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Gabokpo10

Usuario (Argentina)

Primer post: 20 may 2013Último post: 10 dic 2014
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Colección de chistes del Flaco Pailos
Colección de chistes del Flaco Pailos
HumorporAnónimo12/10/2014

Fernando Pailos, mas conocido como "El flaco" Pailos es un humorista cordobés que nos deleita con sus chistes sobre política, borrachos, médicos y diversos temas, en este post, mi idea es que sus fanaticos encuentren sus chistes favoritos y los que no lo conocen, lo comiencen a conocer por sus increíbles chistes, y sin mas adelanto, comencemos con los chistes! En las épocas del famoso capitán bravo, cada vez que un barco enemigo se aproximaba, siempre se repetía lo mismo, su ayudante, el comandante Pérez exclamaba: -Capitán Bravo! Barco enemigo a la vista! Ante el aviso, el capitán bravo siempre repetía lo mismo -Pérez, traigame mi camisa roja El capitán bravo se colocaba la camisa roja y salía a combatir con fiereza. Los marineros se preguntaban por que carajo el capitán Bravo se colocaba su camisa roja para combatir, a lo que el capitán bravo les respondia: -La camisa roja es de suma importancia en nuestros combates, debido al hecho de que si me hieren en batalla, ustedes no distingan la sangre y sigan combatiendo sin preocuparse por mi. Ante ese acto de valor, toda la tripulación se sumo a un sonoro aplauso hacia el capitán. A la mañana siguiente se repitió el mismo proceso, Pérez exclamando la llegada de un barco enemigo y el capitán Bravo pidiendo su camisa roja. Hasta que un día, el comandante pérez vio algo que lo sorprendió de sobremanera: -Capitán Bravo vienen cuarenta barcos enemigos en camino! Ante el aviso, el capitán bravo se tomó un momento para pensar y luego exclamo -Comandante Pérez... Traiga mi pantalón marrón... (Barra separadora trucha) ¿Que es una elección? Es lo que expelimenta un chino cuando ve una pelicula polno (Barra separadora trucha) Estaba la presidenta Cristina Fernandez de Kirchner y su chofer conduciendo en la ruta 2 cuando de repente, una yegua se cruza en su camino y el auto la atropella, Cristina, calmada le indica a su chofer que vaya a avisarle a los dueños del lugar que accidentalmente habían atropellado a su animal. Luego de un par de horas, Cristina Observa que su chofer esta volviendo al auto completamente alcoholizado y con un habano en la boca. -Pero que es esto!?-Exclamo Cristina descontenta con la actitud de su chofer -No se, yo llegue a la casa, el señor me invito una botella de vino, la señora me dio unos habanos y la hija mes hizo el amor -Pero que les dijiste? -Buenas tardes, soy el chofer de Cristina, acabo de matar a la yegua... (Barra separadora trucha) En la sede de los récords guiness, ubicada en Estados Unidos, se está realizando la actualización anual de los récords. Por lo que diversos personajes se hacen presente para verificar que sus récords sigan en vigencia. La primera en entrar es blancanieves, la cual, al cabo de un par de minutos sale feliz de la vida exclamando -¡Sigo siendo la mujer mas Bella del mundo, que alegría! Luego de blancanieves, se presenta Dumbo, el cual, al igual que blancanieves, sale de la sede con felicidad exclamando: -¡Sigo siendo el elefante más famoso del mundo! Luego de Dumbo, le toca el turno a Alí Baba y los cuarente ladrones, los cuales, al contrario que blancanieves y dumbo, habían perdido su récord, cuando los otros personajes se acercaron a consolarlo, Ali Baba comenzo a gritar entre llantos: -¡Pero me pueden decir quien mierda son Cristina Kirchner y su gabinete!? (Barra separadora trucha) -¿Que hace un político para que su hijo no sea corrupto y ladrón? Lo entrega en adopción -¿Que diferencia hay entre un político atropellado en la ruta y un perro atropellado en la ruta? Que el que atropello al perro intento frenar -Que sale de la cruza entre Nestor Kirchner y Elisa carrió? Un bizcocho de grasa -Porque los políticos son como las bananas? Porque no hay ninguno derecho (Barra separadora trucha) Yo no soy machista, el machista es dios que hizo inferior a la mujer. (Barra separadora trucha) -¿El paraíso porque fue paraíso? Porque Adán no tenia suegra (Barra separadora trucha) Estaba cacho parado frente al televisor viendo los números ganadores de la lotería, cuando se da cuenta que su boleto era el ganador, Entonces sale corriendo y le grita a su mujer las buenas nuevas, la cual estaba en la vereda de en frente y sale corriendo a ver el boleto, pero antes de llegar, la atropella un colectivo a los que Cacho reacciona diciendo -Y bueno, cuando hay suerte, hay suerte (Barra separadora trucha) Se encuentran dos amigos en un bar después de mucho tiempo sin verse y comienzan a ponerse al día: -Me enteré que tenes novia -Si una muy mona -Es linda? -No, bajita, encorvada y peluda (Barra separadora trucha) Llega la madre del trabajo y se sorprende de que su hijo no venga a recibirla, por lo que le grita -Jorgito que estas haciendo? -Estoy jugando con los que sale de los huevos -Pero que ordinario de porquería te voy a reventar! -Bueno! Si es tanto quilombo no compres mas huevos kinder! (Barra separadora trucha) En un bar de san telmo siempre se juntaban tres amigas a hablar acerca de sus respectivas relaciones, debido a que una era casada, otra estaba de novia y la tercera era una amante clandestina, la casada le propone una idea a las otras dos -¿Que les parece si hoy a la noche esperamos a nuestras parejas con lanceria negra, tacones aguja y petalos de rosa en alrededor de la cama? Las otras dos accedieron y al día siguiente se juntaron a comentar que había ocurrido Comenzó la amante clandestina: -A mi me fue genial, Cuando Juan me vio vestida así sobre la cama, se me tiro encima e hicimos el amor cinco veces Continuo relatando la que estaba de novia -A mi me fue bien, cuando pedro me vio así, comenzó a desnudarse e hicimos el amor tres veces La siguiente era la casada: -Cuando Ricardo me vio así, se saco los pantalones, se sentó en el sillón y me dijo -Che batman, podes preparar la comida? (Barra separadora trucha) Entra un borracho a un bar dando un portazo y comienza a los gritos -¿¡Quien se cree muy gallito aca eh!? A lo que se levanta un tipo musculoso que media dos metros y le responde -Yo me creo muy gallito -Perfecto, mañana levantame a las cinco Comentar es gratis

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Eduardo Sacheri (megapost)
ArteporAnónimo5/21/2013

En este post quiero hacerle un homenaje al mejor escritor argentino en la actualidad, Eduardo Sacheri, quien rondando por los cuarenta años ha logrado lo que muchos escritores no lograron en vidas enteras. Escribir un best-seller es el sueño de casi todos lo escritores, pocos lo han echo, ni hablar que el mismo libro sea llevado al cine, ni imaginar que también gane un óscar esa adaptación. Para Eduardo Sacheri eso ha dejado de ser un sueño para convertirse en una realidad. Y un detalle extra: solo 7 adaptaciones de libros que no sean estadounidenses han ganado un óscar. Solo siete personas. Algo que ni siquiera Borges logro. Licenciado en Historia, ejerce como profesor de secundaria y universitario. Comenzó a escribir cuentos a mediados de la década de 1990, relatos futboleros que encontraron una amplia audiencia gracias a la difusión que de ellos hizo Alejandro Apo en su programa “Todo con afecto”, que se emitía por Radio Continental. 1 Reconocido hincha del Club Atletico Independiente, Sacheri expresa en los relatos su gran pasión por el fútbol de una manera atrapante, entretenida, y amable, demostrando un perfecto entendimiento de la cultura futbolera popular argentina. Además de varios libros de relatos, ha escrito dos novelas. La primera, La pregunta de sus ojos (2005), fue llevada al cine por el director Juan José Campanella con el título El secreto de sus ojos y ha cosechado numerosos premios, entre ellos el Oscar a la mejor película extranjera 2010. El guion de la película fue escrito por Campanella y Sacheri. Algunas de sus narraciones han sido publicadas en medios gráficos de la Argentina, Colombia y España, e incluidas por el Ministerio de Educación argentino en sus campañas de estímulo de la lectura. Su obra está siendo traducida al alemán, francés y otros idiomas. Actualmente, Sacheri está trabajando en la adaptación de un cuento de Roberto Fontanarrosa para la nueva película animada de Juan José Campanella, y que llevará el título Metegol. Su última obra es "Papeles en el viento", y fue publicada en agosto del 2011. A continuación les dejo algunos de sus textos que aparecieron en el gráfico. Tirate a la derecha: Dueños de nuestros actos. Así nos gusta sentirnos, al menos en esta cultura occidental en la que, mal que mal, nos desenvolvemos. Preferimos vernos como seres racionales, pensantes, capaces de tomar decisiones. No estamos convencidos, como los antiguos griegos, de que el destino es una fuerza indomable que obedece al capricho de los dioses y juega con nuestras vidas a su antojo. En otras palabras, nos gusta pensar que nuestros actos edifican de un modo u otro nuestras vidas. Que nuestras decisiones, nuestras omisiones, aun nuestras dudas, configuran lo que habrá de sucedernos. No significa esto que neguemos la existencia del azar. Puede que no. Puede que aceptemos que la suerte –o su ausencia– forma parte del conjunto. Pero no tenemos el fatalismo de sentir que nuestras vidas son ajenas a nuestros impulsos y nuestras acciones. Al contrario. Lo que nos sucede es, al menos en parte, consecuencia de nuestros actos. Y, sin embargo, hay una esfera de la vida que para muchos de nosotros reviste una importancia casi capital sobre la que no tenemos prácticamente injerencia ninguna: el fútbol. No hablo del fútbol chúcaro en el que muchos de nosotros gastamos lo poco que nos queda de oxígeno y articulaciones. El fútbol amateur sí nos tiene como protagonistas. Allí sí, lo que hacemos determina los resultados. Lo que hacemos o (en la mayoría de los casos) lo que no somos capaces de hacer con la pelota. Pero hay otro fútbol, que nos importa tanto como este, en el que no tenemos “ni arte ni parte”, como diría mi madre, que sabe un montón de refranes y expresiones castizas. Hablo del fútbol profesional. Del fútbol como hinchas. Bien mirada, la situación reviste una crueldad del tamaño de un portaviones. Una vez que hemos elegido un club, una camiseta, ya no hay vuelta atrás. No importa por qué la hemos elegido, si por herencia, por un regalo oportuno de un tío canchero, por una campaña afortunada de tal o cual institución o hasta por oposición al legado que se nos quiere imponer. Para el caso da igual. Hay un momento en nuestras vidas en el que ya no podemos cambiar. No queremos cambiar. No vamos a cambiar. La fidelidad que hemos construido, aunque pueda haber tenido en su origen motivos futbolísticos, pronto deja de tenerlos. Me explico mejor. Pongamos que me hice hincha del equipo Equis porque se coronó campeón después de una campaña memorable en la que desplegó un juego despampanante. El equipo Equis no va a jugar así para siempre. Puede suceder que el año próximo los mejores jugadores emigren al fútbol español, brasileño, ucraniano o uzbeko, donde ganarán mucho más dinero que en nuestra noble patria. Y que el lugar que dejan vacante esos nobles prohombres sea ocupado por una manga de palurdos, torpes percherones lastimeros que sepan de fútbol lo que yo sé de química molecular (que es nada, aclaro). ¿Acaso voy a renunciar a mi fidelidad por Equis? No. Ni se me cruzará por la cabeza. Seguiré hinchando por esa camiseta, independientemente de quienes la vistan y de que tan horriblemente jueguen. Y mi humor cotidiano tendrá mucho que ver con cómo les vaya el fin de semana. Y la materia de mis insomnios. Y la ternura de mis esperanzas. Es verdad que, salvo que yo sea más estúpido que la media, seguiré considerando que hay cosas más importantes que el equipo Equis. Pero los avatares de su desempeño teñirán, como una pátina, un esfumado, esas otras cosas más importantes. Si las cosas importantes de mi vida van mal, el razonamiento será: “No me sale una, pero por lo menos Equis anda bien”. Y si las cosas de mi vida marchan bien, tal vez el diálogo íntimo diga: “Es cierto que mi vida camina bárbaro, y, sin embargo, a Equis le está yendo para el traste”. Ahí estará esa pátina, ese telón de fondo, esa especie de luz de cielo límpido o nublado que teñirá el resto de los colores. Y no hay nada –repito–, NADA que podamos hacer al respecto. Nosotros no jugamos en Equis. No somos dirigentes de Equis. No formamos parte del cuerpo técnico del plantel profesional. Como mucho vamos a la cancha, siempre y cuando dispongamos de unos cuantos mangos, y la cancha no nos quede a quinientos kilómetros (cosa que acontece mucho más a menudo de lo que muchos porteños gustan de pensar). Y ahí estamos nosotros, los hinchas de Equis. Con mucho para desear, con mucho para padecer, con mucho para perder, con mucho para añorar, pero con NADA para hacer. Y en ese terreno fértil que queda a mitad de camino del amor, de la inacción y de la impotencia, surgen las cábalas. Esas fantochadas, esas burdas elucubraciones inútiles que casi todos los futboleros fabricamos en la necesidad de sentir que sí, que sí tenemos parte, que sí hay algo que depende de nosotros en este entuerto. Detengámonos por un instante, amigos lectores. Todos. Todos nosotros, futboleros y cabuleros como somos. Usted amigo, sí usted, sáquese ese ridículo sombrerito tipo Piluso que utiliza desde que Chacarita salió campeón en el 69. Lárguelo, le digo. O usted, amiga. Sí, a usted le hablo, señora. Quítese ese colgante de cuernitos que usa desde que Mostaza Merlo sacó campeón a la Academia en 2001. Los dos de allá, los del fondo, los de la camiseta de Boca. Pongan para lavar de una buena vez esas camisetas que usan desde que Bianchi ganó el primer torneo, allá por el 98. Sí, esas que tienen la banda amarilla bien ancha. Y ahora los demás. Largando los amuletos. Despacio. Pongamos las manos donde el resto pueda verlas. Lo mismo con los sillones, sillas, mecedoras y banquitos. Esos que, según ustedes, les garantizan el triunfo, porque vaya a saber en qué año, sentados ahí, ganaron tal o cual partido memorable. Ahora las radios portátiles. Sí, por favor. No se resistan. Las radios también. Esas que tienen tantos años que consumen más que un Ford Fairlane. Esas que ahora no pueden llevar a la cancha porque cada pila puede convertirse en un proyectil asesino de medio kilogramo. Ya sé que con esa radio, y con ninguna otra, escucharon la vuelta olímpica que les contó Fioravanti, Muñoz o Víctor Hugo. Por último, los que cultivan el género de “Cábala-promesa”. No se hagan los giles. No me pongan carita de que no entienden. Vamos, que no tengo todo el día. Hablo de esos que prometen en silencio tal o cual conducta ridícula, o dificultosa, o ridícula y dificultosa, con tal de que su equipo gane. ¿Ejemplo? No se hagan los giles. ¿Insisten? Bien. Ahí va uno: “Si mi equipo gana el clásico, no voy ni siquiera a probar la picada de los viernes durante cuatro meses”. ¿Queda claro? Esa estupidez o cualquier otra. Bien. Y ahora, que todos nos hemos despojado de las cábalas. Pensemos. ¿Qué ha cambiado? ¿En qué puede influir que yo vaya a la cancha ataviado siempre con el mismo calzoncillo? ¿En qué puede modificar el destino de mi equipo el hecho de que yo, antes de cada fecha, comulgue en la misa de siete de los viernes? ¿Qué influencia puede tener, sobre los innumerables eventos de un partido, que yo me bese el codo izquierdo en cada ataque de los rivales? ¿Qué injerencia posee, sobre el desempeño del equipo, mi ingesta de salamín? No sirve de nada. No modifica nada. No cambia nada. Y, sin embargo, los futboleros necesitamos fantasear con que sí, con que conservamos algo de control, con que algo que hagamos, o que digamos, o que establezcamos, como sumos sacerdotes de una religión que únicamente nosotros comprendemos, obrará el milagro de poner a esos fulanos a jugar al fútbol como deben. Ahora, mientras busco ponerle el punto final a esta columna, me asalta un recuerdo. Año 1980, 1981, no estoy seguro. Tribuna popular local de la cancha de River. Mi hermano me ha llevado a ver a su equipo. No cabe un alfiler. No me acuerdo contra quién juegan los millonarios. Pero sí me acuerdo de que, con el partido 0 a 0, el árbitro cobra un penal para los visitantes en el arco que da hacia donde estamos nosotros. Justo detrás de mí, también de pie, hay un anciano. Y el viejo murmura, mientras el Pato Fillol se agazapa: “Tirate a la derecha, Pato. Tirate a la derecha”. Sobreviene el penal. Y el Pato ataja el disparo, arrojándose hacia su lado derecho. El viejo, jubiloso, repite una vez y otra que el Pato lo escuchó. No lo dice en sentido figurado. Lo dice y lo repite hasta el cansancio (cansancio ajeno, de los que estamos cerca del viejo, porque él continúa reiterándolo, feliz e imperturbable) convencido de que si River no va perdiendo es gracias a él, a su pálpito apenas murmurado, pálpito que de un modo mágico e inexplicable ha sobrevolado miles de cabezas, la bandeja inferior de la tribuna Almirante Brown, la pista de atletismo, la hilera de fotógrafos y bomberos, hasta aterrizar en la renegrida cabellera del Pato Fillol y convencerlo de que el penal era justo ahí, abajo y a la derecha. En fin, basta por hoy. A ver usted, el de Chacarita. No se olvide el gorro tipo Piluso. ¿De quiénes eran estas dos camisetas de Boca? Bien, aquí las tienen. Acá me queda una radio portátil sin dueño… De nada. Retirémonos en orden. Y sí, sigamos con nuestras cábalas. ¿O acaso el fútbol no necesita, también, de nuestra perpetua inocencia? Lecciones de piano: Cuando estaba en segundo año del secundario se me ocurrió convertirme en pianista para enamorar a las chicas. Debo confesar que en aquella época yo era un tanto proclive a los proyectos faraónicos. Me dejaba llevar con facilidad por la fantasía, y compensaba mis numerosas inseguridades imaginando un futuro –cercano, tangible, palpable– en el que lograba alcanzar metas heroicas y complicadas. Si lo pienso a la luz de la madurez, creo advertir cierta ingenuidad en algunos de esos proyectos, cierta cándida confianza en que, consiguiendo “ALGO”, logrando “ESO”, las barreras que se alzaban entre la felicidad y mi persona iban a derrumbarse con júbilo y con estrépito. No temo que el lector me acuse de simplote y facilista. Y no lo temo porque yo mismo me acuso de ambas cosas. Esta tendencia a confiar en hazañas de dudoso mérito, que me abriesen de par en par el porvenir, puedo rastrearla desde mi más tierna infancia. Recuerdo, por ejemplo, que en la Nochebuena de 1974 me obligué a dar una vuelta manzana completa, saltando sobre el pie derecho, bajo la consigna de “si no me caigo en toda la vuelta, Papá Noel me va a traer el revólver de cebita que le pedí”. No sé si fui capaz de la proeza, o si en algún momento cambié de pie de apoyo. Pero el desafío rindió sus frutos, porque el gordo de traje polar se portó de maravillas esa noche y depositó, sobre el falso abeto del comedor, un revolver de seis alvéolos que metía un batifondo de exterminio en cada disparo. Cuando llegué a la adolescencia mantuve la costumbre de esos íntimos desafíos, pero cambió la materia: ya no me interesaban los revólveres a cebita, sino el amor de las mujeres. Sin ir más lejos, me pasé buena parte de séptimo grado planificando el ingreso al Liceo Naval. No lo hice porque me interesara la carrera militar, sino porque estaba convencido de que, vestido con el uniforme de cadete, ninguna jovencita de Castelar iba a resistirse a enamorarse de mí hasta la más recóndita de sus células. Finalmente el proyecto del Liceo no prosperó (no me preocupaban tanto los exámenes de ingreso como la dieta para bajar de peso que debería seguir si quería superar la prueba física). Pero me quedó esa especie de vicio por asociar una epopeya descabellada con el amor inminente de las mujeres de mis sueños. Y así es como, en segundo año del secundario, alumbré la teoría de que los poetas y los músicos tienen a las mujeres comiendo de la palma de su mano. Según mi mamá, yo tenía un oído musical privilegiado. Y la imagen de mí mismo, agazapado sobre el instrumento, enérgico, concentrado, sentado sobre el alto taburete, el ceño fruncido, un mechón rebelde cayéndome sobre la frente, me seducía de tal modo que no podía concebir que a las chicas no les sucediera lo mismo. Cuando le conté a mi madre mis proyectos musicales ella saltó de alegría. Claro que mantuve en secreto que el fin último de mi futura carrera de concertista era levantar minas. Me pareció mejor que creyera que lo mío era puro amor al arte. Y mi madre reflotó su hipótesis de mi privilegiado oído musical y prometió averiguar con las vecinas para que le recomendaran una profesora. Unas semanas después yo me encontraba, un martes a la hora de la siesta, frente a la puerta de la que sería mi profesora de piano. No recuerdo su nombre, pero sí que era alta, de rasgos severos, ojos claros y una edad indefinida entre los sesenta y los doscientos veinte años. Su casa olía a comidas que en mi casa no se comían, o a una cera distinta para los pisos. O a las dos cosas. El piano estaba en el living de su casa y yo, que entraba por la puerta de la cocina, debía atravesar varias habitaciones y calzarme los patines al llegar a la sala, porque los pisos estaban encerados con paciencia de relojero. Las primeras clases anduvieron bien. Versaron sobre ponerle un número a cada dedo, ubicar las siete octavas que tenía ese piano, aprender a ligar las notas en largas escalas ascendentes y descendentes, con la mano derecha en las escalas agudas y con la mano izquierda en las escalas graves y así sucesivamente. Lo cierto es que aprendía rápido, hasta el punto de que llegué a sospechar que tal vez mi mami, con ese desmesurado elogio de progenitora había acertado. El único motivo de inquietud lo tuve una tarde en la que mi profesora me señaló un magullón a medio cicatrizar que yo tenía cerca del codo izquierdo. Con ojos entrecerrados de sospecha me preguntó qué me había pasado. Evitando mayores precisiones, respondí “Gimnasia”, con ese laconismo que me caracterizaba a principios de la década del 80. La profesora frunció un poco los labios, aceptó mis dichos y murmuró algo así como “Cuidado con esos dedos, Sacheri. Cuidado con esos dedos”. Yo tragué saliva y continué con mis escalas, bajo la atenta mirada de la pedagoga. Me cuidé bien de decir, porque podía ser chico y tímido, pero no idiota, que en realidad me lo había hecho jugando al fútbol y jugando como arquero, que era lo que yo hacía en esa época. Creo que alguna vez he comentado algo al respecto, de manera que no los voy a aburrir. El hecho es que pasé la adolescencia bajo los tres palos, supliendo con arrojo, reflejos y voluntad lo que me faltaba de talento. Tal vez para cualquier persona con dos dedos de frente, ser arquero y ser pianista eran ocupaciones antitéticas. Pero yo no estaba dispuesto a elegir. Una me gustaba mucho. Y a la otra la consideraba la llave maestra para seducir mujeres, según expliqué al principio. De manera que no iba a permitir que me vinieran con disyuntivas. En alguna cena familiar mi madre había deslizado que, tal vez, mi carrera de pianista no era del todo compatible con mi puesto en la cancha. Pero yo le aseguré que siempre atajaba con guantes (era verdad), que me cuidaba mucho las manos (era mentira), que puesto a elegir entre evitar un gol y preservar el físico siempre optaba por lo segundo (era más mentira todavía) y que me importaba mucho más aprender piano que jugar al fútbol (era tan mentira que ahora me da mucha vergüenza reconocerlo, mamá, perdoname). Pero ¿qué adolescente no se siente un poco, o “un mucho”, omnipotente? Terminé segundo año y entré a tercero. Y porque estaba pegando el estirón, o porque el número de granos en mi cara tendía a disminuir, o porque mi cuerpo estaba dejando de asemejar un pequeño barril de ron de barco pirata o porque sí, las chicas empezaban a considerarme, al menos, un ser humano al que se podía saludar y con el que se podía mantener una conversación. Claro que yo lo atribuía, sin demasiado basamento científico, a mi más que promisoria carrera como concertista. La verdad es que me gustaba tocar el piano, aunque me aburría sobremanera tener que practicar una vez, y otra vez, cada uno de los ejercicios. En mi casa, por supuesto, no teníamos piano, y yo tenía que ir a practicar a lo de la profesora. La mujer no ponía la menor objeción a que yo ensayara en su casa. El problema es que ella podía oírme perfectamente desde la cocina. Y más de una vez, cuando después de aporrear durante un buen rato las teclas blancas y negras me disponía a hacer mutis por el foro, la buena señora me frenaba en seco, fruncía el ceño, detenía el empanado de las milanesas sobre la mesada de la cocina y con un sucinto “Falta práctica, Sacheri” me devolvía al ejercicio de Schumann. Y así marchaba la vida, conmigo pasando a cuarto año, cuando tuve la mala fortuna de jugar ese partido de morondanga, en la clase de Gimnasia, contra los de quinto tercera. Si algún profe lee esta columna le ruego que no me corrija eso de “Gimnasia”. Ya sé que la materia se llama Educación Física. Pero el profesor petiso, morocho y haragán que debía darnos clase en el Dorrego, en aquellos años, no daba nada, salvo lástima. Así que dejémoslo en Gimnasia y gracias. Nos tiraba una pelota de fútbol para que nos masacrásemos sanamente entre cuarenta en una cancha de quince por quince, y se retiraba a descansar a un costado. Y ahí, en ese partido tonto, uno de esos cotejos que no valen nada, una tarde de otoño que más me hubiera servido quedarme en mi casa, no tuve mejor idea que arrojarme en medio de un revoleo de patas a embolsar un centro rasante. Hasta ahí, todo normal. Pero quiso mi mala estrella que uno de los rivales, aunque la pelota descansaba mansita entre mis manos, me pusiera una patada feroz en la mano derecha. Ustedes no pueden saberlo, pero detuve durante veinte minutos la escritura de esta columna intentando recordar el nombre del imbécil. Sería una dulce venganza escracharlo en las páginas de El Gráfico. Pero por más esfuerzo que hago, no lo consigo. Baste entonces aclarar que era gordito, con pecas, estatura mediana, pésimo jugador. Ojalá te lleguen mis maldiciones, turro. Ojalá que sí. Pero no nos vayamos de tema. No creo que el fulano me haya pegado de mala leche. Calculo que lo hizo de puro imbécil. Y pasó lo que tenía que pasar. Mi dedo meñique derecho hizo un sonido raro, como “chack”, o como “toc”, y me produjo un dolor de incendio, y yo pegué un alarido de rabia y de miedo, porque me imaginé que acababa de fracturarme el dedo. El profesor, viendo peligrar su descanso, se acercó a ver qué había pasado. Me palpó la mano con aires de entendido y diagnosticó “No tenés nada, pibe”. Y siguió el partido. En los días siguientes, mi dedo meñique fue tomando un aspecto monstruoso. Como si tuviera vida propia, aumentó su tamaño hasta un diámetro bastante superior al de mi pulgar, perdió toda movilidad y adquirió una tonalidad morada con vetas de verde topacio y azul volcánico. Cumplida una semana no quedó más remedio que asistir al hospital, y la radiografía no dejó dudas: fractura desplazada de primera falange del meñique derecho. Lo de “desplazada” es casi un eufemismo: los pobres huesos de mi pobre dedo quedaron formando la señal de “camino bifurcado”, pero en blanco sobre negro radiográfico, en lugar de los tradicionales negro y amarillo de los carteles de Vialidad Nacional. Por supuesto, me enyesaron. Y por supuesto, mi profesora me recibió con el rostro consternado. Yo supuse que iba a decirme “No te preocupes, Sacheri, volvé cuando te saquen el yeso”. Pero lo que me dijo fue “Qué problema, Sacheri. En fin, vamos a aprovechar para practicar solfeo”. Y yo, que había pensado que el infierno era el castigo a los pecadores una vez fallecidos, me encontré alzando la mano sana en un rítmico zarandeo para marcar el compas de las interminables cadencias de sol-fa-si-do-do-do, fa-si-do, fa-si-sol, o cosa por el estilo. En los pocos descansos que la prusiana disciplina de mi tutora consideraba menester administrarme, me urgía a abandonar la práctica del fútbol. “Es así, Sacheri, el fútbol o el piano”. Yo la escuchaba, sumiso, sin atreverme jamás a confesarle que el accidente en cuestión me había sucedido jugando de arquero. Confesarle eso habría sido casi como ponerme de pie sobre el taburete y aliviar mis necesidades sobre su piano, tal el tamaño de la afrenta. Mejor el silencio. El silencio y la paciencia. Que al fin y al cabo, lo único grave era esa tortura del solfeo. Pero quiso mi mala fortuna que nos tocase jugar un desafío contra cuarto octava, un sábado de esos. Por supuesto, yo no tenía la menor intención de perdérmelo, aunque tuviese que jugar de defensor o mediocampista. De manera que ahí me fui, con mi yeso, al mejor estilo René van de Kerkhof en la final del 78, y guai de que me dijeran algo. Pero cuando nuestro arquero suplente se comió un gol pavote no pude con mi impaciencia y retorné a mi puesto natural. A mis compañeros les pareció lo más normal del mundo, y acordamos que alguno se mantuviera cerca para despejar los rebotes, porque con el yeso hasta el codo no iba a poder embolsar el balón. Y ahí estuvo el problema. En lo de embolsar. Para tirarme al piso el yeso no era un estorbo tan grande, si uno tenía la precaución de caer sobre el otro brazo o sobre el codo de ese. Pero al no poder flexionar la muñeca ni los dedos, no tenía manera de aferrar la pelota. Casi todo el partido la cosa anduvo. De hecho, lo terminamos ganando con cierta comodidad. Pero en un centro lastimero que estos tipos tiraron a la desesperada no tuve mejor idea que ir con las dos manos arriba, con la idea de descolgar el centro al mejor estilo Carlitos Goyén (el arquero del Rojo en esos años). Pero como no podía doblar una mano se ve que me taré y la otra no me respondió. El caso es que la pelota me pegó, de punta, en el dedo mayor de la mano izquierda. Era una pelota dura, pesada, que encima estaba muy inflada. Y mi dedo medio de la mano izquierda soltó un siniestro “chack”, o tal vez “toc”, que me erizó los pelos de la nuca. Y yo, mientras en el piso me retorcía de dolor (me retorcía, pero no me podía agarrar la mano herida con la otra mano, porque la tenía enyesada), me retorcía también de pánico pensando cómo iba a decirle a mi vieja que no sólo la había desobedecido en cuanto a jugar al fútbol enyesado, sino que había jugado al arco. Y si sobrevivía a la tempestad de la furia materna, me quedaba el tifón de la cólera de la profesora de piano, cuando advirtiera que no me quedaban brazos no digamos para tocar las teclas, sino ni siquiera para alzar durante el sol-fa-si-la-sol del maldito solfeo. Esta vez no demoramos una semana en ir al hospital. Con mi dedo medio izquierdo ya en dimensiones de morcilla (y color al tono, por supuesto) enfilamos otra vez para el Santojanni. El médico me miró con conmiseración. Supongo que su mirada quería decir “Todo imbécil puede ser aún más imbécil”, y me dio la orden para la radiografía. La buena noticia era que mi dedo mayor izquierdo no estaba fracturado, aunque tenía un esguince de Padre y Señor nuestro. La mala nueva fue que, de todas maneras, iban a enyesármelo. Salí del hospital sintiéndome un robot miserable, caminado con las dos manos enyesadas, y anticipándome a las burlas que mis amigos iban a dedicarme. No sólo parecía un Playmobil, sino que mi dedito mayor apuntaba al horizonte en un ademán lleno de procacidad. Pero lo peor no iba a ser la burla de mis amigos. Lo peor fue presentarme en lo de mi profesora de piano. Cuando toqué la puerta (calculo que apreté el timbre con el codo) ella salió al porche, me miró de hito en hito, abrió muy grandes esos ojos fríos que tenía, y me soltó un discurso directo y conciso. “Sacheri, te dije que era el piano o el fútbol.” Yo sabía que me iba a encontrar con esas palabras. O con otras muy parecidas a esas. Por eso me adelanté, le pedí disculpas y le tendí como pude, con la torpeza de mis dos manos enyesadas, los billetes para pagar las clases de ese mes. La saludé, me di vuelta, salí a la vereda y no volví nunca más. Un par de semanas después me sacaron el primero de los yesos. Por supuesto que le prometí a mi madre que no iba a jugar al fútbol hasta que me sacaran al segundo. Y por supuesto mentí. Eso sí, me mantuve lejos del arco hasta que terminaran de desenyesarme. Al final de todo el asunto, el dedo meñique de mi mano derecha mantuvo, desde entonces, una extraña deformación a la altura de la rotura. El otro dedo, por suerte, sanó sin dificultad. Pocos años después dejé el arco definitivamente, para aventurarme en el caos feliz del mediocampo. De todas maneras, mi madre sigue diciendo, para mi pública vergüenza, que debí haber seguido estudiando piano, porque tenía un oído musical privilegiado. Y yo, como en el fondo soy un niño bueno, prefiero callar la verdad, y darle la razón. En cuanto a la tarea de enamorar mujeres, verdadero motor de toda mi aventura como concertista, siguió siendo una tarea ardua, compleja, y raramente coronada por el éxito. ¿Será por eso que terminé dedicándome a la escritura? 22 de junio de 1986: Para junio de 1986 yo llevaba un año y un mes de novio con Gabriela, una morocha de ojos enormes y curvas inquietantes que me tenía absolutamente encandilado. Éramos chicos, eran otros tiempos, y su familia me ponía las cosas un tanto difíciles. En sus conversaciones, en sus permisos y sus prohibiciones, yo no conseguía traspasar la categoría de “amiguito”. Solo Gabriela –Gaby, como la llamaba todo el mundo- aludía a su “novio”. Ni su padre, ni su madre, ni su hermano mayor, utilizaban semejante calificativo para mencionarme. En realidad, supongo que me mencionaban lo menos posible. Y cuando lo hacían, era para unir mi nombre al de alguna prohibición. No, no podés salir el sábado a la noche con Eduardo. No, no queremos que Eduardo te visite en las vacaciones en Villa Gesell. No, no nos parece bien que vayas a la casa de Eduardo. No, no nos importa que en su casa estén su madre y su hermana. No, no estamos de acuerdo en que te pases media hora hablando por teléfono con tu amiguito Eduardo. Cosas así. Como mi novia estaba más buena que el flan con dulce de leche me armé de paciencia, y me acostumbré a volverme transparente. Con puntualidad de tren alemán me habitué a despedirla en el zaguán de su casa un minuto antes de las nueve de la noche, con disciplina de monje budista me acostumbré a cortar el teléfono a los diez minutos de conversación, y con ardides de agente secreto me las ingenié para verla a hurtadillas durante sus dichosas vacaciones en Villa Gesell. Y así fue pasando el tiempo. Hasta que de repente, sin prólogos que me hicieran intuir un cambio semejante, y cuando ya llevábamos un año cumplido en esas lides, fui oficialmente invitado a comer en casa de mi novia, un domingo a mediodía. A comer un asado, más precisamente. Ella me lo contó desbordante de alegría. Nuestro amor, al parecer, había derribado los altos muros de la desconfianza de sus progenitores. “¿Justo el domingo que viene?”, pregunté yo. “¡Este domingo!” confirmó mi novia, en el colmo de la dicha. A veces la vida es así: nos pone a prueba, nos otorga algo que hemos deseado, pero en condiciones que convierten en una desgracia lo que debería ser un regalo del Cielo. Porque el domingo siguiente no era cualquier domingo. Era el domingo más difícil, más importante, más complicado y más desesperante de mi vida. El domingo siguiente era 22 de junio de 1986. Jugaba Argentina. Jugaba un partido del campeonato mundial de México. Jugaba por cuartos de final. Jugaba contra Inglaterra. “¿Pasa algo malo?”, me preguntó mi novia. Abrí grandes los ojos y murmuré que no, aclarando que justo el domingo, a las tres de la tarde, Argentina jugaba contra Inglaterra. Mi novia, en el mejor de los mundos, se alegró con la noticia. “¡Mejor –aseguró- así vemos todos juntos el partido después del asado!”. ¿Cómo explicarle la verdad? Hay cosas que se saben, o que no se saben, pero que no se explican. Hay partidos que se miran con tranquilidad, partidos que se miran con preocupación, partidos que se viven con desesperación, y partidos que se sufren al borde del abismo. Y, por supuesto, ese partido contra Inglaterra pertenecía al último grupo. Y eso es algo que solo los futboleros pueden entender. Durante los mundiales, sobre todo durante ese mundial de México, los argentinos no futboleros se asomaron al fútbol con interés, con entusiasmo, maravillados por lo que hacían Maradona y la selección de Bilardo. Triunfo ante los coreanos, empate con autoridad frente a la Italia campeona, victoria cómoda ante Bulgaria, victoria sufrida pero merecida frente a Uruguay por octavos… La gente que no es del fútbol supone que después de una victoria lo más probable es que haya otra victoria. Los futboleros, en cambio, sabemos cuánto dolor nos aguarda siempre en el futuro. Y si no es dolor, por lo menos, cuánta incertidumbre. Que los partidos no se ganan por currículum. Que hay seis millones de cosas que pueden salir mal en un partido. Que el fútbol es cualquier cosa menos justo. Que mil veces hemos merecido ganar y no ganamos. De manera que los futboleros llegábamos a ese partido contra Inglaterra con la sensación inhóspita de que hubiésemos preferido cualquier otro rival para el partido de cuartos. Claro que el incentivo de ganarles y dejarlos afuera era interesantísimo. Pero al mismo tiempo, el terror de que fueran los ingleses los que nos dejaran afuera nos ponía al borde del pánico. Por supuesto que ganar ese partido, o ganar el mundial, no iba a arreglar el dolor enorme de Malvinas, y todos esos chicos muertos. Pero perder ese partido, perderlo con ellos, volvería todo más cruel, más amargo, más injusto. A mí nunca me ha gustado mezclar la política y la nación con el deporte, pero en ese caso, en ese año, después de todo lo que habíamos sufrido, yo sentía que el domingo 22 era una frontera definitiva. Y la buena de mi novia me invitaba a ver el partido más importante de mi vida en presencia de su familia en pleno. Yo no sé ustedes, pero yo veo los partidos importantes como si estuviera en la cancha. Grito, salto, comento, puteo, reclamo, gambeteo, sudo, relato, gesticulo, despejo los balones sueltos en el área propia, estiro la pierna para llegar con lo justo a las pelotas indecisas de la mitad de la cancha. En otras palabras: doy un espectáculo bochornoso para cualquiera que no entienda de este juego. Cualquiera que me observe sin entender de qué se trata, deberá concluir que soy un loco o un infradotado, o un loco infradotado. De manera que ver ese partido, EL partido del mundial, como figurita de estreno en la casa de mi novia me ponía en riesgo de convertir mi debut en despedida. Quedaba una chance a favor: que mi proyecto de suegro, y mi proyecto de cuñado fuesen futboleros a muerte, esos tipos que comparten tus códigos y que saben de qué se trata. Si ese era el caso, santa solución. Los tipos iban a estar tan carcomidos por los nervios como yo, y apenas me iban a llevar el apunte. Lástima que no era el caso: el padre y el hermano de mi novia eran tenistas. Tenistas de estos que juegan todas las semanas. Tenistas de club, de zapatillas blancas, de bolsos grandes, tenistas de nos tomamos una cerveza después del partido. Aclaro que, por mi parte, no tengo ningún problema con los tenistas. El problema era tener que ver el partido más difícil de mi vida como hincha, al lado de dos tipos que veían fútbol nada más que en los mundiales. Traté de explicarle a mi novia que no podía aceptar su invitación. Que iba a dar un espectáculo vergonzoso, que si hasta ahora en su casa me miraban con recelo, de ahora en más lo harían con repugnancia. Ella me miró con ojos acuosos, me habló de la alegría que había sentido con la invitación, de sus esperanzas de que de ahora en adelante podríamos salir los sábados a la noche sin la oposición de sus padres… La carne es débil. Sobre todo la mía. La sola posibilidad de salir con ella de noche, y sobre todo de pasear en el auto, y sobre todo despedirla en el zaguán de su casa sin la delatora luz diurna arruinando cualquier aproximación que uno intentase, pudo más que mis justificadas prevenciones. Ese día me tomé el tren en Castelar poco después de las doce. Iba de pie, cerca de una de las puertas, apoyado en uno de los parapetos. Era un domingo gris, frío, típico de junio. En el parante de enfrente viajaba un tipo. En un momento nuestros ojos se cruzaron. No nos conocíamos. Nunca nos habíamos visto. Jamás volvimos a vernos. Pero en ese momento los dos hicimos el mismo gesto con las cejas y los ojos. Gesto de “Mama mía, qué partido nos espera”. Después volvimos a mirar el suelo o el paisaje más allá de las ventanillas. Cuando bajé en Ramos Mejía volvimos a mirarnos. Ahora el gesto significó “Ojalá. Ojalá que se nos dé”. Y eso fue todo. Cuando llegué a lo de mi novia puse cara de muchacho bueno, atendí a las presentaciones, elogié los preparativos del asado: lo que se espera de todo novio recién presentado y bien nacido. Cuando nos sentamos a comer tuve un instante de incredulidad. Esa gente comía el asado como si no fuera a existir un mañana. Con la angustia que yo cargaba, no me entraba una arveja de canto. Pero el resto de los comensales les daba a las achuras, al vacío, a la tira, al vino y a la ensalada como si la vida fuese coser y cantar. “¿No comés, Eduardo? ¿No tenés hambre? Gaby nos dijo que el asado te gustaba mucho!”. Yo dije que sí, que no, que sí me gustaba, pero que me sentía ligeramente mareado, enfermo, indispuesto, indigestado, no sé, o todo junto. Y lo dije con sonrisa de estampa, como si también para mí la vida fuese nada más que ese mediodía gris, el postre y la sobremesa. Cada cinco minutos miraba la hora y calculaba: deben haber llegado al estadio Azteca; deben estar reconociendo el campo de juego; deben estar en la charla técnica. Cuando se hizo la hora pregunté si podía poner la radio para escuchar el relato de Víctor Hugo. Me miraron como si fuese un visitante de Venus. “Mirá que por la tele lo relatan”, me explicaron los tenistas, con amplio espíritu pedagógico. ¿Qué responderles? Yo tenía mis razones para pedirlo. Uno: los relatores de radio me parecían mucho mejores que los de la tele. Dos: venía escuchando a Víctor Hugo desde el debut contra los coreanos, y no pensaba cambiar la cábala aunque explotase el mundo. Finalmente accedieron, tal vez por no llevarle la contra al loco recién llegado. Les ruego, señores lectores, que se tomen un instante para evaluar mi situación. Muchos de ustedes habrán tenido la necesidad, alguna vez, de dar la imagen de un joven educado, centrado, simpático, cortés, amable, conversador y tranquilo. Ahora supongan que les hubiese tocado fingirse así durante el partido en que Argentina se jugaba, contra los ingleses, la chance de pasar a semifinales del Mundial de México. ¿Adquieren ustedes la dimensión de mi martirio? El primer gol de Diego no lo grité. Ya dije que tenía puesta la radio con el relato de Víctor Hugo, que vio la mano de Dios como casi nadie, y lo dijo de inmediato. Por eso, mientras a mi alrededor todos gritaban y saltaban y festejaban, yo me limité a mirarlo a Maradona deseando que lo enfocaran al línea, o al árbitro, o a los dos, para asegurarme de que sí, de que lo habían cobrado. Cuando me convencí de que sí lo convalidaban, solté un par de gritos, pero no los alaridos desaforados que habría proferido en directo. Fueron un par de gritos civilizados, contenidos, gentiles, mesurados. Pero lo que vino después se me fue absolutamente de las manos. Cuando cuatro minutos más tarde Maradona recibió de Héctor Enrique un pase intrascendente, seis metros detrás del mediocampo, y encaró hacia el mejor gol de la historia, no pude menos que ponerme de pie, como hace uno cuando está en la cancha y siente que algo está por pasar. Sé que me mantuve en silencio los siguientes segundos, mientras Diego avanzaba por izquierda gambeteando ingleses. Sé que dejé de respirar cuando se tomó un instante para quedar de vuelta de zurdo, después del último enganche al dejar pagando a Shilton. Y después no sé más nada. Mejor dicho, cuando recupero la consciencia, estoy colgado de los barrotes de una ventana, a un metro del suelo, con los pies sobre el alfeizar, gritando como un enajenado, insultando a los ingleses y a la madre que los parió, deshaciéndome la garganta, descoyuntándome la mandíbula, desintegrándome las cuerdas vocales, que es el único modo de gritar un gol como ese. O me bajó la presión, o me quedé sin aire, o simplemente la vida volvió a ponerse en movimiento. Lo cierto es que terminé por darme cuenta del sitio en el que estaba. Aun sin darme vuelta sabía que, detrás, debían estar mi hipotético suegro, mi hipotética suegra y mi hipotético cuñado, preguntándose qué clase de salvaje pretendía convertirse en el novio oficial de su hija menor. Junté valor, solté los barrotes y me dejé caer al piso. Me levanté dispuesto a que me indicaran en qué dirección estaba la puerta. Y sin embargo, nadie me estaba mirando. Todos, empezando por los tenistas, seguían con los ojos clavados en el televisor, mientras repetían una vez y otra vez ese gol imposible. Me acerqué al grupo, sacudiéndome el polvo de las rodillas y carraspeando para recuperar aunque fuera un hilo de voz. “¿Qué golazo, no?”. Comentaron. Dije que sí. Como quien no quiere la cosa, limpié como pude las marcas de mis zapatos en la ventana. Nadie mencionó –nadie había visto- mis acrobacias ni mis gritos ni mis insultos. Volví a mi sitio y seguí viendo el partido. Eso sí, después del gol de Lineker preferí salir a la vereda, porque sentía que si los ingleses empataban, después del baile que se habían comido, yo iba a romper el televisor contra la pared que estuviese más a mano, y ya no me salvaba nadie. Me senté en la vereda de Avenida de Mayo y Coronel Díaz, mientras le prometía a Dios ser bueno desde entonces y para siempre, con tal de que Inglaterra no nos empatase ese partido de leyenda. Detuve mis rezos recién cuando escuché los primeros bocinazos. Yo le debo al Diego muchas cosas. La principal son esos goles a Inglaterra. Primero, por lo que esos goles fueron y seguirán siendo para los argentinos. Y segundo, porque sirvieron para dejar pasmados a los tenistas. De lo contrario, en una de esas, la familia de Gaby me repudiaba. Y yo no me casaba con ella, y no tenía los hijos que tengo. Menos mal que, gracias a Maradona, nadie me vio, a los gritos, trepado en la ventana. Dos mundiales y un país de fantasia: Hoy ando con ganas de escribir una ficción, aunque no la tengo fácil. ay ocasiones en que las historias se te ocurren enteritas, de principio a fin, y el escritor lo único que tiene que hacer es dejarse llevar y poner en palabras las imágenes que le han surgido, encadenadas, dentro de sí. Pero otras veces pasa esto: uno tiene algunas imágenes, pero no todas. Entre ellas quedan huecos o mejor dicho, silencios. Eslabones vacíos. Y da mucho trabajo llenarlos. Encontrar el cemento que los aglutine, que les dé coherencia, cuerpo y entidad. Lo que puedo hacer, por el momento, es compartir con ustedes los elementos que sí tengo. Los materiales y las imágenes de las que sí dispongo. Imagino esta historia en 1982, en algún país de América del Sur. Tiene que ser de América del Sur porque ese país de fantasía tiene que estar gobernado por una dictadura militar. Y en América del Sur, a principios de los ochenta, esas dictaduras abundan. Y otro requisito de esta ficción que quiero construir es que se trate de un país futbolero, pero muy futbolero. Y 1982 fue un año de campeonato mundial. Y la ficción que tengo en mente incluye, de modo lateral o no tanto, al fútbol. La cosa es así: este país sudamericano y futbolero se dispone a disputar el Mundial de España, que empieza en junio de 1982. La opinión pública, que no es nadie pero al mismo tiempo son casi todos, abriga muy firmes esperanzas de hacer un estupendo papel en ese campeonato. No son esperanzas infundadas: ese país viene de ganar, en 1978, el Mundial anterior, y en 1979, el Mundial Juvenil. Las perspectivas son estupendas: la base de los campeones del 78 sumados a los pibes del 79. Y entre esos pibes, juega el que –según unos cuantos- está destinado a convertirse en el mejor jugador de fútbol de la historia. En síntesis, la amalgama perfecta entre logros y expectativas, entre experiencia y juventud, entre solidez y lozanía. El alfa y el omega, el ying y el yang, el “nos comemos los chicos crudos” y el “ganamos la copa de punta a punta”. Sin embargo, algo sucede en ese país de fantasía apenas unos meses antes de la hazaña inminente. El gobierno–ya dije que este país sudamericano que imagino está gobernado por una dictadura- lanza una acción militar para recuperar un territorio colonial que ese país viene reclamando desde hace mucho. Acá tengo mis dudas, con lo del territorio. No estoy seguro de dónde situarlo. Podría ser una región selvática y tropical, digamos, amazónica. Ahí da para hablar de mosquitos ponzoñosos, de un calor húmedo e insoportable, de una naturaleza hostil e intimidante. Otra opción serían sus antípodas: una región fría, helada, insular, aislada en medio del mar o del vacío. También aquí la naturaleza puede aportar una dosis de dolor y de tragedia. Creo que esta opción es la mejor. La del sur, la de unas islas frías en medio del océano. Porque, en cierto momento de esta ficción que quiero construir, necesito remarcar la sensación de soledad de los que están en ese territorio. Sí, definitivamente me quedo con las islas australes. Son un estupendo elemento trágico. De todas maneras, elementos trágicos no me faltan. Diría que me sobran. Para poner las cosas difíciles, la reconquista territorial se hace a expensas de una potencia colonial de primer orden. Pongamos por caso, Inglaterra. Una Inglaterra gobernada por los conservadores. Esos son datos importantes. Porque si fuera un país menos colonialista, o un partido político menos colonialista, tal vez los sudamericanos tendrían una chance de salirse con la suya. De conservar ese territorio recuperado. Pero no con Inglaterra, ni con los conservadores ingleses. Porque Inglaterra va a responder a la invasión con la guerra. Ahí ya tenemos un elemento trágico importante. ¿Hay algo más trágico que una guerra? Pero cuidado, que existen todavía más elementos para alimentar el costado trágico de la ficción. Porque este país sudamericano enviará al lugar del conflicto, un ejército formado fundamentalmente, por chicos. Habrá algunos soldados profesionales. Pero la mayoría, no. La mayoría serán chicos de dieciocho o diecinueve años. Saquemos cuentas. Serán de la clase 1962 y 1963. Chicos que son eso: chicos sin experiencia militar, chicos sin vocación de soldados, sin preparación de tales. Chicos. Repasemos los elementos: un lugar frío, lejano y hostil. Una potencia vengadora con deseos de guerra. Un ejército de chicos que no son soldados. Tal vez se me está yendo la mano con esto de la ficción. Tal vez nadie crea posible una historia semejante. ¿Qué sociedad puede estar dispuesta a embarcarse en una aventura así? Agreguemos algunos detalles. En este país de fantasía, el gobierno militar controla los medios de comunicación. Y aquellos medios a los que no controla, se controlan solos. Se cuidan de decir cosas que molesten al régimen. Entonces la improvisación presidencial no es improvisación sino “un plan largamente elaborado”. Y la aventura de recuperar las islas no es una aventura sino “una gesta heroica”. Y la certeza de que los ingleses van a pulverizar a ese ejército de chicos es una mentira, una vil patraña. Como mentira será la muerte, mentira serán el hambre, el frío, el maltrato y el armamento obsoleto e insuficiente. Dios es nuestro. Dios está con nosotros. Nada malo puede ocurrirnos. Vuelvo a detenerme. Releo lo que he escrito y sí, la verdad es que se me fue la mano. Es demasiado inverosímil que un gobierno militar lleve adelante una historia como esta. Es delirante. Supongamos por un instante que no. Que hay personas lo suficientemente enloquecidas o insensibles como para intentar algo así. Pero está el freno de la sociedad. ¿Qué sociedad podría acompañar una locura semejante? Más allá de lo que digan los diarios, las radios, la tele o las revistas. ¿En qué cabeza cabe pelear una guerra contra Inglaterra con un ejército de chicos? Supongo que este debería ser el límite de la ficción que estoy construyendo. Hasta acá puedo inventar esta locura. Más allá, no puedo seguir inventando. Porque sería imposible que la sociedad, o buena parte de ella, se comiera ese caramelito ácido de mentiras y falseamientos y exageraciones e improvisaciones atadas con alambre. Entonces, claro, lo lógico es que la sociedad se mantenga al margen. No puede oponerse abiertamente, porque se trata de una dictadura sangrienta. Pero la población de este país sudamericano, sin dudar manifiesta su oposición a esta locura vaciando las plazas, arriando las banderas, desoyendo las marchas militares. Si este es un país de gente sana, esa gente se refugia en sus casas para evitar aparecer como cómplices de la aventura. Pero detengámonos un momento. ¿Qué ocurriría si eso no sucede? ¿Qué pasaría, en esta historia de ficción, si la hipotética población de mi hipotético país se entusiasmara hasta el paroxismo con la aventura? No digo todo el mundo, porque siempre quedan personas razonables que podrán condenar lo que sucede con su reconcentrado silencio. Digo la mayoría. Yo sé que es imposible, pero le pido al lector que me acompañe por un rato en esta fantasía. Porque, aunque humanamente esa posibilidad sería terrible, para la historia de ficción que me propongo escribir estaría buenísimo. Imagínense. Las plazas rebosantes de manifestantes entusiastas que agitan banderas y vivan al osado general aventurero. Los voluntarios que se agolpan para ir a pelear. Los optimistas que se acercan a cualquier micrófono o cámara disponible para felicitar al gobierno. ¿Se imaginan? Una sociedad que, de buenas a primeras, y mientras espera el mundial de fútbol de España, cambia momentáneamente un deporte por otro. Deja de hablar de delanteros y mediocampistas y se convierte en especialista sobre misiles Exocet y negociaciones en las Naciones Unidas. Deja de analizar los rivales del grupo C de la Copa para analizar las chances de un desembarco inglés y la conveniencia de aproximarse al bloque de Países No Alineados. Una sociedad que deja –por unos días- de enfurecerse porque el periodismo internacional no es unánime en considerarnos los futuros campeones, para indignarse por el no cumplimiento del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. Ya sé –repito- que es imposible que un pueblo casi entero se comporte así. Pero les pido que me acompañen en la hipótesis. En esta historia de fantasía, un mes y medio antes del mundial empieza la guerra. Y ahí se va el país detrás, encolumnado. No digo el ejército de pibes, que ya está en ese sitio, y no tiene para dónde escapar de los tiros. Digo la sociedad que los ha enviado. ¿Será posible inventar una sociedad que, enceguecida, se crea a pies juntillas todas las barbaridades ilusorias que le cuentan? Una sociedad que empiece a computar aviones derribados y barcos hundidos como si fueran goles de ese mundial inminente. Una sociedad capaz de borrar de un plumazo la noticia brutal de un crucero propio que se hunde y que se lleva consigo a 323 compatriotas al fondo del mar. Una sociedad que se detiene, cada día, varias veces, cuando en la tele aparece el escudo y la voz en cadena nacional de los comunicados del Estado Mayor Conjunto. Una sociedad que toma lápiz y papel y anota, como en el juego de la batalla naval: A4, agua. F8, hundido. Una sociedad que todos los días se va a dormir cándidamente convencida de que “estamos ganando”. Para completar la historia, en un momento deben confluir los dos Mundiales, el del Sur y el de España. Se me corregirá que no, que en mi historia no son dos mundiales, sino una guerra y un mundial. Y yo diré que me disculpen pero que lo del Sur, para esta sociedad enloquecida que estoy creando en esta historia, se vive más como un mundial que como una guerra. Una guerra cuyos muertos no vemos, una guerra que se festeja como un torneo que nos tiene sólidos en la punta de la tabla, una guerra en la que nos creemos cualquier mentira con tal de que llegue vestida de buena noticia, una guerra que no aceptamos ver como tal, con todo su peso de tragedia y de muerte. Una guerra que estamos dispuestos a enfrentar como un gran desafío deportivo. Ya para esta altura de la narración voy a mezclar situaciones imposibles. Por ejemplo: la selección de este país sudamericano tendrá que jugar el partido inaugural del Mundial con la guerra todavía en marcha. Ya sé que es imposible. Que ningún país va a mandar a su selección a jugar un mundial en medio de una guerra. Pero les pido que me sigan el juego hasta el final. ¿Se imaginan? Todo el mundo con las camisetas, las banderas y las cornetas. Toda la sociedad exhumando el carnaval del mundial anterior. Toda esa gente dispuesta a ganar los dos mundiales al mismo tiempo. ¿O para qué carajo Dios es nuestro? Se me ocurre una escena más imposible que ninguna otra: El primer tiempo del partido inaugural termina 0 a 0. En el entretiempo aparece un comunicado del Estado Mayor Conjunto, uno de esos con la marchita y el escudo, para contar que los valientes soldados de la patria combaten en los alrededores de la capital de las islas, con ahínco y fervor inusitados. Les ruego que no dejen entrar al sentido común. Porque si lo dejan entrar, ese tiene que ser el momento en que esa sociedad, si no pudo hacerlo antes, ahora sí concluya en que se dejó estafar, se embanderó en una empresa imperdonable, que permitió con su aplauso estúpido que un montón de pibes fueran enviados a pelear en un infierno. Y la gente sale masivamente de sus casas, deja a la Selección Nacional jugando sola en los televisores, y exige que la guerra se detenga ya, que no se dispare ningún otro tiro, que ningún pibe siga en peligro. En mi historia, no. En mi historia la gente escucha el comunicado con gravedad, con preocupación, intuyendo que las cosas son mucho peores que aquello que los medios venían anunciando –y la gente se venía creyendo-. Pero después empieza el segundo tiempo del partido con Bélgica y la gente vuelve al asunto, porque con Kempes y Maradona juntos no hay Dios que nos impida el bicampeonato. En mis días buenos me consuelo pensando que, en 1982, yo tenía 14 años. Y que mi juventud me disculpa de mi credulidad, de mi simplismo, de mi ingenuidad cómplice que colaboró con que muchos pibes perdieran la vida, o el deseo de la vida, en esas islas lejanas. Pero en mis días malos me digo que no. Que ni los otros ni yo tenemos disculpa. Ahora les dejo el link para que se descarguen la pregunta de sus ojos gratis: http://www.***/ebooks-gratis/968997-la-pregunta-de-sus-ojos.html Saludos Gabo10

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Cerati, un grande.
ArteporAnónimo5/20/2013

El otro dia prendi la radio de mi auto y puse mitre. Estaba hablando la madre de Cerati, soy un gran fanatico de soda y de gustavo en especial, por lo que me quede escuchandola y pude sacar una conclusión: ¡Pobre mujer! imaginense la situación un ser querido (ya sea tu hermana, tu padre o tu madre) cae en un coma del que no sabes si va a despertar, y aún asi lo visitas todos los dias,durante más de tres años. Sería terrible. Recordemos que ella tampoco esta en su mejor época, ya tiene ochenta y un años y sigue yendo al hospital día tras día, sin que nadie le garantize un progreso, ahora les dejare una breve biografia de Gustavo Cerati. Gustavo Adrián Cerati Clark (Buenos Aires, 11 de agosto de 1959), conocido como Gustavo Cerati, es un músico, cantautor, compositor y productor discográfico argentino de música rock. Se hizo conocido por haber sido el vocalista, guitarrista y compositor principal de la banda de rock Soda Stereo (1982-1997), una de las bandas más importantes e influyentes de la música latina. Su trabajo tanto en solitario como junto a Soda Stereo lo posicionan como uno de los más reconocidos músicos de rock iberoamericano y como una leyenda del rock argentino. 2 3 4 5 Su carrera como solista se inició a comienzos de los años 1990 en paralelo a dicha banda debido a un receso que se había tomado el grupo por una fuerte crisis. En esa instancia Cerati publicó su primer álbum como solista, Amor Amarillo; pero con el regreso de Soda Stereo su carrera solista quedó en suspenso hasta la disolución absoluta de la banda. Después de Soda Stereo, Cerati ha experimentado desde la música electrónica (Plan V) haasta la música sinfónica. A lo largo de su carrera como solista ha ganado y ha sido nominado para numerosos premios, entre ellos Grammy Latino, MTV y Gardel. En 2007 Soda Stereo regresó en una gira llamada Me verás volver, luego de la cual sus integrantes retomaron sus actividades por separado. Desde el 15 de mayo de 2010, luego de sufrir un accidente cerebrovascular isquémico, se encuentra en coma y bajo respiración mecánica.

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Estar al pedo
HumorporAnónimo5/21/2013

LetA todos nos pasa, quedarse en la compu sin saber que hacer, enganchar una peli que parece buena y al final es un embole, ver de nuevo ese episodio de los simpsons que viste hace tres dias por otro canal, prender la play y jugar 5 minutos un juego que en 5 minutos termina aburriendote. Cosas que haces cuando estas sin ningun interés ni propósito, a eso le llamamos estar al pedo. Pausa: Yo siempre me voy por las ramas, asi que sepan disculpar si me salgo de tema en algún momento Como decía, luego de realizar las cosas nombradas anteriormente, salis a la calle, con la intención de despejar tu mente e intentar algo divertido, como ir al cine. Mientras te pones las zapatillas comienza a arder tu pecho, no sabes bien por que, pero cuando dejaste de estar al pedo te acordás que tenes una prueba mañana y no estudiaste un pomo. Agarras el libro, te pones a leer las dos primeras frases y decis "esto me lo se de memoria, es una pavada" logicamente en esa prueba vas a tener un uno. Porque nuestro cerebro es un garca, se acuerda todos los pókemons, todas las transformaciones de todos los personajes de dragon ball y todo un disco de tu banda favorita, pero no se acuerda en que año fueron las invasiones inglesas. Pero sigamos, sin darle importancia a el tema vas al cine, donde por esas casualidades de la vida te encontras con un compañero del cole, quete pregunta -Que haces acá?, con tono simpático tratando de hacerse el gracioso, vos estas re caliente, no se sabe porque pero cuando terminas de estar al pedo te enojas. A el pibe le contestas -Vine a ver una pelicula, mientras que por adentro te moris por decirle -Vine a saludar al acomodador, que tenga un balde de pochoclos en la mano y una entrada es porque me gusta regalarle dinero a los que venden golosinas y boletos, porque seguro son buena gente y a mi me encanta tirar la plata. PELOTUDO! En fin, la pelicula seguro va a ser mas mala de lo que esperabas y volves a tu tarea de fin de semana: estar al pedo.

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