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Aguuz2012

Usuario (Argentina)

Primer post: 14 ago 2011Último post: 23 ago 2011
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Cómo la inflación acabó con el Imperio Romano
Cómo la inflación acabó con el Imperio Romano
Ciencia EducacionporAnónimo8/14/2011

Existe la creencia comúnmente aceptada que carga las culpas de la caída del Imperio Romano sobre las tribus germánicas, que, bárbaras, harapientas e iletradas como eran, tomaron al asalto una sociedad refinada, culta y próspera. Pero una de Las verdaderas causas del fin de Roma como Imperio y, lo que es más importante, como civilización no fueron los bárbaros, si no los propios emperadores romanos, que dinamitaron su propio mundo aplicando recetas económicas que hoy nos resultan muy familiares. En el invierno del año 211, el emperador Septimio Severo se encontraba en la provincia de Britania peleándose con los pictos. Entonces se puso malo y se murió; pero antes reunió a sus dos hijos, Caracalla y Geta, junto a su lecho de muerte y les dio un último consejo para gobernar el inmenso imperio que les legaba: "Vivid en armonía, enriqueced al ejército, ignorad lo demás". Caracalla prometió cumplirlos, pero pronto se olvidó del primero de los preceptos y liquidó a su hermano para poder mandar él solito. Emperador Septimio Severo Con Caracalla empieza la decadencia de Roma. Haciendo caso a su padre, subió un 50_ la paga de los soldados y se metió en nuevas guerras. Para financiar la cosa dobló los impuestos sobre las herencias. Pero no fue suficiente, por lo que decidió devaluar la moneda: así, de paso, se podía permitir caprichos como las faraónicas termas que llevan su nombre, y cuya sala principal es más grande que el San Pedro del Vaticano. En el siglo III no existían el papel moneda ni la máquina de imprimir billetes, así que las devaluaciones atacaban directamente al metal. Lo que se hacía era malear el metal noble mezclándolo con otros menos valiosos. El objetivo de los gobernantes que así malgobernaban era acuñar y gastar más. Caracalla pensaba que si quitaba un poquito de plata a las monedas nadie lo notaría, y él podría multiplicar a placer el dinero existente. Se trataba, en definitiva, de algo bueno para todos. La moneda romana era el denario –de aquí viene nuestra palabra dinero–, y en origen era de plata pura. En tiempos de Augusto, el primer emperador, cada denario estaba compuesto en un 95_ por plata y en un 5_ por otros metales, como el bronce. Un siglo más tarde, con Trajano, el porcentaje de plata era del 85_. Ochenta años más tarde, Marco Aurelio volvió a depreciar el denario, que ya sólo tenía un 75_ de plata. El denario, pues, se había devaluado un 20_ en dos siglos. Algo más o menos tolerable. Caracalla, muy necesitado de efectivo para sus gastos, devaluó el denario hasta dejarlo con sólo un 50_ de plata; es decir, lo devaluó un 25_ en un solo año. El áureo –de oro, lógicamente– también perdió valor por imperativo legal. Durante el reinado de Augusto, de cada libra de oro salían unas cuarenta monedas. Caracalla estiró la libra hasta sacar unas cincuenta monedas, que, naturalmente, mantenían el valor nominal; pero no el real. Con tanto experimento monetario y sin que el emperador lo previese, los precios se dispararon. Caracalla se perdió la fiesta: estando de campaña en Asia, fue apuñalado por uno de sus guardias mientras meaba al borde de un camino. Una muerte muy propia para uno de los mayores sinvergüenzas de la Historia. Los que le sucedieron no hicieron sino empeorar las cosas. Casi todos los emperadores del siglo III fueron militares, y casi todos llegaron al poder mediante sangrientos cuartelazos. Un dato que lo dice todo: sólo uno de ellos, Hostiliano, que reinó seis meses en 251, murió en la cama por causas naturales; el resto cayó a manos de sus guardias o en el campo de batalla –por lo general contra sus sucesores–. A este periodo los historiadores lo llaman "la crisis del siglo III". En rigor, deberían hablar del fin de la civilización romana, porque a partir de ahí el mundo romano sería mucho más parecido al medieval que al clásico. Durante ese siglo el denario no dejó de devaluarse; hasta que acabó convertido en un pedazo de bronce bañado en plata que pasaba raudo de mano en mano. Y es que la moneda mala, como dice la copla, de mano en mano va y ninguno se la queda. En cuanto al áureo, prácticamente desapareció de la circulación, y cuando aparecía era fino y maleado. La inflación superó el 1.000_, y eso con los fragmentados datos de los que disponemos: probablemente, en ciertos momentos y lugares fue mucho mayor. Al caos político y económico del siglo III le sucedió el ajuste de Diocleciano, que, ya sin poder recurrir a la devaluación, machacó a impuestos a los habitantes del Imperio y ensayó una reforma monetaria. La reforma fracasó, y su edicto de precios máximos fue totalmente ignorado por la gente, que, en menos de un siglo, había pasado de tener en sus bolsillos denarios de plata a manejar los llamados follis, pedacitos de bronce muy abundantes y sin apenas valor. Los romanos se habían empobrecido fenomenalmente en sólo unas décadas por culpa de su Gobierno; y con ellos el comercio, la industria y la agricultura del Imperio. La semilla del Estado omnipotente, siempre necesitado de fondos para sobrevivir, había arraigado. El emperador Constantino suprimió el áureo y puso en circulación una nueva moneda de oro, el sólido, muy depreciada con respecto a su antecesor. Un áureo de los antiguos valía, por su cantidad de metal precioso, dos sólidos. La moneda de plata, encanallada hasta la náusea, desapareció del mapa. Constantino consiguió la cantidad de oro necesaria para la reforma confiscándoselo a las ricas ciudades orientales y a los templos paganos, ya en retirada tras la conversión del emperador al cristianismo. Para financiar el funcionamiento del Estado se inventó nuevos impuestos, que habían de abonarse sólo en oro, única forma de pago, por lo demás, que aceptaban los mercenarios extranjeros que servían en el ejército. Bárbaros les llamaban, aunque, a decir verdad, bárbaros serían pero no tontos, cuando sólo estaban dispuestos a jugarse la vida por dinero de verdad. El oro se convirtió en un refugio para quien podía conseguirlo, es decir, los militares y los altos funcionarios imperiales. El resto de la población había de conformarse con el bronce de los follis y el cobre del dinero informal, acuñado de manera ilegal y que hacía las veces de dinero de bolsillo. La antaño próspera clase de pequeños propietarios y comerciantes, base misma de la grandeza romana, se arruinó sin remedio. Se produjo entonces una concentración de tierras en manos de unos pocos terratenientes, que empleaban en ellas a los hijos o nietos de antiguos campesinos libres depauperados por la inflación y los crecientes impuestos imperiales. La era feudal acababa de comenzar. El Imperio Romano de los siglos IV y V vivió, literalmente, de saquear a sus súbditos. Los gastos imperiales crecieron porque sólo se podía sobrevivir a la sombra del Estado. El ejército duplicó sus efectivos, pero no sirvió de nada, porque los reyes germanos fueron, a partir del año 400, fundando reinos con el beneplácito de los orgullosos ciudadanos romanos. Durante casi dos siglos, el Estado romano fue una onerosa máquina burocrática que tenía el solo objetivo de sobrevivir y perpetuarse. Pero ni eso consiguió. Cuando el flujo de oro se secó, porque ya no quedaba un solo contribuyente a quien dar la vuelta y sacudir, Roma colapsó y se esfumó de la Historia, dejando tal caos que Occidente no volvería a ser Occidente hasta mil años después. Ver video en Pantalla completaa http://www.youtube.com/v/6PcaciZean4

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7 inventos de cocina revolucionarios
7 inventos de cocina revolucionarios
InfoporAnónimo8/16/2011

7 inventos de cocina que cambiaron nuestra vida en los últimos 50 años 1. Teflón Una marca que se ha convertido en un genérico cuando nos referimos al material antiadherente utilizado en recipientes de cocción que reemplaza las grasas y los aceites para evitar que las comidas se peguen a la sartén. Fue descubierto en 1938, pero recién comenzó a ser utilizado para la fabricación de utensilios de cocina en los años 60, justo cuando la medicina empezaba a preocuparse por la comida sana y de bajas calorías. Pero lo sano también tiene su costado oscuro: si se utiliza a altas temperaturas (más de 230ºC), el teflón puede liberar gases tóxicos y ser contaminante. De hecho, las empresas que lo fabrican se enfrentan hoy a juicios millonarios por este tema. 2. Moldes de siliconas Destinados a evitar que una torta termine destrozada en el proceso de sacarla del molde, los recipientes de siliconas constituyen una verdadera salvación para las manos torpes que no pueden desmoldar una preparación sin romperla. ¿Cuántas veces nos afanamos en enmantecar y enharinar los moldes clásicos con la esperanza de que el bizcochuelo se desprenda casi mágicamente? ¿Y cuántas veces nos frustramos? Gracias a su flexibilidad, con este material de invención reciente podemos desmoldar sin riesgos. Soporta hasta 180 grados de temperatura y también es útil para preparaciones frías. Sin que nos malinterpreten, ¡gloria a las siliconas! 3. Microondas Algunos dicen que ha modificado completamente la forma en que NO cocinamos, ya que no interviene ni el fuego, ni ningún elemento térmico. En términos de cocción, los especialistas prefieren el horno tradicional, pero si hablamos de rapidez y practicidad, el microondas se lleva todos los premios. Te olvidás de calentar el agua en la hornalla y de esperar mil horas para comerte una papa, por ejemplo. Y para descongelar, es el mejor de los mundos. En EE.UU., el aparato invadió las cocinas hacia fines de los años 60, pero a nuestro país llegó en la década del 80 de la mano de BGH, su primer fabricante a nivel nacional (¿te acordás de Héctor Larrea y de Fernando Bravo regalando microondas en sus programas de entretenimientos?). Tardamos un poco en avivarnos de que no eran televisores de pantalla oscura, pero nos acostumbramos pronto. Fue descubierto en 1947 por casualidad: un ingeniero que realizaba investigaciones con un generador de altas frecuencias para usarlo como radar llevaba en el bolsillo de su saco una barra de chocolate. Cuando le picó el bagre y decidió comérsela, se encontró con el chocolate derretido. De ahí al microondas, un paso. 4. Freezer ¿Cuánto podía aguantar una milanesa en la heladera antes del frío seco? Como mucho, diez días. Hasta hace algunas décadas, todavía pasaba casa por casa el hombre de la barra de hielo (y no era el luchador de Titanes en el Ring). Por aquellos días, pensar en preparar un guiso y conservarlo durante meses sin que se pudriera era un delirio. Primero vino el congelador, que como utilizaba frío húmedo, terminaba descomponiendo los alimentos y sólo servía para bebidas y cubitos. Pero el freezer revolucionó todo: sella el alimento como una cámara de frío. Llegó al país a mediados de los 80, primero venían como un electrodoméstico individual que tenía la forma de un freezer de pozo (como el que usan los quioscos para guardar los helados de palito). 5. Tupperware Hasta que el visionario Earl Tupper, químico de la empresa DuPont, inventó sus recipientes de plástico en 1948, almacenar alimentos suponía un gran ingenio. Las amas de casa utilizaban cacerolas con tapas, envases de vidrio o platos de vajilla cubiertos con servilletas o repasadores. Los olores se mezclaban y las preparaciones no tardaban en ponerse feas. El sabor de un bizcochuelo podía mimetizarse con el aroma de una cebolla. El tupper se impuso como marca y le dio nombre al producto genérico. No se quiebra ni se rompe y, además, es compacto y liviano. En nuestro país, como en el resto del mundo, se popularizó gracias a las reuniones en las casas de distintas señoras, ¿acaso tu mamá nunca fue anfitriona de alguna? Hoy, la empresa ha incorporado nuevas tecnologías, innovadores materiales y diseños vanguardistas. 6. Papel film ¿Te acordás cuando te ibas de un cumpleaños con la bolsita de cotillón y un pedacito de torta envuelto en veinte servilletas? Bueno, el film terminó con esa chanchada. Es una especie de tupper descartable que también te permite envolver tu vianda para el trabajo y descartar el plástico a la hora del almuerzo. Sirve también para cocinar (para envolver un matambre o para evitar que se pegue el arroz si estás haciendo sushi casero). Eso sí: por el diseño de su packaging, es difícil desenrollar un trozo de papel film, sin que se rompa o que se pegue. Aún así, mientras esperamos que los fabricantes mejoren esta función, es uno de los grandes invento de las últimas décadas. 7. Sellado al vacío Este proceso es el paraíso al que apuntan los tupper, el papel film y el sellado térmico. Las máquinas selladoras de vacío eliminan el aire de la bolsa en la que se conserva la comida y aísla todas partículas que pueden afectarla, alargando así su vida útil. En nuestro país, estas máquinas sólo son utilizadas en fábricas y en algunos restaurantes de alta gama, pero en Estados Unidos ya existen selladores compactos que se utilizan en casas y que se venden hasta en los supermercados. Mientras esperamos su llegada a la Argentina, podemos adquirir productos que vienen sellados de fábrica, como algunas carnes premium, salsas de tomate y fiambres. Dentro de no mucho, serán moneda corriente. CLARO QUE EL TAMBIEN NOS AYUDO A INVENTAR ALGUNAS COSAS

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Chistecito de vieja
HumorporAnónimo8/23/2011

Una viejita va al supermercado y pone en su canasta las latas más caras de comida para gatos. Ya en la caja, le dice a la cajera: Yo sólo compro lo mejor para mi gatito. La cajera le responde: Lo siento, pero no podemos venderle comida para gato sin que compruebe que tiene un gato. Muchos ancianos compran comida para gatos y luego, por necesidad, ellos mismos se la comen. La gerencia necesita una prueba de que realmente usted tiene un gato. La anciana se va a su casa, toma a su gato, lo mete en un maletín y regresa al supermercado para comprobarlo. Le venden las latas. El dia siguiente, la misma viejita va al súper y compra 12 galletas para perro. La cajera le exige la prueba de que tiene un perro, aduciendo que muchos ancianos llegan a comerse la comida para perro. Frustrada, la viejita va a su casa y regresa con su perro; al fin, le venden las dichosas galletas. Un día después la señora regresa al súper, y lleva una pequeña caja con un hueco en la tapa. Al entrar, se acerca a la cajera y le pide que meta un dedo en el hueco de la tapa. La cajera dice: No... quizá usted tenga ahí una serpiente. La anciana le asegura que en la caja no hay algo que muerda. Entonces, la cajera mete el dedo... e inmediatamente lo retira y le grita a la viejita: ¡ESTO ES MIERDA! La viejita, con una sonrisa de oreja a oreja, le dice a la cajera: ¿PUEDO COMPRAR CUATRO ROLLOS DE PAPEL HIGIÉNICO?

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