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JAKOVIC

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Primer post: 2 oct 2012Último post: 2 oct 2012
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La Liga de los Cabezas Rojas - Sr.Arthur Conan Doyle
InfoporAnónimo10/2/2012

Un día del último otoño fui a visitar a mi amigo Mr. Sherlock Holmes, y lo hallé conversando con un señor ya entrado en años, muy corpulento, muy colorado, de fogoso cabello rojo. Balbuceando una excusa, empecé a retirarme; Holmes se levantó, me hizo entrar en el cuarto y cerró la puerta. -No puedes llegar más a tiempo, Watson -dijo cordialmente. -Creí que estabas ocupado. -Lo estoy. Muchísimo. Entonces, te espero en el cuarto de al lado. De ningún modo. Mr. Wilson, este caballero ha sido mi colaborador en muchos problemas difíciles. Sin duda, podrá ayudarnos en este caso. El señor de pelo rojo se incorporó e hizo un torpe saludo, con una tímida mirada interrogativa. -Siéntate en el sofá -dijo Holmes-. Sé que compartes mi pasión por lo extravagante y lo misterioso. Lo has demostrado por la paciencia que tuviste al historiar y, si me permites, al retocar tantas de mis pequeñas aventuras. -Siempre me han apasionado tus casos -observé. -Recordarás que el otro día, antes de examinar cl sencillísimo problema del laberinto extraviado, observé que la realidad es más compleja que la ficción. -Afirmación que me atreví a poner en duda. -No tardarás en aceptarla. Aquí está el señor Jabez Wilson, que ha tenido la gentileza de consultarme y que ha iniciado un relato que promete ser de los más extraños que hemos oído. Hemos dicho alguna vez que las circunstancias más extraordinarias suelen presentarse en aquellos casos en que el crimen es pequeño o no existe. Por ahora me es imposible afirmar si en este caso hay crimen, pero los hechos son los más singulares que han llegado a mi conocimiento. ¿Quiere tener la bondad, señor Wilson, de recomenzar el relato? No se lo pido tan sólo porque mi amigo el señor Watson no ha escuchado el principio, sino para no perder el menor detalle. Generalmente, ante un resumen de los hechos, puedo guiarme por los centenares de casos análogos quo acuden a mi memoria. En este caso, me veo obligado a admitir que los hechos narrados por usted no tienen precedente. El ponderoso cliente hinchó el pecho con alguna soberbia y extrajo del bolsillo interior del sobretodo un diario sucio y arrugado. Lo colocó sobre las rodillas y, resoplando, recorrió con la vista las columnas de anuncios. Yo entonces procuré imitar los procedimientos analíticos de mi camarada. De poco me valió aquel estudio. El señor tenía todas las agravantes de un vulgar comerciante inglés: obeso, pomposo, lento. Usaba unos anchos pantalones a cuadros, levita negra no demasiado limpia, chaleco grisáceo, una pesada y charra cadena y un agujereado rectángulo de metal colgado como adorno. En una silla estaba un viejo sombrero de copa y un abrigo pardo con cuello de terciopelo. Por más que lo miré nada de extraordinario vi en él, salvo la vívida cabeza roja y la amargura de1 semblante. Sherlock Holmes, con su habitual sagacidad, había sorprendido mis intenciones y me miro sonriendo. -Salvo el hecho evidente de que ha residido en la China, que se ha dedicado alguna vez a trabajos manuales, que es francmasón, que toma rapé, y que recientemente ha escrito mucho, nada más puedo deducir. Wilson se incorporó sobresaltado, con el índice en el diario, pero con los ojos fijos en mi compañero. -¿Cómo ha averiguado todo eso, Mr. Holmes? ¿Cómo ha sabido usted, por ejemplo, que he hecho trabajos manuales? Es cierto como la luz del día; de joven fui carpintero de a bordo. -Sus manos, señor. Su mano derecha es visiblemente mayor que la izquierda. Ha trabajado con ella, y los músculos están más desarrollados. -Bueno, ¿el rapé, entonces, y la masonería? -No ofenderé su perspicacia explicándole cómo deduje eso, ya que, infringiendo las estrictas leyes de la orden, usa usted un alfiler de corbata con el compás y el arco. -Claro. Me había olvidado. Pero, ¿cómo sabe que he escrito mucho? -¿Qué otra cosa pueden significar esa manga derecha tan lustrosa, y la izquierda gastada cerca del codo, donde la apoya en la mesa? -¿Y la China? -Ese tatuaje de un pez, en la muñeca derecha, sólo puede haber sido hecho en la China. He hecho un pequeño estudio sobre los tatuajes y he contribuido a la literatura del tema. Ese tenue rosado de las escamas es privativo de la China. Cuando, además, veo una moneda china en la cadena de su reloj, el asunto se aclara singularmente. -El señor Jabez Wilson se rió con ganas. -¡Tiene gracia! Al principio creí que se trataba de algo ingenioso; ahora veo que no tiene nada de particular. -Me parece, Watson -dijo Sherlock Holmes-, que hice mal en dar explicaciones Omne ignotum pro magnifico, recordarás, y mi pobre fama naufragará si soy tan desprevenido. -¿No encuentra el aviso, señor Wilson? -Sí, aquí lo tengo -respondió, indicando, con su grueso índice colorado, la mitad de una columna-. Aquí está. Tomé el periódico y leí lo siguiente A la Liga de los Cabezas Rojas: Cumpliendo con las disposiciones testamentarias del finado Ezekiab Hopkins de Lebanon, Pennsylvania, Estados Unidos, se anuncia otro puesto vacante que permite a un miembro de la liga cobrar cuatro libras semanales, por una tarea mínima. Todos los hombres mayores de edad, que a la completa salud corporal y espiritual reúnan la virtud indispensable de tener el pelo rojo, pueden presentarse mañana lunes, a las once, al señor Duncan Roth, en las oficinas de la liga, 7, Pope’s-court, Fleet-street. -¿Qué quiere decir esto? -exclamé., después de releer la tan extraordinaria declaración. -Sale de lo trivial, ¿no es cierto? -dijo Sherlock Holmes-. Y ahora, señor Wilson, empiece de nuevo. Háblenos de usted, de su casa, y de los cambios que este aviso produjo en su destino. Anote primero, doctor Watson, el nombre del diario y la fecha. -Es La Crónica Matutina, del 27 de abril de 1890. Hace justo dos meses. -Muy bien. Prosiga, señor Wilson. -Como le decía, Mr. Sherlock Holmes –dijo Jabez Wilson secándose la frente-, tengo en Coburg Square, cerca de la City, una pequeña casa de préstamos. No es un gran negocio; en estos últimos años me ha dado lo necesario para vivir, nada más. Tuve que despedir a uno de los dos dependientes que tenía, y hasta hubiera tenido que despedir al otro, si no fuera porque este excelente muchacho se conformó con la mitad del sueldo para aprender el oficio. -¿Cómo se llama ese joven tan servicial? -preguntó Sherlock Holmes. -Se llama Vicent Spaulding, y no es tan joven. Es difícil adivinar su edad. Es un empleado modelo; trabaja como pocos y podría ganar en cualquier parte bastante más de lo que yo puedo darle. Pero, si él está satisfecho, ¿a qué meterle ideas en la cabeza? -Es verdad. Tiene usted mucha suerte. No un caso habitual. Su dependiente me parece tan extraordinario como su aviso. -Tiene sus defectos, también -admitió el señor Wilson-. No he visto una pasión igual por la fotografía. Fastidiando con una máquina, en vez de trabajar; metiéndose en el sótano, como conejo en la madriguera, para revelar sus fotografías. Este es su peor defecto, pero, en general, es muy trabajador. -Sigue con usted, me imagino... -Sí, señor. El y una muchacha de 14 años, que me hace la comida y limpia el negocio. No hay nadie más en la casa. Soy viudo y no tengo familia. Vivimos con modestia, los tres, sin que nos falte el pan de cada día y sin deber a nadie un penique. Lo primero que nos inquietó fue este aviso. Hace dos meses entró Spaulding con este mismo diario en la mano y dijo: -¡Ojalá, señor Wilson, yo fuera un hombre de pelo rojo! -¿Por qué?, le pregunté. Me contestó: -Aquí se anuncia una vacante en La Liga de los Cabezas Rojas. Es lotería para el hombre que la consigue. Hay más vacantes que candidatos, y los albaceas no saben qué hacer con el dinero. ¡Ah, si yo pudiera teñirme sin que se notara! -Yo le pregunté de qué se trataba. Como usted comprenderá, Mr. Holmes, yo soy muy casero, y como los asuntos me llegaban sin que yo fuera a ellos, a veces me pasaba las semanas sin salir a la calle. No estoy informado de lo que sucede en el mundo y agradezco cualquier noticia. -¿No oyó hablar nunca de La Liga de los Cabezas Rojas? -me preguntó azorado. -Nunca. -Bueno, me asombra, porque usted puede optar por una de las vacantes. -¿Y qué producen? -pregunté. -Sólo unas doscientas libras por año, pero el trabajo es liviano y deja tiempo libre para otras tareas. -Yo paré la oreja, porque hace tiempo que anda mal el negocio. -Explíqueme bien -le dije a Spaulding. -Como puede ver usted mismo -me respondió-, el fundador de la Liga fue un millonario norteamericano bastante excéntrico, Ezekiah Hopkins. Era de pelo colorado y simpatizaba muchísimo con todos los de pelo colorado. Al morirse, se supo que había dejado toda su fortuna en manos de albaceas que tenían el encargo de facilitar puestos cómodos a hombres de pelo rojo. Por lo que tengo oído -continuó Spaulding-, el sueldo es bueno y hay muy poco trabajo. -Pero -le dije- habrá millones de candidatos de pelo rojo. No crea que son tantos -respondió-. Está limitado a londinenses mayores de edad. Este norteamericano empezó en Londres y ha querido no ser ingrato. También se dice que es inútil presentarse si uno tiene el pelo de un color rojo claro o demasiado oscuro o de cualquier color que no sea un rojo furioso. Si usted se presentara Wilson, tendría el puesto seguro; pero tal vez no le convenga incomodarse por unos pocos centenares de libras. -Como ustedes ven, caballeros, mi pelo es de una tonalidad muy intensa y pensé que, si había un certamen, nadie tendría más probabilidades que yo. Vincent Spaulding parecía tan enterado que le ordené que bajara las cortinas del negocio y me acompañara. Estaba encantado de tener un día de asueto. Cerramos el negocio y nos encaminamos a la dirección que daba el periódico. No espero ver un espectáculo igual, Mr. Holmes. Del Sur, del Norte, del Este, todos los hombres con un matiz rojizo en el pelo habían venido a la ciudad para contestar el aviso. Fleet-street estaba abarrotada y Pope's-court parecía un depósito de naranjas. Nunca hubiera creído que había tantas personas de pelo rojo. Había dc todos los tonos, desde el paja hasta el limón, desde el naranja hasta el ladrillo, desde el arcilla hasta el hígado; pero muy pocos tenían este color mío rojo ardiente. Si hubiera ido solo, viendo el gran número de mis rivales, me vuelvo a casa sin hablar con nadie. Pero Spaulding se opuso. No sé cómo demonios se las arregló; el caso es que, a fuerza de codazos, empujones y disputas, atravesamos la muchedumbre y llegamos a la escalera que conducía a la oficina. Una doble corriente la llenaba: una ascendente de los esperanzados y otra descendente de los no elegidos. Pronto llegamos. -La experiencia ha sido bastante divertida -observó Holmes, mientras su cliente se detuvo para refrescar la memoria con una narigada de rapé-. Por favor, continúe su interesante relato. -No había en la oficina más que un par de sillas de madera y una mesa de pino detrás de la cual estaba sentado un hombrecillo con un pelo mucho más rojo que el mío. Dirigía unas pocas palabras a cada candidato y siempre encontraba algún motivo de repulsa. Con esto aumentó mi desconfianza. No parecía tan fácil llenar la vacante; sin embargo, cuando llegó nuestro turno el hombrecillo se mostró más benévolo y cerró la puerta para hablar privadamente. -Le presento al señor Jabez Wilson -dijo mi dependiente- que desea entrar en la Liga. -Y que parece reunir las condiciones necesarias -contestó el otro-. No recuerdo haber visto color más hermoso. Dio un paso atrás, inclinó hacia un lado la cabeza y contempló la mía con una atención molesta. De pronto se adelantó, me estrechó la mano y me dio la enhorabuena con gran entusiasmo. -No sería justo titubear -dijo-. Permítame, sin embargo, tomar precauciones... Con las dos manos me tiró del pelo con tal fuerza que grité de dolor. -¡Bien! -exclamó satisfecho-. Sus ojos llenos de lágrimas me prueban que no hay trampa. No tengo más remedio que ser cauto; dos veces nos han engañado con pelucas y una con tinturas. Se adelantó al balcón y gritó con todas las fuerzas de sus pulmones que la vacante se había llenado. Un rumor de desencanto subió hasta nosotros y la multitud se dispersó en todas direcciones hasta que sólo quedaron dos cabezas rojas: la mía y la del examinador. -Mi nombre -dijo- es Duncan Ross, y soy uno de los beneficiados por las disposiciones de nuestro noble protector. ¿Es casado, señor Wilson? ¿Tiene familia? -No la tengo -contesté. -Su rostro se oscureció. -¡Dios mío! -dijo gravemente-. ¡Esto es serio! Uno de los fines de la sociedad es el de perpetuar la especie de los pelirrojos, tanto como el de mantenerlos. Es una desgracia que usted sea soltero. -Entonces fui yo el que me inmuté, señor Holmes, porque pensé que me quedaría sin la vacante; pero después de pensarlo unos minutos dijo que se arreglaría. -En otro caso la objeción sería fatal, pero teniendo en cuenta lo extraordinario de la cabellera, haremos una excepción. ¿Cuándo podrá entrar en funciones? -No sé, pues tengo un negocio -dije. -¡Oh!. no se preocupe -dijo Spaulding-; trataré de reemplazarlo en lo posible. -¿A qué hora tendré que venir? -pregunté. -De 10 a 2 -Bueno; debo advertirle, señor Holmes, que las casas de empeño trabajan más por la tarde, excepto jueves y viernes (vísperas de cobro), que hay trabajo todo el día; me venía muy bien ganar algo de mañana. Además, sabía que mi dependiente era un buen hombre y que se desempeñaría a satisfacción. -De acuerdo -dijo-. ¿Y el sueldo? -Cuatro libras semanales -¿Y el trabajo? -Puramente nominal. -¿A qué llama usted nominal? -Bueno, tiene que estar en la oficina, o al menos en el edificio, esas horas, sin salir para nada. En caso de no cumplir este requisito, de abandonar la oficina con cualquier pretexto, pierde su empleo. -Son sólo cuatro horas diarias y no tengo por qué salir -dije. -Ninguna excusa es válida -dijo el señor Duncan Ross-; ni enfermedad ni negocios ni nada. Tiene que quedarse o perder el empleo. -¿Y qué tendré que hacer? -Copiar la Enciclopedia Británica. Ahí está el primer tomo. Tiene que traer su tinta, plumas y papel solamente. Nosotros le damos esta mesa y la silla. ¿Empezará mañana? -Por supuesto -contesté. -Entonces, adiós, señor Wilson, y permítame felicitarlo de nuevo por el importante cargo que ha tenido la suerte de ganar. Me acompañó hasta la puerta y volví a casa tan contento con mi buena suerte que no sabía qué hacer ni qué decir. Después de varias horas, aún no sabía lo que me pasaba. Confieso que el extraño destino despenó mis sospechas de si aquello sería alguna treta para alejarme de mi casa o para perjudicar a alguien. Parecía increíble que existiera semejante testamento y que pagaran tan bien por algo tan sencillo como copiar la Enciclopedia Británica. Vincent Spaulding hizo lo que pudo para animarme, pero al acostarme estaba resuelto a no volver a Pleet-street. Sin embargo, cuando me desperté, a la mañana siguiente, resolví comprar un frasquito de tinta, unas plumas, papel y hacer mi entrada en Pope's-court. Con satisfacción comprobé que no había nada anormal. La mesa estaba lista, el señor Ross estaba esperándome; me entregó el primer tomo de la Enciclopedia, me indicó que empezara a copiar la letra A, y se fue. Volvía de cuando en cuando a ver cómo iba. A las 2, al despedirnos, me felicitó por lo mucho que había escrito y cerró la puerta de la oficina cuando salí. Esto se repitió día tras día, y los sábados el jefe me entregaba las cuatro libras estipuladas. Poco a poco, la vigilancia dcl señor Ross se hizo menos severa, hasta que cesó del todo. Pero yo no me movía de mi puesto, temiendo que una imprudencia me hiciera perder aquella excelente entrada que tan bien me venía. Ocho semanas pasaron así y yo había escrito sobre Arcos, Armaduras, Arquitecturas y muchas cosas, y esperaba pasar pronto a la B. Algo había gastado en papel y tenía un estante casi lleno con mis escritos cuando el negocio se vino abajo. -¿Abajo? -Sí, señor. Hoy mismo fui a fui a mi trabajo a las 10, como de costumbre, pero encontré la puerta. cerrada con un cartelito clavado. Helo aquí; puede leerlo. Era un pedazo de cartón blanco del tamaño de una hoja de anotador. Decía así: La Liga de los Cabezas Rojas. Disuelta. Oct. 9. 1890. Sherlock Holmes y yo miramos instintiva y simultáneamente al prestamista, y al ver su cara compungida, y pensar en la parte cómica del asunto, soltamos la carcajada. -No veo nada de risible en mi situación -exclamó colérico Wilson, enrojeciendo hasta las raíces de su pelo llameante-. Si no encuentran nada mejor que reírse de mí, será mejor que me vaya. -No, no -gritó Holmes, obligándolo a sentarse de nuevo-. No quiero perder este caso por nada; es tan extraordinario... Pero, discúlpeme, lo encuentro algo gracioso. Dígame, ¿qué hizo al encontrarse con el cartelito? -Me quedé asombrado. Llamé a las casas vecinas, pregunté a los porteros, a los guardias; nadie me supo dar razón. Por último, me dirigí al propietario, que es contador y vive en el piso bajo, y le pregunté si me podía decir lo que había sucedido con la liga de los pelirrojos. Dijo que nunca había oído hablar de semejante asociación. Entonces le pregunté quién era el señor Duncan Ross, y me contestó que nunca había oído su nombre. -Bueno -le dije-, el inquilino del número 4. -¡Ah! ¿El hombre del pelo colorado? -Sí. -Se llama William Morris y es abogado. Alquiló el cuarto provisionalmente, mientras terminaban el arreglo de su estudio. Se mudó ayer. -¿Sabe sus señas? -Aquí están: King Eduard Street 17, cerca de San Pablo. Salí corriendo, pero en esas señas había una fábrica de rodilleras de goma y nadie había oído hablar del señor Morris o del señor Ross. -¿Y qué hizo entonces? -preguntó Holmes. -Volví a casa y pedí consejos a mi dependiente. Me dijo que tal vez me escribirían, pero esto no es bastante, y recordando su fama y los casos que prueban su talento y sagacidad, me decidí a venir, pedirle un consejo y rogarle se interese por mí. -Bien hecho -contestó Holmes-. Su caso es uno de los más extraordinarios que se me han presentado y lo estudiaré con mucho gusto. Por lo que ya me ha dicho me temo se trate de algo grave. -Gravísimo... -dijo Jabez Wilson-. Pierdo cuatro libras semanales. -En lo que le concierne, señor Wilson -declaró el señor Holmes- no creo que tiene nada de qué quejarse, al contrario, ha ganado unas treinta libras, sin mencionar los conocimientos adquiridos en lo que atañe la letra A. No ha perdido nada en la Liga. -No, señor; pero quiero informarme quiénes son y qué fines tiene esta broma. Y por qué se han gastado treinta y dos libras. -Ya lo sabremos. Por lo pronto necesito saber cuánto tiempo ha tenido usted a ese dependiente que le mostró el aviso. -Un mes. -¿Cómo se presentó? -Respondiendo a un aviso mío. -¿Fue el único en presentarse? -No; vinieron una docena, por lo menos. -¿Por qué lo eligió? -Porque era competente y barato. -¿Se quedó por la mitad de sueldo que los otros? -Sí. -¿Puede describirme a Vincent Spaulding? -Es un hombre bajo y fornido; ágil de movimientos, lampiño, de unos 30 años. Tiene una cicatriz causada, al parecer, por algún ácido. Holmes se levantó muy excitado. -Lo imaginaba -dijo-. ¿No se ha fijado si tiene las orejas agujereadas? -Sí, señor; me dijo que una gitana se las agujereó cuando niño. -¡Hum! -dijo Holmes, preocupado-. ¿Está siempre con usted? -¡Oh, sí! Acabo de dejarlo. -¿Y ha atendido bien el negocio durante su ausencia? -No tengo queja, señor. Además, hay poco que hacer de mañana. -Está bien, señor Wilson. En uno o dos días le daré mi opinión. Hoy es sábado, espero decirle algo concreto el lunes. -Watson -dijo Holmes cuando hubo partido nuestro visitante-, ¿qué piensa usted? -Nada -contesté con franqueza-. Es un asunto más que misterioso. -Por regla general, las cosas son menos misteriosas de lo que parecen. Debo resolver el caso rápidamente. -¿Qué piensa hacer, entonces? -pregunté. -Fumar. Necesito por lo menos tres pipas para resolver este problema. Se acurrucó en el sillón y levantó las rodillas hasta la barba, de tal suerte que, con su nariz de águila, con sus ojos brillantes, parecía un extraño pájaro de rapiña. De sus labios pendía la pipa y poco a poco una azul humareda invadió la habitación. Empezaba a dormitar cuando mi amigo dio un salto, tiró la pipa, me puso las manos en los hombros y dijo: -Esta tarde toca Sarasate en Saint-James Hall. Vamos, ¿puede abandonar sus pacientes un par de horas? -No tengo nada que hacer hoy. Mi clientela no es muy absorbente. -Entonces tome su sombrero. Pasaremos por la City y almorzaremos en cualquier parte. El programa es casi todo de música alemana, más de mi agrado que la francesa o italiana. Es introspectiva; lo que necesito. Vamos. El subterráneo nos llevó en pocos minutos a Aldersgate, y de allí a pie hasta Saxe-Coburg Square, lugar donde habita el señor Wilson. Es un pequeño barrio pobre, de casas de ladrillo, con una especie de jardín de árboles raquíticos y flores agostadas por el ambiente corrompido del carbón. Un cartel oscuro nos indicó la casa en que nuestro pelirrojo tenía su negocio. Sherlock Holmes se detuvo enfrente, con la cabeza inclinada, y examinó con atención la casa y alrededores, con ojos brillantes. Caminó lentamente por la acera y volvió a la esquina. Golpeó el suelo con el bastón, llegó a la puerta y golpeó con los nudillos. Un hombre bajo, completamente afeitado, apareció en el umbral y nos invitó a entrar. -Gracias -dijo Holmes-, sólo deseaba saber cuál es el camino más corto hasta el Strand. -La tercera calle de la derecha y luego la cuarta a la izquierda -dijo secamente el empleado, cerrando de golpe la puerta. -Es el mismo -dijo Holmes cuando nos alejamos-. No conozco en Londres ningún pícaro que se le pueda igualar en talento y audacia. -Me di cuenta que las señas pedidas no han sido más que un pretexto para verlo. -A él, no. -¿A quién, entonces? -A las rodilleras de su pantalón. -¿Y qué vio? -Lo que esperaba. -¿Y por qué golpeó el suelo? -Mi querido doctor, éste es el momento de observar, no de explicar. Somos espías en país enemigo. Sabemos algo de Saxe-Coburg Square. Exploraremos lo que hay detrás. La calle en que estábamos difería mucho de la anterior. Era una de tantas arterias por donde converge el tráfico del Norte y del Oeste. Allí silencio, tristeza, paz; aquí, ruido, trajín, ir y venir de carros, de camiones, aceras llenas de gente, tiendas colmadas de mercancías. -Veamos, Watson -dijo Holmes, abarcando con su mirada todos los pequeños comercios que como buen londinense conocía bien-; hemos trabajado; nos hemos ganado la comida y una taza de café, y ahora, a la tierra de la música, donde todo es dulzura., delicadeza y armonía, y donde no hay problemas ni cabezas coloradas. Mi amigo era no sólo un amante de la música, sino un prodigioso ejecutante y hasta inspirado compositor. Si hubiera dudado alguna vez de estas disposiciones, habríame bastado verlo aquella tarde en Saint James Hall, absorto, con la mirada vaga y con una leve y mística sonrisa en sus delgados labios. Sin embargo, acostumbrado a sus idiosincrasias, y sabiendo que en momentos en que uno lo creía inactivo analizaba hechos, pesaba conjeturas y planeaba medios de ataque, de manera que la reflexión aparecía como instinto y pasaba por acción repentina; lo que era meditado obrar; conociendo todo esto, repito, compadecí al dependiente de Wilson; la red, cruel e irrompible, se iba ciñendo a su alrededor. -Tendrá que irse a su casa, ¿verdad doctor? -me dijo al salir del concierto. -Sería mejor. -Y yo tengo mucho que hacer. Este asunto de Coburg Square es serio. Creo que estamos a tiempo para conjurarlo. Que hoy sea sábado complica las cosas. Necesitaré su ayuda esta noche. -¿A qué hora? -A las 10. -Estaré a las 10 en Baker Street. -Bueno, y no deje de traer el revólver. -Se despidió agitando la mano y desapareció entre el gentío. Eran las nueve y cuarto cuando salí de casa; atravesé el parque y Oxford Street hasta Baker Street. A la puerta esperaban dos carruajes. Al subir oí las voces de varias personas. Cuando entré en el cuarto de Holmes, éste conversaba animadamente con dos individuos. Uno de ellos era Peter Jones, el conocido agente de policía, y el otro, alto y delgado, de rostro patibulario y extraña indumentaria, me era desconocido. -Ya estamos todos -dijo Holmes cuando me vio, y abotonándose la chaqueta verdosa tomó del perchero su morral-. Creo, Watson, que conoces a Jones, de Scotland Yard. Te presentaré al señor Merryweather, que será nuestro compañero de aventuras. -Ya ve, querido doctor -repuso Jones sonriendo-, que vamos de caza. El señor Merryweather es un excelente sabueso; en cuanto a mí, no suelo quedarme atrás. -Con todo -murmuró lúgubremente Merryweather-, me parece que vamos a dar un paso en falso. -Tiene que tener fe en el señor Holmes -dijo el agente, poniéndose serio-. El señor Holmes usa métodos propios que son, si me permite decirlo, un poco teóricos y bastante fantásticos, pero tiene la pasta del policía y se engaña muy rara vez. -No digo que no -asintió el otro-, pero por primera vez en 27 años falto a mi partida de whist. -No tendrá por qué arrepentirse -intervino Holmes-, porque en la partida de esta noche se ganará, señor Merryweather, treinta mil libras, y usted, querido Jones, al hombre a quien hace tiempo quiere echar el guante. -Ya lo creo; nada menos que el célebre John Clay, ladrón, asesino, falsificador y no sé cuántas cosas más. Es un joven notable. Su abuelo era un duque, y él se ha educado en Eton y Oxford. Su cerebro es tan hábil como sus manos, y aunque encontramos sus huellas en muchas partes y hace tiempo lo perseguimos, nunca hemos podido pescarlo. -Espero presentárselo esta noche. He tenido uno o dos asuntos con John Clay; convengo con usted que, en su profesión, no tiene igual. Ya son más de las 10; tomen el primer coche; Watson y yo los seguimos en el segundo. Durante el camino, Holmes no abrió la boca, limitándose a tararear entre dientes algunas piezas oídas aquella tarde. Atravesamos un infinito laberinto de calles oscuras hasta desembocar en Farringdon Street. -Ya estamos cerca -dijo mi amigo-. Ese Merryweather es un director de banco, sin ningún interés personal. He pensado que Jones debía acompañarnos. No es malo, aunque en su profesión es un perfecto imbécil. Tiene una virtud positiva. La bravura de un bulldog y la tenacidad de un cangrejo cuando clava sus garras. Ya llegamos, nos esperan. Los dos coches se detuvieron en la misma calle donde estuvimos aquella mañana. Los despedimos, y el señor Merryweather nos guió por un pasillo sombrío hasta una puerta de servicio que, al abrirse, dejó ver otro corredor y una puerta de hierro. La abrió y bajamos por una escalera de caracol hasta dar con una verja maciza. El señor Merryweather se detuvo a encender una linterna, que nos alumbró por un sombrío y húmedo corredor y, después de abrir una tercera puerta, nos hallamos en un sótano o bóveda atestada de cajas de valores. -Esto no es muy vulnerable por arriba -dijo Holmes, levantando la linterna y mirando a su alrededor. -Ni por abajo -dijo el señor Merryweather, golpeando sobre las lajas del piso-. ¡Qué pasa? Parece hueco -dijo sorprendido. Holmes le rogó que se sentara en una caja y, con su lupa y la linterna empezó a examinar los intersticios de las piedras. Unos pocos segundos bastaron. Se paró satisfecho, guardó la lupa en el bolsillo y dijo: -Tenemos una hora por delante, no se atreverán a hacer nada hasta que esté dormido ese buen prestamista. Entonces no perderán ni un minuto, porque cuanto antes concluyan, más tiempo tendrán para la huida. Estamos, doctor, como ya lo habrán adivinado, en los sótanos de uno de los principales bancos de Londres. El señor Merryweather, presidente del directorio, le explicará por qué los más audaces criminales de Londres tienen tanto interés, en estos momentos, en este lugar. -Este es el depósito de nuestro oro francés; un empréstito de unos treinta mil napoleones que hemos hecho al Banco de Francia. Estamos intranquilos porque hemos recibido anónimos previniéndonos que se intenta dar un golpe. -Es para estarlo -añadió Holmes-. Dentro de poco empezarán las hostilidades y es preciso que no nos tomen desprevenidos. Por favor, hay que apagar la linterna. -¿Y nos vamos a quedar a oscuras? -gimió Merryweather. -Es indispensable. El menor rayo de luz podría comprometerlo todo. Además, debemos tomar posiciones, porque a pesar de tener sobre ellos la ventaja de la sorpresa, se trata de gente peligrosa. Yo me colocaré detrás de esta caja; tú, Watson, ahí, con el revólver listo para disparar, sin lástima si te atacan. Aquí, a mi lado, señor Merryweather. Yo coloqué mi revólver sobre la caja detrás de la que me ocultaba. Holmes nos mantuvo en la oscuridad, pero con la linterna preparada para alumbrar en el instante necesario. -¿Y, Jones, cumplió mi encargo? -murmuró Holmes. -Si, pierda cuidado. He puesto tres agentes en la puerta de la tienda. -Entonces no tenemos más que guardar silencio y esperar. Los minutos se me hacían siglos; las sienes me latían con fuerza; sentía estremecimientos; abría los ojos, queriendo taladrar las tinieblas. Al cabo de unos minutos aprendí a distinguir la respiración ruidosa de Jones del débil aletear de Merryweather y del suave y tranquilo respirar de Holmes. De pronto apareció un rayo de luz en el suelo, entre la unión de dos piedras, para desaparecer enseguida. Un momento después, sin ruido, sin violencia alguna, el rayo se ensanchó y apareció una mano fina y blanca, una mano de mujer que se agitó un momento y desapareció, quedando sólo la cinta luminosa. Una de las losas se levantó con leve rumor, apareció un boquete y surgió la luz de una linterna y con ella la cara de un joven pálido; después las manos que se afianzaron para ayudar la salida del cuerpo, los hombros, los brazos, el busto, una pierna, la otra. Ya completamente fuera, se inclinó sobre el agujero y hundió el brazo en él murmurando: -Arriba; todo va bien. En el agujero apareció una cabeza de cabellos rojos. Un grito de angustia resonó entre los cofres. -¡Socorro, Archivald, socorro! Sherlock Holmes había salido de su escondite y agarrado al intruso por el cuello. La cabeza roja había desaparecido rápidamente. Un instante brilló el cañón de un revólver, pero un puñetazo de Holmes lo hizo rodar por el suelo. -Es inútil, querido John Clay -dijo Holmes suavemente; no hay nada que hacer. Ya lo veo -contestó el otro, con la mayor sangre fría-. Por suerte se salvó mi amigo. -Tampoco; hay tres hombres esperando en la puerta. -¿De veras? Parece que usted ha sabido hacer las cosas. Lo felicito. -Y yo a usted. -contestó Holmes-. Revela ingenio y novedad la invención de las cabezas rojas. El bandido se inclinó ceremoniosamente. -¡Basta de tonterías! -exclamó Jones brutalmente-. Vengan las manos para ponerle estas pulseras. -Le ruego que no me toque con sus manos sucias -replicó nuestro prisionero, mientras las esposas se cerraron sobre sus muñecas-. Tal voz ignore que tengo sangre real en mis venas. Tenga la bondad de no olvidar el tratamiento. -En ese caso -contestó irónicamente Jones-, ¿desea Vuestra Alteza subir donde podamos conseguir un coche para llevarlo a la policía? -Será mejor -repuso Clay alegremente. Nos saludó con una inclinación de cabeza y echó tranquilamente a andar, custodiado por el policía. -Realmente, señor Holmes -dijo Merryweather mientras seguíamos a la pareja-, no sé cómo el banco podrá agradecerle. No queda duda de que ha detenido y hecho fracasar del modo más rotundo el robo más audaz que conozco. -La satisfacción de haber llevado a cabo esta pesquisa única y de haber arreglado un par de cuentas pendientes con John Clay, me compensan de todo -dijo Holmes. A la mañana siguiente, sentados Holmes y yo ante unos vasos de whisky con soda, charlábamos acerca de lo ocurrido y Sherlock , con su verbo fácil, me explicó cómo llegó a descubrir los proyectos de Clay. -Ya te habrás dado cuenta de que el famoso anuncio de la asociación de los Cabezas Rojas y la copia de la Enciclopedia no tenían más objeto que alejar de su casa al prestamista por unas horas cada día. Sin duda fue una ingeniosa ocurrencia de Clay, sugerida por el color de pelo de su cómplice. El incitante cebo de las cuatro libras semanales, ¿qué era para ellos que esperaban miles? Desde que vi que el dependiente de Wilson se conformaba con trabajar a mitad de sueldo, comprendí que debía tener un motivo importante para hacerlo. -Pero, ¿cómo adivinaste el motivo? -Si hubiera habido mujeres en la casa hubiera pensado en una intriga amorosa, pero como no había ninguna., pensé en un robo, aunque el modesto capital del señor Wilson no justificaba los gastos tan crecidos y los peligros que corrían el falso testamentario de Hopkins y el dependiente Spaulding. Pensando y cavilando, me fijé en la absorbente afición de éste a la fotografía en las largas horas que pasaba encerrado en la cueva. Enseguida comprendí que se trataba de un hombre astuto y que esas reclusiones debían tener por objeto agujerear las paredes que comunicaban con alguna casa vecina. Recuerda que te propuse pasar por delante de la tienda del prestamista y que allí golpeé el suelo con mi bastón; lo hice para calcular hacia qué lado correspondían lo sótanos. Luego llamé a la puerta y al salir el dependiente miré sus pantalones antes que su cara. Si hubieras hecho lo mismo, habrías visto que el pantalón manchado y rozado en las rodillas revelaba un trabajo continuo y misterioso. Para saber cuál era este trabajo, di vuelta a la calle y vi que un banco importante estaba pegado a la casa de Wilson. Con esto ya tuve bastante; avisé a Jones, de Scotland Yard, y al presidente del directorio, señor Merryweather, y los tres, en compañía del doctor Wilson, los sorprendimos in fraganti. -Bueno, ¿Pero cómo sabías que anoche mismo iban a dar el golpe? -Muy sencillo. El cierre de la oficina y la disolución de la sociedad mostraban que el túnel estaba concluido y que debían usarlo enseguida para no arriesgarse a ser descubiertos y, siendo ayer sábado, tenían días para escapar. -Es asombroso -exclamé-, no ha fallado ni un eslabón de esa cadena tan larga. -Me ha servido de entretenimiento -contestó Holmes, bostezando-. Estos pequeños problemas me ayudan. Mi vida no es más que un eterno esfuerzo contra la monotonía. Soy el eterno aburrido. -Y un bienhechor de la humanidad -añadí. Holmes se encogió de hombros -Bueno, quizá sirva de algo -dijo-, L’homme c'est n'est rien, l'oeuvre c'est tout, escribió una vez Flaubert a Jorge Sand. FIN

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