ChelitaDeAya
Usuario (Argentina)

Hola amigos de T! bueno aca les dejo un simple homenaje al Negro fontanarrosa, un cuento escrito por un amigo que estudia literatura. El autor del cuento es Gabriel Russo Cereal. Espero que les guste y comenten. Saludos El día que la taza de café lloro El pasado jueves diecinueve de julio de 2007, en la ciudad de Rosario, el mundo perdía a un genio. Tras una desdichada enfermedad, que sin embargo no `pudo quitarle la sonrisa, el alma de Roberto Fontanarrosa dejaba su debilitado cuerpo para insertarse en el mundo celestial, donde probablemente en este momento estará haciendo reír al todo poderoso con sus flamantes cuentos y su entrañable poema telúrico. Nadie supo bien como fue pero el jueves, a las tres de la tarde en Rosario, el café se vistió, como tantas veces, de luto, y resbalaron por sobre el cuerpo delicado de la blanca porcelana de la taza, incontables cantidades de gotas lagrimosas que terminaron por inundar todos los metros cuadrados de el bar “El Cairo”. El día era diáfano y en el hedor a agua dulce impecable, proveniente del rio, no se percibían mayores sobresaltos. En pocos segundos el llanto de la taba reboso el platillo en que se apoyaba y fue invadiendo, lentamente, cada centímetro de la diminuta mesa redonda en la que se encontraba reposando. Los empleados observaron sorprendidos ese fenómeno inusual y se abocaron, rápidamente, a la tarea de secar las lagrimas que cada vez avanzaban con más fuerza. Se dieron cuenta que se encontraban frente a un suceso poco cotidiano, y comprendieron que aun era menos cotidiano cuando alguien se animo a decir, en medio de ese sentimiento de espanto, que esa era la mesa del Negro. -No entiendo entonces porque esa taza está llorando.-dijo el empleado que sostenía el haragán. Esa tarde los empleados estuvieron largo tiempo tratando de secar las lágrimas. Parecía como si fuera una ironía del destino, o quizás un milagro del santo espíritu santo, pero a medida que más empeño ponían en secar las lágrimas, estas fluían más rápidamente, y con más fuerza, de la taza. A eso de las cuatro y media el se había hecho dueña, prácticamente, de la mitad del bar y se iba infiltrando, por entre las grietas más pequeñas, en el interior del mismo, cumpliendo la misión de llenar esos diminutos espacios vacios, inservibles, de los cuales la conciencia de los hombres en la vida cotidiana apenas tenían registro. -¿Qué hacemos?-dijo uno de los empleados. -No lo sé- contesto otro. -Déjenla. Si quiere llorar que llore. Ya se le va a pasar- dijo el dueño, con una voz imperante, mientras observaba como el agua caía de la mesa hacia el suelo, haciendo espuma, y recordándole esa imagen a las cataratas del Iguazú. Para las seis de la tárdelas lagrimas seguían aflorando a borbotones, y habían alcanzado a ocupar prácticamente la totalidad del bar. Los empleados volvieron a poner manos a la obra y activaron unas bombas para expulsar el agua pero fue en vano. Cada vez la taza liberaba mas lágrimas y cada vez el bar se iba ahogando, mas y mas, en el llanto telúrico de un brebaje enlutado. Ante el avance de las lagrimas el dueño se vio en la obligación de cerrar el momentáneamente el bar, pero en el momento en que se disponía a hacerlo apareció en la puerta, de manera sorpresiva, un paisano de los de antes, con poncho y chiripa y el facón ensartado en medio de la faja, a la cintura, de una nariz prominente, de cuerpo escuálido y un bigote gracioso que denotaba que la vida en las pampas no le había sido fácil. Tantos años tomando mate sentado sobre la cabeza esqueletada de una vaca, habían logrado forjar el prototipo ideal del hombre argentino. Con el venia su esposa, enorme como un antiguo gliptodonte que había logrado sobrevivir a los embates de su tiempo, y su perro, diminuto y de ojos lagrimosos. Trataron de entrar en el bar pero el dueño les dijo que estaba cerrado. Una taza de café estaba llorando desde las tres de la tarde y había inundado la totalidad del bar. El paisano, entendido y con pasos firmes, se asomo a la puerta y observo, en un rincón del bar, a la misteriosa taza. El dueño le volvió a explicar que desde las tres de la tarde estaba llorando, pero que no sabía porque estaba tan triste. El paisano se dio media vuelta, miro fijamente los ojos del dueño con una mirada de superioridad, de esas que te clavan en tu sitio y te dicen que no sabes nada, y le dijo: -Es que esa taza no está llorando de tristeza. Simplemente esa esta cagando de risa. Efectivamente. Esa taza que desde las tres de la tarde de ese jueves diáfano estaba liberando incontables cantidades de gotas lagrimosas, no lloraba de tristeza, sino simplemente se estaba cagando de risa por un buen chiste que probablemente la mesa del Negro le había contado. En ese instante instante los empleados comprendieron todo. En su tristeza y desesperación al no poder contener las lágrimas que cada vez avanzaban más sobre el bar, se comenzaron a reír a borbotones al caer en la cuenta de su ignorancia. En ese instante, en que aquel paisano había logrado develar el misterio y en el bar ya no había tristeza y desesperación, sino solamente reinaba la alegría, la taza de café dejo de llorar y comenzó a retomar, poco a poco su sensatez cotidiana. Luego de unos minutos el agua había comenzado a retroceder y media hora después le bar el bar se había secado por completo y había recuperado su característica habitual. En la mesa del Negro hacia de cuenta que no había pasado nada. Todo estaba en su lugar. La taza bien seca, la mesa sin rasgos de humedad..., todo, absolutamente todo era normal. Lo único extraño era que el café enlutado de la taza había desaparecido y en la mesa se dibujaba, con un tinte mágico y luminoso, las inconfundibles palabras de una mano canalla que decían “Hasta Luego”.