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JOHN7DYSON

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Primer post: 12 ago 2012Último post: 13 ago 2012
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El nadador
OfftopicporAnónimo8/12/2012

El nadador Luego de un trágico accidente, encontró en el deporte su salvación. Por JOHN LICHFIELD He aquí la historia de un hombre excepcional, Philippe Croizon, quien a los 26 años perdió la parte inferior de los brazos y ambas piernas, y que por su gran coraje y obstinación se convirtió en un atleta. Hace dos años nadó 34 kilómetros para cruzar el Canal de la Mancha, una proeza lograda solo por otras 900 personas en los últimos 136 años, y nunca antes por una persona sin extremidades. Croizon dice que no era “especialmente deportista” antes de su accidente, en 1994. Hoy, a sus 43 años, usa unas aletas extralargas sujetas a los muñones de las piernas para avanzar en el agua, y lo que le queda de brazos para obtener estabilidad. Esta es también la extraordinaria historia de amistad entre Croizon y otro gran nadador francés, Arnaud Chassery. Se conocieron poco antes de que Philippe hiciera el arduo recorrido a través del Canal de la Mancha. Se hicieron amigos y decidieron intentar juntos algo que ha sido logrado solamente por otro deportista. Su plan es atravesar a nado cuatro estrechos entre cinco continentes en tan solo cuatro meses. Una de las etapas de esta empresa aparentemente descabellada es nadar a través del helado estrecho de Bering, entre Alaska y Rusia, y otra, cruzar el golfo de Aqaba, entre Asia y África, un mar infestado de tiburones. “No sólo se trata de un viaje de exploración y aventura —señala Croizon—, también haremos una campaña para fomentar un cambio de actitud hacia la discapacidad, sobre todo en países en vías de desarrollo. Diremos que todo tipo de discriminación está mal, ya sea sexual, religiosa, por raza o por discapacidad física. Cualquiera puede ver la diferencia entre Arnaud y yo, pero, al final, no importa. Somos buenos amigos y podemos lograr las mismas cosas”. El joven trabajador de la industria siderúrgica Philippe Croizon “murió” el 5 de marzo de 1994. Había subido al techo de su casa en Ch"tellerault, en el centro de Francia, a arreglar la antena de televisión. Estaba parado sobre una escalera de metal, y al mover la antena rozó con ella un cable de alta tensión. La primera descarga, de 20.000 voltios, recorrió todo su cuerpo y le detuvo el corazón. Dos descargas más le devolvieron la vida, pero lo dejaron adherido a la escalera y con quemaduras graves. En el transcurso de los meses siguientes tuvieron que amputarle las piernas y la parte inferior de los brazos. “Pasé por todas las etapas habituales: negación, tristeza, ira y aceptación”, recuerda. “Lo que los psicólogos no te dicen es que esas etapas pueden repetirse y presentarse en distinto orden. “Vuelven una y otra vez. Incluso ahora, cuando estoy solo, a veces voy al bosque en mi silla de ruedas y doy gritos de autocompasión y rabia... Me hace mucho bien”. Philippe decidió abrazarse a la vida por el bien de sus hijos, aunque más adelante cayó en una nueva depresión: su esposa, Muriel, lo abandonó en 2001. En dos ocasiones Croizon intentó suicidarse. A lo largo de 13 años después del accidente, Philippe expresó muchas veces su deseo de aprender a nadar. Recién en 2008 finalmente se tiró al agua. Dedicó dos años a entrenarse 35 horas por semana, y cuando se sintió con la fuerza suficiente, decidió acometer el desafío de cruzar a nado el Canal de la Mancha. Nueve de cada 10 personas que lo intentan fracasan. Pero Philippe sí lo logró. El 18 de septiembre de 2010, nadó desde Folkestone, Inglaterra, hasta el cabo Gris Nez, Francia, en 13 horas y 23 minutos. “Convertirte en un nadador de ese nivel, seas discapacitado o no, te hace experimentar las mismas etapas por las que pasan quienes han sufrido un accidente como el que tuve yo: negación, ira, aceptación y finalmente alegría". Arnaud Chassery, un fabricante de muebles de la ciudad de Joigny, en la región de Borgoña, hoy día de 34 años, había logrado atravesar nadando el Canal de la Mancha en 2008. Croizon estableció un vínculo muy especial como con Arnaud, que este se convirtió en miembro de su equipo de apoyo de natación. “A partir de ese momento nos propusimos hacer algo juntos, y entonces se nos ocurrió la idea de cruzar nadando los cinco continentes”, dice Arnaud. Su desafío, al que llaman “Nadar más allá de las fronteras”, consiste en hacer cuatro cruces intercontinentales. Solamente un nadador, Marcos Díaz, de la República Dominicana, ha completado esos cruces en un mismo año. Tardó poco más de cuatro meses en conseguirlo. Philippe y Arnaud esperan superar ese récord. Cuando Croizon nadó a través del Canal de la Mancha, lo hizo a 2,5 kilómetros por hora, en promedio, pero un nadador como Arnaud es capaz de hacerlo casi al doble de esa velocidad. Entrenando juntos, los amigos están aprendiendo a sincronizar sus movimientos. Nadarán uno al lado del otro, excepto al cruzar el estrecho de Bering, donde Arnaud lo hará a su propio ritmo para mantener el calor corporal. Los amigos tendrán que recurrir a toda su fuerza y determinación para afrontar su gran desafío intercontinental, pero ellos ya están ansiosos por comenzar.

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Vivir sin el muro de Berlin
OfftopicporAnónimo8/13/2012

Vivir sin el muro de Berlin Conoce la historia del “monstruo de hormigón” que dividió la ciudad durante 28 años. Con el pulso acelerado, le mostré mi pasaporte a un guardia fronterizo. Dos agentes hurgaron entre mis ropas ante la mirada inexpresiva de varios soldados armados. Oí unos clics de cámara. ¿Acaso me estaban sacando fotos? Era una lluviosa noche de noviembre de 1963, en plena Guerra Fría, y me disponía a entrar en Berlín Oriental por el paso Checkpoint Charlie. A mis 20 años de edad, emocionado y a la vez temeroso, iba a ser mi primer encuentro con el mundo de la bandera roja. Me devolvieron el pasaporte, y entonces entré en un espacio completamente diferente. La luz de los faroles era débil, y en los oscuros comercios había pocos productos. Entre los edificios todavía se veían huellas de bombardeos. Casi no había tráfico: sólo algún auto ocasional que dejaba una columna de humo al pasar, y los pocos transeúntes parecían tristes y ensimismados. Sobre el resplandor que producían las intensas luces de Berlín Occidental, se recortaba la silueta de la Puerta de Brandeburgo. Me estremecí al ver el lado “opuesto” del Muro, y la Franja de la Muerte oculta por el muro interior. Toqué mi pasaporte para asegurarme de que aún lo llevaba. Casi medio siglo después, me encontraba en el mismo sitio. Al mirar desde la Puerta de Brandeburgo hacia lo que antes era Berlín Oriental, lo primero que vi fue un Starbucks, justo enfrente de la embajada de los Estados Unidos. Al llegar al nuevo Berlín, todos los visitantes preguntan: “¿Dónde estaba el Muro?” Siguiendo una doble hilera de adoquines a través de cruces de calles y debajo de autos estacionados, encontré la Franja de la Muerte, todavía visible. No es fácil hallar restos del Muro. Los más notorios son los altos postes en forma de arco que sostenían reflectores a todo lo largo de la Franja de la Muerte y, al pie de ellos, los restos del camino de patrullaje. Hay otros postes con restos de pintura roja y blanca que marcan la zona de control antes vedada para los berlineses orientales, así como tomas eléctricas y cables de teléfono en los costados de las casas. Algunas reliquias aún son peligrosas. Mientras exploraba el exterior de la estación Nordbahnhof del subterráneo, en lo que había sido una ampliación de la Franja de la Muerte, me raspé la pierna con una viga oxidada que asomaba en el suelo, quizá los restos de una barrera. Solté un grito de dolor, y mi pantalón se manchó de sangre, pero pensé que no era tan gra-ve. Me imaginé la escena hace apenas 20 años: las luces de bengala, perros feroces tirando de sus correas, el ulular de las sirenas, los reflectores deslumbrantes... y luego las balas. Hoy, no podría ser más distinto. Al salir de la estación Wollankstrasse me topé con personas que trotaban o paseaban con sus perros, y con un padre que enseñaba a andar en monociclo a su linda nena rubia de unos cinco años. Luego divisé los faroles en forma de arco, y comprendí, sobresaltado, que estaba caminando por la Franja de la Muerte del Muro. Un farol tenía franjas rojas, blancas y verdes, las cuales indicaban el límite del tramo de patrullaje, y los guardias fronterizos debían tener mucho cuidado de no traspasarlo para evitar que los confundieran con desertores y los acribillaran. Poco después, mientras paseaba cerca de Wannsee, en el sudeste de la ciudad, me topé con un prado lleno de flores, tan ancho como una autopista de seis carriles, que se extendía en medio de un bosque de pinos. Era otra huella apenas visible del Muro. La seguí hasta un terreno para acampar junto al canal Teltow, en otro tiempo la frontera real, y encontré una torre de vigilancia que ahora forma parte de un conjunto de baños para los acampantes. Descubrí que el vestigio más importante del Muro no son los ladrillos y la argamasa, sino el hueco que dejó en el mapa. En la ciudad y los suburbios, el espacio abierto es ahora una bendición. Tan pocas personas tenían acceso a la zona de control del lado este, y a la zona fronteriza misma, que se convirtió en un refugio para la fauna silvestre (lo mismo ha ocurrido en el resto de la Cortina de Hierro). Más tarde, siguiendo otra vez los adoquines, llegué a la Zimmerstrasse. En ambos lados de la calle había edificios nuevos con locales comerciales y oficinas. De pronto me encontré con una columna de bronce inscrita con la historia de Peter Fechter, un albañil de 18 años al que tirotearon mientras escalaba el Muro en ese lugar, en agosto de 1962. Mientras agonizaba en un charco de sangre, murmuró: “¿Por qué no me ayuda nadie?” Nadie lo hizo porque en ambos lados la gente temió que los guardias les dispararan. Todavía recordaba la foto del albañil acribillado que salió en los diarios. Fechter tenía la misma edad que yo. ¿Qué lo impulsó a realizar un acto tan temerario, incluso tonto? ¿Por qué no pudo disfrutar de sus hijos y sus nietos ni tener una vida llena de satisfacciones, como yo? Lo más terrible de la “barrera de protección antifascista”, el nombre oficial del Muro, no eran sus ladrillos y alambres de púas, sino la sangre derramada por personas que ansiaban la libertad que nosotros, en Occidente, dábamos por sentada. El espíritu del Muro de Berlín radica en sus historias reales, como las que se narran en el museo anexo a Checkpoint Charlie. Son tres casas unidas, y en sus atestadas habitaciones contemplé fotos borrosas de los tanques soviéticos y estadounidenses que, en octubre de 1961, se enfrentaron en la calle, justo afuera del actual museo, cuando el mundo estuvo a un paso de la guerra total. Leí historias de gente que escapó, de víctimas de la policía secreta de Alemania Oriental, de familias divididas por el aparato del terror. Sentí otra vez el espíritu del Muro en la calle Bernauer, donde hay una sección completa y restaurada de la Franja de la Muerte. Cerca de allí, entre unos árboles, hallé una estatua de Conrad Schumann, un guardia fronterizo que escapó saltando la alambrada. Al ver la efigie, puede uno imaginar el martilleo de su corazón, la boca seca, la vista clavada en los alambres más altos, donde pudo atascarse, o caer y encontrar la muerte mientras hacía su desesperado intento de alcanzar la libertad. Cerca de ese sitio, una placa de latón en el pavimento conmemora a Ida Siekmann, una mujer de 59 años que saltó de la ventana de su departamento, en el tercer piso, y murió. Imaginemos el miedo, el acopio de valor, el salto desesperado... Al mediodía, un tañido de campanas me llevó a la Capilla de la Reconciliación. Allí, en medio de la Franja de la Muerte, antes había una enorme iglesia de estilo gótico que nadie podía usar. El párroco, Manfred Fischer, jamás volvió a oficiar en ella porque el acceso estaba vedado. En 1985, mientras visitaba Nueva York, por casualidad vio en un noticiero el momento en que dinamitaban su templo. Tras la caída del Muro, parte de los escombros se mezcló con barro para construir las paredes de la pequeña capilla ovalada que ahora ocupa ese sitio. Me uní a las 70 personas que había dentro, la mayoría estudiantes alemanes. El pastor jubilado Hermann Jäger leyó un relato de la vida breve y el intento de escape de un joven sastre llamado Günter Litfin, el primer fugitivo acribillado junto al Muro. La gente encendió velas y elevó una oración por él. Más tarde me dijeron que Fischer había salido corriendo de la oficina parroquial para detener el bulldozer que empezaba a derribar el Muro. ¿Por qué lo hizo? “Estas ruinas son un mensaje de esperanza”, explicó. “El antiguo régimen no sólo envenenó el suelo de Alemania Oriental, sino también las almas. Destruyó toda la confianza de la sociedad, y sin confianza no hay libertad. Pero una resolución pacífica puso fin a ese sistema. Lo que el Muro nos dice es que esas cosas suceden; ocurrieron aquí, y pueden pasar en cualquier parte”.

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Yo vi un fantasma
Yo vi un fantasma
ParanormalporAnónimo8/12/2012

Yo vi un fantasma Si usted cree en los espíritus y en las almas en pena, se va a estremecer con estas historias de personas que aseguran haber visto una aparición. Por Simon Hemelryk Un espectro en el salón de belleza Sheena Carmichael —No es nada. Hace varios años que trabajo aquí y nunca vi nada raro —dijo con firmeza Joanne Robson, de 35 años, una de las estilistas de mi salón de belleza. Se refería a que los ruidos de pisadas, los cepillos que desaparecían y los susurros de sus nombres que las aprendices oían cuando estaban solas nada tenían que ver con fantasmas. Sin embargo, mis demás empleadas y yo estábamos seguras de lo que habíamos experimentado desde que abrí el salón Jazz en la calle Frederick de South Shields, Inglaterra, en 1997. En una oportunidad, un envase de fijador en aerosol se movió frente a mis ojos en el tocador mientras le cortaba el cabello a una mujer. Otras clientas a veces salían de los cubículos de terapia estética y decían: “No sabía que también atendían hombres aquí”. Yo les respondía que no teníamos clientes varones. Entonces, ¿de quién era la voz masculina que todas ellas aseguraban haber oído hablar en susurros? —Muy bien. Entonces, quiero que te quedes aquí un rato sola esta noche y veas qué pasa —desafié a Joanne. Más tarde, Joanne estaba acostada bajo la cubierta de una de las camas solares cuando de pronto los postigos de las ventanas del salón se cerraron con fuerza. Luego oyó un golpe fuerte sobre la cubierta y dio un respingo. ¡Explotó!, pensó asustada. Pero la cama estaba bien, excepto por una abolladura en la cubierta. En el suelo había un frasco de crema de belleza. Alguien debe de haberlo tirado, se dijo. —¿Quién está ahí? —preguntó, y corrió a la sala principal. Estaba vacía... Una semana después, otra vez se quedó sola en el salón por la noche. El secador de ropa, que sólo funcionaba con la tapa bajada, se encendió de repente. Joanne corrió a la calle y tuvo que llamar por teléfono a su padre para que fuera a cerrar el local. Pronto se corrió la voz entre las clientas sobre lo que Joanne había visto y oído. —No sé si usted lo sabe, pero alguien murió aquí —me contó una de ellas—. Hasta los años 50, este edificio fue una pensión y taberna para trabajadores. Un empleado de almacén cayó por las escaleras del sótano y se desnucó. La piezas del rompecabezas empezaban a encajar. En varias ocasiones habíamos oído tintineos de vasos, y a una clienta le habían dicho “Afuera” mientras se dirigía al baño, cerca de las escaleras del sótano, que estaban bloqueadas. Otra clienta que era espiritista y que vivía en los suburbios nos comentó que en el salón habitaba un fantasma que estaba muy enojado porque no le gustaba que el negocio fuera administrado por mujeres, ni la presencia de extranjeras. Hasta ese momento, ella no sabía que yo tengo ascendencia paquistaní. Sin embargo, el intolerante espectro nunca se había manifestado... hasta la víspera de la Navidad de 2008. Una empleada y yo estábamos en la sala principal cuando una figura alta y difusa de pronto apareció a un metro de nosotras, y luego desapareció dejando tras de sí un olor a metal. Meses después, llamamos a un investigador de fenómenos paranormales, Mike Hallowell, quien confirmó que en el salón había por lo menos una presencia masculina. Para entonces, yo ya estaba más emocionada que asustada. La noche en que Mike nos visitó, en voz alta dije: “No te preocupes, fantasma. Vuelvo mañana”, y cerré el local. Al día siguiente, cuando abrí el salón, encontré un regalo encima de mi agenda de citas: una frutilla. Quizá el fantasma estaba aprendiendo a querer a esta dueña medio asiática. La piscina del chico muerto Hugh Watson Poco antes de las 10 de la noche de un día de finales de octubre de 2007, yo estaba jugando con mi nuevo teléfono celular al costado de la piscina principal de los Baños Victory, en Renfrew, Escocia. Hacía acercamientos y alejamientos con la videocámara del aparato. Trabajaba como intendente del edificio, y estaba esperando que el resto del personal se cambiara de ropa y se fuera para poder cerrar con llave la puerta de entrada e irme a casa. Cuando me acerqué a una silla de los guardavidas, algo en la lente me llamó la atención: una luz que se movía al pie de la escalera que llevaba a la galería para visitantes. La enfoqué para filmarla. La luz empezó a subir la escalera y, al llegar arriba, se desplazó por la galería. Desapareció en una pared, y luego resurgió, para finalmente esfumarse en un espejo grande. Yo había oído historias sobre fantasmas que rondaban la piscina de aquel edificio eduardiano, pero sabía bien que la imaginación podía desbordarse al pasar por sus pasillos y puertas arqueadas. Pese a eso, cuando mis compañeros terminaron de cambiarse y se acercaron a mí, les mostré las imágenes. —Se pueden ver las piernas de un nene chiquito —comentó Colin Dearing, uno de los guardavidas. Observé el video otra vez. En efecto, se podía ver lo que parecían las piernas de un chico, que corría de un lado a otro como si estuviera asustado. Poco después subí la película a YouTube (sin estar seguro de qué se veía en ella), y pronto un miembro de un club en línea para personas mayores de 50 años me contó la historia de un nenito que había muerto en la piscina de los Baños Victory en 1930. Se tiró al agua desde el trampolín alto, y llevaba puesto el casco de un soldado alemán que su padre había recogido en el campo de batalla durante la Primera Guerra Mundial. El fuerte impacto del casco contra el agua le rompió el cuello. Los registros oficiales, aunque poco precisos, confirmaban la historia. El chico se llamaba John. Desde hacía años, algunos de mis compañeros se mostraban renuentes a entrar en la bodega que hay debajo de la piscina porque sentían que alguien los observaba. Mandamos llamar a una médium, y al cabo de un rato nos dijo que había hablado con John en la bodega y que le había dicho que estaba triste y asustado. Mi experiencia me ha convertido sin duda en un hombre menos escéptico. La gente dice que lo que filmé fue una luz de mi cámara, pero mi cámara no tiene luces. Bienvenida misteriosa Marina Joannou Un sábado de julio de 2006 fui a visitar a dos amigos míos, Bill y Ruth, quienes acababan de mudarse a una casa de los años 30 en Rush Green, un barrio del suburbio londinense de Romford. Estaban construyendo una ampliación, así que había agujeros de taladro en las paredes, tablas sin clavar en el piso y bolsas de cemento por todas partes. Entré en el living. Aunque aún no estaba terminado, me di cuenta de que iba a quedar precioso. Era verano, pero pensé en lo linda que estaría la casa cuando la adornaran en Navidad. Miré hacia el hall, que estaba a mi izquierda, y vi a una mujer caminando hacia mí. Llevaba en las manos una fuente con un pavo enorme. Tenía la cabeza un poco agachada, como si me estuviera ofreciendo humildemente aquel manjar en señal de bienvenida. Sin embargo, parecía salida de los años 60: llevaba puesto un minivestido de poliéster, sombra de ojos negra, y el pelo, también negro, recogido y con un moño alto. Lo más extraño era que sus piernas se desdibujaban por debajo de las rodillas. No dije ni una palabra, y mis amigos no parecían advertir su presencia. Segundos después, la mujer desapareció. Pensé que lo había imaginado, pero, cuanto más reflexionaba en eso, tanto más me convencía de que no era así. Tiempo después, un día en que estábamos en un bar, le conté a Ruth lo que había visto en su casa y le describí a la mujer. Ella me dijo que la casa había sido de una señora mayor ya fallecida. Mi amiga había encontrado en el desván una caja con fotos de los años 60 de personas que posaban junto a un auto Morris Minor. Un día después me mostró las fotos de esas personas, y vi que una de ellas era idéntica a la mujer de la fuente. No he vuelto a la casa de mis amigos, pero ellos me contaron que su perro a veces ladra en dirección de las escaleras cuando no hay nadie subiéndolas ni bajándolas. Siempre me ha gustado creer que existe un mundo en el que habitan los espíritus, pero esta experiencia me convenció de que es así. En una oportunidad conocí a una médium y le conté que había visto un fantasma. Al final, ella dijo: —Has sido bendecida. Estoy contenta de haber visto al fantasma de esa mujer. De verdad, muy contenta.

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