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Le Monde diplomatique - Edición Nro 187 - Enero de 2015 Carne Por José Natanson Director Le Monde diplomatique, edición Cono Sur. Politólogo. En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en un contexto global caracterizado por el éxito del New Deal, el despegue industrial de las economías centralizadas de la órbita soviética y la amplia intervención del Plan Marshall, América Latina encontró un nuevo paradigma económico en la teoría de la dependencia y el pensamiento de Raúl Prebisch: sintéticamente, la idea era que el lugar subordinado de los países de la región en el comercio internacional, relegados a su rol de exportadores de materias primas e importadores de manufacturas, generaría a la larga un deterioro inexorable de los términos de intercambio, lo que alimentaría crisis cíclicas de la balanza comercial que obstaculizarían el desarrollo. Se imponía, por lo tanto, la industrialización acelerada vía sustitución de importaciones. Pero no contaban con China. Medio siglo después, unos 600 millones de chinos –y 160 millones de indios, junto a cada vez más brasileros, indonesios, africanos– se han incorporado al mercado de consumo capitalista, lo que derivó, entre otras cosas, en un aumento de los precios de los commodities. Si a esto sumamos la difusión en masa de las tecnologías adecuadas para producir manufacturas simples (textiles, juguetes, segmentos de menor valor agregado de la electrónica), el resultado es una reconfiguración radical de los términos del comercio internacional. Este nuevo contexto, impensable hace un par de décadas, refuta el viejo paradigma cepalino, que ha perdido vigencia en un mundo en el que, como suele explicar Miguel Bein, un kilo de Audi vale menos que un kilo de lomo. Jugoso Mucho más que el trigo, decisivo en la historia económica argentina pero un poco impersonal, y que la soja, que será un prodigio de proteínas pero genera un aceite oloroso y cuya presentación en milanesa sólo es tolerable para mujeres en situación de dieta, la carne ha sido históricamente, como señala Christian Ferrer (1), el símbolo de la riqueza nacional y la primera fuente de nuestra puja distributiva, y esto por un motivo simple: los argentinos exportamos lo mismo que consumimos (la idea es válida también para la soja, que en tanto insumo de feedlot se transforma en carne y cuya expansión acota la superficie para la ganadería). La explicación es histórica. Con razón o sin ella, Argentina fue fundada sobre el mito de la abundancia, un país que a fines del siglo XIX absorbió –como ningún otro salvo Estados Unidos– enormes contingentes de inmigrantes, rápidamente integrados a los mercados de consumo urbano, y que cincuenta años después incorporó, más conflictivamente, la migración interna, hasta construir, por impulso de Perón, el Estado de Bienestar más generoso de América Latina. Consideradas así las cosas, las estrategias de desarrollo estilo Corea del Sur, cuyos habitantes se conformaron durante tres décadas con la televisión en blanco y negro para poder exportar aparatos a color a Europa y Estados Unidos, sencillamente no funcionan en un país dotado de una clase media omnipresente, una fuerte capacidad de articulación colectiva y una larga memoria de reclamos plebeyos (2). En materia alimenticia, la demanda es simple: los argentinos queremos comer carne. Atento a esta tendencia, el kirchnerismo viene desplegando una serie de políticas de intervención en el sector que incluyen retenciones, cupos y hasta la prohibición de exportar, lo que –junto al aumento del precio de la soja y la consiguiente limitación de la superficie disponible para la ganadería– llevó a una drástica reducción del stock ganadero en alrededor de 10 millones de cabezas (3), pero que al mismo tiempo permitió mantener los precios internos relativamente controlados e incrementar el consumo, sobre todo de los sectores populares: con 125,6 kilos per cápita al año, la marca más importante de su historia, Argentina encabeza los rankings carnívoros del mundo, superando a países como Francia (101,1 kilos) o Canadá (108,2), cuyo PIB cuatriplica o quintuplica el nuestro (4). El resultado es un verdadero populismo cárnico, en su sentido clásico: ganancias de bienestar en el corto plazo sin medir las consecuencias en el largo. La escena que condensa esta realidad es por supuesto el asado, cuya verdadera carnadura, al decir del sociólogo Matías Bruera, no reside tanto en el menú como en la conversación y el encuentro que genera en torno suyo. Para Bruera, el goce del asado “sublima la violencia ejercida sobre el ser vivo” y contribuye a expiar la culpa, cínicamente exhibida en los nombres de carnicerías y parrillas: Siga la vaca, La revancha, La vaca loca, El rey de la molleja, El triunfo, La ternura... “La violencia ejercida sobre el ser vivo se expresa también, de manera denigratoria, en el lenguaje cotidiano, al asimilar la obesidad a una vaca, la brutalidad a un animal, la pesadez a un bofe, pelearse a ir a los bifes, el órgano sexual masculino según el tamaño y aspecto al chorizo o la morcilla, matar a tajos a ‘achurar’, el asesino a un carnicero, entre otros” (5). En efecto, algo del clásico civilización o barbarie se juega en el afán evangelizador de los veganos, aunque parece difícil que el dogma cale hondo en un país que tiene como centro de su obsesión erótica una frase, “¿Qué pretende usted de mí?”, pronunciada por la Coca Sarli en el fondo del camión frigorífico de la película de Armando Bo de 1968 titulada –con toda lógica– Carne. Y si el piropo popular asocia la figura femenina con el corte más valioso de todos, el lomo, el asado admite también una perspectiva de género: cuando las mujeres descubran que su elaboración –por más que esté envuelta en el rito viril del queso, el salamín y el vino tinto– no involucra mayores complejidades, cuando por fin caigan en la cuenta de que hacer un asado es algo totalmente accesible, fácil, entonces caerá el último bastión del machismo. A punto Pero volvamos a la política. Unos años atrás, en un intento por definir la nueva oleada de gobiernos progresistas de América Latina que lo angustiaba, el escritor Mario Vargas Llosa creyó distinguir entre una izquierda prolija, institucional y moderada, expresada en el PT brasilero, el Frente Amplio uruguayo y el Socialismo chileno, a la que calificó de “vegetariana”, y otra populista, anti-republicana y autoritaria, representada por el chavismo venezolano, el kirchnerismo argentino y el evismo boliviano, a la que llamó “carnívora” (6). Parte del giro a la izquierda de América Latina, el kirchnerismo es un león omnívoro, tan capaz de pastar plácidamente en el campo de la realpolitik como de convertirse en un depredador ideológico, de pasar del acuerdo con Clarín a la Ley de Medios, de la renegociación de la deuda a los arreglos en el CIADI y el Club de París. El kirchnerismo, que es un reformismo tenso, es el peronismo aplicado al tiempo y espacio del progresismo latinoamericano y el boom de los commodities, en una evolución que, si se mira con atención, repite la historia: los tres grandes líderes peronistas llegaron al poder en medio de la emergencia y lograron rápidamente construir un nuevo orden, sustentado en su notable capacidad de liderazgo pero también en el contexto de abundancia que los acompañó, al menos al comienzo: Perón se benefició por el stock de reservas acumulado durante la Segunda Guerra y el crecimiento posterior; Menem liquidó la inflación con una sola ley y, privatizaciones mediante, aprovechó la abundancia de capitales de los primeros 90, y Kirchner, que llegó al poder tras los estallidos del 2001, surfeó sobre la ola de prosperidad sojera. Hoy, sin embargo, diferentes indicadores sugieren que este contexto positivo ha quedado atrás: la soja, que hace un par de años llegó a cotizar por encima de los 600 dólares la tonelada, se sitúa en torno a los 360, en tanto que Brasil, segundo socio comercial de Argentina, continúa estancado; China sigue creciendo, pero menos. El resultado es un contexto en el que, como señala la Cepal, la etapa de “crecimiento fácil” de América Latina ha quedado atrás. Quizás sea esta novedad la que explique que los candidatos con más chances de llegar a la presidencia –Daniel Scioli, Sergio Massa y Mauricio Macri– encarnen todos ellos opciones más conservadoras, a la derecha del kirchnerismo, que sin hablar de ajuste prometen, más o menos explícitamente, reducir el déficit fiscal, combatir la inflación y unificar el mercado cambiario. Un peronismo para una época de vacas flacas. Cocido La historia económica argentina está marcada por el drama del stop and go. En una coyuntura como la actual, caracterizada por el estancamiento y la escasez de divisas, vale la pena revisar los motivos: el problema básico es que la industria nacional arrastra un rezago productivo que no logra superar, por lo que los ciclos de alto crecimiento generan una demanda de importaciones que tarde o temprano pone en crisis la balanza comercial: el endeudamiento (como en los 70), las privatizaciones (como en los 90) y los precios de las materias primas (como en la década del 2000) ayudan a patear para adelante el problema, que al final, sin embargo, termina estallando, bajo la forma de la falta de dólares, la devaluación y la crisis. Hasta aquí nada nuevo, apenas una característica que comparten la mayoría de las economías periféricas. Pero siempre hay un matiz. La singuralidad argentina reside en la forma dramática en la que se procesa la transición de un ciclo al otro, la profundidad de las caídas y la velocidad deslumbrante de los rebotes. Hoy, en el comienzo del año electoral y con un modelo económico que exhibe signos de fatiga, tanto por desmanejos propios como por la transformación del contexto global descripta más arriba, cabe preguntarse por la capacidad del peronismo –frente a una oposición pre-congelada– para administrar el país en una época de estrecheces, hasta que madure el siguiente auxilio que nos permita conjurar el fantasma de la escasez de divisas y relanzar el crecimiento, y que –todo así lo indica– referiría nuevamente a nuestro viejo fetiche, esta vez bajo el misterioso nombre de Vaca Muerta. 1. “Vaca flaca y Minotauro”, Revista Nueva Sociedad, Nº 179. 2. La idea es de Alejandro Sehtman. 3. La caída comenzó en 2006 y se extendió hasta al menos 2011, pero comenzó a recuperarse lentamente en los últimos años, según datos oficiales. 4. Datos de la FAO. 5. En un libro próximo a publicarse. 6. En el prólogo a El regreso del idiota, de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa (Sudamericana).

Le Monde diplomatique - Edición Nro 167 - Mayo de 2013 Juan Pablo Renzi, Fantasía Pompeyana, 1992 (Gentileza Fundación OSDE; de la exposición “La razón compleja”) EL MOVIMIENTO JUSTICIA LEGÍTIMA Por una justicia con los ojos abiertos Por Marta Vassallo Periodista. Licenciada en Letras. Redactora de Le Monde diplomatique edición argentina. Durante la última dictadura militar fue secuestrada y enviada al lugar de detención y tortura conocido como Club Atlético. En el marco del debate sobre democratización de la justicia, se destaca el surgimiento de la corriente “Justicia Legítima”, que en su primera convocatoria reunió a 2.000 participantes. Plantea una transformación del sistema judicial que lo acerque a la ciudadanía y lo convierta en un servicio público ágil que incluya a los sectores socialmente débiles. "Bisagra fundacional”, “Fuerte germen transformador”, “Es un momento revolucionario, seamos jacobinos” son apenas algunas de las frases que se escucharon en la convocatoria que el movimiento Justicia Legítima (JL) organizó en los últimos días de febrero en el auditorio de la Biblioteca Nacional, efectivamente colmado. Y que transmiten el nivel de fervor con que miembros del Poder Judicial encararon la necesidad de una transformación de ese poder del Estado. Un nivel que Antonio Cluny, presidente de Magistrados Europeos por las Libertades, y partícipe de las jornadas, dice no haber visto nunca. Resulta fácil identificar los factores que desencadenaron el movimiento JL: el 6 de diciembre de 2012, víspera de la fecha que la Corte Suprema de Justicia de la Nación (CSJN) había fijado en el pasado mes de mayo como el último plazo de vencimiento de la cautelar presentada por el grupo Clarín que dejó en suspenso dos artículos de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la Comisión Nacional de la Independencia Judicial publicó en los principales diarios y colgó en el sitio de Internet del Centro de Información Judicial (CIJ) una declaración que en nombre de jueces de todo el país exhortaba fundamentalmente “al Poder Ejecutivo Nacional a cumplir estrictamente con el artículo 109 de la Constitución Nacional [que protege la independencia del Poder Judicial] y a ejercer sus facultades como poder del Estado dentro del marco de las reglas procesales, evitando el uso de mecanismos directos o indirectos de presión sobre los jueces que afecten su independencia…”. Al día siguiente, la Sala I de la Cámara Civil y Comercial Federal decidió que la cautelar seguía vigente, y en ulteriores decisiones la CSJN rechazó las apelaciones presentadas por el Ejecutivo Nacional. Gran malestar JL es el nombre de una corriente de miembros del Poder Judicial (jueces, fiscales, defensores públicos, funcionarios) que no se sintió representada en esa declaración, y en sendos comunicados del 11 de diciembre de 2012 y 3 de enero de 2013 acusó a la declaración de ser inconsulta (“¿Por qué no consultaron a nadie? Porque a nadie le dan vela en su propio entierro”, interpretó el fiscal a cargo de la Unidad de Seguimiento de los Juicios por Crímenes de Lesa Humanidad, Jorge Auat), y le opone otro concepto de independencia judicial: “Sostenemos que la independencia del Poder Judicial es un principio cardinal del sistema republicano, que no debe entenderse limitado a la relación que debe existir entre los poderes del Estado. Los magistrados también deben ser independientes de los intereses económicos de las grandes empresas, de los medios de comunicación concentrados, de los jueces de las instancias superiores e –incluso– deben ser independientes de las organizaciones que los representan”. El presidente de la CSJN, Dr. Ricardo Lorenzetti, adelantó nueve meses la conmemoración de los 150 años de existencia de la institución que preside para dar un discurso el 26 de febrero, la víspera de la convocatoria de JL. El discurso de Lorenzetti en su buscada ambigüedad reconoció abiertamente la necesidad de reformas, pero también resaltó los cambios logrados desde la Corte durante su gestión, desde 2006. Aludió a la necesaria independencia judicial respecto de los poderes económicos, e insistió en que sólo restringe al PE en el sentido de marcar los límites dictados por la Constitución. El discurso inaugural de la procuradora general de la Nación, Alejandra Gils Carbó, en las jornadas de JL polemizó tanto con la declaración de la Comisión Nacional de la Independencia Judicial como con el discurso de Lorenzetti de la víspera: “Para una concepción de la Justicia basada en realizaciones, la independencia del Poder Judicial es un eslogan que todos apoyan y pocos entienden, desvía la atención de las preguntas que tienen sentido: ¿Es independiente el Poder Judicial?”. Un rápido recorrido histórico de la actuación de la CSJN la llevó a concluir que esa independencia es “una ficción”. Se refirió a “la complicidad estructural de ese poder con el terrorismo de Estado”, y al evocar las políticas neoliberales que culminaron en la crisis de 2001 volvió a preguntar: “¿Dónde estaba entonces la administración de justicia? ¿Alguien recordó la independencia del Poder Judicial? ¿Dónde estaba entonces el furor de las cautelares? Entonces no había discusiones entre el Poder Ejecutivo y el Judicial. Se trata –dijo– de detectar esa matriz autocrática, corporativa, elitista, latente, que reacciona cada vez que se toca uno de los pilares que reproducen la desigualdad y la exclusión”. Si los integrantes de JL no se reconocieron en el comunicado de la Comisión de la Independencia Judicial, sí en cambio se vieron representados en el discurso de Gils Carbó. El fiscal Abel Córdoba, a cargo de juicios por crímenes de lesa humanidad en Bahía Blanca, y desde el pasado 12 de marzo a cargo de la nueva Procuraduría contra la Violencia Institucional, lo califica de “histórico, de ruptura”: “La decisión de la procuradora es aplicar toda la potencia del ministerio público a la criminalidad económica, a la violencia institucional, a la violencia de género”. Ese tono polémico ante el comunicado y las entidades que lo suscriben, incluida la CSJN, encuentra eco en la irritación de los organizadores de las jornadas, como el juez de Casación Penal Alejandro Slokar: “La constitución de esa Comisión tuvo lugar hace 5 años, nunca había funcionado, no creo que ésa sea función de la Corte. Es el Consejo de la Magistratura el que está a cargo de las cuestiones administrativas y de la defensa de nuestros intereses. La Corte se pronuncia a través de sentencias y acordadas, no de comunicados”. Por su parte, el fiscal Félix Crous, al frente de la Procuraduría Adjunta de Narcocriminalidad desde febrero de 2013, afirma: “Se juntaron dos elementos [para la formación de JL]: el comunicado de la Corte, y la certeza íntima de que en el caso Clarín y la Ley de Medios estamos frente a una demostración obscena de la parcialidad de los jueces. Me sorprendió que fuéramos tantos los que sentíamos malestar. Lo que aquí aparece como fuente de gran malestar para todos nosotros es qué hace la Justicia frente a una sociedad injusta: si es un legitimador o si puja para que los derechos que son de todos sean también operativos para los débiles. Ese es el rol de la Justica: la materialización de los derechos. Para unos son operativos en lo inmediato, para otros son abstracciones”. Caracterización del sistema judicial De fuerte tono autocrítico, las intervenciones de los participantes de JL definieron al sistema judicial actual como “corporativo”, “conservador”, “formalista”, “burocrático”, “verticalista”. “El simbolismo de los ojos vendados nos lleva a un Poder Judicial ciego, estúpido y formal, que lleva a juicios distorsionados. Es imposible valorar y enjuiciar sin tomar partido”, dijo el juez penal Daniel Carral. “Somos una máquina de violencia”, definió la joven jueza correccional de Morón Graciela Angriman. Para el fiscal Abel Córdoba, “el primer derecho que niega un Poder Judicial que funciona así es el acceso a la justicia a amplios sectores, en beneficio de la corporación judicial misma o de corporaciones aliadas a la judicial”. Acceso dificultado hasta por razones edilicias, como señala Slokar desde su despacho en Comodoro Py, “no se puede acceder materialmente, físicamente, a este edificio enclavado en el puerto, que sigue concentrando el transporte automotor. […] La tríada Palacio de Justicia-Familia judicial-Ritual está pensada para otro tiempo”, reflexiona al referirse a la necesidad de descentralizar organismos, fiscalías, agencias. La dificultad de acceso está vinculada con la exclusión de toda forma de participación ciudadana, una participación en cuya necesidad confluye el movimiento JL, lo mismo que en el pago del impuesto a las ganancias, aunque hay controversias y discrepancias en cuanto a sus formas de implementación. En la concepción de JL, la invocación a la “independencia judicial” es el ropaje que oculta la defensa del sistema judicial tal como está. Conectada con los valores de intangibilidad salarial y de inamovilidad en los cargos, esa independencia tiene una dimensión horizontal, vinculada con la independencia de los poderes formales, y también de los poderes fácticos; y otra vertical, que es el funcionamiento interno de la institución, donde los aspirantes a una reforma confluyen en la necesidad de revisar los mecanismos de designación y remoción de sus miembros. Respecto de los poderes fácticos, Slokar recoge el planteo de Antonio Cluny: en la era de la globalización financiera, ¿quién pone límites a las aseguradoras de riesgos, al FMI, al Banco Mundial? ¿Un movimiento K? Si la detección de los elementos que detonaron el movimiento es fácil, mucho más complejo resulta caracterizar al movimiento y sus raíces. La prensa hegemónica lo ha caracterizado como una facción kirchnerista dentro del Poder Judicial, que hace juego a la decisión presidencial de terminar con la independencia del Poder Judicial. Sin embargo, escuchando hablar a sus integrantes, se pone en evidencia que se trata de un movimiento que se ha gestado durante décadas, manifiesta un malestar muy profundo por parte de sectores significativos del Poder Judicial, y es heterogéneo, también en términos políticos. “Hay muchos matices en esta convergencia –describe Félix Crous–, es cierto que no hay antiK radicalizados, hay gente decente, profesionalistas, profesionalistas y un poco más, progresistas en términos de republicanismo real, gente de izquierda, simpatizantes del kirchnerismo aunque no sean kirchneristas orgánicos.” “Esto estaba larvado, latente, es una deuda de la democracia. Estaba oculto y ahora sale a la luz. Pasaron tres décadas para que tenga lugar este debate. No es casual que se dé en momentos en que se plantea un conflicto por la vigencia de una ley que está poniendo en la luz de qué se trata: si los grupos concentrados de la economía pueden mantener la hegemonía mediática o no. Bienvenido sea si el debate sobre la vigencia de la cláusula de desinversión en la Ley de Medios da lugar a la transformación interna de un poder del Estado”, dice Slokar, para quien la identificación de JL con el gobierno es “una mirada miserable”. “Era conmovedor –dice–, ver [en las jornadas de JL] a jueces designados democráticamente por Alfonsín, ya jubilados, que a la vuelta de treinta años ven que empieza a cumplirse lo que sus movimientos y asociaciones aspiraban en 1984.” “La discusión por la Justicia Legítima es un abordaje integral y de fondo que excede a la coyuntura en la cual algunas visiones cortas están interesadas en confinarlo –sostiene por su parte Abel Córdoba–. Es un debate de fondo que implica poner en cuestión a un poder público que no ha sido permeado por prácticas democráticas.” Los antecedentes mencionados reiteradamente por JL son el principio de reforma judicial de 1984, que dejó la mayor parte del sistema incólume; la reforma constitucional de 1994, con la creación del Consejo de la Magistratura y la instauración de concursos públicos de antecedentes; el reclamo de renovación de la Justicia en la crisis de 2001, al que Kirchner respondió designando la actual CSJN y derogando las leyes de impunidad que abrieron el camino a los juicios por crímenes de lesa humanidad. Estos juicios impulsados por los organismos de derechos humanos son a juicio de Abel Córdoba la principal transformación de la justicia argentina. Tal vez el movimiento de JL sea “kirchnerista” en un sentido más profundo, vinculado con la capacidad que las sucesivas gestiones presidenciales kirchneristas han demostrado de colocar sobre la mesa, convirtiéndose en objeto de debate público, profundos y antiguos reclamos sociales que por diferentes circunstancias no salían a la luz, no cuajaban en formas reconocibles. Sucedió con los juicios por crímenes de lesa humanidad, con la Ley de Medios de Comunicación Audiovisual, y sucede ahora con un cuestionamiento del Poder Judicial que por primera vez surge desde dentro. Estos cuestionadores tienen muy clara la necesidad de que la reforma del Poder Judicial sea impulsada también desde los otros poderes políticos, el poder policial, los académicos. En todos estos casos la reacción defensiva de los núcleos cómplices de los poderes concentrados es feroz: hacen y seguirán haciendo todo lo posible por boicotear o desvirtuar las transformaciones. Pero al mismo tiempo estas transformaciones aparecen como irrefutables en su necesidad y legitimidad: de hecho la Corte no se opuso, explícitamente al menos, a las propuestas de JL, ni a los proyectos de cambios en la Justicia anunciados por la Presidenta en su discurso de inauguración del año legislativo el pasado 1 de marzo (1). 1. Adrián Ventura, “La Corte evita enfrentarse con Cristina”, La Nación, Buenos Aires, 6-3-13, Gabriel Marini, “La Corte se mostró a favor de los proyectos para reformar la Justicia”, Tiempo Argentino, Buenos Aires, 6-3-13. FUENTE

Le Monde diplomatique - Edición Nro 148 - Octubre de 2011Nueva York, 11-9-01 (Aaron Milestone / AFP)EL FIN DE LAS “LAS GUERRAS DEL 11 DE SEPTIEMBRE”El mundo occidental en crisisPor Ignacio RamonetDirector Le Monde diplomatique, edición española.Especialista en comunicación, geopolítica y estrategia internacional. Consultor de la ONU. Doctorado en Semiología e Historia de la Cultura en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París.Las crisis se suceden, unas tras otras, demostrando el agotamiento del cada vez más excluyente modelo neoliberal, que ha subordinado la política a los poderes económico y financiero.Cuando se acaban de cumplir diez años de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y tres años de la quiebra del banco Lehman Brothers ¿cuáles son las características del nuevo “sistema mundo”?La norma actual son los seísmos. Seísmos climáticos, seísmos financieros y bursátiles, seísmos energéticos y alimentarios, seísmos comunicacionales y tecnológicos, seísmos sociales, seísmos geopolíticos como los que causan las insurrecciones de la “Primavera árabe”... Hay una falta de visibilidad general. Acontecimientos imprevistos irrumpen con fuerza sin que nadie, o casi nadie, los vea venir. Si gobernar es prever, vivimos una evidente crisis de gobernanza. Los dirigentes actuales no consiguen prever nada. La política se revela impotente. El Estado que protegía a los ciudadanos ha dejado de existir. Hay una crisis de la democracia representativa: “No nos representan”, dicen con razón los “indignados”. La gente constata el derrumbe de la autoridad política y reclama que vuelva a asumir su rol de conductor de la sociedad por ser la única que dispone de legitimidad democrática. Se insiste en la necesidad de que el poder político le ponga fin al poder económico y financiero. Otra constatación: una carencia de liderazgo político a escala internacional. Los líderes actuales no están a la altura de los desafíos.Los países ricos (América del Norte, Europa y Japón) padecen el mayor terremoto económico-financiero desde la crisis de 1929. Por primera vez, la Unión Europea ve amenazadas su cohesión y su existencia. Y el riesgo de una gran recesión económica debilita el liderazgo internacional de Estados Unidos, amenazado además por el surgimiento de nuevos polos de poderío (China, India, Brasil) a escala internacional. En un discurso reciente, el presidente de Estados Unidos anunció que daba por terminadas “las guerras del 11 de septiembre”, o sea las de Irak, Afganistán y contra el “terrorismo internacional”, que marcaron militarmente esta década. Barack Obama recordó que “cinco millones de americanos han vestido el uniforme en el curso de los últimos diez años”. A pesar de lo cual no resulta evidente que Washington haya salido vencedor de esos conflictos. Las “guerras del 11 de septiembre” le costaron al presupuesto estadounidense entre 1 billón (un millón de millones) y 2,5 billones de dólares. Carga financiera astronómica que ha tenido repercusiones en el endeudamiento de Estados Unidos y, en consecuencia, en la degradación de su situación económica. Esas guerras han resultado pírricas. En cierta medida, finalmente Al Qaeda se ha comportado con Washington del mismo modo que Reagan respecto a Moscú cuando, en los años 1980, le impuso a la URSS una extenuante carrera armamentística que acabó agotando al imperio soviético y provocando su implosión. El “desclasamiento estratégico” de Estados Unidos ha empezado.Nueva geopolítica mundialEn la diplomacia internacional, la década ha confirmado la emergencia de nuevos actores y de nuevos polos de poder sobre todo en Asia y en América Latina. El mundo se “desoccidentaliza” y es cada vez más multipolar. Se destaca el rol de China que aparece, en principio, como la gran potencia en ciernes del siglo XXI. Aunque la estabilidad del Imperio del Medio no está garantizada, pues coexisten en su seno el capitalismo más salvaje y el comunismo más autoritario. La tensión entre esas dos fuerzas causará, tarde o temprano, una fractura. Pero, por el momento, mientras declina el poderío de Estados Unidos, el ascenso de China se confirma. Ya es la segunda potencia económica del mundo (delante de Japón y Alemania). Además, debido a la importante parte de la deuda estadounidense que posee, Pekín tiene en sus manos el destino del dólar... El grupo de Estados gigantes reunidos en el BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) ya no obedece automáticamente a las consignas de las grandes potencias tradicionales occidentales (Estados Unidos, Reino Unido, Francia), aunque éstas se sigan autodesignando como la “comunidad internacional”. Los BRICS lo han demostrado recientemente en las crisis de Libia y de Siria, oponiéndose a las decisiones de las potencias de la OTAN y en el seno de la ONU.El reinado del poder financieroDecimos que hay crisis cuando, en cualquier sector, algún mecanismo deja de pronto de funcionar, empieza a ceder y acaba por romperse. Esa ruptura impide que el conjunto de la maquinaria siga funcionando. Es lo que está ocurriendo en la economía desde que estalló la crisis de las sub-primes en 2007. Las repercusiones sociales del cataclismo económico son de una brutalidad inédita: 23 millones de desocupados en la Unión Europea y más de 80 millones de pobres… Los jóvenes aparecen como las víctimas principales. Por eso, de Madrid a Tel Aviv, pasando por Santiago de Chile, Atenas y Londres, una ola de indignación levanta a la juventud del mundo. Pero las clases medias también están asustadas porque el modelo neoliberal de crecimiento las abandona al borde del camino. En Israel, una parte de ellas se unió a los jóvenes para rechazar el integrismo ultraliberal del gobierno de Benjamin Netanyahu. El poder financiero (los “mercados”) se ha impuesto al poder político, y eso desconcierta a los ciudadanos. La democracia no funciona. Nadie entiende la inercia de los gobiernos frente a la crisis económica. La gente exige que la política asuma su función e intervenga para enderezar los entuertos. No resulta fácil; la velocidad de la economía es hoy la del relámpago, mientras que la velocidad de la política es la del caracol. Resulta cada vez más difícil conciliar tiempo económico y tiempo financiero. Y también crisis globales y gobiernos nacionales. Los mercados financieros sobrerreaccionan ante cualquier información, mientras que los organismos financieros globales (Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial de Comercio, Banco Mundial, etc.) son incapaces de determinar lo que va a ocurrir. Todo esto provoca frustración y angustia en los ciudadanos. La crisis global produce perdedores y ganadores. Los ganadores se encuentran, esencialmente, en Asia y en los países emergentes, que no tienen una visión tan pesimista de la situación como la de los europeos. También hay muchos ganadores en el interior mismo de los países occidentales cuyas sociedades se hallan fracturadas por las desigualdades entre ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres. En realidad, no estamos soportando una crisis, sino un haz de crisis, una suma de crisis mezcladas tan íntimamente unas con otras que no conseguimos distinguir entre causas y efectos. Porque los efectos de unas son las causas de otras, y así hasta formar un verdadero sistema. O sea, nos enfrentamos a una crisis sistémica del mundo occidental que afecta a la tecnología, la economía, el comercio, la política, la democracia, la guerra, la geopolítica, el clima, el medio ambiente, la cultura, los valores, la familia, la educación, la juventud, etc. ¿El fin de la globalización?Vivimos un tiempo de “rupturas estratégicas” cuyo significado no comprendemos. Hoy, el vector de la mayoría de los cambios es internet. Casi todas las crisis recientes tienen alguna relación con las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información. Los mercados financieros, por ejemplo, no serían tan poderosos si las órdenes de compra y venta no circulasen a la velocidad de la luz por las autopistas de la comunicación que internet ha puesto a su disposición. Más que una tecnología, internet es pues un actor de las crisis. Basta con recordar el rol de WikiLeaks, Facebook y Twitter en las recientes revoluciones democráticas en el mundo árabe.Desde el punto de vista antropológico, estas crisis se están traduciendo en un aumento del miedo y del resentimiento. La gente vive en estado de ansiedad y de incertidumbre. Vuelven los grandes pánicos ante amenazas indeterminadas como pueden ser la pérdida del empleo, los choques tecnológicos, las biotecnologías, las catástrofes naturales, la inseguridad generalizada... Todo ello constituye un desafío para las democracias. Porque ese terror se transforma a veces en odio y en repudio. En varios países europeos, ese odio se dirige hoy contra el extranjero, el inmigrante, el diferente. Está subiendo el rechazo hacia todos los “otros” (musulmanes, gitanos, subsaharianos, “sin papeles”, etc.) y crecen los partidos xenófobos. Otra grave preocupación planetaria: la crisis climática. La conciencia del peligro que representa el calentamiento global se ha extendido. Los problemas ligados al medio ambiente se están volviendo altamente estratégicos. La próxima Cumbre Mundial del Clima, que tendrá lugar en Río de Janeiro en 2012, constatara que el número de grandes catástrofes naturales ha aumentado así como su carácter espectacular. El reciente accidente nuclear de Fukushima ha aterrorizado al mundo. Varios gobiernos ya han dado marcha atrás en materia de energía nuclear y apuestan ahora –en un contexto marcado por el fin próximo del petróleo– por las energías renovables. El curso de la globalización parece como suspendido. Se habla cada vez más de desglobalización, de descrecimiento... El péndulo había ido demasiado lejos en la dirección neoliberal y ahora podría ir en la dirección contraria. Ya no es tabú hablar de proteccionismo para limitar los excesos del libre comercio y poner fin a las deslocalizaciones y a la desindustrialización de los Estados desarrollados. Ha llegado la hora de reinventar la política y de reencantar el mundo.Fuente.
Primero que nada les quería agradecer por darle bola al primer post . Espero que la continuación no defraude. Y ante cualquier interrogante que les surja, no duden en acercársela a Mauri o bien hacer man bash. Ahí van a encontrar listadas las variables de entorno, los caracteres especiales, y las estructuras lógicas para hacer iteraciones, que serán utilizadas en el siguiente post. Café, Julia Holter, empecemos. Jugando con variables y variables de entorno Las variables son componentes esenciales de cualquier lenguaje de programación, cuya finalidad es almacenar datos de diversos tipos. En general, en lenguajes ligados al scripting no requieren declarar el tipo asociado a una variable previo a su utilización, y las asignaciones pueden realizarse directamente. En Bash, el valor de toda variable es un string o cadena, sin importar si asignamos variables utilizando comillas o no ( ejemplos ). Además, existen variables específicas utilizadas por el entorno del shell y el entorno operativo para almacenar valores especiales; las llamaremos variables de entorno. Los nombres de las variables son definidos mediante los constructores usuales. Cuando una aplicación se encuentra en ejecución, se definirá un conjunto particular de variables llamadas variables de entorno. Para ver todas las variables de entorno asociadas a un terminal, corremos el comando env. Para cualquier proceso, las variables de entorno pueden ser listadas mediante $ cat /proc/$PID/environ donde PID es el ID del proceso (PID es siempre un valor entero). Por ejemplo, supongamos que una aplicación llamada geany está corriendo. Podemos obtener su ID de proceso con el comando pgrep $ pgrep geany 4615 Luego, podemos obtener las variables de entorno asociadas al proceso ejecutando el siguiente comando: $ cat /proc/4615/environ El comando devuelve una lista de variables de entorno y sus valores. Cada variable es representada bajo la forma del par nombre=value y separada por el caracter nulo o NULL \0. Si sustituimos el caracter \0 por \n, cambiamos el formato de la salida o output para que nos devuelva sólo un par variable=value por línea. La sustitución se realiza utilizando el comando tr: $ cat /proc/4615/environ | tr '\0' '\n' ¿Qué sucede si sustituimos '\0' por '\t'? A continuación, vamos a hablar sobre cómo asignar y manipular variables en general y variables de entorno en particular. Una variable es asignada de la siguiente manera: var=value var es el nombre de una variable, y value es el valor que se le asigna a la variable var. Si value no contiene caracteres de espaciado (como el espacio), no requiere entrecomillado; caso contrario, necesita estar acotado por comillas simples o dobles. Es importante notar que var = value y var=value son operaciones distintas. Es un error usual escribir var =value en lugar de var=value. La última es una operación de asignación, mientras que la anterior involucra un operador de comparación, en particular la igualdad. Podemos imprimir en pantalla el contenido de una variable utilizando el prefijo $ seguido con el nombre de la variable: $ var="value" #Asignamos value a la variable var $ echo $var O también: $ echo ${var} La salida será: value Podemos utilizar variables de valor dentro de printf o echo entre comillas dobles: La salida será: Las variables de entorno son variables cuya definición ha sido heredada de procesos "padre". Un ejemplo de variable de entorno es HTTP_PROXY. Esta variable define qué servidor se deberá utilizar para establecer una conexión a internet. En general, se establece de la siguiente manera: $ HTTP_PROXY=152.179.42.178:3128 $ export HTTP_PROXY El comando export se utiliza para modificar la variable env. De ahora en más, cualquier aplicación ejecutada desde el shell actual, recibirá esta variable. Podemos exportar variables personalizadas de acuerdo a lo que necesitemos y queramos hacer en una aplicación o shell script que es ejecutada. Existen muchas variables de entorno estándar disponibles por defecto para el shell. Por ejemplo, PATH. El contenido típico de una variable PATH será: $ echo $PATH /home/slynux/bin:/usr/local/sbin:/usr/local/bin:/usr/sbin:/usr/bin:/sbin:/bin:/usr/games Cuando introducimos un comando para su ejecución, el shell automáticamente busco el ejecutable en la lista de directorios de la variable de entorno PATH (las rutas de directorios o paths son delimitadas por el caracter ":" ). Usualmente $PATH estará definida en /etc/enviroment o /etc/profile o ~/.bashrc. Cuando necesitamos añadir un nuevo path al entorno PATH, utilizamos: $ export PATH="$PATH:/home/usuario/bin" O alternativamente, podemos usar: $ PATH="$PATH:/home/usuario/bin" $ export PATH Y verificamos: $ echo $PATH /home/slynux/bin:/usr/local/sbin:/usr/local/bin:/usr/sbin:/usr/bin:/sbin:/bin:/usr/games:/home/usuario/bin Hemos añadido /home/usuario/bin a PATH. Algunas de las variables de entorno más conocidas son HOME, PWD, USER, UID, SHELL, etc. Aclaraciones. Cuando usemos el entrecomillado simple, la variable de valor ($var) no expanderá el contenido (value) de la variable (var), sino la variable de valor en sí misma: $ echo '$var' $var Mientras que echo "$var" devolverá el valor de la variable var siempre que la misma esté definida, o nada en caso de que no lo esté. Qué más podemos hacer... Calcular la longitud de una cadena length=${#var} La operación asigna la longitud de la cadena asignada a la variable var, a la variable length. En otras palabras, el valor de var es una cadena, el valor de length es la longitud de tal cadena. Para directamente imprimir en pantalla la longitud de una cadena: $ var="GNU/Linux en T!" $ echo ${#var} 15 Identificar el shell actual Para identificar el shell en uso, podemos utilizar la variable SHELL: $ echo $SHELL O también: $ echo $0 Verificar permisos de super usuario UID es una variable de entorno importante que puede ser utilizada para verificar si un script ha sido lanzado como usuario root o como usuario regular. Por ejemplo, podemos agregar a nuestro script: Luego, devolverá: Modificar el texto del prompt de Bash Cuando abrimos un terminal o corremos un shell, vemos una cadena de la forma usuario@host:/home/$. Distintas distribuciones GNU/Linux tendrán prompts levemente diferentes, y diferentes colores. Podemos personalizar localmente el texto del prompt utilizando la variable de entorno PS1. En el primer post modificamos su valor por defecto recurriendo a un editor de texto; aquí, "localmente" refiere a no más allá las variables de entorno del shell en uso. Podemos listar la línea utilizada para establecer la variable PS1 mediante $ cat ~/.bashrc | grep PS1 PS1='${debian_chroot:+($debian_chroot)}\u@\h:\w$ ' Para establecer un prompt personalizado, introducimos el siguiente comando: Obviamente podemos utilizar texto en color utilizando secuencias especiales de escape, como mostramos al final de primer post. Existen además ciertos caracteres especiales que expanden hacia parámetros del sistema. Por ejemplo, \u muestra el nombre de usuario, \h el nombre de host, y \w muestra el directorio actual. Función prepend para variables de entorno Las variables de entorno son utilizadas en general para almacenar una lista de paths donde se deben buscar ejecutables, librerías, y otros. Ejemplos son $PATH , $LD_LIBRARY_PATH que típicamente se verán como: PATH=/usr/bin;/bin LD_LIBRARY_PATH=/usr/lib;/lib En esencia esto significa que cuando el shell deba ejecutar binarios, primero mirará dentro de /usr/bin, y luego en /bin. Una tarea común a la hora de compilar un programa desde el código fuente e instalar sobre un path personalizado, es añadir la ruta del directorio bin a la variable de entorno PATH. Supongamos que instalamos miprograma en /opt/miprograma, que además tiene binarios en un directorio llamado bin y librerías en lib[/lib]. Cómo lo hacemos Una manera es: $ export PATH=/opt/miprograma/bin:$PATH $ export LD_LIBRARY_PATH=/opt/miprograma/lib;$LD_LIBRARY_PATH PATH y LD_LIBRARY_PATH deberían ahora verse similar a: PATH=/opt/miprograma/bin:/usr/bin:/bin LD_LIBRARY_PATH=/opt/miprograma/lib:/usr/lib;/lib Sin embargo, podemos hacer esto más fácilmente al agregar la siguiente función a .bashrc prepend() { [ -d "$2" ] && eval $1="$2':'$$1" && export $1; } Luego, utilizaremos la función prepend de la siguiente manera: $prepend PATH /opt/miprograma/bin $prepend LD_LIBRARY_PATH /opt/miprograma/lib Cómo funciona Definimos una función prepend(), que primero verifica si el directorio especificado para la función por el segundo parámetro $2 existe. En tanto exista, la expresión eva1 hace que a la variable cuyo nombre está en el primer parámetro $1 se le asigne la cadena dada por el segundo parámetro, seguida por un : (caracter separador de paths), y luego el valor original de la variable. Notemos que, en caso de que la variable esté vacía, habrá un : al final. Para evitar esto, modificamos la función de la siguiente manera: prepend() { [ -d "$2" ] && eval $1="$2${$1:+':'$$1}" && export $1 ; } Definida de esta manera, introducimos un parámetro de expansión del shell ${parámetro:+expresión} que expande a expresión si el parámetro ha sido ingresado y es no nulo. Con este cambio, nos aseguramos de agregar : y luego el valor previo de la variable si y sólo si dicho valor existe. Jugando con descriptores de archivo y redirección Los descriptores de archivos son enteros asociados a la entrada (input) y salida (output) de archivos. Son los que siguen el rastro de los archivos abiertos. Los descriptores más conocidos son stdin, stdout, y stderr. Jugando con ellos podemos redirigir la salida de un archivo de un descriptor a otro filtrando su contenido. Haciendo esto mucha gente se compró la casa y el auto. Nos vemos en el próximo post.