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Deltha14

Usuario (Argentina)

Primer post: 11 sept 2013Último post: 6 sept 2014
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El lenguaje es discriminatorio: ¿Y qué?
Apuntes Y MonografiasporAnónimo9/13/2013

Discriminar es distinguir. Y confundir es lo contrario de distinguir. Por ende, no discriminar –como machaconamente se nos insiste– equivale a confundir. La bandera de la no discriminación es la bandera de la confusión. Guste o no, es así. Sólo en una segunda acepción –tal como registra la Real Academia Española– discriminar significa “Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.”. Y esto sería discriminar injustamente; lo que especifica a la discriminación como reprobable es su injusticia. Hoy padecemos la deliberada hipertrofia de la segunda acepción de esta palabra, que ha desplazado su sentido propio y exacto. El lenguaje es discriminatorio. Veamos por qué. * * * En su formidable libro La rebelión de la Nada, Enrique Díaz Araujo desenmascara entre otros a Paulo Freire. Este ideólogo de la educación y agitador social proponía entre otras maravillas disminuir la cantidad de palabras generadoras: 15 en lugar de 80. “¿Se dan cuenta? Siempre se había pensado que la cultura consistía en aprender más cosas. Freire ha descubierto que su esencia está en aprender menos cosas. Ha invertido el signo de todas las civilizaciones que el mundo ha conocido. La revolución copernicana producida por Freire y llamada ‘Revolución Cultural’ supone una simplificación magnífica: antes había que aprender no menos de 80 palabras generadoras; ahora con 15 basta. ¿Basta para qué? ¡Ah, ese es otro asunto! Basta para ser un cuasi-semi-analfabeto” . Si en la palabra yace la cosa, disminuir la cantidad de palabras es… ¿Hacer decrecer las cosas? ¿Destruirlas? ¿Modificarlas en su esencia? Imposible. Pero disminuir la cantidad de palabras equivale a impedir que la inteligencia vea, comprenda, entienda, aprenda, capte lo que las cosas son. Cada palabra porta una llama. Cada una de ellas irradia una lux propia en nuestra natural oscuridad. Decir una palabra puede compararse con encender un fuego, lo cual ocurre primero en la mente y casi inmediatamente en nuestros labios; al ser pronunciada la palabra, comienzan a “aparecer” las cosas “que estaban ahí”, junto a nosotros, pero a oscuras: se las puede designar, señalar, nombrar. El nombre es arquetipo de la cosa, enseñó Platón. Cada palabra, distinta de otra, denota por lo mismo una cosa distinta de otra. La riqueza del lenguaje sigue a la riqueza del ser. El lenguaje porta, lleva, carga, conduce el ser. * * * Si lo anterior es cierto, no hay diferencia entre eliminar del uso común una palabra y apagar una luz, tal como lo difundió Paulo Freire. Por cada palabra arrancada de nuestra lengua, una luz menos. Y por cada luz apagada, algo real que desaparece de nuestra consideración. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente”, afirmó Wittgenstein. Cuidadosamente omitidos, existen términos que están cayendo en un intencional desuso. Esto ha quedado patente en la actual polémica en nuestro país respecto del “matrimonio” entre personas del mismo sexo. Pensemos por ejemplo en aquellas palabras que involucran de suyo una reprobación moral de la homosexualidad: «antinaturaleza», «contranaturaleza», «perversión», «desorden», etc. Incluso muchos que reprobaron y reprueban esta ley omitían la pronunciación de estos vocablos. ¿Resultado?: el olvido de la realidad o –por lo menos– la fragilidad de su arraigo en nuestras mentes. Las cosas siguen ahí, es cierto, pero nosotros no logramos ya pronunciarlas. Este flagelo se hace patente en la incapacidad para designar las cosas según sus diferencias, por un lado, y en la conocida impotencia de muchos para reprobar lo malo y ponderar lo bueno sólida y firmemente, debido a una carencia de la adjetivación. Estamos siendo testigos de este empobrecimiento deliberado de nuestras inteligencias. Nuestro estómago se nutre bien, pero nuestra inteligencia está siendo subalimentada. Ya no abrevamos en lo esencial de las cosas –en aquello que las configura como sustancia– sino en sus accidentes. Más que pensamiento débil, actualmente padecemos el castigo del pensamiento anoréxico. * * * Ahora, pongámonos en los zapatos del ideólogo. Si yo quiero que la gente pierda la capacidad de distinguir lo normal de lo anormal, lo verdadero de lo falso, la naturaleza de la contranaturaleza, lo bueno de lo malo, la virtud del vicio; si yo quiero aniquilar estas diferencias –siéndome imposible hacerlo en la realidad misma–, lo más que puedo hacer es borrarlas de las mentes, a través de la constante omisión de las palabras que verdaderamente significan y nos llevan a las cosas. Para ello, debo refundar el idioma. Reelaborarlo, según la idea de hombre que quiero construir. Debo enterrar aquellas palabras cuya sola mención supone de suyo lo Absoluto. Sepultar los vocablos bien y mal, virtud y vicio, gracia y pecado, verdadero y falso, justo e injusto, etc. Todos ellos comportan un Principio que me niego a admitir: si juzgo algo y afirmo “esto es bueno” o “esto es verdadero”, ingreso inevitablemente en el terreno metafísico. Lo mismo se diga de la justicia y la virtud: la sola pronunciación de estas palabras me coloca en la incómoda atmósfera de las verdades perennes. A lo sumo podré tolerar que se las mencionen siempre y cuando el tono, la atmósfera y las circunstancias que las rodean sean lo suficientemente frívolas como para que nadie sospeche que me he tomado el atrevimiento de hacer un juicio de carácter absoluto. Por eso, debo criminalizar la Verdad. Que Ella sea demonizada, que su sola mención mueva a la indignación, a la crispación, al escándalo. Que pronunciarla sea un delito. Enterradas estas palabras, debo conseguir que únicamente subsistan otras, las imprecisas. Aquellas que no suponen una inteligencia en contacto directo con la realidad –una inteligencia metafísica, con vocación para el ser, con apetito del ente, con deseo de admiración–, sino una inteligencia que puede rodear cómodamente las cosas sin penetrarlas jamás, que habite en sus accidentes sin tocar sus esencias. De ahí que todo deba ser juzgado en estos términos: conveniente/ inconveniente; popular/impopular; moderno/antiguo; moderado/intransigente; mayoritario/ minoritario; tolerante/fanático; constitucional/anticonstitucional. ¿Dónde está la trampa? En que todos estos adjetivos pueden convenir indistintamente tanto a la verdad como al error. * * * Pero como ideólogo no puedo decir frontalmente que busco estos objetivos. ¿Qué debo hacer? Acusar a quienes defienden el Orden Natural de mantener este discurso de forma interesada. No atacar sus argumentos, sino su persona. A través de una constante repetición, mi objetivo es lograr que la gente se olvide de la realidad que está en juego detrás de las palabras. Debo convencer a mi auditorio de que conozco las intenciones ocultas de mis adversarios, de que sé perfectamente que aunque verbalmente aduzcan motivaciones altruistas, en el fondo, por más que ellos lo nieguen, desean mantener el control, el poder, la dominación. Debo lograr enlodar a priori su autoridad moral, para que la gente ni bien escuche su argumentación piense: “ellos dicen estas cosas como pretexto y justificación de alguna superioridad económica o bienestar material”. En una palabra, ejercitando el discurso marxista, debo acusar a mis enemigos de intentar imponer una superestructura de dominación –en este caso, el Orden Natural– a través del lenguaje: “la palabra sigue siendo privilegio de los mismos grupos de poder”, dijo en La Nación Adriana Amado, el 28 de julio . En efecto, ¿por qué creerles a los defensores “del orden natural”, si en el fondo –como afirma el cassette pro homosexualista– son unos mentirosos que buscan mantener sus cómodos privilegios económicos, sus autoritarias estructuras de poder? Y si ellos negaran tales motivaciones, ¿puede esperarse que los mentirosos digan la verdad? “Si un hombre dice (por ejemplo) que los hombres conspiran contra él, no se le puede discutir más que diciendo que todos los hombres niegan ser conspiradores; que es exactamente lo que harían los conspiradores” . He aquí la fabulosa petición de principio, punto de encuentro de víctimas y victimarios. Chesterton la calificaba de locura. Y por eso no proponía “discutirla” como una herejía, sino “quebrarla” como un encantamiento: “Curar a un hombre no es discutir con un filósofo, es arrojar un demonio”. * * * El activismo pro homosexual pretende embarrar la causa de la Verdad. Permanentemente lucubra hipótesis respecto a las intenciones personales de sus adversarios. Sus cuadros son especialistas en convertir en odiosas todas las cosas buenas: las enlodan mirándolas según su propia mediocridad. La pequeñez más lacerante que padece esta ideología es no alcanzar a aceptar la posibilidad del desinterés, del altruismo y heroísmo, imitando la posición sartreana que no veía en el amor sino un disfraz del masoquismo o bien del sadomasoquismo. Si Sartre sospecha del amor y busca mancharlo, los ideólogos actuales –con la misma pervertida mentalidad– convierten en odioso el Orden Natural, rociándolo con sus envenenadas palabras, a fin de impedir que los bienintencionados descubran la realidad de las cosas. En algo tienen razón estos sofistas: el lenguaje discrimina. El lenguaje –el verdadero, el que ellos pretenden empobrecer y derrumbar– efectivamente discrimina. Distingue. Diferencia. Demarca. Separa. Divide. Y si su objetivo es confundir, un lenguaje que discrimina no les conviene. Una manzana no es una pera. Matar en defensa propia no es asesinar. Cobrar un impuesto justo no es un robo. Y un matrimonio no es entre personas del mismo sexo. * * * Pero, ¿cómo desarticular la acusación según la cual nosotros consideramos a la homosexualidad como enfermedad, como antinaturaleza, movidos exclusivamente por turbulentos intereses económicos? ¿Cómo probar que no estamos interesados en mantener ninguna estructura de poder al defender la Verdad? Se prueba observando una realidad. Hoy el poder lo tienen ellos. Por eso tuvieron el poder como para pedir en octubre del 2009 el relevo del Presidente de la Asamblea General de la ONU, Alí Abdussalam Treki, que se manifestó contrario a la promoción de su ideología ; por eso tienen el poder para remover un video de “Youtube” donde podía verse cómo un sacerdote de 84 años era detenido por la policía mientras portaba una cruz, al mismo tiempo que los activistas “pro gay” incurrían en los comportamientos propios de los endemoniados, insultando y befando al Santo Padre y a la Iglesia, sin recibir la más mínima sanción ; por eso cuentan con el apoyo incondicional del gigante informático IBM; por eso presionaron –y lo obtuvieron– a la Real Academia Española para cambiar los significados de su diccionario, puesto que los consideraban “anacrónicos y discriminatorios” . Pues bien, así trabaja el activismo pro homosexualista: para derribar una supuesta superestructura de dominación, erige la propia. Vivir en el seno de la contradicción no es sino tomar a la hipocresía como método. El colmo de ésta es acusar al adversario de lo que en los hechos uno mismo realiza. * * * En el principio era el Logos (Jn. 1,1). La ideología pro homosexualista odia el Logos y lo combate. Como no puede vencerlo en sí mismo, lo vulnera en su imagen: el intelecto humano. La guerra al logos participado es la continuación de la guerra al Logos Imparticipado. Nos están colonizando con palabras. Y no nos damos cuenta. Por eso el 22 de julio de 2010, al publicar en el Boletín Oficial la modificación del Código Civil a efectos de legalizar el “matrimonio” homosexual, Cristina Fernández de Kirchner afirmó: “no hemos promulgado una ley, hemos promulgado una construcción social”. Pero los sofistas modernos tienen un punto débil. Terrible y mortal para ellos, si nos damos cuenta: su supremo interés por eliminar estas palabras nos indica cuál es el principal elemento a defender. Lo que más desean, eso es lo que nosotros debemos primero custodiar. Lo que ellos desean prohibir es exactamente lo que tenemos que hacer. Donde está la solución, está el peligro. Ordinariamente vemos únicamente el peligro, la persecución, el odio furibundo de estos embaucadores; sin advertir que la virulencia con que ellos nos replican no es sino el disfraz de su propio temor a ser desenmascarados. Este peligro que nos acecha al mencionar las palabras que precisamente ellos desean omitir, no es sino el enrejado que recubre y protege la solución. Su debilidad. Y si nosotros nos hacemos de la solución, ellos están perdidos. ¿Y cuál es? La solución es la palabra. La verdadera. Pronunciemos la palabra que juzga metafísicamente, con criterios absolutos: la palabra que no se apoya en construcciones históricas convencionales, ni en modas pasajeras. La palabra que refleja el ser, no su interpretación; la palabra que permanece, no la que evoluciona; la palabra que define, no la que halaga o confunde. Dejemos de naufragar en los accidentes –objeto de la Sofística– y afirmemos lo esencial, la definición de las cosas, el numen, el arquetipo. La solución última es la palabra en tanto vehículo de realidades metafísicas, por encima del cambio, independiente de los horizontes culturales, de los puntos de vista. Y esta palabra no puede ser sino el reflejo de la Palabra, Dios mismo. Por eso Ernest Hello ha dicho magníficamente: “Afirmar es el acto inicial de la palabra. Todo verbo contiene el verbo ser. Toda palabra tiene a Dios por sostén. El que es, es el fundamento del discurso” . La cruz permanece mientras el mundo cambia. En el crucifijo yace –aunque el laicismo en Europa pretenda retirarlo– el Crucificado, Logos Eterno y Verbo Increado del Padre: Nuestro Señor Jesucristo. Testigo Supremo de lo que no cambia en un mundo que cambia constantemente. Juan Carlos Monedero (h) 09.08.2010 Ciudad de Buenos Aires, Argentina .

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La voladura de la Superintendencia de la Policía Federal
Apuntes Y MonografiasporAnónimo9/11/2013

El 2 de julio de 1976, poco después del mediodía, José María Salgado ingresó sin inconvenientes al edificio de la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal Argentina (Moreno 1417), llevando en sus manos un portafolios que contenía el artefacto explosivo que le habían entregado, momentos antes, Rodolfo Walsh, alias Esteban, jefe de Inteligencia, y Marcelo Daniel Kurlat, alias Monra, comandante de la Columna Norte de Montoneros. Hacía unos días que Salgado, ex suboficial policial y militante montonero (nombres de guerra Daniel, Pepe y Sergio) había sido dado de baja. Sin embargo, conservó su identificación a pedido de la cúpula da la “orga” para poder concretar el atentado, y esto le permitió desplazarse con facilidad en las instalaciones federales. Desde varios meses atrás Salgado había estado pasando informes -domicilios, horarios, datos familiares de los miembros de la Policía Federal, etc.- a la central de inteligencia montonera que estaba bajo la dirección de Rodolfo Jorge Walsh y Horacio Verbitsky. Este organismo tenía como función principal obtener y procesar la información con el objetivo de prevenir, mediante la contrainteligencia, las acciones de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, y a la vez designar los objetivos que debían atacar los militantes montoneros. En otras palabras, decidían a quiénes debían asesinar los terroristas de la organización. Minutos después de las 13, el terrorista colocó la bomba sobre una silla del comedor de la Superintendencia, ocultándola debajo de un mantel. A continuación pidió dos almuerzos, ingirió el primero y se retiró rápidamente. Siete minutos después estalló la bomba. La explosión de los 9 kilos de trotyl causó un enorme daño, potenciando sus efectos porque la deflagración se produjo en un lugar cerrado, lo que impidió que la energía generada saliera, concentrándose toda en el recinto. Esto produjo la muerte de muchos de los concurrentes por las terribles quemaduras que sufrieron. Pero, además, otros murieron por el impacto de las miles de bolas de acero proyectadas en todas direcciones. Con total frialdad, Salgado esperó tranquilamente en un bar cercano al edificio hasta que escuchó la explosión, para luego reunirse con su responsable, Rodolfo Walsh, e informar sobre el “éxito” de la operación. El estallido de la mina vietnamita generó la muerte inmediata de muchos de los agentes, otros fallecieron tras varios días de agonía por las terribles heridas sufridas. Los asesinados fueron: los oficiales ayudantes Alejandro Castro y Héctor Castro; el supernumerario Ramón Arias; los cabos primeros Ernesto Agustín Suani y Carlos Shand; los cabos Elba Hilda Gazpio, Genaro Bartolomé Rodríguez y Vicente Iore; los sargentos Juan Paulik, Rafael Modesto Muñoz, Bernardo Roberto Tapia, María Esther Pérez Couto, Bernardo José Zapi, Adolfo Chiriano, Marta Olga Pérez de Bravo y Romualdo Rodríguez (R); el suboficial auxiliar David Di Nuncio; los agentes José Roberto Iacobello, Juan Carlos Blanco, Ernesto Alberto Martinzo y Alicia Esther Lunati, y la señora Josefina Cepeda. En total fueron 24 los muertos. Además, padecieron graves heridas 66 personas más. El lugar elegido para la acción terrorista no había sido seleccionado al azar. Si bien los informes brindados por el servicio de inteligencia montonero indicaban que al comedor no concurrían oficiales de la fuerza de alta graduación, y que con frecuencia asistían familiares de los uniformados, se decidió concretar el ataque. El atentado fue preparado con el fin de producir la mayor cantidad de muertes posibles, por ello se eligió un artefacto especial. Se trataba de una mina tipo vietnamita o claymore. Consistía en 9 kilos de trotyl recubiertos con 5 kilos de bolas de acero. Al estallar el explosivo mediante un mecanismo de relojería, las bolas de acero se proyectarían en todas direcciones acribillando a los concurrentes mientras almorzaban. Al causar una gran cantidad de muertos se cumpliría el objetivo central de la operación: Aterrorizar a los integrantes de la fuerza, paralizarlos por el terror que semejante masacre generaría. La Policía Federal y la de la Provincia de Buenos Aires eran dos de los principales obstáculos para que las organizaciones subversivas concretaran sus planes de convertir a la Argentina en una nueva Cuba. Esto lo habían expresado los propios integrantes del Consejo Nacional de Montoneros en un documento elaborado en abril de 1976, pocos meses antes del ataque a la Superintendencia. Allí sostenían: “Suponíamos que el enemigo golpearía fundamentalmente por la multiplicación de su capacidad policial, ya que no tenía posibilidad de combatirnos según los principios clásicos de la guerra general, suponíamos que la táctica principal estaría en el control de la población, pinzas de automotores, de peatones, etc. y fundamentalmente el rastrillo. Estas tácticas ya eran utilizadas por la policía, pero sumado el poder del aparato militar de las FFAA a la capacidad policial, se multiplicaría enormemente…. Mientras, golpeábamos a las fuerzas policiales para limpiar el territorio. Esto último se debía a la apreciación que las Fuerzas Policiales son las verdaderas avanzadas de las Fuerzas Armadas. En el territorio, son quienes están insertadas en los barrios populares, quienes tienen el mayor conocimiento táctico y político del territorio en el que nos movemos ….” El documento llevaba la firma de los comandantes Firmenich, Perdía, Yaguer y Mendizábal. También se quería demostrar la vulnerabilidad e impotencia del gobierno y las fuerzas de seguridad frente a la guerrilla, ya que el comedor de la Superintendencia se encontraba a pocos metros del Departamento Central de la Policía Federal. A su vez, el atentado serviría para levantar la moral de los guerrilleros, en declive por los constantes golpes sufridos a manos de los efectivos nacionales. Se trataba, entonces, de una operación que intentaría causar un daño mayúsculo para producir el mayor impacto posible en la fuerza y en la opinión pública, y provocar lo que este tipo de organizaciones armadas busca: El terror. Según los cálculos de la “orga”, el temor que se desataría en la Policía Federal la obligaría a replegarse y los policías se atrincherarían en las comisarías, dejando las calles a los montoneros que podrían entonces operar con impunidad. No en vano el 60% de las víctimas del terrorismo en la Argentina fueron miembros de las policías locales. Los diarios de la época se hicieron eco del atentado. El 3 de julio La Nación informaba: Estalló una bomba en una dependencia de la policía. El artefacto, que fue colocado en un salón comedor, causó muchas víctimas. Información oficial: 18 muertos y 66 heridos. La diferencia entre la información del diario y la cantidad de fallecidos mencionada se debe a que 18 fueron las personas que murieron en el momento de la explosión o a los pocos minutos, sumándose los días siguientes los que fallecieron a causa de las heridas. La operación, sin embargo, lejos de producir el efecto esperado por Montoneros, generó la reacción contraria. La Policía Federal cerró sus filas redoblando sus esfuerzos para terminar con la organización terrorista, siendo fundamental su papel para poner fin a sus acciones, contribuyendo junto con las policías locales, especialmente la de la Provincia de Buenos Aires, a la destrucción de las bandas castro–guevaristas que asolaban a nuestra Patria. Inmediatamente de producido el atentado se abrió una causa judicial contra los responsables. Sin embargo, en diciembre de 2006, la jueza federal María Romilda Servini de Cubría sobreseyó a todos los terroristas implicados en el ataque. En la causa actuó como fiscal Jorge Alvarez Berlanda, para quien el asesinato del general chileno Carlos Prats y de su esposa en Buenos Aires era un crimen imprescriptible; sin embargo, no pensaba lo mismo del que produjo 24 muertos y 66 heridos en el comedor de la Superintendencia. Nada extraño, dada la creciente benevolencia de la justicia federal respecto de los terroristas. Ninguna Madre de Plaza de Mayo reclamó por los derechos humanos de las víctimas y ningún juez se ha atrevido a declarar como delito de lesa humanidad a uno de los peores atentados que sufrió la sociedad argentina. Los caídos permanecerán en la memoria, en el recuerdo y en los corazones agradecidos de todos aquellos que aún hoy valoramos el sacrificio de tantos hombres y mujeres que ofrendaron sus vidas por la Argentina, agredida por el ataque combinado de naciones extranjeras (URSS, Cuba, Chile, Nicaragua) y el terrorismo marxista. Declaraciones del jefe montonero Horacio Mendizábal a la revista española Cambio 16 “La colocación de la potente bomba que destrozó el comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal, ofrece características similares a la Operación Cardozo, [se refiere al asesinato del general Cesáreo Cardozo, perpetrado por una militante montonera, Ana María González, amiga de la hija de la víctima, que colocó una bomba debajo de su cama] aunque el explosivo era sensiblemente mayor. Nueve kilos de trotyl y cinco kilos de bolas de acero, accionadas por un dispositivo de relojería, introducido en el edificio por un compañero que estaba infiltrado y que había realizado días atrás una prueba con un paquete similar, pero inofensivo. Cuando vimos que todo andaba bien se lanzó la operación que también sirvió para demostrar la alta moral y serenidad de nuestros combatientes, porque el compañero accionó el dispositivo luego de terminar su almuerzo en el propio lugar que luego volaría, y se retiró para ello con 7 minutos de anticipación.” Apuntes para la biografía de un asesino terrorista: Rodolfo Jorge Walsh Rodolfo Jorge Walsh, nombres de guerra Esteban, Profesor Neurus o El Capitán, nació en 1927 en la isla de Choele Choel, provincia de Río Negro. Tras el triunfo de la revolución cubana se trasladó a la isla donde fue fundador de la agencia Prensa Latina, brazo mediático creado por Fidel Castro para expandir la ideología marxista en el continente. En Cuba se desempeñó como jefe de los Servicios Especiales de la agencia, entrenándose especialmente para desempeñar actividades de inteligencia. Ya como agente cubano y con dinero castrista volvió a la Argentina para fundar el periódico CGT de los Argentinos junto al sindicalista Raimundo Ongaro -uno de los principales responsables del Cordobazo- con el fin de combatir la llamada “burocracia sindical”. Pero el cuentista y escritor no solamente se dedicó a las letras, sino que la propaganda y el odio desplegado contra el sindicalismo no marxista se concretó también en los hechos. Rodolfo Walsh fue uno de los ideólogos del asesinato del líder sindical Augusto Timoteo Vandor, la llamada Operación Judas, perpetrada el 30 de junio de 1969 entre otros por Raimundo Villaflor, Carlos Caride, Dardo Cabo, Horacio Mendizábal y el propio Walsh. Más tarde, el 27 de agosto de 1970, el comando Emilio Maza de la organización armada Descamisados, integrado por Walsh, asesinó a otro líder sindical, en este caso a José Alonso. En la misma línea de sangre participó en el asesinato de José Ignacio Rucci, Secretario General de la CGT, el 25 de septiembre de 1973. Ese mismo año fundó junto a Horacio Verbitsky el diario montonero Noticias, al incorporarse definitivamente a la “formación especial” después de su paso por las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP). Fue uno de los organizadores, junto a Carlos Goldenberg, del atentado dinamitero perpetrado el 2 de noviembre de 1974, que produjo la muerte del comisario general Alberto Villar y su esposa en la localidad bonaerense de Tigre. El 2 de julio de 1976 fue uno de los principales responsables de la voladura del Comedor de la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal. También fue fundador de la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA). El 25 de marzo de 1977 fue abatido por las fuerzas de seguridad en un enfrentamiento presenciado por numerosos testigos en plena avenida Entre Ríos entre Humberto I y Carlos Calvo. En recompensa a su trayectoria terrorista, una plaza, una escuela y varias cátedras universitarias y calles llevan su nombre. Para conocer el verdadero papel desempeñado por Rodolfo Walsh en las organizaciones armadas se recomienda la lectura de Años de terror y pólvora. El proyecto cubano en La Argentina (1959 – 1970), ROJAS, Guillermo, Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2001. Biografía de un luchador social: Horacio Verbitsky Horacio Verbitsky, nombres de guerra El Perro, Roberto y Horacio Salazar, nació en La Plata el 11 de febrero de 1942. En 1972 se unió a la agrupación terrorista FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) la que, más tarde, se fusionó con Montoneros, integrándose H.V. al aparato de inteligencia donde actuó bajo la dirección de uno de sus mentores, Rodolfo Walsh. Al igual que Walsh, como responsable de la inteligencia montonera, Verbitsky fue uno de los encargados de seleccionar los “blancos”, es decir las personas que debían ser asesinadas. Pero no solamente seleccionaba los objetivos sino que participó directamente en otras acciones como el cruento copamiento del Regimiento de Infantería 29 de Monte en Formosa, ejecutado por Montoneros el 5 de octubre de 1975 –asesinando a 12 hombres, la mayoría de ellos conscriptos-, y el atentado en el estacionamiento del edificio “Libertador”, el 15 de marzo de 1976, que generó la muerte de un civil, el camionero Alberto Blas García. Días después, participó en la voladura del comedor de la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal, asesinando a 24 personas más e hiriendo a otras 66. Viajó al Perú donde contribuyó a la formación de diversas organizaciones terroristas locales. Fue detenido en pleno Proceso de Reorganización Nacional, detención durante la cual sus ex compañeros de combate suponen que se dedicó a entregar a “compañeros”. El versátil periodista–terrorista colaboró con el comodoro Juan José Güiraldes en la publicación del libro El poder aéreo de los argentinos en 1979. Reapareció en la década del ’80 como uno de los fundadores del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), ONG financiada por la Fundación Ford, que vela por los derechos humanos de los argentinos y es la encargada por los sucesivos gobiernos de revisar los ascensos en las Fuerzas Armadas, de manera de evitar la promoción de presuntos represores. Durante los meses previos al asalto a los cuarteles de La Tablada (23–24 de enero de 1989) desde el diario Página 12 -fundado con fondos provenientes del ERP y del gobierno sandinista de Nicaragua– promovió las más variadas formas de insurrección popular. Como se ve, nos encontramos frente a un verdadero hombre polifuncional: escritor, periodista, oficial montonero, terrorista, experto en inteligencia, delator de sus compañeros, fundador de organizaciones de derechos humanos, escritor de obras de estrategia militar, colaborador del Proceso, asesor presidencial y posiblemente agente de la CIA. “Participé en enfrentamientos armados, y por suerte no murió nadie, porque me sentiría muy mal”, le mintió al director de Perfil, Jorge Fontevecchia. “No fui importante en la estructura de Montoneros. No era el que soy hoy, tenía un nivel bajo”, volvió a mentir. ”A Mario Firmenich lo vi sólo dos veces en mi vida. Nunca tuve ninguna relación especial con él”, continuó Verbitsky. (Perfil, 4/11/07). ACUÑA, Carlos Manuel: Verbitsky. De La Habana a la Fundación Ford, Buenos Aires, Ediciones del Pórtico, 2003. Parte de guerra Buenos Aires, 2 de julio de 1976: “A nuestro pueblo: En la mañana del día de la fecha, el pelotón de combate ¨Sergio Puiggros¨ del Ejército Montonero, aprovechando una falla en el dispositivo de vigilancia y control de la Superintendencia de Seguridad Federal (ex Coordinación Federal), colocó en su sede central un artefacto explosivo. Cumplida su misión, los compañeros se retiraron sin novedades y, posteriormente, tal como estaba planificado, el artefacto detonó a las 13.20 en el comedor de esa dependencia. Los medios de información del Ejército Montonero estiman en 85 el número de bajas causadas al enemigo, de los cuales 25 son muertos. No se descarta el que esta cifra pueda llegar a ser superior. Los daños causados al edificio son importantes, estimándose que la capacidad operativa de este centro represivo quedó seriamente afectada por un lapso de tres meses. (…) Hasta la victoria final. MONTONEROS” Por Guillermo Calvo

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¡Malvinas volveremos!
¡Malvinas volveremos!
Ciencia EducacionporAnónimo9/16/2013

Vanguardia de la Juventud Nacionalista (VJN)

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El encanto de los "pueblos originarios".
El encanto de los "pueblos originarios".
Apuntes Y MonografiasporAnónimo9/4/2014

domingo, 3 de noviembre de 2013 link: https://www.youtube.com/watch?v=UzArRz_1vVE Los aztecas ostentan tres tristísimos y lamentables récords históricos que tal vez solo puedan disputarle los comunistas con sus cien millones de ejecutados en setenta años de historia. El primero de ellos corresponde a la cantidad de víctimas logradas en el transcurso de dos siglos, el segundo a las logradas en solamente cuatro días, y el tercero se refiere a la inmensa cantidad de niños ejecutados. Conviene aclarar que la arqueología, la antropología y la etnología moderna se han encargado de confirmar todo cuanto decimos y aseveraron los cronistas americanos. La ciencia ha hablado, y ya no hay lugar para presunciones o debates ideológicos. RECORD NÚMERO 1: MAYOR CANTIDAD DE EJECUCIONES EN DOS SIGLOS La cantidad de víctimas variaba mucho de acuerdo con la importancia de la ciudad, del pueblo y de la festividad elegida para el ritual. Fray Juan de Zumarraga y Francisco Clavijero, en 1531, dan cuenta de que sólo en la ciudad de México se sacrifican a los ídolos más de veinte mil víctimas al año. Fray Juan de Torquemada ubica el numero de asesinados en todo el país por año en 72.244, incluidos veinte mil niños. El historiador mexicano, el Padre Cuevas, asegura que el número de sacrificios en lo que fue Nueva España, era de cien mil seres humanos cada año. Varios autores citados por Gomara hablan de cincuenta mil. Tanto Acosta como Herrera aseguran que había días en que llegaban a matarse entre cinco mil y veinte mil personas por día. Motolinia, describiendo la fiesta del año de Tlascallan, dice que se sacrificaban ochocientos hombres en la ciudad y en la provincia. Francisco Antonio de Lorenzana dice que en Cholula se sacrificaban seis mil niños por año. Por su parte, Diego Duran, desde su “Historia de las Indias”, después de describir las ceremonias de la coronación de Moctezuma y los sacrificios, dice: “había días de dos mil, tres mil sacrificados, y días de ocho mil, y otros cinco mil, la cual carne se comían, y hacían fiesta con ella, después de haber ofrecido el corazón al demonio”. Fray Pedro Simón en su “Historia de la guerra de los indios Pijaos, indígenas de Tierra Firme”, calcula que desde la fundación del Estado azteca (1325) hasta su ocupación por las tropas de Cortés (1521) se cuentan por millones —a lo largo de dos siglos— las víctimas inmoladas a estas divinidades. Michael Harner, conocido antropólogo estadounidense, estimó en doscientas cincuenta mil personas al año el número de sacrificados. En resumen, se calcula que la cifra anual de ejecuciones superaba con creces los cien mil. Tomando los números mas moderados, como los cincuenta mil sugeridos por Gomara, encontramos que en un siglo, y sólo considerando la región mesoamericana del continente (excluyendo a los mayas), aztecas y aliados asesinaron más de cinco millones de personas. RECORD NÚMERO 2: MÁXIMA CANTIDAD DE PERSONAS EJECUTADAS EN CUATRO DÍAS El holocausto más grande conocido por la humanidad comenzó un día del año 1487, durando cuatro días. El motivo del ¨mega evento¨ era la consagración de la gran pirámide de Tenochtitlán, que había sido construida en cuatro años a base de esclavos. Prescott, protestante y antipático a España, dice que no menos de setenta mil personas fueron ejecutadas para éste solo evento. Al respecto existe un interesentísimo trabajo de investigación bastante reciente, producido por el canal Discovery Channel, titulado Aztec: Temple of Blood. Esta investigación contó entre sus colaboradores con reputados y prestigiosos expertos de distintas áreas y disciplinas: antropólogos, cirujanos y diseñadores científicos, etc. Lo que allí se había propuesto era comprobar de una forma científica si realmente habían podido los aztecas en 1487 ejecutar a tanta gente en tan corto lapso; o sea, si era físicamente posible a los sacerdotes extraer el corazón de una persona en contados minutos, uno tras otro. Para el experimento se habían conseguido réplicas casi exactas del cuerpo humano, con la intención de comprobar el tiempo real en el que un cirujano podía extraer un corazón. Utilizando los mismos instrumentos que los indígenas —mediante un cuchillo de obsidiana mandado especialmente a confeccionar— el cirujano logró cortar debajo de las costillas del cuerpo artificial y llegar al corazón por debajo de la caja torácica, desde donde lo extrajo. El tiempo que le tomó, en su segundo intento, fue de solamente ¡diecisiete segundos! Seguramente, si hubiera seguido probando, habría llegado a adquirir, eventualmente, el grado de habilidad y velocidad de los sacerdotes indígenas y su tiempo hubiera sido aun menor. El mentado estudio terminó por confirmar lo que ya había afirmado la antropología y la evidencia documental: los aztecas pudieron asesinar decenas de miles de personas en tan pocos días. No existen dudas sobre la capacidad de los aztecas para procurarse esclavos y/o cautivos de guerra para sacrificar. Sabemos que en una sola ocasión llegaban a tomar decenas de miles de prisioneros. Antes de 1487 habían tenido cientos de guerras —que incluso hicieron con el único fin de procurarse esclavos para sacrificios humanos—, especialmente con Moctezuma II. Es posible que para esa ocasión contaran con no menos de doscientos mil prisioneros de guerra. A esto podemos sumar los esclavos que no eran producto de guerras —a veces comprados en los mercados— y que muchas veces sacrificaban. Las filas que formaban los esclavos hasta el altar donde habrían de ser sacrificados era interminable. Hayan sido cien mil, cincuenta mil o incluso veinte mil víctimas en cuatro días, tratamos aquí con un record bestial, solo superado por el holocausto de Hiroshima, Nagasaki y Dresden; ambos pertenecientes a la segunda guerra mundial. RECORD NÚMERO 3: LOS DESGRACIADOS NIÑOS De los récords mencionados, es éste sin dudas el más repugnante e indignante. Ninguna sociedad en la historia tuvo mayor predilección por la inmolación de niños que los pueblos precolombinos, especialmente mayas,(1) aztecas y chibchas. Cuando creían habrlo visto todo, los misioneros quedáronse perplejos al constatar la existencia de masivos sacrificios humanos de niños. Si existía una Fiesta particularmente terrorífica al respecto, esta era sin dudas la de Tlaloc, en donde los sacrificados eran exclusivamente niños. Refiriéndose a otros sacrificios que hacían los aztecas en el mes de Atcavalo, escribe Bernardino de Sahagún: “En este mes mataban muchos niños; sacrificándolos en muchos lugares, en las cumbres de los montes, sacándoles los corazones a honra de los dioses del agua, para que les diesen agua o lluvia. A los niños que mataban componíanlos con ricos atavíos para llevarlos a matar, y llevávanlos en unas literas sobre los hombros, y las literas iban adornadas con plumajes y con flores; iban tañendo, cantando y bailando delante de ellos. Cuando llevaban a los niños a matar, si lloraban y echaban muchas lágrimas, alegrábanse los que los llevaban, porque tomaban pronóstico de que habían de tener muchas aguas ese año. (…) No creo que haya corazón tan duro que oyendo una crueldad tan inhumana, y más que bestial y endiablada como la que arriba queda puesta, no se enternezca y mueva a lágrimas y horror y espanto”.(2) Comenta Morales Padrón, que era muy común en algunas tribus el ahogamiento de niños, y “que entre los chibchas se ofrecían preferentemente niños, a los que se criaba hasta los quince años en el Templo del Sol, para ser finalmente muertos a flechazos atados a una columna”.(3) A su vez, dice Francisco Clavijero que en la Fiesta de Tlaloc los aztecas sacrificaban exclusivamente niños de ambos sexos, que compraban para la ocasión. Eran dos las formas de hacerlo: a unos los ahogaban en el lago y a otros, niños de seis años, los encerraban en una caverna y los dejaban morir de hambre.(4) Tomando en consideración que, como se ha reconocido —especialmente en el caso de los aztecas—, tras un exitoso combate se obtenían de una sola vez varios millares de prisioneros y que las guerras eran constantes, cabría preguntar: ¿Qué hubiera sucedido a los súbditos de aquel imperio de no haber llegado los españoles? Podría suponerse, sin temor a exagerar, que habrían desaparecido de la faz de la tierra sin dejar tal vez rastro alguno de su existencia. Probablemente, de no haber prohibido los españoles estas prácticas, las culturas indígenas hubieran desaparecido como lo habían hecho anteriormente los mayas, los teotihuacanos y los toltecas. Es el destino forzoso de los seguidores de falsas religiones. Sabemos también por González Gimenes de Quesada, Lucas Fernández de Piedrahita y Fray Pedro Simón de la costumbre de varias tribus colombianas, venezolanas y brasileñas de sacrificar niños; particularmente entre panches y muiscas. En general estos niños, junto a otros esclavos, se vendían en distintos mercados de la región, siendo comprados la mayor de las veces para los sacrificios. El religioso Simon da preciso detalle de esta bestial ceremonia: “(…) tendían al muchacho sobre una manta rica en el suelo y alli lo degollaban con unos cuchillos de caña; cogían la sangre en una totuma y con ella untaban algunas peñas (…)”.(5) Fernández de Piedrahita confirma los hechos, diciendo: “(…) abriéndolo vivo y sacándole el corazón y las entrañas, mientras le cantaban sus músicos ciertos himnos que tenían compuestos para aquella bárbara función”.(6) Por referir otros casos, también practicaron los sacrificios humanos de niños, en forma bastante frecuente, los picunches y los araucanos o mapuches;(7) incluso en épocas bastante recientes, siendo conocido el caso del niño de cinco años asesinado luego del terremoto de Valdivia de 1960; caso que tomó estado público y que causó gran revuelo en su momento.(8) Cristian Rodrigo Iturralde NOTAS: 1. Esta costumbre es denunciada por la misma National Geographic, en un documental titulado, en español, “Los últimos días del imperio Maya¨, Estados Unidos, 2005. Se halla disponible en: http://www.ivoox.com/ultimos-dias-del-imperio-maya-audios-mp3_rf_769250_ 1.html?autoplay=1 2. Bernardino de Sahagún: “Historia General de las Cosas de Nueva España”, Madrid, Dastin, 2001, tomo I, págs. 17-18. 3. Morales Padrón, Francisco: “Manual de Historia Universal”, tomo V, “Historia General de América”, Madrid, 1962, 62 (referencia al ahogamiento de niños), y 88-89 (caso de los Chibchas). 4. Ob. cit., pág. 168. 5. Fray Pedro Simón: “Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales”, Ed. Kelly, Bogotá, 1953, II, pág. 249. 6. Lucas Fernández de Piedrahita: “Historia General de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada”, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, Bogotá, 1942, I, págs. 40-41. Consultar también el muy buen artículo “Dos Sacrificios humanos entre los muiscas”, María Lucía Sotomayor, Instituto Colombiano de Antropologia, Bogotá, “Revista Colombiana de Antropología”, vol. XXVIII, año 1989-1990. 7. “Revista anales”, Universidad de Chile, Séptima Serie, N° 1, mayo 2011. Consultar en: http://www.revistas.uchile.cl/index.php/ANUC/article/viewFile/12347/18134. Tanto el P. Rosales (siglo XVII), como el gran historiador chileno José Toribio Medina y el dominico Alfonso Fernández, dieron cuenta de lo mismo. 8. Arturo Zúñiga: “El niño inmolado”, en “El Mercurio”, Santiago de Chile, 15 de agosto de 2001. Consultar el artículo completo en http://www.mapuche.info/news02/merc010815.html

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La casa por la ventana
La casa por la ventana
Apuntes Y MonografiasporAnónimo9/4/2014

jueves, 28 de agosto de 2014 “Nadie tenía seriamente derecho a esperar de nuestros políticos un alto sentido de la moralidad, ni una gran complejidad intelectual, ni siquiera ese amor, ese respeto hacia los gobiernos que es la virtud mínima de los hombres de Estado” (José Ortega y Gasset) Decía Raúl Scalabrini Ortiz en “Política Británica en el Río de la Plata”, que “una de las características más temibles de la diplomacia inglesa, porque dificulta enormemente el inducir en qué dirección está trabajando, es la de operar a largo plazo”. Y en otra parte: “Inglaterra no teme a los hombres inteligentes, teme a los dirigentes probos”. Veamos: según Julio Irazusta (“Influencia Económica Británica en el Río de la Plata”), Guillermo III “sugirió a Francia el reparto de las Indias Españolas”. Éste había usurpado el trono, cuando “ya no existía una monarquía efectiva”, y tras “la exitosa extirpación de la fe católica”. En 1711, además, el autor de “Una Propuesta para Humillar a España” proponía: “Buenos Aires es el mejor lugar del mundo para fundar una colonia inglesa”. El frustrado intento de 1806, nos dejó, antes de retirarse, a sus mercaderes, pero, de paso, se llevó la totalidad del Tesoro de la Real Hacienda. Saltemos a 1945; en Yalta, Winston Churchill expresó: “No dejen que la Argentina se convierta en potencia. Arrastrará consigo a toda América Latina”. Más de lo mismo; pero atención que —como vemos— viene de lejos. Por otra parte, José Ortega y Gasset citó (en una conferencia en 1914) el libro de un filósofo alemán, Otto Seek: “Historia de la Caída del Mundo Antiguo”, particularmente el capítulo titulado “La destrucción de los Mejores, el Aniquilamiento de los Mejores”, un fragmento donde se refiere así al Imperio Romano: “Todo el que tuvo osadía bastante para exponerse políticamente fue trucidado; sólo se dejó vivir a los cobardes, a los temperamentos de compromiso. Esta terrible cobardía instintiva les impedía todo acto enérgico y toda palabra sincera”. Aclara Ortega más adelante que “como en toda otra decadencia profunda que ofrezca la historia, ha consistido la receta en este ir aniquilando a los mejores”, y que, “para ello no son necesarios brutales crímenes”, que pueden “sustituirse por tortuosos e hipócritas procedimientos, con cobardes abusos de apariencia legales, con blasfemas apelaciones a la opinión pública, con una precisa, perversa táctica para ir tapando todos los resquicios donde puedan escaparse y resonar las voces sanas y las acciones nobles; sustituid, en una palabra, los puñales por alfileres y las proscripciones por simples destituciones, y tendréis un esquema del terrible mecanismo que opera insistente, eficaz, omnímodo sobre la pobre vitalidad española”. Hemos festejado “treinta años de democracia” en los cuales resultan más admirables sus logros por la celeridad con que fueron obtenidos, la sincronización de la acción de los sucesivos gobiernos y por los ejecutivos de lujo que produjo: uno que “resignó” el poder para traspasárselo a otro que fue condenado por contrabando de armas; éste a otro juzgado por coimas en el senado, sin despreciar lo presente, que hizo todo lo necesario para ser juzgado por infame traición a la Patria, según el artículo 29 de la Constitución Nacional. Recordemos una vez más la visita de Albert Einstein al país en el año 1929, cuando se asombró al enterarse de que en la Universidad de La Plata se enseñó por primera vez en Sudamérica su Teoría de la Relatividad y las ideas de Max Plank, y por la capacidad de nuestros docentes y rigor científico. Y la opinión de reconocidos economistas que nos ubicaban entre los primeros puestos en el concierto mundial. Comparemos estos recuerdos con nuestro puesto actual, bastante parejo con los puestos ocupados por nuestros alumnos de quince años en las pruebas PISA, particularmente en lectura (59 de 65, entre los siete peores), declinando desde el 2003. Para no hablar de la Deuda Externa, a diciembre de 2012 de 209.000 millones de dólares, según informe del Ministerio de Economía, después de haber pagado 170.000 millones durante la década ganada. Interesante es tener en cuenta que sus principales responsables supervivientes, están todos libres y a cubierto de cualquier acción judicial. Menem y Cavallo, por citar dos cuadrúpedos. Y hablando de destituciones, cabe señalar la actuación del ex Ministro de Seguridad, Arturo Puricelli, quien nos aseguró que nuestras fronteras no pueden ser defendidas por su extensión, el que logró, siendo Ministro de Defensa sancionar y destituir al Sr. TCnl D. Víctor Paz, Jefe del Regimiento de Infantería Mecanizada 25, por recordar al Sr. Cnl. D. Mohamed Alí Seineldín, durante un homenaje a la Gesta del 2 de Abril. Este último había advertido, estando aún en actividad (antes del 3 de diciembre de 1990), acerca de la transformación de nuestro país de uno de simple paso en otro de gran consumo e instalación del narcotráfico a gran orquesta, y de la responsabilidad de la organización internacional y de lavado de dinero sucio en todo el mundo por el Royal Institute of International Affairs, con sede en Chatham House, en St. James Square, en Londres. También advirtió acerca de la desjerarquización de las misiones de nuestras Fuerzas Armadas y de Seguridad, pasando a ser la de las primeras, de salvaguardar los más altos intereses de la Nación a participar en misiones de las Naciones Unidas, según nuestro canciller Di Tella —el de los ositos— las de la Gendarmería de cuidar nuestras fronteras a cuidar supermercados y las de las Policías a la de espectadores expuestos a traumatismos varios. Pero, claro, como era Seineldín quien decía estas cosas, nadie le llevaba el apunte. Era un “destituyente” y listo. Acaso para que pudiéramos “reanimar nuestra pobre vitalidad”, como ha dicho alguien, haya que aplicar este consejo de Ortega: “Platón quería que gobernasen los filósofos; no pidamos tanto, reduzcamos al mínimum nuestro deseo, pidamos que no nos gobiernen analfabetos. Y peor aún, señores, que los analfabetos intelectuales son los que practican el analfabetismo moral”. En fin, creo que el hecho de festejar sólo treinta años de democracia constituye una ingratitud histórica, al olvidar a aquellos otros de preparación de la misma por “jóvenes idealistas” que, sin ayuda, se organizaron, entrenaron, armaron y financiaron de la nada; y a los “bravos muchachos” de Mrs. Thatcher y el ex ministro David Steel, que la hicieron posible. Bueno, se festejó la democracia con su charanga acostumbrada y bailecitos de rigor, amenizada la fiesta con diversos desmanes, saqueos y algunos funerales. Sigamos alzando alegremente nuestras copas, en la confianza de que en la vieja casona de St. James Square se unirán entusiastamente a nuestro júbilo. Luis Antonio Leyro

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Reflexiones Doctrinales: Perversión Democrática (1)
Apuntes Y MonografiasporAnónimo9/6/2014

– I – La democracia es una religiosidad subvertida 1.- Que la democracia es forma impura de gobierno y corrupción de la República, es una afirmación anterior a la doctrina católica. En vano se han traducido insidiosamente ciertos tratados clásicos helénicos y romanos, a efectos de atemperar o disimular esta certeza teórico-práctica ante el mundo políticamente correcto. En vano —a partir sobre todo del Iluminismo, y por la acción directa de Montesquieu y de Rousseau— se ha escamoteado la presencia de la democracia entre las formas ilegítimas de gobierno, como clarísimamente se afirma en “La República” (445) y en “La Política” (1279), obras cumbres de los venerables filósofos de la Hélade. En vano digo, porque allí están esas páginas en sus idiomas originales para que brote de sus reflexiones la descalificación de una forma gubernamental signada fatalmente por la tiranía del número, por el desgobierno de la muchedumbre, por el desenfreno de las libertades, por el incremento de los oclócratas y de los demagogos. Platón y Aristóteles entonces, figuran entre los maestros encumbrados de este rotundo desaire a las democráticas formas. Pero también poetas como Homero o Hesíodo, historiadores como Heródoto o Tucídides, pensadores como Isócrates, cantores como Tirteo o Simónides de Ceos, artistas como Eurípides o Esquilo, u oradores como Demóstenes. Las largas y fundadas razones por las que estos hombres egregios descalificaron a la democracia, en sus principios y en sus realizaciones prácticas, no sólo son de una llamativa actualidad sino de una significativa hondura. Porque no se trata de una forma impura desechada en mérito de cuestiones accidentales o subalternas —como la elección o la sucesión de los gobernantes— sino de una perversión intrínseca que hace posible la profanación y el sacrilegio, conspirando contra los mismos lazos sagrados en que se sostiene la ciudad. Son las leyes divinas las que ceden ante las legislaciones humanas gestadas en las asambleas del pueblo, son los ritos y las ceremonias tradicionales los desplazados, y hasta son los kakodaimonistai o adoradores del demonio los que ganan en prestigio, según lo reconociera el mismo Lisias. Democracia e impiedad revulsiva se suponen recíprocamente en cada tramo de la historia. Como si la primera potenciara irrefragablemente, por el peso de su inherente miseria, todas las malas inclinaciones que hay en la humana natura. El Sófocles que en “Electra”, pone en boca del coro palabras laudatorias para Zeus ultrajado por el demos; o el Isócrates que en el “Areopagítico” elogia la piedad y la clemencia contra los rapaces demagogos que no entienden la obligación de conservar las tradiciones, son apenas dos ejemplos —entre centenares— de una perversión que fue considerada y padecida, ante todo, como un vejamen a la recta religiosidad. Súmese si se quiere el formidable y conocido testimonio de Cicerón, cuando bajo la inspiración platónica escribe su “República”, y afirma en ella —en el emocionante fragmento de “El Sueño de Escipión”— que quienes alcanzan la gloria celeste no son los partidócratas que amontonan los votos de la plebe, sino los que se consagran a la patria en veladas de sabiduría o en epopeyas de gloria. Con razón ha dicho Stan Popescu haciendo su fundada autopsia de la democracia, primeramente en el mundo antiguo: “El desprecio por la religión no se manifestó solamente en los permanentes intentos de demoler los valores religiosos (la clemencia, la piedad, la compasión, la justicia, el espíritu de sacrificio) sino también en la obsesiva y en la afiebrada voluntad de hacer leyes escritas y votarlas. Con ello se demolerían para siempre las leyes sagradas, tradicionales, y se terminaría de una vez con las virtudes [...] para la conservación de las cuales se requería autoexigencia, autodisciplina y voluntad de autosuperación”.(1) 2.- Vale la pena recordar lo precedente, siquiera con la imprecisa brevedad que lo hemos hecho, pues por aquí suele despuntar la falacia, cuando suponen algunos que —como principian los cuentos antañones— había una vez… una democracia hermosa y buena. En rigor, cada vez que la hubo, contuvo la misma perversión intrínseca que le venimos señalando. Y en política, desechar la rotunda pedagogía de la historia suele pagarse muy caro. A grupas del dislate beccarvarelista, el precitado amigo Germán Flores, desde una publicación digital con simpáticos tintes chestertonianos, sostiene que la democracia se origina en el anhelo de “conciliar las clases sociales bajo un orden religioso”, y que por lo tanto —como “nace bajo base religiosa”— no sería perversa, sino hacedora de la justicia, de “la igualdad sostenida de una fe religiosa de justicia divina” (sic), y deseosa ella de “respetar ciertos límites y de evitar ciertos excesos”.(2) Tal hipótesis quedaría probada con gestos como el de Solón, al querer conciliar a “los nobles y al pueblo”; en el abandono del rechazo homérico por figuras como la deTersites, “un hombre de pueblo” que entonces era apenas “una masa anónima que hacía de partenaire a las hazañas de los héroes”; en el rescate del “hombre común” hecho por Hesíodo; en “la esperanza de que los injustos, incluidos los reyes, serán castigados por Zeus”; en la pretensión, también hesiódica, de que las clases se reconcilien bajo el amparo de la “ley divina defendida por Zeus”, y hasta en las obras de Esquilo, a quien bastaría leer “para entender mejor mi punto”.(3) Entonces, concluye Germán Flores, “considero que no es posible la democracia sin base religiosa” y, por ende, ella “no es intrínsecamente perversa, aunque pueda parecerlo, no tenemos más que ver cómo anda este mundo, esclavo del dios tecnocrático y la diosa relativismu”.(4) Dice algo más el texto, pero la pluma presumiblemente juvenil que le ha dado cauce no le otorga toda la precisión expresiva para aprovecharlo. Lo que es de lamentar, pues el amigo Flores, como veremos, intuye algo valioso que no debería pasar inadvertido. Con todo, varias rectificaciones se imponen. A - Por lo pronto, el hecho de que algo nazca “bajo base religiosa”, no sólo no acreedita su honradez si no que puede ser señal de grave desvarío. No hablemos ya de las sectas y de las herejías de todos los tiempos, amén de los falsos credos y de las mendaces iglesias surgidas al socaire de la Reforma. Mencionemos en cambio, específicamente, el caso de Le Sillon, aborrecible intento de conciliar la democracia con el cristianismo, sobre el que cayera el báculo admonitorio de San Pío X. Concebir una democracia “con base religiosa”, sin especificar cuál sería tal religiosidad, y sin asegurarse incluso que esa religiosidad fuera, en el plano natural, virtud aneja a la justicia, podría ser la prueba exactamente contraria de lo que Germán Flores afirma; esto es, la prueba de la perversidad democrática. Y si tal base religiosista acaba, como de hecho ha sucedido, divinizando a la democracia y convirtiéndola en el único dogma inconcuso, estaríamos ante algo más trágico aún, cual es el del auge de los falsos mesianismos. Mucho y bien se ha escrito al respecto, para que sea necesario ahora algo más que su sola mención. Pero recordemos de paso, a propósito concretamente del tema en debate, los estudios de Mircea Eliade, vinculando el desenfreno dionisíaco desatado entre el demos y los demagogos griegos, como consecuencia de una religiosidad pecaminosa y subvertida.(5) En buena hora intuya Flores lo que no sabe ver Beccar Varela; esto es la base religiosa de la democracia, que la haría entonces execrable o amable por razones que van mucho más allá de los procedimientos electorales. La harían execrable o amable según se comulgue o no con esa religiosidad subvertida que la sustenta y que finalmente la diviniza, cayendo en ese peligroso morbo que protestara Ortega. ¡Bien por Flores si colige el basamento religioso que otros inadvierten! Reprobaciones cordiales para él por no entender que tal basamento, precisamente por ser de naturaleza demoníaca (la soberanía popular lo es, ha probado Marcel de la Bigne en su “Satán dans la Cité”) lejos de adjudicarle a la democracia un origen impoluto, le otorga esa perversión intrínseca que venimos señalando. Con el tiempo, aquella tendencia sacralizadora habría de agravarse hasta las heces, y si ideólogos como Burdeau hablaron sin elipsis de “la religión democrática”, proyectos hubo de parte de los idólatras de esta deidad sustituta, de construir un “altar para la democracia”, como sucedió en Brasilia, a comienzos de junio de 1886. Corruptio optima, pessima. B - Que el mundo ande “esclavo del dios tecnocrático y la diosa relativismu” (sic) tampoco exime a la democracia de la perversión intrínseca que le señalamos. Antes bien la tiñen de mayores defectos, pues ha sido y es uno de ellos promover y cohonestar a los grandes tecnócratas internacionales, manipulando y sacando provecho de sus empresas, sirviéndose y usufructuándose de sus ingentes poderes. Necesitan y se valen los demócratas, impunemente, de todos los recursos tecnocráticos hoy disponibles, recurriendo para ello a la fuerza monetaria de los oligarcas, tal como lo señalara Aristóteles en el Libro III de su “Política”. Necesita la democracia de la tecnocracia para imponer su totalitarismo igualitarista, su masificación y sentido revolucionario de la vida, su ideologismo omniabarcador y su programa de homogeneización colectiva. Observación que han hecho muchos, con la mayor acuidad, pero entre otros el mismo Tocqueville en su obra “La democracia en América”, legítimamente preocupado por la degradación humana que este fenómeno supone.(6) Germán Flores menciona a Tocqueville en su suelto, pero al igual que lo hace con otros autores, no parece haberlo leído con entero provecho y segura guía. Ni que decir tiene la mención al mal del relativismo, incansablemente señalado por Juan Pablo II y por Benedicto XVI como la peligrosísima compañía natural de la democracia. Hasta tal punto que desde la “Centesimus Annus”, por ejemplo, el grito de alerta por esta nociva coyunda, ocupa páginas de notable precisión doctrinal.(7) C - No hay una teología clasista en el origen de la democracia, según la cual, ella habría visto la luz para asegurar el igualitarismo entre los hombres, poniendo a Zeus por garante. Zeus era deidad aristocrática y regia, custodio de las férreas jerarquías terrenas y celestes, protagonista de largas y bizarras contiendas con las que conquistó el poder, arrebatándoselo a Crono y a los Titanes, rodeado siempre de héroes singulares para restablecer el orden en el mundo después de la revuelta democratista y atea de Prometeo.(8) Ese Prometeo, que a fuer de demócrata y humanista, Carlos Marx ubicó “en el primer lugar entre los santos y los mártires del calendario político”, mientras el viejo Esquilo lo posicionó donde cuadra, en los desiertos de Escitia, en una alta montaña caucasiana, purgando el dolo de su hybris. Antes que en la lumbre perpetua de los dioses, es en la sordidez de los sofistas, en el torpor de los demagogos, en la codicia de los plutócratas y en la prepotencia de los tiranos, donde hay que buscar la fragua de la hediondez democrática. Lejos de asegurar la justicia social, decuplicó la esclavitud, hasta industrializarla, como lo aconsejaba Jenofonte en “Las Helénicas”; y los esclavos trabajaron hasta morir.(9) Lejos de asegurar la igualdad, ejerció la prepotencia y la codicia sobre las polis sojuzgadas y dominadas; algo de lo que da prolija cuenta Tucídides en la “Historia de la Guerra del Peloponeso”. Antes de “respetar ciertos límites y de evitar ciertos excesos”, no dejó desmesura por cometer ni agravio por infligirle a la desventurada Diké. Como los que registra Eurípides en “Las Troyanas”, o el precitado Tucídides cuando narra las matanzas cometidas por el partido demócrata de Corcira en el 425 A.C, y la subsiguiente profanación del templo de Hera.(10) Repasar la historia de la democracia en la Hélade, y releer a aquellos sabios que la llamaron impura, es ejercicio doliente pero sensato. Haciéndolo, nos encontraremos, verbigracia, con el democrático tribunal que condenó al inmenso Sócrates a la muerte. El contraste nos impedirá equivocarnos. De un lado, la iniquidad de las asambleas populares. Del otro, la innumerada y prefiguradora estación del via crucis. De un lado, el asesinato multitudinario de la Verdad. Del otro el martirio solitario e inacallable del señor de la inteligencia. Naturaleza herida y vulnerada por el pecado, la creatura ha encontrado siempre en la democracia el mejor caldo de cultivo para desfogar sus bajezas, amparada en el anonimato de las masas rugientes. D.- Bien estará que elogiemos de Solón su afán equitativo. Pero nada hay en su espíritu y en su obra que lo asocie al plebeyismo y al igualitarismo democráticos, ni mucho menos a la actitud sacrílega e impía de aquella condenada forma de gobierno. El viejo arconte, prestigioso eupátrida, y descendiente del rey Codro, era un genuino aristócrata; y por eso mismo un realizador del bien común. Su respuesta a Creso de Sardes —maravillosamente narrada por Heródoto(11)— prueba que los arquetipos de conducta que movilizaron sus afanes políticos, no eran los hombres vulgares, materialistas y ramplones del demos o de la plebe insolente, sino Telo de Atenas, junto a Cleobis y Bitón de Argos. Si el primero había caído en defensa de la patria, viviendo fielmente a los principios pedagógicos rectores del hogar y de la fe, los segundos habían servido hasta la muerte los mandatos de la divinidad, a cuya custodia su propia madre los consagrara. Ningún elogio en cambio merecerá Tersites, a quien Germán Flores toma por un benévolo “hombre de pueblo”, y que en las páginas homéricas irrumpe cual el emblema perfecto de la monstruosidad democrática, como lo es el Calicles de los diálogos platónicos, llamado sujeto infilosófico por Pieper. A diferencia del verdadero hombre de pueblo, que sentíase honrado de presenciar las hazañas de los héroes —sabiéndose su testigo, no su partenaire—, Tersites las desdeña con rencor de alma contrahecha y ruin, representada en su deforme giba, sobre la que deja caer Ulises el bastonazo justiciero. Hegel se ha ocupado de darnos una valiosa interpretación de este personaje, y nosotros mismos hicimos referencia a su significado en una obra ya lejana.(12) De Hesíodo y de Esquilo tampoco podrá decirse que fueron demócratas sinceros. Cierto que, como Solón, le cabe al primero la magnanimidad de propender a la realización de un orden más justo. Pero no será la democracia la que lo instaure —cuyo retrato desolador queda hecho en la descripción de la edad de hierro de “Los trabajos y los días”— sino una raza de hombres piadosos y valientes, por mejor nombres: héroes. Entre otros atributos de sus esforzadas vidas, la proximidad con la reyecía de los dioses los incontamina de cualquier igualitarismo ramplón. De Esquilo —cuyo significativo “Prometeo” ya mentamos— ha quedado su ejemplo combatiente –el de la areté agonal de los caballeros, tan lejos,¡ay!, del pacifismo democrático-, pero han quedado también “Las Euménides” y “Los siete contra Tebas”, que no son precisamente un loor a las democráticas maneras políticas. Concluyamos afirmando que, antes de que el magisterio católico nos permitiera forjar una recta y sabia arquitectura política, el mundo antiguo ya sabía y afirmaba explícitamente que la democracia era la corrupción de la República. Ya sabía y afirmaba, por intermedio de sus hombres eminentes, que tanto como forma de gobierno, como espíritu, cosmovisión, criterio, organización social o perspectiva jurídica, adolecía la misma de un ingénito desquicio: el de la rebelión prometeica de las muchedumbres, conducida por hábiles demagogos, contra el nomos divino y su influjo benéfico en el ordenamiento de las ciudades. Era, como lo ha sintetizado Popescu, una anti-religión. Antonio Caponnetto

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Reflexiones Doctrinales: Perversión Democrática (2)
Apuntes Y MonografiasporAnónimo9/6/2014

– II – La democracia es un conglomerado de perversiones Si el mejor pensamiento clásico descubrió los males sustantivos de la democracia, y si lo mismo hicieron pensadores de nota, no necesariamente ligados a la Iglesia Católica; si los grandes paganos como Platón y Aristóteles señalaron el desquicio de este sistema insano, y otro tanto podría decirse de autores como Gentile, Guenon, Evola, Maurras, Henri de Man,Volkoff y los precitados Ortega y Gasset y Tocqueville, va de suyo que el Magisterio de la Iglesia no podía callar ni errar en cuestión de tanta monta. Y es aquí cuando se aprovecha y entiende la comentada antología de textos que me hiciera llegar Enrique Brousain. Muy especialmente los correspondientes al maestro Julio Meinvielle en su obra “Concepción católica de la política”.(13) Al repasar aquellos párrafos fundantes en necesaria epítome, varios corolarios pueden extraerse con provecho: a) que según enseñanza de Santo Tomás, una institución es la República, que admite “la participación jerárquica de todos en el gobierno de la cosa pública”, y otra su corrupción, la democracia, “régimen tiránico del gobierno popular”, que por su esencia igualitaria concluye en la opresión de una clase o de un partido sobre otro (“De Regno”, I, 1). La democracia, pues, tiene una perversión intrínseca. Pervierte a la República. b) que si tergiversando y “olvidando la profunda sabiduría del lenguaje tomista se quiere usar el vocablo democracia para significar la república o politia, entiéndase que ésta no se ha realizado ni se ha de realizar en ninguna de las repúblicas o democracias modernas […] Todas las cuales no son sino una mezcla de la demagogia con la oligarquía de los bribones, presentan un tipo inestable y sedicioso, porque en ellas jamás se procura el bien común temporal […] y no piensan sino en la procuración de bienes económicos; no el común, porque el bien del individuo-gobernante prima sobre el bien del partido, el del partido sobre el bien de la nación, el de la nación sobre el bien de los derechos internacionales y sobre el bien divino de la Iglesia” (Padre Julio Meinvielle, “Concepción católica de la política”). La democracia, pues, pervierte la noción de bien común y la jerarquía misma de los bienes.Y es de notar, complementariamente, que esta ley enunciada por Meinvielle, de futuribles democracias indeseables, no ha dejado de cumplirse desde que la enunció por primera vez, hace ya más de un largo medio siglo. c) que el auge de la democracia ha engendrado “modernas sociedades, conformadas perversamente en su interior por haber perdido el recto sentido del bien humano […] víctimas de los consorcios financieros internacionales, los cuales, después de haber corrompido las conciencias, acordando prebendas a las personas influyentes de la colectividad, manejan, por medio de éstas, la misma cosa pública, haciendo derivar en provecho de la proliferación del oro que han acumulado, toda la vida productiva del país. Luego, desde el punto de vista católico, que asigna como programa fundamental de toda política la realización del bien común de la ciudad temporal, es inaceptable la forma impura de democracia que revisten las repúblicas modernas” (Padre Julio Meinvielle, ibidem). La democracia, pues, pervierte tanto el interior de las conciencias como el interior de las comunidades d) que “lo que hace trágica la condición de los pueblos en los tiempos modernos es que, de hecho, en la realidad concreta, el mito religioso de la Democracia ha invadido y contaminado completamente la democracia política y aun todas las formas actuales de gobierno”. “Añadamos que en el vocabulario de Santo Tomás la democracia como forma política legítima no se llama democracia, sino República (politia). Es una forma de régimen mixto, en la cual el principio democrático que, en su estado puro tiende a la dominación del número, está templado por el principio aristocrático (poder de los que se distinguen en valor y virtud) […] En cuanto a la palabra democracia, designa, en Santo Tomás, la forma corrompida de politia, y el principio democrático en su estado puro” (Padre Julio Meinvielle, ibidem). La democracia, pues, pervierte, invade, contamina, vuelve impuro lo que toca. e) que en la historia y en el rumbo de las civilizaciones hay una ley que “marca cuatro momentos: un primer momento de plenitud, una edad de oro, teológica, por el primado de la verdad sagrada o sacerdotal; un segundo momento, de decadencia, una edad de plata o aristocrática por el primado de la verdad natural o racional, o metafísica; un tercer momento, una edad de bronce u oligárquica, por el primado de la vida afectiva o sentimental, o sensible, o animal o económico-burguesa; un cuarto momento, una edad de hierro o democrática, por el primado de la materia, o de la cantidad que es su propiedad necesaria, o de la multitud o de lo económico-proletario” (Padre Julio Meinvielle, ibidem). La democracia, pues, pervierte a las civilizaciones y marca el rumbo más bajo de su declive, analogándose con esa edad de hierro de la que nos hablara Hesíodo. f) que el dominio que hoy ejerce “la multitud proletaria o democrática, nos obliga a estudiar la esencia de la democracia, buscando desentrañar su ley íntima. Nadie ha analizado tan profundamente la democracia como Santo Tomás de Aquino y Aristóteles […] Parte el Santo Doctor de la premisa de que la razón de ser y el término del estado popular es la libertad, y por ello el poder o autoridad se distribuye en ese Estado de acuerdo a la dignidad de la libertad («Comentario a La Política de Aristóteles», IV, 7). En su mente la democracia está ligada a una concepción de la vida en que se hace de la libertad el supremo bien del hombre y, por lo mismo, el fin de la ciudad [una ciudad que no es la Ciudad Católica]. En el estado popular —dice en «Política», III, 4— sólo se busca la libertad, y sólo ella es lo que en común confieren todos los ciudadanos. Todas las otras cosas existen por la libertad y para la libertad. Nada valen, por tanto; las diferencias que separan un hombre de otro, nada las dependencias naturales o históricas, nada los vínculos familiares o nacionales, nada la diversidad de los ingenios, de las aptitudes, de la educación, de la cultura o de los derechos adquiridos. Como a todos y a cada uno dio la naturaleza idéntica libertad, será necesario que todos y cada uno en cualquier parte sean iguales” (Padre Julio Meinvielle, ibidem). La democracia, pues pervierte las nociones de libertad y de igualdad, y se convierte en “la dominación de la plebe”. g) que “la justicia popular o democrática exige que todos participen en los honores y favores públicos de acuerdo a una unidad cuantitativa, y no, en cambio, de acuerdo a la dignidad de la persona o igualdad de proporción […] Por otra parte, como ha de haber quien establezca y conserve esta justicia popular... se sigue que el fin y la justicia del Estado democrático es la opinión de la multitud […] La opinión y voluntad de la multitud es ley, entonces, en el régimen democrático. ¿Cuál es el resultado de un régimen fundado en estas premisas? El resultado dependerá de la condición moral de la multitud. Si ésta, en su mayoría, es virtuosa, la ciudad será virtuosa; si perversa, la ciudad será perversa. Pero el Doctor Angélico saca inmediatamente la conclusión de que tal ciudad, en que la multitud fija la norma de la justicia, habrá de ser perversa porque allí mandan los viles y desordenados («Política», VI, 2) […] La conclusión de Santo Tomas está determinada por el concepto pesimista que tiene de la muchedumbre. Se podrían acumular citas y citas en las que enseña que la muchedumbre, en la mayoría de los casos, se deja llevar por sus malas inclinaciones, violando el orden recto de la razón […] El pueblo se aparta de la razón las más de las veces, dice el Santo en «Política», IV. 13, Populus enim deficit a ratione, ut in pluribus. En substancia, que el pueblo, al no reaccionar sino afectivamente, está expuesto a equivocarse y a extraviarse; necesita que otros —los menos— le indiquen qué le conviene y se lo hagan querer; si una minoría virtuosa no le confiere la virtud, cualquier otra minoría audaz le impondrá el yugo del dinero o del trabajo colectivo” (Padre Julio Meinvielle, ibidem). La democracia, pues, pervierte la noción de participación y de justicia, entroniza la tiranía de la multitud, y es perversa porque ésta suele serlo, mandando en ella los viles y desordenados. h) que “el análisis de la esencia de la democracia nos conduce a la conclusión de que ésta, partiendo de la idea de libertad, que es su principal e indispensable presupuesto, termina inexorablemente en la tiranía, o dictadura de la multitud, del número, de la cantidad, y por lo mismo de la sinrazón y del desorden […] El principio fundamental que la mueve [a la democracia] es el igualitarismo universal absoluto. Ahora bien: como los hombres —sin una intervención especial de Dios— no pueden ser igualados o nivelados por lo más encumbrado que hay en ellos, es, a saber, la ciencia y la virtud, no resta sino la posibilidad de intentar la nivelación absoluta universal, por lo más bajo que hay en ellos, es decir, por su condición material. Tal es el intento del comunismo soviético, como enseña Pío XI en su magistral y actualísima encíclica «Divini Redemptoris»” (Padre Julio Meinvielle, ibidem). La democracia, pues, es una perversión que lleva a otra mayor y de ella derivada y cómplice: el comunismo. Algo que los mismos comunistas testificaron y previeron. Ahora bien; lo propio del sabio es distinguir y ordenar. Por eso Beccar Varela no ha hecho ninguna de estas distinciones, y se ha mostrado incapaz de todo ordenamiento conceptual. No ha querido distinguir entre democracia y república, entre formas puras e impuras de gobierno, entre componentes de un régimen mixto legítimo y autonomía ilegítima de esos componentes, entre la posibilidad de un deber ser de bondad condicionada y la trágica realidad de una perversión antigua y presente. No ha querido distinguir, en suma, lo que todos los grandes tratadistas católicos han discriminado con ciencia y cautela. Ya no el Padre Julio Meinvielle, sino estudiosos de enjundia como Louis Billot, Víctor Bouillon, Jean Ousset, Marcelo Demongeot, Jean Madiran, Jesús Muñoz S.J, Héctor Hernández, Bernardino Montejano, Padre Osvaldo Lira, Luis Sánchez Agesta, Fulvio Ramos, Alberto Falcionelli, Juan Antonio Widow, y tantísimos otros. Si hubiera distinguido bajo la tutela del magisterio clásico y cristiano, la conclusión no podría haber sido otra que la que sintetizó Charles Maurras: “no es que la democracia esté enferma; la enfermedad es la democracia”. Agrava la cortedad interpretativa de Beccar Varela, por un lado, el hecho de que, desde su confusión, se autoerige en tribunal de ortodoxia; mas por otro, el hecho igualmente ruinoso, de que su indistinción y desorden mental, no se mantiene sólo en el ámbito de las discusiones académicas, sino que intenta justificar con ellas determinadas acciones políticas personales, a la par que condena intemperantemente la de quienes no quieren secundarlo. Porque al igual que a tantos liberales católicos, le sobreviene a nuestro criticado no una preocupación theoretica por el hallazgo de la Verdad, sino una urgencia práctica por encontrar algún retazo de doctrina católica con la que bautizar su heteropraxis. Antonio Caponnetto

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Reflexiones Doctrinales: Perversión Democrática (3)
Apuntes Y MonografiasporAnónimo9/6/2014

– III – La democracia y el Magisterio de la Iglesia Ajeno y hostil a estas distinciones prenotandas, Beccar Varela sostiene que la democracia “es una de las tres formas de gobierno admitidas por la doctrina de la Iglesia”.(14) Vuelve a pegar al bulto, con pifia gruesa, por no columbrar con sutileza ni diferenciar con prudencia. Veámoslo. 1- Certeramente ha distinguido Montejano que, en “la enseñanza sobre las formas de gobierno […] observamos dos etapas en el desarrollo de la Doctrina de la Iglesia”. “La primera de ellas se caracteriza por la aceptación de toda forma de gobierno, con tal que su fin sea el bien común; y en tal sentido se expide León XIII en su citadísima «Immortale Dei”. Pero tal afirmación no está hecha precisamente para defender a la democracia, sino para reprobar a aquellos que la consideraban la única forma posible, legítima e ineluctable de gobierno. Así surge con nitidez de todo el rico magisterio leonino, principalmente de la «Diuturnum illud» y la «Graves de Communi». Y así surge con mayor especificación en «Notre Charge Apostolique» de San Pío X”.(15) Es contra la pretensión “de aquellos que en el siglo pasado se dieron a sí mismos el nombre de filósofos”, y sostuvieron que la autoridad radica en el pueblo, que escribe León XIII. Es contra los que sostienen que “la democracia es la única [forma de gobierno] que inauguraría el reino de la perfecta justicia”, que sostiene lo suyo San Pío X. Porque proponer este monopolio y esta hegemonía de la democracia, es “una injuria a las restantes formas de gobierno, que quedan rebajadas de esta suerte al rango de gobiernos impotentes y peores”.(16) Es contra los que erigen al pueblo “en suprema norma de todo”, “divinizándolo con culto idolátrico”, que agrega lo propio Pío XI, en ocasión de reprobar enérgicamente al nazismo.(17) Para disipar aún más las dudas sobre el alcance real de lo que se afirma cuando se menciona la palabra democracia, León XIII, en su “Libertas”, invoca “el elemento democrático” que pueda “moderar” o “atemperar” “una forma de gobierno”, cualquiera sea. En la más clara línea tomista del Régimen Mixto, lo democrático no es concebido propiamente como un modo de gobierno sino como un ingrediente de aquel que por su armónica mixtura de principios pudiera resultar el más apto para garantizar el bien común.(18) ¿Y qué alcance o qué significado tiene esta invocación al “elemento democrático”, que aparece no sólo en el corpus doctrinal leonino sino en el magisterio, en general?. Se refiere la Iglesia —dice Fulvio Ramos— “a la república, según la concepción clásica […] es decir aquel sistema que permite una participación popular en la designación de los gobernantes […] La Iglesia prescinde de cualquier tipo de modalidad centrando el concepto en la idea de participación […] que se puede dar tanto en la designación de los gobernantes y representantes políticos como en la gestión de la cosa pública […] Es la consecuencia de un estilo de vida que podemos llamar republicano, según el cual los hombres se sienten solidarios con el bien común de la sociedad y ven la necesidad de colaborar con mayor eficacia para el logro de tal objetivo”.(19) Entiéndanse entonces tras estas precisiones, jerarquizando y contextualizando debidamente las palabras del Magisterio, que al distinguir entre formas de gobierno, y al precisar que no se opta por ninguna de ellas en particular sino por el bien común como fin de la política, y al subdistinguir que lo democrático legítimo es componente pero no forma de gobierno, la Iglesia está muy lejos de considerar a la democracia como sistema exento de corrupciones. Mas bien hace exactamente lo contrario: sale en defensa de las otras formas posibles de gobierno, agraviadas y menoscabadas por la pretensión monopólica de la democracia de considerarse a sí misma la única alternativa. Con exactitud inspirada se lee en las palabras de San Pío X: es “para no hacer injuria a las restantes formas de gobierno” no democráticas que se recuerda las distintas formas de gobierno. No para preferir la democracia y hacer su elogio, contra las restantes formas posibles de organización política, que pueden ser mucho más que tres, “particulares y concretas”, “con tal que el gobierno sea justo y atienda a la común utilidad”.(20) “La democracia no goza de ningún privilegio especial”, resaltará San Pío X en su condena a los Sillonistas. 2.- Y que esa inclusión de la democracia entre las formas posibles de gobierno está muy lejos de considerarla como sistema exento de corrupciones, tal como quedó dicho, es algo de lo que se ha ocupado largamente la Iglesia, en lo que Montejano llama la segunda o “nueva etapa en el desarrollo de la Doctrina de la Iglesia”.(21) Habiendo aclarado ya el Magisterio que son muchas, “particulares y concretas”, las formas de gobierno que en tanto posibles hacedoras de la justicia merezcan ser defendidas del atropello hegemónico y coercitivo de la democracia, “a partir de Pio XII [la Iglesia] cambia la consideración del término democracia, el que ya no se identificará con una forma particular de gobierno, sino que será considerado como una forma de Estado, que podrá estar presente en las diversas formas de gobierno. O sea que la nueva acepción de democracia tendrá en cuenta, no la estructuración del poder sino la forma de su ejercicio”.(22) Con lo cual volvemos a Santo Tomás, cuando hablando del Régimen Mixto, admite lo democrático como estado constitutivo de un todo, pero no como forma legítima de gobierno. Analogando y ciñendo “lo democrático” invocado a una cierta posibilidad participativa de la sociedad en orden al bien común. Entiéndase a derechas: no la democracia como forma de gobierno; sí lo democrático como constitutivo posible, condicional y eventual de un régimen mixto; sí lo democrático con la previa aclaración de que el término no designa aquí la perversión democrática gubernamental, sino que podría utilizarse para mencionar la búsqueda de la participación ciudadana en la construcción del bien común. Las múltiples condiciones bajo las cuales puso Pio XII a ese “estado democrático, sea monárquico o republicano”, para que tenga legitimidad, son más que conocidas. Lo mismo las múltiples y severas críticas que lanzó contra la democracia liberal o marxista. Han sido largamente enunciadas en sus alocuciones, y sintetizadas de un modo especial en su célebre “Benignitas et Humanitas”, de 1944. Pero este estado democrático —no forma de gobierno— condicionado a un sinfín de sabios requisitos para poder ser convalidado, no aparece en ningún momento como un estado ya presente y encomiable, sino como un deber ser, como una realización ideal y deseable, como una especie de paradigma de salud política que cabría avizorar. Mientras llueven los recaudos morales y las objeciones doctrinales a las democracias existentes con sus perversiones concretas, Pio XII enseña, por contraste, lo que debería ser un estado democrático fundado “sobre los inmutables principios de la ley natural y de las verdades reveladas”. Si en lo que ha llamado Montejano “primera etapa” del Magisterio, la democracia en tanto forma de gobierno aparece como una amenaza contra las restantes formas posibles, a las que pretende imponerse de un modo totalitario; en la “segunda etapa”, directamente, deja de ser considerada como una forma de gobierno, para reducirse a un estado o forma de ejercicio del poder, cuya validez dependerá de una cantidad de condiciones, prudentemente enunciadas. En suma, que de ninguna de ambas etapas del Magisterio, con recta lógica arguyente, se podrá colegir que la democracia es una forma pura, legítima e incontaminada de gobierno. 3.- Si pudiera mencionarse una tercera etapa —no lo hace Montejano, pues su ensayo data de 1966— la misma nos permitiría hacer nuevas distinciones. Por un lado “la democracia filosófica”, reprobada sin más en su conjunto, por tratarse aquella filosofía que la adjetiva de la del liberalismo, cien veces condenado de manera inequívoca por Roma. Por otro lado, “la democracia política”, duramente invalidada porque “no contempla la referencia a fundamentos de orden axiológico y por tanto inmutables”,(23) siendo “el agnosticismo y el relativismo escéptico” su “actitud fundamental”.(24) Y en tercer lugar “la democracia ética”, entendida como el derecho natural de todo ciudadano a participar en la vida pública . “El fin de la sociedad” —ha sintetizado con precisión Monseñor Néstor Villa— “no es la democracia sino el bien común. Si un gobierno democrático no logra este fin no es un buen gobierno”.(26) ¿Tanto cuesta concluir este silogismo con el honestísimo corolario de que ningún gobierno democrático ha asegurado el bien común, sino todo lo contrario? ¿Tanto cuesta deducir que esa imposibilidad regular y sin excepciones de asegurar el bien común no se debe a cuestiones accidentales sino que brota de la misma naturaleza del sistema? No es entonces, en esta tercera etapa, una forma de gobierno legítima y pura lo que defiende la Iglesia, ni una realidad política presente —a la que se inculpa de modo terminante, hasta el punto de considerarla, en unión con el relativismo ético, el mayor peligro que se cierne tras la caída física del bolchevismo— sino el derecho y el deber de participar en la vida pública procurando el bien. Fuera de esta concesión conceptual y prudencial, para un católico genuino, el resto de las acepciones democráticas sólo pueden ser nombres y partes de la Revolución Mundial Anticristiana. Dirá alguno, y dirá bien, que precisamente lo que prevalece en los tiempos que corren, son aquellos católicos, aún miembros de la Jerarquía, que le dan a la democracia el carácter positivo y salvífico, que tradicionalmente le negó el Magisterio de la Iglesia. Sin duda. Es la tragedia de “la dimisión, de la cobardía, del consentimiento al suicidio […] de un cristianismo traicionado y cautivo”, como gráficamente lo sintetizó Madiran.(27) No se nos escapa que purpuradas testas cruzan espadas hoy por la democracia, cuando debieran desenvainarlas con honor y morir con ellas en las manos por la Principalía de Jesucristo. Peripecia doliente de una apostasía que no intentaremos explicar sino llorar, y sobre todo reparar con el vino antiguo y añejo y siempre nuevo de la recta doctrina. Pero tampoco se nos escapa que no es dogma de fe ni anula el magisterio bimilenario y perenne, cualquier frasecilla pronunciada circunstancialmente a favor de la democracia por alguna autoridad de la Iglesia en algún rincón ignoto del planeta. En la Iglesia, la última palabra no puede anular la primera; y si la última ofrece dudas o ambigüedades, debe resolverse a la luz de la que ninguna duda abrigue, alimente o suscite. “Llama nuestra atención” —escribe certeramente Enrique Broussain refiriéndose a Beccar Varela, y después de discernir la recta doctrina de la falsa de la mano del Magisterio— “que hombre de premisa conceptuada no se haya allanado a avizorar la entidad del asunto, sobre todo cuando éste ya ha sido tratado y expuesto por el Magisterio y teólogos y filósofos católicos ortodoxos”. Llama la atención, es cierto, pues si hay un tema que ha sido abordado con la suficiente amplitud pedagógica como para no dar lugar a las dudas, ha sido éste. El asombro se disipa, en cambio, cuando comprendemos que no hay tal “premisa conceptuada” en el hombre que de este modo se explaya. Propio del sabio es distinguir y ordenar, ya lo hemos dicho. Si no hay distinciones ni ordenamientos, no está el sabio sino el sofista. Es el sofista el que escribe que la democracia “es una de las tres formas de gobierno admitidas por la doctrina de la Iglesia”. El sensato,en cambio, está obligado a tener muy en cuenta las distinciones que hemos sintetizado, de la mano de la siempre invocada pero no siempre estudiada “doctrina de la Iglesia”. Antonio Caponnetto

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Reflexiones Doctrinales: Perversión Democrática (4)
Apuntes Y MonografiasporAnónimo9/6/2014

– IV – Lo principal y lo subalterno en la perversión democrática Ya quedó dicho, al trazar el perfil de la democracia clásica o antigua como corrupción de la república, que ella era substancialmente una antirreligión o religiosidad subvertida; y que con tal característica fatal hace su traslado a la modernidad. El mito de la moderna democracia mesiánica es demasiado abyecto, y pesa demasiado sobre nuestros hombros como para que se nos exija una demostración. Las condenas del Magisterio son al respecto más que reiteradas y contundentes. Cuando León XIII en la “Immortale Dei” hace el elogio de los tiempos medievales, con sus grandes monarcas santos y heroicos, sostiene que fue el tiempo “en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. Entonces aquella energía propia de la sabiduría cristiana, aquella su divina virtud, había compenetrado las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad; la religión fundada por Jesucristo, colocada firmemente sobre el grado de honor y de altura que le corresponde, florecía en todas partes secundada por el agrado y adhesión de los príncipes y por la tutelar y legítima deferencia de los magistrados; y el sacerdocio y el imperio, concordes entre sí, departían con toda felicidad, en admirable consorcio de voluntades e intereses. Organizada de este modo la sociedad civil, produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de ellos, y quedará consignada en un sinnúmero de monumentos históricos, ilustres e indelebles, que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá nunca desvirtuar ni oscurecer”. Mas a continuación, y trazando un ilustrativo contraste con aquel tiempo de la Monarquía Católica, el Santo Padre explica lo que le sobrevino, como fruto de la disolución de la Ciudad Cristiana y de la irrupción de la modernidad revolucionaria. “El mismo León XIII” —nos dice Meinvielle— “describe de esta suerte el primer ataque, perpetrado por la Reforma Protestante: Pero las dañosas y deplorables novedades promovidas en el siglo XVI, habiendo primeramente trastornado las cosas de la religión cristiana, por natural consecuencia vinieron a trastornar la filosofía y, por ésta, todo el orden de la sociedad civil. Ello dio como resultado una sociedad civil o un orden público substraído a la influencia de la Iglesia o del orden sobrenatural en ella encarnado, esto es, una sociedad donde cada uno de los grupos hasta entonces unidos bajo una forma universal de vida, que era la Iglesia, adquieren independencia. Las naciones, libres de toda forma superior, toman posiciones, unas frente a otras […] La razón se independiza de la teología, la ciencia de la fe, la política de la moral, la naturaleza de la sobrenaturaleza. La civilización originariamente cristiana se convierte en naturalista, pero se mantiene como civilización, en la medida en que no sufren corrupción los principios de la vida natural que son los que formalmente la constituyen. El clero primó en la Edad Media; la nobleza o aristocracia en los siglos XVII y XVIII; los ricos o burgueses en el siglo XIX, y hoy ha de dominar la multitud proletaria o democrática. Esto nos obliga a estudiar la esencia de la democracia, buscando desentrañar su ley íntima” (Padre Julio Meinvielle, “Concepción católica de la política”, ibidem). No deberían pasar inadvertidas estas palabras del gran Pontífice y de su autorizado comentarista. Ni deberían dejar de releerse con particular detenimiento los pasajes que nos hemos permitido resaltar con bastardilla. Porque lo que aquí se señala no es sólo el tránsito de una forma de gobierno pura o legítima a otra impura o ilegítima. Es la sustitución de una cosmovisión cristocéntrica —con un modo político concorde— por “un orden público substraido a la influencia de la Iglesia”; por “una sociedad” y “una civilización” en las que la filosofía del Evangelio ya no gobierna los Estados; por un “dominio de la multitud” y una “independencia” de las partes del cuerpo social, de espaldas a “la sabiduría cristiana”. Es el reemplazo del Imperio Católico por una nueva organización política, y consiguientemente por un nuevo enfoque, cuya “habilidad corruptora” consistió en suprimir la vigencia de la Ciudad Cristiana. Esto es lo principal en la perversión democrática. Esto es lo que la define y sustancializa como perversa. Todo lo demás que quiera señalársele, sea para su condena o su defensa, según quien lo diga, no será lo principal sino lo subalterno. Por ejemplo, la elección de los gobernantes y el modo en que se los elige. Precisamente porque tenemos muy aprendidos estos conceptos del Magisterio es que en nuestra primera respuesta al detractor le notificábamos lo siguiente: “Va de suyo, asimismo, que cuando califico de perversa a la democracia —siguiendo en esto un fecundísimo magisterio contrarrevolucionario que Beccar Varela insiste en desconocer— no lo hago prima facie porque se proponga en ella la elección de los gobernantes, sino por la aberración ineludible que la sustantiviza al subvertir el Orden de la Ciudad Católica por el desorden de la Ciudad Secular. Este drama teológico de toda democracia conocida, parece importarle nada al católico Beccar Varela. Las causas más hondas, más relevantes y metafísicas que tornan inicuo al sistema democrático, le son tan incomprensibles e indiferentes como a los pastores progresistas que la han sacralizado” (cfr. Antonio Caponnetto, “La confusión de Beccar Varela”, ibidem). Y aclarábamos antes, en el mismo párrafo, que “la elección de los gobernantes por la multitud a la que se refiere el Papa [ León XIII] es un procedimiento que siempre dejó a salvo la Iglesia”. Esta última aclaración la hacíamos para desbaratar el razonamiento de Beccar Varela, según el cual, incurro en un sofisma al desacreditar a la democracia, porque León XIII y San Pío X enseñan que “los que han de gobernar el Estado pueden ser elegidos en determinados casos por la voluntad y el juicio de la multitud, sin que la doctrina católica se oponga o contradiga esta elección”. Rogamos al lector que preste particular atención a este último aspecto de la controversia, para que al desnudo quede lo que he llamado eufemísticamente “insolvencia argumentativa” del crítico. Facilitaré las cosas mediante un croquis: 1) estoy calificando de perversa a la democracia por las razones principales que lo hace el Magisterio; 2) Beccar Varela me responde que no hay tal perversidad porque los Pontífices admiten que la multitud puede elegir a sus gobernantes; 3) señalo —completando el concepto— que, efectivamente “en determinados casos” y dejando a salvo ciertos principios, la Iglesia no ve una contradicción entre sus enseñanzas y la elección de los gobernantes por la multitud, pero que esta cuestión procedimental aludida por la Iglesia para la elección de los gobernantes nada tiene que ver con la legitimación de la democracia y del sufragio universal que le es connatural a su perversión; 4) Beccar Varela se autoerige en el campeón del debate, se coloca en el centro del ring, se levanta a sí mismo el brazo vencedor, y proclama: “ admite que la elección de los gobernantes por la multitud es aceptable para la doctrina católica, es decir, quedó probado que su tesis estaba equivocada”, es “evidente su reconocimiento de haber errado” (cfr. “Respondo al Profesor …”, ibidem). ¿Y quién había hablado de la elección de los gobernantes?; ¿quién había negado que bajo determinadas condiciones y dejando a salvo ciertos principios pudieran ser elegidos por la sociedad?; ¿quién había puesto en cuestión la enseñanza pontificia acerca de la posibilidad de un sistema electivo? ¿quién había sostenido que lo principal para definir a la democracia, como santa o ruinosa, es la elección de los gobernantes?; ¿quién había considerado a las elecciones como la naturaleza exclusiva y excluyente de la democracia? ¡Nadie! Otro era el tema de controversia. Otra mi posición. Otras mis afirmaciones y negaciones. Ante la imposibilidad de demostrar lo indemostrable, Beccar Varela desplaza el eje de la cuestión en litigio; pero para ello tiene que falsificar primero la posición que le es adversa, construyendo un silogismo antojadizo. Entonces, en vez de considerar —como propongo de la mano del Magisterio— “las causas más hondas, más relevantes y metafísicas que tornan inicuo al sistema democrático”, identifica a éste con la elección de los gobernantes por la multitud, y como sobre la tal elección no existen condenas eclesiásticas, luego —concluye— la democracia sería legítima. Por eso Enrique Broussain, ante este brusco y unilateral descentramiento del debate, pone en evidencia “el aire de niño” y “la rapidez que deja a uno cavilando”, con la que Beccar Varela se tiene por vencedor. Pero el “aire de niño”, que en buen romance no alude sino al infantilismo, a la inmadurez y a la cortedad del crítico, necesitaba un estrambote para garantizar el desbarre, y Beccar Varela lo escribe. Según él —como he recordado que esa elección de los gobernantes por la multitud no puede ser bajo el sistema del sufragio universal, llamado la mentira universal por Pío IX— mi propuesta es “el voto calificado”: una “democracia impoluta” cual “sería la del voto calificado”. Con horror populista se encrespa contra tal posibilidad, y con el mismo criterio de los progresistas que —segadores del Orden Natural— niegan la censura y la represión porque nadie puede osar decir lo que hay que ver o hacer, se pregunta “¿quién califica a los calificadores?” (“Respondo al Profesor…”, ibidem). Pero el punto merece una reflexión aparte. Antonio Caponnetto.

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