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Danapes

Usuario (Argentina)

Primer post: 8 oct 2010Último post: 20 nov 2011
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Libro: Aventuras y Desventuras de Casiperro del Hambre
ArteporAnónimo8/25/2011

.AVENTURAS Y DESVENTURASDE CASIPERRO DEL HAMBRELes dejo este hermoso libro, que es la historia de un perrito (contado desde su perspectiva, cosa que lo hace muy interesante), desde que nace en la calle, se convierte en mascota, perrito de circo, prototipo de juguetes, objeto de experimentacion en un laboratorio de cosmética, conoce el amor y la amistad, y otras tantas aventuras y desventuras hasta que.... no les voy a decir el final!!Como no esta en internet, y queria compartirlo, lo estoy transcribiendo de a poco, y proximamente ire subiendo los que faltan.En este post encontrarán del cap I al VICapitulos VII al XII: http://www.taringa.net/posts/arte/12270620/Libro_-Aventuras-y-Desventuras-de-Casiperro-del-Hambre-_2_.htmlCapitulos XIII al XVIII: http://www.taringa.net/posts/arte/12270702/Libro_-Aventuras-y-Desventuras-de-Casiperro-del-Hambre-_3_.html (sólo hasta el XV por el momento)Capitulos XIX a XXI: En construcción DE VERDAD, NO SE LO PIERDAN!Es una historia para toda la familia, y por mas que es un libro "infantil/juvenil" les aseguro a todos ustedes, adultos, que lo van a disfrutar. Yo lo leí cuando tenia 10 años, despues lo volvi a leer a los 16, y ahora que tengo 25 y lo estoy transcribiendo (para una sobrinita que tengo lejos) me sigue encantando.Aventuras y Desventuras de Casiperro del hambreCapítulo IDonde explico el comienzo de todo y reflexiono acerca de un gran sentimiento: el hambre.Si mi madre hubiese tenido dos tetas mas, mis desdichas (y también mis dichas, en fin, mis aventuras) no habrían siquiera comenzado. Y digo dos, aunque una sola habría bastado, porque he notado que las tetas siempre vienen de a pares. De a dos, o de a cuatro, o de a seis... o de a diez, como en el caso de mi madre. Nosotros fuimos once hermanos para diez tetas, y ahí estuvo el problema. Y yo, para colmo, que nací con hambre. Un hambre que ni se imaginan, unas ganas de tragarme el mundo que ni les cuento. Muchas veces, cuando estoy tirado al sol rascándome la oreja, se me da por pensar en mi hambre, en por qué será que siempre ando con hambre. No se si será un defecto mío, que yo nací para siempre hambriento, o si será más bien que nunca tuve bastante comida.Y todo empezó con la teta, o mejor dicho, con la NO teta, con la teta que no estaba cuando yo, recién salido de la panza de mi madre (donde para ser sincero, había estado bastante apretujado y con la pata de mi hermana, la Manchas, siempre metida adentro de mi oreja), muerto de hambre y de soledad y de frío, con los ojos todavía cerrados, sin haber visto nada del mundo, perdido y a tientas, empecé a buscar. Y al buscar encontré. Encontré el lado de afuera de la panza, que no era tan blando ni tan tibio como el lado de adentro, pero que de todos modos resultaba atractivo y bastante interesante.Y, habiendo encontrado, empujé: me abrí sitio lo mejor que pude entre esa muchedumbre de hermanos que acababa de hacer el mismo descubrimiento que yo. Y por fin llegué. Y me ubiqué. Y abrí la boca confiado... Pero no. No y no. Para mi gran desolación ya no quedaban mas tetas.Mis hermanos y hermanas chupaban chochos d contentos, y mi madre de a ratos se quedaba echada descansando, de a ratos levantaba la cabeza, los olisqueaba y les daba unos lengüetazos largos y jugosos. la pobre no sabia contar, se ve, porque insistía en empujarme a mi también contra el montón de hijos que tenía abajo, sin darse cuenta de que yo era el número once y que, por lo tanto le sobraba un hijo o le faltaba una teta, que mas o menos viene a ser lo mismo. A mi me daba no se qué contradecirla, y me quedé nomás amontonado con los demás, en parte porque al menos ligaba algún que otro lengüetazo, que no es lo mismo que la leche pero que sus alegrías tiene, y en parte porque noté que si me quedaba cerca del Tigre, algo podía llegar a atrapar.El Tigre es mi hermano mayor, no mayor de edad porque nacimos todos el mismo día, pero mayor en todos los demás sentidos: patas, hocico, peso, cola, pelos, colmillos, fuerza... El Tigre nunca se iba a quedar sin teta, eso era seguro. Y ahí me di cuenta de que lo mejor que podía hacer era asociarme. De manera que me abrí camino como pude, me trepé con encima del Colita, corrí al Bigotes, que ya se había quedado dormido con la teta en la boca, y me ubiqué bien cerca del Tigre.El Tigre sí que estaba despierto, y chupaba. Chupaba con tanta fuerza y con tanto ruido que salían de mi madre chorros de leche tibia, tan gruesos y caudalosos que la boca no le daba abasto para tragarlos. Los dulces restos se le escurrían por el morro. Y ahí estaba yo, al lado de él, lamiéndole los pelos del morro, tratando de recoger esa delicia que él desperdiciaba, por nadar en la abundancia.Me fui alimentando de esa manera esforzada durante varios días. A la semana seguía teniendo yo unas patas frágiles y quebradizas, que apenas me sostenían el paso, pero mi ingenio, en cambio, se había robustecido mucho a fuerza de hambre, y me indicó la manera de llegar antes que nadie a las tetas colmadas de mi madre. Era un método sencillo e infalible: bastaba con que me dedicase a vigilarlas de cerca todo el tiempo.Mis hermanos habían crecido mucho, estaban cada día mas audaces, se alejaban, atacaban hojas secas, perseguían pajaritos y jugaban a la guerra. Pero yo tenía algo más importante que hacer: cumplir con mi hambre.De modo que, mientras ellos se distraían por ahí, husmeaban, escarbaban, recibían picotazos y sufrían graves accidentes tratando de perseguir comadrejas, yo me dedicaba esmeradamente a observar las tetas de mi madre. No les quitaba los ojos de encima. Y en cuanto veía que ya no le colgaban vacías y lacias sino que poco a poco empezaban a inflarse y curvarse hasta quedar por fin gordas como gotas reventonas debajo de la panza, salía disparado como bala hacia el sitio de la felicidad y ahí me prendía, sin esperar siquiera que ella se echara. A veces caminaba la pobre muchos meros conmigo ahí colgado, algo incómodo tal vez, pero contento, dueño de toda la felicidad del mundo.El éxtasis era breve, eso sí, porque no había yo tragado seis o siete chorros de leche cuando ya venían todos los demás en patota, dejando atrás las hojas, guerras y comadrejas, atraídos seguramente por ese olorcito inconfundible que nos hacía tambalear el alma. Se echaba entonces mi madre y el montón de hijos se le venía encima. Yo quedaba debajo, en el fondo, todavía prendido a mi teta, que ya me había dado mucho, aunque no lo suficiente para mi gusto, dispuesto a defenderla.Mi destino dependía entonces, de quién fuera mi contrincante. Podía mantener a raya al Bigotes, que siempre fue distraído y soñador, o al Colita, o al Batata, o a la Ñata, que nunca terminaba de acomodarse porque tenía el berretín de mamar siempre panza arriba. Pero si los que me disputaban mi bien ganada teta eran Manchas, Oso o Tigre, la batalla estaba perdida de antemano. Ni siquiera hacía falta empezar a pelear; bastaba que ellos se acercaran, con su inmensa talla de matones, llenos de músculos ya, tan decididos, para que yo me retirara discretamente de mi querida fortaleza, convencido de que cuando uno tiene mas huesos que músculos y los ojos mas grandes que las patas, lo mejor que puede hacer es ampararse en la astucia y no probar nunca el camino de la fuerza.Capítulo IIDonde describo nuestros esfuerzos por entrar al paraíso.En realidad, no puedo culpar a mis hermanos por su avidez desesperada. Sucede que en mi barrio la comida era escasa. Mi madre hacía lo posible por alimentarse bien, pero seguía siendo un manojo de huesos, tan flaca que a veces se me hace que ni proyectaba sombra.Yo mejor que nadie puedo dar cuenta de sus afanes por conseguir comida. El método de vigilancia permanente de las fuentes de la alegría que había desarrollado para lograr llegar antes que los demás al festín, me permitió ser testigo día tras día, hora tras hora, de su incansable tarea de llenar el estómago con algo contundente. No acababa de brotar la última gota de sus tetas exhaustas que ya salía ella a reponer sus energías.No le resultaba fácil la tarea. Tenía muchas virtudes mi madre, pero no la de la destreza. Nunca fue gran cazadora. Era algo corta de vista y mas bien lenta por culpa de una vieja renguera, de modo que los pajaritos se le escapaban con facilidad, casi en las narices. Los ratones también eran rápidos, y no abundaban tanto (aunque en una ocasión memorable la vi atrapar de una sola dentellada a un cuis deslumbrantemente gordo), y en cuanto a las comadrejas, mi madre sabía por experiencia que es mejor no entrar en tratos con ellas. Ranas había en abundancia, eso es verdad, al atardecer sonaban como chaparrones de campanitas debajo de los berros y los hinojos, pero seguramente le resultaban demasiado escurridizas. Por otra parte, creo que siempre le despertaron un ligero sentimiento de asco, ya que sólo en una o dos ocasiones de extrema hambruna la vi acercarse al gran charco que había cerca de la ruta, y recoger a una o dos como a desgano y sin disimular el disgusto.La gran solución era la Quinta, aunque tenía sus riesgos.En la Quinta abundaba la comida, se apilaba, se amontonaba, brotaba de todos los rincones. Había espléndidos tachos de basura, mesas tendidas, provisiones que caían de las bolsas como gloria del cielo, ristras de chorizos, tiras de asado, huesos en los que habían quedado pegados maravillosos cueritos, grasitas crocantes, fibras jugosas. La Quinta era el paraíso, pero ya se sabe que al paraíso no es tan fácil acercarse.No sólo nosotros sino todos los demás perros de los alrededores sabíamos que para conseguir comida de la quinta, había sólo dos caminos: La caridad o el robo. Mi madre, que como dije antes no era demasiado audaz ni demasiado diestra, solía obtener mejores resultados con la caridad, pero varios de mis hermanos y muchos vecinos desarrollaron, como ya tendré ocasión de contarles luego, admirables técnicas de robo.No se puede decir que fuera hermosísima mi madre, pero linda sí era. Clarita, de pelo suave, erguida, con esos ojos oscuros enormes y de mirar tan dulce. Siempre mansa, además (a mi modo de pensar, hasta demasiado), de buen carácter, acostumbrada a soportar exigencias de sus cachorros después, en la época de la crianza. En la Quinta ya la conocían, la llamaban La Buena. Para Buena siempre había algún hueso y hasta un buen trozo de falda completo, hígados de pollo, chicharrones y a veces papas fritas, que mi madre nunca rechazó, un poco por educada y otro poco porque se sabe, que cuando hay hambre no hay pan duro.Yo que, fiel a mi teta nunca me separaba de mi madre ni a sol ni a sombra, asistí en mas de una oportunidad a esas generosas meriendas. Los humanos me resultaban apasionantes en esos tiempos. No sólo los observaba con atención y cuidaba de atrapar con mis orejas todas sus palabras (cosa que jamás he dejado de hacer) , sino que además depositaba en ellos una fe y una confianza que hoy, a la distancia, no puedo sino considerar ingenuas.Sin embargo, hay que reconocer que el amor a la Buena se terminaba de repente en la Quinta si ella llegaba con todos sus cachorros a cuestas o acompañada por otros vecinos y compadres de la zona, que sabiendo de sus excelentes migas con los dueños de la comida, se le pegaban como sanguijuelas en cuanto ella enfilaba hacia el gran portón de madera. Cuando en lugar de una perrita buena, mansa y amieldada llegaban quince o veinte perros hambrientos, los de la Quina dejaban de sonreír, agitaban los brazos en el aire, gruñían, ladraban "fuera perros" como desaforados y juntaban piedras para hacer puntería en nuestros lomos. Y no sólo eso: en algunos casos, cuando los más remisos se negaban a abandonar el terreno, soltaban a las Bestias.Las Bestias merecen un párrafo aparte. Eran dos, macho y hembra. Altos, negros, musculosos. Con collares gruesos llenos de púas alrededor del cuello. Me cuesta aceptar que pertenecieran a mi propia especie. Nunca entendí por qué nos odiaban tanto. Pero nos odiaban, eso seguro. No se limitaban a corrernos, a gruñirnos y a ladrarnos con furia, sino que cuando lograban atrapar a alguno de nosotros, como le pasó al pobre Bigotes un día, nos mordían sin piedad y nos dejaban aullando y sangrando junto al cerco. Rara vez avanzaban sobre el camino. Se quedaban un rato largo junto al portón, matoneándose y mostrándonos sus dientes blancos y largos, y después se daban media vuelta y volvían hacia la casa, marcando orgullosamente cuanto árbol encontraran en el camino.Supongo que ése era su trabajo, el contrato que habían conseguido. Trabajo de Bestias. Sus ventajas tendrá, porque parecían bien alimentados y tenían los dientes blancos y el pelaje lustroso. Aunque no todo era rosas: Estaban casi siempre encadenados a una gran argolla de hierro que habían clavado con una estaca en el suelo, y tenían los ojos sombríos y opacos. De todos nosotros, el único que al menos en una oportunidad, logró dejarles el recuerdo de una dentellada en el pescuezo, fue el Tigre. Fue su último acto de rebeldía, todo el barrio le celebró la hazaña.Las relaciones con la Quinta empeoraron mucho después del primer robo, mi madre ya ni siquiera se atrevía a aparecer mendigando por los alrededores del portón. Obra de Manchas, que siempre fue la más rápida y la más decidida: les robó todo un pollo. También ella, como el Tigre, ganó popularidad en el barrio con la hazaña.En mi familia adoramos el pollo. El pollo o el pájaro. Vivo o muerto, crudo o cocido, con o sin plumas, gallina, gorrión, cotorra... no somos quisquillosos al respecto. Mi padre, según oí decir en una oportunidad al puestero, era el terror de las urracas que anidaban en el ombú del fondo. Digo esto para que se entienda bien lo que pudo llegar a sentir mi hermana cuando pasó por el campo de trigo que da a los fondos de la Quinta, tratando de evitar el cerco por si las Bestias andaban sueltas, y de pronto sintió el inconfundible aroma de un pollo gordo, inmenso, que empezaba a entibiarse encima de la parrilla. Uno huele esas primeras gotas de grasa estallando contra las brasas, ese chamusque de la piel donde tal vez haya quedado prendido el canuto de alguna pluma, y uno siente que el estómago le da un vuelco, que algo irresistible, poderoso, lo impulsa a acercarse de un salto al sitio de donde mana el aroma y apropiarse de él, a metérselo en el cuerpo cuanto antes, casi sin masticarlo.Eso fue precisamente lo que hizo la Manchas. Le sirvieron su extraordinaria agilidad y su sigilo. La Manchas nació para ladrona: elástica, silenciosa, veloz. Se arrimó al cerco sin mover siquiera una brizna, sin hacer temblar ni una hebra del penacho de cardos, se metió por un hueco del alambrado, y de un sólo salto, desafiando los carbones encendidos y el espantoso calor que desprendía todo ese sitio, hizo pié arriesgando su vida, en la roldana donde se enrosca la cadena que hace subir y bajar la parrilla, y atrapó su pollo.Cuando uno de los habitantes de la Quinta alcanzó a verla, ya estaba ella de nuevo en el campo de trigo, corriendo a toda velocidad, con las mandíbulas bien apretadas y arrastrando su botín por el suelo. Soltaron a las Bestias de inmediato, pero manchas ya estaba muy lejos de su terreno, y no lograron seguirle el rastro.Para decir verdad, no fue mucho lo que disfruté de ese pollo legendario, como se podrán ustedes imaginar. Después de que se hartaron Manchas, Oso y Tigre, de que recogieron tendones y pellejos aprovechables el Batata, Colita y Blanca, y de que mi madre, el Coco, Uñas y la Nata se ocuparan de triturar el resto de los huesos, a Bigotes y a mí no nos quedaron del banquete más que dos astillas, que mas que comer estuvimos olisqueando las y adorando un largo rato, tratando de sacar el mejor provecho posible de ellas, porque si bien eran incapaces de aliviarnos el hambre, bien podían servir para alimentarnos el espíritu y para saciarnos el orgullo, que teníamos casi siempre bastante maltrecho.El de Manchas fue el primero de una serie de robos de los que no fueron protagonistas los miembros de mi familia, sino otros compañeros del vecindario, que empeoraron considerablemente la situación y desembocaron en la ruptura total de las relaciones amistosas con la Quinta.Al terror de las Bestias se agregó por ese entonces el terror del Chumbo, un rifle de aire comprimido que hizo sus estragos y que a mí me dejó el recuerdo de esta cola rabona que tengo y que a algunos les despierta risa.En pocas palabras, que el paraíso se nos cerró de un portazo y nos quedamos del lado de afuera de la abundancia, condenados a entretener como mejor pudiéramos el hambre. Y fue precisamente en medio de esa época de dieta rigurosa que algunos de nosotros empezamos a conseguir empleo.Capítulo IIIDonde cuento cómo me convertí en mascota y lo complicado que resulta durar en ese empleo.A un perro lo que le conviene es tratar de conseguir trabajo cuanto antes; nadie ignora que los mejores empleos son los que se consiguen de cachorro. Un cachorro, sobre todo si es un poco gordito, medio torpe, juguetón y peludo, puede muy bien emplearse como mascota. Si dura el empleo y sobrevive a los primeros tiempos, que son, como ya tendré oportunidad de explicarles, extremadamente difíciles, puede acceder al puesto de mascota permanente y tener de ese modo su vida asegurada. Con eso quiero decir que va a tener comida (a veces más, a veces menos, pero en general siempre suficiente), que va a conseguir el modo de evitar mojarse demasiado cuando llueve, que en invierno es muy probable que consiga un buen fuego junto al cual entibiarse y que siempre, o casi siempre, va a haber alguien dispuesto a hablarle y a darle palmadas en el lomo.Pero llegar a mascota permanente no es moco de pavo. Primero hay que pasar por el duro período de aspirante a mascota.El primero de nosotros que consiguió contrato fue la Ñata, como era de imaginar. En primer lugar porque es muy linda, y en segundo lugar porque es muy cariñosa, tan cariñosa y buscadora de mimos que alguna vez llegué a pensar que había habido engaño y que nos habían metido gata por perra. Se la llevaron unos que habían acampado el fin de semana cerca del río. Nunca volvimos a saber de ella, de modo que su experiencia como aspirante a mascota es para todos nosotros un verdadero misterio.En cambio, pudimos ser testigos de lo que le sucedió al Tigre y sacar nuestras propias conclusiones.Al Tigre se lo llevaron los chicos del puesto de la chacra, y en un primer momento creímos que lo querían de mascota. Era fuerte y musculoso, y creo que les gustó que tuviese esas rayas negras alrededor de la cara que lo hacían parecer feroz y decidido. Dejé de verlo por algunos días, pero una mañana anduve persiguiendo a un chingolo de lo más escurridizo, que me obligó a meterme en el medio de la plantación de tomates, y ahí lo vi a mi hermano. Estaba tendido junto a la casa, con el morro entre las patas. No parecía muy contento, aunque tenía un buen hueso al lado y un buen plato con agua fresca. Cuando se puso de pié, moviendo la cola porque me reconoció enseguida, le vi la soga en el cuello; una soga no demasiado incómoda, supongo, y bastante larga, que iba hasta la bomba de agua. En cuanto se la vi me di cuenta: al Tigre no lo querían como mascota, lo estaban entrenando como Bestia.El Tigre me había parecido un feliz, un dichoso, un elegido, pero esta vez no le envidié la suerte; el de Bestia siempre me pareció un contrato detestable. De modo que se podía decir que para mi fue una ventaja ser petiso, enclenque, rabón y bigotudo; a nadie que estuviera en su sano juicio se le podría ocurrir ponerme a trabajar como Bestia. En cambio, podía llegar a tener algún futuro como mascota: siempre di un poco de risa.Jamás olvidaré el día que me eligieron, que fue también el día en que estuvieron a punto de no elegirme.Ahí estaban las tres, muy enruladas y muy indecisas. Yo las veía mirarme y mirar a mi hermano Coco, que es muy gracioso porque tiene el cuerpo clarito como mi madre, pero la cabeza completamente negra, y después mirarme de nuevo a mí y comentar algo, y señalar mis orejas, que sé muy bien que son mi mayor atractivo, y mi cola, rabona para siempre por culpa de un balín. Dudaban.También yo tenía mis dudas, en realidad: a esa altura no estaba seguro de si querían o no querían contratarme como mascota. Por otro lado pensaba que iba a extrañar algunos olores (para empezar el de mi madre, aunque hacía ya más de un mes que no mamaba de ella, pero también el del verdín del charco, el de las hojas podridas en el berro), y por otro pensaba en lo esforzada que iba a ser mi vida como perro libre en esos pajares, donde cada vez había menos cuises y menos urracas, y cada vez mas chumbos ardientes y Bestias.Por fin tomé mi decisión y las ayudé a ellas a tomar la suya: las miré fijo con mis grandes ojos redondos, ladeé la cabeza y lancé un gemidito, un gemidito tímido, de esos que siempre me habían resultado eficaces en mis primeras semanas de vida cuando acompañaba a mi madre en sus campañas para recolectar fondos, en la época en que todavía era posible ir a mendigarles algo a los dueños de la Quinta. Surtió efecto de inmediato. Las dos enruladitas chicas se lanzaron sobre mí diciendo que me querían a mí y nadie más que a mí, que yo y sólo yo era el elegido. La enrulada mayor estuvo de acuerdo. Lo miré al Coco de reojo: acababa de obtener el puesto de aspirante a mascota.Sin embargo, antes tuve que pasar por una inspección bastante humillante: el sexo. La enrulada mayor insistió en que había que asegurarse de que yo fuese macho y no hembra, porque no quería que se le llenase la casa de cachorros, dijo. Una de las enruladitas me alzó, me dio vuelta en el aire, me miró con toda atención, hizo una mueca y luego me entregó a la mayor diciendo: - No sé, ma, es demasiado chico, no me doy cuenta...Esas palabras, que supongo que divirtieron bastante a mi hermano Coco (el pobre había quedado ahí un poco arrinconado, molesto por ser descartado con tanto entusiasmo), fueron para mí un verdadero anuncio. De inmediato comprendí cual era la regla número uno que debía observar cualquier aspirante a mascota: tolerar humillaciones. Mi sexo era perfectamente evidente para cualquiera que no fuera un ignorante, jamás nadie tuvo la menor duda al respecto, pero ahí estaba yo, manso, esperando que la enrulada mayor dictaminase después de observarme con mucha atención: - Si, está bien, es machito.Y me llevaron con ellas.Guardo de esa primera experiencia unos cuantos recuerdos imborrables. En pocas horas aprendí algunas cuestiones fundamentales acerca de los humanos. Por ejemplo, la tremenda importancia que le dan a los nombres. Tenían que decidir cómo me iban a llamar y eso les llevó un día completo de peleas, discusiones y ensayos. Para mi familia yo siempre fui el Orejas; nadie imaginó que hiciera falta pensar en ninguna otra posibilidad. Pero en mi primera tarde como aspirante a mascota fui alternativamente Kuki, Humberto, Rito, Tomás, Morrongo (que el cielo me perdone!), José, Lulú, Poroto, Motita, Vladimir y Taxi (supongo porque soy todo negro y con las orejas amarillas, según oí decir). Y créanme que ya había caído la noche cuando se decidieron por Toto. No me gustó demasiado, pero a esa altura del día ya me sentía verdaderamente fatigado de haber atravesado tantas personalidades sorprendentes y agradecido de que por fin se hubieran detenido en una.Mi vida como Toto no fue fácil.Para empezar las tres enruladas vivían en un departamento. ¿Alguna vez intentaros escarbar un pocito en las baldosas para obtener una siesta verdaderamente fresca? ¿O rascarse el lomo en una colcha donde las hojas y ramas están dibujadas? ¿Levantar la pata junto a un árbol que resulta ser una mesa? ¿O entusiasmarse con un pajarito cantarín, pequeñito pero seguramente sabroso y tierno, que lo provoca a uno irrespetuosamente desde detrás de unos barrotes por los que uno ni siquiera puede pasar la punta del morro? ¿Saben lo que les espera si acaso se les ocurre ensayar los dientes nuevos con un zapato jugosito, o jugar a la guerra con el borde de una cortina? ¿Imaginan siquiera lo que se siente cuando la carrera más larga que uno puede hacer es la que va del baño a la cocina por el pasillo, en total dos metros con ochenta centímetros? ¿Las torturas que uno puede llegar a experimentar cuando la enrulada y las enruladitas se olvidan de dejar un tacho con agua y uno deambula la tarde entera con la lengua afuera hasta dar, por casualidad, con un bienhechor inodoro? ¡Para no hablar de lo ridículo que se siente uno cuando lo pasean en un cochecito vestid con un camisón viejo y con un moño en la oreja!Porque las enruladitas no descansaban nunca, eran nenas llenas de ideas, con imaginaciones robustas: tormentosa navegación en la bañadera encima de una pizzera; carrera en patineta por el pasillo; breve estadía en el cajón de los cubiertos y hasta un intento, frustrado por la enrulada mayor, gracias al cielo, de centrifugarme en el lavarropas. Claro está que también había compensaciones: orejas muy bien rascadas, espléndidas batallas con trapitos, inolvidables besos en el morro, comida abundante, dulces entregados a escondidas y el permiso, casi siempre, de dormir enroscado sobre un colchón blandito.Creo que a la larga habría terminado por acostumbrarme a mi destino de mascota, y estaba ya convencido de que mi paciencia era suficiente para permitirme atravesar la difícil etapa de aspirante, y acceder definitivamente a la de mascota oficial, cuando sucedió el percance.Para ese entonces yo ya llevaba acumulados algunos puntos en contra: me había masticado dos zapatos (para colmo de pares diferentes), un guante y siete flecos de colcha; había hecho ciento veintidós pises en la alfombra y dos cacas en el sofá del living; había arrancado a tirones una cortina, vaciado diecisiete veces el tacho de basura y ahorcado cuatro muñecas, sin contar las dos ocasiones en que, recordando la inolvidable hazaña de mi hermana Manchas, había atrapado dos bifes a punto encima de la plancha.Había recibido muchos retos, pero después había llegado el perdón, como es debido. Lamentablemente, el percance fue ora cosa. Por alguna razón que no yo alcanzo a entender, el percance fue algo imperdonable. Sin embargo no hubo muertos, ni heridos, ni nadie salió lastimado; sencillamente me comí dos mil cuatrocientos cincuenta y cinco dólares, según oí decir. Eso fue todo.No los comí del todo en realidad, aunque admito que los mordisqueé a fondo, y hasta creo que intenté tragarlos. Pero eso fue culpa de la enrulada mayor. Culpa de ella por tener esas ideas. Es cierto que tal vez a ningún ladrón se le ocurriría ir a buscar la plata dentro de la heladera, pero ¡Guardar los ahorros en un sobre al lado del jamón crudo tampoco parece ser una idea muy sensata!Fueron los dólares más fragantes de mi vida. Cuando quedaron ahí, encima de la mesada de la cocina, descuidados por algunos minutos, oliendo a sabrosura, no medí las consecuencias. Desgraciadamente, el sabor de ninguna manera estaba a la altura de lo que prometía el perfume: me resultaron resecos, insulsos y pastosos, hubo varios que dejé casi a la mitad, y dos que ni siquiera toqué. Pero nadie parece haber notado ese detalle. Cuando la enrulada mayor volvió a la cocina, seguramente dispuesta a devolver sus dólares a las regiones frías, y me vio rodeado de restos de papelitos verdes, con el retrato de un señor tipo caniche asomándose desde la comisura izquierda de mi boca, primero ladró tanto pero tanto que no tuve más remedio que aplastarme contra el piso tapándome las orejas, y después, extrañamente, se puso a gemir y a aullar y lo salían riachos de los ojos. Ahí me di cuenta de que el percance no era cualquier cosa.La enrulada mayor se negó a seguir viviendo conmigo. Claro que, como las enruladitas se negaban a seguir viviendo sin mí, hubo que pensar en una solución intermedia: me iba a ir a casa de la tía Dora, que vivía muy cerca y que, para alegría de todos, era loca por los perros.Capítulo IVDonde, gracias a los desvelos de la tía Dora, vivo las experiencias alucinantes del portaorejas y el rabo mecánico.Efectivamente, la tía Dora era loca por los perros. También era loca, como pude muy bien comprobar a los pocos días de cohabitar con ella.Además de mí había en su casa otros dos perros: una caniche blanca, mas bien seductora, debo reconocer, pero antipática y pedante, y un pequinés chillón, desagradablemente diminuto, que nunca llevaba menos de siete hebillas de diferentes colores en el pelo. Dora los adoraba. Con eso quiero decir que se pasaba el día peinándolos, bañándolos, perfumándolos, lustrándoles las uñas, recortándoles los bigotes desparejos, y hasta cepillándoles los dientes (lo que considero una verdadera exageración). Tenían cada uno su cucha acolchada; la caniche usaba manta escocesa y el pequinés, frazada a lunares. Para llevarlos a pasear tenía unas correas increíbles, de seda o de terciopelo, según fuese verano o invierno, aunque en realidad la mayor parte de las veces los llevaba alzados, para evitarles todo tipo de peligros, de esos que acontecen en la calle.Creo que me aceptó de puro bondadosa, porque noté que en cuanto me echó una ojeada, no estaba pasando con buenas notas el examen.-¿Cómo se llama? - Preguntó mientras me daba, sin mucho entusiasmo, palmaditas en la cabeza.-Toto, tía - Dijeron las dos enruladitas al mismo tiempo, orgullosas del nombre que me habían sabido conseguir.La tía Dora puso cara de San bernardo, gimió suavecito y dijo: -Lo voy a llamar Lord.Acepté sin chistar, por supuesto, por esa cuestión de que los nombres son para los humanos asuntos de suma importancia, pero confieso que quedé un poco preocupado por el progresivo y drástico achicamiento de mi persona: de Orejas a Toto, y de Toto a Lord... Me pregunté si mi próximo dueño me iba a llamar con un estornudo.Acto seguido la tía Dora nos dejó a todos boquiabiertos con sus admirables conocimientos en materias de razas, cruzas y pelajes. Me enteré de repente de que mis patas eran demasiado cortas para que se me pudiese tomar por Bretón, pero demasiado largas para pasar por Cocker; que mis bigotes podían acercarme a un terrier pero que mis orejas, en cambio, me alejaban definitivamente de esa variedad y en cambio me arrimaban un poco al Basset, con los que, sin embargo, jamás podría confundirme por razones tales como mi talla, mis mejillas, mis patas, mi morro e irremediablemente mi rabo. Descartamos desde el vamos a los Dálmatas, Galgos, Collies, Boxers y Ovejeros, porque mi presencia era demasiado modesta para aspirar a esas grandezas, y las miradas de desprecio que me echaron la caniche y el pequinés, dueños de la casa, me dieron a entender que era mejor no osarse a hacerme pasar por pariente de ellos.- En fin, ya se verá lo que se puede hacer- suspiró Dora.Y me recibió definitivamente de manos de las enruladitas, prometiéndoles que podían venir a visitarme todos los días. Ahí empezó mi segunda y última etapa como aspirante a mascota.Al principio me felicité por el cambio. La tía Dora le ofrecía a uno la vida regalada, con mantitas, comida sabrosa y muy nutritiva, largas siestas y paseos por el barrio, y jamás le imponía a uno cruceros en pizzeras ni riesgosas carreras en patineta. Por otra parte, tenía un jardín diminuto, donde al menos una vez me di el gusto de hacer un par de pozos húmedos y blandos que me trajeron viejos recuerdos, y nunca, ni por casualidad, le hacía falta a uno el agua. Digo más: había diseminadas por la casa no menos de veinte vasijitas de diferentes colores, porque la tía Dora opinaba que a uno lo puede sorprender la sed en cualquier momento. Conocí delicias increíbles: acelgas a la crema, pollo al horno con papas, espárragos con salsa de hongos, arroz con azafrán y albahaca... Y aunque jamás logré acostumbrarme a los incómodos escarpines de lana que insistía en calzarnos en cuanto refrescaba un poco, no puedo negar que disfrutaba bastante cuando durante la siesta me cubría el lomo con una tibia manta. Para un perro como yo, nacido en los suburbios de los suburbios, casi en el campo, acostumbrado a la vida agreste, a los alambres de púas, a los chumbos y al hambre, la vida en casa de tía Dora pareció, al comienzo, un paraíso.Pero no. ya dije que es duro llegar a mascota. La tía Dora estaba orgullosa de sus perros, y ese orgullo fue mi perdición. Le gustaba verlos bien, espléndidos e irreprochables. Y así como peinaba, perfumaba y recortaba al caniche y al pequinés, tuvo la fantasiosa idea de convertirme a mí en un perro presentable. Me temo que era una empresa imposible.Empezó por llevarme al peluquero. Desconozco otras experiencias, porque me he cuidado muy bien de no volver a acercarme nunca más a una peluquería, y no se si los humanos pasarán por las mismas torturas que los perros cuando deciden cortarse el pelo. Quiero decir que, por ejemplo, ignoro si también a ellos los atarán de pies y manos, les pondrán bozales, los arrojarán sobre una camilla fría y resbalosa y les inyectarán por fin una potente anestesia.No me extrañaría nada que los sometieran a un tratamiento semejante, porque es verdaderamente insultante y doloroso que a uno le corten el pelo. El pelo propio. El que hace años y años que lo viene acompañando a uno día y noche, desde la infancia, desde los primeros días. Ese pelito de un que ha ido acumulando pelusas, abrojos, olores, y alegres y entrañables pulguitas con las que uno batalla sin cesar pero que también son las que hacen más divertida la vida. Opino que cortarse el pelo es doloroso, injusto, y malo para la salud. Y tiene graves consecuencias, porque uno queda ahí hecho una piltrafa, primero dormido como un almohadón, y después atontado, enclenque, incapaz de usar sus propias patas para caminar, viendo el mundo borroso y sintiendo además de un desamparo, soledad y frío, que ni les cuento.Dora optó por un corte al ras, aunque debo reconocer que me perdonó los bigotes, probablemente con la esperanza de que cuando mi pelos volviese a crecer, en lugar de crespo, apelmazado, desteñido y desparejo, iba a surgir sedoso, lacio y espléndido como el de un Setter, dijo.A las enruladitas les costó mucho reconocerme y me parece que miraron con cierto reproche a la tía, cuando notaron que diecisiete horas después de la anestesia yo seguía tambaleándome, como el Pulgas, que por estar siempre cerca del bar de la estación lamiendo el piso vivía mareado.Lo de la peluquería fue terrible, aunque vaya y pase. Pero lo que me resultó verdaderamente intolerable fue el asunto del portaorejas y el rabo mecánico.Sin embargo, me parece que no corresponde echarle toda la culpa de mis desdichas a la tía Dora; también tuvo su parte de responsabilidad el veterinario, que haciendo honor a una clienta de la talla de Dora, no acababa de importar adminículos inverosímiles y exhibirlos en su odiosa vidriera.El portaorejas (incomodísimo y atroz) servía para mantener erguidas mis dos lánguidas, largas y cómodas orejas, excelentes para espantar moscas, con las que yo estaba perfectamente encariñado. Se ataba con una correa por detrás de la cabeza, y quedaba disimulado (para colmo de males) con una especie de gorro que había tejido la tía Dora con todo esmero y que, según pude comprobar de inmediato, multiplicaba por tres como mínimo, las risas que yo despertaba en el vecindario. Gracias a ese invento mis orejas quedaban irremediablemente separadas de mi cabeza, formando una curva absurda que más bien las asemejaba a un par de alas. Dora opinaba que me daba un aire exótico y mucho más elegante.Pero su gran preocupación era mi rabito, diminuto, casi un botón, una nada. Consideraba que un buen rabo suntuoso podía aportar mucho a mi presencia. La solución llegó cuando el inoportuno veterinario sacó su catálogo de novedades y le habló del famoso rabo mecánico. El trámite llevó unos cuantos días; hubo que estudiar folletos, llenar un formulario de pedido, y por fin encargar el modelo definitivo.¡Qué invento abominable! Me metieron el rabo (el propio, el verdadero) dentro de una especie de rosca, que fueron apretando hasta límites insoportables, y luego enroscaron a manera de tuerca el rabo mecánico. Era largo, pesado y molesto, nada que ver con mi rabo original, cuando aún existía. Oí como el odioso veterinario le decía a la tía Dora, con ojos de Dogo y sonrisa complaciente: -Que lo use media hora hoy, y dos horas mañana. Se tiene que ir acostumbrando de a poco.Nunca me acostumbré. Bastaba que Dora me enroscara ese rabo intruso para que yo me jurara tristeza permanente, no volver a mover la cola nunca jamás el resto de mi vida.Do paseos soporté por el barrio, con portaorejas y rabo mecánico... al tercero me escapé.Capítulo VDonde regreso a la libertad y recupero mis tratos con el hambre.Hay una cuestión acerca de la cual nunca nos hemos puesto de acuerdo con los humanos; ellos insisten con que libertad es una idea, y nosotros estamos convencidos de que libertad es sobre todo un olor. Se trata de una diferencia muy antigua y no creo que tenga sentido echarla a rodar de nuevo, de manera que me voy a limitar a dejar bien en claro que, en esta que es MI novela, la libertad es un olor. O el recuerdo de un olor, que se vuelve penetrante como un olor verdadero, cuando uno se ve obligado a sentir otros olores que son los olores del cautiverio. Por ejemplo, el olor del perfume con que la tía Dora insistía en perfumarme los bigotes. O el olor de la pasta con la que me cepillaba los dientes (y de paso me clavaba la punta del cepillo en las encías). O el olor del filo del alicate, que sentía con toda nitidez mientras uno tenía que hacer cola con un pequinés antipático y una caniche vanidosa esperando que le cortasen las uñas. O el inolvidable olor a cuero de las odiosas correas de un intolerable portaorejas.Los olores del cautiverio me obligaban a recordar el olor de la libertad. Pero no estoy seguro de que hubiesen bastado para impulsarme a la acción. El impulso definitivo, el salto mortal, la decisión irreparable fue algo que sólo pudo suceder cuando me llegó, flotando en el aire una tarde que había sido de lluvia, el inconfundible, el profundo, el exquisito olor a las hojas podridas mezcladas con el berro.Todo sucedió de manera tan rápida y tan brusca que los recuerdos se me confunden. Y digo esto para que no me acusen de narrador desprolijo si el relato de estos acontecimientos tan decisivos para mi vida resulta más desenhebrado que entero.Íbamos los cuatro por la calle, de eso sí me acuerdo: el pequinés y la caniche a upa, como siempre uno debajo de cada brazo, y yo, prendido por medio de una cinta de seda tornasolada al cinturón del vestido floreado de Dora. Solíamos pasear así por el barrio. La tía Dora opinaba que formábamos los cuatro una figura digna e imponente. Por mi parte, siempre tuve algunas dudas al respecto: las sonrisas y hasta las carcajadas que despertábamos al pasar me hacían suponer que tal vez no fuese tan aristocrático nuestro aspecto.La cuestión es que íbamos los cuatro: la tía Dora con la mirada en alto, sin poder ocultar el orgullo por sus irreprochables mascotas; yo, arrastrando como mejor podía mi odioso rabo y soportando con desagrado las ráfagas de aire fresco que se me colaban descaradamente en las zonas más íntimas de mis orejas, y el pequinés y la caniche, echándome cada tanto algún gruñidito despectivo desde lo alto de sus miradores, cuando de pronto me llegó el olor, inconfundible, penetrante, entre dulzón y picante, de las hojas podridas cuando se mezclan con el frescor del berro.Pegué el tirón. Sin pensar, mucho antes de pensar, ese tirón ya estaba resuelto. Y lo demás (y ahí se me desordena todo) fue sólo vértigo y carrera. Me acuerdo de algunos gritos, de tres o cuatro manos alzadas vistas de refilón y que tal vez me señalaban, de la tía Dora, a lo lejos ya, chiquita, floreada, pegando saltos en el suelo, y de los ladridos chillones de los que, a medida que yo corría y me alejaba, podía ir llamando cada vez más "ex compañeros". Pero más me acuerdo del ronroneo fiel, constante, de la cinta de seda, con el cinturón blanco de la tía Dora atado a la pinta, que se arrastraba a mi lado raspando el asfalto y sacándole chispas con la hebilla. Y de mi hocico, buscando el olor mientras corría, un olor que de a ratos perdía y de a ratos atrapaba.No pensaba. Mientras corría no pensaba; sentía un ensanchamiento, eso sí. Sentía que el nombre me iba creciendo, que de Lord volvía a ser Toto, y después, enseguida, Orejas. Pero, salvo de ese ensanchamiento, no era consciente de nada, de nada más que del olor que me había saltado adentro. Corría, Corrí sin parar por el terraplén, pegado a las vías, y cuando por fin me detuve, jadeante, junto a una caseta que pareció un buen reparo, para recuperar el aliento, tampoco pensé. No tuve más preocupación que la de frotarme la cabeza contra los yuyos hasta desprender por fin el maldito portaorejas, que salió con él arrastrando la cinta tornasolada con el cinturón en la punta. Y el resto del día, hasta bien entrada la noche, lo pasé en el intento, infructuoso lamentablemente, de deshacerme del terrible rabo mecánico, que era mi única desazón esa noche de gloria.Me senté en la oscuridad a mirar el mundo. Sacudí la cabeza con fuerza; cayó un abrojo. Lo olí, lo hice rodar con la pata. Recordé mi pata entonces. Me mordisqueé el callo hasta desprender una espina. Me agaché, hundí la cabeza ente las patas, la apoyé contra el suelo, sentí el olor de la lluvia que había caído esa mañana. Me eché de costado, abrí las narices, inflé el cuerpo con aire, estiré las uñas desperezándome.A lo lejos, no tan lejos, las campanillas de las ranas; bichos de luz encendiéndose y apagándose delante de mi ojo; mi ojo, que de a ratos se abría y de a ratos se cerraba; un mosquito para apartar, feliz, para apartar con un sacudón de mis largas, lánguidas y recuperadas orejas; una chicharra larga; el sobresalto de un tren y después otra vez el silencio, las ranas, el maravilloso recuerdo del olor en el hocico. Y de pronto allá, en lo más hondo del cuerpo, en las tripas de las tripas, siento el punzón: era mi hambre, otra vez, que me llamaba.Capítulo VIDonde me entero de que no soy el único hambriento y encuentro compañero.En eso estaba, entre la libertad y el hambre, cuando noté que algunas briznas se movían, aunque no fuera yo el que las moviera, que alguien, que no era yo, jadeaba... en fin, no estaba solo en mi terreno.Era el Huesos, y me llevó un rato darme cuenta de que también era perro. En mi vida de cachorro conocí muchos perros flacos. Mi madre, sin ir más lejos, era escuálida, ya les dije, puro esqueleto, y había entre los pedigüeños de la quinta cierto perro gris de orejas finas, tan pero tan flaco que un día de sudestada se nos fue volando a otro pueblo. Pero ninguno tan flaco como el Huesos.Era tan flaco que casi era sólo un ruido: el que hacía su esqueleto cuando corría. Eso fue lo primero que noté después del asunto de las briznas y el jadeo: el ruidito hueco, simpático, rítmico, cloqueante, de los huesitos chocándose unos con otros dentro de su cuerpo.El ruido se acercó hasta la planta de hinojo debajo de la cual estaba yo escarbando esforzadamente desde hacía un buen rato, con la esperanza de descubrir algún nido de culebras, y detrás del ruido, a las cansadas, llegaron dos ojos, bastante grandes, oscuros, que parecían flotar solos en el aire, sin cara. Aunque, mirándolos mejor, uno se daba cuenta de que cara tenían los pobres ojos, sólo que era tan pero tan fina que parecía un papel de perfil, un cuchillo de punta. Menos mal que las dos orejas, un poco arrugadas pero voladoras como mariposas, me ayudaron a terminar de armar el acertijo y encontrar por fin la cabeza.El ruido con ojos se dio vuelta entonces, y ahí resolví que podía muy bien calificarlo como congénere y compañero, alguien de mi propia especie: perro, de raza tan desconocida como la mía probablemente, pero seguramente muchísimo más exótica, puesto que sus patas flameaban como hebras de lana al viento, y sus costillas eran tan espléndidas y tan bien alineadas que merecían el empleo de rastrillo.Nos olisqueamos a fondo, según nuestra tradición, y les confieso que quedé desconcertado. Ni aún esforzando mi hocico hasta sus límites y poniendo en juego todas mis destrezas olfativas pude detectar algún rastro de comida en el escaso pellejo de mi nuevo amigo. Ni un resto de carne, ni un recuerdo de grasa, ni una mota de cuerito, ni siquiera una miga de pan o una gota de vino o leche. Nada, ni un olorcito. Limpio como el agua estaba el pobre. Me pregunté cuándo habría tenido lugar su última cena, porque viéndolo era de suponer que no había comido nada durante los últimos 30 días.Él, por su parte, que también tenía hocico, aunque casi invisible de finito, me olió concienzudamente todo el cuerpo, deteniéndose con deleite en algún resto de acelgas a la crema (mi almuerzo el día de la huída), una miga de tostada con manteca, una salpicadura de alimento balanceado remojado, una untadita de mermelada... en fin, los resabios de mi vida regalada, que yo, por loco afán de libertad, por perseguir ciertos olores y escapar de ciertas torturas, había abandonado de buenas a primeras.El Huesos me despertaba cierta simpatía, pero reconozco que estuve dudando un poco en si hacerlo o no mi compañero. Por un lado, sentía que un compañero con hambre me convenía, porque es mucho más probable que encuentre comida un hambriento que uno harto y saciado. Pero, por otro lado, no podía menos que desconfiar de las habilidades del Huesos: alguien que se nota que hace tanto pero tanto que no come, no da la impresión de estar demasiado bien dotado para conseguir comida.Fue un acontecimiento impensado el que me decidió por fin a recibirlo con el rabo feliz y a proponerle una sociedad conveniente. Una lata oxidada, que estaba tirada por ahí cerca, tembló, y detrás de la lata, asomó el morrito un ratón gris, bastante gordo. El Huesos y yo lo vimos, los dos al mismo tiempo, y lo asombroso fue que improvisamos de inmediato una excelente cacería con sincronización perfecta, como si hubiésemos sido viejos cómplices de aventuras.Para mi gran asombro, el Huesos se puso a bailar. Quiero decir que inició de inmediato una serie de enloquecidas carreras en redondo, que culminaban luego en dos o tres saltitos ridículos, un par de sacudidas generales y una feroz rascada de orejas. El efecto fue el de un coclear de huesos muy musical, muy rítmico y asombrosamente sonoro y persistente.En cuanto pude recuperarme de mi propia sorpresa noté, con gran satisfacción, que más sorprendido aún estaba el ratón, hipnotizado casi, con los ojos clavados en el sitio de donde provenía esa música extraña, sumido en el más completo desconcierto. Desconcierto que debo confesar que aproveché para saltar sin demora sobre él y convertirlo instantáneamente en merienda, cena, almuerzo y desayuno.Compartimos solidariamente el botín con el Huesos, puesto que solidariamente nos lo habíamos ganado, y, si bien no puedo decir que nos haya sobrado la comida, al menos quedamos en paz con nuestra hambre por un rato. Yo quedé en paz, en realidad, porque creo que el Huesos sufría de un hambre crónica: estaba tan poco acostumbrado a comer que, al rato de terminar, ya se había olvidado de lo que era la comida. Supongo que el pobre ni siquiera recordaba la ruta que tenía que hacerle seguir dentro del cuerpo y me temo que, sin la ayuda de un buen mapa, habría sido incapaz de recordar dónde quedaba la salida.Para coronar este pacto de amistad, el Huesos me ayudó a desprender el rabo mecánico a fuerza de mordiscones, y si bien tuve que seguir soportando la rosca durante un tiempo más, hasta que se oxidó y quebró de puro vieja, sentí un alivio extraordinario y moví con toda alegría mi rabo diminuto, que me volvía a convertir en mí.Ese fue el comienzo de una fructífera alianza que nos valió más de una ristra de chorizos, alguna que ora tira de asado, o al menos excelentes porciones de pizza, barras de chocolate y sánguches de salame.Con el tiempo fuimos depurando nuestra técnica y alcanzamos una destreza, una velocidad y un sigilo que no puedo menos que llamar admirables, y que pienso habrían hecho la envidia de mi hermana Manchas, a quien sigo considerando una verdadera maestra en ese arte. Y de paso demostramos que los humanos son tan hechizables y melómanos como los ratones.El método era aproximadamente el mismo de siempre, aunque variaran los detalles, dependiendo de dónde estaba colgada o almacenada la ambicionada presa, y de quién era el contrincante con el que debíamos medirnos (no es lo mismo un carnicero gordo con una cuchilla en la mano, que un nene en una plaza de la mano de su abuela). El que se aproximaba primero era siempre el Huesos, amparado en su figura casi invisible de puro escueta, que le permitía pasar desapercibido con toda facilidad. Yo, atrás, agachado, escondiéndome atrás de todo. En cuanto el Huesos veía que ya me había ubicado yo en un lugar conveniente para dar la dentellada salvadora, salía de su anonimato y empezaba a hacerse notar con su famoso candombe enloquecido.Era un perro bien dotado para el baile y logró desarrollar ritmos nuevos y realmente sorprendentes. Llamaba a atención invariablemente; no había nadie que pudiese sustraerse de la sorpresa, al casi encantamiento que producía ese entrechocar de huesos, ese ágil tableteo desenfrenado. Los más se quedaban prendados de la música y del ritmo, siguiéndolo muchas veces con chasquidos de los dedos y vaivenes del cuerpo y cabeza, y hasta hubo una vez en que un muchacho salió corriendo a su casa a buscar la guitarra. Otros, los menos sensibles a la música o los mas prudentes, se ocupaban de clavar los ojos en el sitio de donde se producía ese ruido hasta detectar algo así como la sombra de un perro extraordinariamente flaco, y entonces se alarmaban y comenzaban a hablar de pulgas, piojos y chinches en el mejor de los casos, y en el peor, de bacterias, virus, rabia... y de llamar a la perrera.La cuestión es que, por músico o por bicho indeseable, el Huesos siempre sostenía la atención de todos los que rodeaban nuestro improvisado escenario durante un lapso suficiente para permitirme a mí trepar donde hubiese que trepar, saltar donde hubiese que saltar, y aferrar con todo cuidado y sigilo el almuerzo que nos habíamos sabido conseguir.En cuanto me alejaba yo lo suficiente hasta algún escondite, el Huesos interrumpía súbitamente su baile y hacía mutis por el foro sin esperar aplausos. La gente salía de su hipnosis, hacía algún comentario y seguía con lo que estaba haciendo antes de quedarse pegados en el espectáculo. Tarde, lamentablemente para ellos y felizmente para mí, porque yo ya estaba lejos, tendiendo la mesa como quien dice, esperando a mi compadre el Huesos (que no tardaba en llegar), con un salamín insuperable, unas tripas blanquitas o algún que otro menú menos adecuado para nuestras costumbres carnívoras pero de todas maneras bienvenido para nosotros, dispuestos a sobrevivir a toda costa.Debo decir, en nuestro descaro, que siempre robamos por hambre, nunca antes de que la terrible punzada nos avisara que había llegado la hora, y que, siempre que era posible, tomábamos por asalto alguna carnicería, donde hay que reconocer que la carne sobra, y que sólo en casos de extrema emergencia despojamos de su propia comida a algún humano, mayor o menor, desprevenido.Se me dirá que podríamos haber recurrido al antiguo método de la mendicidad. No lo hicimos por dos razones, ambas contundentes, a mi modo de ver las cosas. En primer lugar, ni el Huesos, con su desgarbo espeluznante, ni yo, que estaba decididamente roñoso y hasta me temo que con algunas mota de sarna, resultábamos figuras atractivas, de esas que despiertan automáticamente la caridad; ya no éramos simpáticos cachorritos peludos, sino perros jóvenes, hechos y derechos, o, mejor dicho, ligeramente torcidos, de esos que más que caricias suelen suscitar escobazos. Y por otra parte, mi experiencia como aspirante a mascota, especialmente en su ardua segunda etapa junto a la tenaz tía Dora, me hacían desconfiar mucho de las ventajas de la domesticación. En fin, que estaba convencido de que, para conservar la libertad, que a esta altura de mi vida me resultaba ya un olor indispensable, no iba a tener más remedio que arreglármelas lo mejor posible, y solo (sin humanos), con mi hambre.En este post encontrarán del cap I al VICapitulos VII al XII: http://www.taringa.net/posts/arte/12270620/Libro_-Aventuras-y-Desventuras-de-Casiperro-del-Hambre-_2_.htmlCapitulos XIII al XVIII: http://www.taringa.net/posts/arte/12270702/Libro_-Aventuras-y-Desventuras-de-Casiperro-del-Hambre-_3_.html (sólo hasta el XV por el momento)Capitulos XIX a XXI: En construcción .

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Huerta orgánica en macetas paso a paso balcon patio terraza
Hazlo Tu MismoporAnónimo10/8/2010

Huerta orgánica en macetas paso a paso 7/10/10 Hece como 1 año se me dió por empezar a cultivar diferentes verduras en macetas en mi terraza, y encontré info y datos muy útiles que quiero compartir con ustedes. Ojalá les sirva. Anímense! es muy facil y da mucha satisfacción comer una ensalada que vos mismo hiciste crecer Aclaración: toda la info esta redactada por mí, asique OJITO CON COPIAR ESTE POST EH... Ubicando la huerta en tu patio, jardín o terraza: Primero que nada, deben tener un lugar donde colocar las macetas en la que haya suficiente cantidad de sol directo pero que luego haya sombra a medida que se mueve el sol. Si no les da la luz directa un par de horas por día las plantas no crecen. Si por el contrario les da todo el día, las plantas se marchitan y la tierra no retiene humedad, por lo que en ese caso se puede armar un techito con varillas de madera y carton o tela media sombra. ¿Qué macetas puedo usar? Las macetas que pueden usar son infinitas: redondas, cuadradas o rectangulares, plásticas o de cerámica, de más o menos profundidad (la mínima es 15 cm dependiendo la planta). Hasta pueden usar cajones de madera, esos que tienen en las verdulerías, asegurandose de tapar con tablas de otro cajón, los espacios entre tabla y tabla para que no se escape la tierra. Los cajones tienen buenas dimensiones y la ventaja es que son gratis, si se los pedis amablemente a tu verdulero amigo. Importante: para cualquier maceta o cajon q uses, es imprescindible que tenga un buen drenaje, agujeritos en la base para que la maceta escurra el agua excedente y no se encharque. ATENCION: hice un nuevo post sobre cultivos verticales, que es otra opcion en lugar de macetas, si les interesa acá está!: http://www.taringa.net/posts/hazlo-tu-mismo/10930119/Huerta-organica-vertical---minimo-espacio-balcones-y-patios.html Tierra: Cualquier tierra sirve, pero lo mejor es comprarla en viveros y no en los supermercados o en los bazares chinos, porque en los viveros son de mejor calidad y el precio no tiene mucha diferencia. Si ya tienen tierra en macetones viejos en sus casas, o quieren usar la de su jardín, pueden hacerlo pero les recomiendo que en ese caso compren para mezclarle HUMUS DE LOMBRIZ (NO COMPOST PORQUE TIENE IMPUREZAS DE GRAN TAMAÑO QUE MOLESTAN), así se aseguran de que la tierra tenga buena cantidad de materia orgánica, osea nutrientes para sus plantas. Qué y cuando sembrar? Aquí les dejo las distintas hortalizas que crecen perfectamente en maceta y su calendario de siembra. Hay mucha más variedad de la que pongo yo acá, pero estas son las más comunes y fáciles. Conviene tener en la huerta: Flores como calendulas, y plantas aromaticas como albahaca, oregano, salvia, romero, entre otras para prevenir plagas. PRIMAVERA - VERANO ESPECIE / Epoca y forma de siembra ACELGA: Diciembre a Abril (directa) BERENGENA : Agosto(almacigo); Oct (transplante) LECHUGA: Agosto a Marzo (directa) TOMATE: Sept a Oct (almacigo); Oct a Dic (transplante) CALABAZA: Octubre a Noviembre (directa) ZAPALLITO: Octubre a Enero (directa) OTOÑO - INVIERNO ESPECIE / Epoca y forma de siembra ACELGA: Mayo a Diciembre (directa) AJO: Febrero a Abril (directa) LECHUGA: Febrero a Julio (directa) ESPINACA: Febrero a Mayo (directa) ÁJÍES PIMIENTOS: Julio a Agosto (almacigo); Octubre (tranplante) Cómo consigo semillas o plantas? En todos los viveros venden semillas de la mayoría de las hortalizas de consumo diario, inclusive papa, cebolla, zanahoria, y hasta frutas como sandía. La otra manera de conseguir semillas es conservar las que vienen en su envase natural, osea todas las frutas y verduras que comemos en casa y que tienen semillas visibles (sólo las verduras de hoja y los tubérculos no vienen con semillas). Las más fáciles de sacar son las semillas de los cítricos, tomates, berengena, calabaza, zapallo, zapallito, sandía, manzana, ajíes, pimientos, morrones... Lo unico que hay que hacer es quitarlas con cuidado (sin cocinar previamente obvio) y dejarlas secar 1 día sobre alguna superficie lisa y así se guardan en sobresitos, lo mejor es ponerles nombre y fecha para no confundirlas porque algunas son muy similares entre sí. Si no te animas a sembrar, o sembraste pero nada creció (puede pasar si sos inexperto como yo jejeje) podes comprar los almácigos ya hechos. De cualquier planta son baratitos, entre $3 y $10 pesos te puede salir, y lo unico que tenes que hacer es trasplantarla a una maceta espaciosa y cuidarla. Cómo sembrar? Antes que nada: para todas las plantas ES IMPORTANTE APRETAR Y COMPACTAR BIEN LA TIERRA LUEGO DE PONER LA SEMILLA porque si queda mucho aire y la tierra muy sueltita las semillas no germinan, Y LO MISMO LUEGO DE UN TRASPLANTE porque las raíces toman demasiado aire y se mueren. Verduras de hoja: Sobre una capa profunda de tierra bien húmeda, se esparcen las semillas directamente en la maceta definitiva, bien separadas unas de otras para dar espacio a que crezcan, y luego se las tapa con una capa de aprox 1/2 cm de tierra. Regar finamente. Importante: Las verduras de hoja no dan frutos, por lo que se consumen ANTES de que produzcan semillas. Una vez que produjeron semillas (sale una vara del medio de la planta), las hojas pierden sabor y calidad. Lo mejor es ir sacandole hojas para comsumir y antes de la época de reproduccón, sacamos la planta entera, porque de todos modos luego muere. Cuidados generales: Las plantas de hoja requieren raleos, que consiste en dejarle a las plantas el lugar necesario para que crezcan, eliminando algunas plantitas que han crecido muy juntas. Ajíes, morrones, tomates, pimientos, berengena: Debe hacerse un almácigo. Esto se hace en un vasito de yogurt, queso blanco, o postresitos, o bien en las bandejas semilleras que se venden en los viveros. También pueden usarse hueveras plásticas. Denuevo, repito la importancia de que en cualquiera sea el recipiente que uses, es imprescindible que tenga un buen drenaje, agujeritos en la base para que la maceta escurra el agua excedente y no se encharque. Entonces se pone tierra bien húmeda dentro de cada recipiente y se coloca sólo 1 semilla. Luego cubrimos con una capa de 1/2 cm aprox y regamos finamente. A cada potesito lo cubrimos con film de polietileno (ese que usamos en la cocina) y lo dejamos así SIN TOCAR hasta que aparezcan los brotes. Con esto creamos un microclima y aseguramos una temperatura y humedad constantes para la plantita que esta naciendo. Una vez que aparezcan los brotes, sacamos el film. Luego, trasplantamos a las macetas definitivas en la época correspondiente a cada planta. Aclaración: los almácigos no requieren luz solar hasta que aparecen los brotes, les recomiendo que hasta entonces los pongan en algun lugar calentito de la casa. Luego cuando brotan y sacan el film, recien ahí los ponen en un lugar donde tengan sol y sombra. Cuidados generales: Las plantas con frutos colgantes, como el tomate y los ajíes, requieren de desbrote (quitar hojitas pequeñas que nacen en la base del tallo y en las "axilas" de las ramas) y tutorado, que consiste tan sólo en clavar al lado de la planta un palito o una varilla o caña para ir sujetando la planta mientras crece, para que ésta no se caiga por el peso de sus frutos. Ajo, zapallo, zapallito, calabaza: La siembra es similar a las verduras de hoja, sólo que debemos meter la semilla a más profundidad, poco más de 1 cm. Puede hacerse directo o realizar un almácigo y trasplantar cuando las plantitas tengan 4 o 5 hojas. Cuidados generales: A las plantas con frutos rastreros (como las calabazas, berenjeras, etc) conviene ponerles un plástico y papel de diario debajo de sus frutos para que no se pudran al estar en contacto directo con la tierra húmeda, al menos hasta que tengan un tamaño suficiente como para que caigan fuera de la maceta. Si quedan sobre un piso artificial no hay problema, pero es importante separarlo de la tierra. Riego: Debe ser suficiente como para que la tierra no se seque, debe estar siempre húmeda, pero teniendo cuidado de no encharcar. Algunas plantas requieren varias veces por día, otras 1 vez cada dos días. Eso lo van viendo según sus necesidades y posibilidades. La forma de regar siempre debe ser una lluvia fina sobre la tierra (si las hojas se mojan pueden quemarse con el sol) y conviene hacerlo bien temprano a la mañana o a la tardesita. Clima: Las plantas, sobre todo cuando son jóvenes, pueden dañarse frente a una lluvia muy intensa (ni hablar de granizo) o a días muy calurosos/fríos y/o ventosos. Esten atentos a los pronósticos y ponganlas a resguardo, ya sea cambiando de lugar las macetas como cubriéndolas con plástico o una mesa. Abonos: Pueden hacer un compost casero con desechos orgánicos de la cocina: yerba, té y café SIN FILTRO NI SAQUITOS, cáscaras y pedazos de verduras y frutas, cáscaras de huevos, etc, mezclado con un poco de tierra. Conviene, si pueden, picar en una licuadora o procesadora la basura organica antes de hecharla a la tierra asi se descompone mas rapido. Tambien pueden comprar abono en los viveros, sobresitos de compost o líquidos nitrogenados. Rotaciones: Muchas plantas son de ciclo anual, lo que significa que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Las que dan frutos mueren cuando empieza un clima poco favorables para ellas luego de haberse reproducido, y las de hoja también, luego de semillar. Por eso sepan que la huerta hay que comenzarla denuevo cada año, durante todo el año (no todas se siembran ni mueren al mismo tiempo) Bueno, a animarse, vale la pena, si tengo más info la voy subiendo. Y pronto colgaré las fotos de mi huertita! Saludos!! 1° Actualización: 11/10/10 - como lo prometí, aca van fotos de mi huerta. 2° Actualización: 1/11/10 (y de paso resubo todas las fotos... maldito TINYPIC) Lechuga morada, 25 semillas sembradas en vasito de queso blanco a mediados de Julio aprox (sembré tarde, conviene sembrarlas antes tipo abril asi tenes lechuga todo el invierno) 5 días, brotaron al toke 20 días 1 mes y medio, ya trasplantadas a la maceta. 2 meses 3 meses y medio. 2° trasplante. No es lo ideal trasplantar mas de una vez (no quise hacer siembra directa por ser mi primer huerta), pero les quedaba chica la maceta. Ya le estuvimos sacando hojas para ensalada Antes de que semillen las vamos a sacar enteras y en abril del año que viene sembramos denuevo. Tomates sembrados en vasitos de yogurt en julio/septiembre (3 semillas de cada especie de las cuales germinaron solo una de cada una) Tomate cherry, 1 semana Tomate cherry, 1 mes Tomate cherry, casi 2 meses, muchas flores y 2 tomatitos! Tomate cherry, a los 3 meses y medio, muchos tomatitos!!! Tomate común, 1 semana Tomate común, 1 mes Tomate común, 2 meses, muchas flores!!! Tomate común, a los 3 meses, miren que tomatotes! Y esta es una de la stantas ensaladas... un tiempo despues Frambuesa la tenemos hace un par de años, ES PERENNE (osea que no es de ciclo anual, en otoño/ivierno se pone fea pero renace todos los años), y la podamos todos los inviernos. Pocas veces dió frutos pero es porque esta mal ubicada. NECESITA MUUUCHO SOL PARA FRUCTIFICAR, cuando pueda la traslado a la terraza. Como ven, necesita una reja, alambrado enganchado en la pared, cañas, varillas o algo en que engancharse, es una planta que necesita extenderse por la tierra y las alturas. Ya tiene 2 flores! Romero , lo tenemos hace mil años, en cualquier vivero se consigue una planta, no necesita mucho espacio ni mucha tierra, crece fácil y rápido, tan sólo con regarlo y que tenga un poco de sol siempre vas a tener un sabor extra en tu comida robándole una ramita. Albahaca , esta plantita es nueva, son bastante sensibles, si las regas mucho o poco se secan, si les da mucho o poco sol tambien, pero una vez que toman tamaño ya se la bancan mejor. Se consiguen en los viveros y a veces hasta en las verdulerías, pedi una plantita con raíz y tierra. Traten de sacar las hojas mas grandes para cocinar, no las chiquitas. Y cuando florecen corten las flores antes de que semillen, asi tendran albahaca todo el año. Un poco mas grandesita Ajíes , de esos largos colorados. Sembré semillitas sacadas de un aji q compre en la verdulería, viene lenta la cosa, pero veremos como siguen. Faltan algunos arbolitos de cítricos, cuando encuentre las fotos las voy subiendo. Saludos! 3° Actualización: 5/6/11 Mis nuevas lechuguitas a punto de ser trasplantadas (las sembré en abril) Nuevos ajíes porque los del año pasado se me murieron por un hongo Las sembré en abril tambien, muy fuera de época pero con intentar no pierdo nada)

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Libro: Aventuras y Desventuras de Casiperro del Hambre (2)
ArteporAnónimo8/25/2011

.AVENTURAS Y DESVENTURASDE CASIPERRO DEL HAMBRELes dejo este hermoso libro, que es la historia de un perrito (contado desde su perspectiva, cosa que lo hace muy interesante), desde que nace en la calle, se convierte en mascota, perrito de circo, prototipo de juguetes, objeto de experimentacion en un laboratorio de cosmética, conoce el amor y la amistad, y otras tantas aventuras y desventuras hasta que.... no les voy a decir el final!!Como no esta en internet, y queria compartirlo, lo estoy transcribiendo de a poco, y proximamente ire subiendo los que faltan.En este post encontrarán del cap VII al XIICapitulos I al VI: Capitulos XIII al XVIII: (sólo hasta el XV por el momento)Capitulos XIX a XXI: En construcciónDE VERDAD, NO SE LO PIERDAN!Es una historia para toda la familia, y por mas que es un libro "infantil/juvenil" les aseguro a todos ustedes, adultos, que lo van a disfrutar. Yo lo leí cuando tenia 10 años, despues lo volvi a leer a los 16, y ahora que tengo 25 y lo estoy transcribiendo (para una sobrinita que tengo lejos) me sigue encantando.Aventuras y Desventuras de Casiperro del hambreCapítulo VIIDonde trabamos contacto con otros artistas y yo conozco las delicias del amor temprano.La fiesta no duró lo que yo esperaba, y no porque el método que habíamos inventado para sobrevivir no fuera eficaz. Eficaz era, y nosotros lo practicábamos con muy buena técnica, casi como virtuosos. Pero sucedió lo inevitable: el Huesos de deshuesó.Poco a poco y a costa de fibras, tripas, grasas, cueros y diversos untos, el rastrillo de los flancos se le fue borrando, el pellejo se le rellenó, y comenzó a vislumbrarse algo así como un hocico, después incluso mejillas, barba y bigotes. El hambriento aprendió a comer, y a descomer (porque fui testigo en más de una ocasión, de que ya era perfectamente capaz de conducir la comida hasta el final de la ruta sin necesidad de ningún mapa). Fue un cambio lento, y como siempre sucede con los cambios lentos, uno no se da cuenta de ellos hasta que ya es demasiado tarde, y las cosas son definitivamente diferentes.Y lo diferente, en este caso, fue el silencio. En una palabra, que lo que antes había sido un concierto se nos transformó en pantomima. Porque un día, un aciago día en que nos aprestábamos a hacer nuestra rutina frente a un barral donde colgaban nada menos que treinta y dos exquisitos pollos, apenas desplumados, el Huesos enmudeció. Quiero decir que cuando se echó a bailar como siempre, no hubo música, ni tableteo, ni cloquear de huesos, ni retintín del esqueleto. Fe un baile hermoso pero mudo, y no hechizó a nadie. Apenas si hubo alguno que mirara de reojo al que seguramente no le pareció un artista, sino mas bien un bicho pulguiento que se rascaba sin vergüenza en el medio de la vereda. Y más de uno hubo que no de reojo sino mas bien de frente miró hacia donde yo estaba. Y al miarme me vio. Me vio saltar confiado sobre el pollito elegido, que me miraba desde su gancho como diciéndome "soy tuyo". Fe verme y correrme. Y agarrarme. Y apalearme y darme de patadas y pedradas y cachiporrazos, y hasta de cuchilladas creo, sino hubiese por fin logrado zafar de esa selva de patas envueltas en zapatos y correr desesperadamente hasta nuestro refugio en el terraplén, aterrado y maltrecho, a lamer heridas y frotar moretones.El Huesos, que también había recibido su cuota, llegó al rato, desconcertado por la súbita pérdida de sus dotes musicales. Me miraba con la cabeza gacha, no se si esperando algún reproche. Pero yo no era quién para reprocharle que hubiese atendido tan bien a los reclamos de su hambre. De manera que nos miramos, nos olimos, resoplamos, nos despedimos de los viejos tiempos y comprendimos de una vez por todas que el mundo da vueltas y vueltas como una calesita, y que a veces lo deja a uno patas para arriba, muy lejos de la sortija.Al día siguiente, un poco más recuperados de nuestros golpes, empezamos la mudanza hacia otros barrios menos temperamentales y más propicio para los hambrientos. Caminábamos por el terraplén y de a ratos por las vías, saltando los durmientes, ansiosos por toparnos con algún ratón, cuis, culebra o sapo (ya que no había heredado yo las delicadezas de mi madre y me sentía perfectamente dispuesto a desayunar batracios).No sé si nos faltó la suerte o nos quedó corta la astucia, pero lo cierto es que no encontramos ningún vivo dispuesto a convertirse en almuerzo. Aunque encontramos en compensación muchas bolsitas de plástico, que el Huesos insistía en mordisquear a pesar de su asqueroso olor a nada, un par de latas vacías donde quedaron sepultadas cuatro o cinco arvejas, que se nos dio por chupetear y nos valieron algunas cortadas menores en el morro y lengua, y afortunadamente, encontramos un par de zapatos grandes, con cordones, que ablandados a fuerza de saliva y paciencia, resultaron lo más nutritivo de la jornada.Ya llevábamos dos días de marcha cuando de pronto vemos aparecer, por detrás de la alambrada del terraplén, que siempre estaba llena de campanillas azules, un animal desconocido. Inmenso como un camión, aunque no echaba humo ni rugía. Sin pelos, color ratón y mas bien apolillado. Con piel de zapato, aunque era evidente que zapato no era porque se movía por sus propios medios. Tenía ojos, además, y orejas también, abundantes y pantallosas, que nada tenían que envidiarle a las mías. Aunque se ve que el pobre había salido deforme y mal barajado, porque de entre medio de sus ojos, en lugar de morro, nariz o pico, le salía un brazo redondo y blando, largo hasta el piso, como una longaniza gigante, gordo y con dos dedos chiquitos en la punta, que subía y bajaba, subía y bajaba (se me hizo que al vernos llegas, el gigante amable nos saludaba).Pero no consideramos prudente contestar al saludo, más bien nos aplastamos contra la vía y nos quedamos mirando. Se cansó de saludar por fin y decidió darle mejor uso a su brazo-longaniza: lo estiró hasta las campanillas del cerco y con los dos deditos esos que tenía, arrancó una ristra; después enroscó el brazo, con bastante elegancia debo reconocer, y se metió las campanillas en la boca (si es que puede llamarse boca a esa ranura puntiaguda como pico de urraca que se le abría y se le cerraba debajo del extraño brazo).Suspiramos con cierto alivio al comprobar que el pobre grandulón era loco por la ensalada, pero no por eso bajamos la guardia: como perros pobre que éramos siempre fuimos precavidos. Nos alejamos un trecho, agachados siempre, y en cuanto vimos la ocasión, nos escurrimos por un hueco que había en la alambrada para averiguar si donde criaban bichos tan grandes también había grandes comidas.Comida no vimos en un `primer momento, pero sí otros bichos tan desconocidos para nosotros como el zapato gigante, y según mi modesto entender, tan pero tan feos que jamás podrían haber conseguido el puesto de mascotas. Había uno, peludo y de cola larga que me hizo acordar al pequinés de la tía Dora, igualito de chillón, aunque con el pelo más corto y sin hebillas, al que se le daba por caminar en dos patas, haciéndose el humano; se paseaba de un lado a otro arrastrando un balde vacío, cada tanto se sentaba en el suelo, dejaba el balde y se rascaba la cabeza. Para colmo iba vestido con una pollerita a lunares mucho más ridícula que las tricotas que nos obligaba a usar Dora. Los otros tres que andaban por ahí sueltos eran un poco más pasables; parecían caballos, pero seguramente eran cruza con algún pajarraco, porque tenían un mechón de plumas en la cabeza. Había otro monstruo más, que menos mal que no lo tenían suelto sino en una jaula, como si fuese canario; porque se parecía muchísimo a un gato, y a mí los gatos nunca me parecieron tipos de confianza.El Huesos, menos curioso que yo y más hambriento, cruzó decididamente el terreno y enfiló hacia lo que parecía una casa, sin ventanas, blandita y atada con riendas. Al rato empezaron a aparecer humanos. Supongo que algunos de ellos habían pasado por manos de la tía Dora porque usaban ropa muy extraña y colorida, escarpines gigantes, barbas trenzadas, y hasta uno tenía prótesis como mi rabo mecánico, pero largas y en las patas. De todos modos no parecieron interesarse en nosotros. Es más, debo admitir a riesgo de dejar un poco descuidado mi orgullo, que daba la impresión de que ni siquiera nos veían. Por un momento pensé que los dos días de hambruna que llevábamos encima ya nos habían vuelto invisibles a los dos. Pero el Huesos se rascó la oreja con mucho entusiasmo y no le sonó el esqueleto, de modo que llegué a la conclusión de que estaban todos muy ocupados y demasiado rodeados de animales extraños como para prestarles atención a dos perros vagabundos.Detrás de la casa con riendas encontramos el tacho. El tacho maravilloso. El gran tacho. Lleno hasta el tope de deliciosa basura, y perfectamente alcanzable, no como las bolsas del barrio que acabábamos de abandonar, que estaban siempre trepadas a unos arbolitos de alambre y resultaban tan inalcanzables como ciertos canarios.No era cuestión de elegir, como en las excursiones carniceras. El tacho era una especie de guiso total, oloroso, medio tibio porque le había pegado el sol todo el día, donde era muy difícil diferenciar un fideo de un piolín, un hueso de una tuerca. Pero todo estaba cubierto por un juguito más bien oscuro, muy nutritivo, y que hambrientos como estábamos nos resultó delicioso. Exploramos con energía ese mar tormentoso y nuestra devoción tuvo recompensa: el Huesos encontró dos papas enteras y un pellejo, y yo un hueso con cuero y un marlo con cinco granos de choclo.Nos pareció un barrio apropiado para afincarnos. Y ya no apropiado sino francamente seductor me pareció a mí cuando salió ella, la más hermosa de todas, a olisquear los yuyos. Era blanquita, lindísima, muy peluda (como a mí me gustan), con el hocico en punta y los ojos brillantes u las orejas erguidas, en punta también, vibrantes, complemento perfecto a mis orejas lacias y caídas. Y sobre todo irradiaba un olor maravilloso, que parecía flotar alrededor de ella acompañándola mientras se iba internando por el baldío y llamándome a mí para que me acercara, para que entrara en esa nube perfumada que me prometía delicias nuevas, jamás imaginadas.Abandoné el tacho, cediéndole con gusto al Huesos el resto del botín, y guiado por mi nariz capitana, me metí yo también entre los yuyos, diciéndome por primera vez en la vida que el hambre podía esperar. En cuanto me le acerqué noté que no era orgullosa. Se dejó oler. Y aunque hubo un par de veces en que dio vuelta la cabeza mostrándome unos dientes filosos y blancos, y después hasta me pellizcó un flanco con ellos, era evidente que no le disgustaba del todo mi pobre compañía.La perseguí durante un buen rato. Ella se escapaba corriendo hasta algún yuyo lejano, y me esperaba. Me esperaba "a mí", y eso era lo extraordinario. A mí, roñoso y sarnoso como estaba, ella dejaba que me acercara hasta casi tocarla, y después ora vez corría, y me esperaba. Entonces me envalentoné. La busqué más decidido. Ella se dejó alcanzar; me di cuenta de que me aceptaba. El corazón me dio un vuelco y todo el cuerpo se me derramó detrás de él. Me trepé a ella entonces, resuelto a apropiarme de ese olor que me volvía loco. Sentó las cosquillas de sus pelos tibios en mi panza, y durante un rato, un rato pequeño tal vez pero también eterno, no necesité nada, nada más que eso que tenía en ese momento, y me olvidé de mi hambre, y de mi pobreza, y de las desventuras que tal vez me aguardaban. Una vez más, como cuando lograba de cachorro prenderme a la teta rebosante de mi madre, yo estaba feliz, dueño de toda la felicidad del mundo.Capítulo VIIIDonde explico por qué me hice y me deshice perro de circo.Cuando, todavía un poco mareado por mi gozosa estadía en el territorio del amor, volví al lado del Huesos, que seguía escarbando las pocas delicias que quedaban en el tacho, la decisión ya estaba tomada: nos quedábamos allí, en ese sitio extraño donde la felicidad parecía estar al alcance de la pata.No quisimos presentarnos de buenas a primeras a pedir trabajo. Durante un par de días vivimos clandestinos, entre los yuyos, dispuestos a mirar, oler y oír con las orejas tensas, para aprender las reglas de ese juego nuevo. Cuando ya no quedaban humanos a la vista, tomábamos por asalto el tacho bienhechor. Y un rato después salía la Bella, así decidí llamarla, a hacer su ronda nocturna muy cerca de nuestro escondite. Yo aprovechaba esas ocasiones para hacer nuevas excursiones al continente del amor, flamante para mí, recién descubierto.Hubo un par de ocasiones en que también el Huesos hizo algún amago de acercársele a Bella, seguramente también él seducido por ese olor insuperable, pero retrocedió de inmediato cuando yo, dispuesto a defender mi bien ganada dicha, le mostré los dientes en lo que no podía interpretarse de ninguna manera como una sonrisa. Sin embargo, Bella no fue motivo de discordia entre nosotros, porque lo cierto es que para el Huesos el amor jamás podía ser competencia para el hambre. Para él la felicidad estaba en el tacho, algunas veces más nutritivo que otras, pero siempre suficiente para aplacar las punzadas que volvían, una y otra vez desde las tripas.Durante esos días de observación y disimulo logramos aprender un número suficiente de cosas. Yo, alterado por mis pasadas experiencias con los humanos, prestaba especial atención a los nombres, sabedor de lo importantes que son para entrar en tratos con ellos. Tres o cuatro días de observación me bastaron para elaborar un glosario mínimo que nos trajo mucho alivio: "casa con riendas + monstruos" = CIRCO; "zapato gigante apolillado con longaniza en la punta" = ELEFANTE; "pequinés en dos patas" = MONO... etc., etc. En fin que, concluido el glosario consideramos que podíamos perfectamente presentarnos a buscar trabajo. No nos parecía difícil... al fin de cuentas éramos artistas.Según pudimos averiguar casi de inmediato, la bella junto con otras perras viejísimas y medio peladas, formaba parte de un número de destreza canina, en el que se trataba de demostrar que los perros pueden hacer las cosas exactamente igual que los humanos, cosa definitivamente más probable que lo inverso, pero de todos modos nada sencillo. La Bella, vestida con un traje de tul brillante, hacía equilibrio sobre una soga, mientras sus dos abuelas (porque no podrían ser otra cosa) sostenían dicha soga con los dientes. Una mujer vestida de rojo se encargaba de vigilar que todo sucediese como estaba previsto. Nada más. Nos pareció sencillo.Nos hicimos notar. Yo poniendo mi mejor cara de perrito orejudo, y el Huesos haciendo gala de su famosa aunque silenciosa destreza candombera. Por fin llamamos la atención. Nos contrataron, supongo porque temían que las dos venerables abuelas de la Bella estuviesen por abandonar el espectáculo de un momento a otro. De nosotros dos el verdadero artista siempre fue el Huesos (no hay muchos perros capaces de hacer lo que él hace con el cuerpo), pero tuvieron la gentileza de contratarnos a los dos: al Huesos para perro bala y a mí para perrito saludador.Enseguida nos aprendimos la rutina. Nuestro número constaba de dos partes: primero la Bella en su acto de equilibrio, luego Huesos en su papel de perro bala, vestido con una tricota a rayas y una capa llena de estrellas, que salía disparado de un cañón dorado colocado en el medio del escenario. Estruendo, humo, el Huesos que volaba hasta caer en la red de las gradas, y entonces el gran final: platillos, música, y yo, que daba varias vueltas en la arena, caminando en dos patas y llevando en la boca una banderita con el dibujo de un sol.No es que fuera fácil. Fácil no era: caminar en dos patas me exigía mucho esfuerzo, y por lo general quedaba con un terrible dolor en el lomo, y supongo que para el Huesos no sería sencillo soportar el horrible estallido del cañón en plena oreja. Pero nos esforzamos, porque para un perro vagabundo no es fácil conseguir empleo. Y lo logramos: la mujer de rojo nos palmeaba la cabeza a cada rato, y nos daba terrones de azúcar.Hubo cinco o seis días de ensayos y después el debut, con las luces y el público, que se sentaba a mirarnos en las gradas. No creo faltar a la modestia si digo que fuimos un éxito; nos aplaudieron mucho. El final fue mas bien emocionante: todos estábamos contentos, con nuestros terrones de azúcar en la boca, la Bella y yo saltábamos en dos patas y haciendo reverencias, y el Huesos cansado pero feliz luego de su viaje por el espacio, bajando de la red y despidiéndose de sus admiradores con un extraño candombe, mudo pero muy inspirado.En fin, que todo parecía andar sobre ruedas. Nos llevábamos de mil maravillas con la mujer de rojo y dormíamos cómodamente debajo de su carromato, comíamos de un plato de lata, sin necesidad de treparnos al tacho (aunque creo que el Huesos extrañaba un poco el juguito del olor indescriptible) y yo podía salir tranquilamente con la bella a encontrar la felicidad entre los yuyos. Pero el mundo-calesita dio otra vuelta, sobrevino el accidente y descarriló nuestra felicidad, de buenas a primeras. Y todo porque el Huesos se seguía deshuesando. Una vez vuelto a la sana tradición de comer todos los días, siguió rellenando el pellejo, lenta, imperceptible pero implacablemente, y un día, un par de semanas después de habernos iniciado en ese contrato, el relleno resultó excesivo.El número comenzó como de costumbre: La bella hizo su equilibrio sobre la cuerda, aunque esta vez tuve que sostener yo una de las puntas ya que la más venerable de las abuelas acababa de perder sus dos últimas muelas, y después hizo su aparición el Huesos, con su traje brillante. La mujer de rojo lo metió en el cañón, encendió la mecha, rugió la pólvora, el público exclamó... pero el Huesos no voló. Ni cerca ni lejos. El pobre había quedado atorado en el cilindro dorado, que ese día, por primera vez, había resultado demasiado estrecho, y colgaba ahora de una pata, con más de medio cuerpo afuera, quebrado seguramente, asustado y aullando de dolor.Le ladré, aullé con él, quise acercarme para lamerle la herida. Pero la mujer de rojo no me lo permitió. Por primera vez noté que no tenía una sino dos manos, y que si bien en una de ellas tenía terrones de azúcar, en la otra tenía una púa, larga, feroz, maldita, que me clavó sin piedad en el lomo obligándome a caminar en dos patas, a agitar mi banderita, mientras sonaban los platillos y la música y los gritos de la gente y los aullidos del Huesos, que un payaso llevaba en brazos fuera del escenario.Cuando terminó la función le entablillaron la pata, no demasiado bien supongo, porque nunca más se recuperó de su renguera, y yo pude por fin ir a oler a mi amigo y a lamerle las tristezas. Me quedé al lado de él toda la noche. Tenía los ojos fijos, opacos, no dormía. La mujer de rojo vino a la mañana a tocarle la pata. Yo le gruñí por lo bajo porque me pareció que esgrimía la mano de la púa.Nos despidieron a todos. El número ya estaba arruinado: resultaba demasiado caro hacer otro cañón dorado y era imposible imaginar que el Huesos pudiese volver a bailar un candombe de los suyos; por otra parte, supongo que a mí me veían menos manso que antes, y de las abuelas de la Bella había una que ya ni era capaz de mantenerse sentada en el escenario. La única que conservó el trabajo fue Bella: la iban a incorporar al número de los hermanos Anthony, que era muy semejante al nuestro pero más peligroso, porque sucedía en el techo de la carpa, por encima de una red muy calada, muy abierta, que podía muy bien sostener a un Anthony pero que lamentablemente era incapaz de atajar a una caniche toy blanca, si acaso la pobrecita perdía el equilibrio allá arriba, cegada por las luces.Fue una despedida muy triste. Quise convencerla de que se viniera con nosotros, pero no quiso. Se quedó ahí sentada después de la función, con su traje de tul y los ojos fijos en algún punto del aire. Después se levantó y se fue apartando, rumbo a su carromato, y el olor, ese olor maravilloso, inolvidable, el señor de las alegrías, se fue adelgazando y adelgazando en el aire hasta volverse un recuerdo.Capítulo IXDonde me entero del destino que merecen (o merecemos) los perros vagabundos.Nos alejamos los cuarto, las dos abuelas de Bella, el Huesos y yo, de ese sitio donde hasta hace unas pocas horas habíamos sido grandes artistas. Íbamos junto al terraplén, como siempre, porque es mejor tener un camino que no tener ninguno, y algo nos decía que las vías siempre llevan a alguna parte.Pero de cuatro que éramos al empezar la caminata, al rato fuimos ya sólo dos, y uno rengo, porque las dos abuelas, agotadas, decidieron quedarse a la orilla del camino, confiando tal vez en que la mujer de rojo terminara por extrañarlas un poco y decidiera venir a buscarlas. El Huesos y yo no esperábamos nada más ya de ese sitio.Caminábamos en silencio al principio, pero al rato yo empecé a chumbarle a cualquier cosa que se moviese por ahí cerca. Para decir verdad, ladraba sin ganas, pero suponía que el barullo podía ayudar al Huesos a levantar ese ánimo maltrecho que llevaba arrastrando por el piso como una bandera rota.De a ratos caminábamos por entre los durmientes, según nuestra costumbre, pero hubo un percance que nos convenció de que era mejor caminar entre los yuyos: se oyó la bocina del tren, temblaron los rieles, yo pegué el salto hacia el costado, pero el Huesos rengo como estaba y todavía entablillado, no pudo arreglárselas con tres patas para salir del pozo que se formaban entre los durmientes. Me puse a correr de un lado a otro como un loco, ladrándole para incitarlo al esfuerzo. Lo logró por fin, apenas unos segundos antes de que por ese mismo sitio pasaran, filosas, pesadas y severas, las ruedas del tren.Después de ese episodio dramático nuestra marcha fue más o menos tranquila, pero cada vez más penosa, porque volvió, puntual como siempre, y hambre, y era más difícil que nunca aplacarla. De dos cazadores que habíamos sido, ahora sólo éramos uno y medio, y menos aún si consideramos que ya no contábamos con el recurso del hechizo candombero. Tuvimos varios encuentros con ratones, gordos y flacos, y oscuros y claros, posiblemente muy hechizables, pero lamentablemente también rápidos, escurridizos y astutos, que de ningún modo estaban dispuestos a dejarse caer en nuestras mandíbulas sin al menos recibir algún espectáculo a cambio.Mermaron las latas, desaparecieron los zapatos, y por fin, muy a nuestro pesar, no tuvimos más remedio que abandonar el terraplén e internarnos de nuevo en el territorio de los humanos, con la esperanza de que en ese barrio no tuvieran la maldita costumbre de enjaular sus bolsas de basura como si fueran canarios.¡Qué barrio, amigos! La calesita volvía a girar, y esta vez sentí que el Huesos y yo andábamos cerca de la sortija, porque caímos en un lugar incomparable, o comparable mejor dicho con mis viejos recuerdos de mi primera infancia. Aunque con algunas diferencias que primero me sumieron en la confusión y luego avivaron en mí grandes y tal vez precipitadas esperanzas.Yo había sido criado en la idea de que los perros pobres éramos muchos, muchísimos, incluso demasiados, y que la quinta, en cambio, la maravillosa quinta de la abundancia, era una sola. Pero en ese barrio las proporciones parecían cambiadas, y resultaba de pronto que había cinco o diez quintas en una misma cuadra, todas con sus parques, sus yuyos bien cortados y sus árboles podados en forma de cuadrado o corazón... y todas, seguramente con fondos en los que se alineaban parrillas atestadas de pollos, vibrantes chorizos, crepitantes achuras. Por algún milagro extraño para mí, del todo incomprensible, el paraíso, el auténtico paraíso, se había multiplicado. Y echando el cálculo de que perros hambrientos no se veían por ningún lado, comencé a relamerme pensando en la de sobras que podríamos llegar a cosechar. Y más me entusiasmé, y más saliva secreté, cuando noté que, seguramente por ese mismo milagro milagroso, ¡no había bestias a la vista! sino sólo mascotas, gordas y perezosas, que no llegaban a alcanzar la categoría de peligro.Nos pasamos la mañana merodeando por la zona, siempre agachados, tratando de pasar desapercibidos, husmeando, explorando ese territorio que esperábamos hacer nuestro para la hora del almuerzo. Y cuando el punzón de las tripas nos dio la hora señalada, comenzamos a acercarnos, prudentes pero en el fondo confiados, a una casa cercada con barrotes negros bastante espaciados, de donde emanaba ese característico olor a lo que tanto el Huesos como yo considerábamos nuestro plato favorito: la comida en cualquiera de sus formas.No acababa yo de meter una pata y parte del morro por el hueco cuando el aullido taladrante del Huesos y luego un extraño ardor en el cogote y un tirón feroz en la cabeza me indicaron el final de mi fantasía. Ahorcados, casi colgados de poderosos lazos de cuero que resultaban mucho más imperativos que las blandas correas tornasoladas de la tía Dora, fuimos arrastrados entre aullidos y gemidos a un camión enrejado, donde otros vagabundos, otros caídos del mundo-calesita y otros hambrientos se amontonaban en desorden, con sus pelos, sus pulgas y sus ojos de miedo, sin saber a dónde iba a conducirlos la desgracia.Fue un viaje atroz, en el que yo traté de entretener mi miedo haciendo un registro minucioso de la gran cantidad de olores que había ahí agolpados, y el Huesos se la pasó gimiendo y lamiéndose la pata, que había empeorado mucho con la violencia del secuestro.Cuando entramos a la cárcel, el corazón me dio un vuelco tan drástico, tan profundo, que creí que ya nunca iba a poder levantarlo: todo lo que se veía y todo lo que se olía, las jaulas oxidadas, la mugre, el aserrín, el látigo de cuero que colgaba del cinturón de uno de los carceleros, los perros tirados en los rincones con el morro entre las patas y los ojos opacos, o lanzándose desesperados contra las puertas de alambre, que chirriaban pero no cedían... cada una de esas señales me anunciaba el final de todo, un mundo vacío y frío, en el que ya ni siquiera tenía sentido el olor de la Bella ni el viejo punzón del hambre.Nos ubicaron de a dos o de a tres en cada jaula. Me mantuve hasta último momento lo más cerca posible del Huesos, en la esperanza de que nos permitieran compartir la celda. Pero en ese mundo de terror estaba escrito que no podía quedar en pié ningún consuelo: al Huesos, que rengueaba mas que nunca, lo empujaron a fuerza de patadas hacia la jaula más chica, donde quedó sólo, a secas, sin siquiera un mísero tacho de agua. Yo tuve más suerte, supongo; caí con un cachorrito gritón, que lloraba sin parar, y con un abuelo más bien peludo, bastante sarnoso y con cara de astuto.No tardé en notar que las celdas de esa prisión se dividían en dos clases: las secas y las mojadas. Las que, como al Huesos, no tenían ni un asomo de agua, y las que, como la mía, carecían de todo menos de una gran lata donde empapar la lengua. Sentí de pronto un fogonazo de comprensión que me dejó aturdido: las celdas secas eran para los perros si remedio, para los definitivamente condenados. Efectivamente, al rato de estar encerrado comenzaron a desfilar las visitas: humanos de distintas edades, hombres y mujeres, a veces con sombrero, otras con mochilas, que se asomaban a mirarnos en las jaulas... pero sólo visitaban las jaulas mojadas. A las jaulas secas ni las miraban. No tardaron en llevarse al cachorrito; se lo llevó en brazos un chico despeinado, que lo acariciaba y retaba al mismo tiempo; iba contento el pobre cachorro, moviendo el rao, feliz con su destino de mascota. A un dálmata altísimo, con la oreja partida, se lo llevó una mujer joven, toda vestida de cuero y que también era alta. Se fueron uno con pinta de collie, un ovejero, dos salchichas medio mestizos, un símil pomeranian... y yo esperaba, sintiéndome partido en dos, dividido.Una parte de mí estaba en mi celda, junto al abuelo astuto, tratando de imaginar quién podría interesarse en un perro chico, orejudo y chueco, sucio y medio sarnoso; y mi otra parte estaba tirada junto al Huesos, en su celda mínima y espantosamente seca, sintiendo que la lengua se le pegaba cada vez más al paladar, y la certeza de que se me iba alejando para siempre la raya luminosa de la vida, de que esta vez la calesita me iba a arrojar tan pero tan lejos que iba a ser imposible volver a treparme en ella. Tanto tiempo de compartir aventuras y desventuras nos había vuelto al Huesos y a mí casi indistinguibles.No hubo visitas que se interesaran por mí esa tarde, pero al día siguiente llegó el juguetero (que dadas las circunstancias me vi obligado a ver como un santo bajado del cielo). En rigor, sólo supe que se trataba de un juguetero bastante después, cuando me fui poniendo al tanto de las características que tenía ese contrato nuevo que me salvaba de una muerte segura. En el primer momento, fue sólo un señor gordo, redondo como la luna, e igual de pelado, que traía un portafolios en la mano y usaba una corbata llena de pájaros y un saco de botones brillantes. Supongo que en materia de perros era más bien ignorante, porque se acercó a la celda, se frotó los dedos de la mano derecha frente a mis narices, y me llamó con voz ronca "¡Mish, Mish!". Yo opté pasar por alto la inconveniencia (dado que no había lugar para mi orgullo), le sonreí lo mejor que pude con el rabo y le dediqué mi mejor cara inclinada de orejudo bueno. Surtió efecto (lo que no deja de asombrarme puesto que mi aspecto general era de bicho sarnoso).- "Me llevo ése, es el más ridículo" - le dijo al carcelero, y le dio un billete. En cuanto me sacaron de la celda, con una correa trenzada que me pareció espantosamente femenina, tiré con todas mis fuerzas hacia la esquina donde sabía que estaba el Huesos. El gordo se resistió; era fuerte, y tal como iba a confirmarlo luego, también era tozudo. Lo único que pude ver de mi compadre fue la punta del hocico, con la lengua afuera, los ojos fijos en el aire y las orejas gachas. Sentí que la tristeza me cubría entero, como una manta fría, oscura y fea. Al salir de la prisión pasamos junto al carcelero que estaba recibiendo un par de visitantes nuevos.- "Vamos, Trux" - me dijo el gordo, y salimos.Capítulo XDonde relato algunos de los peligros q deben afrontar los prototipos.En cuanto me enteré que mi nombre oficial había pasado a ser Trux, volví a experimentar esa especie de desmayo, esa horrible sensación de disminución en nombre propio que había sentido cuando la tía Dora me rebajó de Toto a Lord de un plumazo; mi premonición había terminado por volverse cierta y ahora mi nombre era solo un estornudo. ¿Y qué me quedaba por delante ahora? Silencio y nada. La nada me amenazaba como un abismo y yo sentía vértigo al asomarme; me dije que seguramente la calesita de mi vida había dado demasiadas vueltas y yo me había mareado.Ya era de noche cerrada y también mi alma estaba anochecida cuando llegamos al galpón donde se iba a desarrollar mi vida como prototipo.Si la vida como aspirante a mascota tiene sus inconvenientes, no quieran enterarse de lo complicada que es la vida de un prototipo. Tampoco quieran saber lo peligroso que puede resultar un juguetero terco, uno de esos que no se conforman con fabricar pelotas, muñecas o sonajeros, sino que quieren sacar un juguete nuevo cada tres meses, es más: que están dispuestos a convertir el mundo entero en un juguete.No es que me tratase mal, de ningún modo. Es más, tenía agua, comida más que suficiente, aunque no tan escogida como la de la tía Dora, y un rincón ni caliente ni frío donde echarme. Pero lo malo eran los prototipos, lo malo era el destino de juguete que tenía por delante.Admito que cuando entré por primera vez a ese galpón, yo de juguetes no sabía prácticamente nada. Había decapitado a un par de muñecas, eso es cierto, pero de ninguna manera se podía decir que los juguetes ocupaban un lugar importante en mi vida. Sin embargo hoy me puedo considerar casi un experto. Y no porque mi estadía en el galpón haya sido demasiado prolongada sino porque mi estrecha convivencia con los odiosos prototipos me bastó para enterarme de importantes pormenores vinculados con la fabricación de juguetes.En realidad me pasaba el día rodeado de juguetes. Había juguetes por todas partes. En el centro, cuidadosamente ordenados sobre una gran mesada, estaban los prototipos de los inventos más famosos de mi también famoso juguetero, y en los estantes que había contra las paredes se alineaban copias y más copias de esos mismos prototipos, en distintos tonos y tamaños. Los juguetes se convirtieron en compañeros inseparables, y no me faltó el tiempo ni la ocasión para explorarlos.Con eso quiero decir que no sólo los miré y los olí, sino que también los lamí y hasta mordisqueé un poco cuando se presentó la oportunidad. El resultado fue sencillamente desalentador, y confirmó mi vieja teoría de que los humanos son una especie desconcertante: eran los juguetes más aburridos del mundo. ¿Como podría haber alguien dispuesto a jugar con esas cosas?Para empezar, ninguno tenía olor, mas bien tenían olor, una especie de olor a nada que resultaba verdaderamente nauseabundo. Tampoco eran blandos, o crocantes, o jugosos, o pegajosos siquiera, no tenían nada en lo que valiera la pena hincar el diente. Para no hablar del sabor, tan inexistente que ni siquiera le llegaba a los talones al de los muy poco atractivos "dólares al jamón" que me había comido en la infancia.Y para colmo, aunque todos hacían algo - se movían, se hamacaban, escupían, rugían o brincaban -, nada de lo que hacían podía ser de interés ni utilidad para nadie, perro o humano. "Mi pequeño sistema planetario", por ejemplo, que estaba en una punta de la mesada, consistía en unas cuantas bolitas que daban vueltas y vueltas alrededor de una bola más grande y brillante. La bola brillante era más o menos divertida de mirar, pero las otras eran completamente zonzas, monótonas, insulsas, y con las vueltas que daban terminaban por darme sueño (varias de mis siestas en el galpón se iniciaron precisamente junto a ese juguete). También estaba "Mi pequeña lustraspiradora", que hacía un ruido insoportable, "Mi pequeño fax", que se la pasaba escupiendo papeles (en lugar de chorizos, lo que lo habría convertido en un juguete mucho más atractivo), "Mi pequeño dinosaurio miope" (que se quitaba y se ponía los anteojos), "Mi pequeño minifón" y "Mi pequeña trituradora" a la que nunca me acerqué demasiado.Pero el peor de todos en mi opinión - y el que más contento tenía al juguetero - era "Mi hermanito preferido", que ocupaba el sitio de honor."Mi hermanito preferido" era un verdadero asco.Está claro que los humanos son francamente menos interesantes que los perros, aunque eso no sea algo que se les pueda reprochar; sencillamente no huelen tanto, o dicho en otras palabras, no tienen tanto para decir como un perro. Pero, con todo, sus olores tienen, y hasta olores muy agradables. Las enruladitas por ejemplo, tenían un olorcito muy interesante que les manaba detrás de las orejas y el cogote, especialmente cuando habían corrido conmigo por la vereda. Y los pies de la tía Dora, también tenían su encanto, aunque ella se empeñara en ocultarlo detrás de un talco mas bien inmundo.¿Y qué hace un juguetero cuando quiere fabricar un prototipo humano? En lugar de imitarle los olores, y mejorárselos, hacérselos más atractivos, más intensos, va y se los hace desaparecer, lo desodoriza, sin darse cuenta de que con eso le arranca todos y cada uno de sus encantos."Mi hermanito preferido" estaba total, completa y definitivamente desodorizado. Y eso que contaba con su control remoto que le permitía hacer pis y caca, pero sin olor. ¿Y de qué pueden servir un pis y una caca sin olor, que ni siquiera son capaces de dejar el recuerdo de uno para el mundo? "Mi hermanito preferido" además se reía, lloraba, babeaba, decía ajó, y se llevaba la mano a la oreja cuando le venía un súbito dolor de oídos. Pero oler, eso sí que no. Uno podía atacar a dentelladas la botonera del control remoto que "Mi hermanito preferido" jamás iba a hacer algo que tuviera olor.¡Cómo odiaba a "Mi hermanito preferido"! Lo veía ahí, sentado en su cochecito encima de la mesada de honor del galpón, con su cara de plástico liso, y sentía que se me revolvían las tripas. Porque "Mi hermanito preferido" era el cuerpo de la amenaza: al fin de cuentas, ya había oído decir en varias oportunidades que Trux - es decir yo- también debía ser prototipo.La de noches que me desperté gimiendo en medio de mis pesadillas, imaginando que venía un ejército de jugueteros con cara de luna dispuestos a bañarme y a frotarme hasta arrancarme el último y más pequeñito de mis olores, y después a multiplicarme por diez mil, por cien mil, por millones de Trux (que ya ni siquiera podían recordar que habían sido un día Orejas, Totos, Lords, y perritos saludadores) y que se alineaban con cara de idénticos en los estantes.Capítulo XIDonde explico las razones por las cuales no tuve más remedio que recurrir a la violencia.Ya dije que los primeros tiempos, pesadillas aparte, fueron en cierto modo livianos. Mi trabajo era sencillo: consistía en quedarme lo más quieto que me fuera posible encima del tablero, soportando que el juguetero y sus cuatro técnicos me midiesen de arriba abajo, no sólo el largo de las patas, la alzada o las orejas, sino también el rabo, el morro, las uñas, las pestañas y el pito.Noté que iban registrando todo lo que medían en una planilla y confieso que sentí cierta inquietud. Recordaba perfectamente lo mucho que había desilusionado a la tía Dora el día de mi primera inspección y temía que mis proporciones desilusionasen también a ellos. Una desilusión de mi juguetero podía terminar de tres modos diferentes según mis cálculos. Uno: podía suceder que el juguetero sencillamente me expulsara del galpón y me invitara a retomar mi vieja vida de vagabundo (que era sin duda la mejor alternativa). Dos: podía suceder que me devolviese a la cárcel (donde ya no iba a encontrarme con el Huesos y posiblemente ni siquiera con el abuelo astuto). O tres: y esta es la alternativa más temible, podían utilizarme como carne de cañón, como víctima de ensayo (había que tener en cuenta que “mi pequeña perforadora”, “mi primera silla eléctrica” y “la bomba H bun-bun” eran prototipos que estaban en plena elaboración). Sin embargo, no los desilusioné en absoluto. Y aprendí que hay gustos para todo y que mientras algunos humanos aspiran a perros irreprochables y heroicos, hay otros que se inclinan más bien por los risibles.La etapa de las primeras medidas terminó, y los días que siguieron fueron tan serenos, tan tranquilos, que yo empecé a fantasear que tal vez mi tarea ya estuviese concluida, y a decirme que si tenían la delicadez de seguir trayéndome agua y comida, era sencillamente porque habían simpatizado conmigo. Pero no. La vida de un prototipo es ardua y suele terminar en forma violenta.Me enteré de que yo estaba llamado a ser “Trux, mi mascota preferida”.Era un dato para tener muy en cuenta: dado el famoso asunto de los hombres y los nombres, significaba que yo no estaba destinado a ser un prototipo más sino uno de los favoritos, un prototipo principal, y que ya tenía reservado un lugar de honor en la mesada principal junto a “Mi hermanito preferido”. Supongo que en otras circunstancias, eso debería haberme henchido de orgullo, pero mi experiencia con los humanos (que a esta altura de mi vida era mas que suficiente), me empujaba irremediablemente hacia la desconfianza (una desconfianza que a la postre, resultó justificada).Pronto supe que mi camino estaba lleno de espinas, de baches y de latas oxidadas. Estaba escrito que si ser mascota no era moco de pavo, mucho más arduo era ser un Trux, o al menos un Trux a gusto del juguetero.Al parecer, es mucho lo que se espera de una mascota, o en todo caso muchísimo más de lo que se puede esperar de un hermanito. Porque si bien alcanzaba con que un hermanito preferido hiciera pis y caca, se riera, llorara, dijese ajó y sufriese de otitis, un perrito mascota (es decir Trux, yo mismo), tenía que ganarse en forma menos sencilla la preferencia. En pocas palabras: mi botonera (porque también tendría motoneta propia), debía responder a los siguientes comandos, a saber: “Trux estornuda” (el más incómodo), “Trux hace pipí” (el más ridículo), y los otros tres que voy a denominar sencillamente como crueles: “Trux camina para atrás”, “Trux siente miedo”, “Trux se hace el muerto”.Mi trabajo consistía por supuesto en hacer de modelo. El prototipo debía ser una copia exacta de mi persona, aunque convenientemente desodorizada, por supuesto, de modo que se trataba de que yo estornudara, hiciera pis, caminara para atrás, tuviera miedo y me hiciese el muerto. Y no una sino varias veces, innumerable cantidad de veces, para que los técnicos en animación de prototipos tuviesen ocasión de captar cada milímetro de mis movimientos.Con el fin de estimularme en mi tarea, el juguetero trajo al galpón una serie de elementos que pasaré a denominar a partir de ahora los “instrumentos de tortura”.Para empezar: la pimienta. Cubrió el galpón de pimienta, en el piso, sobre la mesada, hasta adentro de los otros prototipos había pimienta. Adentro de los bolsillos del delantal de “Mi abuelita cuentacuentos”, en las tripas de “Mi enanito desarmable”, en la palanca de “Mi primera compactadota” había un polvito impalpable que en un primer momento me pareció una verdadera bendición en ese sitio desprovisto de olores, pero después del vigésimo quinto estornudo, cuando los ojos me empezaron a chorrear y el hocico me empezó a arder como una brasa, se reveló como lo que era: un invento infernal.Para que hiciese pis de manera mas pintoresca trajeron al galpón un arbolito, de plástico también el pobre, y lo menos estimulante que un perro pueda imaginar. Pero, considerando que la pimienta me obligaba a tomar varios litros de agua por día, no tuve mas remedio que aceptarlo como pareja u desahogarme junto a él con cierta frecuencia. Pero ¡Qué tristeza amigo! ¡Q aburrimiento! Hacer pis es para un perro una actividad decididamente emocionante, creativa, fantasiosa incluso, que lo va llevando de un sitio a otro, y le permite explorar, husmear, y elegir dónde dejar apenas un par de gotas y donde chorrear finalmente un chubasco. Pero hacer pis se convirtió ahí dentro en una verdadera tristeza. Tan pero tan triste que debo confesar que, una vez cerrada esa molesta etapa de mi vida, me llevó cierto tiempo recuperar la alegría de mear el mundo.Pero aunque estornudar fuese molesto y hacer pis fuese triste, de ningún modo podían compararse con las otras tres pruebas, que se realizaban juntas, y que eran decididamente feroces, dolorosas e imperdonables.Está claro que para el juguetero no había nada más importante que el prototipo, que nada lo apartaba del camino al prototipo, aunque ese camino estuviese sembrado de angustias.Instalaron en el medio del galpón una plancha de metal brillante, bastante ancho, que lo cruzaba de lado a lado y que inevitablemente se interponía en mi camino a la comida. Esa plancha se convirtió para mí en la boca del infierno.El hambre me punzaba, como siempre, y veía las tiras de falda jugositas, los medallones de caracú que parecían llamarme desde el otro lado del galpón. Acudía, fiel, a la llamada Y ahí era cuando se echaba la suerte: a veces era el cielo y otras veces el infierno. En ocasiones, cruzaba la plancha sin problemas rumbo a mi felicidad, pero otras veces (y era imposible saber cuándo) bastaba que pusiese una pata en la plancha maldita para que me atravesase el cuerpo algo así como una jauría de bestias al galope, un chorro de urracas que me clavaban los picos en la carne, todas al mismo tiempo, un tren que me taladraba los pulmones, el corazón, el cerebro y se convertía sin permiso en la sangre de mi cuerpo. No puedo asegurarlo, porque no eran momentos en los que yo pudiese mantener en alto mis pensamientos, pero era probable que esos dolores feroces e intolerables me hicieran temblar, caminar para atrás (para alejarme de ese infierno), y por fin, cuando el dolor llegaba al punto más alto, morir. Morir casi, y no hacerme el muerto, como decía la motoneta. Morir directamente, quedar tirado, rígido, con el corazón palpitando como una bomba enloquecida y con los ojos abiertos y fijos, porque hasta los párpados se me habían endurecido de terror.Comencé a alimentar un gran rencor contra mi juguetero, un fuerte deseo de venganza. Lo veía llegar con sus cuatro técnicos, con su cara de luna y sus corbatas de pájaros, y sentía un deseo enorme de castigarlo. Era el culpable de que yo hubiese perdido, en ese horrible encierro, la alegría de hacer pis y la dulce felicidad de satisfacer el hambre.Me dediqué a juntar rabia, a vigilarlo y a esperar el momento.Y el momento llegó. El mundo calesita dio otra vuelta y tuve ocasión de zafar de esa vida insoportable y de cumplir, a la vez, con mi revancha.Fue una tarde (fresca, según pude enterarme después). El juguetero entró al galpón muy apurado, corrió a la mesada, agarró con una mano el prototipo de “mi pequeña perforadora” y con la otra el de “Mi primera silla eléctrica” y pasó a mi lado sin verme. Pero yo sí lo vi. Y lo olí, y lo recordé, y sentí que mi pobre dentadura, que no me había servido de gran cosa en mis empresas cazadoras de la infancia de pronto se preparaban para dar el golpe certero. Le atrapé la pierna al vuelo, hundí con alegría mis cuatro colmillos en esa carne dura y sentí enseguida un olor dulzón y sabrosito que jamás olvidaré mientras viva.Solté la presa y salí por la puerta entreabierta, diciéndome que al fin de cuentas, mi botonera no tenía cinco sino seis botones: “Trux estornuda”, “Trux hace pipí”, “Trux camina para atrás”, “Trux siente miedo”, “Trux se hace el muerto”… y “Trux muerde”.Capítulo XIIDonde queda comprobado que la soledad, a veces, puede ser peor que el hambre.Salí y corrí. Corrí otra vez, sin norte y sin dirección, con el sólo propósito de encontrar algún sitio donde ya no tuviese que seguir pensando en huir y pudiese detenerme a pensar en hacia dónde encaminar mi vida.No había porta orejas esta vez, ni correa tornasolada, ni rabo mecánico. Y la ausencia de todas esas cosas, que bien habría podido considerarse una ventaja, sólo servía para recordarme otra ausencia: La de Huesos.Tirado en un terreno baldío, junto a una planta de hinojo, con el hocico hundido entre las patas, me acordé una vez más de mi amigo, arrancado a los tirones de la calesita, arrojado para siempre fuera del mundo. Y el recuerdo me atravesó de lado a lado el pellejo; fue como si “Mi pequeño taladro” me hubiese atacado de repente, hundiéndose en mi cuerpo y abriéndome un agujero negro hasta el fondo del alma.No tenía rumbo ni método ninguno. NO sabía cómo iba a conseguir comida, ni dónde iba a pasar mis días, y tan desganado estaba que ni siquiera las dulces matas de yuyos que me rodeaban me incitaban a descargar el pis con alegría.Cuando el hambre pinchó (porque mi hambre es infaltable. Ya lo dije, y ni siquiera en los momentos más tristes se ausenta) me puse en marcha. Anduve por Muchas calles. Escarbé basura. Comí pedazos de grasa tristes y fríos. Y cuando creía que ya nada podía llegar a interesarme, la calesita dio otra vuelta y recuperé de repente, como un estallido, la emoción de la vida.Me atraparon.Y no fue un lazo esta vez, fue un perfume. Por un momento creí que podía tratarse de Bella, ya que los vahos me traían recuerdos de mis amores tempranos. Pero no, Olí con fuerza, me llené de olor y descubrí que allá en el fondo había un no se qué de diferencia, algo áspero e inesperado que me llenaba de fantasías. No era Bella, era la Negrita, como decidí nombrarla inmediatamente. Negra como yo. Más negra todavía, con el pelo espeso y brillante que le caía en grandes mechones ondulados sobre las patas, y un aire vagabundo y valiente que enseguida mereció mí aprecio.Cruzó la calle. Y yo también crucé, como es debido. Se alejó y yo la seguí. La perseguí con entusiasmo durante cuadras y cuadras. Se metió por el hueco de un alambrado, y yo, como corresponde, tras ella.Apenas si me detuve a mirar el paisaje: era un terreno sin árboles, son dos camionetas y varias montañas de frascos; me pareció tan bueno como cualquier otro para una cita de amor, incluso mucho mejor que muchos. Se detuvo y me miró. Me le acerqué, la olisqueé despacio: algo me dijo que no le resulté del todo indiferente. Se volvió a alejar y yo a buscarla. Era burlona, alegre, me gustaba mucho. Me dispuse a recuperar la felicidad al menos por un instante. Pero apenas habíamos comenzado nuestro juego cuando nos topamos con dos hombres vestidos de blanco que nos cortaron el paso y nos echaron unas mantas encima.En este post encontrarán del cap VII al XIICapitulos I al VI: Capitulos XIII al XVIII: (sólo hasta el XV por el momento)Capitulos XIX a XXI: En construcción.

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Huerta organica vertical - mínimo espacio balcones y patios
Huerta organica vertical - mínimo espacio balcones y patios
Hazlo Tu MismoporAnónimo6/3/2011

Huerta Organica Vertical Para mínimo espacio en balcones, patios y terrazas A que esta no la tenían!!! Cómo hacer una huerta orgánica en macetas, paso a paso, en este otro post mío: Acá unicamente les traigo la novedad, de que se pueden hacer los cultivos en forma vertical, trasplantando los plantines a estos tótems de tierra. Lo genial es que se pueden usar materiales de descarte como los cartones de leche (o vino), botellas plásticas, bolsas de consorcio reforzadas, etc, o bien comprando tubos de PVC en la ferretería (que no son caros). Acá les dejo fotos y videos que encontré. Yo lo voy a poner en practica este año, y cuando lo haga prometo subir fotos y videos propios. EN LOS VIDEOS ESTA EXPLICADO PASO A PASO COMO SE USAN! Saludos! Y no se olviden de pasar por mi post de huerta organica en macetas paso a paso! [/b]

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Hice mi huerta vertical - reciclaje y alimento organico
Hice mi huerta vertical - reciclaje y alimento organico
Hazlo Tu MismoporAnónimo6/8/2011

Hola a todos! Antes que nada, GRACIAS POR LOS PUNTOS Y COMENTARIOS!!! El año pasado hice un post sobre cómo hacer una huerta orgánica en macetas, paso a paso, para el patio, balcon, terraza o techo: http://www.taringa.net/posts/hazlo-tu-mismo/7360662/Huerta-organica-en-macetas-paso-a-paso-balcon-patio-terraza.html Este año hice otro post sobre la novedad en huertas orgánicas para poco espacio, la huerta vertical: http://www.taringa.net/posts/hazlo-tu-mismo/10930119/Huerta-organica-vertical---minimo-espacio-balcones-y-patios.html Y ahora les muestro el comienzo de mi huerto vertical, y cómo lo hice, paso a paso. (el de la foto es de plástico, no es el que hice yo porque aun no tiene plantitas asique puse uno cualquiera) Es una buena manera para reciclar, no hay muchas cosas para hacer con los tetrabriks, y para esto son ideales porque son fuertes y resistentes a los liquidos!!! Lo empecé ayer (7/6/11) y hoy ya lo llené con tierra y sembré. *Materiales: Cartones de leche, vino, jugo, etc Plasticola Cinta de embalar ( de papel) Papel de diario Tijera *Lavamos los cartones y los secamos bien. A todos (menos a uno) le hacemos 2 cortes: A la parte superior le sacamos toda la solapita Y a la parte inferior le cortamos solo el borde, dejando la solapita abierta. *Al cartón que reservamos le cortamos el borde superior dejando la solapita, y la parte inferior la dejamos intacta (ni siquiera despegar los triangulitos) *Esta va a ser la base de nuestro tótem, por lo que le hacemos agujeritos para que drene el agua. *A todos los cartones (menos al de la base) le hacemos un tajito en una de las esquinas, en el borde donde no hay solapita. *Vamos encastrando los cartones como muestra la foto (solapa-sin solapa) *Luego los fijamos con cinta de enmascarar, toda la vuelta. *Así queda el tótem con 8 cartones (sugiero que como mucho usen 10 porque cuanto más largo es, más inestable y fragil) *Encolamos toda la superficie del totem (hacemos una mezcla de 1 parte de agua y 1 parte de plasticola)... *... y vamos pegando papel de diario cortado en pedacitos no muy pequeños, poniendo más cola sobre ellos. Esta técnica se llama cartapesta, los papelitos deben estar ensimados como para cubrir bien bien toda la superficie y que no se vea nada del cartón que hay debajo. *Así queda el tótem luego de 2 manos de cartapesta. *Segunda tanda de materiales, para usar el tótem como huerto vertical: Tierra (1 kilo x cada tetrabrik) Semillas (lechuga, acelga, espinaca, repollo...) Palita para tierra (o cucharon) Trincheta *Marcamos una "T" invertida en el centro de cada cartón. *Con la trincheta hacemos los cortes y abrimos un poco. *Luego volvemos a cerrar un poco los cortes que hicimos, y llenamos con tierra el tótem. *Regamos con abundante agua, vamos agregando a medida que se absorba. Van a ver que chorrea por los cortesitos que hicimos, no importa!. haganlo en algun lugar que pueda ensuciarse. *Cerramos la abertura de arriba con un poco de cinta y acostamos el tótem. *Clavamos una semillita por cada abertura. (Nota: yo envolví todo el totem con film de pilietileno para hacerlo mas durable) *Eso chiquitito blanco que esta en el fondo, es una semilla de lechuga No se olviden de cubrirla con el dedo con un poco de tierra. *Luego acomodenlo donde no moleste y donde no vayan a moverlo. Una vez que salgan los brotes, y las plantitas tengan 4 hojitas masomenos, lo ponen en forma vertical. Prometo que cuando las plantas broten y lo ponga en forma vertical subo fotos! Todo esto lo hice entre ayer y hoy, un rato cada día. Y no se olviden de pasar por mi post de huerta organica en macetas paso a paso! http://www.taringa.net/posts/hazlo-tu-mismo/7360662/Huerta-organica-en-macetas-paso-a-paso-balcon-patio-terraza.html

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Reciclado: Cómo hacer muebles con cajones de verduras
Reciclado: Cómo hacer muebles con cajones de verduras
Hazlo Tu MismoporAnónimo5/30/2011

Reciclado Cómo hacer muebles con cajones de verduras Los cajones de madera se consiguen fácilmente en cualquier verdulería, y la mayoría de los verduleros te los regalan muy amablemente. Conviene pedir los cajones que sean más fuertes, ya que los distintos proveedores a veces usan cajones que son de una madera muy finita y sin refuerzos. Por otro lado, tambien podemos guardar algunos de los cajones sin reforzar, por si necesitamos sacar tablitas de madera para completar los demás cajones que vayamos a usar. MACETERO RÚSTICO Materiales y herramientas: - Cajones de verduras o frutas - Lija para madera (una gruesa y una fina) - Clavos - Pintura (acrílico o esmalte sintético) - Barniz - Martillo - Pinceles *Primero tomamos uno de los cajones que esté mas desarmado y extraemos todas las tabiltas por separado. *Luego las clavamos en el cajón que usaremos como macetero, cerrando las rendijas que quedan entre tabla y tabla, tanto en los laterales como en el fondo. De paso reforzamos con clavos todas las tablas. Sacamos todos los clavos salidos que pueda haber. *Una vez hecho esto, lijamos todo el cajón por dentro y por fuera primero con la lija gruesa para sacar todas las imperfecciones y rebabas, y luego con la lija fina para suavizar todas las superficies y que no quede áspero. *Después pintamos el cajon del color que queramos (el de la foto no tiene mucha gracia pero es el que encontré). Si usaste acrílicos o témpera o cualquier pintura al agua, conviene barnizarlo (brillante o mate) para protegerlo del agua y suciedad. Con el esmalte sintético o pintura en aerosol no hace falta otra portección. *Y ya está lito para ponerle macetas adentro, o directamente llenarlo de tierra. BAÚL CON O SIN RUEDITAS Materiales y herramientas: - Cajones de verduras o frutas - Lija para madera (una gruesa y una fina) - Pinturas acrílicas de varios colores - Barniz - Retazo de tela - Cintas o cordones - Rueditas para sillas (se compran en cualquier ferreteria o en Easy) - Tornillos - Tijera - Pinceles - Hilo y aguja - Destornillador *Lijamos todo el cajón por dentro y por fuera primero con la lija gruesa para sacar todas las imperfecciones y rebabas, y luego con la lija fina para suavizar todas las superficies y que no quede áspero. Sacamos todos los clavos salidos que pueda haber. *Después pintamos el cajon del color base que queramos y una vez seco le hacemos las decoraciones y dibujos. Podemos usar un extencil. Luego barnizar. *Para medir la tela, ponemos el cajón sobre ella y levantamos los 4 lados, como envolviendo un regalo. Marcamos los bordes y cortamos por allí. Lo que sobra en las esquinas podemos dejarlo así como está, o cortarlo y coser los vértices. Haciendolo de esta manera la tela quedará sueltita adentro del cajón. Si quieren hacerlo mas preciso y prolijo deben medir todo el interior y hacer dobladillos. *Cosemos 4 o 6 u 8 tiras de tela, cintas o cordones a los bordes para atar al cajón. *Se le puede poner rueditas, simplemente atornillándolas a la base del baúl. ESTANTERÍAS Y MESAS DE LUZ Materiales y herramientas: - Cajones de verduras o frutas - Lija para madera (una gruesa y una fina) - Tintura al agua para madera - Barniz (si es teñido evitamos la tintura) - Refuerzos metálicos o de madera/tabla de madera - Tornillos y tuercas - Pinceles - Destornillador - Agujereadora/taladro *Lijamos todo los cajones por dentro y por fuera primero con la lija gruesa para sacar todas las imperfecciones y rebabas, y luego con la lija fina para suavizar todas las superficies y que no quede áspero. Sacamos todos los clavos salidos que pueda haber. *Después teñimos y/o barnizamos, todos los cajones cada uno por separado. *Para armar la estructura y que no se desarme podemos hacer 2 cosas: - Comprar una tabla de madera que será el "fondo" de la estantería (medimos la superficie total de los cajones), y clavamos las bases de todos los cajones en ella. - Conseguimos refuerzos metálicos en la ferretería, que consisten en una chapita con 4 perforaciones: Estas las usamos en el interior, donde se juntan 4 cajones. Tambien hay otras que no estan dobladas sino que son rectas, y tienen solo 2 perforaciones, que usaremos por fuera uniendo 2 cajones. Podemos reemplazar las chapitas por maderitas, pero es menos resistente. Entre un cajon y otro debe haber por lo menos 2 uniones. Hacemos las perforaciones en las cajas donde pondremos los refuerzos, atornillamos con los tornillos y sus tuercas. PEQUEÑOS PUFF Materiales y herramientas - Cajones de verduras o frutas (BIEN RESISTENTES) - Cinta métrica - Goma espuma - Cemento de contacto - Cuerina - Engrampadora (o tachuelas y martillo) *Antes de comenzar el trabajo, asegúrate de que las cajas estén limpias para que el cemento se adhiera con facilidad. *Toma las medidas (alto y ancho) de los cuatro lados y de la base de la caja. *Corta la goma espuma (doble capa para la parte del asiento) de las medidas de los 4 lados y la parte superior. *Aplica el cemento de contacto en la caja y en los recortes de goma espuma. Deja orear unos minutos y luego adherirlos. *Una vez que el adhesivo haya secado bien, toma el recorte de cuerina y colocala con la cara suavesita hacia arriba y la cara de cuerina hacia abajo. *Sobre ella ubicamos en el centro el cajón con la abertura hacia arriba. *Comenzando por los lados más largos de la caja, dobla el cuero y fíjalo a la misma por los bordes o por adentro utilizando la engrapadora o las tachuelas. Terminar los cuatro lados. *Por último, dobla los sobrantes de las esquinas de modo que parezca un paquete de regalo y vuelve a asegurar con la engranpadora. Video:

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¿Queres colibries o picaflores en tu patio? Entrá.
Hazlo Tu MismoporAnónimo9/8/2011

BEBEDERO PARA COLIBRÍES (PICAFLORES) CASEROHola, hice este bebedero hace varios años, y me ha dado buenos resultados.Lamentablemente nunca pude sacarle foto a los colibries bebiendo de él, pero he tenido la oportunidad de disfrutarlos varias veces Son hermosos!Materiales y herramientas:* Una botellita de agua o gaseosa o cualquier bebida, de 500 ml, 600 ml o hasta las de 750 ml.* La base redonda plástica y pié de un sifón descartable (algunas botellas de agua tambien viene con esta base)* Goma eva. Puede ser rosa, fuccia, roja, magenta o violeta.* Alambre* Clips* Tornillo pequeño* Destornillador* Tijera /cutter /trincheta* Punzón o cuchillo con punta* Pegamento de contacto ó adhesivo UHU ó pistola de silicona.Paso a paso:* Primero lavamos bien la botellita si no era de agua. descartamos la tapita, y retiramos (para volver a colocar luego) la tirita de plastico que originalmente era parte de la tapita. Ese circulito que viene troquelado, que se corta cuando abrimos la botella por primera vez.* Luego despegamos la base plástica (azul) del sifón o botella, y le cortamos la base.* A la base azul, le hacemos un agujero en el centro, del diámetro del pico de la botellita. Tambien le hacemos 2, 3 o 4 agujeritos más, por donde los colibríes beberán. Además, le hacemos dos pequeños orificios más para pasar el alambre, que servirá como gancho para sujetar la base plastica que contendrá al liquido.* Pasamos el pico de la botella, lo aseguramos con el circulito de plástico que le retiramos antes (en la foto de arriba se ve bien). Colocamos la base cortada dentro de la base azul y la aseguramos con el alambre.* Cortamos y pegamos las flores de goma eva sobre los agujeritos para beber. Cuanto más grandes sean, más atractivas para los colibries!!* Le realizamos un agujerito bien en el centro, a la base de la botellita. Lo mejor es ayudarse con alguna herramienta con buena punta, como un cuchillo o un punzón, y calentarlo en la hornalla, ya que esta parte de la botella es muy gruesa. OJO con hacer el agujerito demasiado grande. Haganlo chiquito y van viendo, lo mejor es que el tornillo entre haciendo un poco de fuerza. Una vez hecho, atornillamos el tornillito y le enganchamos un clip abierto, como muestra la foto. En lo posible, sellen con un poco de pegamento alrrededor del tornillo para que no entre aire.ASÍ QUEDA COLGADO EN MI PATIOReceta del néctar:Para hacer néctar de picaflores mezcla media tasa de azúcar con dos tasas de agua hirviendo (serían 1 parte de azúcar con 4 partes de agua). Es importante hervir el agua para evitar que tenga bacterias que puedan contaminar el agua. Mueve el azucar hasta que se disuelva por completo y deja enfriar el néctar a temperatura ambiente antes de verterlo al bebedero.No uses miel o jugos de frutas en la mezcla porque estas se fermentan y pueden causar la muerte de los picaflores.Debes cambiar el néctar con néctar nuevo una vez por semana para evitar que se fermente. Cuando cambies el néctar lava el interior del bebedero con detergente suave (no lejía) y enjuágalo bien para que no quede detergente cuando heches el nuevo néctar.Recomendaciones varias:Colgarel bebedero afuera donde lo puedas ver pero en un lugar a la sombra: si lo pones al sol en el verano se fermentará el néctar. Si ves que las hormigas llegaron al bebedero, cámbialo de sitio o atraviesa una tapita a través del alambre de donde cuelga el bebedero, sellando el agujero con pegamento. Cuando cuelgues el bebedero, hecha un poco de agua en la tapita del colgador, lo que impedirá que las hormigas lleguen al néctar.Otra forma de evitar hormigas es poner un poco de algodón en alguna seccion del alambre.Despúes de colgarlo por primera vez, PACIENCIA!!. Pueden pasar una o dos semanas hasta que un picaflor encuentre tu bebedero.Y YA QUE HAY VARIOS QUE NO ME CREEN, PROMETO ESTAR DIA Y NOCHE (?) FRENTE A LA VENTANA PARA SACARLE FOTOS jajajaja

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Q hago con la ceniza que cae en mi patio? MIRÁ
Salud BienestarporAnónimo6/9/2011

MASCARILLA FACIAL DE ARCILLA VOLCÁNICA La arcilla de ceniza volcánica (también conocida como arcilla bentonita de sodio) se crea cuando ceniza volcánica se mezcla con el agua. La arcilla resultante contiene una impresionante combinación de minerales que pueden proporcionar los numerosos beneficios de salud y de la piel. Los minerales de arcilla de ceniza volcánica son conocidos para exfoliar la piel, levantar las células muertas y revitalizar la piel. También se cree que la arcilla de ceniza volcánica ayuda a extraer toxinas del cuerpo y ayuda como drenante para edematizaciones. La arcilla de ceniza volcánica ahora se utiliza para tratamientos faciales y sesiones de spa y se encuentra en productos de cuidado de la piel. Ofrece muchos beneficios para las mujeres, hombres y niños de todas las edades. Puede ayudar a reducir la celulitis, estrías y líneas finas y arrugas. Mejora la apariencia de patas de Gallo, subpalpebrales hinchazón, cicatrices y manchas. Arcilla de ceniza volcánica ayuda a reponer la piel seca, aburrida y también ayuda a ocultar un tono de piel desigual. Para los adolescentes, la arcilla puede ayudar a mejorar la piel acné. Forma de aplicación: Mezclar una cuchara de cenizas con 1/2 cuchara de agua hasta formar una mezcla cremosa, aplicar sobre el rostro y dejar actuar de 3 a 5 minutos. NO DEJAR SECAR SOBRE LA CARA. Retirar con abundante agua. Asique, A JUNTAR LAS CENIZAS SE HA DICHO!

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Tu pareja es mentirosa y manipuladora? Te hace sentir mal?
Tu pareja es mentirosa y manipuladora? Te hace sentir mal?
Salud BienestarporAnónimo11/20/2011

Para todos aquellos/as que sufrieron en manos de UNA PAREJA MENTIROSA Y MANIPULADORATal vez pienses, al leer, "esto es exagerado, mi novi@ hace estas cosas pero decir psicópata es exagerado..."PUES NO. SI VARIAS DE LAS SITUACIONES QUE LEAS ABAJO, PASAN EN TU VIDA, EMPEZA A REPLANTEARTE ESA RELACION.Este articulo no apunta a los psicópatas "peligrosos" asesinos y violadores, sino a aquellas personas que se encargan alebosamentede hacerle miserable la vida a sus parejas. Y si, se los llama psicópatas, en un nivel bajo.Aunque en su mayoría existen varones psicópatas, muchos hombres sufren con mujeres psicópatas.COMPARTANLO CON TODAS LAS AMIGAS Y TODOS LOS AMIGOS QUE ESTEN VIVIENDO UNA RELACION DE ESTE TIPO. Año XI, vol 9, N°3, noviembre de 2000Mesa Redonda 7º Congreso Internacional de PsiquiatríaPsicopatía - Hugo Marietán El complementario y su psicópata "Uno son el torturador y el torturado. El torturador se equivoca, porque cree no participar en el sufrimiento; el torturado se equivoca, porque cree no participar en la culpa". Schopenhauer Una manera de ser Este tema está abordado desde el punto de vista clínico, por lo tanto, acentuaremos lo descriptivo.La psicopatía es una manera de ser, es una personalidad, una variante de los tipos humanos. No es una enfermedad, sino una manera de ser atípica, infrecuente y estridente, por su patrón conductual que desentona, en ocasiones, con el patrón general de conducta de la comunidad.El psicópata es una persona que tiene un comportamiento distinto porque tiene necesidades distintas que satisfacer. Por eso hace un uso particular de la libertad, crea códigos propios, repite patrones conductuales y tiene necesidades de estímulos intensos. Todo esto analizado desde una persona común que ve al psicópata como a alguien que está, en algunos aspectos de su conducta, desadaptado. El psicópata no tiene un tipo de conducta psicopática en el cien por ciento de su accionar, se muestra psicopáticamente en determinado tipo de relaciones.Otra característica básica es la cosificación (te trata como si no tuvieras valor, mientras te dice que "sos todo lo que le importa" ), que implica quitarle al otro los atributos que lo valoran como persona, es decir, desjerarquizarlo para considerarlo un objeto y, desde esta maniobra psicológica, poder manipularlo.Finalmente, en el acto psicopático grave, el psicópata comete una acción de tal magnitud que ese solo hecho lo describe. Modos de relación del psicópata El psicópata tiene, al menos, tres modos de relacionarse psicopáticamente con el otro.El asociativo: es cuando un psicópata entra en relación con otro psicópata. Este tipo de asociación se da cuando el proyecto que debe realizar lo supera ampliamente como individuo. La relación es tensa y el equilibrio se mantiene mientras persista el objetivo. Hay que recordar que estamos hablando de personas altamente narcisistas, egocéntricas; en consecuencia, el apego que puedan tener sólo lo justifica el objetivo.El segundo modo de relacionarse con el otro es el tangencial, es decir, cuando el psicópata se encuentra con la víctima ocasional; cuando ejerce su psicopatía en función de una acción de tipo delictiva, una violación, una estafa, por ejemplo. Es un encuentro ‘puntual’.Otro modo de relacionarse es el complementario: cuando el psicópata encuentra su complementario, o el complementario encuentra su psicópata. La relación es de doble vía y está lejos del preconcepto víctima-victimario; ambos participan activamente para mantener el vínculo. Considero que la persona que logra permanecer junto a un psicópata, no es otro psicópata, como habitualmente se entiende. Yo creo que el que más chance tiene de relacionarse y permanecer con un psicópata, es un neurótico. Estas relaciones son metaestables, se mantienen, pero con explosiones y desequilibrios a lo largo de todo su desarrollo. El complementario Insisto en aclarar lo descriptivo de esta exposición, que es extracto de mi experiencia con tratamientos de complementarios que conviven con psicópatas.Se observa que se forma un circuito psicopático persistente; y pienso que ningún sistema permanece si no cubre una necesidad.El tipo de necesidad que satisface el complementario con el psicópata, o el tipo de anclaje que hace que esa relación se mantenga, no tiene su base en la lógica, sino en lo irracional.Cuando se atiende a estas personas lo primero que florece en el discurso es la queja. El complementario utiliza el escenario de la relación terapeuta-paciente para transmitir su queja. No son quejas comunes, son quejas sobre humillaciones, descalificaciones, incluso agresiones físicas. La forma de presentar la queja varía desde la justificación ("Yo lo provoqué" ), la minimización ("Me golpeó, pero no es nada" ), el detallismo (el detenerse morosamente en describir cada acción), hasta la búsqueda de conmiseración ("¡Cómo me hace sufrir!, ¿verdad?" ).No todos los psicópatas son iguales, hay distintos niveles, desde muy graves (asesinos, violadores, torturadores, etc) hasta simples desmoralizadores (infieles y mentirosos). El disfrute secreto Desde la lógica común, uno se pregunta ¿qué hace esta persona con este psicópata? ¿Qué beneficios saca para continuar en esta relación? Razonando con parámetros lógicos comunes, no se comprende la permanencia de esa pareja. Aún si se analizan con el complementario las circunstancias que llevaron a hechos agresivos, y la manera de prevenirlos, éstos se repiten. Con esto quiero decir que el hacer razonar, el esclarecimiento del porqué suceden las cosas, en este caso, no sirve, porque el anclaje está en lo irracional.El complementario muchas veces da la impresión de que se relaciona con el psicópata a través de la angustia, o sea que, siguiendo esta premisa, el anclaje sería displacentero. Pero, después de ver a muchos de estos pacientes complementarios, yo pienso que el anclaje es el disfrute, pero no el disfrute del sufrimiento. Es un disfrute inefable y donde el sufrimiento es un efecto secundario de ese disfrute. La persona complementaria nos trae la queja, nos muestra el ‘precio’ del goce, nos muestra el "chichón"3.Este tipo de disfrute es secreto, en el sentido de que suele ser desconocido (conscientemente) para el complementario, y a veces también para el psicópata. Pero hay algo allí que los une; tal vez en la ‘animalidad’, en lo irracional, haya un goce.En ocasiones, por el discurso que tienen los complementarios, suelen relacionarlo con algún tipo de disfrute especial, con el sexo por ejemplo; pero eso no consigue justificar el pagar el precio de las humillaciones, las descalificaciones, la baja de la autoestima, el ‘deterioro’ de su ‘persona’. Algunos logran captar que con el psicópata pudieron desinhibir sus represiones; logran realizar lo prohibido. Inmodificables Otra característica del psicópata que se debe tener en cuenta es su impermeabilidad a las modificaciones. El psicópata es una persona que puede tolerar mucha presión, puede aguantar castigos, y aún así mantenerse en una posición. Son perfectos actores, perfectos mentirosos, siempre logran que uno les crea. Esto obliga al complementario a doblegarse, porque la posición del otro es irreductible; lo pone en la opción de: "es esto o nada"; "tómalo o déjalo... si puedes". El complementario termina luchando, no contra el psicópata, que es inmodificable, sino contra sí mismo, contra su conciencia del propio valor. Y se obliga a doblegarse. Este obligarse a hacer, en el que ve menoscabada su persona, es altamente doloroso. Pero es mayor el sufrimiento que provoca la no presencia del psicópata, esto hace que el complementario pague la factura y continúe con la relación.La regla de oro que mantiene este vínculo es la formula: "con él estoy mal, pero sin él estoy peor". Entre ‘mal’ y ‘peor’, está el disfrute.Códigos propios Si se conversa en profundidad con estas personas, se verá que entre el psicópata y su complementario se establecen códigos propios, señas, gestos, que hacen que modifique la conducta del otro. Una paciente me decía: "mi padre me mira de ‘esa forma’ y yo ya sé lo que debo hacer". Otra paciente decía: "yo lo seguía por detrás, no quería que estuviera a su lado para no comprometerse; sin embargo, por su forma de caminar yo sabía si tenía que pararme o si tenía que estar a un costado o donde sea". Autoestima socavada El complementario tiene la autoestima socavada. Uso el término "socavada" porque la erosión que hace el psicópata sobre el complementario no suele ser una acción grotesca y brutal, sino que, al contrario, puede ser muy por debajo y sutil; va descalificando, desmereciendo, engañando, usando, creándole inseguridades (es un juego de un "premio y tres castigos", en donde no se sabe cuando llega el premio y cuando el castigo, ni por qué) hasta que la autoestima del complementario termina socavada. Decía una consultante: "Yo antes no era así de insegura. Tenía trabajo, proyectos, iniciativa; me manejaba sola. Ahora necesito preguntar todo, hasta las pavadas. Él, a todos mis planes y posturas, le encontraba un pero, un motivo de crítica, un lado negativo. No era agresivo, me hacía razonar, y al final terminaba adoptando su criterio y pensando que mi forma de encarar las cosas era la de una tonta... ahora no puedo confiar en mi nueva pareja, no me siento linda ni atractiva".El psicópata no se pasa pensando qué hacer para que el complementario haga tal cosa o tal otra, o qué hacer para descalificarlo y bajar su autoestima. Ni se lo plantea; no es un estratega ni un diseñador de conductas. Es como es. Le sale espontáneamente ese tipo de conducta que finalmente termina haciendo sentir desvalorizado al complementario. Asimetría intolerable Se establece una marcada asimetría en cuanto a la consideración del otro. El psicópata ve al otro como una cosa de su pertenencia, a su disposición y sin necesidad de una lógica que fundamente esta postura. Debe ser así y punto. El complementario se considera a sí mismo y a su pareja, como persona. No sabe que está con un psicópata. Pueden parecerle raras algunas conductas, pero no puede salir fuera del sistema para evaluar y concluir: "es un psicópata". Por considerarlo un igual es que hace el razonamiento equivocado: "no entiendo por qué hizo esto, yo en su lugar...". Y sufre pensando en un error o esperando una disculpa; quiere ser considerado por el psicópata como una persona, lo cual es una ilusión, algo imposible de lograr. No se puede comprender, empáticamente, la mente de un psicópata. Uno cree que va a cambia. El complementario espera un cambio, un arrepentimiento, y el psicópata puede hacerle creer que reflexionó y que va a cambiar, pero no es cierto. Nunca es cierto. Solucion para este tipo de relaciones? Contacto cero Cuando el anclaje es fuerte no se puede hacer nada. Cuando se rompe el vínculo generalmente es porque el psicópata deja a su pareja, siendo ésta la posibilidad que tiene el complementario de salir del sistema. Del lo contrario es muy difícil. La otra forma es cuando el hartazgo es muy fuerte en el complementario, o sea que el sufrimiento supera ampliamente a los beneficios que obtiene de su psicópata. Aquí es cuando el complementario pide ayuda. La intervención del terapeuta en este caso, al ser un tipo de relación atípica, debe ser también atípica. No se puede tratar de manera estándar un vínculo que no lo es.La regla básica cuando se quiere mantener la separación entre un psicópata y un complementario es el "contacto cero", dado que el anclaje es irracional y apenas se avistan se vuelve a rearmar el circuito psicopático. El terapeuta debe ser creativo y ocupar un papel más activo que el standard para ampliar las posibilidades del complementario. El límite de las palabras Ni las palabras, ni las argumentaciones, sirven, ya que el psicópata es buen manejador de las palabras, un mentiroso, y suele ser muy convincente, sobre todo con alguien que desea fuertemente ser convencido, como es el complementario.Algunas indicaciones que pueden dar resultados son: levantar la autoestima, lograr el contacto cero, fortificar lo afectivo con antidepresivos y ansiolíticos (separarse del psicópata produce algo paradójico: alivio y muchísima angustia a la vez). La manipulación por el agobio Si el complementario trata de salir del circuito psicopático, como "la cosa" le pertenece al psicópata, éste la persigue psicopáticamente. Por ejemplo, contaba una consultante: "Iba al trabajo y al mirar por la ventana, lo veía en la calle, de verdad estaba ahi esperandome; trataba de hacer una ‘salida’ nocturna y en el mismo lugar ‘aparecía’ él, no se cómo se enteraba a dónde y con quien salía; o al llegar a la madrugada lo encontraba en la puerta esperándome. Llamaba a mi casa, me mandaba mensajes y mails, se contacta con mis amigs y familiares...". Es un agobio y presión de tal naturaleza, que genera mucha angustia, por lo cual se utilizan recursos que fueron motivo de charlas anteriores. El después ¿Qué pasa una vez que el complementario se desliga del psicópata? La experiencia muestra que no vuelve a ser la misma persona después de haber pasado por un psicópata. Una vez que se separa, se trata de que forme nuevos contactos. Pero éstos, si son normales, resultan aburridos, insulsos, poco estimulantes. Puede pasar mucho tiempo antes de conseguir una nueva pareja. Esto dificulta el distanciamiento con el psicópata. Y si lo logran, tienen miedo de ser engañados, no se sienten comodos con su sexualidad ni con su personalidad, al punto de que si encontraron una areja buena y amorosa (simplemente un "no psicópata" ) pueden dañar esa relacion con sus problemas. A veces logran armar otra pareja con armonía inicial que luego resulta ser otro psicópata. Por lo tanto, una persona que pasó por la experiencia de un psicópata nunca vuelve a ser como antes y sus gustos tampoco serán los mismos. ¿Qué se puede esperar después de haber satisfecho necesidades profundas? ¿La sed, el recuerdo?

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Mis Recetas "APB" : Dulces
Mis Recetas "APB" : Dulces
Recetas Y CocinaporAnónimo2/14/2011

Mis recetas "APB" (a prueba de bolu...) : DULCES! Para los golosos y golosas de T! Hola a todos Estuve incursionando en la cocina y quería compartir con ustedes mis recetas paso a paso. Son todas aprendidas de otro lado pero con ajustes y variaciones propios. A cocinar de ha dicho! es fácil y muy satisfactorio Tal vez tambien te interese mi otro posr de cocina: Mis recetas "APB" : Comidas varias, especial para los que viven solos/as http://www.taringa.net/posts/recetas-y-cocina/9658248/Mis-recetas-Equot_APBEquot_-Comidas-varias-faciles-y-rapida.html Hoy les presento: 1) Pasta Frola de Chocolate rellena con Frambuesa o Dulce de Leche 2) Bizcochuelo con un poco menos de calorías que los tradicionales 3) Para los borrachines golosos: Baileys casero!! 4) Galletitas Pepitos Caseras 5) Ideal para los chicos: Muffins de Banana y Avena 6) Postresitos (como los Ser/Danette) de Chocolate y Dulce de Leche 7) Tarta de Peras y/o Manzanas 8) Flan de coco bien fácil Antes que nada: TIPS * Siempre que vayamos a usar el horno hay que precalentarlo, por lo menos 20 minutos a fuego medio. Si la receta requiere un horno fuerte o bajo, lo regulamos 5 minutos antes de meter la preparación. * Conviene que busquen la casa de repostería y casa de dietética de su barrio. Muchos ingredientes se compran allí. Traten de conseguir polvo de hornear o "Royal", y esencia de vainilla, los vamos a usar mucho, no son caros, y se pueden guardar por mucho tiempo. * En la repostería es muy importante poner con la mayor precisión posible los ingredientes, sobre todo si se trata de manteca, huevos, leche, harinas y polvo de hornear, salvo los ingredientes en los que se mencione "aprox" o "a gusto" * Antes de mandarse a preparar algo, pónganse a mano todos los ingredientes, utencillos y recipientes que van a usar... no sea cosa de que en la mitad de la preparación se den cuenta de que "mi mamá prestó la flanera" o "uy, me quedé sin harina, pensé que habia!" * Manos limpias, pelo atado, mesa de trabajo despejada, POR FAVOR! * Si son principiantes (como yo) a veces esta bueno tener a alguien al lado que te de una mano, que te lea la receta, y que opine sobre lo que estas haciendo. Además se hace más divertido. * ¿Cómo sabemos si la masa ya esta cocida? Los tiempos de cocción pueden variar segun el horno, cuanto lo hayamos precalentado, o incluso la cantidad de gas disponible ese día (hay dias y épocas en las que sale menos gas, como por ejemplo en invierno). Las masas tipo galletita o tarta, que llevan manteca y son finitas, están cocidas cuando se empiezan a dorar. Solo con verlas uno se da cuenta. Con las masas tipo bizcochuelo o muffin, que se inflan y previamente no fueron un bollo sino una pasta bien humeda, la manera de saber si estan cocidas es clavandoles delicadamente en forma diagonal un cuchillito o un palito de brochette de madera. Si cuando lo sacamos sale limpio, ya esta cocido. Si por el contrario sale lleno de mezcla y pegoteado, todavía falta. Por más que por afuera se vea dorado el interior puede estar crudo. 1) Pasta Frola de Chocolate rellena con Dulce de Leche ó Frambuesa - Batir a mano o con batidora electrica en un bowl 200 g de manteca fría con 90 g de Nesquik o Nescao o Chocolate amargo en polvo (no instantaneo, el q se vende en las reposterías). Doy estas 3 opciones porque con un choco instantaneo muy berreta no queda bien. Seguir batiendo hasta que quede punto pomada. - Ir agregando azúcar a gusto, entre 50 y 100 g. Digo a gusto porque si usan choco amargo le tienen que poner más de azúcar, si usan Nesquik un poco menos, y si usan Nescao todavía menos porque éste trae mas azúcar. Metan el dedo en la mezcla (limpito por favor) y prueben. - Agregar un chorrito de esencia de vainilla. Si no tienen no importa, pero se vende en todos los supermercados. - Incorporar 1 huevo y 2 yemas. ¿Cómo separar las yemas de las claras? mira este video: http://www.youtube.com/watch?v=yCuG4W85Exg. Las claras que te sobran se las agregas a un omelette - Agregar 250 g de harina común (3 ceros 000 o 4 ceros 0000) con una cucharadita chiquitita (como las de café) con polvo de hornear. El polvo de hornear si es importante, también se consigue en los supermercados al lado de las harinas. - Homogenizar la masa sin amasar demasiado (las masas con manteca se arruinan si uno amasa de más) y dejar reposar el bollo en la heladera, por 3 horas. - Separar 2/3 de la masa y estirarla con un palito de madera sobre una superficie limpia y enharinada, hasta que quede de 3 mm aprox. - Cubrir una tartera de 22 cm de diámetro. (es una medida estándar) - Rellenar esparciendo por encima con mermelada de Frambuesas/Frutillas/la que les guste ó Dulce de Leche. - El 1/3 restante de la masa, estirarlo tambien a 3 mm sobre una superficie limpia y enharinada, y cortar tiritas para hacer el clásico enrejado de las pasta frolas. - Llevar 1/2 hora a la heladera, y luego hornear en horno bajo/medio (180°C) por 35/40 minutos. 2) Bizcochuelo Marmolado con un poco menos de calorías que los tradicionales. Pueden hacerlo de vainilla o chocolate sólo para hacer una torta. - En un bowl batimos 2 huevos con un chorrito de esencia de vainilla, 1 taza de leche descremada y 3/4 taza de aceite, el que tengamos en la cocina. La medida de la taza es estándar, como la que usamos para tomarnos un té o un cafe con leche en el desayuno. 3/4 taza de aceite les va a parecer mucho cuando lo carguen, pero no pongan menos porque no sale bien. Batir hasta que haga espumita. - Agregar 10 cucharadas soperas no muy colmadas de azúcar. Si quieren pueden usar "Splenda", es un edulcorante similar al azúcar que es excelente para cocinar y no tiene calorías. Si no les gusta muy dulce, usen un poco menos. Seguir batiendo hasta disolver el azúcar. - Mientras batimos vamos agregando de a poco 20 cucharadas de harina Blanca Flor (que es leudante). Dejamos la batidora y mezclamos con una espatula hasta que la pasta quede homogenea. Hasta acá es la mezcla de un bizcochuelo tradicional de vainilla, que pueden usar como base para una torta de cumpleaños, por ejemplo. Para que sea marmolado: - Separamos la mezcla en 2 partes iguales, usando otro bowl. A una le agregamos más vainilla ó ralladura de 1 naranja (anímense queda genial!), y a la otra 6 cucharadas soperas de Nesquik o cacao amargo en polvo. Mezclamos. - En una tortera o flanera (la que tiene el agujero en el medio) de 24 cm de diametro previamente aceitada con un papel de cocina embebido (si tienen ese aceite en aerosol sirve) vamos volcando las mezcla en forma intercalada e irregular, para generar el efecto marmolado. - Hornear por 40 minutos aprox en horno medio. 3) Para los borrachines golosos: Baileys casero!! - En una licuadora o procesadora, o en un bowl usando batidora eléctrica, mezclamos: * 400 cc de Wisky (yo uso el Criadores o el Old Smuggler, dentro de los economicos son muy buenos para esta receta, pero ustedes pueden usar el que quieran). * 395 g de leche condensada (es justo 1 lata) * 4 cucharadas soperas de azúcar * 1 cucharada sopera cacao instantáneo (cualquiera) * 1 cucharada sopera de café instantaneo - Licuar hasta que esté todo bien integrado. - Mezclando a mano agregamos 360 cc de crema de leche (es justo un pote grande). No hay que licuar ni batir nuevamente la mezcla una vez agregada la crema porque se puede cortar. Lo hacemos con una espátula o revolviendo con una cuchara. No hace falta dejarlo macerar, se puede tomar en el momento o usar para algun postre helado. Podemos guardarlo en una botella con tapa y dura 1 mes EN LA HELADERA. Rinde poco mas de 1 litro. 4) Cookies: Galletitas Pepitos Caseras! - En una procesadora batimos 200 g de manteca con 200 g de azúcar y 1 huevo. Poco tiempo, solo hasta unir los ingredientes. - Agregamos de a poco 400 g de harina común, 1 cucharadita de polvo de hornear, 1 pizca de sal y esencia de vainilla. Seguimos uniendo suavemente. - Dejamos descansar el bollo 1 hora en la heladera. - Estiramos la masa con un palote sobre una superficie limpia y enharinada, hasta que quede de 5 mm aprox. - Con un cortante redondo del diámetro que queramos vamos cortando circulitos en la masa, y le agregamos presionando con el dedo los "chocolitos" que queramos. Las chispitas de chocolate se consiguen en las casas de repostería y en algunos supermercados. - Recordar: la masa que nos sobra en los bordes luego de cortar los circulitos, la volvemos a unir, estirar y la seguimos aprovechando para no desperdiciar. - En una placa para horno enmantecada (puede ser una pizzera) con ayuda de una espátula vamos colocando los circulitos con cuidado de no romperlos. - Hornear por 10 minutos a fuego medio. Con un cortante de 5 o 6 cm de diametro salen 50 galletitas mas o menos. 5) Ideal para los chicos: Muffins de Banana y Avena - Mezclar en un bowl 1 y 1/2 taza de harina común, 1 taza de avena tradicional (se consigue en las casas de dietética), 1 taza de azúcar y 1 cucharadita de polvo de hornear. - En otro bowl aparte mezclamos los húmedos: 4 bananas pisadas, 1/2 taza de leche, 1/3 taza de aceite (el que tengamos en casa) y 1 huevo. - Integramos mezclando los secos del 1° bowl con los húmedos del 2° tratando de no dejar grumos grandes. - Repartimos en pirotines (esos papelitos tipo canastita para los muffins y magdalenas, se compran en las casas de reposteria) o en una bandeja muffinera. - Cocinamos a horno medio/fuerte por 15 minutos aprox. 6) Postresitos (como los Ser/Danette) de Chocolate y Dulce de Leche Chocolate: - Poner a calentar 1/2 litro de leche. - En un recipiente aparte diluímos con un poco de agua tibia 30g de cacao amargo en polvo (el que se consigue en las casas de repostería), 60 g de azúcar, 15 g de almidón de maíz (se consigue tambien en las casas de repostería o en las dietéticas). - De la leche caliente, agarramos aprox 250 cc y se lo agregamos a la mezcla que hicimos. Mezclamos un poco. - Luego volcamos todo denuevo en la cacerola con el resto de la leche. - Batimos en el fuego (bajo) hasta que espese, y agregamos 60g de chocolate Águila picado, mezclamos hasta que se derrita todo. - Servimos en un bowl o en varios bowlsitos (o en los potesitos de Danette vacíos jejeje) y dejamos enfriar en la heladera. Dulce de Leche - Hervimos 400 cc de leche descremada con 400 g de dulce de leche. - Batimos en el fuego, y agregamos 15 g de almidón de maíz diluído con un poco de agua (como en los de chocolate) - Una vez que espese, servimos en un bowl o en varios bowlsitos (o en los potes de postresitos vacíos) y dejamos enfriar en la heladera. 7) Tarta de Peras y/o Manzanas - Batir en un bowl 100 g de manteca pomada con 100 g de azúcar. - Agregar 2 huevos y seguir batiendo. - Dejamos la batidora a un lado y mezclando a mano con una espátula agregamos ralladura de 1 naranja, 150 g de harina común y una cucharadita de polvo de hornear. - En una tortera baja o pizzera colocamos un fondo de papel manteca al que vamos a enmantecar aún mas. - Sobre el papel enmantecado colocamos una capa delgada de avena fina (se consigue en las dietéticas) y sobre ella volcamos la masa en forma pareja. Si es necesario nos ayudamos con una espátula para distribuirla mejor. - Cortamos en rodajas finas 3 peras ó 3 manzanas o un poco de ambas, y las colocamos intercaladas un poco superpuestas sobre la masa, cubriendo toda la superficie. - Cocinamos en hormo medio durante 30 minutos aprox. 8) Flan de coco - Vaciamos 2 latas de leche condensada en un bowl. (cada lata trae 395 g) - Usando esas mismas latas como medida, ponemos a calentar en una cacerola 2 latas de leche entera y 50 g de coco rallado. - Batimos la leche condensada q dejamos en el bowl con 4 huevos. - Dejamos enfriar un poco la leche con coco q teniamos en la cacerola, la colamos (para sacar los pedacitos de coco rallado), la vertemos a la mezcla del bowl, y seguimos batiendo. - Vertemos en una flanera acaramelada y tapamos con papel de aluminio. Nota: Para acaramelar una flanera se hace lo siguiente: en una sartén colocamos a fuego bien bajo 5 o 6 cucharadas de azúcar y dejamos que se funda, revolviendo constantemente para que no se queme. Cuando el azúcar este todo derretido y haya tomado un color marronsito claro, rápidamente lo vertemos en la flanera y comenzamos a hacer movimientos circulares para desparramarlo bien por el fondo y laterales. El caramelo se endurece bastante rapido,Y QUEMA MUCHÍSIMO asique con cuidado!! - Cocinamos a baño maría 40 minutos en horno medio. - Desmoldar en un platón y espolvorear con coco rallado. Nota: ¿Cómo se cocina a Baño María? Simple. Ponemos una asadera o fuente adentro del horno, le colocamos ensima la flanera ya llena y cerrada con el aluminio, y EN LA FUENTE colocamos agua casi hirviendo (de una pava). Algo así Bueno, espero que les hayan gustado mis recetas, y que las pongan en práctica! Cualquier cosa no duden en consultar! Despues me cuentan que tal les salió Saludos

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