Carol_Hathaway
Usuario (Argentina)

ORIGEN DE LOS CELTAS _La historia de los celtas está cubierta de incertidumbres. Algunos historiadores suponen tribus de origen indoeuropeo que en el tercer milenio a. de C. ocuparon los montañas de los Cárpatos, cadena de montañas de Europa central que se extiende como un arco por Eslovaquia, Polonia y Rumania, siendo su pico más alto el Tatra, de 2.600 m. Los celtas tenían una riquísima tradición oral y rara vez usaban lenguaje escrito. Por lo tanto, los detalles de su antigua vida cotidiana debieron ser armados con referencias arqueológicas y leyendas que los monjes irlandeses fueron coleccionando. Los celtas nunca formaron una federación de tribus o un imperio político, aunque compartían una lengua común e ideas religiosas similares. Los celtas difícilmente puedan ser considerados realmente como una unidad. En verdad, lo que habitualmente se conoce como celtas no es sino un conglomerado de tribus y pueblos de diversos orígenes que se asentaron en una franja sumamente amplia de Europa, durante un período que, convencional-mente, se extiende desde el año 500 a.C. hasta los primeros siglos de la era cristiana. A pesar de esto, sus antecedentes e influencias pueden ser rastreados en una etapa mucho más amplia, que se remonta a los finales de la Edad de Bronce. No obstante, este conglomerado compartió una serie de rasgos comunes que, como las tradiciones, creencias y lengua, le otorgó una misma identidad bajo el nombre de celtas. El origen y el desarrollo de los pueblos celtas se asocian a la Edad de Hierro europea, y más precisamente a la llamada Cultura de los Campos de Urnas, que floreció hacia fines de la Edad del Bronce. Aquélla recibió su denominación por las curiosas prácticas crematorias de sus muertos y la posterior inhumación de las cenizas en recipientes de cerámica. Dispersa por el este y el centro de Europa entre los años 1300 y 800 a.C., la Cultura de los Campos de los Campos de Urnas es el primer antecedente de los celtas. Posteriormente, ya en los inicios de la Edad del Hierro, surgió en ese mismo espacio geográfico la Cultura del Hallstatt, que se desarrolló entre los siglos VIII y V a.C. A diferencia de la anterior, serán sus características, al menos en su último período, los enterramientos sumamente lujosos de los personajes de la élite dirigente y la construcción de edificios defensivos de mayor complejidad. En este período, los celtas compartieron la Cultura de Hallstatt con los ilirios, a la vez que extendieron su presencia en el interior de la Península Ibérica, donde se establecieron en el siglo VII a.C. En el siglo siguiente hicieron lo propio hacia el noreste ibérico, donde se hallaban instalados los íberos. Todos estos movimientos migratorios eran bien conocidos por los antiguos griegos y romanos. De hecho, Heródoto los denominó "keltoi", y los romanos comenzaron a definirlos como "galatae" o "galli". LA CULTURA DE "LA TÉNE" _Durante la última fase de la Edad del Hierro, conocida como "La téne", desarrollada a partir del siglo V a.C., la presencia celta se extendió sin pausa, alcanzando desde la Península Ibérica hasta las orillas del mar Negro. El proceso se inició hacia fines del siglo V a.C., cuando a causa de la presión demográfica de otros pueblos del norte se generalizó un movimiento migratorio y los celtas llegaron al corazón mismo del mundo grecorromano. Aproximadamente en el 400 a.C., sus incursiones culminaron con la ocupación del valle del Po, en Italia. No tardarían mucho en iniciar recorridos hacia el sur y ya en 387 a.C. asediaron Roma, a la que luego saquearon. La cultura de "La Téne" tomó su nombre de un asentamiento descubierto a mediados del siglo XIX en las cercanías del lago Neuchatel, en Suiza. Las investigaciones asociaron finalmente este hallazgo con una práctica religiosa y ritual, en la que los antiguos celtas realizaban sacrificios de animales y seres humanos, y arrojaban a los cursos de agua objetos preciosos a manera de ofrendas a los dioses. El avance de los celtas continuó en diferentes direcciones, entre ellas hacia las Islas Británicas. Las primeras oleadas migratorias se realizaron durante el siglo V a.C. y se repitieron dos siglos más tarde. Efectivamente, algunos registros arqueológicos revelan la presencia celta en Manda ya en el siglo III a.C. Finalmente, a principios del siglo I a.C. se sucedió una nueva migración masiva. También en el siglo IV a.C. los celtas dirigieron sus pasos hacia el sudeste europeo, hasta la región del Báltico y la parte occidental de Turquía. Alejandro Magno supo de ellos en Macedonia y es sabido que en el año 279 a.C. iniciaron el saqueo de la ciudad de Delfos, aunque al parecer parecer una nevada les impidió concluirlo.paralelamente, en Asia Menor, los celtas llegaron a establecerse en una región que aún conserva el nombre de Galacia. LA EXPANSIÓN: _ La gran expansión celta implicó la movilización de numerosas tribus independientes, aunque unidas por lazos culturales. Entre los siglos V y II a.C. se dispersaron en todas direcciones y fundaron ciudades fortificadas, a la vez que intensificaron el comercio con grupos vecinos. Hacia el siglo II a.C. aparecieron las fortificaciones llamadas "oppidas", que pretendieron actuar como valla contra el avance romano. En el siglo V a.C., tres elementos se aunaron para promover una nueva expansión de las originarias tribus celtas: el importante crecimiento demográfico, la presión ejercida por nuevos grupos llegados desde el este y, finalmente, la vigencia de una nobleza guerrera capaz de iniciar una migración conquistadora. El resultado sería la colonización de vastos territorios de Europa central y occidental que incluyeron desde casi la totalidad de la Península Ibérica hasta territorios en Asia Menor. LA DECADENCIA: _ Los celtas no tuvieron un poder centralizado. No resulta extraño que con esta característica, hayan sido conquistados por los romanos, quienes entre los siglos II a.C. y I se adueñaron de la Galia Transalpina y la mayor parte de Britania. Fruto de ello fue la asimilación de este pueblo a la cultura romana, al extremo de abandonar sus tradiciones y lengua. Con el tiempo, también perdieron sus dominios en España y a finales del Imperio Romano apenas conservaban territorios en el noroeste de Francia, Irlanda y Gales. En estas dos ultimas zonas, en cambio, la resistencia, combinada con lo breve de la estadía romana, permitió que su lengua y cultura sobrevivieran. Incluso en el siglo VII realizaron un intento para expandir su influencia, cuando los es-cotos irlandeses invadieron Caledonia, región rebautizada como Escocia. Vercingétorix EL ÚLTIMO LÍDER GALO: _En 52 a.C. y a ios 20 años, Vercingétorix -de la tribu arverna del centro de Francia- había logrado una federación de grupos galos cuyos jefes le delegaron el mando militar. Julio César, gobernador romano de la Galia, tenía un poderoso ejército, pero el líder galo optó por no darle batalla abierta sino hacer guerra de guerrillas y replegarse al interior para alejar al enemigo de sus bases, mientras incendiaba cosechas y aldeas para dejarlo sin suministros. Tuvo varios éxitos hasta que en la ciudad de Alesia las legiones de Julio César lo sitiaron con ayuda de otros galos y germanos aliados a Roma. Vercingétorix debió rendirse, fue llevado a Roma, exhibido como trofeo y ejecutado tras cinco años preso, en 46 a.C. PARA SABER MAS... _LOS GUERREROS celtas tenían un aspecto ciertamente amenazador. Por lo general iban vestidos con unos pantalones de tejido basto, pero cuando entraban en combate iban desnudos. Sólo llevaban unos torques (una especie de gargantillas) y el cuerpo pintado de azul con un tinte extraído de las hojas de una planta llamada glasto. ARMAS CELTAS _Los guerreros celtas usaban espadas, lanzas y hondas y se protegían con escudos de bronce o madera. Se dirigían hacia el enemigo a pie, gritando y golpeando sus escudos y algunos hacían sonar unas trompetas de guerra, llamadas carnyxes, que llevaban consigo. escudo de bronce celta repujado con incrustaciones de coral. Yelmo celta hallado en Francia de bronce y hierro con una banda central de oro. GUERREROS VENCEDORES _Los guerreros vencedores disfrutaban de una posición privilegiada dentro de la tribu. Se dirigían hacia la batalla en unos carros ligeros de madera tirados por robustos ponis. Un auriga guiaba el carro hasta la batalla mientras el guerrero tiraba lanzas al enemigo. Ya en plena batalla el guerrero saltaba a la ludia blandiendo su espada. El auriga estaba siempre atento y si el guerrero se encontraba en una situación delicada le recogía y le sacaba de la zona de peligro. BANQUETES DE VICTORIA _Después de una victoria, los celtas celebraban grandes banquetes que solían durar varios días. Los asistentes escuchaban a poetas y músicos que cantaban las proezas de los guerreros vencedores. Los celtas también guardaban las cabezas de los enemigos vencidos como trofeos sagrados. EJÉRCITOS INDISCIPLINADOS _Aunque los celtas eran fieros luchadores y solían intimidar a sus contrarios, la indisciplina de sus ejércitos les hacía menos eficientes de lo que cabía esperar. Tenían su propia tradición sobre lo que era un combate honorable. Creían, por ejemplo, que era inaceptable que un guerrero fuera atacado por dos enemigos al mismo tiempo. La consecuencia de esto fue que los celtas fueron aplastados con facilidad por las disciplinadas tropas romanas, muy superiores en armamento, táctica y entrenamiento.

Historia de la Guerra de los Cien Años La Guerra de los 100 Años en realidad duró exactamente 116 años, desde 1330 hasta 1453, y enfrentó a Inglaterra y Francia por problemas de tipo sucesorio y feudal. Introducción Se da el nombre de Guerra de los Cien Años al largo conflicto que sostuvieron los reyes de Francia e Inglaterra entre 1330 y 1453. En realidad fue una extensa serie de choques militares y diplomáticos, caracterizada por breves campañas bélicas y largas treguas. No fue, por tanto, un estado de guerra permanente, aunque las prolongadas y frecuentes treguas se veían continuamente salpicadas de escaramuzas al estilo de la guerra de guerrillas, y las maniobras diplomáticas más tradicionales estaban al orden del día. Se inició en medio de condiciones feudales y por causa de un litigio típicamente feudal; y terminó en guerra entre dos países que se estaban convirtiendo rápidamente en naciones bajo la administración centralizada de sus respectivas monarquías. Causas de la Guerras de los Cien años (1337 - 1453) a) La posesion de vastas comarcas de Francia por la corona inglesa, lo que obligo a Francia a unificar el territorio y acabar con el feudalismo, expulsando a los ingleses. b) Inglaterra necesitaba de sus dominios continentales que le proporcionaban recursos para su economia. c) Las pretensiones de los reyes de Inglaterra a la corona de Francia, debido a los complejos entroques familiares de la epoca. El origen de la Guerra de los Cien Años Sin embargo, las raíces de la Guerra de los Cien Años se remontan a la conquista del trono inglés por Guillermo el Conquistador en 1066. Como duque de Normandía, Guillermo -y, posteriormente, sus herederos- participaba tan activamente en la política feudal de Francia como en el gobierno de Inglaterra. Tanto económica como culturalmente, Inglaterra se había convertido en colonia de Normandía, y los intereses de los nuevos reyes "ingleses" seguían firmemente asentados en Francia. Esta situación se acentuó a partir de 1154, al acceder al trono de Inglaterra Enrique de Anjou, fundador de la dinastía angevina o Plantagenet. En su condición de conde de Anjou, duque de Normandía y de Aquitania, y ahora, como Enrique II de Inglaterra, este monarca tenía un pie firmemente plantado a cada lado del Canal. Según los principios feudales, Enrique y, después de él, sus hijos Ricardo y Juan, eran vasallos de la monarquía francesa, que era el poder central; pero el enorme poderío derivado del dominio de las riquezas y de los recursos humanos de Inglaterra, hizo de los primeros Plantagenet todo menos vasallos sumisos del rey de Francia. Guerra de los Cien Años : Se pueden observar 4 periodos: 1. Primer Periodo: El triunfo ingles.- Se inicio cuando Felipe VI reclamaba Guyena (1337) y Eduardo III de Inglaterra, reivindica la corona francesa. Esta etapa concluyo despues de una sangrienta guerra, con la Paz de Bretigny (1360), en cuya virtud Eduardo III renuncia a la corona francesa a cambio de las propiedades de Calais y los territorios al sur del Rio Loira. 2. Segundo Periodo: El Triunfo Frances.- Carlos V, despues de asegurar la paz interna de Francia, inicio la guerra contra los ingleses, logrando recuperar casi todos los territorios cedidos en la Paz de Bretigny. 3. Tercer Periodo: El Triunfo ingles.- Enrique V de Inglaterra reinicio las hostilidades contra Carlos VI de Francia, a quien lo vencio y lo obligo a firmar el Tratado de Troyes (1420), por el cual reconocia como heredero del trono frances a Enrique V, que se habia convertido en su yerno, por haber contraido matrimonio este con Catalina, hija del rey frances. 4. Cuarto Periodo: Juana de Arco.- A los dos años del Tratado de Troyes, habian muerto los reyes firmantes. La corona de Francia e Inglaterra recaayo en Enrique VI, niño de un año , hijo de la princesa Catalina ( hija del rey de Francia) y Enrique V de Inglaterra. Los franceses, imbuidos de sentimiento nacionalista , proclamo rey a Carlos VII, hermano de Catalina, y prosiguieron la lucha por la liberacion de Francia. Cuando los franceses estaban siendo derrotados, surgio la figura de Juana de Arco, mujer analfabeta que, no obstante su origen humilde, era dueña de una inquebrantable fe cristiana y de una probada lealtad al rey. Ella al mando de un pequeño ejercito, vencio a los ingleses en el sitio de Orleans, en 1429. Este acontecimiento exalto el espiritu nacionalista de los franceses, al mismo tiempo engendro la envidia de los borgoñeses, quienes apresaron a la heroina y la entregaron a los ingleses. Estos la acusaron de hechiceria y herejia, por lo que fue sometida a la pena de la hoguera en la ciudad de Ruan (1430). La Guerra de liberacion, iniciada por Juana de Arco, continuo exitosamente. el año 1453, solo les quedaba a los ingleses el puerto de Calais, que definitivamente lo perderian. En Inglaterra el rey Enrique VI, luego de las derrotas en Francia, le disputara el trono la Casa de los york, dando origen a la Guerra de las Dos Rosas (1455); los partidarios del rey, la Casa Lancaster (Rosa Roja) y los opositores al rey, la casa de los York (Rosa Blanca), esta guerra duro treinta años. Al final se ciño la corona Enrique VII, fundador de la dinastia Tudor, quien se adueño de los bienes de muchos nobles desaparecidos y para afianzar el dominio en toda Inglaterra se caso con Isabel, de la casa rival de los York. Juana de Arco Nació el 6 de enero de 1412 en Domrémy (hoy Domrémy-la-Pucelle), hija un campesino acomodado, Jaques d'Arc y de Isabelle. La ortografía de su nombre no es segura, se puede encontrar en los documentos Darc, Tarc, Dare, Day, etc. La forma d'Arc (de Arco en español) aparecería un siglo y medio después de su muerte. A los trece años dijo que había oído la llamada de Dios. Algún tiempo después, confesó haber visto a san Miguel y a las primeras mártires santa Catalina de Alejandría y santa Margarita, cuyas voces la acompañarían durante el resto de su vida. En los primeros meses de 1429, en el transcurso de la guerra de los Cien Años y cuando los ingleses estaban a punto de capturar Orleans, esas voces la exhortaron a ayudar al Delfín, más tarde el rey de Francia Carlos VII, quien todavía no había sido coronado debido a las luchas internas y a la pretensión inglesa al trono de Francia. Juana le explicó que ella tenía la misión divina de salvar a Francia. Un grupo de teólogos aprobaron sus peticiones y se le concedieron tropas bajo su mando con las que condujo al ejército francés a una victoria decisiva sobre los ingleses en Patay al tiempo que liberaba Orleans. El rey se opuso a realizar campaña militar contra Inglaterra y Juana sin el apoyo real, dirigió en el año 1430 una operación contra los ingleses enCompiègne, cerca de París. Los soldados borgoñones la capturaron y entregaron a sus aliados ingleses. Fueron conducidos ante un tribunal eclesiástico en Ruán que la juzgó de herejía y brujería. Pasó catorce meses de interrogatorio, tras lo que se le acusó de maldad por vestir ropas masculinas y de herejía por su creencia de que era directamente responsable ante Dios y no ante la Iglesia católica. El tribunal la condenó a muerte pero al confesar y arrepentirse de sus errores, la sentencia fue conmutada a cadena perpetua. A su regreso a la prisión volvió a usar vestidos de hombre por lo que de nuevo fue condenada, esta vez por un tribunal secular, y el 30 de mayo de 1431, es enviada a la hoguera en la plaza del Mercado Viejo deRuán por relapsa (herética reincidente). Ella grita varias veces "Jesús". Pasan cuatro horas antes de que se reduzca a cenizas. Sus entrañas y corazón se dice que no se quemaron. El cardenal inglés de Winchester ordenó que se los arrojase al río. Crecimiento del poderío francés Los primeros años de este "imperio angevino" coincidieron con un crecimiento sin precedentes del poder y el prestigio de los monarcas franceses. En 1202, el rey Felipe Augusto de Francia convocó al rey Juan de Inglaterra a su corte de París, en relación con el pretendido incumplimiento por parte de este último de sus obligaciones como señor feudal de Aquitania. En base al principio de que las tierras de Francia eran poseídas por sus señores sólo en su condición de vasallos del rey de Francia, Felipe Augusto desposeyó a Juan de todas sus posesiones francesas. Naturalmente, la medida fue seguida de una serie de guerras. Hasta la firma del Tratado de París, de 1259, no pudo llegarse a una solución aceptable. El rey de Inglaterra pudo reasumir sus derechos en Aquitania, pero con la condición expresa de que lo hacía como vasallo del monarca francés. En 1294 se inició un nuevo período de actividades militares esporádicas, interrumpidas por largas y complejas negociaciones diplomáticas, que culminaron con la desposesión parcial de Aquitania. Los franceses se negaban a limitar la soberanía de su rey sobre dicha región para dar satisfacción a los ingleses. Estos, por su parte, sostenían los derechos de su rey a la plena soberanía. La siguiente fase de este conflicto se inició en 1337, cuando Felipe VI de Francia decretó una vez más la desposesión del ducado de Eduardo III de Inglaterra y organizó una campaña militar para apoderarse de las tierras por la fuerza. Esta es la fecha que se toma como inicio de la guerra de los Cien Años. La magnitud del conflicto pronto se incrementó cuando Eduardo se proclamó rey legítimo de Francia, en 1340, e invitó a los nobles franceses a reconocer su derecho. De este modo, la disputa sobre Aquitania se convirtió en una guerra por la sucesión de Francia. Este conflicto entre dos monarcas por la posesión de un reino se complicó aún más por el resentimiento que los nobles franceses venían manifestando desde hacía largo tiempo por la intromisión del gobierno central en su esfera de poder. Y Eduardo era lo suficientemente astuto para capitalizar ese resentimiento. Les hizo ver que sus esfuerzos eran la lucha de un señor francés que, al mismo tiempo, resultaba ser rey de Inglaterra, frente a la política expansiva de una serie de reyes cada vez más poderosos. Y, efectivamente, logró el reconocimiento de sus derechos en algunos círculos. Por tanto, a partir de 1340, existieron dos reyes de Francia. La Batalla de Crécy Las famosas batallas de Crécy (1346) y de Poitiers (1356) se produjeron de modo casi fortuito. Crécy rindió escasos frutos a Eduardo, excepto, indirectamente, el puerto de Calais y sus alrededores. Poitiers culminó con la captura del rey Juan II de Francia, aunque, curiosamente, este acontecimiento tuvo escasas consecuencias prácticas. Sin embargo, el efecto de estas dos victorias sobre el prestigio de Eduardo fue tal, que en 1359 se encontraba en una posición extremadamente fuerte. En 1359, Eduardo había conseguido el apoyo de varias facciones en los ducados de Flandes, Normandía y Bretaña, y estaba negociando la adhesión del duque de Borgoña. Además, seguía teniendo al rey de Francia como prisionero. En ese momento Eduardo propuso una tregua, bajo cuyos términos le sería cedida toda la mitad occidental de Francia, además de un cuantioso rescate por el rey Juan. Cuando los franceses, en un derroche de valor, rechazaron tales términos, Eduardo reunió un poderoso ejército y montó una campaña que, según esperaba, iba a resultar decisiva. Esta ofensiva inglesa fracasó estrepitosamente. Como consecuencia de ello, se firmaron los tratados de Brétigny y Calais (1360), que fueron los primeros acuerdos destinados a poner fin a la guerra. Según estos tratados, Francia reconocía la plena soberanía de Eduardo sobre una Aquitania bastante más extensa que antes. A cambio, Eduardo renunciaba a todo derecho a la corona de Francia. Este fue el primero de dos puntos culminantes del conflicto. Poco después, los protagonistas del drama volvieron a las andadas. Eduardo retiró su renuncia a los derechos sobre la corona francesa, y el rey de Francia, en represalia, se negó a declinar su soberanía sobre Aquitania. En consecuencia, la guerra se reanudó. Hacia 1375, Carlos V de Francia había conseguido hacer retroceder a las fuerzas de Eduardo casi hasta el Canal. Todo lo que este rey había conseguido conservar era Calais, una franja costera que incluía Burdeos y Bayona, y unas pocas fortalezas sitiadas en Bretaña y Normandía. A principios del siglo XV, los ingleses tuvieron una nueva oportunidad de apoderarse de gran parte de Francia, por no decir de todo el país. La ocasión fue el estallido de una guerra civil o, más concretamente, un conflicto armado entre los duques de Borgoña y de Orleans. Carlos VI, que había accedido al trono de Francia en 1380 a la edad de once años era un enfermo crónico incapaz de gobernar efectivamente. En el vacío de autoridad así creado sus ducales tíos rivalizaban por el poder personal y por adquirir una influencia dominante sobre la administración central. Fieles al espíritu de la política feudal francesa, ni el duque de Borgoña ni el de Orleans tuvieron escrúpulo alguno en buscar la ayuda inglesa. Después de haberse asegurado la neutralidad benevolente del primero, Enrique V desembarcó cerca de Harfleur en 1415. Sin embargo, la supuestamente gloriosa victoria que obtuvo en Agincourt poco después resultó ser poco más que una desesperada acción de retaguardia para cubrir su retirada. Enrique regresó con un nuevo ejército en 1417, encontrando esta vez mejor suerte. Mientras se dedicaba a conquistar Normandía, fortaleza por fortaleza, su reticente aliado, el duque de Borgoña, sitió y se apoderó de París. Cuando el duque fue asesinado en 1419, su sucesor decidió concertar una alianza formal con Enrique. Este acuerdo llevó directamente al tratado de Troyes, de 1420. Fue el segundo punto culminante, al menos aparentemente, de la prolongada guerra. Con arreglo al tratado de Troyes, Enrique debía ser reconocido rey legítimo de Francia cuando quedase vacante el trono por la muerte de Carlos. Parecía que todo lo que le quedaba por hacer a Enrique era completar la conquista de aquellas regiones que todavía se resistían al avance de los ejércitos ingleses. Una vez más, los sueños de Eduardo III de crear un imperio que abarcara toda Francia e Inglaterra parecían a punto de realizarse. Enrique V Nombrado caballero dos veces, Enrique se mostró desde muy joven como un jefe confiable, decidido, experto en táctica y organización logística, muy frío y racional. Considerando que los franceses tenían al frente un rey inestable, (Carlos VI), de escasa personalidad, enfermo, desorganizado y propenso a frecuentes ataques de demencia, es fácil comprender las ventajas de que gozaron las tropas de Enrique. Los nobles franceses se habían dividido en dos facciones que disputaban entre sí y acorralaban a Carlos: los de Armagnac y los de Borgoña. Las virtudes de Enrique como general y gobernante así como esta división interna de los franceses llevarían a estos últimos al desastre de 1415. A la edad de 12 años (en 1399), el futuro Enrique V fue nombrado por primera vez en un campo de batalla irlandés por Ricardo II, que lo había tomado como rehén para garantizar el buen comportamiento del padre de Enrique. El solo hecho de que un rey rival de su familia (que sería asesinado por su padre) lo armase caballero en un campo de batalla y con sólo doce años, demuestra a las claras el coraje y la bravura que el joven Enrique mostró desde muy niño. Más tarde, ejecutado el crimen y un día antes de la coronación de Enrique IV, el nuevo monarca llamó a su hijo (que al día siguiente se convertiría en Príncipe de Gales) y lo nombró caballero por segunda vez. Este joven brillante conduciría la guerra en Francia. Pero Enrique V murió unos meses antes que el incapaz Carlos, por lo que el tratado de Troyes nunca entró en vigor. El pequeño Enrique VI fue coronado rey tanto de Inglaterra como de Francia, y los ejércitos ingleses prosiguieron la conquista del norte y del sudoeste de Francia. Pronto resultó evidente que, si lograban apoderarse de Orleans y cruzar el Loira, sería militarmente imposible cortar su avance por el resto de Francia. Pero fue precisamente en Orleans, en 1429, donde el signo de la guerra cambió finalmente en favor de Francia. Estando Orleans sometida al tenaz asedio de los ingleses, apareció en escena la enigmática figura de Juana de Arco. A la cabeza de los ejércitos franceses, Juana levantó el asedio y convenció al Delfín, hijo mayor del fallecido Carlos VI, para que se hiciera coronar en Reims como rey Carlos VII de Francia. El país recobró su aliento, porque otra vez tenía un rey, así como un general victorioso. A partir de entonces, las posiciones inglesas fueron deteriorándose continuamente; Borgoña se sometió nuevamente a la casa real francesa en 1435, y París fue por fin reconquistado al año siguiente. Sólo en 1449 Carlos se sintió lo suficientemente fuerte para pasar a la ofensiva. Cuando lo hizo, reconquistó rápidamente Maine y Normandía. Burdeos, la última plaza fuerte inglesa en Aquitania, cayó finalmente a manos de los ejércitos de Carlos en 1453. Eso significó el fin efectivo de la presencia inglesa en Francia, por lo que la fecha es considerada como el final del centenario conflicto. Aparte de confirmar a la dinastía Valois como casa reinante de Francia, y de forzar a los Plantagenet a ser más "ingleses" que antes, la guerra produjo otros efectos importantes a largo plazo. La guerra se había desarrollado exclusivamente en Francia, dejándola empobrecida y despoblada. El resurgimiento francés, durante la guerra y después de ella, sólo podría conseguirse bajo una administración central fuerte, y toda Francia reconoció esta realidad. Los reyes de Francia, en aras de esa necesidad de contar con un gobierno central fuerte, pronto llegaron a adquirir poderes que habrían de desembocar en la monarquía absoluta de tres siglos después. Antes de la guerra, Francia era un mosaico de ducados y condados casi independientes, frecuentemente en conflicto unos con otros o con el rey. Sus duques y condes, así como el pueblo, tenían muy poca conciencia de ser "franceses". Después de la guerra, apareció un embrionario sentido de unidad nacional, bajo la bandera del rey de Francia y de todos los franceses. El viejo estilo feudal había desaparecido para siempre. Tras 116 años de contienda, Francia resultó finalmente vencedora en laGuerra de los Cien Años, recuperando todos los territorios en litigio -muchos de ellos en manos de monarcas ingleses desde mucho tiempo atrás- salvo la ciudad de Calais. Consecuencias de la Guerra de los Cien años: Consecuencias Politicas: - Unificacion de los Paises Bajos (Flandes) - Hegemonia maritima de Castilla - Consolidacion de la monarquia especialmente en Inglaterra y Francia, y abandono de las formas politicas medievales. - El largo período de guerras dejo muy debilitado a la nobleza francesa , ya que, a medida que los nobles morian (señores feudales) morian, sus feudos iban pasando para el dominio del Rey, debilitando el sistema feudal. - Definitiva unidad nacional y politica en Inglaterra y Francia. - la Guerra de los 100 Años contribuyo al afianzamiento del poder de la Dinastia Valois en Francia, con el apoyo de burguesía, el fortalecimiento del poder real francés, allanando el camino para las llamadasMonarquias absolutistas. Consecuencias economicas Los conflictos han dejado un saldo de miles de muertos en ambos lados, y la devastación sin precedentes de los territorios y la paralizacion de la producción agrícola en Francia. Consecuencias Militares: - Reemplazo de la caballeria medieval por la infanteria - Aparicion de la artilleria: todo tipo de armas de fuego. - Reclutamiento de mercenarios y aparicion del ejercito profesional. Consecuencias sociales: -La construcción de una identidad nacional entre los franceses - Definitiva desaparicion del feudalismo. - Creciente papel de la burquesia que presto cada vez más apoyo en lo economico y en lo cultural a los reyes. - Podemos decir que la Guerra de los Cien Años marca el final de Edad media y anuncia el advenimiento de los Edad Moderna. Video: link: https://www.youtube.com/watch?v=JGpZVjV1dfw
Tito conquista Jerusalén En el año 70 d.C., el emperador Vespasiano encargó a su hijo Tito sofocar la violenta revuelta que desde hacía cuatro años sacudía Judea. Tras un duro asedio, Tito logró conquistar Jerusalén y destruyó y saqueó el Templo Por Antonio Piñero. Universidad Complutense, Historia NG nº 108 _En las primeras semanas del año 70 d.C. empezaron a llegar a Alejandría embajadores de todo el mundo mediterráneo, enviados por los gobernadores de las provincias del Imperio y Estados aliados; hasta el rey de los partos se desplazó en persona a la capital egipcia. Todos acudían con un único propósito: felicitar a Vespasiano, el general al que las legiones de Roma acababan de proclamar nuevo emperador. Vespasiano había llegado al Próximo Oriente cuatro años antes. Nerón, antes de sucumbir a una conspiración contra su tiránico régimen, lo había nombrado gobernador de Judea con una misión muy precisa: acabar con la rebelión de los judíos contra Roma. Su antecesor en esa tarea, el legado de Siria, Cestio Galo, había fracasado estrepitosamente, de manera que Vespasiano se mostró prudente y no quiso atacar de inmediato Jerusalén, la capital de Judea y baluarte de la resistencia. Pero ahora, antes de partir hacia Roma para tomar posesión de su nueva dignidad, el recién nombrado emperador quiso dejar encaminado el problema y encargó a su hijo primogénito, Tito Vespasiano, la conquista de la ciudad sagrada de los hebreos. El primer asalto Tito quedó al mando de cuatro legiones: la V Macedónica, la X Fretensis, la XV Apollinaris y la XII Fulminata; en total, unos 60.000 hombres entre legionarios, jinetes, tropas auxiliares, ingenieros e innumerable personal. Una fuerza colosal, a la altura de lo que también era un descomunal desafío. Jerusalén, en efecto, parecía una ciudad inexpugnable. Estaba fortificada con tres murallas y albergaba, además del recinto del Templo, dos tremendas fortalezas: el antiguo palacio de Herodes el Grande, con tres torres imponentes, y la fortaleza Antonia, en el ángulo noroccidental del Templo, con cuatro torres muy potentes. Dentro de la ciudad había dos murallas: una separaba la Ciudad Nueva de la antigua, situada al lado del Templo; la otra cortaba el paso desde este barrio a la Ciudad Alta. Y, finalmente, había un cuarto muro entre la ciudad alta y la baja. La tercera muralla defendía la zona septentrional de Jerusalén, la más llana y propicia a un ataque. Los lados occidental, sur y oriental eran prácticamente imposibles de franquear, pues el desnivel entre los muros y los valles circundantes era muy pronunciado. Jerusalén bajo el fuego Esta litografía de Robert Davis, del siglo XIX, recrea la conquista de Jerusalén por las legiones romanas al mando de Tito, hijo del emperador Vespasiano, en el año 70 d.C. _Además, en la ciudad se habían hecho fuertes varios grupos de zelotes, una corriente de judíos exaltados que propugnaban desde hacía décadas la rebelión contra el poder romano. Juan de Giscala, Simón bar Giora y Eleazar ben Simón se repartían el dominio de Jerusalén, en medio de recelos mutuos que desembocaron en una auténtica guerra civil, de la que sería víctima uno de ellos, el sumo sacerdote Eleazar. En su furia sectaria cometieron graves errores, como por ejemplo destruir los depósitos de grano, que según algunos hubieran permitido a Jerusalén resistir durante años un asedio. Pero a la llegada de Tito todos estaban dispuestos a luchar hasta la muerte, y frenaron todos los intentos de los judíos más moderados y pacíficos de llegar a un acuerdo con los romanos. El sitio de Jerusalén duró cinco meses, de marzo a septiembre del año 70, y conocemos su desarrollo gracias a Flavio Josefo, un judío al servicio de Tito que lo relató detalladamente en su libro La guerra de los judíos. Tito inició el ataque por el norte. Sus tropas desplegaron la impresionante maquinaria de asedio romana: balistas y otros ingenios castigaban a los defensores con un bombardeo de piedras y jabalinas, mientras la infantería trataba de perforar las murallas mediante arietes, vigas de madera montadas sobre plataformas o en torres móviles. Para realizar esta operación era necesario nivelar el terreno, por lo que los soldados construyeron terraplenes de madera con tierra encima. La madera se obtuvo de los bosques próximos, que quedaron totalmente talados en un radio de 20 a 25 kilómetros. Al ver que los romanos estrechaban cada vez más el cerco, los judíos respondieron arrojando antorchas encendidas contra las máquinas de guerra romanas. En una ocasión, incluso, hicieron una salida en masa para incendiar el material bélico romano, pero fueron rechazados por tropas de élite de Alejandría y por la bravura personal de Tito, que arremetió contra los judíos al frente de su caballería y mató él mismo a doce de ellos, según relata Flavio Josefo. Las máquinas de asalto abrieron un boquete en la tercera muralla, la más exterior, y los romanos penetraron en la Ciudad Nueva. Ocupada la zona, los romanos pudieron preparar el asalto a la Ciudad Vieja, la fortaleza Antonia y el Templo. Ante la feroz resistencia de los sitiados, cuenta Josefo que Tito permitía a sus soldados crucificar cada día a quinientos prisioneros judíos frente a las murallas para intimidar a los que resistían: «Eran tantas sus víctimas que no tenían espacio suficiente para poner sus cruces ni cruces para clavar sus cuerpos». El final de la rebelión Masada, convertida en fortaleza por Herodes un siglo antes, fue el último foco de resistencia judía frente a Roma. Tras un duro asedio las legiones tomaron la plaza en el año 73. Caen las murallas El siguiente objetivo de los romanos fue la segunda muralla, que no tardó en desplomarse. Luego pusieron sitio a la fortaleza Antonia. Tito ordenó construir cuatro nuevos montículos o plataformas para asentar los arietes y otros artilugios y lanzar el asalto. Pero Juan de Giscala había hecho excavar túneles desde la fortaleza hasta el lugar donde estaban los terraplenes; dentro puso madera untada de pez y betún y ordenó prenderle fuego. El resultado fue que el suelo bajo los terraplenes se hundió, sumiendo en la confusión a los romanos. Unos días después, un comando de judíos penetró entre las tropas romanas y, pese a ser atacado con flechas y espadas por todas partes, logró incendiar las armas de asalto enemigas. «En esta guerra no se han visto hombres más audaces y más terribles que éstos», escribe Josefo. Tito levantó entonces un muro de circunvalación en torno a la muralla de la ciudad, a fin de que nadie de entre los sitiados pudiera salir de noche en busca de alimentos. El bloqueo se hizo sentir pronto y la cruda realidad de la hambruna se adueñó de Jerusalén. Josefo, que entró en la ciudad como embajador del general romano, testimonia los devastadores efectos de esta estrategia: «Los tejados estaban llenos de mujeres y de niños deshechos, y las calles de ancianos muertos. Los niños y los jóvenes vagaban hinchados, como fantasmas, por las plazas y se desplomaban allí donde el dolor se apoderaba de ellos [...] Un profundo silencio y una noche llena de muerte se extendió por la ciudad». A ello se sumaba el régimen de terror impuesto por los jefes de la rebelión, que ordenaban asesinar a quienes intentaban huir u ocultar algún alimento. Josefo cuenta el caso de una mujer que mató, asó y devoró a su propio hijo y ofreció a los jefes de la rebelión los restos para que participaran en el macabro banquete. Finalmente, los arietes romanos lograron derrumbar un muro de la fortaleza Antonia. Aunque Juan de Giscala había erigido un murete interior, éste también fue tomado y los defensores no tuvieron otra salida que huir al Templo adyacente. Éste constituía en sí mismo una tremenda fortaleza y los romanos tuvieron que organizar un nuevo sitio. En esta ocasión, los arietes no bastaron, y los legionarios hubieron de emplear escaleras de asalto para superar la muralla exterior del templo y entrar en el llamado patio de los Gentiles. Juan de Giscala y Simón bar Giora se refugiaron en el recinto interior, desde donde rechazaron las ofertas de rendición de Tito. Las monedas de la victoria Tras la conquista de Jerusalén y la caída de Masada, en 72-73, el emperador Vespasiano hizo acuñar una serie de monedas para conmemorar esta victoria. Arriba, reverso de sestercio con inscripción que reza:Iudaea Capta, «Judea conquistada». Museo de Israel, Jerusalén. La batalla del Templo El gran atrio del Templo estaba rodeado por un suntuoso pórtico que pronto se convirtió en escenario de los combates. En una ocasión los judíos tendieron una trampa a sus enemigos. Se retiraron a una de las estoas porticadas, y cuando los romanos la asaltaron y ascendieron hasta los tejados prendieron fuego a maderos que previamente habían acumulado allí. Murieron muchos asaltantes, bien por el fuego o arrojándose al patio, donde fueron rematados. Instados por Tito, los legionarios prosiguieron la lucha con redoblada ferocidad. Eran muchos los que exigían al general que destruyera totalmente el Templo, a lo que Tito se resistía, según cuenta Josefo. El mismo autor afirma que fue un soldado quien, sin orden expresa, lanzó por su cuenta una tea contra esta zona interior del templo, de forma que el fuego prendió rápidamente. Tito corrió a impedirlo, pero los soldados no le hicieron caso y arrojaron más teas. Pronto toda la zona santa del Templo fue pasto de las llamas. La batalla cuerpo a cuerpo continuó en la Ciudad Baja, que también fue saqueada e incendidada. Los archivos, la cámara del Sanedrín y todas las casas y mansiones que se habían salvado hasta entonces quedaron ahora arrasados. La represión de los legionarios romanos fue feroz. Josefo lo expresa con una imagen impactante: «Degollaron a todos aquellos con los que se toparon, taponaron con sus cadáveres las estrechas calles e inundaron de sangre toda la ciudad, de modo que muchos incendios fueron también apagadados por esta carnicería». Pero las operaciones no terminaron aquí: quedaba aún la parte alta de la ciudad, separada por una muralla, donde se habían hecho fuertes Simón bar Giora y sus partidarios. El antiguo palacio de Herodes, protegido por sus tres tremendas torres, seguía alzándose imponente ante las legiones de Tito. Los romanos construyeron nuevas plataformas para situar los arietes, que reanudaron su tarea. La muralla de la Ciudad Alta se derrumbó por varios sitios y los romanos penetraron por las estrechas callejuelas sin encontrar casi oposición. A estas alturas, el cansancio, el hambre y el desaliento habían minado los ánimos de los sitiados, que se rindieron a los pocos días. Simón bar Giora escapó por unos pasadizos subterráneos, para reaparecer más tarde vestido de blanco y púrpura, enloquecido por el hambre y la sed. Fue capturado y murió ejecutado en Roma. El triunfo de Tito Relieve del arco de Tito, en Roma, con una representación del triunfo del emperador. En la imagen puede verse la exhibición de los tesoros del templo, entre ellos la menorah de siete brazos. Esclavizados y desterrados Judea quedó casi arrasada. Aunque las cifras de muertos o desaparecidos que da Josefo sean exageradas, quizás hubo unos 250.000 damnificados en un país que no debía de llegar al millón de habitantes. La inmensa mayoría fueron vendidos como esclavos; unos pocos se destinaron a combates de gladiadores; otros, a las minas de Egipto, y los menos volvieron a su vida normal en un territorio arruinado. En verdad, como sostenía el propio Josefo, el dios de los judíos se había puesto del lado Roma. Tito ordenó destruir por completo el Templo y las demás construcciones herodianas; sólo dejó en pie las tres torres del palacio de Herodes como testimonio de «la fortuna del conquistador», escribe Josefo. El templo de David y Salomón ya había sido destruido por los asirios en el año 586 a.C., para ser reconstruido poco después y ampliado según el grandioso plan de Herodes. Pero esta vez no habría nadie para reconstruirlo. Los judíos quedaron desamparados, expulsados de su ciudad sagrada, sin sacerdotes que dirigieran su culto. A partir de entonces se refugiarían en el cumplimiento de la Ley, la oración, las reuniones de la sinagoga y el trabajo silencioso, bajo la guía de los rabinos. Hasta que una última rebelión en su patria, bajo el gobierno del emperador Adriano (131-135), los lanzaría a un largo exilio: la diáspora.
Asaltos y asedios de fortalezas en la Edad Media MURALLAS Y CASTILLOS _Durante la plena Edad Media, a partir del siglo XI y sobre todo del XII, las fortificaciones y castillos alcanzaron un enorme desarrollo, construidos ya con materiales más sólidos y poderosos. Lejos quedaban las fortificaciones de madera con torres y empalizadas y las murallas de tierra de la Alta Edad Media. El uso de la piedra permite alcanzar a la muralla una gran altura, mientras se construyen torres redondas, más defensivas que las cuadradas, generalmente en las esquinas del recinto, que tienden a sobresalir de la muralla. Esta y sus torres se coronan con almenas y se llenan de troneras, aspilleras y saeteras. La Torre del Homenaje, último bastión y residencia del señor adquiere un tamaño imponente y la fortificación se rodea de un gran foso con puente levadizo que permite el acceso a una puerta fortificada, protegida con frecuecncia por una barbacana. Se crean en ocasiones dos líneas de murallas, la segunda más alta y elevada, permitiendo controlar la primera. Esas dos líneas permitían evitar los ataques por sorpresa y mantener las máquinas de asedio de los atacantes lo bastante lejos del corazón del castillo. Este video nos muestran de manera didáctica y sencilla las características de un castillo medieval: link: https://www.youtube.com/watch?v=piOzMCSiWzk En el siglo XII igualmente proliferaron las ciudades encerradas en gruesas murallas de piedra, que las convierten en auténticos baluartes inconquistables. Entre los mayores recintos amurallados hoy conservados se halla el de Ávila, construido a finales del siglo XI y que tiene un perímetro de dos kilómetros y medio con 88 torreones. Los imponentes torreones almenados marcan la imagen de la muralla románica de Ávila, posiblemente la mejor conservada de Europa. El doble recinto amurallado de Carcassonne, en el sur de Francia, es uno de los mejores exponentes de ciudad medieval. LA NEGOCIACIÓN Y LA CONQUISTA POR SORPRESA Tomar una plaza fuerte, ya fuera una ciudad amurallada o un castillo, resultaba una labor muy difícil. Por lo general, en un primer momento se buscaba una rendición negociada, que resultaba bastante frecuente, especialmente cuando los defensores estaban en franca minoría o no tenían la esperanza de recibir ayuda. Después de ser atacada la fortaleza o iniciado un largo asedio, la negociación se intentaba de nuevo repetidamente, no olvidemos que el asedio era algo a evitar, porque resultaba muy caro y requería de enormes recursos militares y mucho tiempo. Si la negociación no funcionaba se iniciaban las operaciones militares, que en las partidas del rey castellano Alfonso X el Sabio se dividían en conquista "a furto", "a fuerza" y "por cerco". La conquista "a furto" hacía referencia a un golpe de mano, un ataque rápido y por sorpresa protagonizado por pocos hombres muy bien preparados -hoy hablaríamos de "tropa de élite"- que tenían poco tiempo para actuar, ayudados por la suerte, las condiciones ambientales propicias -niebla, lluvia, etc.- y la falta de previsión del defensor, lo que les posibilitaría hacerse con puntos claves de la fortaleza y permitir la entrada del enemigo. Un ejemplo cercano en este sentido fue la actividad de uno de los más legendarios guerreros medievales de la Reconquista peninsular, el portugués Geraldo Sempavor, que con sus mercenarios y aventureros tomó las más difíciles fortalezas y castillos en el Alentejo y Extremadura: suya fue la toma de Trujillo, Montánchez y Cáceres o ciudades portuguesas como Beja o Évora. Sus golpes de mano y por sorpresa eran legendarios como así lo mencionan los cronistas. El cronista Ibn Sahib al Salah describe vivamente su estrategia: "...caminaba en noches lluviosas y muy oscuras, de fuerte viento y nieve, hacia las ciudades y había preparado sus instrumentos de escalas de madera muy largas, que sobrepasen el muro de la ciudad, aplicaba aquellas escaleras al costado de la torre y subía por ellas el primero, hasta la torre y cogía al centinela y le decía: Grita como es tu costumbre, para que no le sintiese la gente. Cuando se había completado la subida de su grupo a lo más alto del muro de la ciudad, gritaban en su lengua con un alarido execrable, y entraban en la ciudad y combatían al que encontraban y le robaban y cogían a todos los que había en ella cautivos y prisioneros". En ocasiones ese golpe de mano era posible por el uso de métodos deshonestos como el recurso a espías o a la traición, al recurrir a algún caballero que se unía desde dentro a los asaltantes por despecho o soborno. A veces se recurría a auténticas estratagemas como en la toma del famoso krak de los caballeros, posiblemente el castillo más inexpugnable hoy conservado, una enorme fortaleza construida en Oriente próximo por los cruzados y ocupada por la Orden Hospitalaria de los Caballeros de San Juan. Resultó una fortaleza inconquistable, con su doble muralla, que resistió muchos asedios musulmanes y que ni siquiera el gran caudillo árabe Saladino pudo conquistar. En 1271, cuando ya el poder de los cruzados estaba en decadencia, el sultán Beibars rodeó el castillo y logró sobrepasar la primera línea de murallas, las exteriores. Pero las torres y el talud interior se le resistían, aunque en su interior no había más de doscientos caballeros. La ayuda no llegaba pero los caballeros podían haber resistido varios meses. Beibars utilizó entonces una estratagema: hizo llegar a los caballeros del castillo una carta firmada supuestamente por el maestre de la Orden del Hospital, donde se ordenaba la rendición de la guarnición ante la imposibilidad de ayudar a sus defensores. Los caballeros se rindieron, recibiendo un salvoconducto para llegar a la costa, dejando atrás la fortaleza que habían ocupado durante más de cien años. La inconfundible imagen del Krak de los Caballeros, la más formidable fortaleza de los cruzados en Tierra Santa. LA CONQUISTA POR LA FUERZA: EL ASALTO Si el ataque por sorpresa no era posible en ese momento y las negociaciones no triunfaban se valoraba la posibilidad de un asalto a la fortaleza, es la conquista "a fuerza". Si era repelido o se consideraba demasiado costoso o arriesgado, comenzaba entonces el asedio y se impedía la salida del castillo. La conquista "a fuerza" implicaba siempre una superioridad total de las fuerzas atacantes, que sabían que en el asalto iban a tener un número elevado de muertos y heridos, ya que los defensores contarían con enormes ventajas. Las murallas y castillos suelen estar en posiciones más elevadas, con torres defensivas y las puertas y accesos estaban fuertemente defendidos. Lo normal es que los asaltos y la conquista a fuerza fracasaran, porque además los defensores estaban ya preparados de antemano: los fosos se habían limpiado y las murallas habían sido reforzadas, habiéndose talado los bosques cercanos para impedir la protección del enemigo. A pesar de todo, incluso la conquista a fuerza terminaba con frecuencia en una negociación como la que ocurrió en el sitio de Jerusalén, mostrado en la película "El reino de los cielos" de Readly Scott. En septiembre de 1187 la Ciudad Santa se rendía tras días de continuos asaltos a sus murallas por parte del gran Saladino. Baliam, defensor de Jerusalén, tras rechazar con enormes dificultades al ejército musulmán y al límite de sus fuerzas, optó por negociar la rendición, arduas negociaciones permitieron salvar la ciudad del exterminio y conseguir un rescate aceptable para parte de la población, que pudo ser evacuada. En el asalto de la fortaleza o la ciudad fortificada el objetivo fundamental era superar el gran obstáculo que suponían las murallas. En este sentido se desarrollaron técnicas y estrategias estructuradas entorno a las máquinas y armas de asedio. Las murallas podían ser superadas por la parte superior, para ello se podían utilizar escalas y escaleras gigantes por las que trepaban los soldados, tremendamente expuestos a los defensores, que les lanzaban aceite hirviendo, piedras, flechas y lanzas y que les esperaban en las almenas en posición de absoluta superioridad. Estaban hechas de madera con ganchos metálicos en la parte superior para anclarse a las almenas y se lanzaban muchas a la vez para poder tener algún éxito y tratar de desbordar al defensor. Otra forma era el recurso a torres de asedio, las mayores máquinas militares empleadas en la Edad Media. Su construcción, preparación y desplazamiento era lenta y laboriosa por lo que tenían el inconveniente de que el enemigo las esperaba bien pertrechado, lo que provocaba enormes pérdidas en los soldados que en ella estaban. Se trataba de una torre móvil de gran tamaño y peso. Construida en madera, su altura debía ser superior o igual a la muralla atacada para poder acceder a ella. Se desplazaba sobre ruedas, con la fuerza de sus ocupantes o a través de grandes poleas, debiendo ser allanado el terreno previamente. Una vez cerca de la muralla se lanzaba una plancha por la que los soldados atacantes se lanzaban sobre los defensores buscando la lucha cuerpo a cuerpo. Los defensores lanzaban sobre ella proyectiles e intentaban incendiarla, por lo que se encontraba protegida por pieles húmedas para evitarlo. En esta imagen medieval del cerco de Constantinopla se observa el uso de escalas en el asalto a la muralla. Torre de asalto empleado en el primer sitio de Jerusalén. Las murallas también podían ser superadas por la parte inferior a través de las técnicas de minado. Se excavaban los cimientos de la muralla provocando su derrumbe o se trazaban túneles que permitían acceder al interior de la fortaleza. Era un trabajo duro y laborioso que requería mucho esfuerzo y tiempo. Un pasadizo cubierto protegía el acceso de los zapadores a la base de la muralla para su minado. En otras ocasiones, se trataba de derribar o abrir una brecha en la muralla. preferiblemente en algún punto débil o un acceso o puerta. Para ello se utilizaban máquinas de golpeo o arietes y piezas de artillería que lanzaban proyectiles, generalmente grandes piedras. Los arietes más simples y primitivos eran grandes troncos de madera impulsados manualmente por soldados que los estrellaban contra el objetivo, puerta o muro. Pero a lo largo de la Edad Media se les añadió un extremo puntiagudo de hierro, y se le cubrió de un entrmado de madera a modo de tejado colocado sobre ruedas, lo que le protegía de las armas del enemigo que arreciaban desde arriba en el momento de entrar en acción. El tronco colgaba del techo con cadenas o cuerdas, permitiendo el balanceo que ayudaba a impactar sobre la muralla como si fuera un péndulo. Ariete con cubierta de protección. En cuanto a las armas que lanzaban proyectiles, la más pequeña era la balista, una especie de ballesta gigante sobre un trípode que lanzaba grandes jabalinas sobre los defensores. El mangonel era una especie de catapulta con un brazo con forma de cuchara donde se depositaba el proyectil. Pero el mayor de todos y también el más potente fue el trebuchet o trabuquete, capaz de lanzar proyectiles de piedra a más de doscientos metros con una fuerza desconocida. Se utilizaba sobre todo contra los muros macizos y era capaz de dañarlos seriamente. Era la más temida y equilibró la lucha entre atacantes y defensores, reduciendo mucho la ventaja de los segundos. Resulta inconfundible por su largo brazo en cuyo extremo estaba la eslinga donde se ponía el proyectil, que se tensaba hacia atrás con un contrapeso de gran tamaño. Cuando se soltaba el brazo el proyectil era lanzado con enorme violencia hacia delante. Balista medieval Trabuquete o lanzapiedras medieval En este grabado de Gustav Doré se representa el asedio de una fortaleza medieval. En primer término tenemos un Mangonel, al fondo se puede ver un trabuquete. En esta imagen de la Biblia de Alba se recoge el asalto y asedio a un castillo con el uso de máquinas de lanzamiento de proyectiles. Una de las mejores películas para el estudio didáctico del Medievo es "El señor de la guerra". En este video aparecen algunas de las escenas con más interés al respecto. A partir del minuto 15 se reproducen los momentos del asalto a la fortaleza del señor. En ellas se ven algunas de las tácticas y máquinas a las que hemos hecho mención: link: https://www.youtube.com/watch?v=ekGgghj-m7s Al final de la Edad Media la introducción de los cañones de asalto, con pólvora, cambio las formas de hacer la guerra y el ataque a plazas fuertes, y definitivamente fue marcando el desequilibrio entre defensores y atacantes. Las murallas se reforzaron, pero los atacantes vieron aumentar enormemente sus posibilidades de vencer. Aparecieron por primera vez en siglo XIV y el rey inglés Eduardo III los utilizó en el asedio de Calais. Pero fue a partir del siglo XV cuando ganaron en eficiencia y potencia. Estaban construidos de hierro fundido y se situaban sobre distintos soportes. La caída de Constantinopla en 1453, tras ser sometida a un duro asedio por los turcos, no hubiera sido posible sin el uso de cañones de gran tamaño y potencia, como la gran bombarda turca, que desequilibró las fuerzas a favor de los atacantes. Las formidables murallas de Constantinopla, uno de los mayores alardes de la ingeniería militar de todos los tiempos, no estaban preparadas para hacer frente a la potencia de fuego de semejantes armas. La gran bombarda turca es una de las más formidables armas del siglo XV. La última parte de la guerra de los Cien Años muestra el uso de los cañones como un arma importante. Sitio de Orleans en 1429. EL ASEDIO O CERCO DE LA PLAZA FUERTE Si otras opciones fracasaban, se iniciaba entonces la conquista "por cerco", el asedio. De hecho, en la Edad Media los asedios determinaban mucho más la victoria final que las batallas a campo abierto y la mayoría de las plazas fuertes se tomaban por este procedimiento, que pretendía rendir la plaza por hambre, sed y enfermedad. El asedio solía ser largo -su duración podía ser de varios meses o incluso de más de un año- y lleno de inconvenientes, por lo que era evidente que el ejército atacante tenía que ser muy superior porque la plaza tenía que ser totalmente rodeada para que el cerco fuera efectivo. Se necesitaba, por tanto, un importante ejército, de lo contrario los sitiados podían recibir ayuda y suministros y el cerco fracasaba. Un ejemplo paradigmático fue uno de los más famosos cercos, el del castillo de Montsegur, situado en el sur de Francia, que durante el siglo XIII se convirtió en el último reducto de los defensores de la herejía de los cátaros. Tras ser derrotados, los líderes cátaros se refugian en la fortaleza, un auténtico "nido de águilas" inconquistable, situado en la cúspide del Pog, una montaña de 1.207 metros rodeada de paredes rocosas. El conde Ramón VII de Tolosa es enviado por el rey de Francia para acabar con su resistencia, pero tras meses de asedio tiene que retirarse. La población del Languedoc aprecia a los cátaros y los ayuda, los campesinos los abastecen a través de túneles excavados en la roca y veredas entre los bosques, por eso el asedio inicial fracasa. Sin embargo, en mayo de 1243 se inicia un segundo y definitivo cerco al mando del senescal de Carcassonne, Hugues des Arcis. Resultó especialmente duro y largo y los habitantes de la región siguieron llevando alimentos a los asediados, pero esta vez el cerco fue mucho más férreo y apenas se filtraba comida. Por fin, tras diez meses de asedio y con los montañeses sometidos a una fuerte presión, los cátaros fueron traicionados y la fortaleza se rendía. Los últimos defensores, doscientos cátaros, tenían dos opciones: abjurar de su fe o morir en la hoguera. Todos fueron finalmente quemados muy cerca del castillo. El castillo de Montsegur en la actualidad. Su emplazamiento en la cima de una escarpada montaña lo hacía inexpugnable. Si la ciudad era marítima la flota atacante tenía que controlar el acceso por mar a la plaza fuerte, sino el cerco no sería total y efectivo. Así ocurrió en el conocido sitio de Calais (1346-47) durante los inicios de la Guerra de los Cien Años entre franceses e ingleses. Las tropas del rey Eduardo III de Inglaterra, tras vencer en la batalla de Crécy, decidieron tomar una ciudad costera desde la que poder organizar el ataque a Francia. Calais era perfecta, pues se hallaba en la costa del Canal de la Mancha, frente a Inglaterra y estaba perfectamente fortificada, con doble muralla y foso, lo que la hacía difícil de conquistar. Después de continuos asaltos, decidieron rendirla por hambre en un largo asedio de casi un año -11 meses-, pero para ello tuvieron que bloquear la entrada de los barcos que hasta entonces habían provisto de vituallas a los defensores. Para junio el suministro de agua y comida era imposible ya que la armada inglesa se hizo con el control de las aguas del Canal de la Mancha, y el 1 de agosto se rendía la ciudad. El asalto y asedio de la ciudad de Calais fue uno de los hechos más importantes del inicio de la Guerra de los Cien Años. Los sitiados podían hacer contrataques sorpresa por lo que hasta que no estaba todo preparado el ejército no descabalgaba. Una vez rodeada la ciudad, se construían trincheras o cavas, se establecían campamentos para la tropa y se instalaban las armas de asedio con las que acosar la fortaleza. Los sitios solían empezar en primavera o verano, época además en la que se emprendían las campañas militares, se evitaba así el frío intenso, la nieve o la lluvia excesiva, que podían hacer estragos entre los atacantes. A veces los campamentos se inundaban y sufrían penalidades de todo tipo, y la enfermedad se cernía más sobre los sitiadores que sobre los sitiados. El asedio o sitio era una empresa de larga duración, de ahí que se necesitaran instalaciones estables y considerables. Se construían cuadras y lugares de habitación para la tropa, así como almacenes de vituallas y munición. Se establecían enormes campamentos con tiendas de campaña y casas de madera. Se elegían zonas elevadas y dominantes, con acceso al agua y a pastos para los animales, así como madera para el fuego. Los campamentos se rodeaban de una cerca o valla y las tiendas, hechas de lonas y con forma circular, eran sujetas con vientos y dotadas con protectores superiores de cuero o metal para evitar la lluvia. Solían estar muy pegadas formando muros ellas mismas. Solía haber un orden jerárquico, con una plaza central en cuyo centro estaba la tienda del jefe, por el ejemplo el rey, rodeado por la de los oficiales y después la de la tropa, los señores y caudillos se encontrarían más allá. Semejante infraestructura que trasladar impedía la rapidez de movimiento de los ejércitos, generalmente muy lentos. Montaje del campamento durante el asedio (British Library) Con el fin de limar la resistencia y minar la moral de los defensores, las máquinas de asedio hostigaban periódicamente la fortaleza, lanzando incluso cadáveres de animales o de seres humanos dentro de las murallas, con la intención última de extender enfermedades entre los resistentes. Los sitiadores se tenían que enfrentar por otro lado a la posibilidad de una operación de rescate, y de hecho, mientras esa posibilidad existiera la plaza no solía rendirse. Los mismos sitiados además realizaban incursiones, aprovechando descuidos, factores metereológicos -inundaciones, tormentas, etc.- o epidemias. Esto ocurrió en la Reconquista española durante el sitio de Algeciras, en el siglo XIV: Alfonso XI tuvo que enfrentarse a las razias de los árabes defensores y derrotar al rey musulmán de Granada que mando a su ejército a auxiliar a los cercados. Solo entonces, y después de casi dos años de asedio, la ciudad se rindió, exhausta y casi sin defensores vivos. Otro gran problema era la intendencia, durante meses había que proporcionar alimento -la base de la alimentación era el pan, las legumbres, la sal, el queso, la carne fresca o salada y el salazón de pescado- y agua a los soldados y las caballerías, lo que implicaba una gran organización y una enorme movilización de recursos, a veces difícil de trasladar y encontrar. Si eso fallaba el cerco estaba perdido. A veces el agua escaseaba o estaba en mal estado -provocando diarreas y disentería-, algo típico en verano, especialmente en las tierras del sur de Europa como España. Por otro lado, según pasaban las semanas, los pastos para los caballos eran cada vez más escasos y había que alejarse cada vez más del campamento en su búsqueda. El desarrollo agricola no era el actual y la densidad de la población era muy baja, por lo que no era fácil acopiar una cantidad tal de alimentos, mucho menos durante la Reconquista española, pues en la Península Ibérica los despoblados y zonas agrestes eran mucho mayores que en otras zonas de Europa. Todo esto implicaba una gran organización que incluía la recaudación previa de impuestos, que permitiera enfrentar los gastos del asedio. De hecho en el mencionado sitio de Algeciras, Alfonso XI financió el ejército y la flota necesaria con la implantación del impuesto de la alcabala en todo el reino. En las cantigas de Santa María se refleja la vida de la Castilla del XIII. En estas imágenes podemos observar un auténtico compendio de los diferentes momentos de un asedio medieval, desde la creación del campamento al uso de máquinas como el trabuquete.