los monetaristas destaca la importancia de las variaciones en la cantidad de dinero y sus efectos sobre los precios. El análisis monetarista se basa en un trabajo realizado por William Phillips, que consistía en un estudio sobre la relación entre las tasas de desempleo y las variaciones en los salarios nominales en el Reino Unido. Dicha relación se conoce como la curva de Philliphs. 12) ¿Qué representa la curva de Phillips?. La curva de Phillips representa una disyuntiva entre la inflación y el desempleo. Los responsables de la politica pueden lograr disminuir la tasa de desempleo, pero a costa de generar aumentos de precios. Osea que a medida que disminuye la tasa de desempleo se incrementa la tasa de inflación. 13) ¿Cuál es la diferencia entre desarrollo y subdesarrollo? Mientras unos se habían "desarrollado" otros no lograban hacerlo y se mantenían en estado de "subdesarrollo". Se denomina países "en vías de desarrollos" a los países subdesarrollados. La idea de desarrollo se asocia a una economía industrial, con modernas técnicas de producción en todas las áreas, con buenos niveles de consumo, de salud y de educación para una parte importante de la población. El subdesarrollo se relaciona con la escasa industrialización, el uso de técnicas productivas anticuadas y el desequilibrio entre sectores modernizados y tradicionales, tanto productiva como culturalmente. En los países subdesarrollados amplios sectores de la población viven en la pobreza, malos servicios públicos y pocos empresarios dispuestos a invertir e introducir innovaciones en el sector productivo. 14) ¿De qué trata la teoría de las etapas de Rostow? A fines de 1940, especialistas analizaron las razones por las cuales un conjunto de países se había desarrollado, mientras una gran cantidad no lograba hacerlo y se mantenía en estado de subdesarrollo. Uno de esos estudiosos fue Walt Whitman Rostow y sostuvo que todos los países que habían logrado desarrollarse pasaron sistemáticamente por una serie de etapas durante las cuales se iban creando las condiciones necesarias para el "despegue". Para este autor "el despegue" es el momento en el que el país, ya acumuladas las suficientes capacidades empresariales, tecnológicas y productivas, avanza en forma permanente en materia de crecimiento. Rostow recomendaba para poner a los países subdesarrollados en condiciones de "despegar" la sanción de leyes que favorecieran a los sectores empresarios mas modernos y emprendedores o que permitieran incrementar la capacidad de ahorro y de inversión de la sociedad. 15) Centro y Periferia. Concepto. Los países centrales (los industrializados capitalistas) marcaban el rumbo de la economía mundial, tenían los mas altos niveles de productividad, inventaban los productos que luego difundían en todo el planeta. Exportaban productos industriales e importaban materias primas. Lo que definimos como países desarrollados es lo que Prebisch y la CEPAL consideraban como "centro". La periferia estaba constituida por países que no tenían la misma dinámica productiva., que exportaban productos escasamente elaborados. Tenían importantes masas de población desocupadas o con ocupaciones escasamente productivas. Los países subdesarrollados coinciden con la "periferia". 16) ¿Qué se enuncia en la teoría de la dependencia? Teoría de la dependencia: Esta teoría sostenía que el subdesarrollo era producto de una situación muy compleja, por la cual los países periféricos dependían de los países desarrollados. Esta dependencia, se gestó durante la época colonial y cobró fuerza luego de la independencia. Este vinculo perjudicial que los países latinoamericanos mantenían con los países desarrollados debilitaba sus enconomias y los hacia cada vez mas dependientes de los prestamos y los recursos que pudieran recibir de los países centrales. Por lo tanto, concluían, para salir del subdesarrollo había que romper con los vínculos de dependencia y aprovechar las propias capacidades y recursos para satisfacer las necesidades de los pueblos latinoamericanos. 17)¿ En qué consiste la visión neoestructuralista? Los continuadores del pensamiento de la CEPAL, y del estructuralismo revisaron los argumentos originales, confrontándolos con los logros y los fracasos provocados por la industrializacion sustitutiva de importaciones . Así se origino la corriente neoestructuralista, cuyos representantes aceptan los méritos de la industrialización, pero consideran que ha provocado efectos negativos que es preciso corregir. Cambios propuestos por los seguidores del neoestructuralismo: 1) orientar la industrialización tanto hacia el mercado local como hacia los mercados externos. 2) reducir la cantidad de recursos transferidos al exterior en materia de pagos de intereses de la deuda externa; 3) impulsar la modernización productiva. 4) Orientar los capitales externos hacia actividades productivas y no especulativas. 5) Reformar el Estado, para que pueda realizad inversiones públicas,mejorar la equidad en la distribucion del ingreso y promover una inserción mas favorable en el mercado mundial. 18) ¿Qué es el desarrollo sustentable? En los últimos años quienes se preocupan por preservar el medio ambiente, los recursos naturales y la biodiversidad, han comenzado discutir sobre la utilidad del concepto tradicional de desarrollo. Estos sostienen que la medición del PBI no considera si los bienes creados por la naturaleza(tierras, mares, aire, animales, vegetales) están siendo preservados o dañados por la acción productiva de los hombres. También afirman que el deterioro del medio ambiente tendrá graves consecuencias para las generaciones futuras cuyas posibilidades de disfrutar de los recursos naturales se verán disminuidas debido al manejo poco responsable que se hace en el presente. Los grupos ecologistas, por ejemplo, sostenían que muchas de las actuales formas de producir y de consumir generan daños en la naturaleza y advierten que se podrían adoptar modos de producir alternativos. Por ej. evitar el uso de productos químicos en la elaboración de alimentos para no perjudicar la salud de la población. 19) ¿A qué nos referimos cuando hablamos de capitalismo periférico? Nos referimos a que El capitalismo no funcionaba de la misma manera en los países centrales que en los periféricos. porque la exportación de capitales de los países centrales determino un desarrollo de cierta forma desigual y desarticulado en los países periféricos. 20) ¿Qué cambios se producen durante la etapa denominada economía de guerra? Durante la Primera Guerra Mundial las economías de los países europeos se transformaron en economías de guerra, que subordinaron el conjunto de la actividad productiva a las prioridades militares. Así, cada país se ocupo de reorientar sus recursos hacia las fuerzas armadas, la industria armamentista y la producción de bienes de capital. El abastecimiento de productos básicos para la población civil quedo reducido a lo elemental, imponiéndose el racionamiento de los alimentos y de los bienes de consumo. Una de las consecuencias del racionamiento fue el surgimiento del mercado negro, a través del cual quienes poseían dinero e influencias podían conseguir mas y mejores productos. En las fabricas, los obreros movilizados por la guerra fueron reemplazados por jóvenes y mujeres. Así creció la participación femenina en el trabajo industrial. Para financiar la guerra, los estados recurrieron a los prestamos, a la emisión de dinero y, al aumento y creación de nuevos impuestos. El gasto publico se incremento al ritmo de la guerra: entre 1914 y 1918 los presupuestos nacionales se quintuplicaron. La emisión de dinero desencadeno una creciente inflación y, en consecuencia, una disminución del poder adquisitivo de las monedas. 21) ¿ Cuáles son las características de las economías mixtas? En las economías capitalistas se había producido una significativa sobreproducción, el cierre de numerosas empresas derivó en el aumento del desempleo y la deflación atacaba a la economía de los Estados Unidos. Los gobiernos de los países centrales (y muchos de los países periféricos) comenzaron a implementar políticas mas activas. Nacieron así las economías mixtas, en las cuales las empresas privadas seguían existiendo y liderando la producción y la acumulación de capital y el Estado pasaba a regular el ciclo económico para contener las recesiones y participaba en algunos segmentos de la producción de bienes y de la provisión de servicios. Por otra parte el Estado también se hizo cargo de algunos aspectos de la seguridad social. De esta manera comenzó el llamado "Estado del Bienestar". Ante las fluctuaciones de la demanda y las rigideces del mercado de trabajo la respuesta del capitalismo mixto fue generar empleo a través de la construcción de obras publicas. Después de la Segunda Guerra Mundial las economías mixtas presentaron altas tasas de crecimiento y significativas mejoras en la calidad de vida de sus habitantes, en especial en los países centrales. 22) ¿Qué es la Globalización? La globalización es un proceso que había comenzado a gestarse en los años setenta. Según Dirk Messner globalización significa "que todo lo que sucede en algún lugar del mundo tiene consecuencias en los acontecimientos [que se producen] en muchos lugares del mundo". Osea que los procesos económicos, sociales, políticos, culturales, etc., cada vez alcanzan mayor interconexion, traspasando las fronteras nacionales con creciente facilidad, por lo que pierden su importancia las distancias temporales y geográficas. 23) ¿Qué es un bloque regional? ¿Cuáles conoce? Bloques regionales: Se trata de la formulación de acuerdos entre países cercanos geográficamente para fomentar el crecimiento de los flujos comerciales y de capitales. Estos acuerdos comprenden desde los arreglos aduaneros y los tratados para el tratamiento de las inversiones hasta la coordinación de las políticas macroeconomicas. El ultimo de los mencionados representa el grado mas alto de la integración regional, en tanto puede incluir la conformación de autoridades económicas compartidas que sean las que dirijan algunos aspectos de la política económica del bloque. *La Unión Europea: Esta integración comenzó a funcionar plenamente en los ´90. En la actualidad existen 15 países con una fuerte integración económica en ese bloque: Alemania, Francia, Italia, Gran Bretaña, España, Irlanda; Suecia, Grecia, Bélgica, Luxemburgo, Paises Bajos (Holanda), Portugal, Finlandia, Dinamarca y Austria. En 1999 concreto el lanzamiento de una moneda propia, el Euro. *El Nafta: Integrado por EE.UU., México y Canadá. En este caso la integración regional se limita esencialmente a los acuerdos comerciales con aranceles preferenciales, es decir, mas reducidos que los correspondientes al comercio con otros países. *El Mercosur: Integrado por Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay . Ha implementado la reducción de aranceles para el comercio exterior entre los países que lo integran. Los resultados obtenidos han sido importantes en materia de crecimiento del comercio. Esto es lo que me tomaron en la integradora de Economía Política de 5to Polimodal. Saludooos!!!
Problema Como hago para ver los archivos y carpetas ocultos en Windows 7 Solución Abre el explorador de Windows (clic derecho sobre Inicio y selecciona "Abrir el explorador de Windows" Haz clic en "Organizar" y selecciona "Opciones de carpeta y búsqueda" En la ventana que se abre, haz clic en la ficha "Ver", luego en "Archivos y carpetas ocultos" marca la casilla Mostrar archivos, carpetas y unidades ocultos Finalmente haz clic en "Aceptar" y listo! (La carpeta u archivo será visible.).

Para obtener tu contraseña Wifi (en caso de haberla perdido o que alguien la halla cambiado y no la recuerdes) Son unos sencillos pasos que aca les voy a dejar: Van a Inicio , escriben CMD . * En Caso de tener el windows XP, van a EJECUTAR * y ahi escriben el CMD.. * pulsa intro, se abrirá una pantalla de msdos (negra) * escribe IPCONFIG y vuelve a pulsar intro; aparecerán la IP, la PUERTA DE ENLACE y a MASCARA DE SUB RED. * Solamente vas a necesitar la puerta de enlace y la ip, ANOTALAS! Abre el explorador de internet y en la barra de direcciones (arriba de todo) escribes la puerta de enlace y le das enter. * Click en Siguiente. * Click en Siguiente. * Ahi tienen la contraseña !!