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Primer post: 26 nov 2010Último post: 28 nov 2010
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Identidad y Capitalismo
Identidad y Capitalismo
Apuntes Y MonografiasporAnónimo11/28/2010

Identidades y Capitalismo Les cuento: éste miercoles rindo Antropología libre, uno de los textos tengo que leerlo de internet y me pareció muy bueno para compartir, asique lo resumo para estudiarlo y para la gente de Taringa. Benito Narvaja Introducción Los estados fundados ideológicamente en el concepto de nación -proceso que comienza de alguna manera con el fin de la llamada Guerra de los Cien Años, de la que emergen Inglaterra y Francia como estados nacionales, ya no como unidades dinásticas feudales- no fueron, tradicionalmente, amigables con la existencia de una pluralidad de identidades. Las diferencias fueron tratadas, generalmente, como problemas, rémoras de un pasado bárbaro, provincialismo o localismo atávico, al que había que superar. Esa “superación” se impone sobre la base del idioma o nociones de “hispanidad”, fundadas en mitologías de origen que confirmarían la identidad común de todos los nacidos dentro del territorio común. Como esta forma de entender la historia, interpretarse a sí mismos y organizarse suele ir de la mano de los intereses, el nacionalismo se convierte en una de las ideologías más aglutinantes, constructivas y destructivas de los tiempos modernos (siglo XVI en adelante). Subsisten, no obstante, más o menos visibles, grupos que mantienen identidades diferenciadas, cuya expresión suele ser desalentada, cuando no reprimida con grados más o menos importantes de violencia. El estado nación es el cuerpo jurídico político dentro del cual el capital, estableciendo protecciones externas y reglas de juego internas, logra un principio de desarrollo autocentrado que le permite muy tempranamente (fines del sigo XV) comenzar una fase de expansión mercantil y territorial imperialista que retroalimenta su proceso de desarrollo. Es en ese contexto que debe entenderse la conquista de América y el establecimiento, en estos territorios, de la situación colonial (Balandier) y la “creación” o “el invento” de América y del “indio”. Se puede visitar el sitio que se da a continuación para ver el pensamiento de los indios sobre su propia realidad. http://http://www.nativeweb.org/papers/statements/state/barbados2.php La conquista de América y los indios Decíamos en un trabajo anterior: “Podemos afirmar que los europeos del siglo XV no descubrieron América, sino que la inventaron. Antes de ellos existía una riquísima diversidad de pueblos que respondían a matrices culturales distintas. Luego de ellos existen América y los indios, definido tal atributo de indianidad desde la óptica de la sociedad colonial y de los estados que, con las guerras de la independencia se conformaron, no como la permanencia de un grupo cultural diverso, sino como una carencia, es decir, como la carencia de los rasgos de la civilización, que era necesario imponerles por la fuerza. Desde la misma perspectiva podemos afirmar que el consabido descubrimiento no es en verdad más que un encubrimiento de todo lo original y diverso que en estas tierras había. Lo notable de este proceso que se inicia con la conquista de América es que pese a todas las fatalidades que se abatieron sobre los indios, éstos, en muchos casos continúan empecinados en seguir vivos siendo indios, conservando su identidad, su forma de explicar el mundo y sus valores. El estado español forjó su unidad imponiendo la supremacía política, militar y lingüística de los castellanos sobre los otros pueblos que habitaban su territorio (vascos, catalanes, navarros, gallegos, etc.). Impulsó además la unidad religiosa mediante expulsiones de no católicos, como moros y judíos, y persecuciones de todos los que real o imaginariamente se opusieran al dogma por ellos defendido. Con más razón en América, donde las cosmovisiones de los sometidos eran tan distintas a las suyas, trataron de imponer a sangre y fuego la homogeneidad cultural y religiosa. En la relación de las cosas de Yucatán Diego de Landa escribe: “Hayámosles gran parte de estos, sus libros, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual a maravilla sentían y les daba pena”. Junto con la pérdida de los atributos materiales de su especificidad étnica (libros, calendarios, templos, objetos de culto, ceremonias tradicionales, etc.) las sociedades complejas perdieron, por muerte o asimilación, a sus cuadros eruditos y dirigentes, a los artistas y los técnicos que, o cayeron en la lucha, o fuero víctimas del genocidio antes tratado, o pactaron con el conquistador sobre el sufrimiento de sus pueblos, y se sometieron a un proceso de aculturación que los españoles se cuidaron de impulsar, mediante escuelas para caciques, casamientos mixtos, etc. Dejando en estado de penuria cultural por largos períodos a estas poblaciones (Ribeiro, 1992). (Narvaja y Pinotti). La relativa y contradictoria democratización que va avanzando durante el siglo XX, trae la novedad del indigenismo, “entendido, como el pensamiento que define y justifica las políticas públicas para con los sectores de la población definidos como indígenas, tiene su acta de fundación en el Primer Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en Pátzcuaro, México, en 1940. En el congreso se reconoce la existencia del pluralismo étnico y la consecuente necesidad de políticas específicas. Estas políticas deben ser protectoras de un indio económica y socialmente débil, a quién se debe tratar de incorporar integralmente en la vida nacional de cada país, estimulando la permanencia de los aspectos de las culturas indígenas que sean “positivos”. Estos postulados básicos permanecen como los pilares del pensamiento indigenista hasta nuestros días. En este pensamiento no caben las reivindicaciones étnicas como tales, en la medida en que el pluralismo que se admite no constituye una solución posible, mucho menos deseable, para el futuro. El indigenismo, entonces, va a ser cuestionado por las organizaciones indias” (ídem.). Producto de la continuación de ese proceso, de la mano de la lucha de los indígenas, la Constitución Argentina reformada en 1994 prescribe en su artículo 75, inciso 15 que: “Corresponde al Congreso: Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitaria de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible ni susceptible de gravámenes o embargos. Asegurar su participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afecten. Las provincias pueden ejercer concurrentemente estas atribuciones” (ídem.). En el proceso histórico de la dominación, los indios “perdieron sobre todo la tierra, en un proceso que comenzó con su expropiación por los españoles y que continuó en el período independiente de distintas formas. Los ordenamientos jurídicos sobrevivientes a las revoluciones independentistas establecieron como principios intangibles, la libertad, la igualdad y la propiedad privada individual, con lo cual, en el mejor de los casos, convirtieron al indio en un minifundista que, debido a la poca competencia que tradicionalmente posee para disputar con los blancos en el terreno jurídico (desconocimiento del idioma, temor reverencial, desconocimiento del ordenamiento jurídico, etc.) de a poco va perdiendo las tierras a manos de los inescrupulosos especuladores que los esquilman. Perdieron, en la visión de los blancos, su carácter de seres humanos completos, cuando la ciencia del siglo XIX volcó sobre ellos el cúmulo de prejuicios biologicistas con que la “raza blanca” justificaba su predominio. Los indios serían –para esta visión dominante- una raza prehistórica y servil, de cerebro más reducido que el de los españoles. Así se expresará Domingo F. Sarmiento en “Conflictos y armonías de las razas en América”, inspirado en la lectura de Spencer. Las consecuencias de tal visión no son difíciles de imaginar si pensamos que las diferencias biológicas sólo son reducibles por la muerte; que en el decir de Foucault, el racismo es la antesala del genocidio, y que al presidente que sucede a Sarmiento, Avellaneda, será a quién le quepa la gloria de que se realice, dentro de su mandato, bajo la conducción de su Ministro de Guerra, Roca, la Campaña del Desierto. Expresión curiosa si las hay, como es curioso que haga falta un ejército armado con fusiles Remington para conquistar lo que, de ser efectivamente un desierto, debería haber sido simplemente ocupado (Mandrini, 1986). Perdieron el derecho a la existencia como competidores de los blancos que representan “el progreso” de la humanidad. “Si el exterminio de los indios resulta provechoso para la raza blanca, ya es bueno para esta; y si la humanidad se beneficia con su triunfo, el acto tiene también de su parte a la justicia, cuya base está en el dominio del interés colectivo sobre el parcial”, sentenciará Leopoldo Lugones a principios de nuestro siglo en “El imperio jesuítico” (Colombres, 1993)” (ídem.). Las consecuencias demográficas Durante los primeros cien años de la conquista, como resultado de la situación colonial que les es impuesta, las poblaciones originarias sufren un espantoso colapso demográfico y cultural, del que se reponen, dentro de lo posible, en los siglos siguientes. “La dominación europea en América significó una catástrofe demográfica que, aunque evaluada en su magnitud en forma dispar, como lo ha sido también la población precolombina, no deja de ser reconocida por los distintos investigadores. Hay acuerdo general en que, sea cual fuere el contingente original de la población americana al comienzo de la conquista, la misma comienza a disminuir con ésta, y continúa haciéndolo sin interrupción durante los primeros siglos de la dominación. Si bien la disminución de la población no se produjo al mismo tiempo ni con la misma intensidad en todo el territorio, ocurrió antes en el Caribe y en las costas bajas tropicales, luego en las tierras altas más pobladas y por último en las periferias no sometidas a la dominación europea. El fenómeno es lo suficientemente homogéneo como para que la evidencia registrada en un lugar se constituya en un testimonio sobre lo ocurrido en otro. Al momento del contacto, “la población del continente podía representar cerca del 20% de la humanidad; un siglo después, la población americana, incluyendo a los europeos recién inmigrados, no significaba en términos cuantitativos, más que un 3% de la especie humana”(Chaunu, 1969). En menos de un siglo la población se redujo a menos del 5% del contingente inicial” (Narvaja y Pinotti). Los “estados nacionales” latinoamericanos y los indios El siglo XIX amanece con la aparición, en América, de numerosos estados nacionales, en el contexto de un mundo dominado por un imperialismo, que con renovados bríos se lanza a culminar la tarea de dominación comenzada tres siglos antes. Estos estados, sobre todo los débiles países emergentes de un sub-continente fragmentado, ya, difícilmente podrán aspirar al desarrollo autocentrado, conseguido por algunas potencias europeas, y deberán conformarse, las más de las veces, con intermediar en los negocios de los socios mayoritarios, encontrando además nichos donde poder beneficiarse de la explotación de los recursos naturales y humanos de los territorios por ellos administrados. Este nuevo contexto tampoco es favorable para la vida de los individuos ni de las culturas de los pueblos originarios. Por un lado hay que afirmar el carácter nacional del estado que debe compaginarse con una homogeneidad cultural. Por el otro, la puesta en valor de muchos recursos, producto de la revolución industrial, que cobra un fuerte y definitivo aceleramiento a partir del siglo XIX, produce que muchos territorios, antes marginales y que habían sido dejados en manos de los indios, sean ocupados por los “blancos” mediante el genocidio, como la ya mencionada Campaña del Desierto). http://www.mipatagonia.org/modules.php?name=Encyclopedia&op=content&tid=11y http://es.wikipedia.org/wiki/Conquista_del_Desierto. Sobre la enconada resistencia de los pueblos originarios por mantener su identidad operan fuerzas contradictorias. Por un lado, la más general que tiende a homogeneizar en una sola cultura a todo el orbe, acompañada por aquella que pretende lo mismo al interior de cada estado. La escuela, la religión y el servicio militar primero, la radio portátil a transistores y los actuales medios masivos después son los instrumentos principales de este proceso. Pero por otro lado, el capitalismo necesita del diferente para poder sobre-explotarlo, por lo que por medio de las más variadas formas de marginación y exclusión reproduce, muchas veces valiéndose del racismo, diferencias que van a operar como un estigma, pero que, contradictoriamente, van a permitir la supervivencia de las identidades distintas. “Pueblos enteros desaparecieron de la faz de América por no ser útiles al proyecto europeo, ya sea por no someterse, como los Quilmes o por ser necesarias las tierras pero no imprescindibles los habitantes, como en Las Antillas o Tierra del Fuego. Pero donde se necesitó la fuerza de trabajo de los indios se los mantuvo social y culturalmente segregados. La necesidad social del indígena fue uno de los aliados con que contaron algunas etnias para mantener su permanencia, porque si bien la tendencia general ha sido siempre a la unificación cultural a partir de la eliminación de una de las dos culturas en pugna, lo mismo no es enteramente útil a la exigencia de mantener una clara distinción entre colonizador y colonizado que permita reconstruir las condiciones de doble explotación del indígena. De esta manera algunas etnias conservan un territorio, a veces propio, a veces fiscal, pero siempre claramente insuficiente para su completa reproducción, razón por la cual se ven obligados a vender su fuerza de trabajo temporariamente para poder proveer a los requerimientos de su supervivencia que no pueden conseguir con la tierra que poseen. Esta situación es sumamente provechosa en las regiones donde el trabajo agrícola o ganadero tiene una fuerte estacionalidad -cosecha, desmalezado, esquila-, porque sería muy oneroso mantener durante todo el año la dotación de personal suficiente para la época de mayor demanda. En algunas regiones se completan las necesidades mínimas -ínfimas- mediante la recolección o el abigeato, -sigue siendo más barato hacer la vista gorda si se roban una oveja para comer que mantener durante todo el invierno a quién se va a precisar solo en verano, y de paso quedan convalidados en su estigma de ladrón-. A la baja retribución, producto de la baja calificación del trabajo realizado por estos individuos, se debe agregar la explotación accesoria que posibilita su condición habitual de indocumentados, analfabetos, no sindicalizados, no poseedores de los códigos necesarios para desenvolverse dentro del “estado de derecho”, no hablantes del idioma oficial, no poseedores del “fenotipo hegemónico”*, etc. Esta doble explotación por pobre y por indio también es observable en otros grupos que combinan la pobreza con algún otro atributo que los pone en desventaja, como por ejemplo los migrantes ilegales” (Narvaja y Pinotti). Los estados nacionales, el capital y las clases sociales En la época clásica del capital el estado era principalmente el órgano de opresión de una clase sobre otra. Pero era también el instrumento creado por el propio capital para defenderse de sí mismo. Esto quiere decir que era él el que regulaba y administraba el sistema, poniendo limites a la lógica de la ganancia (la única que moviliza al capital), de los capitales particulares, para posibilitar un funcionamiento más sostenible. Entonces no sólo limitaba la competencia feroz y destructiva entre los capitalistas, sino también la misma competencia entre el capital y el trabajo que podría dar como resultado situaciones catastróficas (guerras civiles, etc.) que pusieran en peligro la reproducción del sistema. El capital de las potencias imperiales necesitaba de los trabajadores de sus propios estados para que éstos, sintiéndose socios de la explotación colonialista, estuvieran dispuestos hasta a hacerse matar “por la patria” cuando la competencia con los capitales de las otras potencias pusiera en peligro las ganancias de las empresas de las que ellos recogían las migajas (primera y segunda “guerras mundiales”). De tal suerte que las guerras devinieron la continuación de la economía por otros medios. La idea de patria, tan cara para las necesidades del capital, no se lleva bien con la existencia de una multiplicidad de identidades. Necesita más bien de la afirmación de la existencia de un pasado y un devenir común de todos, o al menos la mayoría de los habitantes del estado nación. Lo mismo ocurre en los países dependientes, aunque aquí la afirmación de una común identidad nacional puede adquirir un carácter defensivo, aglutinando a la población para asumir algunas veces una postura anti-imperialista, aunque otras veces tiene un contenido reaccionario, autoritario y chauvinista, como es el caso de las dictaduras que, para legitimarse, invocan la necesidad de la unión frente a un enemigo común, que no es el imperialismo, sino algún vecino igualmente sometido. Tal el caso en la guerra que estuvimos a punto de sostener con los hermanos chilenos. La globalización El último cuarto del siglo XX se caracteriza por la profundización, diríamos culminación, si esto, de alguna manera, no significara hacer futurología, del proceso, para algunos dan por iniciado en el siglo XV y para otros es más reciente y novedoso, conocido como globalización. Según el economista Samir Amin, (Ver: “Más allá del capitalismo senil”). http://www.uruguaypiensa.org.uy/imgnoticias/720.pdf “Hoy asistimos al comienzo del despliegue de una tercera ola de devastación del mundo por la expansión imperialista alentada por el derrumbe del sistema soviético y de los regímenes de nacionalismo populista del Tercer Mundo. Los objetivos del capital dominante son siempre los mismos -el control de la expansión de los mercados, el saqueo de los recursos naturales del planeta, la sobreexplotación de las reservas de mano de obra de la periferia- aunque operen en condiciones nuevas, y en algunos casos muy diferentes de las que caracterizan la anterior fase del imperialismo”.. Siguiendo al mismo autor, el período está marcado por el control del capital transnacional, izado sobre cinco monopolios: “1° Los monopolios de los que se benefician los centros contemporáneos en el terreno de la tecnología, monopolios que exigen gastos gigantescos que solo el estado puede sostener. 2° Los monopolios que operan en el ámbito del control de los flujos financieros de envergadura mundial. 3° Los monopolios que operan en el acceso a los recursos naturales del planeta. 4° Los monopolios que operan en el campo de la comunicación y de los medios. 5° Los monopolios que operan en el terreno de los armamentos de destrucción masiva” (Amin). El capital se torna tan poderoso que muchas empresas, fondos de inversión e inclusive particulares manejan presupuestos más grandes que los de la mayoría de los países del Tercer Mundo. Esto provoca una reconversión en las relaciones entre el capital, el estado y la población que, por supuesto, tienen su correlato con las formas de continuar los negocios por la vía guerrera de la que hablábamos recién. Sintetizando, podríamos decir que cada período de las relaciones de producción tiene una forma particular de hacer la guerra, y que el actual, en los países imperialistas, se caracteriza por el hecho de que ya no se pelea por la patria, sino por la paga. El capital entonces puede despegarse del compromiso con las poblaciones de sus lugares de origen y tornarse global, respondiendo, ahora sí, sólo a la fría lógica de su reproducción, es decir, a la obtención del lucro a cualquier costo. Conserva no obstante el control sobre los aparatos estatales, a los que vacía del contenido regulador y social que antes los caracterizaba, para quedar en su desnudez de estados gendarmes, como resulta tan claro del rol que cumple el estado de USA, en su imbricación con el llamado complejo industrial militar, que es el mayor beneficiario de la política estadounidense. Por supuesto este no es un diagnóstico final, sino la descripción de un proceso reciente, cuyo desarrollo se irá resolviendo en los múltiples campos en que se desarrolla la lucha de clases. Para apuntalar nuestra hipótesis sobre la pérdida de la relación privilegiada del capital con las poblaciones en las que se originó, podemos observar que, a medida que se vuelve más concentrado, el trato que dispensa a su población el estado de USA, privilegia la prevención e “higiene” de tipo militar.En efecto, frente a la ocurrencia de catástrofes naturales -como el huracán Katrina-, como respecto del achicamiento constante del sistema de seguridad social, se privilegia el presupuesto de “defensa”. Y también se manifiesta en la acción ante la crisis financiera, salvando del desastre a las mismas compañías que provocaron la crisis pero desentendiéndose de los que la sufren con desocupación y pérdida de sus viviendas. Lo mismo ocurre, tal vez en menor medida todavía, en los otros países de tradición imperial, por lo que la famosa frase de raigambre netamente evolucionista de Marx que afirmaba que “los países adelantados muestran a los atrasados la imagen de su propio desarrollo”, habría que reformularla diciendo que las poblaciones de los países atrasados muestran a las de los adelantados la imagen de su próximo destino, ya que el capital, cuanto más grande es su grado de concentración -y por lo tanto de autonomía y dominio- más tiende a tornar subdesarrolladas a las poblaciones, aún a las de sus países de origen. Al respecto nos dice István Mészáros que: “Los privilegios relativos de que gozaban en el pasado las clases trabajadoras de los países capitalistas avanzados comenzaron a erosionarse en las últimas tres décadas, como resultado del estrechamiento de sus márgenes y de su globalización trasnacional en marcha. Esta igualación hacia abajo de la tasa diferencial de explotación es una tendencia muy significativa de la evolución de nuestro tiempo, y está destinada a afirmarse con creciente severidad en las próximas décadas” (Mészáros, 2003). Afirma el filósofo contemporáneo Slavoj Zizek que: “El proceso de desarrollo del capital implica el proceso de sub desarrollo del conjunto de poblaciones y territorios que pasan a estar, o que pueden estar en cualquier momento, alejados del interés de los poderosos”. En este marco, la emergencia de viejas y nuevas identidades (viejas en referencia a la legitimidad que se reclama, porque las identidades, en tanto presentes, siempre son nuevas) se torna posible y necesaria. Posible porque el capital globalizado no precisa más del antiguo estado, definido como la nación jurídicamente constituida, para realizar sus negocios. Estos estados, más bien con la idea de solidaridad que toda común identidad conlleva entre los miembros del grupo, pueden impedir la superexplotación que el capital requiere para ser más competitivo. El achicamiento del estado, la desregulación, la flexibilización, las privatizaciones, etc., son las políticas impulsadas en épocas de globalización. Los estados entonces pierden poder y legitimidad, la idea de patria que supone una identidad común es denostada y así la expresión de identidades, aun de algunas refractarias a la idea de los beneficios de la unidad nacional, de pueblos que tozuda y heroicamente resistieron la “aculturación” durante los quinientos años de la dominación colonial, puede aflorar. Al respecto Zygmunt Bauman, sociólogo polaco contemporáneo, afirma: “la política sobre la identidad habla el lenguaje de los marginados a causa de la globalización una vez que la identidad pierde los anclajes sociales que hacen que parezca natural, predeterminada e innegociable, la identificación se hace cada vez más importante para los individuos que buscan desesperadamente un nosotros al que puedan tener acceso el deseo de identidad procede del deseo de seguridad”. Señala además que hubo un tiempo en que “la identidad humana de una persona estaba determinada principalmente por el papel productivo que jugaba en la división social del trabajo cuando el estado respondía (si no en la práctica, si en sus intensiones y promesas) por la solidez y durabilidad de dicho papel, y cuando los súbditos del estado podían apelar a las autoridades estatales… Esta cadena sin fisuras de dependencia y apoyo podía proporcionar la base de algo parecido al “patriotismo constitucional” de Habermas. No obstante parece que apelar al “patriotismo constitucional” como remedio efectivo a los problemas actuales coincide con los hábitos de las alas de la lechuza de Minerva, conocidas desde la época de Hegel porque eran desplegadas al anochecer… Para la gente insegura, perpleja, confusa y aterrada por la inestabilidad y la contingencia del mundo que habitan, la “comunidad” se convierte en alternativa tentadora. Es un dulce sueño, una visión celestial, de tranquilidad, de seguridad física y de paz espiritual. La identidad, digámoslo claramente, es un “concepto calurosamente contestado”. Donde quiera que usted oiga dicha palabra, puede estar seguro de que hay una batalla en marcha. El hogar natural de la identidad es un campo de batalla”. La fragmentación conviene al gran capital por muchos motivos. Porque divide la resistencia. Porque legitima las diferencias, convirtiéndolas en desigualdades, justificando desde un multiculturalismo, socio muchas veces del racismo, las terribles condiciones de vida (y muerte) a las que somete a muchas poblaciones. Porque sobre poblaciones fragmentadas es más fácil perpetuar la situación colonial. Una situación colonial cuya dimensión ideológica está representada por el dogma de la libertad de mercado y la democracia parlamentaria, valores cuya discusión queda fuera de las posibles expresiones de las distintas identidades, porque son (permítase la redundancia) el dogma de fe indiscutible en el que se fundamenta la globalización. Pero la consolidación de referencias identitarias es necesaria porque frente a la defección del estado, al sometimiento al discurso único de la postmodernidad globalizada de los partidos políticos, la necesidad de lucha y resistencia de los pueblos encuentra, entre otros, en los grupos consolidados por cuestiones identitarias, la forma de organización política que les facilita perseguir sus reivindicaciones. Estas no van a ser sólo las tradicionales, reclamos de indios sobre-explotados sin una propuesta clara de futuro, que tornaba su discurso, al decir del escritor peruano Vargas Llosa, en una “utopía arcaica”, sino que ahora “el territorio, la autogestión, la autonomía, y muy particularmente la relación entre territorios indígenas y medio ambiente”, (Bengoa, 2007) van a ser principales ejes de las demandas indígenas. Zizek dice que la xenofobia y el fundamentalismo religioso y étnico no sólo no son regresivos (en el sentido de una vuelta a un pasado en que así habría sido) sino que, por el contrario, ofrecen la prueba más cabal de la emancipación final de la lógica económica del mercado respecto de su relación con la cosa étnica. Continúa preguntando Zizek “¿Cómo se relaciona entonces el universo del capital con la forma del estado nación en nuestra era de capitalismo global? Tal vez a esta relación sea mejor denominarla auto-colonización: con el funcionamiento multinacional del capital, ya no nos hallamos frente a la oposición estándar entre metrópolis y países colonizados. La empresa global rompe el cordón umbilical que la une a su nación materna y trata a su país de origen simplemente como a otro territorio que debe ser colonizado. Esto es lo que perturba tanto al populismo de derecha con raíces patrióticas, desde Le Pen hasta Buchanan: el hecho de que las nuevas multinacionales tengan hacia el pueblo francés o norteamericano exactamente la misma actitud que hacia el pueblo de México, Brasil o Taiwan. ¿No hay una especie de justicia poética en este giro auto referencial? Hoy el capitalismo global -después del capitalismo nacional y de su fase colonialista/internacionalista- entraña nuevamente una especie de negación de la negación. En un principio (desde luego ideal) el capitalismo se circunscribe a los confines del Estado Nación y se ve acompañado al comercio internacional (el intercambio entre estados nacionales soberanos); luego sigue la relación de colonización, en la cual el país colonizador subordina y explota (económica, política y culturalmente) al país colonizado. Como culminación de este proceso hallamos la paradoja de la colonización en la cual sólo hay colonias, no países colonizadores: el poder colonizador no proviene más del Estado Nación, sino que surge directamente de las empresas globales. A la larga no sólo terminaremos usando la ropa de una república bananera, sino que viviremos en una república bananera”. “Y, desde luego, la forma ideal de la ideología de este capitalismo global es la del multiculturalismo, esa actitud que -desde una suerte de posición global vacía- trata a cada cultura local como el colonizador trata al pueblo colonizado: como nativos, cuya mayoría debe ser respetada y estudiada cuidadosamente. Es decir, la relación entre el imperialismo colonialista tradicional y la auto colonización capitalista global es exactamente la misma que la relación entre el imperialismo cultural occidental y el multiculturalismo: de la misma forma que en el capitalismo global existe la paradoja de la colonización sin la metrópolis colonizante de tipo Estado Nación, en el multiculturalismo existe una distancia eurocentrista condescendiente y/o respetuosa para con las culturas locales, sin echar raíces en ninguna cultura en particular. En otras palabras, el multiculturalismo es una forma de racismo negada, invertida, autorreferencial, un racismo con distancia: respeta la identidad del Otro, concibiendo a éste como una comunidad auténtica, cerrada, hacia la cual él, el multiculturalista, mantiene una distancia que se hace posible gracias a su posición universal privilegiada. El multiculturalismo es un racismo que vacía su posición de todo contenido positivo (el multiculturalismo no es directamente racista, no opone al Otro los valores particulares de su propia cultura), pero igualmente mantiene esta posición como un privilegiado punto vacío de universalidad, desde el cual uno puede apreciar (y despreciar) adecuadamente las otras culturas particulares: el respeto multiculturalista por la especificidad del Otro es precisamente la forma de reafirmar la propia superioridad” (Jameson y Zizek, 2003) [http://es.wikipedia.org/wiki/Multiculturalismo http://www.ub.es/geocrit/sn-94-104.htm]. La emergencia indígena Según el etnólogo chileno José Bengoa, en cuya obra se inspira en parte el presente trabajo, las causas explicativas de la emergencia indígena en los noventa en América Latina son “...la globalización, que en todas partes del mundo va acompañada de una valorización de las relaciones sociales y de las identidades locales ... el término de la guerra fría que posibilitó la existencia de movimientos sociales que ya no se identifican ni con el comunismo ni con el capitalismo, sino con la “utopía arcaica”, con las raíces de América Latina ... y los procesos acelerados de modernización que han ocurrido en América Latina a partir de la segunda mitad de los ochenta... y que han tenido como resultado una menor presencia del estado y, muchas veces, una crisis profunda de la idea de ciudadanía ...” (Bengoa, 2007). Entre los cambios más profundos a registrar como producto de esta emergencia indígena está el de la territorialidad. Siempre se consideró al indio como fundamentalmente rural, a tal punto que los censos de población, cuando lo registraban, comprendían como “población indígena” a aquella que habitaba reservaciones o aldeas indígenas. El indio era rural o no era, o en todo caso era (es) estigmatizado como un “indio de m...”, que fuera de su ámbito estaría escandalosamente desubicado. Volviendo a Bengoa: “En la nueva dimensión de los asuntos indígenas esta manera de definir el espacio indígena, la población indígena, es inadecuada. Se ha ampliado el hábitat indígena. La movilidad de las migraciones, la ampliación de la conciencia étnica, conduce a una desterritorialización en que la comunidad de origen conserva un papel simbólico y ceremonial central. Son muchos los pueblos rurales o comunidades que en la práctica sobreviven de los recursos que envían los migrantes. Las nuevas edificaciones, los “adelantos”, el “progreso” de los pueblos se explica por quienes no viven en el lugar en forma estable, pero sienten las nostalgias y añoranzas por su espacio de sentido”. A lo que agregaríamos que no sólo son nostalgias, sino también una ratificación de pertenencia, tanto más necesaria cuanto más inestable es la situación laboral, lo que puede resultar en cualquier momento en la necesidad de buscar cobijo en la comunidad. Este tema fue tratado desde la Antropología por Claude Meillassoux en su ya clásico libro Mujeres, graneros y capitales. Esta situación viene acompañada, por supuesto, de profundos cambios en la situación educacional de los indígenas, quienes, a pesar de ser el grupo que menor acceso a la educación formal tiene en América Latina, cuenta con un número creciente de profesionales que se reivindican como tales. Es un hecho destacado el uso masivo de internet para hacer propaganda de reclamos y debates y para mantener sus tradiciones. Continúa diciendo Bengoa que: “En definitiva no se puede pensar que la realidad indígena latinoamericana es de comunidades aisladas, que siguen el modelo de la “sociedad folk” que popularizó el conocido antropólogo norteamericano Robert Redfield. La emergencia indígena latinoamericana es expresión de un nuevo tipo de sociedad indígena, incluso aquella que habita en el campo, hasta en las regiones que continúan siendo muy aisladas.” Toda esta situación ha llevado también a al emergencia de una especie de pan indigenismo cultural que se manifiesta en el discurso unificado de dirigentes indígenas que están en contacto entre sí como nunca antes lo habían estado. Siempre según Bengoa: “Derechos indígenas, autonomía indígena, control político, control cultural, sociedades multiétnicas, sociedades multiculturales, multiculturalismo, educación multicultural, bilingüismo, educación bilingüe, territorios indígenas, derechos territoriales, patrimonio cultural...” son palabras comunes al discurso de los indígenas de toda América Latina. Conclusiones Las relaciones entre los procesos de constitución y reformulación de identidades y el devenir del capitalismo son múltiples, y se van resolviendo dentro de un proceso contradictorio donde las fuerzas en pugna: el capital y los pueblos, se posicionan respecto al tema de la identidad en cada momento histórico tratando de imponer la postura que más beneficie a sus intereses. Pero como este proceso es sumamente complejo, es necesario discutirlo permanentemente sin prejuicios que puedan atarnos a dogmas que nos sumen a hegemonías que, por serlo, no sean percibidas y nos sometan acríticamente a intereses ajenos. Desde luego este proceso incluye muchos más aspectos que los aquí tratados, siendo uno de particular relevancia aquel atinente a la existencia de una identidad latino americana, de la que la identidad indígena, tratada aquí más en detalle, es una parte, un insumo imprescindible para tratar aquella. (http://www.rebelion.org/mostrar.php?tipo=5&id=Fernando Bez&inicio=0). El proceso está abierto y es parte de la discusión sobre los procesos políticos que se están produciendo en el Continente y de los que debemos ser protagonistas concientes. Bibliografía: (Además de los sitios de internet oportunamente indicados) Amin, Samir, 2003: Más allá del capitalismo senil. Paidós. Buenos Aires- Bauman, Zygmunt. 2005: Identidad. Losada. Buenos Aires. Bengoa, José, 2007: La emergencia indígena en América Latina. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. Chiriguini, Cristina (comp.) 2008: Apertura a la antropología. Proyecto editorial. Buenos Aires. 2008. Jameson, Fredric y Zizek, Slavoj 2003: Estudios culturales, reflexiones sobre el multiculturalismo. Paidós. Buenos Aires. Meillassoux, Claude 1887: Mujeres, graneros y capitales. Siglo XXI. México. Mészáros. István 2003: El siglo XXI: socialismo o barbarie. Herramienta, Buenos Aires. Narvaja, Benito y Pinotti, Luisa 1998: Violencia, población e identidad en la colonización de la América hispánica. EUdeBA. Buenos Aires. Fuente

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Certezas e incógnitas de la política argentina
Certezas e incógnitas de la política argentina
Apuntes Y MonografiasporAnónimo11/26/2010

Certezas e incógnitas de la política argentina Para quienes no me conocen, hasta hace unas horas solía ser Queremosunpaisenserio me banearon por defender a un compañero de una gran comunidad llamada GSI sin embargo no me rindo porque dicen que no está muerto quien pelea. Certezas e incógnitas de la política argentina Resumen: Bajo el impacto de la rebelión del 2001 Kirchner reconstruyó el poder de las clases dominantes, otorgando concesiones sociales y democráticas. Introdujo un modelo neo-desarrollista, recompuso la autoridad del estado y tendió a recrear el bipartidismo. Las mejoras del salario y de los ingresos populares representan conquistas que frenan tres décadas de agresiones neoliberales. También se impuso una secuencia de logros democráticos, muy alejados de la represión predominante en otros países. Estos avances obedecen a la vitalidad de la movilización popular. En estas acciones se demanda una democratización de los sindicatos que el gobierno obstruye, para estabilizar la acumulación capitalista. Este sostén oficial conduce a tolerar la acción de las patotas que asesinaron a un militante de izquierda. Ha salido a flote cómo opera la red de complicidades entre policías, punteros y mafias sindicales. Estos atropellos contrastan con el clima progresista que se observó en el Bicentenario. Predominó la reivindicación de un ideal latinoamericano, que el gobierno pretende compatibilizar con la estructura del Justicialismo. Intenta encuadrar a una nueva generación que demanda trabajo digno y educación pública. Con la disipación del descontento agrario la derecha retrocedió y se quedó sin liderazgos. Fracasa en la gestión municipal, no logra acompañamiento y ha sido afectada por el fallecimiento de Kirchner. La subordinación a los medios de comunicación le quitó autonomía política y su discurso liberal-elitista perdió auditorio. El gobierno recuperó fuerza, pero su reafirmación justicialista choca con la agenda progresista. Es una incógnita cuál será el legado de Kirchner en el imaginario popular. No arrastra las frustraciones de Alfonsín, pero se encuentra muy lejos de la gravitación que tuvieron Perón o Evita. Una nueva intelectualidad oficialista elogia la reconstitución de la economía, soslayando el mantenimiento de la desigualdad. Olvidan el abandono del proyecto transversal, se resignan al mal menor y simplifican la realidad suponiendo que solo existen dos campos en disputa. Esta actitud imposibilita promover proyectos autónomos del Ejecutivo e impone obediencia en los momentos críticos. La centroizquierda crítica se ha expandido con iniciativas parlamentarias y acciones que sintonizan con el actual espíritu antiimperialista. Busca construir una tercera fuerza, que históricamente fue absorbida por el bipartidismo. Existe un peligro de evolución conservadora si continúan los coqueteos con la derecha, que se apoyan en caracterizaciones erróneas del gobierno. El kirchnerismo no mutado y se ubica en las antípodas de los regímenes reaccionarios. La izquierda ha logrado presencia social con acciones muy aguerridas. Su compromiso con la lucha recibe reconocimiento y despierta simpatías juveniles. Es un actor pero no un protagonista de la realidad política por frustraciones recientes y visiones desacertadas de la etapa. Tiene amplias posibilidades de desarrollo si empalma con el estado de ánimo popular y reconoce las conquistas alcanzadas. Pero se requiere abandonar construcciones sectarias y actuar con inteligencia en la arena electoral. Certezas e incógnitas de la política argentina Dos acontecimientos dramáticos han puesto en debate lo ocurrido en la Argentina durante la última década. El asesinato de Mariano Ferreira desató, primero, una fuerte reacción democrática para frenar el vandalismo de las patotas. El súbito fallecimiento de Néstor Kirchner generó, posteriormente, congoja y dolor entre amplios sectores de la población. ¿Cómo se inscriben ambos hechos en la etapa política actual? ¿Cuál es el balance y el futuro del kirchnerismo? Reconstrucción y mejoras El período en curso es un resultado de la sublevación popular del 2001. Esa rebelión determinó la estrategia de Kirchner de reconstruir el poder de las clases dominantes, otorgando concesiones sociales y democráticas. El ex presidente comenzó recomponiendo un sistema económico desquiciado por la confiscación de los depósitos, la cesación de pagos y el descalabro de la producción.Para remontar colapsos que pusieron en tela de juicio la continuidad del capitalismo, introdujo un modelo neo-desarrollista. Se alejó de la ortodoxia neoliberal, aumentó la gravitación de la industria, limitó la valorización financiera y afrontó conflictos con el agro-negocio. Esa orientación permitió aprovechar el escenario internacional favorable para restaurar el equilibrio fiscal. Luego de convalidar la transferencia regresiva del ingreso que generó la mega-devaluación, Kirchner contó con el visto bueno inicial de toda la clase dominante. Sus adversarios han reconocido que recompuso la autoridad del Estado desde las cenizas. Consumó este resurgimiento renovando la gestión pública. Frenó las privatizaciones, rehabilitó el papel de los funcionarios, restauró las regulaciones y multiplicó las intervenciones directas. Lo mismo ocurrió con el régimen político. Kirchner tuvo serios choques con la vieja partidocracia, pero recompuso el sistema impugnado en las calles (“que se vayan todos”). Se apoyó en los intendentes o gobernadores justicialistas y buscó restaurar el bipartidismo. Con esa finalidad introdujo una reforma política que bloquea el surgimiento de nuevas fuerzas, con mayores pisos a la legalización y crecientes trabas para oficializar candidatos. Acentuó, además, la injerencia del estado en la vida de los partidos para reinstalar su función selectiva de los funcionarios, frente a la competencia que imponen los medios de comunicación y las corporaciones empresarias. Pero esta reconstrucción de la política tradicional fue apuntalada con mejoras sociales, que expresaron la nueva relación de fuerzas creada por el levantamiento del 2001. Estas concesiones distendieron el clima revulsivo y resultaron compatibles con el repunte de las ganancias. La sorpresiva irrupción de un ciclo de recuperación económica permitió conciliar la contención social con el lucro patronal. El gobierno implementó una política salarial permisiva, reabrió la negociación colectiva, aumentó los sueldos mínimos y expandió el empleo público. Introdujo una asignación por hijo que absorbió planes anteriores y resultó insuficiente en número y monto. Pero amplió significativamente la cobertura de los sectores humildes y creó condiciones para la extensión del programa El Ejecutivo mantuvo al grueso de los jubilados en un ingreso mínimo y vetó el 82%, a pesar del fuerte superávit que tienen las cajas. Pero también otorgó aumentos y estableció un principio de movilidad luego de estatizar las AFJP. Los cuantiosos fondos del régimen previsional se manejan sin control, pero la eliminación del sistema privatizado contradice abiertamente las prioridades internacionales del neoliberalismo. Los avances sociales de los últimos años constituyen conquistas para el movimiento popular, que han quedado limitados por el impacto de la inflación. La pobreza y el desempleo disminuyeron, pero persistió la precarización laboral y la desigualdad. La reciente muerte de 204 chicos en Misiones por desnutrición infantil ilustra la continuada gravedad de los padecimientos sociales. Pero existe un innegable contraste entre la etapa actual de mejoras y el largo período de agresiones que comenzó con la dictadura y perduró hasta el fin de la Alianza. Por primera vez en décadas se verifican logros significativos para el grueso de la población. Democratización El reinicio de los juicios a los genocidas sintetiza los avances democráticos del período. Es cierto que ya transcurrieron 34 años y pocos criminales se han muerto en la cárcel. Por los obstáculos que interponen los jueces derechistas solo hay 300 detenidos y 68 condenados de los 1464 acusados. Pero la reversión del indulto y del Punto Final constituye un logro que reabrió el repudio masivo a la dictadura. Se ha podido recuperar la identidad de muchos hijos de desaparecidos, se ampliaron las reparaciones a las víctimas del terror y quedó enterrada la teoría de los dos demonios. El museo de la ESMA reavivó la conciencia popular, introdujo una novedosa reivindicación de la militancia y convirtió al 24 de marzo en una fecha central de la vida nacional. Este cuadro ha permitido otorgar asilo a Apablaza, confrontando con la brutal presión que desplegaron los dinosaurios de Argentina y Chile. El gobierno mantiene una decisión estratégica de no reprimir la protesta social. En los hechos vulnera esa norma frente a las movilizaciones que no controla. La gendarmería en Kraft, el encarcelamiento de militantes antisionistas, las amenazas contra los ambientalistas de Entre Ríos y Cuyo y la cobertura del gatillo fácil que aplican los policías provinciales retrata la persistencia de formas represivas. Pero existe un abismo entre estas acciones y la criminalización menemista o los 34 muertos que dejó la Alianza. La tolerancia oficial hacia las movilizaciones populares se ubica, por ejemplo, en las antípodas del terrorismo de Estado que rige en Colombia o México. En el país se ha impuesto una dinámica de conquistas democráticas que inician los movimientos sociales y frecuentemente avala el gobierno. Lo ocurrido con el matrimonio igualitario ilustra esta secuencia. La demanda original de la Unión Civil quedó desbordada por el aislamiento de la Iglesia y la división transversal que irrumpió entre los parlamentarios. Al final se aprobó una norma muy avanzada que refuerza el debate sobre el aborto. La misma tónica ha seguido la ley de Medios. Kirchner confrontó con sus ex socios cuando los grupos mediáticos tomaron partido por los agro-sojeros. La intención oficial de facilitar el acceso de las compañías telefónicas (y de varios capitalistas amigos) a todo el negocio comunicacional, acentúo ese choque. Pero este conflicto inter-burgués adquirió otro sentido cuando el gobierno recogió las demandas de los movimientos sociales (“21 puntos de la radiodifusión democrática”). La ley de Medios limita la actividad comercial, amplía los espacios y frecuencias de las organizaciones comunitarias, reduce la gravitación de las grandes cadenas e impone cierta desconcentración. Establece, además, restricciones a la publicidad y privilegia el contenido nacional. En la versión final se neutralizaron las ventajas de las telefónicas y se aceptó una mayor participación (no oficial) en los organismos de control. Otro avance del mismo tipo se obtuvo con el “futbol para todos”, que traspasó a la actividad pública el principal entretenimiento popular. También se ha favorecido la gratuidad televisiva en desmedro del cable, con la distribución de los decodificadores entre la población humilde. Los grandes capitalistas igualmente mantienen el control de los medios y el gobierno ha comenzado a construir un polo privado afín con personajes nefastos (Moneta, Haddad, Manzano). Utiliza la publicidad oficial para crear su propio aparato y le quitó la licencia a Fibertel de un mercado de Internet, para relanzar su alianza con las compañías telefónicas. Estas medidas contradicen el sentido democratizador de la ley de Medios, pero no anulan su progresividad. La confrontación con los comunicadores del establishment ha permitido esclarecer el papel que juega esa cúpula en la distorsión de la información. Se ha puesto en evidencia que una elite de periodistas actúa como políticos, escudados en la impunidad de la palabra. Utilizan el mito de la independencia informativa para fabricar noticias y encubrir hechos delictivos (apropiación de los hijos Noble y confiscación de Papel Prensa). El conflicto se dirime actualmente la arena judicial, puesto que la aplicación de la ley ha quedado bloqueada por una catarata de resoluciones cautelares. Esta obstrucción ha puesto de relieve la urgencia de iniciar la democratización de la justicia. Resistencias y tensiones La doble estrategia de reconstrucción burguesa y concesiones sociales que implementó Kirchner se explica por la vitalidad de la movilización popular post-2001. El escenario cotidiano de marchas y cortes de calle distingue a la Argentina de otros países, donde impera el repliegue de la resistencia (como Uruguay o Brasil). Esta conflictividad social signó la primera etapa del gobierno, fue interrumpida por la movilización conservadora del 2008 y resurgió con mayor fuerza en los últimos años. La anomalía creada por la arremetida agro-derechista duró poco y las demandas sociales genuinas dominan nuevamente el escenario. Estas exigencias se plasman en métodos de lucha que incluyen la confluencia de las huelgas con los piquetes. El paro de los trabajadores formales coexiste con fuertes cortes de la circulación para difundir las peticiones al conjunto de la sociedad. El gobierno se ha manejado con cautela. Anticipa mejoras sociales, incentiva negociaciones, disuade marchas y apuesta a la cooptación de los dirigentes. Pero no ha logrado desactivar la confluencia de la protesta, con reclamos de democracia interna en las organizaciones sindicales. Ambos planteos convergen ante la crisis de las viejas estructuras burocráticas, que no han restaurado su legitimidad, a pesar del aumento de sus afiliados y el acrecentamiento de su poder económico. La incidencia que tuvo la CTA -como alternativa a la corruptela de la CGT- ya expresó esa necesidad de cambio. La democracia sindical ha sido una bandera de grandes conflictos. Estuvo presente en la petición de seis horas de trabajo y personería para el sindicato del Subte. Lo mismo ocurrió en la lucha de Kraft por demandas mínimas y reconocimiento de una comisión interna anti-burocrática. Situaciones semejantes se han notado en numerosas luchas provinciales que exigieron elecciones y transparencia para los sindicatos existentes o para inscribir nuevas organizaciones. En este terreno el gobierno no ha contemporizado. Al contrario, busca obstruir la democratización sindical, conociendo el estratégico rol que cumple la burocracia sindical en cualquier proyecto de estabilización capitalista. Sin el auxilio de esa cúpula resulta difícil neutralizar las demandas que desbordan las ofertas oficiales. Por ejemplo, frente al actual rebrote inflacionario el gobierno espera recurrir a la CGT, para concertar un Pacto Social con los empresarios de la UIA. El sostenimiento de esta política indujo a los Kirchner a rechazar el reconocimiento de la CTA. Últimamente han intentado dividir esta central, promoviendo un sector oficialista que diluiría su perfil combativo y sus normas electivas. El Ministerio de Trabajo complementa estas manipulaciones. Con estos mismos propósitos Cristina ratificó el papel de Moyano como columna vertebral de su proyecto. En una etapa económica de crecimiento, caída del desempleo y escalada de los precios, el gobierno no quiere nuevos interlocutores en la negociación de los salarios. Pero la convalidación de la burocracia conduce a tolerar también la acción de las patotas. Las bandas de los sindicalistas operan a la luz del día, cuentan con protección policial y cobertura de los intendentes del Justicialismo. Son utilizadas para confrontar con los militantes de izquierda, que disputan liderazgos o canalizan movilizaciones de sectores empobrecidos y abandonados por los jerarcas. Esta tensión fue muy visible a principio de la década con los desocupados y se repite en la actualidad con los tercerizados. La cobertura también oficial incluye cierta tolerancia al desacreditado macartismo, que utilizan los sectores más extremos de la burocracia en los momentos críticos. A fines del año pasado algunos exponentes de estas fracciones renovaron los insultos contra la “zurda loca” y concibieron la realización de un acto de amedrentamiento de los militantes anti-burocráticos. Este mismo choque opone a los movimientos sociales con los intendentes justicialistas. Frente al reparto discrecional de planes sociales y puestos de trabajo entre los punteros, periódicamente irrumpen acampes de las organizaciones piqueteras (CCC, Barrios de Pie, Polo Obrero, Teresa Vive). Estas movilizaciones confrontan con el reparto discrecional de los planes sociales y los puestos de trabajo entre los punteros. Pero un acontecimiento reciente ha modificado drásticamente el alcance de estos enfrentamientos. Un crimen muy ilustrativo El asesinato de Ferreira ha transparentado cómo actúa la mafia sindical. A diferencia de lo ocurrido con Kostecki y Santillán, a Mariano no lo mató una fuerza policial. Pero el asesinato fue posible por el amparo que brindan la policía y los barones del conurbano a la burocracia sindical. La organización del crimen estuvo a cargo de los matones de la Unión Ferroviaria. Hay evidencias abrumadoras de los vínculos existentes entre los sicarios y la jefatura de esa organización. La investigación conduce directamente a Pedraza, que ha sido un socio privilegiado del kirchnerismo y un peso pesado de la CGT, a pesar de los conflictos que mantiene con Moyano. Las fotos de Cristina con el principal jerarca del gremio involucrado no son irrelevantes y tampoco es anecdótica la reivindicación que hizo la Presidenta de la Juventud Sindical. Mediante un gran operativo mediático se ha buscado desvincular a Moyano de las mafias, ocultando el uso habitual de las patotas en el sindicato de camioneros (disparos de “Madonna” Quiroz contra los rivales de UOCRA). La vieja militancia anti-menemista que tuvo el secretario general de la CGT es también publicitada, para borrar su complicación con causas judiciales de remedios truchos y manejos familiares de empresas del transporte. Como ya ocurrió con Zanola el gobierno trata de soltarle la mano a Pedraza para rescatar al resto de la cúpula cegetista. Se busca encubrir todos los episodios que anticiparon el asesinato de Mariano (disparos en el sindicato de la Leche, matones en La Pampa, etc.). Es sabido que las bandas se reclutan entre barras bravas del futbol, asociadas a los intendentes del Gran Buenos Aires. Siguiendo una lógica de luchas intestinas, el gobierno culpabilizó inicialmente a los grupos que responden a Duhalde. Buscó desviar la atención de los nexos que mantienen muchos acusados con el universo oficial. Esta práctica de proteger a los aliados en desmedro de los competidores es muy habitual en el submundo del PJ. Las complicidades salpican también a varios empresarios que reciben millonarios subsidios del Estado, para gestionar un sistema ferroviario descalabrado. Estos capitalistas (Taselli, Roggio, Cirigliano) comparten con los burócratas-empresarios el manejo de las firmas sub-contratistas, que acumulan fortunas explotando a los trabajadores informales. Con esta caja se financia a los matones. Sin la cobertura policial las bandas no podrían adiestrarse, ni contar con el armamento que exhiben en forma descarada. La existencia de una zona liberada para perpetrar el crimen de Barracas compromete directamente a la Policía Federal y provincial. Pero hasta el momento no existe ningún indicio de investigación de ese amparo. Conviene recordar que el propio ministro Aníbal Fernández tiene cuentas pendientes por su gestión durante el caso Kostecki-Santillán. Hace pocos años montó una farsa de acusaciones contra militantes del PO por un incendio de trenes en la zona Oeste. Lo ocurrido con Ferreira -y con la compañera Elsa Rodríguez que continúa en grave estado- retrata cierta tercerización de la represión. Los funcionarios han dejado pasar muchas acciones de patotas contra la izquierda (UTA, Subtes, Hospital Francés). Este sistema de agresión permitió a un matón proclamar en la balacera de Barracas, que “había un zurdito menos”. La gran red de favores mutuos explica la débil reacción inicial del gobierno frente al crimen. Hubo sugerencias oficiales de dos demonios, cuestionamiento al uso de palos y pistolas como si fueran equivalentes y rechazos de la Presidenta a recibir a las víctimas. Pero la reacción masiva en las calles ha impuesto una investigación que ya colocó entre las rejas a siete acusados. Existen pruebas suficientes para escalecer lo ocurrido y encarcelar a todos responsables. En esta partida se juega la continuidad de los derechos democráticos. Bicentenario y juventud Las transformaciones políticas de los últimos años generaron impactos muy variados en la conciencia popular. Entre el 2003 y el 2007 predominó el acompañamiento pasivo al gobierno a través de las urnas. Durante el 2008 prevaleció una reacción derechista y cierto ambiente conservador. Posteriormente se ha consolidado un viraje hacia el clima progresista. Los festejos del Bicentenario expresaron este nuevo estado de ánimo. Se produjo una espontánea irrupción en las calles para recuperar una festividad patriótica, que estaba desprestigiada por años de identificación con las dictaduras militares. Resurgió la auto-estima nacional y por primera vez en décadas no resultó vergonzoso sentirse argentino. La recuperación económica y el desplazamiento de la crisis hacia los centros europeos han reavivado la memoria de la inmigración. El festejo se impuso a contrapelo del clima de crispación que promovieron los grandes medios. El terror a la inseguridad que transmite la televisión quedó neutralizado por varios de días de multitudinaria ocupación del espacio público, sin ningún hecho delictivo. Pero lo más importante fue la ideología que rodeó a la conmemoración. Se reivindicó el ideal latinoamericanista, hubo homenajes al Che y un gran protagonismo de las Madres. El sentido anticolonial y antiimperialista de la fecha quedó reafirmado por la ausencia de Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel en los desfiles de las comunidades. En oposición al elitismo europeísta se rescató la trayectoria de los pueblos originarios y fue reconocido el papel de los socialistas y los anarquistas en la organización del movimiento obrero. Los mandatarios latinoamericanos ocuparon un lugar central. Hubo elogios a la revolución cubana, mientras se escuchaban las canciones legendarias de la izquierda. No fue un baile con Shakira y Ricky Martin, sino un encuentro con los Olimareños y Pablo Milanés. Esta simbología sintonizó con un clima de rechazo al neoliberalismo, que ha colocado la redistribución del ingreso en el primer plano del debate. El gobierno ha sido promotor y beneficiario de esta nueva subjetividad. Pero trata de integrar este espíritu a la estructura tradicional del Justicialismo y salta a la vista el carácter forzoso de ese empalme. Es evidente que la burocracia sindical y el capitalismo de amigos son incompatibles con las aspiraciones progresistas. Esta contradicción entre políticas oficiales y percepciones populares se procesa con gran intensidad en el terreno de la juventud. El dato político más comentado en el velatorio de Kirchner fue la abrupta aparición de una nueva generación que reivindica la militancia. Pero la afinidad de este sector con el gobierno constituye solo una posibilidad. La simpatía juvenil se originó en el enfrentamiento con la derecha agro-sojera, pero el kirchnerismo avanza con lentitud. Mantiene por ejemplo una invariable condición de minoría en el movimiento estudiantil. Hay mucha resistencia a encuadrarse junto a un gobierno que obstruye la lucha por abajo y privilegia el reclutamiento de funcionarios. La conducta de la agrupación “La Cámpora” es muy ilustrativa. Mientras aporta cuadros para los ministerios y las empresas (como Aerolíneas Argentinas), repite en forma obediente la defensa oficial de Moyano. Otras vertientes que actúan en forma más autónoma (como el movimiento Evita) buscan construcciones de resistencia, que pueden chocar a mediano plazo con los objetivos gubernamentales. La nueva generación es una braza caliente para el gobierno. Demuestra no solo inconformismo, sino también madurez para encarar la lucha. Los jóvenes post-2001 superaron las ingenuas ilusiones democráticas de los 80 y se han despegado del escepticismo posmoderno de los 90. Son beligerantes, se entusiasman con los derechos humanos y demandan la restitución de dos conquistas amputadas durante las últimas décadas: el trabajo digno y la educación pública. La reciente batalla que libraron los estudiantes secundarios ha sido muy ilustrativa. Ocuparon los colegios, realizaron marchas masivas y aprobaron la politización. Confrontaron además con el periodismo tonto, desbarataron los intentos de criminalización, aislaron el discurso reaccionario y obtuvieron el apoyo de los docentes y los padres. Con esta acción cuestionaron la chocante divisoria social que separa a las deterioradas escuelas públicas de los colegios privados bien equipados. La evolución política de la juventud es un interrogante abierto, que incidirá directamente sobre un mapa político centrado en cuatro alineamientos. Retroceso de la derecha Después del éxito callejero del 2008 se produjo un inesperado naufragio de los conservadores, que no pudieron retomar ningún cacerolazo. Ante la floreciente marcha de los negocios agrarios perdieron sostén en las localidades rurales y quedaron afectados por la fractura de la Mesa de Enlace. Las campañas anti-K ya no tienen eco y a pesar del triunfo electoral del 2009, la derecha no pudo imponerse en el Parlamento. Se quedó sin liderazgos y perdió la brújula. El PRO está muy afectado por el escándalo de los espías. Macri intentó montar un aparato de hostigamiento de los movimientos sociales, con actividades de infiltración al servicio de sus propios negocios. Gestiona la Capital Federal con subsidios a los grupos privados y recortes del presupuesto público. Pero la ciudad no es una empresa y los resultados son desastrosos. Los ensayos con pistolas eléctricas retratan la pauta reaccionaria que ha seguido la creación de la policía metropolitana. Pero el estrecho espacio que existe para este curso salió a flote con la forzada renuncia de Posse. Macri se guía por las encuestas y la audiencia televisiva. Supone que la crisis de representación política le permite reemplazar a los partidos por un liderazgo construido con ingenio publicitario. Pero el clima político ha cambiado y no favorece el ascenso de un Berlusconi con cultura menemista. También la Coalición Cívica ha quedado desubicada. El entusiasmo de Carrió con las causas reaccionarias pierde acompañamiento. Ya no rinde frutos agredir a Venezuela, rechazar el matrimonio igualitario y oponerse a la estatización de las AFJP. La rabia anti-K perdió eco y el discurso vacío de los moralistas genera fastidio. Este giro explica la declinación de Cobos y el ascenso de la amigable figura de Alfonsín. Pero el área más crítica del retroceso derechista es el debilitamiento del Peronismo Federal. Como todo el entramado del PJ está girando hacia el kirchnerismo se acrecienta la dispersión de los candidatos con chances decrecientes (Solá, De Narvaez, Duhalde, Reuteman). El oficialismo impusó internas obligatorias para manejar esta selección y los gobernadores han subdivido las elecciones para incidir sobre ese filtro. Si el afianzamiento de Cristina persiste, el desbande del peronismo disidente será incontenible. La derecha quedó debilitada por su extremo sometimiento a ciertas corporaciones (especialmente Clarín y la Sociedad Rural). Esos grupos fijaron la agenda y obstruyeron la necesaria autonomía que se requiere para actuar en política. Esa neutralización redujo la capacidad de adaptación a los giros anímicos de la población. En la disputa sobre la ley de Medios los medios derechistas actuaron como empleados de los grandes diarios. Repitieron todos los lugares comunes sobre la libertad de prensa, defendieron el mito de la neutralidad informativa y ocultaron el manejo oligopólico y la censura discrecional que imponen las empresas. La derecha cuestiona la televisión pública “que financiamos todos”, idealizando una contraparte privada que también pagamos todos. Los negocios en este campo se basan en la publicidad compulsiva y en los recursos, leyes y licencias que provee el estado. Las fantasías liberales de un hombre moderno que se informa seleccionando a su periodista predilecto entre incontables competidores, olvida la millonaria masa de dinero que se requiere para actuar en esa órbita. La prédica reaccionaria perdió peso ante la reprobación popular. Existe un fuerte rechazo a la reconciliación con los genocidas, a la regresión impositiva y a cualquier retorno al atropello social de los 90. Esta resistencia mayoritaria condujo también al aislamiento del discurso liberal-elitista durante los festejos del 25 de mayo. La reivindicación del Centenario como el momento de realización suprema de la Argentina agro-exportadora, solo tuvo eco entre los lectores del diario La Nación. La repetida asociación de la decadencia nacional con el populismo no logró muchos seguidores y tampoco prosperó el intento de enaltecer al Teatro Colón como símbolo de la era liberal. La nostalgia por el paraíso perdido de los oligarcas latifundistas quedó opacada por las multitudes, que buscaron un nuevo sentido a la emancipación inconclusa de 1810. Un despiste mayor de la derecha recalcitrante afloró durante el funeral de Kirchner. Intentaron aprovechar la conmoción para exigir políticas conservadoras (Rosendo Fraga) y virajes hacia la moderación (Morales Solá). Algunas evaluaciones delirantes asociaron incluso el velatorio militante con preparativos hitleristas (Grondona). En general, los amantes del elitismo despectivo solo notaron curiosidad y afán de protagonismo televisivo, en el homenaje (Sebrelli). Estas percepciones cavernícolas ilustran el aislamiento de los derechistas. Como están cegados por la animosidad gorila y el resentimiento ante una derrota anunciada han perdido criterios básicos para interpretar la realidad. Daban por descontado el inicio de una era post-kirchnerista que ya nadie vislumbra. Recuperación oficialista Desde la mitad del año pasado se verifica una acelerada recuperación del oficialismo. Ha sido favorecido por el repunte de economía y por la desarticulación de la oposición derechista. El kirchnerismo desbarató los intentos de judicialización destituyente, impuso su agenda parlamentaria y colocó a los medios de comunicación a la defensiva. El impacto creado por el fallecimiento del ex presidente ha reforzado este resurgimiento. Cristina mantiene una amplia primacía en las encuestas y exhibe capacidad para reemplazar a Néstor en la conducción partidaria. Los problemas de la Presidenta se ubican en las alianzas que ha elegido. Optó por reforzar la gravitación del Justicialismo, con el sostén de los gobernadores y dirigentes más conservadores (Scioli, De la Sota). Este curso también implica mayor aval a los burócratas de la CGT. El rumbo actual del gobierno choca con la reapertura de una perspectiva transversal. La ortodoxia justicialista es muy hostil a la agenda progresista y a cualquier construcción orientada por los movimientos sociales (D´Elia, Depetri). Pero a mediano plazo existen otras incógnitas. ¿Cuál será el legado de Kirchner en el imaginario popular? El shock emotivo que produjo su muerte incentiva muchas especulaciones, que pueden ser igualmente recogidas para evaluar el rol jugado por el ex presidente. Kirchner falleció sin la carga de frustraciones que acompañó la despedida de Alfonsín. No arrastró la cruz de un desastre político (Alianza), ni un colapso inflacionario. Pero tampoco es visualizado como Perón en varios terrenos decisivos. En la última década hubo restauración de ciertos derechos ya conquistados, pero no obtención de logros primarios. No es lo mismo la conquista inicial de esas mejoras que su recuperación posterior. Por eso la implementación del aguinaldo o las vacaciones pagas tuvo un efecto cualitativamente superior a cualquier repunte salarial de los últimos años. Kirchner tampoco intervino en la gran rebelión del 2001, que condicionó su gestión. No emergió de un 17 de octubre, ni corporizó el sentimiento de una sublevación por abajo. Ciertamente confrontó con la derecha, pero no padeció golpes de Estado o exilio y tampoco murió al cabo de una épica resistencia. Por otra parte, el ingreso de nuevos sectores populares a la vida política se produjo con antelación a su gobierno y por canales muy alejados de su proyecto. Por esta razón nunca contó con el sostén homogéneo de la clase obrera. La comparación con Evita ilumina otras diferencias significativas. Kirchner tuvo una larga actuación como gobernador provincial y una actividad convencional como dirigente del PJ. Jamás demostró rasgos jacobinos, ni se perfiló como figura radical de un movimiento nacional. Más bien reconstruyó la desgarrada continuidad de una organización desprestigiada por la destrucción menemista. Estos contrastes no definen los resultados que emergerán con el paso del tiempo. Sólo ilustran el cambio de contexto. Hasta el momento el kirchnerismo no ha logrado reconstruir el lazo popular duradero que forjó el peronismo. A diferencia de lo ocurrido en Venezuela, Bolivia o Ecuador tampoco erradicó un viejo régimen, ni facilitó el surgimiento de nuevas identidades políticas. El progresismo K El afianzamiento del gobierno dependerá del predicamento que logren los nuevos intelectuales del oficialismo. Este segmento de periodistas (6, 7, 8), pensadores (Carta Abierta) y políticos (Heller, Sabatella) conforma una generación sustitutiva del primer sostén del kirchnerismo (Bonasso, Libres del Sur). El nuevo contingente se aproximó por el gran rechazo que generó el derechismo agro-sojero. Reivindican la reconstitución de una economía devastada y atribuyen esa recuperación a la política oficial. Pero olvidan el contexto internacional y la incidencia del ciclo de los negocios. Además, evitan evaluar quiénes han sido los principales beneficiarios del repunte. Nunca hablan de las ganancias acumuladas por los exportadores, los financistas y los industriales. El progresismo K resalta la politización que reintrodujo el gobierno frente a una sociedad descreída. Pero no menciona el efecto de esa misma acción sobre el viejo sistema bipartidista. Olvidan que el propio Kirchner abandonó el proyecto transversal para reconstruir el justicialismo, junto a un equipo que siempre ha sintonizado con el establishment. Los nuevos oficialistas resaltan los conflictos que opusieron al ex presidente con importantes banqueros y empresarios e ilustran como esa confrontación permitió recuperar el arbitraje presidencial. Pero en los hechos este comando ha servido para reemplazar un modelo capitalista por otro, recreando la explotación laboral y la desigualdad social. Este curso no es ajeno a la propia fortuna personal que acumuló el ex mandatario. La presentación de Kirchner como un “flaco de la J.P.” es una fantasía insostenible. El presidente post-2001 fue un hombre de Estado que actuó con gran pragmatismo para recomponer el orden vigente. En lugar de bregar por la “patria socialista” imaginada en los años 70 apuntaló un sistema de opresión. Es cierto que lideró UNASUR favoreciendo el proyecto latinoamericanista. Pero en esa asociación se alineó con Lula en un bloque conservador, para bloquear la radicalización del proceso venezolano y boliviano. Kirchner mantuvo un discurso de confrontación con el FMI, pero tocó la campanita en Wall Street, mejoró la relación con Estados Unidos (cuestionando a Irán) y envió tropas a Haití. Una anécdota muy verosímil cuenta que le pidió a Chávez que “se dejara de joder con el socialismo”. Muchos progresistas K reconocen el carácter nefasto del aparato justicialista, pero consideran que es el único instrumento viable para gobernar a la Argentina. No registran que esa estructura constituye el principal obstáculo para cualquier transformación positiva. Afirman que el kirchnerismo es “lo máximo que tolera la sociedad”, cómo si existiera un patrón predeterminado de mejoras sociales y democráticas, a introducir en el país. Con esa visión se transmite el mismo fatalismo que propagaban los neoliberales, cuando postulaban la inevitabilidad de las privatizaciones o la apertura comercial. La resignación frente al mal menor nunca condujo a logros significativos. Las consecuencias de este enfoque se verifican en la impotencia que muestran los políticos de centroizquierda afines al gobierno. Sus proyectos siempre naufragan por sometimiento al visto bueno presidencial. La iniciativa de financiar el 82% a los jubilados subiendo los aportes patronales quedó, por ejemplo, bloqueada a la espera de un aval oficial. Pero lo más problemático es el alineamiento que exige la presidencia en los momentos críticos. Bajo esta presión se aprobó el canje de la deuda y se expusieron argumentos insólitos para demostrar cuán positivo es el pago de un pasivo fraudulento. El programa televisivo “6, 7, 8” se ha convertido en el principal vocero del progresismo K. Con un formato ágil y jocoso, que utiliza la ironía y nuevos lenguajes de compaginación, conquistó una importante audiencia. Ha canalizado el hartazgo de los espectadores con el bombardeo malintencionado de la derecha. Difunde informaciones incómodas que silencian los grandes medios y despliega una crítica devastadora a la hipocresía del periodismo independiente. Pero su repetida exaltación de los méritos gubernamentales conduce a la distorsión de la realidad. Nunca aplican a los personajes del oficialismo el archivo demoledor que utilizan contra la oposición. Es evidente que muy pocos líderes del equipo gobernante podrían soportar una revisión de su pasado. Esta unilateralidad es tan solo un ejemplo del carácter forzado de la construcción mediática oficialista. El programa adopta una postura totalmente acrítica y transmite justificaciones de la política oficial mediante polarizaciones simplificadas. Supone que sólo existen dos campos en disputa y que se apoya a Cristina o se apuntala a la derecha. Para sostener este artificio sobrecargan la pantalla con mensajes de buena onda. Esta actitud conduce a justificar también la alianza con la burocracia sindical y a apañar su vandalismo. Tiene muy poca credibilidad, por ejemplo, la presentación del asesinato de Mariano Ferreira como un vestigio del menemismo, ajeno a la estructura gremial vigente (Galasso). Al repetir una y otra vez que la “izquierda es funcional a la derecha” se termina igualando a las víctimas con los victimarios. Un caso extremo de esa caracterización ha sido el cuestionamiento de la izquierda por miopía, ante los matices que separan al gobierno del duhaldismo (Feinman). Pero la ceguera se ubica en el campo opuesto, al omitir las complicidades y analizar la tragedia como un simple eslabón de disputas inter-justicialistas. Posturas de la centroizquierda Un espacio de centroizquierda crítico hacia el oficialismo ha logrado cierto desarrollo en torno al Proyecto Sur. Convoca intelectuales, canaliza militantes y resulta atractivo para muchos jóvenes. Cuenta, además, con una figura presidencial de peso político y cultural (Solanas). La acción parlamentaria de esta vertiente obtuvo visibilidad con varias iniciativas. Convergieron con el gobierno en algunos casos (nacionalización de las AFJP) y radicalizaron otros proyectos del Ejecutivo (ley de medios, Papel Prensa). A diferencia de sus pares pro-gubernamentales han confrontado con las posturas regresivas que adoptó el kirchnerismo (deuda externa, INDEC, 82% de los jubilados, presupuesto 2011). Cómo no están sometidos a la neutralización oficial, denunciaron sin vacilaciones a los responsables del asesinato de Mariano Ferreira. Proyecto Sur proviene del nacionalismo antiimperialista y sintoniza con el espíritu del Bicentenario. El énfasis en la nacionalización del petróleo y la minería, la denuncia de la deuda externa y los proyectos de reconstrucción naval o ferroviaria lo ubican en un campo compatible con el chavismo. Proponen gestar una tercera fuerza frente al bipartidismo que asfixia la vida política. En un año dominado por la disputa electoral este planteo puede resultar muy atractivo. Pero conviene recordar que ese objetivo nunca pudo plasmarse en el pasado. El Partido Intransigente fue absorbido por el peronismo en los años 80 y el FREPASO terminó como furgón de cola del radicalismo. Proyecto Sur debe lidiar con otro peligro de evolución conservadora, si en la batalla contra el kirchnerismo afianza sus puentes con la derecha. Estos lazos se gestaron durante el conflicto con los sojeros y reaparecieron en el último año con guiños hacia Carrió. Presentan a ese personaje como una figura republicana, cuando actúa en la práctica como vocera de la Sociedad Rural y la embajada norteamericana. La integración a la coalición de centroizquierda de exponentes de la Mesa de Enlace acentuaría este perfil regresivo. La estrategia de forjar alianzas con distintos integrantes del arco opositor diluye el perfil de Proyecto Sur como opción de izquierda al kirchnerismo. Lo mismo ocurre cuando se converge en iniciativas parlamentarias con el resto de la oposición. Estos acuerdos son válidos si hay que rechazar una ley de proscripción o favorecer la democracia sindical, pero resultan inadmisibles como línea de acción corriente. La confluencia con la derecha es directamente suicida. No solo impide difundir la singularidad de una tercera fuerza, sino que aporta al gobierno todos los argumentos para desacreditar un proyecto alternativo. Una foto con Carrió o Guidice destruye en un instante, todas las intenciones progresistas o las leyes renovadoras que se presentan en el Congreso. Las alianzas elegidas (Juez, Binner, Stolbizer) anticipan, además, un tipo de gobierno socialdemócrata, que sería menos contestatario que el kirchnerismo. No hay que olvidar que Lula en Brasil y Mújica en Uruguay han adoptado posturas más conservadoras que el gobierno argentino en todos los terrenos. Los desaciertos centroizquierdistas provienen de identificar al kirchnerismo con la derecha (o la “recontra-derecha”) o suponer que es el enemigo principal. Esta caracterización ha sido desmentida por la experiencia de los últimos años. La derecha no se ubica ahí, ni tampoco en “ambas partes”. Se sitúa claramente en el PRO, la Coalición Cívica y el Peronismo Federal. Estos tres sectores postulan el alineamiento con Estados Unidos contra Cuba y Venezuela, promueven cerrar los juicios a los genocidas, rechazan la ley de medios y exigen reducir los impuestos a la agro-exportación. Solo despliegan demagogia en temas puntuales (aumentos a los jubilados sin ningún financiamiento), para preparar una futura administración conservadora. No existe ningún analista internacional que asocie al kirchnerismo con la derecha. Solo discute el alcance progresista de sus iniciativas, buscando dirimir si se parece más a Lula que a Chávez. Nadie traza semejanzas con Uribe o Calderón. Otros integrantes de Proyecto Sur consideran que Cristina consumó un giro regresivo en comparación a Néstor. Estiman que el despegue progresista inicial se frustró y dio lugar a una involución. Esa contraposición es insostenible. Las políticas del gobierno no han variado significativamente en ambos períodos y en todo caso hubo más conquistas luego del choque con los agro-sojeros. Es importante reconocer las luces y sombras de un gobierno que nunca incluyó los rasgos antiimperialistas de Chávez o Evo, pero siempre se ubicó en las antípodas de Piñera o Alan García. Planteos de la izquierda La izquierda incluye estructuras partidarias (MST, PCR, PO, PTS, IS, MAS, etc) y agrupaciones con formas de movimiento (Mella, Frente Santillán, MTR, MIR, A y L, etc). Ambos alineamientos participan del mismo conglomerado. No tienen gravitación electoral, pero exhiben presencia social, influencia en las calles e incidencia en las propuestas políticas. El papel de la izquierda salió a la superficie durante la reciente tragedia de Mariano Ferreira. El compañero fue asesinado mientras desarrollaba una acción de solidaridad, demostrando quién pone el cuerpo en la batalla cotidiana contra las patotas. La multitudinaria marcha que sucedió al crimen fue una reacción democrática que expresó reconocimiento a esa militancia. La pertenencia a las organizaciones de la izquierda es sinónimo de compromiso con los oprimidos. Estas agrupaciones actúan en forma aguerrida, recrean el espíritu del 2001y se ubican en la primera fila de las movilizaciones populares. Existe una nueva generación que observa con simpatía ese papel, en contraposición a la mirada diabólica que difunde el oficialismo o los medios de comunicación. Para los defensores del capitalismo cualquier acto de resistencia es sinónimo de alboroto. Denigran la postura combativa suponiendo que expresa algún inconformismo marginal, sin notar que canaliza un deseo generalizado de igualdad social. La izquierda mantiene su carácter minoritario en un país con hegemonía del peronismo. Pero ha logrado mayor penetración en sectores de la clase obrera y en segmentos empobrecidos que eran tradicionalmente ajenos a su influencia. También ha liderado experiencias de cooperativas y empresas recuperadas. En estas actividades recoge una herencia del clasismo, que la burocracia sindical intenta expurgar por cualquier medio. La izquierda ha conseguido penetrar en el estudiantado y ha obtenido reiterados éxitos en las elecciones universitarias. Logró instalar su cultura en la universidad pública, que ya no aglutina a las franjas privilegiadas del pasado. Este ámbito se ha transformado en un bastión del reclutamiento y del debate teórico marxista. Pero la izquierda no ha podido conformar una fuerza política capaz de disputar espacios a los partidos tradicionales. Es un visible actor, pero no un protagonista de la realidad política. Esta limitación no proviene de viejos desencuentros con el proletariado peronista. Han transcurrido muchas década desde esa ruptura y lo que pesa en la actualidad son frustraciones más recientes. El desplome de la Izquierda Unida en los 80 y la escasa cristalización política de las conquistas del 2001-03 ejemplifican estos fallidos. Gran parte de la izquierda comparte los mismos errores de caracterización del kirchnerismo que afectan al grueso de la centroizquierda. Si se supone que el gobierno perpetúa el neoliberalismo, preserva el menemismo, mantiene la impunidad o criminaliza la protesta social, no hay forma de lograr credibilidad entre la población. Con razonamientos forzados no se refuta lo que intuitivamente percibe cualquier mortal. Un discurso inmune a las conquistas sociales y democráticas que se han obtenido carece de consistencia. Algunas planteos de la izquierda no logran distinguir las disputas que involucran conflictos entre capitalistas (por ejemplo pagar deuda con ajuste o con reservas) de los choques que ponen en juego algún interés popular (AFJP, ley de medios, juicios a los genocidas). A veces se cuestiona la apropiación gubernamental de las banderas sociales, sin notar que la asunción oficial implica un triunfo popular. En todo caso correspondería señalar las limitaciones de esa asimilación, evitando despechadas actitudes de impotencia. Es importante integrarse también al clima popular, cuando se conmemora un acontecimiento histórico tan progresivo como fue la Revolución de Mayo. Ese festejo induce a levantar banderas antiimperialistas para completar una transformación inconclusa. No tiene sentido situarse en la vereda opuesta vislumbrando nacionalismo retrógrado, donde impera un espíritu latinoamericanista afín al ALBA. Especialmente la ley de Medios dividió aguas dentro de la izquierda. Algunos reconocieron acertadamente los elementos democratizadores de esa norma y exigieron su aplicación contra las trabas que impone la justicia. Otros optaron por el neutralismo o por críticas al control oficialista de la prensa, olvidando la gravitación más significativa de la propiedad capitalista. Los medios conforman un área estratégica para la dominación burguesa. Operan como aparatos ideológicos que definen la forma en que se percibe la realidad. Por eso constituyen también un área de batalla entre discursos legitimadores e impugnadores. Con cierta democratización de ese espacio, el mensaje conformista puede ser desafiado. Tal como ocurre en la universidad, la marginalidad del discurso cuestionador en los establecimientos privados puede revertirse en las instituciones públicas Si no se reconoce la importancia de conquistar posiciones en la trinchera mediática, la derecha seguirá monopolizando el mensaje. Continuará seleccionado temas o magnificando y silenciando los distintos acontecimientos, para reforzar un miedo conservador (a la inseguridad o al terrorismo). Confrontar contra ese discurso debería ser una prioridad de la izquierda. La información es un derecho (como el agua, la educación o la salud), en conflicto con los criterios de rentabilidad. Por esta razón hay que apuntalar los avances hacia una TV pública (no manipulada por el oficialismo) y todo aumento del número de medios en manos de organización sociales. La incorporación de esta acción contribuiría a superar otros problemas de vieja data, relacionados con la obsesión por la auto-construcción sectaria. Este propósito retroalimenta disputas por ocupar cargos menores y recrea rivalidades por exhibir consecuencia en interminables discusiones. Hay cierto mesianismo en suponer que el pueblo premiará a quién sostenga con mayor estoicismo esas reyertas. La acción común en experiencias políticas conjuntas es el camino para dejar atrás esos obstáculos. Pero también resulta necesario intervenir de otra forma en las elecciones. Es evidente que la actitud abstencionista conduce a la marginalidad, puesto que la etapa del 1997-2003 ha sido superada. No solo aumenta la participación en los comicios, sino que existe una valoración popular creciente de la intervención legislativa. Pero actuar en los comicios no implica auto-condenarse a la recepción del 1- 2%. Esta resignación solo preserva un rito de participación testimonial cada dos años. Se ha olvidado que en las elecciones se disputan cargos, cuya obtención amplificaría el desarrollo ulterior. Estas distorsiones se superan abandonando la veneración constitucionalista de los comicios como un ámbito de intervención principista. Allí no se juegan los fundamentos de un proyecto político. Al igual que cualquier votación sindical o estudiantil conviene concertar amplios compromisos, para consumar avances significativos. En Argentina se vive un momento propicio para renovar la construcción de la izquierda. Pero hay que abrir los ojos y remontar los problemas del pasado. Un nuevo curso permitirá gestar el proyecto anticapitalista que el país necesita, para forjar una sociedad de igualdad y justicia. Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). 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