Exequielx
Usuario (Argentina)

En este post van a encontrar 33 datos, de los cuales algunos son simples curiosidades y otros son mitos que resultan ser falsos o verdaderos, depediendo del caso. Sin más preámbulos... Historia - Los esfuerzos de Cristóbal Colón de obtener financiamiento no fueron ignorados en Europa debido a la creencia de que la Tierra fuese plana. En realidad, los navegantes y marineros sabían que la Tierra es esférica (realmente un geoide) pero estaban en desacuerdo con él (y con razón) en su creencia de la distancia a la India. La clase intelectual ya sabía que la Tierra es esférica desde los trabajos de Platón y Aristóteles. Eratóstenes hizo una estimación muy aproximada del diámetro de la Tierra hacia el siglo III a. C. - Napoleón Bonaparte no tenía una estatura particularmente reducida, y no padecía complejo napoleónico. A su muerte en 1821, el emperador tenía una estatura de 1 metro 68 centímetros. - No hay evidencia alguna de que los vikingos utilizaran cuernos en sus cascos. - María Antonieta nunca dijo la frase "pues que coman pasteles" al decírsele que los campesinos padecían hambre debido a la carestía del pan. Esta frase fue publicada en el texto de Jean-Jacques Rousseau "Confesiones", cuando María Antonieta tenía solo 10 años de edad. Se cree que fue acuñada por el mismo Rousseau o bien que fueron palabras de María Teresa, esposa de Luis XIV. En cualquier caso, la frase original fue "Qu'ils mangent de la brioche" ("pues que coman brioche" ). María Antonieta fue una reina muy impopular y se le atribuyó posteriormente la frase "pues que coman pasteles" de acuerdo a su reputación de ser de corazón duro y desconectada de sus súbditos. Cocina - Algunos chefs creen que los alimentos cocinados con vinos y licores estarán libres de alcohol debido a que el bajo punto de ebullición del mismo hace que este se evapore al calentarse. Un estudio reveló que buena parte del alcohol permanece: 25% tras una hora y 10% después de dos horas de cocción. - La palabra sushi no significa "pescado crudo" y no todo plato de sushi lo contiene. La palabra sushi proviene del arroz utilizado llamado sumeshi, el cual es acompañado por pescado crudo o cocinado, hueva de pescado, tamagoyaki y vegetales como pepino o ume. - Poner algún metal en el horno de microondas puede causar daños en el magnetrón debido a cambios en su impedancia, dependiendo del tamaño y forma de la pieza metálica y el tiempo que se deje en el horno. También puede originarse un arco eléctrico en piezas con puntas (como con un tenedor). Aún así, existen superficies metálicas distribuidas diseñadas para usarse en un horno, como lo son algunas charolas para cocinar pizza. - Aquellos mejillones que al cocinarlos no se abren podrían estar completamente cocinados y por tanto se podrían comer. - La idea de que las tablas de cortar de madera natural son menos seguras para cocinar que las tablas de plástico ha sido apoyada en Estados Unidos por la Administración de Alimentos y Medicamentos y en el mundo se le ha hecho eco a esta creencia. Sin embargo, la madera posee un efecto antibacterial innato que el plástico no posee, haciendo a las primeras más seguras contra los gérmenes que las segundas. Ciencia - Se cree que la Gran Muralla China es el único objeto hecho por el hombre que es visible desde la Luna, lo cual es falso. Ningún astronauta del Programa Apolo reportó ver algún objeto hecho por el hombre desde la Luna, y los astronautas en naves que orbitan la Tierra pueden ver la Muralla con dificultad. - Cuando un meteorito cae en tierra no siempre está caliente, muchos son hallados con hielo a su alrededor. La gran velocidad con la que un meteorito cae en la Tierra basta para derretir o vaporizar sus capas más exteriores, pero su interior no tiene tiempo de calentarse, pues las rocas son malos conductores del calor. Animales - Los murciélagos pueden ver. Aunque la mayor parte de las especies de murciélagos utilizan la ecolocación como sentido principal, todas ellas tienen ojos y son capaces de ver. Además, algunas especies no pueden usar la ecolocación, y, por lo tanto, poseen una excelente visión nocturna. - El sonido producido por los patos sí hace eco. Aún así, el eco puede ser difícil de escuchar por los seres humanos en ciertas condiciones. - La principal razón por la que los camaleones cambian su color no es el camuflaje, sino para regular su temperatura o como método de comunicación. - Los avestruces no esconden su cabeza bajo el suelo para esconderse de una amenaza. - Los toros no se enfurecen al ver el color rojo utilizado por los toreros. Es el movimiento que los últimos realizan con su capa lo que los incita a atacar. Cuerpo humano y salud - En realidad, todas las zonas de la lengua pueden percibir todos los sabores. Los diferentes sabores pueden ser detectados por todas las partes de la lengua a través de las papilas gustativas, contrariamente a la creencia popular que dice que solo zonas específicas de la lengua pueden captar determinados sabores. El "mapa de la lengua" original fue hecho por Boring (un reputado psicólogo de Harvard) basado en una mala traducción de una tesis en alemán de 1901. Adicionalmente, no son cuatro sino cinco sabores básicos. Además de agrio, salado, dulce y amargo existe el umami. Un "mapa de la lengua" incorrecto que muestra las zonas que perciben los sabores amargo (1), agrio (2), salado (3) y dulce (4). - Las personas no utilizan solo un 10% del cerebro. Aunque es cierto que no todas las neuronas están activas a la vez, las neuronas inactivas también son importantes. Este mito ha existido desde comienzos del siglo XX y se le atribuye a William James, quien aparentemente utilizó la expresión metafóricamente. - No existe una teoría satisfactoria que explique la causa de la miopía. Tampoco existe evidencia de que leer con poca luz o sentarse cerca de la televisión cause que la vista se deteriore. - Afeitarse no causa que el cabello crezca ni más largo, ni más grueso ni más oscuro que antes. Esta creencia se debe al hecho de que el cabello que no ha sido cortado va adelgazándose hasta terminar en punta, mientras que el cabello cortado no tiene puntas. Por tanto, se ve más delgado y al tacto se siente más grueso. El hecho de que los cabellos recién cortados son menos flexibles que los largos contribuyen también a observar este efecto. El cabello puede parecer más obscuro porque que el cabello que no se ha cortado se ve más claro debido a la exposición solar. - El cabello y las uñas de una persona no siguen creciendo después de que una persona muere. En cambio, la piel alrededor de las uñas y el cabello se encoge y seca, haciendo parecer que han crecido. - Aunque hay productos en el mercado que dicen curar la tricoptilosis (coloquialmente llamado problema de "puntas abiertas" ) y el cabello dañado, no existe cura. Un buen acondicionador podría evitar que esto ocurra, mas no solucionar el hecho, que solo se remedia cortándose el cabello. - El azúcar no causa hiperactividad en los niños. Ensayos a doble ciego han mostrado que no hay diferencia entre niños con dieta libre de azúcar y niños con una dieta rica en ella. La diferencia en el comportamiento ha demostrado ser psicológica. - La prolongada exposición al clima frío o la lluvia no aumentan la predisposición de padecer gripe. Aunque la mayoría de los padecimientos de gripe se da en invierno, los experimentos han fallado al tratar de probar que la exposición al frío incrementa la susceptibilidad a una infección. Los virus se esparcen con mayor facilidad cuando hay poca humedad, como en invierno. Sin embargo, la reducción de la temperatura corporal puede reducir la resistencia corporal a una infección ya presente. - Es una idea errada que es peligroso despertar a un sonámbulo. Es cierto que al hacerlo se mostrará desorientado o confundido por un breve periodo tras despertar, pero al caminar dormido podría sufrir lesiones o perder el equilibrio, lo que sí podría poner en riesgo su vida. - Las verrugas en la piel humana son causadas por un virus que solo ataca al ser humano, el virus del papiloma humano; el hombre no puede "contagiarse" de verrugas por tocar un sapo. Los brotes en los sapos no son propiamente verrugas. - Un popular mito sobre sexualidad humana es que los hombres piensan en sexo cada 7 segundos. Realmente no hay una forma científica de saber un dato como este y, a decir de los investigadores, esta estadística es solo una exageración. - No es cierto que con todos los antibacterianos, conocidos vulgarmente como antibióticos, deba restringirse el consumo de alcohol (etanol). Salvo algunas cefalosporinas, metronidazol, furazolidona y posiblemente doxiciclina y eritromicina, no se produce ninguna reacción adversa ni hay pérdida de actividad del medicamento al consumir alcohol. A pesar de ello muchos médicos y dentistas siguen "castigando" a sus pacientes sin motivo. Otros - El "jugo rojo" en la carne cruda no es sangre. Las carnes rojas están compuestas por una pequeña parte de agua, la cual, cuando se mezcla con una proteína llamada mioglobina, forma ese jugo rojo. - El sol no es amarillo. La razón por la que se ve de ese color en la Tierra es que la atmósfera dispersa la luz proveniente del sol, cambiando nuestra percepción del color del mismo. El mismo efecto hace que veamos el cielo azul de día y negro de noche. - La dirección en la que gira el agua del inodoro no depende del hemisferio en que uno se encuentre. - Una unidad de medición comúnmente utilizada para medir nubes son los elefantes. Según el Centro Nacional de Investigación Atmosférica [National Center for Atmospheric Research], situado en Boulder, Colorado, una nube "promedio" pesa unos 100 elefantes, mientras que una nube de tormenta de grandes dimensiones podría llegar a pesar unos 200.000 elefantes. - El nombre del primer "supercontinente" formado en la Tierra no es Pangea, sino Vaalbará. Pangea fue solo la séptima y última parte dentro del período de formación de los continentes. Mis otros posts: ¡Comenten!
- Esta es una compilación de cuentos cortos y microcuentos de diferentes géneros. - Ninguno de ellos es de mi autoría. - Algunos pueden ser bastante conocidos, pero siempre puede haber alguien que no los haya leído. - No estoy seguro de la categoría en la que va, así que lo puse en la que me pareció correcto. Si está mal, me dicen y lo corrijo. El gran espanto Con frecuencia me viene a la memoria el recuerdo de la pequeña chiquilla y del pequeño ratoncito, y pienso entonces en el gran espanto que sufrieron los dos. La pequeña chiquilla estaba en su cama y proyectaba siluetas con las manitas en la pared, pues la Luna iluminaba como una lámpara. Reinaba un profundo silencio en la habitación y las personas mayores de la casa creían todas que la pequeña chiquilla dormía hacia ya rato. Y, en verdad, no hubieran sabido tampoco que estaba todavía despierta, a no ser por un pequeño ratoncito que, al hacer su paseo nocturno, dio con la naricilla en una migaja de chocolate. -¡Cui-cui! -gritó el pequeño ratoncillo, gozoso. Entonces escuchó atentamente la pequeña chiquilla. -¡Cui-cui! -gritó de nuevo el pequeño ratoncillo, con lo cual quería decir: "¿Hay todavía más chocolate ahí?" Buscó y rebuscó, y caminó con sus cortos pasitos de aquí para allí. De repente se encontró en la gran claridad de la luna, justamente delante de la cama de la pequeña chiquilla. -¡Ay, ay! -gritó ella con gran espanto, y saltó por el otro lado fuera de la cama. El pequeño ratoncillo, sin embargo, al oír tales gritos, trepó, lleno de espanto, por la sábana y se ocultó en el lecho. Entonces gritó de nuevo la pequeña chiquilla con más fuerza que antes. El ratoncillo saltó en amplio círculo al suelo y pasó junto a los desnudos pies de la chiquilla. Entonces resonó tal grito de espanto en la habitación, que al pobre ratoncillo se le detuvo casi el corazón. Buscó desesperado la puertecita de su morada en la pared, mientras la pequeña chiquilla saltaba otra vez a la cama, se tapaba la cabeza con la manta y encogía los pies hasta tocarse la barbilla con las rodillas. Finalmente, cuando estuvo el pequeño ratoncillo en su casita, sollozó "¡Cui-cui!", y se desplomó tembloroso. -¡Pobre hijo mío! -dijo la mamá ratón-. ¿Qué es lo que te ha asustado así? -Un gigante con una voz espantosa. "Esto puede curarlo enseguida un pedacito de sebo" pensó la mamá ratón. Fue, pues, a buscar lo que tenía, y lo puso ante la naricilla de su querido hijito. "¡Sí, sí, esto servirá!" Y, en efecto, mientras el ratoncillo roía el sebo, disminuyó su temblor. Allí enfrente, al lado de la pequeña chiquilla, se hallaba también la madre junto a la cama. Al oír los gritos, lo echó todo a un lado y corrió en su ayuda. -¿Qué es lo que te ha asustado, que tiemblas y lloras de esta manera? -¡Un gran animal que se me quería comer! -¡Pobre hija mía! ¿Será eso verdad? -dijo la madre. Pero sabía muy bien lo que podía consolar a su hijita. Sacó un pedacito de chocolate del plateado papel y cesaron de fluir al punto las lágrimas. De modo que, mientras lamía la golosina, dejó también de temblar la pequeña chiquilla. Pronto se quedó dormida la pequeña chiquilla en su camita, y el pequeño ratoncillo se quedó dormido también en su casita. Y con ello quedaba olvidado el grande y terrible espanto con que se habían asustado uno de otro. Autor: Anónimo. Orígen: Suizo. La casa encantada Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a comenzar su conversación con el anciano. Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a una fiesta de fin de semana. De pronto, tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el auto. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño. -Espéreme un momento -suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondía a su impaciente llamado. -Dígame -dijo ella-, ¿se vende esta casa? -Sí -respondió el hombre-, pero no le aconsejo que la compre. ¡Un fantasma, hija mía, frecuenta esta casa! -Un fantasma -repitió la muchacha-. Santo Dios, ¿y quién es? -Usted -dijo el anciano, y cerró suavemente la puerta. Autor: Anónimo. Orígen: Europeo. El lobo que cree que la Luna es queso Andaba el lobo muy hambriento y ya no sabía qué hacer para coger algún animal para comérselo. Y por ahí se encuentra con la zorra y le dice: -Oiga usted, señora zorra, que me la voy a comer. Y la zorra le dijo: -Pero mire usted que estoy muy flaca. No soy más que huesos y pellejos. -No, que usted estaba muy gordita el pasado año. -El año pasado sí que estaba gordita, pero ahora tengo que darles de mamar a mis cuatro zorritos y apenas hallo bastante para crear leche para ellos. -¡Que no me importa! -dijo el lobo. Iba a darle la primera mordida, cuando la zorra le dijo: -Deténgase usted, por Dios, señor lobo. Mire que yo sé dónde vive un señor que tiene un pozo lleno de quesos. Y se fueron la zorra y el lobo a buscar los quesos. Y llegaron a una casa y pasaron unas tapias y llegaron ante el pozo, y la Luna se reflejaba en el agua y parecía un queso. Y se asomó la zorra y volvió y le dijo al lobo: -¡Ay, amigo lobo, que el queso es grandón! Mire, asómese usted. Y se asomó el lobo y vio la Luna y creyó que era un queso grandón. Pero el lobo sospechoso le dijo a la zorra: -Pues bueno, amiga zorra, entre usted por el queso. Y la zorra se metió en uno de los cubos y entró por el queso. Y desde abajo le gritaba al lobo: -¡Ay, amigo lobo! ¡Que grandón está el queso! ¡No puedo con él! Venga usted a ayudarme a subirlo. -Pero no puedo yo entrar -decía el lobo-. ¿Cómo voy yo a entrar? Súbalo usted sola. -Y la zorra le dijo: -Pero no sea usted torpe. Métase en el otro cubo y verá como así entra fácilmente. Y se metió la zorra entonces en el cubo en que había bajado. Y el lobo se metió en el otro cubo y, como pesaba más, se deslizó para abajo y la zorra subió para arriba. Y ahí se quedó el lobo buscando el queso, y la zorra se fue muy contenta a ver a sus zorritos. Autor: Anónimo. Orígen: Español. Las manos En la sala de profesores estábamos comentando las rarezas de Céspedes, el nuevo colega, cuando alguien, desde la ventana, nos avisó que ya venía por el jardín. Nos callamos, con las caras atentas. Se abrió la puerta y por un instante la luz plateada de la tarde flameó sobre los hombros de Céspedes. Saludó con una inclinación de cabeza y fue a firmar. Entonces vimos que levantaba dos manos erizadas de espinas. Trazó un garabato y sin mirar a nadie salió rápidamente. Días más tarde se nos apareció en medio de la sala, sin darnos tiempo a interrumpir nuestra conversación. Se acercó al escritorio y al tomar el lapicero mostró las manos inflamadas por las ampollas del fuego. Otro día -ya los profesores nos habíamos acostumbrado a vigilárselas- se las vimos mordidas, desgarradas. Firmó como pudo y se fue. Céspedes era como el viento: si le hablábamos se nos iba con la voz. Pasó una semana. Supimos que no había dado clases. Nadie sabía donde estaba. En su casa no había dormido. En las primeras horas de la mañana del sábado una alumna lo encontró tendido entre los rododendros del jardín. Estaba muerto, sin manos. Se las habían arrancado de un tirón. Se averiguó que Céspedes había andado a la caza del arcángel sin alas que conoce todos los secretos. Quizá Céspedes estuvo a punto de cazarlo en sucesivas ocasiones. Si fue así, el arcángel debió de escabullirse en sucesivas ocasiones. Probablemente el arcángel creó la primera vez un zarzal, la segunda una hoguera, la tercera una bestia de fauces abiertas, y cada vez se precipitó en sus propias creaciones arrastrando las manos de Céspedes hasta que él, de dolor, tuvo que soltar. Quizá la última vez Céspedes aguantó la pena y no soltó; y el arcángel sin alas volvió humillado a su reino, con manos de hombre prendidas para siempre a sus espaldas celestes. ¡Vaya a saber! Autor: Enrique Anderson Imbert. Orígen: Argentino. La escopeta Avanzó entre los naranjos. El sol caía con tanta fuerza que le obligaba a entrecerrar los ojos. La paloma saltó entonces de una rama a otra, y a otra, y se perdió por entre el follaje bien alto. Con la escopeta levantada, Matías se acercó hasta el tronco del árbol. Pero por más que examinó hoja por hoja, no pudo dar con la paloma. Extrañado, se rascó la nuca. De pronto, sobre su cabeza sintió un ruido. Volvió a fijarse. arrebujado entre unas ramas, había un pájaro. No era su paloma; era un pájaro de un color entre azulado y ceniciento. Con cuidado, Matías apoyó el arma en el hombro y levantó el gatillo. "Ya que no es la paloma -se dijo- no me voy a volver a la casa con las manos vacías." Pero en ese instante, el pájaro saltó a una horqueta, sacudió las alas e hinchando la gola se puso a cantar. Matías, que ya había llegado al primer descanso, abandonó el gatillo y escuchó. "Que extraño -se dijo-. Jamás he escuchado cantar a un pájaro como éste." El trino, en el redondel de la siesta, subía como un árbol dorado y rumoroso. A Matías le pareció que más que el canto del pájaro, lo que se desgranaba eran las escamas amodorradas de la siesta misma. Y le comenzó a entrar un sopor dulce, unas ganas de abandonarse a los recuerdos de los tiempos felices y de no hacer nada más que escuchar el canto del pájaro que seguía subiendo, esta vez como un perfume agridulce y verde. Para escuchar mejor, dejó caer la escopeta a un lado y arrastrando los pies se acercó al árbol para apoyarse en el tronco. El pájaro había desaparecido, pero su canto continuaba en el aire. Y no pudo sustraerse a la tentación de mirar al cielo y levantó los ojos. Allá arriba, entre unas nubes ociosas que desflecaban gigantescas flores de cardo, dos grandes pájaros negros volaban en lánguidos círculos inmensos. Matías, entonces, no supo distinguir si la dulzura que sentía venía del canto de aquel pájaro o de las nubes que se desvanecían como borrachas a lo lejos. El canto, entonces, se acabó de improviso. Los pájaros y las nubes desaparecieron y él volvió en sí. "Me estoy volviendo muy abriboca" -se dijo mientras sacudía la cabeza. Buscó la escopeta pero no la encontró donde creía haberla dejado. Caminó más allá, volvió más acá, pero el arma había desaparecido. -¡Esto me pasa por tonto!- gritó en voz alta. Y todo lo que hizo después fue en vano. Al cabo de una hora, ya cansado, se dijo: "Me iré a la casa a buscar a mi muchacho. Entre los dos la vamos a encontrar más ligero. No puedo perder así un arma tan hermosa." Y se lanzó cortando el campo hasta alcanzar el callejón. Al entrar al pueblo fue cuando comenzó a sentir algo raro. Estaba como desorientado: echaba de menos algunos edificios y otros le parecía que nunca en su vida los había visto. A medida que avanzaba, la sensación iba en aumento. Y al llegar a su casa, el miedo le sopló en la cara un presentimiento vago, pero terrible. Penetró en el zaguán. En el patio, cuatro chicos jugaban y cantaban. Al verlo se desbandaron gritando: -¡El Viejo...! ¡El Viejo...! Una mujer salió de una habitación sacudiéndose las hilachas de la falda. Matías balbuceó con un hilo de voz: -¿Quién es usted...? Yo busco a Leandro... La mujer lo miró largamente y frunció el entrecejo. -¿Qué dice, buen hombre?- dijo. -Busco a Leandro -tartamudeó Matías-. A mi hijo Leandro...Esta es mi casa. -¿Su casa?- dijo la mujer. -¡Sí. Mi casa! -gritó Matías-. La casa de Matías Fernández. La mujer hizo un gesto de extrañeza. -Era...-dijo sonriendo con tristeza-.Nosotros la compramos hace veinte años cuando desapareció don Matías y todos sus hijos se fueron de este pueblo. -¡Qué! -gritó Matías, levantando las manos como para defenderse. -Sí...- asintió la mujer temerosa. Entonces, Matías se fijó en sus manos y se dio cuenta que estaban arrugadas, muy arrugadas y trémulas como las de un hombre muy viejo. Y huyó despavorido dando un grito. Autor: Julio Ardiles Gray. Orígen: Argentino. El verdugo Como siempre, con la primavera llegó el día de los festivales. El Emperador, después de comer y de beber, con la cara recamada de manchas rojas, se dirigió a la plaza, hoy llamada de las Cáscaras, seguido por sus súbditos y por un célebre técnico, que llevaba un cofre de madera, con incrustaciones de oro. -¿Qué lleva en esa caja? -preguntó uno de los ministros al técnico. -Los presos políticos; más bien dicho los traidores. -¿No han muerto todos? -interrogó el ministro con inquietud. -Todos, pero eso no impide que estén de algún modo en esta cajita -susurró el técnico, mostrando entre los bigotes, que eran muy negros, largos dientes blancos. En la plaza de las Cáscaras, donde habitualmente celebraban las fiestas patrias, los pañuelos de la gente volaban entre las palomas; éstas llevaban grabada en las plumas, o en un medallón que les colgaba del pescuezo, la cara pintada del Emperador. En el centro de la plaza histórica, rodeado de palmeras, había un suntuoso pedestal sin estatua. Las señoras de los ministros y los hijos estaban sentados en los palcos oficiales. Desde los balcones las niñas arrojaban flores. Para celebrar mejor la fiesta, para alegrar al pueblo que había vivido tantos años oprimido, el Emperador había ordenado que soltaran aquel día los gritos de todos los traidores que habían sido torturados. Después de saludar a los altos jefes, guiñando un ojo y masticando un escarbadientes, el Emperador entró en la casa Amarilla, que tenía una ventana alta, como las ventanas de las casas de los elefantes del Jardín Zoológico. Se asomó a muchos balcones, con distintas vestiduras, antes de asomarse al verdadero balcón, desde el que habitualmente lanzaba sus discursos. El Emperador, bajo una apariencia severa, era juguetón. Aquel día hizo reír a todo el mundo. Algunas personas lloraron de risa. El Emperador habló de las lenguas de los opositores: "que no se cortaron -dijo- para que el pueblo oyera los gritos de los torturados". Las señoras, que chupaban naranjas, las guardaron en sus carteras, para oírlo mejor; algunos hombres orinaron involuntariamente sobre los bancos, donde había pavos, gallinas y dulces; alguno niños, sin que las madres lo advirtieran, se treparon a las palmeras. El Emperador bajó a la plaza. Subió al pedestal. El eminente Técnico se caló las gafas y lo siguió: subió las seis o siete gradas que quedaban al pie del pedestal, se sentó en una silla y se dispuso a abrir el cofre. En ese instante el silencio creció, como suele crecer al pie de una cadena de montañas al anochecer. Todas las personas, hasta los hombres muy altos, se pusieron en puntas de pie, para oír lo que nadie había oído: los gritos de los traidores que habían muerto mientras los torturaban. El Técnico levantó la tapa de la caja y movió los diales, buscando mejor sonoridad: se oyó, como por encanto, el primer grito. La voz modulaba sus quejas más graves alternativamente; luego aparecieron otras voces más turbias pero infinitamente más poderosas, algunas de mujeres, otras de niños. Los aplausos, los insultos y los silbidos ahogaban por momentos a los gritos. Pero a través de ese mar de voces inarticuladas, apareció una voz distinta y sin embargo conocida. El Emperador, que había sonreído hasta ese momento, se estremeció. El Técnico movió los diales con recogimiento: como un pianista que toca en el piano un acorde importante, agachó la cabeza. Toda la gente, simultáneamente, reconoció el grito del Emperador. ¡Como pudieron reconocerlo! Subía y bajaba, rechinaba, se hundía, par volver a subir. El Emperador, asombrado, escuchó su propio grito: no era el grito furioso o emocionado, enternecido o travieso, que solía dar en sus arrebatos; era un grito agudo y áspero, que parecía provenir de una usina, de una locomotora, o de un cerdo que estrangulan. De pronto algo, un instrumento invisible, lo castigó. Después de cada golpe, su cuerpo se contraía, anunciando con otro grito el próximo golpe que iba a recibir. El Técnico, ensimismado, no pensó que tal vez suspendiendo la transmisión podría salvar al Emperador. Yo no creo, como otras personas, que el Técnico fuera un enemigo acérrimo del Emperador y que había tramado todo esto para ultimarlo. El Emperador cayó muerto, con los brazos y las piernas colgando del pedestal, sin el decoro que hubiera querido tener frente a sus hombres. Nadie le perdonó que se dejase torturar por verdugos invisibles. La gente religiosa dijo que esos verdugos invisibles eran uno solo, el remordimiento. -¿Remordimiento de qué? -preguntaron los adversarios. -De no haberles cortado la lengua a esos reos -contestaron las personas religiosas, tristemente. Autora: Silvina Ocampo. Orígen: Argentina. Del que no se casa Yo me hubiera casado. Antes sí, pero ahora no. ¿Quién es el audaz que se casa con las cosas como están hoy? Yo hace ocho años que estoy de novio. No me parece mal, porque uno antes de casarse "debe conocerse" o conocer al otro, mejor dicho, que el conocerse uno no tiene importancia, y conocer al otro, para embromarlo, sí vale. Mi suegra, o mi futura suegra, me mira y gruñe, cada vez que me ve. Y si yo le sonrío me muestra los dientes como un mastín. Cuando está de buen humor lo que hace es negarme el saludo o hacer que no distingue la mano que le extiendo al saludarla, y eso que para ver lo que no le importa tiene una mirada agudísima. A los dos años de estar de novio, tanto "ella" como yo nos acordamos que para casarse se necesita empleo, y si no empleo, cuando menos trabajar con capital propio o ajeno. Empecé a buscar empleo. Puede calcularse un término medio de dos años la busca de empleo. Si tiene suerte, usted se coloca al año y medio, y si anda en la mala, nunca. A todo esto, mi novia y la madre andaban a la greña. Es curioso: una, contra usted, y la otra, a su favor, siempre tiran a lo mismo. Mi novia me decía: -Vos tenés razón, pero ¿cuándo nos casamos, querido? Mi suegra, en cambio: -Usted no tiene razón de protestar, de manera que haga el favor de decirme cuándo se puede casar. Yo, miraba. Es extraordinariamente curiosa la mirada del hombre que está entre una furia amable y otra rabiosa. Se me ocurre que Carlitos Chaplín nació de la conjunción de dos miradas así. Él estaría sentado en un banquito, la suegra por un lado lo miraba con fobia, por el otro la novia con pasión, y nació Charles, el de la dolorosa sonrisa torcida. Le dije a mi suegra (para mí una futura suegra está en su peor fase durante el noviazgo), sonriendo con melancolía y resignación, que cuando consiguiera empleo me casaba y un buen día consigo un puesto, ¡qué puesto ... ! ¡ciento cincuenta pesos! Casarse con ciento cincuenta pesos significa nada menos que ponerse una soga al cuello. Reconocerán ustedes con justísima razón, aplacé el matrimonio hasta que me ascendieran. Mi novia movió la cabeza aceptando mis razonamientos (cuando son novias, las mujeres pasan por un fenómeno curioso, aceptan todos los razonamientos; cuando se casan el fenómeno se invierte, somos los hombres los que tenemos que aceptar sus razonamientos). Ella aceptó y yo tuve el orgullo de afirmar que mi novia era inteligente. Me ascendieron a doscientos pesos. Cierto es que doscientos pesos son más que ciento cincuenta, pero el día que me ascendieron descubrí que con un poco de paciencia se podía esperar otro ascenso más, y pasaron dos años. Mi novia puso cara de "piola", y entonces con gesto digno de un héroe hice cuentas. Cuentas claras y más largas que las cuentas griegas que, según me han dicho, eran interminables. Le demostré con el lápiz en una mano, el catálogo de los muebles en otra y un presupuesto de Longobardi encima de la mesa, que era imposible todo casorio sin un sueldo mínimo de trescientos pesos, cuando menos, doscientos cincuenta. Casándose con doscientos cincuenta había que invitar con masas podridas a los amigos. Mi futura suegra escupía veneno. Sus ímpetus llevaban un ritmo mental sumamente curioso, pues oscilaban entre el homicidio compuesto y el asesinato simple. Al mismo tiempo que me sonreía con las mandíbulas, me daba puñaladas con los ojos. Yo la miraba con la tierna mirada de un borracho consuetudinario que espera "morir por su ideal". Mi novia, pobrecita, inclinaba la cabeza meditando en las broncas intestinas, esas verdaderas batallas de conceptos forajidos que se largan cuando el damnificado se encuentra ausente. Al final se impuso el criterio del aumento. Mi suegra estuvo una semana en que se moría y no se moría; luego resolvió martirizar a sus prójimos durante un tiempo más y no se murió. Al contrario, parecía veinte años más joven que cuando la conociera. Manifestó deseos de hacer un contrato treintanario por la casa que ocupaba, propósito que me espeluznó. Dijo algo entre dientes que me sonó a esto: "Le llevaré flores". Me imagino que su antojo de llevarme flores no llegaría hasta la Chacarita. En fin, a todas luces mi futura suegra reveló la intención de vivir hasta el día que me aumentaran el sueldo a mil pesos. Llegó el otro aumento. Es decir, el aumento de setenta y cinco pesos. Mi suegra me dijo en un tono que se podía conceptuar de irónico si no fuera agresivo y amenazador: -Supongo que no tendrá intención de esperar otro aumento. Y cuando le iba a contestar estalló la revolución. Casarse bajo un régimen revolucionario sería demostrar hasta la evidencia que se está loco. O cuando menos que se tienen alteradas las facultades mentales. Yo no me caso. Hoy se lo he dicho: -No, señora, no me caso. Esperemos que el gobierno convoque a elecciones y a que resuelva si se reforma la constitución o no. Una vez que el Congreso esté constituido y que todas las instituciones marchen como deben yo no pondré ningún inconveniente al cumplimiento de mis compromisos. Pero hasta tanto el Gobierno Provisional no entregue el poder al Pueblo Soberano, yo tampoco entregaré mi libertad. Además que pueden dejarme cesante. Autor: Roberto Arlt. Orígen: Argentino. Reportaje endiablado I -¡Váyase usted al infierno! -Inmediatamente, señor Director. II En la antesala no había nadie, y profundo silencio reinaba en las oficinas infernales. Me atreví a asomar las narices por la puerta de una especie de alcoba, y quedé estupefacto: Satanás dormía la siesta a las dos de la tarde, como cualquier funcionario del interior. Debí hacer ruido porque mi hombre despertó, y, restregándose los ojos y en medio de un bostezo, preguntó malhumorado: -¿Quién es? ¿Qué se le ofrece? ¿A quién busca? -¿Tengo el honor de hablar con el señor Satanás en persona? Soy repórter... y venía... -Sí, sí: repórter; ya sé... Tengo muchos aquí. Me aburren todo el día a fuerza de preguntas...Son un verdadero suplicio... Usted también querrá preguntarme, ¿no? -En efecto, y si usted permite...El lugar que ocupa, la importancia de sus funciones y la trascendencia que tendrá su actitud en las actuales circunstancias, tan erizadas de dificultades y peligros... -Ta, ta, ta, señor repórter. Está usted muy atrasado de noticias, cuando no sabe que me he retirado a la vida privada. Sí, amigo, sólo quiero silencio y olvido, y que se me deje gozar en paz de mis rentas... ¡Bastante he trabajado en esta última cincuentena de siglos...! A todo esto, Satanás se había sentado a la orilla del catre, y se abrochaba los botines de suela angosta y larga, una de sus grandes invenciones. -Sin embargo -exclamé-, su opinión es tan decisiva, influirá tanto en la marcha ulterior de los sucesos, que sería un triunfo conseguir esa primicia y darla a publicidad. Además, usted está en el deber de decir una palabra y el director sabe muy bien cuándo debe mandarnos al diablo... -¡Pues, amigo! -contestó Satanás, desperezándose hasta descoyuntarse-, viene usted mal. No sé nada de lo que ocurre, y no estoy para ocuparme de tonterías. -Pero ¿no dicen que maneja usted el mundo en compañía de la carne? -Eso fue, hace siglos... por inexperiencia. Siéntese. Él se tendió en un sofá, ofreciéndome una silla. -¿Y ahora? -inquirí. -Ahora, la humanidad se maneja a su antojo, y, como anda dada al diablo, y la vida es un infierno, poco tengo que preocuparme de ella. Ella se lo guisa, ella se lo come, y las zahúrdas de Plutón, como llamó Quevedo a nuestra residencia, están más pobladas que nunca... -¿Ha modernizado usted los sistemas? -En efecto: he adoptado el de las sociedades anónimas y he convertido mi gran establecimiento en una compañía de que soy el principal accionista. Le presto mi nombre, maneja mis capitales y me da mi parte de los dividendos sin exigir nada de mi. -Pero las tentaciones... -La gente se tienta sola, amigo. Antes, me daba un trabajo de todos los demonios para hacer pecar a unos cuantos pobres diablos que no me dejaban tiempo para nada. Muchas veces tenía que pasarme días enteros en una miserable tentación, que solía fracasar porque, por atender a éste, descuidaba a aquéllos, y todo iba como el diablo. Hasta estuve por hacer bancarrota en una ocasión... -¿Los gastos son muchos? -Ahora no. El sistema moderno tiene grandes ventajas: sin riesgos, sin alternativas graves; no tengo sino una responsabilidad limitada, y la empresa prospera a vista de ojo. El costo del funcionamiento es pequeño, porque los hornos eléctricos son muy económicos, exigen poco personal y sustituyen con ventaja a las calderas de pez hirviendo, sucias, antihigiénicas y de un gasto bárbaro. Pero Botero lo maneja todo por medio de conmutadores, desde su oficina, y los tres condenados del motor y las dínamos, que trabajan como unos ángeles, están hoy en el Paraíso gracias a la sencillez de la maquinaria. ¡Oh!, el infierno, confortable y bien alumbrado, está limpio como una patena, y da envidia a los conservadores retrógrados del Cielo, que ni siquiera tienen pavimentos de asfalto... -Muy bien. Pero ¿qué hace usted para que no disminuya la inmigración? -Nada. -¡Cómo así! -exclamé con asombro. -La gente se ha hecho muy desconfiada, y no hay que despertar sospechas con ofrecimientos de ninguna especie. -No comprendo. -¡Inocente! Si usted ofrece algo a su prójimo, así, de buenas a primeras, le hace temer que haya trampa, y se malogra el negocio. Ahora dejo que mis competidores ofrezcan el Cielo, con estrellas y todo; yo me callo, y, como es natural, la clientela toma el camino de mi casa convencida de que no le daremos aquí gato por liebre. Y Satanás se levantó, dando por terminada la entrevista. -Pero ¿y los pactos con el diablo? -pregunté al despedirme. -¡Oh! ¡Antigualla!, vieux jeu, engañabobos contraproducente. ¡Cuantos he tenido que protestar, al divino botón, porque no me han pagado ni por ésas! Melmoth se reconcilió. El mismo Fausto, a quien di plata, juventud, una linda moza y qué se yo qué más, me estafó al fin, me hizo el cuento del tío...Ahora no doy, ni prometo nada... Los ricos vienen porque tienen dinero, los pobres porque quieren tenerlo... Y yo paso tranquilamente mi eternidad. Buenas tardes. -Para servir a usted. -Cuando esté desocupado, véngase a mis five o´clock. Tenemos canto llano, y un predicador estupendo... Autor: Roberto J. Payró. Orígen: Argentino. El gato ¿Cuánto tiempo llevaba encerrado? La mañana de mayo velada por la neblina en que había ocurrido aquello le resultaba tan irreal como el día de su nacimiento, ese hecho acaso más cierto que ninguno, pero que sólo atinamos a recordar como una increíble idea. Cuando descubrió, de improviso, el dominio secreto e impresionante que el otro ejercía sobre ella, se decidió a hacerlo. Se dijo que quizás iba a obrar en nombre de ella, para librarla de una seducción inútil y envilecedora. Sin embargo, pensaba en sí mismo, seguía un camino iniciado mucho antes. Y aquella mañana, al salir de esa casa, después que todo hubo ocurrido, vio que el viento había expulsado la neblina, y, al levantar la vista ante la claridad enceguecedora, observó en el cielo una nube negra que parecía una enorme araña huyendo por un campo de nieve. Pero lo que nunca olvidaría era que a partir de ese momento el gato del otro, ese gato del que su dueño se había jactado de que jamás lo abandonaría, empezó a seguirlo, con cierta indiferencia, con paciencia casi ante sus intentos iniciales por ahuyentarlo, hasta que se convirtió en su sombra. Encontró esa pensionucha, no demasiado sucia ni incómoda, pues aún se preocupaba por ello. El gato era grande y musculoso, de pelaje gris, en partes de un blanco sucio. Causaba la sensación de un dios viejo y degradado, pero que no ha perdido toda la fuerza para hacer daño a los hombres; no les gustó, lo miraron con repugnancia y temor, y, con la autorización de su accidental amo, lo echaron. Al día siguiente, cuando regresó a su habitación, encontró al gato instalado allí; sentado en el sillón, levantó apenas la cabeza, lo miró y siguió dormitando. Lo echaron por segunda vez, y volvió a meterse en la casa, en la pieza, sin que nadie supiera cómo. Así ganó la partida, porque desde entonces la dueña de la pensión y sus acólitos renunciaron a la lucha. ¿Se concibe que un gato influya sobre la vida de un hombre, que consiga modificarla? Al principio él salía mucho; los largos hábitos de una vida regalada hacían que aquella habitación, con su lamparita de luz amarillenta y débil, que dejaba en la sombra muchos rincones, con sus muebles sorprendentemente feos y desvencijados si se los miraba bien, con las paredes cubiertas por un papel listeado de colores chillones, le resultaba poco tolerable. Salía y volvía más inquieto; andaba por las calles, andaba, esperando que el mundo le devolviera una paz ya prohibida. El gato no salía nunca. Una tarde que él estaba apurado por cambiarse y presenció desde la puerta cómo limpiaba la habitación la sirvienta, comprobó que ni siquiera en ese momento dejaba la pieza: a medida que la mujer avanzaba con su trapo y su plumero, se iba desplazando hasta que se instalaba en un lugar definitivamente limpio; raras veces había descuidos, y entonces la sirvienta soltaba un chistido suave, de advertencia, no de amenaza, y el animal se movía. ¿Se resistía a salir por miedo de que aprovecharan la ocasión para echarlo de nuevo o era un simple reflejo de su instinto de comodidad? Fuera lo que fuese, él decidió imitarlo, aunque para forjarse una especie de sabiduría con lo que en el animal era miedo o molicie. En su plan figuraba privarse primero de las salidas matutinas y luego también de las de la tarde; y, pese a que al principio le costó ciertos accesos de sorda nerviosidad habituarse a los encierros, logró cumplirlo. Leía un librito de tapas negras que había llevado en el bolsillo; pero también se paseaba durante horas por la pieza, esperando la noche, la salida. El gato apenas si lo miraba; al parecer tenía suficiente con dormir, comer y lamerse con su rápida lengua. Una noche muy fría, sin embargo, le dio pereza vestirse y no salió; se durmió enseguida. Y a partir de ese momento todo le resultó sumamente fácil, como si hubiese llegado a una cumbre desde la que no tenía más que descender. Las persianas de su cuarto sólo se abrieron para recibir la comida; su boca, casi únicamente para comer. La barba le creció, y al cabo puso también fin a las caminatas por la habitación. Tirado por lo común en la cama, mucho más gordo, entró en un período de singular beatitud. Tenía la vista casi siempre fija en las polvorientas rosetas de yeso que ornaban el cielo raso, pero no las distinguía, porque su necesidad de ver quedaba satisfecha con los cotidianos diez minutos de observación de las tapas del libro. Como si se hubieran despertado en él nuevas facultades, los reflejos de la luz amarillenta de la bombita sobre esas tapas negras le hacían ver sombras tan complejas, matices tan sutiles, que ese solo objeto real bastaba para saturarlo, para sumirlo en una especie de hipnotismo. También su olfato debía haber crecido, pues los más leves olores se levantaban como grandes fantasmas y lo envolvían, lo hacían imaginar vastos bosques violáceos, el sonido de las olas contra las rocas. Sin saber por qué comenzó a poder contemplar agradables imágenes: la luz de la lamparita -eternamente encendida- menguaba hasta desvanecerse, y, flotando en los aires, aparecían mujeres cubiertas por largas vestimentas, de rostro color sangre o verde pálido, caballos de piel intensamente celeste... El gato, entretanto, seguía tranquilo en su sillón. Un día oyó frente a su puerta voces de mujeres. Aunque se esforzó, no pudo entender que decían, pero los tonos le bastaron. Fue como si tuviera una enorme barriga fofa y le clavaran en ella un palo, y sintiera el estímulo, pero tan remoto, pese a ser sumamente intenso, que comprendiese que iba a tardar muchas horas antes de poder reaccionar. Porque una de las voces correspondía a la dueña de la pensión, pero la otra era la de ella, que finalmente debía haberlo descubierto. Se sentó en la cama. Deseaba hacer algo, y no podía. Observó al gato: también él se había incorporado y miraba hacia la persiana, pero estaba muy sereno. Eso aumentó su sensación de impotencia. Le latía el cuerpo entero, y las voces no paraban. Quería hacer algo. De pronto sintió en la cabeza una tensión tal que parecía que cuando cesara él iba a deshacerse, a disolverse. Entonces abrió la boca, permaneció un instante sin saber qué buscaba con ese movimiento, y al fin maulló, agudamente, con infinita desesperación, maulló. Autor: Hector A. Murena. Orígen: Argentino. El horno Era un invierno criminalmente frío. La idea se le ocurrió al abrir la tapa del horno y sentirse envuelto en una ola de aire caliente, achicharrante. Sería un verdadero negocio envasarlo y venderlo. Lo puso en práctica en seguida. Salió a la calle con un carrito de mano y casa por casa fue adquiriendo a precios de pichincha centenares de botellas vacías. Ya en su casa, encendió el gas del horno y aguardó a que se elevara la temperatura interior. Cuando consideró logrado el punto conveniente, abrió, metió la cabeza dentro, aspiró el aire abrasante y lo sopló en la primera botella, que tapó ajustadamente con un corcho. Repitió el procedimiento con unas cuantas y salió a venderlas. Hizo un negocio redondo. Las vendía en cajones de doce botellas cada uno y no daba abasto. Lo único en contra era que de tanto meter la cabeza en el horno había perdido, en reiteradas chamusquinas, el pelo de la cabeza, de las orejas y del bigote. Sin embargo, no desistía. Ganaba mucho dinero. No era cuestión de abandonar semejante ganga por pelos de más o de menos. Un día sintió cierta picazón en una oreja y al intentar rascársela se le desprendió convertida en ceniza. Lo mismo le paso con la otra a la semana siguiente, y más tarde con la nariz, el cuero cabelludo, la piel de la cara y los párpados. Inexplicablemente, conservó hasta el final los labios. Cuando éstos también se le cayeron le resultó imposible soplar el aire caliente dentro de las botellas. Y se le acabó el negocio. Autor: Joaquin Gomez Bas. Orígen: Argentino-Español. El fin Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente... Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aún quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó, hasta dar con un cencerro de bronce que había el pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercios de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de las novelas concluimos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia. Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la perta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no contaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder. La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería. Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura: -Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted. El otro, con voz áspera, replicó: - Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido. Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió: -Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años. El otro explicó sin apuro: -Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos. Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas. -Ya me hice cargo -dijo el negro-. Espero que los dejó con salud. El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla. -Les di buenos consejos -declaró-, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre. Un lento acorde precedió la respuesta del negro: -Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros. -Por lo menos a mí -dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta-: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano. El negro, como si no lo oyera, observó: -Con el otoño se van acortando los días. -Con la luz que queda me basta - replicó el otro, poniéndose de pie. Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado: -Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto. Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró: -Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero. El otro contestó con seriedad: -En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo. Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo: -Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano. Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro. Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música... Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora no era nadie. Mejor dicho, era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre. Autor: Jorge Luis Borges. Orígen: Argentino. La ejecución En su peregrinación, el maestro y algunos de sus discípulos bajaron de la montaña al llano y se encaminaron hacia las murallas de la gran ciudad. Ante la puerta se había congregado una gran muchedumbre. Cuando se hallaron más cerca vieron un cadalso levantado y los verdugos ocupados en llevar a rastras hacia el tajo a un individuo ya muy debilitado por el calabozo y los tormentos. La plebe se agolpaba alrededor del espectáculo. Hacían mofa del reo y le escupían, movían bulla y esperaban con impaciencia la decapitación. -¿Quién será y qué delitos habrá perpetrado -se preguntaban unos a otros los discípulos- para que la multitud desee su muerte con tanto afán? Aquí no se ve a nadie que manifieste compasión ni que llore. -Supongo que será un hereje -dijo el maestro con tristeza. Siguieron acercándose, y cuando se vieron confundidos con el gentío los discípulos preguntaron a izquierda y derecha quién era y qué crímenes había cometido el que en aquellos momentos se arrodillaba frente al tajo. -Es un hereje -decía la gente muy indignada-. ¡Hola! ¡Ahora inclina su cabeza condenada! ¡Acabemos de una vez! En verdad ese perro quiso enseñarnos que la ciudad del Paraíso tiene sólo dos puertas, ¡cuando a todos nosotros nos consta perfectamente que las puertas son doce! Asombrados, los discípulos se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron: -¿Cómo lo adivinaste, maestro? Él sonrió y, mientras echaba de nuevo a andar, dijo en voz baja: -No ha sido difícil. Si fuese un asesino, o un bandolero o cualquier otra especie de criminal, habríamos visto entre las gentes del pueblo pena y compasión. Muchos llorarían y algunos hasta pondrían el grito en el cielo proclamando su inocencia. Al que tiene una creencia diferente, en cambio, se le puede sacrificar y echar su cadáver a los perros sin que el pueblo se inmute. Autor: Hermann Hesse. Orígen: Alemán. Todo lo contrario -Veamos –dijo el profesor-. ¿Alguno de ustedes sabe qué es lo contrario de IN? -OUT – respondió prestamente un alumno. -No es obligatorio pensar en inglés. En Español, lo contrario de IN (como prefijo privativo, claro) suele ser la misma palabra, pero sin esa sílaba. -Sí, ya sé: insensato y sensato, indócil y dócil, ¿no? -Parcialmente correcto. No olvide, muchacho, que lo contrario del invierno no es el vierno sino el verano. -No se burle, profesor. -Vamo a ver. ¿Sería capaz de formar una frase, más o menos coherente, con palabras que, si son despojadas del prefijo IN, no confirman la ortodoxia gramatical? -Probaré, profesor: “Aquel dividuo memorizó sus cógnitas, se sintió fulgente pero dómito, hizo ventario de las famias con que tanto lo habían cordiado, y aunque se resignó a mantenerse cólume, así y todo en las noches padecía de somnio, ya que le preocupaban la flación y su cremento.” -Sulso pero pecable –admitió sin euforia el profesor. Autor: Mario Benedetti. Orígen: Uruguayo. Conducta en los velorios No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese dialogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio este a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente. En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia esta en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguan, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas asi, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inutilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoria de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de agotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones estan tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes. Autor: Julio Cortázar. Orígen: Argentino. El obstáculo Por el sendero misterioso, recamado en sus bordes de exquisitas plantas en flor y alumbrado blandamente por los fulgores de la tarde, iba ella, vestida de verde pálido, verde caña, con suaves reflejos de plata, que sentaba incomparablemente a su delicada y extraña belleza rubia. Volvió los ojos, me miró larga y hondamente y me hizo con la diestra signo de que la siguiera. Eché a andar con paso anhelado; pero de entre los árboles de un soto espeso surgió un hombre joven, de facciones duras, de ojos acerados, de labios imperiosos. -No pasarás –me dijo, y, puesto en medio del sendero, abrió los brazos en cruz. -Sí pasaré –respondíle resueltamente y avancé; pero al llegar a él vi que permanecía inmóvil y torvo. -¡Abre camino! –exclamé. No respondió. Entonces, impaciente, le empujé con fuerza. No se movió. Lleno de cólera al pensar que la Amada se alejaba, agachando la cabeza embestí a aquel hombre con vigor acrecido por la desesperación; mas él se puso en guardia y, con un golpe certero, me echó a rodar a tres metros de distancia. Me levanté maltrecho y con más furia aún volví al ataque dos, tres, cuatro veces; pero el hombre aquel, cuya apariencia no era de Hércules, pero cuya fuerza sí era brutal, arrojóme siempre por tierra, hasta que al fin, molido, deshecho, no pude levantarme… ¡Ella, en tanto, se perdía para siempre! Aquella mirada reanimó mi esfuerzo e intenté aún agredir a aquel hombre obstinado e impasible, de ojos de acero; pero él me miró a su vez de tal suerte, que me sentí desarmado e impotente. Entonces una voz interior me dijo: -¡Todo es inútil; nunca podrás vencerle! Y comprendí que aquel hombre era mi Destino. Autor: Amado Nervo. Orígen: Mexicano. Celebración de la fantasía Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había despedido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, por que la estaba usando en no sé que aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano. Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón. Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca: - Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo - ¿Y anda bien? – le pregunté. - Atrasa un poco – reconoció. Autor: Eduardo Galeano. Orígen: Uruguayo. ¡Comenten!