Amerisabel_sol
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La mayoría de las mujeres no está contenta con su físico: las piernas, la cintura o el trasero son algunas de las cosas de su cuerpo que cambiarían si pudieran elegir. Pero parece que hay unas cuantas afortunadas que no tienen de qué preocuparse y que se sienten muy agusto en su piel. Es el caso de Pippa Middleton y algunas otras elegidas. Según un estudio, realizado por Lil-Lets, las mujeres se sienten más sexy a los 28 años de edad. En este sentido, Pippa, la archimillonaria Tamara Ecclestone o la actriz Mila Kunis estarían en esa mágica edad y por lo tanto abrazar su sexappeal, de acuerdo con la investigación. Los investigadores descubrieron que la mayoría de las mujeres (a esta edad) se mostraban contentas con la forma de su trasero y pecho así como con el tamaño de sus caderas y la cintura. Pero aunque una mujer se sienta sexy a los 28, la plenitud no llega hasta los 32 gracias al apoyo de amigos y familiares que actúan como el mayor impulso para reforzar la confianza en sí mismas. El estudio se basó en las sensaciones y actitudes de las mujeres británicas con respecto a su femeneidad, y forma parte de la campaña We Are Women (Somos mujeres) para que las mujeres aprendan a sentirse orgullosas de su feminidad. De hecho, tres cuartas partes de las británicas dijeron no cambiaría la forma de su cuerpo si se les diera la oportunidad. Por otro lado, los ojos son la parte cuerpo de la que se muestran más orgullosas como indica un 23 por ciento de las encuestadas. El 20 por ciento optó por el pecho, y el cerebro queda en el tercer puesto. Al preguntarles qué sería lo que cambiarían, el 41 por ciento de las mujeres dijo que les gustaría tener unas piernas más largas y delgadas. Vestirse, ponerse tacones, arreglarse el pelo y maquillarse son los aspectos de la feminidad que más disfrutan. Y a la hora de buscar referentes o fuentes de inspiración, las británicas lo tienen claro: Kate Middleton encabeza el ranking seguida de cerca por la actriz e icono sexual Marilyn Monroe. Otro estudio reciente llevado a cabo entre un total de 2.000 mujeres reveló que hoy en día una mujer considera que tiene cuatro buenos amigos. Además, un 20 por ciento de las encuestadas desearía sentirse más segura alrededor de los hombres, ya que ellos son la causa de la pérdida de confianza en la mayoría de los casos. Según este estudio, la confianza en uno mismo es más difícil de conseguir que la confianza en el cuerpo, y la mitad desearía poder dejar de preocuparse tanto acerca de sus vidas. Saber hacia dónde vamos en la vida y tener una relación de pareja estable en el tiempo son los factores que más confianza aportan. Asimismo, conocer y aceptar su peso ideal (y no el que marcan las tendencias) es otro gran logro en un 52 por ciento de las mujeres. Por el contrario, los problemas en el trabajo y sufrir el abandonado de la pareja son los factores que más minan la confianza en uno mismo. Con este estudio Lil-lets ha querido celebrar lo que significa ser mujer. Los resultados demuestran todas las cualidades positivas que implica ser mujer. "Es fantástico comprobar que las mujeres están, en su mayoría, bastante contentas con su imagen", explica Clodagh Ward, director de marketing de Lil-lets.
Si esta temporada te dejó unos rollos de más, la ropa puede convertirse en tu aliada para que de todos modos luzcas espléndida y brilles. Lo primero que debes saber es que las áreas con las que más incómoda te sientas y quieras disimular serán, entonces, aquellas a las que menos atención le pondremos. Esto es: si aumentaste tu barriga y quieres disimularlo, evitarás colores vibrantes en el torso así como brillos, apliques y cualquier cosa que pueda sumarte volumen o generar un efecto óptico de aumento. Recuerda siempre que los colores oscuros ayudan a estilizar (aunque esto no te condena a vestir siempre de negro, sólo debes evitar llamar demasiado la atención en esas zonas de tu cuerpo que ya de por sí atraen más por su volumen. De hecho, puedes aprovechar para usar el color vibrante que más te guste en la parte con la que estés conforme y así atraerás las miradas hacia allí, desviando la atención de tus libras de más). Lo mismo sucede con las telas. Escápale a las brillosas, con lentejuelas o tachas. Inclínate por las opacas. En cuanto al tipo de prenda, escoge las blusas con corte imperio o princesa, que ayudan a disimular los rollitos de la barriga. Si tu problema está en las caderas y muslos, entonces debes inclinarte por las faldas con línea tipo A (pero sin exagerar el vuelo) y si, en cambio, te sientes insegura de tus brazos porque los notas muy anchos, las mangas ¾ son tus peores enemigas porque sólo logran ensancharte más. Escoge las mangas largas o, si tienes calor, las mangas cortas pero sin nada que llame la atención. La tela es un ítem al que siempre debes prestarle atención. Las gruesas tienden a hacerte ver más pesada y las que se pegan al cuerpo te marcarán aquello que quieres disimular. Por último, recuerda siempre el viejo truco de desviar la atención. Si tienes un buen escote y estás orgullosa de él, lúcelo y haz que todas las miradas se depositen allí. Si, en cambio, tu orgullo son tus piernas, muéstralas y resáltalas. Pero evita por todos los medios hacer foco en la parte de tu cuerpo que más peso ganó durante el último verano.

El tamaño sí afecta el apetito Tengo muchos motivos para no poner un pie en los restaurantes de comida rápida. Además de la baja calidad de la materia prima, los aditivos y la preparación hacen que todos los platillos tengan un saborcito a cartón frito. A eso se suma la enorme cantidad de contaminantes que producen los empaques desechables, las pésimas condiciones laborales que ofrecen a sus trabajadores y la destrucción de tradiciones culinarias locales. Para seguir con la lista, este fin de semana me encontré con un artículo que me hizo reafirmar mis críticas hacia la industria del fast food —o debiera decir fat food—. La profesora Aradhna Krishna, de la Universidad de Michigan, realizó un estudio para averiguar si el tamaño de la presentación del platillo (chico, mediano, grande) influye en el apetito de las personas. En un experimento, dio a los participantes galletas etiquetadas como tamaño "mediano" y después como "grande". El truco: las galletas eran del mismo tamaño. El resultado: la gente comió más galletas cuando estaban etiquetadas con el tamaño "mediano". En vez de confiar en lo que su estómago les dijera, se dejaron llevar por el letrero. "Sólo porque hay una etiqueta distinta, la gente come más. Incluso tienen la impresión de que no se han excedido", afirma Krishna. El principio psicológico implicado en este proceso tiene muchas ramificaciones. Por ejemplo: un refresco de 32 onzas se vende en el restaurante X bajo la etiqueta de "grande", el mismo refresco en el restaurante Y se vende como tamaño mediano. Lo mismo ocurre con el café, las donas, las papas... Quien confía en las etiquetas termina comiendo o bebiendo más de lo que necesita. De acuerdo con el Centro de Control y Prevención de las Enfermedades de los Estados Unidos, lo que hoy es un refresco de tamaño "grande" era seis veces más chico hace 60 años. Las cadenas de fast food han ido cambiando los tamaños de acuerdo con el juego del mercado, sin pensar en las implicaciones que esto tiene para la salud de la gente. Por otra parte, las cadenas de fast food se han instalado en casi todos los países, reproduciendo este mismo fenómeno. Al aumentar el contenido de las porciones, el consumidor siente que está recibiendo "más por su dinero", cuando en realidad, está recibiendo una dosis más alta de azúcares, harinas y grasas refinadas. ¿Le doy un consejo? Si usted recibe mayor volumen por el mismo precio, sospeche de la calidad del producto o de las condiciones en que éste fue producido. La educación y la industria El fenómeno de la variación en los tamaños y la etiqueta se cruza con una cuestión de educación. En algunos países no les importa desperdiciar, así que por una ridícula suma aumentan el tamaño de su porción, "por si acaso" se quedaran con hambre. En otros países entra en acción la culpa. A la mayoría nos han enseñado que hay que terminarse lo que está en el plato porque allá afuera hay niños que se están muriendo de hambre. Esa moralina funciona, pero sus bases están torcidas. Sería más sano que nos enseñaran a comer lo que nuestro cuerpo necesita, en función del hambre y la salud, no de la culpa o de la tentación. Mientras los restaurantes de fast food sean libres de poner la etiqueta que quieran, la idea de una porción chica, mediana o grande, seguirá siendo difusa para el consumidor. Por otro lado, las instituciones gubernamentales de salud siguen actuando bajo el esquema de la prohibición en lugar de regular o educar. Ejemplo de ello es que para combatir la obesidad, en Nueva York se prohibió que los restaurantes vendan refrescos de más de 16 onzas. Por algo se empieza, es verdad, pero hay que trabajar de manera integral, sobre todo con el consumidor. Una manera de ayudarlo a retomar la dimensión de las porciones sería regulando o uniformando las porciones. El que las etiquetas y las presentaciones influyan en el apetito no es nada nuevo. Es bien conocido que cuando uno se sirve en un plato pequeño tiene la impresión de estar comiendo una porción más grande (a esta ilusión óptica se le conoce como efecto Delboeuf). Lo mismo ocurre con el tamaño de los vasos, la ropa, el asiento del transporte público, los cubículos de trabajo, la vivienda de interés social... Las etiquetas y los tamaños afectan nuestras experiencias vitales de manera positiva como negativa. No digo que las cadenas de comida rápida estén mintiendo al respecto del tamaño de las porciones, pero el simple hecho de que jueguen con ello para poder competir en el mercado, me parece poco ético, sobre todo por la gran cantidad de problemas de contaminación, obesidad, desnutrición, diabetes y depresión que se asocian a este tipo de comida. Cuando la gente pierde la dimensión de lo que se lleva a la boca, cuando se entrega a las decisiones de la industria alimentaria, pierde conciencia, pierde poder, pierde opciones, pierde salud y dinero. Es cierto que la última decisión siempre será la del consumidor, pero eso no le resta responsabilidad a la industria.
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