Al_Fin_Libre
Usuario (Argentina)
El anarquista de las rosas rojas A 80 años del fusilamiento de Severino Di Giovanni Severino Di Giovanni (1901-1931) fue fusilado el 1º de febrero de 1931 por la dictadura de Uriburu. Tenía 29 años. Considerado el "hombre más maligno que pisó tierra argentina", se ocultó lo esencial de su personalidad: ser un representante de la violencia de abajo. De esos que la sociedad no tolera ni perdona. Creía en el derecho a matar al opresor aunque cayeran inocentes, y tenía un fundamento ideológico para sus actos. Llevó a cabo atentados con bombas y grandes asaltos en su raid revolucionario. Su foto ocupó la primera plana de los diarios y un comisario lo llamó un "Robin Hood moderno". Pero también era un hombre de ideas, un estudioso autodidacta, un escritor y periodista excepcional, un compañero solidario y un militante apasionado. Creía en el amor a rajatabla, en una sociedad más justa, en el respeto al individuo como tal. Y vivió un amor prohibido para la época. El exilio americano Nació en Chieti, Italia, el 17 de marzo de 1901. Estudió para maestro y, aunque no se recibió, ejerció hasta que el fascismo lo obligó al exilio. Mientras aprendía el oficio de tipógrafo y leía a Proudhon, Bakunin, Reclus, Kropotkin, Malatesta, Nietzsche y Stirner. En Italia, Mussolini imponía con sangre su autoridad. Miles de opositores eran muertos, encarcelados y expulsados. Muchos anarquistas recalaron en Argentina, entre ellos, Di Giovanni. Llegó a Buenos Aires en 1923 con su esposa Teresina y su hija Laura. Dos años más tarde nacieron sus otros hijos, Aurora e Ilvo. Al principio, cultivaba y vendía flores. Más tarde consiguió trabajo como tipógrafo y se conectó con grupos antifascistas. Aprendió rápido el castellano y las crónicas de la época lo describían como un hombre de "rasgos bien conformados, rubio, tez ligeramente rosada, ojos color azul mar, de una luz intensa, casi febril...". En 1925, lo más selecto de la colectividad italiana en la Argentina, los "camisas negras" y las autoridades nacionales participaban de un evento en el Teatro Colón. Los anarquistas, al grito de asesinos, repudiaron a los representantes de Mussolini. Di Giovanni fue detenido por primera vez y el prontuario policial lo calificó de "terrible agitador anarquista". Fuerza movilizadora El poder de los anarquistas movilizaba a miles de obreros, editaban periódicos que se vendían como pan caliente, tenían foros de debate y luchaban por los derechos laborales. Existían diversas corrientes. Por un lado, los que hacían el diario La Protesta, a cargo de López Arango y Abad de Santillán y la Fora (Federación Obrera Regional Argentina), que eran considerados el anarquismo oficial. Proponían la educación y la propaganda como medio de lucha. Por el otro, se encontraban los del periódico La Antorcha y los gremios autónomos de izquierda que, en cierta medida, avalaban el uso de la violencia política. Además existían los "expropiadores". Se dedicaban al robo y falsificación de dinero, porque consideraban que recuperaban parte del botín que la burguesía –elegantemente– le robaba a los obreros. Y surgió Di Giovanni con su periódico Culmine, que propiciaba el anarquismo individual y la lucha "cara a cara" con el enemigo fascista. A través de Culmine, polemizó con los otros sectores, publicó sus poemas, se ocupó del tema de la emancipación femenina y de los compañeros caídos en la lucha o que estaban en prisión. Severino financiaba la revista con su trabajo, organizaba tertulias culturales y recibía el aporte de compañeros. Su lema era: "De la propaganda a los hechos". Creía en las posibilidades del individuo para cambiar con su acción a la sociedad. Y lo puso en práctica. El mundo estaba conmocionado con la condena a muerte de Sacco y Vanzetti en Estados Unidos. Severino se sumó a la campaña por la liberación de los anarquistas. El 16 de mayo de 1926, una bomba estalló frente a la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires. Fue el primer atentado de varios que realizó contra objetivos norteamericanos. El gobierno radical de Alvear inició una feroz represión y detuvo a cientos de anarquistas italianos. Los datos los proporcionaba la embajada de Mussolini a la policía argentina, ya que tenían una fluida relación. En ese tiempo conoció a Paulino y Alejandro Scarfó, a través de quienes entraría a la vida de Severino una adolescente que lo haría estremecer de amor con su ojos negros: América Scarfó. En el marco de la lucha por Sacco y Vanzetti, el anarquismo protagonizó su última gran movilización de 100 mil personas, en agosto de 1927. Ese año Severino comenzó vestirse de negro. Usaba un sombrero de ala ancha y un pañuelo al cuello. No fumaba, no bebía, trabajaba incansablemente y comía cuando se acordaba. En la Navidad de ese año hubo por primera vez víctimas inocentes en un atentado perpetrado por él. La violencia lo encerró en una trampa de la que no podría escapar. Las bombas anarquistas eran artefactos hechos de hierro, dinamita y gelignita. Se preparaban dentro de grandes valijas y se colocaban acostadas para su detonación. Carecían de precisión y eran muy poderosas. El 23 de mayo de 1928 una explosión destruyó el nuevo edificio del consulado italiano en Buenos Aires. Los objetivos eran el embajador y el cónsul Capanni, pero cayeron más inocentes. Este hecho dividió al anarquismo vernáculo para siempre. Los sectores revolucionarios y extranjeros apoyaron a Severino. Pero los anarquistas de La Protesta lo acusaron de espía fascista y agente policial. Polemizó con Abad de Santillán y López Arango durante meses, y los ataques fueron cada vez más feroces y personalizados. En octubre de 1929, Severino les exigió una retractación. En una discusión con López Arango, lo mató. Cuando pensaba marcharse a París con su amada y su familia, la detención de Alejandro Scarfó, en diciembre del ‘28, lo hizo posponer sus planes. Para conseguir dinero se conectó con el grupo de expropiadores de Miguel Ángel Roscigna, y cometieron varios asaltos. En ese tiempo escribió: "Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir la vida, es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita del brazo y de la mente". Terminó la década del ‘20 siendo el hombre más buscado en el país. Con una vida y un amor clandestino, ejecutaba a los traidores, ponía bombas, escribía análisis políticos para revistas locales y medios extranjeros, leía, se preocupaba por su familia y se escabullía de la policía. Severino inició 1930 con un plan de trabajo diseñado que denota un cambio en su actitud. En su nueva revista, Anarchia, todos los sectores anarquistas exponían sus ideas. Buscaba un acercamiento. Hasta el golpe de estado sólo utilizó la violencia en la expropiación y liberación de presos. A partir del 6 de setiembre de 1930, reinició los atentados con bombas. Por fin tenía al enemigo fascista "cara a cara", pero la sociedad aplaudió a los uniformados. En enero de 1931 estallaron tres artefactos dinamiteros. La dictadura se sintió desafiada y afiló sus garras. En esos días, detuvieron a Mario Cortucci, hombre de Severino, quien sucumbió al nuevo invento de Leopoldo Lugones (h), la "picana". Resistió 10 días la tortura y dio la dirección de Burzaco creyendo que sus compañeros se habían mudado. Un juicio teatral El jueves 29 de enero de 1931 Severino fue detenido al salir de una imprenta. Intentó escapar y lo persiguieron por las calles y techos de Buenos Aires. La policía disparó más de 100 veces. Severino, cinco. En el tiroteo cayó muerta una niña y hubo heridos. Atrapado en un garaje, se disparó en el pecho. La herida era leve y lo atraparon con vida. La sociedad se regocijó. Por fin había caído ese insolente revolucionario. La noticia salió en las primeras planas de todo el país. Uriburu ordenó un juicio rápido y al paredón. El teniente primero Franco fue su defensor. Cuando reo y abogado se encontraron, Severino le aclaró que no iba a mentir. "Jugué y perdí. Como buen perdedor, pago con la vida", le dijo. Impresionado, Franco dio pelea. En su alegato, planteó la incompetencia del tribunal militar para juzgar al detenido, apeló al principio humano contra la pena de muerte, estableció que Di Giovanni recurrió a la defensa propia, y que la bala que mató a la niña no era del reo. El tribunal enrojeció de furia con la defensa y Franco fue castigado. Tiempo después murió envenenado en una cena de camaradería. Severino y Paulino Scarfó fueron salvajemente torturados antes de ser fusilados. Con tenazas de maderas les aplastaron la lengua, les retorcieron los testículos y los quemaron con cigarrillos, entre otros vejámenes. Una muchedumbre se agolpó en las puertas de la prisión para escuchar las descargas. Otros tantos reclamaban su derecho a presenciar la ejecución. Algunos periodistas y encumbrados ciudadanos lo lograron. Como si fuera una función teatral, todos querían ver morir a Di Giovanni. Ocho descargas le perforaron el pecho. Cayó al suelo y le dieron el tiro de gracia. Un aullido desgarró la madrugada. Eran lo presos despidiendo al compañero. En estricto secreto el cuerpo fue trasladado al cementerio de la Chacarita. Sin embargo, al día siguiente la tumba de Severino amaneció cubierta de flores rojas. Fuente: http://www.elortiba.org/severino.html
"El control de los medios de comunicación" de Noam Chomsky Chomsky dijo: El papel de los medios de comunicación en la política contemporánea nos obliga a preguntar por el tipo de mundo y de sociedad en los que queremos vivir, y qué modelo de democracia queremos para esta sociedad. Permítaseme empezar contraponiendo dos conceptos distintos de democracia. Uno es el que nos lleva a afirmar que en una sociedad democrática, por un lado, la gente tiene a su alcance los recursos para participar de manera significativa en la gestión de sus asuntos particulares, y, por otro, los medios de información son libres e imparciales. Si se busca la palabra democracia en el diccionario se encuentra una definición bastante parecida a lo que acabo de formular. Una idea alternativa de democracia es la de que no debe permitirse que la gente se haga cargo de sus propios asuntos, a la vez que los medios de información deben estar fuerte y rígidamente controlados. Chomsky dijo: Empecemos con la primera operación moderna de propaganda llevada a cabo por un gobierno. Ocurrió bajo el mandato de Woodrow Wilson. Este fue elegido presidente en 1916 como líder de la plataforma electoral Paz sin victoria, cuando se cruzaba el ecuador de la Primera Guerra Mundial. La población era muy pacifista y no veía ninguna razón para involucrarse en una guerra europea; sin embargo, la administración Wilson había decidido que el país tomaría parte en el conflicto. Había por tanto que hacer algo para inducir en la sociedad la idea de la obligación de participar en la guerra. Y se creó una comisión de propaganda gubernamental, conocida con el nombre de Comisión Creel, que, en seis meses, logró convertir una población pacífica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir todo lo que oliera a alemán, despedazar a todos los alemanes, y salvar así al mundo. Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro mayor todavía: precisamente en aquella época y después de la guerra se utilizaron las mismas técnicas para avivar lo que se conocía como Miedo rojo. Ello permitió la destrucción de sindicatos y la eliminación de problemas tan peligrosos como la libertad de prensa o de pensamiento político. El poder financiero y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y prestaron un gran apoyo a esta operación, de la que, a su vez, obtuvieron todo tipo de provechos. Chomsky dijo: Otro grupo que quedó directamente marcado por estos éxitos fue el formado por teóricos liberales y figuras destacadas de los medios de comunicación, como Walter Lippmann, que era el decano de los periodistas americanos, un importante analista político -tanto de asuntos domésticos como internacionales- así como un extraordinario teórico de la democracia liberal. Si se echa un vistazo a sus ensayos, se observará que están subtitulados con algo así como Una teoría progresista sobre el pensamiento democrático liberal. Lippmann estuvo vinculado a estas comisiones de propaganda y admitió los logros alcanzados, al tiempo que sostenía que lo que él llamaba revolución en el arte de la democracia podía utilizarse para fabricar consenso, es decir, para producir en la población, mediante las nuevas técnicas de propaganda, la aceptación de algo inicialmente no deseado. También pensaba que ello era no solo una buena idea sino también necesaria, debido a que, tal como él mismo afirmó, los intereses comunes esquivan totalmente a la opinión pública y solo una clase especializada de hombres responsables lo bastante inteligentes puede comprenderlos y resolver los problemas que de ellos se derivan. Esta teoría sostiene que solo una élite reducida -la comunidad intelectual de que hablaban los seguidores de Dewey- puede entender cuáles son aquellos intereses comunes, qué es lo que nos conviene a todos, así como el hecho de que estas cosas escapan a la gente en general. En realidad, este enfoque se remonta a cientos de años atrás, es también un planteamiento típicamente leninista, de modo que existe una gran semejanza con la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios toma el poder mediante revoluciones populares que les proporcionan la fuerza necesaria para ello, para conducir después a las masas estúpidas a un futuro en el que estas son demasiado ineptas e incompetentes para imaginar y prever nada por sí mismas. Es así que la teoría democrática liberal y el marxismo-leninismo se encuentran muy cerca en sus supuestos ideológicos. En mi opinión, esta es una de las razones por las que los individuos, a lo largo del tiempo, han observado que era realmente fácil pasar de una posición a otra sin experimentar ninguna sensación específica de cambio. Solo es cuestión de ver dónde está el poder. Es posible que haya una revolución popular que nos lleve a todos a asumir el poder del Estado; o quizás no la haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que detentan el poder real: la comunidad de las finanzas. Pero estaremos haciendo lo mismo: conducir a las masas estúpidas hacia un mundo en el que van a ser incapaces de comprender nada por sí mismas. Chomsky dijo: Lippmann respaldó todo esto con una teoría bastante elaborada sobre la democracia progresiva, según la cual en una democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciudadanos. En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún papel activo en cuestiones generales relativas al gobierno y la administración. Es la clase especializada, formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, y que constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de la población total. Por supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es parte de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la mayoría de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño desconcertado: hemos de protegemos de este rebaño desconcertado cuando brama y pisotea. Así pues, en una democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase especializada, los hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el rebaño desconcertado también con una función en la democracia, que, según Lippmann, consiste en ser espectadores en vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia, estos últimos llevan a término algo más que una función: de vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos que seas nuestro líder, o, mejor, queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en una democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez se han liberado de su carga y traspasado esta a algún miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que funciona como Dios manda. Chomsky dijo: Y la verdad es que hay una lógica detrás de todo eso. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la gente es simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas. Si los individuos trataran de participar en la gestión de los asuntos que les afectan o interesan, lo único que harían sería solo provocar líos, por lo que resultaría impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay que domesticar al rebaño desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar la misma lógica que dice que sería incorrecto dejar que un niño de tres años cruzara solo la calle. No damos a los niños de tres años este tipo de libertad porque partimos de la base de que no saben cómo utilizarla. Por lo mismo, no se da ninguna facilidad para que los individuos del rebaño desconcertado participen en la acción; solo causarían problemas. Por ello, necesitamos algo que sirva para domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el arte de la democracia: la fabricación del consenso. Los medios de comunicación, las escuelas y la cultura popular tienen que estar divididos. La clase política y los responsables de tomar decisiones tienen que brindar algún sentido tolerable de realidad, aunque también tengan que inculcar las opiniones adecuadas. Chomsky dijo: la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario. Chomsky dijo: Las relaciones públicas constituyen una industria inmensa que mueve, en la actualidad, cantidades que oscilan en torno a un billón de dólares al año, y desde siempre su cometido ha sido el de controlar la opinión pública, que es el mayor peligro al que se enfrentan las corporaciones. Tal como ocurrió durante la Primera Guerra Mundial, en la década de 1930 surgieron de nuevo grandes problemas: una gran depresión unida a una cada vez más numerosa clase obrera en proceso de organización. En 1935, y gracias a la Ley Wagner, los trabajadores consiguieron su primera gran victoria legislativa, a saber, el derecho a organizarse de manera independiente, logro que planteaba dos graves problemas. En primer lugar, la democracia estaba funcionando bastante mal: el rebaño desconcertado estaba consiguiendo victorias en el terreno legislativo, y no era ese el modo en que se suponía que tenían que ir las cosas; el otro problema eran las posibilidades cada vez mayores del pueblo para organizarse. Los individuos tienen que estar atomizados, segregados y solos; no puede ser que pretendan organizarse, porque en ese caso podrían convertirse en algo más que simples espectadores pasivos. Chomsky dijo: Esto es lo único que importa en la buena propaganda. Se trata de crear un eslogan que no pueda recibir ninguna oposición, bien al contrario, que todo el mundo esté a favor. Nadie sabe lo que significa porque no significa nada, y su importancia decisiva estriba en que distrae la atención de la gente respecto de preguntas que sí significan algo: ¿Apoya usted nuestra política? Pero sobre esto no se puede hablar. Así que tenemos a todo el mundo discutiendo sobre el apoyo a las tropas: Desde luego, no dejaré de apoyarles. Por tanto, ellos han ganado. Es como lo del orgullo americano y la armonía. Estamos todos juntos, en tomo a eslóganes vacíos, tomemos parte en ellos y asegurémonos de que no habrá gente mala en nuestro alrededor que destruya nuestra paz social con sus discursos acerca de la lucha de clases, los derechos civiles y todo este tipo de cosas. Todo es muy eficaz y hasta hoy ha funcionado perfectamente. Desde luego consiste en algo razonado y elaborado con sumo cuidado: la gente que se dedica a las relaciones públicas no está ahí para divertirse; está haciendo un trabajo, es decir, intentando inculcar los valores correctos. De hecho, tienen una idea de lo que debería ser la democracia: un sistema en el que la clase especializada está entrenada para trabajar al servicio de los amos, de los dueños de la sociedad, mientras que al resto de la población se le priva de toda forma de organización para evitar así los problemas que pudiera causar. La mayoría de los individuos tendrían que sentarse frente al televisor y masticar religiosamente el mensaje, que no es otro que el que dice que lo único que tiene valor en la vida es poder consumir cada vez más y mejor y vivir igual que esta familia de clase media que aparece en la pantalla y exhibir valores como la armonía y el orgullo americano. Chomsky dijo: Así pues, este es el ideal, para alcanzar el cual se han desplegado grandes esfuerzos. Y es evidente que detrás de él hay una cierta concepción: la de democracia, tal como ya se ha dicho. El rebaño desconcertado es un problema. Hay que evitar que brame y pisotee, y para ello habrá que distraerlo. Será cuestión de conseguir que los sujetos que lo forman se queden en casa viendo partidos de fútbol, culebrones o películas violentas, aunque de vez en cuando se les saque del sopor y se les convoque a corear eslóganes sin sentido, como Apoyad a nuestras tropas. Hay que hacer que conserven un miedo permanente, porque a menos que estén debidamente atemorizados por todos los posibles males que pueden destruirles, desde dentro o desde fuera, podrían empezar a pensar por sí mismos, lo cual es muy peligroso ya que no tienen la capacidad de hacerlo. Por ello es importante distraerles y marginarles. Chomsky dijo: El rebaño desconcertado nunca acaba de estar debidamente domesticado: es una batalla permanente. En la década de 1930 surgió otra vez, pero se pudo sofocar el movimiento. En los años sesenta apareció una nueva ola de disidencia, a la cual la clase especializada le puso el nombre de crisis de la democracia. Se consideraba que la democracia estaba entrando en una crisis porque amplios segmentos de la población se estaban organizando de manera activa y estaban intentando participar en la arena política. El conjunto de élites coincidían en que había que aplastar el renacimiento democrático de los sesenta y poner en marcha un sistema social en el que los recursos se canalizaran hacia las clases acaudaladas privilegiadas. Y aquí hemos de volver a las dos concepciones de democracia que hemos mencionado en párrafos anteriores. Según la definición del diccionario, lo anterior constituye un avance en democracia; según el criterio predominante, es un problema, una crisis que ha de ser vencida. Había que obligar a la población a que retrocediera y volviera a la apatía, la obediencia y la pasividad, que conforman su estado natural, para lo cual se hicieron grandes esfuerzos, si bien no funcionó. Afortunadamente, la crisis de la democracia todavía está vivita y coleando, aunque no ha resultado muy eficaz a la hora de conseguir un cambio político. Pero, contrariamente a lo que mucha gente cree, sí ha dado resultados en lo que se refiere al cambio de la opinión pública. Después de la década de 1960 se hizo todo lo posible para que la enfermedad diera marcha atrás. La verdad es que uno de los aspectos centrales de dicho mal tenía un nombre técnico: el síndrome de Vietnam, término que surgió en torno a 1970 y que de vez en cuando encuentra nuevas definiciones. El intelectual reaganista Norman Podhoretz habló de élcomo las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Pero resulta que era la mayoría de la gente la que experimentaba dichas inhibiciones contra la violencia, ya que simplemente no entendía por qué había que ir por el mundo torturando, matando o lanzando bombardeos intensivos. Como ya supo Goebbels en su día, es muy peligroso que la población se rinda ante estas inhibiciones enfermizas, ya que en ese caso habría un límite a las veleidades aventureras de un país fuera de sus fronteras. Tal como decía con orgullo el Washington Post durante la histeria colectiva que se produjo durante la guerra del golfo Pérsico, es necesario infundir en la gente respeto por los valores marciales. Y eso sí es importante. Si se quiere tener una sociedad violenta que avale la utilización de la fuerza en todo el mundo para alcanzar los fines de su propia élite doméstica, es necesario valorar debidamente las virtudes guerreras y no esas inhibiciones achacosas acerca del uso de la violencia. Esto es el síndrome de Vietnam: hay que vencerlo. Chomsky dijo: También es preciso falsificar totalmente la historia. Ello constituye otra manera de vencer esas inhibiciones enfermizas, para simular que cuando atacamos y destruimos a alguien lo que estamos haciendo en realidad es proteger y defendernos a nosotros mismos de los peores monstruos y agresores, y cosas por el estilo. Desde la guerra del Vietnam se ha realizado un enorme esfuerzo por reconstruir la historia. Demasiada gente, incluidos gran número de soldados y muchos jóvenes que estuvieron involucrados en movimientos por la paz o antibelicistas, comprendía lo que estaba pasando. Y eso no era bueno. De nuevo había que poner orden en aquellos malos pensamientos y recuperar alguna forma de cordura, es decir, la aceptación de que sea lo que fuere lo que hagamos, ello es noble y correcto. Si bombardeábamos Vietnam del Sur, se debía a que estábamos defendiendo el país de alguien, esto es, de los sudvietnamitas, ya que allí no había nadie más. Es lo que los intelectuales kenedianos denominaban defensa contra la agresión interna en Vietnam del Sur, expresión acuñada por Adiai Stevenson, entre otros. Así pues, era necesario que esta fuera la imagen oficial e inequívoca; y ha funcionado muy bien, ya que si se tiene el control absoluto de los medios de comunicación y el sistema educativo y la intelectualidad son conformistas, puede surtir efecto cualquier política. Chomsky dijo: El cuadro del mundo que se presenta a la gente no tiene la más mínima relación con la realidad, ya que la verdad sobre cada asunto queda enterrada bajo montañas de mentiras. Se ha alcanzado un éxito extraordinario en el sentido de disuadir las amenazas democráticas, y lo realmente interesante es que ello se ha producido en condiciones de libertad. No es como en un estado totalitario, donde todo se hace por la fuerza. Esos logros son un fruto conseguido sin violar la libertad. Por ello, si queremos entender y conocer nuestra sociedad, tenemos que pensar en todo esto, en estos hechos que son importantes para todos aquellos que se interesan y preocupan por el tipo de sociedad en el que viven. Chomsky dijo: En los años treinta Hitler difundió entre los alemanes el miedo a los judíos y a los gitanos: había que machacarles como forma de autodefensa. Pero nosotros también tenemos nuestros métodos. A lo largo de la última década, cada año o a lo sumo cada dos, se fabrica algún monstruo de primera línea del que hay que defenderse. Antes los que estaban más a mano eran los rusos, de modo que había que estar siempre a punto de protegerse de ellos. Pero, por desgracia, han perdido atractivo como enemigo, y cada vez resulta más difícil utilizarles como tal, de modo que hay que hacer que aparezcan otros de nueva estampa. De hecho, la gente fue bastante injusta al criticar a George Bush por haber sido incapaz de expresar con claridad hacia dónde estábamos siendo impulsados, ya que hasta mediados de los años ochenta, cuando andábamos despistados se nos ponía constantemente el mismo disco: que vienen los rusos. Pero al perderlos como encamación del lobo feroz hubo que fabricar otros, al igual que hizo el aparato de relaciones públicas reaganiano en su momento. Y así, precisamente con Bush, se empezó a utilizar a los terroristas internacionales, a los narcotraficantes, a los locos caudillos árabes o a Sadam Husein, el nuevo Hitler que iba a conquistar el mundo. Han tenido que hacerles aparecer a uno tras otro, asustando a la población, aterrorizándola, de forma que ha acabado muerta de miedo y apoyando cualquier iniciativa del poder. Así se han podido alcanzar extraordinarias victorias sobre Granada, Panamá, o algún otro ejército del Tercer Mundo al que se puede pulverizar antes siquiera de tomarse la molestia de mirar cuántos son. Esto da un gran alivio, ya que nos hemos salvado en el último momento. Chomsky dijo: Creo que la cuestión central, volviendo a mi comentario original, no es simplemente la manipulación informativa, sino algo de dimensiones mucho mayores. Se trata de si queremos vivir en una sociedad libre o bajo lo que viene a ser una forma de totalitarismo autoimpuesto, en el que el rebaño desconcertado se encuentra, además, marginado, dirigido, amedrentado, sometido a la repetición inconsciente de eslóganes patrióticos, e imbuido de un temor reverencial hacia el líder que le salva de la destrucción, mientras que las masas que han alcanzado un nivel cultural superior marchan a toque de corneta repitiendo aquellos mismos eslóganes que, dentro del propio país, acaban degradados. Parece que la única alternativa esté en servir a un estado mercenario ejecutor, con la esperanza añadida de que otros vayan a pagamos el favor de que les estemos destrozando el mundo. Estas son las opciones a las que hay que hacer frente. Y la respuesta a estas cuestiones está en gran medida en manos de gente como ustedes y yo.
Estilo de vida Hace años sé que es más difícil hacer el bien que el mal. Hacer bien es tropezar en seguida con el sarcasmo de los que hacen mal, y el sarcasmo, al morder en las carnes, paraliza. Entonces, creyendo el débil bondadoso haber caído en ridículo, siente vergüenza de haber sido bueno, de haber sido fraterno (fecundo) y vuelve a caer en la dureza, en la brutalidad, en la infecundidad. Sí, hace muchos años sé lo fuerte y duro que es ser suave y tierno en medio de un vendaval de rencores y odios, pero también sé desde hace mucho que sólo las buenas simientes germinan y, como sembrador, elijo mi palabra, saneo mi pensamiento, purifico la idea que he de lanzar en los bancales de la vida. Muchas serán enterradas entre los pedregales del desprecio; pero un día, si alguna lleva en sí gérmenes de luz, la desenterrará algún lejano buscador de bellezas, y entonces alumbrará las rutas de la vida. Yo sé, sí, yo sé lo fuerte y duro que es predicar el bien y vivir en bondad en medio de un remolino de odios, pero también sé que si pocos, muy pocos saben crear bondad, cualquiera puede entregarse al mal, pues es más fácil llenar los caminos de espinas que sembrarlos de estrellas. Hasta ahora el tipo humano ha estado viviendo envuelto entre las brumas de un despotismo crudo; de hoy en adelante es preciso que se despoje de todo atuendo guerrero para que aparezca como individuo humano. Si no traemos nuevos compuestos éticos; si no trazamos nuevo norte a nuestras vidas; si no somos capaces de descubrir las leyes de la armonía humana, y si no existieran, no nos sentimos con fuerzas para crearlas; si, en fin, no nacemos a una nueva luz, viviendo como nadie vive ni vivió, creando un estilo de vivir como nadie antes que nosotros lo creó, nuestras vidas serán infecundas, arrastrándolas penosamente por los caminos donde se apretujan las caravanas llorosas que sufren ultrajes. Todos los que nos antecedieron y aun todos los que viven a nuestro lado hicieron arma de la palabra; nosotros, que no queremos ser como ellos fueron ni como ellos son, debemos hacer de ella y con ella armonía y música. Pero debemos hacer con nuestra palabra armonía y música, porque, sin esfuerzo, broten la armonía y la música de nuestros corazones. Cada uno usa el lenguaje dándole el tono que él tiene, así la prostituta habla obscenamente, el ladrón como una ganzúa, el falsificador artificiosamente, el embaucador valiéndose de falso halago, el revolucionario tronando, ya que parece tormenta, y si nosotros queremos ser y decimos ser lo que los demás no son, amorosos y honrados, amor y honradez destilarán nuestras palabras, sabiendo quien nos escuche que decimos lo que pensamos y sentimos porque desterramos de nosotros toda hipocresía, pues vivimos cual predicamos porque ajustamos nuestro pensamiento a nuestra conducta. Verdad es que ser bueno, o sea tener un estilo de vida bello y armonioso, es tanto como ser héroe, pero héroe silencioso que nadie aplaude, sino que, al contrario, todos censuran y escarnecen. Hay un heroísmo, conocido de pocos, practicado por menos, que vive en la soledad de las conciencias sin trascender al mundo. Ese heroísmo es el de la bondad, el de hacer el bien oscura y silenciosamente, y consiste en ser humilde entre los soberbios, noble entre los indignos, valeroso entre los valientes, bueno entre los malvados, libre entre los déspotas, luminoso entre los protervos. Ese heroísmo, que se mantiene enhiesto entre las más recias tormentas del desamor y que abatido mil veces resurge otras mil -el único heroísmo porque en él no entran como componentes ni la vanidad ni el premio-, es superior a todos los otros heroísmos, porque el héroe que, enloquecido de furor, mata por haber sido arrastrado por impulsos animales, no puede compararse al que, en silencio, a escondidas, pero tesoneramente realiza la gran proeza humana -la única gran proeza humana- de sembrar el bien. Valentía, sólo valentía, quizás temeraria, necesita el que en la batalla destroza y aniquila a un su semejante para salvar una idea de dios, de partido, de secta, de patria o de sindicato; pero valor, mucho valor, el especial valor que presta el especial temple de la hombría, es necesario para no contestar al salivazo del odio con otro salivazo, a una infamia con otra infamia. El hombre, el que sabe que es hombre y desea que todos adquieran esa jerarquía, no puede realizar su misión sino siendo bondadosamente, magníficamente y valerosamente humilde, ya que nada podría hacer de beneficioso con la soberbia -los soberbios no cometieron en la vida más que desmanes-, y todo lo tiene que hacer y ganar con la humildad, con la bondad, entre las cuales, y sólo entre ellas, tiene cuna la ética. Porque ¿de qué servirá quejarnos de que el mundo es malo, si nosotros, malos también o estériles, no sabemos o nos negamos a plantar el bien para que florezcan, de una vez para siempre, los rosales de la bondad, que han de ser los que den magníficas flores que alegren y perfumen nuestras relaciones fraternas? Si los Renacimientos crearon lenguajes que expresaban el odio a maravilla, nosotros tenemos que crear lo increado: el lenguaje del amor (los troveros mintieron amor, no supieron amar) y crearemos el lenguaje del amor en cuanto ese noble sentimiento viva pujante en nuestro corazón. Sin crear y hacer que viva en nosotros ese sentimiento noble y generoso, no podremos jamás llamamos humanistas, ya que no podemos concebir un humanismo odioso, porque el odio no es ética. El sentimiento anarquista (gozo de ser y sentirse libre) no puede demostrarse como un teorema, pues hay algo delicado y sutil en cada persona que no puede reducirse a común denominador, porque ese elemento cambia de persona a persona; pero sí podemos decir que no puede ser actitud anárquica la de tomar posiciones en el mundo por medio de la violencia, sino ir, por voluntad de nuestro corazón, siendo cada vez más humanos por medios cada vez más pacíficos, más amorosos. Para esto será necesario que se apodere de nosotros un feliz anhelo de ser mejores (no más feroces) que los demás, dando al mundo lecciones de belleza en el vivir para que de ella brote, por haber creado el clima adecuado, el placer de crear. Es, pues, necesario, que creemos un estilo de vida, nuestro estilo de vivir anárquico, tan rico y tan bello que deslumbre por su belleza luminosa. Y entonces, ¿qué mayor y más bella revolución que la de cambiar la fea manera de actuar y vivir, guerrera y bárbara, por un estilo de vida pacífico y alegre, hermoso y magnífico? Fragmento de "Anarquismo" de Miguel Gimenez Igualada No te vallas sin comentar.
Pobreza, racismo y violencia social Por Rogelio Alaniz La tarea de central de un Estado es defender la vida, las libertades y la propiedad, buen punto de partida para reflexionar acerca de lo que está ocurriendo en Villa Soldati. No hace falta ser un asistente social para admitir que ninguno de estos tres atributos se está cumpliendo. Villa Soldati se ha transformado en tierra de nadie, se impone la ley del más fuerte y las consecuencias están a la vista: cuatro muertos, un número indeterminado de heridos, ocupación de espacios públicos y una guerra feroz y despiadada entre pobres. Mientras tanto, a las clases dirigentes -porteña y nacional- no se les ocurre nada mejor que pelearse entre ellos. Menudean los reproches y las imputaciones mientras los pobres se matan. Abundan las exageraciones, las prejuicios presentados como sabios aforismos y las miserabilidades políticas de quienes a derecha e izquierda pretenden obtener beneficios de la tragedia social. El otro día en el “correo de lectores” de un diario de Buenos Aires se reproducía una nota publicada en 1994 en la que se anunciaba la creación de un parque Indoamericano en Villa Soldati. Allí se explicaba que en pocos meses estarían construidas piletas de natación, canchas de fútbol y de básquet, guarderías y bibliotecas. Pasaron dieciséis años, y como todos hemos podido apreciar en estos días, el parque es en realidad un vulgar descampado, un salvaje potrero, un enorme baldío tentador y peligroso. La pregunta a hacerse es la siguiente: ¿qué hicieron o dejaron de hacer durante todos estos años los diferentes gobiernos?. Ahora es muy fácil echarle la culpa a los inmigrantes, a los pobres, al delito organizado o al narcotráfico, pero mientras tanto, cuando hubo que hacer algo, lo que se impuso fue la desidia, el clientelismo. Previsible: es mas fácil repartir limosnas que organizar instituciones; es más fácil y más rentable. El ejemplo es ilustrativo. Lo que hoy estalló en Villa Soldati empezó hace varios años. Hubo señales, síntomas, advertencias, pero nadie le dio importancia, a nadie se le ocurrió anticiparse a los hechos. El Estado está ausente hoy, pero también lo estuvo ayer y, como se presentan las cosas, es muy probable que en el futuro inmediato siga ausente. No es novedad que la concentración urbana en Buenos Aires transforma en inmanejables los conflictos sociales. Buenos Aires y su entorno suman una población de trece millones de habitantes. Esta realidad es ingobernable. En Buenos Aires, México o San Pablo. La ineficiencia y la corrupción de la clase dirigente hacen el resto. Como dijera Alberdi, la responsabilidad no está abajo, está arriba. Después vienen los lamentos. Macri no miente del todo cuando dice que Buenos Aires no pude hacerse cargo del hambre de América latina; el gobierno nacional no falta a la verdad cuando le imputa al gobierno porteño no haberse ocupado de los pobres. En ese contexto se reproducen todas las patologías políticas y sociales. A nadie le debe llamar la atención que el racismo en sus variantes más agresivas se ponga de moda. Doña Rosa y los taxistas, voceros clásicos del sentido común popular, suponen que la culpa la tienen los bolivianos y paraguayos. Chivos expiatorios que se dice. ¿Son tantos los extranjeros en Buenos Aires? Supongo que no son pocos, pero juraría que tampoco deben ser tantos. Es más, sospecho que deben ser muchos menos de los que había en 1914 cuando el treinta por ciento de la población era extranjera. Imagino la objeción: ¡pero eran europeos!. Es verdad, eran europeos, pero no eran los rubios anglosajones y protestantes que había imaginado Alberdi, sino italianos y españoles llegados desde las zonas más pobres y atrasadas de Europa. Europeos es cierto, pero en su gran mayoría europeos analfabetos y semianalfabetos, cuyo aspecto físico para los taxistas y doña Rosa hubiera sido tan repulsiva como los actuales inmigrantes. Se dirá que el país era otro. Es cierto. Entre otras cosas, porque entonces el Estado garantizaba la vida, la propiedad y las libertades. Pero no nos olvidemos que también fue ese Estado el que aplicó las leyes de residencia y defensa social contra los inmigrantes molestos. También es verdad que el país entonces crecía en serio, que la movilidad social ascendente era real y que el modelo educativo argentino era el más completo y eficaz de América y uno de los mejores del mundo. Los actuales inmigrantes no son los mismos que llegaron en los barcos hace un siglo, pero en muchas cosas se parecen. En primer lugar, la gran mayoría viene a trabajar. Vienen de un lugar donde están peor con la esperanza de estar mejor. No hay inmigrante sin esa expectativa. Nadie sale de su miseria cotidiana para ir a una miseria mayor. En Buenos Aires trabajan de peones, albañiles, mozos de servicios, vendedores ambulantes, en tanto sus mujeres lo hacen en el servicio doméstico. En la mayoría de los casos hacen las tareas que nosotros no estamos dispuestos a realizar. Viven en villas miserias, en ranchos, hacinados en edificios miserables, pero si conversáramos con ellos descubriríamos que esa vida que a nosotros nos resulta humillante, para ellos es muy superior a la que tenían en sus lugares de origen. Lo que hay que decirle a doña Rosa es que lo que molesta no es el inmigrante sino el inmigrante pobre. Un boliviano o un paraguayo multimillonario no fastidia a nadie. Los pobres molestan y cuando son muchos molestan mucho más. ¡Pero son extranjeros! insiste doña Rosa. El extranjero, mi buena mujer, es el pobre como tal. El rostro del pobre alarma, inquieta, y a veces con buenos motivos. Es que la pobreza nunca es buena. La pobreza humilla, enferma y mata. Sólo las leyendas populistas en sus variantes laicas y religiosas se han atrevido a armar un “relato” que pondera las bellezas morales de la pobreza. Un Estado, un poder político, un dirigente que merezcan ese nombre, deben luchar contra la pobreza y rescatar a los pobres. Pero a los pobres no se los rescata con dádivas; mucho menos con la pedagogía del garrote. Se los rescata creando oportunidades laborales y, sobre todo, con educación, mejorando su austoestima y explicándoles que el Estado los puede ayudar, pero que nada se podrá hacer si ellos no deciden ayudarse. Nadie descubre la pólvora cuando dice que en Villa Soldati se mezclan los reclamos justos con el abuso y el delito. En los barrios circula la droga, el rufianismo y las formas más abyectas de violencia, pero no hay que olvidar que la droga, el rufianismo y la violencia también circulan en Palermo y Belgrano, es decir en los elegantes barrios del norte de la ciudad. Lo que ocurre es que en el mundo de la necesidad, en el corazón de “Los olvidados”, como diría Buñuel, estas abyecciones son más visibles y más desagradables. La tentación de salirse del sistema es muy fuerte para quien nunca estuvo o nunca se sintió dentro del sistema. Lo que ocurre en Villa Soldati es desagradable, pero también es aleccionador. Villa Soldati ampliado es lo que nos espera si no hacemos las cosas bien. Y hacer las cosas bien reclama lucidez, inteligencia, criterios políticos justos, virtudes opuestas a las que exhiben doña Rosa y el infalible taxista que consume los argumentos de Hadad. Sólo en ese contexto, en el contexto de una estrategia humanista y solidaria, tiene lugar la represión. Ningún Estado puede renunciar a ella, pero ningún Estado que pretenda ese nombre puede creer que todo se resuelve con represión. No pretendo dar lecciones de sensibilidad y humanismo, pero recuerdo que, además, estamos frente a un drama social. En esas escenas salvajes, en esas imágenes feroces, late un drama, una tragedia. El sufrimiento, el dolor, la impotencia, son el pan cotidiano de la mayoría de esta gente. No perdamos de vista este dato: los pobres que sufren, en su gran mayoría son víctimas del Estado, de los punteros y de los rufianes. Las villas están muy lejos de ser un convento de Carmelitas Descalzas, pero tampoco son el infierno. A pesar de todo, a pesar de la miseria, la explotación y las necesidades, un alto porcentaje de la gente quiere vivir en paz, respetando y que los respeten. Por último, un dato histórico para quienes se enojan tanto contra bolivianos y peruanos, olvidando que sus padres o sus abuelos también llegaron a estas tierras con una mano atrás y otra adelante y que también padecieron discriminaciones: la Declaración de la Independencia de 1816 se escribió en tres idiomas: español, quechua y aymará. Esos hombres y esas mujeres que arrastran su desdicha y su miseria por nuestras ciudades, pero también su voluntad de trabajo, históricamente no son tan ajenos a nosotros. Salvo que los congresales de Tucumán se hayan equivocado.
ANARQUISMO Miguel Gimenez Igualada Respeto a todos los hombres, a todos, hasta a los más protervos, ya que no me siento capaz de condenar y menos destruir a ningún ser humano. Pero si los respeto en su integridad personal, no así en sus ideas, porque esas ideas, aunque algunas floridas, son no pocas veces como anofeles que transmiten fiebres palúdicas. Sin embargo, hasta cuando tropiezo con hombres de ideas febricientes, mi palabra no es nunca pedrada, aunque tampoco pueda ser caricia. ¿Sé yo, acaso, los motivos por los cuales el llamado malvado hace mal a su prójimo? Lo que veo, lo que paladeo y gusto y siento es el mal, como cuando el ladrón me roba mi hacienda o mi libertad, que tanto valor tiene para mí una que otra. Porque me robaron mi hacienda no pocas veces, conozco el dolor que el robado siente, y porque sufrí en mis carnes al arrancarme mi libertad, no me es extraña la angustia de los que la pierden. ¿Cómo convertirme yo también en ladrón porque otros me robaron, si con mi robo produciría dolor a una criatura, aumentando el dolor que en el mundo existe?, ¿ni cómo poder ser juez, policía o verdugo arrancando a otro hombre su libertad o su vida, si a la gran angustia que hay en el mundo de los humanos, agregaría yo más angustia hasta llenar de oscuridad y desesperanza la vida de los otros? Porque no quiero robar a mi hermano hombre, soy honrado; porque no quiero arrancar a ninguna criatura humana su libertad, soy anarquista. Se hermanan, pues, en mí, porque yo así lo quiero, dos sentimientos, honradez y anarquismo. O mejor: los hermano yo porque son míos, nacidos de mi entraña, mis hijos. Con lo que quiero decir que anarquía es un sentimiento del hombre honrado que se niega en su corazón a hacer mal a su prójimo. ¿Sencillo? Sencillísimo, como todo lo hermoso que hace el hombre moral; como todo lo bello que el cerebro del hombre crea cuando piensa en él y en su hermano. Sabida esta sencillísima verdad, ya no te asustarás, lector, como ayer te asustabas cuando oías hablar de anarquismo, porque ahora conoces que anarquismo vale como bondad, porque es bueno respetar al prójimo. E intuyes más: que cuando todos podamos, por honrados y dignos, ser bondadosos, viviremos también todos en anarquía, porque, ya lo sabemos, anarquismo es conducta honrada. Ni más, ni menos. Y es bastante, ya que tanto escasea la honradez. Pero para que anarquismo sea exponente de buena conducta, que es conducta recta, noble y honrada, el anarquista, que es el que lo crea, tiene que ser un hombre florido, cabal, completo; un hombre en quien por su honradez confíen en él todos; un hombre que por su personal prestancia invite, sin palabras, a que los demás tengan una bien definida personalidad. Y por ello, porque el anarquista es una invitación constante al bien pensar, al bien hacer y al bien querer, como si fuera su más preciada joya, cuida con todo esmero su propia estimación, pues de su noble conducta es él el primero que con ella disfruta. ¡La estimación propia! Sólo los hombres nobles y buenos pueden estimarse, sólo ellos. Y porque se estiman, se observan y vigilan para no cometer nunca actos desdorosos, porque su mayor desventura sería para ellos considerarse indignos. Y si indignidad cometería quien se convirtiera en voluntario esclavo, en mayor aflicción se hallaría el que, aun sin proponérselo, redujera a algún hombre a esclavitud, y esclavizar es influir en otro hombre de tal manera que pierda su voluntad al no ejercitarla por cumplir ciegamente mandatos o designios de otro. Y vamos viendo cómo anarquía no es confusión ni desorden ni desconcierto, sino, al contrario, claridad, orientación, arreglo, de modo que si los gobernantes condujeron el mundo humano al borde de este caos en que nos debatimos, son los anarquistas los únicos que pueden trabajar en honradez para que se vaya alejando de él al recobrar en libertad su perdida salud. Y son los únicos porque sólo ellos viven moralmente respetando a su prójimo, ya que se niegan a imponer a nadie su conducta o su idea. ¡Y hemos tropezado con el nudo del gran problema de la armonía humana: la imposición! Porque debemos decir nuestra palabra, lanzarla al viento, pregonarla, pero no imponerla, que toda imposición es ofensa que causa molestias y desazones, y toda desazón irrita y solivianta. Y el soliviantado no se halla en condiciones de aplacar iras. Para no imponerse, el anarquista se ha dicho en su corazón: no quiero explotar (dominar) a criatura alguna. Así, cuando él solo no ha sido capaz de hacer algo que estaba más allá de sus fuerzas, ha buscado a otro hombre que, interesado también en su proyecto, se asociara con él. Y como le repugna explotar, tanto como ser explotado, con su socio, con su igual, con el hombre elegido, al que trata como a sí mismo, sin explotarlo y sin ser explotado, ha concertado un pacto de trabajo, que ha sido en no pocos casos pacto de vida. Ahora bien, quien no quiere explotar, no compra el trabajo de otro hombre a bajo precio, y esa actitud es de alta moral; pero tampoco malbarata su trabajo a empresario alguno. O sea: ni compra hombres -quien compra el trabajo de otro, lo compra a él-, ni se vende. Es decir, considerando inmoral que un hombre trabaje para otro, como un esclavo, tiene igualmente por indigno esclavizarse él. Y no lo hace. Hará lo que necesite hacer, pero para sí, no para otro. De modo, que si a ese otro le es necesario trabajar para su subsistencia y no pudiera realizar su tarea, tendrá que asociarse con otro o con otros, pero en igualdad de condiciones, sin que ni el uno ni los unos sean los amos, ni el otro ni los otros los asalariados, porque el hombre que adquiere conciencia de sí ni paga ni recibe salario, ni se impone como dueño ni acepta imposición de dueño. Y hacia eso vamos. Porque a eso, convertido en realidad, se le llama anarquía. Como ves, lector, la idea va desenvolviéndose, desarrollándose, pero conservando su claridad, su nitidez, pues en todo ves actuar al hombre, porque el anarquismo es, como atributo de la criatura, algo sencillo y limpio. Es decir, el anarquismo no habla, no dice, no establece reglas ni ordenanzas, sino que es -y nada más- la conducta honrada del hombre honrado, su manera de ser y de obrar. Y no pretende, ni desea ni quiere el anarquista que esa conducta se preestablezca, se ordene, se reglamente, porque entonces perdería su encanto al no poder obrar el hombre como mejor le cuadrase o se le ocurriera, y siempre habría de ocurrírsele obrar bellamente, gozando al ver la satisfacción retratada en el rostro del que recibió el beneficio. Pero dirás en tanto vas leyendo que eso de no querer trabajar para otro ni de que otro trabaje para ti ni para mí, equivale a acabar con la civilización presente. Y no vas mal encaminado, no, aunque mi idea penetra todavía más en la hondura: acabar con la civilización presente, pero también con la cultura actual, ya que no se cultiva el ego, el hombre, que es lo que debe cultivarse. Si comparamos civilización y cultura, veremos que civilización es lo que está en la superficie, lo que pica e infecta, lo que desazona y perturba, como el ácaro; así se dice que hay civilización donde hay gobierno y códigos y cárceles, o sea donde se regulan y codifican los actos del vivir; mejor dicho: donde no existe la libre libertad de hacer. Cultura, en cambio, tiene más profunda raíz, porque se refiere a los actos del pensar y del querer: al arte, a la ciencia, al respeto, al amor. Personificándolas en hombres de los que todos tenemos noticias, podemos señalar a Napoleón como representante genuino de la civilización: oropel, bambolla, soberbia, crimen, y como digno exponente de la cultura a Einstein: sabiduría, modestia, humanismo. Por eso llamamos hombre culto no sólo al que cultiva su inteligencia, sino al que también cultiva sus sentimientos, en tanto que podemos llamar civilizado al que conoce el alfabeto y sabe llevar un traje con aire ciudadano. Y vamos conociendo lo que es anarquismo porque vamos entablando relación personal con el hombre anarquista, que es serio, honrado, trabajador, parco, sobrio, mesurado, prudente, bondadoso, prendas personales tan estimables, que bien podríamos asegurar que son virtudes, pues si nos imaginamos a un hombre que careciese de ellas -seriedad, honradez, laboriosidad, parquedad, sobriedad, bondad, medida y prudencia-, ¿qué quedaría de él? Pero volvamos a lo de civilización y cultura, porque he visto la perplejidad reflejarse en tu cara cuando te dije que había que acabar con ellas. Y te repito: acabar, sí, para empezar de nuevo, pues si civilizado puede ser solamente el cortés y pulido, y cultura es ciencia, arte, lealtad, conducta humana, porque es cultivo de la persona para estimularla a que sea cada día no sólo más sabia sino más bondadosa, tenemos que afirmar, aunque con pena, que ese cultivo no se hace ni en los liceos ni en las universidades, donde se enseña a los jóvenes unas cuantas cosas, pocas de las cuales les sirven para su ulterior vida, pero sí que en los que se llaman templos del saber se cultivan con todo esmero el orgullo y la soberbia, cuyas más dilectas hijas son la jactancia y la fatuidad, considerando los que allí aprendieron esas asignaturas que por el hecho de haberlas aprendido tienen derecho a todos los honores y a todas las consideraciones y recompensas. Y a esa ansia de honores se le llama ambición, que busca el mando, y a ese deseo de recompensa, avaricia, que apetece dinero. No piensan que por haber dedicado los días de su vida a adquirir conocimientos, son deudores de quienes por haber entregado su tiempo al trabajo, no lo tuvieron para aprender, pagando, en cambio, de sus pobres ingresos, tributo para que otros aprendieran, por lo que los educados no pueden, en justicia, sentirse acreedores de quienes no dispusieron de horas para adquirir conocimientos y pulimento, pero ni aun pan ni casa. No es, como ves, un remiendo lo que necesita la vida, es un cambio radical, total, completo, porque es preciso cambiar antes que cosa alguna la mentalidad del hombre que sabe algo y, por saber, pretende que los menesterosos que poco o nada saben le rindan pleitesía. Pero volvamos al trabajo. Circuló por el mundo una sentencia que rezaba: El que quiera comer, que trabaje, y aunque el adagio causara pavor a los que vivían sin trabajar, por lo cual fueron enterrándolo para que se olvidase, su valor moral es innegable, y el hombre anarquista lo desenterró y lo hizo suyo, porque cuando alguien no trabaja, otro alguien tiene que trabajar para que coma el quídam que no trabaja, y si es inmoral que los quídam no trabajen, es inhumano que otros trabajen para que los quídam vivan, porque ese sistema de vivir unos a expensas de otros tiene su nombre, esclavitud, y los hombres no quieren ser ya esclavos. Por eso decía que el individuo que se estima no debe trabajar para otro, porque el quídam o zángano que, como regalado, recibe el sustento, se convierte a poco en director, en gobernante, en amo que esclavizará cada momento más al que para él trabaja. ¿Que si eso sucediese sufriría la industria tal desequilibrio que la hundiría en el caos? Sí, claro que sí; caería en tal desorden que podría hundirse arrastrando a los industriales a tan temido caos; pero ¿puede eso importar mucho a los que con su trabajo sostienen la industria y no se benefician con ella, porque ni se ilustran ni comen lo que necesitan? ¿Puede importarles mucho que la industria se hunda a los que bajan a las minas a extraer el mineral de hierro o el carbón y viven una vida que más parece de alimañas que de seres humanos, en tanto que los que se aprovechan de la riqueza que la mina rinde, viven señorialmente? Si quieren que la industria no se desequilibre, que los dueños de las grandes industrias, que explotan a millares de seres y atesoran millones de pesos, establezcan un pacto de trabajo, que ha de tener el valor de un pacto de vida, con los hombres que trabajan y han de ser sus socios y no sus explotados; que establezcan con los que trabajan y sufren un pacto de trabajo y de vida de tú a tú, de igual a igual, de hombre a hombre, para que todos trabajen y todos gocen y todos coman. ¿Que los dueños tienen más conocimientos porque estudiaron más y deben beneficiarse de esos derechos que les concede la cultura, disfrutando, como compensación a sus estudios, de privilegios? En primer lugar, debemos afirmar que la cultura no da derechos a nadie, pero que si de dar se ocupara, daría obligaciones, porque obligados deben sentirse los que gozaron de los beneficios de la cultura para con los que no disfrutaron de esos goces. Y se irán acabando, no ha de tardar mucho, esos privilegios, porque en lo sucesivo escuelas, liceos y universidades han de ser para todos, porque llegará el día en que tendrán que trabajar los ahora estudiantes antes de ir a estudiar, como estudiarán todos los que son ahora jornaleros después de trabajar. Y se acabarán los estudiantes puros, que se consideran seres privilegiados, como se acabarán los puros jornaleros, elevándose unos y otros a la humana jerarquía de hombres, pues se van despertando tan aceleradamente las conciencias que todos quieren alcanzar tan excelsa jerarquía. Para lograrlo, quieren tener también todos la propiedad en sus manos, porque los que la tienen, comen, visten y descansan en buena cama, en tanto que los que carecen de ella viven como ilotas. Continúan existiendo actualmente los estamentos como en la Edad Media, aunque ahora se les llame clases, y es preciso que desaparezcan estamentos y clases para que en esta Tierra, que es la casa de todos, haya sosiego y paz, pues hemos llegado a tal situación de enemistad y odio, que lo mismo podemos ir hacia un derrumbe que hacia una resurrección, entendiendo por resurrección tomar el camino de la libertad, que es el de la moral, y, a la vez, el de la comprensión y el respeto, pues si no pudiéramos queremos, porque el amor necesita también de aprendizaje, que sepamos al menos respetarnos. Y que los hombres del trabajo vayan formando conciencia de su hombría para negarse a ser por más tiempo obreros, palabra indigna que no nombra al hombre sino a su obra, porque ha de desaparecer el obrero para que en su lugar se levante la criatura humana, rica y culta, ya que puede haber más riqueza de la que hay, y más cultura de la que exista, porque cambiadas las universidades en verdaderos centros de docencia, para todos, se harán en ellas nuevos y verdaderos cultivos de hombría. ¿Cómo hacer eso, y más que ha de ocurrírseles a los hombres que vienen? Nadie puede saberlo, y menos resolverlo, pues sería ofender a los jóvenes y a los que todavía no han llegado, dar una solución a su vida como si ellos no tuvieran claro discernimiento. Lo cierto y principal para que la humanidad enderece sus pasos hacia una verdadera paz, es que los hombres adquieran conciencia de sí, y demostrarán haberla adquirido cuando unos se nieguen a explotar a sus semejantes, pero más todavía cuando los explotados no permitan que nadie los explote. ¿Lo propiedad? ¡Bah! No es problema. Porque cuando nadie trabaje para nadie, el acaparador de la riqueza desaparece, como ha de desaparecer el gobierno cuando nadie haga caso a los que aprendieron cuatro cosas en las universidades y por ese sólo hecho pretenden gobernar a los hombres. Porque si en la tierra de los ciegos el tuerto es rey, en donde todos ven y juzgan y disciernen, el rey estorba. Y de lo que se trata es de que no haya reyes porque todos sean hombres. Las grandes empresas industriales las transformarán los hombres en grandes asociaciones donde todos trabajen y disfruten del producto de su trabajo. Y de esos tan sencillos como hermosos problemas trata el anarquismo y al que lo cumple y vive es al que se le llama anarquista. Así que ni el anarquista es un desorbitado ni el anarquismo es desorden y caos, pues los desorbitados son los que pretenden gobernar a los hombres haciéndolos esclavos, y desorden es esta situación de brutalidad y desenfreno, en la que crece una terrible e inhumana fiebre de crimen.
La palabra anarquía proviene del griego y significa sin gobierno; es decir, la vida de un pueblo que se rige sin autoridad constituida, sin gobierno. Al_Fin_Libre dijo: Porque no quiero quitar a nadie su libertad, soy anarquista. ¿POR QUÉ SOMOS ANARQUISTAS? (anónimo) Somos anarquistas, porque ya son demasiados siglos los que llevamos soportando toda clase de gobiernos, a cual más tirano, más embustero, más déspota. Somos anarquistas, porque no encontramos ninguna razón para que se nos explote y tengamos que trabajar para que un grupo de vag@s y sinvergüenzas se conviertan en millonarios. Somos anarquistas porque no aceptamos las leyes que están inventadas para asesinarnos y ahogar nuestros gritos de protesta. Somos anarquistas porque no creemos en sus guerras, en sus patrias, ni en sus dioses. Somos anarquistas porque detestamos su policía, sus generales, sus reyes, y sus presidentes. Somos anarquistas porque, lo contrario de ustedes, sufrimos por las desgracias humanas. Somos anarquistas porque queremos la vida libre, sana, de igualdad y respeto mútuo para nuestr@s hij@s. Somos anarquistas porque nos ahogan las lágrimas de tanta gente buena, noble, que llevan engañando generación tras generación. Somos anarquistas porque estamos avergonzados de su obra, en la cual no vemos más que muert@s, hambrient@s, cárceles, policías, militares, curas y millones de mentiras. Somos anarquistas conociendo su poder, su fuerza, su terrorismo, sus calumnias, sabiendo que nos asesinan, nos encarcelan, nos difaman. Nos llaman "terroristas", cuando ustedes dominan los pueblos, con bombas, tanques, pistolas, cárceles, torturas y ejecuciones, hospitales psiquiátricos y el infierno. Dicen que la Anarquía es caos, cuando en su sociedad estatal y capitalista no vemos más que delincuencia, prostitución, desigualdad; destruyen cosechas y millones de seres humanos se mueren de hambre, bombardean pueblos, ciudades, países enteros, todo lo arrasan a su paso causando pánico hasta a las estatuas. Su ambición, su egoísmo, su poca inteligencia, su ceguera y locura de poder los está destruyendo a ustedes mism@s, sus hij@s l@s detestan y sus niet@s no van a querer ni recordarl@s, su sociedad se tambalea porque está sostenida de mentiras, terror, artículos, códigos y leyes, premios y castigos. Por eso somos anarquistas, y seremos anarquistas, para que esta sociedad cambie de abajo arriba, y para que se curen de su locura peligrosa, l@s pondremos en una isla para que recapaciten de tanto mal que han hecho. Somos anarquistas porque es necesario que alguien se enfrente a ustedes, que grite sus atrocidades, que no se les tenga miedo como David no lo tuvo a Goliat. Somos anarquistas en la calle, en la cárcel, en la silla eléctrica, ante sus jueces y en los cementerios. Porque ser anarquista es ser muchas cosas que ustedes ni comprenden, ni tienen calidad humana, por eso llevan asesinándonos hace siglos, ponen bombas y nos echan las culpas, incendian locales y nos encarcelan, meten sus chivat@s y su policía en nuestros medios para crear la confusión y el desorden, se valen de todas las artimañas para destruirnos, y comprueban con pánico que por cada anarquista que matan nacen mil. No pueden perdonarnos que somos l@s que no pactamos con ustedes, l@s que no creemos en sus promesas, les duele que defendamos la igualdad, la libertad, que creamos en el arte, en el progreso, en la educación de los pueblos, que no necesitamos ni dioses ni amos, que creemos en los seres humanos, en la Naturaleza, en los deberes y derechos de cada un@, que queremos una sociedad de paz, de amor y de respeto mutuo, una sociedad que no se parece en nada a la suya. ¡Por eso somos anarquistas!

LA SOLIDARIDAD IMPRESCINDIBLE (Errico Malatesta) Felizmente, el porvenir de la humanidad es más sonriente, porque la norma que la orienta es más saludable. Esta norma es la de la solidaridad. El hombre posee, a manera de propiedad fundamental, necesaria, el instinto de su propia conservación, sin el cual ningún ser viviente podría existir, y el instinto de conservación de la especie, sin el cual ninguna especie hubiera podido formarse ni persistir. El hombre se ve, pues, naturalmente forzado a defender su existencia y su bienestar, así como la existencia y el bienestar de su descendencia contra todo y contra todos. Los vivos tienen, en la naturaleza, dos maneras de asegurarse la existencia y de hacerla más apacible; por un lado, la lucha individual contra los elementos y contra los otros individuos de la misma especie y de especies diferentes; por el otro, el apoyo mutuo, la cooperación, que pudiera recibir el hombre de su asociación para la lucha contra todos los factores y agentes naturales contrarios a la existencia, al desarrollo y al bienestar de los asociados. No podríamos, en el limitado espacio de este estudio, indicar siquiera la participación respectiva de ambos principios en la evolución de la vida orgánica, la lucha y la cooperación. Basta a nuestro objetivo hacer constar cómo en la humanidad, la cooperación forzosa o voluntaria –se ha convertido en el único medio de progreso, de perfeccionamiento, de seguridad, y cómo la lucha invertida en atávica– ha venido a resultar completamente inepta para favorecer el bienestar de los individuos y causa, por el contrario, de males para todos, lo mismo vencedores que vencidos. La experiencia, acumulada y transmitida de una a otra por generaciones sucesivas, enseña que el hombre que se une a otros asegura mejor su conservación y favorece su bienestar. Así, como consecuencia de la lucha misma por la existencia emprendida contra el medio ambiente y contra los individuos de una especie, se ha desarrollado entre los hombres el instinto de la sociabilidad, que ha transformado de modo completo las condiciones de su existencia. Por la fuerza de este instinto el hombre pudo salir de la animalidad, adquirir una gran fuerza y elevarse mucho sobre el nivel de los demás animales, de modo que los filósofos espiritualistas han creído indispensable inventar, para explicarla el alma inmaterial e inmortal. Numerosas causas concurrentes han contribuido a la formación de este instinto social, que, partiendo de la base animal del instinto de la conservación de la especie sea el sentido social restringido a la familia natural –ha llegado a un grado eminente de intensidad y de extensión para constituir, en lo sucesivo, el fondo mismo de la naturaleza moral del hombre. El hombre, salido de los tipos inferiores de la animalidad, hallábase débil y desarmado para la lucha individual contra los animales carnívoros; pero dotado de un cerebro capaz de notable desarrollo, de un órgano bucal apto para expresar por sonidos diversos las diferentes vibraciones cerebrales, y de manos especialmente adaptadas para dar forma deseable a la materia, debía sentir bien pronto la necesidad y calcular las ventajas de la asociación; puede decirse que salió de la animalidad cuando se hizo sociable y cuando adquirió el uso de la palabra, consecuencia y factor potentísimo, a la vez, de la sociabilidad. En los comienzos de la humanidad el número de hombres era por demás restringido; la lucha por la existencia, entablada de hombre a hombre, era menos áspera, menos continuada, hasta menos necesaria, incluso fuera de la asociación, lo cual debía favorecer en sumo grado el desarrollo de los sentimientos de simpatía y permitir contrastar y apreciar el valor y utilidad del apoyo mutuo. En fin, la capacidad adquirida por el hombre, merced a sus primitivas cualidades aplicadas, en cooperación con un número mayor o menor de asociados, a la tarea de modificar el medio ambiente y de adaptarlo a sus necesidades; la multiplicación de los deseos crecientes a la par que los medios de satisfacerlos y convirtiéndose poco a poco en necesidades; la división del trabajo, que es la consecuencia de la explotación metódica de la naturaleza en provecho del hombre, han hecho de la vida social el medio ambiente indispensable al hombre, fuera del cual le es imposible la vida, si no quiere caer en un estado de bestialidad. Y por el refinamiento de la sensibilidad, consecuencia de la multiplicidad de relaciones; por la costumbre adquirida en la especie, merced a la transmisión hereditaria durante miles y miles de años, esta necesidad de vida social, de cambio de pensamientos y de afecciones entre los hombres, ha llegado a convertirse en un modo de ser, necesario e indispensable, a nuestro organismo. Se ha transformado en simpatía, en amistad, en amor, y subiste con independencia de las ventajas materiales que la asociación produce, hasta tal extremo que, por satisfacerlas, se afronta toda suerte de penalidades y de sufrimientos, incluso la muerte. En suma, las enormes ventajas que la asociación aporta al hombre; el estado de inferioridad física (no proporcionada a su superioridad intelectual) en que se halla con relación al animal, si permanece en el aislamiento; la posibilidad para el hombre de asociarse a un número siempre creciente de individuos, en relaciones cada día más íntimas y complejas, hasta llegar a extender la asociación a toda la humanidad, a toda la vida; la posibilidad, sobre todo, de producir trabajando en cooperación con sus semejantes, más de lo indispensable para la vida; los sentimientos de afección, en fin, que todo ello se deriva, han dado a la lucha por la existencia, entre la especie humana, un carácter enteramente distinto del que reviste la lucha por la existencia entre los demás animales. Sea ello lo que quiera, hoy día se sabe y las investigaciones de los naturalistas contemporáneos aportan sin cesar nuevas pruebas que la cooperación ha tenido y tiene, en el desenvolvimiento del mundo orgánico, una importante participación. Tan importante que ni siquiera sospecharían los que tratasen de justificar, a duras penas por cierto, el reino de la burguesía por medio de las teorías darwinistas, porque la distancia entre la lucha humana y la lucha animal aparece enorme y proporcional a la distancia que separa al hombre de los demás animales. Estos últimos combaten, sea individualmente, sea en pequeños grupos, permanentes o transitorios, contra toda la naturaleza, incluso contra el resto de los individuos de su propia especie. Los animales, aun comprendiendo los más sociales, como las hormigas, las abejas, etc... son solidarios entre los individuos del mismo hormiguero o la misma colmena, pero son indiferentes con relación a las otras comunidades de su misma especie, si es que no las combaten, como con frecuencia ocurre. La lucha humana, por el contrario, tiende siempre a extender más y más la asociación entre los hombres, a solidarizar sus intereses, a desarrollar el sentimiento de amor de cada hombre hacia todos los demás, a vencer y a dominar la naturaleza exterior con la humanidad. Toda lucha directa para conquistar ventajas, independientemente de los demás hombres o contra ellos, es contraria a la naturaleza social del hombre moderno y le aproxima a la animalidad. La solidaridad, es decir, la armonía de intereses y de sentimientos, el concurso de cada uno al bien de todos y todos al bien de cada uno, es la única posición por la cual el hombre puede explicar su naturaleza y lograr el más alto grado de desarrollo y el mayor bienestar posible. Tal es el fin hacia el que marcha sin cesar la humanidad en sus sucesivas evoluciones, constituyendo el principio superior capaz de resolver todos los actuales antagonismos, de otro modo insolubles, y de producir como resultado el que la libertad de cada uno no encuentre límite, sino el complemento y las condiciones necesarias a su existencia, en la libertad de los demás. «Nadie -decía Miguel Bakunin- puede reconocer su propia humanidad ni, por consiguiente, realizarla en su vida, si no reconociéndola en los demás y cooperando a la realización por los otros emprendida. Ningún hombre puede emanciparse, si no emancipa con él, a su vez, a todos los hombres que tenga a su alrededor. Mi libertad es la libertad de todos, puesto que yo no soy realmente libre -libre no sólo en potencia, sino en acto- más que cuando mi libertad y mi derecho hallan su conformación y su sanción en la libertad y en el derecho de todos los hombres, mis iguales». «La situación de los otros hombres me importa mucho, porque, por independiente que me parezca mi posición social, sea yo Papa, zar, emperador o primer ministro, soy siempre el producto de lo que sean los últimos de estos hombres; si son ignorantes, miserables, esclavos, mi existencia estará determinada por su ignorancia, por su miseria o por su esclavitud. Yo, hombre inteligente y avisado, por ejemplo, seré estúpido por estupidez; yo, valeroso, seré esclavo por su esclavitud; yo, rico, temblaré ante su miseria; yo, privilegiado, palideceré ante su injusticia. Yo, que deseo ser libre, no puedo serlo, porque a mi alrededor todos los hombres no quieren ser libres todavía, y al no quererlo resultan, para mí, instrumentos de opresión». La solidaridad es, pues, la condición en cuyo seno alcanza el hombre el más alto grado de seguridad y de bienestar; por consecuencia, el egoísmo mismo, o sea la consideración exclusiva de su propio interés, conduce al hombre y a la sociedad hacia la solidaridad, o, dicho de otro modo, egoísmo y altruismo Consideración de los intereses de los otros –se confunden en un solo sentimiento, de igual modo que un solo interés se confunden el del individuo y el de la sociedad.
Al_Fin_Libre dijo:Dedicado a todos los Fachos SEMANA TRÁGICA Fernando Gualtieri ¡Oh histriónico cretino! ¡Oh satánico bribón! Los clarines tocan notas de vibrantes clamoreos, preanunciando los derrumbes de tu casta y tu sistema. Y ni leyes, ni poderes, ni las fuerzas equipadas podrán nunca detener la avasallante cometida de la próxima revuelta proletaria que fermenta en muchos pechos ya cercana a reventar. Barricadas a millares se alzarán por esas calles y a la música infernal de los fusiles y a la voz alentadora de la brava dinamita reventando en arsenales, en palacios y en conventos, y doquiera hay fuerza viva defendiendo el tambaleante simbolismo gubernal. Verás rostros desteñidos, verás testas desgreñadas, verás ropas destrozadas empapadas en la sangre de su mismo cuerpo herido. Verás puños levantados, verás dientes afilados, verás ojos llenos de odio escrutando tu forteza, para ver si tu carroña aún resiste a los embates de la furia popular. Para tí no habrá perdón, para tí no habrá piedad, tus infames fechorías no se borran, no se olvidan ni se dejan de saldar. Mefistófeles infame, traficante de conciencias obreriles, inservil, degenerado, libertino, licencioso, disoluto, pervertido, buhonero miserable, sin conciencia y sin pudor. Vil chupóptero insaciable de la sangre dulce y pura de este pueblo laborioso. Vil criatura indecorosa, que no vales lo que vale el defecado de un obrero. Hombre triste, hombre malo, hombre inútil, hombre inmundo, pernicioso, testaferro, larva fétida y viliosa. Yo te lanzo la blasfemia de este siglo. Yo compárote al infame Papa Negro de la Rusia, Yo te aplasto con la carga miserable de otro nombre, Yo te llamo, tenlo en cuenta, con el nombre más inmundo, Yo te llamo: Rasputín. OTROS POSTS El campo popular y la princesa peronista Algunas Frases (de todo un poco) La solidaridad imprescindible Poesía Acrata Los mios ¿Por qué somos anarquistas? Delincuencia El político El dictador Anarquismo
¿QUÉ ES EL PODER, WINSTON? De la novela "1984" de George Orwell -Después de una pausa, asumió de nuevo su aire de maestro de escuela examinando a un discípulo prometedor-: Vamos a ver, Winston, ¿cómo afirma un hombre su poder sobre otro? Winston pensó un poco y respondió: -Haciéndole sufrir. -Exactamente. Haciéndole sufrir. No basta con la obediencia. Si no sufre, ¿cómo vas á estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder radica en infligir dolor y humillación. El poder está en la facultad de hacer pedazos los espíritus y volverlos a construir dándoles nuevas formas elegidas por ti. ¿Empiezas a ver qué clase de mundo estamos creando? Es lo contrario, exactamente lo contrario de esas estúpidas utopías hedonistas que imaginaron los antiguos reformadores. Un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo de pisotear y ser pisoteado, un mundo que se hará cada día más despiadado. El progreso de nuestro mundo será la consecución de más dolor. Las antiguas civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia. La nuestra se funda en el odio. En nuestro mundo no habrá más emociones que el miedo, la rabia, el triunfo y el autorebajamiento. Todo lo demás lo destruiremos, todo. Ya estamos suprimiendo los hábitos mentales que han sobrevivido de antes de la Revolución. Hemos cortado los vínculos que unían al hijo con el padre, un hombre con otro y al hombre con la mujer. Nadie se fía ya de su esposa, de su hijo ni de un amigo. Pero en el futuro no habrá ya esposas ni amigos. Los niños se les quitarán a las madres al nacer, como se les quitan los huevos a la gallina cuando los pone. El instinto sexual será arrancado donde persista. La procreación consistirá en una formalidad anual como la renovación de la cartilla de racionamiento. Suprimiremos el orgasmo. Nuestros neurólogos trabajan en ello. No habrá lealtad; no existirá más fidelidad que la que se debe al Partido, ni más amor que el amor al Gran Hermano. No habrá risa, excepto la risa triunfal cuando se derrota a un enemigo. No habrá arte, ni literatura, ni ciencia. No habrá ya distinción entre la belleza y la fealdad. Todos los placeres serán destruidos. Pero siempre, no lo olvides, Winston, siempre habrá el afán de poder, la sed de dominio, que aumentará constantemente y se hará cada vez más sutil. Siempre existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano... incesantemente. Se calló, como si esperase a que Winston le hablara. Pero éste se encogía más aún. No se le ocurría nada. OTROS POSTS Poema "Semana trágica" El campo popular y la princesa peronista Algunas Frases (de todo un poco) La solidaridad imprescindible Poesía Acrata Los mios ¿Por qué somos anarquistas? Delincuencia El político El dictador Anarquismo