Beastly19972011
Usuario (Uruguay)
En el universo mágico de la tradición oral existen una cantidad de relatos que tienen a la muerte como protagonista. En muchos de ellos, la Parca viene a buscar a las personas para llevárselas para siempre de este mundo. En ocasiones, aparece de maneras muy originales y sorprendentes. Un claro ejemplo de esto es una conocida leyenda urbana argentina que, seguramente, muchos de ustedes recordarán: “El último taxi”. En este mito bonaerense, la muerte espera a las personas que salen del cementerio de La Chacarita a bordo de un misterioso taxi para llevarlas en un viaje sin retorno al reino de los difuntos. Muy conocida es también “La santa compaña”. Se trata de una procesión de esqueletos que portan velas encendidas, un “ejército de almas” que acompaña a un ser humano a manera de cortejo en su camino hacia el más allá. Todos saben en España que esa persona se dirige al Imperio de la Muerte. Así, podría seguir enumerando una cantidad de historias mágicas donde la muerte se presenta en la Tierra para buscar a las personas. A propósito del tema, quiero contar algo que me sucedió hace no mucho tiempo en uno de mis viajes con Voces Anónimas, cuando conocí a un prestigioso artista venezolano llamado Carlos Donoso (Se trata de un humorista que tiene más de cuarenta años de trayectoria actuando, llenando teatros y haciendo reír a miles de personas.). Nos encontrábamos en los estudios del canal Mega TV, en la ciudad de Miami Beach, Estados Unidos; ambos habíamos ido al programa del conocido periodista peruano Jaime Bayly para una entrevista en vivo. Algo que me llamó mucho la atención de Carlos es el don que tiene para alegrar a las personas: el auditorio estalló de risa con su espectáculo y lo disfrutó de principio a fin. Al terminar el programa, cuando me dirigía hacia la salida de los estudios del canal, escuché que, a mis espaldas alguien dijo mi nombre... -¡Guillermo! ¿Querés escuchar una buena historia de muertos? De inmediato, me di vuelta. Era Carlos, que en silencio se acercó y se preparó para contarme su inexplicable experiencia. Nos encontrábamos en un pasillo tenuemente iluminado por unos tubos de luz de emergencia y el tiempo parecía detenerse con su tono de voz, grave y muy tranquilo, que difería bastante de los gritos enérgicos y las voces que había improvisado en su show pocos minutos antes. Aquel rostro amable cambió por completo y ahora me miraba serio, con fijeza. Sus ojos parecían dardos que apuntaban hacia los míos y las pausas de su relato, en el silencio ya conocido de los estudios de televisión, generaron el clima propicio para que el artista me contara una de las historias más sorprendentes que escuché en mi vida. * * * Ventrílocuo, cantante, imitador, guionista y productor... todo eso es el versátil Carlos Donoso, una persona llena de vida como pocas en el ambiente artístico y que, sin embargo, tuvo un encuentro cercano con la misma muerte. La marca de esta experiencia no cicatrizará jamás, porque fue escrita con la tinta indeleble del horror más frío, más puro. Sucedió en Caracas, en su Venezuela natal. Se encontraba dando uno de sus shows humorísticos a teatro lleno y sucedía lo de siempre: la gente se reía a carcajadas y esa devolución del público lo llenaba de energía, la cual usaba para hacerlo reír con más ganas todavía. Así, una y otra vez, en un ida y vuelta maravilloso. Pero aquella noche sintió algo extraño, que nunca antes había experimentado en ninguno de sus espectáculos. Ese intercambio casi mágico entre él y su audiencia se veía contaminado por cierta interferencia. Era algo difícil de explicar, pero sentía que en el auditorio estaba por ocurrir un evento negativo; fue como un sexto sentido, una premonición. Le pareció absurdo, ya que él era una persona muy escéptica y la palabra “premonición” no figuraba en su vocabulario. Pero aquel presentimiento era mucho más fuerte que su voluntad y por más que intentara concentrarse en su espectáculo, comenzó a preocuparse. Intuitivamente, mientras seguía desarrollando el show y las risas y los aplausos subían al escenario, comenzó a buscar entre el público algo que justificara su silenciosa conmoción. Paseó la mirada por la multitud sentada y alegre sin desatender la actuación. Localizó a su productor mezclado entre la gente. Divisó a don Luis, aquel incansable admirador suyo que no faltaba a ninguna de sus funciones y con quien había entablado una gran amistad. Vio, aplaudiendo, a su primo, que le había prometido su presencia. Y cuando pensaba que la búsqueda era en vano, lo vio: ocupaba una butaca de las primeras filas, era alto, estaba vestido de negro... pero no alcanzaba a ver nada más. Paradójicamente, la luz era cómplice de esa oscura silueta, pues los focos del teatro encandilaban a Carlos justo en aquella dirección, dejándolo distinguir a las personas sentadas a ambos lados de quien había llamado su atención pero no a la figura en sí. Estaba seguro: lo que lo angustiaba esa noche emanaba del misterioso espectador. Trató de continuar el espectáculo como si no pasara nada. Acto tras acto, fue despedido con una ovación. Cuando dio por finalizada su rutina, todo indicaba que lo había logrado, ya que el público aplaudía a rabiar, como en sus mejores presentaciones. Entonces supo que ese era el momento para descubrirlo: se quería saber algo más sobre aquel extraño, tenía que aprovechar ese instante. Lo buscó con la mirada una vez más y allí vio de nuevo la silueta ennegrecida, sentada, estática, pero no podía reconocer más que una sombra, ya que los potentes focos seguían encendidos. Como continuaba sintiendo que esa persona irradiaba una energía negativa que lo incomodaba, para quedarse tranquilo pensó en una manera de eludir la luz y descubrir a quién pertenecía esa sombra. El humorista se inclinó ante su público agradeciendo la ovación y con la reverencia consiguió lo que buscaba: escapar de la luz cegadora y mirar al ocupante de aquella butaca desde otro ángulo. Lo que Carlos pudo contemplar convirtió su angustia en terror. Tuvo la certeza de que eso que lo miraba desde el asiento no era humano. Nadie podía poseer naturalmente aquella piel color marfil; nadie podía llevar aquellos ropajes oscurísimos, de un negro tan puro que daba la impresión de que uno podía caerse dentro de la tela que los formaba; nadie, ni siquiera un ciego, podía tener esa mirada tan vacía. Pero ¿cómo podía estar seguro de que esa entidad lo estaba mirando, si sus ojos carecían de color alguno? No lo entendía, pero sabía que la blanca y gélida mirada de aquella criatura estaba dirigida hacia él. Había, además, otra cosa que lo preocupaba mucho: ¿por qué nadie advertía la presencia de esa tenebrosa figura en el teatro? ¿Es que sólo él podía verla? Pocos segundos después, el viejo telón de terciopelo color carmesí se cerró ante sus ojos y ya no vio más esa espeluznante aparición. Al salir de los camarines, la platea estaba más vacía que nunca. Quizás Carlos lo sintió así, ya que esa función había sido diferente a las demás. Ahora, ese silencio habitual se tornaba amenazante, así que cruzó la sala lo más rápido que pudo buscando la salida. Al abandonar el teatro, sintió que el alma le volvía al cuerpo, aunque ese sentimiento de tranquilidad pronto lo abandonaría, ya que su experiencia apenas estaba comenzando. El humorista no recuerda cómo fue el trayecto de regreso a su casa,pues estaba shockeado y no terminaba de acreditar lo que sus ojos habían descubierto. Aquella noche no pudo dormir. Durante las horas de insomnio, buscando explicaciones lógicas, cavilando alguna teoría que despojara a la criatura de su sobrenatural oscuridad, su escepticismo recibió otra cachetada. Recordó algo que hizo que encajaran todas las piezas de aquel rompecabezas, revelándole así la peor de las soluciones. Muchos años atrás, cuando aún no era reconocido por su carrera artística, se encontró con un vidente que lo esperó a la salida de uno de sus shows para vaticinarle algunas cosas. En aquellos tiempos, las palabras del hombre le resultaron absurdas y no se rió en su cara por respeto. Pero ahora, poniéndola en el puzle que estaba armando en su cabeza, aquella predicción encajaba a la perfección con lo que estaba sucediendo. Si bien le había profetizado, entre otras cosas, un éxito rotundo en casi todos los proyectos que emprendiera, también le había hecho una advertencia: -La misma muerte se te presentará una noche -le había dicho- y tres días después, volverá. Aquel vidente del pasado había tenido razón. La extraña presencia en su show no podía ser otra que la Parca. Por lo tanto, la conclusión era clara: la muerte vendría a buscarlo en tres días. Si aquella noche de insomnio fue torturante, las jornadas que siguieron fueron lo peor que tuvo que soportar en su vida. Contaba las horas como el condenado que sabe el día exacto en que lo llevarán a la horca. Las pocas veces que se vio obligado a salir fue como caminar en una pesadilla, porque si el condenado al menos conoce la manera en la que llegará su final, Carlos ni siquiera sabía eso. Sentía que la muerte podía sorprenderlo a la vuelta de cada esquina, de todas las maneras imaginables: un auto descontrolado subiendo a la vereda y atropellándolo, un bloque de concreto cayendo encima de él desde lo más alto de una obra en construcción, un simple y fulminante paro cardíaco... Los minutos finales del último día de su sentencia fueron los peores. Tirado en la cama, a medida que se acercaba la medianoche se decía una y otra vez: “Ahora... ahora abre la puerta del dormitorio la misma siniestra figura que presenció mi show... ahora... ahora...”. Pero el tercer día llegó a su fin y Carlos, aunque agitadamente, seguía respirando. Los nervios lo fueron abandonando, el miedo se fue disipando y comenzó a tranquilizarse, pensando en que aquella teoría era ridícula, que se había dejado llevar por acontecimientos que aunque parecían conectados, no lo estaban. El vidente era un farsante y el extraño espectador, un tipo alto y raro, nada más. No sería el primer ciego que asistía a su show para disfrutarlo aunque sólo pudiera escucharlo. Sin embargo, su escepticismo no estaba destinado a ganar la partida. Al día siguiente, Carlos se encontró con el productor de su espectáculo, que tenía una noticia para darle. Don Luis, su fiel admirador y amigo, ese que por muchos años lo acompañó en su carrera y prácticamente no se había perdido un solo espectáculo, había muerto la noche anterior, a los ochenta y seis años. El rompecabezas volvió a formarse con su aterradora solución: “La misma muerte se te presentará una noche... y tres días días después, volverá”, le habían dicho. Y la parca había vuelto, pero no para llevárselo a él, sino a su querido don Luis. Luego de la funesta noticia, Carlos se dirigió al teatro. Una vez allí, empezó a caminar dejando atrás filas de asientos vacíos, hasta llegar al escenario. Se subió y se paró en el mismo lugar desde donde había visto a don Luis en el último show, como si allí se escondiera la clave para alcanzar una explicación menos perturbadora de todo aquello. Su intuición no falló. Había una señal, pero con ella solo consiguió fortalecer la siniestra teoría que explicaba perfectamente lo ocurrido. Desde el escenario, pudo ver que todas las butacas estaban vacías y replegadas hacia arriba... todas menos una,la que había sido ocupada por el espectador más oscuro y letal de todos los que alguna vez había tenido. Estaba seguro de que se trataba de ese mismo asiento, el único en todo el teatro que no estaba replegado... como si aún la muerte estuviera allí, sentada, disfrutando del momento en que su descreimiento se derrumbaba por completo. Bajó del escenario y fue hasta el asiento. Allí se llevó la última sorpresa que esta historia le tenía guardada: la butaca donde la muerte se había sentado era la número 86. Curiosamente, don Luis, su amigo y espectador más fiel, había fallecido a los ochenta y seis años de edad. Al parecer, la Parca presenció uno de los espectáculos de Carlos Donoso cómodamente ubicada en la platea. Esa noche se presentó para cumplir con lo que alguna vez un vidente le había anticipado: llevarse consigo un alma al reino de los difuntos, tres días después de su visita. Hoy, Carlos ve la vida con otros ojos y disfruta el presente con intensidad porque sabe que, tarde o temprano, ella volverá desde el más allá para llevárselo. Tal vez un día aparezca otra vez en el auditorio de algún teatro, en una función a la que seguramente asistirán las voces anónimas.