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Usuario (Argentina)

El Dr. Bomur nos deja su más reciente anécdota de vida, cosas que solo a él le pasan. por El Mendolotudo27 de Agosto de 2014 | 10:151 Viernes… comenzó a sonar mi whatsapp, mis amigos me habían agregado a un nuevo grupo: “Fútbol 5 lunes”… ¿fútbol lunes? ¿A mí? ¿Al humano que tiene la misma habilidad con la pelota que la de una tostada? No puede ser. Lo llamo al Garabito… - Loco… ¿qué es ese grupo nuevo? - Fútbol Bomur… grupo de fútbol, ese deporte que juegan 11 contra 11 con una pelota en una cancha de césped. - Sos un tarado… ¿pero qué onda? - Nada loco, los lunes nos vamos a empezar a juntamos todos los pibes a jugar, ¡tenes que venir culiado! - ¿Estás seguro? Mira que resto… - Estamos matados, por lo menos corres algo, copate va a estar groso. - De una. ¡Qué emoción! ¡Mis amigos me habían invitado a jugar a la pelota! Explico mi emoción: mi familia es de tradición deportista, desde mis bisabuelos hasta mis hermanos y yo, a todos nos gusta el deporte… pero en solitario. No me pregunten porque, pero los Bomur siempre nos hemos dedicado a jugar solos, pádel, tenis, karate, boxeo, esgrima, gimnasio, gimnasia deportiva, natación, atletismo, judo, andinismo, etc… todo solos, unipersonales, menos espíritu de equipo que ucraniano ortiva y huraño. Esa actitud nos ha llevado a tener muy buen estado físico, pero pésima habilidad en las canchas. De chico mis primeros pasos por el fútbol fueron horrorosos. Mi viejo jamás nos llevó a la cancha, es más… creo que jamás lo vi mirar un partido de fútbol por la tele, salvo algunos casos mundialistas. Mi abuelo paterno no debe conocer más de tres nombres de equipos de fútbol, incluido River y Boca. Nunca en la vida me regalaron una pelota de fóbal, por lo que en mi crecimiento jamás estuvo impreso el instinto de saber pegarle al balompié. Pero hay una verdad que es indiscutible… es raro ver un tipo al que no le guste jugar al fútbol. No pasa nada si sos un mortadela, pero de ahí a que no te guste jugar, probablemente te miren raro y en el barrio se sospeche de que tenes afición por el salame picado grueso. No te puede no gustar el fútbol, es como que no te guste comer, como argentino es una obligación sentir por lo menos un mínimo de agrado por esa actividad que genera tantas sensaciones, lágrimas, alegrías, promesas, que le puede cambiar el estado de ánimo de una persona durante semanas, que puede unir y separar amigos, tópico típico del trío temático masculino (fútbol, minas, autos), pasión de multitudes, negocio millonario, deporte hacedor de héroes y villanos, de hitos, de íconos, de anécdotas selladas en la genética es idiosincrasia argentina, actividad que mueve la varita de tus lunes. Que no te guste el fútbol es como ver a un peronista alto, rubio, de River y alérgico al choripán… una utopía. Y los vagos me estaban invitando a mí… ¡a mí!, al defensor más parecido a una Cindor que se haya visto, al 2 con la misma habilidad que un pallet, al marcador con la gambeta de un escritorio de sindicato de los 70, esos de chapa, pesados como elefante con indigestión. Me estaban invitando el lunes a mí… al zaguero con la técnica de una embotelladora de salsa casera. Al toque pongo que sí, sumado a un premonitorio mensaje que intuí que iba a dejar pensando a mis amigos y que les iba a asegurar mi participación el lunes y mi estadía semanal forever: “Estoy… y se van a caer de culo con lo que voy a llevar” Tengo los mismos amigos de hace casi 20 años, lógicamente me conocen más que mis viejos, así que saben de mi escasísimo gusto por la fóbal, por lo que una sonrisa ha de haberse dibujado en los rostros de ellos, pensé. El sábado me levanté temprano y decidí proceder a armar mi sorpresa. Me fui a conocida marca de deportes de Mendoza que empieza con ADI y termina con DAS, entré como el tipo más decidido del mundo y le dije al muchacho vendedor: - Quiero los botines de Messi. El flaco me miró con cara rara, con esa cara que te ponen las minas en el boliche cuando te queres hacer el chistoso para entrarles y ni el chiste ni tu porte tientan. - ¿Vos queres los Adidas Samba Adizero F50? – preguntó el muchacho ávido en el tema. - ¡Eeeee papa me estas vendiendo un transformer! - contesté haciéndome el gracioso, esperando carcajadas del ocote y recibiendo una dura y seria mirada de sábado por la mañana, de un tipo que seguramente ha salido un viernes por la noche y ahora tiene que bancarse los comentarios de un payaso. – Si… esos – dije serio para terminar la charla. - ¿Talle? - 42 Cuando los trajo… ¡mamadera! Eran un avión. Definitivamente si Optimus Prime jugara a la pelota lo habría hecho con esa maravilla de la ingeniería del calzado. Con altas llantas el T-1000 habría alcanzado sin problemas el auto del Terminator para surtirlo tupido al John Connor. Al toque los miré como un niño en navidad, como cuando tu viejo te trae la caja de la Play y vos sabes que hay dentro. Los acaricié antes de probármelos… eran tan suaves, tan armoniosos al tacto, lisitos como pantalla de LCD. Ese color azul eléctrico iba a atormentar a mis oponentes, iba a ser el Rayden de la cancha, pegado al suelo por la corriente, volando como un rayo, esparciéndome por el césped cual relámpago en costa de Gesell, matando gente y quemando locales. Esos cordones anaranjados, atractivos, glamorosos, eran como la panza seductora de una cobra que te hipnotiza y en el momento menos pensado te ensarta su estocada de veneno. Esos iban a ser mis goles… ¡un embate venenoso contra mis amigos! Una fatality del Sub Zero. Les toqué la suela… altos tacos. Con razón el enano puto ese de Messi tiene tanta habilidad, si con estos pinches se clava al piso y puede girar y cambiar su dirección como un huracán, atornillándose al suelo y explotando hacia otro lado… ¡ya te descubrí el secreto culiadín! ¡Cuando me los probeeeeee! ¡Para que les cuento! Era como que te metan un dedo en el orto segundos antes de acabar. Un guante enjabonado de látex, una seda, una cosa de locos. Si no tuviesen tapones iría a laburar con esa gloria de botines. Me quedaban justo, impecables, pintados. Me miré en el espejo y con ese calzado, sumado a mi pelo revuelto, más mis piernas robustas y mi escasa altura, era el calco de un jugador de los ochenta. ¡Pumpido! Qué se yo, uno de esos. - ¡Me los llevo ya capo! No me fui sin antes comprarme tremendas medias, no podía arruinar la estética y la belleza de esos timbos con una medias biorsi, así que entre pito y flauta se me fueron milqui en la jodita. Eso si… la iba a romper como un campeón. Llega el lunes, debo reconocer que el domingo no pude dormir de la emoción de usar mis Adidas Samba Adizero F50 súper ultra sport archi destructores Skorpion Luke Skywalker Ken Goku Sayayin Seya de oro GTA 100% completado. Me los llevé a la oficina y los estuve mirando toda la mañana del lunes, imaginando las gambetas que se iba a comer el Gonzalo, los pases que le iba a hacer al Dani, los balones que le iba a anticipar al Polilla y por supuesto… la catarata de goles que le iba a hacer al Tanque o al Negro. A partir de ahora, no iba a ser más el último que queda para ser elegido, todos iban a querer tenerme en su equipo con mis mansos timbos. Nos juntábamos a las 21, pero llegué 20:30, sumido en una histeria y emoción galopante, que de tener 50 años indefectiblemente hubiesen terminado en un ataque al corazón. Estaba cambiado, sin los botines. Espere a que llegaran… - ¿Y la sorpresa Bomur? – me recordó el Gordo Gonzalo. - Se mueren… posta que se mueren. Entonces me fui al baño y me puse mis Adidas Samba Adizero F50 Matrix Reloaded Samsug S5 Miguel Ángel Rafael Donatello Leonardo Tondercats Por el poder de Grayskull Ranita de Metán Assassin Creed Metallica y me aparecí como galán de Hollywood que gana el Oscar al mejor actor de la historia del cine. Como una explosión despampanante mis amigos se empezaron a reír, al principio creí que de la tremenda sorpresa que les estaba dando, pero al minuto me di cuenta de que las risas eran de burla… cruel y despiadada. Los vagos no podían ni hablar de las carcajadas, el Tanque empezó a toser y se ahogó, al Polilla le faltaba el aire, el Gonzalo casi vomita, el Garabito quedó en posición fetal en el piso, mientras las lágrimas le corrían por la cara, entre sus espantosas risas se esucuchaban cosas como “¡qué hijo de puta!”, “me muerrooooo es un boludooo”, “¿para que lo invitamos?”, “no te lo puedo creer”, “¡mirá y están nuevos, se los ha comprado hoy!”, “Bomur sos un capo Dios mío que tarado”. Entonces, preso de la ira y la vergüenza, convencido de que la envidia insana había desembarcado en mi patético y puto grupo de amigos pregunté… - ¡Culiado son los de Messi! ¿no les gustan acaso? - No, boludo – alcanzó a balbucear el Negro desfalleciendo de la risa – con tapones no se juega en sintético. Y ese lunes jugaron 9. NdA: a vos vendedor la concha de tu madre ¡cómo no me decís que son para césped la puta que te parió cara de culo!
El Top Five de las malas palabras de mi viejo Cuando somos jóvenes tendemos a sacar de las casillas a nuestros padres, entrenando de esa forma su creatividad para retarnos por El Mendolotudo15 de Septiembre de 2013 | 11:41Opiná Mi viejo el Pelusa es un tipo común y corriente, como cualquier tipo común y corriente de mundo. Es un hombre tranquilo, laburante, que se da uno que otro gusto, que tiene una familia normal, sin ningún prodigio ni desastre, una esposa normal (mi vieja) y una vida pacífica. Es un tipo con convicciones muy arraigadas, actitudes muy marcadas y de una seguridad en sí mismo absoluta, por lo que no es muy recomendable discutir con él. Lo que es poco recomendable es hacerlo enojar, poco recomendable porque se le agota su paciencia muy fácilmente y se le van los estribos al carajo. Es tranquilo y elegante, pero cuando ve rojo, se pone loco, se saca y es una tormenta imparable, frenética, de locura salvaje, euforia y éxtasis. Se calienta y se le olvidan sus cincuenta y pico pirulos, se carga de adrenalina, se le hinchan las venas de las sienes y levanta la voz a niveles Pavarottirescos. Lo gracioso del tema es que pocas veces he visto esa mutación de estado tranquilo/normal/off a estado inflamable/on/destructor traducida en hechos de violencia física, ni con nosotros ni con terceros. Muy pocas veces se ha agarrado a trompadas en su vida y muchísimas menos nos ha pegado a nosotros, pero lo que he visto (mas que visto escuchado) hasta el hartazgo son las malas palabras que dice. Cientos de miles de millones de insultos elevados a infinitas potencias, en todos los colores, gustos, idiomas y sabores. Y no cualquier insulto, el tipo en “ira nivel Dios” no te va a tirar un absurdo y banal “hijo de puta”, mucho menos un suave y soso “pelotudo”, tampoco un insulto más duro. Es tanta la locura que le agarra en momentos de furia, es tanta la generación de adrenalina, que lo entumecen y lo vuelven loco de rabia, trabándole las mandíbulas (y las ideas) y llevándolo a reproducir frases incoherentes, mezclas de malas palabras con palabras raras, ajenas, inmigrantes de otros discursos, palabras desubicadas, esbozadas en un tono tan ofensivo que uno sabe que esta puteando, pero no sabe si reírse o temer, si sentirse mal o festejar la majestuosa obra maestra que mana de sus labios. Es un torbellino de odio que lo lleva a inventar las malas palabras más jugosas y exquisitas de la literatura cotidiana. A raíz de la última mágica combinación de insultos que reprodujo mi viejo es que con mi hermano nos pusimos a armar una especie de “top five de las más legendarias malas palabras del Pelusa” y acá lo comparto con ustedes (estan entre comillas para que después las copien y las peguen en su álbum de recuerdos): Puesto número 5 – El viejo violín: Los fines de semana somos de agarrar las bicis por deporte. Salimos desde mi casa y nos vamos al cerro Arco, al cerro dela Gloriao al circuito del Challao. Esa tarde ya veníamos bajando del zoológico al parque cuando decidimos hacernos unas vueltitas al lago para andar un rato más. Iba mi viejo, una de mis hermanas y yo. El tema es que en un momento veníamos despacio porque mi hermana estaba tratando de sacar el pomito de agua, hasta que nos tuvimos que parar del todo. A unos cincuenta metros venía un viejo caminando, re mirón, que ya le venía sacando la ficha a mi hermana. Yo me había percatado de que el Pelusa lo había visto y ya lo miraba con cara de vena desde lejos. Sobre todo porque mi hermana debe haber tenido unos quince años en esa época. El tema es que pasa el viejo violín por al lado nuestro, sin dejar de mirar a mi hermana y mi viejo le largó una especie de puteada que aplacó toda mi hombría, haciéndome estallar de la risa frente a la cara desorbitada de mi papá: “¿Qué te pasa viejo gaucho? ¿Por qué no te miras el chicote?”… casi me muero… ¿¡Qué tendrá que ver un gaucho con el viejo mirón Dios mío!? ¡¡y el remate final del chicote!! Fue mun-dial. Puesto número 4 – Cago la iglesia: Sabidas son sus miles de puteadas a Dios y la Virgen cuando le pasa algo, como el suave “me cago en dioooo” que todos deben conocer. Estas son reproducidas cuando le pasa algo a él, cuando un objeto lo daña o lastima a él, actuando por si solo, por ejemplo si se le cae algo, si se pega contra un mueble o marco, si se resbala, si se le cae la pirámide de leña del asado o si se le vuelca algún vaso. Pero cuando el golpe es de verdad doloroso, como pegarse en la cabeza con la puerta de la alacena o reventarse el meñique contra la pata de la cama, mi viejo atestado de ira exhala su típico, familiarmente conocido, políticamente incorrecto y eclesiásticamente violentísimo “¡Ostia puta!”. ¿Qué tendrá que ver el cuerpo del señor en esto? ¿Y porque el sustantivo “puta”? In-en-ten-di-ble. Puesto número 3 – Cena pesada: Resulta que mi hermano se había juntado a comer con los amigos pollo al ajillo. Este consiste en meter unas patamuslos al disco y atestarlas de cabezas de ajo. Es una exquisitez, pero quien tiene un PH graso y húmedo como mi hermano, padece de emanar el ajo por los poros, por la boca y sobre todo por las ventosidades (que te hacen arder el culo de placer). Los que más lo padecen son los que acompañan al “ajito andante” (novios, familia, etc). Era verano, hacía un calor implacable y eso que era de noche. Por la distribución de las habitaciones en mi casa, para que el aire acondicionado enfríe todas las piezas hay que cerrar dos puertas del pasillo. El ambiente queda algo así como hermético, lo cual permite llevar el frío a todas las habitaciones… el olor no, a menos que seas mi hermano y hayas comido ajo. Tipo cinco de la mañana se levanta mi viejo (yo acababa de llegar y estaba despierto) y lo escucho que se empieza a quejar del olor fuertísimo que venía de mi pieza. Entra al baño y cuando sale se viene para mi pieza con un desodorante de ambientes. Comienza a tirarlo, medio dormido y bastante enojado porque el olor era penetrante al tiempo que se manda “¿Qué has comido gordo calefón? ¿¡Veneno!?”… creo que estuvimos una hora más riéndonos, entre pedo y pedo de mi hermano por la presión que en el diafragma ejerce la risa. Puesto número 2 – Día de pesca: Estábamos de vacaciones y mi viejo no para de romper las bolas con ir a pescar. Había un río muy copado cerca, lleno de gente y juegos y nosotros queríamos estar todo el día ahí. El lugar para pescar quedaba relativamente lejos y no queríamos hacer otro viaje estando de vacaciones. Dale que dale con la pesca, se había puesto muy denso, así que decidimos llevarle el apunte y fuimos (no se que digo “decidimos” si éramos chicos, en realidad convenció a mi vieja y fuimos). En esa época mi viejo tenía un 405 así que iban varias cañas (la de él y unas de nosotros) en el costado del auto, del lado de adentro, entre la puerta de adelante y la de atrás. ¿Y que fuimos haciendo todo el viaje? Típico de pendejo, típico de guachito que lo llevan a un lugar donde no quiere, típico de Bomur y hermano: todo el viaje cagándonos a piñas entre nosotros, con nuestro primo el Pato y entre los tres a nuestras hermanas. Mi vieja iba histérica, mi viejo a los pellizcones limpios, manejaba con la izquierda y con la derecha nos daba masa. Llegamos a destino, apenas para el auto mi viejo y saca el centralizado mi hermano abre desaforado la puerta, entonces le metí un empujón tremendo y se cayó. No sin antes engancharse con todas las cañas y partir justamente la de mi viejo. Al Pelusa se le infló la vena, se volvió loco y esbozó la legendaria y ultra despectiva: “¡Gordo melón! ¡Gordooooo con la grasa!”. Increíble… ¿“con la grasa” que? ¿melon? ¿Qué tiene que ver la fruta con esto? Ahí hay un conector que no tiene sentido, una palabra de más, una frase loca… ¡acá hay algo extraño señores! Puesto número 1 – Atoradero: Íbamos por debajo del puente que va hacia el Cárrefour. Manejando de sur a norte, a la hora que desaparecen los gi joe luminosos que manejan el tránsito, cuando esa intersección con el acceso Este es el mismísimo infierno. Quedamos justo parados bajo el puente y una mujer en una camioneta gigante bajando del acceso se metió frente a mi viejo atorando todo el tránsito que de por si venía hacía veinte minutos atorado. Todos comienzan a tocarle bocina a la pobre mujer que había cometido el error de su vida, por ende a mi viejo que la había “dejado pasar” (lo pongo entre comillas porque se metió de prepo, ni en pedo la deja pasar mi viejo). Entonces baja el vidrio, con la aorta que le estallaba de temblor y le gritó enfurecido y loco en medio de todos los bocinazos “¡Vieja peluca!”… hubo unas milésimas de segundo y la señora lo miró. Ahí fue cuando mi papá remató con: “¡Vieja trapo de piso!”. Con mi hermano nos desmayamos de risa y ahí fue cuando llegué a mi casa y me senté a escribirles esta nota. POR: DOCTOR BOMUR