Dr_Chase
Usuario (Argentina)
Estimados: Les dejo este pobre, tonto, mediocre y cursi cuento que he escrito en una noche en la que los vaivenes emocionales me hicieron, más que gritar, escribir este humilde cuento que ahora comparto con aquellos que puedan disfrutar de estas entusiastas y muy humildes líneas. No lo evalúen la calidad de la pluma, no es más que un montón de emociones vertidas por una ilusión en detracción. Indeclinablemente Perfecto. Este es un relato que oí una vez cuando niño, a lo largo de los años, y luego de varias horas recorridas bajo el tendal de intentos infructuosos, decidí darme por vencido, para jamás poder comprobar si esta historia es realmente cierta. Muchos hablan de una época sombría, en la que las ilusiones eran mucho más que utópicas, y los sentimientos, demacrados ante el intento de supervivencia, presentábanse netamente inexistentes. Se dice que en esta época era común escuchar a pasajeros trovadores proclamar estos cuentos, como infantiles intentos de recuperar, en los ocasionales testigos, un atisbo de humanidad. Otros, pocos, dicen que esta fue una historia verdadera, originada de forma tan particular, que es casi imposible de aseverar, pero, créanme, vale la pena intentarlo, cerrando los ojos tan solo un momento, quizás puedan ver el cuadro final y, tal vez, protagonizar esa sensación tan hermosa y tan singular de la vida... Bastantes siglos han pasado desde que el río dejo de sentir las suaves caricias de Lucidla sobre su orilla... Lucidla, desde pequeña, había sabido arreglárselas bien para mantener la casa en impecable estado de orden y limpieza, dado que su madre debía, junto a su padre, trabajar en el Palacio D’aux, perteneciente al linaje de la actual reina Mantropea, gobernante de todo lo que Lucidla podía imaginarse como mundo. Los padres de la bella Lucidla esforzábanse a diario para poder mantener su propiedad, su magra posición social, y si la suerte los apoyaba, adornar elegantemente la dote de Indira, la hermana menor de Lucidla. Lucidla pasábase sus albores ordenando, incisivamente, como si ello de alguna manera ayudara a conjurar esas ideas peculiares que asomaban en su mente. Atil, su anciano vecino, le había comentado que no debía dejar que esos engaños invadieran sus pensamientos. “Esas tretas -le decía- te llevaran directamente al valle de las penas, desde donde jamás podrás volver al calor de tu hogar, pereciendo infinitamente junto a las hierbas salvajes.” Lucidla se resistía a creer que ese fulgor que sentía en su pecho fuera del todo malo, pero Atil no se equivocaba nunca, de otro modo su madre se lo hubiera advertido. Una palabra, única, atravesaba su mente y su corazón galopando a los cuatro vientos; por momentos interrumpía cualquier cosa que ella estuviera haciendo, llevándola forzosamente a quedarse inmóvil, pétrea, repitiendo en su interior esa sola palabra, misteriosa... ...Priltor. Que seria Priltor? no lo sabia... Seria el río, su mejor amigo, el encargado de confesárselo secretamente? O serian las rosas? Esas a las que rezaba conservaran siempre su belleza, para hacer feliz a su laboriosa madre... Seria el viento, tal vez? En uno de sus caprichosos viajes, quizás le traiga noticias foráneas... No lo sabía aun, pero su corazón estallaba en ansias por saberlo... ...Priltor... ...Priltor... -Priltor! Priltor!, ven aquí prontamente! No quiero meterme en problemas con su alteza por tu incorregible rebeldía! Ven aquí inmediatamente! Priltor se había vuelto todo un hombre, pese a las dificultades y al político resguardo que la vida había escogido para el. Tozudamente luchaba contra los vientos del destino y los designios protectores de su madre, con los que, tal vez por piedad o por ignorante vergüenza, pretendía cobijarlo. Solía perderse en los inmaculados jardines del Palacio D’aux, corriendo como un desaforado, sin pensar en las dolorosas consecuencias que frecuentemente afrontaba ante tal empresa: golpes, caídas, rasguños y una infinidad de trofeos que su rebeldía le regalaba. -Priltor, Priltor! Ven a tu cuarto que tu madre tiene un discurso importantísimo que dar a la población y no debes dejar que nadie te vea, ya sabes como son estas cosas. Ven aquí, por favor!! Era incesante ese grito en toda la casa, pero a lo largo de los años Priltor había aprendido a eludirlo eficazmente. Luego de unos instantes finalmente se encerraba, únicamente bajo su propia voluntad. Una de esas tardes, mientras divagaba en historias extravagantes del lejano oriente, una palabra lo sobresalto de sus cavilaciones... Lucidla.... Lucidla... Las cortinas de su cuarto se agitaban, danzarinas, ante su impávida vista, y parecían reverenciar el surgir de esa palabra, tan nueva y hermosa para el, que en una mezcla de exaltación y fascinación, no hacia mas que arrojarse en el suelo de su cuarto, y repetir para si mismo tantas veces como segundos corren en el tiempo la dulce palabra que un segundo atrás había emergido de la nada... Lucidla... Lucidla... -Su majestad Mantropea, en homenaje a los años que llevo estudiando el problema de su hijo, tendrá a bien Su Alteza respaldar mi pócima para el control de la nefasta enfermedad que tantos pesares le ha costado…? Si usted permitiese que yo charlase con el muchacho, seguramente podría sopesar los resultados de mi trabajo y aplicarle mi tan perfecta solución, con la cual resurgiría en él la luz convirtiéndolo en el perfecto heredero que Vuestra Majestad, el pueblo y nuestro Señor añoran hace tiempo. Le aseguro que jamás se arrepentirá de dicha decisión, su honorable alteza. La reina, con un indisimulable gesto de credulidad, insto al ejército entero que tenia disponible: -Es menester que yo, reina y tutora de este glorioso pueblo, encuentre a un poblador que sufra las mismas desgraciadas condiciones de mi hijo, que apenas puede ver la distancia que recorren sus parpados, sin poder valerse mas que del oído y de las palabras... Me urge, traigan a esa persona ante mí para poder rescatarla de ese abominable mal que la aqueja. Un batallón completo partió hacia los extremos mas recónditos de aquella población, con la única misión de encontrar a una persona con esa enfermedad artera y desconocida en aquellos tiempos. Se les había otorgado cuatro fases lunares, como plazo, antes de que la Reina comenzase a solicitar resultados, lo que hacia impostergable la mentada búsqueda... Lucidla había salido ese día a recoger unos frutos que necesitaba para completar la cena. Era una tarea que realizaba con cierta periodicidad, lo que hacia que no revistiera para ella mayores dificultades, pese a los obstáculos incontables que solían retrasarla y en ocasiones lastimarla, con su flagrante inmovilidad. Su hermana menor podría haberla asistido en su tarea, pero decidió no hacerlo, reservando el tiempo para reparar su cabello, tarea primordial, previendo que quizás su padre le consiguiese espacio para el banquete que se oficiaría a la partida del batallón real. Al banquete asistiría el hijo del Duque de Monpletarre, sin dudas. Recorría Lucidla el tibio bosque de su pueblo, dirigiéndose donde sabia estaban los mejores frutos para su familia; ya casi llegaba, cuando de repente se golpeo y bruscamente cayo al suelo. Priltor sintió un leve dolor cuando se incorporo para seguir su camino, huyendo traviesamente de su inefable dama de compañía, cuando oyó una voz dulce que decía: -Tremenda fortuna la mía! Si sigo encontrando obstáculos en mi camino, jamás comeremos los frutos esta noche, debo apurarme de una vez por todas... El muchacho, extrañamente devenido de obstaculizado en obstáculo, inquirió: - Disculpe, señorita, se encuentra usted bien...? No quise lastimarla... Mi nombre es... - No me interesa quien es usted, le ruego siga su camino, mi padre es colaborador del batallón real y... Priltor se sonrió, gozando que por primera vez, a alguien no le interesaba realmente quien era el, y prosiguió: - Si bien no me permite presentarme, quiero dejar bien claro que mi torpeza no fue adrede, mas bien es debida a un problema que tienen mis ojos, por lo cual le ruego me disculpe, no fue... - Sus ojos? – Interrogo Lucidla – Que tienen sus ojos? - Mis ojos no pueden ver mas allá de mis parpados, y aun a esa distancia, lo hacen de manera difusa. Le ruego disculpe una vez mas mi torpeza, señorita...? - Lucidla, mi nombre es Lucidla... quiero decirle que es la primera vez que veo a una persona... como yo... Lamentablemente su descripción coincide exactamente con la capacidad de mis ojos, que rara vez me permiten divisar el color de las rosas que corto de mi jardín, o de los caprichosos espectáculos que brinda el cielo al atardecer, junto al río... Un silencio irrumpió, a lo que ella pregunto: - Sigue usted aquí, joven? -Lucidla, tu nombre es Lucidla, igual a ese sonido angelical proveniente de... -Priltor, Priltor!! Por fin hemos dado contigo! Te buscamos durante horas, pequeño, debes volver antes que tu madre... Perdiendo sin luchar el control de sus actos, Lucidla tomo a Priltor de la mano, abstraída por un alud de emociones que su corazón irradiaba constantemente, haciéndole difícil hasta el simple hecho de respirar... Priltor tomo la mano de la hermosa muchacha, y oyendo que los empleados de su madre se acercaban, aun manteniendo una generosa distancia, insto: - Huyamos, escondámonos, tú conoces este lugar mejor que yo, rápido! Partieron raudamente, y utilizando unos caminos que la rutina le había enseñado pacientemente, Lucidla guió al príncipe a un lugar recóndito, secreto, junto al río. Absortos por la presencia del otro, por la huida, o por el desbocado palpitar de sus ávidos corazones, olvidaron completamente sus responsabilidades. Olvidaron que existiera alguna otra persona, mas allá de ellos dos... Conversaron nerviosamente, al comienzo, estudiando cada similitud y cada diferencia entre ambos... Hablaron de sus actividades diarias, de sus familias... Ninguno de ambos reparo siquiera en las formas mas minúsculas del otro, mas bien recolectaban ávidamente pensamientos, ideas, comprensión y hasta diéronse rienda suelta para mofarse de aquellos seguidores, que juntos habían dejado atrás. Rápidamente notaron que la temperatura descendía bruscamente, y en un acto reflejo y absurdamente inconsciente, Priltor rodeo con sus brazos a Lucidla, primero cautelosamente, y luego de manera protectora, con el fin de proporcionarle a ella la mayor cantidad de calor posible. Ambos habían advertido la irónica mueca del destino, y habían tomado para si sus frutos, dejando que el agua del río sea testigo de esa noche tan perfecta, que juntos compartían... Dormidos se quedaron casi sin pensarlo, quizás por la aventura a lo largo del bosque, quizás por tantas emociones... Al amanecer, dos grupos llegaron al lugar. Por un lado, el batallón real, informados acerca de que una niña de la zona era la indicada para llevar ante la Reina. Por otro, los encargados de vigilar al príncipe, que con la poca cordura que les quedaba, habían llegado a esta orilla como ultima esperanza.. No se sabe si fue una excusa, una ilusión o quizás el fruto del cansancio de los exploradores... Sin embargo, lo que si es concreto, es que todas las personas que allí se reunieron observaron que el río había crecido de una manera inusual, de hecho increíble, formando caprichosamente las letras L y P en las costas, repitiéndose periódicamente hasta donde la visión del más observador llegara... Hubo dos integrantes del grupo que secretamente comentaron que en el lugar encontraron las ropas de los muchachos, al pie de dos árboles, que se entrelazaban uno con el otro, formando una extraña figura. Confesaron luego de un tiempo que esos árboles estaban aferrados... extraña y dulcemente abrazados. Fin.