Fueguino73
Usuario (Argentina)
Aborígenes de Tierra del Fuego: Onas o Selk'nam... Introducción... Los primeros pobladores humanos de Tierra del Fuego fueron cazadores y recolectores nómades que dependían de los recursos terrestres existentes. Ocupaban lo que hoy es la Isla Grande, hace ya más de 10.000 años. Llegaron desde el Norte, caminando, pues en ese momento la Isla Grande estaba todavía conectada con la Patagonia Continental. El Estrecho de Magallanes se abrió a aguas oceánicas hace sólo unos 8.000 años. Una segunda oleada de poblamiento fue la de los nómades del mar. Estos llegaron por mar, navegando de isla en isla desde el Islario Occidental de Patagonia. Se estima que su antigüedad máxima es de unos 6.500 años radiocarbónicos (si se transformase esta fecha en años calendáricos sería algo más antigua). A la llegada de los europeos a la región, la Isla Grande estaba ocupada por cazadores - recolectores cuya economía se centraba en los recursos terrestres, denominándose a sí mismos: selk'nam y haush. En tanto que las islas y canales que se extienden al Sur de la costa Norte de los Canales Beagle y Ballenero estaban ocupados por nómades del mar, cuya economía se basaba en el aprovechamiento intensivo de los recursos marinos. Se denominaban a sí mismos: yámana y halakwoolip. Los selk'nan son también conocidos como onas, los yámanas como yaganes y los halakwoolip como alacalufes. Del material hallado en las excavaciones hechas en los yacimientos de Marazzi, Tres Arroyos, Cabeza de León, Túnel y Lancha Packewaia, se han extraído restos fósiles y encontrado conchales que se pueden ver a lo largo de las costas del Canal Beagle. Así como también restos de utensilios realizados con material óseo, como puntas de arpones, raspadores (área yámana), arcos, flechas y restos de pieles de animales cazados por los aborígenes (área selk'nam). Con referencia a la extinción de estos grupos aborígenes, se puede atribuir a las siguientes causas: ● Sobreexplotación de mamíferos marinos en nuestros mares australes, puesto que constituían la principal fuente de alimentación de los grupos canoeros. El cambio de dieta habría disminuido la resistencia de sus cuerpos al frío de la zona. ● El hecho de haber contraído enfermedades contagiadas por el hombre blanco, contra las cuales no tenían inmunidad natural. ● Su reclusión en comunidades cerradas, como en el caso de la Isla Dawson (Chile). ● La introducción de ganado ovino a la Isla por parte de los grandes ganaderos y la necesidad de ocupar las tierras para pasturas, que hasta ese momento habitaban los aborígenes del Norte, hizo también a su exterminio y a su desplazamiento hacia el Oeste, donde fueron perseguidos. Hubo casos en que se llegó a pagar “una libra esterlina por indio muerto”. El país de los selk'nam en la Isla de Tierra del Fuego se extendía desde la cordillera fueguina hacia el Norte. Allí el relieve es llano o suavemente ondulado y está cruzado por abundantes cursos de agua. A medida que se avanza hacia el Norte se cruza primero una pradera con árboles espaciados, luego un ámbito estepario de pastizales. Ambos paisajes son fácilmente transitables y constituían el hábitat natural de gran cantidad de guanacos. No solamente la alimentación, sino toda la forma de vida de los selk'nam estaba organizada en torno a las cacerías de estos animales. De ellos obtenían lo principal del sustento, la vestimenta y el reparo habitacional, como así también huesos, tendones y otros elementos de valor para su tecnología. En contraposición a sus vecinos del Sur y del Oeste, que eran canoeros nómades del mar cuya vida dependía en lo fundamental de los recursos marinos, es importante señalar que los selk'nam no se habían adaptado a la vida marítima. No navegaban y, según la imagen etnográfica, el aprovechamiento de los recursos marinos era complementario del de los terrestres. Estos habitantes de la porción Norte de Tierra del Fuego, entre el Estrecho de Magallanes y las estribaciones septentrionales de la cordillera fueguina, se llamaban a sí mismos selk'nam. En el extremo Sud-Oriental de la Isla, los pobladores de la actual Península Mitre se autodenominaban haush. Unos y otros fueron conocidos por onas, denominación con que los designaron los yámanas, sus vecinos del Sur. Es correcto usar los términos primeramente indicados. Dentro de los selk'nam es posible marcar una subdivisión: los parika entre el Estrecho de Magallanes y el Río Grande, y los hershka entre este río y las montañas meridionales. Había entre ellos algunas diferencias dialectales y de forma de vida, pero estos límites estaban desdibujados por otra cantidad de características comunes e interrelación. Los selk'nam se caracterizaban por el riguroso autocontrol de su comportamiento y su reserva; no había efusividad en los saludos y era de mala educación exteriorizar emociones. No solían demostrar dolor, asombro, sorpresa ni agradecimiento para atenciones o por obsequios. Tampoco podían manifestar hambre: aún cuando lo tuvieran, no debían consumir el alimento hasta transcurrido un rato de obtenido y al recibir la comida se esperaba que la tomaran con indiferencia. Resistían calladamente el frío, la fatiga, el hambre y la sed. Demostrar dolor o aflicción era signo de debilidad. No obstante esta estoica contención, eran irritables y sus reacciones solían ser violentas. Salvo la no demostración de agradecimiento (que causó malentendidos varios) y la irritabilidad, el comportamiento general fue evaluado positivamente por europeos y criollos que tuvieron trato amistoso con ellos. En cuanto a la laboriosidad, no estaban habituados a trabajos constantes y prolongados. El lenguaje de los selk'nam era áspero, con muchos sonidos oclusivos y guturales; en este sentido era similar al de los tehuelches de Patagonia continental. Para oídos no acostumbrados, una conversación amistosa sonaba como un violento altercado. Desafortunadamente, los vocabularios que se registraron de esta lengua cubren sólo una parte mínima de su idioma. Aún así parece haber habido pocas palabras abstractas. Hoy no existen quienes hablen y practiquen el selk'nam como lengua madre; es una fortuna que la Dra. Anne Chapman alcanzara a efectuar grabaciones de voces y cantos que pueden permitir una mejor apreciación de esa lengua. Algunas palabras: Sol : Kré / kran Luna : Kréen / krä Noche : Kauk'n Día : Kerren Hombre : C'ón / Chohn Mujer : Naa / Nah Uno : Sós Dos : Sôki Tres : Sauki Cuatro : Koni-sôki Cinco : Kismarey Nadie, salvo niños, ancianos y enfermos, estaba exento de las labores de subsistencia; por el contrario, la participación en tareas colectivas o interfamiliares era voluntaria. Los varones se encargaban de la caza, la pesca en ríos con redes pequeñas, la confección de armas y la atención de los perros; las mujeres, de recolectar huevos, mariscos y vegetales, de conseguir peces (con arpones pequeños) cuando quedaban entrampados en las restingas liberadas por las amplias mareas atlánticas, y de cocinar. Lo obtenido era compartido con familiares y vecinos. No se conservaban alimentos, salvo pequeñas cantidades de grasa de pinnípedo o ballena y de hongos desecados. Las provisiones eran asadas junto al fuego o colocadas sobre brasas, pero no se acostumbraba a cocerlos mucho. Siendo grupos nómades, sus viviendas eran de uso temporario y poco elaboradas. Las tenían de dos clases: la más común, en especial en el Norte, era el paravientos, formado por postes de madera de aproximadamente 1,5 m. de altura rematados en horquetas y por cantidad de cueros de guanaco cosidos entre sí que se colgaban de esos extremos y se sujetaban contra el piso con piedras o arena. El resultado era una pared que cubría dos tercios o tres cuartas partes de un óvalo. Podía ocurrir que otros cueros fueran colocados a manera de techo precario. Estas construcciones servían más para proteger el fuego de las ráfagas de viento que a los seres humanos de la intemperie. Cuando se debía reanudar camino, el paravientos era desarmado y reducido a paquetes en forma de cigarro, que eran transportados por las mujeres en su espalda. La otra clase de viviendas era común hacia el Sur del territorio selk'nam, donde la proximidad a los bosques permitía una mayor disponibilidad de madera. Allí se levantaban chozas cónicas de troncos, con planta circular de 3 m. a 4,5 m. de diámetro. Como entrada se dejaba una abertura que era cubierta con un cuero a modo de cortina. Aunque de construcción rápida, estas viviendas no eran transportables, ni eran destruidas una vez terminado su uso. Quedaban erguidas a la espera de una posterior reocupación. Para levantar estas moradas se prefería buscar el reparo al viento y la leña que pudieran proporcionar arbustos o árboles, pero además se quería tener capacidad de oteo de la caza. Esa combinación hacía que frecuentemente las viviendas fuesen instaladas en los lindes de bosques. Salvo en el caso de estar desarrollándose un "hain", nunca se levantaban chozas cerca una de otra, con el fin de conservar la independencia de sus ocupantes. En el interior de los paravientos y de las chozas cónicas se encendía fuego. Este era prendido por percusión de pirita contra una roca silícea; como yesca se utilizaban musgos u hongos secos de una clase que crece en el suelo. El consumo de leña era alto y todos (varones, mujeres y niños) ayudaban en juntarla y transportarla hasta el campamento. La base de la alimentación de los selk'nam era la carne del guanaco, la que es de buena calidad pero tiene poca grasa. En cambio, los huesos de sus extremidades contienen abundante médula de buen valor alimenticio. Se ha calculado que un animal grande permitía alimentar una familia de seis personas durante cuatro o cinco días. A estos grandes mamíferos los cazaban con arcos y flechas y, por lo menos en períodos recientes, con la asistencia de perros. En casi todo el territorio ocupado se podía encontrar guanacos en tropillas o como individuos aislados. Su búsqueda y captura determinaba la dirección de los frecuentes desplazamientos humanos, pero se debe recordar que los guanacos tienen comportamiento territorial y sus desplazamientos en general no superan los 20 Km. La costumbre que tienen de transitar siempre por los mismos senderos facilitaba rastrearlos, acecharlos y capturarlos, especialmente en invierno. Los cazadores los perseguían durante todo el año, actuando tanto aisladamente como en forma colectiva. Según diversas fuentes escritas, en la porción Norte de la Isla Grande los indígenas comían muchos cururos que capturaban a hondazos o hundiéndoles las cuevas. Sin embargo, este dato no tiene correlato arqueológico; siendo esos roedores de tamaño pequeño, el valor alimenticio individual era necesariamente poco. Los zorros no eran comidos, sino cazados para obtener sus pieles. Aprovechaban como alimento las aves de tierra adentro y las muchas aves costeras: primordialmente cormoranes, pingüinos y cauquenes. A todas las capturaban a hondazos, o con trampas de lazo; en el caso de los cormoranes, para cazarlos, se descolgaban por los acantilados con ayuda de correas. Aparentemente comían poco pescado, al que obtenían en los charcos costeros donde los peces quedaban retenidos al bajar la marea, o con redes en la desembocadura de los ríos que drenan al Atlántico. Los selk'nam además recolectaban mejillones, lapas y otros mariscos. Sin embargo, aunque su aporte haya podido ser puntualmente importante, todo indica que en el total de la vida era sólo complementario o secundario. Aprovechaban las oportunidades brindadas por los varamientos de ballenas en las playas; si bien éstos eran sucesos azarosos, les permitían obtener grandes cantidades de carne, grasa y huesos. Según el registro etnográfico, los productos alimenticios de origen vegetal no habrían incidido fuertemente en la dieta. Los selk'nam se destacaban en la confección y empleo de arcos y flechas. La confección de los primeros era muy cuidadosa; si bien todo varón adulto sabía como hacerlos, había quienes eran más hábiles que otros en la confección de los arcos. Además, no en todas partes del país selk'nam se encontraba madera apta a tal fin. Esto hacía que hubiese un cierto intercambio, sea con arcos terminados, sea de madera empezada a trabajar. Las cuerdas estaban hechas de largos tendones retorcidos extraídos de las patas de los guanacos. Había flechas para caza terrestre y para aves marinas. Aparentemente, según fuera su destino se recurría para confeccionar sus astiles (mangos) a la madera de arbustos distintos. Las puntas de flecha eran preparadas con variedad de rocas; en los períodos más recientes el vidrio ganó fuerte popularidad para este fin. Obviamente las puntas de las flechas eran distintas según el tipo de presa que se intentaba cazar: por ejemplo, para aves se daba prioridad al impacto por sobre la penetración y las flechas no eran armadas con puntas sino con una varillitas transversales al astil. Los cazadores portaban siempre varias flechas de reserva en aljabas hechas con el duro cuero de los lobos marinos que se llevaban bajo el brazo. La postura habitual para el disparo era sostener el arco en diagonal con un brazo algo flexionado mientras el otro estiraba la cuerda. El culote de la flecha era sostenido entre índice y pulgar y con él se tensaba la cuerda. En el momento de soltarlo, el brazo que sostenía el arco era enderezado, lo que contribuía a aumentar la propulsión. La forma de los astiles y el modo de emplomadura indican que las flechas debían ser muy veloces y tener alta capacidad de penetración. El que las puntas hayan sido en general pequeñas implica que se prefirió mantener la capacidad de penetración por sobre la de choque. Esto significa que eran armas eficaces aún a distancia, pero la información etnográfica indica que se trataba de tirar a los guanacos desde corta distancia para asegurar la potencia y el lugar del impacto y así disminuir las posibilidades de huida del animal herido. Sus utensilios de piedra eran fundamentalmente fragmentos cortantes, raspadores enmangados y algunos punzones de piedra tallada. Los astiles de flechas eran terminados con ayuda de alisadores de arenisca y piedra pómez. Con cuero de guanaco se confeccionaban bolsos que permitían el transporte de agua por cortas distancias. Con pedazos de tripa o vejigas se hacían bolsitas impermeables. De los cueros de guanacos y pinnípedos obtenían correas. Los canastos de junco eran comunes. Para obtener ciertas materias primas (como piedras, pedernales, madera para arcos, etc.) solía ser necesario el trueque (a veces a distancia), que cumplía además funciones sociales. La madera apta para arcos solía circular de Sur a Norte, los cueros de pinnípedos u objetos recogidos en las playas lo hacían desde la costa hacia el interior. Desde Cabo San Pablo se distribuía una roca apta para tallar puntas de flecha, si bien en cada caso esos bienes podían ser reemplazados localmente por otros con una leve mengua de calidad. El abrigo tradicional de los selk'nam era el manto largo de flexibles cueros de guanaco, aunque a veces también se lo confeccionaba con cueros de zorros o cururos. No era efectivo contra el frío pero protegía bien contra el viento. El manto de los varones era largo: cubría desde los hombros hasta los tobillos y se lo mantenía en su lugar reteniéndolo cruzado sobre el pecho con una mano. El manto de las mujeres era más corto: llegaba hasta las rodillas y estaba sostenido por correas que rodeaban el tórax. Por debajo llevaban una prenda interior a modo de enagua y un cubresexo triangular. Cuando los varones debían usar el arco, o si el manto se humedecía, dejaban caer éste sin vacilación y quedaban desnudos. También las mujeres se desprendían a veces de su manto, pero nunca de la prenda interior ni del cubresexo. Como protección contra el frío, además, ambos sexos se frotaban el cuerpo con grasa de guanaco mezclada con ocre. Los selk'nam usaban mocasines de cuero rellenos de pasto y, a veces, polainas. Estos mocasines tenían corta duración y hacerlos era una tarea, si no cotidiana, muy frecuente. Los varones se colocaban sobre la frente, como distintivo de su condición de adultos y cazadores, unas tiaras triangulares hechas con el cuero gris de la frente de los guanacos que, sostenidas con dos cuerdas de tendones trenzados, se anudaban a la nuca. El cabello era llevado largo y colgante a ambos lados del rostro; a veces lo ordenaban con un peine de barba de ballena y las mujeres lo cortaban sobre la frente en forma de flequillo. Los varones no usaban barba ni bigote y se depilaban las cejas y el poco vello corporal que tenían. A veces se lavaban en arroyos o lagunas, o se frotaban con pasto o musgo húmedos, pero el aseo no solía ser ni diario ni sistemático. Los selk'nam solían pintarse con pigmentos negro, blanco y rojo con motivos y diseños sencillos pero variados, que podían tener significados relacionados con las situaciones que se estaban viviendo o los estados de ánimo. También usaban collares de tendones o con cuentas de segmentos de huesos huecos de aves, así como muñequeras y tobilleras de cuero, de tendones trenzados o de juncos. Se practicaban algunos tatuajes sencillos. La familia selk'nam podía estar formada por padre, madre, hijos y ocasionalmente otros parientes. El parentesco era consanguíneo y reconocido tanto por línea paterna como materna; había términos diferentes para designar a los tíos de uno y otro lado y distinciones por edad entre los hermanos. No obstante la bilateralidad, en el matrimonio la mujer se incorporaba a la familia del marido. El lugar de residencia era siempre el de la familia del esposo y los hijos se integraban al linaje paterno. No había normas fijas en cuanto al momento de imponer nombre. Éste solía aludir a particularidades personales o ser completamente arbitrario. Los niños solían ser tratados con indulgencia. A partir de los cuatro años comenzaban tratamientos algo diferentes según fuera su sexo. Las niñas comenzaban con las tareas propias de su sexo a edades más tempranas que los varones los del suyo. La primera menstruación de las muchachas daba lugar a algunos días de ayuno, silencio, pinturas y consejos. Para contraer matrimonio, los varones debían pasar por la ceremonia del hain, lo que habría ocurrido hacia los 17-20 años. La consanguinidad era considerada impedimento para el matrimonio, por lo cual la esposa solía ser elegida fuera del círculo de parientes de trato cotidiano y a menudo en linajes lejanamente residentes. Tanto podía ocurrir que el matrimonio fuera arreglado por los padres sin consultar a la interesada, como que el aspirante enviara a la muchacha un arco de pequeño tamaño; ella podía no aceptar pero, si se pintaba de cierta manera y retribuía el arco con un brazalete, se daba por hecho el compromiso. A partir de allí no había otras ceremonias que cumplir. El marido simplemente llevaba consigo a su flamante esposa, o a lo sumo se celebraba un banquete acompañado por la construcción de la nueva choza. La relación del marido con su mujer era muy celosa. La esposa no era una esclava, pero tenía posición netamente subordinada en lo económico y lo social. Si el cónyuge la maltrataba y la mujer huía, podía ser obligada a volver, usando incluso violencias físicas. La poligamia estaba permitida, aunque no era costumbre dominante; lo más común era no tener más de dos mujeres. Muchas veces surgía porque la esposa pedía tener ayuda en sus tareas domésticas, siendo en tal caso frecuente que se convocara a su hermana menor; otras veces nacía de la obligación social de proteger a la mujer del hermano si quedaba viuda. Era habitual que las personas de edad fueran respetadas; a veces quedaban solitarios por la dificultad de desplazarse y seguir al grupo, pero en tal caso recibían ayuda. Las enfermedades eran atribuidas a brujerías, no se las consideraba naturales. Cuando alguien moría, sus deudos gemían, lloraban, se rasguñaban torso y miembros, se tonsuraban y se pintaban el rostro; sin embargo, las descripciones no sugieren que las manifestaciones de dolor hayan sido tan aparatosas como entre los yámanas. El cadáver era envuelto en su manto y atado a palos rectos; luego era inhumado en campo abierto o al pie de rocas. Al cadáver no se lo acompañaba con ajuar funerario alguno y se borraban las señales exteriores que delataran el lugar de la sepultura. Luego del entierro, los bienes del difunto eran destruidos -incluida la choza- pero no se mataban los perros. No está clara la razón de esta selección, pero tampoco está claro si existía propiedad personal sobre los perros. El nombre del muerto no debía ser pronunciado y se evitaba pasar por el lugar de la sepultura hasta que se hubiera perdido memoria de su existencia. Había asimismo reuniones de lamentación. Las familias vivían en forma independiente, aunque solían reunirse en ocasión de varamientos de ballenas, cacerías colectivas, celebración de un hain, competencias deportivas o fallecimiento de alguna persona renombrada. Había también reuniones no periódicas de intercambio de bienes y sociabilidad. Por lo tanto, no eran infrecuentes las agrupaciones plurifamiliares. Por encima de las familias, los selk'nam y los haush pertenecían a linajes patrilineales y patrilocales que compartían comunitariamente la posesión de un territorio específico. Los límites estaban fijados en piedras, montículos, cursos de agua, colinas, etc.; se suponía que debían ser respetados generación tras generación, pero podían sufrir modificaciones por conquista o por extinción de algún linaje. A través de esos territorios o "haruwen" los linajes se vinculaban con determinados personajes míticos que los habían recibido en el origen de los tiempos, pero no se consideraba que descendieran de ellos. Es incorrecto llamar "bandas" o "clanes" a esos linajes. Los linajes no tenían jefatura definida. Las familias integrantes de cada linaje se movían y actuaban en forma independiente, pero tenían derecho compartido a la totalidad de bienes y animales de caza existentes en el respectivo territorio. Ingresar a un territorio ajeno sin contar con previo permiso no era permitido; intentarlo sin ese requisito podía dar lugar a sangrienta represión. Inclusive la penetración de un perro perteneciente a otro linaje podía dar lugar a represalias, debido a la posibilidad de que espantara la caza. Si en el territorio propio la subsistencia se había hecho difícil, se podía solicitar autorización para pasar a otro, pero ello obligaba a retribución con obsequios inmediatos y promesas de futura reciprocidad. Como el matrimonio era exógamo, la esposa solía provenir de otro linaje y esto generaba relaciones de parentesco que amortiguaban los conflictos. Sin embargo, la hostilidad era muy frecuente. Homicidios, violaciones de límites, agravios al honor, rapto de mujeres y simples intrigas eran causas habituales de mortíferas riñas colectivas. Los xo'on eran una mezcla de hechiceros, chamanes y curanderos. Se les atribuía poder sobre el clima, la caza y la guerra, restablecían la salud afectada por brujerías ajenas y hacían presagios. Eran temidos porque creían que podían matar con sus poderes. Se preparaban para actuar mediante una especie de autohipnosis. Efectuaban cantos y manipulaciones y se suponía que se servían de diversas fuerzas inmateriales. Los selk'nam creían en la existencia de espíritus de los bosques, las montañas, los lagos, los animales y los hechiceros ya muertos. Aceptaban que los seres humanos tenían un ánima (que llamaban kashpi) y que había una vida post-mortem detrás de las estrellas, pero los muertos no tenían ulterior contacto con los vivos a menos que se tratara del espíritu de algún xo'on. Contaban con cantidad de mitos, asociados a cada uno de los cuatro cielos en que dividían el espacio. Había mitos tanto explicativos del mundo y sus particularidades como seudohistóricos, recreativos, etc. En esos mitos los personajes principales eran: Kenosh, Kuanyip, el Sol y la Luna. El primero era el más antiguo de todos los antepasados y se había encargado de organizar el mundo en que vivían los selk'nam, de modo que estos pudieran aprovecharlo. Kuanyip era un héroe dual que podía ser tanto benefactor como antipático y egoísta. El ser más peligroso y maligno, capaz de cometer verdaderas atrocidades era la Luna, a la que consideraban femenina. El hain era la ceremonia más importante de los selk'nam. Durante su desarrollo se cumplían roles tanto de capacitación (pues era el momento en que se trasmitía el conocimiento de mitos fundacionales de gran riqueza simbólica a los candidatos) como de evaluación (pues se los examinaba en lo referente a las capacidades desarrolladas para enfrentar las tareas propias de la vida adulta). Como parte del examen para ser reconocidos como adultos y cazadores, los candidatos debían soportar exigencias que demostraran dominio sobre sí mismos. Cacerías solitarias, limitación de los movimientos permitidos, de la expresión, del sueño, alimentación escasa eran las más frecuentes. Se les exhortaba a corregir su carácter. Pero lo más importante era la iniciación e ingreso de los varones a una cofradía masculina encargada de mantener la sumisión de las mujeres, sobre lo que se basaba la estructura social selk'nam. Se les narraba el mito fundacional: antiguamente la superioridad social estaba en manos de las mujeres, capitaneadas por la Luna, que disfrazándose de espíritus hacían creer a los varones que éstos las respaldaban. El Sol descubrió el engaño, los varones dieron muerte a todas las mujeres adultas y decidieron aplicar en provecho propio la simulación. La Luna, escapó de la masacre huyendo al cielo, donde sigue siendo perseguida por el Sol. La iniciación de los adolescentes incluía la revelación de que los espíritus no eran sino hombres disfrazados. Los varones cuidaban de no ser descubiertos: con máscaras de cuero de guanaco o de corteza y con otros elementos lograban desfigurar bastante exitosamente la condición humana de los actores y atemorizaban a las mujeres con apariciones de espíritus, cuyas personalidades y figuraciones eran muy definidas. Se suponía que algunos provenían de las profundidades de la tierra y otros del cielo. La ceremonia se realizaba en una choza especial de gran tamaño, también llamada hain, pero incluía diversas actividades exteriores. El acceso a esa choza estaba absolutamente vedado a las mujeres, incluso su acercamiento excesivo podía ser reprimido con violencia física. Que un varón revelara a las mujeres lo que ocurría en su interior podía ser castigado con la muerte, tanto del infractor como de la mujer que hubiese tenido acceso a tal secreto. Al parecer, las mujeres espectadoras creían en la real presencia de los espíritus; según Lucas Bridges, se enteraron de la simulación sólo cuando la desintegración étnica estaba ya muy avanzada. Había también danzas destinadas al esparcimiento de ambos sexos. Al terminar la ceremonia, se entregaba a los adolescentes la tiara de cuero de guanaco y se los consideraba adultos. Hoy la cultura y el estilo de vida tradicionales selk'nam han desaparecido. No hay quien tenga el selk'nam como lengua madre. Esta desaparición es una triste historia plagada de asesinatos, secuestros, desarraigos e infamia.- Fuente: http://www.tierradelfuego.org.ar/historia/onas.php?idpag=01 El secreto masculino: las pinturas de los Selk´nam para el hain. La celebración del hain en la sociedad Selk´nam también se centraba en la representación de espíritus, pero a diferencia del kina Yámana, se trataba de una ceremonia exclusivamente masculina. En ella, los varones eran iniciados al “secreto” mediante la lucha con los espíritus y su desenmascaramiento. Por el contrario, las mujeres, niños y jóvenes no iniciados, debían mantenerse alejados de la choza ceremonial y nunca acercarse a ésta, incluso cuando la celebración había concluido. Aunque los hombres averiguaban el secreto y las mujeres sospechaban del “engaño”, ambos creían fervientemente en la existencia de los espíritus reales y desempeñaban sus roles (como espíritus y como “público”) con gran convicción durante la ceremonia. Tal como en el caso Yámana, los Selk´nam justificaban la necesidad de controlar a las mujeres explicitando en un mito que en tiempos de los antepasados, eran ellas quienes habían celebrado una ceremonia en la cual personificaban a espíritus para controlar a los hombres. Las mujeres fueron descubiertas por los hombres mientras practicaba los movimientos de los espíritus y se lavaban la pintura de sus cuerpos. Luego de una violenta represalia, los hombres generaron una versión revertida de la ceremonia, a partir de la cual ellos podían mantener sumisas a las mujeres. De esta manera, los Selk´nam revertían en el mito oral la práctica real de la ceremonia, caracterizando a las mujeres como inherentemente poco confiables y por lo tanto imperiosamente controlables. Uno de los espíritus más importantes del hain era So´orte. Este rol era siempre desempeñado por hombres fornidos, bien formados, adjetivados como “hawitpin” en lengua Selk´nam. Cada So´orte llevaba pintado en su cuerpo un diseño que indicaba su proveniencia regional (del norte, del oeste, del noroeste, etc.) y su pertenencia a determinados clanes. En ocasiones, las mujeres podían invocar con cánticos la aparición de un So´orte oriundo de la misma región que ellas. Este se paseaba frente a la choza ceremonial mientras era observado por las mujeres desde el campamento doméstico, lo cual les generaba regocijo. Pero en otras ocasiones So´orte también se desplazaba hasta el campamento, donde sacudía violentamente las chozas en las que permanecían las mujeres, atemorizándolas. Esto constituía tanto una advertencia para hacer a las mujeres sumisas, como un castigo para aquellas que habían sido “insubordinadas”, castigo que era instigado por sus esposos u otros parientes varones. Mediante largas conversaciones con distintos descendientes de los Selk´nam durante la década de 1960, la etnóloga Anne Chapman registró que mientras que aquellos So´orte que paseaban frente a la choza eran considerados hermosos por las mujeres, los que las molestaban en el campamento no lo eran. Esta ambivalencia resulta interesante, en tanto que So´orte funcionaba dentro de la sociedad Selk´nam simultáneamente como un agente de control de las mujeres, pero también de seducción, mediante su bella apariencia física. Además de las representaciones de espíritus, los hombres, tanto adultos como recién iniciados, también fingían ser atacados por los espíritus. Dentro de la choza ceremonial producían golpes y gritos para sugerir que estaban siendo ferozmente agredidos, o directamente realizaban comentarios sobre estos supuestos ataques en voz alta, para que fueran escuchados por las mujeres. Fuera de la choza, los hombres exhibían heridas simuladas con sangre de guanaco o de sus narices, que hacían brotar pinchándose previamente con palillos. Incluso, en algunos momentos culminantes de la ceremonia, posaban como muertos. Todos estos procedimientos generaban la compasión de las mujeres por los hombres. De esta manera, los hombres evitaban los posibles “reclamos” que ellas pudieran hacerles por su proceder durante la ceremonia, puesto que se alejaban de sus roles de “espíritus” para acercarse al de “víctimas de los espíritus”. En todas las fotografías tomadas a los hombres Selk´nam representando espíritus del hain se nota que se pintaban el cuerpo entero, totalmente desnudo. Esto marca una tendencia hacia una actitud de cierta conservación de pautas tradicionales, que se mantenían pese a la transculturación generalizada que dicha sociedad estaba sufriendo a principios del siglo XX. Es así que en estas situaciones ceremoniales los hombres Selk´nam se despojaban por completo de las ropas occidentales y no se preocupaban por evitar la desnudez, tal como sí lo hacían sus vecinos Yámana en la misma década y frente al mismo fotógrafo (Fiore 2005). Una de las razones por las que las mujeres eran estrictamente excluidas de la choza ceremonial es que allí los hombres se pintaban y enmascaraban, preparando las representaciones de los espíritus. De hecho, para los Selk´nam era tan importante mantener estas preparaciones en secreto, que algunos hombres atacaron a Gusinde cuando trató de fotografiarlos mientras se pintaban, argumentando que si las fotos llegaban a manos de las mujeres esto les revelaría el “secreto”. El contraste entre esta reacción de los Selk´nam y la anteriormente relatada de los Yámana resulta particularmente interesante, en tanto que un mismo etnógrafo registró reacciones totalmente opuestas frente a la fotografía de las preparaciones de las ceremonias de iniciación en uno y otro caso. Estas reacciones parecen coincidir con la importancia dada por cada sociedad al mantenimiento del “secreto” a principios del siglo XX y por lo tanto con la ingerencia dada al género femenino en cada ceremonia: los Yámana, quienes incorporaban a algunas mujeres en el kina, tenían menos reparos en el mantenimiento del “secreto” que los Selk´nam, quienes mantenían una fuerte división sexual de roles dentro y fuera de la ceremonia del hain y por lo tanto eran considerablemente más estrictos con el manejo de la información secreta. F!: http://www.museodelfindelmundo.org.ar/?seccion=24&articulo=2&pagina=11 Acá les dejo más info, la verdad muy interesante para quien quiera profundizar en el tema Hain, o la extinción de una tradición milenaria.... El archipiélago fueguino está habitado por el Homo sapiens sapiens desde hace unos 10.000 años. El primer poblamiento fue obra de paleoamericanos, los cuales habrían sido los ancestros de los yámanas, los mánekenks y quizás parcialmente de los kawéskar, vulgarmente llamados alacalufes. Los yámanas habitaban principalmente en la región oriental, los kawéskar en las abruptas costas occidentales. Hacia el siglo XIV una etnia del conjunto amerindio, del subconjunto pámpido y del linaje de los patagones, los onas, ingresaron a Tierra del Fuego. Esta nueva población se instaló principalmente en la región esteparia (aproximadamente la mitad norte del archipiélago), pasando a ser la etnia selk’nam; un linaje del conjunto ona accedió al extremo sureste del territorio mixogenizándose con los yámanas, dando origen de este modo a la etnia manneken o manekenken, conocida vulgarmente como aush. El pueblo Selk’nam fue lentamente sofocado y exterminado por el hombre blanco. Pero, antes de su definitiva desaparición en la bruma del tiempo, miradas occidentales pudieron contemplar, fotografiar e intentar comprender el maravilloso rito del hain. Este fue el caso del antropólogo austríaco Martin Gusinde que participó de uno de los últimos rituales onas, en el año 1923. El hain se alimentaba de la continuidad del pasado mítico. En el comienzo, era la época del Hoowin, de los antepasados míticos. Entonces, la mujer poseía el poder. Durante varios meses al año, éstas se reunían en una choza ceremonial. Allí, se realizaba el hain. Las mujeres obligaban a los hombres a trabajar intensamente para suministrarles carne a fin de calmar la ira de Xalpen, iracundo espíritu del mundo subterráneo. Pero Xalpen no existía y su amenaza era un engaño. Fue descubierto por el Sol, Kree, mientras éste se abocaba a la caza, se acercó a la choza del hain, y escuchó las risas de burla de las mujeres y su alegría por el éxito de su plan de sujeción de las voluntades masculinas. Fue así como los hombres se rebelaron. Destruyeron el matriarcado, y masacraron a casi todas las mujeres. Kree, el Sol, persiguió y golpeó a Kraa, la Luna, por instigar a las mujeres al engaño. Desde entonces, el rostro opalino de la Luna exhibe manchas oscuras que recuerdan la agresión solar. Los hombres heredaron luego el hain. Ahora ellos repetirían la antigua ceremonia. Durante algunos meses, se recluirían en la choza ceremonial. Allí se pintarían el cuerpo, convertirían sus anatomías en la vívida encarnación de una pléyade de seres míticos. Durante varias semanas, se sostendría una representación teatral en la que los diversos espíritus se mostrarían ante niños y mujeres para animar una historia sagrada y ancestral. Y así fue. Uno de los principales espíritus que alumbraba el espacio escénico era el shoort. Era quien torturaba a los klóketen, a los jóvenes que se iniciaban. Habitaban en el mundo subterráneo junto a Xalpen. Según Anne Chapman, se relacionaba con el sol dado que shoort controlaba las potencias nocturnas de la Luna que anhelaban regresar entre repiqueteos de triunfo y reestablecer el matriarcado; representaba también a Kree, el antiguo sol de la edad mítica, entendido como el gran chaman que descubrió el secreto de las mujeres. Ninguno de los espíritus hablaba. Sus movimientos eran solemnes, graves, dado que su exclusivo fin era generar fascinación o pánico en el público.Durante el hain, los jóvenes eran sometidos a un rito de iniciación. Estos novicios candidatos eran los klóketen. Todos los días, debían pintarse la totalidad del cuerpo y cubrirse sus rostros con líneas blancas. Los klóketen debían afrontar una cacería que se extendía por tres o cuatro días; se les estimulaba al coraje, la resistencia física, la precisión en el uso del arco, a protegerse de las tormentas de nieve y a perseguir a los animales mediante el desciframiento de sus rastros. Los madres de los klóketen cantaban todos los días antes del amanecer. Creían que su canto atraería al amanecer. Xalpen era el espíritu central del hain. Era glotona y caníbal. Podía devorar a los klóketen y a cualquier mujer y niño que se acercara en exceso a la choza ceremonial. Xalpen debía ser satisfecha con ingentes cantidades de carne. Sólo así se podía contener su peligrosa ira. A pesar de su iracundo carácter, Xalpen engendraba a K’ terrnen, el espíritu más luminoso y enternecedor ser del hain que fue engendrado por uno de los klóketen. Xalpen no era encarnada por ningún actor. Su única representación era una efigie. Otro espíritu femenino destacado era Kulan, quien llegaba frecuentemente durante las noches. Poseía un marido que era burlado por su licenciosa y frenética vida amatoria. El traicionado consorte se convertía así en un Kóshmenk, un cornudo. Tanu, era la hermana de Xalpen. En su presencia, se concentraba la rica creatividad ona. Sus dibujos que cubrían su cuerpo variaban en cada representación. Siempre representaban el cielo. Exhibía una cabeza cónica y un cuerpo rectangular. Tanu se asociaba también con una pequeña ballena del cielo norte, y esto porque en los antiguos tiempos Hoowin, una mujer que personificaba a Tanu devino ballena. Tanu actuaba como testigo de lo que acontecía en la escena del hain. Representaba la autoridad de Xalpen, era su mensajera. Durante el hain, eran esenciales también las danzas rituales. Había bailes para tener buen tiempo. O una danza del pingüino en la que los hombres saltaban como estos simpáticos habitantes de las costas del mar. Este danzar era el Kewanex, durante el cual los onas se pintaban con dibujos que representaban elementos del cielo y la tierra, de los fenómenos naturales, animales y plantas. Se consumaba también una imitación o pantomima de los leones marinos; se celebraba asimismo una danza fálica y se mostraba, en raras ocasiones, un pequeño ser, llamado Olum, que oficiaba como un chamán de gran poder curativo; por eso se le llamaba el “recreador de la vida”. Un núcleo esencial del complejo simbolismo del hain era la oposición inicial entre las fuerzas masculinas asociadas con el sol, y las femeninas enlazadas con la Luna. Las fuerzas del día son cálidas, diáfanas, expansivas, y se enfrentan con los rayos fríos, pálidos, de la noche lunar. A pesar de que en la sociedad ona patriarcal, las potencias solares masculinas debían prevalecer, era necesario una reconciliación. Para ello, lo femenino, fuera de su faceta nocturna y gélida, debía ser aceptada también en su dimensión benéfica, maternal, creadora. Esto se evidenciaba cuando Xalpen era reconocida como madre del niño resplandeciente K’ terren y ante la presencia de Tamtan, la hija de la Luna. Pero esta dualidad de frialdad y creación en lo femenino hablaba de ambivalencia, lo que confirmaba el apremio por controlar el peligro potencial de las fuerzas lunares, femeninas. El hain era así un rito donde las mujeres aceptaban el control masculino mediante la repetición de un rito. El rito del hain donde una procesión de actores-espíritus infundían temor y recreaban una historia mítica. El dilema ineludible que surge entonces es si los hombres reunidos en la choza ceremonial del hain realmente creían en la autenticidad de la representación del rito o si sólo la consumaban a sabiendas de la falsedad de los espíritus (que sólo eran hombres) y con el único propósito de sostener una dominación sobre el sector femenino de la población. El antropólogo Gusinde era partidario de esta última opinión. Pero no así para Chapman porque esta autora estima que “la psicología del teatro se fusionaba con la certidumbre de una fe religiosa en lo sobrenatural, lo profano se fusionaba con lo sagrado”.

Aborígenes en Tierra del Fuego: Onas o Selk'nam Los indígenas canoeros o nómades marinos que vivían en el Sur de Tierra del Fuego se llamaban a sí mismos: yámana, palabra que significaba primordialmente humanidad, humano, vivo, no muerto, con buena salud. Con ese término el grupo se individualizaba respecto de otros indígenas que hablaban un lenguaje diferente, así como de todos los pueblos distintos a ellos mismos. Como nombre auténtico de esos indígenas se debe respetar esa autodenominación del ser grupal. En otros escritos se los denominó de otros modos, como por ejemplo: tekenika, nombre que nunca tuvieron y que en realidad se originó en un malentendido del Capitán R. Fitz-Roy. Más comúnmente utilizado es yahgan (en la literatura en inglés) o yaganes (en castellano), pero este término no identificaba al grupo sino que fue creado por el Rvdo. Thomas Bridges, en referencia a los aborígenes que ocupaban el Yagashaga, hoy Canal Murray, y luego fue generalizado. Ya creada la Misión Anglicana en Ushuaia, algunos fueron bautizados con el término Yahgan como apellido, nombre que por esta vía llegó a tener un cierto y tardío valor de autorreconocimiento. El país de los yámanas se extendía desde Bahía Sloggett al Este (en la margen Norte del Canal Beagle) hasta la Península Brecknock al Oeste y el Cabo de Hornos por el Sur, es decir un triángulo cuya base era la margen Norte del Canal Beagle y su vértice el Cabo de Hornos. El Islario que se extiende al Oeste hasta la desembocadura Occidental del Estrecho de Magallanes estaba ocupado por otros nómades de mar conocidos como alacalufes, que tenían pocas diferencias culturales con los yámanas. Hacia el Este entraban en contacto con los haush. En los grupos se producían algunos casamientos mixtos con yámanas y había algunos individuos con capacidad bilingüe que eventualmente oficiaban de traductores. Por el Norte, detrás de las montañas, habitaban los selk'nam. Los yámanas llamaban a su lenguaje: yamaníhasha. Se caracterizaba por ser sonoro y abundante en vocales. A pesar de su riqueza en vocablos, los yámanas eran poco conceptuales: no entendían ideas abstractas separadas de un contexto de aplicación inmediata. Sol : Leum / lëm Luna : Anoka / hánuxa Noche : Lakar Día : Maola Hombre : Ua Mujer : Kipa / Keepa Muchas de sus palabras servían para indicar matices sutiles o diferencias de situación; la estructura gramatical utilizada era sencilla. Interpretaciones ligeras crearon una desfavorable descripción del carácter de los yámanas. Los europeos que establecieron los primeros contactos les crearon una suerte de leyenda negra que incluyó apreciaciones tales como feroces, antropófagos y gran cantidad de términos peyorativos, cuya sola base era la incomprensión. Quienes posteriormente tuvieron convivencia prolongada con estos indígenas acometieron una ardua tarea para cambiar tan denigrante fama, pero lo lograron. Se debe destacar la acción de misioneros anglicanos como Thomas Bridges y John Lawrence, de científicos como Paul D. Hyades y de colonos como Lucas Bridges. Lucas Bridges Thomas Bridges De baja estatura y piernas aparentemente débiles y tórax muy desarrollado, no daban la impresión de desarrollo y fuerza. Sin embargo, eran muy resistentes y en más de una oportunidad resultaron más fuertes que los marinos europeos. Tenían facciones regulares, pómulos pronunciados, frente baja, nariz de base deprimida arriba y ancha abajo y labios gruesos. Tenían cabellos negros, gruesos y lacios; eran casi lampiños, no usaban barba ni bigote y solían depilarse las cejas. Los yámanas eran laboriosos sólo cuando lo juzgaban necesario; en tales circunstancias podían efectuar grandes esfuerzos físicos. Sin embargo, su concepción del trabajo no era la de los europeos. No lo consideraban un fin en sí mismo ni una obligación permanente. Por lo tanto, no solían mantener el esfuerzo durante mucho tiempo y, de no estar acosados por alguna urgencia, alternaban la labor física con frecuentes y prolongados períodos de descanso. De la reiteración en crónicas y fuentes etnográficas surge que los yámanas habrían sido emocionales y fácilmente excitables, pero al mismo tiempo poco efusivos en la manifestación exterior de sus afectos, muy susceptibles y suspicaces, hospitalarios y dadivosos pero fríos, y tan pronto taciturnos y reservados (sobre todo en presencia de extraños) como conversadores y propensos a la risa fácil. El relieve accidentado, los suelos muchas veces saturados de agua, la cerrazón del bosque y la maraña de troncos caídos no impedían las marchas a pie de los fueguinos. Aunque preferían desplazarse en canoas, los yámanas solían caminar mucho. Lo hacían con agilidad, pero encorvados, y tenían una forma de apoyar los pies sobre el suelo que daba a su marcha un aspecto algo bamboleante. Se describió que cuando estaban de pie, daban cierta impresión de desgarbados e inestables debido a la torsión de los pies hacia adentro, a la flexión de las rodillas y a la inclinación del tórax hacia adelante. Sin embargo, en las fotografías que de ellos quedaron, ésta es la posición de la minoría. Su postura de descanso más habitual era estar en cuclillas. Todas las mujeres yámanas nadaban; los varones rara vez o nunca. Obtenían todo su sustento a través de la caza, la pesca y la recolección. Hasta que los primeros europeos se instalaron en la región, nunca habían practicado el cultivo de vegetales. Los lobos marinos cazados por los yámanas pertenecían a dos especies: "lobos marinos de dos pelos" o “focas peleteras” (Arctocephalus australis) y "lobos marinos de un pelo" o "leones marinos" (Otaria flavescens); estos últimos tienen el doble del tamaño de los primeros. No hay datos etnográficos sobre la frecuencia de captura de una y otra especie, pero los datos arqueológicos indican para tiempos anteriores a la explotación de europeos y criollos que los Arctocephalus australis eran cazados mucho más a menudo que los otros. Sólo gracias al consumo intensivo de esos lobos marinos, ya que el rendimiento calórico de la grasa y el aceite es muy superior al de la carne o al de los alimentos vegetales; los yámanas podían contrarrestar las elevadas exigencias que el clima frío, húmedo y ventoso imponía a su metabolismo (poseyendo, como poseían, una vestimenta muy escasa). Pero no sólo calorías obtenían de los lobos marinos: sus cueros eran rígidos pero aprovechables para confeccionar capas y correas; esófagos, estómagos, intestinos y vejigas servían como bolsitas o pequeños recipientes impermeables. En el Siglo XIX las poblaciones de lobos marinos que recorrían las aguas fueguinas sufrieron tremenda reducción debido a las cacerías indiscriminadas practicadas con finalidad comercial, principalmente por estadounidenses e ingleses y en las últimas décadas del siglo por criollos. Canoa y equipo de caza y pesca Ocasionalmente los yámanas capturaban delfines, pero a los cetáceos de tamaño mayor sólo los aprovechaban cuando los encontraban varados en alguna playa, o quizá, cuando se acercaban moribundos a la costa. Esas situaciones no eran previsibles, pero parecería que en tiempos antiguos ocurrían con relativa frecuencia. En tales casos, obtenían cantidades enormes de carne y grasa que les aseguraban sustento por largo tiempo; incluso daban lugar a una de las pocas instancias de conservación de alimentos que practicaban los yámanas: depositaban pedazos de carne y grasa en turberas o en el lecho de arroyos (donde se conservaba apta para consumo al parecer durante muchos meses). Por lo tanto, la incidencia en la dieta de este recurso no debería ser menospreciada. Los nativos también aprovechaban los huesos de las ballenas (apropiados para confeccionar puntas de arpón y otros utensilios) y las barbas, que convertían en filamentos para cantidad de usos como costuras de canoas y baldes de corteza o lazos de trampas para aves. Sólo en la mitad Oriental del Canal Beagle y en la Isla era posible encontrar guanacos, en el resto del país yámana no los había. Estos eran los únicos animales terrestres de consideración cazados por los yámanas, y su caza se realizaba primordialmente en invierno cuando las tropillas bajaban a la costa. Los guanacos tienen carne abundante y menos dura que la de lobo marino, pero muy poca grasa. Su captura era más difícil que la de los lobos marinos desde canoas, pues los guanacos son animales muy ágiles, veloces y asustadizos, a los que costaba sorprender. En contraposición, el cuero de los guanacos es flexible y muy abrigado, algunos huesos son muy aptos para la confección de ciertos utensilios y los tendones de cuello y patas son largos y eran útiles para muchos usos. Los yámanas solían cazar nutrias, pero la distribución y la densidad de estos animales no parece haber sido muy amplia en el Oeste y en el Sur. Ponían mucho empeño en apoderarse de pingüinos, cormoranes, cauquenes, patos-vapor y otras aves. También hay que recordar el consumo estacional de huevos. Aparte de su consumo como alimento, de las aves se guardaban ciertos huesos para confeccionar utensilios y adornos, las plumas para adornos y otros fines, el plumón como sucedáneo de la yesca y los buches como bolsitas para conservar aceite y embutidos. La pesca no era muy variada, pero sí practicada cotidianamente. En el Canal Beagle los peces son en general chicos y no gregarios, pero las migraciones que ingresan en verano y otoño hacían que la pesca resultara remunerativa. Entre esas migraciones suelen ingresar grandes cardúmenes de sardinas perseguidas por peces mayores y otros predadores. Esto proporcionaba a los indígenas comida en abundancia. La recolección de mejillones era fácil y permanente, pero los mejillones tienen cada uno poco valor nutricional. Los mariscos ofrecen otras ventajas para la subsistencia humana. Forman densas colonias fácilmente localizables, que se encuentran casi a todo lo largo de las costas. Obtenerlos no dependía del azar o de factores climáticos y, salvo en marea alta, podían ser recogidos en casi todo momento. Eran un componente de obtención segura que incrementaban lo producido por otros recursos. Eran una "válvula de seguridad" para superar momentos de crisis. Salvo bayas, hongos y algunos mariscos, que eran consumidos crudos, los demás alimentos eran cocinados al fuego o apoyados sobre brasas, pero en general la cocción no era completa. No mostraban remilgos ante el consumo de carne o grasa en etapas iniciales de putrefacción. Lo principal de la subsistencia yámana era obtenido de los lobos marinos; pero para capturarlos con regularidad no se podía confiar en sorprenderlos sobre la costa. Estos animales se reúnen durante un par de meses al año en colonias de apareamiento y reproducción, pero no necesariamente al alcance de las canoas aborígenes. Durante el resto del año, esos animales pasan más tiempo en el agua que en tierra y aquí son asustadizos. Por lo tanto, su caza en tierra no era suficientemente regular en el ciclo anual como para fundar sobre ellos la subsistencia. Era necesario algún método que permitiera apoderarse de ellos con frecuencia confiable y así fue que la colonización exitosa de la región por los indígenas durante más de 6.000 años residió en el uso de canoas y de arpones de punta ósea separable. La obtención del alimento estaba repartida entre ambos sexos. La cacería de lobos marinos era labor masculina cuando se practicaba en tierra, pero la mayoría de las veces ocurría en el agua y entonces era tarea compartida: la mujer aproximaba a remo la canoa, mientras el varón acechaba en la proa y arrojaba el arpón contra la presa. Los hombres se encargaban también de cazar guanacos y aves y, cuando la ocasión se presentaba, arponeaban los peces de mayor tamaño. Las mujeres pescaban con línea y recolectaban toda clase de mariscos. La recolección de hongos, bayas y huevos era cumplida por uno u otro sexo según fueran las circunstancias. Pese a las frecuentes tormentas, las canoas permitían el desplazamiento por los canales, haciendo factible pasar de una isla a otra y posibilitando acercarse a los lobos marinos en el mar. Aún así quedaba el tema del arma a emplear. La que utilizaron primordialmente estaba diseñada para la cacería en el agua y complementaba a la canoa. Se trataba de arpones en los que la punta se insertaba en el mango, en forma que se desprendiera de él en el momento de herir pero quedara unida por una correa flexible. De ese modo se reducía considerablemente el riesgo de rotura de la punta de hueso, y la presa, al huir, debía luchar además contra la resistencia que oponía el mango de madera contra el agua al ser arrastrado. Si el lobo marino se refugiaba entre las espesas matas de algas próximas a la costa, el mango se enredaba en ellas o, si al llenársele de agua los pulmones el animal se hundía, el mango funcionaba como boya que indicaba la localización de la presa. Los yámanas contaban también con otro tipo de arpón, cuya punta de hueso estaba fijamente atada al extremo del mango y en uno de sus lados mostraba muchos dientes pequeños prolijamente recortados. Esos arpones multidentados eran usados cuando no había temor de que el peso de la presa rompiera esas puntas (para capturar pingüinos, peces de cierto tamaño, etc.) o cuando, por estar firmemente parado en tierra y no sobre una bamboleante canoa, se podía confiar en retener el arma en la mano para asestar nuevos golpes. Cuando se los usaba contra peces, era frecuente que se ataran dos o más de estas puntas de arpón a un mismo mango. En general los mangos de estos arpones eran de menor tamaño que los que se usaban para encastrar las puntas separables y cazar lobos marinos. Los yámanas eran hábiles en el uso de hondas, empleadas principalmente para apoderarse de aves; conocían los arcos y flechas, con los que cazaban guanacos donde los había, pero esas armas no estaban tan bien confeccionadas como las producidas por los selk'nam. También preparaban (pero no muy asiduamente) trampas de lazo. Siendo la pesca una actividad casi constante, llama la atención la precariedad de las líneas de pesca usadas por los yámanas, que no tenían anzuelo. Consistían en un cordón hecho con los resistentes tallos de los cachiyuyos o con tendones trenzados, un guijarro poco o nada trabajado que servía como plomada y un lazo hecho con rajas de canutos de plumas con el que se retenía el cebo. La pescadora, inclinada sobre la borda de su canoa, esperaba que algún pez engullera el cebo; una vez que lo tragaba atraía al pez hacia sí tirando suavemente de la línea y lo capturaba a mano antes que saliese a superficie. Para capturar peces pequeños durante los grandes cardúmenes de las migraciones, simplemente usaban cestos a modo de redes que introducían a mano en el agua desde las canoas. En otras ocasiones los peces simplemente se recolectaban. Esto ocurría especialmente durante los varamientos de sardinas y merluzas de cola. Para recolectar lapas, quitones y mejillones del fondo de aguas someras, usaban espátulas bífidas de madera; en tanto para capturar centollas y erizos de mar se servían de otras horquillas que terminaban en tres o cuatro puntas de madera. Estas puntas eran en realidad una rama hendida longitudinalmente con dos tajos transversales entre sí, que luego eran aguzadas y mantenidas separadas colocando maderitas entre ellas. A estas horquillas se las podía atar a uno o dos mangos de arpón (los más grandes rondaban los 3 m. de largo) y en días calmos y con la transparencia del mar local podían ensartar erizos o centollas a cierta profundidad. También usaban este artilugio para recoger racimos de cholgas grandes de fondos de mar con substrato poco firme. Los utensilios de piedra tallada que no fueran puntas de flecha eran poco elaborados. Con huesos de distintos animales confeccionaban cuñas para partir madera, objetos para extraer la corteza de los árboles, punzones, tubos sorbedores, peines, etc. Las conchillas de algunos mejillones eran usadas como cuchillos, siendo más eficaces en esa función de lo que se podría suponer. A veces eran enmangadas, atándolas a un guijarro de playa en cuyo caso funcionaban más como un cincel que como un cuchillo. Se confeccionaban baldes y jarros de cuero o de corteza. Los canastos de junco eran inseparables de las mujeres. Había multitud de otras aplicaciones para la madera, la corteza, el cuero, el pellejo de aves y sus plumas, ciertas vísceras, los tendones, las fibras vegetales y unos pocos elementos tomados del reino mineral. El uso principal de la corteza de árboles era indudablemente la confección de canoas. Las canoas eran el elemento más elaborado de la artesanía de los yámanas y su propiedad más valiosa, como que su vida dependía de poseerlas. Placas de corteza cosidas entre sí eran mantenidas abiertas con un armazón de varillas de madera hendidas al medio y retenidas en posición arqueada por travesaños y por bordas de madera longitudinales. El piso era reforzado con más placas de corteza y en el centro se confeccionaba una plataforma de tierra o guijarros, sobre la que se mantenía fuego siempre encendido. Aunque las había más grandes, en general esas canoas medían entre 3 m. y 5,5 m. de largo y podían transportar seis o siete personas. No tenían quilla ni timón. Eran de fondo plano, lentas, se bamboleaban mucho y era necesario desagotar continuamente el agua que se filtraba por las costuras, pero se mantenían bien a flote aunque el agua estuviera agitada. Podían navegar bien sobre las frondas de algas, capacidad muy importante para poder acercarse a las costas, pues éstas estaban en su mayor parte bordeadas por densas frondas de cachiyuyos. Los propios remos, de pala muy larga y mango muy corto, permitían impulsarse sobre las frondas de cachiyuyos sin enredar el remo en las mismas. Las encargadas de remar eran habitualmente las mujeres, pero cuando era necesario también lo hacían los varones. Salvo accidentes, solían durar seis meses a un año; la época habitual de confección era Octubre a Febrero, cuando la corteza podía ser desprendida de los árboles con facilidad. En el ámbito ocupado por los yámanas se construían dos clases de chozas: una en forma de cúpula, hecha con ramas delgadas entrelazadas y cubiertas de follaje y cueros; la otra de forma cónica formada por troncos de mediano grosor con igual cobertura. Ambas tenían planta circular y diámetro entre 3 m. y 3,5 m. En el centro ardía siempre un fogón, junto al cual se apretujaban en cuclillas los ocupantes en búsqueda de calor. El espacio para cada individuo era mínimo. El uso de estas chozas no deber ser comparado con el de casas, sino más bien con el de tiendas de campaña. Servían para repararse de la inclemencia climática o para pasar la noche, pero la vida diaria se desarrollaba a cielo abierto. Pese a su apariencia endeble, la estructura de esas chozas podía durar varios años con sólo reparaciones menores. En general, no se las destruía (salvo que alguien hubiera muerto en ellas) sino que quedaban a disposición de la familia que las había construido o de terceros para ser reocupadas a placer. En cada choza acostumbraban vivir una o dos familias, pero a veces dormían en ella veinte o más personas. Había además, aunque raras, viviendas multifamiliares algo más grandes y chozas de dimensiones mucho mayores que se levantaban sólo en ocasión de ceremonias colectivas. Alrededor de las chozas se formaban los montones de desperdicios que dieron lugar a los conchales, hoy estudiados por los arqueólogos. Ambos sexos gustaban adornarse con pinturas, collares, muñequeras y tobilleras. Las pinturas podían cubrir el rostro, el cuerpo y a veces también los miembros. Los colores que se usaban eran el rojo, el blanco y el negro, formando diseños simples basados en rayas y puntos pero muy variados. La pintura facial y corporal formaba parte de muchos rituales y normas de cortesía. Además se utilizaba para comunicar estados de ánimo o las circunstancias en las que se hallaba su portador. Los collares podían estar confeccionados con conchillas o segmentos de huesos huecos de ave usados a manera de cuentas, o simplemente consistir en tendones o tripas trenzados. En ocasiones especiales se usaban vinchas adornadas con plumas de aves, existiendo en las colecciones etnográficas algunos notables ejemplares de éstas. Prendían fuego golpeando un trozo de pirita de hierro con otro de alguna roca silícea y recogiendo las chispas en plumón de aves, hongos secos o musgo para obtener la primera brasita. Prender el fuego no era fácil y procuraban por todos los medios que el fuego no se apagara: lo conservaban en forma de brasas o tizones, e incluso lo transportaban consigo adondequiera que fueran, sea en canoa o a pie. La leña era llevada por los varones al campamento. Además de servir como calefacción, el fuego era utilizado para cocinar los alimentos, para algunas actividades tecnológicas y para hacer señales de humo a distancia. Las familias yámanas podían estar formadas por padre, madre e hijos, o agregarse algunos parientes. El parentesco era reconocido entre consanguíneos, tanto por vía paterna como materna. Algunas mujeres llegaban a tener muchos hijos, pero el promedio era cuatro o cinco; de ellos, muy pocos llegaban a la vida adulta debido a la muy alta mortalidad infantil. Los nacimientos no daban lugar a ceremonias, sino sólo al cumplimiento de ciertas prescripciones rituales. La madre retomaba muy pronto sus tareas habituales. No se daba nombre a los niños hasta casi los dos años de vida y por lo general, era el del lugar del nacimiento con el agregado de un sufijo especial para cada sexo. Sin embargo, también había nombres recibidos por herencia y apodos que aludían a alguna particularidad física o del carácter. La primera menstruación de las muchachas daba lugar a algunas ceremonias y comportamientos rituales. Más importante era el chiejaus, al que asistían los adolescentes de ambos sexos como paso necesario para adquirir el status de adultos. No era una celebración estrictamente periódica, en realidad, se efectuaba cuando en un grupo de familias se alcanzaba cantidad suficiente de candidatos y si se cumplían con las condiciones materiales suficientes para sustentar a los numerosos participantes durante las semanas o meses que duraba la ceremonia. Decidida la realización, se construía una gran choza en la que se instalaban los adolescentes, sus padres, madres y padrinos, y todos los adultos que desearan participar. De entre ellos se elegían los oficiantes de la ceremonia. Los aspirantes eran sometidos a ayuno, inmovilidad, sueño insuficiente y trabajos duros. Eran además adiestrados en las tareas propias de cada sexo y se les inculcaban normas de comportamiento tanto pragmáticas como altruistas. Estas últimas tenían elevado valor moral, aunque en la práctica posterior solían ser poco respetadas. El chiejaus incluía además narraciones de mitos y tradiciones, así como momentos de esparcimiento (cantos, danzas y juegos colectivos). Una vez cumplida la celebración por parte de los aspirantes, las mujeres quedaban en condiciones de contraer matrimonio, pero los varones debían asistir a un segundo chiejaus antes de ser reconocidos plenamente como adultos. Los adolescentes vivían con sus padres hasta contraer matrimonio. Hasta ese momento existía para varones y mujeres libertad sexual y no se otorgaba valor a la virginidad femenina, pero luego de casarse las mujeres debían fidelidad a sus maridos. De todos modos, los yámanas solían casarse jóvenes. Era frecuente que los contrayentes tuvieran edades muy dispares: mujeres mayores con varones muy jóvenes y viceversa. La razón que aducían era que el más joven de ellos se beneficiara con la experiencia y responsabilidad del otro, y éste con la diligencia y actividad del primero. Los primos no podían casarse entre sí y esta prohibición parece que también se aplicaba a parientes más lejanos pero consanguíneos. Las mujeres se resistían a unirse con personas cuya localidad de residencia fuera lejana. La concertación del matrimonio no era acompañada por ceremonias especiales; cuanto más, se convocaba a una fiesta que incluía banquete, juegos y danzas. Entre los yámanas el matrimonio era muy inestable: se deshacía con gran facilidad si el marido maltrataba a la mujer, si surgían aversiones o antipatías entre ellos, si se producían adulterios o simplemente si alguna de las partes deseaba poner fin a la relación. Las mujeres tenían bienes propios, de los que sus esposos no podían disponer. También podían emitir opinión en los debates comunitarios. Es probable que este alto grado de independencia (muy diferente al de las mujeres selk'nam) haya estado relacionado con el importante papel económico que las mujeres cumplían en la sociedad yámana. La poligamia era frecuente pero no general. Había varones casados hasta con cuatro mujeres. Todas éstas tenían el status de esposas, no de concubinas. A menudo era la mujer la que solicitaba al marido que tomara una segunda esposa para que la ayudara en los quehaceres domésticos. No era infrecuente que dos esposas de un único marido fuesen hermanas entre sí, sea por solicitud de la primera esposa, sea porque cuando un varón moría, la viuda podía pasar al núcleo familiar de su cuñado. Las personas de edad eran habitualmente tratadas con respeto. Los enfermos eran cuidados, pero si no ofrecían esperanzas de recuperación o si entraban en agonía se les daba muerte para evitarles sufrimientos. El duelo se manifestaba con estentóreas lamentaciones y cantos lúgubres; los deudos se laceraban el rostro y el cuerpo, se tonsuraban el pelo y se pintaban de una manera especial. El cadáver era amortajado con cueros y atado con correas; luego se lo enterraba o se lo cremaba. No había herencia: las pertenencias del difunto eran destruidas o repartidas entre los asistentes a la ceremonia fúnebre. El lugar donde había ocurrido la muerte era abandonado y durante largo tiempo no se retornaba a él; el nombre del difunto no debía ser pronunciado, al menos en presencia de los parientes, y si existían personas o lugares que tuvieran el mismo nombre debían recibir uno nuevo. El núcleo de la sociedad yámana era la familia: no había organización superior que las coordinara o que tuviera poder de coacción sobre ellas. Entre las familias que recorrían un mismo sector de costa se reconocía un vínculo muy laxo, pero no había clanes ni tribus. No había gobierno, ni jefes ni estratificación social. Los adultos no aceptaban recibir órdenes de nadie. Los yekamushes gozaban de cierto prestigio e influencia, pero no poseían autoridad efectiva. Eran curanderos, hechiceros y oficiaban de chamanes (es decir, intermediarios con lo que nosotros -no los yámanas- llamamos mundo sobrenatural). Llegar a ser yekamush era bastante accesible para los varones y de hecho casi todos los adultos de este sexo lo eran o decían que lo eran. La moral de los yámanas era utilitaria: se abstenían de determinados comportamientos negativos sólo por temor a las represalias, no porque la abstención fuera buena o recomendable por sí misma. Cuando ese temor no existía, mentían y hurtaban a placer y sin ningún remordimiento. Las habladurías maliciosas eran constantes, no necesariamente se basaban en realidades y podían llegar a generar acciones violentas. Muchas veces se dijo que los yámanas practicaban comunidad de bienes. Sin embargo, hay muchas pruebas de propiedad individual o familiar sobre bienes concretos: canoas, armas, líneas de pesca, perros, adornos, etc. La propia destrucción de los bienes de un muerto implica un concepto de pertenencia. La propiedad individual se extendía a los elementos naturales cuando alguien se apropiaba de ellos. Habiendo propiedad, había hurto y robo. Aquella primera apreciación de comunidad de bienes en realidad se basó en malinterpretar el aprecio que los yámanas tenían por las actitudes generosas y la reciprocidad a que se obligaba quien aceptaba un bien o dádiva. Los productos de la caza, la pesca o la recolección solían ser compartidos entre las personas, emparentadas o no, que circunstancialmente estuvieran acampadas en proximidad. Se esperaba reciprocidad y existían los trueques, pero no había sistema organizado de comercio ni se conoce de intercambios a gran distancia. Los pocos casos concretos que pueden ser catalogados como auténtico comercio son tardíos. Las riñas eran muy frecuentes y originadas en causas reales o imaginarias. Muy comunes, y permitidas, eran también las venganzas de sangre, en las que los parientes de una persona que hubiera sido muerta por otra tomaban desquite con el homicida. Sin embargo, a veces concluían en un combate ritual o en una compensación económica. No había guerras ni conflictos territoriales mayores, pero los yámanas se quejaban de padecer correrías de sus vecinos del Este y el Oeste con fines de rapiña. Sin embargo, como ya se dijo, en la zonas de contacto había algunos matrimonios mixtos y cierta convivencia entre grupos. Los yámanas respetaban cierta cantidad de prescripciones rituales en algún momento especial de sus vidas, pero no tenían culto ni sacerdotes. Los observadores del Siglo XIX estuvieron de acuerdo en que los yámanas no tenían nociones de Dios, alma o cielo, ni creencia en recompensas o castigos post-mortem. Por el opuesto, los Padres Gusinde y Koppers afirmaron que creían en un dios único, omnipresente y omnipotente. El debate no está cerrado y ambas posiciones pueden recibir críticas. Sí hay consenso en que temían a los kíshpix, espíritus del mar, de las rocas, de los árboles, etc. Se los imaginaba malévolos y de aspecto horripilante. Creían que en los bosques habitaban los hanush, que podían ser espíritus u hombres salvajes. Los Yoalox (dos hermanos y una hermana) eran una suerte de héroes civilizadores, seres sobrehumanos (pero no deidades) que habían enseñado a los antepasados de los yámanas cantidad de cosas útiles (cómo encender fuego, cómo cazar aves, cómo confeccionar arpones, etc.). Yámana de luto De los yámanas quedan hoy unas pocas personas que se autorreconocen como tales, radicadas en Puerto Williams (Isla Navarino, Chile). Algunas de ellas mantienen ciertos conocimientos de cómo era la vida tradicional y, lo más importante, capacidad de hablar el yamaníhasha. Es prometedor que estén agrupados y lleven a cabo un interesante esfuerzo de transmitir su lengua y recuerdos a sus descendientes. Sin embargo, el estilo de vida tradicional ya casi no se practicaba a comienzos del Siglo XX. En su tercera década el número de yámanas ya estaba tremendamente reducido; los sobrevivientes llevaban vida rural, en general como empleados en establecimientos agroganaderos. F!: http://www.tierradelfuego.org.ar/historia/yamanas.php?idpag=01 El mito del lobo marino La mitología de los Yamanas presenta una riqueza, una diversidad, una fantasía y una finesa increíbles, sobre todo si se compara con su nivel de cultura material o artesanal, tan rudimentario. Había una vez una muchacha joven que se alejó de su casa en Wujyasima y se encaminó sola hacia la meseta, donde se puso a jugar, corriendo tras las olas en reseca y retrocediendo ante los rompientes. Un viejo lobo marino enamorado la observaba sin ser visto, y cuando una ola grande la volteó, se encontró ella con el animal a su lado. Como todas las mujeres yaganes, la muchacha era una gran nadadora, y por lo tanto intentó escapar. Pero manteniéndose entre ella y la playa y obligándola a alejarse cada vez mas de la costa, el lobo marino consiguió por fin extenuarla y ella se vio obligada entonces a apoyarse en el pescuezo del animal. Ahora que su vida dependía de él, la muchacha empezó a sentir simpatía por su extraña escolta. Nadaron juntos durante muchas millas hasta que llegaron a una gran roca donde había una caverna. La mujer sabia que no podría volver jamas a su casa por sus propios medios, así que decidió aceptar lo inevitable y convivió con el lobo marino en la caverna. Éste le traía peces en abundancia, y como no había fuego, ella se los comía crudos. Después de un tiempo tuvieron un hijo. Parecía un ser humano, pero estaba cubierto de pelos, como las focas. El niño creció rápidamente, y era un buen compañero para su madre, especialmente después que aprendió a hablar, cosa que nunca consiguió el viejo lobo marino. Sin embargo, era tan bueno y amable que la mujer había llegado a quererlo mucho. No obstante, ella deseaba con toda su alma ver una vez mas su tierra y su gente. Se las arregló para que él entendiera su deseo, y un buen día los tres partieron para Wujyasima. A veces la madre y el hijo nadaban al lado de su protector, otras, él los empujaba por el agua a gran velocidad y a ratos iban montados sobre su lomo. Por fin, llegaron a la meseta de ripio. El lobo marino se arrastró fuera del agua y se echó a descansar bajo los templados rayos del sol, en tanto que la madre, con su extraño hijito de la mano se encaminó a Wujyasima. En el pueblo se encontró con algunos parientes, que desde hacia mucho la daban por muerta. Grande fué su sorpresa cuando la mujer les contó su historia y el absurdo pequeñuelo les interesó sobremanera. Después que se hubo tranquilizado el ambiente, las mujeres del pueblo propusieron ir en cano hacia el Este en busca de mejillones de aguas profundas y de esos erizos del mar, que tienen el tamaño y la forma de manzanas achatadas y cuyo duro cascaron está cubierto de rígidas púas que parecen clavos. La joven madre mas acompaño en la excursión, en tanto que los hombres y los niños quedaban en el campamento. Los niños empezaron a jugar y el pequeño visitante se unió a ellos con orgullo. Los hombres, sin embargo, deseaban comer carne, y como sabían que había una foca en la playa, tomaron sus lanzas y se acercaron al viajo lobo marino y lo mataron. Cargados de carne, volvieron al poblado y asaron la carne. Los niños olfatearon el delicioso aroma de foca asada y no tardaron en reunirse alrededor del fuego. Cuando llegó el momento de distribuir la carne, se le dio también un pedazo al joven visitante, quien, después de probarla, grito encantado -Amma sum undupa (Es carne de foca). Comiendo aun, echó a correr por el camino para reunirse con su madre, que volvía en ese preciso momento. El niño corrió hacia su madre y le ofreció el ultimo pedazo de carne que le quedaba diciendo que era muy sabrosa. Ella inmediatamente se dio cuenta de lo que había sucedido. Sacó un erizo de su canasta y golpeó con él a su hijo en la frente. El niño cayó en el agua profunda, e instantáneamente transformado en suyna, el pez de las rocas, se alejó nadando. Las demás mujeres se dirigieron a las chozas para saborear la carne de foca asada, pero la madre se negó a comer y sola lloró al hijo perdido y al viejo y bondadoso compañero. Nunca volvió a casarse con ninguno de los de su raza. Si se examina un syuna se advertirá que su cabeza es achatada y está marcada con los hoyitos que dejaron las púas del erizo de mar, lo cual basta y sobra para probar la veracidad del cuento." (Lucas E. Bridges) "Igual que muchas otras tribus indígenas, los yaganes creían que en el pasado las mujeres habían gobernado por su magia y astucia. Según lo que ellos mismos contaban, hacia relativamente poco tiempo que los hombres habían asumido el mando. Parece que se había llegado a esto por mutuo acuerdo ; no hay indicio alguno de una matanza total de las mujeres como la que ocurrió entre los onas, a juzgar por la mitología de esta tribu. No muy lejos de Ushuaia quedan restos de lo que una vez fué una vasta población, donde, según se dice, se efectuó una asamblea de indígenas como jamas se vio ni se vera igual. Las canoas llegaban de todos los confines de la tierra de los yaganes. Fué durante esa transcendental reunión cuando los hombres decidieron hacerse cargo del mando." F!: http://www.limbos.org/sur/yaman.htm
El recitado de un antiguo y popular cantor: Nicolás Granato En el continente hermoso De la tierra americana En una región lejana Y de clima venenoso Existe un rincón brumoso De aspecto triste y sombrío Donde impera el aire frío De las regiones polares Que congela hasta los mares En el rigor del estío. Tierra del Fuego es su nombre Como burlesca ironía En la constante porfía De los errores del hombre No habrá ser que no se asombre De tamaña enormidad Tergiversar la verdad Llamándole fuego al frío Es como decir ¡impío! Al amor de la piedad. Tristes costas arenosas Perfilan a la bahía Que da entrada a la sombría Isla de sendas tortuosas; Pobres y míseras chozas Rodean a las prisiones Que tienen por murallones A cerros inexpugnables, Que se yerguen implacables En apiñados montones. Su bahía solitaria Es el puerto adonde llega Aquel que con llanto riega La tierra triste y precaria; Yo te elevo esta plegaria Isla de costas desiertas Tumba de ilusiones muertas Y de esperanzas perdidas, Donde sangran las heridas De las penas que despiertas. Isla de Tierra del Fuego Sos morada muy ingrata Para aquel que se arrebata Sin escuchar su ruego; Sitio del desasosiego Del padecer y el llorar Eres el triste lugar Donde al hombre se recluye Y donde todo concluye Para otra vida empezar. Solo infelices que lloran Tu población involucra Y nadie en tus tierras lucra Ni el sol tus campos coloran; A tus picachos no doran Esos preciosos matices Los naturales tapices Que en regiones generosas Brindan las flores hermosas Donde anidan las perdices. Desdichados presidiarios Habitan tu triste suelo Y hasta el ave alza su vuelo De tus campos solitarios; Tus nieves son los calvarios Furiosos del huracán Martirio de los que van A tus montes pantanosos A juntar leña haraposos Para poder comer pan. A cualquier hora del día Se ven filas de penados Que trabajan custodiados Cerca de la serranía; Y allí en medio de la impía Temperatura Glacial Mas de una vez la fatal Idea de suicidarse Ha llegado a concentrarse En un cerebro anormal. Tu crepúsculo es eterno En la época del estío Y es este tan cruel y frío Como el riguroso invierno; Eres isla del infierno Un constante vendaval Y más de un ocasional Derramó llanto en tu arena Lo mismo que por su pena Un infeliz criminal. Tus montes impenetrables Tus arenosas llanuras Y las tétricas figuras De montañas implacables, Son los signos destacables De tu miserable suelo Y hasta el color de tu cielo Proyecta una negra sombra Que cubre al mar una alfombra Del más infinito duelo. Y en ti yo paso la vida Isla de la desventura Caos inmenso de amargura Por mi recién conocida; Página triste escondida Dentro de mi corazón Imborrable decepción De un fatal presentimiento Constante y cruel sufrimiento Que aniquila mi corazón. De mi hogar triste y perdido O para siempre deshecho Ya no volverá su techo A cubrir mi dulce nido; Y el lecho donde ha dormido Por mi madre yo me vi, Ya no tendrá para mi, Este sitio que otra veces Supo compensar con creces Las penas que yo sufrí. Hoy mi miserable hogar En mi soledad de paria Es mi celda presidiaria Donde llego a descansar; Allí me aduermo al llorar De mi alma apesadumbrada Sobre una cucheta helada Y ambiente envilecido Con el recuerdo querido De mi madre idolatrada. Me parece hasta mentira Al verme como me veo, Y juro que a veces creo Que mi alma enferma delira; Llora alma mía y suspira Marchita en Tierra del Fuego Mi llanto es constante riego Que va secando a mis ojos Como si fueran despojos De la retina de un ciego. En fin si la triste suerte Otro rumbo me dejara Y me señala la vara Implacable de la muerte, Soportaré como fuerte Esta desgracia sombría Y enterrado en la bahía De tus costas solitarias, No tendré ni las plegarias De la santa madre mía. F!