JuanAltk
Usuario (Ecuador)
Bueno, comunidad de T! Les traigo mi primer post, que es un cuento cortito que escribí hace un tiempo; la temática es un poco llorona, porque lo escribí durante una pequeña depresión. Repito, es mi primer post, así que no sean tan crueles linces de la verdes ramas, y denme recomendaciones para no hacer tanto crap. Sin más que decir, aquí les va el texto, que espero les guste: Érase un pueblo de pocos habitantes, cuyo nombre ya el tiempo ha olvidado; sin embargo, este lugar es escenario de múltiples historias. Nadie recuerda con exactitud la ubicación de esta aldea ni a los célebres personajes que según las leyendas nacieron ahí. Más no hay que alargarse mucho con la fábula de esta villa fantasma, pues no la sé; aparte, estoy sumergido en la ignorancia y cualquier cosa que he de comentar puede no ser verídica. La historia que voy a contar no es más que una recopilación de distintas fuentes que he consultado a lo largo de mi vida; y creo que finalmente me siento capaz de contar esta oscura leyenda. Fue difícil encontrar información confiable, ya que todas mis fuentes sitúan los acontecimientos en un lugar del que, personalmente, dudo si en realidad existió. En este pueblo había nacido un hombre. Su apellido y el nombre con el que fue presentado ante Dios en un sereno río de aguas diáfanas, benditas por el párroco local, no tengo la gracia de recordar. Se dice que tuvo una infancia marcada por el suicidio de su padre y la locura de su madre; sin embargo, no hay suficiente información que sustente esta aseveración. De su adultez se conoce más. Este hombre era lúgubre, un poeta maldito que se sumergía en las tumultuosas aguas de la melancolía. Se hundía en la tristeza de manera espontánea; su angustia, inseguridad y odio lo llevaron a alienarse de la ignorante sociedad en la que vivía. Sus vecinos aseguraban que tenía pactos satánicos, lo que considero una barrabasada, ya que este individuo era temeroso de Dios, como todos en su época. Varias leyendas luctuosas tienen de protagonista a este sujeto, pero yo contaré sólo una: la última y quizás la menos oscura de todas. Encontrase el poeta en un cementerio, sentado en el jardín que crece sobre los muertos, deshojando flores bañadas por la lluvia de aquella fría mañana invernal. Cada gota de rocío que se colaba entre sus dedos simulaba el llanto angustioso de las flores, comparable con el suyo. El individuo dejó sin pétalos, desnudas bajo el sol, siete flores que, antes de la intromisión violenta del hombre, irradiaron granate belleza. Como se adora a Dios ante su altar, se postró sobre sus rodillas apoyando los codos sobre una ostentosa lápida de mármol, que señalaba el descanso de una persona adinerada. Entrecruzó los dedos y con los ojos cerrados le rogó al Señor que acabe con su mísera existencia, que lo deje partir hacia el infinito y mezclarse entre las estrellas. Ser un ángel de las legiones celestiales, o en su defecto, que caiga en un sueño profundo para toda la eternidad. Lágrimas manaban de sus hinchados ojos oscuros, casi negros, que reflejaban un sombrío sentimiento de angustia y dolor. El poeta, que por ser poeta siempre llevaba una pluma y múltiples servilletas, escribió versos cuestionando la sabiduría de Dios, asegurando que era malévolo y egoísta. Una vez terminado el poema, enroscó el cuerpo para mantenerse caliente y, esperando no volver a despertar, cayó dormido. Era de noche cuando abrió los ojos. No soportaba la idea de pasar la penumbra en un cementerio. El silencio de la muerte, el sueño del sepulcro tan tranquilo, la soledad perpetua le causaba envidia insoportable. Huyó hacia el bosque aledaño, y caminó durante varias horas llorando. Cada segundo de su existencia provocaba un inenarrable dolor. La vida parecía imperecedera tortura y las tinieblas perennes abrigaban la tierra con la oscura sábana del vacío. Ya en el horizonte, el astro rey se levantaba entre las montañas orientales anunciando vehemente el alba. Se coronaba en lumbre el día y el perfume índigo rociaba el infinito con delicadeza. La luz corría entre los árboles y permitió al poeta contemplar un cadáver, ya en avanzada putrefacción, de una mujer con el cuello colgado de la rama de un roble. El poeta no se inmutó ante una escena tan mórbida, donde la belleza de una mañana radiante era el fondo de un suicidio consumado. Subió al árbol, apoyándose de las ramas más fuertes, para desamarrar la soga del pálido cuello y dejar caer el cuerpo en podredumbre de la mujer, que no superaba las treinta primaveras. Tomó la cuerda y se la llevó hasta una quebrada que marcaba la linde del robledal. Al filo del abismo hallábase un viejo roble, cuyas ramas salientes se encontraban flotantes sobre el barranco. Allí amarró el poeta un lado de la soga, y con la otra punta enlazó su cuello. Contempló un frondoso valle adornando el fúnebre paisaje al fondo de la cañada. Le regaló al mundo una sollozante sonrisa y se colgó. ... El ahorcado mira a su alrededor mientras espera. La cuerda se estrecha alrededor de su cuello y lo rompe. ¿Qué es la vida sino una muerte lenta y voraz? El lamento de este poeta y su autodestrucción es quizás un final feliz para todo lo acontecido en su vida. La cañada donde se suicidó está aún oculta entre matorrales y robledales, esperando para mostrarle a quién la encuentre, que la vida no es más que una casualidad, para algunos afortunada, y para otros, que nunca pidieron nacer (y tienen razón en aquello), es sólo el camino doloroso para regresar a la nada. Como he mencionado antes, su vida es más trágica que su muerte, pero de esos temas oscuros no creo que quiera hablar alguna vez.