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AnaMariaManceda

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Primer post: 25 abr 2018Último post: 27 abr 2018
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Dos copas de vino y la vida. Cuento-Ana María Manceda
ArteporAnónimo4/25/2018

DOS COPAS DE VINO Y LA VIDA. Ana María Manceda ¡Cómo olvidar! Todo fue maravilloso; el viaje desde Buenos Aires, el Congreso Arqueológico, Madrid. Vertiginoso, quería verlo todo, vivir. El grupo de congresistas no quería perderse nada, todas las invitaciones eran aceptadas. Así fue como organizamos la excursión a Toledo, tú Jordi deseabas presentarnos tu bella ciudad y tu fantástico hogar situado dos metros bajo tierra ¡estabas tan entusiasmado mostrándonos el tesoro que poseías! Te habías comprado esa casa en tu ciudad natal, muy estrecha, debiste edificar hacia arriba y hacia abajo.— Es una cueva de la época de los romanos— nos explicabas fascinado y nosotros escuchábamos de igual manera, éramos jóvenes arqueólogos ávidos de experiencias aunque tú ya estabas un escalón más al ser titular de una cátedra. Fue una experiencia inolvidable. Yo no podía dejar de mirarte, tu postura y tus ojos delataban la mezcla étnica, eras un imán. Ya en Madrid fue la cena de despedida, al finalizar me acompañaste hasta la habitación del hotel, busqué un buen pretexto para invitarte a pasar, tenía unos artículos del profesor que tanto admirabas. No te despedirías así como así querido Jordi, te invité una copa de vino, y tu mirada a través del violeta de la copa insinuante de siglos, ya me había poseído. Un nuevo congreso, esta vez en mi tierra; la Patagonia. Pasaron veinticinco años y tantas cosas en el mundo y en nuestras vidas. Cayeron el Muro de Berlín y el apartheid, aunque no las desigualdades, siguen las luchas por el poder, nos acecha el calentamiento global, ambos tenemos matrimonios frustrados, hijos, pero las pasiones no cambian querido profesor, no cambian. Te veo bajar del avión, con tu prestancia, canas y esa mirada ardiente. Te prometo Jordi que esta noche estás invitado a cenar en mi casa patagónica, de mujer sola, con hijos independientes. No tengo una cueva romana ni la juventud que nos arrolló en Madrid pero te brindaré una copa de vino color ciruela, coloreado por los valles de estas tierras, y mientras nos amamos, escucharemos el silencio de la nieve que se avecina sobre la ausencia de estos años.*** Seleccionado por editorial Dunken Bs.As para la antología “Senderos con historias” 2012

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Almendros en el crepúsculo . cuento Ana María Manceda
ArteporAnónimo4/27/2018

ALMENDROS EN EL CREPÚSCULO . CUENTO .ANA MARÍA MANCEDA Último paseo del fin de semana en el campo. En estos días reciclé las energías para comenzar la rutina vertiginosa de la ciudad, ya mi velocidad no es la misma, la edad tiene que ver, hago la mitad de las cosas que realizaba en la juventud, pero en realidad rindo lo mismo, todo es más reflexivo, selectivo y obtengo a diario los resultados deseados. Pero este dejarse llevar es zafiro. El luminoso atardecer me impulsó hacia un sendero no transitado, de pronto los vi, repletos de frutos, desafiando, gatillando al tiempo. Y los recuerdos que estaban al acecho aparecen impunes. Los almendros me sienten a chispas, a destellos de nostalgias, me traen el aroma de una época mágica, compleja y de la conflictiva, dominante presencia de mi padre Sucedió en primavera. Con mis compañeros de facultad habíamos decidido realizar una cena con la excusa de festejar la semana del estudiante. También era una manera de exorcizar los graves acontecimientos políticos en los que estábamos inmersos, el huevo de la serpiente estaba germinando. Queríamos divertirnos. Los chicos traerían pizzas y empanadas pero yo deseaba cocinar una salsa de almendras que debía acompañar con presas de pollo, pensé que bien los podía suplantar por unos pequeños gallos que teníamos en el gallinero— regalo del tío tano que se le hacía insoportable que la gente no tuviera su huerta y sus propias gallinas—. Mi padre, en esas raras treguas que tenían nuestras habituales discusiones se ofreció a colaborar con mi comida especial. Él se encargaría de entregarme listos para su cocción a los apreciados gallos, extraña especie pigmea, que esperaban para una ocasión importante. Los preparativos me supieron a fiesta, desde las compras de elementos no comunes en la comida cotidiana; crema, especies exóticas, almendras, vino especial, hasta la puesta de la mesa. Cuando el perfume de la salsa invadió la cocina, calculé que era el momento de dorar las aves. Ante la tardanza de mi padre, fui en su búsqueda, no podía esperar más tiempo. El recorrido por el camino hacia el fondo de la casa me hizo sentir más feliz aún. El jardín y los frutales florecían y el atardecer aparecía como diseñado por toques de luz y pinceladas de naranjas y azules. Llegando a los últimos árboles sentí un estremecimiento, los gallos estaban colgados de las ramas, pico abajo ¡Sin pelar! Al acercarme descubro horrorizada que abrían los ojos. ¿Cómo sucedió? Desde la cocina había escuchado el gran alboroto provocado por su captura. Salí corriendo, a punto de llorar le expliqué a mi padre que los gallos no estaban muertos. Mi angustia era doble; estaban vivos y moribundos. Los sucesos que siguieron ¡ No podían haber sucedido! Trató de ahogarlos, no se murieron, por último decidió cortarles la cabeza. Horrible. Así era él, poseía una insoportable y graciosa inutilidad, no heredó la simple habilidad de mi abuela para matarlos en un segundo. La cena estuvo lista a las diez de la noche, las risas juveniles y las alabanzas inundaron la casa ¡Qué mano para la salsa María!¡Qué exquisitez! ¡Qué sabor le dan las almendras! ¡Muy bueno el vino! Yo no comí, tenía la sensación que el asco derretía mi maquillaje, contaminaba mi perfume, enrojecía mi mirada. Los queridos compañeros, cómplices de la vida, ignorantes de mi sufrimiento, alegres por el vino, la juventud, las canciones de Serrat, la negra Sosa, y la perfecta noche de primavera, celebraron la fiesta. ¿Alguna vez habrán recordado mis amigos esa noche? De todas maneras son sucesos que te marcan para toda la vida. El tiempo regresa, el paseo en el campo termina, los recuerdos se refugian en las orillas de la noche. La última imagen que llevo en mi mirada de otoño, son los soberbios almendros que acompañan el crepúsculo y los sutiles reflejos de las estrellas que asoman. Luego todo se esfuma.**** (En varias antologías)

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