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Resumen Como Afecta la Tecnologia a las Empresas
InfoporAnónimo10/31/2013

Mejora de las empresas a través de la tecnología Ventaja competitiva La tecnología puede ayudar a una empresa a lograr una ventaja competitiva, si puede ofrecer el mismo producto o servicio que sus competidores pero a un costo más bajo, creando eficiencias en el proceso de negocio. Por otra parte, si una empresa prefiere proporcionar bienes o servicios de una calidad superior a sus competidores, entonces la tecnología puede ayudar a lograr esto. Internet es un componente clave para lograr una ventaja competitiva. Las empresas pueden utilizarla para promover el negocio, para ofrecer pedidos en línea, para ofrecer seguimiento de los pedidos y para servicios bancarios en línea. Estos beneficios alientan la repetición de negocios. La tecnología como herramienta La tecnología, tales como los sistemas de telefonía, hardware y sistemas de correo electrónico, desempeñan un papel fundamental en el funcionamiento diario de cualquier negocio. Los sitios de medios sociales como Facebook, MySpace y Twitter han demostrado ser herramientas esenciales en la promoción de la imagen de la empresa y éstos llegan a una amplia gama de clientes. Estas herramientas abren el negocio al mundo y no deben ser subestimadas como herramientas de negocios de gran alcance. La tecnología también ayuda a las empresas a mejorar su comunicación con los empleados. Gestión de datos La mayoría de las empresas tienen una gran cantidad de información valiosa sobre los clientes potenciales o existentes. Por tanto, es esencial que las empresas implanten sistemas eficientes de gestión de datos para garantizar que esta información se utilice por completo. La exactitud de esta información puede proporcionar una ventaja competitiva. Las empresas utilizan estos sistemas de información para administrar sus cuentas y registros financieros, datos de recursos humanos, inventarios y nómina. Además, los sistemas de gestión de datos apoyan la minería de datos, que es "una capacidad que consiste en el hardware, software, 'warmware' (mano de obra calificada), y datos para apoyar el reconocimiento de las relaciones antes desconocidas pero potencialmente útiles", de acuerdo a "Business Driven Information Technology". Seguridad Las empresas deben adoptar los sistemas de seguridad para garantizar la confidencialidad, integridad y disponibilidad de los datos. Las tecnologías como los cortafuegos, copias de seguridad automatizadas y las contraseñas son todas parte integral de las operaciones diarias de un negocio. Las empresas deben llevar a cabo auditorías o evaluaciones de seguridad de forma regular para identificar cualquier deficiencia. La seguridad de los empleados también es importante y los equipos que ejecutan programas de creación de acceso y otras aplicaciones que apoyan la gestión de credenciales de identidad permiten a las empresas mantener un ambiente de trabajo seguro. Desempleo Tecnológico El sector de servicios pudo emplear, a mediados de la década del 50 y principio de la década del 80 (S XX) a muchos de los trabajadores sustituidos por la automatización. Pero hoy, no se ha desarrollado ningún sector significativo capaz de absorber a millones de asalariados despedidos. El único que se avizora es el del conocimiento, una elite de industrias y disciplinas profesionales responsables de la introducción en la nueva economía de la alta tecnología del futuro. Los nuevos profesionales, llamados analistas simbólicos o trabajadores del conocimiento provienen del campo de la ciencia, de la ingeniería, de la gestión, de la consultoría del marketing, de los medios de comunicación y del ocio. Si bien continúan creciendo en número, seguirán siendo pocos comparados con el número creciente de trabajadores sustituidos por la nueva generación de “maquinas pensantes” Los rápidos avances de la tecnología de las computadoras, el procesamiento de la información “on-line” y la inteligencia artificial, son los que con toda seguridad harán que un gran número de trabajadores de “cuello blanco” pierdan su empleo en las primeras décadas de este siglo.

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Los Hermanos Karamazov: Libro 1, Cap 4
InfoporAnónimo1/24/2014

Libro Completo por Capitulos Introduccion: Los hermanos Karamázov (en ruso: Братья Карамазовы, ˈbratʲjə kərɐˈmazəvɨ) es la última novela del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, publicada en noviembre de 1880. Es considerada por muchos autores como una de las obras más importantes de la literatura universal. Libro Uno: Cap 4: EL TERCER HIJO: ALIOCHA Tenía veinte años (sus hermanos Iván y Dmitri tenían veinticuatro y veintiocho respectivamente). Debo advertir que Aliocha no era en modo alguno un fanático y ni siquiera, a mi entender, un místico. Yo creo que era sencillamente un filántropo precoz y que había adoptado la vida monástica porque era lo único que entonces le atraía, y porque representaba para él la ascensión radiante de su alma liberada de las tinieblas y de los odios de aquí abajo. Aquel camino le atraía únicamente porque había hallado en él a un ser excepcional a su juicio, el famoso starets Zósimo, al que se entregó con todo el fervor insaciable de su corazón de novicio. Desde la cuna se había mostrado como un ser distinto a los demás. Ya he dicho que habiendo perdido a su madre a los cuatro años, se acordó toda su vida de su rostro y de sus caricias como se recuerdan «los de un ser viviente». Estos recuerdos pueden persistir (todos lo sabemos), aunque procedan de una edad más temprana, pero son tan sólo como puntos luminosos en las tinieblas, como fragmentos de un inmenso cuadro desaparecido. Éste era el caso de Aliocha. Se acordaba de un bello atardecer estival en que por la abierta ventana penetraban los rayos oblicuos del sol poniente. En un rincón de la estancia había una imagen con una vela encendida, y ante la imagen estaba su madre, arrodillada, gimiendo y sollozando violentamente, como en una crisis de nervios. La infeliz lo tenía en brazos, lo estrechaba en ellos hasta casi ahogarlo y rogaba por él a la Santa Virgen. En un momento en que la madre aflojó el abrazo para acercar el niño a la imagen, el ama, aterrada, llegó corriendo y se lo quitó de los brazos. Aliocha se acordaba del semblante de su madre lleno de sublime exaltación, pero no le gustaba hablar de ello. En su infancia y en su juventud se mostró concentrado a incluso taciturno, no por timidez ni por adusta misantropía, sino por una especie de preocupación interior, tan profunda que le hacia olvidarse de lo que le rodeaba. Sin embargo, amaba a sus semejantes, y sin que nadie le tomara por tonto, tuvo fe en ellos durante toda su vida. Había en él algo que revelaba que no quería erigirse en juez de los demás. Incluso parecía admitirlo todo sin reprobación, aunque a veces con profunda tristeza. Desde su juventud fue inaccesible al asombro y al temor. Al cumplir los veinte años en casa de su padre, donde reinaba el más bajo libertinaje, esta vida se hizo intolerable para su alma casta y pura, y se retiró en silencio, sin censurar ni despreciar a nadie. Su padre, especialmente sensible a las ofensas como buen viejo parásito, le había dispensado una mala acogida. «Se calla, pero no por eso deja de pensar mal de mí», decía. Pero no tardó en abrazarlo y prodigarle sus caricias. En verdad, eran las suyas lágrimas y ternuras de borracho, pero era evidente que sentía por él un amor sincero y profundo que hasta entonces no había sentido por nadie. Desde su infancia, Aliocha había contado con la estimación de todo el mundo. La familia de su protector, Eutimio Petrovitch Polienov, le tomó tanto cariño, que todos lo consideraban como el niño de la casa. Aliocha había llegado a este hogar a edad tan temprana, que no podía conocer la premeditación ni la astucia; a una edad en que se ignoran los artificios con que uno puede atraerse el favor ajeno y en que se desconoce el arte de hacerse querer. Por lo tanto, este don de atraerse las simpatías era en él algo natural, espontáneo, ajeno a todo artificio. Lo mismo ocurrió en el colegio, donde los niños como Aliocha suelen atraerse la desconfianza, las burlas a incluso el odio de sus compañeros. Desde su infancia le gustó aislarse para soñar, leer en un rincón. Sin embargo, durante sus años de colegial gozó de la estimación de todos sus condiscípulos. No era travieso, ni siquiera alegre, pero, al observarlo, se vela en seguida que no era un niño triste, sino que poseía un humor apacible a invariable. No quería ser más que nadie; acaso por esta razón a nadie temía. Y sus compañeros observaban que, lejos de envanecerse de ello, procedía como si ignorase su valor y su resolución. Tampoco conocía el rencor: una hora después de haber recibido una ofensa, dirigía la palabra al ofensor con toda naturalidad, como si no hubiera pasado nada entre ellos. No es que diera muestras de haber olvidado la ofensa, ni de haberla perdonado, sino que no se consideraba ofendido, y con esto se captaba la estimación de los niños. Sólo un rasgo de su carácter incitaba a sus compañeros a burlarse de él, aunque no por maldad, sino por diversión: Aliocha era pudoroso y casto hasta lo inaudito. No podía soportar ciertas expresiones ni ciertos comentarios sobre las mujeres, que, para desgracia nuestra, son tradicionales en las escuelas rusas. Muchachos de alma y corazón puros, todavía casi niños, se deleitan en conversaciones a imágenes que a veces repugnan incluso a los más rudos soldados. Además, éstos saben menos de tales cuestiones que los jovencitos de nuestra buena sociedad. No hay en ello ‑bien se ve‑ corrupción ni cinismo verdaderos, pero éstos existen en apariencia, y, generalmente, esos muchachos ven en tal proceder algo delicado, exquisito, digno de imitarse. Al ver que Aliocha Karamazov se tapaba los oídos cuando se hablaba de estas cosas, sus compañeros le cercaban, le apartaban las manos a viva fuerza y le decían obscenidades a gritos. Alexei se debatía, se tiraba al suelo, se tapaba la cara, y soportaba la ofensa en silencio y sin enfadarse. Al fin le dejaban en paz, cesaban de llamarle «jovencita» a incluso se compadecían de él. Aliocha figuró siempre entre los mejores alumnos, pero nunca aspiró al primer puesto. Después de la muerte de su protector, fue todavía dos años más al colegio. La viuda emprendió muy pronto un viaje a Italia con toda la familia, que se componía tan sólo de mujeres. Aliocha fue a vivir entonces a casa de dos parientas lejanas del difunto, a las que no había visto jamás. No sabía en qué condiciones habitaba en aquella casa. Era propio de él no preocuparse por el gasto que pudiera reportar a las personas con quienes vivía. En este aspecto era el polo opuesto a su hermano mayor, Iván, que había conocido la pobreza en sus dos primeros años de universidad y para el que desde su infancia había sido un tormento comer el pan de un protector. Pero no se podía juzgar severamente este rasgo del carácter de Alexei, pues bastaba conocerle un poco para convencerse de que era uno de esos bonachones capaces de dar toda su fortuna lo mismo para una buena obra que para los manejos de un profesional de la estafa. Desconocía el valor del dinero: cuando le daban algunas monedas, las llevaba en el bolsillo varias semanas sin saber qué hacer de ellas, o las gastaba en un abrir y cerrar de ojos. Cuando Piotr Alejandrovitch Miusov, sumamente quisquilloso en lo concerniente a la honestidad burguesa, conoció más tarde a Alexei, lo describió de este modo: «Es tal vez el único hombre del mundo que, encontrándose sin recursos en una gran ciudad para él desconocida, no se moriría de hambre ni de frío, pues en seguida acudiría alguien a alimentarle y a ayudarle. De lo contrario, él mismo saldría del trance, sin inquietarse ni sentirse humillado, y para la gente sería un placer prestarle un servicio.» Un año antes de terminar sus estudios, dijo de pronto a las dos damas que se iba a casa de su padre para llevar a cabo cierto propósito. Ellas lo sintieron en el alma. No consintieron que empeñara el reloj que le había regalado la familia de su protector antes de partir para el extranjero, y le dieron ropa y dinero. De éste Aliocha les devolvió la mitad, diciendo que quería viajar en tercera. Cuando su padre le preguntó por qué no había terminado los estudios, él no le contestó, pero quedóse más pensativo que de costumbre. Pronto se supo que buscaba la tumba de su madre. Entonces Aliocha declaró que sólo para esto había hecho el viaje. Pero, seguramente, no era ésta la única causa. Sin duda, no habría podido explicar qué repentino impulso había obedecido para emprender una ruta nueva a ignorada. Fiodor Pavlovitch no había podido orientarle en la busca de la sepultura: habían transcurrido ya demasiados años desde su muerte para que se acordase de dónde estaba. Digamos dos palabras sobre Fiodor Pavlovitch. Había estado ausente mucho tiempo. Tres o cuatro años después de la muerte de su segunda esposa partió para el mediodía de Rusia y se estableció en Odesa, donde conoció a toda clase de judíos y judías y terminó por tener entrada no sólo en los hogares judíos, sino también en los hebreos. Sin duda, durante este tiempo había perfeccionado su arte de acumular dinero y manejarlo. Reapareció en nuestro pueblo tres años antes de la llegada de Aliocha. Sus antiguas amistades lo vieron muy envejecido, para los años que tenía, que no eran muchos. Se mostró más procaz que nunca. El antiguo bufón experimentaba ahora la necesidad de reírse de sus semejantes. Se entregó a sus hábitos licenciosos de un modo más repulsivo que antes y fomentó la apertura de nuevas tabernas en nuestro distrito. Se le atribuía una fortuna de cien mil rubios o poco menos, y pronto tuvo numerosos deudores que respondían de sus deudas con sólidas garantías. Últimamente, su piel se había arrugado, su estado de ánimo cambiaba a cada momento y Fiodor Pavlovitch perdía el dominio de si mismo. Era incapaz de concentrarse, estaba como idiotizado y sus borracheras eran cada vez mayores. De no contar con Grigori, que también había envejecido mucho y que le cuidaba a veces como un ayo, la existencia de Fiodor Pavlovitch habría sido una sucesión de dificultades. La llegada de Aliocha influyó considerablemente en su ánimo: recuerdos que dormían desde hacía mucho tiempo en el alma de aquel anciano prematuro despertaron entonces. «¿Sabes que te pareces a la “endemoniada”?», le decía a su hijo, mirándolo. Así llamaba a su segunda esposa. Grigori. indicó a Aliocha la tumba de la «endemoniada». Lo condujo al cementerio y, en un apartado rincón, le mostró una modesta lápida donde estaban grabados el nombre, la edad, la condición y la fecha de la muerte de la difunta. Debajo había una cuarteta como las que suelen verse en las tumbas de la gente de clase media. Lo notable es que la lápida había sido idea de Grigori. La había hecho colocar él a su costa en la tumba de la pobre «endemoniada», después de haber importunado a su dueño con sus alusiones. Éste había partido al fin para Odesa, encogiéndose de hombros con un gesto de indiferencia para la tumba y para todos sus recuerdos. Ante la sepultura de su madre, Aliocha no demostró emoción alguna: escuchó el relato que le hizo gravemente Grigori sobre la colocación de la lápida, se reconcentró unos momentos y se retiró sin decir palabra. Después, en todo un año no volvió al cementerio ni una sola vez. El episodio de la lápida produjo en Fiodor Pavlovitch un efecto inesperado: llevó al monasterio mil rublos para el descanso del alma de su esposa, pero no de la segunda, la «endemoniada», sino de la primera, la que le vapuleaba. Aquella misma tarde se emborrachó y empezó a hablar mal de los monjes en presencia de Aliocha. Fiodor Pavlovitch era un alma dura que no había puesto jamás un cirio ante una imagen. La sensibilidad y la imaginación de semejantes individuos tienen a veces impulsos tan repentinos como extraños. Ya he dicho que su rostro se había cubierto de arrugas. Su fisonomía presentaba las huellas de la vida que había llevado. A las bolsas que pendían bajo sus ojillos siempre procaces, retadores, maliciosos; a las profundas arrugas que surcaban su carnoso rostro, había que añadir un mentón puntiagudo y una nuez prominente que le daban un repugnante aspecto de sensualidad. Completaban el cuadro una boca grande, de abultados labios, que dejaba entrever los negros restos de sus dientes carcomidos y que lanzaba al hablar salpicaduras de saliva. Sin embargo, le gustaba bromear acerca de su cara, de la que estaba muy satisfecho, sobre todo de su nariz, no demasiado grande, fina y aguileña. ‑Es una auténtica nariz romana ‑decía‑. Con esta nariz y con mi nuez parezco un patricio de la decadencia del imperio. Estaba verdaderamente orgulloso de estos rasgos. Algún tiempo después de haber visto la tumba de su madre, Aliocha dijo a Fiodor Pavlovitch que quería ingresar en un monasterio, donde los monjes estaban dispuestos a admitirlo como novicio. Añadió que lo deseaba ardientemente y que imploraba su consentimiento. El viejo estaba enterado de que el starets Zósimo había producido profunda impresión en su bondadoso hijo. ‑Ese starets es, a buen seguro, el más honesto de nuestros monjes ‑dijo después de haber escuchado a Aliocha, silencioso y pensativo, y sin asombrarse de su petición‑. ¿Eso quieres hacer, mi buen Aliocha? Estaba algo bebido. Tuvo una sonrisa sutil y astuta, de borracho. ‑Ya sabía yo que llegarías a eso... Bien, sea. Tú tienes dos mil rublos: ésta será tu dote. Yo, ángel mío, no te abandonaré nunca y pagaré por ti todo lo que sea necesario... si nos lo piden. Si no nos piden nada, ¿para qué entrometernos? ¿No te parece? Tú necesitas tan poco dinero como alpiste un canario... A propósito: conozco un caserío, próximo a cierto monasterio, que está habitado exclusivamente por las «esposas de los monjes» , como se las llama. Hay unas treinta... Yo he ido a esa aldea. Es interesante, algo que se sale de lo corriente. Lo malo es que no hay allí más que rusas; no se ve ni una sola francesa. Bien podría haber francesas, porque los fondos no faltan. Cuando ellas lo sepan, acudirán... En nuestro monasterio no hay mujeres; sólo doscientos monjes. Ayunan conscientemente, no lo dudo... ¿De modo que quieres abrazar la religión? Esto es una pena para mí, Aliocha. Me había acostumbrado a tenerte conmigo... Sin embargo, esto significa para mi una buena ocasión, ya que podrás rogar por nosotros, los pecadores que no tenemos limpia la conciencia. Más de una vez me había preguntado: ¿quién rogará por mí? Mi querido Aliocha, yo soy un ignorante sobre estas cuestiones. No lo dudes: un ignorante en toda regla. Sin embargo, a pesar de mi estupidez, reflexiono a veces y me digo que los demonios me arrastrarán con sus garfios cuando me muera. Y me pregunto: ¿de dónde salen esos garfios? ¿Son de hierro? ¿Dónde los forjan? ¿Tendrán los demonios una fábrica?... Los religiosos están seguros de que el infierno tiene techo. Yo creo de buen grado en el infierno, pero en un infierno sin techo, como el de los luteranos. Esto resulta más fino, y además es un infierno mejor iluminado. Tal vez me digas que qué importa que tenga o no techo. Pues sí que importa, pues si no hay techo, no hay ganchos, y entonces no me podrán colgar. Y si no me cuelgan, ¿dónde está la justicia del otro mundo? Habría que inventar los ganchos para mí, sólo para mí. ¡Si tú supieras, Aliocha, lo sinvergüenza que soy! ‑Allí no hay ganchos ‑dijo Aliocha en voz baja y mirando a su padre gravemente. ‑Entonces habrá sombras de ganchos. Sí, ya sé. Un francés describe así el infierno: »He visto la sombra de un cochero que con la sombra de un cepillo frotaba la sombra de una carroza. »¿Cómo sabes, querido, que allí no hay ganchos? Cuando estés en el monasterio, entérate bien y ven a informarme. Me iré más tranquilo al otro mundo cuando sepa lo que pasa allí. Será mejor para ti estar con los monjes que conmigo, viejo borracho, rodeado de muchachas..., aunque tú eres como un ángel y estás por encima de todo esto. Por eso lo dejo ir, aunque pienso que tal vez allí ocurra lo mismo. En ese caso, como no eres tonto, tu fervor se extinguirá y volverás curado. Y yo lo recibiré con los brazos abiertos, pues eres el único que no me censuras, mi amado hijo. Y ante esto no puedo menos de conmoverme. Y empezó a lloriquear. Estaba sentimental: con su maldad se había mezclado el sentimentalismo.

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Los Hermanos Karamazov: Libro 1, Cap Final
InfoporAnónimo1/24/2014

Libro Completo por Capitulos Introduccion: Los hermanos Karamázov (en ruso: Братья Карамазовы, ˈbratʲjə kərɐˈmazəvɨ) es la última novela del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, publicada en noviembre de 1880. Es considerada por muchos autores como una de las obras más importantes de la literatura universal. Libro Uno: Cap 5: LOS STARTSY El lector se imaginará tal vez a mi héroe como un ser pálido, soñador, enfermizo. Por el contrario, Aliocha era un joven (diecinueve años) de buena figura y desbordante de salud. Era alto, de cabellos castaños, rostro regular aunque un tanto alargado, mejillas coloradas, ojos de un gris profundo, grandes, brillantes, y expresión pensativa y serena. Se me dirá que tener las mejillas coloradas no impide ser un místico fanático. Pues bien, me parece que Aliocha era tan realista como el primero. Ciertamente, creía en los milagros, pero, a mi modo de ver, los milagros no afectan al realista, pues no le llevan a creer. El verdadero realista, si es incrédulo, halla siempre en sí mismo la voluntad y la energía para no creer en el milagro, y si éste se le presenta como un hecho incontrastable, dudará de sus sentidos antes que admitir el hecho. Y si lo admite, lo considerará como un hecho natural que anteriormente no conocía. Para el realista no es la fe lo que nace del milagro, sino el milagro el que nace de la fe. Si el realista adquiere fe, ha de admitir también el milagro, en virtud de su realismo. El apóstol Santo Tomás dijo que sólo creía lo que veía, y después exclamó: «¡Señor mío y Dios mío! ¿Había sido el milagro lo que le había obligado a creer? Probablemente, no. Creyó porque deseaba creer, y tal vez llevaba ya una fe íntegra en los repliegues más ocultos de su corazón cuando afirmaba que no creía nada que no hubiera visto. Se dirá, sin duda, que Aliocha no estaba completamente formado, puesto que no había terminado sus estudios. Esto es verdad, pero sería una injusticia deducir de ello que el muchacho era obtuso o necio. Repito que escogió este camino solamente porque entonces era el único que le atraía, ya que representaba la ascensión hacia la luz, la liberación de su alma de las tinieblas. Además, era un joven de nuestra época, es decir, ávido de verdades, de esos que buscan la verdad con ardor y que, una vez que la encuentran, se entregan a ella con todo el fervor de su alma, anhelantes de realizaciones, y se muestran dispuestos a sacrificarlo todo, incluso la vida, por sus fines. Lo malo es que estos jóvenes no comprenden que suele ser más fácil sacrificar la vida que dedicar cinco o seis años de su hermosa juventud al estudio, a la ciencia ‑aunque sólo sea para multiplicar sus posibilidades de servir a la verdad y alcanzar el fin deseado‑, lo que supone para ellos un esfuerzo del que no son capaces. Aliocha había elegido el camino opuesto al de la juventud en general, pero con el mismo afán de realidades inmediatas. Apenas se hubo convencido, tras largas reflexiones, de que Dios y la inmortalidad del alma existían, se dijo que quería vivir para alcanzar la inmortalidad. Del mismo modo, si hubiera llegado a la conclusión de que no existían ni la inmortalidad del alma ni Dios, se habría afiliado al socialismo y al ateismo. Porque el socialismo no es sólo una doctrina obrera, sino que representa el ateísmo en su forma contemporánea; es la cuestión de la torre de Babel, que se construyó a espaldas de Dios no por alcanzar el cielo desde la tierra, sino por bajar a la tierra el cielo. A Aliocha le pareció imposible seguir viviendo como habla vivido hasta entonces. Se dijo: «Si quieres ser perfecto, da todo lo que tienes y sigue». Y luego pensó: «No puedo dar sólo dos rublos en vez de darlo todo, ni limitarme a ir a misa en vez de seguirle.» Acaso entre los recuerdos de su infancia conservaba el del monasterio, adonde su madre pudo llevarle para asistir a alguna función religiosa. Tal vez había obedecido a la influencia de los rayos oblicuos del sol poniente, al recuerdo de aquel atardecer en que se hallaba ante la imagen hacia la cual lo acercaba su madre, la endemoniada. Llegó a nuestro pueblo pensativo, preguntándose si aquí habría que darlo todo o solamente dos rublos, y se encontró en el monasterio con el starets. Me refiero al starets Zósimo, del que ya he hablado antes. Convendría decir unas palabras del papel que desempeñan los startsy en nuestros monasterios. Lamento no tener la competencia necesaria en esta cuestión, pero intentaré tratar el asunto someramente. Los especialistas competentes afirman que la institución apareció en los monasterios rusos en una época reciente, hace menos de un siglo, siendo así que en todo el Oriente ortodoxo, y sobre todo en el Sinaí y en el monte Athos, existe desde hace mil años. Se dice que los startsy debían de existir en Rusia en una remota antigüedad, pero que a consecuencia de una serie de calamidades y disensiones que sobrevinieron, como la interrupción de las seculares relaciones con Oriente y la caída de Constantinopla, esta institución desapareció en nuestro país. Andando el tiempo resurgió por impulso de uno de nuestros más grandes ascetas, Paisius Velitchkovski, y de sus discípulos; pero ha transcurrido ya un siglo y aún no rige sino en un reducido número de monasterios. Además, no éstá libre de persecuciones, por considerarla como una innovación en Rusia. Floreció especialmente en el famoso monasterio de Kozelskaia Optyne. Ignoro cuándo y por iniciativa de quién se implantó en nuestro monasterio, pero por él habían pasado ya tres startsy: Zósimo era el último. Apenas tenía ya vida, tan débil y enfermo estaba, y nadie sabía por quién sustituirle. Para nuestro monasterio, esto constituía un grave problema. Era un monasterio que no se había distinguido en nada. No tenía ni reliquias santas ni imágenes milagrosas; no contaba con hechos históricos ni con servicios prestados a la patria, pues todas sus gloriosas tradiciones eran simples detalles de nuestra historia. Lo único que le habían dado fama eran sus startsy, a los que los peregrinos venían a ver y oír en grandes grupos desde todos los lugares del país, teniendo a veces que recorrer millares de verstas. ¿Qué es un starets? Un starets es el que absorbe nuestra alma y nuestra voluntad y hace que nos entreguemos a él, obedeciéndole en todo y con absoluta resignación. El penitente se somete voluntariamente a esta prueba, a este duro aprendizaje, con la esperanza de conseguir, tras un largo período, tras toda una vida de obediencia, la libertad ante si mismo, y evitar así la suerte de los que viven sin hacer jamás el hallazgo de su propio ser. La institución de los startsy procede de una práctica milenaria oriental. Los deberes hacia el startsy son muy distintos de la obediencia que ha existido siempre en los monasterios rusos. La confesión del militante al starets es perpetua y el lazo que une al starets confesor con el que se confiesa, indisoluble. Se cuenta que, en los primeros tiempos del cristianismo, un novicio, después de haber faltado a un deber prescrito por su starets, dejó su monasterio de Siria y se trasladó a Egipto. Allí realizó actos sublimes, y al fin se le juzgó digno de sufrir el martirio por la fe. Y cuando la Iglesia iba a enterrarlo, reverenciándolo ya como un santo, y el diácono pronunció las palabras «que los catecúmenos salgan», el ataúd que contenía el cuerpo del mártir se levantó de donde estaba y fue lanzado al exterior del templo tres veces seguidas. Al fin se supo que el santo mártir había dejado a su starets y faltado a la obediencia que le debía, y que, por lo tanto, sólo de este último podía obtener el perdón, a pesar de su vida sublime. Se llamó al starets, éste le desligó de la obediencia que le había impuesto y entonces el mártir pudo ser enterrado sin dificultad. Sin duda, esto no es más que una antigua leyenda, pero he aquí un hecho reciente: Un religioso vivía retirado en el monte Athos, por el que sentía verdadera adoración y en el que veía un santuario y un lugar de recogimiento. Un día, su starets le ordenó que fuera a Jerusalén para conocer los Santos Lugares y después se trasladara al norte, a un punto de Siberia. ‑Allí está tu puesto, no aquí ‑le dijo el starets. El monje, consternado, fue a visitar al patriarca de Constantinopla y le suplicó que le relevara de la obediencia. El jefe de la Iglesia le contestó que ni él ni nadie en el mundo, excepto el starets del que dependía, podía eximirle de sus obligaciones. Por lo tanto, en ciertos casos, los startsy poseen una autoridad sin límites. Por eso en muchos de nuestros monasterios esta institución se rechazó al principio. Pero el pueblo testimonió en seguida una gran veneración a los startsy. La gentes más modestas y las personas más distinguidas venían en masa a prosternarse ante los stortsy de nuestros monasterios para exponerles sus dudas, sus pecados y sus cuitas y pedirles les guiasen y aconsejaran. Ante esto, los adversarios de los startsy les acusaban, entre otras cosas, de profanar arbitrariamente el sacramento de la confesión, ya que las continuas confidencias del novicio o del laico al starets no tienen en modo alguno carácter de un sacramento. Sea como fuere, la institución de los startsy se ha mantenido y se va implantando gradualmente en los monasterios rusos. Verdad es que este sistema ya milenario de regeneración moral, mediante el cual pasa el hombre, al perfeccionarse, de la esclavitud a la libertad, puede ser un arma de dos filos, ya que, en vez de la humildad y el dominio de uno mismo, puede fomentar un orgullo satánico y hacer del hombre un esclavo, no un ser libre. El starets Zósimo tenía sesenta y cinco años. Descendía de una familia de hacendados. En su juventud había servido en el Cáucaso como oficial del Ejército. Sin duda, Aliocha se había sentido cautivado por la distinción particular de que el starets le había hecho objeto al permitirle que habitara en su misma celda, sin contar con la estimación que le profesaba. Hay que advertir que Aliocha, aunque vivía en el monasterio, no se había comprometido con ningún voto. Podía ir a donde se le antojara y pasar fuera del monasterio días enteros. Si llevaba el hábito era por su propia voluntad y porque no quería distinguirse de los demás habitantes del convento. Es muy posible que en la imaginación juvenil de Aliocha hubieran causado una impresión especialmente profunda la gloria y el poder que rodeaban como una aureola al starets Zósimo. Se contaba del famoso starets que, a fuerza de recibir, desde hacía muchos años, a los numerosos peregrinos que acudían a él para expansionar su corazón ávido de consejos y consuelo, había adquirido una singular perspicacia. Le bastaba mirar a un desconocido para adivinar la razón de su visita, lo que necesitaba e incluso lo que atormentaba su conciencia. El penitente quedaba sorprendido, confundido, y a veces atemorizado, al verse descubierto antes de haber pronunciado una sola palabra. Aliocha había observado que muchos de los que acudían por primera vez a hablar con el starets Zósimo llegaban con el temor y la inquietud reflejados en el semblante y que después, al marcharse, la cara antes más sombría estaba radiante de satisfacción. También le sorprendía el hecho de que el starets, lejos de mostrarse severo, fuera un hombre incluso jovial. Los monjes decían que tomaba afecto a los más grandes pecadores y que los estimaba en proporción con sus pecados. Incluso entonces, cuando estaba ya tan cerca del fin de su vida, Zósimo despertaba envidias y tenía enemigos entre los monjes. El número de los enemigos disminuía, pero entre ellos figuraba cierto anciano taciturno y riguroso ayunador, que gozaba de gran prestigio, al que acompañaban otros religiosos destacados. Pero los partidarios del starets formaban una mayoría abrumadora; éstos sentían gran cariño por él y algunos le profesaban una adoración fanática. Sus adictos decían en voz baja que era un santo, preveían su próximo fin y esperaban que pronto haría grandes milagros que cubrirían de gloria al monasterio. Alexei creía ciegamente en el poder milagroso de su starets, del mismo modo que daba crédito a la leyenda del ataúd lanzado al exterior de la iglesia. Era frecuente que se presentaran a Zósimo hijos o padres enfermos para que les aplicara la mano o dijese una oración por ellos. Aliocha veía a muchos de los portadores volver muy pronto, a veces al mismo día siguiente, para arrodillarse ante el starets y darle las gracias por haber curado a sus enfermos. ¿Existía la curación o se trataba tan sólo de una mejoría natural? Aliocha ni siquiera se hacía esta pregunta: creía ciegamente en la potencia espiritual de su maestro y consideraba la gloria de éste como un triunfo propio. Su corazón latía con violencia y su rostro se iluminaba cuando el starets salía a la puerta del convento para recibir a la multitud de peregrinos que le esperaba, compuesta principalmente por gentes sencillas que llegaban de todos los lugares de Rusia para verle y recibir su bendición. Se arrodillaban ante él, lloraban, besaban sus pies y el suelo que pisaba y, entre tanto, no cesaban de proferir gritos. El starets les hablaba, recitaba una corta oración, les daba la bendición y los despedía. Últimamente estaba tan débil a causa de sus achaques, que pocas veces podía salir de su celda, y los peregrinos, en algunas ocasiones, esperaban su aparición días enteros. Aliocha no se preguntaba por qué le querían tanto, por qué se arrodillaban ante él, derramando lágrimas de ternura. Se daba perfecta cuenta de que para el alma resignada del sencillo pueblo ruso, abrumada por el trabajo y los pesares, y sobre todo por la injusticia y el pecado continuos ‑tanto los propios como los ajenos‑, no había mayor necesidad ni consuelo más dulce que hallar un santuario o un santo ante el cual caer de rodillas y adorarlo diciéndose: «El pecado, la mentira y la tentación son nuestro patrimonio, pero hay en el mundo un hombre santo y sublime que posee la verdad, que la conoce. Por lo tanto, la verdad descenderá algún día sobre la tierra, como se nos ha prometido.» Aliocha sabía que el pueblo siente a incluso razona así, y estaba tan seguro como aquellos aldeanos y aquellas mujeres enfermas que acudían con sus hijos de que el starets Zósimo era un santo y un depositario de la verdad divina. El convencimiento de que el starets proporcionaría después de su muerte una gloria extraordinaria al monasterio era en él más profundo acaso que en los monjes. Desde hacía algún tiempo, su corazón ardía, y esta llama interior era cada vez más poderosa. No le sorprendía ver el aislamiento en que vivía el starets. «Eso no importa ‑se decía‑. En su corazón se encierra el misterio de la renovación para todos, ese poder que instaurará al fin la justicia en la tierra. Entonces todos serán santos y todos se amarán entre sí. No habrá ricos ni pobres, personas distinguidas ni seres humildes. Todos serán simples hijos de Dios y entonces conoceremos el reinado de Cristo.» Así soñaba el corazón de Aliocha. En Alexèi había producido extraordinaria impresión la llegada de sus dos hermanos. Había simpatizado más con Dmitri, aunque éste había llegado más tarde. En cuanto a Iván, se interesaba mucho por él, pero no congeniaban. Ya llevaban dos meses viéndose con frecuencia, y no existía entre ellos ningún lazo de simpatía. Aliocha era un ser taciturno que parecía estar siempre esperando no se sabía qué y tener vergüenza de algo. Al principio, Iván lo miró con curiosidad, pero pronto dejó de prestarle atención. Aliocha quedó entonces algo confuso, y atribuyó la actitud de su hermano a sus diferencias de edad a instrucción. Pero también pensó que la indiferencia que le demostraba Iván podía proceder de alguna causa que él ignoraba. Iván parecía absorto en algún asunto importante, en algún propósito difícil. Esto justificaría la falta de interés con que le trataba. Aliocha se preguntó igualmente si en la actitud de su hermano no habría algo del desprecio natural en un sabio ateo hacia un pobre novicio. Este desprecio, si existía, no le podía ofender, pero Aliocha esperaba, con una vaga alarma que no lograba explicarse, el momento en que su hermano pudiera intentar acercarse a él. Dmitri hablaba de Iván con un profundo y sincero respeto. Explicó a Aliocha con todo detalle el importante negocio que los había unido estrechamente. El entusiasmo con que Dmitri hablaba de Iván impresionó profundamente a Aliocha, ya que Dmitri, comparado con su hermano, era poco menos que un ignorante. Sus caracteres eran tan distintos, que no podían existir dos seres más dispares. Entonces se celebró en la celda del starets la reunión de aquella familia tan poco unida, reunión que influyó en Aliocha extraordinariamente. El pretexto que la motivó fue, en realidad, falso. El desacuerdo entre Dmitri y su padre sobre la herencia de su madre había llegado al colmo. Las relaciones entre padre a hijo se habían envenenado hasta resultar insoportables. Fue Fiodor Pavlovitch el que sugirió, chanceándose, que se reunieran todos en la celda del starets. Sin recurrir a la intervención del religioso se habría podido llegar a un acuerdo más sincero, ya que la autoridad y la influencia del starets podían imponer la reconciliación. Dmitri, que no había estado nunca en el monasterio ni visto al starets Zósimo, creyó que su padre le quería atemorizar, y aceptó el desafío. En ello influyó tal vez el hecho de que se reprochaba a si mismo secretamente ciertas brusquedades en su querella con Fiodor Pavlovitch. Hay que advertir que Dmitri no vivía, como Iván, en casa de su padre, sino en el otro extremo de la población. A Piotr Alejandrovitch Miusov, que estaba pasando una temporada en sus posesiones, le sedujo la idea. Este liberal a la moda de los años cuarenta y cincuenta, librepensador y ateo, tomó parte activa en el asunto, tal vez porque estaba aburrido y vio en ello una diversión. De súbito le acometió el deseo de ver el convento y al «santo». Como su antiguo pleito con el monasterio no había terminado aún ‑el litigio se basaba en la delimitación de las tierras y en ciertos derechos de pesca y tala de árboles‑, pudo utilizar el pretexto de que pretendía resolver el asunto amistosamente con el padre abad. Un visitante animado de tan buenas intenciones podía ser recibido en el monasterio con muchos más miramientos que un simple curioso. Todo ello dio lugar a que se pidiera insistentemente al starets que aceptara el arbitraje, aunque el buen viejo, debido a su enfermedad, ya no salía nunca de su celda ni recibía a ningún visitante. El starets Zósimo dio su consentimiento y fijó la fecha. ‑¿A quién se le ha ocurrido nombrarme juez en este asunto? ‑se limitó a preguntar a Aliocha con una sonrisa. Ante el anuncio de esta reunión, Aliocha se sintió profundamente inquieto. El único de los asistentes que podía tomar en serio la conferencia era Dmitri. Los demás acudirían para divertirse y su conducta podía ser ofensiva para el starets. Aliocha estaba seguro de ello. Su hermano Iván y Miusov irían al monasterio por pura curiosidad, y su padre para hacer el payaso. Aunque Aliocha hablaba poco, conocía a su padre perfectamente, pues, como ya he dicho, este muchacho no era tan cándido como se creía. Por eso esperaba con inquietud el día señalado. No cabía duda de que sentía verdaderos deseos de que cesara el desacuerdo en su familia, pero lo que más le preocupaba era su starets. Temía por él, por su gloria; le desazonaba la idea de las ofensas que pudieran causarle, especialmente las burlas de Miusov y las reticencias del erudito Iván. Pensó incluso en prevenir al starets, en hablarle de los visitantes circunstanciales que iba a recibir; pero reflexionó y no le dijo nada. La víspera del día señalado, Aliocha mandó a decir a Dmitri que lo quería mucho y que esperaba que cumpliera su promesa. Dmitri, que no se acordaba de haber prometido nada, le respondió con una carta en la que le decía que haría todo lo posible por no cometer ninguna « bajeza»; que aunque sentía gran respeto por el starets y por Iván, veía en aquella reunión una trampa o una farsa indigna. «Sin embargo, antes me tragaré la lengua que cometer una falta de respeto contra ese hombre al que tú veneras», decía Dmitri finalmente. Esta carta no tranquilizó a Aliocha.

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Los Hermanos Karamazov: Libro 1, Cap 3
InfoporAnónimo1/23/2014

Libro Completo por Partes Introduccion: Los hermanos Karamázov (en ruso: Братья Карамазовы, ˈbratʲjə kərɐˈmazəvɨ) es la última novela del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, publicada en noviembre de 1880. Es considerada por muchos autores como una de las obras más importantes de la literatura universal. Libro 1: Cap 3 NUEVO MATRIMONIO Y NUEVOS HIJOS Después de haberse desembarazado de Mitia, Fiodor PavIovitch contrajo un nuevo matrimonio que duró ocho años. Su segunda esposa, joven como la primera, era de otra provincia, a la que se había trasladado en compañía de un judío para tratar de negocios. Aunque era un borracho y un perdido, no cesaba de velar por su capital y realizaba excelentes aunque nada limpias operaciones. Sofia Ivanovna era hija de un humilde diácono y quedó huérfana en su infancia. Se había educado en la opulenta mansión de su protectora, la viuda del general Vorokhov, dama de gran prestigio en la sociedad, que, además de proporcionarle una educación, había labrado su desgracia. Ignoro los detalles de este infortunio, pero he oído decir que la muchacha, dulce, cándida, paciente, había intentado ahorcarse colgándose de un clavo, en la despensa, tanto la torturaban los continuos reproches y los caprichos de su vieja protectora, que no era mala en el fondo, pero que, al estar todo el día ociosa, se ponía insoportable. Fiodor Pavlovitch pidió su mano, pero fue rechazado cuando se obtuvieron informes de él. Entonces propuso a la huérfana raptarla, como había hecho con su primer matrimonio. Con toda seguridad, ella se habría negado a ser su esposa si hubiese estado mejor informada acerca de él. Pero esto sucedía en otra provincia. Además, ¿qué podía discernir una muchacha de dieciséis años, como no fuera que era preferible arrojarse al agua que seguir en casa de su protectora? Es decir, que la infortunada sustituyó a su bienhechora por un bienhechor. Esta vez Fiodor Pavlovitch no recibió ni un céntimo, pues la generala se enfureció de tal modo, que lo único que le dio fue su maldición. Pero Fiodor Pavlovitch no contaba con el dinero de su nueva esposa. La extraordinaria belleza de la joven, y sobre todo su candor, le habían cautivado, a él, un hombre todo voluptuosidad, que hasta entonces sólo había sido sensible a los atractivos más groseros. «Sus ojos inocentes me taladran el alma», decía con una sonrisa maligna. Pero aquel ser corrompido sólo podía sentir una atracción de tipo sensual. Fiodor Pavlovitch no tuvo ningún miramiento con su esposa. Considerando que estaba en deuda con él, ya que la había salvado de una vida insoportable, y aprovechándose de su bondad y su resignación inauditas, pisoteó la decencia conyugal más elemental. Su casa fue escenario de orgías en las que tomaban parte mujeres de mal vivir. Un detalle digno de mención es que Grigori, hombre taciturno, estúpido y obstinado, que había odiado a su primera dueña, se puso de parte de la segunda, discutiendo por ella con su amo de un modo inadmisible en un doméstico. Un día llegó a despedir a las doncellas que rondaban a Fiodor Pavlovitch. Andando el tiempo, la desdichada esposa, que había vivido desde su infancia en una perpetuo terror, contrajo una enfermedad nerviosa corriente entre las lugareñas y que vale a sus víctimas el calificativo de « endemoniadas». A veces la enferma, presa de terribles crisis histéricas, perdía la razón. Sin embargo, dio a su marido dos hijos: Iván, que nació un año después de la boda, y Alexei, que vino al mundo tres años más tarde. Cuando Sofía Ivanovna murió, Alexei tenía cuatro años, y, por extraño que parezca, se acordó toda su vida de su madre, aunque como a través de un sueño. Al fallecer Sofía Ivanovna, los dos niños corrieron la misma suerte que el primero: el padre se olvidó de ellos, los abandonó por completo, y Grigori se los llevó a su pabellón. Allí los encontró la vieja generala, la misma que había educado a la madre. Durante los ocho años en que Sofia Ivanovna fue la esposa de Fiodor Pavlovitch, el rencor de la vieja dama hacia ella no había cedido. Sabiendo la vida que llevaba la infeliz, enterada de que estaba enferma y de los escándalos que tenía que soportar, la generala manifestó dos o tres veces a los parásitos que la rodeaban: «Bien hecho. Dios la ha castigado por su ingratitud.» Exactamente tres meses después de la muerte de Sofia Ivanovna, la anciana señora apareció en nuestro pueblo y se presentó en casa de Fiodor Pavlovitch. Su visita sólo duró media hora, pero aprovechó el tiempo. Era el atardecer. Fiodor Pavlovitch, al que no había visto desde hacía ocho años, se presentó ante ella en completo estado de embriaguez. Se cuenta que, apenas lo vio llegar, le dio dos sonoras bofetadas y a continuación tres tirones de flequillo. Hecho esto y sin pronunciar palabra, se fue al pabellón donde habitaban los niños. Estaban mal vestidos y sucios, viendo lo cual, la irascible dama dio otra bofetada a Grigori y le dijo que se llevaba a los niños. Tal como estaban, los envolvió en una manta, los puso en el coche y se marchó. Grigori encajó el bofetón como un sirviente perfecto y se abstuvo de emitir la menor protesta. Acompañó a la anciana a su coche y le dijo, inclinándose ante ella profundamente: ‑Dios la recompensará por su buena acción. ‑Eres tonto de remate ‑respondió ella a modo de adiós. Después de analizar el asunto, Fiodor Pavlovitch se declaró satisfecho y en seguida dio su consentimiento en regla para que los niños fueran educados en casa de la generala. Hecho esto, se fue a la ciudad, a jactarse de los bofetones recibidos. Poco tiempo después murió la generala. Dejó mil rublos a cada niño «para su instrucción». Este dinero se debía emplear íntegramente en provecho de ellos y la testadora lo consideraba suficiente. Si otras personas querían hacer algo más, eran muy libres, etcétera. Aunque no leí el testamento, yo sabía que había en él un pasaje extraño, hijo de la inclinación a lo original. El principal heredero de la generala era, por fortuna, un hombre honrado, el mariscal de la nobleza de nuestra provincia Eutimio Petrovitch Polienov. Éste cambió algunas cartas con Fiodor Pavlovitch, el cual, sin rechazar sus proposiciones categóricamente, iba alargando el asunto. Viendo que no conseguiría nada del padre de los niños, Eutimio Petrovitch se interesó personalmente por ellos y tomó un cariño especial al menor, que vivió largo tiempo en su casa. Llamo la atención del lector sobre este punto: los niños fueron educados por Eutimio Petrovitch, hombre de bondad nada común, el cual conservó intacto el capital de los niños, que había ascendido a dos mil rublos a su mayoría de edad, al acumularse los intereses. Eutimio Petrovitch los educó a costa suya, lo que le representó un gasto de bastante más de mil rublos por niño. No haré un relato detallado de la infancia y la juventud de los huérfanos: me limitaré a exponer los detalles más importantes. El mayor, Iván, fue en su adolescencia un ser taciturno, reconcentrado, pero en modo alguno tímido. Había comprendido que su hermano y él se educaban en casa ajena y por misericordia, y que tenían por padre un hombre que era un baldón para ellos. Este muchacho mostró desde su más tierna infancia (por lo menos, según se cuenta) gran capacidad para el estudio. A la edad de trece años dejó a la familia de Eutimio Petrovitch para estudiar en un colegio de Moscú como pensionista en casa de un famoso pedagogo, amigo de la infancia de su protector. Más tarde Iván decía que Eutimio Petrovitch había procedido impulsado por su ardiente amor al bien y porque opinaba que un adolescente excepcionalmente dotado debía ser educado por un pedagogo genial. Pero ni con su educación ni con su protector pudo contar cuando ingresó en la universidad. Eutimio Petrovitch no había sabido gestionar el asunto del testamento, y el legado de la generala no había llegado aún a sus manos, a causa de las formalidades y dilaciones que pesan sobre estos trámites en nuestro país. En una palabra, que nuestro estudiante pasó verdaderos apuros en sus dos primeros años de universidad y se vio obligado a ganarse el sustento a la vez que estudiaba. Hay que hacer constar que no intentó en modo alguno ponerse en relación con su padre. Tal vez procedió así por orgullo, por desprecio al autor de sus días, o acaso su clarividencia le dijo que no podía esperar nada de semejante hombre. Fuera como fuere, el chico no perdió los ánimos y encontró el modo de ganarse la vida: primero lecciones a veinte copecs, después artículos de diez líneas sobre escenas de la calle que publicaba en varios periódicos con el seudónimo de «Un Testigo Ocular» . Dicen que estos artículos tuvieron éxito porque eran siempre curiosos y agudos. Así, el joven reportero demostró su superioridad, tanto en el sentido práctico como en el intelectual, sobre los incontables estudiantes de ambos sexos, siempre necesitados, que en Petersburgo y en Moscú asedian incesantemente las redacciones de los periódicos en demanda de copias y traducciones del francés. Una vez introducido en el mundo periodístico, Iván Fiodorovitch ya no perdió el contacto con él. Durante sus últimos años de universidad publicó informes sobre obras especiales y así se dio a conocer en los medios literarios. Pero sólo cuando hubo terminado sus estudios consiguió despertar la atención en un amplio círculo de lectores. Al salir de la universidad, y cuando se disponía a dirigirse al extranjero con sus dos mil rublos, publicó en un gran periódico un artículo singular que atrajo la atención incluso de los profanos. El tema era para él desconocido, ya que había seguido los cursos de la facultad de ciencias, y el artículo hablaba de tribunales eclesiásticos, cuestión que entonces se debatía en todas partes. El autor examinaba algunas opiniones ajenas y exponía sus puntos de vista personales. Lo sorprendente del artículo era el tono y el modo de exponer las conclusiones. El resultado fue que, a la vez que no pocos «clericales» consideraron al autor como correligionario suyo, los «laicos», a incluso los ateos, aplaudieron sus ideas. Si menciono este hecho es porque el eco del artículo llegó a nuestro famoso monasterio, donde interesaba la cuestión de los tribunales eclesiásticos y en el cual produjo gran perplejidad. El hecho de que el autor hubiera nacido en nuestro pueblo y fuera hijo de «ese Fiodor Pavióvitch» acrecentó el interés general. Y precisamente entonces apareció el autor en persona. ¿Por qué vino Iván Fiodorovitch a casa de su padre? Recuerdo que me hice esta pregunta con cierta inquietud. Esta visita fatal, que tuvo tan graves consecuencias, fue para mí inexplicable durante mucho tiempo. En verdad era inexplicable que un hombre tan inteligente y a la vez tan orgulloso y reconcentrado se instalase, a la vista de todos, en una casa que tan mala fama tenía. Fiodor Pavlovitch no había pensado nunca en él, y, aunque por nada del mundo habría dado dinero a nadie, siempre estaba temiendo que sus hijos se lo reclamaran. Y he aquí que lván Fiodorovitch se instala en casa de su padre, pasa a su lado un mes, dos meses, y se entiende con él de maravilla. No fui yo solo el que se asombró de esta buena armonía. Piotr Alejandrovitch Miusov, del que ya hemos hablado y que, aunque tenía su domicilio en París, estaba pasando una temporada en su propiedad, fue el más sorprendido. Trabó conocimiento con el joven, con el cual rivalizaba en erudición, y lo consideró sumamente interesante. ‑Es un hombre orgulloso ‑nos decía‑. Se bastará siempre a sí mismo. Tiene lo suficiente para marcharse al extranjero. ¿Qué demonios hace aquí? No hay duda de que no ha venido para sacar dinero a su padre, al que, por otra parte, de ningún modo se lo sacaría. No le gusta beber ni perseguir a las muchachas. Sin embargo, el viejo ya no puede pasar sin él. Era verdad: el hijo ejercía una visible influencia sobre su padre, el cual, a pesar de su carácter caprichoso y obstinado, le daba la razón muchas veces. Más adelante se supo que Iván había llegado en parte para resolver cuestiones de intereses que afectaban a su hermano mayor, Dmitri, al que había visto por primera vez con este motivo, pero con el que estaba ya ligado por un importante asunto, del que hablaremos con todo detalle a su debido tiempo. Incluso cuando estuve al corriente de ello, seguía viendo en Iván Fiodorovitch un ser enigmático, y en su estancia entre nosotros un hecho difícil de explicar. Añadiré que actuaba como árbitro y apaciguador entre su padre y Mitia, entonces reñidos hasta el extremo de que este último, Dmitri, había intentado recurrir a la justicia. Por primera vez se hallaba reunida esta familia, cuyos miembros no se habían visto jamás. Sólo el menor de los hermanos, Alexei, se hallaba en la comarca desde hacía ya un año. No es conveniente hablar de él en este preámbulo, es decir, antes de que salga a escena en nuestra novela. Sin embargo, he de decir algunas cosas de este personaje para aclarar un detalle singular, y es que mi héroe aparece desde la primera escena con hábito de novicio. Desde hacía un año habitaba en nuestro monasterio y se preparaba para pasar en él todo el resto de su vida.

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Los Hermanos Karamazov: Libro 2, Cap 5
InfoporAnónimo1/24/2014

Libro Completo por Capitulos Introduccion: Los hermanos Karamázov (en ruso: Братья Карамазовы, ˈbratʲjə kərɐˈmazəvɨ) es la última novela del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, publicada en noviembre de 1880. Es considerada por muchos autores como una de las obras más importantes de la literatura universal. Libro Dos: Cap 5: ¡ASÍ SEA! El starets había estado ausente unos veinticinco minutos. Eran más de las doce y media, y aún no había llegado Dmitri Fiodorovitch, por quien se había convocado la reunión. Ya casi se le habla olvidado. Cuando el starets reapareció en la celda encontró a sus visitantes enzarzados en una conversación animadísima en la que participaban especialmente Iván Fiodorovitch y los dos religiosos. Miusov intervino con calor, pero con escaso éxito: permanecía en un segundo plano y apenas se le contestaba, lo que le producía una creciente indignación. Antes había librado un combate de erudición con Iván Fiodorovitch y se rebelaba ante cierta falta de consideración que había advertido en el joven. «Yo ‑se decía‑ estoy al corriente de todo lo que hay de progresista en Europa, pero esta nueva generación nos ignora por completo. » Fiodor Pávlovitch, que se había jurado permanecer de espectador sin decir nada, guardaba silencio, observando con una sonrisita sarcástica a su vecino Piotr Alejandrovitch, cuya irritación le producía gran regocijo. Hacía rato que acechaba el momento de desquitarse, y al fin encontró la ocasión. Se inclinó ante el hombro de su vecino y le dijo a media voz: ‑¿Por qué no se ha marchado usted después de la anécdota del santo, en vez de quedarse con esta ingrata compañía? Sin duda, usted, sintiéndose ofendido y humillado, ha permanecido aquí para demostrar su carácter, y no se irá sin demostrarlo. ‑No empiece otra vez, o me voy ahora mismo. ‑Usted será el último en marcharse ‑le dijo Fiodor Paviovitch. Fue en ese momento cuando llegó el starets. La discusión se interrumpió, pero el starets, después de volver a ocupar su puesto, paseó su mirada por los reunidos como invitándoles a continuar. Aliocha, que leía en su rostro, comprendió que estaba agotado. A causa de su enfermedad, su debilidad había llegado al extremo de que últimamente le producía desmayos. La palidez que anunciaba estos desvanecimientos cubría ahora su semblante. En sus labios tampoco había color. Pero era evidente que no quería disolver la asamblea. ¿Qué razones tendría para ello? Aliocha lo observaba atentamente. El padre bibliotecario dijo, señalando a Iván Fiodorovitch: ‑Estábamos comentando un articulo sumamente interesante de este señor. Tiene puntos de vista nuevos, pero la tesis parece tender a dos fines. Es una réplica a un sacerdote que ha publicado una obra sobre los tribunales eclesiásticos y la extensión de sus derechos. ‑Sintiéndolo mucho ‑manifestó el starets mirando atentamente a Iván Fiodorovitch‑, no he leído su artículo, pero he oído hablar de él. El padre bibliotecario continuó: ‑Este señor enfoca la cuestión desde un punto de vista interesantísimo. Al parecer, rechaza la separación de la Iglesia y el Estado en este terreno. ‑Muy interesante, en efecto ‑dijo el starets a Iván Fiodorovitch‑. ¿Pero con qué argumentos defiende usted su opinión? Iván Fiodorovitch le respondió no con un aire altanero y pedante, como el que Aliocha recordaba haberle oído emplear el mismo día anterior, sino con un tono modesto, discreto, franco. ‑Yo parto del principio de que esta confusión de los elementos esenciales de la Iglesia y el Estado, considerados separadamente, subsistirá siempre, aunque afecte a algo irrealizable, ya que descansa sobre una mentira. Un compromiso entre la Iglesia y el Estado en ciertas cuestiones, como la justicia, por ejemplo, es, a mi juicio, completamente imposible. El sacerdote al que respondo en mi articulo sostiene que la Iglesia ocupa en el Estado un puesto determinado, definido. Yo le contesto que la Iglesia y lejos de ocupar simplemente un lugar en el Estado, debe absorber al Estado enteramente y que, si esto hoy es imposible, por lo menos debería ser el objetivo principal del desenvolvimiento de la sociedad cristiana. ‑Eso es perfectamente justo ‑declaró con voz enérgica y nerviosa el padre Paisius, religioso erudito y taciturno. ‑Eso es ultramontanismo puro ‑exclamó Miusov, poniendo una pierna sobre la otra con un movimiento de impaciencia. ‑No hay montes en nuestro país ‑dijo el padre José dirigiéndose al starets‑. Este señor refuta los principios fundamentales de su adversario, que, cosa digna de mención, es un eclesiástico. He aquí esos principios. Primero: «Ninguna asociación pública puede ni debe atribuirse el poder ni disponer de los derechos civiles y políticos de sus miembros.» Segundo: «El poder en materia civil y criminal no debe pertenecer a la Iglesia, pues es incompatible con su naturaleza de institución divina y agrupación que persigue un fin religioso.» Y tercero: «La Iglesia no es un reino de este mundo. » ‑Todo esto es un juego de palabras indigno de un eclesiástico ‑dijo el padre Paisius sin poderse contener‑. He leído la obra que usted refuta ‑añadió volviéndose hacia Iván Fiodorovitch‑, y quedé sorprendido ante la afirmación de ese sacerdote de que la Iglesia no es un reino de este mundo. Si no fuera de este mundo, no podría existir en la tierra. En el santo Evangelio, la expresión « no de este mundo» está empleada en otro sentido. No se debe jugar con estas palabras. Nuestro Señor Jesucristo vino precisamente a fundar la Iglesia en la tierra. El reino de los cielos no es, desde luego, un reino de este mundo, pero en el cielo sólo se entra por medio de la Iglesia, que está fundada en la tierra. Por lo tanto, los juegos de palabras sobre estas cuestiones son inadmisibles a indignos. La Iglesia es verdaderamente un reino. Su destino es reinar. Y, al fin, este reino se extenderá por todo el universo: así se nos ha prometido. Se detuvo de pronto, como conteniéndose. Iván Fiodorovitch, después de haberle escuchado atenta y cortésmente y con toda calma, continuó, dirigiéndose al starets, en el mismo tono sencillo de antes: ‑La idea esencial de mi artículo es que el cristianismo, en los tres primeros siglos de su existencia, se condujo en el mundo corno una Iglesia y, en realidad, no fue otra cosa. Cuando el Estado romano pagano adoptó el cristianismo, se incorporó a la Iglesia, pero siguió siendo un Estado pagano en multitud de atribuciones. En el fondo, esto era inevitable. El Estado romano había heredado demasiadas cosas de la civilización y la sagacidad paganas, entre ellas las bases y los fines mismos del Estado. Era evidente que la Iglesia de Cristo, al introducirse en el Estado, no podía suprimir nada de sus propias bases, de la piedra sobre la cual descansaba: tenía que ir hacia sus fines, firmemente señalados y establecidos por Jesucristo. Uno de estos fines era convertir en Iglesia, regenerándola, el mundo entero y, en consecuencia, el Estado pagano antiguo. De este modo, y atendiendo a sus planes para el futuro, la Iglesia no debe buscar un puesto determinado en el Estado, como «toda asociación pública» o como «una agrupación que persigue fines religiosos», para emplear los mismos términos del autor cuyas ideas refuto, sino que todo el Estado terrestre debería convertirse en Iglesia o, por lo menos, renunciar a todos sus fines incompatibles con los de la Iglesia. Esto no humilla, no reduce el honor ni la gloria de ningún gran Estado, ni tampoco la gloria de sus gobernantes, sino que los lleva a dejar el falso camino, todavía pagano y erróneo, y seguir el camino justo, el único que conduce a fines eternos. Por eso el autor del libro sobre las Bases de la justicia eclesiástica hubiera procedido certeramente si, al exponer y proponer estas bases, las hubiera considerado únicamente como un compromiso provisional, todavía necesario en nuestra época pecadora a imperfecta. Pero desde el momento en que el autor osa declarar que las bases que propone, alguna de las cuales acaba de enumerar el padre José, son primordiales, inquebrantables, permanentes, se opone al destino santo a inmutable de la Iglesia. Esto es lo que expongo en mi artículo. ‑Dicho de otro modo ‑continuó el padre Paisius, recalcando las palabras‑, que ciertas teorías que no se han abierto paso hasta nuestro siglo diecinueve, afirman que la Iglesia debe convertirse, regenerándose, en Estado, pasar de una posición inferior a otra superior, dejándose absorber por él, después de haber cedido a la ciencia, al espíritu de la época, a la civilización. Si se niega a esto, sólo tendrá un papel insignificante y fiscalizado dentro del Estado, que es lo que ocurre en la Europa de nuestros días. Por el contrario, según las concepciones y las esperanzas rusas, no es la Iglesia la que debe transformarse en Estado, pasando de un plano inferior a otro superior, sino que es el Estado el que debe mostrarse digno de ser únicamente una Iglesia y nada más que una Iglesia. ¡Así sea! ¡Así sea! ‑Le confieso que me ha reconfortado un poco ‑dijo Miusov sonriendo y volviendo a cruzar las piernas‑. Por lo que he entendido, habla usted de la realización de un ideal que no se cumplirá hasta fecha muy lejana, hasta la vuelta de Cristo. Esto es todo lo que ustedes desean. La utopía de la desaparición de las guerras, de la diplomacia, de las casas de banca, etcétera: algo que se parece al socialismo. Yo creía que hablaban en serio, de cosas inmediatas, que desde hoy mismo la Iglesia iba, por ejemplo, a juzgar a los criminales, a condenarlos al látigo, al presidio a incluso a la pena de muerte. Iván Fiodorovitch repuso pausadamente: ‑Si hubiera sólo tribunales eclesiásticos, la Iglesia no enviaría a nadie a presidio ni a la horca. El crimen y el modo de considerarlo se tendrían seguramente que modificar. Esto se habría de hacer poco a poco, no de golpe, pero lo más rápidamente posible. ‑¿Habla usted en serio? ‑le preguntó Miusov mirándole a la cara. ‑Si la Iglesia lo absorbiera todo, excomulgaría al criminal y al desafecto ‑dijo Iván Fiodorovitch‑, pero no cortaría cabezas. ¿Qué sería del excomulgado, me quiere usted decir? Pues no quedaría separado solamente de los hombres, sino también de Cristo. Con su crimen no se habría rebelado únicamente contra la humanidad, sino también contra la Iglesia de Cristo. Bien mirado, así sucede ya. Lo que ocurre es que la conciencia del criminal de hoy se desvía, diciéndose: «He robado, pero no me he rebelado contra la Iglesia. Yo no soy enemigo de Cristo.» Esto es lo que suele decirse el criminal de hoy. Pero cuando la Iglesia haya sustituido al Estado, al criminal le será difícil hablar así, a menos de que vaya contra la Iglesia imperante en todo el mundo. Entonces tendría que decir: «Todos están equivocados, todos se han desviado del buen camino. Su Iglesia es falsa. Sólo yo, ladrón y asesino, soy la verdadera Iglesia cristiana.» Es una posición difícil de mantener, pues requiere condiciones extraordinarias, circunstancias que sólo existen excepcionalmente. Por otra parte, ¿no hay un resto de paganismo en el punto de vista actual de la Iglesia respecto al crimen? En vez de preservar a la sociedad cercenando un miembro gangrenado, ¿no sería mejor que acometiera francamente la regeneración y la salvación del culpable? ‑¿Qué quiere decir esto? ‑intervino Miusov‑. De nuevo no le comprendo. Eso es otro sueño disparatado, incomprensible. ¿Qué significa esa excomunión? Francamente, Iván Fiodorovitch: parece que usted no habla en serio. ‑Observen ustedes ‑dijo el starets, hacia el que todos se volvieron‑ que si la Iglesia de Cristo no existiera, el criminal no tendría freno para sus fechorías ni recibiría un verdadero castigo..., no un castigo mecánico que, como el señor acaba de decir, sólo produce generalmente irritación, sino un castigo real, el único que atemoriza y aplaca, el que consiste en la confesión que descarga la conciencia. ‑Permítame que le pregunte cómo es eso posible ‑dijo Miusov con viva curiosidad. ‑Se lo explicaré ‑respondió el starets‑. Las condenas a trabajos forzados, agravadas años atrás con castigos corporales, no enmiendan a nadie y, sobre todo, no atemorizan a casi ningún criminal. Convenga usted en que cuanto más tiempo pasa, más aumenta el número de crímenes. De ello resulta que la sociedad no queda preservada en modo alguno, pues aunque el miembro nocivo sea cercenado mecánicamente y enviado muy lejos, donde queda oculto a la vista de los demás, aparece otro criminal, o tal vez dos, para cubrir el puesto vacío. Lo único que hasta ahora protege a la sociedad, enmienda al criminal y lo convierte en otro hombre es la ley de Cristo, expresada por la voz de la conciencia. Sólo después de haber reconocido su falta como hijo de la sociedad de Cristo, es decir, de la Iglesia, el criminal la reconocerá ante la sociedad misma. Así, sólo ante la Iglesia puede reconocer su falta: no ante el Estado. Si la justicia dependiera de la sociedad como Iglesia, sabría a quién relevar de la excomunión, a quién admitir en su seno. Como hoy la Iglesia sólo puede condenar moralmente, renuncia castigar materialmente al criminal. Y no lo excomulga: lo envuelve en sus paternales métodos de curación. Es más, se esfuerza en mantener con el criminal todas las relaciones que mantiene con el cristiano inocente: lo admite en los oficios, le da la comunión, lo trata con caridad, más como a un extraviado que como a un delincuente. ¿Qué sería de él, Señor, si la sociedad cristiana, es decir, la Iglesia, lo rechazara, como lo rechaza y lo aísla la sociedad civil? ¿Qué sería de él si la Iglesia lo excomulgara a la vez que se aplica la ley del Estado? No existiría en el mundo mayor desesperación, por lo menos para los criminales rusos, que conservan la fe. Por otra parte, podría ocurrir algo horrible: que el corazón lacerado del criminal perdiera la fe. No, la Iglesia, como una tierna madre, renuncia al castigo material, pues considera que el delincuente, castigado con sobrada dureza por los tribunales seculares, necesita que alguien se compadezca de él. Además, y sobre todo, renuncia a ello porque la justicia de la Iglesia, única que conoce la verdad, no puede unirse, ni esencial ni moralmente, a ninguna otra, aunque la unión sea provisional. No es posible transigir sobre este punto. »Según dicen, es muy raro que el criminal extranjero se arrepienta, ya que las doctrinas contemporáneas confirman su idea de que el crimen no es un crimen, sino un simple acto de rebeldía contra un poder que le oprime injustamente. La sociedad lo excluye con una fuerza que se le impone de un modo puramente mecánico, y a esta exclusión añade el odio. Así, por lo menos, se cuenta que ocurre en Europa. Y además de añadir el odio, lo acompaña de la mayor indiferencia y de un olvido absoluto del destino ulterior del culpable. Todo ocurre, pues, sin que la Iglesia dé muestra alguna de piedad, pues en muchos casos allí ya ni siquiera hay Iglesia: sólo quedan eclesiásticos y edificios magníficos. Aquellas Iglesias luchan desde hace tiempo por pasar del plano inferior al superior: por convertirse en Estados. Así, por lo menos, parece ocurrir en las zonas luteranas. En Roma, hace ya mil años que la Iglesia se erigió en Estado. Con esto, el criminal no se considera miembro de la Iglesia. Se ve excomulgado y cae en la desesperación. Si vuelve a la sociedad, suele hacerlo con tal odio, que ella misma lo arroja de su seno. Ya pueden ustedes suponer cómo termina esto. En la mayoría de los casos parece que ocurre lo mismo en nuestro país, pero en realidad, en muchos de nuestros tribunales contamos con la Iglesia, y esta Iglesia no pierde el contacto con el criminal, que sigue siendo para ella un hijo querido. Además, existe, subsiste, aunque sólo sea en teoría, la justicia de la Iglesia, que si ahora no es efectiva, lo será en el porvenir, y que el criminal admite por un impulso instintivo de su alma. »Aquí se acaba de decir algo de cuya exactitud no hay duda: que si la justicia de la Iglesia entrara en vigor, es decir, si la sociedad en masa se convirtiese en Iglesia, no solamente la justicia de la Iglesia influiría en la enmienda del criminal de modo muy distinto de como ocurre ahora, sino que el número de crímenes disminuiría en proporciones incalculables. Y no hay duda de que la Iglesia trataría en la mayoría de los casos el crimen y a los criminales de un modo completamente distinto de como lo hace actualmente: atraería a ella al excomulgado, prevendría los propósitos criminales, regeneraría al caído. Y el starets terminó, con una sonrisa: ‑Verdad es que la sociedad cristiana no está todavía cerca de conseguir esa posición. Sólo reposa sobre siete justos. Pero como éstos no desfallecen, esperan tranquilamente la transformación absoluta, de asociación casi pagana, en la Iglesia única, universal y reinante. Así ocurrirá, aunque dentro de muchos siglos, pues está predestinada a ello. No hay que inquietarse por las dilaciones, ya que este proceso misterioso depende de la sabiduría de Dios y de la presencia de su amor. Lo que para los ojos del hombre parece muy lejano, está tal vez a punto de cumplirse para la predestinación divina. ¡Así sea! ‑¡Así sea! ‑repitió respetuosamente el padre Paisius. ‑Es extraño, sumamente extraño ‑dijo Miusov en un tono de indignación reprimida. ‑¿Qué es lo que le parece extraño? ‑preguntó el padre José. ‑Se lo diré francamente ‑exclamó Miusov, con una agresividad repentina‑. ¿Qué significa todo esto? ¡Se elimina al Estado para poner en su lugar a la Iglesia! Esto es ultramontanismo elevado al cuadrado. ¡Ni Gregorio séptimo hubiera tenido una idea semejante! ‑Su interpretación es completamente errónea ‑observó severamente el padre Paisius‑. No es la Iglesia la que se convierte en Estado, fíjese bien. Esto es el sueño romano, la tercera tentación del demonio. Por el contrario, es el Estado el que se convierte en Iglesia, el que se eleva hasta ella y llega a ser una Iglesia sobre todo el mundo. Esto es diametralmente opuesto a Roma, al ultramontanismo, a la interpretación de usted; esto es la misión sublime reservada a la ortodoxia en el mundo entero. Esta estrella empezará a resplandecer en Oriente. Miusov guardó un silencio significativo. De toda su persona emanaba un algo de extrema dignidad. En sus labios apareció una sonrisa de indulgencia. Aliocha lo observaba con el corazón palpitante. La conversación le había impresionado profundamente. Su mirada tropezó con Rakitine, que permanecía inmóvil y escuchaba atentamente, con la cabeza baja. Del vivo color de su tez, Aliocha dedujo que estaba tan impresionado como él, y sabía el motivo. ‑Permítanme, señores, que les refiera una anécdota ‑empezó a decir Miusov con una gravedad presuntuosa‑. Hallándome en París, tuve ocasión, después del golpe de Estado de diciembre, de visitar a uno de mis conocidos, personaje importante que entonces estaba en el poder. Era un individuo sumamente curioso que, sin ser del cuerpo de policía, dirigía una brigada de agentes políticos, puesto de gran importancia. Aproveché la ocasión para hablar con él y satisfacer mi curiosidad. Fui recibido como subalterno que presenta un informe, y, al ver que yo estaba en buenas relaciones con su jefe, me trató con una franqueza relativa, es decir, con más cortesía que franqueza, como es costumbre en los franceses, en lo que influyó mi calidad de extranjero. Pero yo le comprendí perfectamente. Entonces se perseguía a los socialistas revolucionarios. Prescindiendo del resto de la conversación, les transmitiré una observación sumamente interesante que se le escapó a aquel caballero: «No tememos demasiado a todos esos socialistas, anarquistas, ateos y revolucionarios. Los vigilamos y estamos al corriente de todos sus movimientos. Pero hay entre ellos un grupo especial, por fortuna poco numeroso, que nos inquieta de verdad: el de los que creen en Dios a pesar de ser socialistas. Es una agrupación francamente temible. El socialista cristiano es mucho más peligroso que el socialista ateo.» Estas palabras me impresionaron entonces, y ahora ustedes me las han recordado. ‑Es decir, que nos las aplica usted a nosotros porque nos considera socialistas, ¿no es eso? ‑preguntó sin rodeos el padre Paisius. Pero antes de que Piotr Alejandrovitch acertara a responder, la puerta se abrió y entró Dmitri Fiodorovitch, que llegaba con gran retraso. Como ya no se le esperaba, su repentina aparición produjo cierta sorpresa.

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Los Hermanos Karazov: Libro 2, Cap 6
InfoporAnónimo1/25/2014

Libro Completo por Capitulos Introduccion: Los hermanos Karamázov (en ruso: Братья Карамазовы, ˈbratʲjə kərɐˈmazəvɨ) es la última novela del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, publicada en noviembre de 1880. Es considerada por muchos autores como una de las obras más importantes de la literatura universal. Libro Dos: Cap 6: ¿POR QUÉ EXISTIRÁ SEMEJANTE HOMBRE? Dmitri Fiodorovitch era un joven de veintiocho años, de estatura media y figura bien proporcionada, pero que parecía bastante mayor de lo que era. Se deducía que su musculoso cuerpo estaba dotado de una fuerza extraordinaria, pero su enjuto rostro, de carrillos hundidos, y su amarilla tez le daban un aspecto de enfermo. Sus ojos, negros, algo saltones, tenían una mirada vaga, aunque parecía obstinada. Cuando estaba agitado y hablaba con indignación, su mirada no correspondía a su estado de ánimo. «Es muy difícil saber lo que piensa», decían a veces sus interlocutores. Algunos días sus risas inopinadas, que denotaban regocijo o pensamientos alegres, sorprendían a los que, viendo sus ojos, le creían pensativo y triste. Por otra parte, era natural que tuviera una expresión algo atormentada. Todo el mundo estaba al corriente de los excesos a que se entregaba en los últimos tiempos, así como de la indignación que se apoderaba de él en las disputas que sostenía con su padre por cuestiones de dinero. Por la localidad circulaban anécdotas sobre este particular. Verdaderamente, era un hombre irascible, «un alma oscura y extraña», como dijo de él en una reunión el juez de paz Simón Ivanovitch Katchalnikov. Iba irreprochable y elegantemente vestido: la levita abrochada, guantes negros y el alto sombrero en la mano. Como oficial retirado hacia poco, en su cara no se veía más pelo que el del bigote. Su cabello, corto y peinado hacia delante, era de color castaño. Andaba a grandes pasos y con aire resuelto. Se detuvo un instante en el umbral, recorrió con la mirada a los asistentes y se fue derecho al starets, comprendiendo que era la figura principal de la reunión. Le saludó profundamente y le pidió que le bendijera. El starets se puso en pie para bendecirle. Dmitri Fiodorovitch le besó la mano respetuosamente y dijo con cierta irritación: ‑Perdóneme por haberle hecho esperar. Pregunté repetidamente la hora de la conferencia a Smerdiakov, el criado que me envió mi padre, y él me contestó dos veces y de modo categórico que se había fijado para la una. Sin embargo, ahora veo... ‑No se preocupe ‑le interrumpió el starets‑. Ha llegado un poco tarde, pero eso no tiene importancia. ‑Muy agradecido. No esperaba menos de su bondad. Dicho esto, Dmitri Fiodorovitch se inclinó nuevamente, y después, volviéndose hacia su padre, le hizo un saludo igualmente profundo y respetuoso. Se veía que tenía premeditado este saludo, considerando un deber manifestar su cortesía y sus buenas intenciones. Fiodor Pavlovitch, aunque no esperaba este saludo de su hijo, supo salir del paso, levantándose y respondiéndole con una reverencia igual. Su semblante cobró una expresión de imponente gravedad, pero sin perder su matiz maligno. Después de haber correspondido en silencio a los saludos de todos los asistentes, Dmitri Fiodorovitch se dirigió con su paso firme a la ventana y ocupó el único asiento que había vacío, cerca de la silla del padre Paisius. Se inclinó hacia delante y se dispuso a escuchar la interrumpida conversación. La entrada de Dmitri Fiodorovitch sólo había distraído a los presentes durante dos o tres minutos. Luego se reanudó el debate general. Pero Piotr Alejandrovitch no creyó necesario responder a la pregunta apremiante a irritada del padre Paisius. ‑Dejemos este asunto ‑dijo con mundana desenvoltura‑. Es demasiado delicado. Mire a Iván Fiodorovitch. Nos observa y sonríe. Seguramente tiene algo interesante que decirnos. ‑No es nada de particular ‑repuso en el acto Iván Fiodorovitch‑. Sólo quiero decirles que, desde hace mucho tiempo, el liberalismo europeo en general, a incluso el diletantismo liberal ruso, suelen confundir los objetivos del socialismo con los del cristianismo. Esta absurda conclusión es un rasgo característico de ellos. Por lo demás, no son únicamente los liberales y los aficionados al liberalismo los que confunden las doctrinas socialistas con las cristianas, sino que también hay que incluir a los gendarmes, por lo menos en el extranjero. Su anécdota parisiense es muy significativa a este respecto, Piotr Alejandrovitch. ‑Solicito de nuevo que dejemos este tema ‑dijo Piotr Alejandrovitch‑. Pero antes permítame contar otra anécdota sumamente típica a interesante, relacionada con Iván Fiodorovitch. Hace cinco días, en una reunión en la que predominaba el elemento femenino, manifestó con toda seriedad, en el curso de una discusión, que ninguna ley del mundo obliga a las personas a amar a sus semejantes, que ninguna ley natural impone al hombre el amor a la humanidad, que si el amor había reinado en la tierra no se debía a ninguna ley natural, sino a la creencia en la inmortalidad. Iván Fiodorovitch añadió que ésta era la única ley natural; de modo que si se destruye en el hombre la fe en su inmortalidad, no solamente desaparecerá en él el amor, sino también la energía necesaria para seguir viviendo en este mundo. Además, entonces no habría nada inmoral y todo. incluso la antropofagia. estaría autorizado. Y esto no es todo; terminó afirmando que, para el individuo que no cree en Dios ni en su propia inmortalidad, la ley moral de la naturaleza es el polo opuesto de la ley religiosa; que, en este caso, el egoísmo, °incluso cuando alcanza un grado de perversidad, debe no sólo ser autorizado, sino reconocido como un desahogo necesario, lógico e incluso noble. Oída esta paradoja, pueden juzgar lo demás, señores; pueden formar juicio sobre lo que nuestro extravagante Iván Fiodorovitch se complace en proclamar, y acerca de sus intenciones eventuales. ‑¿He entendido bien? ‑exclamó de súbito Dmitri Fiodorovitch‑. «La maldad, para el ateo, no sólo está autorizada, sino que se considera como una manifestación natural necesaria y razonable. » ¿Es esto? ‑Exactamente ‑dijo el padre Paisius. ‑Lo tendré presente. Dicho esto, Dmitri Fiodorovitch enmudeció tan repentinamente como se había mezclado en la conversación. Todos le miraron con curiosidad. ‑¿Es posible que vea usted así las consecuencias de la desaparición de la fe en la inmortalidad del alma? ‑preguntó de súbito el starets a Iván Fiodorovitch. ‑Sí, yo creo que no hay virtud sin inmortalidad. ‑Si piensa usted de ese modo, es feliz, o tal vez muy desgraciado. ‑¿Por qué desgraciado? ‑preguntó Iván Fiodorovitch con una sonrisa. ‑Porque, según todas las apariencias, usted no cree en la inmortalidad del alma ni en nada de lo que se ha escrito sobre la Iglesia. ‑Tal vez tenga usted razón. Sin embargo, no he hablado en broma ‑manifestó Iván Fiodorovitch enrojeciendo ante esta singular declaración. ‑Cierto: usted no ha bromeado. Expone una idea que todavía no se ha resuelto en su corazón y que le tortura. También al mártir le gusta a veces recrearse en su desesperación. Por el momento, es la desesperación lo que le lleva a usted a distraerse con artículos y conversaciones de sociedad, sin creer en su propia dialéctica y sonriendo dolorosamente en su interior. Esa cuestión no está todavía resuelta en usted, y ello le atormenta porque redama urgentemente una solución. ‑¿Pero puede esa cuestión resolverse en mí, resolverse en un sentimiento positivo? ‑preguntó Iván Fiodorovitch con extraño acento y mirando al starets con una sonrisa inexplicable. ‑Si no se resuelve positivamente, tampoco se resolverá nunca en un sentido negativo. Usted conoce esta propiedad de su corazón. Esto es lo que le tortura. Pero dé gracias al Creador por haberle dotado de un corazón sublime, capaz de atormentarse de ese modo, de pensar en las cosas del cielo y de investigarlas, pues allí está nuestra morada. Que Dios le permita encontrar la solución aquí abajo y que bendiga sus caminos. El starets levantó la mano para hacer desde su asiento la señal de la Cruz a Iván Fiodorovitch; pero éste se levantó, fue hacia él, recibió su bendición, le besó la mano y volvió a su sitio sin decir palabra. Su semblante expresaba gravedad y energía. Esta actitud y toda su conversación anterior con el starets, que no se esperaban de él, sorprendieron a todos, al percibir en ellas algo indefinible, enigmático y solemne. Hubo un momento de silencio general. El rostro de Aliocha tenía una expresión de inquietud que rayaba en el espanto. Miusov se encogió de hombros, y en este momento se puso de pie Fiodor Pavlovitch. ‑Divino y Santo starets ‑exclamó señalando a Iván Fiodorovitch‑, éste es mi hijo bienamado, la carne de mi carne. Es, por decirlo así, mi reverente Karl Moor. Y aquí está mi otro hijo, el que acaba de llegar, Dmitri Fiodorovitch, al que pido una explicación en presencia de usted. Éste es el irreverente Frantz Moor. Los dos aparecen en Los bandidos, de Schiller, y yo soy en esta ocasión el Regierender Graf von Moor. Júzguenos y sálvenos. Necesitamos no sólo sus oraciones, sino también sus pronósticos. ‑Empiece usted por ser razonable y no ofender a las personas de su familia ‑respondió el starets con voz desfallecida. Su fatiga iba en aumento y sus fuerzas decrecían visiblemente. ‑¡Esto es una indigna comedia! ‑exclamó Dmitri Fiodorovitch, que se había levantado también‑. Me lo figuraba cuando venía hacia aquí. Perdóneme, reverendo padre. Mi instrucción es escasa a ignoro el tratamiento que hay que darle, pero debo decirle que le han engañado, abusando de su bondad. Usted no debió concedernos esta entrevista. Mi padre sólo desea provocar un escándalo. ¿Con qué objeto? Lo ignoro, pero en él todo es premeditado. Y ahora me parece comprender... ‑Todo el mundo me acusa ‑dijo Fiodor Pavlovitch‑, sin excluir a Piotr Alejandrovitch. Sí, Piotr Alejandrovitch, usted me acusa ‑dijo, volviéndose hacia Miusov, aunque éste no tenía el menor propósito de contradecirle‑. Me acusan de haber ocultado el dinero de mi hijo y no haberle dado un céntimo. Pero díganme ustedes: ¿no existen los tribunales? Allí se te rendirán cuentas, Dmitri Fiodorovitch. Con tus recibos, tus camas y toda clase de documentos a la vista, se te dirá lo que tenías, lo que has gastado y lo que te queda. ¿Por qué se calla, Piotr Alejandrovitch? Dmitri Fiodorovitch no es un extraño para usted. Y es que todos van contra mi. Por eso Dmitri Fiodorovitch mantiene su deuda conmigo, y no una pequeña deuda, sino una deuda de varios miles de rublos, como puedo demostrar. Sus excesos son la comidilla de toda la ciudad. Cuando estuvo en el ejército, gastó en diversas poblaciones más de mil rublos para seducir a muchachas honestas. Esto, Dmitri Fiodorovitch, lo sé con todo detalle, y puedo probarlo. Aunque a usted le parezca mentira, reverendo starets, ha conseguido que se prende de él una joven distinguida y acomodada, la hija de su antiguo jefe, bravo coronel que prestó extraordinarios servicios y al que se impuso el collar de Santa Ana con espadas. Esta huérfana, con la que se ha comprometido a casarse, habita ahora en nuestra localidad. Y aunque es su prometida, Dmitri Fiodorovitch no se oculta de ella para visitar a cierta « sirena». Ésta, aunque ha vivido ilícitamente con un hombre respetable, pero de carácter independiente, es una fortaleza inexpugnable, pues, en el fondo, es una mujer virtuosa... Sí, reverendos padres, es virtuosa. Pues bien, Dmitri Fiodorovitch quiere abrir esta fortaleza con una llave de oro. Por eso se hace ahora el bueno conmigo: quiere sacarme dinero. Ya ha gastado miles de rublos por esa sirena. Esto explica que pida prestado sin cesar. ¿Y saben ustedes a quién? ¿Lo digo, Mitia? ‑¡Calla! Espera a que me haya marchado. No difames en mi presencia a la más honesta de las mujeres. ¡No lo consentiría! Se ahogaba de furor. ‑¡Oh Mitia! ‑exclamó Fiodor Pavlovitch, haciendo esfuerzos por llorar‑. ¿Es que te olvidas de la maldición paterna? ¿Qué será de ti si te maldigo? ‑¡Miserable hipócrita! ‑rugió Dmitri Fiodorovitch. ‑¡Ya ven ustedes cómo trata a su padre, a su propio padre! ¿Qué hará con los demás? Escuchen, señores: hay un hombre pobre, pero honorable; un capitán separado del ejército a consecuencia de una desgracia, no de un juicio; un hombre honorable que tiene a su cargo una familia numerosa. Pues bien, hace tres semanas, Dmitri Fiodorovitch lo cogió de la barba en una taberna, lo sacó a rastras a la calle y lo golpeó delante de todo el mundo, únicamente porque este hombre está encargado de mis intereses en cierto asunto. ‑¡Todo eso es falso! ‑exclamó Dmitri Fiodorovitch, temblando de cólera‑. La parte exterior es verdad, pero el fondo es todo una mentira. No pretendo justificar mi conducta. Declaro que me conduje brutalmente con ese capitán y que ahora lo lamento y me horrorizo de mi brutalidad. Pero ese capitán, el encargado de tu negocio, visitó a esa mujer que tú llamas «sirena» y le propuso en tu nombre endosar los pagarés firmados por mi que tienes en tu poder, con objeto de perseguirme y hacerme detener, en caso de que yo apretase demasiado en el arreglo de nuestras cuentas. Si quieres verme en la cárcel, es sólo por celos, porque has rondado a esa mujer. Estoy al corriente de todo: ella misma lo ha contado, burlándose de ti. Así es, reverendos padres, este hombre, este padre que acusa a su hijo de proceder mal. Ustedes son testigos. Perdonen mi cólera. Ya presentía yo que este pérfido viejo nos había convocado aquí para provocar un escándalo. He venido con la intención de perdonarlo si me hubiera tendido la mano, de perdonarlo y de pedirle perdón. Pero como acaba de insultarme y de insultar a esa noble joven, cuyo nombre, por respeto, no quiero pronunciar, puesto que no es necesario, he decidido desenmascararlo públicamente, aunque sea mi padre. No pudo continuar. Sus ojos centelleaban y respiraba con dificultad. Todos los reunidos daban muestras de emoción, excepto el starets, y todos se habían levantado nerviosamente. Los religiosos habían adoptado una expresión severa, pero esperaban oír a su viejo maestro. Éste estaba pálido, no de emoción, sino a causa de su enfermedad. Una sonrisa de súplica se dibujaba en sus labios. A veces había levantado la mano para poner freno a la violencia de la disputa. Hubiera podido poner fin a la escena con un solo gesto, pero, con los ojos impávidos, parecía esforzarse en comprender algún detalle que no veía claro. Al fin, Piotr Alejandrovitch se sintió definitivamente herido en su dignidad. ‑Todos somos culpables de este escándalo ‑declaró con vehemencia‑; pero yo no preveía esto cuando venía hacia aquí, aunque sabía en compañía de quién estaba. Hay que terminar en seguida. Reverendo starets, le aseguro que yo no conocía exactamente todos los detalles que aquí se han revelado: no podía creer en ellos. El padre tiene celos del hijo a causa de una mujer de mala vida, y procura entenderse con esta mujer para encarcelar al hijo... ¡Y se me ha hecho venir aquí en compañía de semejante hombre...! Se me ha engañado, lo mismo que se ha engañado a los demás. ‑Dmitri Fiodorovitch ‑gritó de pronto Fiodor Pavlovitch con una voz que no parecía la suya‑, si no fueras mi hijo, ahora mismo lo retaría a un duelo, a pistola, a tres pasos y a través de un pañuelo, ¡si, a través de un pañuelo! ‑repitió en el colmo del furor. Los viejos farsantes que han mentido durante toda su vida, se compenetran a veces de tal modo con su papel, que tiemblan y lloran de emoción, aunque en el mismo momento, o inmediatamente después, puedan decirse: «Estás mintiendo, viejo desvergonzado; sigues representando un papel, a pesar de tu indignación sincera.» Dmitri Fiodorovitch miró a su padre con un desprecio indecible. ‑Mi propósito era ‑le dijo en voz baja‑ regresar a mi tierra natal con mi prometida, ese ángel, para alegrar los días de tu vejez, y me encuentro con un viejo depravado y un vil farsante. ‑¡Nos batiremos! ‑gritó el viejo, jadeando y babeando a cada palabra‑. En cuanto a usted, Piotr Alejandrovitch, ha de saber que en toda su genealogía no hay seguramente una mujer más noble, más honesta..., ¿lo oye usted?, más honesta que esa a la que se ha permitido llamar de «mala vida». Y tú, Dmitri Fiodorovitch, que has reemplazado a tu novia por esa mujer, habrás podido comprobar que tu prometida no le llega a la suela de los zapatos. ‑¡Es vergonzoso! ‑dijo el padre José. ‑¡Es una vergüenza y una infamia! ‑exclamó una voz juvenil, trémula de emoción. Era la voz de Kalganov, que hasta entonces había guardado silencio y cuya cara había enrojecido de pronto. ‑¿Por qué existirá semejante hombre? ‑exclamó sordamente Dmitri Fiodorovitch, al que la cólera trastornaba, y alzando los hombros de tal modo que parecía jorobado‑. Díganme: ¿se le puede permitir que siga deshonrando al mundo? Y miró en torno de él, mientras señalaba a su padre con el brazo extendido. Hablaba lentamente, con gran aplomo. ‑¿Lo oyen ustedes? ‑exclamó Fiodor Pavlovitch mirando al padre José‑. Ahí tiene usted la respuesta a su exclamación. «¡Es vergonzoso!» Esa mujer « de mala vida» es tal vez más santa que todos ustedes, señores religiosos, que viven entregados a Dios. Cayó en su juventud, víctima de su ambiente, pero ha amado mucho, y Jesucristo perdonó a aquella mujer que había amado mucho. ‑No fue un amor de ese género el que Jesucristo perdonó ‑replicó, perdiendo la paciencia, el bondadoso padre José. ‑Sí, señores monjes. Ustedes, porque hacen vida conventual y comen coles, se consideran sabios. También comen gobios, uno diario, y creen que con estos pescados comprarán a Dios. ‑¡Esto es intolerable! ‑exclamaron varias voces. Pero esta ruidosa escena quedó interrumpida del modo más inesperado. De súbito, el starets se levantó. Alexei, tan aterrado que apenas podía mantenerse en pie, tuvo fuerzas, sin embargo, para sostener a su anciano maestro, cogiéndole del brazo. El starets se fue hacia Dmitri Fiodorovitch, y cuando llegó ante él, se arrodilló. Aliocha creyó que había caído ya sin fuerzas, pero no era así. Una vez arrodillado, el starets se inclinó ante los pies de Dmitri Fiodorovitch. Fue un saludo profundo, consciente, preciso, en el que su frente casi tocó el suelo. Aliocha se quedó tan atónito, que ni siquiera le ayudó a levantarse. En los labios del starets se dibujaba una débil sonrisa. ‑Perdónenme, perdónenme todos ‑dijo a sus huéspedes, haciendo inclinaciones a derecha a izquierda. Dmitri Fiodorovitch estuvo unos instantes petrificado. ¡Prosternarse ante él! ¿Qué significaba esto...? Al fin, exclamó: «¡Dios mio!» Se cubrió la cara con las manos y salió corriendo de la celda. Todos sus compañeros le siguieron presurosos, y tan aturdidos, que ni siquiera se acordaron de despedirse del jefe de la casa. Sólo los religiosos se acercaron a él para recibir su bendición. ‑¿Por qué se habrá prosternado? ¿Será algún acto simbólico? Así intentó Fiodor Pavlovitch, que de súbito se había calmado, reanudar la conversación. Pero no se atrevió a dirigirse a nadie particularmente. En este momento cruzaban la puerta del recinto de la ermita. ‑No sé nada de esas locuras ‑repuso inmediatamente y con aspereza Piotr Alejandrovitch‑. Lo que puedo asegurarle, Fiodor Pavlovitch, es que me desligo de usted, y para siempre. ¿Dónde está ese monje que nos acompañaba? El monje por el que preguntaba Piotr Alejandrovitch y que les había invitado a comer con el padre abad no se hizo esperar. Se unió a los visitantes en el momento en que éstos bajaban los escalones del pórtico. Al parecer, los había estado esperando durante todo el tiempo que había durado la reunión. Piotr Alejandrovitch le dijo, sin ocultar su irritación: ‑Tenga la bondad, reverendo padre, de transmitir al padre abad la expresión de mi más profundo respeto y presentarle mis excusas. Circunstancias imprevistas me impiden, muy a pesar mío, aceptar su invitación. ‑La circunstancia imprevista soy yo ‑intervino al punto Fiodor Pavlovitch‑. Oiga, padre: Piotr Alejandrovitch no quiere estar conmigo; de lo contrario, habría ido de buena gana. Vaya usted, Piotr Alejandrovitch, y buen provecho. Soy yo el que me voy. Vuelvo a mi casa, donde podré comer, cosa que me sería imposible hacer aquí, mi querido pariente. ‑Yo no soy ni he sido jamás pariente suyo, hombre despreciable. ‑Lo he dicho expresamente para irritarle, porque sé que a usted le molesta este parentesco. Sin embargo, usted, a pesar de sus arrogantes protestas, es pariente mío, y lo puedo probar con documentos... Te enviaré el coche si quieres, Iván... Piotr Alejandrovitch,.su buena educación le obliga a acudir a la mesa del padre abad, y no olvide que debe excusarme de las tonterías que hemos cometido. ‑¿De veras se marcha usted? ¿No nos engaña? ‑¿Cree usted que puedo atreverme a bromear después de lo que ha pasado? Me he dejado llevar de los nervios, señores; perdónenme. Estoy confundido, avergonzado. Lo mismo se puede tener el corazón de Alejandro de Macedonia que el de un perrito. Yo me parezco al chuchito Fidele. La timidez se ha apoderado de mí. Después de lo ocurrido, no puedo comer los guisos del monasterio. Estoy avergonzado. Perdónenme, pero no me es posible acompañarles. «¿No será todo una farsa? Sólo el diablo sabe de lo que es capaz este hombre.» Mientras se hacía esta reflexión, Miusov se detuvo y siguió con la mirada perpleja al payaso que se alejaba. Éste se volvió y, viendo que Piotr Alejandrovitch le observaba, le envió un beso con la mano. ‑¿Viene usted a comer con el padre abad? ‑preguntó Miusov a Iván Fiodorovitch. ‑¿Por qué no? Estoy invitado personalmente desde ayer. ‑Desgraciadamente, me siento obligado a asistir a esa maldita comida ‑dijo Miusov con amarga irritación, sin preocuparse de que el monjecillo le escuchaba‑. Por lo menos, tenemos que excusarnos de lo que ha ocurrido y explicar que no ha sido cosa nuestra. ¿No le parece? ‑Sí, hay que explicar que no ha sido cosa nuestra. Además, mi padre no asistirá ‑observó Iván Fiodorovitch. ‑¡Sólo faltaba que asistiera su padre! ¡Maldita comida! Sin embargo, todos iban hacia el monasterio. El monjecillo escuchaba en silencio. Al atravesar el bosque, dijo que el padre abad les esperaba desde hacía un buen rato, que ya llevaban más de media hora de retraso. Nadie le contestó. Miusov observó a Iván Fiodorovitch con una expresión de odio. «Va a la comida como si nada hubiese ocurrido ‑pensó‑. Cara de vaqueta y conciencia de Karamazov.»

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Los Hermanos Karamazov: Libro 2, Cap 2
InfoporAnónimoFecha desconocida

Libro Completo por Capitulos Introduccion: Los hermanos Karamázov (en ruso: Братья Карамазовы, ˈbratʲjə kərɐˈmazəvɨ) es la última novela del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, publicada en noviembre de 1880. Es considerada por muchos autores como una de las obras más importantes de la literatura universal. Libro 2: Cap 2: UN VIEJO PAYASO Entraron casi al mismo tiempo que el starets, el cual había salido de su dormitorio apenas llegaron los visitantes. Éstos entraron en la celda precedidos por dos religiosos de la ermita: el padre bibliotecario y el padre Pasius, hombre enfermizo a pesar de su edad poco avanzada, pero notable por su erudición, según decían. Además, había allí un joven que llevaba un redingote y que debía de frisar en los veintidós años. Era un antiguo alumno del seminario, futuro teólogo, al que protegía el monasterio. Era alto, de tez fresca, pómulos salientes y ojillos oscuros y vivos. Su rostro expresaba cortesía, pero no servilísmo. No saludó a los visitantes como un igual, sino como un subalterno, y permaneció de pie durante toda la conferencia. El starets Zósimo se presentó en compañía de un novicio y de Aliocha. Los religiosos se pusieron en pie y le hicieron una profunda reverencia, tocando el suelo con las puntas de los dedos. Después recibieron la bendición del starets y le besaron la mano. El starets les contestó con una reverencia igual ‑hasta tocar con los dedos el suelo‑ y les pidió lo bendijesen. Esta ceremonia, revestida de grave solemnidad y desprovista de la superficialidad de la etiqueta mundana, no carecía de emoción. Sin embargo, Miusov, que estaba delante de sus compañeros, la consideró premeditada. Cualesquiera que fuesen sus ideas, la simple educación exigía que se acercara al starets para recibir su bendición, aunque no le besara la mano. El día anterior había decidido hacerlo así, pero ante aquel cambio de reverencias entre los monjes había variado de opinión. Se limitó a hacer una grave y digna inclinación de hombre de mundo y fue a sentarse. Fiodor Pavlovitch hizo exactamente lo mismo, o sea que imitó a Miusov como un mono. El saludo de Iván Fiodorovitch fue cortés en extremo, pero el joven mantuvo también los brazos pegados a las caderas. En lo concerniente a Kalganov, estaba tan confundido, que incluso se olvidó de saludar. El starets dejó caer la mano que había levantado para bendecirlos y los invitó a todos a sentarse. La sangre afluyó a las mejillas de Aliocha. Estaba avergonzado: sus temores se cumplían. El starets se sentó en un viejo y antiquísimo sofá de cuero a invitó a sus visitantes a instalarse frente a él, en cuatro sillas de caoba guarnecidas de cuero lleno de desolladuras. Los religiosos se colocaron uno junto a la puerta y el otro al lado de la ventana. El seminarista, Aliocha y el novicio permanecieron de pie. La celda era poco espaciosa, y su atmósfera, densa y viciada. Contenía lo más indispensable: algunos muebles y objetos toscos y pobres; dos macetas en la ventana; en un ángulo, numerosos cuadritos de imágenes y una gran Virgen, pintada, con toda seguridad, mucho antes del raskol. Ante la imagen ardía una lamparilla. No lejos de ella había otros dos iconos de brillantes vestiduras, dos querubines esculpidos, huevos de porcelana, un crucifijo de marfil, al que abrazaba una Mater dolorosa, y varios grabados extranjeros, reproducciones de obras de pintores italianos famosos de siglos pasados. Junto a estas obras de cierto valor se exhibían vulgares litografías rusas: esos retratos de santos, de mártires, de prelados, que se venden por unos cuantos copecs en todas las ferias. Miusov paseó una rápida mirada por todas estas imágenes y después observó al starets. Creía poseer una mirada penetrante, debilidad excusable en un hombre que tenía ya cincuenta años, mucho mundo y mucho dinero. Estos hombres lo toman todo demasiado en serio, a veces sin darse cuenta. Desde el primer momento, el starets le desagradó. Ciertamente, había en él algo que podía despertar la antipatía no sólo de Miusov, sino de otras personas. Era un hombrecillo encorvado, de piernas débiles, que tenía sólo unos sesenta años, pero que parecía tener diez más, a causa de sus achaques. Todo su rostro reseco estaba surcado de pequeñas arrugas, especialmente alrededor de los ojos, que eran claros, pequeños, vivos y brillantes como puntos luminosos. Sólo le quedaban unos mechones de cabello gris sobre las sienes. Su barba, rala y de escasas dimensiones, terminaba en punta. Sus labios, delgados como dos cordones, sonreían a cada momento. Su puntiaguda nariz parecía el pico de un ave. «Según todas las apariencias, es un hombre malvado, mezquino, presuntuoso», pensó Miusov, que sentía una creciente aversión hacia él. Un pequeño reloj de péndulo dio doce campanadas, y esto rompió el hielo. ‑Es la hora exacta ‑afirmó Fiodor Pavlovitch‑, y mi hijo Dmitri Fiodorovitch no ha venido todavía. Le presento mis excusas por él, santo starets. Al oír estas dos últimas palabras, Aliocha se estremeció. ‑Yo soy siempre puntual ‑continuó Fiodor Pavlovitch‑. Nunca me retraso más de un minuto, pues no olvido que la exactitud es la cortesía de los reyes. ‑Pero usted no es rey, que yo sepa ‑gruñó Miusov, incapaz de contenerse. ‑¡Pues es verdad! Y crea que lo sabía, Piotr Alejandrovitch: le doy mi palabra. Pero, ¿qué quiere usted?, la lengua se me va. De pronto se encaró con el starets y exclamó en un tono patético: ‑Reverendísimo padre, tiene usted ante sí un payaso. Siempre hago así mi presentación. Es una antigua costumbre. Si digo a veces despropósitos, lo hago con toda intención, a fin de hacer reír y ser agradable. Hay que ser agradable, ¿no es cierto? Hace siete años fui a una pequeña ciudad para tratar pequeños negocios que hacia a medias con pequeños comerciantes. Fuimos a ver al ispravnik, al que teníamos que pedir algo a invitar a una colación. Apareció el ispravnik. Era un hombre alto, grueso, rubio y sombrío. Estos individuos son los más peligrosos en tales casos, pues la bilis los envenena. Le dije con desenvoltura de hombre de mundo: «Señor ispravnik, usted será, por decirlo así, nuestro Napravnik.» Él me contestó: «¿Qué Napravnik?» Vi inmediatamente, por lo serio que se quedó, que no había comprendido. Expliqué: «Ha sido una broma. Mi intención ha sido alegrar los ánimos. El señor Napravnik es un director de orquesta conocido, y para la armonía de nuestra empresa necesitamos precisamente una especie de director de orquesta...» Tanto la explicación como la comparación eran razonables, ¿no le parece? Pero él dijo: «Perdón, yo soy ispravnik y no permito que se hagan chistes sobre mi profesión.» Nos volvió la espalda. Yo corrí tras él gritando: «Si, sí; usted es ispravnik y no Napravnik.» Total, que se nos vino abajo el negocio. Siempre me pasa lo mismo. Ser demasiado amable me perjudica. Otra vez, hace ya muchos años, dije a un personaje importante: «Su esposa es una mujer muy cosquillosa.» Quise decir que tenía una sensibilidad muy fina. Entonces él me preguntó: «¿Usted lo ha comprobado?» Yo decidí ser amable y respondí: «Sí, señor: lo he comprobado.» Y entonces las cosquillas me las hizo él a mi... Como hace de esto mucho tiempo, no me importa contarlo. Así es como siempre me estoy perjudicando. ‑Es lo que está usted haciendo en este momento ‑dijo Miusov, contrariado. El starets los miró en silencio a los dos. ‑Le aseguro que lo sabía, Piotr Alejandrovitch –repuso Fiodor Pavlovitch‑. Presentía que diría cosas como éstas apenas abriese la boca, y también estaba seguro de que usted sería el primero en llamarme la atención... Reverendísimo starets, al ver que mi broma no ha tenido éxito me doy cuenta de que he llegado a la vejez. Esta costumbre de hacer reír data de mi juventud, de cuando era un parásito entre la nobleza y me ganaba el pan de este modo. Soy un payaso auténtico, innato, lo que equivale a decir inocente. Reconozco que un espíritu impuro debe de alojarse en mí, pero sin duda es muy modesto. Si fuera más importante, habría buscado otro alojamiento. Pero no se habría refugiado en usted, Piotr Alejandrovitch, porque usted no es una persona importante. Yo, en cambio, creo en Dios. Últimamente tenía mis dudas, pero ahora sólo me falta oír una frase sublime. En esto me parezco al filósofo Diderot. ¿Sabe usted, santísimo starets, cómo se presentó al metropolitano Platón, cuando reinaba la emperatriz Catalina? Entra y dice sin preámbulos: «¡Dios no existe!» A lo que el alto prelado responde: « ¡El insensato ha dicho de todo corazón que Dios no existe!» Inmediatamente, Diderot se arroja a sus pies y exclama: «¡Creo y quiero recibir el bautismo!» Y se le bautizó en el acto. La princesa Dachkhov fue la madrina, y Potemkin, el padrino... ‑Esto es intolerable, Fiodor Pavlovitch ‑exclamó Miusov con voz trémula, incapaz de contenerse‑. Está usted mintiendo. Y sabe muy bien que esa estúpida anécdota es falsa. No se haga el pícaro. ‑Siempre he creído que era una solemne mentira ‑aceptó Fiodor Pavlovitch con vehemencia‑. Pero ahora, señores, les diré toda la verdad. Eminente starets, perdóneme: el final, lo del bautismo de Diderot, ha sido invención mía. Jamás me había pasado por la imaginación: se me ha ocurrido para sazonar la anécdota. Si me hago el pícaro, Piotr Alejandrovitch, es por gentileza. Bien es verdad que muchas veces ni yo mismo sé por qué lo hago. En lo que concierne a Diderot, he oído contar repetidamente eso de: «El insensato ha dicho... » Me lo decían en mi juventud los terratenientes del país en cuyas casas habitaba. Una de las personas que me lo contaron, Piotr Alejandrovitch, fue su tía Mavra Fominichina. Hasta este momento todo el mundo está convencido de que el impío Diderot visitó al metropolitano‑para discutir sobre la existencia de Dios. Miusov se puso en pie. Había llegado al límite de la paciencia y estaba fuera de sí. Se sentía indignado y sabía que su indignación lo ponía en ridículo. Lo que estaba ocurriendo en la celda del starets era verdaderamente intolerable. Desde hacía cuarenta o cincuenta años, los visitantes que entraban en ella se comportaban con profundo respeto. Casi todos los que conseguían el permiso de entrada comprendían que se les otorgaba un favor especialísimo. Muchos de ellos se arrodillaban y así permanecían durante toda su estancia en la celda. Personas de elevada condición, eruditos, a incluso librepensadores que visitaban el monasterio por curiosidad o por otra causa cualquiera, consideraban un deber testimoniar al starets un profundo respeto durante toda la entrevista, fuera pública o privada, y más no tratándose de ningún asunto de dinero. Allí no existía más que el amor y la bondad en presencia del arrepentimiento y del anhelo de resolver un problema moral y complicado, una crisis de la vida sentimental. De aquí que las payasadas de Fiodor Pavlovitch, impropias del lugar, hubieran provocado la inquietud y el estupor de los testigos, por lo menos de la mayoría de ellos. Los religiosos permanecían impasibles, pendientes de la respuesta del starets, pero parecían dispuestos a levantarse como Miusov. Aliocha sentía deseos de llorar y tenía la cabeza baja. Todas sus esperanzas se concentraban en su hermano Iván, el único que tenía influencia sobre su padre, y le sorprendía sobremanera verle inmóvil en su asiento, con los ojos bajos, esperando con curiosidad el desenlace de la escena, como si fuese ajeno al debate por completo. Aliocha no se atrevía a mirar a Rakitine (el seminarista), con el que tenía cierta intimidad. Él era el único del monasterio que conocía sus pensamientos. ‑Perdóneme ‑dijo Miusov al levantarse, dirigiéndose al starets‑ por participar, aunque sólo sea con mi presencia, en estas bromas indignas. Me he equivocado al creer que incluso un individuo de la índole de Fiodor Pavlovitch sabría comportarse como es debido en presencia de una persona tan respetable como usted... Nunca creí que tendría que excusarme por haber venido en su compañía. Piotr Alejandrovitch no pudo continuar. En el colmo de la confusión, se dispuso a dirigirse a la puerta. ‑No se inquiete, por favor ‑dijo el starets, levantándose sobre sus débiles piernas. Cogió a Piotr Alejandrovitch de las manos y le obligó a sentarse de nuevo. ‑Cálmese. Es usted mi huésped. Piotr Alejandrovitch hizo una reverencia y volvió a sentarse. ‑Eminente starets ‑exclamó de pronto Fiodor Pavlovitch‑, le ruego que me diga si, en mi vehemencia, le he ofendido. Y sus manos se aferraban a los brazos del sillón, como si estuviese dispuesto a saltar si la respuesta era afirmativa. ‑También a usted le suplico que no se inquiete ‑dijo el starets con acento y ademán majestuosos‑. Esté tranquilo, como si estuviese en su casa. Y, sobre todo, no se avergüence de sí mismo, pues de ahí viene todo el mal. ‑¿Que esté como en mi casa?, ¿que me muestre como soy? Esto es demasiado; me conmueve usted con su amabilidad. Pero le aconsejo, venerable starets, que no me anime a mostrarme al natural: es un riesgo demasiado grande. No, no iré tan lejos. Le diré sólo lo necesario para que sepa a qué atenerse; lo demás pertenece al reino de las tinieblas, de lo desconocido, aunque algunos se anticipen a darme lecciones. Esto lo digo por usted, Piotr Alejandrovitch. A usted, santa criatura ‑añadió, dirigiéndose al starets‑, he aquí lo que le digo: Estoy desbordante de entusiasmo ‑se levantó, alzó los brazos y exclamó‑: ¡Bendito sea el vientre que lo ha llevado dentro y los pechos que lo han amamantado, los pechos sobre todo! Al decirme usted hace un momento: «No se avergüence de sí mismo, pues todo el mal viene de ahí», su mirada me ha taladrado y leído en el fondo de mi ser. Efectivamente, cuando me dirijo a alguien, me parece que soy el más vil de los hombres y que todo el mundo ve en mi un payaso. Entonces me digo: «Haré el payaso. ¿Qué me importa la opinión de la gente, si desde el primero hasta el último son más viles que yo?» He aquí por qué soy un payaso, eminente starets: por vergüenza, sólo por vergüenza. No alardeo por timidez. Si estuviera seguro de que todo el mundo me había de recibir como a un ser simpático y razonable, ¡Dios mío, qué bueno sería! Se arrodilló ante el starets y preguntó: ‑Maestro, ¿qué hay que hacer para conseguir la vida eterna? Era difícil dilucidar si estaba bromeando o si hablaba con emoción sincera. El starets le miró y dijo sonriendo: ‑Hace mucho tiempo que usted mismo sabe lo que hay que hacer, pues no le falta inteligencia: no se entregue a la bebida ni a las intemperancias del lenguaje; no se deje llevar de la sensualidad y menos del amor al dinero; cierre sus tabernas, por los menos dos o tres si no puede cerrarlas todas. Y, sobre todo, no mienta. ‑¿Lo dice por lo que he contado de Diderot? ‑No, no lo digo por eso. Empiece por no mentirse a si mismo. El que se miente a si mismo y escucha sus propias mentiras, llega a no saber lo que hay de verdad en él ni en torno de él, o sea que pierde el respeto a sí mismo y a los demás. Al no respetar a nadie, deja de querer, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y a los placeres más bajos. Llega a la bestialidad en sus vicios. Y todo ello procede de mentirse continuamente a sí mismo y a los demás. El que se miente a si mismo, puede ser víctima de sus propias ofensas. A veces se experimenta un placer en autoofenderse, ¿verdad? Un hombre sabe que nadie le ha ofendido, sino que la ofensa es obra de su imaginación, que se ha aferrado a una palabra sin importancia y ha hecho una montaña de un montículo; sabe que es él mismo el que se ofende y que experimenta en ello una gran satisfacción, y por esta causa llega al verdadero odio... Pero levántese y vuelva a ocupar su asiento. Ese arranque también es falso. ‑¡Déjeme besar su mano, bienaventurado padre! Y Fiodor Pavlovitch se levantó y posó sus labios en la mano descarnada del starets. ‑Tiene usted razón ‑siguió diciendo‑. Ofenderse a uno mismo es un placer. Nunca había oído decir eso tan certeramente. Sí, durante toda mi vida ha sido para mí un placer ofenderme. Por una cuestión de estética, pues recibir ofensas no sólo deleita, sino que, a veces, es hermoso. Se ha olvidado usted de este detalle, eminente starets: el de la belleza. Lo anotaré en mi carné. En cuanto a mentir, no he hecho otra cosa en toda mi vida. He mentido diariamente y a todas horas. En cierto modo, yo mismo soy una mentira y padre de la mentira. Pero no, no creo que pueda llamarme padre de la mentira. ¡Me armo unos líos! Digamos que soy hijo de la mentira: es más que suficiente... Pero mentir acerca de Diderot no perjudica a nadie. En cambio, hay ciertas mentiras que hacen daño. Por ejemplo, eminente starets, recuerdo que hace tres años me propuse venir aquí, pues deseaba ávidamente conocer, descubrir la verdad. Le ruego que diga a Piotr Alejandrovitch que no me interrumpa. Dígame, reverendísimo padre: ¿es cierto que en los «Mensuales» se habla de un santo taumaturgo que sufrió el martirio y, una vez decapitado, levantó su propia cabeza, la besó y la llevó en brazos largo tiempo? ¿Es eso verdad, padres? ‑No, dijo el starets‑, eso no es verdad. ‑No se cuenta nada semejante en ningún «Mensual» ‑afirmó el padre bibliotecario‑. ¿A qué santo se aplica eso? ‑No lo sé. Es una cuestión que desconozco. El error viene de otros. Lo oí decir. ¿Y saben ustedes a quién? A este mismo Piotr Alejandrovitch Miusov que acaba de enfurecerse por lo que he contado de Diderot. ‑Yo no le he contado eso jamás, por la sencilla razón de que nunca hablo con usted. ‑Cierto que usted no me lo ha contado a mi directamente, pero lo dijo, hace cuatro años, a un grupo de personas en el que yo figuraba. Si he recordado el hecho es porque usted quebrantó mi fe con este relato cómico. Aunque no lo crea, volví a mi casa con la fe aniquilada. Desde entonces, cada vez dudé más. Sí, Piotr Alejandrovitch, usted me hizo mucho daño. Aquello fue muy distinto de mi invención sobre Diderot. Fiodor Pavlovitch se exaltó patéticamente, aunque todos se dieron cuenta de que de nuevo adoptaba una actitud teatral. Pero Miusov se sentía herido en lo más vivo. ‑¡Qué absurdo! ‑exclamó‑. Tan absurdo como todo lo demás que usted ha contado. Desde luego, yo no le dije eso a usted. Lo ocurrido fue que yo oí en Paris contar a un francés que, en una misa dicha en nuestro país, se leyó este episodio en los «Mensuales». El francés era un erudito que permaneció largo tiempo en Rusia, dedicado especialmente al estudio de cuestiones de estadística. En lo que a mí concierne, no he leído los «Mensuales» ni los leeré nunca... En la mesa se dicen muchas cosas. Y entonces estábamos comiendo. ‑Si ‑dijo Fiodor Pavlovitch para mortificarle‑. Usted comía mientras yo perdía la fe. «¿Qué me importa a mi su fe?», estuvo a punto de exclamar Miusov. Pero se contuvo y dijo con un gesto de desprecio: ‑Usted mancha todo lo que toca. El starets se levantó de súbito. ‑Perdónenme, señores, que les deje solos unos momentos ‑dijo, dirigiéndose a todos los visitantes‑, pero me esperan desde antes de la llegada de ustedes. Y añadió alegremente y dirigiéndose a Fiodor Pavlovitch: ‑Y usted procure no mentir. Se dirigió a la puerta. Aliocha y el novicio corrieron tras él para ayudarle a bajar la escalera. Aliocha estaba sofocado. Se sentía feliz ante la interrupción, y también al ver al starets contento y no con cara de hombre ofendido. El starets iba a trasladarse a la galería para bendecir a las mujeres que allí le esperaban, pero Fiodor Pavlovitch lo detuvo en la puerta de la celda. ‑Bienaventurado starets ‑exclamó, conmovido‑, permítame que vuelva a besarle la mano. Con usted se puede hablar y se puede vivir. Usted cree, sin duda, que yo miento continuamente y que siempre estoy haciendo el payaso. Pues bien, sólo lo he hecho para ver si se puede vivir a su lado, si hay un puesto para mi humildad junto a su elevada posición. Certifico que es usted un hombre sociable. Durante su ausencia no diré palabra. Permaneceré sentado y en silencio. Ahora, Piotr Alejandrovitch, puede usted hablar cuanto quiera. Durante diez minutos será usted el personaje principal de la reunión.

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Los Hermanos Karamazov: Libro 2, Cap 1
InfoporAnónimo1/24/2014

Libro Completo por Capitulos Introduccion: Los hermanos Karamázov (en ruso: Братья Карамазовы, ˈbratʲjə kərɐˈmazəvɨ) es la última novela del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, publicada en noviembre de 1880. Es considerada por muchos autores como una de las obras más importantes de la literatura universal. Libro Dos: Cap 1: LLEGADA AL MONASTERIO Terminaba el mes de agosto. El tiempo era excelente: temperatura agradable y cielo despejado. La reunión en la celda del starets se tenía que celebrar inmediatamente después de la última misa, a las once y media. Los conferenciantes llegaron a la hora fijada, en dos vehículos. El primero, una elegante calesa tirada por dos magníficos caballos, lo ocupaban Piotr Alejandrovitch Miusov y un pariente lejano suyo, Piotr Fomitch Kalganov. Éste era un joven de veinte años que se preparaba para ingresar en la universidad. Miusov, que lo tenía en su casa, le propuso llevarlo a Zurich o a Jena para que completara sus estudios; pero él no se había decidido aún. Era un joven pensativo y distraído, de fisonomía agradable, constitución robusta, aventajada estatura y mirada impasible, como es propio de las personas que no prestan atención a nada. Podía estar mirándonos durante largo rato sin vernos. Era un ser taciturno que a veces, cuando dialogaba a solas con alguien, se mostraba de pronto locuaz, vehemente, alborozado, sabe Dios por qué. Pero su imaginación era como un relámpago, como un fuego que se encendía y apagaba en un segundo. Vestía bien y con cierto atildamiento. Poseía una modesta fortuna y tenía esperanzas de aumentarla. Sostenía con Aliocha amistosas relaciones. Fiodor Pavlovitch y su hijo llegaron en un coche de alquiler deteriorado, aunque bastante espacioso, tirado por dos viejos caballos que seguían a la calesa a una respetuosa distancia. A Dmitri se le había anunciado el día anterior la hora de la reunión, pero aún no había llegado. Los visitantes dejaron sus coches en la posada, inmediata a los muros del recinto, y cruzaron a pie la gran puerta de entrada. Excepto Fiodor Pavlovitch, ninguno de ellos había visto el monasterio. Miusov, que no había entrado en una iglesia desde hacía treinta años, miraba a un lado y a otro con una mezcla de curiosidad y despreocupación. Aparte la iglesia y las dependencias ‑y éstas eran bastante vulgares‑, el monasterio no ofreció nada de particular a su espíritu observador. Los últimos fieles que salían de la iglesia se descubrían y se santiguaban. Entre la gente del pueblo había algunas personas de más altas esferas: dos o tres damas y un viejo general, que habían dejado también sus coches en la posada. Los mendigos rodeaban a los visitantes, pero nadie les daba nada. Sólo Kalganov sacó diez copecs de su monedero y, turbado no se sabía por qué, los entregó rápidamente a una buena mujer, a la que dijo en voz baja: ‑Para que os lo repartáis. Ninguno de sus compañeros hizo el menor comentario, y esto aumentó su confusión. Parecía lógico que alguien hubiera acudido a recibir a nuestros visitantes, a incluso a testimoniarles cierta consideración. Uno de ellos había entregado en fecha reciente mil rublos al monasterio; otro era un rico propietario que tenía a los monjes bajo su dependencia en lo referente a la pesca y a la tala de árboles, y los tendría hasta que se fallara el pleito. Sin embargo, allí no había ningún elemento oficial para recibirlos. Miusov miraba con expresión distraída las losas sepulcrales diseminadas en torno de la iglesia. Estuvo a punto de hacer la observación de que los ocupantes de aquellas tumbas debían de haber pagado un alto precio por el derecho de ser enterrados en un lugar tan santo, pero guardó silencio: su irritación se había impuesto a su ironía habitual. Luego murmuró como si hablara consigo mismo: ‑¿A quién diablos hay que dirigirse en esta casa de tócame Roque? Necesitamos saberlo, porque el tiempo pasa. De pronto se presentó ante ellos un personaje de unos sesenta años, que llevaba una amplia vestidura estival, calvo, de mirada amable. Con el sombrero en la mano, se presentó. Dijo ceceando que era el terrateniente Maximov, de la provincia de Tula. Se había compadecido del desconcierto de los visitantes. ‑El starets Zósimo habita en la ermita que está a cuatrocientos metros de aquí, al otro lado del bosquecillo. ‑Ya lo sé ‑respondió Fiodor Pavlovitch‑, pero hace tiempo que no he estado aquí y no me acuerdo del camino. ‑Salgan por esa puerta y atraviesen en línea recta el bosquecillo. Permítanme que les acompañe. Yo también... Por aquí, por aquí. Salieron del recinto y se internaron en el bosque. El hacendado Maximov avanzaba, mejor dicho, corría al lado del grupo, examinándolos a todos con una curiosidad molesta. Al mirarlos, abría desmesuradamente los ojos. Miusov dijo fríamente: ‑Hemos de ver al starets para un asunto particular. Hemos obtenido, por decirlo así, audiencia de ese personaje. Por lo tanto, y a pesar de lo muy agradecidos que le estamos a usted, no podemos invitarle a que entre con nosotros. ‑Yo lo he visto ya ‑repuso el modesto hidalgo‑. Un chevalier parfait. ‑¿Quién es ce chevalier? ‑preguntó Miusov. ‑El starets, el famoso starets Zósimo, gloria y honor del monasterio. Ese starets... Su locuacidad fue interrumpida por la llegada de un monje con cogulla, bajito, pálido, débil. Fiodor Pavlovitch y Miusov se detuvieron. El religioso los saludó con extrema cortesía y les dijo: ‑Caballeros, el padre abad les invita a almorzar después de la visita de ustedes a la ermita. El almuerzo será exactamente a la una. Usted también está invitado ‑dijo a Maximov. ‑Iré ‑afirmó Fiodor Pavlovitch, encantado de la invitación‑. Me guardaré mucho de faltar. Ya sabe que todos hemos prometido portarnos correctamente... ¿Usted vendrá, Piotr Alejandrovitch? ‑Desde luego. ¿Para qué estoy aquí sino para observar las costumbres del monasterio? Lo único que lamento es estar en compañía de usted. ‑Y Dmitri Fiodorovitch sin llegar. ‑Lo mejor que puede hacer es no venir. Ni usted ni su pleito familiar me divierten. Y añadió, dirigiéndose al monje: ‑Iremos a almorzar. Dé las gracias al padre abad. ‑Perdone, pero he de conducirlos a presencia del starets ‑dijo el monje. ‑En tal caso, yo voy a reunirme con el padre abad ‑dijo Maximov‑. Sí, estaré con él hasta que ustedes vayan. ‑El padre abad está muy ocupado en estos momentos ‑manifestó el monje, un tanto confundido‑, pero haga usted lo que le parezca. ‑Este viejo es un plomo ‑dijo Miusov cuando Maximov se hubo marchado camino del monasterio. ‑Se parece a Von Sohn ‑afirmó inesperadamente Fiodor Pavlovitch. ‑¡Vaya una ocurrencia! ¿En qué se parece a Von Sohn? Además, ¿acaso ha visto usted a Von Sohn? ‑Sí, en fotografía. Las facciones no son iguales, pero tienen una semejanza oculta. Sí, es un segundo Von Sohn; basta verle la cara para comprenderlo. ‑Es posible. Sin embargo, Fiodor Pavlovitch, acaba usted de recordar que hemos prometido portarnos correctamente. ¿Lo ha olvidado? Procure dominarse. Si le gusta hacer el payaso, a mi me molestaría que se creyera que yo era igual que usted. ‑Ya está usted viendo cómo es este hombre. Me inquieta presentarme con él ante personas respetables. En los pálidos labios del monje apareció una leve sonrisa impregnada de cierto matiz irónico. Pero el religioso no dijo palabra, evidentemente por respeto a su propia dignidad. Miusov frunció todavía más las cejas. «¡Que el diablo se lleve a todos estos hombres de cara modelada por los siglos y que sólo llevan dentro charlatanismo y falsedad!», se dijo en su fuero interno. ‑¡He aquí la ermita! ‑exclamó Fiodor Pavlovitch‑. ¡Hemos llegado! Y empezó a hacer la señal de la cruz con desaforados movimientos de brazo ante los santos pintados en la parte superior y a ambos lados del portal. ‑Cada uno vive como le place ‑continuó‑. Hay un proverbio ruso que dice atinadamente: «Al religioso de otra orden no se le impone en modo alguno tu regla.» Aquí hay veinticinco padres que siguen el camino de la salvación, comen coles y se miran los unos a los otros. Lo que me sorprende es que ninguna mujer franquee estas puertas. Sin embargo, he oído decir que el starets recibe mujeres. ¿Es cierto? ‑preguntó dirigiéndose al monje. ‑Las mujeres del pueblo le esperan allí, junto a la galería. Mírelas, allí están, sentadas en el suelo. Para las damas distinguidas se han habilitado dos habitaciones en la galería, pero que quedan fuera del recinto. Son aquellas ventanas que ve usted allí. El starets se traslada a la galería por un pasillo interior, cuando su salud se lo permite. Ahora hay en estas habitaciones una dama, la señora de Khokhlakov, propietaria de Kharkhov, que quiere consultarle sobre una hija suya que está anémica. Sin duda le ha prometido que irá, aunque en estos últimos tiempos está muy débil y apenas se deja ver. ‑Por lo tanto, en la ermita hay una puerta entreabierta a la parte de las damas. Me guardaré mucho de pensar mal, padre. En el monte Athos..., usted debe de saberlo..., no solamente no se permiten visitas femeninas, sino que no se admite ninguna clase de mujer ni de hembra, ni gallina, ni pava, ni ternera. ‑Le dejo, Fiodor Pavlovitch. A usted le van a echar: eso se lo digo yo. ‑¿Pero en qué le he molestado, Piotr Alejandrovitch? Y cuando entraron en el recinto, exclamó de súbito: ‑¡Mire, mire! Viven en un verdadero mar de rosas. No se veían rosas, porque entonces no las había, pero sí gran difusión de flores de otoño, magníficas y raras. Sin duda las cuidaba una mano experta. Había macizos alrededor de la iglesia y de las tumbas. También estaba cercada de flores la casita de madera (una simple planta baja precedida de una galería) donde se hallaba la celda del starets. ‑¿Estaba todo lo mismo en la época de Barsanufe, el precedente starets? Dicen que era un hombre poco fino y que, cuando se enfurecía, la emprendía a bastonazos incluso con las damas. ¿Es esto verdad? ‑indagó Fiodor Pavlovitch mientras subían los escalones del pórtico. ‑Barsanufe ‑repuso el monje‑ se comportaba a veces como si hubiese perdido la razón, pero ¡cuántas falsedades se cuentan de él! Nunca dio bastonazos a nadie... Ahora, caballeros, tengan la bondad de esperar unos instantes. Voy a anunciarlos. Entonces Miusov murmuró una vez más: ‑Se lo repito, Fiodor Pavlovitch: recuerde lo convenido. Si no, allá usted. ‑Me gustaría saber qué es lo que le preocupa tanto ‑dijo, burlón, Fiodor Pavlovitch‑. ¿Son sus pecados lo que le inquietan? Dicen que el starets Zósimo lee en el alma de las personas con sólo una mirada. Pero no comprendo que usted, un parisiense, un progresista, haga caso de estas cosas. Me sorprende profundamente. Miusov no pudo tener la satisfacción de contestar a este mordaz comentario, pues en ese momento los invitaron a pasar. Estaba furioso, y, en su irritación, se decía: «Sé que, con lo nervioso que soy, voy a discutir, a acalorarme..., a rebajarme y a rebajar mis ideas.»

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Los Hermanos Karamazov Libro 1: Cap 2
InfoporAnónimo1/23/2014

Libro Completo por Partes Introduccion: Los hermanos Karamázov (en ruso: Братья Карамазовы, ˈbratʲjə kərɐˈmazəvɨ) es la última novela del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, publicada en noviembre de 1880. Es considerada por muchos autores como una de las obras más importantes de la literatura universal. Libro Uno: Cap 2: KARAMAZOV SE DESEMBARAZA DE SU PRIMER HIJO Cualquiera puede figurarse lo que sería aquel hombre como padre y educador. Abandonó por completo al hijo que había tenido con Adelaida Ivanovna, pero no por animosidad ni por rencor contra su esposa, sino simplemente porque se olvidó de él. Mientras abrumaba a la gente con sus lágrimas y sus lamentos y hacia de su casa un lugar de depravación, Grigori, un fiel sirviente, recogía a Mitia. Si el niño no hubiera hallado esta protección, seguramente no habría tenido a nadie que le mudara la ropa. También su familia materna le había olvidado. Su abuelo había muerto; su abuela, establecida en Moscú, estaba enferma; sus tías se habían casado. Por todo lo cual, Mitia tuvo que pasar casi un año en el pabellón donde habitaba Grigori. Y si su padre se acordaba de él (verdaderamente era imposible que ignorase su existencia), habría terminado por enviarlo al pabellón para poder entregarse libremente a su disipada vida. Así las cosas, llegó de París un primo de la difunta Adelaida Ivanovna, Piotr Alejandrovitch Miusov, que después pasaría muchos años en el extranjero. A la sazón, era todavía muy joven y se distinguía de su familia por su cultura y su exquisita educación. Entonces era un occidentalista convencido, y en la última etapa de su vida sería un liberal del tipo de los que hubo en los años 40 y 50. En el curso de su carrera se relacionó con multitud de ultraliberales, tanto en Rusia como en el extranjero, y conoció personalmente a Proudhon y a Bakunin. Le gustaba recordar los tres días de febrero de 1848 en París y dejaba entrever que había estado a punto de luchar en las barricadas. Éste era uno de los mejores recuerdos de su juventud. Poseía una bonita fortuna: alrededor de mil almas, para contar a la antigua. Su soberbia propiedad estaba a las puertas de nuestro pueblo y limitaba con las tierras de nuestro famoso monasterio. Apenas entró en posesión de su herencia, Piotr Alejandrovitch entabló un proceso interminable con los monjes para dilucidar ciertos derechos, no sé a punto fijo si de pesca o de tala de bosques. El caso es que, como ciudadano esclarecido, consideró un deber pleitear con el clero. Cuando se enteró de la desgracia de Adelaida Ivanovna, de la que guardaba buen recuerdo, y de la existencia de Mitia, se interesó por el niño, a pesar del desprecio y de la indignación juvenil que Fiodor Pavlovitch, al que entonces veía por primera vez, le inspiraba. Le comunicó francamente su intención de encargarse de Mitia. Mucho tiempo después contaba, como un rasgo característico de Fiodor Pavlovitch, que cuando le habló de Mitia, estuvo un momento sin saber de qué niño se trataba, a incluso se asombró de tener un hijo en el pabellón de su hacienda. Por exagerado que fuera este relato, contenía sin duda una parte de verdad. A Fiodor PavIovitch le había gustado siempre adoptar actitudes, representar papeles, a veces sin necesidad a incluso en detrimento suyo, como en el caso presente. Esto mismo les sucede a muchas personas, entre las que hay algunas que no son tontas ni mucho menos. Piotr Alejandrovitch obró con presteza a incluso fue nombrado tutor del niño (conjuntamente con Fiodor Pavlovitch), ya que su madre había dejado tierras y una casa al morir. Mitia se trasladó a casa de su tío, que no tenía familia. Cuando éste hubo de regresar a París, después de haber arreglado sus asuntos y asegurado el cobro de sus rentas, confió el niño a una de sus tías, residente en Moscú. Después, ya aclimatado en Francia, se olvidó del niño, sobre todo cuando estalló la revolución de febrero, acontecimiento que se grabó en su memoria para toda su vida. Fallecida la tía de Moscú, Mitia fue recogido por una de las hijas casadas de la difunta. Al parecer, se trasladó a un cuarto hogar, pero no quiero extenderme por el momento sobre este punto, y menos teniendo que hablar más adelante largamente del primer vástago de Fiodor Pavlovitch. Me limito a dar unos cuantos datos, los indispensables para poder empezar mi novela. De los tres hijos de Fiodor Pavlovitch, sólo Dmitri creció con la idea de que poseía cierta fortuna y sería independiente cuando llegase a la mayoría de edad. Su infancia y su juventud fueron muy agitadas. Dejó el colegio antes de terminar sus estudios, ingresó en la academia militar, se trasladó al Cáucaso, sirvió en el ejército, se le degradó por haberse batido en duelo, volvió al servicio y gastó alegremente el dinero. Su padre no le dio nada hasta que fue mayor de edad, cuando Mitia había contraído ya importantes deudas. Hasta entonces, hasta que fue mayor de edad, no volvió a ver a su padre. Fue a su tierra natal especialmente para informarse de la cuantía de su fortuna. Su padre le desagradó desde el principio. Estuvo poco tiempo en su casa: se marchó enseguida con algún dinero y después de haber concertado un acuerdo para percibir las rentas de su propiedad. Detalle curioso: no consiguió que su padre le informara acerca del valor de su hacienda ni de lo que ésta rentaba. Fiodor PavIovitch vio en seguida ‑es importante hacer constar este detalle que Mitia tenía un concepto falso, exagerado, de su fortuna. El padre se alegró de ello, considerando que era un beneficio para él. Dedujo que Mitia era un joven aturdido, impulsivo, apasionado, y que si se le daba alguna pequeña suma para que aplacara su afán de disipación, estaría libre de él durante algún tiempo. Fiodor Pavlovitch supo sacar provecho de la situación. Se limitó a desprenderse de vez en cuando de pequeñas cantidades, y un día, cuatro años después, Mitia perdió la paciencia y reapareció en la localidad para arreglar las cuentas definitivamente. Entonces se enteró, con gran asombro, de que no le quedaba nada, que había recibido en especie de Fiodor Pavlovitch el valor total de sus bienes y que incluso podía estar en deuda con él, cosa que no sabía a ciencia cierta, pues las cuentas estaban embrolladisimas. Según tal o cual convenio concertado en esta o aquella fecha, Mitia no tenía derecho a reclamar nada, etcétera. Mitia se indignó, perdió los estribos y estuvo a punto de perder la razón, al sospechar que todo aquello era una superchería. Éste fue el móvil de la tragedia que constituye el fondo de mi primera novela, o, mejor dicho, su marco. Pero antes de referir estos hechos, hay que hablar de los otros dos hijos de Fiodor Pavlovitch y explicar su origen.

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Los Hermanos Karamazov: Libro 2, Cap 4
InfoporAnónimo1/24/2014

Libro Completo por Capitulos Introduccion: Los hermanos Karamázov (en ruso: Братья Карамазовы, ˈbratʲjə kərɐˈmazəvɨ) es la última novela del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, publicada en noviembre de 1880. Es considerada por muchos autores como una de las obras más importantes de la literatura universal. Libro Dos: Cap 4: UNA DAMA DE POCA FE Durante esta conversación con las mujeres del pueblo, la dama que esperaba en la habitación de la galería derramaba dulces lágrimas que enjugaba con su pañuelo. Era una mujer de mundo, muy sensible y con inclinaciones virtuosas. Cuando el starets le habló al fin, se desbordó el entusiasmo de la dama: ‑¡Cómo me ha impresionado esta conmovedora escena! La emoción le cortó el habla, pero en seguida pudo continuar: ‑Comprendo que el pueblo le adore. Yo también amo al pueblo. ¿Cómo no amar a nuestro excelente pueblo ruso, tan ingenuo en su grandeza? ‑¿Cómo está su hija? Usted ha enviado a decirme que quería verme. ‑Sí, lo he pedido con insistencia lo he implorado. Estaba dispuesta a permanecer tres días de rodillas ante sus ventanas para que usted me recibiera. Hemos venido a expresarle nuestro entusiasta agradecimiento. Pues usted curó a Lise el jueves, la curó por completo, orando ante ella y aplicándole las manos. Anhelábamos besarlas y testimoniarle nuestra gratitud y nuestra veneración. ‑¿Dice usted que la he curado? ¡Pero si está todavía en su sillón! ‑La fiebre nocturna ha desaparecido por completo desde hace dos días, desde el jueves ‑repuso la dama con nervioso apresuramiento‑. Y esto no es todo: sus piernas se han fortalecido, sus ojos brillan, y mire usted el color de su cara. Antes lloraba sin cesar; ahora está contenta y se ríe a cada momento. Hoy ha pedido que la pusiéramos de pie y se ha sostenido un minuto sola, sin ninguna clase de apoyo. Ha apostado conmigo a que dentro de quince días baila un rigodón. He llamado al doctor Herzenstube y se ha quedado perplejo. «Es sorprendente; no te comprendo en absoluto», ha dicho. ¿Cómo no íbamos a venir a molestarlo? ¿Cómo no hablamos de apresurarnos a venir a darle las gracias? Lise, da las gracias. La carita de Lise se puso sería repentinamente. La enferma se levantó de su sillón tanto como pudo y, mirando al starets, enlazó las manos. De pronto y sin poder contenerse se echó a reír. ‑Me río de ese joven ‑dijo señalando a Aliocha. Las mejillas de Aliocha, que estaba de pie detrás del starets, se cubrieron de un súbito rubor. El joven bajó los ojos, que habían brillado intensa a instantáneamente. ‑Tiene un encargo para usted, Alexei Fiodorovitch ‑dijo la madre a Aliocha. Y le tendió la mano, elegantemente enguantada‑. ¿Cómo está usted? El starets se volvió y fijó su mirada en Aliocha. El joven se acercó a Lise sonriendo torpemente. Lise volvió a ponerse sería. ‑Catalina Ivanovna me ha rogado que le entregue esto ‑dijo ofreciéndole una carta‑. Le ruega que vaya a verla lo antes posible y sin falta. ‑¿Me ruega que vaya a verla? ¿Para qué? ‑preguntó Aliocha, profundamente asombrado y con un gesto de preocupación. ‑Se trata de algo relacionado con Dmitri Fiodorovitch y... con todos esos asuntos que ahora llevan ustedes entre manos ‑dijo apresuradamente la madre‑. Catalina Ivanovna ha encontrado una solución, mas, para ponerla en práctica, necesita verle imprescindiblemente. ¿Por qué? Lo ignoro. El caso es que le ruega que vaya a verla lo antes posible. Y espero que usted no dejará de ir: sus convicciones cristianas se lo impiden. ‑Sólo he visto a Catalina Ivanovna una vez ‑dijo Aliocha, todavía perplejo. ‑¡Es una criatura tan noble, tan recta!... Lo merece todo, aunque sólo sea por sus sufrimientos... ¿Usted sabe lo que ha pasado..., y lo que está pasando .... y lo que le espera?... ¡Es horrible, horrible!... ‑Iré ‑dijo Aliocha después de haber echado una ojeada a la nota, breve y enigmática, que no explicaba nada y que se limitaba a pedirle encarecidamente que fuera. ‑¡Qué bueno es usted! ‑exclamó Lise, animándose‑. Yo le decía a mi mamá: «No irá, porque está entregado enteramente a Dios.» Es usted muy bueno. Siempre he pensado que es muy bueno, y estoy muy satisfecha de podérselo decir ahora. ‑¡Lise! ‑la reprendió su madre, aunque sonriendo‑. Nos tiene usted olvidadas, Alexei Fiodorovitch: nunca viene a vernos. Y Lise me ha dicho más de una vez que sólo se siente bien cuando está a su lado. Aliocha levantó la cabeza, enrojeció de nuevo y sonrió sin sabe¡ por qué. El starets ya no le miraba. Estaba hablando con el monje que le esperaba, como ya hemos dicho, junto al sillón de Lise. Era un humilde religioso, obtuso y de ideas rígidas, pero con una fe que rayaba en la obstinación. Dijo que vivía lejos, en el norte, cerca de Obdorsk, en un pequeño monasterio que sólo tenía nueve monjes. El starets le bendijo y le invitó a ir a su celda cuando le pareciese. ‑¿Cómo puede usted conseguir estas cosas? ‑preguntó el monje señalando gravemente a Lise. Aludía a su curación. ‑Es todavía demasiado pronto para hablar de eso. Que se sienta aliviada no quiere decir que esté curada por completo. El alivio puede obedecer a otras causas. En fin de cuentas, todo lo que haya pasado es obra de la voluntad de Dios. Todo procede de Él... Venga a verme, padre. Algún día me será imposible recibirle. Estoy enfermo y sé que tengo los días contados. ‑¡Oh, no! ‑exclamó la dama‑. Dios no nos lo quitará. Usted vivirá aún mucho tiempo, mucho tiempo. ¿Cómo puede estar enfermo, con el buen aspecto que tiene? ¡Parece tan contento, tan feliz! ‑Hoy me siento mucho mejor que otros días, pero yo sé que esto no durará mucho. Conozco bien mi enfermedad. Si mi aspecto es alegre, no puede usted figurarse lo que me complace oírselo decir. Pues la felicidad es el objetivo del ser humano. El que ha sido perfectamente feliz tiene derecho a decir: «He cumplido la ley divina en la tierra.» Los justos, los santos, los mártires han sido felices. ‑¡Qué palabras tan audaces, tan sublimes! ‑exclamó la madre‑. Penetran a través de nuestro ser. Sin embargo, ¿dónde está la felicidad? Ya que ha tenido usted la bondad de permitirnos verlo hoy, escuche lo que no le dije en mi anterior visita, lo que no me atreví a decirle, lo que me atormenta desde hace mucho tiempo. Pues me siento atormentada, si, atormentada. Y en un arranque de fervor enlazó las manos. ‑¿Cuál es su tormento? ‑No creer. ‑¿No creer en Dios? ‑¡Oh, no! En eso ni siquiera me atrevo a pensar. ¡Pero qué enigma es la vida futura! Nadie sabe de ella una palabra. Escúcheme, padre, usted que conoce el alma humana y el modo de curarla. No le pido que me crea enteramente, pero le doy mi palabra de honor de que le hablo con toda seriedad. La idea de la vida de ultratumba me conmueve hasta atormentarme, hasta aterrarme. No sé a quién preguntar, ni me he atrevido a hacerlo en toda mi vida... Ahora me permito dirigirme a usted... ¡Qué pensará de mi, Dios mío! Y se quedó mirándole, con las manos enlazadas. ‑No se preocupe por mi opinión ‑repuso el starets‑. Creo en la sinceridad de su inquietud. ‑¡Cuánto se lo agradezco! Oiga: cierro los ojos y pienso: «Todos creen. ¿Por qué?» Se dice que la religión tiene su origen en el terror que inspiran ciertos fenómenos de la naturaleza, pero que todo es una falsa apariencia. Y me digo que he creído toda la vida, que moriré y no encontraré nada, que entonces «sólo la hierba crecerá sobre mi tumba», como dice un escritor. Esto es horrible. ¿Cómo recobrar la fe? En mi infancia, yo creí mecánicamente, sin pensar en nada. ¿Cómo convencerme? He venido a inclinarme ante usted y a suplicarle que me ilumine. Si pierdo esta ocasión, ya no encontraré a nadie que me responda. ¿Cómo convencerme? ¿Con qué pruebas? ¡Qué desgraciada soy! Las personas que me rodean no se preocupan de esto, y yo sola no puedo soportar mis dudas. Estoy abrumada. ‑Lo comprendo. Pero estas cosas no pueden probarse. Uno tiene que convencerse por sí mismo. ‑¿Cómo? ‑Por medio del amor, que es el que lo hace todo. Procure amar al prójimo con un ardor inextinguible. A medida que vaya usted progresando en el amor al prójimo, se irá convenciendo de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. Si alcanza la abnegación completa en su amor al prójimo, creerá ciegamente y la duda no podrá siquiera rozar su alma. Esto está demostrado por la experiencia. ‑¿El amor que lo hace todo? He aquí otro problema..., ¡y qué problema! Mire: yo amo de tal modo a la humanidad, que, aunque usted no lo crea, he pensado a veces en abandonarlo todo, incluso a Lise, y convertirme en hermana de la Caridad. Cierro los ojos, pienso, sueño, y en esos momentos me asiste una fuerza invencible. Ninguna herida, ninguna llaga purulenta me inquietará: las lavaré con mis propias manos y seré una enfermera presta a besar las úlceras de los pacientes. ‑No es poco que haya tenido tales pensamientos. Algún día realizará usted, por obra del azar, una buena acción. ‑¿Pero podré soportar durante mucho tiempo semejante vida? ‑siguió diciendo la dama con vehemencia‑. Ésta es la cuestión más importante, la que más me atormenta. Cierro los ojos y me pregunto: «¿Permanecerás mucho tiempo en este camino? Si el enfermo al que lavas las úlceras lo paga con la ingratitud, si te atormenta con sus caprichos, sin apreciar ni advertir siquiera tu devoción; si grita, se muestra exigente a incluso presenta quejas sobre ti, como pueden hacer las personas atormentadas por el sufrimiento, ¿perdurará tu amor?» Y sepa usted que yo me he dicho ya con profunda desazón: «La ingratitud es lo único que puede enfriar, a inmediatamente, mi amor activo por la humanidad.» En una palabra, que, al amar, trabajo por un salario y exijo recibirlo inmediatamente en forma de elogios y de un amor como el mío. De otro modo, no me es posible amar a nadie. Después de haberse fustigado a si misma con este arrebato de sinceridad, se quedó mirando al starets con una fijeza provocadora. Y el starets repuso: ‑Eso mismo me dijo hace ya mucho tiempo un médico amigo mío, hombre inteligente y de edad madura. Se expresaba tan francamente como usted, aunque bromeando con cierta amargura. Me decía: «Amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente. Más de una vez he soñado apasionadamente con servir a la humanidad, y tal vez incluso habría subido el calvario por mis semejantes, si hubiera sido necesario; pero no puedo vivir dos días seguidos con una persona en la misma habitación: lo sé por experiencia. Cuando noto la presencia de alguien cerca de mí, siento limitada mi libertad y herido mi amor propio. En veinticuatro horas puedo tomar ojeriza a las personas más excelentes: a una porque permanece demasiado tiempo en la mesa, a otra porque está acatarrada y no hace más que estornudar. Apenas me pongo en contacto con los hombres, me siento enemigo de ellos. Sin embargo, cuanto más detesto al individuo, más ardiente es mi amor por el conjunto de la humanidad.» ‑¿Qué hacer, qué hacer en tal caso? Hay para desesperarse. ‑No. Basta con que se sienta usted desolada. Haga todo cuanto pueda, y se le tendrá en cuenta. Usted ya ha hecho mucho por conseguir conocerse a sí misma profundamente, tal como realmente es. Si me ha hablado con tanta franqueza sólo para oír mis alabanzas a su sinceridad, no conseguirá nada, seguramente, en los dominios del amor activo: todo quedará reducido a un sueño, y como un sueño transcurrirá su vida. Entonces, claro es, se olvidará de la vida futura y, en fin de cuentas, se tranquilizará de un modo de otro. ‑Me abruma usted. Ahora me doy cuenta de que, al hablarle de mi horror a la ingratitud, daba por descontados los elogios que me valdría mi franqueza. Usted me ha llevado a leer en mí misma. ‑¿De veras? Pues bien, tras esta confesión, creo que es usted buena y sincera. Aunque no alcance la felicidad, recuerde siempre que está en el buen camino y procure no salir de él. Sobre todo, no mienta, y menos aún a sí misma. Observe sus propias falsedades, examínelas continuamente. Evite también la aversión hacia los demás y hacia sí misma. Lo que le parezca malo en usted, queda purificado por el hecho de que haya visto que es malo. Rechace también el temor, aunque éste sea únicamente la consecuencia de la mentira. No tema jamás a su propia cobardía en la persecución del amor. Tampoco debe asustarse de sus malas acciones en este terreno. Lamento no poder decirle nada más consolador, pues el amor activo, comparado con el amor contemplativo, es algo cruel y espantoso. El amor contemplativo está sediento de realizaciones inmediatas y de la atención general. Uno está incluso dispuesto a dar su vida con tal que esto no se prolongue demasiado, que termine rápidamente y como en el teatro, bajo las miradas y los elogios del público. El amor activo es trabajo y tiene el dominio de sí mismo; para algunos es una verdadera ciencia. Pues bien, le anuncio que en el momento mismo en que vea, horrorizada, que, a pesar de sus esfuerzos, no solamente no se ha acercado a su objetivo, sino que se ha alejado de él, en ese momento habrá alcanzado su fin y verá sobre usted el poder misterioso del Señor, que la habrá guiado con amor sin que usted se haya dado cuenta. Perdone que no pueda dedicarle más tiempo: me esperan. Adiós. La señora de Khokhlakov lloraba. ‑¿No se acuerda de Lise? ‑preguntó ansiosamente‑. Bendígala. ‑No merece que se la quiera ‑repuso el starets en broma‑. Ha estado muy juguetona mientras hablábamos. ¿Por qué te burlas de Alexei? En efecto, Lise había estado enfrascada en un curioso juego. En la visita anterior había advertido que Aliocha se turbaba en su presencia, y esto la divirtió sobremanera. La encantaba mirarlo fijamente y ver como él, dominado por esa mirada persistente y como impulsado por una fuerza irresistible, la miraba a su vez. Entonces Lise sonreía triunfalmente, y esta sonrisa aumentaba el despecho y la confusión de Aliocha. Al fin, el joven eludió francamente las miradas de Lise, ocultándose detrás del starets. Pero minutos después, como hipnotizado, asomó la cabeza para ver si ella lo miraba. Lise, que estaba casi fuera del sillón, le observaba de soslayo y esperaba, impaciente, que los ojos de Aliocha se levantaran y la mirasen, y al ver que él, en efecto, volvió a mirarla, se echó a reír tan ruidosamente, que el starets no pudo contenerse y le dijo: ‑¡Qué revoltosa eres! Te gusta ponerlo colorado, ¿eh? Lise enrojeció hasta las orejas. Sus ojos brillaron intensamente. Su carita se puso sería. Y la enfermita, nerviosa, indignada, se lamentó: ‑¿Por qué se olvida de todo? Cuando yo era una niña pequeña, me llevaba en brazos y jugaba conmigo. Él me enseñó a leer. Hace dos años, cuando se marchó, me dijo que no me olvidaría nunca, que éramos amigos para siempre. Y ahora me tiene miedo como si me lo fuera a comer. ¿Por qué no se acerca a mi? ¿Por qué no quiere hablarme? ¿Por qué no viene a vernos? Usted no lo retiene, pues yo sé que puede ir a donde quiera. No estaría bien que yo le invitara. Él debe ser el primero en acordarse de mi. Pero no: ¡el señor hace vida de religioso! ¿Por qué le ha puesto ese hábito de largos faldones? ¿No ve que caerá si tiene que correr? De pronto, no pudiendo contenerse, se cubrió la cara con la mano y prorrumpió en una risa nerviosa, reprimida, prolongada, que sacudía todo su cuerpo. El starets, que la había escuchado en silencio, la bendijo. Ella le besó la mano, la apretó contra sus ojos y se echó a llorar. ‑No se enfade conmigo. Soy una tonta; no sirvo para nada. Aliocha tiene razón al no querer nada con una chica tan ridícula... El starets la interrumpió: ‑Te lo enviaré, te lo enviaré sin falta.

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