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DamRuppel

Usuario (Argentina)

Primer post: 15 mar 2010Último post: 15 mar 2010
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John Coltrane - Un gran peso pesado
ArteporAnónimo3/15/2010

Nota publicada en la revista Newsweek Argentina, el 7 de noviembre de 2007. Espero que sea del agrado de todos. Un gran peso pesado Cuarenta años después de su muerte, el mundo del jazz todavía vive a la sombra del semidiós saxofonista John Coltrane. Talento, excesos y santificación. Por Malcom Jones En una conferencia de prensa en Tokio, en 1966, casi exactamente un año antes de que muriera de cáncer de hígado a los 40 años, le preguntaron a John Coltrane: “¿Qué te gustaría ser en 10 años?”. Contestó: “Un santo”. Fue una respuesta fascinante, pero, para ese entonces, Coltrane creía que había encontrado lo divino en la música y estaba desesperado por compartir lo que había descubierto. “Creo que los hombres están acá para convertirse en lo mejor que puedan llegar a ser”, dijo. “Si alguna vez me convierto en eso, surgirá del instrumento”. En el Coltrane que encontramos en la nueva biografía de Ben Ratliff, “Coltrane: la historia del sonido”, el hecho de que se convirtiera en el mejor parece incuestionable. En su demasiado corta carrera, radicalmente reformula el mundo del jazz como compositor e intérprete. Antes de llegar, la mayoría de los músicos de jazz tenían estándares e improvisaban sobre los cambios de los acordes. Coltrane podía tocar por media hora un acorde simple (“India”). O podía usar una forma establecida como el blues como punto de partida para una improvisación tan rápida y vertiginosa que incinera la forma en su transcurso (“Chasin’ the trane”). Podía componer y tocar con la exactitud de una composición para un instrumento solo (“Countdown”: “Cuenta regresiva”) y además era capaz de tocar música que parece sin forma excepto mientras la define nota por nota vertiginosa, como si estuviera traduciendo los contenidos de su alma a una forma musical en ese mismo momento (“Interstellar space”: “Espacio interestelar”). En aproximadamente una década, pasó de ser un miembro de una orquesta más o menos convencional a ser el creador de una música radical que todavía suena como si estuviera escrita mañana. Si de hecho es una cuestión de santidad no hay nadie por encima de él en la línea. En muchos aspectos era común y corriente, o al menos tan sujeto a la fragilidad como cualquiera. A los 20 se convirtió en adicto a la heroína y tomaba demasiado, problemas que enfrentó y dejó atrás. Contrajo matrimonio, se divorció y volvió a casarse. Manejó un Jaguar XKE. Estas son banalidades. Casi parecía no tener más vida fuera de la música hasta lo que se puede recordar. Cuando no estaba en un estrado para orquesta, estaba practicando, horas y horas todos los días, con frecuencia hasta que la lengüeta del saxo estaba roja con sangre. La música, como disciplina, como medio de expresión y finalmente como un sendero espiritual era todo lo que era él. Jimmy Heath, otro saxofonista que conoció primero a Coltrane cuando ambos eran unos jóvenes músicos luchadores en la Filadelfia de comienzo de la década de los años ‘50, recuerda que una vez mencionó algo sobre una pieza que Willie Mays había hecho en un partido de béisbol el día anterior. Coltrane lo miró sin comprender y dijo: “¿Quién es Willie Mays, Jim?”. La única biografía posible de un hombre como este es aquella que mire a la vida a través del trabajo, o en el caso de Coltrane, al trabajo como a la vida, que es lo que Ratliff, un crítico de música del New York Times hizo a la perfección. Después de hacer un bosquejo a los detalles de la vida superficial de Coltrane, se concentra en dos temas: cómo Coltrane hizo lo que hizo y cómo influenció y le dio forma al mundo del jazz que vino luego. La primera parte podría parecer innecesaria. Después de todo, los hechos de la trayectoria de Coltrane están disponibles en las historias que aparecen en las tapas de casi cualquiera de las docenas de sus álbumes que todavía se publican: sus comienzos en una banda de la Marina luego de la Segunda Guerra Mundial, su período con la gran banda de Dizzi Gillespie, sus dos giras de formación con Miles Davis separado por un período muy importante con Thelonious Monk, seguido por sus años como líder de grupos pequeños, todo esto caracterizado, con un foco e intensidad creciente por el sonido Coltrane, el cual Ratliff caracteriza con tanta habilidad como “grande y seco, un poco falto de cocción y urgente”. Los diferentes sellos discográficos para los que Coltrane grabó siguieron teniendo su música disponible, ya sea como álbumes individuales o como dobles. Este año Prestige reeditó nuevamente aún más de la voluminosa producción de Colrane. Había grabado con ellos en los ‘50. Naxos publicó un DVD de las tres actuaciones televisadas en Europa en los ‘60. El año pasado salió a la luz una grabación de un concierto, que había sido recientemente descubierta, en la que Coltrane toca con Monk en 1957, lo que sería en el mundo del jazz algo equivalente al descubrimiento del Arca. Los títulos de los dobles no dejan dudas de su lugar en el panteón del jazz, por ejemplo: “Fearless leader” (“Líder sin temor”) y “The heavyweight champion” (“El campeón de peso pesado”). Coltrane seguramente tiene su derecho. Pero tener acceso a su música y comprender sus logros son dos cosas totalmente separadas. Acá hay un artista que, por muchas razones, fue polémico en casi toda su carrera. Cuando tocaba con Davis, los críticos se quejaban de sus sonidos fuertes y de la longitud de los solos. Le decían autocompasivo y pedante. Hacia el fin de su vida, cuando su aclamado cuarteto se disolvió y comenzó a tocar con músicos de jazz desconocidos, se lo acusó de consentir a sus inferiores en el estrado para orquesta. Muchos de los amantes del jazz simplemente rehúsan escuchar a la etapa tardía de Coltrane, porque nada de lo que él tocó corresponde a algo a lo que ellos estén habituados. Esto no es completamente insensato: cuando la “queja primitiva” de Whitman sale del instrumento de Coltrane, puede ser un sonido duro de aceptar. El talento de Coltrane era tan único como inmenso, pero como Ratliff señala en más de una oportunidad: “nada en el trabajo de Coltrane sale de la nada”. “Estaba conectado de muchas maneras con casi todos los más grandes del jazz del período,” desde Ellington al hard bop Cannonball Adderley. Ratliff nunca juega el papel de venerable apologista y nunca trata de impartir remordimientos en usted para que le guste Coltrane. En vez de eso lo ayuda a descubrir la manera en la música que, en la primera, segunda o tercera vez que uno la escucha suene imponente, titánicamente extraña (y con frecuencia de una belleza deslumbrante, casi dulcemente hermosa). Algunas veces la escritura se vuelve un poco pesada por tanta teoría, pero con frecuencia uno de los puntos principales de Ratliff es que no hay que se una persona informada sobre el jazz para comprender su belleza. Es más bien lo opuesto, de hecho: Coltrane era capaz de impresionar a sus pares, pero él no sólo tocaba para un cuadro de elite que conocía el protocolo, sino que quería llegar a todas las personas posibles sin comprometerse el mismo. Cuatro décadas luego de su muerte, continúa proyectando sombra una larga y casi devoradora. El problema con los músicos que llegaron después de él es que mientras sus logros no tienen cuestionamiento, él mismo, como muchos de los grandes artistas, cerró muchas más puertas de las que abrió. Como dice Ratliff, “el punto del jazz, al menos en cierto grado es ser uno mismo”. Y es mejor que no caiga muy profundo en Coltrane si quiere ser usted mismo. (O, como dice Walter Percy cuando advierte en contra de tratar de escribir como Faulkner, “no hay nada más irresponsable que imitar a un excéntrico”). Esto no quiere decir que los músicos jóvenes no pueden ir a la escuela con la precisión de una unidad militar de “Giant steps” (“Pasos gigantescos”) o la serenidad de las baladas. Por supuesto que pueden. Pero lo único útil que Coltrane dejó como legado es su ejemplo como artista y ser humano: su resistencia, su esmero, su búsqueda de rechazo por estar satisfecho por sí mismo. Aquí, en su esfuerzo sin cesar por encontrar más en su música y en sí mismo, los músicos de jazz deberían encontrar inspiración. Por Dios, ¿quién no podría? Por otro lado, no puede ser ignorado. Su música permanece sorprendente, cautivadora y fresca, no importa cuántas veces la escuchemos. Ratliff les deja a los lectores la conclusión ineludible de que para los músicos de jazz y su audiencia es todavía el mundo de Coltrane. Solo vivimos en él. Pero ¡qué maravilloso mundo santificado es!

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