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Extermindor125

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Primer post: 3 ago 2011Último post: 5 ago 2011
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Ameba devoracerebros
Ciencia EducacionporAnónimo8/5/2011

Parásitos que se alimentan de nuestros cerebros El aumento de las muertes por culpa del Naegleria fowleri, un parásito microscópico y, hasta el momento, raro, está alarmando a las autoridades sanitarias estadounidenses. En el último año, el parásito ha matado a seis niños y jóvenes en Estados Unidos, tres de ellos en la Florida, dos en Texas y uno en Arizona. Esta cifra que no parece alarmante, pero que supera con creces la media de casos registrados hasta el momento (de 1995 a 2004 se dataron 23 víctimas). Los expertos vaticinan que el número de infectados podría seguir aumentando debido al cambio climático. “Es una ameba que adora el calor. Si la temperatura del agua aumenta, se encontrará mejor”, “En las próximas décadas esperamos ver más casos, al incrementarse las temperaturas”, explica Michael Beach, especialista del Centro de control y prevención de enfermedades estadounidense (CDC). “Esto es definitivamente algo a lo que tenemos que dar seguimiento”, agregó. El CDC sabe solamente de unos varios cientos de casos en todo el mundo, desde que fue descubierto el microorganismo en Australia en la década de 1960. Esta ameba vive en aguas dulces y cálidas, como lagos, charcas, aguas industriales o piscinas descuidadas y con poco cloro. Principalmente se localiza en la capa superior del fondo, por lo que la infección por este parásito es más fácil si la víctima remueve o pisa el sedimento. Para que pueda llegar al cerebro, es necesario que el agua donde reside el parásito ascienda por la nariz como ocurre, por ejemplo, al tirarse de cabeza o dar una voltereta en el agua. Una vez en el interior del cuerpo, la ameba devora rápidamente las mucosas y continúa su ascenso hacia el cerebro donde se instala y se alimenta de células cerebrales. Las víctimas infectadas se quejan al principio de dolores de cabeza, fiebre o rigidez en el cuello, aunque una vez que el parásito ha avanzado, dan muestras de daños cerebrales, como alucinaciones o cambios en el comportamiento. En menos de una semana el paciente puede entrar en coma y morir.De momento, hay drogas que han tenido efecto contra la ameba en laboratorios, pero las víctimas rara vez sobreviven, dijo el experto, no existe un tratamiento eficaz contra el microorganismo. Se han dado casos en la gran mayoría de países cálidos del planeta, en el continente africano se supone un alto porcentaje de muertes por esta ameba y en sudamérica y países cálidos asiáticos, los casos se multiplican año a año.

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El peso exacto del alma
El peso exacto del alma
InfoporAnónimo8/3/2011

El peso físico del alma Desde hace miles de años la creencia en la existencia física de eso llamado “alma” respira y se agita acaloradamente, pese a que, como todo el mundo sabe, no puede ser vista, tocada, oída o siquiera degustada. Platón, que prefería siempre las cosas que venían en paquetes tripartitos, rezongaba diciendo que el alma era la idea eterna que estaba formada por tres partes (una mental, una emocional y otra espiritual) y que, al morir, cada una tomaba su camino y el alma espiritual regresaba a la “dimensión luminosa” de donde –a su entender– procedían todas las almas. Aristóteles extendió la noción y se despachó diciendo que todos los seres vivos tienen en sí un principio vital o alma –mortal– que regula todas sus funciones vitales, y que muere junto a él (las plantas tienen un alma vegetativa; los animales, un alma sensitiva; y los seres humanos, un alma racional). Y las firmas siguen: Hesíodo dice: “es un aliento que mantiene la vida del cuerpo inanimado y que lo abandona cuando el ser humano muere o está moribundo o desmayado); Hegel :“la manifestación sensorial inferior del espíritu en su nexo con la materia”). De carne somos Pero todo siempre fue mero discurso y ahí se quedaba. Nada de experimentación, medición ni observación. Hasta que recién en 1907 el médico estadounidense Duncan Mac Dougall (de Haverhill, Massachusetts) osó hacer lo que ni a Platón ni a Aristóteles se les había ocurrido: pesar –literalmente– un alma. Decididamente, lo primero que hizo fue comprar una “cama-balanza” que –según lo engatusó el vendedor– era sensible al peso de un pelo. Así, la armó y la arrinconó cerca de la ventana de su oficina. Lo que le faltaba entonces eran candidatos que dejaran pesar su yo interior más íntimo. Nadie sabe cómo, pero para febrero de ese año había reclutado a seis moribundos (cuatro de tuberculosis, uno de diabetes y el sexto de causas no especificadas). Y así fue: los observó antes, durante y después del proceso de muerte y midió puntillosamente cada cambio de peso. El resultado parecía coincidir en cada caso: exactamente, 21,262142347500003 gramos era la diferencia entre el peso del cuerpo viviente y del cadáver. O dicho en otras palabras, que el alma no sólo existía, tenía masa, sobre ella también actuaba la gravedad y pesaba lo mismo que una moneda de cinco centavos, una barrita de chocolate, una feta de jamón o un colibrí. Mac Dougall estaba tan entusiasmado con todo el asunto de jugar a la balanza que repitió el experimento con 15 perros que, luego de muertos, no registraron la sustracción de los famosos 21 gramos (para el médico todo cuadraba: sin dudas, ésta era la prueba por excelencia de que los únicos que gozaban de alma eran los seres humanos). Como un reguero de pólvora, la noticia se filtró y apareció el 11 de marzo de 1907 en la página 5 del New York Times (bajo el título, “Soul Has Weight, Physician Thinks”) antes de que la revista American Medicine aceptara publicar el estudio de Mac Dougall en su número de abril de ese año (el trabajo se llamó “Hypothesis concerning soul substance together with experimental evidence of the existence of such substance”). Lo curioso es que la “evidencia experimental” consistió en sólo 6 pacientes (una muestra demasiado pequeña), sin hablar del hecho de que Mac Dougall –que murió sin pena ni gloria en 1920– nunca precisó a qué se refería con “muerte” (si muerte cerebral, muerte celular, muerte legal, etc.) o si los famosos 21 gramos no se relacionaban, en verdad, con el sudor, el cese de la respiración, la coagulación de la sangre, el vaciamiento de los pulmones o, lisa y llanamente, que la cama-balanza andaba mal. Después en el año 52 el científico Francis Crick y James Watson descubrieron que al fallecer ciertas estructuras cerebrales desaparecían al morir y el peso de estas oscilan entre los 21 g, se supone que esta zona que se pierde se le denominó conciencia -alma… ya que esta zona del cerebro es la que domina esas acciones de la conducta humana.

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