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Eduaryo

Usuario (Argentina)

Primer post: 23 may 2012Último post: 23 may 2012
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Otro Cuento corto mío, por si gustan leer.
Apuntes Y MonografiasporAnónimo5/23/2012

LA FLACA Fue hace dos años, cuando se me había dado por la onda del chat, ¿te acordás? Mentía alevosamente, sin imaginar que tarde o temprano, me iba a llegar la factura. Sí, la flaca, la de la foto. Linda, muy linda. Pero vos fijate que a pesar de que habíamos chateado muchísimo, y nos tratábamos de lindo y linda y todas esas tonteras, siempre sucedía algo y no nos podíamos juntar. Yo había pensado que si se estaba haciendo la diosa, que se fuera al carajo; pero un día, chateando, me preguntó: —Che, ¿qué hacés mañana a la tarde? Y nos juntamos en una plaza. Llegó con un retraso de más de media hora y una sonrisa de oreja a oreja. Después de charlar un rato, con ese inevitable nerviosismo de los que recién se conocen, encaramos para el centro. Todo marchaba perfecto. Yo planeaba tomar algo, tranqui, que se yo, caretearla un toque y chau, al departamento. La excusa: cocinarle. Sí, lo de la cocina… es difícil de explicar. A ver, mirá, a vos te lo cuento porque está todo bien, porque, si le digo a los vagos que me pasé un día entero viendo Utilísima satelital y cualquier cantidad de programas de cocina como un pelotudo, me van a destruir. Y qué querés, si le estuve mintiendo todo el tiempo con que yo era un excelente chef. No te riás, tarado, en serio. Pero obviamente, no aprendí un carajo, y sigo sin poder distinguir entre el comino y el orégano; pero bueno, te darás cuenta qué poco me importó. ¿Qué onda la flaca? la primera media hora, la mejor: amaba a los animales, le gustaba cantar en la ducha, bailar la lambada, y no se metía en temas religiosos ni políticos. Ah, vos decís cómo venía; y bueno, de atrás, culito parado, piernas largas, lindas, y adelante, unas gomas que no desentonaban; claro, armoniosa. Pero te digo, eran las seis de la tarde y no paraba de hablar. Evidentemente era un mal presagio, pero ni siquiera lo imaginé. En eso, llegamos a la confitería. Loco, se tomó un submarino con dos porciones de torta de chocolate ella sola al mismo tiempo que bla bla bla; yo la miraba haciéndome el gil y murmuraba “ya te va a tocar el ocho, hija de…”. Al salir, dimos un par vueltas por el centro mirando vidrieras, boludeando, hasta que ella, de repente, se paró en seco: me miró con ojos extraviados y, para mi sorpresa, propuso que fuéramos al parque. Anochecía, pum, palo y a la bolsa, pensé. Error. Subíamos por la avenida principal y no se callaba. Me había secado la mente, quería irme a la mierda, pero qué, si cuando quise darme cuenta ya pisábamos el césped del parque. Si vos la hubieras visto: ¡corría y danzaba como pibe con juguete nuevo! “Te va a tocar el ocho, ya vas a ver”, murmuraba yo, regalándole una sonrisa. Y mirá, de a ratos parecía que estaba todo bien, pero qué se yo, la flaca se volaba por los cielos y si abría la boca, no lo hacía solamente para hablar. —¿Querés tomar un helado? —dije yo, y su cara se iluminó por mil fuegos. Admito que tuve ganas de ahorcarla, y que pensé por qué carajo no la había llevado directamente a un restorán chino o a cualquier diente libre, a calmarle la gula. Y quizá no fue tan raro, al instante de esto, y como un latigazo revelador, acordarme de una obra de teatro que había leído no hacía mucho tiempo, en donde el personaje principal era una vieja insaciable que comía y comía hasta llevar a la perdición a la gente que la rodeaba. Bueno pará, no terminó ahí, después le pintó un pancho con poncho; y no es que me calentara la guita, no, sino que era obvio que no iba a pasar nada, ¿me entendés? Sin embargo, vos fijate, a pesar de todo, algo me decía aguantá un poco, aguantá. Casi nueve y media de la noche: estábamos sentados en un banco que apenas podía mantenerse en pie, cerca de una fuente; y ya no sé cómo, pero hablábamos de comida italiana, francesa, árabe; bueno, ella hablaba, y yo, el supuesto excelente chef, asentía modestamente con algún gesto. La miré pensando se tiene que callar, se tiene que callar y la beso, que se cague: si se enoja se enoja, ya fue; pero en eso ella se paró y dijo que fuéramos a caminar por allá. Levanté la mirada, tembloroso, y vi que señalaba por donde había un carro de choripanes. Mi cara era la muerte. Menos mal que no dijo nada: pasábamos entre el humo y el aroma picante que salía del carro, y yo vi en su carita a un perro mojado, triste, pero me hice el gil. Íbamos caminando y cuando nos quedamos en silencio, le dije que era muy linda. Me miró, y aunque se puso roja de vergüenza, no bajó la mirada. Chau, me dije, hermano, esta-es-la-tuya. La tomé por la cintura y la besé. ¡Por fin se había callado la guacha! por fin la sentía más ubicada, más “señorita”, no sé. Aunque fue al pedo. Escuchá lo que me dijo: —Así con que sos todo un as del sabor, eh. No había caso. La miré asombrado, y no sin sentir miedo pensé: ¡¿a dónde le puede entrar tanta comida a esta criatura, por el amor de dios?! Y ahí me tiró, sin dar vueltas, que fuéramos a mi departamento y que le preparara algo. No, salame ¿por qué voy a mentirte? Todas las esperanzas de encamármela a esa altura se habían estrellado contra un iceberg y, en mi desesperante caída, solamente quería que se la llevara puesta un bondi, la cagara una paloma o que se yo, que se le declarara una diarrea crónica; sí, una de esa cosas que parecen casuales. Le dije que me disculpara, que se había hecho tarde y que al día siguiente tenía laburo, que le prometía una cena, pero para la próxima ocasión. Igualmente no dejó de sonreír, ni de hablar; quizá porque llegando a la parada de su colectivo, se abalanzó hacia un puesto de hamburguesas y me preguntó si quería una, que ella pagaba. No había duda: esa flaca era un calco de La Nona, la obra de teatro que había leído. Claro, ahí fue cuando con su celular nos sacamos la foto: ella se reía y trataba de pintarme con aderezo la nariz, sin notar un bochornoso resto de mayonesa en sus comisuras. Y justamente cuando le metía el último mordiscón a su hamburguesa, apareció el colectivo. Ni lo dudé, ahí nomás levanté el índice. Luego, sacando la cabeza por la ventanilla, la muy hija de puta a los gritos me pedía que la perdonara si había hecho algo que me molestara, que la había pasado muy bien, que nos veíamos pronto… Más vale, yo también pensé que se iba a borrar, pero a los días me envió la foto en un mail. También decía que no me olvide, que le había prometido algo. Eduardo Albornos Mi primer cuento, por si no lo leyeron: Mi blog de literatura es: www.elquetienesed.blogspot.com

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