El_Bibliotecario
Usuario (Argentina)
¿Te gusta el mundo de la Tierra Media? Enterate de dónde han salido algunos de sus elementos. Porque los escritores no inventan todo lo que escriben, eso es imposible. Todos los escritores -sí, los muy buenos también- reescriben cosas ya dichas. Gandalf el Gris Odín es quien gobierna el mundo nórdico desde el Valhalla. Muchos son sus nombres y sus formas: un guerrero tuerto armado con lanza y escudo, de fiero semblante; un rey que cabalga en el furioso corcel de seis patas; amo de los cuervos que vuelan el mundo y le cuentan todo lo sucedido; un peregrino de ropas grises y sombrero alado, anciano y sabio... Gandalf el Gris una de las formas de Odín. Gandalf el Blanco Gandalf el Blanco recuerda mucho a uno de los dioses más citados por la humanidad, desde los albores de la cultura, el Sol; personificado en distintas formas, el mito en esencia es el mismo: la muerte por sacrificio y la posterior resurrección. La luz que retorna a vencer a la oscuridad. El día y la noche. Jesús, el más conocido exponente de los incontables dioses solares, muere y resucita, puro, blanco. Gandalf el Gris muere, y resucita como el Blanco. Aragorn La sagas del rey Arturo son variadas, muchas anónimas. Se cuenta que Arturo deberá encontrar o rescatar -dependiendo de la versión- la espada Excalibur para ser rey. Aragorn se valerá de la espada Narsil, entre otras cosas, para reclamar el trono de Gondor como heredero de Elendil. Valinor ¿A dónde van los elfos mientras en la Tierra Media la guerra contra Sauron hace estragos? Navegan hacia el oeste, al paraíso que los aguarda más allá del mar: Valinor. Resulta que los vikingos llegaron en el siglo XI a América, mucho antes que Colón. Fundaron allí una colonia que no prosperó, y volvieron con leyendas de esas tierras que llamaron Vinland (en honor a las uvas silvestres que encontraron allí). Esas leyendas se incorporaron luego a la saga del rey Arturo. Valinor es la isla allende-de-los-mares de la saga Artúrica, que es a su vez América del Norte. Enanos Algunas traducciones de la Edda Mayor aseguran que crecieron de la roca como los gusanos crecen en una manzana. Lo cierto es que su origen es nórdico, baste repasar los nombres de algunos de ellos: Thorin, Dwalin, Balin, Gloin, Thrain, Thror, Sain, Nain, Durin, Gandalf... Thorin, Dwalin, Balin, Thrain, Thror, Gandalf son nombres enanos, listados en la Vieja Edda. La Tierra Media y los Árboles de Valinor Telperion y Laurelin son los árboles que iluminan el mundo previo a las guerras de los Silmarills. Son consumidos por Ungolliant, la siempre hambrienta araña gigante. Pero antes de marchitarse por completo, darían retoños (de uno de ellos desciende el árbol blanco de Gondor). Para los nórdicos, el mundo tiene forma de árbol, y se llama Yggdrasil. El Mundo (es decir, el árbol) morirá durante el Ragnarok (la batalla del fin del mundo), pero resurgirá uno nuevo. Tenemos aquí, también, una regeneración. La imagen de arriba es un mapa de Yggdrasil. El lugar donde habitan los hombres se denomina Midgard. De allí se adopta el término Tierra Media Sauron Sauron no tiene cuerpo, y aunque en las películas habla, en el libro no tiene siquiera voz, no encontramos diálogos suyos. Sauron es una representación de la maldad. Sus sirvientes, los orcos, parecen reflejar las impresiones de un joven Tolkien que batalló en la Primera Guerra Mundial: muerte, saqueo, incendio, destrucción, ferocidad... El maestro de Sauron, Melkor, fue el más poderoso de los Ainur, los seres que compusieron la melodía de la creación del mundo. Quiso sobresalir, dominar a sus hermanos, dominarlo todo. Fue ambicioso y altanero, y desafió a Eru Iluvatar (el dios supremo del mundo de Tolkien) como el ángel Luzbell desafió a Dios. Los dioses La escala de poderes en Arda podría ser más o menos así: Eru Ilúvatar, los Ainur, los Valar, los Maia y los Itsari. Más que a una escala divina, se asemeja a una diferenciación de razas de poderes distintos. Así sucede en la mitología nórdica, donde parece más cómodo hablar de Ases, Vanes y Elfos, en lugar de dioses. Los valar son los poderes del mundo, representan alguna de las fuerzas naturales. Tal como Thor hijo de Odín, por ejemplo, representa la tormenta y el rayo. Entre los maia encontramos al sol que, al igual que en los nórdicos, es mujer y no hombre (la Luna es masculino). Beren y Luthien Parece ser la historia de Teseo y Ariadna, pero con final feliz. Las keningard Había entre los skaldas (los bardos nórdicos) una norma constante en sus poemas, que era el uso y abuso de las keningard, un recurso poético que consistía en reemplazar un sustantivo por una metáfora que puede parecer un acertijo. Por ejemplo, en un poema podemos encontrar la frase danza de las espadas, que es una keningard para la palabra guerra. Tenemos keningards en La falla de Isildur (el Anillo Único), El Señor de los Anillos tal vez lo sea también. Se trata de un recurso poético muy específico que no es muy utilizado en la modernidad. Por supuesto, hay muchas cosas más. El universo de Tolkien es vasto y complejo, tejido no sólo con mitologías. Espero que, si te gusta Tolkien, le abras la puerta a las otras cosas que hay detrás de su obra, como la magnífica Edda de los nórdicos. Si te gustó el aporte, dejame unos puntitos.
El niño que bajó del barco en el último cuarto del siglo diecinueve se llamaba Anselmo; su apellido, Tolari, se remonta a las Sierras Calabresas. El trabajo de su padre en los astilleros de La Boca le facilitaría una infancia de asombros y fértil imaginación en un conventillo de la calle Pinzón. Sus hermanos menores serían argentinos y, con el tiempo, él mismo no se sentiría ya italiano, a pesar de los sueños de su madre por retornar alguna vez a la lejana Calabria. El hombre fue conocido como el Piantao Tolari, y se paseaba ahora entre las mesas de un club clandestino del barrio de Palermo, decidiendo en qué mesa tomaría asiento. Estaba tan seguro como le era posible de que aquella noche ganaría una fortuna con el poker: su apodo respondía a una meticulosa dedicación, encontrarle la posta a los naipes, dar con la jugada segura, apostarlo todo en el momento y lugar precisos. Para ello había pasado largos encierros en una pensión de la calle Olavarría estudiando matemáticas y estadística, calculando probabilidades. No depositó, precavido como era, todas sus expectativas en la ciencia: reforzó su quimera con talismanes, apeló a diversos dioses y santos, se aficionó a la astrología y a otras artes adivinatorias. Llegó a venderle, una navidad, el alma al diablo siguiendo las instrucciones de un gitano que conoció en el hipódromo. Durante años evitó el trece y los gatos negros; buscó a sus amantes únicamente en turbias milongas apuntando a las más manyadas, propensas a la traición –así lo creía él-, apelando a esa regla de tres indirecta del afortunado en el juego, desafortunado en el amor; rompió amistades, más o menos importantes, apenas las sospechó de yetas; como hábito impuesto caminó sin dejar de observar el suelo, no fuera cosa de pisar una nueva combinación de baldosas con el pie izquierdo; no se despegaba de su pata de conejo y a su estatuilla de San Pancracio no le faltó nunca peregil, azúcar ni canela. Se libró de todo prejuicio y dedicó su vida entera a cualquier cosa que le prometiera una jugada segura, fueran métodos científicos, religiosos o esotéricos. Una serie de cálculos, presentimientos y adivinaciones lo indujeron a estar esa noche, con la mejor pilcha que encontró, en los suburbios del barrio de Palermo, paseándose entre parroquianos ludópatas, prostitutas, humo de tabaco negro y aromas de moscato y café expreso. Recordó con nostalgia lo que marcó simbólicamente como el inicio de su aventura, las palabras de su compañero de celda la noche que cayó preso por levantar quiniela: — La quinela y los llobacas son pa` los giles, la posta está en los naipes. Decime vo`, ¿acaso viste a los gringos ricos despilfarrando la guita en la lotería o las peleas de gallos? No, pibe. Los gringos abacanados juegan a los naipes. Se sentó, sereno. Apostó, seguro y decidido. Se jugó una muy considerable fortuna y al cabo de dos horas había desvalijado a cinco jugadores. La mesa se fue renovando y después despoblando, y sólo un jugador se atrevió a desafiarlo, quizás el único de aquel antro que poseía el dinero suficiente para hacerle frente. Era un porteño que parlaba en francés, engominado y elegante, delicado y fanfarrón. Pasada apenas la medianoche, el Piantao Anselmo, seguro de que ganaría una fortuna con los naipes después de años de intensa dedicación, no previó entre sus vastos estudios una simple posibilidad: que le hicieran trampa. El cuchillo de un tal Mariano Loguapo lo pasó para el otro lado a la salida de una milonga de la ribera de La Boca. Más valía morir por una mina que ajusticiado por los compadritos del prestamista. Más cuentos fantásticos en http://labibliotecadeartholia.blogspot.com.ar/