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ForeverTuVieja

Usuario (Uruguay)

Primer post: 25 sept 2011Último post: 25 sept 2011
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La chica más guapa de la ciudad
ArteporAnónimo9/25/2011

Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chicamás guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpofiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como unespíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo ysedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muyalegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decían queestaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A loshombres les parecía simplemente una máquina sexual y no se preocupaban de siestaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvoun caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo,los eludía.Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lobastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba,cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o enla carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más;sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sushombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no les sacaba todo el partidoposible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombresconsiderados guapos le repugnaban: «No tienen agallas —decía ella—. No tienennervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas... todofachada y nada dentro...». Tenía un carácter rayano en la locura; un carácter quealgunos calificaban de locura.Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejandosolas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegiode monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sushermanas. Las chicas envidiaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Teníaseñales de cuchillas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas.Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero lacicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía, por el contrario, realzarla.Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran delconvento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puedeque esto tuviese algo que ver con el asunto.—¿Tomas algo? —pregunté.—Claro, ¿por qué no?No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, erasólo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ningunapresión. Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener la edad, pero de todosmodos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de identidad, no sé. En fin,lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se sentaba a mi lado yo sentíacierto orgullo. No sólo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de lasmás bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé unavez.—¿Crees que soy bonita? —preguntó.—Sí, desde luego. Pero hay algo más... algo más que tu apariencia. ..—La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soybonita?—Bonita no es la palabra, no te hace justicia.Buscó en su bolso. Creí que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombreromuy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él,de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentí repugnancia y horror.Ella me miró y se echó a reír.—¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas,incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.—Mira —dijo a Cass—, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamostus exhibiciones.—¡Vete a la mierda, amigo! —dijo ella.—Será mejor que la controles —me dijo el encargado.—No te preocupes —dije yo.—Es mi nariz —dijo Cass—, puedo hacer lo que quiera con ella.—No —dije—, a mí me duele.—¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?—Sí, me duele, de veras.—De acuerdo, no lo volveré a hacer. Animo.Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar elpañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde yo vivía. Tenía un pocode cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que erauna persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismotiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizohermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo, acabase destruyéndola parasiempre. Esperaba no ser yo.Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:—¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?—Por la mañana —dije, y me di la vuelta.Por la mañana me levanté, hice un par de cafés y le llevé uno a la cama.Se echó a reír.—Eres el primer hombre que conozco que no ha querido hacerlo por lanoche.—No hay problema —dije—. En realidad no tenemos por qué hacerlo.—No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.Se fue al baño. Salió en seguida, realmente maravillosa, largo pelo negroresplandeciente, ojos y labios resplandecientes, toda resplandor... Se desperezósosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.—Ven, amor.Fui.Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen sucuerpo, acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y prieta. Empecé amoverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.—¿Cómo te llamas? —pregunté.—¿Qué diablos importa? —preguntó ella.Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, peroera difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí hasta las dos y luego me levanté y leíel periódico. Cuando estaba en la bañera, entró ella con una gran hoja: una oreja deelefante.—Sabía que estabas en la bañera —dijo—, así que te traje algo para tapar esacosa, hijo de la naturaleza.Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.—¿Cómo sabías que estaba en la bañera?—Lo sabía.Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No erasiempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía la hoja de elefante. Y luegohacíamos el amor.Telefoneó una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera ypelea pagando la fianza.—Esos hijos de puta —decía—, sólo porque te pagan unas copas creen quepueden echarte mano a las bragas.—La culpa la tienes tú por aceptar la copa.—Yo creía que se interesaban por mí, no sólo por mi cuerpo.—A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de loshombres puedan ver más allá de tu cuerpo.Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. Nohabía olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo dediscusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví penséque se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el bar West Endcuando ella llegó y se sentó a mi lado.—Vaya, cabrón, has vuelto.Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto.Nunca la había visto vestida así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler decabeza de cristal. Sólo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileresestaban clavados.—Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza...—No, no seas tonto, es la moda.—Estás chiflada.—Te he echado de menos —dijo.—¿Hay otro?—No, no hay ninguno. Sólo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez billetes.Pero para ti es gratis.—Sácate esos alfileres.—No, es la moda.—Me hace muy desgraciado.—¿Estás seguro?—Sí, mierda, estoy seguro.Se sacó lentamente los alfileres y los guardó en el bolso.—¿Por qué estropeas tu belleza? —pregunté—. ¿Por qué no aceptas vivircon ella sin más?—Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. Labelleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si leagradas a alguien sabes que es por otra cosa.—Vale —dije—, tengo mucha suerte.—No quiero decir que seas feo. Sólo que la gente cree que lo eres. Tienesuna cara fascinante.—Gracias.Tomamos otra copa.—¿Qué andas haciendo? —preguntó.—Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.—A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.—No creo que quisiese establecer un contacto tan íntimo con tantosextraños. Debe ser un fastidio.—Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso.Salimos juntos. Por la calle, la gente aún miraba a Cass. Aún era una mujerhermosa, quizá más que nunca.Fuimos a casa y abrí una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí, siemprenos era fácil hablar. Ella hablaba un rato yo escuchaba y luego hablaba yo. Nuestraconversación fluía fácil, sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos.Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa... de aquellamanera que sólo ella podía reírse. Era como el gozo del fuego. Y durante la charlanos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnosa la cama. Fue entonces cuando Cass se quitó aquel vestido de cuello alto y lo vi...vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.—Maldita sea, condenada, ¿qué has hecho? —dije desde la cama.—Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonitaaún?La arrastré a la cama y la besé. Me empujó y se echó a reír:—Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto no quierenhacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.—Sí —dije—, no puedo parar de reír... Cass, zorra, te amo... deja dedestruirte; eres la mujer con más vida que conozco.Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquelpelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos ehicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muytranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin,vino y me zarandeó:—¡Arriba, cabrón! ¡Chapúzate con agua fría la cara y la polla y ven adisfrutar del banquete!Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no eraverano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajosdormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo unabotella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas desetenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutían ventas de fincas dejadas pormaridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de lasupervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por allí y nohablamos mucho. Era agradable simplemente estar juntos. Compré bocadillos,patatas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass ydormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como un fluirjuntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Despuésde cenar, sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome yluego dijo lentamente: «No». La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.Al día siguiente, encontré un trabajo como empaquetador en una fábrica ytrabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andarmucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté yesperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me dijo elencargado.—Siento lo de tu amiga.—¿El qué? —pregunté.—Lo siento. ¿No lo sabías?—No.—Suicidio, la enterraron ayer.—¿Enterrada? —pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta deun momento a otro, ¿cómo podía haber muerto?—La enterraron las hermanas.—¿Un suicidio? ¿Cómo fue?—Se cortó el cuello.—Ya. Dame otro trago.Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cincohermanas, la chica más guapa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sinpoder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo envez de aceptar aquel «no». Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yosencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Memerecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿por qué acusar a los perros? Melevanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapade la ciudad muerta a los veinte años.Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos,persistentes. Dejé la botella y aullé: «¡MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DEPUTA, CÁLLATE YA!». Y seguía avanzando la noche y yo nada podía hacer.

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