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EliseeReclus

Usuario (Argentina)

Primer post: 19 oct 2016Último post: 2 nov 2016
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La memoria como práctica subversiva
La memoria como práctica subversiva
OfftopicporAnónimo11/2/2016

Panfleto repartido en el I Congreso de investigadorxs sobre anarquismo (26,27 y 28 de octubre de 2016, Buenos Aires) El movimiento anarquista que en Argentina cristaliza su mayor actividad entre 1890–1930, y, de manera minoritaria en las décadas posteriores, es un instante de nuestra propia clase en lucha contra la explotación capitalista. Las y los militantes del movimiento social anarquista, sus organizaciones, las editoriales con sus programas de folletos, libros y periódicos, ocupan un espacio preponderante en la lucha revolucionaria. Experiencias que debemos continuar, regenerando constantemente nosotros este proyecto, enlazándonos con innumerables esfuerzos que atraviesan el tiempo y las fronteras. La actividad desplegada por los revolucionarios, responde a las necesidades y posibilidades de cada momento, según las capacidades y experiencias acumuladas. Hay que recordarlas y comprenderlas en su contexto, pero siempre buscando aprendizajes para la lucha actual. La seguidilla de datos, lo curioso, los nombres de los periódicos, el hallazgo de algún folleto, la figura del panadero que bromea poniéndole nombres a las facturas, organizadores y anti–organizadores, protestistas y antorchistas, foristas y faquistas… no se puede dejar la cosa en la crónica. Necesitamos ir de la cantidad a la calidad, de las historias al pensamiento histórico. Ejercer la memoria desde y para la práctica subversiva. Quienes buscan historizar situaciones, grupos, personas desde lo particular, como si estas hubieran estado inmóviles en parcelas, dejan de lado aquello que hay de universal en la actividad revolucionaria de la humanidad. Hacen un trabajo en vano, destinado al olvido como el de tantos otros roedores que vivieron del pasado a fuerza de carcomer madera y papel de archivo. En mayo de 2014, escribíamos unas pequeñas líneas en nuestro boletín, comentando acerca de un nefasto homenaje estatal a la compañera Virgina Bolten «Quienes abogan por la libertad de culto (sean religiosos o no), quienes dirigen a la sociedad desde sus asquerosas bancas, quienes defienden la institución familiar, no pueden estar de acuerdo con el viejo y pertinente lema «Ni dios, ni amo, ni marido». Sin embargo, este 1° de mayo inauguraron una placa conmemorativa a Virginia Bolten, aquella revolucionaria que editaba junto a otras compañeras el periódico comunista anárquico La voz de la mujer, y a quien pretenden presentar simplemente como una feminista y sindicalista que «nos invita a reflexionar sobre las desigualdades». ¡Qué infamia! ¡Qué asco! Años atrás el consejo puso en el saladillo una placa conmemorativa para homenajear a Joaquín Penina, en ella se lamentaron de que el joven anarquista catalán “fue fusilado sin derecho a juicio” (sic). Este nuevo “homenaje” es la mentalidad democrática en acción igualarlo todo a nada, vaciar de contenido toda expresión revolucionaria, reescribir la historia, generalizar la ignorancia. Algunas buenas conciencias podrán decir que un homenaje es mejor a nada y que, de todos modos, nos recuerda la historia de Virginia Bolten… Y claro que nos la recuerda ¿pero de qué manera ¿Qué historia O incluso, ¿qué sentido tiene la historia de los revolucionarios para quien no quiere revolucionar la historia Tiene el sentido de la democracia, que se presenta como un logro por el cual, dicen, lucharon hasta los mismos anarquistas sin saberlo. Los mediocres buscan así presentar su lucha por cambiarlo todo como una simpática ignorancia extremista que luego evolucionó hacia las vías reformistas y progresivas de la democracia. Así nos quieren convencer de que quienes luchaban contra el Estado lo hacían para mejorarlo o de que quienes combatían contra la explotación buscaban simplemente leyes y un “mejor reparto” del botín capitalista. (…) La historia de lucha por la emancipación humana no ha terminado, se traza con palabras y hechos, en tiempo pasado, presente y futuro, agresiva y tímidamente; y no guardará espacio para ninguna placa homenaje a los “homenajeadores” verdugos del pueblo.» (La oveja negra #16) La vigencia de la lucha por el comunismo y la anarquía no está en lo viejo de ciertas ideas. Es la necesidad de una sociedad sin Estado, sin clases sociales y sin capitalismo lo que aun nos mueve como oprimidos. Frente a nosotros no tenemos algo histórico, ajeno y exterior, en lo que podemos buscar la imparcialidad, sostener una práctica académica por completo irreflexiva, establecer una narración detallada pero carente de contenido, sin vinculación con las necesidades de los explotados de ayer y hoy. Mas que solidarizar con los vencidos o como búsqueda de una verdad en una batalla cultural con el presente, debemos buscar mas allá. Como sustrato que convoca a los vencidos de todos las épocas justamente, a interrumpir el tiempo del desarrollo capitalista con la fuerza de la revolución social.

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El trabajo asalariado es la clave q sustenta todo el sistema
OfftopicporAnónimo10/27/2016

Miguel Amorós: "El trabajo asalariado es la clave que sustenta todo el sistema de dominación" Amorós (1949), militante del campo libertario, es autor de una veintena de trabajos donde analiza la historia de los movimientos libertario y obrero en Europa. Pepitas de Calabaza ha reeditado uno de ellos: «Manuscrito encontrado en Vitoria»; este fue publicado en 1977 por vez primera Historiador. Teórico libertario Sujetos.- «Solamente aquellos que no fueron corrompidos por el dinero y la política porque optaron por la marginación y la resistencia, y aquellos recién llegados que ahora el sistema margina porque no los puede incorporar al mercado, tienen algo que decir» La editorial riojana Pepitas de Calabaza ha reeditado «Manuscrito encontrado en Vitoria», un texto que, en los años setenta, Jaime Semprun y Miguel Amorós firmaron como Los Incontrolados. El texto -un análisis de las huelgas de 1976- considerado como uno de los escritos más esclarecedores de aquellos tiempos de «transacción» a la democracia, cuenta con un prólogo inédito de Miguel Amorós donde cuenta el proceso de elaboración y edición del libro, amén de contextualizarlo en aquellos años de revueltas obreras en todo occidente. - A fines de los 70, la clase obrera de Europa occidental -incluido el Estado español con el ciclo de huelgas de 1976- es derrotada. El Estado se reconvierte de dictadura a democracia. - Todavía quedaba la batalla de Polonia por librar, pero sí, se puede decir que a finales de los setenta el reflujo de la clase obrera tradicional es imparable. El capitalismo ha triunfado en todos los frentes y se dispone a reestructurarse sobre bases nuevas. La reconversión democrática de la dictadura española no tiene otro objeto que facilitar ese triunfo en el área mediterránea. - La derrota tiene dos orígenes: el empuje de la reacción, asociada a la oposición (partidos y burocracias sindicales); y los errores cometidos por el movimiento asambleario obrero. - En efecto, cabe atribuir la derrota tanto a la unidad entre el franquismo y la oposición político-sindical, como a la debilidad estratégica del propio movimiento asambleario, incapaz de reaccionar a tiempo contra todos sus enemigos e igualmente incapaz de protegerse con la clandestinidad, debilidad acentuada por la represión y el sabotaje interno de las asambleas, y por la persecución de militantes partidarios de ellas. - El texto habla de cómo el movimiento no supo trasladar la lucha a su terreno e imponerla: no ocupó los espacios liberados, no destruyó el poder del Estado y la oligarquía. No se tuvo en cuenta «la famosa fórmula de Miguel Bakunin, `el goce destructor es una pasión creadora'». - La orden de disparar contra los obreros dada por Fraga pilló desprevenido al movimiento, que no se esperaba una tragedia de esa magnitud. El efecto desmoralizador fue grande, y lo que siguió fue una desorientación general. Nadie sabía qué hacer. Así pues, muchos de los militantes asamblearios, aun sin negar el papel de la asamblea, se inclinaron hacia los sindicatos y los parlamentos, para no tener que pasar por otra batalla sangrienta. Otros, pensaron que el salto revolucionario a dar contra el estado era demasiado grande para las fuerzas y la preparación que se disponía, y se decantaron por fórmulas híbridas contemporizadoras con el nuevo statu quo político y sindical. En cuanto a la frase de Bakunin, hay que considerarla en su contexto, dentro de las pugnas filosófico-políticas de los jóvenes hegelianos. La destrucción (de lo viejo) y la creación (de lo nuevo) es un juego dialéctico que tiene la historia como escenario. La pasión es el instrumento subjetivo e inconsciente del espíritu creativo a punto de alcanzar la plenitud con las transformaciones sociales y políticas estimuladas por la Revolución Francesa, muestra de lo que Hegel llama la astucia de la Razón. No significa en absoluto un llamamiento a la insurrección o al vandalismo. - Berlín, Praga, Budapest, Gasteiz, Buenos Aires: con el estado y el sistema desacreditados, el pueblo se revuelve, pero llega un momento donde no se sabe qué camino tomar y el capital reconstruye su armazón, asimila la disidencia y vuelve a legitimarse. - No basta con saber lo que no se quiere; hay que saber lo que se quiere y estar dispuesto a tomar las medidas necesarias para ponerlo en práctica. Pero la simple enumeración de oportunidades fallidas no sirve. Cada revuelta de las mencionadas fue diferente a las otras, movilizó fuerzas distintas y su fracaso relativo obedece a una combinación de factores diferentes. Cada conflicto crea una situación inestable de doble poder en la que la victoria corresponde al contrincante más decidido y capaz de poner con mayor celeridad toda la fuerza disponible en su platillo de la balanza. - ¿Cómo debemos interpretar la situación actual, la coyuntura?¿Qué dirección debe tomar la lucha emancipadora anticapitalista? - La lucha anticapitalista ha de librarse del lastre de ideas caducas heredadas del pasado, especialmente de las que se pretenden modernas, y que como peso muerto la arrastran a la derrota. No hay peor enemigo de la lucha que las ideologías, verdaderas religiones secularizadas que oscurecen la conciencia de la realidad y conducen la lucha hacia callejones sin salida. La lucha ha de crear zonas tanto de reflexión libre como de libre experimentación para contrarrestar su influencia. - Los años 70 y la derrota obrera son el comienzo de una vuelta de tuerca en el desarrollo del capitalismo y de la división internacional del trabajo siguiendo la misma lógica de las leyes del capital pero con la inestimable ayuda de los sorprendentes avances tecnológicos en las comunicaciones. - El mundo se transforma más y más en mundo de la mercancía, de las finanzas, del Estado. La tecnología se ha vuelto la principal fuerza productiva, sobre la que el capitalismo globalizado se apoya para resolver sus problemas de producción, y la masa asalariada se ha convertido en la principal fuerza de consumo que hace posible la acumulación cada vez más ampliada de capitales. - En las sociedades occidentales, la clase obrera como tal desaparece y, en los últimos 20 años, queda laminada en diferentes grupos que no se reconocen entre sí. Desaparecen también los escenarios físicos donde se reproducía la lucha (fábrica, barrio) y, mientras tanto, la sociedad permanece silenciosa, apática, satisfecha en apariencia. - El obrero industrial no constituye la mayoría de la población asalariada en las sociedades capitalistas desarrolladas, y no puede definirse ya como una clase más que desde el punto de vista estrictamente económico, no político ni social. Pero no desaparecen los conflictos, lo que sucede es que se dan en otros escenarios: los suburbios, el territorio... Los protagonistas no son los de antes; la historia les ha jubilado. Los nuevos agentes revolucionarios nacen de las ruinas de la etapa anterior. - Aquí, el recambio, la transición, ha funcionado sin apenas fisuras. Hoy, a pesar del sostén que tiene la historia oficial, junto a los casos de corrupción política, el desplome del modelo especulativo, asoman luchas. Parece, que estas están protagonizadas por «desheredados», por una juventud que no tiene posibilidad de inserción en el sistema y/o el mercado laboral. - Hemos soportado una larga etapa de resignación consumista que ha corrompido la mentalidad de la mayoría asalariada. El sistema desarrolló una extraordinaria capacidad de integración cuyos resultados perduran aun cuando las condiciones de prosperidad mercantil hayan desaparecido. La crisis económica que ha puesto fin a la alegría consumidora no parece que haya acarreado cambios significativos en la forma de pensar y actuar de los ya no tan integrados. Solamente aquellos que no fueron corrompidos por el dinero y la política porque optaron por la marginación y la resistencia, y aquellos recién llegados que ahora el sistema margina porque no los puede incorporar al mercado, tienen algo que decir. - Resulta curioso que las burocracias sindicales y los partidos se obstinen en lanzar consignas que hablan de crear empleo, algo irreal. No se habla de «derecho a la pereza» ni de «empleo libre». - El trabajo asalariado es la clave que sustenta todo el sistema de dominación. Todos los defensores del orden establecido, son defensores del trabajo. Y todos los que sufren tal orden necesitan trabajar para sobrevivir. El «empleo» es la zanahoria del poder que determina la actitud sumisa de los explotados frente a la explotación. - Por último, reeditar este texto, ¿puede ser útil para ayudar a que las luchas se re-sitúen en tiempo y espacio, para que la revolución comience en donde alguna vez se dejó? - La lectura de un texto que ofrece una visión realista de un momento crucial de la pasada lucha de clases nunca está de más, sobre todo si se quiere encarar el presente con una perspectiva histórica, tan necesaria para encontrar el camino perdido de las revoluciones. Gara

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[Emma Golman] La Tragedia de la Emancipación de la Mujer
OfftopicporAnónimo10/19/2016

Escrito por Emma Goldman en 1906. Comenzaré admitiendo lo siguiente: sin tener en cuenta las teorías políticas y económicas que tratan de las diferencias fundamentales entre las varias agrupaciones humanas; sin miramiento alguno para las distinciones de raza o de clase, sin parar mientes en la artificial línea divisoria entre los derechos del hombre y de la mujer, sostengo que puede haber un punto en cuya diferenciación misma se ha de coincidir, encontrarse y unirse en perfecto acuerdo. Con esto no quiero proponer un pacto de paz. El general antagonismo social que se posesionó de la vida contemporánea, originado, por fuerzas de opuestos y contradictorios intereses, ha de derrumbarse cuando la reorganización de la vida societaria, al basarse sobre principios económicos justicieros, sea un hecho y una realidad. La paz y la armonía entre ambos sexos y entre los individuos, no ha de depender necesariamente de la igualdad superficial de los seres, ni tampoco traerá la eliminación de los rasgos y de las peculiaridades de cada individuo. El problema planteado actualmente, pudiendo ser resuelto en un futuro cercano, consiste en preciarse de ser uno mismo, dentro de la comunión de la masa de otros seres y de sentir hondamente esa unión con los demás, sin avenirse por ello a perder las características más salientes de sí mismo. Esto me parece a mí que deberá ser la base en que descansa la masa y el individuo, el verdadero demócrata y el verdadero individualista, o donde el hombre y la mujer han de poderse encontrar sin antagonismo alguno. El lema no será: perdonaos unos a otros, sino: comprendeos unos a otros. La sentencia de Mme. Stael citada frecuentemente: Comprenderlo todo es perdonarlo todo, nunca me fue simpática; huele un poco a sacristía; la idea de perdonar a otro ser demuestra una superioridad farisaica. Comprenderse mutuamente es para mí suficiente. Admitida en parte esta premisa, ella presenta el aspecto fundamental de mi punto de vista acerca de la emancipación de la mujer y de la entera repercusión en todas las de su sexo. Su completa emancipación hará de ella un ser humano, en el verdadero sentido. Todas sus fibras más íntimas ansían llegar a la máxima expresión del juego interno de todo su ser, y barrido todo artificial convencionalismo, tendiendo a la más completa libertad, ella irá luego borrando los rezagos de centenares de años de sumisión y de esclavitud. Este fue el motivo principal y el que originó y guió el movimiento de la emancipación de la mujer. Más los resultados hasta ahora obtenidos, la aislaron despojándola de la fuente primaveral de los sentidos y cuya dicha es esencial para ella. La tendencia emancipadora, afectándole sólo en su parte externa, la convirtió en una criatura artificial, que tiene mucho parecido con los productos de la jardinería francesa con sus jeroglíficos y geometrías en forma de pirámide, de conos, de redondeles, de cubos, etc.; cualquier cosa, menos esas formas sumergidas por cualidades interiores. En la llamada vida intelectual, son numerosas esas plantas artificiales en el sexo femenino. ¡Libertad e igualdad para las mujeres! Cuántas esperanzas y cuántas ilusiones despertaron en el seno de ellas, cuando por primera vez estas palabras fueron lanzadas por los más valerosos y nobles espíritus de estos tiempos. Un sol, en todo el esplendor de su gloria emergía para iluminar un nuevo mundo; ese mundo, donde las mujeres se hallaban libres para dirigir sus propios destinos; un ideal que fue merecedor por cierto de mucho entusiasmo, de valor y perseverancia, y de incesantes esfuerzos por parte de un ejército de mujeres, que combatieron todo lo posible contra la ignorancia ylos prejuicios. Mi esperanza también iba hacia esa finalidad, pero opino que la emancipación como es interpretada y aplicada actualmente, fracasó en su cometido fundamental. Ahora la mujer se ve en la necesidad de emanciparse del movimiento emancipacionista si desea hallarse verdaderamente libre. Puede esto parecer paradójico, sin embargo es la pura verdad. ¿Qué consiguió ella, al ser emancipada? Libertad de sufragio, de votar. ¿Logró depurar nuestra vida política, como algunos de sus más ardientes defensores predecían? No, por cierto. De paso hay que advertir, ya llegó la hora de que la gente sensata no hable más de corruptelas políticas en tono campanudo. La corrupción en la política nada tiene que ver con la moral o las morales, ya provenga de las mismas personalidades políticas. Sus causas proceden de un punto solo. La política es el reflejo del mundo industrial, cuya máxima es: bendito sea el que más toma y menos da; compra lo más baratoy vende lo más caro posible, la mancha en una mano, lava la otra. No hay esperanza alguna de que la mujer, aun con la libertad de votar, purifique la política. El movimiento de emancipación trajo la nivelación económica entre la mujer y el hombre; pero como su educación física en el pasado y en el presente no le suministró la necesaria fuerza para competir con el hombre, a menudo se ve obligada a un desgaste de energías enormes, a poner en máxima tensión su vitalidad, sus nervios a fin de ser evaluada en el mercado de la mano de obra. Raras son las que tienen éxito, ya que las mujeres profesoras, médicas, abogadas, arquitectos e ingenieros, no merecen la misma confianza que sus colegas los hombres, y tampoco la remuneración para ellas es paritaria. Y las que alcanzan a distinguirse en sus profesiones, lo hacen siempre a expensas de la salud de sus organismos. La gran masa de muchachas y mujeres trabajadoras, ¿qué independencia habrían ganado al cambiar la estrechez y la falta de libertad del hogar, por la carencia total de libertad de la fábrica, de la confitería, de las tiendas o de las oficinas? Además está el peso con el que cargarán muchas mujeres al tener que cuidar el hogar doméstico, el dulce hogar, donde solo hallarán frío, desorden, aridez, después de una extenuante jornada de trabajo. ¡Gloriosa independencia esta! No hay pues que asombrarse que centenares de muchachas acepten la primera oferta de matrimonio, enfermas, fatigadas de su independencia, detrás del mostrador, o detrás de la máquina de coser o escribir. Se hallan tan dispuestas a casarse como sus compañeras de la clase media, quienes ansían substraerse de la tutela paternal. Esa sedicente independencia, con la cual apenas se gana para vivir, no es muy atrayente, ni es un ideal; al cual no se puede esperar que se le sacrifiquen todas las cosas. La tan ponderada independencia no es después de todo más que un lento proceso para embotar, atrofiar la naturaleza de la mujer en sus instintos amorosos y maternales. Sin embargo la posición de la muchacha obrera es más natural y humana que la de su hermana de las profesiones liberales, quien al parecer es más afortunada, profesoras, médicas, abogadas, ingenieras, las que deberán asumir una apariencia de más dignidad, de decencia en el vestir, mientras que interiormente todo es vacío y muerte. La mezquindad de la actual concepción de la independencia y de la emancipación de la mujer; el temor de no merecer el amor del hombre que no es de su rango social; el miedo que el amor del esposo le robe su libertad; el horror a ese amor o a la alegría de la maternidad, la inducirá a engolfarse cada vez más en el ejercicio de su profesión, de modo que todo esto convierte a la mujer emancipada en una obligada vestal, ante quien la vida, con sus grandes dolores purificadores y sus profundos regocijos, pasa sin tocarla ni conmover su alma. La idea de la emancipación, tal como la comprende la mayoría de sus adherentes y expositores, resulta un objetivo limitadísimo que no permite se expanda ni haga eclosión; esta es: el amor sin trabas, el que contiene la honda emoción de la verdadera mujer, la querida, la madre capaz de concebir en plena libertad. La tragedia que significa resolver su problema económico y mantenerse por sus propios medios, que hubo de afrontar la mujer libre, no reside en muchas y variadas experiencias, sino en unas cuantas, las que más la aleccionaron. La verdad, ella sobrepasa a su hermana de las generaciones pretéritas, en el agudo conocimiento de la vida y de la naturaleza humana; es por eso que siente con más intensidad la falta de todo lo más esencial en la vida lo único apropiado para enriquecer el alma humana, y que sin ello, la mayoría de las mujeres emancipadas se convierten a un automatismo profesional. Semej ante estado de cosas fue previsto por quienes supieron comprender que en los dominios de la ética quedaban aún en pie muchas ruinas de los tiempos, en que la superioridad del hombre fue indisputada; y que esas ruinas eran todavía utilizadas por las numerosas mujeres emancipadas que no podían hacer a menos de ellas. Es que cada movimiento de tinte revolucionario que persigue la destrucción de las instituciones existentes con el fin de reemplazarlas por otra estructura social mejor, logra atraerse innumerables adeptos que en teoría abogan por las ideas más radicales y en la práctica diaria, se conducen como todo el mundo, como los inconscientes y los filisteos (burgueses), fingiendo una exagerada respetabilidad en sus sentimientos e ideas y demostrando el deseo de que sus adversarios se formen la más favorable de las opiniones acerca de ellos. Aquí, por ejemplo, tenemos los socialistas y aun los anarquistas, quienes pregonan que la propiedad es un robo, y asimismo se indignarán contra quien les adeude por el valor de media docena de alfileres. La misma clase de filisteísmo se encuentra en el movimiento de emancipación de la mujer. Periodistas amarillos y una literatura ñoña y color de rosa trataron de pintar a las mujeres emancipadas de un modo como para que se les erizaran los cabellos a los buenos ciudadanos y a sus prosaicas compañeras. De cada miembro perteneciente a las tendencias emancipacionistas, se trazaba un retrato parecido al de Georges Sand, respecto a su despreocupación por la moral. Nada era sagrado para la mujer emancipada, según esa gente. No tenía ningún respeto por los lazos ideales de una mujer y un hombre. En una palabra, la emancipación abogaba solo por una vida de atolondramiento, de lujuria y de pecado; sin miramiento por la moral, la sociedad y la religión. Las propagandistas de los derechos de la mujer se pusieron furiosas contra esa falsa versión, y exentas de ironía y humor, emplearon a fondo todas sus energías para probar que no eran tan malas como se les había pintado, sino completamente al reverso. Naturalmente decían hasta tanto la mujer siga siendo esclava del hombre, no podrá ser buena ni pura; pero ahora que al fin se ha libertado demostrará cuan buena será y cómo su influencia deberá ejercer efectos purificadores en todas las instituciones de la sociedad. Cierto, el movimiento en defensa de los derechos de la mujer dio en tierra con más de una vieja traba o prejuicio, pero se olvidó de los nuevos. El gran movimiento de la verdadera emancipación no se encontró con una gran raza de mujeres, capaces y con el valor de mirar en la cara a la libertad. Su estrecha y puritana visión, desterró al hombre, como a un elemento perturbador de su vida emocional, y de dudosa moralidad. El hombre no debía ser tolerado, a excepción del padre y del hijo, ya que un niño no vendrá a la vida sin el padre. Afortunadamente, el más rígido puritanismo no será nunca tan fuerte que mate el instinto de la maternidad. Pero la libertad de la mujer, hallándose estrechamente ligada con la del hombre, y las llamadas así hermanas emancipadas pasan por alto el hecho que un niño al nacer ilegalmente necesita más que otro el amor y cuidado de todos los seres que están a su alrededor, mujeres y hombres. Desgraciadamente esta limitada concepción de las relaciones humanas hubo de engendrar la gran tragedia existente en la vida del hombre y de la mujer moderna. Hace unos quince años que apareció una obra cuyo autor era la brillante escritora noruega Laura Marholom. Se titulaba La mujer, estudio de caracteres. Fue una de las primeras en llamar la atención sobre la estrechez y la vaciedad del concepto de la emancipación de la mujer, y de los trágicos efectos ejercidos en su vida interior. En su trabajo, Laura Marholom traza las figuras de varias mujeres extraordinariamente dotadas y talentosas de fama internacional; habla del genio de Eleonora Duse; de la gran matemática y escritora Sonya Kovalevskaia; de la pintora y poetisa innata que fue María Bashkirtzeff, quien murió muy joven. A través de la descripción de las existencias de esos personajes femeninos y a través de sus extraordinarias mentalidades, corre la trama deslumbrante de los anhelos insatisfechos, que claman por un vivir más pleno, más armonioso y más bello y al no alcanzarlo, de ahí su inquietud y su soledad. Y a través de esos bocetos psicológicos, magistralmente realizados, no se puede menos de notar que cuanto más alto es el desarrollo de la mentalidad de una mujer, son más escasas las probabilidades de hallar el ser, el compañero de ruta que le sea completamente afín; el que no verá en ella, no solamente la parte sexual, sino la criatura humana, el amigo, el camarada de fuerte individualidad, quien no tiene por qué perder un solo rasgo de su carácter. La mayoría de los hombres, pagados por su suficiencia, con su aire ridículo de tutelaje hacia el sexo débil, resultarían entes algo absurdos, imposibles para una mujer como las descritas en el libro de Laura Marholom. Igualmente imposible sería que no se quisiese ver en ellas más que sus mentalidades y su genio, y no se supiese despertar su naturaleza femenina. Un poderoso intelecto y la fineza de sensibilidad y sentimiento son dos facultades que se consideran como los necesarios atributos que integrarán una bella personalidad. En el caso de la mujer moderna, ya no es lo mismo. Durante algunos centenares de años el matrimonio basado en la Biblia, hasta la muerte de una de las partes, se reveló como una institución que se apuntaba en la soberanía del hombre en perjuicio de la mujer, exige su completa sumisión a su voluntad y a sus caprichos, dependiendo de él por su nombre y por su manutención. Repetidas veces se ha hecho comprobar que las antiguas relaciones matrimoniales se reducían a hacer de la mujer una sierva y una incubadora de hijos. Y no obstante, son muchas las mujeres emancipadas que prefieren el matrimonio a las estrecheces de la soltería, estrecheces convertidas en insoportables por causa de las cadenas de la moral y de los prejuicios sociales, que cohíben y coartan su naturaleza. La explicación de esa inconsistencia de juicio por parte del elemento femenino avanzado, se halla en que no se comprendió lo que verdaderamente significaba el movimiento emancipacionista. Se pensó que todo lo que se necesitaba era la independencia contra las tiranías exteriores; y las tiranías internas, mucho más dañinas a la vida y a sus progresos las convenciones éticas y sociales se las dejó estar, para que se cuidaran a sí mismas, y ahora están muy bien cuidadas. Y éstas parece que se anidan con tanta fuerza y arraigo en las mentes y en los corazones de las más activas propagandistas de la emancipación, como los que tuvieron en las cabezas y en los corazones de sus abuelas. ¿Esos tiranos internos acaso no se encarnan en la forma de la pública opinión, o lo que dirá mamá, papá, tía, y otros parientes; lo que dirá Mrs. Grundy, Mr. Comstock, el patrón, y el Consejo de Educación? Todos esos organismos tan activos, pesquisas morales, carceleros del espíritu humano, ¿qué han de decir? Hasta que la mujer no haya aprendido a desafiar a todas las instituciones, resistir firmemente en su sitio, insistiendo que no se la despoje de la menor libertad; escuchando la voz de su naturaleza, ya la llame para gozar de los grandes tesoros de la vida, el amor por un hombre, o para cumplir con su más gloriosa misión, el derecho de dar libremente la vida a una criatura humana, no se puede llamar emancipada. Cuántas mujeres emancipadas han sido lo bastante valerosas para confesarse que la voz del amor lanzaba sus ardorosos llamados, golpeaba salvajemente su seno, pidiendo ser escuchado, ser satisfecho. El escritor francés Jean Reibrach, en una de sus novelas, New Beauty La Nueva Belleza intenta describir el ideal de la mujer bella y emancipada. Este ideal está personificado en una joven, doctorada en medicina. Habla con mucha inteligencia y cordura de cómo debe alimentarse un bebé; es muy bondadosa, suministra gratuitamente sus servicios profesionales y las medicinas para las madres pobres. Conversa con un joven, una de sus amistades, acerca de las condiciones sanitarias del porvenir y cómo los bacilos y los gérmenes serán exterminados una vez que se adopten paredes y pisos de mármol, piedra o baldosas, haciendo a menos de las alfombras y de los cortinados. Ella naturalmente, viste sencillamente y casi siempre de negro. El joven, quien en el primer encuentro se sintió intimidado ante la sabiduría de su emancipada amiga, gradualmente la va conociendo y comprendiendo cada vez más, hasta que un buen día se da cuenta que la ama. Los dos son jóvenes, ella es buena y bella y, aunque un tanto severa en su continencia, su apariencia se suaviza con el inmaculado cuello y puños. Uno esperaría que le confesara su amor, pero él no está por cometer ningún gesto romántico y absurdo. La poesía y el entusiasmo del amor le hacen ruborizar, ante la pureza de la novia. Silencia el naciente amor, y permanece correcto. También, ella es muy medida, muy razonable, muy decente. Temo que de haberse unido esa pareja, el jovencito hubiera corrido el riesgo de helarse hasta morirse. Debo confesar que nada veo de hermoso en esta nueva belleza, que es tan fría como las paredes y los pisos que ella sueña implantar en el porvenir. Prefiero más bien los cantos de amor de la época romántica, don Juan y Venus, más bien el mocetón que rapta a su amada en una noche de luna, con las escaleras de cuerda, perseguido por la maldición del padre y los gruñidos de la madre, y el chismorreo moral del vecindario, que la corrección y la decencia medida por el metro del tendero. Si el amor no sabe darse sin restricciones, no es amor, sino solamente una transacción, que acabará en desastre por el más o el menos. La gran limitación de miras del movimiento emancipacionista de la actualidad, reside en su artificial estiramiento y en la mezquina respetabilidad con que se reviste, lo que produce un vacío en el alma de la mujer, no permitiéndole satisfacer sus más naturales ansias. Una vez hice notar que parecía existir una más estrecha relación entre la madre de corte antiguo, el ama de casa siempre alerta, velando por la felicidad de sus pequeños y el bienestar de los suyos, y la verdadera mujer moderna, que con la mayoría de las emancipadas. Estas discípulas de la emancipación depurada, clamaron contra mi heterodoxia y me declararon buena para la hoguera. Su ciego celo no les dejó ver que mi comparación entre lo viejo y lo nuevo tendía solamente a probar que un buen número de nuestras abuelas tenían más sangre en las venas, mucho más humor e ingenio, y algunas poseían en alto grado naturalidad, sentimientos bondadosos y sencillez, más que la mayoría de nuestras profesionales emancipadas que llenan las aulas de los colegios, las universidades y las oficinas. Esto después de todo no significa el deseo de retornar al pasado, ni relegar a la mujer a su antigua esfera, la cocina y al amamantamiento de las crías. La salvación estriba en una enérgica marcha hacia un futuro cada vez más radiante. Necesitamos que cada vez sea más intenso el desdén, el desprecio, la indiferencia contra las antiguas tradiciones y los viejos hábitos. El movimiento emancipacionista ha dado apenas el primer paso en este sentido. Es de esperar que reúna sus fuerzas para dar otro. El derecho del voto, de la igualdad de los derechos civiles, pueden ser conquistas valiosas; pero la verdadera emancipación no empieza en los parlamentos, ni en las urnas. Empieza en el alma de la mujer. La historia nos cuenta que las clases oprimidas conquistaron su verdadera libertad, arrancándosela a sus amos en una serie de esfuerzos. Es necesario que la mujer se grabe en la memoria esa enseñanza y que comprenda que tendrá toda la libertad que sus mismos esfuerzos alcancen a obtener. Es por eso mucho más importante que comience con su regeneración interna, cortando el lazo del peso de los prejuicios, tradiciones y costumbres rutinarias. La demanda para poseer iguales derechos en todas las profesiones de la vida contemporánea es justa; pero, después de todo, el derecho más vital es el de poder amar y ser amada. Verdaderamente, si de una emancipación apenas parcial se llega a la completa emancipación de la mujer, habrá que barrer de una vez con la ridícula noción que ser amada, ser querida y madre, es sinónimo de esclava o de completa subordinación. Deberá hacer desaparecer la absurda noción del dualismo del sexo, o que el hombre y la mujer representan dos mundos antagónicos. La pequeñez separa; la amplitud une. Dejen que seamos grandes y generosos. Déjenos hacer de lado un cúmulo de complicadas mezquindades para quedarnos con las cosas vitales. Una sensata concepción acerca de las relaciones de los sexos no ha de admitir el conquistado y el conquistador; no conoce más que esto: prodigarse, entregarse sin tasa para encontrarse a sí mismo más rico, más profundo, mejor. Ello sólo podrá colmar la vaciedad interior, y transformar la tragedia de la emancipación de la mujer, en gozosa alegría, en dicha ilimitada. Publicado originalmente en Emma Goldman, “The Tragedy of Woman’s Emancipation”, revista Mother Earth, v. 1, no 1 (marzo 1906); pp. 9-17.

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