C

CompulsivePower

Usuario (Chile)

Primer post: 1 ago 2011Último post: 1 ago 2011
3
Posts
10
Puntos totales
0
Comentarios
J
Joichi, el desorejado [8/12]
ParanormalporAnónimo8/1/2011

1) DONDE SE CUENTA LA HISTORIA DE LA LUCHA ENTRE LOS TAIRA Y LOS MINAMOTO. Hace mucho, mucho tiempo —tanto como ochocientos años— existían en Japón dos podero¬sas familias aristocráticas y militares, dos clanes guerreros rivales. Los dos se consideraban muy importantes, porque decían que eran descendien¬tes de antiguos emperadores. Los dos se llevaban como perro y gato, ya que ambos querían dominar —por su cuenta— todas y cada una de las distintas zonas japonesas. Uno de estos clanes, respondía al nombre de "Los Taira" y eran muy bravos. El otro, se conocía como "Los Minamoto" y también eran muy bravos. Ambos protegían un principito al que conside¬raban como el único y verdadero descendiente de los dioses y del que aseguraban que —cuando creciera— sería el emperador de Japón. Los Taira y los Minamoto se lo pasaban luchando por el poder y sus luchas.eran tremendas, pero ninguna tanto como la que —finalmente— ocurrió alrededor de ocho siglos atrás y que se recuerda como la batalla de Dan-No-Ura porque sucedió en un lugar denominado así y que quedaba en un estrecho del mar, cerca de una zona de hermosas playas. La batalla de Dan-No-Ura fue terrible, y si bien los Taira eran bravísimos, los Minamoto lo fueron más. Entonces —como en las guerras suelen resultar vencedores los más fieros— ganaron los Minamoto. Los Taira lo perdieron —allí— todo. No sólo murie¬ron en Dan-No-Ura sus largos sueños de poder sino también sus guerreros, sus mujeres, sus niños y hasta su pequeño principito. Las aguas del mar se los tragaron sin piedad y —a partir de entonces— de todos ellos sólo quedó el recuerdo en los cánticos y recitados populares 2) DONDE SE CUENTA EL EMBRUJO DE LOS TAIRA. Como habían muerto con extremo dolor y furia debido a su derrota, las almas de los Taira no lograban descansar en paz. La zona del mar donde se había producido su última lucha —así como las playas de las cercanías—quedaron embrujadas. Cuentan que vagaban por allí los espíritus per¬dedores y que se oían gritos y clamores de batalla que provenían del mar. Pocos lugareños se anima-ban a internarse en aquellas aguas, ya que las áni¬mas trataban de ahogar a los nadadores y de hun¬dir los barcos. Subían entre las olas de pronto, durante las noches, cuando más oscuras, mejor. También era durante esas noches cuando po¬dían verse fuegos fantasmagóricos, no sólo a lo largo de la costa sino —también— sobre el oleaje. "Fuegos de los demonios", les decían los campe¬sinos. Nadie sabía qué hacer para que las torturadas almas de los Taira hallaran la paz. 3) DONDE SE CUENTA POR QUÉ SE CONSTRUYÓ EL TEMPLO DE AMIDAYI Un día, la gente del lugar empezó a pensar en que —acaso— si se construía un templo donde desarrollar servicios religiosos especialmente dedicados a rezar por el alma de los Taira, estas almas podrían encontrar la paz. Pero el templo debía de ser erigido muy cerca de la zona a donde aquellos hechos trágicos ha¬bían ocurrido. De lo contrario —opinaban— no ten-dría ningún efecto sobre los enfurecidos espíritus. Así fue como se eligió Akamagaseki como sitio ideal para edificar el templo, el que pudo cons¬truirse gracias a las donaciones de casi toda la comunidad local. El templo era budista2 y se lo llamó Amidayi, del mismo modo que las iglesias y otros lugares de congregación de fieles creyentes de distintas reli-giones también llevan —cada cual— su propio nombre. Junto al templo —y también cerca de la playa— se instaló un cementerio consagrado a la memoria de los Taira. Allí se ubicaron tumbas, lápidas y monumentos donde podían leerse todos los nombres de aquellos desdichados: desde el del pequeño principito ahogado, hasta el del último de sus vasallos que había corrido el mismo fin. Ya tenían —entonces— un lugar donde pedir por el descanso de sus almas y así lo hacían los lugare¬ños —regularmente— mediante sentidos servicios religiosos. Dicen que —a partir de la construcción del templo y del cementerio— los espíritus de los Taira parecieron hallar un poco de serenidad. Apenas un poco, porque lo cierto era que —de tanto en tanto— reaparecían para perturbar a los vivos. Eso demostraba —a las claras— que no habían alcanzado totalmente la paz. 4) DONDE SE CUENTA LA PRIMERA PARTE DE LA HISTORIA DE JOICHI, EL ARTISTA CIEGO. Muchísimo tiempo después de los hechos que hasta aquí se han narrado, nació en Akamagaseki un niño ciego al que llamaron Joichi. A pesar de su discapacidad, Joichi fue hacién¬dose muy famoso a medida que crecía. ¿Por qué? Pues por su enorme talento para tocar el biwa3 y para recitar y cantar —a la manera de los juglares— algunos episodios históricos que ha¬bían conmovido a sus hermanos de raza. Joichi era apenas un muchacho aún cuando ya había superado —como artista— a sus propios maestros. De entre la vasta materia que la historia proveía a su arte, era especialmente su interpretación de los sucesos ocurridos entre los clanes de los Taira y los Minamoto lo que a él más le atraía, lo que más le solicitaba la gente y lo que más emocionaba a todos los públicos. Joichi —como la mayoría de estos artistas ambu¬lantes— era muy, muy pobre al principio de su carrera. Afortunadamente, encontró un excelente amigo en el bonzo4 del templo Amidayi. Este sacerdote —al que le encantaba la música y la poesía— le tenía profundo afecto y admiración al joven ciego. Tanto, que un día le propuso que se quedara a vivir en el templo, al igual maravillado por su talento que conmovido por su pobreza. Muy agradecido, Joichi aceptó el ofrecimiento y se fue a vivir a una habitación que quedaba dentro del edificio del templo. A cambio de techo y comida, el ciego deleitaba al sacerdote —de vez en cuando— con sus bellas interpretaciones musicales. 5) DONDE SE CUENTA COMO JOICHI COMIENZA A VIVIR UNA EXTRAÑA AVENTURA. Una calurosa noche de verano, Joichi abandonó su habitación en procura de refrescarse un poco al aire libre, en la terraza que se abría frente a su dormitorio. Esta terraza daba al jardín y los tres (dormitorio, terraza y jardín) estaban ubicados en la parte posterior del templo. El muchacho se había quedado solo por unas horas. El sacerdote y su ayudante —tal como un monaguillo— se encontraban en una casa de las proximidades, oficiando un servicio religioso a un vecino que acababa de morir. Para acompañar su soledad, Joichi tomó su biwa y comenzó a tocar. Ya era pasada la medianoche cuando el ciego continuaba entretenido con su instrumento y el sacerdote no regresaba. Pero hacía tanto calor aún que Joichi prefirió permanecer allí afuera, esperando el retorno de su amigo. Al rato, oyó unos pasos que atravesaban el jar¬dín, se acercaban a la terraza y se detenían justo frente a él. Obviamente, los oídos de Joichi podían perci¬bir —a la perfección— infinidad de matices, de diferencias en los sonidos: esos no eran los pasos del sacerdote. Una voz masculina y cavernosa pronunció —en¬tonces— su nombre: —¡Joichi! Lo hizo de una manera muy autoritaria, prepo¬tente, como la de alguien que está acostumbrado a mandar. En aquella época, ese modo de dirigirse a otro era propio de los samurais5 cuando debían ha¬blarle a alguien que consideraban subordinado, de inferior jerarquía. Por eso, Joichi estaba descon¬certado y no atinaba a responder. ¿Quién sería ese hombre? ¿Y para qué querría hablar con él? ¿Y por qué a esas horas? La voz volvió a sonar de forma amenazadora: —¡Joichi! Muy asustado por aquel tono, el muchacho dijo: —Sí, soy yo, pero no puedo verlo. Soy ciego. No sé quién es usted. Con apenas un toquecito de gentileza, la voz le anunció entonces: —No tengas miedo. No hay nada que temer. Mi Señor —una persona de altísimo linaje— me ha en¬viado con un mensaje para ti. Ha venido a pasar unos días en Akamagaseki con gran cantidad de nobles a su servicio. Su visita a esta zona se debe a que mi Señor ansiaba ver el escenario de la famosa batalla de Dan-No-Ura. Así lo hizo hoy y —como por allí— le contaron maravillas acerca de tu talento para recitar e interpretar con tu biwa la historia de esa batalla, desea escucharte. Por lo tanto, toma tu instrumento y ven conmigo de inmediato. En la casa de mi Señor te están aguardando, reunidos en una majestuosa asam¬blea. En aquella época, nadie se atrevía a desobedecer la orden de un samurai, por más absurda o arbitraria que fuese, de modo que Joichi se calzó sus ojotas, cargó su biwa y se marchó con ese extraño. El hombre lo llevaba de una mano, guiándolo con habilidad aunque lo hacía caminar con dema¬siada prisa. Por el tacto, Joichi notó que esa mano que lo conducía tenía un guante de hierro y —debido a ciertos ruiditos metálicos como "clin-clan-clinch-clin-clan", dedujo que usaba una armadura. A medida que caminaban, Joichi fue perdiendo el miedo y empezó a pensar que —en realidad— tenía mucha suerte: ¡un personaje tan importante deseaba escucharlo a él, especialmente a él! Al fin, la caminata concluyó: El samurai se detuvo frente a lo que le dijo a Joichi que se trataba de una gran puerta. Gracias a su sentido de orientación, Joichi había podido darse cuenta —más o menos— en qué parte del pueblo se encontraban. Por eso, se sorprendió ya que no recordaba —por esa zona— ninguna otra gran puerta que no fuera la del templo Amidayi. ¿A dónde lo habrían conducido? 6) DONDE SE CUENTA UNA MARAVILLOSA ACTUACIÓN DE JOICHI ANTE MUY MISTERIOSO AUDITORIO. A una orden del samurai, Joichi oyó que una gran puerta era abierta. Enseguida, los dos pasaron a un jardín, lo atrave¬saron y pronto se encontraron a la entrada de lo que el ciego imaginó como un enorme salón. El samurai anunció: —¡He traído a Joichi! El muchacho oyó —entonces— ruidos de pies deslizándose de aquí para allá, de puertas corredi¬zas que se abrían y se cerraban y murmullos de voces. De todos modos, no lograba imaginar en dónde se encontraba. Alguien lo ayudó a subir una escalinata de pie¬dra y lo invitó a dejar sus ojotas en el último pel¬daño. A partir de ahí, fue guiado a través de lo que a él se le antojó un laberinto de pilares y columnas y luego sobre un extendido tramo de pulidos pisos, hasta que —finalmente— lo ubicaron sobre un al¬mohadón. Joichi supuso que se hallaba en el centro de una amplísima sala y pensó que allí se estaba reunida gente muy importante, dado que podía oír el roce de las sedas de los kimonos y el cuchicheo típico del habla aristocrática. Una voz femenina le indicó entonces: —Mi Señor le pide que recite —ahora— la historia de los Taira, con acompañamiento del biwa. Joichi replicó: —Le ruego a su Señor me señale qué parte de la historia prefiere que yo interprete en esta oportuni¬dad. El recital entero me llevaría varias noches. Como el Señor sabrá, la historia es muy larga... La mujer informó: —Recite el fragmento de la batalla de Dan-No-Ura. Entonces, el ciego cantó el fragmento que le habían solicitado. Lo hizo maravillosamente. Su bella voz se eleva¬ba clara y profunda. Imitaba a la perfección el rugido de las olas, el desplazamiento de los bar¬cos, los gritos y lamentos de los guerreros, el soni¬do de las flechas y del entrechocar de los escudos. Durante los breves intervalos, Joichi escuchaba —halagadísimo— los comentarios que su interpreta¬ción merecía en los presentes: —¡Es un artista brillante! ¡No existe otro igual en todo el imperio! Cuando —por fin— le tocó el turno de referir la muerte de las mujeres y de los niños y la del pequeño principito protegido por los Taira —aho¬gado también en el mar en brazos de su nodriza— toda la audiencia dejó escapar un prolongado e impresionante gemido de angustia y empezó a sollozar. Durante algunos instantes, continuaron los sollo¬zos tras haber escuchado la terrible suerte corrida por los Taira. Fueron apagándose muy lentamente. Entonces, Joichi volvió a escuchar la voz femeni¬na que ya conocía, diciéndole: —Mi Señor se complace en comunicarle que le dará una valiosa recompensa, pero siempre que usted prometa aceptar dos condiciones. —Sí; ¿cuáles? —La primera condición: que vuelva a tocar aquí, a esta misma hora, durante las seis noches siguien¬tes. Mi Señor regresará a su casa, después de escucharlo por última vez. Mañana irá a buscarlo quien lo trajo hoy. La segunda condición: que no debe contarle a nadie acerca de sus visitas a este lugar, mientras mi Señor permanezca en Akamagaseki. Él está viajan¬do de incógnito porque no desea que lo moles¬ten. Vino sólo de paseo, a conocer personalmente el sitio de la batalla de Dan-No-Ura y a descansar. ¿Comprende? ¿Acepta las dos condiciones? —Sí, sí, por supuesto. —Bien. Ahora puede retornar a su templo. Y Joichi desandó —entonces— todo el trayecto que había recorrido—antes, guiado por el mismo caballero de la mano de hierro. Este lo dejó en la terraza, frente a su dormitorio y se alejó, tras una formal despedida. Ya amanecía. En el templo, nadie había notado su ausencia. 7) DONDE SE CUENTA CÓMO JOICHI ES HALLADO EN EL CEMENTERIO. Tal como había prometido, Joichi no confió a ninguno lo que le había sucedido. Esa medianoche, volvió a salir del templo guia¬do por el samurai. Repitió su exitosa actuación en el mismo lugar del día anterior y —tal como el día anterior— regresó al templo cerca de la madrugada. Pero en esta ocasión se halló con la sorpresa de que el sacerdote había descubierto su ausencia nocturna, porque a la mañana lo hizo llamar para decirle: —¿Dónde estuviste, Joichi? Nos preocupamos mucho cuando —por casualidad— advertimos que no te encontrabas en el templo. Siendo ciego como eres, no es prudente andar solo por ahí, tan tarde. No entiendo por qué no me avisaste que tenías que salir. Algún sirviente te hubiera acompa¬ñado con gusto. ¿Puedo saber a dónde fuiste? A Joichi no se le ocurría qué decir. No quería mentirle a su querido amigo, pero tampoco desea¬ba quebrar su promesa. Entonces, sólo atinó a pedirle disculpas por haberlo inquietado y por su silencio. —Le ruego que me perdone si no le cuento a dónde fui. Se trataba de un asunto muy personal, muy privado, que no podía postergar para otra hora y del que no deseo hablar. Perdóneme, por favor. Perdóneme. El sacerdote no le hizo más preguntas, pero ahora se sentía más preocupado que antes. Sin dudas, algo extraño le estaba pasando a Joichi. ¿Lo habría embrujado algún espíritu del mal? —Sin que él se dé cuenta —les ordenó, más tarde, a dos de sus sirvientes— vigilen a Joichi. Y si esta noche vuelve a salir del templo, lo siguen. Pero esa noche llovió torrencialmente y aunque los servidores trataron de seguir al muchacho cuan¬do lo vieron abandonar el templo, pronto lo per-dieron de vista en la oscuridad de las calles. —¡Qué raro! —se decían—. ¿Cómo pudo despla¬zarse tan rápido, ciego como es y en medio de esta tormenta? Ya regresaban al templo por el camino de la playa, cuando los dos se sobresaltaron al oír el sonido de un biwa. No por el sonido del instru¬mento, claro, sino porque alguien lo estaba tocan¬do dentro del cementerio. Los dos hombres se dieron coraje mutuamente y se dirigieron hacia allí. Entonces, con la luz de sus linternas lograron ubicar al ejecutante. Increíble lo que vieron y oyeron—, Joichi estaba sentado frente a una lápida, en la más absoluta soledad y bajo la lluvia. Entonaba —a toda voz— el fragmento de la batalla de Dan-No-Ura, mientras hacía resonar su biwa casi furiosamente. Alrededor del muchacho y sobre todas las tum¬bas, los fuegos fatuos brillaban como nunca. Pasmados, los sirvientes se fueron aproximando a Joichi muy sigilosamente. Cuando estuvieron a su lado, vieron que la lápi¬da frente a la que el ciego estaba actuando era la erigida en memoria del desdichado principito protegido por los Taira. Los fuegos de los muertos ardían sin cesar. La lluvia caía ahora con más fuerza. Joichi proseguía cantando y tocando su biwa, como poseído por una energía sobrenatural. Los relámpagos iluminaban —fugazmente— la escena. Estremecidos, los dos hombres empezaron a gritarle: —¡Joichi! ¡Vamonos de aquí, Joichi! ¡Estás em¬brujado! 8) DONDE SE CUENTA CÓMO EL SACERDOTE INTENTA SALVAR LA VIDA DE JOICHI. Durante un rato, los sirvientes permanecieron junto al ciego, llamándolo inútilmente Joichi no los oía y seguía cantando y tocando como alucinado. Finalmente, se animaron a zamarrearlo, a gritarle en el oído, a tratar de arrebatarle su biwa. Recién entonces fue cuando Joichi pareció ad¬vertir su presencia. Indignado, enojadísimo, exclamó: —¡Esto es intolerable! ¡Intolerable! ¿Cómo se per¬miten interrumpir mi actuación delante de tan majestuosa concurrencia? ¿Cómo se atreven a en¬trar así a la casa de tan noble Señor como lo es mi anfitrión? Convencidos —ya— de que Joichi estaba embruja¬do, los hombres lo tomaron —entonces— de las manos y de los pies y —a la fuerza— lo cargaron para llevarlo de vuelta al templo. Aún llovía. El sacerdote los recibió con gran preocupación, preocupación que fue aumentando a medida que se enteraba de lo sucedido. Ordenó que atendieran al muchacho. Le pusieron ropas secas, le dieron de comer, de beber, lo dejaron reposar un rato y —recién enton¬ces— el sacerdote decidió hablarle. —Joichi, mi querido y pobre amigo; necesito que me confieses todo lo que te pasa. Todo. Sin olvidar ningún detalle. Temo que corres peligro. Al escuchar la voz del sacerdote, tan sincera¬mente conmovida, tan amable a pesar de que él no se había comportado correctamente, Joichi no soportó más su secreto y se lo reveló. Entre so¬llozos. —¡Ah, pobrecito! ¡Ya intuía yo que tu vida está en peligro! ¿Por qué me ocultaste esta aventura tan extraña? Ay, Joichi; lamento decirte que tu extraordinario talento es el que te ha colocado en situa¬ción tan grave... Sé que te horrorizará saberlo pero es imprescindible que lo sepas: durante estas tres noches no estuviste actuando en ninguna casa sino en el cementerio... Y de allí te rescataron mis sirvientes hoy. Todo lo que sentiste, todo lo que oíste mientras suponías estar con ilustres personajes, debes considerarlo una ilusión. Recuerda, por fa¬vor: todo ha sido una ilusión, excepto el llamado de los muertos... Hijo: los muertos se desesperan —a veces— por comunicarse con nosotros pero —por más desesperado que sea ese pedido— no hay que escucharlo. Ellos intentan arrastrar a los vivos hacia su infinita morada. Lamentablemente —prosiguió el sacerdote— ya les has obedecido Y con una sola vez basta para que te tengan en su poder. Si vuelves a hacerles caso —ahora que quebraste la promesa que les hiciste— te destruirán. Sin embargo, sé cómo proceder para proteger¬te. Existe un único modo y es escribir textos sagra¬dos sobre tu propia piel y sobre todo tu cuerpo. Porque tu cuerpo vivo es lo que se necesita prote¬ger con urgencia. Tu alma es muy bondadosa y sabrá ampararse a sí misma. ¿Me has entendido? Así fue como —antes de que atardeciera— el sacerdote y su ayudante desnudaron a Joichi y le indicaron que tuviera paciencia ya que —durante un buen rato— deberían escribir sobre su cuerpo aquellas palabras religiosas. Enseguida, entintaron sus pinceles y empezaron a trazar los signos de un texto sagrado sobre todas y cada una de las partes de su cuerpo: sobre su cabeza rapada, sobre su cara, su cuello, sobre pecho y espalda, piernas, brazos, manos, pies... Cuando el trabajo ya estaba casi concluido, el sacerdote les recordó que debía ir a ofrecer un servicio a una casa de las inmediaciones. Dejó a su ayudante —encargándole que finalizara la escritura— y se despidió de Joichi, diciéndole: —Me apena no poder quedarme contigo esta noche, pero escucha atentamente mis recomenda¬ciones y todo saldrá bien. —Tal como lo hiciste ayer, antes de ayer y antes de antes de ayer, deberás sentarte en tu terraza y esperar. Pero —esta vez— completamente desnudo. Tu vestido es —ahora— el texto sagrado. El samurai vendrá a buscarte y te llamará. No te muevas y no le contestes. Quédate quieto, inmóvil. Pase lo que pase, no te muevas y no hables. Si cumples con estas instrucciones, el grave peligro habrá pasado y tu vida volverá a ser la de siempre. Ah, y no toques tu biwa. Limítate a colocarlo a tu lado. ¿Compren¬dido? Muerto de miedo, Joichi dijo que sí con la cabeza y se retiró a rezar. 9) DONDE SE CUENTA EL SUPLICIO DE JOICHI. Cerca del anochecer, Joichi se dispuso a obrar de acuerdo con las instrucciones del sacerdote. Se sentó en su terraza y se quedó tan quieto como cuando meditaba; casi contenía la respira¬ción. El biwa, en el suelo, a su lado. El pobrecito permaneció así durante casi dos horas. Al fin, oyó los temidos pasos del fantasma del samurai que venía en su busca, a través del jardín. En cuanto estuvo a unos nueve o diez metros del ciego, rugió: —¡Joichi! ¡Joichiii! ¡Jooooiiiichiiii! Al no escuchar la respuesta del muchacho, el samurai se desconcertó y dijo: —No responde. ¿Dónde estará ese condenado? ¡No puedo ser que falte a la cita! Entonces, subió a la terraza y pronto estuvo frente a Joichi. Se produjo un silencio terrible que duró algunos minutos. El corazón del ciego galopaba. De golpe, la voz del samurai volvió a escucharse: —¡De este maldito músico yo sólo veo sus orejas! ¡No queda otra cosa de Joichi que su par de orejas! Y —otra vez— el silencio, hasta que la voz prepo¬tente exclamó, casi en un alarido: —¡Pues si del músico únicamente han quedado sus orejas, estas orejas le llevaré yo a mi Señor, como prueba de que he cumplido con su orden de venir a buscar a Joichi y que hice todo lo posible para llevarlo, entero o no! Ahí nomás, el ciego sintió que las manos de hierro le agarraban las orejas, que se las tironeaban con fuerza, que trataban de arrancárselas. A pesar de su intenso dolor, Joichi no dejó escapar ni siquiera un lamento. Se mordía los la¬bios para aguantar esa tortura. Tras unos instantes de forcejeo, el samurai logró su objetivo: las orejas de Joichi ya estaban listas para serle llevadas a su Señor. El muchacho contenía las lágrimas y el gran sufri¬miento físico mientras pensaba: —¿En qué fallé? ¿Por qué me arrancó las orejas? El bonzo no me dijo nada acerca de las orejas... Enseguida, oyó los pasos del samurai que se alejaban y aunque supuso que ya había abandona¬do el jardín, no se animó a moverse. Ni siquiera se atrevió a tapar con sus manos las dos heridas, de las que —fluía— tibia la sangre 10) DONDE SE CUENTA POR QUÉ JOICHI SE HACE FAMOSO EN TODO JAPÓN. Joichi aún seguía sentado en la terraza, inmóvil y con la sangre que le empapaba los hombros, cuando el sacerdote regresó al templo, dirigiéndose —con rapidez— hacia el cuarto del muchacho. Cuando lo alumbró con su linterna, el viejo reli¬gioso creyó que iba a desmayarse: ¿Cómo era posible? ¿Joichi tan malherido? Enseguida, estuvo a su lado y pronto se enteró de lo sucedido. Ahí fue cuando el anciano se puso a sollozar a la par del pobre ciego, mientras le decía: —¡Qué mala suerte, mi querido amigo! ¡Y todo por mi culpa! No debías de sufrir el más mínimo daño pero... Te cuento... No controlé la escritura de mi ayudante cuando tuve que salir... Confié dema¬siado en él... Y —seguramente— olvidó pintarte los signos sagrados sobre las orejas... ¡Es mi culpa! ¡Jamás podré perdonármelo! Pobrecito, mi ami¬go... Eras invisible a los muertos... salvo por tus orejas. Joichi comprendió —entonces— lo que había pasado y fue él quien —a pesar de su dolencia— empezó a consolar al sacerdote: —Lo importante es que el pelero terminó, que ya nunca más me buscarán los muertos... ¿No es verdad? —No. Nunca más, Joichi; nunca más. Y me recon¬forta que encares así esta desgracia. Tus heridas serán curadas y el riesgo mortal ya no existe. ¿Te das cuenta del valor de las palabras sagradas, a las que dedico mi existencia? Poco tiempo después, Joichi estaba físicamente recuperado. Sus lastimaduras cicatrizaron. Con la ayuda del sacerdote logró superar sus pesares y —poco a poco— volvió a tocar el biwa y a cantar con toda confianza, sin temor de convocar a los muertos. Pero lo que no imaginaba era que la tenebrosa aventura que lo había tenido como protagonista iba a difundirse por todo el Japón. La otra cara de la desgracia, la otra cara "de la moneda" —como solemos decir— Pronto fue el artista más famoso y apreciado. Muchos nobles viajaban —especialmente— a Akamagaseki para dis¬frutar de su talento y así fue como —en poco tiem¬po— se convirtió en un hombre rico. Sin embargo, jamás abandonó su vivienda en el templo Amidayi y contribuyó —con sus fabulosas ganancias— a auspiciar cientos de servicios religio¬sos en memoria de los Taira y por la paz eterna de sus almas. Y cuentan que las buenas intenciones del mu¬chacho dieron su fruto porque nunca más —a partir de aquel episodio de las orejas— volvieron a perturbar a los vivos. Al fin descansaban en paz. Joichi los amaba y mantenía vigente su recuerdo con sus maravillosas interpretaciones. Y así llegamos al fin de la fantástica historia de Joichi, quien —desde la época de su accidente— comenzó a ser conocido como "Joichi, el deso¬rejado".

10
0
C
Cuento de los angelitos [5/12]
ParanormalporAnónimo8/1/2011

Hacía pocos meses que el matrimonio formado por Cora y Eloy Molina había llegado —con sus dos pequeños— a la gran ciudad, huyendo de la vida miserable que llevaban en su pueblito. Sin embargo, "Tuvimos mucha suerte" —decían. Esos pocos meses habían bastado para que Eloy consiguiera un trabajo que les permitía alqui¬lar una vivienda en los suburbios y soñar con que ya habrían de llegar tiempos mejores. Cora se había empleado como doméstica. Du¬rante las horas de labor fuera de la casa, dejaba a sus hijos —Boris, de siete años e Iván, de cuatro—, en una escuela de las inmediaciones. Sin dudas, la situación económica de la familia Molina había mejorado y suponían que todo anda¬ría mejor aún, si Eloy se decidía a aceptar ese ofrecimiento de trasladarse la mitad del año bien al sur del país, contratado por aquella empresa que necesitaba albañiles como él. La paga era doble —comparada con la que recibía en la ciudad— pero el hombre no se resolvía a separarse de los suyos. Después de todo, no hacía mucho que habían dejado su pueblo y le daba algo de temor que su mujer y sus hijos permanecie¬ran solos en el nuevo lugar. Fue la misma Cora quien lo animó. Le aseguró que ella se sentía —ya— bastante ca¬paz de desenvolverse en la ciudad y —según de¬cía—, los días iban a pasársele volando, tan atarea¬da como estaba. —Pronto volveremos a reunirnos para las fiestas —le repetía a su marido. Así fue como Eloy se despidió de su mujer y sus hijos y marchó rumbo al sur. —Todos los sábados a la mañana vamos a llamar a papá por teléfono —les prometió Cora a Boris e Iván—. Así nos enteraremos de cómo le va y —además— así les oye las voces a ustedes, ¿eh? Durante varios sábados seguidos —después del viaje de Eloy— se le vio —entonces— a Cora y sus hijos saliendo de su casa bien tempranito. Era largo el trayecto hasta la cabina telefónica desde donde podían comunicarse con el padre: caminata de varias cuadras hasta un paso a nivel, cruce del mismo por un sendero peatonal preca¬riamente abierto y —por fin— otra fatigosa caminata hasta arribar a la ruta, por donde pasaba el colecti¬vo que los llevaba al centro de la ciudad. —Mamá, tengo ganas de hacer pis —le dijo Iván aquel sábado, no bien los tres habían llegado cerca del paso a nivel. Cora buscó los arbustos de un baldío como improvisado baño de emergencia para su hijo menor. Boris esperaba —juntando piedritas a su alrede¬dor— cuando —de repente— un hombre apareció junto a su madre, como brotado de los matorrales. La expresión de su cara daba miedo. —¡Cuidado, mamá! —le gritó Boris, al ver que el hombre se le abalanzaba. Cora no tuvo posibilidad de defenderse, ocu¬pada como estaba en la atención de las necesida¬des del chiquito. Sintió que un puñetazo la derri¬baba, a la par que unas manos le arrebataban el bolso. A pesar del sorpresivo ataque y del mareo pro¬ducido por el solpe, la mujer unió fuerzas y valor y se echó a correr detrás del ladrón, que rumbeaba hacia el paso a nivel como diablo que sopla el viento. Inútil pedir auxilio en esos momentos y en ese sitio: ¿a quién? Ni un alma que no fuera la de Cora, la de Boris, la de Iván o la de ese desdichado que —sin proponérselo— con su robo acababa de con¬vocar a la tragedia para que dijera: "Presente" so¬bre la mañana del sábado, en unos instantes más. En su angustioso afán por recuperar su bolso —donde tenía el único dinero restante para pagar la comunicación telefónica, pasar el fin de semana y aguantar hasta el lunes —en que volvía a trabajar por horas—, a Cora no se le ocurrió otra cosa que correr tras el delincuente. Reacción lógica: ¿Cómo iba a suponer que la desgracia acecharía a sus hijitos si ella disparaba para tratar de agarrar al ladrón? El hombre cruzó el paso a nivel a la carrera. Cora, casi pisándole los talones. Pronto, ambos estuvieron del otro lado de las vías. La persecusión continuaba. Llorando a los gritos desde que habían visto a ese sujeto golpear a su mamá, Boris e Iván también corrían detrás de ellos, aunque no lograban darles alcance. Boris llegó primero al paso a nivel y empezó a atravesarlo. Su hermanito lo seguía. Los dos, apuradísimos y con los ojitos puestos en la silueta de su mamá. Los dos, desesperados. Los dos solos, sobre las vías y frente a la muerte. Consternado, el maquinista de ese tren que se dirigía al centro contaba ante las cámaras de los noticieros de la televisión, horas después: —No pude evitarlo. Esos angelitos se me apare¬cieron de repente. Fue terrible, terrible, Dios mío... No voy a olvidarlo mientras viva... —"No-so-tros tam-po-co... Po-bre ma-má... Po¬bre pa-pá...". Nadie escuchó estas palabras que —sin embargo— fueron pronunciadas una y otra vez el día de la tragedia, hasta que llegó la noche y se internaron en ella. Nadie las escuchó. Pero... ¿quién de nosotros puede oír —fácilmente— las vocecitas de los án¬geles? Los diarios informaron —al día siguiente— que la vida de Boris se hubiera salvado de haber recibido inmediata atención médica, que la criatura fue res¬catada a tiempo por los bomberos pero que no la recibían en el hospital de la zona hasta que —como es habitual en estos casos— se realizara la interven¬ción policial; que se perdieron —aproximadamen¬te— dos preciosas horas hasta que ese trámite pu¬do cumplirse; que si se hubiese hecho esto o lo otro... "Hubiera o hubiese"... Qué forma verbal inútil en circunstancias así. Se aplica para lamentaciones tardías acerca de lo que ya es imposible modificar y que son total¬mente vanas cuando —como de costumbre— no se tiene en cuenta esa experiencia para prevenir desgracias futuras. Los hijos de los más humildes —como Boris e Iván— casi no tienen defensores durante sus vidas. Mucho menos después de muertos. El drama fue rápidamente olvidado por los me¬dios de comunicación masiva y por el público consumidor de sus noticias. "Po-bre ma-má... Po-bre pa-pá..." Pasaron veinte años a partir de aquel sábado trágico para Eloy y Cora. Con los corazones destro¬zados, ambos siguieron trabajando como robots aunque ya no le encontraban sentido a la existencia. Se esforzaban —sin embargo— para ayudar a criar a varios sobrinos, a medida que su familia del lejano pueblito iba —también— mudándose a la gran ciudad. En esta obra de solidaridad con los suyos en¬contraban —a veces— un poco de alivio para su dolor. No quisieron tener más hijos. El recuerdo de Boris e Iván se mantenía en ellos con una nitidez tal que sentían que ambas criaturas andaban por allí, con sus almitas en puntas de pies deslizándose por la casa, acompañándolos —como en el pasa¬do— eternamente niños. De tanto en tanto, a Cora le parecía oír su voces y la tristeza la ahogaba —entonces— con la misma intensidad que aquel día en que los había perdido para siempre. "Po-bre ma-má..." "Po-bre pa-pá..." Lejos de la modesta casa de los Molina —en una pensión de las tantas cercanas al centro de la gran ciudad—, vivía el hombre a raíz de cuyo robo habían muerto Iván y Boris. En total impunidad de su delito. No le había ido mal económicamente, astuto ladrón como se había convertido, con banda pro¬pia y todo. Sin embargo, jugador empedernido, el dinero le duraba lo que un suspiro. Todos creían que esta situación de continua escasez era la causante de su malhumor, de su carácter hosco, huraño. ¿Quién iba a imaginar que un sujeto despreciable como aquél viviera —como vivía— torturado por los remordimientos? Los años no lograban traerle la paz, aunque desde que aquello había sucedido se repetía que él no era culpable, que el accidente era producto de la fatalidad, que ni loco hubiera pensado en hacer tanto daño... Si hasta había devuelto el bol¬so, arrojándolo de manera anónima en el jardín de los Molina dos noches después de la tragedia y con casi la mitad de los billetes robados... —No voy a olvidarlo mientras viva, canejo... —se decía, atormentado por la culpa y por el vino—. No voy a olvidarlo.... Entonces —en su delirio— le parecía escuchar que unas vocecitas le susurraban lentamente: "No-so-tros tam-po-co...". Muchas veces —a lo largo de esos años— había tenido la sensación de que alguien lo seguía cada vez que debía tomar un tren. Era como si unas pisadas fueran recorriendo las suyas a medida que caminaba por los andenes. Por eso, evitaba —en lo posible— viajar en ferrocarril. Un sábado como tantos, se preparó para ir a las carreras. Hacía bastante calor y el mediodía amenazaba aumentarlo aún más, por lo que decidió no tomar el repleto micro que solía conducirlo al hipódro¬mo y viajar en tren, más aireado al menos. Ese día tuvo mucha suerte con sus apuestas a los caballos. Ganó una fortuna. La noche lo sorprendió —entonces— contentísi¬mo, esperando en esa estación de las afueras el tren de regreso al centro. Mucha gente circulaba por el andén. Ya se veía —a lo lejos— brillar el foco de una locomotora en dirección hacia allí, a toda velocidad. En instantes más, se detenía junto al andén. El hombre se encaminó hacia el borde, quería ser de los primeros en subir a los vagones para conseguir asiento. Él era de los que —a toda costa y abriéndose paso a fuerza de codazos—, siempre conseguía viajar sentado. Pero esa vez no. Ni sentado ni parado. La locomotora ensordecía con su silbato y ya todo el gentío se apretujaba en el andén, cuando los oídos del hombre creyeron percibir esas pisa¬das "especiales", las mismas que solía detectar cada vez que debía tomar un tren. Esa sensación se le antojó ridícula. El andén estaba atestado. No era posible —ya— dar un paso. Pero sí saltar hacia las vías. Y el hombre lo hizo. Al menos, eso es lo que testificaron todos los que tuvieron la lamentable ocasión de verlo con sus propios ojos. —El tipo se arrojó cuando se acercaba el tren. Lo hizo pedazos, imagínense. Fue un espectáculo espantoso. Más, porque parecía un hombre normal, vea. Estaba allí, al lado nuestro, lo más tranqui¬lo, y de repente... Ninguno de los testigos —obviamente— pudo enterarse de lo que —en verdad— sucedió. Porque el episodio que —realmente— tuvo lugar en aquella estación sólo lo conocieron el hombre... y los an¬gelitos. Tal cual se narra más arriba, el hombre había sentido que lo seguían hasta el borde del andén. Apenas —entonces— si había tenido tiempo como para darse vuelta cuando cuatro manitos infantiles lo empujaron a las vías, al impulso de un vigor sobrenatural. Durante la fracción de instante que le quedó de vida —antes de caer debajo de la locomotora— vio —fugazmente— dos criaturas vestidas a la moda de veinte años atrás. Ellas lo habían empujado. Y eran dos varoncitos de corta edad y los dos lo contemplaron con miradas como vueltas para adentro, como de otro mundo, mientras él pensaba —por última vez—: —Ni muerto voy a olvidarlo... —y ellos le decían—: "No-so-tros tam-po-co... "Po-bre ma-má..." "Po-bre pa-pá..."

0
0
M
Manos [2/12]
ParanormalporAnónimo8/1/2011

Montones de veces —y a mi pedido— mi inolvi¬dable tío Tomás me contó esta historia "de miedo" cuando yo era chica y lo acompañaba a pescar ciertas noches de verano. Me aseguraba que había sucedido en un pue¬blo de la provincia de Buenos Aires. En Pergamino o Junín o Santa Lucía... No recuerdo con exactitud este dato ni la fecha cuando ocurrió tal aconteci¬miento y —lamentablemente— hace años que él ya no está para aclararme las dudas. Lo que sí recuer¬do es que —de entre todos los que el tío solía narrarme mientras sostenía la caña sobre el río y yo me echaba a su lado, cara a las estrellas— este relato era uno de mis preferidos. —¡Te pone los pelos de punta y —sin embargo— encantada de escucharlo! ¿Quién entiende a esta sobrina? —me decía el tío—. Ah, pero después no quiero quejas de tu mamá, ¿eh? Te lo cuento otra vez a cambio de tu promesa... Y entonces yo volvía a prometerle que guardaría el secreto, que mi madre no iba a enterarse de que él había vuelto a narrármelo, que iba a aguantarme sin llamarla si no podía dormir más tarde cuando —de regreso a casa— me fuera a la cama y a la soledad de mi cuarto. Siempre cumplí con mis promesas. Por eso, esta historia de manos —como tantas otras que sospe¬cho eran inventadas por el tío o recordadas desde su propia infancia— me fue contada una y otra vez. Y una y otra vez la conté yo misma —años des¬pués— a mis propios "sobrinhijos" así como —aho¬ra— me dispongo a contártela: como si —también— fueras mi sobrina o mi sobrino, mi hija o mi hijo y me pidieras: —¡Dale, tía; dale, mami, un cuento "de miedo"! Y bien. Aquí va: Martina, Camila y Oriana eran amigas amiguí¬simas. No sólo concurrían a la misma escuela sino que —también— se encontraban fuera de los horarios de las clases. Unas veces, para preparar tareas escola¬res y otras, simplemente para estar juntas. De otoño a primavera, las tres solían pasar algu¬nos fines de semana en la casa de campo que la familia de Martina tenía en las afueras de la ciudad. ¡Cómo se divertían entonces! Tantos juegos al aire libre, paseos en bicicleta, cabalgatas, fogones al anochecer... Aquel sábado de pleno invierno —por ejemplo—lo habían disfrutado por completo, y la alegría de las tres nenas se prolongaba —aún— durante la cena en el comedor de la casa de campo porque la abuela Odila les reservaba una sorpresa: antes de ir a dormir les iba a enseñar unos pasos de zapateo americano, al compás de viejos discos que había traído especialmente para esa ocasión. Adorable la abuela de Martina. No aparentaba la edad que tenía. Siempre dinámica, coqueta, de buen humor, conversadora. Había sido una excelente bailarina de "tap"1. Las chicas lo sabían y por eso le habían insistido para que bailara con ellas. —¿Por qué no lo dejan para mañana a la tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además, la abuela no paró un minuto en todo el día. Debe de estar agotada. La mamá de Martina trató —en vano— de conven¬cerlas para que se fueran a dormir a las cuatro y no sólo a las niñas, porque la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella jornada sin la anunciada sesión de baile. Así fue como —al rato y mientras los padres, los perros y la gata se ubica¬ban en la sala de estar a manera de público— la abuela y las tres nenas se preparaban para la fun¬ción casera de zapateo americano. Afuera, el viento parecía querer sumarse con su propia melodía: silbaba con intensidad entre los árboles. Arriba —bien arriba— el cielo, con las estrellas escondidas tras espesos nubarrones. La improvisada clase de baile se prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente como para que Martina, Camila y Oriana aprendieran —entre risas— algunos pasos de "tap" y la abuela se quedara exhausta y muy acalorada. Pronto, todos se retiraron a sus cuartos. Alrededor de la casa, la noche, tan negra como el sombrero de copa que habían usado para la función. Las tres nenas ya se habían acostado. Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada oportuni¬dad que pasaban en esa casa. Era un dormitorio amplio, ubicado en el primer piso. Tenía ventanas que se abrían sobre el parque trasero del edificio y a través de las cuales solía filtrarse el resplandor de la luna (aunque no en noches como aquella, claro, en la que la oscuridad era un enorme poncho cubriéndolo todo). En el cuarto había tres camas de una plaza, colocadas en forma paralela, en hilera y separadas por sólidas mesas de luz. En la cama de la izquierda, Martina, porque prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la derecha, Camila, porque le gustaba el sitio al lado de la ventana. En la cama del medio, Oriana, porque era mie¬dosa y decía que así se sentía protegida por sus amigas. Las chicas acababan de dormirse cuando las despertó —de repente— la voz del padre. Termina¬ba de vestirse —nuevamente y de prisa— a la par que les decía: —La abuela se descompuso. Nada grave —cree¬mos—, pero vamos a llevarla hasta el hospital del pueblo para que la revisen, así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá que no vayan a levantarse, que traten de dormir hasta que regresemos. Hasta luego. ¿Dormir? ¿Quién podía dormir después de esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupa¬das como se quedaban por la salud de la querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos des¬pués de que oyeron el ruido del auto del padre, saliendo de la casa, ya que a la angustia de la espera se agregó el miedo por los tremendos rui¬dos de la tormenta que —finalmente— había decidi¬do desmelenarse sobre la noche. Truenos y rayos que conmovían el corazón. Relámpagos, como gigantescas y electrizadas luciérnagas. El viento, volcándose como pocas veces antes. —¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —gritó Oriana, de repente. Las otras dos también lo tenían pero permane¬cían calladas, tragándose la inquietud. Martina trató de calmar a su amiguita (y de cal¬marse, por qué negarlo) encendiendo su velador. Camila hizo lo mismo. La cama de Oriana fue —entonces— la más ilumi¬nada de las tres ya que —al estar en el medio de las otras— recibía la luz directa de dos veladores. —No pasa nada. La tormenta empeora la situa¬ción, eso es todo —decía Martina, dándose ánimo ella también con sus propios argumentos. —Enseguida van a volver con la abuela. Seguro —opinaba Camila. Y así —entre las lamentaciones de Oriana y las palabras de consuelo de las amigas más coraju¬das— transcurrió alrededor de un cuarto de hora en todos los relojes. Cuando el de la sala —grande y de péndulo— marcó las doce con sus ahuecados talanes, las jovencitas ya habían logrado tranquilizarse bastan¬te, a pesar de que la tormenta amenazaba con tornarse inacabable. Las luces se apagaron de golpe. —¡No me hagan bromas pesadas! —chilló Oriana—¡Enciendan los veladores otra vez, malditas! —y asustada, ella misma tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas. Sólo encontró las manos de sus amigas, hacien¬do lo propio. —¡Yo no apagué nada, boba! —protestó Camila. —¡Se habrá cortado la luz! —supuso Martina. Y así era nomás. Demasiada electricidad hacien¬do travesuras en el cielo y nada allí —en la casa— donde tanto se la necesitaba en esos momentos... Oriana se echó a llorar, desconsolada. —¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las velas a la cocina! ¡Hay que bajar a buscar fósforos y velas! ¡O una linterna! —"¡Hay que!" "¡Hay que!" ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh? ¿Quién?—se enojó Camila—. Yo, ¡ni loca! —¡Yo tampoco! —agregó Martina—. Esta Oriana se cree que soy la Superniña, pero no. Yo también tengo miedo, ¡qué tanto! Además, mi mamá nos recomendó que no nos levantáramos, ¿recuerdan? Oriana lloraba con la cabeza oculta debajo de la almohada. —Buaaaah... ¿Qué hacemos entonces? ¡Me muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas... Sean buenitas... Buaaah... Martina sintió pena por su amiga. Si bien eran de la misma edad, Oriana parecía más chiquita y se comportaba como tal. Se compadeció y actuó —entonces— cual si fuera una heramana mayor. —Bueno, bueno; no llores más, Ori. Tranquila... Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa para no tener más miedo, ¿sí? —¿Q--ué..? —balbuceó Oriana. —¿Qué cosa? —Camila también se mostró intere¬sada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el temor la hacía temblar). Martina continuó con su explicación: —Nos tapamos bien —cada una en su cama— y estiramos los brazos, bien estirados hacia afuera, hasta darnos las manos. Enseguida, lo hicieron. Obviamente, Oriana fue la que se sintió más amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y abrir los brazos en cruz, pudo sentir un apretoncito en ambas manos. —¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? —bromeó Camila. —Desde tu cama se recibe compañía de los dos lados... —En cambio, nosotras... —completó Martina— só¬lo con una mano... Y así —de manos fuertemente entrelazadas— las tres niñas lograron vencer buena parte de sus miedos. Al rato, todas dormían. Afuera, la tormenta empezaba a despedirse. Gracias a Dios, la abuela ya se siente bien —les contó la madre al amanecer del día siguiente, en cuanto retornaron a la casa con su marido y su suegra y dispararon al primer piso para ver cómo estaban las chicas—. Fue sólo un susto. Como —a su regreso— las niñas dormían plácidamente, la abuela misma había sido la encargada de despertarlas para avisarles que todo estaba en orden. ¡Qué alegría! —Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito —y la abuela las besó y les prometió servirles el de¬sayuno en la cama, para mimarlas un poco, des¬pués de la noche de nervios que habían pasado. —No tan valientes, señora... Al menos, yo no... —susurró Oriana, algo avergonzada por su compor¬tamiento de la víspera—. Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos... Tras esta confesión de la nena, padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustar¬se demasiado. Entonces, las tres amiguitas les contaron: —Nos tapamos bien, cada una en su cama como ahora... —Estirarnos los brazos así, como ahora... —Nos dimos las manos con fuerza, así, como ahora... ¡Qué impresión les causó lo que comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma no se libraron ni los padres ni la abuela. Resulta que por más que se esforzaron —estiran¬do los brazos a más no poder— sus manos infantiles no llegaban a rozarse siquiera. ¡Y había que correr las camas laterales unos diez centímetros hacia la del medio para que las chicas pudieran tocarse —apenas— las puntas de los dedos! Sin embargo, las tres habían —realmente— senti¬do que sus manos les eran estrechadas por otras, no bien llevaron a la acción la propuesta de Mar¬tina. —¿Las manos de quién??? —exclamaron enton¬ces, mientras los adultos trataban de disimular sus propios sentimientos de horror. —¿De quiénes??? —corrigió Oriana, con una mueca de espanto. ¡Ella había sido tomada de ambas manos! Manos. Cuatro manos más aparte de las seis de las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche al encuentro de otras, en busca de aferrarse entre sí. Manos humanas. Manos espectrales. (Acaso ——a veces, de tanto en tanto— los fantas¬mas también tengan miedo... y nos necesiten...)

0
2
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.