David_Gurion
Usuario (Israel)
La respuesta más sorprendente al mortal ataque de hace unos días contra los fieles congregados en una sinagoga de Jerusalén fue la del ministro de Exteriores de Baréin. Salid ben Ahmed al Jalifa escribió, al parecer, lo siguiente en su cuenta de Twitter en árabe: Está prohibido reaccionar a los crímenes de la ocupación israelí contra nuestros hermanos de Palestina asesinando a inocentes en una casa de oración. Quien pague el precio por el crimen de matar a inocentes en una sinagoga judía y por celebrarlo será el pueblo palestino. Que un alto cargo árabe condene públicamente el asesinato de inocentes a manos de musulmanes, y que además lo haga con semejante claridad moral, libre de cualquier intento de establecer una falsa equivalencia con los crímenes israelíes, es algo que resulta tan inusual que exige una explicación. Y la más probable reside en la violencia que ha asolado Oriente Medio en los últimos años. En un mundo en el que musulmanes inocentes son asesinados frecuentemente en lugares de oración por correligionarios suyos, las mezquitas de Israel y de la Margen Occidental (incluida la mezquita de Al Aqsa en Jerusalén) siguen siendo unos de los lugares del Medio Oriente donde los musulmanes pueden orar con mayor seguridad. Y el eje de países árabes pragmáticos, del que forma parte Baréin, no tiene interés alguno en que eso cambie. Por ejemplo, en agosto unos chiíes armados abrieron fuego en una mezquita suní de Irak y mataron al menos a 73 personas. En octubre, un terrorista suicida mató con una bomba al menos a 18 personas en una mezquita chií de Irak. Son sólo dos de las decenas de atentados mortales contra mezquitas producidos en los últimos años, en los que han muerto miles de musulmanes en varios países, entre ellos Siria, el Líbano, Pakistán, la India y Nigeria. Casi todos los autores fueron correligionarios musulmanes, generalmente chiíes o suníes que atacaban respectivamente las instituciones de la otra secta. En cambio, Israel y la Margen Occidental son refugios seguros. Es cierto que allí ha habido algunos ataques vandálicos contra mezquitas, pero menos que, pongamos, en Holanda. Lo cierto es que no se ha cometido un atentado letal contra una mezquita desde hace dos décadas. De hecho, pese a todos los esfuerzos palestinos por presentar falsamente las visitas de judíos como “ataques” contra Al Aqsa, cualquiera que haya estado prestando atención se da cuenta de que hay mezquitas en lugares del mundo islámico que han corrido mucha peor suerte que recibir inocuas visitas de judíos. Desde luego, tanto los propios palestinos como muchos occidentales están demasiado ocupados con la causa palestina como para que eso les preocupe. Las recientes visitas de judíos al Monte han causado más indignación en Occidente que la que nunca hayan provocado atentados mortales contra mezquitas de otros lugares. Pero los Estado árabes pragmáticos, como he escrito con anterioridad, son muy conscientes de que Israel es el menor de sus problemas, y preferirían que siguiera siéndolo. Dichos Estados no quieren que otra guerra palestino-israelí desvíe la atención mundial de cuestiones que consideran más acuciantes, como el Estado Islámico o Irán. Y saben que inicuos atentados, como los asesinatos de la sinagoga (sobre todo cuando se agravan por el hecho de que muchos palestinos “celebren el crimen”, como señalaba Jalifa) bien podrían ser el detonante de un nuevo conflicto bélico: Israel no puede seguir sin hacer nada frente a semejantes ataques. También existe el riesgo de que esos crímenes puedan incitar a algún “lobo solitario” judío a cometer un ataque terrorista como venganza, como la masacre cometida en Hebrón hace veinte años por Baruj Goldstein contra fieles musulmanes. Eso también desviaría la atención mundial (y la árabe) de los problemas que los Estados árabes pragmáticos consideran más urgentes. Como consecuencia de ello, esos Estados tienen interés en no animar a que se cometan atentados como el de la sinagoga, y Jalifa realizó una doble aproximación a la cuestión. En primer lugar declaró que un atentado como ése era moralmente inaceptable, incluso para muchos correligionarios musulmanes árabes. Y, en segundo lugar, es algo que resulta contraproducente, porque, en última instancia, iniciar un nuevo conflicto perjudicaría más a los palestinos que a Israel. O, como lo expuso el canciller bareiní, “quien pague el precio” por ese atentado “será el pueblo palestino”. Así, mientras que figuras tan dispares como el presidente de la Autoridad Palestina Mahmud Abás y el exministro británico Sayida Warsi han justificado implícitamente la matanza de la sinagoga –y con ello han animado a que se cometan más crímenes semejantes– al tratar de presentarla como algo moralmente equivalente a las visitas de judíos al Monte del Templo, el ministro de Exteriores de Baréin está tratando de sofocar las llamas al declarar de forma inequívoca que nunca hay ninguna excusa para matar a fieles reunidos en una casa de oración. Porque nadie comprende las peligrosas consecuencias de ello mejor que los musulmanes de Oriente Medio, quienes, a diferencia de sus hermanos palestinos, protegidos por Israel, han sido, con demasiada frecuencia, víctimas de asesinatos semejantes.
Ya que los expertos que afirman comprender el conflicto árabe-israelí acusan regularmente a Israel de “responder de manera desproporcionada”, resultaría interesante saber si estos creadores de opinión consideran que los actuales ataques contra los judíos de Jerusalén son una respuesta proporcionada a los activistas que desean orar en el Monte del Templo. ¿A qué se debe toda esta violencia física y verbal? El vigente statu quo permite que los judíos visiten el Monte del Templo, pero no que recen allí. A título informativo, señalemos que el Monte del Templo, considerado el lugar en el que se alzaban el Primer y el Segundo Templos, es el lugar más sagrado del mundo para los judíos. Los musulmanes, a su vez, creen que unos 550 años después de la destrucción del Segundo Templo Mahoma voló hasta el lugar donde antaño se alzaba aquél montado en un caballo alado llamado Burak, y desde allí voló hasta el cielo para suplicar a Dios antes de regresar a La Meca. La mezquita de Al Aqsa y la Cúpula de la Roca están edificadas sobre el Monte, que es en la actualidad el tercer lugar más sagrado para los musulmanes. En 1948 Jordania ocupó la Margen Occidental y Jerusalén Oriental, donde se alza el Monte del Templo, y se los anexionó en 1950. Dicha anexión fue considerada ilegal y nula por la Liga Árabe y por todos los países, excepto Gran Bretaña, Irak y Pakistán. Mientras Jordania controló el lugar se negó a respetar los términos del Acuerdo de Armisticio de 1949 con Israel, según los cuales se debía permitir libre acceso a los lugares sagrados de Jerusalén, a sus instituciones culturales y al Monte de los Olivos. A los judíos se les prohibió entrar en la Ciudad Vieja y se les negó el acceso al Muro Occidental y a otros lugares sagrados. Fueron destruidas sinagogas y se emplearon lápidas para construir letrinas. También los cristianos resultaron perjudicados. En cambio, cuando Israel asumió el control de Jerusalén Este en 1967, tras la Guerra de los Seis Días, mostró un extremado respeto por la religión islámica. En un acto conciliatorio, Moshé Dayán ordenó la retirada de los paracaidistas que habían liberado el Monte y el arriado de la recién izada bandera israelí. Llevó a cabo disposiciones, el statu quo actual, que establecían que el Waqf musulmán seguiría gestionando el lugar, mientras que la Policía israelí se ocuparía de la seguridad. A los no musulmanes, incluidos los judíos, se les permitiría la visita al recinto pero, curiosamente (y quizá de forma un tanto ingenua), no podrían orar allí. Ahora, sin embargo, algunos judíos religiosos que veneran este lugar sagrado se sienten irritados por esa condición que aún subsiste, que proscribe las oraciones judías en el Monte. Un grupo de activistas, liderado por Yehuda Glick, lleva años orando allí en silencio. Se esté o no de acuerdo con las acciones del rabino Glick, incluso si se considera que resultan provocadoras, ni por lo más remoto se parecen a las histéricas descripciones que algunos creadores de opinión hacen de ellas. Y, por supuesto, no justifican el intento de asesinarlo. En un discurso incendiario pronunciado en Ramala en el décimo aniversario de la muerte de Yaser Arafat, el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, advirtió en contra de la modificación del statu quo pese a las insistentes declaraciones del primer ministro Netanyahu de que no se va a alterar el mismo. Además, cuando Israel cortó el acceso al Monte durante un día en un intento de acabar con la violencia, Abás denominó a eso una “declaración de guerra”. Y afirmó que activistas como Glick, que desean compartir el recinto para orar, con tolerancia y respeto mutuos, estaban “contaminando” el lugar santo. Resulta preocupante que la portavoz del Departamento de Estado norteamericana, Jen Psaki, y el secretario de Estado Kerry parecieran aceptar esa respuesta incendiaria y no consideraran que merecía un comentario. Pero, por supuesto, cuando Israel construye una casa en Jerusalén Este o emplea la fuerza para detener el asesinato de sus ciudadanos comete un ultraje que Estados Unidos condena inmediatamente. Para que luego digan de las respuestas desproporcionadas.