Jarel76
Usuario (España)
Los asesinatos de Hinterkaifeck fue un homicidio masivo cometido en una pequeña granja ubicada entre las ciudades bávaras de Ingolstadt y Schrobenhausen (situada aproximadamente a 70 km al norte de Munich), en ella, durante el anochecer del 31 de marzo de 1922, los seis habitantes de la finca fueron asesinados con una azada. Los crímenes permanecen sin resolver. Las seis victimas fueron Andreas Gruber (63 años) y su esposa Cäzilia (72); su hija viuda Viktoria Gabriel (35); y sus hijos Cäzilia (7) y Josef (2); y la ama de llaves Maria Baumgartner (44). Hinterkaifeck nunca fue el nombre oficial de ningún lugar. Fue utilizado para describir a la granja que estaba situada cerca de la aldea de Kaifeck y que se encontraba oculta en unos bosques (el prefijo hinter, utilizado en muchos lugares alemanes, significa detrás). Crimen Pocos días antes de los homicidios, el granjero Andreas Gruber le contó a sus vecinos sobre el hallazgo de unas huellas extrañas en la nieve que salían del bosque circundante y se dirigían hasta la casa, pero sin que hubieran huellas de regreso de nuevo al bosque. También alertó sobre haber oído pisadas en su ático y el hallazgo de un periódico en su porche que nadie en la familia reconoció. Por otra parte, un juego de las llaves de la casa se habían perdido días antes de los asesinatos. Ninguno de estos incidentes fueron informados a la policía. Seis meses antes, la anterior ama de llaves había huido del lugar, aduciendo que la casa estaba embrujada, explicó que oyó voces extrañas y otros ruidos en los alrededores de la casa. La nueva criada, Maria Baumgartner, arribó a la granja el 31 de marzo, pocas horas antes de que se cometieran los homicidios. No se pudo esclarecer qué sucedió exactamente aquel viernes al anochecer. Se creé que Andreas y su esposa Cäzilia, así como su hija Viktoria y su nieta también llamada Cäzilia, fueron atraídos al granero uno por uno, en donde fueron asesinados. El autor (o los autores) se dirigió a la casa y mató al bebe de 2 años Josef, quien estaba durmiendo en una cuna en la habitación de su madre, y también al ama de llaves Baumgartner, en su dormitorio. Días después, el martes 4 de Abril, algunos vecinos se dirigieron a la granja porque ninguno había visto a la familia Gruber en varios días, lo cual era algo inusual. El cartero notó que el correo se había estado acumulando en la oficina de correos. Ninguno de ellos había ido a la iglesia y la joven Cäzilia de 7 años no fue a la escuela el lunes, así como tampoco se había presentado allí el sábado. Investigación Investigación preliminar Después del descubrimiento de los cuerpos, los vecinos llamaron inmediatamente a las autoridades y, en cuestión de horas, los investigadores del Departamento de Policía de Munich, a cargo del inspector Georg Reingruber, llegaron a la escena. Al día siguiente, el miércoles 5 de abril, el Dr. Johann Baptist Aumüller realizó las autopsias preliminares en el granero. Los resultados arrojaron que las víctimas habían muerto por traumatismo craneoencefálico causado por una azada o piqueta. Los cadáveres fueron decapitados y las cabezas enviadas a Múnich para ser examinadas por clarividentes, sin que obtuvieran ningún resultado. El cuerpo de Viktoria también mostró señales de estrangulamiento. Todas las víctimas, excepto una, se creen que habían muerto al instante, con la excepción de la joven Cäzilia, que mostró evidencias de haber sobrevivido varias horas después de haber sido gravemente herida, ella tenia mechones de su propio pelo entre sus dedos, señal de que se los había arrancado de su cabeza por razones desconocidas. La mayoría de las víctimas estaban vestidas con ropa de cama, excepto Viktoria y su hija, que estaban con ropa de civil. Esto, más el hecho de que la criada y Josef habían muerto en la cama, sugirió que los asesinatos habían ocurrido en la noche. Un detalle que la policía observó fue que todos los cadáveres habían sido cubiertos de alguna manera. Los cuerpos apilados en el granero se habían cubierto de heno, el cuerpo de la criada había sido cubierto con sábanas, y el de Josef con una de las faldas de su madre. Se encontraron algunos hallazgos muy inusuales. La fecha de las muertes se determinó que fue el viernes 31 de marzo, pero después de interrogar a los vecinos de la finca, se descubrió que los testigos cerca de la granja habían visto humo saliendo de la chimenea durante todo el fin de semana, lo que sugiere que alguien había estado en la casa. El lugar también tenía evidencia de que alguien había comido recientemente allí, y una de las camas parecía haber sido usada recientemente. Además, se encontró que todo el ganado y demás animales estaban bien alimentados y habían comido hacía poco tiempo. De hecho, ninguno de los animales en la granja había sido dañado de ninguna manera. El perro, que fue encontrado ladrando en el granero, fue atado dentro del mismo presumiblemente por el perpetrador. En un principio se presumió que el motivo pudo haber sido un robo que terminó con el asesinato de la familia, ya que los Grubers eran una familia adinerada. No obstante, esta teoría se descartó rápidamente al encontrar gran cantidad de dinero en la casa, así como algunas joyas. Después, la policía comenzó a sospechar que los asesinatos habían sido parte de un crimen pasional. Las sospechas recayeron sobre un hombre con el nombre de Lorenz Schlittenbauer, que había sido un pretendiente de Viktoria. Sospechosos Lorenz Schlittenbauer Pequeños detalles apuntaron a la participación de Schlittenbauer. En primer lugar, fue él único que pasó a ser uno de los miembros del grupo de búsqueda original, que había ido a la finca para buscar a los Grubers después de que habían desaparecido. Mientras que él había estado allí, se informó de que el perro atado en el granero había tomado una aversión particular hacia él, y le había ladrado todo el tiempo que estuvo allí. Además, un testigo dijo más tarde que Schlittenbauer no se había inmutado por la visión de los cuerpos ensangrentados, y que también demostró un conocimiento de la propiedad que no era normal, como si hubiera pasado algún tiempo allí. Todo esto llamó la atención, y Schlittenbauer fue interrogado extensamente por la policía, pero al final simplemente no tenían suficientes evidencias concretas que lo relacionaran con el crimen y nunca fue detenido por ello. Karl Gabriel Una idea era que el ex marido de Viktoria, Karl Gabriel, llevó a cabo los asesinatos. Aunque Gabriel supuestamente había muerto en las trincheras francesas de la Primera Guerra Mundial durante 1914, su cuerpo en realidad nunca había sido encontrado y nunca había recibido un entierro apropiado, por lo que se especuló que pudo haber regresado por su esposa y, al ver su implicación con Schlittenbauer, podría haber cometido los asesinatos en el marco de un crimen pasional. Esta teoría fue alimentada décadas después por los informes de dos personas que afirmaron haber conocido a un soldado ruso después de la Segunda Guerra Mundial que afirmaba ser el "asesino de Hinterkaifeck". Se ha especulado que él originalmente fingió su muerte para ser libre de su esposa, pero que había cambiado de opinión y que regresó a casa. No obstante, la mayoría de sus camaradas dijeron haberlo visto morir en la guerra y dichos informes fueron creídos por la policía. Joseph Bärtl Procedente de la cercanía de Geisenfeld, se sospecho del presunto "panadero loco" Joseph Bärtl, nacido en 1897. En 1921 había huido del hospital mental de Günzburgo, ya que se le había confiscado allí debido a su estado mental, y a su presunta participación en un asesinato ocurrido en 1919. Aunque muchos testigos dijeron haberlo visto, la policía nunca pudo encontrarlo.

Bergen-Belsen -------------------- Bergen-Belsen, antiguo campo de concentración nazi situado a 11 millas al norte de Celle, en el estado de Baja Sajonia, Alemania. Historia ----------- Bergen-Belsen fue construido en 1936 para albergar a unos 3.000 trabajadores que habían de edificar los cuarteles de Bergen dedicados a la formación de fuerzas motorizadas acorazadas. La Wehrmacht lo convirtió en 1939 en campo de prisioneros de guerra, recibiendo la denominación de Stalag XI C (311). Sus primeros ocupantes fueron soldados franceses y belgas. En 1941 fue ampliado considerablemente para retener a prisioneros de guerra de la Unión Soviética (URSS). La organización de la SS se hizo cargo en el año 1943 de gran parte del campo, convirtiéndolo en campo de concentración nazi para recluir judíos para un hipotético canje por prisioneros de guerra y ciudadanos alemanes retenidos por los aliados, siendo abierto en julio de 1943. Desde 1944 fue empleado para alojar a los judíos deportados desde países ocupados por Alemania en el oeste (Bélgica, Holanda, Dinamarca) en tránsito a los campos llamados de solución final situados en Polonia pero mediando el año llegaron a él judíos desalojados de estos mismos campos ante el avance de las fuerzas soviéticas. Entre la apertura del campo hasta la primavera de 1942 fallecieron dieciocho mil reclusos. Campo de concentración, 1943-1945. ------------------------------------------------ Desde julio de 1943 y hasta el 15 de abril de 1945, fecha de su liberación por parte de tropas británicas de la 11 división blindada, las condiciones del campo sufrieron un importante deterioro. El hacinamiento, agravado con el traslado a Bergen-Belsen de prisioneros evacuados de otros campos (marchas de la muerte), y el trato a los reclusos provocó la muerte de un importante número de personas por efecto del hambre, el frío y las enfermedades, principalmente por una epidemia de tifus. Semanas antes de la liberación del campo por tropas británicas, murió en el campo de concentración, la joven judía alemana Anna Frank, quien se hizo célebre por sus memorias junto a su hermana Margot Frank quien murió tres días antes que Ana. Las dos murieron en una epidemia de tifus. Aquí maltrataban y abusaban de los reclusos judíos y no judíos y los hacían trabajar a destajo o los mataban. Entre otras torturas la falta de alimento y de baños era notoria, por lo cual se produjeron las grandes epidemias de tifus y animales como piojos y mosquitos. El campo tuvo un promedio de 95.000 detenidos judíos de ambos sexos y el nivel de mortandad se elevó de 30.000 a 50.000 víctimas. Sus Comandantes fueron Adolf Haas entre marzo de 1943 y diciembre de 1944 y Josef Kramer entre diciembre de 1944 y el 14 de abril de 1945, quienes llegaron a tener una plantilla promedio de 289 efectivos de la SS en el campo durante el mes de enero de 1945. Inmediatamente a la llegada de las tropas británicas, fueron detenidos en el Campo la mayor parte del Steff y personal de guardias de la instalación, entre ellas las mujeres, como Irma Grese, Hildegard Kanbach, Magdalene Kessel, Irene Haschke, Anneliese Kohlmann, Hertha Ehlert, Elisabeth Völkenrath, Juana Bormann y Hertha Bothe quienes fueron llevados a juicio inmediatamente al final de la guerra por crímenes contra la humanidad. Fosa Común 3 campo de concentración Bergen-Belsen fotografiada en abril de 1945 Acción judicial después de la guerra ----------------------------------------------- Después de la guerra, los tribunales militares británicos realizaron el "Juicio de Bergen-Belsen" donde Josef Kramer y otros 44 acusados, entre ellos Fritz Klein e Irma Grese fueron acusados de crímenes contra la humanidad por su atroz participación en el Holocausto y la alta mortandad del campo, siendo ejecutados la mayoría en diciembre de 1945 en la población de Hamelín, Alemania.
Albert Richter fue ejecutado por tener un entrenador judío y negarse a realizar el saludo nazi. En las fotografías y vídeos de la Alemania nazi se ve un mundo ordenado, estricto, cargado de orgullo patrio. Siempre hay banderas, jóvenes con la mirada cargada, brazos en alto... Todos a una. La parafernalia nazi viste camisa parda, pantalón de montar, botas de media caña y brazaletes con la esvástica. '¡Heil Hitler!', corea la masa. Escuchar hoy esas dos palabras escalofría. Alemania entera aparece en las imágenes con el brazo en alto, bien alimentada con odio por su líder. Era un gesto mecánico, obligatorio desde la escuela. Alumnos y pronto soldados. En una de esas fotografías, tomada a mediados de los años treinta, se ve en el velódromo de Hannover al vencedor de aquel campeonato de Alemania de ciclismo en pista. Los que le rodean, marciales, elevan al cielo el filo de su mano derecha. Y él, Albert Richter, la mantiene pegada a las piernas que le hicieron el mejor corredor germano de su época. Fue eso y mucho más: un alemán que no renunció a la amistad con su entrenador judío y que, brazo abajo, desafió a Hitler. Le costó la vida. En enero de 1940, cuatro meses después del inicio de la II Guerra Mundial, fue detenido en la frontera con Suiza. Se iba de aquella Alemania enloquecida; se marchaba de su ciudad, Colonia, donde sólo iban a sobrevivir mil de los 20.000 judíos que la poblaban. Llevaba un par de esquíes, su bicicleta y una maleta con dinero para un amigo judío. La Gestapo, avisada a tiempo por un chivato, le detuvo. Los nazis llevaban tiempo tras él, esperando una excusa para cortarle aquella mano que se negaba a levantar. Al parecer, Richter fue traicionado por un entrenador alemán y ario al que había rechazado. Tres días después de ser arrestado, apareció muerto, ahorcado, en su calabozo. Tenía 28 años. La Gestapo impuso la versión oficial: Richter, avergonzado por su comportamiento, por ayudar a los judíos, se había suicidado. La Federación de ciclismo alemana, fiel al regimen, publicó un comunicado en el que escupía sobre la tumba del traidor: "Su nombre se ha borrado de nuestra memoria para siempre". A los padres del ciclista les recomendaron silencio. Llorar y callar. La banda sonora nazi lo ocupaba todo. Tierra sobre Richter, el amigo de los judíos. Entrenador judío Pero Richter, con el final de la guerra y la derrota nazi, resucitó con el recuerdo de los suyos, en especial el de su entrenador judío, Ernts Berliner, que, milagrosamente vivo, regresó a Colonia desde su exilio en Estados Unidos para aclarar la muerte de su pupilo. No le dejaron. La Alemania de la postguerra no quería mirar atrás. Borraron el retrato de los muertos. Era un país de verdugos y de cómplices. Necesiban olvidar. Mejor no revolver el pasado. El dedo índice acusador de la Gestapo tenía buena puntería y Richter era sólo una víctima más. Su historia, sin embargo, ha sobrevivido. Su gesto, mano abajo, es un ejemplo que emociona. ¿Quién se siente capaz de hacer algo así? Hoy, el velódromo de Colonia lleva su nombre. Y en Alemania está prohibido por ley levantar la mano al estilo nazi. La victoria de Albert. Richter nació en 1912, dos años antes de la I Guerra Mundial. Creció en un país derrotado que respiraba humillación y rencor. Apenas pasó por la escuela. Con 15 años ya iba al taller de artesanía donde trabajaba su padre. El ciclismo de pista era entonces muy popular. El público llenaba los velódromos, de día y de noche. Sesiones canallas. Humo, chicas y apuestas. Las bicicletas estaban de moda en toda Europa. Richter, a espaldas de su padre, se apuntó en un club ciclista. Eligió su manera de vivir. Y acertó: tenía talento. Era potente y veloz. En 1932 asombró en el Gran Premio de París. Allí se fijó en él un viejo ciclista alemán y judío, Berliner, que ejercía ya de entrenador. Buscaba una estrella. Conectaron. Berliner siempre quiso tener un hijo varón. Albert se convirtió en su ahijado. Se integró en la familia de su técnico. Su segundo hogar. Berliner le preparaba, le enseñaba y le alimentaba con kilos de carne cruda, la dieta de los campeones. Retrato de Albert Richter. Retrato de Albert Richter. Mientras Richter conquistaba los velódromos de Europa, Alemania se metía en las fotografías del regimen nazi. En las escuelas se enseñaba física alemana, matemáticas alemanas... En las plazas se levantaban piras para quemar libros judíos con el combustible del rencor. Los judíos no eran ni el 1% de la población, pero uno de cada tres premios Nobel del país era judío. Los nazis no soportaban el éxito de esa 'raza inferior'. La vieja cepa aria tenía que acabar con aquello. Y nada mejor que el deporte para mostrar la superioridad del alemán puro. Los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 fueron un desastre para el mundo: Alemania arrasó, pudo con Estados Unidos. Más banderas, más esvásticas. La mano arriba. Al galope hacia el abismo de la guerra. Un alemán que abrazaba a los judíos Ritcher era ciclista profesional y, por eso, no participó en la cita olímpica. Su vida, nómada, rodaba por los velódromos de Francia, Holanda y Bélgica. Sus mejores amigos eran un corredor francés, Gerardin; el belga Scherens, y Berliner, su entrenador judío. Ese círculo era insoportable para los nazis. Para colmo, en los campeonatos nacionales celebrados en Leipzig, Richter se negó a llevar la esvástica en el maillot. Fue el único que compitió con la vieja águila imperial en el pecho. Otro gesto que, sin saberlo, le encaminaba al patíbulo. La soga se acercaba a su nuca. En 1937, Berliner, avisado a tiempo por un amigo, huyó a Amsterdam cuando iba a ser purgado por la Gestapo. A Richter le 'aconsejaron' ponerse a las órdenes de un entrenador ario. Desobedeció. Siguió con Berliner. Se les veía juntos en los velódromos franceses. Los nazis apretaban los dientes. Para ellos el deporte era propaganda, un ejercicio para demostrar la supremacía aria. Richter era lo peor: un alemán sin mancha que lograba títulos y éxitos y que, al mismo tiempo, abrazaba a los judíos. Un alemán que no levantaba su mano al paso del 'führer'. Un impuro. Un mal ejemplo a tachar. Cuando en septiembre de 1939 comenzó la guerra, Richter se echó las manos a la cabeza. La Gestapo le exigía incorporarse a filas, le quería como espía en los velódromos europeos. El ciclista mantuvo la mano pegada a la pierna: rechazó la oferta. ¡Cómo iba a disparar a su amigos franceses y belgas! La Alemania nazi le oprimía, le cercaba. Así que decidió irse a Suiza con su bicicleta y un par de esquíes. En ese último viaje también le hizo un favor a un amigo, judío. Iba a llevarle dinero escondido en la maleta. Según los familiares de Richter, un compañero ciclista o un entrenador despechado le delataron. La Gestapo le esperaba en la frontera. Le ejecutaron. Sellaron el féretro y le enterraron sin testigos. Mancharon su memoria. Dijeron que había sido un suicidio, que Richter se avergonzó al final de su amistad con los judíos y que purgó su culpa ahorcándose. Así quisieron borrar los nazis el recuerdo del ciclista que desafió a Hitler. También han perdido esa guerra. Retrato de Albert Richter
Fue uno de los episodios más crueles de la represión franquista. El 5 de agosto de 1939, trece mujeres, la mitad menores, fueron ejecutadas ante las tapias del cementerio del Este. Su historia sigue viva hoy en forma de libros, teatro, documentales y cine. "Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar Que no me lloréis. Que mi nombre no se borre de la historia". Fueron éstas las últimas palabras que dirigiría a su familia una muchacha de 19 años llamada Julia Conesa. Corría la noche del 4 de agosto de 1939. Hacía cuatro meses que había terminado la Guerra Civil. Madrid, destruida y vencida tras tres años de acoso, de bombardeos y resistencia ante el ejército sublevado, intentaba adaptarse al nuevo orden impuesto por el general Franco, un régimen que iba a durar cuatro décadas. En el ambiente de ese verano de posguerra -tristísimo para unos y glorioso para otros-, se mezclaban las ruinas de los edificios y la pobreza de sus pobladores con las dolorosas secuelas físicas y psicológicas de la contienda. Y, sobre todo, abundaban ya la propaganda y la represión. El día a día de la capital estaba marcado por las denuncias constantes de vecinos, amigos y familiares; por la delación, los procesos de depuración en la Administración, en la Universidad y en las empresas; por las redadas, los espías infiltrados en todas partes, las detenciones y las ejecuciones sumarias. En junio habían comenzado, incluso, los fusilamientos de mujeres. "Españoles, alerta. España sigue en pie de guerra contra todo enemigo del interior o del exterior, perpetuamente fiel a sus caídos. España, con el favor de Dios, sigue en marcha, una, grande, libre, hacia su irrenunciable destino", voceaban las radios de Madrid. "Juro aplastar y hundir al que se interponga en nuestro camino", advertía Franco en sus discursos. Sería aquélla la última carta de Julia Conesa. Y ella lo sabía. Porque, junto a otras catorce presas de la madrileña cárcel de Ventas, había sido juzgada el día anterior en el tribunal de las Salesas. "Reunido el Consejo de Guerra Permanente número 9 para ver y fallar la causa número 30.426 que por el procedimiento sumarísimo de urgencia se ha seguido contra los procesados () responsables de un delito de adhesión a la rebelión () Fallamos que debemos condenar y condenamos a cada uno de los acusados () a la pena de muerte", dice la sentencia. A Julia la acusaban hasta de haber sido "cobradora de tranvías durante la dominación marxista". Y apenas 24 horas más tarde, 13 de aquellas mujeres y 43 hombres fueron ejecutados ante las tapias del cementerio del Este. El momento lo recuerdan así algunas compañeras de presidio: "Yo estaba asomada a la ventana de la celda y las vi salir. Pasaban repartidores de leche con sus carros y la Guardía Civil los apartaba. Las presas iban de dos en dos y tres guardias escoltaban a cada pareja, parecían tranquilas" (María del Pilar Parra). "Algunas permanecimos arrodilladas desde que se las llevaron, durante un tiempo que me parecieron horas, sin que nadie dijera nada. Hasta que María Teresa Igual, la funcionaria que las acompañó, se presentó para decirnos que habían muerto muy serenas y que una de ellas, Anita, no había fallecido con la primera descarga y gritó a sus verdugos: '¿es que a mí no me matan?" (Mari Carmen Cuesta). "Si fue terrible perderlas, verlas salir, tener que soportarlo con aquella impotencia, más lo fue ver la sangre fría de Teresa Igual relatando cómo habían caído. Entre las cosas que nos dijo, fue que las chicas iban muy ilusionadas porque pensaban que iban a verse con los hombres [con sus novios y maridos, también condenados] antes de ser ejecutadas, pero se encontraron que ya habían sido fusilados" (Carmen Machado). Quince de los ajusticiados ese 5 de agosto de 1939 eran menores de edad, entonces establecida en los 21 años. Por su juventud, a estas mujeres se las comenzó a llamar "las trece rosas", y su historia se convirtió pronto en una de las más conmovedoras de aquel tiempo de odio fratricida y fascismo. Un episodio sobre el que nunca se habrá escrito mucho. Lo investigó el periodista Jacobo García, ya en 1985. Lo noveló el escritor Jesús Ferrero en su libro Las trece rosas (Siruela, 2003), en el que dedica un capítulo a cada una de las muchachas y con su literatura las dota de vida y palabra, de sentimiento y dolor; le pone cara a sus verdugos Lo documentó durante dos años, sin ficciones, y por eso aún con mayor crudeza el periodista Carlos Fonseca en Trece rosas rojas (Temas de Hoy, 2004): "No conocía la historia, no la busqué; ésta me buscó a mí a través de unos documentos que guardaba un tío de mi padre que pasó 20 años en la cárcel. Localicé el sumario, investigué; los familiares pusieron el material que tenían a mi disposición". En su libro duelen los testimonios de las familias, el momento de la condena, la partida hacia la muerte, la locura posterior de las madres de las fusiladas ante su pérdida, la indiferencia del régimen.
Juana de Arco (Domrémy, Francia, 1412 - Ruán, id., 1431) Santa y heroína francesa. Nacida en el seno de una familia campesina acomodada, la infancia de Juana de Arco transcurrió durante el sangriento conflicto enmarcado en la guerra de los Cien Años que enfrentó al delfín Carlos, primogénito de Carlos VI de Francia, con Enrique VI de Inglaterra por el trono francés, y que provocó la ocupación de buena parte del norte de Francia por las tropas inglesas y borgoñonas. Juana de Arco (detalle de un óleo de Ingres) A los trece años, Juana de Arco confesó haber visto a san Miguel, a santa Catalina y a santa Margarita, y declaró que sus voces la exhortaban a llevar una vida devota y piadosa. Unos años más tarde, se sintió llamada por Dios a una misión que no parecía al alcance de una campesina analfabeta: dirigir el ejército francés, coronar como rey al delfín en Reims y expulsar a los ingleses del país. En 1428 viajó hasta Vaucouleurs con la intención de unirse a las tropas del príncipe Carlos, pero fue rechazada. A los pocos meses, el asedio de Orleans por los ingleses agravó la delicada situación francesa y obligó al delfín a refugiarse en Chinon, localidad a la que acudió Juana, con una escolta facilitada por Roberto de Baudricourt, para informar a Carlos acerca del carácter de su misión. Éste, no sin haberla hecho examinar por varios teólogos, accedió al fin a confiarle el mando de un ejército de cinco mil hombres, con el que Juana de Arco consiguió derrotar a los ingleses y levantar el cerco de Orleans (8 de mayo de 1429). A continuación realizó una serie de campañas victoriosas que franquearon al delfín el camino hacia Reims y permitieron su coronación como Carlos VII de Francia (17 de julio de 1429). Acabado su cometido, Juana de Arco dejó de oír sus voces interiores y pidió permiso para volver a casa, pero ante la insistencia de quienes le pedían que se quedara, continuó combatiendo, primero en el infructuoso ataque contra París de septiembre de 1429, y luego en el asedio de Compiègne, donde fue capturada por los borgoñones el 24 de mayo de 1430. Entregada a los ingleses, Juana de Arco fue trasladada a Ruán y juzgada por un tribunal eclesiástico acusada de brujería, con el argumento de que las voces que le hablaban procedían del diablo, con lo cual se pretendía presentar a Carlos VII de Francia como seguidor de una bruja para desprestigiarlo. Tras un proceso inquisitorial de tres meses, fue declarada culpable de herejía y hechicería; pese a que ella había defendido siempre su inocencia, acabó por retractarse de sus afirmaciones, lo cual permitió conmutar la inicial sentencia de muerte por la de cadena perpetua. Días más tarde, sin embargo, recusó la abjuración y reafirmó el origen divino de las voces que oía, por lo que, condenada a la hoguera, fue ejecutada el 30 de mayo de 1431 en la plaza del mercado viejo de Ruán. Durante unos años corrió el rumor de que no había muerto quemada en la hoguera, ya que habría sido sustituida por otra muchacha, para casarse posteriormente con Roberto des Armoises. En 1456, Juana de Arco fue rehabilitada solemnemente por el papa Calixto III, a instancias de Carlos VII, quien promovió la revisión del proceso. Considerada una mártir y convertida en el símbolo de la unidad francesa, fue beatificada en 1909 y canonizada en 1920, año en que Francia la proclamó su patrona.

El 16 de enero de 1556, dos años antes de fallecer, Carlos I de España cedía el control del reino a su primogénito, quien se convertía en Felipe II, y con ello en el rey con el imperio más poderoso del planeta. Una de las primeras medidas que tomó Felipe II como nuevo rey fue trasladarse a vivir a la Villa de Madrid, la cual convertiría en Corte y capital del Imperio Español y trazó un plan para que ésta, enclavada en el centro geográfico de la Península Ibérica, tuviera las mejores infraestructuras y comunicaciones. Sabía de la vital importancia de no solo hacer cada vez más grande y poderoso al imperio, sino dotarlo de una capital moderna y potente como poseían las otras Cortes Europeas. Cabe destacar que en aquel momento Felipe era también soberano de un buen número de reinos, entre ellos Inglaterra e Irlanda, este último gracias a su unión matrimonial en 1554 con María Tudor y dejó de serlo tras el fallecimiento de esta en 1558. Al contrario que su padre Carlos I (quien pasó gran parte de su reinado fuera de España) Felipe II quiso vivir desde un primer momento en el reino y dotarlo de las más modernas reformas. Quería que fuese un ejemplo a seguir por los demás países. Para tal motivo hace venir a España al arquitecto e ingeniero militar italiano Giovanni Battista Antonelli (a menudo españolizado el nombre en Juan Bautista Antonelli), a quien le encargó diseñar y llevar a cabo las tan necesarias fortificaciones y defensas en las costas levantinas, así como en los puertos del norte de África. Felipe II, tras enviudar en 1558 de María Tudor, llegó a contraer matrimonio hasta en tres ocasiones más, la última por poderes en enero de 1570 con Ana de Austria, quien debía llegar a Madrid a finales de ese mismo año. Por tal motivo, el rey quería que se celebrase grandes actos lúdicos y que contase con una ‘naumaquia’ un espectáculo que se celebraba en la Antigua Roma y que consistía en la simulación de una batalla naval. Pero Madrid no disponía de mar ni de un gran lago donde poder realizarse, así que se encargó a Giovanni Battista Antonelli el diseño de un gran estanque donde tuviera lugar dicho espectáculo. Ilustración de la batalla naval o ‘naumaquia’ realizada en 1570 en un estanque de Madrid El ingeniero italiano diseñó e hizo construir tal estanque en pleno centro de la capital, en el lugar en que hoy se encuentra la confluencia del Paseo del Prado y la Carrera de San Jerónimo (Prado de San Jerónimo) con unas medidas de 500 pies de largo y 80 de ancho (152 por 25 metros) y en donde se escenificó (el día de la llegada triunfal de la nueva Reina de España) una batalla naval en la que intervinieron ocho galeras. Cabe destacar que, según indican la mayoría de expertos e historiadores, dicho estanque no sería el mismo que el del actual Parque del Retiro, que, aunque muy cercano a esa localización, no fue construido hasta seis décadas después, bajo el reinado de Felipe IV. Aunque Felipe II ya había pensado en más de una ocasión en la posibilidad de que Madrid tuviera algún tipo de acceso directo al mar, aquel estanque, el gran espectáculo que se realizó y las galeras que en él participaron, provocaron que el rey quisiera saber la posibilidad que existía de hacer cumplir su sueño de construir un puerto fluvial en la capital del imperio. Giovanni Battista Antonelli se puso a trabajar en ello (además del diseño y supervisión en las mencionadas fortificaciones en el Levante, que seguían en marcha) y una década más tarde tenía todo un estudiado y diseñado plan por el cual a través del río Tajo (en su entrada por Lisboa) se podría navegar hasta llegar a Toledo, allí tomar el río Jarama para finalmente entrar en Madrid por el río Manzanares. El propio ingeniero había realizado el trayecto en canoa de remos, tomando notas de toda la ruta, de qué puntos debían ser ensanchados, dónde construir diques o esclusas y comprobar toda la infraestructura necesaria para realizar la que sería su obra cumbre y por la que, innegablemente, pasaría a la Historia. Felipe II quiso que el río Tajo fuera navegable desde el Atlántico hasta Toledo y de ahí por el Jarama y Manzanares hasta Madrid De este modo la ‘flota de Indias’ (barcos que viajaban cargados de riquezas desde los virreinatos españoles repartidos por el Nuevo Mundo hasta la Corona de Castilla) podrían tener un acceso directo desde el Océano Atlántico hasta la capital del reino a través de un río navegable y así no tener que atracar en Cádiz o Sevilla (en el puerto fluvial del Guadalquivir) y continuar el trayecto por vía terrestre. Organizó una excursión a la que llevó al rey y parte de su corte navegando desde Vaciamadrid a Aranjuez. Tal plan y demostración fascinó a Felipe II, quien puso a disposición del ingeniero la mano de obra necesaria y financiación para llevarlo a cabo cuanto antes. Giovanni Battista Antonelli comenzó a trabajar en el ensanchamiento del Tajo en su paso portugués hasta Alcántara, pero a medio trabajo ocurrió lo que el italiano nunca hubiera querido que pasara: se suspendía momentáneamente el proyecto. El motivo por el cual Felipe II había decidido parar tal magna obra fue destinar todos los recursos económicos de la corona en un proyecto mucho más ambicioso para él y que le corría más prisa: invadir Inglaterra. En 1585 se inició la guerra anglo-española, por la que parte del presupuesto real comenzó a destinarse a tal conflicto bélico, parando todas aquellas obras e infraestructuras que en aquel momento no eran de vital importancia. Felipe II quería hacerse con el control de Inglaterra (que ya había reinado tres décadas antes) y dispuso de todos sus recursos económicos para tal empresa que sería llevada en agosto de 1588 por la Grande y Felicísima Armada Española. Mientras tanto, y de manera inesperada, el 27 de marzo de aquel mismo año fallecía en Toledo Giovanni Battista Antonelli a la edad de 61 años. La Armada invencible, término inventado por los ingleses para referirse a la flota española, sufrió la más humillante de las derrotas el 8 de agosto de 1588 por causas meteorológicas y mala planificación por parte del hombre que Felipe II había puesto al mando: el duque de Medina Sidonia (Alonso Pérez de Guzmán y Sotomayor) quién carecía de experiencia. Tras el estrepitoso fracaso a Felipe II le quedaron pocas ganas y, sobre todo, pocos recursos económicos, para retomar el ansiado proyecto del puerto fluvial en Madrid y la navegación hasta el Océano Atlántico, además de sumarse el contratiempo del fallecimiento del ingeniero que impulsó y diseñó tal plan. Siglos después otros quisieron retomar el viejo sueño de Felipe II y en varias ocasiones se ha trabajado en el proyecto, aunque no se ha llegado a hacer realidad.
Huang Dafa ha pasado buena parte de su vida dedicado a mejorar el bienestar de sus conciudadanos. Este anciano chino de 89 años ha tardado 36 años en construir con sus propias manos un canal de 10 kilómetros que rodea tres montañas para llevar agua a su localidad, de la que es alcalde. Su plan comenzó en 1959, cuando los vecinos de un pequeño pueblo llamado Caoyuanba, situado en la cordillera de la provincia de Guizhou, apenas tenían agua potable para sobrevivir: dependían de las lluvias y de un pequeño riachuelo, que terminó por secarse. Dafa recuerda en un documental producido por New China TV que antes de la construcción del canal, todos los habitantes del pueblo se tenían que dosificar. “Si uno se llevaba mucha agua, los demás nos quedábamos sin ella”. Y no solo eso. El cultivo y el consumo de determinados productos era un lujo. Si en el resto del país se comía arroz a diario, en Caoyuanba solo se tomaba en festividades señaladas. Lo único que podían plantar eran patatas y maíz, y era lo único que consumían. Los demás pueblos de la zona se referían a Caoyuanba como ‘esa zona pobre’, ya que no había ni agua, ni electricidad ni carreteras. Bajo esas condiciones, pocos vecinos pudieron aguantar y lo normal es que todos se fueran buscando una vida mejor. Pero Huang Dafa quería que la localidad fuera habitable. “Por eso decidí que el pueblo debía tener tres cosas: luz, una carretera de acceso y agua”, asegura este hombre. Lo primero que hizo fue visitar los pueblos cercanos, para ver si alguno tenía suficiente agua para poder compartirla. En Yebiao encontró lo que buscaba, pero solo había un problema: los dos pueblos estaban separados por 10 kilómetros de montañas. Y por supuesto, Dafa no tenía ni idea de cómo transportar agua en condiciones salubres. Huang Dafa, junto a su obra. Por eso este hombre se decidió a estudiar hidrología. Con 53 años, solicitó trabajar en el departamento de aguas de una ciudad cercana y allí empezó a descubrir cómo podría cumplir su sueño. Tras tres años en el puesto y acumular un vasto conocimiento, se lanzó a construir el canal. Para ello, presentó un plan al gobierno local y solicitó una partida de 60.000 yuanes (8.000 euros). Además, los habitantes de Caoyuanba donaron otros 10.000 (1.333 euros). Hafa no tenía bastante con planificar y buscar fondos para su obsesión. También se puso el mono de obra y empezó a picar la montaña él mismo, para liderar a un grupo de 200 trabajadores que participaron en la construcción. El canal de Huang Finalmente, en 1995 se inauguró la obra de ingeniería. Y no solo eso. También llegaron la electricidad y la ansiada carretera. Los vecinos, que ya tenían suficiente agua, se pusieron a cultivar arroz. Sus condiciones de vida mejoraron de manera espectacular y la población empezó a crecer. Por su parte, Huang Dafa sigue obsesionado con el bienestar de su población, por lo que hace frecuentes excursiones al canal para vigilar que no haya ningún tipo de obstrucción o problema. Todo un héroe.
¿Para qué están ahí? Salen tan tarde que ya no hacen falta, y eso en el caso de que lleguen a salir. A veces se enquistan de formas intrincadas que enriquecen a los odontólogos, o empujan a los demás dientes con dolor y penalidad. Son las muelas del juicio. ¿Quién las encargó? ¿A qué fuerza evolutiva se le ocurrió diseñar ese estorbo bucodental? ¿Lo hizo igual de mal con nuestro cerebro? Es el enigma evolutivo de las muelas del juicio, y acaba de ser resuelto por científicos australianos. La respuesta en corto: los humanos ni siquiera somos especiales en eso. Nuestros ancestros los homínidos (homininos, técnicamente) sí que tenían un buen tercer molar: hasta cuatro veces mayor que el nuestro, y con una superficie plana obviamente adaptada para masticar. Que esa obra magna de la naturaleza se corrompiera hasta producir nuestra muela del juicio nunca se ha entendido muy bien, aunque no han escaseado las hipótesis hechas a medida para explicarlo: ora los cambios de dieta, ora aquel avance cultural o este otro y, en cualquier caso, unas teorías que delegan en la selección natural la tarea ardua de destruir una muela sin tocar mucho las otras. Y que, desde luego, son exclusivas de la evolución humana, sin precedentes en los 600 millones de años de historia animal. La bióloga del desarrollo Kathryn Kavanagh, de la Universidad de Massachusetts en Dartmouth, propuso en 2007 un modelo teórico del desarrollo de la dentición en los mamíferos. Se basaba en datos obtenidos en ratones, y explicaba esos resultados, que eran bastante complicados, con un modelo simple de “inhibición en cascada”: cuando un diente se desarrolla, emite señales activadoras o represoras sobre su vecindad, y la proporción entre ambas señales determina el tamaño de los dientes vecinos. Uno de los colegas de Kavanagh en aquel trabajo, Alistair Evans, de la Universidad de Monash en Victoria, Australia, encabeza ahora una investigación publicada en Nature donde aquel modelo se extiende a los homínidos. La investigación revela que el modelo de inhibición en cascada de Kavanagh puede explicar la degeneración del tercer molar de los australopitecos hasta la modesta y molesta muela del juicio que abruma al Homo sapiens. Nuestros ancestros sí que tenían un buen tercer molar: hasta cuatro veces mayor que el nuestro, y con una superficie plana obviamente adaptada para masticar En los homínidos más primitivos –los más próximos al chimpancé, como los ardipitecos, australopitecos y parantropos—, la variación en el tamaño y las formas relativas de los molares es una mera función de la posición: las muelas tienden a crecer más en la parte posterior de la boca, lo que causa el gigantismo del tercer molar, y las proporciones entre unas y otras muelas son constantes, sin que importe el tamaño general de la dentadura en su conjunto. Pero, hace un par de millones de años, con el surgimiento de nuestro género (Homo), las reglas generales cambiaron ligeramente: los tamaños relativos de las muelas empezaron a depender del tamaño total de la dentadura. Eso hizo que la reducción del tamaño total de la dentadura, que es propia de la modernidad evolutiva, causara una reducción desproporcionada del tercer molar. Esto es la muela del juicio explicada por un mecanismo general, que no tiene que postular cosas muy raras para que el tercer molar se haya convertido en un ridículo engorro. Desde un punto de vista dental, hemos dejado de ser víctimas de una evolución maliciosa. Ahora lo somos de la simplicidad matemática. Todo un avance.