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Juliandavid20

Usuario (Colombia)

Primer post: 21 jun 2015Último post: 21 jun 2015
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El fútbol y la sociedad tercermundista.
Ciencia EducacionporAnónimo6/21/2015

Hay varias razones por las cuales el espectáculo del fútbol profesional (con sus campeonatos, sus equipos, sus hinchas y sus periodistas), me resulta muy desagradable. En primer lugar, porque cuando veo a los hinchas con las camisetas de un equipo A o B, experimento que la sociedad regresa al tribalismo. Es decir, con su camiseta, sus gritos desaforados por un equipo y sus actitudes segregatorias, el hincha está proclamando que juzga mejor a su “tribu” que a otras “tribus” de hinchas que usan un color diferente y entonan otros cánticos. Por supuesto, esto es absurdo, no hay tribus mejores que otras, lo que hay es tribus diferentes. El hinchismo futbolero (proclamar que “mi tribu” es mejor que la tuya), es todo lo contrario de ideas como las de humanidad o democracia, que se basan sobre el supuesto de que existen muchas creencias distintas en lo político, religioso, social o cultural, que todos somos iguales ante la ley, y que la convivencia es posible a pesar de la diferencia. El hinchismo futbolero (así sea de modo simbólico, y sin llegar a los extremos de violencia a los que a veces llega) refuerza la idea de que sólo una visión de mundo debe prevalecer sobre las demás, mientras las otras cosmovisiones deben ser aplastadas; es decir, por definición el hinchismo es antidemocrático. Que un hincha celebre el triunfo de su equipo, es festejar la exclusión y eliminación de otros, y eso no me parece muy loable. Celebrar un triunfo en el fútbol es festejar el triunfo de una tribu y no de la humanidad, y eso siempre me ha parecido un retroceso histórico. El fútbol profesional, tal como se practica hoy, otra vez nos obliga a pensar en términos de clanes endogámicos y eso – a mi modo de ver- es culturalmente peligrosísimo. En segundo lugar, el hinchismo me disgusta porque, por lo general, anula la condición fundamental de un ser humano para conseguir la calidad de ser humano: la empatía. Es la capacidad del hombre para ponerse en el lugar del otro y contemplar el mundo desde los ojos de ese otro, lo que garantiza la convivencia a cualquier nivel (de pareja, familiar, social, nacional e internacional). En cambio, cuando alguien se proclama hincha de un equipo, salta a la vista que se anula su capacidad empática. Si soy hincha del “Equipo Patito”, sólo veo a través de los ojos de ese equipo, magnifico los logros de mi equipo, minimizo los del rival, niego mis propios defectos y agrando las falencias de otros. En pocas palabras, ser hincha es renunciar a ver el mundo desde una perspectiva distinta a la propia, es reafirmar un prejuicio cognitivo, ponerse unas gafas que filtran la información de un cierto modo y negarse a considerar el mundo sin esas gafas y sin la distorsión que ellas traen aparejada. Por supuesto, alguien me dirá que no ocurre así en todos los casos y eso es cierto, hay “hinchas” de equipos que saben mantener una sana distancia respecto del conjunto de sus preferencias, pero la verdad es que no sabemos cuántos son ¿serán el 10% del total? ¿el 20%? ¿el 50%? Con que sólo hubiera un 1% de hinchas que consideren el mundo desde su particular distorsión cognitiva y nada más, ya me parece preocupante. En tercer lugar, el fútbol me resulta chocante por las evidentes exageraciones de sus aficionados. Supongamos que uno juega parqués con 3 amigos más y los vence ¿qué opinaríamos de que el vencedor de ese juego, poseído por la emoción de “su gesta”, saliera a la calle a gritar que “él es el mejor”, interrumpiera el tránsito, lanzara harina a la gente, se subiera a un auto y paseara por media ciudad haciendo sonar el claxon? Si al preguntar por la razón de tales conductas, nos contestaran que se está celebrando una victoria en parqués, no sólo nos parecería absurdo, sino que hasta sentiríamos lástima por semejante ingenuo. Pues bien. Más o menos lo mismo ocurre con el fútbol y sus desmesuradas celebraciones. Un grupo de personas ha empujado más que otro, unos balones dentro de cierto espacio, y debido a eso, una multitud pierde la cabeza y sale a las calles a gritar y celebrar el hecho. Al celebrar no toman en cuenta que muchas de esas victorias son debidas al azar, es decir, son caprichosas, perfectamente pudieron tocarle al contrario también, y por ello no hay nada qué celebrar (es sólo casualidad). Pudiera ser que otras victorias se deban a que un equipo es más hábil golpeando una bola que otro, pero es lo mismo que celebrar que fulano es mejor que mengano haciendo burbujas de baba (es una pura convención cultural que nuestra sociedad festeje hoy en día la habilidad de golpear esferas de cuero y no la de hacer burbujas de baba; en este momento de la historia, la humanidad ha decidido aplaudir la habilidad para golpear balones, así como pudo haber resuelto aplaudir habilidades circenses distintas). En todo caso, al salir a festejar una victoria futbolera, los aficionados no están conmemorando algo importante para la civilización (una vacuna contra el cáncer, el reconocimiento de algún derecho para alguna minoría, la desaparición del desempleo en una ciudad, el descubrimiento de un modo de prevenir terremotos). La verdad yo sí saldría a gritar a las calles si ocurriera alguno de los ejemplos que señalo, pero siempre me parecerá desmesurada la gritadera porque alguien consiguió éxito momentáneo en un parqués con fichas humanas (que eso es el fútbol). Asimismo, agregaría que el hecho de la alharaca celebratoria del aficionado al fútbol, demuestra que un juego no se está asumiendo como un mero juego, es decir, el ruido que emite el sujeto demuestra que algo que es un mero entretenimiento se está asumiendo como algo más que mero entretenimiento, un mero pasatiempo se está tomando mucho más en serio de lo que debería (y en eso el hincha gritón actúa exactamente igual que tanto fundamentalista político, religioso y cultural, que se pasa de serio en asuntos que no hay que asumir con tal gravedad). En cuarto lugar, del actual sistema de fútbol profesional en el mundo, me disgusta que los que más celebran, son justamente los que nada ganan. Me explico. Cuando un equipo de fútbol triunfa, quienes obtienen beneficios tangibles son los jugadores, el cuerpo técnico, los dueños del equipo, los agentes de jugadores y las empresas que pautan en ese equipo. Los jugadores y cuerpo técnico porque consiguen dinero, se cotizan mejor, son más mercadeables y se abren más perspectivas hacia el futuro. Los dueños del equipo porque, como es obvio, ahora poseen un producto más costoso y más apetecido. Los agentes de jugadores porque al aumentar el valor de sus pupilos, ellos pueden quedarse con tajadas más jugosas en las transacciones. Las empresas que pautan en los equipos porque obtienen más de esa visibilidad que tanto desvela a los publicistas. Y bueno –digo yo- ¿qué gana el hincha de un equipo que ha resultado triunfador de algún torneo? ¿Consigue más dinero, se cotiza mejor, se vuelve más mercadeable en el mundo del trabajo, se le abren inéditas perspectivas laborales o profesionales? ¿Cuenta ahora con algo propio y adicional que es comercialmente más apetecido? ¿Podrá cobrar más en sus transacciones de cualquier tipo hacia el futuro? ¿Consigue más visibilidad? La verdad monda y lironda es que el hincha no gana nada: ni dinero, ni prestigio, ni poder, ni influencia. Nada. Tras la victoria de un equipo de fútbol cualquiera, la vida sigue igual de complicada y enredada. Entonces –insisto- ¿por qué quién nada obtiene es quien más algarabía hace? Comprendo la sonrisa en los rostros de jugadores, cuerpo técnico, dueños de equipos, agentes de jugadores, empresarios diversos y periodistas (estos últimos se me olvidaban) conectados a esa actividad, al fin y al cabo todos ellos se están lucrando con el asunto ¿Pero cómo comprender esas carcajadas, sonrisas y bullicio en quienes nada han conseguido para mejorar sus vidas? ¿Eso tiene sentido? Mi cuarta razón para repudiar el fútbol, me da pie para esgrimir la quinta. En el actual sistema del fútbol profesional, el aficionado es sólo alguien que acaba manipulado por la mafia tan particular que maneja ese “deporte”. Como ya vimos, el aficionado sólo es el idiota útil que con su dinero y su devoción, contribuye a que ciertos empresarios de distintos órdenes puedan incrementar un cierto capital. Alguien que con ese juego no consigue ni fama, ni prestigio, ni poder, ni fortuna, del modo más iluso del mundo contribuye a que un grupito reducido (las camarillas ya citadas en el anterior apartado) consigan así fama, prestigio, poder y fortuna. Los aficionados al fútbol se me parecen muchísimo a los feligreses de ciertas iglesias evangélicas que con sus diezmos contribuyen ciegamente a la riqueza de algunos “pastores” de esas mismas iglesias, y no quieren aceptar que el supuesto “pastor”, realmente es un lobo que los está esquilmando. Se parecen también muchísimo a los drogadictos que enriquecen a ciertos barones de la droga (que para efectos de esta analogía lo serían entidades como las confederaciones nacionales de fútbol, la Confederación Suramericana de este “deporte” o la FIFA). Al forofo del fútbol, parece que no se le pasa por la mente que este juego es un negocio y nada más que un negocio. Un negocio –eso sí- que tiene la desfachatez de pregonarse a sí mismo como un arte o una religión (como si las prostitutas proclamaran que ellas son las que ofrecen el verdadero amor). Además, que el sistema mundial del fútbol es mafioso, lo muestran otros rasgos que los padrinos de este negocio comparten con otras organizaciones delictivas: estafan a sus pobres víctimas (los aficionados al juego) haciéndoles asumir como ciertas, creencias que ya hemos visto que son falsas; cada cierto tiempo saltan a la palestra los predecibles escándalos por arreglos de partidos, se sacrifica algún chivo expiatorio, y tiempo después vuelve a asomar la cabeza otro escándalo similar en un lugar distinto; los torneos –si se los examina con lupa- no se organizan de modo imparcial, sino para que ciertos equipos –los más taquilleros- accedan más fácilmente a las finales, en desmedro de otros; los árbitros –como es un lugar común- suelen equivocarse más a favor de ciertos equipos y no de otros, justamente a favor de los equipos con más impacto mediático y que por ende generan más dinero; los equipos más exitosos son simplemente los que cuentan con más metálico (A ningún aficionado, por ejemplo, se le ocurre que Barcelona y Real Madrid arrasan en el fútbol español porque cuentan ellos solos con más presupuesto que los demás equipos juntos ¿No sería lo lógico, que en aras de la equidad, al comienzo de un torneo, se garantizara que cada equipo español tuviera los mismos ingresos del Barcelona y el Real Madrid? No obstante, lo incomprensible del asunto es que los otros equipos aceptan jugar en esa inferioridad de condiciones y con su participación, validan lo que sólo es una charada). Como sexta razón de mi rechazo al fútbol, está un hecho muy singular que he notado que ocurre en las ciudades colombianas cuando juega la selección mayor de este “deporte”. En los días en que hay esta clase de partidos, me sorprende que al salir a la calle me topo con centenas de personas enfundadas en la camiseta amarilla de la selección Colombia. Lo que más me llama la atención es que las personas así enfundadas en el trapo amarillo, en la gran mayoría de los casos suelen ser las que se dedican a los oficios más humildes: el voceador de periódicos, el vendedor callejero, el taxista, el repartidor de domicilios de los almacenes, el albañil… Es decir, quienes más portan esa clase de camisetas (otro negocio) suelen ser los trabajadores informales, aquellas personas que en Colombia se dedican al rebusque cotidiano. Ellos, a quienes este país les ha dado poco o nada, son quienes más celebran a ese país que los maltrata. ¿Cómo entender eso? ¿Es simplemente que en ellos el lavado cerebral ejercido por los mercaderes del fútbol es más perfecto que en cualquier otro segmento de la sociedad? ¿Es porque ellos constituyen – a su pesar- la sección más inocente de todo el cuerpo social? ¿O es que ellos son más generosos que esa estructura social que los excluye? Personalmente, confieso que en los días de esos partidos que menciono, apenas veo las dichosas camisetas en los torsos de estas personas, se me arruga el corazón. Experimento ira hacia los timadores de ese dizque “deporte” que así se aprovechan del candor de los más desfavorecidos, y misericordia por todas las víctimas de ese fraude. En conclusión, el fútbol profesional contemporáneo hace que los humanos retrocedamos al tribalismo más paleolítico, multiplica las distorsiones cognitivas, contribuye a que la gente pierda la perspectiva respecto de varios asuntos y así asume con una gravedad exagerada, algo que no lo merece. Además, tal como está organizado hoy en día, el fútbol profesional trafica con la inocencia de la gente, es sospechosamente semejante a varias estructuras mafiosas y se aprovecha –material y espiritualmente- de la porción humana más desfavorecida de la sociedad. El fútbol profesional contemporáneo es una obra de teatro que se vende a sí misma como si no fuera una obra de teatro, un seudodeporte donde una pandilla de avivatos se lucran con el candor de otros. Suelo pensar que hacia el futuro, si la humanidad en verdad se civiliza, el fútbol profesional tal como hoy lo conocemos, progresivamente será abandonado por la gente y por último abolido. En un cuento de Borges llamado ´”Utopía de un hombre que está cansado”, el escritor nos describe un mundo futuro donde han desaparecido muchas actividades y oficios que hoy en día reputamos como “indispensables”. Uno de esos oficios que ha desaparecido es el de político, en el porvenir que allí se describe, esos seres ya no existen y Borges afirma de ellos que “tuvieron que buscar oficios honestos”. A mí me encantaría que los jugadores de fútbol, los entrenadores y dueños de equipos, los agentes de jugadores, empresarios y periodistas relacionados con ese mundo, en el futuro desaparecieran y también tuvieran que buscar oficios honestos. No obstante, también me doy cuenta que si quizá en el futuro la humanidad consigue eliminar el fútbol, acaso lo reemplace por una farsa parecida; tal vez los humanos estamos condenados a reemplazar un opio tras otro opio por los siglos de los siglos. Ricardo Burgos López

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