Firerevolution
Usuario (Argentina)
La Escuela de Mujeres - Molière / Adaptación - Resumen ACTO I ESCENA 1 Salón de la casa de Arnolphe, chimenea al frente, una mesa al centro. Georgette aviva el fuego, Alain barre el suelo. Una puerta en el lateral izquierdo simula la salida de la casa a la plaza de la ciudad. (Plaza de la ciudad) Crisalde: ¡Has venido, al fin, a pedir su mano! Arnolphe: Sí. Quiero terminar esta cosa mañana. Crisalde: Tu propósito me hace temblar; de cualquier modo que consideras el problema, elegir mujer es, por tu parte, un rasgo temerario. Tienes que estar alerta para no dejarte engañar. Arnolphe: Entiendo tu temor amigo mío, ya que según parece, tu criterio es que los cuernos son consecuencia inevitable del matrimonio. Crisalde: Por supuesto, pero es que además, en tu caso, has hecho objeto de nuestra burla a cien maridos, o no me digas que tu mayor placer no consiste en divulgar a los cuatro vientos intrigas secretas? Amigo mío, quien se ríe del prójimo debe temer siempre que se venguen. Arnolphe: ¡Dios Santo, amigo mío! No te atormentes demasiado. Muy hábil ha de ser el que pretenda atraparme. Conozco todos los trucos y enredos sutiles que emplean las mujeres para hacernos cornudos. Pero la mujer que he elegido para casarme ha sido educada cuidadosamente por mí en la más absoluta ignorancia. Apenas sabe leer y escribir, luego no hay peligro alguno. Crisalde: ¿Pretendes casarte con una tonta? Arnolphe: Casarse con una tonta no supone SER un tonto. Sé el precio que pagan algunos por elegir mujeres de talento, que pronto están más interesadas en trabajar y en estudiar que en el cuidado de sus hogares. No voy a cargar con una rebelde, y la mujer que escribe sabe demasiado. Quiero que la mía, bastante hueca, no sepa siquiera qué es una rima, en otras palabras, que brille por su ignorancia. Para una mujer es suficiente saber rezar, limpiar y amar a su marido. Crisalde: ¿Es decir que deseas una mujer estúpida? Arnolphe: Hasta el punto de preferir una fea muy tonta que una mujer bellísima y astuta. Crisalde: Pero... ¿Cómo quieres que una tonta pueda llegar a saber lo que es ser decente? Puede en muchos casos faltar a sus deberes sin siquiera darse cuenta de lo que hace? Arnolphe: Ah… No lo escucho. En mujeres, como en todo, quiero seguir mi estilo. Soy lo bastante rico para poder elegir una mitad que me lo deba todo y cuya plena ignorancia no pueda echarme en cara ni bienes ni su origen. Un aire dulce y tranquilo, entre las otras muchachas, inspiró mi amor por esta chica desde los cuatro años; cuando su madre se vio urgida por la pobreza, y se me ocurrió pedírsela. La pobre me agradeció haberle sacado esa carga de encima. En una institución, lejos del mundo, la eduqué de acuerdo con mi política; es decir, cuidando hasta los más pequeños detalles necesarios para volverla lo más idiota. Al sacarla de allí más tarde, la he instalado en esta casa a la que nadie viene a verme. La espera complació mis expectativas. A veces la pobre me dice cosas que me matan de risa. El otro día, con una inocencia sin igual, vino a preguntarme si los hijos nacen por la oreja. Crisalde: Si es así como deseas hacer las cosas, estoy feliz por usted señor Arnolphe. Arnolphe: ¡Pero! ¿Vas a seguir llamándome por ese nombre? Crisalde: ¡Ah! Me cuesta llamaros señor de la Souche. ¿Por qué diablos quieres cambiar de nombre? Arnolphe: Resulta a mis oídos más atractivo señor de la Souche que Arnolphe. Entiendo que los que no están enterados sigan llamándome Arnolphe, pero tú, que ya sabes cuál es mi deseo… Crisalde: De acuerdo, de acuerdo; no discutiremos por ello, tendré que acostumbrarme a llamarlo señor de la Souche. (Aparte, marchándose) ¡Qué loco de remate! Arnolphe: (Llama a su puerta) ¡Hola! ESCENA 2 (Interior de la casa de Arnolphe) Alain: ¿Quién llama? Arnolphe: ¡Abran! (Aparte) Seguro que están muy contentos por volver a verme después de diez días de ausencia. Alain: ¿Quién es? Arnolphe: Yo. Alain: ¡Georgette! Georgette: ¿Qué? Alain: Baja a abrir. Georgette: Abre tú. Alain: Abre tú. Georgette: No voy a ir. Ve tú. Alain: Pues yo tampoco. Arnolphe: ¡Sigan hablando mientras yo espero afuera! ¡Hola! ¡Eh! ¡Por favor! Georgette: ¿Quién toca? Arnolphe: El amo. Georgette: ¡Alain! Alain: ¿Qué? Georgette: Es el señor. Abre pronto. Estoy avivando el fuego. Alain: Y yo cuido que no se escape el gorrión, por miedo al gato Arnolphe: El que no abra la puerta ahora se quedará sin comer cuatro días. Georgette: ¿Por qué vienes tú, cuando yo corro a la puerta? Alain: ¿Y por qué no, si yo corrí primero? Georgette: Yo quiero abrir la puerta. Alain: Sal de aquí. Georgette: Muévete. Alain: No la abrirás. Georgette: Tampoco tú. Alain: (Abriendo la puerta) Al menos, he llegado yo, señor. Georgette: (Entrando) Soy yo, su humilde servidora. Alain: Si no fuera por respeto al señor, te… (Encajando un golpe a Arnolphe) Arnolphe: ¡Maldición! Alain: Perdón señor. Arnolphe: ¡Si serás bruto!, ¿Quieres callarte? Habla sólo cuando yo te pregunte ¿Cómo han ido las cosas por aquí? Cuando me fui, ¿quedó mi esposa triste? Georgette: ¿Triste? No. Arnolphe:¿No? Georgette: ¡Ah, sí! Arnolphe: ¿Y por qué? Georgette: Sí, muy deprimida. No había caballo que pasara por casa que ella no pensara que era el de usted. Arnolphe: Bien. Retírense y díganle a Agnès que baje. ESCENA 3 Arnolphe: Querida Agnès, ya estoy de vuelta del viaje. ¿Te agrada? Agnès: Sí señor, a Dios gracias. Arnolphe: También a mí me agrada volver a verla. ¿Le ha ido tan bien? Agnés: Excepto por las pulgas de noche… Arnolphe: ¿Qué está haciendo? Agnès: Pues algunas cofias. Sus camisas para dormir y sus gorros ya están hechos. Arnolphe: ¡Ah, eso está muy bien! Toda buena mujer debe encontrar su pasión en el trabajo del hogar. Vamos, sube a tu habitación, volveré pronto y te hablaré de un importante asunto. (Sale Agnès) Arnolphe: ¡Ésta ignorancia ingenua y honesta no tiene precio! ESCENA 4 (Plaza de la ciudad. Arnolphe sale de casa, en la puerta se encuentra con Horace) Arnolphe: ¿Qué ven mis ojos? ¡De ningún modo! ¡Eres tú Horace! Horace: ¡Arnolphe! Arnolphe: ¡Qué inmensa alegría! ¿Desde cuándo estas aquí? Horace: Desde hace nueve días. Visité su casa, pero no lo encontré. Arnolphe: Estaba en el campo…. ¡Oh, cómo has crecido! Eras aún un niño la última vez que te vi. Horace: Así es. Arnolphe: Y tú padre Oronte, mi buen amigo. ¿Qué hace? ¿Cómo está? Horace: Está muy bien. Me ha dado una carta para usted en la que le informa de su próxima llegada con motivo de un importante negocio. Arnolphe: Ah, será bien recibido. Todo lo mío es de ustedes. (Recibe la carta y la guarda) Horace: Me alegra que lo diga, porque ando necesitando cien doblones para realizar… Arnolphe: ¡Ni lo menciones! (Le entrega una bolsa) Y dime, ¿Cómo has encontrado la ciudad? Horace: Numerosa en habitantes y... maravillosas mujeres. No quiero ocultarle nada, he tenido cierta aventura amorosa con una dulce doncella. Mis atenciones han tenido tanto éxito, que he logrado llegar hasta su casa. Arnolphe: (Riendo) ¿Y de quién se trata? Horace: (Señalando la vivienda de Agnès) Es una joven que vive en esa casa. Simple, en verdad, porque ha sido educada en la ignorancia por un malvado que la mantiene alejada del mundo. ¡Ay, pero ante ella no hay corazón que se resista! Me parece imposible que no hayáis visto a ese joven astro de amor llamado Agnès. Arnolphe: (Aparte) ¡Imposible! ¡Me muero! Horace: Al marido creo que lo llaman señor de la Souche. Hombre rico, según me han dicho, pero un poco loco. ¿Lo conoces por casualidad? Arnolphe: Pues, pues... sí lo conozco... Horace: Es un loco, ¿verdad? Arnolphe: Pues… Horace: ¿Qué dice? ¿Ridículamente celoso? ¿Tonto? Debe ser todo eso que me han dicho. Sería pecado que tan rara belleza como Agnès quedara en manos de ese maniático. Todos mis esfuerzos, mis más dulces deseos, están dirigidos a convertirme en su dueño; y el dinero que le he pedido prestado es para llevar esto a cabo. Usted sabe que el dinero es la clave de toda gran empresa. Lo veo triste. ¿Será que desaprueba mis planes? Arnolphe: No, no; estaba pensando... Horace: Esta conversación lo aburre. ¡Adiós! Por favor le pido, no divulgue mi secreto Arnolphe: (Solo) ¡Ay, cómo he sufrido oyendo lo que he oído! Con qué me ha contado precisamente a mí su amor por Agnès, claro, no sabe que yo Arnolphe me hago llamar también señor de la Souche. Debo arruinar sus planes y enterarme, por mi honor, hasta donde alcanza la relación entre ellos. ACTO II ESCENA 1 Alain: ¡Ah, señor...! ¿Qué ocurre? Arnolphe: ¡Vengan acá los dos! Georgette: Me da miedo Arnolphe: ¿Así es como me han obedecido durante mi ausencia, poniéndose de acuerdo para traicionarme? Alain: (Aparte) Le ha mordido algún perro rabioso, estoy seguro. Arnolphe: ¡Has tolerado, canalla, maldita...! (Agarrando a Alain del cuello, pues pretende huir) (A Georgette) Es necesario que me digas en este mismo instante... (Alain y Georgette se levantan dispuestos a huir de nuevo) El que se mueva ¡Lo mato! ¿Cómo se introdujo ese hombre en mi casa? ¡Hablen, miserables! Alain: ¡Me muero! Arnolphe: Estoy empapado; tengo que abanicarme y dar un paseo. (Sale) (Quedan Alain y Georgette en escena) ESCENA 2 Georgette: ¡Dios mío, cómo se ha puesto! Alain: Ese caballero lo ha enojado, yo te lo dije. Georgette: ¿Pero por qué quiere ocultar a Agnès así y no permitir que nadie se le acerque? Alain: ¡Por los celos! Georgette:¿Y por qué con tal furor? Alain: ¿No crees, que si, al estar tomando tu sopa, algún hambriento viniera a tomársela, te enfurecerías? Pues igual ocurre con los celos... Cuando un hombre sospecha que otros quieren meter los dedos en su sopa, la ira los domina. Georgette: ¡Oh, que tonta comparación! ¡Sal... vete y trae leña para el fuego! (Sale Alain, Georgette sola) ¡La sopa del hombre! ¡Sí claro! ¡Viejo loco! (Sale Georgette) ESCENA 3 Arnolphe: (Ve entrar a Agnès) Buen día querida. ¿Qué noticias tienes? Agnès: El gatito se murió. Arnolphe: ¡Qué lástima! ¿Te has aburrido los días que he estado fuera? Agnès: Jamás me aburro. Arnolphe: (Después de pensar un rato) El mundo, amada Agnès, es extraño. ¡Hay gente mala que murmura mucho! Unos vecinos me han dicho que ha venido por aquí un joven, y que tú has recibido sus visitas; pero apostaría que son puros rumores Agnès: ¡No apueste! ¡Perdería! Casi no se ha movido de nuestra casa. Arnolphe: (Tratando de disimular la rabia) ¡¿Cómo?! ¿Cómo ha sido eso posible? Agnès: Historia sorprendente y difícil de creer. Estaba yo en el balcón, trabajando al aire libre, cuando vi pasar a un joven muy apuesto, que al verme, me saludó enseguida con reverencia humilde. Yo para no ser descortés, le hice otra reverencia por mi parte. A la mañana siguiente, estando yo en la puerta, una vieja se aproximó, hablándome de esta manera: Hija mía, Dios no la ha creado tan bella para que haga mal uso de las cosas que le ha concedido, y debe saber que ha herido un corazón terriblemente. Arnolphe: (Aparte) Ah… ¡Perra! Agnès: “¿Que yo he herido a alguien?”, exclamé sorprendida, “Sí –dijo ella–; herido de verdad al joven a quien vió ayer desde el balcón, el pobre se aflige bajo el efecto de sus ojos y sólo sus ojos pueden reparar el mismo daño que le han causado”. “¡Ay! –dije–, puesto que así lo desea, puede venir a verme cuando quiera”. Así, me visitó y pudo curarse. ¿Podría yo, después de todo, dejarlo morir sin asistencia? ¡Yo, que tanto compadezco a las personas! ¿Hice mal? Arnolphe: No, pero dime ¿Qué hacía él cuando estaban a solas? Agnès: Jurar que me amaba como nadie y decirme las palabras más dulces del mundo. Arnolphe: (Rojo de ira) Y... ¿No te hacía también algunas caricias? Agnès: ¡Oh, tantas...! Me agarraba las manos y no se cansaba nunca de besármelas. Arnolphe: Pero para curar ese “mal” ¿No te pidió otro remedio? Agnès: No, pero con tal de ayudarlo, hubiera hecho cualquier cosa. Arnolphe: Calla, por favor. Todo ha sido motivado por tú inocencia. No diré nada. Lo hecho, hecho está... Sé que, halagándola, el galán no pretendía otra cosa que engañarla y abusar… Agnès: ¡Oh! Nada de eso. Me ha confesado que me ama más de veinte veces. Arnolphe: ¡Ah! No conoces las trampas de esos lindos presumidos. Seguirle sus juegos es un pecado mortal. Agnès: ¿Un pecado dices? ¿Y por qué? ¡Pero si es tan tierno! Arnolphe: Sí; gran placer producen esas caricias; pero es preciso gozarlas en la honestidad del matrimonio. Agnès: Entonces cáseme cuanto antes. Arnolphe: Por eso me encuentro aquí Agnés: ¿Será posible? Arnolphe: Sí Agnès: Qué feliz me haría, ¿Usted quiere que nosotros…? Arnolphe: Claro que sí. Agnès: ¡Ay, le debo una! Que feliz seré con él Arnolphe: ¿Con quién? Agnès: Con él… Arnolphe: Él no está en mis planes. No quiero que vuelvas a ver a ese canalla. Cuando vuelva debes cerrarle la puerta en la cara.. Agnès:¡Ay! Pero no tendré valor... yo lo amo. Arnolphe: Basta de conversación. Vete a tu habitación... Obedece. (Sube Agnès) ACTO III ESCENA 1 Arnolphe: Agnès; deja tu labor y escúchame. Que se te grabe hasta la última palabra. Contigo me caso, Agnès y debes bendecir la suerte y admirar mi bondad, que de pobre te hice ascender a burguesa. Tu sexo obliga a la dependencia; el poder está del lado de las barbas. Le debes profunda obediencia y respeto a tu marido y amo. Aquí tengo un escrito importante que te enseñará el oficio de esposa. A ver si lo lees bien. Agnès: (Leyendo) “Máximas del matrimonio, los deberes de la mujer casada” “Máxima primera. La esposa debe grabarse en la cabeza que el hombre que la elige, lo hace sólo para él.” Agnès: (Siguiendo) “Máxima segunda. Sólo a su marido debe preocuparle el cuidado de su belleza, y no importa que los demás hombres la encuentren fea”. “Máxima tercera: Debe cuidarse de los regalos de los hombres, pues en estos tiempos nadie da sin recibir nada a cambio” “Máxima cuarta…” Arnolphe: La terminara de leer a solas, luego le explicaré su contenido. Debo salir, no tardaré mucho. (Arnolphe a solas) Arnolphe: No puedo hacer nada mejor que hacerla mi esposa y pronto, no permitiré que ese sinvergüenza me la arrebate. Forjaré su alma como un trozo de cera en mis manos, puedo darle la forma que se me antoje. Toda persona simple es dócil a las lecciones. ESCENA 2 (Plaza de la ciudad. Arnolphe acaba de salir y tropieza con Horace) Arnolphe: (Sobresaltado) ¡Ah, mi buen amigo! Dime: ¿Cómo van tus amoríos? Horace: Pues mi amor ha sufrido una desgracia. Arnolphe: (Aparte) He de disimular y averiguar sus planes. (A Horace)¡Oh, oh! ¿Y cómo es eso? Horace: La suerte cruel trajo del campo al loco protector de la joven que amo. Y con pena de mi parte, se enteró de nuestra relación. Arnolphe: (Disimulando una sonrisa) ¡Qué desgracia! Horace: Y ayer, cuando fui a la hora acostumbrada para hablar con mi amada, la sirvienta y el criado me cerraron el paso, diciéndome: “Retírese, nos está importunando”. Con estas palabras, me dieron con la puerta en las narices. Arnolphe: Entonces, ¿no le han abierto? Horace: No. Y desde la ventana, Agnès me confirmó la vuelta de su amo, echándome de allí con una piedra arrojada por su mano. Arnolphe: (Riéndose) ¡Una piedra! Horace: Sí. Pero lo que no me esperaba, es un gesto de astucia que tuvo mi amada. Junto a la piedra iba atada una carta. Arnolphe: ¿Cómo? Horace: Una carta en la que Agnès me confiesa su amor, diciéndome que se ha dado cuenta de que la criaron en la ignorancia y que le encantaría saber si yo siento lo mismo por ella. Arnolphe: (Aparte) ¡Con que para eso te sirve la escritura maldita! (Horace le entrega la carta y éste la lee rápidamente. Aparte) ¡La muy condenada! Horace: ¿Viste jamás expresiones más dulces? Esta noche entraré, con ayuda de una escalera, en su cuarto y le declararé mi amor. (Mirando a Arnolphe) ¿Qué le pasa? Arnolphe: (Disimulando) ¿A mí? Nada, nada. Un poco de tos. Adiós. Horace: ¡Cómo! ¿Tan pronto? Arnolphe: Me acordé de un negocio urgente. Horace: Adiós, entonces. (Sale Horace) Arnolphe: (Queda solo en escena) ¡Cómo me cuesta ocultar mis verdaderas intenciones delante de este canalla! Me encuentro como muerto por esa carta. Finge inocencia ante mí, la traidora, y sin embargo la amo, hasta no poder prescindir de su amor. ¡Estallo de rabia! ¡Juro que ese sinvergüenza no se saldrá con la suya! ACTO IV ESCENA 1 (Casa de Arnolphe. Notario y Arnolphe) Notario. ¡Ah! ¡Aquí está! ¡Buenos días! Estoy listo para arreglar el contrato que desea hacer Arnolphe: (Sin verlo.) Debo pensar bien qué medidas… Notario. Yo no haría nada contra sus intereses. Arnolphe: (Sin verlo.) Hay que ser precavido. Notario. Deje el asunto en mis manos. No debe, por miedo al engaño, arrepentirse de un contrato que aún no ha visto. Arnolphe: (Sin verlo.) Si ocurre algo, temo que se hable en el pueblo del incidente. Notario. Si el contrato se hace en secreto es fácil impedir el escándalo. Arnolphe: (Sin verlo.) Pero, ¿cómo arreglar con ella? Notario. La norma dice que el futuro debe dejarle a la futura un tercio de su dote, pero podemos modificarlo a su gusto si quiere. ¿Por qué se encoge de hombros? ¿Cree acaso que estoy diciendo tonterías y que no conozco las formas de un contrato? Arnolphe: Sí, estoy seguro de que usted sabe todo eso; ¿pero quién ha dicho lo contrario? Notario. Usted, que me quiere hacer pasar por tonto, haciendo muecas. Arnolphe: ¡Al diablo usted y su cara de perro! Adiós. Es la única forma de callarlo. Notario. ¿No me hicieron venir para hacer un contrato? Arnolphe: La cosa se ha postergado. Ya lo llamarán cuando llegue la hora. Notario. Este hombre está loco de remate ESCENA 2 (Interior de la casa. Arnolphe, Alain y Georgette) Arnolphe: Acérquense; mis fieles amigos: de nuevo imploro su ayuda. Georgette: ¿De qué se trata? Lo que desee señor. Arnolphe: ¡Quieren jugarle una mala pasada a mi honor! ¡Y qué sería para ustedes, si avergonzaran a su amo! Por todas partes los señalarían con el dedo. Así pues, el problema los afecta tanto como a mí. Les cuento: Horace quiere con ayuda de una escalera entrar esta noche en el cuarto de Agnès. Tienen que tenderle una trampa. Ármense con un garrote y cuando esté a punto de entrar, ataquen al traidor. Yo los observaré escondido. ¿Me ayudaran? Alain: Si la cosa es pegar, este tranquilo señor, puede contar conmigo. Georgette: También conmigo. Arnolphe: Retírense entonces y no digan de esto ni una sola palabra. Tomen este dinero y no se dejen engañar por ese rufián. (Salen Alain y Georgette, a continuación sale Arnolphe) ESCENA 3 (Entra Alain, corriendo tras él aparece Georgette) Arnolphe: ¡Animales! ¿Qué hicieron con tanta violencia? Alain: Demostrarle obediencia, señor. Hicimos lo que nos pidió Georgette: Sí, eso señor. Arnolphe: La orden era pegarle, no matarlo. ¡Cielos! Retírense y no digan nada a nadie. (Sale Alain seguido de Georgette) (Arnolphe queda solo en escena) ¿Qué será de mí? ¿Qué dirá su padre cuando se entere de lo ocurrido? (Sale) ESCENA 4 Horace: ¿Es usted, señor Arnolphe? Arnolphe: Sí, pero ¿Tú...? (Aparte) Creo que estoy volviéndome loco. ¿No estaba muerto? Horace: Venía a contarle que todo ha salido bien. Me recibieron, eso sí, con un piedrazo en la cabeza, pero fingiendo que estaba muerto, se retiraron llenos de espanto. Y Agnés, al escuchar ruidos, vino a donde estaba y al encontrarme vivito y coleando me ha confesado su amor con tal ardor que hemos huido juntos. Ahora, he venido a pedirle que aloje a Agnès en su casa, donde estará a salvo. Quiero así, que esperemos hasta que llegue mi padre y podamos, con su aprobación, casarnos. Arnolphe: (Aparte) ¡Ah, descarado! (A Horace) Será para mí un placer poder ayudarte. Recogeré a tu amada en los jardines que hay tras mi casa para no levantar sospechas. Horace: Excelente. ¡Nunca sabré como pagarle lo que ha hecho por mí! (Sale) Arnolphe: (A solas) ¡Si Agnès vuelve a mi casa nunca más saldrá de ella! Yo sabré como obligarla a ser mi esposa. Si no es conmigo, ¡no se casará con nadie! (Sale). ESCENA 5 Horace: Espero que no te inquiete el lugar donde te voy a llevar; te dejaré en una casa segura. Es la casa de un amigo que te cuidará bien. Entra por esta puerta y deja que te guíen. (Arnolphe, al otro lado de la puerta, toma la mano de Agnès, sin ser reconocido) Agnès: No deseo separarme de ti. Seguir a un desconocido... Horace: No temas; en ningún sitio estarás tan segura como allí. Agnès: ¡Ay, sin ti, no me siento feliz! Horace: Mi amor por ti no tiene límites, pero debemos esperar. En mi casa no sería prudente que te quedes. Cuando venga mi padre Oronte, pediré su aprobación y nos casaremos. Agnès: ¿Cuándo te veré entonces? Horace: Muy pronto, quédate tranquila. Agnès: ¡Ay, tiran demasiado de mí! Horace: Confía en mí. Volveré pronto. (Sale dejando sola a Agnès) ESCENA 6 (Interior de la casa. Agnès y Arnolphe) Arnolphe: Ven. (Dándose a conocer) ¿Me reconoces? Agnès: (Al ver a Arnolphe) ¡Ay! Arnolphe: Mi rostro te asusta. Pero el destino ha querido que vuelvas a esta casa ¡Ah, pícara, llegar a esta traición! Agnès: ¿Por qué me regañas? No veo nada malo en todo lo que he hecho. Arnolphe: ¿Tú crees que seguir a un galán no es una acción horrible? Agnès: Es un hombre que dice quererme por esposa; de acuerdo con vuestras lecciones, siempre me dijiste que es esencial casarse para evitar el pecado. Arnolphe: Sí. Pero casarte conmigo. Agnès: Francamente, él es más de mi gusto que tú. Contigo el matrimonio es molesto y penoso, pero ¡ay!, él lo presenta tan colmado de placeres, que dan deseos de casarse. Arnolphe: ¿Cómo, entonces, no me amas? Agnès: ¿A ti? No Arnolphe: ¿Cómo, no? Agnès: ¿Quieres que mienta? Arnolphe: ¿Y por qué no me amas, muchacha insolente? Agnès: ¡Dios mío! ¡No es a mí a quien debes criticar! ¿Por qué no te has hecho amar como él? Creo que nadie te lo ha impedido. Arnolphe: Me he esforzado por hacerlo con todas mis fuerzas; pero por lo visto resultaron inútiles todos mis propósitos. Agnès: Horace sabe mucho más que ti, pues no le ha costado ningún trabajo hacerse amar. Arnolphe: (Aparte) ¡Cómo razona y responde la traidora! ¡ ¡Ah, qué mal la he conocido! (A Agnès) ¿Y todo lo que tienes que agradecerme? Te cuidé y eduqué desde niña. Agnès: No tengo que agradecerte demasiado ¿Crees que no sé que me has educado para ser una perfecta ignorante? Me avergüenza no haber estudiado con la edad que tengo, pero lo haré ahora, pues no quiero pasar por hueca. Arnolphe: No sé cómo me contengo sin responderte con una cachetada. Me irrita tu ofensiva frialdad. Agnès: ¡Ay! Puede hacerlo, si le divierte. Arnolphe: (Aparte) Extraña cosa es amar... ¡Y que por estas traidoras se vean los hombres maltratados! (A Agnès) Bueno; hagamos las paces. Anda, te lo perdono todo y te devuelvo mi cariño; imagina por esto el amor que te tengo, y viéndome tan comprensivo, ámame sin trabas. Agnès: Quisiera… ¿Qué me costaría si pudiera hacerlo? Arnolphe: Si tú quieres, puedes hacerlo. A mi amor, nada lo iguala. (Aparte) ¿Qué prueba quieres que te dé, ingrata? ¿Quieres verme llorar ¿Quieres que me mate? Estoy dispuesto a todo para demostrarte mi pasión. Agnès: Siento decirle, sus discursos no conmueven mi alma; Horace, con dos palabras, consigue mucho más. Arnolphe: ¡Ah, esto es provocarme y aumentar demasiado mi enojo! Seguiré mi plan, animal indócil; abandonarás al instante esta casa. Me rechazas, ¡pues yo me vengaré enviándote al último rincón de un convento! (Sale) ESCENA 7 (Casa de Arnolphe. Arnolphe, Horace, Enrique y Oronte. Horace y Arnolphe hablan en un rincón de la escena) Horace: ¡Ay, vengo a buscarlo ciego de dolor! El motivo de que mi padre Oronte esté aquí (Señalando a Oronte) es que me ha desposado con la hija de Enrique, hasta aquí han venido los dos dispuestos a celebrar la boda. El destino quiere apartarme de la mujer que amo. Por favor, no le revele mi compromiso con Agnès y valiéndose de la confianza que tienen en usted, persuádalos para que cancelen la boda! Arnolphe: (Aparte) Esta es mi oportunidad (A Horace) Lo ayudaré. Horace: Confío en usted Arnolphe: (Se acerca y abraza a Oronte) ¡Qué alegría de verte! Oronte: ¡Ah, qué abrazo tan lleno de cariño! He venido... Arnolphe: Sé lo que te trae. Tu hijo se resiste a esa boda y me ha suplicado incluso que te persuadiera. Pero yo, el único consejo que te doy es que no toleres que ese casamiento se retrase y que hagas valer tu autoridad de padre. Horace: (Aparte) ¡Ah, traidor! Oronte: Si el corazón de mi hijo siente algún rechazo, no conviene violentarlo, supongo que mi hermano Enrique opinará lo mismo. Arnolphe: ¡Cómo! ¿Te dejarás manejar por tu hijo? Oronte: Tienes razón. Un hijo debe obedecer en todo momento la voluntad del padre. Horace: (Aparte) ¿Qué oigo? ¡Maldito enredo! ¡Qué males pueden igualarse a mis penas! (Entra Georgette) Georgette: Señor, si no nos ayuda, va a sernos imposible retener a Agnès; quiere escaparse como sea, y a lo mejor la loca intenta tirarse por la ventana! Arnolphe: Tráiganla. Enseguida pienso llevármela. (Entra Agnès) Arnolphe: (A Agnès) Ven, ven (Señalando a Horace) Aquí está tu galán, puedes hacerle una humilde y tierna reverencia para despedirte. Agnès: ¿Permitirás, Horace, que me arrastren de este modo? Horace: Estoy perdido. ¡Tan fuerte es mi dolor! Arnolphe: Vamos charlatana, vamos; el convento te espera. Enrique: (Mirando a Agnès cree reconocer a su hija) ¿Qué significa todo ésto? Arnolphe: Ya les contaré con más tiempo. (Empujando a Agnès hacia la calle). Ya te he aconsejado, pese a toda esta confusión, que celebres la boda de Horace lo antes posible. Hasta la vista. Oronte: Sí, pero para celebrarla... ¡No sé si te lo han contado todo! ¿No te dijeron que tienes en tu casa a la hija que el señor Enrique tuvo en secreto con la amable Angélica? De este casamiento secreto nació una niña que se ocultó a toda la familia. Arnolphe: ¡¿Cómo?! Enrique: ¡La muerte separó a Angélica y a mí trágicamente! Pero he sabido que en su extrema pobreza, entregó a nuestra hija a la edad de cuatro años, a una campesina, que luego nos diría que tienes a esta hija aquí, en tu propia casa (A Agnès) ¡Ah, hija mía! Agnès querida, abrázame al fin, soy tu padre. Arnolphe: ¡Oh! (Sale corriendo totalmente trastornado) Oronte: ¿Por qué huye sin decir nada? Horace: ¡Ay, padre mío! Pronto sabrás los detalles de este misterio. El azar organizó aquí lo que ustedes ya habían planeado. Me había comprometido yo, por los lazos de una mutua pasión, con una muchacha que resulta ser misma la que vienes a buscar. (Abrazando a Agnès) Vayámonos de esta casa, ¡A Dios gracias, que ese celoso no logró su propósito!