ComodamenteInsensible
Usuario (Uruguay)
La primera vez que escuche nombrar esta página, debo confesarlo, fue hace poco mas de un año. Aunque consciente del éxito de la misma, me detuve a reflexionar sobre las causas que llevan a T! a ser una página exitosa. Y aunque sin duda las causas puedan ser una ensalada de pequeñas cosas, hay uno de los factores que creo de trascendental importancia, y es el hecho tratarse de una bien llamada Comunidad. Entiendo que a T! la hacen todos, y es admirable el hecho del sostenimiento de ésta comunidad, "Virtual", según algunos, pero para mi muy real y palpable, y hace que algunos podamos revivir pequeñas utopías de comunidad. Sin más para agregar y no siendo mi intención ser demagogo, saludo a esta comunidad con mi sincera admiracion y espero poder aportar para T !, y su Inteligencia Colectiva. Les dejo mi primer post, una pequeña anecdota con reflexión elaborada por mi hermano. Salud Taringueros ¡ A cada instante Que de pequeño me definiera como agnóstico, por momentos rozando el ateísmo, exhibiendo orgullosamente un extraordinario escepticismo, no obedecía a otro motivo más que a mi inmadurez juvenil. A mi egoísta rebeldía sin causa. Me involucraba prepotentemente en cualquier debate, sin importar el tema. Menos aun importaban mis conocimientos, o no, sobre el mismo. Una fría noche de julio resulto clave para que todo esto cambiara. Dos amigos y yo discutíamos sobre la muerte. Abordamos el tema de manera desordenada, preocupados por demostrar cuanto sabíamos más que por el debate en sí. Primero marcamos nuestras posturas, que luego, en el calor de los discursos, irían cambiando. Mas temprano que tarde comenzamos a nombrar las respuestas a este tópico que brindan las diferentes culturas y religiones. Pocas, por supuesto, solo las que conocíamos. Las ideas iban y venían, rebotaban de un lado al otro sin descanso, tal cual una diminuta pelotita de ping pong. Esgrimíamos argumentos que contradecían, además de a la razón, a nuestras propias ideas, las mismas que habíamos expuesto apenas unos segundo antes. El caos era innegable, propio de nuestras jóvenes cabezas calientes. Pero eso no importaba, estábamos jugando a ser Dios. Habíamos arribado, al fin, a una conclusión unánime aunque un tanto alejada del tema: ninguno de los tres le temía a la muerte. Fuimos aún mas lejos, nos reímos de ella. En ese preciso instante la discusión se interrumpe. Un automóvil que había estado estacionado frente a nosotros, escuchando toda la incoherente discusión, emprende la marcha. Un agudísimo alarido cortó el aire y penetro con violencia nuestros tímpanos. Nuestras miradas aterradas veían como en medio de la calle un pequeño gatito se contorneaba, como convulsionando. El animal se había situado debajo de las ruedas del vehículo en busca del calor irradiado por el motor. La puesta en marcha del coche lo sorprendió. No reaccionó a tiempo. Dos de las cuatro ruedas pasaron por encima de su frágil cuerpo haciendo trizas sus costillas, destrozando todos sus órganos. Alguien más se había sumado a la discusión: la mismísima muerte había expuesto su empírico argumento. Mostró su fuerza. La agonía fue breve. El animalito, ya muerto, descansaba frente a nosotros impidiéndonos salir de nuestro horror. La lejana idea de la muerte, esa a la que no temíamos, se hizo, de pronto, cercana. Quizás demasiado. El sólo pensar en ella se volvió completamente aterrador. Ninguna de las tres personas que presenciamos el macabro acontecimiento volvimos a tener el coraje de evocarla. Ella, sin embargo, a sabiendas de su poder y exhibicionista como demostró ser, sigue apareciendo a cada instante.