AndresBeltran5
Usuario (Argentina)
TOP 6 DE PERSONAS QUE MURIERON Y FUERON ENCONTRADAS AÑOS DESPUÉS AVECES TENEMOS MIEDO DE MORIR SOLOS NUNCA SABEMOS QUIEN ESTARÁ HAY PARA DESPEDIRNOS CUANDO MORIMOS ESTAS 6 PERSONAS MURIERON DE MANERA INESPERADA Y TARDARON VARIOS AÑOS EN SER ECONTRADAS MIRALO ACA: link: https://www.youtube.com/watch?v=Q3utceHk-mA SUSCRIBITE A CANAL: https://www.youtube.com/channel/UCwNkRGokehMXmtcok1Mr7XA
Convento macabro: hallan 800 esqueletos de bebés en una fosa El macabro hallazgo desnuda el oscuro pasado de Irlanda. Una sociedad que a pesar de sus progresos, 50 años atrás aún discriminaba a los hijos extramatrimoniales y los encerraba en asilos. La St. Mary's Mother and Baby Home, apodada "La Casa", era administrada por monjas y es uno de los máximos exponentes de esa ignominia. Ubicada en la ciudad de Galway, albergó a miles de mujeres y niños irlandeses en pésimas condiciones sanitarias y alimentarias. Eso explica el descomunal número de cadáveres hallados. Según el Irish Mail on Sunday, entre los 796 niños descubiertos, la mayoría había muerto de males como desnutrición, sarampión, tuberculosis, gastroenteritis y neumonía. Los cuerpos eran directamente arrojados en una fosa común que no tenía ningún tipo de lápida o inscripción. Una inspección realizada por el Estado en 1944 registró el estado de situación en el lugar. En ese momento vivían 333 mujeres junto a sus hijos, cuando la capacidad máxima de la institución era 243. La mayoría de los niños eran bebés y tenían entre 3 semanas y 13 meses. Según el reporte, eran "frágiles y estaban consumidos". La mayor parte de los que lograban sobrevivir a su estadía eran entregados en adopción de manera forzosa, contra la voluntad de las madres. Se calcula que entre 1945 y 1965 hubo 2.200 adopciones de este tipo. Representantes de la Iglesia fueron acusados de recibir dinero a cambio, pero siempre lo negaron. Además de ser obligadas a entregar a sus hijos y a renunciar a todo derecho sobre ellos, las madres eran sometidas a trabajos forzosos no remunerados durante tres años. Sus identidades eran revocadas y sólo podían vestir el uniforme que les daban. MIRA MI ULTIMO VIDEO -> IMAGENES ATERRADORAS CON SUS ESCALOFRIANTES HISTORIAS link: https://www.youtube.com/watch?v=0eUm665K8Ys VISITA MI CANAL DE YOUTUBE https://www.youtube.com/channel/UCwNkRGokehMXmtcok1Mr7XA GIF

Las 10 cosas más escalofriantes que han dicho los niños sobre sus amigos imaginarios Una de las cosas más escalofriantes en el mundo puede ser que tu hijo te hable sobre su amigo imaginario y lo que éste le pueda llegar a decir. Es por eso que a los usuarios de Reddit se les ocurrió hablar sobre las “cosas más escalofriantes que ha dicho un niño sobre su amigo imaginario”. Aquí te dejamos las 10 historias más espeluznantemente y votadas. ¿Preparados para no dormir en un par de días 1. Hombre enredadera “Cuando mi hijo tenía 3 años siempre me hablaba sobre un ‘hombre enredadera’ que vivía en el cuarto de mamá y papá. Yo cometí el error de preguntar cómo lucía este hombre y mi hijo me respondió: ‘Oh, el no tiene cara'”. 2. Kelly, la muerta del clóset “Cuando mi hija tenía 3 años tenía una amiga imaginaria llamada Kelly, que vivía en su clóset. Mi hija decía que Kelly se sentaba en una mecedora y que jugaba con ella; lo típico de un amigo imaginario. Después de dos años mi esposa y yo estábamos viendo la película Amityville, y nuestra hija vio justo el momento en el que la hija tiene los ojos completamente negros, y en vez de asustarse dijo: ‘Así luce Kelly’, yo pregunté ¿cuál Kelly?’ y ella respondió: ‘Ya sabes, la niña muerta que vive en mi clóset'”. 3. El capitán “El padre de uno de mis estudiantes dijo en una junta escolar que estaba preocupado por su hijo de 7 años, ya que hablaba de un fantasma invisible que hablaba y jugaba con él en su habitación. Su hijo le dijo que el fantasma se hacia llamara ‘El capitán’, que era viejo y con una larga barba. El niño le dijo a su madre que el fantasma le había dicho que su trabajo iba a ser matar personas cuando creciera, y que él le iba a decir quiénes necesitaban ser asesinadas. El niño le dijo llorando que él no quería matar personas cuando creciera; pero el capitán le dijo que no había opción, que se acostumbraría después de un rato” 4. Unos ojos rojos en la esquina Cuando mi hijo tenía 4 años me dijo que a su amigo imaginario le gustaba sentarse en la esquina de su habitación, y que cuando yo apagaba las luces sus ojos se volvían rojos”. 5. El pequeño asesino “El amigo imaginario de mi pequeño hermano, Roger, vivía bajó nuestra mesita de noche. Roger tenía 9 hijos y una esposa, ellos habían vivido ahí pacíficamente durante 3 años. Un día mi hermano anunció que Roger no estaría más ahí, ya que el se encargó de matarlo a él y a toda su familia. 6. Él siempre me persigna Mi hija solía contarme acerca de un hombre que entraba en su habitación cada noche a persignarla, y yo pensaba que eran solo sueños. Luego, cuando mi suegra me envió algunas fotos, mi hija se dirigió inmediatamente a la foto del padre de mi esposo, quien había muerto hace 16 años, y dijo: ‘Él es el hombre que entra a mi habitación cada noche. Mi esposo me dijo que su padre siempre lo persignaba todas las noches cuando él era un niño”. 7. El diablo está en camino Cuando mi hija mayor tenía 2 o 3 años, ella solía tener una pareja de amigos imaginarios, Dodo y DeeDee. Ellos eran los típicos amigos imaginarios. A ella le gustaba hablar de ellos, jugar, y me contaba a cerca de sus vidas. Un día ella estaba hablando con su teléfono de juguete cuando entré a su habitación. Ella lo colgó inmediatamente y me dijo con una voz plana y un rostro inexpresivo: ‘El diablo está en camino'”. 8. La dama del vestido rojo “Mi hermano pequeño solía hablar sobre una mujer que entraba a su habitación en las noches. Él dijo que ella usaba un vestido rojo, que su nombre era Frannie, que lo persignaba y que flotaba. Yo tenía una pariente que murió varios años atrás con el mismo nombre, su color favorito era el rojo; de hecho la cremaron con uno. Cuando le mostré una foto él me dijo que justo era la mujer que veía, además me dijo que también veía a un hombre llamado Jacob, que dormía conmigo en mi cama”. 9. No puedo matarlo… Cuando mi hermano era pequeño actuaba como si tuviera ángeles hablándole a cada segundo. Un día mi mamá lo escuchó diciendo: ‘No puedo matarlo, el es mi único papá' 10. Ben lo sabe todo Yo solía escuchar voces de noche cuando tenía 4 años, las cuales solían decir cosas como: ‘¿Ya está dormido?’, ‘no, sólo está fingiendo’; y también oía pasos que corrían hacia mi cuarto. Un día me hice del baño en la cama del miedo y ellos se reían sin parar. Hoy tengo 39 años y mi hijo de 6 ha estado diciéndome que sus amigos imaginarios le cuentan cosas de mí, como cuando me hice del baño del miedo. Mi hijo me dio detalles de la casa en donde yo viví de niño, dijo que Ben le contaba esas cosas. Yo me congelé y sólo pude decirle que no le hiciera caso a Ben”. link: https://www.youtube.com/watch?v=3Ad_PRqRl-A link: https://www.youtube.com/watch?v=p3oaVqgnUlw VISITA MI CANAL DE YOUTUBE https://www.youtube.com/channel/UCwNkRGokehMXmtcok1Mr7XA/videos
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Debe ser cómodo ser un fantasma. Al principio se tiene que sentir una sensación inquietante, algo que falta, algo importante; uno después se da cuenta de que son las vísceras, los huesos, las uñas, la sangre, el ombligo, en síntesis falta el cuerpo. La adaptación a la nueva situación puede durar un nanosegundo o un milenio, eso no lo sé; pero creo que las virtudes son iguales que los defectos que contienen este nuevo estado; por ejemplo la inmaterialidad nos trae el lacerante castigo de olvidarnos de los abrazos, las trompadas-dadas y recibidas- el saborear una milanesa a la napolitana o ponerse unas medias nuevas por ejemplo; pero esa inmaterialidad conlleva el beneficio de un ser voyeur perpetuo, un testigo eterno. Imagino que siendo un fantasma se pueden recorrer grandes distancias en un santiamén. Entrar sin pagar al Museo del Prado y bailar en el Studio 54 y ver la aurora boreal en calzoncillos. Se puede entrar a los archivos secretos del Vaticano y a la mismísima Área 51 para conocer todos los secretos. También es posible encontrar la Atlántida y develar los enigmas de la Esfinge. Ir hasta Marte y pegarle una patada al Curiosity. Se pueden hacer muchas cosas. Pero misteriosamente, como corresponde, la actividad fantasmal percibida por seres vivientes sólo se resume en una serie de eventos que se repiten a través del tiempo y las culturas, generar miedo, sorpresa, estupor ¿Por qué ese acotamiento en los eventos? Teniendo tantas posibilidades para elegir hubo un fantasma* que siguió el paradigma y cayó en lo común, en lo esperado. Era un día común, feliz; el Bocha, mi hermano, leyendo Castaneda y sus pases mágicos mientras que el Amadeo, mi sobrino, estaba tirado con la Play y el GTA en su habitación; yo horneando pizzas para hacerle pito catalán al frío. Ellos, padre e hijo, deciden librar una batalla en la cama, con las sabanas de trinchera y el acolchado de bunker. Se arma el catch de amor filial; gritos de pedido de ayuda ficticia del Amadeo, mientras que el Bocha se convirtió en un monstruozombiealien. Cómo faltaban cinco minutos para cenar decidí participar e impartir justicia imparcialmente. Entré en la habitación con mi estilo ninja y con una almohada empecé a repartir-el gato atento espectador desde arriba del TV decide irse ante la visión de tremenda masacre. Los gritos y las risas llenaban el ambiente. Era un día común, feliz. Antes de que se quemen las pizzas me dirijo a sacarlas del horno y preparar todo. En el pasillo que hay que recorrer hasta la cocina, ya el ambiente estaba frío, denso; más que caminar se buceaba. Mientras sacaba el queso de la heladera sentía una penetrante sensación de ser espiado. Entonces desde el comedor se escuchó una voz infantil- con un tono metálico, distorsionado y pícaro- que preguntó: ¿Yo también puedo jugar? Se percibió claro, potente y contundente. Obvio que las únicas personas en ese momento eramos nosotros tres. El de la voz era uno del otro lado. No entiendo esa decisión de andar merodeando en casas ajenas, creo que es porque están aburridos, porque están ahí, invisibles e ignorados. no creo que sea por el simple gusto de andar asustando y molestando, pero si se lo piensa bien debe ser divertido con el tiempo el hecho de estar del otro lado pero poder participar. para mas historias como esta sígueme en facebook: https://www.facebook.com/LaNocheMacabraOficial/?ref=bookmarks
Los macabros cantos del terror Un día, de casualidad, charlando con una tía, me contó que ha tenido muchas experiencias “paranormales”, lo cual no me pareció raro viendo con el espécimen con el que se caso, pero bueno esto no viene al caso. Volviendo al tema, me comentó que allá por el año 1987, decidieron comprar una casa en calle Las Rosas y 25 de mayo, una casa antigua de dos plantas, fría, pero su primer casa al fin. La familia estaba constituida por ella, su esposo, y sus 3 hijas pequeñas. Una noche, mientras estaba en la cocina sintió que algo la incomodaba, como que la estaban mirando, desde las sombras de la habitación continua. El silencio era ensordecedor. Se dio vuelta y vio que no había nadie, siguió sintiendo una presencia que le ponía la piel crespa y cuando volvió a voltearse vió una sombra bajo las escaleras, una sensación gélida le recorrió la espalda, de repente sintió abrirse la puerta de entrada y quedó perpleja, casi para el infarto vio que era su marido, quién al entrar se asustó al ver la cara de ella pálida y temblorosa. Alcanzó a decirle que pasaba algo raro, entonces cerraron la puerta y de pronto sintieron que alguien subía rápido las escaleras, haciendo crujir los escalones de madera. Prendieron la luz del pasillo y no había nada, las niñas dormían plácidamente. Pensaron que era sugestión, que los espíritus y fantasmas son cosas de la mente y se fueron a dormir. El corazón de Elena latía estrepitoso. Incluso al ducharse tuvo que hacerlo con la cortina corrida de par en par porque se sentía observada. Esa misma noche sintió a una de las niñas cantar, era una especie de lamento, suave y melancólico, pero triste y nostálgico. Se levantó, fue hacia su habitación y encontró que la puerta esta cerrada con llave. El canto se hizo más desgarrador y tenebroso. Desesperada le preguntó a su hija si estaba bien y la niña respondió: – Si mamá, estamos jugando. La madre comprendió que estaba con alguien más y pidió que le abriera la puerta. Cuando la niña abrió, la madre vió que en la habitación no había nadie y los cantos que escuchaba venían de ahí y de ninguna otra parte. Penso que era cosa de niños y la hizo dormir. A la mañana siguiente todo volvió a la normalidad, nada de ruidos extraños, ni niños cantando. Pero como todo hecho paranormal, cuando menos lo esperas, se hace presente. Consultaron con los vecinos del barrio por la historia de la casa, muchos negaban saber su pasado, sin embargo la señora de en frente, la más vieja (típica de barrio), sabia muchas historias del pasado y de todos los que pasaban por “su barrio” como gustaba llamar. Elena, le comentó que estaban viviendo situaciones raras, pero que estaba segura que eran producto de su imaginación, cuando le contó sobre los cantos y lamentos la cara de la longeva señora se transformó en expresiones crudas, grises, de terror. Ahí comenzó a contarle que hacia 20 años atrás en esa casa vivía una mujer con sus dos hijos, uno con síndrome de down de 5 años y su hermanita, una niña de 7. Eran una familia rara, retraída, los niños jamás salían a la calle. Nadie los vio nunca, salvo ella que pasaba noches enteras cociendo y observando el vecindario. La leyenda contaba que estos niños murieron cuando su madre los arrojó desde la terraza de la casa. Dicen que se escucharon gritos terroríficos, pero nadie se animo a llamar a la puerta. Hasta que meses después los vecinos llamaron a la policía por escuchar ruidos extraños y llantos provenientes de la propiedad. Al llegar al lugar, constataron que en el domicilio nadie respondía a la puerta y decidieron entrar por la fuerza, encontrándose con una escena terrorífica: la madre colgaba del marco de la puerta de la cocina y los niños yacían muertos en el patio, un olor nauseabundo inundaba toda la nefasta morada. El barrio por meses estuvo revolucionado y de noche decían escuchar cantos y gritos. Hasta que un día, después de años, no se escucho más nada, entonces apareció un pariente a poner en venta la casa. Se hizo un silencio escalofriante en el relato. Cuando Elena se percato que ella había sido quien compro la casa luego de la tragedia, asustada y sin decir nada se cruzó y le contó todo al marido, el cual no daba crédito a los relatos, y ponía paños fríos diciendo: – Son cosas de viejos, es mentira, esas viejas siempre contando chismes para dar que hablar. Elena quiso olvidar el tema y seguir ordenando la casa, ya que por la noche vendría de visita por unos días su hermano José. José, sin estar al tanto de los hechos extraños que ocurrían en la casa, se acostó a dormir agotado. Entre dormido, soñó con cánticos siniestros que lo ahogaban, se inundaba entre vahos negros y risas lejanas. De repente despertó con una almohada en la cabeza sintiendo que algo lo asfixiaba, seguido de risas terroríficas. De la desesperación forcejeó y vio que no había nadie. Se levantó y observó que en la cocina se encontraba la familia desayunando, entonces le gritó al cuñado: – ¡No seas boludo, esas jodas no se hacen! – ¿Qué joda? – le preguntó atónito el cuñado. – De taparme la cara con la almohada – se quejó José – Jamás te tapé la cara – respondió perplejo. Y ahí quedaron todos mudos. Se hizo un silencio frío. Se miraron y pusieron a José al tanto de los hechos. Él recomendó que se fueran cuanto antes de esa casa, que estas no eran tonteras. Pasaron los días y las noches más largas que jamas imaginaron, temiendo cualquier hecho paranormal y durmiendo con las puertas de las habitaciones bajo llave. Entonces una noche oscura, sin luna, mientras un sórdido silencio acechaba la casa, escucharon a las nenas cantar en ronda y reír a gritos. Elena desesperada se levantó de la cama, salió de la habitación y observó que las niñas estaban subiendo las escaleras hipnotizadas mientras cantaban. Les gritó y nada, corrió hacia ellas a toda prisa y vió que las niñas no respondían, las zamarreo y ellas “despertaron”… – ¿Donde iban? – preguntó entre llantos mientras las abrazaba temblorosa. – Con los nenes a jugar a la terraza – contestaron al unísono aún perdidas. – ¿Que nenes? – indagó Elena aún más nerviosa con un nudo en la garganta. – Los nenes que vienen todas las noches a jugar con nosotras y quieren que vayamos a ver lo alto que esta la casa – respondieron sin vacilar. Ese mismo día empacaron todas las cosas de casa y se fueron jurando nunca mas volver. Al tiempo vendieron la propiedad, pero todos sus dueños la abandonaron por las horrorosas apariciones que tienen. Al día de hoy mi tía y mis primas juran lo que paso, añadiendo más relatos espantosos a la historia. Por mi parte, no hay manera que no vea los cuentos de terror con otros ojos… Siguenos en Facebook: https://www.facebook.com/LaNocheMacabraOficial/?ref=bookmarks
Corría el mes de agosto, habían tenido un julio intenso y aún el frío calaba los huesos. Ese martes el comisario Esquivel les informó a los de la Motorizada que tenían que ir al destacamento de Puente del Inca a traer las encomiendas y llevar las provisiones de la central. El viaje solía hacerse los jueves, pero habían pronosticado una tormenta fuerte y era mejor asegurarse de llegar un día antes y no dejar el lugar sin productos. Los encargados eran los oficiales Saavedra, Álvarez y Recabarren. Subieron a la Toyota Hilux y partieron rumbo a Las Cuevas. El cielo estaba nublado y negro, el gélido aire vaticinaba un frío mortal. Abrigados los tres muchachos arrancaron entre cigarrillos y café. El viaje se hacía en el mismo día. En unas tres horas estaban en el destacamento, almorzaban y a la tarde noche llegaban a la comisaría. Era de rutina y aburrido. Lo mejor de todo es que el viejo inspector Ortega los sabía esperar con suculentos guisos de invierno. Llegando a Potrerillos los agarró una tormenta fuerte. Llovizna constante e intensa con ráfagas de viento azotaban la camioneta. El frío se colaba por los burletes de las puertas congelando la piel a la intemperie. El vaho de la respiración de los tres compañeros manaba de sus narices al exhalar. Recabarren tuvo que bajar la velocidad. Cuando arribaron a Uspallata el temporal continuaba con más violencia. Gendarmería les recomendó regresar o pasar la noche ahí, pero los tres oficiales decidieron no detenerse así poder terminar cuanto antes el encargo. Continuaron camino a Puente del Inca. En Penitentes la cosa se puso fulera, la ruta se había congelado y no podían pasar los 20 kilómetros por hora por miedo a resbalar. Cada vez que salían de un túnel la camioneta patinaba peligrosamente por el asfalto. Llevaban más de seis horas de viaje, de no terminar en ese instante la tormenta iban a tener que pasar la noche en el destino. A pocos kilómetros de Puente del Inca tuvieron que detenerse porque la nieve había colapsado la ruta. Se comunicaron con el destacamento y vino a buscarlos una Ford Ranger preparada para la ocasión, con cadenas en las ruedas y malacate auxiliador. Aparcaron la Toyota bajo un tinglado y partieron junto al inspector Ortega que había acudido en su ayuda. Las nubes cubrían todo el cielo y una oscuridad tenebrosa reinaba en la siesta de ese día martes. Recabarren iba de acompañante, charlando con Ortega sobre los estragos de la tormenta. Saavedra, sentado atrás, intentaba mandarle un mensaje a su esposa para avisarle que esa noche no regresaría a casa. Álvarez miraba por la ventanilla hacia la montaña… cuando de pronto observó algo. – Ortega frena un cachito… – dijo tocando desde el asiento de atrás el hombro del conductor, al tiempo que no corría la vista – ¿Qué mierda es eso? – ¿Es una mina? – preguntó Recabarren fijando la vista mientras que Ortega intentaba estacionar en la banquina. – A ver – dijo en conductor una vez detenida la camioneta – Aaaa…. Concha de la lora… es la “puta madre”. – ¿¿¿Qué??? – respondieron los oficiales al unísono, mientras Saavedra dejaba su celular. – “La Puta Madre” – aseguró Ortega al tiempo que la figura se esfumaba entre la nieve, confundiéndose con una bolsa que volaba libre – siempre que hay temporal aparece. – ¿Quién es “la Puta Madre”? – Preguntó atónito Álvarez – ¡te juro que vi una mina boludo! – “La Puta Madre” es una mujer que vaga por Puente Del Inca, un fantasma. Un espectro. Lleguemos al refugio y les cuento bien, se viene con todo esta tormenta – dijo Ortega mientras los tres oficiales no quitaban la vista de la bolsa. Ansiosos de escuchar la historia los oficiales lo avasallaron a preguntas, por lo que la anécdota no se pudo hacer esperar. Comenzó en la cabina de la Ranger y siguió en la cocina del refugio del destacamento, mientras Ortega calentaba el guiso ante las miradas atentas de los oficiales. En el invierno del 76 una tormenta similar golpeaba Puente del Inca, María Tressera transitaba la ruta atestada de nieve con su pequeña hija Emilia rumbo a Chile a toda velocidad. El vehículo no contaba con ninguna de las medidas de seguridad correspondientes, aparentemente María huía de su marido junto a Emilia. La mujer fue vista por última vez en Penitentes, donde el dueño de un restaurante le sugirió que pasase la noche ahí. Dicen haberla visto desbastada y sumida en un estado depresivo y nervioso. Había signos de violencia en su rostro. Haciendo caso omiso de las recomendaciones María continuó su viaje. Cuentan que minutos más tarde por ese mismo restaurant pasó un hombre preguntando por una mujer con una niña. El hombre era siniestro y parecía borracho. Nadie le dio información y apenas salió llamaron a la policía. De ahí es que Ortega conocía la historia completa, ya que recién se incorporaba en esa seccional. Él fue quien recibió el llamado. La tormenta era intensa y las ráfagas de viento azotaban la ruta. A la altura de la conocida “Curva de Yeso” el auto de María perdió el control, desbarrancando y estrellándose contra una roca. Lamentablemente Emilia falleció en el acto, encontraron su cuerpecito ahí mismo. El cadáver de María apareció a catorce metros del auto, en una posición extraña, con la cabeza destrozada por una piedra. Ortega jamás pudo olvidar esos ojos abiertos de par en par… aterrados, fulminantes. Fue un hecho confuso, ya que había claros signos de violencia, pero se limitó el fallecimiento al accidente. El muchacho era muy chico y no podía opinar demasiado, pero existían varias pistas que demostraban que luego del impacto María había salido con vida del vehículo en busca de auxilio y alguien la había interceptado antes. Del siniestro esposo no se supo nada. Apareció varios días más tarde reclamando los cuerpos. Los testigos no pudieron asegurar si era o no el mismo tipo que había entrado al restaurante. El caso quedó caratulado como accidente de tránsito y no cobró más relevancia que una nota en la sección Policiales del diario Los Andes de aquella época. Quien no corrió la misma suerte fue aquel joven Ortega… La imagen de María había quedado marcada a fuego en su mente, varias noches tuvo pesadillas con el cadáver de aquella pobre mujer. Soñaba con el accidente, con una sombra negra acechando desde lo oscuro, mirando todo… viendo cómo María resbalaba y se estrellaba, luego escapaba desesperada de aquel auto hecho añicos, buscando a su hija, desorientada y bañada en sangre. Gritando. Llorando… insultando. La sombra se acercaba lentamente a la escena y adquiría la forma de un hombre, Ortega sudaba helado mientras aquellas pesadillas lo atormentaban una y otra vez. Muchas veces se levantaba gritando “¡María!”, para sollozar como un niño entre sudor y latidos detonantes. Pero nada podía detener el avance de ese tipo, con una enorme roca en las manos, observando cómo María intentaba alejarse, arrastrándose y culpándose por el accidente… sin dejar de gritar “la puta madre, la puta madre”, como echándose la culpa de todo, como un lamento de horror y furia, como sabiendo que le deparaba el destino. Entonces el hombre alzaba la piedra por los aires y la dejaba caer con toda su energía sobre la cabeza de María, finalizando sus insultos y sollozos con un ruido crudo, seco y desgarrador. Cuando las pesadillas lo atacaban no lograba pegar nuevamente un ojo en toda la noche, por lo que decidía escuchar la radio o leer los diarios del día anterior hasta el amanecer. Era muy consciente de que los sueños, sueños eran… hasta aquella madrugada. Pasadas las típicas pesadillas, sin nada que escuchar o leer, decidió abrir las ventanas del refugio y observar la noche estrellada y silenciosa, mientras se fumaba un cigarrillo. Entonces le pareció observar algo moverse entre unos arbustos. Instintivamente pegó un grito y tomó su revolver. Aquella imagen parecía viva pero inmóvil. Al salir del refugio ya no estaba más. Agudizó la vista mirando hacia donde segundos atrás le había parecido ver a una persona y nada. La noche no estaba como para rodeos, por lo que dio media vuelta y decidió entrar. En ese instante presintió que alguien lo miraba desde otro costado. Giró rápidamente y nada… Al volver a la ventana, sugestionado y con algo de miedo, decidió cerrarla e intentar conciliar el sueño. Mientras se esforzaba en cerrar la antigua persiana americana le pareció escuchar algo. Volvió a fijar los ojos donde antes había visto la sombra y el sonido se hizo más claro, cada vez más claro. Aquel aparente y tenebroso silbido de viento fue transformándose en un gemido, luego en un lamento, para terminar con un grito claro y espeluznante que decía “¡la puta madre!”… aquella misma frase que le escuchaba a María sollozar en sus pesadillas, aquel lamento. Salió nuevamente corriendo hacia afuera. Apenas abrió la puerta, a escasos metros de la casa, iluminada por la penumbra de un foco solitario, estaba María… bañada en sangre. Con aquellos ojos lastimosos y desesperados, desgarrando su garganta mientras gritaba “¡la puta maaadreeeee!” con una voz gutural y agria. Ortega no supo que hacer, nuevamente su condición de policía lo llevó a actuar de manera inconsciente y gritó “¡arriba las manos!” mientras la imagen se desaparecía un las sombras. Aquella fue la primera de cientos de apariciones. Ortega pasó por todos los estados, el miedo, la desesperación, la búsqueda de ayuda espiritual, la búsqueda de justicia, las ganas de irse, el horror, el entendimiento y la resignación. Era un hombre de los de antes y a los hombres de antes no le ganaban las apariciones. El caso jamás se aclaró, pero Ortega siempre supo que lo de María había sido un asesinato, causado por su esposo, pero de no ser asesinada por él, tarde o temprano no se habría podido perdonar la muerte de la pequeña Emilia. Quizás su destino era ser una víctima y no una suicida. Mucha gente se detenía en el destacamento para denunciar haber visto a una mujer caminando sola por la banquina de la ruta o desde las montañas, otros sentían el lamento. Ortega acumulaba estas denuncias en una caja, la cual ya estaba repleta de hojas. El temporal era atroz y la nieve había cubierto toda la ruta, no había vehículo capaz de emprender el camino de regreso. Aquella noche ninguno de los tres oficiales pudo pegar un ojo. La habitación de huéspedes del refugio era fría y oscura, un chiflido ingresaba por debajo de la puerta emitiendo sonidos lúgubres. A los tres les parecía oír el lamento de “La Puta Madre”. Por la madrugada el silbido se transformó en susurro, el susurro en gemido y los gemidos en palabras… claramente se podían escuchar los sollozos de María. Los oficiales encendieron las luces aterrados y decidieron acercarse hasta la habitación de Ortega, para preguntarle qué hacer en esos casos. El miedo los tenía paralizados, como tres niños. El inspector no estaba en su dormitorio, sino que se había quedado leyendo la correspondencia que venía desde la ciudad en su despacho. Se dieron cuenta porque observaron las luces del destacamento encendidas. Al entrar, un largo pasillo separaba la puerta de la oficina principal, donde estaba Ortega. Los tres ingresaron alertando su llegada, por miedo a encontrar desprevenido al hombre. Fue instantánea la mirada dirigida por los oficiales hacia la habitación que hacía las veces de calabozo, justo al lado de la oficina principal. Ahí estaba, entre sombras, con el pelo desordenado y sobre la cara, vestida con harapos, una mujer… sollozando, llorisqueando a oscuras, insultando su suerte. Ahí estaba “La Puta Madre”, un fantasma errante en aquel inhóspito pasaje invernal. El inspector levantó la vista y los llamó, diciéndole que no hagan nada, que no la miren que se acerquen sin hablarle, que sola se desaparecería. Temblando los tres muchachos llegaron hasta su oficina. Pasaron la noche ahí, aterrados, ayudando a desempacar encomiendas. Ortega se estaba por jubilar, desde aquella noche no volvió a soñar ni ver nuevamente a “La Puta Madre” en ninguna parte… en cambio a Álvarez, todo le cerró cuando recibió aquel telegrama donde le informaban que a partir de principio del año entrante se debía trasladar a Puente del Inca, como inspector encargado de esa seccional. Por eso, supuso, eran las pesadillas que desde aquel día no paraban de hostigarlo. Por eso era esa sombra que vagaba en sus sueños… esperándolo, esperando que alguien, alguna vez, descubra la verdad y le permita descansar en paz, mientras insultaba y se lamentaba de su desgracia.

Muchas son las historias que rodean al cementerio de Tunuyán; algunos señalan que dentro están los restos del “Ánima Perdida” una mujer que murió trágica mente y que curiosamente se asemeja al mito de “La Llorona”. Sin embargo, existe otra historia aún más escalofriante que sigue vigente hoy en día. Sin querer, pude comprobar que de mito tiene muy poco, y mucho de realidad. Desde que deje de escribir historias, por motivos personales –quizás muy relacionado a las experiencias vividas en ellas-, me llegaron comentarios y relatos de la aparición de una supuesta mujer vestida de negro que ingresaba al cementerio de Tunuyán todos los domingos. Algunos decían que la misma mujer iba a la iglesia, luego se perdía sin dar cuentas y aparecía en la calle del cementerio en la noche, caminaba por el lugar sin destino y a cierta hora entraba al cementerio, pero nunca la veían salir. Como siempre, y para no perder la costumbre, fuimos con dos amigos a la casa de un vecino que insistía que esa mujer era una señora que vive sola en la calle Buenos Aires de Tunuyán, – Nadie le ha visto la cara, pero yo vivo acá y le conozco hasta la forma de vestir a todos. Esta mujer aparece tapada hasta las orejas los domingos a la noche y al otro día la veo en el almacén – Nos contó Don Nacho, como le llamaban en la calle “Argentina”, donde se ubica el cementerio. Ya en su relato se notaba que Don Nacho no creía en los comentarios y relatos que se habían originado por la mujer del cementerio – Son cuentos de pendejos chotos y viejas arrugadas – nos decía Nacho, que entre sus setenta y tantos, tenía momentos de lucidez y a veces de escenas perdidas. Según los relatos de Don Nacho, la mujer comenzó a aparecer por el cementerio a principio del 2014. – La empecé a ver de la nada, nunca la había visto, en realidad no sé quién es, pero se parece mucho a Clarivel, una señora que se quedó sola, su marido falleció y sus hijos no la vienen a ver porque siempre los carga con problemas. Vive en la calle Buenos Aires, la casa parece estar abandonada, y se la ve muy de vez en cuando. Se me ocurre que puede ser ella, Clarivel. Habíamos llegado un sábado por la media tarde a la casa de Don Nacho, vivía con su mujer que tenía alzheimer. Le golpeamos la puerta y nos atendió de muy buena manera, – estoy acostumbrado, antes tenía un almacén en casa y se me hizo costumbre recibir desconocidos – Nos dijo el viejo entre muecas. Ya habían cenado (muy temprano) y estaba por levantar la mesa, pero nos ofreció un poco de sopa que le había quedado, para no desmerecer aceptamos, además todos sabemos que entre cena las charlas siempre son más fluidas. – Así que vienen por los dichos de la mujer que se aparece en el cementerio. Suerte de ustedes que tienen tiempo y ganas de andar boludeando con esas cosas – Nos dijo al sentarse con un vaso de soda con Terma, mientras su mujer miraba fijo la mesa. Parecía que ya estaba en sus últimas… – En realidad hemos venido a comprobarlo, a ver si podemos registrar algo. Como le contamos, nos gusta seguir este tipo de historias y la gente sabe eso, algunos nos relatan historias y si nos convencen, intentamos ir a averiguar algo o experimentar – Le respondimos con Pablo , mi amigo. – Bueno, en verdad acá no hay mucho misterio, muchachos, ya les dije que es una señora que está sola, y que no se sabe mucho de ella – Nos dijo el viejo con un tono condenatorio – Si, no se preocupe don Nacho, ya hemos tenido experiencias donde comprobamos que son rumores nada más, pero otras veces nos hemos sorprendido… es cuestión de sacarse las dudas. – Rematamos, ya prediciendo lo que el viejo tenía para decirnos. Se hicieron las diez de la noche y seguíamos conversando, la charla se había extendido demasiado y ya casi nos habíamos olvidado de la mujer deambulaste. Hasta que don Nacho dijo que nos sentáramos cerca de la ventana delantera, para estar al tanto de cualquier eventualidad, tristemente la casa del viejo quedaba a cinco casas del cementerio. La esposa de don Nacho seguía sentada en la misma posición, no se había movido ni un centímetro. Era un poco tétrico verla sentada así, pero parecía algo normal en la casa. El viejo se levantó y trajo un poco de garrapiñada y galletas para que picáramos mientras conversábamos esperando que “algo” pasara, pero parecía que la noche estaría tranquila. De repente mientras comíamos las ultimas galletas vimos una silueta por la ventana, a lo lejos, se divisaba una mujer con algo entre los brazos, se la veía toda de negro y con la cabeza agachada. El viejo pegó un grito como si no nos hubiésemos dado cuenta de la situación – ¡AHÍ VA! ¡AHÍ VA! ¡ES CLARIVEL! ¡LES DIJE, LES DIJE!… Saquen fotos así publican y se acaba esta tontería – Gritaba el viejo mirando por la ventana. – ¿Cómo puede asegurar que es Clarivel, ni siquiera se le ve la cara? – Le dijimos, y el viejo ya un poco calmado contestó: – Porque sí, es evidente, viene de aquella dirección, es de la misma estatura… – Una respuesta poco convincente. A todo esto, la esposa de don Nacho seguía inmóvil. Continuamos mirando por la ventana para seguir a la mujer y ver qué hacía. Cuando ya se la divisaba mejor en la luz de los postes, la mujer se quedó parada al costado de la calle, frente al cementerio. Estuvo ahí cerca de cinco minutos sin moverse. Ya era un signo extraño. Cuando decidimos entre todos ir y hablar con la mujer, empezó a caminar hacia el cementerio, caminaba muy despacio y siempre cabizbaja, y era claro que llevaba algo entre los brazos. Nosotros estábamos petrificados, el viejo seguía hablando huevadas en voz baja, la esposa se mantenía sentada sin moverse, todo era demasiado raro como para continuar calmos. Entonces, le dije a Pablo que siguiéramos a la mujer para ver qué hace o ver bien quién es. El viejo se enojó, no le parecía buena idea – ¡Cómo van a ir con esta oscuridad! además, el cementerio está cerrado por la noche – Nos trató de convencer, ya era extraño que intentara “tapar” la situación. Entonces decidimos salir con Pablo , mi amigo – Espero que no inventen más boludeces ustedes dos, si ven algo vienen y me avisan yo voy a estar acá esperando – Nos dijo el viejo mientras nos preparábamos para salir. En la calle, estaba todo absolutamente oscuro, había un poste a mitad de cuadra y la luz débil en la entrada del cementerio, el cual estaba cerrado. Nos quedamos detrás de un árbol mientras observábamos a la mujer que se había quedado parada en el umbral del “camposanto”. Nos empezamos a acercar lentamente tratando de no hacer ruido por el otro lado de la calle, mientras nos aproximábamos, la mujer parecía verse más oscura, no sabemos si fue por el mismo miedo o qué, pero a pesar de estar cerca, no se lograba ver nada, más que una silueta negra. De repente se empezó a balancear hacia atrás y hacía adelante, como impaciente esperando algo. En ese momento, el susto nos hizo quedar agachados atrás de unos arbustos que tapaban poco y nada, pero confiábamos que la oscuridad haría su trabajo. La mujer seguía balanceándose, y nosotros de apoco nos volvimos a acercar un poco más. Justo ese día habían podado los árboles de la zona, por lo que la calle estaba llena de ramas pequeñas, sin querer y sin verla, Pablo pisó una, el eco que hizo el ruido de la rama quebrada es el recuerdo más horrible que me quedó de esta experiencia. Al pisar la rama, la mujer se quedó quieta, nuestros ojos parecían que iban a explotar y nos faltaba la respiración. La mujer pegó un giro repentino y quedó mirándonos de frente, estábamos de otro lado de la calle, ella iluminada por la tenue luz del cementerio, con “eso” entre los brazos. Nos miraba fijo (o eso pensábamos, pues no le veíamos los ojos). Nos tapamos la boca y nos quedamos duros mirándola agachados en la oscuridad, fueron los diez segundos más largos de nuestra vida, no sabíamos si salir corriendo o quedarnos a ver cómo seguía la situación, el miedo nos obligó a quedarnos. Luego de esos diez segundos, la mujer empezó a caminar hacia nosotros lentamente, cuando iba por el medio de la calle pisó otra rama, se quedó tiesa, con un pie adelante, parecía una especie de robot cómo se movía. Se quedó parada otros diez segundos, después, sorpresivamente salió corriendo, hacía uno de los costados del cementerio, parecía otra persona, pues una mujer anciana no correría de esa forma tan ágil, era muy extraño, las piernas parecía que se le volvían más largas con cada paso. Nosotros no podíamos creer lo que veíamos. La seguimos con la mirada y se perdió en la oscuridad de la calle. – Tenemos dos opciones: la seguimos y vemos qué mierda pasa o nos volvemos e inventamos una historia con lo poco que vimos – Le dije a Pablo . Su cara era blanca, los ojos se le habían secado por no pestañear. – Estoy cagado, pero para eso vinimos, vamos a ver qué pasa – Me respondió con la voz entrecortada. Los dos sabíamos que se podía venir algo mucho peor, pero el morbo por estas cosas nos hizo seguir a la mujer de negro. Empezamos a correr pisando suave el piso para no hacer ruido, pero cada tanto las ramas quebradas nos delataban y la sangre se nos congelaba. Entramos a la oscuridad de la calle, la luz ya no llegaba, y empezamos a alumbrar con los celulares. Caminamos un largo trecho, costeando el cementerio, en ese momento, en un movimiento de luz, alcanzamos a ver a la mujer, estaba agachada frente a la muralla del lugar. Cagados, salimos corriendo al otro lado de la calle y nos escondimos. Apagamos la luz del celular, ya sabíamos dónde estaba, así que nos quedamos mudos, esperando ver algo entre la oscuridad, pero era lógico que no se notaría nada, por lo que empezamos a confiar en el oído. Las ramas tiradas en la vereda ahora eran aliadas pues escucharíamos algo si se aceraba o se movía. Esperamos cerca de cinco minutos agachados en la penumbra. Luego de esos interminables minutos, empezamos a escuchar a alguien tosiendo, como si se hubiese ahogado con algo. Tos, seguida de arcadas induciendo el vómito. Sabíamos que el ruido venía directo de donde estaba la mujer. Después de los tosidos, empezamos a escuchar ramas que se quebraban lentamente, era evidente que la mujer estaba caminando. Yo a mis adentros rogaba que esos sonidos no se acercaran, porque ahí sí, abortaría todo y saldría corriendo. Las ramas quebradas continuaban, claramente era alguien dando pasos lentamente. En un instante, se dejaron de escuchar. Ahí el corazón se nos paralizó, pues no podíamos deducir qué es lo que estaba pasando. Nos quedamos quietos esperando, estuvimos cerca de quince minutos en silencio, sólo sentíamos nuestra respiración y el brazo del otro pegado tiritando de miedo. Decidimos hacer algo, otra vez la duda: volvernos o seguir averiguando. No nos repreguntamos nada, y caminamos directo a donde estaba la mujer. Prendimos el celular y ya no estaba, empezamos a alumbrar el lugar y vimos en el suelo algo parecido a un vómito. Si era un vómito, no estaba bien digerido, pues se notaban trozos de comida (¿era comida?). Totalmente asqueroso. Había algunas manchas en el suelo, una especie de rastro; lo seguimos y nos encontramos con un agujero en la pared, estaba justo al lado de un gabinete de gas, entraba perfectamente una persona agachada. En ese momento, todo se había vuelto demasiado tenso y terrorífico, entrar o no entrar al cementerio, una duda que desde chicos siempre nos hacemos, pero ahora se había vuelto una especie de límite. Nos miramos con Pablo , alumbrándonos la cara con el celular. Sin pensar Pablo , bajó la mirada y se metió por el agujero. Lo seguí, pensando, pues siempre era él el que quería irse cuando la situación era peligrosa. Entramos y estaba todo completamente a oscuras, había una que otra luz pobre en cada esquina del cementerio ¿Quién necesita luz en un cementerio de noche? Por lo que seguimos alumbrando con los celulares, pero nos dimos cuenta de que sería mejor apagarlos, porque la luz era muy delatora, por ende, decidimos seguir caminando despacio y guiándonos por los sonidos y por el vago recuerdo que teníamos del lugar cuando visitábamos de niños. Alcanzamos a caminar unos 30 metros en línea recta y a lo lejos se escucharon otra vez las arcadas y la tos. Se escuchaban con eco, deducimos que la mujer se encontraba en la sección techada de los nichos incrustados en la pared. Con la memoria visual del lugar nos dirigimos a esa zona, pensamos que era mejor encontrar la esquina del lugar para que así supiéramos ubicarnos mejor mentalmente. Entonces empezamos a caminar a paso de tortuga con las manos en la pared. Cada tanto nos tropezábamos con algunas tumbas y sus lápidas, era una situación muy, muy terrorífica. Todo en la cabeza se nos había vuelto un laberinto, no había recuerdo que nos guiara, pero llegamos por fin, a la esquina de los nichos. Las arcadas de la mujer seguían esporádicamente, y el eco retumbaba en el lugar. Siguiendo el sonido, nos fuimos acercando. Cuando de repente, y sin esperarlo, empezamos a escuchar lo que parecían ser pisadas de pezuñas en el lugar. Yo, no aguantaba más el miedo, agarré a Pablo y entre los dos nos apretamos los brazos, nunca en mi vida voy a olvidar esos ruidos: la tos de la mujer y las pisadas, que se hacían eco también en todo el cementerio. En un momento, nos quedamos agachados frente a los nichos, los trancos de las pezuñas nos habían debilitado las piernas y las ganas de seguir. Permanecimos callados, hasta que los ruidos se acabaron. En ese momento le dije a Pablo que nos preparáramos para salir corriendo o gritar, si en los cementerios hay serenos como dicen que hay, nos escucharía. Planeamos prender ambos celulares de golpe para sorprender a lo que sea que hubiese en el lugar. La idea era alumbrar y salir corriendo – ¡Pará boludo, mejor saquemos fotos con flash, si vemos algo quedará registrado, y será una luz rápida, después se apaga y podemos salir corriendo más fácil! – Me dijo Pablo , tragando saliva con cada palabra. La idea era genial, era la coartada para salir del lugar, pero nunca pensamos que funcionaria tan bien, tanto que, de eso, obtuvimos una foto significativa y quedó de recuerdo y evidencia de lo que sucede en el cementerio de Tunuyán: En la foto (que editamos para que se vea con más nitidez la figura) se ve a mujer de negro, con una especie de túnica, señalando con la mano un nicho. Lo extraño de la foto es que no se ve nada más que la figura de la mujer. El ruido de las pezuñas no sabemos de dónde provenía. Como era el plan, salimos corriendo luego de sacar la foto. Corrimos como nunca antes en nuestras vidas, volvimos tras nuestros pasos, por donde habíamos entrado. Nos llevamos por delante tumbas, lápidas, montones de tierra, ramas, pero nada importó, sólo queríamos salir del cementerio. Corrimos, corrimos sin parar por la calle oscura hasta llegar a la casa de don Nacho. No alcanzamos a llegar y el viejo abrió la puerta. La cara de susto del hombre se comparaba con la nuestra, era como si él hubiese visto lo mismo. Nos quedamos con el viejo en silencio unos minutos, tiritando, con la boca seca y las piernas flojas del susto – ¡Bueno, me van a contar lo que pasó o no! – Dijo el viejo ya algo enojado. Las palabras sobraban en ese momento, nuestra cara contaba todo, pero, aun así, a contra de voluntad, le contamos todo a don Nacho. Eran las doce de la noche, su mujer estaba ya acostada. Don Nacho se quedó mudo y solo se animó a decir – Chicos quédense, les preparo la cama de mi hijo y pasan la noche acá. Mañana hablamos más tranquilos – Sabíamos que esa noche no dormiríamos. Pero hicimos el intento. Al otro día, amanecimos, el viejo nos despertó asustado. Pensamos que le había pasado algo a su mujer, pero no, traía el diario Los Andes en la mano. Para nuestra sorpresa, una noticia nos cerró y bloqueó por completo, el título de la nota era “Profanaron la tumba de un bebé en el Cementerio de Tunuyán”. Era obvio lo que habíamos vivido. Era cierto, algo extraño pasa en el cementerio de Tunuyán. Ni siquiera con esta información en mano, pudimos saber quién o qué era lo que vimos esa noche. Don Nacho dice que no nos cree, está seguro con su postura de que es una vecina, Clarivel, de la que no sabemos absolutamente nada, pues las veces que hemos ido a su casa, no hay nadie, está abandonada. Después de esa noche, Don Nacho dice que no ha vuelto a ver a la mujer, pero que todos domingos en la mañana encuentra vómito en el umbral de su casa, y que, charlando con vecinos del lugar, muchos han encontrado lo mismo cerca del cementerio. Ahora se la conoce como “La Llorona de Tunuyán”, y en la Calle La Argentina es muy relatada. Nosotros, por nuestra parte, decidimos dejar esta historia sin averiguar más, con lo que vivimos, la foto y la noticia nos fue suficiente. Algunas cosas es mejor no indagarlas, y esta es una de esas. VISITA MI CANAL DE YOUTUBE
Siento tibio y frío, debo haberme quedado dormida para ir a trabajar ¿Es la mañana? ¿O todavía es de noche? No lo sé, deberé abrir los ojos para averiguarlo, cuesta tanto, creo que no puedo, me concentro para lograrlo, me cuesta horrores. Blanco y más blanco, mi habitación es verde claro ¿qué está pasando? No es mi casa, ni la de mi madre, que está ahí durmiendo en una silla. Quisiera llamarla pero no puedo, realmente no puedo, ni siquiera moverme, ni hablar, nada, estoy presa dentro mío. Un dolor punzante viene del pecho, como si una espada ardiendo me atravesara y quemara, pero pasa, sigo respirando, trato de tranquilizarme y pensar porque estoy ahí. Recuerdo mi casa, salir tarde, más todavía por detenerme a desayunar, era viernes…viernes, me correspondía ir a la sucursal de distrito, una media hora por la ruta. Pongo el maletín en el auto, cierro la puerta ¿Falta algo? Sí, me demoré, más aún, cargando combustible, después la ruta y nada…no ya no recuerdo nada. ¡Algo terrible ha pasado! Esto es un hospital, la desesperación se multiplica con la imposibilidad de moverme ¡oh por Dios! Pasé a buscar a Daniela, necesito saber si está bien, quiero gritar y despertar a mi mamá pero no puedo mover los labios, mando la orden, los siento pero no pasa nada. Nuevamente el dolor atraviesa mi pecho, el calor se hace intenso me quema, mientras se congelan mis extremidades, esa sensación helada contrasta con el fuego de mi pecho, hasta que lo derrota y avanza lentamente, siento los dedos congelados, no…ya no los siento. Miro la esquina de la habitación y se ha puesto negra, cientos de puntos se agolpan, ¿aparecen? Si, aparecen más y más, el frió llegó a mis piernas, ya no las siento. El negro avanza sobre la pared, aparecen más manchas, los puntos se multiplican y el frio llega a la parte inferior de mi estómago que parece desvanecerse. Un enjambre de puntos negros se posa sobre la ventana, tapa el sol y oscurece aún más la habitación, siento calor en mi mano, alguien la ha tomado, es mi mamá, se mueve desesperada pero no la escucho, el frió llegó a mis oídos y ya creo que no existen. Las manchas se tocan, se juntan, aumentan y se potencian, absorben la habitación, y ¿Mi pecho? No está, ni el fuego que lo quemaba, suben las primeras pintitas a mi cama, la cubren, despacio y se me hiela el cuello, creo que ya no está, se me escapa el aire. Me resisto a perder el calor de las manos, el ajeno que las envolvía con ternura también, pero se va, o tal vez yo me fuí, intento verlo pero no puedo, no siento los ojos, la oscuridad se ha expandido por toda la habitación, por mí, todo negro… https://www.youtube.com/channel/UCwNkRGokehMXmtcok1Mr7XA?view_as=subscriber

Hace aproximadamente unas tres semanas surgió una conversación mas que interesante en el grupo de Whatts App del Mendo. En ella se debatía sobre la existencia de brujas, fantasmas, entes paranormales, etc. Varios de mis compañeros de Staff concuerdan con mi opinión, de que tales cosas no existen. A pesar de que a mi me fascina el terror y el horror, yo soy una persona escéptica al tema. Se me hace imposible creer que exista algo en este plano, por así decirlo, que forme parte del mundo espiritual. Para mi todo lo relacionado con el oscurantismo y brujería es simplemente un método para sacarle plata a la gente a través de la desesperación y la sugestión mental. Algo muy parecido a la iglesia, solo que en menor medida. Con esto no quiero decir que sea ateo. Por el contrario, creo en Dios. He leído la biblia completa, por tal motivo es que no creo en la iglesia y en lo que dice representar. En ese momento, iba a dar mi opinión sobre lo que estaban hablando, pero para no generar mas debate decidí guardármela para mi mismo. Muy bien ya dicho esto, la razón por la que hago este descargo es porque desde que surgió esta conversación hay un recuerdo que me molesta, algo que no me deja concentrarme. Me ha perjudicado en todo momento cuando me siento a escribir. Me perjudicó en el final de “La Tormenta”, mi último relato escrito para el Mendo y en una novela larga que llevo escribiendo ya hace mas de un año. Después de tanto renegar contra mi mismo, creo que ya es hora de contar lo que me pasó ese día… La causa por la que creo que me molesta, es que muy a mi pesar, no he podido hallar una razón científica que explique lo que sucedió esa noche. Varias pesadillas me han despertado con un sudor frío a las tres mañana, con la infantil sensación de que hay algo debajo de mi cama. El recuerdo que yo creía haber escondido en un rincón de mi mente, vuelve una y otra vez repentinamente a lo largo del día. Es una espina clavada en mi psiquis que me voy ah extirpar en este momento. Antes de seguir con el relato, te voy a hacer una advertencia. Ni yo, ni el Mendo, nos haremos responsables por lo que decidas hacer después de que termines de leer esto. Te pido que si eres un imbécil impulsivo, por favor dejes de leer y sigas con la próxima nota o vuelvas a la anterior, porque lo que te voy a contar es REAL. Es un hecho verídico que me sucedió a mi ya hace 11 o 12 años. Se que es una advertencia muy superficial, pero por favor te lo pido, por favor, si terminas de leer la nota no hagas nada, porque puede que pongas tu vida en riesgo por querer comprobar una estupidez. Te voy a contar todo sin describirte sensaciones vacías de personajes inventados, lo voy a contar tal cual paso y con todos los detalles, como si estuviéramos tomando una cerveza en la esquina en la noche y este tema saliese por casualidad. Hace ya algún tiempo, yo tenia un grupo de amigos que creía inseparables, el mismo estaba integrado por mi primo llamado Alejandro, otro llamado Diego, el más gracioso del grupo y el más pequeño de los cuatro, Pablo. Teníamos una tradición en nuestra amistad que empezó mas o menos cuando yo tenia cinco años, nuestros padres todos los años iban a un o pueblo cercano conocido como Tres Porteñas. En este pueblo, los abuelos de Pablo tenia un chalet de más de 100 años, hecho de alambre y guano pisado. No vayas a creer que por la descripción de los materiales del lugar este carecía de belleza. Era una mansión de dos pisos, tres baños, siete habitaciones, dos cocinas y una sala de estar mas grande que mi casa actual. En la parte trasera de la propiedad había una pileta y un quincho con capacidad para 50 personas aproximadamente. Al principio nuestros padres nos llevaban, pero a medida que fuimos creciendo, comenzamos a ir por nuestros medios, íbamos en micro, remis trucho, etc. Hasta que mi primo comenzó a manejar el Fiat Regatta de su papa, lo que nos facilito nuestro traslado para ir casi todos los días. Los abuelos de Pablo eran muy hospitalarios, llegaron a dejarnos la casa sola cuando salían de vacaciones, fue en ese lugar donde mis amigos y yo nos emborrachábamos las primeras veces. La ultima vez que fuimos, recuerdo que fue mas o menos por esta época, 26 o 27 de diciembre, llevamos asado, vino y cerveza, además de un videojuego. Llegamos cerca de las 19, la casa estaba pulcra y limpia. Solo el paisaje que se asomaba por el este era amenazador… una tormenta eléctrica que se dirigía hacia nosotros, la nube parecía un hongo nuclear, la parte superior se perdía en la altura, era casi imposible divisarla. Mi primo me aconsejó que hiciera el asado temprano y tuvo razón. A las 21, un aguacero acompañado de a ratos por granizo azoto a todo Tres Porteñas. Por suerte yo ya había terminado el asado y estábamos comiendo adentro. Nos reíamos de estupideces y nos emborrachábamos de a poco, hasta que el suministro de energía eléctrica se fue. Dejamos de comer para poner velas en toda la casa. La misma era tan grande que nos demoramos varios minutos en dejar los sectores que usaríamos bien iluminados. Terminamos de comer, conversamos un rato de la vida, la muerte, fantasmas, el diablo, dios, etc. Ya no quedaba mucho por hablar y a tormenta no parecía ceder. Estamos comenzando a aburrirnos. Entonces Diego tuvo la idea de jugar a “María sangrienta”, el equivalente del “Charly, Charly” de hoy en día. Yo le dije que era una estupidez ese juego. Recuerdo que me miró un poco disgustado y sugirió jugar a la copa. Le expliqué que yo ya había participado de una sesión y que yo mismo movía la copa. La cara desarticulada ya no era solo parte de Diego, se traslado a los otros dos también. Al ver la situación, les propuse jugar a otra cosa. En esa época era uno de los pocos en mi barrio que tenia servicio de internet y recuerdo que la red social You Tube estaba empezando a hacerse popular. Un día vi un video de un canal que ya no existe, en el cual te explicaba como llevar a cabo tres juegos de espiritismo. El primero era algo complicado, se necesitaban muchas cosas y muchas precisión. El segundo era la ouija, la versión “cheta” de la copa y por ultimo el juego que llamó mas mi atención. El juego se llamaba: Te toca. Los materiales que se necesitan para hacerlo son tan sencillos, que hasta te seduce la idea de probarlo. Se los comenté, les encantó la idea y Pablo me proveyó de todos los materiales sonriendo como un demente. Lo primero que necesitas es un cuchillo muy afilado el cual te servirá durante todo el juego. Debes tomar el cuchillo, rajar el vientre de una muñeca de plástico, rellenarlo de arroz y luego cocerlo con un hilo rojo. Después de hacer esto, solo debes ir a un lugar de la casa por donde corra el agua, dejar ahí a la muñeca, apuñalarla tres veces en el vientre, tirar el cuchillo sobre ella y decir, fuerte y claro: “Te toca”. Una vez iniciado el ritual, tienes solo cinco minutos para esconderte toda la noche. El juego comienza en cualquier horario, pudiendo terminar en el amanecer, arrojándole un vaso con agua salada o… mejor no lo digo, se me encrespa la piel solo de pensarlo. Llevé a la muñeca conmigo hasta el baño, mis amigos atrás se cagaban de la risa, por la ebriedad y la adrenalina del momento. La apuñalé, le grité “¡te toca!” , le arrojé el cuchillo y salimos corriendo como estúpidos al segundo piso. Nos metimos en la habitación matrimonial de los abuelos de Pablo. La tormenta volvía a refusilar y la luz de los rayos por momentos nos cegaba adentro de la habitación. Pasaron los cinco minutos, media hora, una hora y la provisión de alcohol se nos terminó. Por estúpido que parezca, me había olvidado del juego. Lo invité a mi primo para que me acompañara a buscar el envase de tetra que quedaba en la heladera de la cocina. Él tenia en esa época un Nokia 1100, supongo que recordaran que ese celular tenia linterna. Bajamos a la cocina cuidando no golpearnos con la escalera. Tomamos la caja de vino y mi primo me sugirió ir al baño para corroborar si la muñeca seguía ahí. Sonreí al darme cuenta que me había olvido del ritual por completo, caminamos empujándonos y riendo como dos adolescentes en la salida de un boliche. Cuando mi primo abrió la puerta del baño, su rostro se desfiguró, la muñeca no estaba ahí y lo peor de todo… el cuchillo tampoco. Nos miramos y corrimos a toda velocidad al segundo piso, me golpeé en dos o tres lugares y casi caí por la escalera. Tenia la sensación que alguien me miraba y me perseguía. Al llegar pateamos la puerta de la pieza, esta se atoraba en ocasiones y solo Pablo conocía la maña para que se abriera. Logró abrirla, sentía que me iba a morir, el corazón me latía en todo el cuerpo y me ardía la vista. Le contamos lo sucedido y la expresión en sus rostros fue de pánico. Tanto Diego como Pablo, no lo podían creer, les expliqué qué teníamos que hacer, era una estupidez separarnos, debíamos bajar todos juntos. Después de un rato los convencí. Salimos de la habitación lentamente y corrimos a la cocina. Tomamos cuatro vasos con agua salada y nos pusimos los cuatro espalda con espalda. Teníamos que subir otra vez a la escalera y lo haríamos de uno, cuidándonos las espaldas. Cuando mi primo subió e iba por la mitad de la escalera y solo quedaba yo, la energía eléctrica volvió. Solo a dos metros de mi, se encontraba la muñeca, amenazante con el cuchillo entre las manos. Al verla mi cuerpo se pegó contra la pared, entonces Alejandro, Diego y Pablo lanzaron el contenido de sus vasos. Mi primo en realidad lanzó el vaso con agua y todo. La muñeca cayó de espaldas al suelo. Recién ahí pude reaccionar y le lancé el contenido de mi vaso y solo así soltó el cuchillo. Lo pateé y se lo saqué de su alcance, después la tomé de los pelos y la lancé al piso superior. Tanto mis amigos como yo transcurrimos frenéticos lo que quedaba de la noche apuñalándola y rompiéndola. Un detalle llamo mi atención, el arroz en el interior se ennegreció. Cuando el alba asomó y la tormenta ya se había marchado salimos al exterior. Tomamos las partes que quedaban de la muñeca y la quemamos. Los juegos de las ultimas horas, donde la golpeamos y rompíamos, eran en realidad una pared que le pusimos a nuestro miedo. Después de quemarla, tomamos nuestras cosas, limpiamos la casa y nos fuimos. Se me hace muy extraño lo que pasó esa noche. Se me hace difícil creer que invocamos un espíritu que nos quería apuñalar… a veces pienso que mis amigos me hicieron una joda. Lo raro de todo, es que esa fue la ultima vez que los cuatro nos juntamos, algo terminó ese día. Fue un antes y un después en nuestra amistad. La ultima semana sufrí un accidente por el cual no he ido a trabajar, las pesadillas y la sensación de ser perseguido y observado han aumentado. Entonces me puse en campaña y trate de organizar una juntada. Ninguno quiso verse, entonces fui a la casa de cada uno. Me tomé una cerveza, dos según la ocasión y les pregunté que pasó esa noche o que recordaban. Con los tres me pasó lo mismo, inventaron una excusa y se fueron rápidamente. Llegué a la conclusión de que si, me hicieron un chiste… muy bien hecho, porque años después todavía no me dicen la verdad, aunque pensándolo bien estaban tan o quizás mas asustados que yo… GIF LINK DE MI CANAL DE YOUTUBE https://www.youtube.com/channel/UCwNkRGokehMXmtcok1Mr7XA?view_as=subscriber