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Adrián Nario comenta sobre la poca variedad de contenidos en YouTube Si llevan suficiente tiempo en los tubos, es imposible que no reconozcan a El Bananero, el popular Youtuber Adrian Nario, el cual hacía ya videos y comedia en Internet desde antes del nacimiento de YouTube. En una entrevista con el diario El Clarín, el querido productor de contenido creador de clásicos como Muñeca System y Harry El Sucio Potter, comentó sobre el actual estado de la internet y su vida como celebridad clase B. Admite que no le gusta se clasificado como Youtuber, pero lo acepta, ya que de lo contrario sería ir contra la corriente, y que se siente un dinosaurio de la internet, al haber estado haciendo videos desde antes que fuera popular. Lo interesante de sus comentarios vino cuando le consultaron sobre la evolución de YouTube y el crecimientos de sus "youtubers" y, por supuesto, lo hizo deslenguado y en su propio estilo: "Uf, cambió mucho. Esta bueno porque la plataforma es la democratización de la gente creativa, cualquiera puede subir y hacer videos. Muchos lo hacen por la guita [término argentino para decir dinero], no para garchar como hacíamos antes en las bandas de rock. Ahora está el puto de HolaSoyGermán, el maricón de Rubius, los bloggers que hablan de su vida y a nadie le importa. Esta todo hecho como con un filtro que mezcla todo y no hay nada distinto". En otro dato interesante de la entrevista, a pesar de la enorme popularidad que le da su canal de YouTube, Nario no vive de el, tiene un trabajo diurno normal y lo que gana de los tubos es para otras clase de gastos, "Si se enteran los de mi laburo me rajan. Eso me da de comer y todo lo que hago con el Bananero me da de tomar, que es la gasolina que lo hace funcionar. Es un humor punk en donde prefiero morir de hambre pero ser fiel a mis raíces". link: https://www.youtube.com/watch?v=c2yPP3n6D9I

La antigua ciudad helenística de Hierápolis, Pamukkale (que significa literalmente “castillo de algodón” en turco) es una incomparable maravilla natural. Sus terrazas, originadas por movimientos sísmicos y que a simple vista parecen cataratas petrificadas, son el rastro dejado durante miles de años por aguas de un manantial con alto contenido mineral, dibujando lo que parece ser una cascada de nieve. Le Grand Portage/Flickr Esta joya blanca ubicada al suroeste de Turquía recibe cada año a más de medio millón de visitantes que vienen a bañarse en la “piscina sagrada” que se ha convertido en un santuario de peregrinación por sus poderes curativos. Y cuentan que cuando la princesa ptolemaica Cleopatra Selene II visitaba esta ciudad se sumergía en sus divinas aguas. Paradójicamente, el cauce de estos baños terapéuticos —famosos por curar padecimientos como el reumatismo, enfermedades del corazón, arteriosclerosis, hipertensión y alergias de la piel— está muy lejos de ser un “paraíso”. Hace unos días, reconstruyendo la ruta de estas aguas termales, un equipo de arqueólogos italianos llegó a su lugar de origen; una cueva celebrada por la mitología greco-romana como un portal hacia el inframundo: las puertas del infierno. Reconstrucción digital de "Puerta de Plutón" (Francesco D’Andria) Como salida de una película de terror, los restos de la también llamada Puerta de Plutón fueron hallados por un grupo de científicos encabezado por Francesco D’Andria, profesor de arqueología clásica en la Universidad de Salento en Lecce, Italia, que durante años ha estado investigando y excavando la antigua ciudad frigia declarada Patrimonio de la Humanidad hace 25 años. Desde Cicerón hasta la Enciclopedia de Princeton de Sitios Clásicos han mencionado la puerta al infierno situada en el antiguo emplazamiento de Turquía, pero hasta ahora nadie había sido capaz de encontrarla. Fue descrita también por el historiador y geógrafo griego Estrabón como “un orificio en una cresta de la colina, lleno de niebla espesa fatal para cualquiera que entrara”. Y el profesor D’Andria, que actualmente está trabajando en una representación digital del sitio, fue testigo de este efecto mortal instantáneo a la entrada de la cueva: “Pudimos ver las propiedades letales de la cueva durante la excavación. Varios pájaros caían fulminados cuando trataban de acercarse a la abertura caliente, morían al instante por los gases de dióxido de carbono”. Según Discovery News, el humo emana de una cueva subterránea con columnas jónicas e inscripciones a Plutón y Kore, los dioses del inframundo. También se descubrieron los restos de un templo, una piscina y una escalera por encima de la cueva. Curiosamente, la Puerta de Plutón no es la primera entrada al inframundo. A solo dos mil kilómetros de aquí, separados por el mar Caspio, en el corazón del desierto de Karakum (Turkmenistán) está el cráter de Darvaza, un pozo de gas también conocido como “la puerta del infierno”. Durante la excavación de una plataforma en el año 1971, los geólogos soviéticos descubrieron esta cueva subterránea llena de gas natural. El resultado fue un cráter que hoy mide aproximadamente 60 metros de diámetro y 20 de profundidad. Para evitar la salida del gas, decidieron prenderle fuego y desde entonces ha estado ardiendo. El olor del azufre se puede detectar desde lejos y el brillo de las llamas se ve a kilómetros de distancia en la oscuridad de la noche. link: http://www.youtube.com/watch?v=aDJ8XUghYXw Fotografía: Le Grand Portage, Cortesía Francesco D’Andria.

Un diario alemán se hace eco del hallazgo de la Cueva del Diablo, en 1911 Hace un siglo, el 18 de diciembre de 1912, un investigador de prestigio y un anticuario aficionado anunciaron al mundo una de las noticias más esperadas por los científicos de la época: el hallazgo del “eslabón perdido” entre los simios y los seres humanos. El anticuario, Charles Dawson, y el paleontólogo, Arthur Smith Woodward, proclamaron que se habían topado en una gravera del pueblo inglés de Piltdown con los restos fósiles de un primitivo ancestro humano. Eran una mandíbula similar a la de un simio y fragmentos de algo parecido a un cráneo humano. También habían desenterrado toscas herramientas de piedra y restos de elefantes e hipopótamos. El llamado Hombre de Piltdown dio la vuelta al mundo y no se cayó por completo de su pedestal hasta 1953, cuando otro grupo de científicos descubrió que aquel supuesto eslabón perdido no era más que el montaje de un cráneo de una persona de la Edad Media, una mandíbula de orangután y el diente de un chimpancé. Todas las piezas habían sido tratadas con productos químicos para parecer más antiguas. Y, un siglo después del arranque de uno de los mayores fraudes de la historia de la ciencia, todavía no se conocen los auténticos culpables. El historiador de la ciencia Oliver Hochadel cree haber dado con una clave para resolver el caso. Hace tres años, cuando consultaba los archivos de la Sociedad Berlinesa de Antropología, Etnología y Prehistoria, se topó “por casualidad” con una carta anónima, fechada el 5 de junio de 1911, que pedía la expulsión de la organización de Hermann Klaatsch, uno de los antropólogos alemanes de mayor prestigio por entonces. Klaatsch, entre otras cosas, había ayudado a definir la especie de los neandertales, pero aquella carta anónima le llamaba “charlatán” y le ridiculizaba por no haber sido capaz de distinguir un cráneo humano de uno de un chimpancé. Hochadel, un historiador alemán de la Institución Milá y Fontanals (CSIC) en Barcelona, siguió leyendo e investigando y, tras tres años de estudio, acaba de publicar la rocambolesca historia del Hombre de Steinau, muy posiblemente el espejo en el que se miraron los creadores del Hombre de Piltdown. La Cueva del Diablo La historia se remonta a 1911, un año antes de que apareciera el “eslabón perdido” de Piltdown. A unos 700 kilómetros de allí, al otro lado del canal de la Mancha, vivía Wilhelm Rappe, el boticario de Steinau, un pequeño pueblo alemán que acababa de perder el miedo a una caverna en sus inmediaciones. Un pastor la había descubierto en 1584 y la bautizaron Teufelshöhle, “la Cueva del Diablo”, porque pensaban que allí vivía el demonio. Poco más de tres siglos después, toda la aldea se volcaba en su excavación. Europa vivía por entonces una “fiebre de la prehistoria”, como recuerda el investigador del CSIC. Los descubrimientos de fósiles antediluvianos y de espectaculares pinturas rupestres se sucedían en Francia y en España. En 1907, a sólo 100 kilómetros de Steinau había aparecido la mandíbula de un humano primitivo, bautizado Homo heidelbergensis. Excavar la Cueva del Diablo iba a colocar a Steinau en el mapa. Era un imán para los turistas. Era dinero. El director de la excavación, Albert Lüders, que además era el responsable municipal de la construcción de carreteras, estaba entusiasmado. Hasta aquí todo normal, pero resultó que el boticario del pueblo, Rappe, era un cachondo y le gustaba tomarle el pelo a Lüders. Su hermano había viajado un par de años antes a Camerún, por entonces una colonia alemana, y allí había estado tiroteando chimpancés. “Rappe cogió uno de los cráneos de chimpancé de la colección de su hermano y empezó a fosilizarlo”, recuerda Hochadel. El boticario cubrió el cráneo de azúcar y lo puso al fuego para oscurecerlo. Después lo sumergió en permanganato potásico para “envejecerlo miles de años”. Y, para rematar, el farmacéutico burlón plantó el cráneo de chimpancé en el barro de la Cueva del Diablo, cuando los trabajadores de la excavación estaban distraídos. Sólo quería gastar una broma, pero acababa de poner una bomba que llegaría al káiser alemán. En un primer momento los trabajadores no repararon en la presencia del cráneo y acabó en un montón de escombros fuera de la cueva. La mandíbula se había perdido y parte de los huesos de la nariz habían sido destrozados. Ya no era tan obvio que se trataba del cráneo de un chimpancé. Cuando los excavadores por fin repararon en los restos, se los llevaron inmediatamente a Lüders, el mandamás de la excavación. Todos temblaron. Podían tener en sus manos otro “eslabón perdido” de esos que estaban tan de moda y supuestamente encadenaban al ser humano con los monos. Hicieron dos fotografías y se las enviaron a los principales expertos de Alemania, que acudieron rápidamente para poner las manos sobre ese cráneo insólito, que en realidad no era más que la broma de un farmacéutico guasón. El historiador Hochadel ha conseguido ahora reconstruir aquella peregrinación en la revista especializada Endeavour, gracias al estudio de los periódicos de la época, al diario del boticario y a cartas encontradas en diferentes archivos. ¿Un zoológico ambulante? El primer científico en llegar a la Cueva del Diablo fue Fritz Drevermann, del Instituto Senckenberg de Fráncfort. Posteriormente presumiría de que su primera impresión fue que aquel cráneo “no era un fósil, estaba demasiado bien conservado”. Sin embargo, los hechos sugieren otra cosa. El Instituto tomó las riendas de las excavaciones y asumió los costes. A la caverna también llegaron en seguida dos científicos de la Universidad de Gotinga. Uno de ellos, Friedrich Heiderich, mostró ipso facto sus dudas sobre la autenticidad y días después afirmó que aquello era “un cráneo de simio muy común”. Pero, ¿de dónde había salido? Heiderich pensaba que un simio podría haber escapado de un zoológico ambulante, de esos que pululaban entonces por Europa, y habría tropezado en un agujero en el techo de la cueva. El antropólogo Hermann Klaatsch afirmó que el cráneo conectaba “la raza de los neandertales con los simios actuales” Sin embargo, todas estas dudas desaparecieron de la vista cuando apareció en escena Hermann Klaatsch, de la Universidad de Breslavia. Era uno de los antropólogos más prestigiosos de Alemania. Había trabajado en Australia y en las cuevas de Francia preñadas de restos neandertales. Y se había tragado entera la broma del boticario. Tras ver las fotos del cráneo, Klaatsch escribió al director de las excavaciones asegurando que la criatura pertenecía “al grupo de los fósiles que conecta la raza de los neandertales con los simios actuales”. La eminencia incluso se lanzó a sugerir que fueran los restos de “un niño neandertal”. El trajín de científicos en Steinau causó revuelo. La criatura de la Cueva del Diablo saltó a los periódicos alemanes. Alguno de ellos llevó el hallazgo en portada. Según las notas que dejó escritas el boticario, alguien llegó a ofrecer 15.000 marcos alemanes por el cráneo, “una suma enorme para la época”, como subraya el historiador del CSIC. La expectación era tal que un miembro del parlamento prusiano, el aristócrata Bogdan Graf Hutten-Czapski, llegó a la provincia para recabar información. A su regreso a Berlín, informó a “las majestades”, los miembros de la familia del káiser, sobre el “aparentemente espectacular hallazgo” de la Cueva del Diablo. Mientras, el boticario se reía en secreto del éxito de su Pithecanthropus steinoviensis, como bautizó con sorna al cráneo del chimpancé tiroteado por su hermano. Investigadores borrachos A esas alturas, el prestigioso Klaatsch ya había cambiado de opinión y había descartado la hipótesis de que aquello fuera un ancestro de los neandertales, aunque seguía pensando que era un fósil, quizá de un simio del Plioceno, hace más de dos millones de años. En su diario, el boticario escribió que Klaatsch “raramente iba sobrio aquellos días” y que no escuchaba sus advertencias jocosas, como “errare humanum est”. El director de las excavaciones, Lüders, emprendió una campaña de marketing para defender la autenticidad del cráneo, sin saber que había sido engañado. En un largo artículo publicado el 24 de junio de 1911, hilvanó los argumentos de los partidarios de que aquello era un fósil e ignoró o ridiculizó los de sus enemigos, sobre todo los de Heiderich, que había sido el primero en darse cuenta de que el cráneo era claramente de un chimpancé actual. Y entonces llegó el veredicto del científico alemán más famoso de su época, Ernst Haeckel, propagador de las ideas de Darwin en su país. “En ningún caso el cráneo pertenece a un antropoide fósil ni es de gran valor”, sentenció. El boticario, harto de reír en la sombra y molesto porque se vilipendiara a Heiderich, decidió descubrir la farsa. Como premio al buen ojo de Heiderich, le escribió una carta en julio de 1911 felicitándole. Rappe le explicó que sólo quería gastar una broma y que el asunto se le había ido de las manos. Y, temiendo acabar en los tribunales con una denuncia, le pidió que no revelara su identidad. El 21 de julio, Heiderich tiró de la manta sin revelar su nombre. “A comienzos de agosto, cualquier lector alemán de periódicos sabía que el cráneo misterioso pertenecía a un chimpancé plantado por un bufón”, señala el historiador que ha reconstruido las peripecias del falso Hombre de Steinau. En busca de pistas El investigador del CSIC cree que detrás de la rocambolesca historia de la Cueva del Diablo se esconde una pista para resolver uno de los mayores fraudes científicos conocidos, el del Hombre de Piltdown. “Es imposible saber si el falsificador de Piltdown se inspiró en la siembra del cráneo de chimpancé en la Cueva del Diablo”, admite Hochadel. “No tengo una pistola humeante, pero los paralelismos entre los dos engaños son obvios”, señala. «No tengo una pistola humeante, pero los paralelismos entre los dos engaños son obvios» Oliver Hochadel Historiador del CSIC El historiador recuerda que, en el caso de Piltdown, el anticuario Dawson contactó con el paleoantropólogo Woodward en febrero de 1912, para contarle que había encontrado restos humanos en la gravera de Piltdown. “Apenas medio año después de que saliera a la luz el engaño de Steinau”, subraya el investigador del CSIC. Dawson, claro, es el primer sospechoso de haberse inventado el Hombre de Piltdown, ya que fue él quien halló los huesos falsificados. Y Hochadel apuntala esta hipótesis. El caso de la Cueva del Diablo había protagonizado portadas el año anterior en la prensa alemana y posiblemente el escándalo también saltó a la prensa inglesa. El anatomista británico Arthur Keith, además, hablaba alemán y conocía bien la obra de Klaatsch, el experto que confundió el cráneo del chimpancé de Camerún con un niño neandertal. Fotografía de la época del cráneo del chimpancé tiroteado en Camerún “En los años cruciales de 1911 y 1912, Keith había revisado varios de sus trabajos en la revista Nature, incluyendo un artículo en el que Klaatsch mencionaba el reciente descubrimiento de un simio fósil en Steinau”, rememora el historiador. Poco después, Keith aparecía metido hasta las cejas en la investigación del Hombre de Piltdown, defendiendo su autenticidad. “Algunos expertos sospechan que Keith pudo haber sido el cómplice científico de Dawson”, añade Hochadel. Los culpables del fraude de Piltdown El antropólogo británico Chris Stringer, del Museo de Historia Natural de Londres, dirige, 100 años después del hallazgo de Piltdown, un equipo de 15 científicos empeñados en conocer a los culpables del fraude. Stringer conoce las nuevas investigaciones de Hochadel sobre el Hombre de Steinau y admite el vínculo, aunque no cree que sea tan potente como sospecha el historiador del CSIC. El antropólogo Chris Stringer ve “muy posible que Steinau desempeñara un papel importante” en la farsa de Piltdown “Las primeras piezas de cráneo teñidas artificialmente ya se habían encontrado en Piltdown [en 1911], aunque el hallazgo no se anunció públicamente hasta 1912. La mandíbula de simio modificada y teñida no fue encontrada hasta 1912, por lo que es muy posible que Steinau desempeñara un papel importante en la incorporación de la mandíbula de simio al engaño”, opina Stringer. Hochadel, sin embargo, duda que en 1911 ya se hubieran encontrado los restos del hombre de Piltdown, quedando en secreto. Stringer también admite las dudas: “Dawson afirmó haber encontrado las primeras piezas del cráneo antes de 1910. Otras personas confirmaron que él se las había mostrado, aparentemente, antes de 1910. Pero no se lo contó a Woodward hasta comienzos de 1912, así que no podemos estar absolutamente seguros de que sean las mismas piezas, aunque parece probable”. Tras tres años de investigación, Hochadel no se conforma con estos resultados. Está convencido de que la broma de Steinau pudo inspirar por completo la farsa de Piltdown y seguirá investigando. “Si encuentro algo me haré famoso y si no, habrá sido divertido”.
América Latina enfrentará una epidemia de cáncer a menos que los gobiernos actúen rápidamente para mejorar los sistemas de salud y traten a los pobres, alertaron científicos en un informe publicado el viernes en la revista The Lancet Oncology. El informe, lanzado en la conferencia Grupo de Cooperación en Oncología Latinoamerciano (LACOG) 2013 en Sao Paulo, señala 13 muertes por cada 22 casos de cáncer en la región, contra 13 muertes cada 37 casos en Estados Unidos y 13 muertes cada 30 casos en Europa. La razón principal, según los autores, es que demasiada gente es diagnosticada con cáncer tardíamente, cuando la enfermedad es mucho más difícil de tratar y es más posible que lleve a la muerte del paciente. "Los investigadores estiman que para 2030, 1,7 millones de casos de cáncer serán diagnosticados en Latinoamérica y el Caribe, y habría más de un millón de muertes debido al cáncer anualmente", según el informe. La enfermedad representa actualmente pérdidas por unos 4.000 millones de dólares por año para la región, incluido no sólo el costo del tratamiento y medicamentos, sino también el impacto en la economía y en la pérdida de vidas de forma prematura debido al cáncer. "Estos costos aumentarán sustancialmente si los gobiernos no adoptan acciones coordinadas para frenar el creciente impacto del cáncer en la región", advirtió el informe. "Mucha gente a través de la región, especialmente en comunidades pobres, indígenas o rurales, tienen poco o ningún acceso a servicios de lucha contra el cáncer, un problema exacerbado por una inversión en salud baja, y altamente desigual, en la mayoría de los países latinoamericanos", sostuvo. Otro factor es que más de la mitad de los latinoamericanos carecen de sistema de salud, o el que poseen es inadecuado, según los autores. "Los países latinoamericanos han centrado su inversión en salud en la prevención y el tratamiento de enfermedades infecciosas, mientras el gasto en enfermedades no contagiosas, como el cáncer, no ha seguido el ritmo", destacó el estadounidense Paul Goss, profesor de la Escuela de Medicina de Harvard que lideró el equipo de expertos, predominantemente de Latinoamérica, que realizó el informe. "Los cánceres son enfermedades de gente que envejece, y los investigadores estiman que para 2020 habrán más de 100 millones de personas en Latinoamérica de más de 60 años", añadió. El informe señala que muchos países de la región han mejorado algunos aspectos del tratamiento contra el cáncer en años recientes, pero reclamó medidas para enfrentar las desigualdades en los sistemas de salud, y llamó a repensar la infraestructura sanitaria y acceso a medicamentos y equipamiento médico, y a un mayor gasto público en salud. Los gobiernos pueden reducir las tasas de cáncer a un costo relativamente bajo, alentando a la gente a que deje de fumar, a que evite el humo de la cocina, reduzca su consumo de alcohol y adopte una dieta saludable y se ejercite, destacó. América Latina enfrentará una epidemia de cáncer a menos que los gobiernos actúen rápidamente para mejorar los sistemas de salud y traten a los pobres, alertaron científicos en un informe publicado el viernes en la revista The Lancet Oncology.
Se ha descubierto en bacterias la capacidad de degradar la membrana celular de otras bacterias competidoras, mediante enzimas que no dañan a la membrana de la bacteria agresora. Este asombroso hallazgo abre las puertas para el desarrollo de nuevos medicamentos antibacterianos destinados a luchar contra las bacterias usando sus propias armas. Durante la infección causada en un organismo por las bacterias que lo están invadiendo, éstas pueden excretar toxinas que causan daños a las células y tejidos del organismo atacado. De forma interesante, las bacterias también usan unas contra otras mecanismos similares cuando compiten entre ellas. Quizá lo más notable al respecto es que pueden usar sistemas bastante sofisticados de secreción, valiéndose de estructuras similares a jeringas para inyectar las toxinas en las bacterias rivales. Entre los diferentes sistemas de secreción conocidos en las bacterias, el sistema de secreción tipo VI es de importancia particular para la competencia entre bacterias, y se encuentra en muchas especies diferentes de estos microorganismos. Unos especialistas de la Universidad de Umea en Suecia y la de Washington in Seattle, Estados Unidos, estudiaron los genes y las proteínas que están detrás de este mecanismo de ataque tan selectivo. Los científicos examinaron detalladamente las distintas versiones del sistema de secreción tipo VI en la Pseudomonas aeruginosa, que es una bacteria de los suelos capaz de causar infecciones severas en los intestinos, la sangre y los pulmones, y en la Vibrio cholerae un patógeno que causa el cólera. El equipo de la microbióloga Sun Nyunt Wai, de la Universidad de Umea, y el microbiólogo Joseph D. Mougous, de la de Washington, ha comprobado que ciertas enzimas, las fosfolipasas, son secretadas por el sistema tipo VI y que dichas enzimas sólo son eficaces contra el competidor pero no para la propia membrana celular de la bacteria productora. En la investigación también han trabajado Krisztina Hathazi y Takahiko Ishikawa de la Universidad de Umea, así como Alistair B. Russell, Michele LeRoux, Danielle M. Agnello y Paul A. Wiggins de la Universidad de Washington.